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    <title><![CDATA[elDiario.es - Cristina Rojo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/cristina_rojo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Cristina Rojo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Nueva York autoriza a 800 colegios a retomar el curso al aire libre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/nueva-york-autoriza-800-colegios-retomar-curso-aire-libre_1_6209426.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b223f328-4aad-41a6-b2c8-7dda4190dc49_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nueva York autoriza a 800 colegios a retomar el curso al aire libre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al menos 85 centros han conseguido permiso para cerrar calles adyacentes y un total de 224 podrán utilizar parques públicos</p></div><p class="article-text">
        Casi la mitad de los colegios de la ciudad de Nueva York se preparan para el nuevo curso escolar con la posibilidad de trasladar parte o la totalidad del contenido acad&eacute;mico fuera de las aulas. La iniciativa, presentada por el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, da respuesta a meses de presi&oacute;n por parte de padres y educadores y permite sacar las clases de gimnasia, m&uacute;sica y arte al aire libre, si bien los colegios pueden optar por trasladar todo el contenido lectivo fuera si disponen de espacio suficiente. Hasta el momento, 798 colegios han sido autorizados para ello.
    </p><p class="article-text">
        Tras el anuncio de esta medida, la &uacute;ltima semana de agosto, el departamento de Educaci&oacute;n neoyorquino, con 1.600 escuelas p&uacute;blicas y otras 260 concertadas, ha informado de que todas las solicitudes para ense&ntilde;anza al aire libre en los espacios exteriores de los propios centros (cerca de 500) han sido aceptadas. Al menos 85 han conseguido permiso para cerrar calles adyacentes y un total de 224 podr&aacute;n utilizar parques p&uacute;blicos.
    </p><p class="article-text">
        Asimismo, los responsables del departamento de Educaci&oacute;n han dado cuenta de que est&aacute;n priorizando las solicitudes de escuelas cuyos vecindarios han sufrido un impacto de COVID-19 m&aacute;s severo, y aquellas sin patio u otro espacio exterior.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, representantes del personal docente han expresado su preocupaci&oacute;n por la posibilidad de que este programa beneficie a las escuelas que ya tienen una situaci&oacute;n favorecida respecto a otras, como por ejemplo el distrito 7 del barrio sur del Bronx, donde dicen que la iniciativa no tiene sentido en un entorno que actualmente sufre un aumento de violencia callejera, u otros barrios cuyos colegios est&aacute;n situados bajo autov&iacute;as muy transitadas.
    </p><p class="article-text">
        El sindicato que representa a los directores de escuelas en Nueva York ha apoyado la medida, si bien ha criticado la tardanza en dar luz verde, ya que el plan deja la elecci&oacute;n de c&oacute;mo organizarse a cada colegio, pero sin tiempo para prepararse de forma efectiva. &ldquo;Falta m&aacute;s informaci&oacute;n detallada sobre c&oacute;mo llevar a cabo esta propuesta y sus potenciales riesgos de higiene y seguridad&rdquo;, seg&uacute;n el presidente de directores y administradores escolares, Mark Cannizaro.
    </p><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a de clase en la ciudad de Nueva York ser&aacute; el 21 de septiembre, aunque los profesores deb&iacute;an acudir a los centros educativos este martes para iniciar los preparativos y la orientaci&oacute;n de cara a la educaci&oacute;n virtual, que comienza el pr&oacute;ximo d&iacute;a 16. Al menos diez escuelas p&uacute;blicas han tenido que retrasar el retorno de los profesores a sus aulas por problemas en los sistemas de ventilaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El estado de Nueva York lleva m&aacute;s de 31 d&iacute;as manteniendo el nivel de contagio de COVID-19 por debajo del 1%, seg&uacute;n datos del departamento de Salud P&uacute;blica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/nueva-york-autoriza-800-colegios-retomar-curso-aire-libre_1_6209426.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Sep 2020 09:43:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nueva York autoriza a 800 colegios a retomar el curso al aire libre]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La neoyorquina que filma quién está detrás de la expansión del plástico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/neoyorquina-filma-detras-expansion-plastico_1_6179165.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed8ed6f4-bd12-4227-ab9d-8060e85dc4dc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La neoyorquina que filma quién está detrás de la expansión del plástico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La documentalista Deia Schlosberg no se fija en océanos llenos de trocitos de plástico o en tortugas apresadas por este material. En su cinta 'The story of plastic' pone la mirada en las empresas petroquímicas que lo fabrican y que proyectan una masiva producción en los próximos años</p></div><p class="article-text">
        Caminando durante dos a&ntilde;os sobre la cordillera de Los Andes, el mundo se convirti&oacute; en un lugar mucho m&aacute;s peque&ntilde;o para Deia Schlosberg. Educadora, activista y sobre todo documentalista, esta mujer criada en la zona m&aacute;s rural del estado de Nueva York comprendi&oacute; cu&aacute;n profundamente nuestras acciones est&aacute;n conectadas con el planeta. Galardonada con el premio a la Aventurera del a&ntilde;o por National Geographic (2009), y apresada durante d&iacute;as por filmar protestas antifracking en Dakota del Norte, Schlosberg estren&oacute; a finales de 2019 el potente documental <em>The Story of Plastic</em>. Y no quiere que al verlo te sientas culpable e impotente, sino que levantes la vista hacia los productores de pl&aacute;stico y les plantes cara. En octubre de 2016, el nombre de Deia Schlosberg (Nueva York, 1980) salt&oacute; a las portadas de los medios de comunicaci&oacute;n estadounidenses: una joven hab&iacute;a sido ser detenida en Dakota del Norte por grabar las protestas de nativos americanos ante la construcci&oacute;n de una gran tuber&iacute;a de extracci&oacute;n y transporte de gas (Keystone Pipeline) para fracking. Las autoridades apresaron a Schlosberg y la mantuvieron aislada durante 56 horas bajo acusaci&oacute;n de conspiraci&oacute;n, con cargos que podr&iacute;an haberla condenado a un m&aacute;ximo de 45 a&ntilde;os en prisi&oacute;n. Las redes sociales se incendiaron y un buen pu&ntilde;ado de celebridades como Mark Ruffalo o Neil Young encabezaron una carta de protesta que lleg&oacute; hasta o&iacute;dos del entonces presidente Barak Obama.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, los cargos contra ella fueron retirados. Tres a&ntilde;os despu&eacute;s de aquel incidente, tras el que edit&oacute; la cinta Awake, a dream from Standing Rock, Schlosberg ha vuelto a la carga con un nuevo trabajo. El documental The Story of Plastic (La historia del pl&aacute;stico) es un impactante relato que recorre medio mundo para reunir algunas de las voces de quienes conviven con las consecuencias m&aacute;s desastrosas de la existencia de este pol&iacute;mero. Bah&iacute;as atestadas de restos flotantes, h&aacute;bitats destruidos, poblados llenos de miseria donde mujeres sin protecci&oacute;n separan a mano sucios envoltorios procedentes de otros pa&iacute;ses... y tambi&eacute;n enormes plantas de producci&oacute;n que llenan la atm&oacute;sfera de emisiones nocivas y enferman a quienes viven a su alrededor.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de otros reportajes sobre la problem&aacute;tica del pl&aacute;stico, la clave de The Story of Plastic est&aacute; en una l&iacute;nea del tiempo mediante la que se analiza la evoluci&oacute;n del material sint&eacute;tico y las distintas argucias narrativas de la industria petroqu&iacute;mica para justificar su imparable expansi&oacute;n, hasta la producci&oacute;n actual de unos 400 millones de toneladas m&eacute;tricas anuales.
