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    <title><![CDATA[elDiario.es - Rafael Inglott Domínguez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/rafael_inglott_dominguez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Rafael Inglott Domínguez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Honrar al padre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/honrar-padre_132_12955338.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cccd1652-5631-4ddd-92c2-e5e48166ee66_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Honrar al padre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Honrar al padre muerto es encomiable. Hacerlo en letra impresa no es infrecuente. Pero honrar al padre muerto de la forma sobria, contenida y exhaustiva como hace Gustavo Winter, hacerlo con amor, destreza y equilibrio durante casi quinientas páginas, es algo tan excepcional que he desistido de buscarle precedentes</p></div><p class="article-text">
        Estas l&iacute;neas llegan con retraso. Demasiado, quiz&aacute;s, pues en estos tiempos de apresuramiento todo tiende a despacharse dedo arriba o dedo abajo, los eventos pasan como en serie y nada espera a que se cumpla el tiempo de la reflexi&oacute;n y el juicio sosegado. Sin embargo, no por eso dejar&eacute; de comentar el libro que ahora tengo entre las manos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se titula <em>Casa Winter Cofete. Un alem&aacute;n, un lugar, una casa&hellip;</em> Su contenido es denso pero obvio desde la dedicatoria, por eso hasta el lector m&aacute;s despistado advertir&aacute; muy pronto lo esencial: el alem&aacute;n que se menciona en la portada (Gustav Winter, 1893-1971) es el padre del autor (Gustavo Winter Althaus). Honrar al padre muerto es encomiable. Hacerlo en letra impresa no es infrecuente. Pero honrar al padre muerto de esta forma sobria, contenida y exhaustiva, hacerlo con amor, destreza y equilibrio durante casi quinientas p&aacute;ginas, es algo tan excepcional que he desistido de buscarle precedentes. No los hay. Alguien dir&aacute; que un significativo grupo de escritores, desde el lejano Manrique hasta los m&aacute;s actuales Dylan Thomas, Seamus Heaney, Sharon Olds, han dejado testimonios memorables de piedad filial. Y as&iacute; es. Pero la expresi&oacute;n de la piedad en cada caso &mdash; con la notable excepci&oacute;n de Olds, una mujer &mdash; se ha reducido a fogonazos tan intensos como aislados. Adem&aacute;s, esta mirada sobre el horizonte literario tiene su contrapartida: con el giro hacia la subjetividad y la irrupci&oacute;n del Yo moderno en la literatura, crece y crece el n&uacute;mero de autores cuya evocaci&oacute;n del padre lleva el sello de la negatividad o el del conflicto. Los nombres de Kafka, Bernhard, Plath, Handke, Coetzee, son algunos hitos de una serie muy diversa que se extiende desde la animadversi&oacute;n y la impotencia hasta el desd&eacute;n y la verg&uuml;enza. Volver&eacute; despu&eacute;s sobre esta quiebra cultural, inscrita en la desacralizaci&oacute;n del patriarcado y con ep&iacute;gonos de execraci&oacute;n banal en escritores de bastante menos talla que los ya citados. Pero, insisto, el libro de Gustavo Winter no pertenece a esta saga, porque parte de un empe&ntilde;o vigoroso y manifiesto: limpiar el recuerdo de su padre de las adherencias que lo han ensuciado sin justificaci&oacute;n ni racionalidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empezar&eacute; por valorar el resultado de este empe&ntilde;o. Porque <em>Casa Winter Cofete</em> viene a ser, antes que nada, una implacable y exhaustiva operaci&oacute;n de exorcismo. Todos los demonios/mitos que la infamia se encarg&oacute; de alimentar, en alianza con las tragaderas de la sinraz&oacute;n y la ignorancia, son aniquilados paso a paso con las herramientas ad hoc: escrutando infinidad de archivos familiares y oficiales, recogiendo testimonios de diversa procedencia, contrastando hechos e interpretaciones, desarticulando los distintos componentes de los bulos, describiendo minuciosamente su trazado, repasando sus distintos mecanismos (cognitivos, emocionales, socioculturales) e hilvanando todo ello en una prosa limpia, sobria, sin excesos. Nada queda fuera de esta empresa desmitificadora, tras la que se advierten grandes dosis de perseverancia y de pasi&oacute;n por la verdad. Consciente de que la refutaci&oacute;n frontal solo conseguir&iacute;a potenciar la reactancia de los mitos, Gustavo Winter hijo se decanta por la opci&oacute;n m&aacute;s ambiciosa y m&aacute;s inteligente: escribir la biograf&iacute;a de su padre, dejando que los hechos hablen por s&iacute; mismos. Consciente, tambi&eacute;n, de que una historia personal no es descifrable sin elucidar sus relaciones con la historia colectiva (desde lo local hasta lo universal), nos conduce con pericia por los entresijos de esas relaciones. Pero hay a&uacute;n en el discurso del autor otro nivel de conciencia, que se me antoja m&aacute;s clarividente que los otros y m&aacute;s pr&oacute;ximo a la sabidur&iacute;a: el reconocimiento de que la verdad no prevalece ni se impone, aunque su luz destelle meridianamente en el combate. &ldquo;S&eacute; que es una tarea in&uacute;til&rdquo;, nos dice, &ldquo;la leyenda no va a desaparecer. Los contenidos falsos se difunden significativamente m&aacute;s r&aacute;pido, generan m&aacute;s interacci&oacute;n y se comparten mucho m&aacute;s que los verdaderos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; este libro entonces? &iquest;Por qu&eacute; tanta dedicaci&oacute;n, tantas p&aacute;ginas, tanto trabajo?
    </p><p class="article-text">
        Preguntas cruciales, que no me atrevo a contestar sino con las palabras del poeta:
    </p><p class="article-text">
        	<em>Ea, padre querido, monta sobre mi cuello. Te sostendr&eacute; en mis hombros.</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>No va a agobiarme el peso de esta carga. Y pase lo que pase,</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>uno ha de ser el riesgo, una la salvaci&oacute;n para los dos.</em>
    </p><p class="article-text">
        	(<em>Eneida</em>, Libro II, l&iacute;neas 706-709 de la edici&oacute;n de Gredos)
    </p><p class="article-text">
        Sostener sobre los propios hombros la memoria del padre, comprometer la propia salvaci&oacute;n en defensa de la suya, hacerlo sin sentir ning&uacute;n agobio, es mucho m&aacute;s que un simple gesto de amor filial. Es una empresa &eacute;tica de superior nivel, aunque en un contexto hist&oacute;rico como el actual apenas se valore.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El precepto de honrar al padre y a la madre, tan antiguo y tan sagrado en todas las culturas como el de hacerlo con los dioses, sufri&oacute; un proceso de reconversi&oacute;n cristiana en los albores de la Edad Media (ideolog&iacute;a del amor filial) y otro de descristianizaci&oacute;n acelerada en la Moderna (crisis del patriarcado). Este viaje de ida y vuelta lo sac&oacute; de sus ra&iacute;les &eacute;ticos, dej&aacute;ndolo sin otra cobertura subjetiva que la del afecto y sus vicisitudes. Puede que parezca pesimista este resumen, pero no lo es. Porque, en nuestra constituci&oacute;n como sujetos &eacute;ticos, hay una instancia previa a los preceptos y tambi&eacute;n a los afectos. L&eacute;vinas la describe como una responsabilidad asim&eacute;trica incondicional o &ldquo;deuda infinita&rdquo;, que surge del encuentro con el &ldquo;rostro&rdquo; del otro y nos exige hacernos cargo de su radical exposici&oacute;n. De su vulnerabilidad.
    </p><p class="article-text">
        El rostro del padre muerto, su radical exposici&oacute;n y su vulnerabilidad frente a la infamia, fue sin duda la palanca de este libro que ahora tengo entre las manos. Ni la <em>eusebeia</em> griega, ni la <em>pietas</em> latina, ni la <em>mitzv&aacute;</em> jud&iacute;a, ni el amor filial del cristianismo, ni ninguna otra apropiaci&oacute;n civilizadora, tienen la fuerza de esta &eacute;tica constitutiva y primordial que nada espera. Por eso debo terminar con las palabras que Gustavo Winter hijo pone en boca de Mahatma Gandhi: &ldquo;Casi todo lo que realices ser&aacute; insignificante, pero es muy importante que lo hagas.&rdquo;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/honrar-padre_132_12955338.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Feb 2026 11:19:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Honrar al padre]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una carrera en la que nadie gana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/carrera-nadie-gana_1_10390255.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &ldquo;Antes se coge a un mentiroso que a un cojo&rdquo;, se dec&iacute;a en otro tiempo. No s&eacute; si las comparaciones son odiosas, pero improcedentes s&iacute; que son algunas. Esa lo es por dos motivos, de los cuales uno es muy obvio: tomar de referencia la cojera es ofensivo. El otro exige una m&iacute;nima elucidaci&oacute;n, por eso voy a dedicarle el resto de los renglones. 
    </p><p class="article-text">
        No hace mucho, la direcci&oacute;n del Museo del Prado dedic&oacute; al pintor Guido Reni una exposici&oacute;n antol&oacute;gica. La joya de esa muestra, una de las muchas que nutren la colecci&oacute;n del museo, era el lienzo titulado <em>Hip&oacute;menes y Atalanta</em>. Representa a dos j&oacute;venes, &eacute;l y ella, sorprendidos en plena carrera campo a trav&eacute;s. Lo llamativo del cuadro, y a la vez lo m&aacute;s logrado, es que ella se demora en recoger del suelo unas esferas algo relucientes: las manzanas de oro que &eacute;l va dejando a su paso. En una especie de instant&aacute;nea pict&oacute;rica, Reni supo condensar un viejo mito del ciclo arcadio: Atalanta, criada por una osa en medio de los montes, nada quiere saber de hombres ni de casorios. Cada pretendiente que le surge, y son innumerables, es desafiado por ella a una carrera muy singular. Deja salir con ventaja al aspirante, pero siempre con la misma condici&oacute;n: si gana ser&aacute; su esposo, si pierde morir&aacute; de una lanzada. Conociendo la agilidad de Atalanta, bien entrenada en sus monta&ntilde;as de Arcadia, Hip&oacute;menes recurre a la astucia: va arrojando en medio de la pista, cada vez que la joven se le aproxima, las manzanas de oro que Afrodita puso en sus manos. Al final se sale con la suya. 