    </p><p class="article-text">
        Dado que un 99% del pl&aacute;stico proviene de energ&iacute;as no renovables, los responsables de su producci&oacute;n son los mismos que se dedican a agujerear el planeta en busca de petr&oacute;leo y gas natural (en Estados Unidos son gigantes empresariales como Exxon, Shell, Conoco Phillips o Dow Dupont). Mientras desv&iacute;an la atenci&oacute;n p&uacute;blica hacia el &uacute;ltimo estadio de la cadena de producci&oacute;n y los esfuerzos de limpieza del oc&eacute;ano o su inversi&oacute;n en reciclaje, la industria ha comenzado a acelerar su producci&oacute;n. Si bien hoy en d&iacute;a es dif&iacute;cil pensar en una vida sin pl&aacute;stico, The Story of Plastic enfatiza la idea de que este es el futuro de las compa&ntilde;&iacute;as petroqu&iacute;micas a medida que el consumo de combustible decrece. El documental explica esta nueva tendencia de inversi&oacute;n y exportaci&oacute;n en Estados Unidos: en los pr&oacute;ximos cinco a&ntilde;os, est&aacute; prevista la inversi&oacute;n de 195.000 millones de d&oacute;lares para la creaci&oacute;n de 325 nuevas plantas de producci&oacute;n y exportaci&oacute;n de pl&aacute;stico. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque hace al menos ocho a&ntilde;os que el documental estaba entre los proyectos de Deia Schlosberg, el motor de la historia a&uacute;n no estaba maduro. &ldquo;En aquel momento ni la sociedad estaba lista, ni yo estaba especialmente emocionada por el tema, ni est&aacute;bamos frente a una aceleraci&oacute;n de producci&oacute;n como la que vivimos ahora. Fue a trav&eacute;s del trabajo en otros proyectos, siguiendo la expansi&oacute;n del fracking y la industria petroqu&iacute;mica cuando me di cuenta de que est&aacute;bamos hablando de los mismos actores. Es la misma historia... &iexcl;Est&aacute; todo conectado!&rdquo;, dice con ojos brillantes en una tranquila cafeter&iacute;a del barrio de Harlem (Nueva York).
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En un momento dado reconoc&iacute; las mismas t&aacute;cticas y los mismos argumentos de los detractores del cambio clim&aacute;tico, como criticar a la gente que acude a una protesta por hacerlo en coche, o por utilizar pl&aacute;stico en su vida cotidiana. Y no es as&iacute;, estas personas est&aacute;n tratando de cambiar el sistema. La peque&ntilde;a cantidad de gasolina que consumen para ir a la manifestaci&oacute;n es irrelevante en el contexto de toda la producci&oacute;n que existe. Si se quedaran en su casa, nada cambiar&iacute;a. Esto es una t&eacute;cnica depurada, nos hace sentir culpables por nuestras elecciones a la vez que nos distrae de la causa real de estos problemas. Es muy astuto por su parte&rdquo;, sentencia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo el discurso de limpiar el oc&eacute;ano... &iexcl;Es imposible!, argumenta la documentalista. Si invierten grandes cantidades de dinero en el mar es porque es ah&iacute; donde el problema es m&aacute;s visible y va a generar m&aacute;s atenci&oacute;n, pero cortar los anillos de pl&aacute;stico del cuello de una tortuga marina no va a tener el mismo efecto que cerrar una planta de producci&oacute;n de pl&aacute;stico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Schlosberg da un sorbo al caf&eacute; solo en su taza de acero inoxidable. Lleva la imagen de una joven, la misma que preside su mesa de trabajo en su casa-oficina, a escasos metros de la cafeter&iacute;a donde nos encontramos. Forma parte de una colecci&oacute;n del artista Shepard Fairey que el diario Washington Post lanz&oacute; a toda p&aacute;gina con motivo de la toma de posesi&oacute;n del actual presidente estadounidense, Donald S. Trump, con la idea de que cualquier ciudadano pudiera salir a la calle y utilizarlas como pancarta. &ldquo;Me gust&oacute; la idea de que absolutamente todo el mundo pudiera tener un p&oacute;ster con estos mensajes de solidaridad y dignidad humana. Estoy de acuerdo con todo lo que eso representa. Incluso el hecho de poder protestar, de tomar parte de esa desobediencia civil es un privilegio. Es un lujo que mucha gente, incluso en este pa&iacute;s, no puede permitirse&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Schlosberg no es una activista contra el pl&aacute;stico al uso, pero s&iacute; una persona tremendamente comprometida con todo aquello que oprime el derecho a una existencia digna del ser humano. &ldquo;Soy muy consciente de lo que consumo. Es una de las virtudes de no tener mucho dinero &ndash;se encoge de hombros&ndash;. Y esto es a lo que me dedico, es mi vida al completo. El proyecto en el que trabajo ahora, Bootstraps, se produce a s&iacute; mismo a trav&eacute;s de donaciones, y el poco dinero que sacamos de ah&iacute; es para pagar nuestra casa, que es a su vez oficina y sala de grabaci&oacute;n. Tambi&eacute;n costea nuestros viajes para trabajar, pero en definitiva vivimos de manera muy asequible porque todo es trabajo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Personas como Greta Thunberg, la joven activista ambiental sueca, son fuente de inspiraci&oacute;n para Schlosberg: &ldquo;Ella es un recordatorio de que hace ya tiempo que hemos pasado el momento de ser cuidadosos con nuestro discurso. Ha llegado la hora de llamar a las cosas por su nombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Schlosberg rescata sus propias ra&iacute;ces, las de una ni&ntilde;a que creci&oacute; entre bosques, en el lado m&aacute;s rural del estado de Nueva York. &ldquo;El lugar de donde vengo tiene un solo sem&aacute;foro&rdquo;, recuerda. &ldquo;Pas&aacute;bamos mucho tiempo entre &aacute;rboles y monta&ntilde;as. Aquello foment&oacute; en nosotros la idea de que la naturaleza es un bien com&uacute;n y todos deb&iacute;amos poner de nuestra parte para cuidarlo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os m&aacute;s tarde, despu&eacute;s de trabajar como educadora, terapeuta en la naturaleza y otras ocupaciones al aire libre, Deia Schlosberg emprendi&oacute; un peregrinaje que le llev&oacute; a cruzar la cordillera de Los Andes a pie. Tard&oacute; dos a&ntilde;os, y los 12.500 kil&oacute;metros que recorri&oacute; entonces le valieron no solo el premio de 'Aventurera del a&ntilde;o' de la prestigiosa National Geographic junto a su compa&ntilde;ero de viaje (Greg Treinish), tambi&eacute;n un estremecedor entendimiento de lo peque&ntilde;o que es nuestro planeta. &ldquo;&iexcl;Se puede recorrer andando!&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Puedes conocer los datos num&eacute;ricos, como cu&aacute;n grande es aquel estado o aquella provincia, cuantas veces cabe un pa&iacute;s dentro de otro, sus metros cuadrados... pero todo eso proporciona un entendimiento muy vago sobre el tama&ntilde;o de algo. Hasta que lo pones en la perspectiva de recorrer una distancia y ver c&oacute;mo se siente. Entre otras cosas, caminando un continente me di cuenta de que un solo humano puede tener m&aacute;s impacto del que pensamos en sistemas globales deficientes. Ser activista no es in&uacute;til. Tenemos mucho m&aacute;s poder del que nos hacen creer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Aquella experiencia se fundi&oacute; inexorablemente con la semilla de su compromiso personal por causas como el cambio clim&aacute;tico o un sueldo digno. Schlosberg se mud&oacute; a Montana y se matricul&oacute; en Ciencia y Cinematograf&iacute;a de Historia Natural. Desde entonces no ha dejado de hacer punzantes documentales donde denuncia injusticias sociales y ambientales. Es toda su vida. Y cuando no graba, edita, promociona o investiga, o postea en las redes sociales una invitaci&oacute;n para acompa&ntilde;arla en una manifestaci&oacute;n por el sueldo m&iacute;nimo interprofesional que, casualmente, pasa por su barrio al d&iacute;a siguiente.
    </p><p class="article-text">
        Sus viajes y su personal inter&eacute;s por conectar con la gente le han hecho ver esa interconexi&oacute;n tan especial que existe entre las piezas m&aacute;s peque&ntilde;as que forman un gran puzle. Una realidad que se hizo tangible en el estreno de The Story of Plastic, en California, el pasado mes de octubre. Varios de los problemas con compa&ntilde;&iacute;as petroqu&iacute;micas que se exponen en la cinta son la realidad diaria a la que se enfrentaba el p&uacute;blico, que respondi&oacute; emocionado. Poco despu&eacute;s el documental fue galardonado con el Premio Favorito del p&uacute;blico en Cine Comprometido.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estaban muy animados al ver que algunos de sus propios problemas estaban reflejados en la pel&iacute;cula, porque incluso si dedican sus vidas a esta causa muchas veces sienten que no consiguen nada. Que est&aacute;n aislados y desesperados. Ver la pel&iacute;cula juntos fue muy potente para ellos... Una de las asistentes me dijo que ahora lo ve todo de otra forma, sus demandas son como el pi&ntilde;&oacute;n para el engranaje de una gran maquinaria, peque&ntilde;o pero indispensable para su funcionamiento&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Schlosberg explica que este es el mensaje subyacente de The Story of Plastic: si alguien quiere marcar la diferencia como individuo, debe actuar con un sistema global en mente. &ldquo;Las elecciones de consumo son importantes, y deber&iacute;an ser de sentido com&uacute;n, pero en mi opini&oacute;n no son una manera de cambiar las cosas&rdquo;, argumenta la autora.
    </p><p class="article-text">
        Schlosberg reflexiona sobre la importancia que tienen los medios de comunicaci&oacute;n en una sociedad democr&aacute;tica. &ldquo;Es fundamental saber qui&eacute;n est&aacute; detr&aacute;s de la narrativa de cualquier historia, &iquest;por qu&eacute; es este el mensaje que recibes y no otro? A&uacute;n recuerdo perfectamente cuando ten&iacute;a unos 12 o 13 a&ntilde;os y en la escuela nos hablaron de los distintos tipos de publicidad. Ten&iacute;amos que identificar las clases y por qu&eacute; cada una estaba relacionada con un tipo distinto de manipulaci&oacute;n. Aquello me pareci&oacute; muy impactante... y no digo que debamos ser completamente esc&eacute;pticos sobre todo, pero es una herramienta que todos deber&iacute;amos ejercitar a menudo para vivir en una sociedad verdaderamente saludable&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Volver&iacute;a a filmar en una situaci&oacute;n como la de Dakota del Norte? &ldquo;Ahora mismo&rdquo;, dice Schlosberg sin dudarlo. &ldquo;Fue muy duro, una s&uacute;per mierda, pero me ayud&oacute; a comprender mejor c&oacute;mo funciona el sistema, y estoy muy agradecida por ello. Hizo mi visi&oacute;n del mundo algo m&aacute;s desalentadora. Pero si est&aacute; m&aacute;s cerca de la verdad, eso me parece bien&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/neoyorquina-filma-detras-expansion-plastico_1_6179165.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Aug 2020 20:37:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La neoyorquina que filma quién está detrás de la expansión del plástico]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lavado verde de imagen: historia del ‘greenwashing’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/lavado-verde-imagen-historia-greenwashing_1_6169622.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1264458e-288e-439c-9370-1c4b564d465b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El lavado verde de imagen: historia del ‘greenwashing’"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todo empezó con un cartel para reducir el uso de toallas en un exclusivo hotel de las islas Fiyi, en los 80</p></div><p class="article-text">
        Todo comenz&oacute; con un letrero en la puerta de un hotel en una isla privada del Pac&iacute;fico, el Beachcomber, hoy una isla-resort del archipi&eacute;lago de las Fiyi. &ldquo;Salva nuestro planeta&rdquo;, empezaba el aviso, que segu&iacute;a: &ldquo;Cada d&iacute;a se utilizan miles de litros de agua para lavar toallas usadas solo una vez. T&uacute; eliges: una toalla en el toallero dice 'La utilizar&eacute; otra vez. Una toalla en el suelo significa 'Por favor, rep&oacute;ngala'. Gracias por ayudarnos a conservar los recursos vitales del planeta Tierra&rdquo;. Y se remataba con el s&iacute;mbolo de reciclaje con sus tres flechas verdes en forma de c&iacute;rculo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;El mensaje era una llamada de responsabilidad a los clientes o un ejemplo de cinismo m&aacute;ximo en pleno asedio de este para&iacute;so natural? Este tipo de carteles es hoy com&uacute;n en establecimientos tur&iacute;sticos de todo el mundo, pero en determinadas situaciones pueden resultar muy chocantes. Entonces era el a&ntilde;o 1983 y Jay Westerveld, un estudiante universitario que se encontraba de paso en un viaje de investigaci&oacute;n, se hab&iacute;a acercado a Fiyi para hacer surf. El joven se hospedaba en un hostal mucho m&aacute;s modesto, pero se adentr&oacute; en el Beachcomber para conseguir alguna toalla limpia, cuando vio el aviso de salvar el planeta.
    </p><p class="article-text">
        Para este ecologista fue un golpe en la cara. Como los buenos esl&oacute;ganes publicitarios, pero justo con el efecto contrario al deseado. Mientras el Beachcomber (uno de los destinos m&aacute;s buscados del Pac&iacute;fico Sur) se llenaba de mensajes en defensa del medio ambiente y de los arrecifes de coral, el complejo hotelero estaba en plena expansi&oacute;n, lo que iba a provocar un impacto mucho mayor que el lavado de las toallas. Pasaron tres a&ntilde;os hasta que un compa&ntilde;ero le pidi&oacute; que escribiera un art&iacute;culo para una publicaci&oacute;n acad&eacute;mica local. Westerveld record&oacute; las notas que hab&iacute;a tomado en su viaje por el Pac&iacute;fico, y fue entonces cuando defini&oacute; <em>greenwash</em> (lavado verde), la pr&aacute;ctica de aquel hotel que quer&iacute;a proyectar una falsa imagen ecologista.
    </p><p class="article-text">
        La revista en la que apareci&oacute; su art&iacute;culo ten&iacute;a bastante tir&oacute;n en la zona de Nueva York, as&iacute; que el t&eacute;rmino acu&ntilde;ado por Westerveld no tard&oacute; en hacerse popular en otros c&iacute;rculos medi&aacute;ticos. La palabra se convirti&oacute; pronto en la verdadera definici&oacute;n de esta maniobra de marketing, y el fen&oacute;meno <em>greenwash</em> estaba ya en 1986 en boca de los medios de comunicaci&oacute;n: era una pr&aacute;ctica cada vez m&aacute;s com&uacute;n, pero ni mucho menos una realidad nueva.
    </p><p class="article-text">
        Mucho antes, en los a&ntilde;os 60, ya hay casos del uso de la publicidad para limpiar la imagen de marcas se&ntilde;aladas por su impacto ambiental. Un ejemplo es el de la divisi&oacute;n de energ&iacute;a nuclear de la compa&ntilde;&iacute;a el&eacute;ctrica norteamericana Westinghouse. Amenazada por la creciente popularidad de la tendencia antinuclear, el gigante energ&eacute;tico luch&oacute; por evitar las cuestiones sobre su seguridad e impacto medioambiental a trav&eacute;s de una serie de anuncios que proclamaban la limpieza y el buen funcionamiento de sus plantas nucleares. Una de ellas conten&iacute;a la fotograf&iacute;a de una central en medio de un lago cristalino mientras proclamaba: &ldquo;Estamos construyendo plantas nucleares para ofrecerte m&aacute;s electricidad... nuestras plantas nucleares son limpias, seguras y ordenadas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si bien algunos de sus argumentos eran reales (las plantas de Westinghouse produc&iacute;an altas cantidades de electricidad creando menos poluci&oacute;n que sus competidoras de carb&oacute;n), tambi&eacute;n obviaba otras cuestiones que mostraban justo lo contrario. No en vano, en aquellos a&ntilde;os se produjeron varios sustos en instalaciones nucleares de EEUU: en 1961 un accidente en un peque&ntilde;o reactor de pruebas en las instalaciones de Starionay Low-Power Reactor Number One caus&oacute; la muerte de tres personas en Idaho Falls y en 1966 se produjo un derretimiento parcial en el n&uacute;cleo de la central nuclear de Fermi Unit 1 en Michigan.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, si Westinghouse fue una de las primeras compa&ntilde;&iacute;as en utilizar esta pr&aacute;ctica, el ejemplo que se considera como paradigma del fen&oacute;meno <em>greenwash</em> es la petrolera Chevron y su campa&ntilde;a publicitaria 'People Do' (La gente lo hace). Una mariposa azul vuela en las pantallas de televisi&oacute;n de millones de espectadores. La voz del narrador explica el programa de Chevron para salvar esta especie amenazada, y pregunta a la audiencia de manera ret&oacute;rica: &ldquo;&iquest;Hace algo la gente para que un gramo de belleza sobreviva?&rdquo;. El narrador lleva el eslogan de la compa&ntilde;&iacute;a al hogar del consumidor diciendo 'La gente lo hace'&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que los espectadores no pod&iacute;an ver es el hecho de que la especie amenazada de mariposa azul del anuncio anidaba en lo alto de una colina, en los confines de uno de los mayores pozos petrol&iacute;feros de los Estados Unidos, en Los &Aacute;ngeles, donde se encontraba la refiner&iacute;a de El Segundo de Chevron.