    </p><p class="article-text">
        Del espabilado Hip&oacute;menes debi&oacute; de aprender mucho Steve Bannon, exjefe de estrategia de la Casa Blanca y agente muy decisivo en el ascenso de Donald Trump a la presidencia. Las diferencias, sin embargo, saltan muy pronto a la vista. Lo que Hip&oacute;menes se juega es un asunto privado, algo que solo le concierne a &eacute;l y en todo caso a Atalanta, no el destino de todo un pa&iacute;s. Y lo que va soltando a su paso es el regalo de una diosa, no una ristra de basuras disfrazadas de noticias. Recordemos, sin ir m&aacute;s lejos, el infundio de que Hillary Clinton regentaba una red de pederastia. O el de que Barack Obama era el fundador de ISIS. Pero lo m&aacute;s escandaloso del asunto no fue el cinismo de Bannon, ni el de Trump, de los que pod&iacute;a esperarse cualquier cosa. Sino que, con semejante estrategia, se llegara a gobernar durante cuatro a&ntilde;os los Estados Unidos. 
    </p><p class="article-text">
        Tras los pasos Bannon va entre nosotros un conocido personaje, a quien Antonio Mu&ntilde;oz Molina ha retratado hace muy poco en un texto mod&eacute;lico y dificilmente replicable (<a href="https://elpais.com/opinion/2023-07-15/laera-de-la-vileza.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">La era de la vileza</a>). Hablo de Miguel &Aacute;ngel Rodr&iacute;guez, asesor permanente de Isabel D&iacute;az Ayuso, indignamente famoso por sus infundios y condenado por haber tildado de nazi asesino a mi colega Luis Montes Rodr&iacute;guez, profesional intachable donde los haya, contribuyendo con ello a amargarle la vida, distraerlo de objetivos personales o profesionales y arruinarle la salud. Asegura el escritor onubense, y sus razones tendr&aacute; para hacerlo, que el tal Rodr&iacute;guez asesora tambi&eacute;n a N&uacute;&ntilde;ez Feij&oacute;o. No de una forma permanente, sino en los debates que el pol&iacute;tico gallego decidi&oacute; seleccionar. 
    </p><p class="article-text">
        Nada o casi nada deber&iacute;a yo a&ntilde;adir a lo ya escrito por Mu&ntilde;oz Molina, pues da en el clavo de una realidad que a muchos espa&ntilde;oles indigna y asusta. Vivimos en la era de la vileza, s&iacute;. Una era que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt analizaron exhaustivamente <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-como-mueren-lasdemocracias/267441" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">hace ya cinco a&ntilde;os</a>. Si golpeo sobre el mismo clavo, y a pocos d&iacute;as de las elecciones generales, es porque me solivianta el espect&aacute;culo de esta carrera contra reloj, en la que gente como Miguel &Aacute;ngel Rodr&iacute;guez logra cada d&iacute;a salirse con la suya. Por eso no distinguir&eacute; esta vez entre derechas e izquierdas, conservadores y progresistas, reacci&oacute;n frente a acci&oacute;n, ni nada parecido. Me limitar&eacute; a se&ntilde;alar que mientras unos mienten a conciencia, otros dedican a desmentirles el esfuerzo necesario para dar a conocer lo que de verdad importa: propuestas de gobierno. Los primeros imitan a Hip&oacute;menes muy malamente, soltando por el camino toda clase de embustes. Los otros malgastan gran parte del tiempo &mdash;y este s&iacute; que es de oro&mdash; barriendo como pueden esas basuras. Gane quien gane la carrera, en la pista trazada por Rodr&iacute;guez todos vamos a perder. Ya hemos perdido, de hecho, por lo menos una parte de un patrimonio esencial: el de los valores democr&aacute;ticos. El reto ya no es otro que recuperarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/carrera-nadie-gana_1_10390255.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Jul 2023 10:25:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una carrera en la que nadie gana]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La pandemia y el monje Guillermo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pandemia-monje-guillermo_132_6035936.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Los admiradores de <em>El nombre de la rosa</em>, por poco que hayan mirado en la trastienda, sabr&aacute;n que Umberto Eco prepar&oacute; a conciencia su novela. Y que cambi&oacute; algunos planes. El principal protagonista no iba a ser un monje de ficci&oacute;n, Guillermo de Baskerville, sino su <em>alter ego</em> en la realidad: Guillermo de Occam u Ockham, el fil&oacute;sofo franciscano que muri&oacute; casi seguramente por la peste negra. Lo que pasa del uno al otro es el principio de parsimonia: ambos toman la distancia justa para ordenar mentalmente unos tiempos oscuros, embarullados por la superstici&oacute;n y el caos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No hay que buscar m&aacute;s razones a lo que puede entenderse con menos&rdquo;, dej&oacute; dicho el de Ockham. La aparente sencillez de ese principio, conocido tambi&eacute;n como <em>navaja de Ockham</em>, puso contra las cuerdas a los plat&oacute;nicos de su tiempo. No es que Guillermo los cogiera desprevenidos, pues en la <em>F&iacute;sica</em> de Arist&oacute;teles (<em>1, IV</em>) viene a decirse lo mismo. Y Alejandro Magno hizo valer de forma tajante (es decir, espada en mano) una idea bastante aproximada. Si la cuesti&oacute;n es deshacer el nudo gordiano, &iquest;de qu&eacute; sirve aturullarse con sus entresijos? Baste saber lo esencial: que est&aacute; hecho de una sola cuerda. La historia del nudo gordiano es un &ldquo;arreglo a medida&rdquo; de los cronistas, de eso no hay duda, pero ah&iacute; precisamente reside su virtud. Cada leyenda que perdura esconde una idea no menos perdurable.
    </p><p class="article-text">
        Aprend&iacute; en los primeros 70, gracias a la influencia de mi maestro Luis Gonz&aacute;lez, que los problemas de salud deben tratarse all&iacute; donde surgen. Y que por eso los recursos sanitarios deben ir siempre a donde est&aacute; la gente. Aquel magisterio fue muy fecundo: al menos en el &aacute;mbito de la salud mental, muchos profesionales de distintas disciplinas tomamos como norte la atenci&oacute;n comunitaria. Tambi&eacute;n los pacientes y sus familiares llegaron a asumirla y defenderla. De este modo fue abri&eacute;ndose camino, entre vientos no siempre favorables, la reforma psiqui&aacute;trica en Canarias.
    </p><p class="article-text">
        A nuestra sanidad le han pasado en ese tiempo muchas cosas, unas buenas y otras no tanto. Me inclino a enmarcar las primeras entre dos fechas: la Conferencia de Alma-Ata (septiembre de 1978) y la de Astan&aacute; (octubre de 2018). Una y otra culminaron en sendas declaraciones, que en contextos temporales diferentes delineaban un mismo prop&oacute;sito: promover la atenci&oacute;n primaria de salud (APS), situando el eje de la atenci&oacute;n donde debe estar. En la comunidad, no en el hospital.
    </p><p class="article-text">
        El esp&iacute;ritu de esos acuerdos parece haber tomado cuerpo en las instituciones espa&ntilde;olas. A diferencia de otros pa&iacute;ses europeos, nuestra APS est&aacute; s&oacute;lidamente sectorizada, sus profesionales cuentan con formaci&oacute;n bien reglada y se integran a todos los efectos en el sistema p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Sabemos que otros datos no hablan tan bien de nuestra sanidad: saturaci&oacute;n de las consultas, funciones preventivas y proactivas muy marginales, servicios de urgencia colapsados, listas de espera inasumibles... Pero los gobernantes esquivan sin mayor sonrojo esas evidencias. El ministerio de Sanidad tergiversaba hace poco los resultados del &Iacute;ndice Global de Competitividad del WEF, interpretando que tenemos &ldquo;la mejor sanidad del mundo&rdquo;. Una agencia de <em>fact-checking </em>(<em>Newtral</em>, 13 de febrero pasado) puso las cosas en su sitio.
    </p><p class="article-text">
        Pero hubo de venir la pandemia para ubicarnos del todo. Una letalidad en torno al 9,5%, se lea como se lea, es demasiado alta para un sistema presuntamente mod&eacute;lico. De acuerdo, otros pa&iacute;ses m&aacute;s ricos van camino de &iacute;ndices peores. Pero como excusa eso no vale, pues disponemos de un patr&oacute;n oro: Alemania, con numerosos casos detectados, mantiene un 4,7% de letalidad. &iquest;C&oacute;mo se entiende tanta distancia, si la legislaci&oacute;n no es all&iacute; tan puntera? &iquest;Es solo una cuesti&oacute;n de fortaleza econ&oacute;mica?
    </p><p class="article-text">
        Los observadores del caso alem&aacute;n coinciden en destacar un hecho: aunque la tasa de contagios es casi 40 veces mayor que la de China y el aislamiento colectivo mucho menos radical, el virus no ha hecho llegar muchos casos a los hospitales. Circularon hip&oacute;tesis diversas para explicar estos datos, pero la navaja de Ockham destap&oacute; lo evidente: una mayor&iacute;a de casos era diagnosticada y tratada precozmente en los domicilios, reduci&eacute;ndose de ese modo los agravamientos. Con una APS todav&iacute;a en desarrollo, Alemania supo volcar todo el esfuerzo en la direcci&oacute;n correcta: desde el entorno institucional hacia el comunitario, no al rev&eacute;s. Por eso ha sido m&aacute;s eficiente.