    </p><p class="article-text">
        La compa&ntilde;&iacute;a cre&oacute; m&aacute;s de 20 anuncios del mismo estilo, exhibiendo a Chevron, una de las empresas m&aacute;s contaminantes del planeta, como una compa&ntilde;&iacute;a verde y respetuosa, con un equipo que &ldquo;cuida el planeta y ama los osos, las mariposas y los zorros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En su libro <em>The Corporate Planet, ecology and politics in the age of globalization</em> (1997), Joshua Karliner defiende c&oacute;mo este tipo de publicidad es muy eficaz disfrazando de ecologistas a empresas que en realidad son enemigas del ecosistema. Es una pr&aacute;ctica dise&ntilde;ada para manipular la percepci&oacute;n tanto del consumidor como de los accionistas, y su objetivo final es &uacute;nicamente incrementar ventas.
    </p><p class="article-text">
        Greenpeace redefini&oacute; este concepto como una situaci&oacute;n en la que &ldquo;compa&ntilde;&iacute;as multinacionales conservan y expanden sus mercados actuando como amigas del medio ambiente y l&iacute;deres en el esfuerzo para erradicar la pobreza&rdquo;. Por su parte, el emprendedor, ambientalista y activista Paul Hawken ha definido <em>greenwashing</em> como &ldquo;la construcci&oacute;n de una ciudad global esmeralda en la que todas las cosas irradian una tonalidad verde que hace sentir bien al consumidor que compra felizmente mientras canturrea las tonadillas favoritas de sus empresas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se construye esa 'ciudad esmeralda'? Algunos de los pioneros de las relaciones p&uacute;blicas modernas en las primeras d&eacute;cadas del siglo XX fueron quienes establecieron las reglas del juego; publicistas como Ivy Lee y Edward Bernays (empleados de multinacionales como Standard Oil, de John D. Rockefeller) se dedicaron a evitar los esfuerzos del Gobierno norteamericano para crear medidas legales protectoras del medio ambiente, as&iacute; como a darle la vuelta a una creciente antipat&iacute;a generalizada hacia las grandes empresas.
    </p><p class="article-text">
        Lee y Bernays comenzaron a distorsionar la imagen de ciertos problemas medioambientales desde el mismo momento en que se publicaba uno de los libros que se considera catalizador del movimiento medioambiental moderno: <em>Primavera silenciosa</em>, de Rachel Carson. En aquel bombazo de 1962, Carson expon&iacute;a de manera contrastada y prof&eacute;tica el nefasto impacto ecol&oacute;gico del uso masivo de pesticidas agrarios como el DDT. Escrito con el objetivo de sacudir a la ciudadan&iacute;a y empujar al Gobierno y la industria a tomar medidas, el libro plant&oacute; las semillas de una conciencia que estall&oacute; algunos a&ntilde;os despu&eacute;s, con las manifestaciones callejeras del primer D&iacute;a de la Tierra, en abril de 1970. El cl&aacute;sico de la concienciaci&oacute;n ecol&oacute;gica est&aacute; considerado hoy como uno de los libros m&aacute;s influyentes de divulgaci&oacute;n cient&iacute;fica.
    </p><p class="article-text">
        En respuesta a <em>Primavera Silenciosa</em>, la Asociaci&oacute;n de Productores Qu&iacute;micos (CMA en sus siglas en ingl&eacute;s) contrat&oacute; a E. Bruce Harrison, un publicista dedicado exclusivamente a la informaci&oacute;n medioambiental. Trabajando con los representantes publicitarios de compa&ntilde;&iacute;as como Monsanto, Dow, DuPont, Shell y otras, dise&ntilde;&oacute; una estrategia para combatir a Carson y el impacto de su libro. E. Bruce Harrison (y despu&eacute;s su compa&ntilde;&iacute;a, conocida popularmente como EBH) pas&oacute; pronto a liderar la lucha de la industria petroqu&iacute;mica norteamericana en contra del movimiento medioambiental y ha continuado en esa tarea hasta la fecha. As&iacute;, en su esfuerzo para minimizar el efecto de <em>Primavera silenciosa</em>, el ejecutivo publicitario ha publicado su propia gu&iacute;a de 'lavado verde': <em>Going Green: How to communicate your company's environmental commitment</em> (Hacerse verde: c&oacute;mo comunicar el compromiso medioambiental de tu compa&ntilde;&iacute;a).
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de su carrera, E. Bruce Harrison y sus ac&oacute;litos desarrollaron t&eacute;cnicas publicitarias medioambientales para situaciones cr&iacute;ticas que luego han sido muy utilizadas en la industria: apelar a la emoci&oacute;n del consumidor, exponer informaci&oacute;n cient&iacute;fica err&oacute;nea, el env&iacute;o de cartas masivas a los medios de comunicaci&oacute;n y los l&iacute;deres de opini&oacute;n, y el pago a doctores y cient&iacute;ficos 'objetivos' defensores de los productos agroqu&iacute;micos.
    </p><p class="article-text">
        Varios meses despu&eacute;s de aquel primer D&iacute;a de la Tierra, en diciembre de 1970, naci&oacute; la Agencia de Protecci&oacute;n Medioambiental (EPA, en sus siglas en ingl&eacute;s) norteamericana, que aprob&oacute; las leyes de Aire Limpio, Agua Limpia y Especies Protegidas con el prop&oacute;sito de dar cobertura legal y regular las pr&aacute;cticas relacionadas con el medio ambiente. En 1990, el movimiento pas&oacute; a ser internacional, movilizando hasta 200 millones de personas.
    </p><p class="article-text">
        Como contrapartida, el impacto global de D&iacute;a de la Tierra es tal, que numerosas compa&ntilde;&iacute;as se ven atra&iacute;das por su gran escala para buscar rendimiento econ&oacute;mico de la emergencia del consumo verde: la idea de que el consumidor quiere productos respetuosos con el medio ambiente. As&iacute;, de manera parad&oacute;jica, compa&ntilde;&iacute;as como Monsanto, Peabody Coal o Georgia Power han acabado esponsorizando eventos del D&iacute;a de la Tierra desde 1990, un ejemplo cl&aacute;sico de <em>greenwashing</em>.
    </p><p class="article-text">
        Cerca de 40 a&ntilde;os despu&eacute;s de que Jay Westerveld acu&ntilde;ase el t&eacute;rmino <em>greenwash</em>, el vecino del municipio de Sugar Loaf, en el estado de Nueva York, ha explicado su decepci&oacute;n ante el uso de este vocablo por la maquinaria corporativa que ha adoptado la palabra con objetivos publicitarios o de seudomarketing, y que ha influido en que haya ciudadanos m&aacute;s interesados en el estilo que en el sacrificio necesario para conseguir sostenibilidad.
    </p><p class="article-text">
        En una de las &uacute;ltimas entrevistas disponibles al autor, en un diario digital de provincias, Westerveld lamentaba que cada vez que lee <em>greenwashing</em> no puede sino pensar: &ldquo;&iexcl;Pamplinas!&rdquo;. En su opini&oacute;n, cada esfuerzo genuino por preservar el planeta es r&aacute;pidamente apropiado por alg&uacute;n equipo de ventas corporativas, ansioso por identificar la pr&oacute;xima tendencia y as&iacute; poder vender sus nuevos productos. He ah&iacute; el motivo de que tantas compa&ntilde;&iacute;as se adjudiquen la &ldquo; etiqueta verde&rdquo;, asegurando que cierto producto o servicio es realmente verde, cuando en realidad &ldquo; simplemente est&aacute;n haciendo <em>greenwashing</em>&rdquo; .