    </p><p class="article-text">
        El futuro de nuestra sanidad requiere una serena reflexi&oacute;n colectiva, ahora m&aacute;s que nunca. Pero el clima parlamentario hace temer discusiones broncas, abigarradas y bizantinas. Puedo imaginar a Guillermo de Ockham -estupefacto, sin duda- asistiendo en lo alto de la tribuna a esos debates. Imagino tambi&eacute;n lo que har&iacute;a: mesarse los cabellos y echar un vistazo al gasto sanitario.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; no revisarlo con &eacute;l? Demos por sabido y subrayado lo principal -que ese gasto es inferior a la media europea- y pasemos a comparar magnitudes espec&iacute;ficas. Entre 2013 y 2017, el gasto total consolidado en atenci&oacute;n primaria creci&oacute; <strong>ocho veces menos</strong> que el de los hospitales y apenas lleg&oacute; al <strong>14,2%</strong> del gasto global. Peores a&uacute;n fueron las cifras para la salud p&uacute;blica, cuyo gasto total no rebas&oacute; el <strong>1,1%</strong>. Lo revisable aqu&iacute; no es el volumen del gasto hospitalario (que damos por ajustado, naturalmente) sino la congruencia interna y la eficiencia de la din&aacute;mica global. Sabemos, por ejemplo, que una parte significativa de nuestras costos&iacute;simas camas hospitalarias se mantiene ocupada por una sola raz&oacute;n: la ausencia de recursos adecuados -y desde luego menos costosos- en la comunidad. Surgen por tanto muchas dudas sobre la planificaci&oacute;n y la gesti&oacute;n del gasto sanitario en su conjunto. Pero no es cuesti&oacute;n de perderse en tecnicismos, sino de escuchar al monje Guillermo y cuestionarnos lo esencial. A eso voy.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; medida ahorra sufrimiento humano un reparto que minimiza la atenci&oacute;n en la comunidad, sustrae tiempo y sosiego a la elucidaci&oacute;n cl&iacute;nica frente al paciente, fuerza los errores, la multiplicaci&oacute;n de pruebas y la polifarmacia, dificulta el diagn&oacute;stico precoz, limita las funciones de prevenci&oacute;n y sobrecarga de modo improcedente los servicios hospitalarios?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ntas vidas humanas podr&iacute;a salvar, con las lecciones de la pandemia bien aprendidas, una vigilancia de la salud correctamente ubicada en la comunidad?
    </p><p class="article-text">
        Si la atenci&oacute;n ha de centrarse en el paciente y enmarcarse en su propio entorno, &iquest;por qu&eacute; los vientos soplan con fuerza creciente hacia el hospital?
    </p><p class="article-text">
        En su comparecencia del pasado 18 de marzo, el presidente S&aacute;nchez anunci&oacute; que volver&iacute;a a evaluarse nuestro sistema de salud. Habl&oacute; de una comisi&oacute;n <em>ad hoc</em>. Al o&iacute;rlo me vinieron a la memoria los problemas detectados por la Comisi&oacute;n Abril Martorell, hace nada menos que 29 a&ntilde;os: desproporci&oacute;n de gasto entre el sector hospitalario y la atenci&oacute;n primaria, consumo excesivo de pruebas y f&aacute;rmacos, irrelevancia de la prevenci&oacute;n y la salud p&uacute;blica, &iquest;verdad que nos suena?
    </p><p class="article-text">
        Pero seamos optimistas. Esperemos que este nuevo viaje valga la pena y que nadie se deje atr&aacute;s la navaja de Ockham. Todo lo fundamental sigue a la vista y ya no es tiempo de andarse por las ramas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pandemia-monje-guillermo_132_6035936.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 02 Jun 2020 15:29:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La pandemia y el monje Guillermo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un relato como otro cualquiera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/relato_132_5972128.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En el cap&iacute;tulo s&eacute;ptimo de <em>El halc&oacute;n malt&eacute;s</em> hay una historia que cuenta Sam Spade. Es un relato en apariencia casual, pero revela cierto aspecto de la condici&oacute;n humana. Por eso es tambi&eacute;n desconcertante. 
    </p><p class="article-text">
         Cierto agente inmobiliario, un tal Flitcraft, desaparece en Tacoma a la hora del almuerzo. Todos sus asuntos est&aacute;n en regla y su vida en perfecto orden: pareja estable, casa en zona residencial, coche de lujo, ni&ntilde;os peque&ntilde;os&hellip; Todo sigue en su sitio menos &eacute;l. Han pasado ya unos a&ntilde;os, pero Spade lo localiza en Spokane, a unas 300 millas de Tacoma. Ha cambiado de nombre, se gana bien la vida vendiendo coches, tiene una esposa que juega al golf y al bridge, un ni&ntilde;o reci&eacute;n nacido, las aficiones y el confort de siempre. Accede a una cita con el detective y, sin mucha confianza en que le crea, revela por primera vez lo ocurrido. Yendo a comer desde el trabajo cay&oacute; desde lo alto una viga, que fue a estrellarse ante sus pies. Solo una esquirla desprendida de la acera le roz&oacute; la mejilla. Ahora se acaricia la cicatriz (casi amorosamente, apunta Spade) mientras revive en voz alta aquel momento. Fue &ldquo;como si alguien hubiese apartado la tapa de la vida y le hubiese dejado ver el mecanismo.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
         Flitcraft hab&iacute;a sido hasta entonces un hombre previsible, porque la gente a su alrededor era as&iacute;. Pero una viga le ense&ntilde;a que los hombres &ldquo;solo viven mientras la suerte ciega los esquiva&rdquo;. Y decide atenerse en adelante a esa evidencia. Sabe que a su familia no le faltar&aacute; de nada, as&iacute; que empieza a vagar por el Suroeste del pa&iacute;s. Dos a&ntilde;os despu&eacute;s esa deriva ya lo ha devuelto al Noroeste. Se establece en Spokane, prospera en poco tiempo y se casa sin m&aacute;s. &ldquo;No lamentaba lo que hab&iacute;a hecho&rdquo;, concluye el detective. Ni siquiera sospechaba haber vuelto al redil que abandon&oacute; en Tacoma. &ldquo;Pero esa es la parte de la historia que siempre me gust&oacute;. Se hab&iacute;a adaptado a que cayeran vigas, entonces dejaron de caer y se adapt&oacute; a que no cayeran&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
         Como en los relatos de un remoto pasado, Flitcraft le vio el rostro a la Moira<em>.</em> No dud&oacute; en salir a su encuentro, durante un par de a&ntilde;os se orient&oacute; por su mirada. Pero lo mov&iacute;a al mismo tiempo una fuerza inadvertida, una querencia freudiana de nombre enrevesado:<em> der Wiederholungszwang</em>. El apremio de volver a lo mismo. Impulsado por la conjunci&oacute;n de ambos vectores, Charles Flitcraft fue a parar a la bigamia.
    </p><p class="article-text">
         Todo esto tiene que ver con lo que llaman &ldquo;nueva normalidad&rdquo;. Parece ser que esta noci&oacute;n, reguladora de un inmediato futuro frente al virus, fue extra&iacute;da de otro contexto. Lo llamativo es que nadie -seguramente por las prisas del trasiego- reparase en la contradicci&oacute;n de su enunciado. Nada nuevo es normal cuando irrumpe, ni siquiera cuando perdura, solo llega a serlo cuando deja de parecernos nuevo. Y para entonces ya es otra cosa. La absorci&oacute;n de lo nuevo es un proceso intrincadamente complejo, donde se conjugan sin reglas previas factores causales de naturaleza impredecible. Toda la historia universal es un compendio de &ldquo;nuevas normalidades&rdquo; frustradas, que siguieron una deriva muy parecida a la de Flitcraft. Es decir, fueron poco normales y a la postre no tan nuevas.
    </p><p class="article-text">
         Pese a todo hay quienes insisten en que el virus nos va a cambiar. Y lo que a veces describen no es un mundo m&aacute;s preventivo, m&aacute;s cuidadoso con los d&eacute;biles y la naturaleza, sino m&aacute;s lanzado a la caza de oportunidades.
    </p><p class="article-text">
         Fue John F. Kennedy el primero en asignar a la palabra <em>weichi</em> (crisis en chino) dos presuntos componentes: <em>peligro</em> y <em>oportunidad</em>. Despu&eacute;s de &eacute;l, una legi&oacute;n de ejecutivos, psic&oacute;logos, l&iacute;deres de opini&oacute;n, incondicionales del <em>coaching</em> y adalides de la autoayuda vienen repitiendo la misma salmodia: <em>crisis = peligro + oportunidad</em>. De nada sirve que un eminente sin&oacute;logo (<a href="http://pinyin.info/chinese/crisis.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">http://pinyin.info/chinese/crisis.html</a>) se haya ocupado en desmontarla minuciosamente. Nadie le ha hecho caso, porque oponerse a los mitos que erige el deseo es un empe&ntilde;o siempre vano. Conviene por eso mismo atender a lo que dice (la cursiva es del autor): &ldquo;Toda una industria de enterados y terapeutas ha florecido en torno a esa formulaci&oacute;n groseramente incorrecta. (&hellip;)  En combinaci&oacute;n con otros grafismos, (el car&aacute;cter) <em>chi</em> puede adquirir centenares de significados (&hellip;) <em>Weichi </em>indica una situaci&oacute;n de peligro en la que debes andar con especial cuidado. <em>No</em> es una encrucijada en la que ir en busca de ventajas y beneficios. En una crisis, lo que uno quiere sobre todo es &iexcl;salvar el cuello y la piel! A cualquier aspirante a gur&uacute; que defienda el oportunismo frente a una crisis deber&iacute;an meterlo en un tren y sacarlo de la ciudad, pues sus consejos solo vienen a exacerbar los peligros de la crisis.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
         Quien escribe de ese modo no es alguien que pasara por ah&iacute;. Victor Henry Mair es una autoridad mundial en culturas asi&aacute;ticas, profesor em&eacute;rito en Pennsylvania y editor de una monumental <em>Historia de la literatura china</em>, de obligada lectura para cualquier estudioso. Esas palabras suyas son de 2009, pero se ajustan con asombrosa precisi&oacute;n a 2020.