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n escruta qu&eacute; etiqueta es real y cu&aacute;l no?&rdquo;, cuestiona Westerveld. Ah&iacute; tienes a todos estos j&oacute;venes consumidores, deseosos de ponerse una camiseta de dise&ntilde;o hecha con algod&oacute;n 100% natural, importada de China, o degustar un producto 'org&aacute;nico cultivado en una granja artificial, o conducir un coche 'verde o casas construidas con materiales que requieren que contin&uacute;e la deforestaci&oacute;n, el uso de m&aacute;s acero, y en definitiva el consumo y agotamiento de m&aacute;s y m&aacute;s de los recursos limitados de la Tierra. &ldquo;Los norteamericanos todav&iacute;a creen que comprando algo pueden solucionar cualquier problema. Cuando la responsabilidad medioambiental se convierte en una forma de expresi&oacute;n, por pura moda, es peligroso&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/lavado-verde-imagen-historia-greenwashing_1_6169622.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 18 Aug 2020 15:18:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El lavado verde de imagen: historia del ‘greenwashing’]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[John Judge, naturalista: "El ciudadano del futuro está en los espacios abiertos"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/ciudadano-futuro-espacios-abiertos_128_6053069.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/086c003b-8c46-49f0-915e-2bd7557eefd7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="John Judge, naturalista: &quot;El ciudadano del futuro está en los espacios abiertos&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En su nuevo libro, 'The outdoor citizen', el conservacionista estadounidense plantea un nuevo tipo de ciudadano cuyas salidas laborales están cada vez más ligadas a los espacios abiertos</p></div><p class="article-text">
        El futuro de un planeta y una poblaci&oacute;n saludables tanto mental como f&iacute;sicamente est&aacute; en la creaci&oacute;n de un nuevo tipo de habitante: el ciudadano de los espacios abiertos. Esta es la idea que recoge John Judge en el libro que acaba de publicar bajo el nombre <em>The Outdoor Citizen</em>. Residente en Boston, Judge es el presidente del Appalachian Mountain Club (AMC en sus siglas en ingl&eacute;s), la organizaci&oacute;n conservacionista m&aacute;s antigua de Estados Unidos, que dirige desde 2012.
    </p><p class="article-text">
        En su ensayo, el autor comparte un extenso abanico de pr&aacute;cticas innovadoras que se llevan a cabo en distintas ciudades del mundo y que est&aacute;n resultado positivas. Un ejemplo es el cementerio Mount Auburn, en Boston, un espacio que tradicionalmente no ha estado ligado al disfrute de la naturaleza, pero que en esta ciudad se ha convertido en epicentro hist&oacute;rico natural con programas mensuales educativos al aire libre, conciertos, lecturas, punto de encuentro para amantes de las aves y visitantes en general, consiguiendo las 200.000 visitas gratuitas anuales.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; es lo que comparten estos programas? La idea fundamental es dise&ntilde;ar ciudades m&aacute;s abiertas al medio ambiente y a su vez un entorno natural m&aacute;s accesible al ciudadano de manera &ldquo;inclusiva&rdquo;. A Judge le parece alarmante el desconocimiento y la desconexi&oacute;n de los ciudadanos con su entorno en ciudades como Boston: &ldquo;Cuando trabajaba en el departamento de planificaci&oacute;n urbana, me di cuenta de que las comunidades segregadas tienen menos acceso a la naturaleza. En zonas como la avenida Blue Hill, donde viven comunidades predominantemente afroamericanas, no tienen ni idea de que al final de la calle est&aacute;n las Monta&ntilde;as Azules, de ah&iacute; el nombre. Esto, entre otras cosas, me hizo pensar en una planificaci&oacute;n que facilite el acceso a los espacios verdes como un paso fundamental para frenar la discriminaci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En su libro <em>Outdoor Citizen</em>, Judge describe c&oacute;mo los beneficios de acercarse a la naturaleza para protegerla y disfrutarla son restauradores para nuestra psique, independientemente de la edad o la condici&oacute;n social. &iquest;C&oacute;mo crear esa conexi&oacute;n si no la has tenido en el pasado? Para Judge, la diferencia puede estar en marcarse unas simples prioridades, como salir a dar un paseo en una zona arbolada antes que en otra comercial. Desde ah&iacute; podemos dar el siguiente paso: interiorizar lo que percibimos, desde los colores a las fragancias cambiantes de cada d&iacute;a y estaci&oacute;n. &ldquo;Me parecen una buen&iacute;sima idea las aplicaciones para m&oacute;vil que miden tus pasos cada d&iacute;a, y las recomendaciones de caminar &lsquo;equis mil&rsquo; pasos diarios, pero creo que si solo das la mitad de ellos en un espacio natural eso puede cambiarte la vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el naturalista, el momento que vivimos&nbsp;es un punto de inflexi&oacute;n en el que habr&aacute; que elegir entre&nbsp;un mundo en el que cada uno trabaja en su casa mientras Amazon le trae la compra,&nbsp;u uno en el que los desarrollos tecnol&oacute;gicos se usan de manera que tanto el medio ambiente como el humano se benefician de ellos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El ciudadano del futuro est&aacute; en los espacios abiertos&rdquo;, dice, explicando su concepto de la &lsquo;ecolog&iacute;a que viene&rsquo;. Para Jugde se entrelazan varios factores, por un lado, las nuevas salidas laborales que surgen para paliar los efectos de la contaminaci&oacute;n y el crecimiento de la poblaci&oacute;n, as&iacute; necesitaremos m&aacute;s trabajadores en invernaderos, m&aacute;s cient&iacute;ficos y t&eacute;cnicos para jardines verticales y producci&oacute;n de micro verduras, m&aacute;s tecnolog&iacute;a de la comunicaci&oacute;n enfocada al control y monitorizaci&oacute;n de la calidad del aire y el agua... Por otro lado, el autor habla de las ciudades inteligentes, integradas con espacios abiertos de f&aacute;cil acceso para todos, de una planificaci&oacute;n urbana basada en la econom&iacute;a circular, y de un desarrollo urbano que tiene en cuenta la tendencia clim&aacute;tica a producir situaciones extremas como sequ&iacute;as, tornados, inundaciones o terremotos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Esta secci&oacute;n en eldiario.es est&aacute; realizada por Ballena Blanca. Puedes ver m&aacute;s sobre este proyecto period&iacute;stico&nbsp;aqu&iacute;</strong><a href="https://www.ballenablanca.es/que-es-ballena-blanca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/ciudadano-futuro-espacios-abiertos_128_6053069.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Jun 2020 19:11:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[John Judge, naturalista: "El ciudadano del futuro está en los espacios abiertos"]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una fábrica de vegetales en Nueva Jersey sin tierra, luz natural, ni riego con agua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/fabrica-vegetales-nueva-jersey-natural_1_1837553.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a6fb5a2a-9465-46ec-9d37-a9d5d1bfbd4c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una fábrica de vegetales en Nueva Jersey sin tierra, luz natural, ni riego con agua"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Visita a la empresa Aerofarms, que desafía a la agricultura tradicional comercializando alimentos que cultiva dentro de la propia ciudad</p></div><p class="article-text">
        La lluvia no ha dejado de caer en toda la ma&ntilde;ana y en el momento en que llegamos a la granja, las carreteras est&aacute;n parcialmente cubiertas por el agua. En la radio, los boletines de noticias hablan de las fuertes inundaciones y la amenaza, por cuarto a&ntilde;o consecutivo, de p&eacute;rdidas para los agricultores por la reducci&oacute;n de la producci&oacute;n de ma&iacute;z, soja y trigo. Estamos en Newark, Nueva Jersey, una urbe deprimida econ&oacute;micamente cuyo r&aacute;pido desarrollo industrial a comienzos del siglo XX ha dejado como herencia amplias zonas de naves abandonadas de aspecto austero, ventanas rotas y pintadas en las paredes.
    </p><p class="article-text">
        En pleno coraz&oacute;n de una localidad tradicionalmente considerada como desierto alimentario, la peque&ntilde;a puerta trasera de una de estas naves se abre hacia un entorno esterilizado cuya luz, temperatura y humedad est&aacute;n controladas al segundo por ordenador y donde crecen, felizmente, hasta 20 variedades de plantas comestibles sin tierra, luz natural, ni riego convencional.
    </p><p class="article-text">
        Marc Oshima, cofundador de la granja vertical <a href="https://aerofarms.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Aerofarms</a> y responsable de marketing y comunicaci&oacute;n en la empresa, nos da la bienvenida en vaqueros y camisa blanca. Nos pide que firmemos unos formularios de seguridad y, tras un minucioso proceso de descontaminaci&oacute;n del exterior, nos invita a la particular huerta de la empresa. La enorme sala, de iluminaci&oacute;n blanquecina y un suave ruido sordo de ventiladores, comprende hileras en las que <strong>se apilan hasta 21 niveles de grand&iacute;simas bandejas sobre las que crecen verduras a distintas velocidades</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Varias clases de lechuga, berro, col, mostaza o r&uacute;cula maduran bajo hileras de l&aacute;mparas LED. Sustentadas por una fina tela que las mantiene pr&aacute;cticamente flotando en el aire, las ra&iacute;ces reciben vapor de agua en la intensidad que necesitan a cada momento. <strong>Las bandejas est&aacute;n monitorizadas continuamente por ordenador</strong>, y los cient&iacute;ficos e ingenieros que trabajan en la huerta vigilan el desarrollo de cada planta mediante sofisticados programas inform&aacute;ticos que recogen una inmensa cantidad de datos al minuto. El producto final es una cosecha que puede ir directo al plato sin lavarse, porque se ha desarrollado en un ambiente completamente esterilizado.