    </p><p class="article-text">
          Es verdad que la noci&oacute;n &ldquo;oportunidad temporal&rdquo; puede aplicarse ahora mismo a nuestro modelo p&uacute;blico de salud. Pero eso tiene su l&oacute;gica interna, muy ajena al sofisma de que cada crisis, en s&iacute; misma o por s&iacute; misma, abre una ventana de oportunidad para <em>cualquier</em> ciudadano. O para la sociedad <em>en su conjunto</em>. Por desgracia, este &uacute;ltimo enunciado encuentra eco en mucha gente sencilla: la que espera honestamente que la crisis nos vuelva mejores, que eso vaya de suyo si se cumple como es debido el principio de acci&oacute;n-reacci&oacute;n. Sin embargo, en la din&aacute;mica actual del planeta, la confianza es el anverso del oportunismo. V&eacute;ase una muestra: casi todo el mundo sali&oacute; a aplaudir la entrega generosa y arriesgada de unos pocos, pero otros pocos especulaban al mismo tiempo con los stocks.
    </p><p class="article-text">
         Mientras nada pare la deriva de especulaci&oacute;n y desregulaci&oacute;n que nos lleva cada vez m&aacute;s lejos desde el final de los 70, las crisis seguir&aacute;n siendo estaciones donde el oportunista reposte a bajo precio. Para el resto ser&aacute;n peajes de una ruta que aparenta dirigirse hacia delante, hacia un futuro menos malo o m&aacute;s abierto a otras opciones, pero lleva siempre al siguiente peaje. 
    </p><p class="article-text">
         &ldquo;Hay que imaginarse a S&iacute;sifo dichoso&rdquo;, dijo Camus. Pues bien, hay que imaginar al hombre del XXI en plena deriva neoliberal: un Flitcraft ejercitado en la ca&iacute;da recurrente de las vigas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/relato_132_5972128.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2020 16:14:22 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un relato como otro cualquiera]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Farsa y tragedia van juntas a veces]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/farsa-tragedia-van-juntas-veces_132_5972762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En mi primer viaje a Grecia perd&iacute; las gafas. Quedaron olvidadas en alg&uacute;n rinc&oacute;n de Placa, la primera noche de mi estancia all&iacute;. Eran graduadas, se oscurec&iacute;an con la luz del sol y no llevaba otras. Me esperaban kil&oacute;metros de relevos al volante, pero mi miop&iacute;a era entonces muy llevadera; as&iacute; que adquir&iacute; sobre la marcha unas gafas solares de filtro marr&oacute;n. Con ellas fui contemplando -deslumbrado por lo que ve&iacute;a, pero no por sus constantes reverberos- la inabarcable diversidad del continente griego. No hab&iacute;a comprado unas gafas corrientes, comentaba entre risas, sino los anteojos del mism&iacute;simo Coppola.
    </p><p class="article-text">
        He vuelto alguna vez all&iacute;. Y claro est&aacute;, a cada instante y en cada sitio comprobaba lo que todo el mundo sabe: no importa qu&eacute; gafas lleves, la Grecia que ven tus ojos es siempre la misma. 
    </p><p class="article-text">
        Una conclusi&oacute;n tan simple no se aviene con la llamada &ldquo;ley de Campoamor&rdquo;. Me faltan conocimientos para valorar como poeta a don Ram&oacute;n de Campoamor, autor de unas Doloras con las que el tiempo no ha sido indulgente. Si lo evoco es porque puso en ripios este famoso sofisma: <em>Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es seg&uacute;n el color / del cristal con que se mira</em>. 
    </p><p class="article-text">
        A los seguidores del pensamiento &uacute;nico les gusta recitar esa cuarteta. El relativismo facil&oacute;n de sus versos va al encuentro de un presunto saber, que es la cara engalanada y sabihonda del pasotismo acomodadizo. Por eso la ley de Campoamor les viene como un guante a los manejos y renuncios de algunos l&iacute;deres.
    </p><p class="article-text">
         Entre el 6 y el 15 de julio de 1938, delegados de 32 pa&iacute;ses se instalaron confortablemente en la ribera del lago Leman. Hab&iacute;an viajado hasta &Eacute;vian por iniciativa del presidente Roosevelt, para estudiar la situaci&oacute;n de los jud&iacute;os bajo el Tercer Reich. Y ocurri&oacute; lo de otras veces: se pusieron unos cristales para observarla en abstracto y otros muy distintos para descender a lo concreto. Condenaron a coro cuanto hab&iacute;a que condenar, se rasgaron las vestiduras ante la suerte de un pueblo brutalmente acorralado. Pero luego, cuando lleg&oacute; la hora de ofrecer asilo a 545.000 jud&iacute;os de carne y hueso (ni siquiera una d&eacute;cima parte de los que morir&iacute;an en el Holocausto), cada cual se atrincher&oacute; en sus pretextos chapuceros.
    </p><p class="article-text">
        Meses despu&eacute;s, el propio Roosevelt daba la espalda a centenares de jud&iacute;os expatriados, que a bordo del <em>Saint Louis</em> esperaron en vano ser acogidos por su gobierno. Roosevelt se hab&iacute;a puesto los cristales de atenuar el Holocausto, los mismos que P&iacute;o XII se pon&iacute;a cada ma&ntilde;ana. El papa Pacelli, gran admirador del jud&iacute;o Felix Mendelssohn y notable int&eacute;rprete de su m&uacute;sica, mantuvo un silencio de diez meses frente a la siniestra soluci&oacute;n final. Finalmente la conden&oacute;, aunque de aquella manera: al final de su mensaje navide&ntilde;o, con una alusi&oacute;n en abstracto que no inclu&iacute;a la palabra <em>jud&iacute;os</em>. El escritor cat&oacute;lico Peter Stanford hace este duro resumen: &ldquo;Al afrontar los asesinatos de seis millones de personas, &eacute;l opt&oacute; por el silencio&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; algunos l&iacute;deres se inclinan, en el momento de las grandes decisiones, por acogerse a la ley de Campoamor? No hay respuestas muy concluyentes, pero s&iacute; una amplia base de observaci&oacute;n emp&iacute;rica: cuando aprietan los rigores lo que busca m&aacute;s de un l&iacute;der es el calor de su grey. A Roosevelt le obsesionaba, bastante m&aacute;s que el <em>Saint Louis</em> y su destino, la adhesi&oacute;n de los suyos en un tiempo de estrechez, desempleo y rechazo a la inmigraci&oacute;n. En cuanto a Pacelli, lo que le quitaba el sue&ntilde;o era un runr&uacute;n muy subjetivo y desde luego nada ecum&eacute;nico: pensaba que defender a los jud&iacute;os era una forma de abandonar a los suyos. En una carta al obispo Graf von Preysing, escrita en abril del 43, habla de <em>ad maiora mala vitanda</em> (por evitar males mayores). &iquest;Mayores males a esas alturas?
    </p><p class="article-text">
        Si en tu visi&oacute;n del mundo prevalecen los distingos, las balizas y las demarcaciones, entonces el color de tus cristales tiene que ser el apropiado: un color que te haga ver de otro modo los grandes problemas, ll&aacute;mense genocidios, pandemias, recesiones o desequilibrios mundiales. Esta regla incluye a los grandes l&iacute;deres, pero tambi&eacute;n a quienes salen cacerola en mano a la terraza de un apartotel. Por su manera de encarar las crisis, unos y otros dan la raz&oacute;n a un personaje de Chudakov: &ldquo;A ver: la historia no se presenta primero en forma de tragedia y despu&eacute;s deviene farsa. A menudo es ya una farsa de entrada. Sin embargo, esa farsa es simult&aacute;neamente una tragedia.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Son ya muchas las voces que alertan sobre el principal peligro de esta pandemia: hacer m&aacute;s grande a&uacute;n la brecha social. Fil&oacute;sofos, acad&eacute;micos y organizaciones diversas nos previenen contra la falacia de un virus igualitario, demostrando que sus efectos s&iacute; distinguen entre ricos y pobres. Lo estamos viendo en los barrios y en los hogares, en los ni&ntilde;os sin educaci&oacute;n virtual, en la irrupci&oacute;n de la pobreza s&uacute;bita, en las colas cada vez m&aacute;s largas para recoger alimentos.
    </p><p class="article-text">
        Pero el caso es que nuestros l&iacute;deres, por en&eacute;sima vez, se han puesto unos cristales que no son. O&iacute; decir a un periodista gallego que han vuelto todos a la pasarela. Puede ser. Pero ya antes, en alg&uacute;n rinc&oacute;n de la vivienda o el apartotel, se han tenido que dejar las gafas de observar desigualdades. Llevan ahora las de enfatizar diferencias locales. Freud llam&oacute; <em>narcisismo de las peque&ntilde;as diferencias</em> al que acaba por enciza&ntilde;ar a los hermanos y sembrar el odio entre vecinos. El que nos mortifica porque &ldquo;el otro s&iacute; y yo sin embargo no&rdquo;. El que antepone la distinci&oacute;n entre propios y ajenos.
    </p><p class="article-text">
        Hay m&aacute;s de un l&iacute;der empe&ntilde;ado en imponer su ruta narcisista en este viaje hacia la nueva normalidad. A esa clase de empe&ntilde;os no le faltar&aacute; tir&oacute;n, seguramente, porque nos esperan tiempos de negra visceralidad. Pero inquieta y sonroja esta deriva, tan parecida a un ruido de polluelos en el nido com&uacute;n: aleteando cada cual a su manera y produciendo una disonante algarab&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La situaci&oacute;n de regreso a las fronteras en gran parte del mundo, por transitoria que sea, puede llevarnos a repetir viejos errores. De entre todos ellos el m&aacute;s grave habr&aacute; sido no haber visto, o no haber querido ver, todo lo que el virus s&iacute; que pone al descubierto: nuestro ombliguismo recurrente y at&aacute;vico, nuestras autocomplacencias sin fundamento, nuestra peregrina idea del progreso, nuestra inequidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/farsa-tragedia-van-juntas-veces_132_5972762.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 May 2020 09:37:09 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Farsa y tragedia van juntas a veces]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Crónica de unas muertes evitables]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cronica-muertes-evitables_132_5950785.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cuando a&uacute;n queda gente que se aferra al relato de v&iacute;ctimas y verdugos, h&eacute;roes y villanos, competentes e incompetentes, procede m&aacute;s que nunca ordenar el territorio de la cr&iacute;tica. Eso significa estudiar con mucha calma y objetividad los viejos polvos que trajeron estos lodos. Si no lo hacemos as&iacute;, jam&aacute;s aprenderemos nada de nada. Y eludiremos, adem&aacute;s, la sabia recomendaci&oacute;n de Ortega: recular lo suficiente hacia el pasado, para coger carrerilla y proyectarnos hacia el futuro.
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a rid&iacute;culo negar que a nuestros gobernantes les ha venido grande la pandemia. Las cifras est&aacute;n ah&iacute; y conviene tenerlas en cuenta, por muchas dudas que nos ofrezca su fiabilidad. Cierto que la tasa espa&ntilde;ola de letalidad no est&aacute; siendo m&aacute;s alta que la de Francia, Holanda, B&eacute;lgica, Suecia o Reino Unido, pero s&iacute; lo son -y mucho- las de incidencia, contagio de sanitarios y mortalidad global. Eso solo ya rebasa el umbral de dolor de las familias, del pa&iacute;s entero, e indica que la COVID-19 se nos fue de las manos. M&aacute;s all&aacute; de los factores reiteradamente invocados (la inexperiencia del gobierno, las directrices tornadizas de la OMS&hellip;) lo que ha quedado m&aacute;s al desnudo son las grietas de un sistema de salud con fortalezas y debilidades. Un sistema muy bien armado y resolutivo para tratar a pacientes <em>agudos</em>, pero no tan bueno para proteger eficazmente a los cr&oacute;nicos y salvaguardar por igual la salud de todos.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cuando analicemos retrospectivamente la extensi&oacute;n y los efectos de la pandemia en nuestro pa&iacute;s, llegaremos por fin -de forma tan tard&iacute;a como inevitable- a admitir dos evidencias. Una: <em>la insuficiencia de nuestro entramado estatal de salud p&uacute;blica</em>. Otra: <em>la estanqueidad de los servicios de atenci&oacute;n a la salud, </em>en lo que ata&ntilde;e a sus distintos &aacute;mbitos internos y en su relaci&oacute;n con otras estructuras de protecci&oacute;n social. Analizar&eacute; una y otra evidencia por separado.
    </p><p class="article-text">
        El grado de complejidad alcanzado por las necesidades de salubridad de un pa&iacute;s como el nuestro, en un contexto universal de interdependencia, desequilibrio y sostenibilidad amenazada, demanda una ambiciosa planificaci&oacute;n interdisciplinar donde concurran no solo la microbiolog&iacute;a o la epidemiolog&iacute;a, sino tambi&eacute;n la econom&iacute;a, la bioestad&iacute;stica, la ingenier&iacute;a de sistemas, la demograf&iacute;a, la urban&iacute;stica, la sociolog&iacute;a&hellip; Por desgracia, nuestra evoluci&oacute;n institucional no se compadece del todo con ese tipo de exigencias.
    </p><p class="article-text">
        La descentralizaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas sanitarias, por la v&iacute;a de un traspaso casi exhaustivo a las comunidades aut&oacute;nomas, ha tenido un contrapunto sombr&iacute;o en el vaciamiento y la aton&iacute;a del ministerio de Sanidad, muy banalizado en su sometimiento a las carteras &ldquo;grandullonas&rdquo; que cortan el bacalao. El corolario no puede haber sido m&aacute;s dram&aacute;tico, por la ineficacia de esa estructura en la protecci&oacute;n integral de la salud colectiva. La escasa relevancia de la salud p&uacute;blica en el conjunto del Estado -agravada en su d&iacute;a por la pasividad de la ministra de turno ante los recortes- ha sido materia de consternaci&oacute;n para muchos expertos. Y se ha vuelto ahora flagrante, por la ausencia de reservas estrat&eacute;gicas y protocolos preestablecidos de control frente a esta pandemia.
    </p><p class="article-text">
        De entre los trece titulares del ministerio de Sanidad desde 2001 (a&ntilde;o en que culminaron las transferencias sanitarias), solo Bernat Soria lleg&oacute; al cargo con cierto rodaje en gesti&oacute;n sanitaria. En m&aacute;s de un caso, la propia designaci&oacute;n del titular ya revelaba la degradaci&oacute;n funcional del ministerio y su papel residual: un escaque de tr&aacute;nsito en el tablero de la pol&iacute;tica con min&uacute;sculas. Pero no caigamos en falsas disyuntivas. Reclamar perfiles tecnocr&aacute;ticos como alternativa ser&iacute;a otro gran error. Y obviar&iacute;a adem&aacute;s el verdadero n&uacute;cleo de la cuesti&oacute;n: &iquest;qu&eacute; hubiera podido hacer frente al virus cualquier ministro o ministra, con la rid&iacute;cula dotaci&oacute;n presupuestaria que se ha venido asignando a la salud p&uacute;blica? Para los desmemoriados, Antonio Morales ha recordado la cifra estos d&iacute;as: el 1% de un gasto sanitario simplemente exiguo, torpemente recortado e inferior a la media europea.
    </p><p class="article-text">
        Toda esa preterici&oacute;n ha de ser superada, aunque sea demasiado tarde como de costumbre. Y solo existe una v&iacute;a: financiar de forma estable, consistente y racional la salud p&uacute;blica, extremando la austeridad en cap&iacute;tulos menos prioritarios del gasto p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Hasta aqu&iacute; el primer envite. El segundo viene siendo planteado desde hace tiempo por una mayor&iacute;a de expertos internacionales. Uno de ellos, Rafael Bengoa, lo resume con ejemplar pulcritud en su art&iacute;culo <em>Una oportunidad para mejorar el sistema de salud </em>(<em>El Pa&iacute;s</em>, 22 de abril pasado).
    </p><p class="article-text">
        El coronavirus, en mayor medida que otros agentes pat&oacute;genos, est&aacute; matando a personas con una o varias enfermedades cr&oacute;nicas. La mortalidad de ese sector (mayoritaria, como es de suponer) se incrementa con la COVID-19 en proporci&oacute;n inversa al grado de idoneidad, inmediatez y articulaci&oacute;n de las respuestas institucionales. Pero a ese tercio de la poblaci&oacute;n, nos dice Bengoa, le ofrecemos &ldquo;un modelo pasivo y fragmentado que no es compatible con la continuidad de cuidados que necesitan.&rdquo; El gran fallo del modelo vigente es el divorcio entre el sector de la atenci&oacute;n a la salud y el de los servicios sociales. &ldquo;Esos dos sectores&rdquo;, a&ntilde;ade el experto, &ldquo;no deben seguir siendo planificados separadamente. Cuando lo hacemos, perdemos de vista a los m&aacute;s vulnerables&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Imposible resumir con m&aacute;s acierto el drama de los hombres y mujeres fallecidos en residencias. Los hemos perdido de vista, para su desgracia y la de sus familias, en el m&aacute;s literal de los sentidos. Murieron en la peor de las soledades, ignorados por sectores institucionales cuya principal inepcia era y es, precisamente, la de ignorarse entre s&iacute;. Hay por supuesto excepciones, como en todo. Pero cientos de miles de personas del mismo perfil -con factores diversos y a veces complejos de cronicidad- son atendidas en Espa&ntilde;a con id&eacute;ntico patr&oacute;n: por parcelas, con su salud repartida entre operarios de distinta procedencia que ni siquiera intercambian informaci&oacute;n sobre sus necesidades, sin el menor protocolo de atenci&oacute;n compartida, sin encuentros regulares de evaluaci&oacute;n conjunta, sin atisbos de estrategias preventivas o proactivas, a la espera de episodios agudos para salvar la barrera intersectorial con abruptos traslados que colapsan las urgencias. Eso cuando no se llega demasiado tarde, como por desgracia ha pasado en Madrid, Barcelona, Segovia o Tomelloso. Como podr&iacute;a haber pasado en nuestras propias residencias, solo con haber ascendido el &iacute;ndice de reproducci&oacute;n viral.
    </p><p class="article-text">
        Toda esa pesadilla podr&iacute;a evitarse, si fu&eacute;ramos capaces de relacionar nuestros errores de ayer con nuestras muertes de hoy. Si supi&eacute;ramos decir en serio nunca m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero habr&iacute;a que empezar por arriba. Puesto que la integraci&oacute;n socio-sanitaria ha de ser un objetivo prioritario, toda la estructura de gobierno deber&iacute;a adaptarse rigurosamente a esa exigencia. El juego de repartir competencias indisociables como si fueran boletos, atendiendo a criterios de intercambio partidista, nunca debi&oacute; producirse. Pero todav&iacute;a es tiempo. Corren vientos de unificaci&oacute;n y procede aprovecharlos. Un modelo de atenci&oacute;n integrada a la salud (que incorpore de forma ordenada los recursos sociales en la atenci&oacute;n a la cronicidad para prevenir las agudizaciones y optimizar su atenci&oacute;n) exige una estructura de gobierno facilitadora de esa pol&iacute;tica. Eso quiere decir un equipo fuerte, sin fisuras ni desmarques de ninguna clase, con las m&aacute;ximas capacidades para desarrollarlo.