    </p><p class="article-text">
        Se supone que esta f&aacute;brica que parece sacada de una peli de ciencia ficci&oacute;n es una especie de matrimonio perfecto entre el big data y la alimentaci&oacute;n saludable. Las plantas hijas de este ambiente pulcro, extra&ntilde;amente mecanizado y de aspecto futurista, aunque sea completamente contempor&aacute;neo, alcanzan la textura y madurez ideal en un tiempo r&eacute;cord en comparaci&oacute;n al que necesitar&iacute;an en el exterior, <strong>sin vulnerabilidad ante desastres clim&aacute;ticos, ni plagas</strong>, y lo que es m&aacute;s, sin que su producci&oacute;n suponga apenas contaminaci&oacute;n para el medio ambiente. &ldquo;Esto es como el ed&eacute;n para las plantas&rdquo;, dice Oshima mientras pasea con orgullo casi paternal entre las ordenadas filas.
    </p><p class="article-text">
        Aerofarms, el ambicioso proyecto de Oshima junto al cient&iacute;fico Ed Harwood y el emprendedor David Rosenberg, trabaja desde 2004 delineando la hoja de ruta de un nuevo modelo de agricultura, totalmente controlada. Con inversores como Goldman Sachs y Prudential Financial, y ayudas econ&oacute;micas del estado y la ciudad de Newark que suman 30 millones de d&oacute;lares, la empresa se precia de vender su producci&oacute;n en supermercados cercanos, lo que mantiene el frescor de sus productos y elimina el coste (econ&oacute;mico y ambiental) de transportar alimentos a destinos lejanos. &ldquo;Tardamos un tercio del tiempo que llevar&iacute;a a una huerta tradicional producir y podemos cosechar hasta 130 veces m&aacute;s al a&ntilde;o usando un 95% menos de agua que una huerta convencional&rdquo;, explica Oshima.
    </p><p class="article-text">
        El equipo de innovaci&oacute;n y desarrollo trabaja sin descanso para seguir puliendo la idea de donde surgi&oacute; Aerofarms. El prototipo es la minihuerta que Ed Hardwood vendi&oacute; a una escuela en Newark en 2010 y los alumnos utilizan todav&iacute;a a diario para cultivar las verduras que luego degustan en la cafeter&iacute;a. La clave de su &eacute;xito se basa en dos pilares: por un lado, la sustituci&oacute;n de la agricultura hidrop&oacute;nica (que cultiva las plantas en agua en vez de tierra) por aerop&oacute;nica, que humedece las plantas a trav&eacute;s de vapor de agua. El resultado es una agricultura que utiliza 70% menos agua que la hidrop&oacute;nica que, a su vez, necesita un 70% menos que la convencional. Por otra parte, la necesidad de que las bandejas pudieran ser lo suficientemente ligeras para apilarlas y no necesitar demasiado espacio se consigui&oacute; sustituyendo la tierra por tela. De hecho, despu&eacute;s de probar distintas texturas, el mismo Harwood confeccion&oacute; el material en el que se sustentan las semillas reciclando botellas de pl&aacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        Una vez usada, la tela se lava y vuelta a empezar. La composici&oacute;n exacta, como muchos otros detalles en Aerofarms, es una f&oacute;rmula secreta. Pregunto a Oshima por la efectividad y el coste de mantener la enorme planta iluminada por l&aacute;mparas LED sin descanso: &iquest;Acaso no contamina la necesidad energ&eacute;tica de la planta? &ldquo;En este momento utilizamos turbinas de gas natural, pero nuestro objetivo, en las pr&oacute;ximas Aerofarms a construir, es crear nuestra propia energ&iacute;a renovable de manera completamente autosuficiente&rdquo;, explica sin desvelar el dise&ntilde;o exacto de sus l&aacute;mparas LED, tambi&eacute;n clasificado ya que fabrican sus propias bombillas. &ldquo;Cuando empezamos, nuestro logotipo de marca sol&iacute;a ser 'La agricultura del futuro', pero despu&eacute;s de a&ntilde;os trabajando nos dimos cuenta de que no pod&iacute;amos seguir usando aquella idea, as&iacute; que la eliminamos. Aqu&iacute; estamos investigando, recolectando, saboreando y distribuyendo verduras d&iacute;a a d&iacute;a. Es algo completamente presente&rdquo;, matiza Oshima mientras nos muestra varios paquetes de 'dreams greens' (verduras de ensue&ntilde;o) listos para salir al mercado.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, la imagen id&iacute;lica proyectada por estos vegetales no es compartida por todos. <strong>Para muchos, la idea de una verdura que ha crecido en un entorno completamente controlado y alejado del ecosistema convencional no deja de ser algo artificial</strong>, contranatura o demasiado ut&oacute;pico. &iquest;Esta forma de agricultura es realmente una soluci&oacute;n viable para las ciudades?
    </p><p class="article-text">
        El modelo de cultivo que utiliza Aerofarms desde 2004 hace realidad el t&eacute;rmino agricultura vertical, pero no es su &uacute;nico ejemplo. En Estados Unidos, medio centenar de empresas de este tipo se reparten por su territorio (Seattle, Wisconsin, Filadelfia...), si bien en pa&iacute;ses como Jap&oacute;n, Taiw&aacute;n o China, la tecnolog&iacute;a avanza a pasos agigantados en el sector. En Alemania funcionan establecimientos como <a href="https://infarm.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Infarm</a>, un concepto a&uacute;n m&aacute;s completo cuya misi&oacute;n es acoger, en un mismo edificio, una superficie de alimentaci&oacute;n en cuya planta baja exista un supermercado, con una vitrina de cristal a trav&eacute;s de la que se pueda ver d&oacute;nde y c&oacute;mo crecen las plantas, probarlas y escogerlas pr&aacute;cticamente en su momento &aacute;lgido de maduraci&oacute;n, una especie de una huerta urbana 'al minuto'.