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute; supi&eacute;ramos qu&eacute; nuevos tipos de amenaza se ciernen sobre la salud colectiva. Ojal&aacute; nuestros hijos o nietos lleguen a poder saberlo. Sea como fuere, podremos evitar muchas muertes si aceptamos y encaramos estos dos envites: el de la salud p&uacute;blica y el de la integraci&oacute;n socio-sanitaria. Algunos de nosotros (por la convicci&oacute;n que otorgan las municiones gastadas en alguno de los dos frentes) mantenemos intacto el optimismo. La ventana de oportunidad est&aacute; abierta, nos recuerda Bengoa, aunque no por mucho tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cronica-muertes-evitables_132_5950785.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Apr 2020 11:52:18 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Crónica de unas muertes evitables]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ojos cerrados de par en par]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ojos-cerrados-par_132_5873291.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        M&aacute;s de un lector habr&aacute; visto en su d&iacute;a el &uacute;ltimo trabajo de Stanley Kubrick. Me ha venido su recuerdo en estos d&iacute;as de reclusi&oacute;n, porque una profesora de ingl&eacute;s se entretuvo en guiarme por los recovecos de su t&iacute;tulo: Eyes wide shut. No voy a entrar en los secretos de ese ox&iacute;moron ingl&eacute;s, ni a perderme en la infinidad de sugerencias que lo vinculan con las im&aacute;genes de la pel&iacute;cula. Solo pretendo apoyarme en la versi&oacute;n que propon&iacute;a mi excelente traductora: ojos cerrados de par en par.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n no ha cerrado los ojos a conciencia alguna vez, como el Mizaru de los tres monitos nipones? Pienso que m&aacute;s de uno saldr&aacute; de esta pandemia con agujetas en los p&aacute;rpados, a fuerza de cerrarlos y volverlos a cerrar. Qu&eacute; remedio queda, con lo que est&aacute; entrando por los ventanucos de este encierro. Hoy m&aacute;s que nunca desde los tiempos de Gutenberg, cualquier lector medianamente cr&iacute;tico ha de cerrar los ojos a lo irrelevante, lo infundado, lo falso, lo mostrenco, para abrirse paso por la letra impresa. Nada digamos de la jungla audiovisual.
    </p><p class="article-text">
        Otra raz&oacute;n para cerrar los ojos, a cal y canto tambi&eacute;n, reside en el cuidado de nuestra salud mental. Mi joven colega Jos&eacute; Manuel Montes, del hospital Ram&oacute;n y Cajal, daba hace unos d&iacute;as esta sencilla receta: &ldquo;saber qu&eacute; pasa, pero en la dosis justa y buscando siempre fuentes fiables&rdquo;. No hacerlo as&iacute; puede llevar a un estado de alarma constante, con serias repercusiones en la esfera ps&iacute;quica.
    </p><p class="article-text">
        Estas dos modalidades de cerrar los ojos responden a criterios de selecci&oacute;n ponderados y conscientes, por eso resultan saludables. Por eso y porque son de caj&oacute;n: porque sus hechuras carecen de rebabas o desajustes.   
    </p><p class="article-text">
        Algo bien distinto ocurre cuando se cierran los ojos de par en par. Porque no es ese un gesto meditado y selectivo, que busque descansar la vista o depurarla, sino un automatismo comparable a los tics o a los efectos de la sinraz&oacute;n. Su equivalente en nuestra lengua nos lo ofrece un personaje de Graci&aacute;n: &ldquo;no hay peor desentendido que el que no quiere entender&rdquo;. Quienes cierran de este modo los ojos mantienen activados sus mecanismos de alerta, pero permanecen ciegos a lo esencial. Y comparten todos una tendencia: la de repetir viejas respuestas frente a los nuevos problemas. En los grandes retos colectivos sus reacciones suelen ser de corto vuelo, ineficaces cuando no perturbadoras o nocivas, por estar ancladas en la inercia o movidas por la compulsi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los art&iacute;culos m&aacute;s legibles y orientadores sobre la pandemia lo ha publicado Bill Gates hace unos d&iacute;as. Se titula <em>Una estrategia mundial contra la Covid-19.</em> En un mundo s&uacute;bitamente atestado de moralistas, entregados a predicar las &ldquo;ense&ntilde;anzas&rdquo; que a su parecer nos ha tra&iacute;do el coronavirus, Gates se limita a se&ntilde;alar lo evidente: que insistimos en actuar de una forma incorrecta, cada cual ensimismado en la parcela que delimitan sus fronteras, frente a problemas que ignoran las fronteras y amenazan con barrer del planeta a los m&aacute;s d&eacute;biles. Contrariamente a los moralistas, &eacute;l propone una estrategia universal desarrollada en tres frentes. El primero, asegurarse de que los recursos mundiales de lucha contra la enfermedad est&eacute;n distribuidos eficazmente. El segundo invertir en I+D para desarrollar vacunas asequibles y accesibles para todos. Y por &uacute;ltimo invertir en la salud de las poblaciones m&aacute;s pobres del mundo, porque no solo es lo correcto sino tambi&eacute;n lo m&aacute;s inteligente.
    </p><p class="article-text">
        Gates es un hombre positivo y optimista. Acostumbra dise&ntilde;ar propuestas a la altura de nuestros problemas, sin ensa&ntilde;arse con aquellos que se obcecan o se desentienden. Pero es muy triste observar que los l&iacute;deres mundiales no est&aacute;n en condiciones de encarar el desaf&iacute;o: tanto los grandes como los peque&ntilde;os siguen en su mayor&iacute;a con los ojos cerrados de par en par. Eso los convierte no solo en parte del problema, sino tambi&eacute;n en un primer obst&aacute;culo ante estrategias tan obvias como la de Gates. Cierto que este virus ha cogido al mundo con el pie cambiado, cuando la especulaci&oacute;n, los desequilibrios y la desregulaci&oacute;n ultraliberales ya pasaban por ser una versi&oacute;n legitimada y avalada del progreso. Pero no es menos cierto que basta con abrir los ojos -de par en par si todav&iacute;a es posible- para ver que es el momento de cuestionar lo que d&aacute;bamos por incuestionable.
    </p><p class="article-text">
        Por desgracia los tiros no est&aacute;n yendo por ah&iacute;. Hay demasiados l&iacute;deres encasquillados en sus tics de siempre, pese a constatar que no salen ni siquiera decentillos en la foto de esta crisis. Nos recuerdan unas veces a la Caridad de alg&uacute;n lienzo manierista: atareados en lo inmediato y remisos a mirar de frente. Otras a los felinos en el zoo, marcando territorio y defendiendo a sus cr&iacute;as de la rapacidad real o figurada de terceros. Y ni siquiera esas poses resisten a veces la prueba del nueve, pues revelan f&aacute;cilmente su condici&oacute;n de intolerable esperpento. Es el caso de Donald Trump, obsesionado en sacudirse la indignaci&oacute;n de quienes en su d&iacute;a le creyeron y votaron, intentando derivar todas las iras hacia la OMS y volcando el tablero por la v&iacute;a de negarle la financiaci&oacute;n. Como casi todo el mundo sabe, porque ha sido revelado por fuentes muy fidedignas, las dificultades de ese organismo derivan de su insuficiente financiaci&oacute;n con dinero p&uacute;blico y la nefasta injerencia de la industria farmac&eacute;utica en sus decisiones.
    </p><p class="article-text">
        Todo eso debe cambiar. Tiene que cambiar. Muchos analistas internacionales coinciden en comparar este momento con el final de la &uacute;ltima guerra mundial. Ahora como entonces se impone un modelo de convivencia universal m&aacute;s justo y equilibrado, menos sometido a la especulaci&oacute;n, que nos impida recaer en viejos errores. No son tiempos de obcecarse en la rebati&ntilde;a del poder y el inter&eacute;s partidista. La mayor&iacute;a de mis compatriotas no desea gobiernos a la defensiva, que se enroquen en posturas autosuficientes o paternalistas a la manera straussiana. Tampoco unos partidos de la oposici&oacute;n que se distraigan y nos distraigan irresponsablemente con intemperancias premeditadas, o que quieran hacer uso de la crisis para recobrar por v&iacute;a de urgencia las riendas perdidas. Ni unos l&iacute;deres de opini&oacute;n que se limiten a poner n&uacute;meros a nuestra p&eacute;rdida de riqueza, desentendi&eacute;ndose del horror que supondr&iacute;a la propagaci&oacute;n del virus en los pa&iacute;ses m&aacute;s pobres, debilitados ya por azotes que de pronto han pasado al olvido.
    </p><p class="article-text">
        Cabe esperar a&uacute;n de esos agentes -m&aacute;s necesarios que nunca frente al tremendo esfuerzo colectivo que nos espera- que abran los ojos de par en par. Que miren de frente a la sociedad civil y presten atenci&oacute;n a lo mejor de su discurso. Sobre todo si es tan asumible, elemental y poco subversivo como el del ciudadano Bill Gates.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ojos-cerrados-par_132_5873291.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Apr 2020 08:16:24 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Ojos cerrados de par en par]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una ceguera que todos padecemos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ceguera-padecemos_132_1215060.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Heimito von Doderer fue un reaccionario decente, a despecho de quienes piensen que esas dos cosas nunca van juntas. Entr&oacute; por error en el partido nazi, como tantos otros incautos, y lo abandon&oacute; al barruntar los horrores. Algunas de sus novelas son cimas casi escondidas en un fant&aacute;stico macizo: la literatura europea de entreguerras. Casi todas contribuyen a cimentar la vieja imagen del narrador como demiurgo. Con la inexorable parsimonia de los grandes constructores de ficciones, Doderer dise&ntilde;a unos personajes pat&eacute;ticamente ajenos a las claves de su destino. Al hacerlo contiene su risa, una risa qui&eacute;n sabe si atronadora, como aquella de los dioses griegos cuando contemplaban el af&aacute;n de los humanos. Conrad Castiletz, el protagonista de <em>Un asesinato que todos cometemos</em>, es todo un paradigma de la inopia burguesa: entregado al estereotipo de la superaci&oacute;n personal y completamente ciego a los vectores que gobiernan su vida.
    </p><p class="article-text">
        A punto estuve de tomar prestado ese t&iacute;tulo para mi art&iacute;culo, pero la palabra asesinato suena demasiado fuerte, demasiado cruenta para las cosas que intento decir. Aun as&iacute; no renuncio a su acepci&oacute;n metaf&oacute;rica. Debo a&ntilde;adir que el recuerdo de ese libro, con su t&iacute;tulo retadoramente inculpador, me lo trajo cierta noticia que capt&oacute; mi atenci&oacute;n hace poco: la acusaci&oacute;n de homicidio imprudente contra Salvador Illa, el ministro de Sanidad, por parte de un sindicato de funcionarios. Sin prejuzgar el recorrido que pueda tener esa denuncia, vale la pena detenerse en su significado.
    </p><p class="article-text">
        Otro ministro del mismo partido, unos a&ntilde;os antes de morir, dijo que los espa&ntilde;oles enterramos muy bien. Lo dijo, claro est&aacute;, en una clave no menos metaf&oacute;rica. De otro modo los hechos habr&iacute;an venido a desmentirlo: nuestros cad&aacute;veres, para desolaci&oacute;n de propios y extra&ntilde;os, se amontonan hoy a la espera de una digna inhumaci&oacute;n. Y es que no siempre enterramos bien a nuestros muertos, ciertamente, pero nunca faltan voluntarios para enterrar sobre la marcha a los vivos.
    </p><p class="article-text">
        Y hay otras cosas para las que sobra gente, en esta Espa&ntilde;a unamuniana que tanto duele. Una, el arte de opinar sin fundamento. Otra el de lavarnos las manos con virtuosismo (metaf&oacute;ricamente hablando una vez m&aacute;s). Por eso ahora, cuando los expertos se queman las cejas en su empe&ntilde;o de afrontar una amenaza mal conocida y sin precedentes, cuando mis colegas m&aacute;s avezados elaboran estrategias cl&iacute;nicas y terap&eacute;uticas sin apenas margen para contrastar su eficacia o sus inconvenientes, cuando todas las decisiones son necesariamente imperfectas, cuando la mejor actitud de quien las tome no puede ser otra que la disposici&oacute;n a admitir y corregir inevitables errores, cuando lo que toca al resto del pa&iacute;s es arrimar el hombro en una sola direcci&oacute;n, hay excesiva gente instalada en las alturas de la inocencia y el magisterio. Gente que hasta en los peores trances colectivos sigue con su empe&ntilde;o inveterado de tener raz&oacute;n y encontrar alg&uacute;n culpable.
    </p><p class="article-text">
        Enterrar a los vivos, pontificar ante lo incierto, parapetarnos en esquemas simples y prejuiciosos, lavarnos las manos: actividades extremadamente nocivas y debilitadoras, cuando el com&uacute;n desaf&iacute;o no ha hecho m&aacute;s que asomar la cabeza. Nunca como ahora han estorbado tanto las perretas numantinas, los oportunismos parroquialistas, los codazos y patadas m&aacute;s o menos encubiertas en el cuarto de los trastos, mientras esperamos como siempre que sean otros quienes salven el edificio. Porque nunca m&aacute;s que ahora tuvo sentido esa noci&oacute;n, la solidaridad entre los pueblos, que tantas veces son&oacute; hueca en el pasado.
    </p><p class="article-text">
        Le o&iacute; decir a alguien, en uno de esos v&iacute;deos que circulan por las redes, que procede centrarse en el presente y olvidarse del futuro. No estoy muy de acuerdo. Es precisamente en el futuro donde est&aacute; nuestra fuerza, siempre que apliquemos la receta correcta: una parte de serenidad, otra de ecuanimidad, otra de di&aacute;logo abnegado y una cuarta de reflexivo optimismo. Hay motivos para aplicarla, enseguida dir&eacute; por qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra historia reciente se parece mucho a la de Conrad Castiletz: dimos la espalda a las claves m&aacute;s profundas de nuestro destino colectivo, a los enormes desequilibrios que lo sustentan, para centrarnos con rid&iacute;cula miop&iacute;a en eso que llamamos &ldquo;desarrollo personal&rdquo;. Dimos en creer -mientras entreg&aacute;bamos nuestro futuro a quienes sumariamente llam&aacute;bamos &ldquo;la ralea&rdquo;, &ldquo;la gentuza&rdquo;, &ldquo;la casta&rdquo; y cosas peores- que ese mito del desarrollo personal es factible en cualquier contexto. Y a&uacute;n ahora, cuando nuestras certidumbres empiezan a resquebrajarse y el malestar llama a la puerta, seguimos emulando al despistad&iacute;simo Castiletz: limitamos nuestra tarea a la b&uacute;squeda de culpables -que haberlos hay, qu&eacute; duda cabe- y seguimos ciegos al contexto de esa culpa, a sus profundas ra&iacute;ces pol&iacute;ticas y sociales.
    </p><p class="article-text">
        Cada cual decidir&aacute; si es el momento de agacharse a coger la piedra, pero todos -<em>absolutamente todos</em>- hemos cometido alg&uacute;n error de peso. Lo comete el gobierno al meterse por la senda del ordeno y mando, desde&ntilde;ando la consulta y el contraste de pareceres. Los cometen la oposici&oacute;n y los gobiernos territoriales, cuando ensayan cada gesto y cada frase con la vista inalterablemente fija en sus votantes. Los cometemos a&ntilde;o tras a&ntilde;o los ciudadanos -ay, los ciudadanos- al equivocarnos sobre la naturaleza del Estado del bienestar; al cruzarnos de brazos ante su progresivo desmantelamiento; al no evaluar las consecuencias de unos recortes simplemente suicidas del gasto social.
    </p><p class="article-text">
        El Estado del bienestar -eso que los gobiernos de Espa&ntilde;a y de Europa nos han birlado- consiste en evitar que mueran como est&aacute;n muriendo nuestros ancianos: absolutamente indefensos, con cuidadores aterrados, sin protecci&oacute;n, sin diagn&oacute;stico, sin tratamiento adecuado, sin personal competente que les atienda, sin que nadie les coja el tel&eacute;fono a sus familiares.
    </p><p class="article-text">
        El Estado del bienestar es no dejar al albur del mercado y la gesti&oacute;n privada los derechos m&aacute;s b&aacute;sicos de los ciudadanos. El Estado del bienestar es no asfixiar la sanidad p&uacute;blica (&ldquo;una de las mejores del mundo&rdquo;, puede que s&iacute;, pero m&aacute;s que nada por la implicaci&oacute;n de sus profesionales) mediante recortes presupuestarios incompatibles con su digno funcionamiento, reducciones ingentes de personal cualificado, intolerables cuellos de botella en la atenci&oacute;n primaria, listas de espera incompatibles con la vida. El Estado del bienestar es gobernar con un patr&oacute;n de integraci&oacute;n ordenada de los recursos sociales y socio-sanitarios. El Estado del bienestar es actuar con un modelo de gesti&oacute;n democr&aacute;tica muy distinto al que tenemos, que acabe con la estanqueidad competencial y planifique en una perspectiva de concurrencia en lo social, siguiendo como es debido las instrucciones de la OMS. El Estado del bienestar es, sobre todo, gobernar pensando en los m&aacute;s d&eacute;biles.
    </p><p class="article-text">
        Se preguntaba hace poco Sami Na&iuml;r, en las p&aacute;ginas del diario <em>El Pa&iacute;s</em>, hasta qu&eacute; punto afectar&aacute; el coronavirus al &ldquo;modelo de gesti&oacute;n neoliberal de la econom&iacute;a europea&rdquo;. La principal constante en ese modelo, a&ntilde;ad&iacute;a, &ldquo;ha sido la privatizaci&oacute;n progresiva de los servicios p&uacute;blicos y la reducci&oacute;n de los acervos sociales de las clases medias y populares, conquistados desde la Segunda Guerra Mundial.&rdquo; &iquest;Conseguir&aacute; esta crisis que por fin reflexionemos todos, hasta el punto de empezar a construir en serio una Europa solidaria, equitativa y protectora? Si no es as&iacute;, si renunciamos para siempre a sentar las bases del bienestar colectivo, si seguimos ciegos ante la importancia crucial de lo p&uacute;blico, continuaremos igual de inermes ante cualquier agresi&oacute;n como la actual. Y le entregaremos como siempre a los m&aacute;s vulnerables.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ceguera-padecemos_132_1215060.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2020 08:17:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una ceguera que todos padecemos]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Somos los viejos todos iguales ante el coronavirus?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/desigualdad-mayores-coronavirus_132_1001644.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La expansión sin control de la epidemia en estructuras de atención a la dependencia dispara la mortalidad del COVID-19 en España y muestra la precariedad del armazón socio-sanitario en España en comparación al de nuestros socios europeos</p></div><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; ocurriendo en la residencia Monte Hermoso, junto a la Casa de Campo de Madrid, es un doloroso ejemplo de cat&aacute;strofe evitable: la cr&oacute;nica de unas muertes estructuralmente anunciadas, al menos para quienes observamos con inquietud la situaci&oacute;n de nuestros ancianos. Monte Hermoso es una residencia geri&aacute;trica con recursos sanitarios propios, te&oacute;ricamente activos durante las 24 horas del d&iacute;a. Aun as&iacute;, cuenta alg&uacute;n familiar, los ancianos &ldquo;est&aacute;n cayendo como moscas&rdquo;. Mueren en cadena por la epidemia, sin diagn&oacute;stico ni tratamiento ni medidas de prevenci&oacute;n que los hayan protegido, entre las paredes de un hogar tan deslumbrante y lujoso como sanitariamente inseguro. Mientras escribo estas l&iacute;neas son ya 20 las muertes, aunque se esperan m&aacute;s. Las declaraciones de los responsables del centro y las de la consejer&iacute;a se contradicen entre s&iacute;. Hace apenas unos d&iacute;as, los familiares circulaban por el centro sin controles previos ni medidas de protecci&oacute;n para los internos. Ahora los cad&aacute;veres se amontonan en el s&oacute;tano y una enfermera huye despavorida, mientras declara a los periodistas: &ldquo;Lo de ah&iacute; es terrible. Yo no vuelvo&rdquo;. Toda una semblanza del caos.