    </p><p class="article-text">
        El profesor Dickson Despommier, parasit&oacute;logo de especialidad y em&eacute;rito de la Universidad de Columbia en Nueva York, considera Infarm como lo m&aacute;s cercano a su visi&oacute;n personal de lo que significa la agricultura vertical. Despommier habla sobre este concepto con la emoci&oacute;n de ser testigo hoy de la materializaci&oacute;n de una idea a la que &eacute;l mismo puso nombre hace ya cerca de diez a&ntilde;os. En su libro, <a href="https://www.amazon.es/Vertical-Farm-Feeding-World-Century/dp/0312610696" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">The Vertical Farm, feeding the world in the 21st century</a><em>,</em> el doctor se extiende sobre la necesidad de transformar los h&aacute;bitos de producci&oacute;n alimentaria del planeta para los problemas de hambre por el aumento de la poblaci&oacute;n, a la vez que se frena el cambio clim&aacute;tico. Cuando se public&oacute; en 2011 no exist&iacute;a ninguna huerta vertical que pusiera en pr&aacute;ctica las ideas que hab&iacute;an surgido a ra&iacute;z de sus propias clases en la universidad, ejercitando la capacidad de sus alumnos de reflexionar sobre el futuro del planeta, o m&aacute;s concretamente de su ciudad, Nueva York, y c&oacute;mo solucionar el problema de la falta de espacio, la necesidad de alimentaci&oacute;n para una poblaci&oacute;n creciente y la contaminaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El problema en el sentido m&aacute;s amplio es hacer que las ciudades sean independientes de su entorno. Hoy en d&iacute;a la urbe es un par&aacute;sito que consume lo que le ofrece el planeta, pero no devuelve nada a cambio, lo &uacute;nico que deja atr&aacute;s es contaminaci&oacute;n. <strong>Si Nueva York pudiera ser autosuficiente y producir sus propios alimentos sin contaminar el ambiente, dejar&iacute;a de ser una carga</strong>&rdquo;, explica, conectando lo que ocurre en su entorno cercano con los procesos de hiperurbanizaci&oacute;n global. &ldquo;Pa&iacute;ses como India y China ya han demostrado que la agricultura tradicional ha fracasado. Los agricultores, empobrecidos por los sueldos bajos tras enormes cambios en el clima han tenido que abandonar el campo e irse a los entornos urbanos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;La agricultura tradicional ha reorganizado la superficie del planeta en favor de los campos de cultivo y a expensas de los ecosistemas naturales, reduciendo la mayor&iacute;a de &aacute;reas naturales a unidades fragmentadas, semifuncionales, y eliminando muchas otras&rdquo;</strong>, dice el profesor en su teor&iacute;a sobre la agricultura vertical. Como explica, los beneficios de este concepto van m&aacute;s all&aacute; de la capacidad de alimentar a una creciente poblaci&oacute;n urbana. Este es un modelo de agricultura controlada que reduce dr&aacute;sticamente la propagaci&oacute;n de plagas y evita la contaminaci&oacute;n del agua. Adem&aacute;s, permite el cultivo continuado, independiente de estaciones y los advenimientos del cambio clim&aacute;tico, a la vez que reduce o elimina por completo la necesidad de pesticidas y herbicidas. &ldquo;Devolver la tierra arada a la naturaleza permitir&iacute;a que vuelvan a crecer bosques&rdquo;, apunta Despommier con emoci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad Aerofarms distribuye seis tipos distintos de verduras tama&ntilde;o 'baby': r&uacute;cula, berza, mezcla de ensalada picante (incluye hojas de mostaza), pak choi, mezcla para ensalada y berro. Su precio es equivalente al de un paquete de verdura org&aacute;nica en un supermercado de rango medio del noroeste de Estados Unidos, 3,99 d&oacute;lares (3,5 euros), y se puede adquirir en varios establecimientos de la cooperativa de supermercados ShopRite al norte del estado de Nueva Jersey. &ldquo;Es una cuesti&oacute;n de seguridad alimentaria&rdquo;, apunta Marc Oshima, hablando de la hora del almuerzo que ya se aproxima, y en la que le encanta incorporar de alguna u otra forma berro fresco. &ldquo;Nosotros somos solo una parte de la soluci&oacute;n para un gran problema. Seguimos necesitando visionarios y mucho trabajo por delante&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/fabrica-vegetales-nueva-jersey-natural_1_1837553.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Nov 2018 14:50:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una fábrica de vegetales en Nueva Jersey sin tierra, luz natural, ni riego con agua]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Agricultura,Medio ambiente]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En este supermercado de Brooklyn se puede hacer la compra a cambio de trabajo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/economia/vieja-cooperativa-brooklyn-revoluciona-supermercado_1_2747923.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c0bc547d-7efe-452f-aece-d0eb44aef759_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En este supermercado de Brooklyn se puede hacer la compra a cambio de trabajo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En el epicentro del capitalismo, la cooperativa Park Slope Food Coop lleva 45 años mostrando en Nueva York que hay otras formas de consumo.</p></div><p class="article-text">
        Cada cuatro semanas, <strong>durante dos horas y 45 minutos</strong>, Mathew Lieberman cambia el silencio y la quietud de su apartamento por el trabajo como l&iacute;der de equipo en el bullicioso supermercado cooperativo de <a href="https://www.foodcoop.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Park Slope</a>. No recibe ni un penique por su aportaci&oacute;n. Tampoco lo consigue la artista Sunshine Suggs por su turno ordenando en la secci&oacute;n de conservas. El grupo que se afana en recibir, pesar y envolver quesos en el s&oacute;tano, el que llega a las cinco de la ma&ntilde;ana para empezar a descargar verduras frescas, los que limpian al final del d&iacute;a o quienes facturan en caja tampoco recoger&aacute;n un m&iacute;nimo d&oacute;lar por su empe&ntilde;o. Sin embargo, cada uno de ellos llena su cesta de la compra en un lugar de confianza, donde cada producto es seleccionado por su calidad y la &eacute;tica de su cultivo <strong>a precios muy por debajo de la media</strong>. Todos son miembros de Park Slope Food Coop que, 45 a&ntilde;os despu&eacute;s su fundaci&oacute;n, es ya una se&ntilde;a de identidad del barrio neoyorquino de Brooklyn. Nada hac&iacute;a prever que lo que comenz&oacute; como una m&aacute;s de los cientos de cooperativas que surgieron a principios de los a&ntilde;os 70 continuar&iacute;a en pie llegado el nuevo milenio, mucho menos que seguir&iacute;a creciendo hasta convertirse en la cooperativa m&aacute;s grande de edificio &uacute;nico en todo Estados Unidos, con m&aacute;s de <strong>17.000 miembros activos</strong> y ventas que en 2018 se espera alcanzar&aacute;n los <strong>56 millones de d&oacute;lares (45 millones de euros)</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En aquel momento no &eacute;ramos nada nuevo&rdquo;, dice Joe Holtz, miembro fundador que contin&uacute;a al pie de la cooperativa. &ldquo;Viv&iacute;amos la explosi&oacute;n de los movimientos sociales: el de los derechos civiles, la protecci&oacute;n del medio ambiente, los derechos de la mujer, la protesta contra la Guerra de Vietnam... Hab&iacute;a un libro entonces, <a href="https://www.penguinrandomhouse.com/books/97959/diet-for-a-small-planet-by-frances-moore-lappe/9780345373663/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Diet for a small planet</a> [Frances Moore Lapp&eacute;, 1971, uno de los primeros libros sobre el impacto ambiental y social de la producci&oacute;n de carne] que tuvo much&iacute;sima influencia en nuestra generaci&oacute;n&rdquo;, recuerda.
    </p><p class="article-text">
        Holtz ten&iacute;a 22 a&ntilde;os y hab&iacute;a dejado la universidad cuando uno de sus vecinos le coment&oacute; que estaba pensando crear una cooperativa con un par de conocidos. Estaba reci&eacute;n regresado de pasar una temporada en California, donde hab&iacute;a sido miembro de otras dos iniciativas similares, as&iacute; que no se lo pens&oacute; dos veces. &ldquo;Como muchos otros en aquella &eacute;poca, &eacute;ramos un grupo de j&oacute;venes que quer&iacute;a comer bien pero no ten&iacute;a dinero para permit&iacute;rselo. Nos reun&iacute;amos aqu&iacute; mismo, en la segunda planta de lo que es hoy el edificio central de la cooperativa. Durante el d&iacute;a nos ced&iacute;an el espacio que por las tardes se convert&iacute;a en un lugar para eventos culturales y lectura de poes&iacute;a. No nacimos para ayudar a nadie, sino para ayudarnos a nosotros mismos y a gente como nosotros&rdquo;, aclara.
    </p><p class="article-text">
        Los miembros de la nueva cooperativa invirtieron una m&oacute;dica suma y empezaron su particular desaf&iacute;o contra el auge del capitalismo y el imperante estilo de vida individualista estadounidense. &ldquo;El primer d&iacute;a fue emocionante. Ten&iacute;amos fruta, setas, verduras, arroz y otros cereales. Vend&iacute;amos aceite y otras salsas en botes de cristal, ten&iacute;amos frutos secos y pan&rdquo;, dice Holtz. Un par de semanas despu&eacute;s, dos o tres de los diez fundadores se mudaron a otra parte, pero Brooklyn fue siempre un barrio populoso y los nuevos miembros no se hicieron esperar. Aumentaron la variedad y cantidad de productos, empezaron a formarse colas y finalmente se hizo necesario m&aacute;s espacio. Una d&eacute;cada despu&eacute;s la cooperativa consigui&oacute; un pr&eacute;stamo y compr&oacute; el primero de los tres edificios que conforman hoy el <strong>ic&oacute;nico espacio de la calle Union</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Visitas bienvenidas, mercado solo para miembros&rdquo;, se lee al acceder a Park Slope. Cada cent&iacute;metro del gran edificio es &uacute;til. La planta baja acoge el mercado cuyos pasillos, repletos con m&aacute;s estanter&iacute;as que una tienda de alimentaci&oacute;n convencional, est&aacute;n rebosantes. Los bajos de los tres inmuebles conectados sirven a la vez de almac&eacute;n y espacio de empaquetado de productos a granel, que el turno pertinente pesa y embolsa continuamente.
    </p><p class="article-text">
        El primer piso aloja la oficina, ocupada por una mezcla de miembros y personal contratado. La sala multiusos donde se celebran reuniones, asambleas mensuales as&iacute; como eventos culturales; tambi&eacute;n hay espacio para una peque&ntilde;a guarder&iacute;a, de la que los asociados pueden disponer cuando acuden a realizar su turno de trabajo y, si hay espacio suficiente, cuando vienen a comprar. Tanto la oficina de personal como la de coordinadores est&aacute;n plagadas de folletos de informaci&oacute;n, archivadores, recortes, gente que entra y sale y un fluir continuo de conversaciones entre ellos o al tel&eacute;fono.
    </p><p class="article-text">
        Park Slope Food Coop, cuyo sistema de funcionamiento ha evolucionado y se ha ido perfeccionando democr&aacute;ticamente cada temporada, sigue estando a caballo entre lo anal&oacute;gico y lo digital. El sue&ntilde;o de un colectivo en el que se colabora sin remuneraci&oacute;n econ&oacute;mica funciona como un engranaje &uacute;nico de apariencia ca&oacute;tica pero efectividad comprobada. La <strong>plantilla de 75 trabajadores</strong> se suma al sistema de trabajo extensivo de los copropietarios, lo que permite a la cooperativa alcanzar unas ventas por metro cuadrado 16 veces por encima de la media nacional.
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        &iquest;C&oacute;mo se organiza este aparente desorden? &ldquo;Siempre ha sido complicado&rdquo; &ndash;explican en la oficina&ndash;. &ldquo;Conseguir que todo el mundo cumpla con su trabajo, que el dinero no se pierda en el proceso... hay que elegir un enfoque y seguirlo sin despistarse&rdquo;. Para mantener el rumbo, la hoja de ruta que ha mantenido a la agrupaci&oacute;n viva y rentable durante todos estos a&ntilde;os ha sido la igualdad entre copropietarios.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, <strong>la tarjeta de miembro</strong>, que se revisa siempre que este acude al centro, contiene informaci&oacute;n sobre sus contribuciones a Park Slope Food Coop. Si tiene turnos pendientes, el copropietario no podr&aacute; hacer la compra. Mientras esta pr&aacute;ctica no es del gusto de todos, mantiene a los asociados despiertos, y a aquellos que no est&eacute;n dispuestos a colaborar como los dem&aacute;s, fuera de la cooperativa. &ldquo;Aqu&iacute; todos trabajan lo mismo. Siempre estuvimos de acuerdo en que cerrar&iacute;amos si no pod&iacute;amos mantener esta norma. Un verdadero hippie hubiera preferido dejarlo pasar, pero eso habr&iacute;a destruido la esencia de la cooperativa, cuyo significado radica precisamente en eso, en la cooperaci&oacute;n&rdquo;, explica Holtz.
    </p><p class="article-text">
        Para ser miembro, cualquier individuo debe abonar una cuota de inscripci&oacute;n no reembolsable de <strong>25 d&oacute;lares</strong> y una inversi&oacute;n reembolsable de 100. &Uacute;nicamente est&aacute;n exentos de esta cuota personas con ayudas econ&oacute;micas p&uacute;blicas, que pueden abonar contribuciones de cinco y diez d&oacute;lares, respectivamente. Una vez parte del proyecto, se requiere que todos los socios trabajen dos horas y 45 minutos cada cuatro semanas en turnos rotativos. En casos excepcionales se pueden hacer turnos por adelantado o cambiarlos con otros miembros. Solo los discapacitados, nuevos padres o copropietarios en duelo por la p&eacute;rdida de un familiar est&aacute;n exentos del trabajo para la cooperativa de manera temporal. As&iacute;, esta consigue que un 75% del trabajo que se lleva a cabo en Park Slope Food Coop lo realicen los asociados. A cambio, los miembros consiguen que su cesta de la compra les cueste <strong>entre un 20% y un 30% menos</strong>.
    </p><p class="article-text">
        En 2015, un equipo de la incipiente cooperativa francesa <a href="https://cooplalouve.fr/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La Louve</a> viaj&oacute; a Brooklyn para visitar Park Slope Food Coop. Estudiaron cada detalle de funcionamiento de la entidad y pronto emularon su exitoso modelo de vuelta en Par&iacute;s. A pie de mercado en Brooklyn, los copropietarios son conscientes de que su participaci&oacute;n en la cooperativa se ve a trav&eacute;s de las lentes de la admiraci&oacute;n al otro lado del oc&eacute;ano. Es solo una raz&oacute;n m&aacute;s por la que ser miembro de la agrupaci&oacute;n les hace sentir bien. Aqu&iacute;, tanto el cirujano como el repartidor, el cuidador de perros, la dise&ntilde;adora gr&aacute;fica o el cocinero sienten algo que va m&aacute;s all&aacute; de tener a su disposici&oacute;n las frutas y verduras m&aacute;s frescas, cuyo origen pueden no solo conocer sino cuestionar (la cooperativa ha realizado varios boicots: durante el Apartheid retir&oacute; los productos de Sud&aacute;frica, las uvas chilenas tambi&eacute;n desaparecieron del mercado con el r&eacute;gimen de Pinochet).
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;el trabajo es para todos? El diario <em>The New York Times</em> lleg&oacute; incluso a publicar que <a href="https://www.nytimes.com/2011/02/18/nyregion/18coop.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ciertos miembros enviaban a sus ni&ntilde;eras a realizar su turno en la cooperativa</a>, y hay quien simplemente no est&aacute; dispuesto a ofrecer su esfuerzo a cambio de descuentos en alimentaci&oacute;n. Pero los que se quedan lo hacen con convicci&oacute;n. Se sienten parte de una comunidad, una familia gigantesca que hace que el esperar en la cola para pagar con un carrito repleto no sea exasperante, sino un buen momento para charlar animadamente o leer la gaceta semanal de la cooperativa (de ir&oacute;nico nombre La gaceta para quienes esperan en fila, <a href="https://www.foodcoop.com/lwgtoc/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">The linewaiters gazette</a>). &ldquo;Cuando me mud&eacute; a Estados Unidos tuve un momento de paranoia. Empec&eacute; a darme cuenta de que no pod&iacute;a fiarme del origen de los productos que compraba. Estaba acostumbrada a ver a gallinas y vacas sueltas, mientras aqu&iacute; lo m&aacute;s cercano era un cami&oacute;n lleno de pollos en la carretera. Dej&eacute; de comer casi por completo, paralizada, hasta que o&iacute; hablar de la cooperativa. Formar parte de esto me ha tra&iacute;do mucha paz. Me siento en control&rdquo;, explica en la caja la nigeriana Ika Take.
    </p><p class="article-text">
        Al otro lado del pasillo, seleccionando d&aacute;tiles y otros frutos secos, el franc&eacute;s Jean Claude Chetrit se toma con calma la compra del d&iacute;a. Ya no viene tan a menudo como cuando trabajaba. Ahora que ya le ha dedicado 25 a&ntilde;os de su tiempo, el copropietario est&aacute; jubilado de su aportaci&oacute;n y puede comprar sin un turno de trabajo. La cooperativa es un pilar esencial m&aacute;s en su vida, y ahora es su hija la que sigue sus pasos.
    </p><p class="article-text">
        Anne Herpel, coordinadora general y vecina de Park Slope durante a&ntilde;os, sabe cu&aacute;nto ha cambiado el barrio mientras la cooperativa crec&iacute;a <strong>dentro del n&uacute;mero 782 de la calle Union</strong>. El barrio est&aacute; 'gentrificado', como los anglosajones llaman a aquellos distritos de gente con pocos recursos que han sido colonizados por gente m&aacute;s rica y moderna. En efecto, lejos de aquel origen multicultural y obrero que se afinc&oacute; aqu&iacute; huyendo del caro Manhattan, los nuevos miembros pagan precios casi tan astron&oacute;micos por su vivienda en Park Slope como en el centro de la Gran Manzana, pero es algo que dentro de la cooperativa no se ve. Los vecinos van creando comunidad al coincidir en los mismos turnos. Comparten recetas. Conocen amigos, a veces incluso parejas. Sorteando el ordenado barullo del microcosmos paralelo que avanza tras las puertas de la cooperativa, Holtz se sonr&iacute;e. &ldquo;Todav&iacute;a hoy la gente me pregunta si esto es una utop&iacute;a... &iexcl;Para m&iacute; est&aacute; bastante claro que es el futuro!&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Esta nueva secci&oacute;n en eldiario.es est&aacute; realizada por Ballena Blanca. Puedes ver m&aacute;s sobre este proyecto period&iacute;stico aqu&iacute;.</strong><a href="http://www.ballenablanca.es/nosotros-el-equipo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Rojo, Cristina Rojo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ballenablanca/economia/vieja-cooperativa-brooklyn-revoluciona-supermercado_1_2747923.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Oct 2018 17:29:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En este supermercado de Brooklyn se puede hacer la compra a cambio de trabajo]]></media:title>
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