    </p><p class="article-text">
        Mientras llegan noticias de otras residencias (en Vitoria, Tomelloso, Barcelona&hellip;) las preguntas se disparan como saetas. &iquest;Por qu&eacute; ocurren las cosas de esa manera? &iquest;Pasa lo mismo en otros sitios? &iquest;En cu&aacute;les? Intentar&eacute; ser cauteloso en las respuestas, aunque sin recurrir en modo alguno a pa&ntilde;os calientes.
    </p><p class="article-text">
        Repite con insistencia Pedro S&aacute;nchez, apoy&aacute;ndose en el director del Centro de Coordinaci&oacute;n de Alertas y Emergencias Sanitarias, que su gobierno afronta una crisis din&aacute;mica y cambiante. Suena a&nbsp;<em>excusatio non petita</em>, pero admitamos la validez del argumento. A una enorme distancia de esas esferas, en un modesto chat de profesionales, yo mismo preconizaba alzar la vista y no confundir los &aacute;rboles con el bosque. Es demasiado pronto para hacer an&aacute;lisis comparativos: las cifras pueden cambiar de un d&iacute;a para otro, desmintiendo conclusiones demasiado precipitadas o especulativas.
    </p><p class="article-text">
        Pero cabe tambi&eacute;n ver medio llena la botella del conocimiento. Han pasado ya casi tres meses desde los primeros casos en Wuhan, lo que nos permite advertir al menos ciertos sesgos. Cierto que los enigmas superan a las certezas, pero eso no est&aacute; impidiendo precisar perfiles en nuestra visi&oacute;n del bosque. La informaci&oacute;n cient&iacute;fica disponible es simplemente abrumadora, inabarcable de hecho para cualquier profesional, con muchas plataformas y boletines cient&iacute;ficos abriendo sus puertas a quien quiera informarse en profundidad.
    </p><p class="article-text">
        Todo ese impulso repentino al conocimiento y a la investigaci&oacute;n mostrar&aacute; sus efectos saludables con el tiempo. Pero aun ahora disponemos de evidencias relativamente s&oacute;lidas en algunos frentes. Las recoge casi en tiempo real la prensa diaria, donde menudean poco a poco las noticias esperanzadoras. No voy a centrarme en ellas, sino en otros aspectos que tambi&eacute;n afectan (y con mayor proyecci&oacute;n si cabe) a nuestro futuro colectivo. Uno de ellos fue aludido muy de pasada por el ministro de Sanidad, al admitir que nuestras altas tasas de mortalidad se relacionan sobre todo con un factor: el escaso freno a la expansi&oacute;n de la epidemia en estructuras de atenci&oacute;n a la dependencia (centros de d&iacute;a y residencias de ancianos). Fue sin duda una forma, impl&iacute;cita pero incuestionable, de reconocer la precariedad del armaz&oacute;n socio-sanitario en Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        El caso es que su observaci&oacute;n, formulada casi a rega&ntilde;adientes, tiene un claro correlato en las cifras que nos muestra el desarrollo de la pandemia. Son datos que cambian de d&iacute;a en d&iacute;a, qu&eacute; duda cabe, pero dibujando unas tendencias que ya empiezan a mostrar fiabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Empezar&eacute; por reflejar las tasas de mortalidad a esta hora en la que escribo, para constatar que existen grandes diferencias entre los cuatro pa&iacute;ses continentales m&aacute;s poblados de la UE. Las magnitudes y sus contrastes no pueden dejarnos indiferentes:
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Italia, 8,33% de casos mortales sobre el total de casos detectados (y creciendo).</li>
                                    <li>Espa&ntilde;a, 4,32% de casos mortales (la mitad que Italia por el momento, pero creciendo tambi&eacute;n).</li>
                                    <li>Francia, 2,89% de casos mortales (bastante menos que Espa&ntilde;a y creciendo).</li>
                                    <li>Alemania, 0,23% de casos mortales (diez veces menos que en Francia, veinte veces menos que en Espa&ntilde;a, 36 veces menos que en Italia&hellip; y sin visos de modificarse).</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        Cierto que hay un factor importante de distorsi&oacute;n: Alemania detecta m&aacute;s precozmente y con mayor precisi&oacute;n los nuevos casos. Pero las diferencias son tan notables -mejor dicho, tan clamorosas- que nos obligan a sentarnos y reflexionar.
    </p><p class="article-text">
        Veamos entonces, pa&iacute;s por pa&iacute;s, c&oacute;mo protegen esos gobiernos la salud de sus ciudadanos. Italia destinaba en 2018 a la salud el 13,47% de su gasto p&uacute;blico, Espa&ntilde;a el 15,14%, Francia el 16,97% y Alemania el 21,36%. Pero la salud de un pa&iacute;s no se apoya exclusivamente en recursos espec&iacute;ficos, pues exige un contexto de protecci&oacute;n social que abarca las pensiones, el desempleo, la dependencia, el apoyo a las familias, etc. Alemania, con un 43,6% de su gasto p&uacute;blico destinado a protecci&oacute;n social, solo se ve superada en ese aspecto por Finlandia. Y Espa&ntilde;a, con un 39,9%, se encuentra manifiestamente a la cola: por detr&aacute;s de Grecia, Polonia o la propia Italia.
    </p><p class="article-text">
        Son esas cifras, y no el mayor o menor esfuerzo de los profesionales sanitarios, las que conducen con el tiempo hasta tragedias como la de Monte Hermoso. Son tambi&eacute;n las que permiten a Alemania afrontar como es debido una pandemia: protegiendo eficazmente a las poblaciones m&aacute;s vulnerables y reduciendo al m&iacute;nimo la proporci&oacute;n de casos mortales.
    </p><p class="article-text">
        No muy lejos de donde escribo, una joven pol&iacute;tica aireaba hace poco su personal&iacute;sima visi&oacute;n de la pandemia: para ella el coronavirus es un agente muy eficaz, muy avispado, que trabaja a favor de la selecci&oacute;n natural. Por si no quedara claro: que ha venido para llevarse a los viejos, como el flautista de Hamel&iacute;n se llev&oacute; a los ni&ntilde;os. No aspiro a que esta joven reflexione, pues no creo en los milagros. Solo le pido que se fije en Alemania: un pa&iacute;s que no envejece tan deprisa como el nuestro, pero asume racionalmente haberse vuelto viejo. Por eso sus servicios socio-sanitarios, al contrario que los espa&ntilde;oles y los italianos,&nbsp;<em>s&iacute;</em>&nbsp;protegen a todo trance a las personas dependientes. Por eso all&iacute; ya es realidad -fehaciente realidad- algo que aqu&iacute; solo es el sue&ntilde;o de unos cuantos &ldquo;locos&rdquo; como quien suscribe: un dise&ntilde;o consistente y v&aacute;lido de atenci&oacute;n socio-sanitaria, que acabe con la estanqueidad entre sectores y niveles asistenciales, desarrollando estrategias de atenci&oacute;n integrada para personas vulnerables con necesidades de salud complejas.
    </p><p class="article-text">
        La epidemia pasar&aacute;, pero lo que deje a su paso va a ser la clave de nuestro futuro. Seamos valientes y afrontemos el desaf&iacute;o: nuestro modelo de atenci&oacute;n socio-sanitaria no puede seguir as&iacute;. Debe cambiar de ra&iacute;z.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/desigualdad-mayores-coronavirus_132_1001644.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Mar 2020 09:02:56 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Somos los viejos todos iguales ante el coronavirus?]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ensayo sobre la mascarilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ensayo-mascarilla_132_1002280.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Dicen que la epidemia del COVID-19 arrastrar&aacute; -ya est&aacute; arrastrando- una profunda crisis en los mercados. Otra m&aacute;s. El asunto, que a todos nos est&aacute; poniendo en situaci&oacute;n de alerta, trae a primer plano un aspecto bastante oscuro de la macroeconom&iacute;a: ese que John Maynard Keynes llam&oacute;, con deliberado arca&iacute;smo, &ldquo;esp&iacute;ritus animales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La expresi&oacute;n se remonta nada menos que a Galeno, quien a su vez se inspiraba en Eris&iacute;strato de Qu&iacute;os. El primero llamaba esp&iacute;ritus animales a unas presuntas sustancias (&ldquo;las m&aacute;s sutiles y animadas&rdquo;) que pasar&iacute;an de la sangre al cerebro y gobernar&iacute;an desde ah&iacute; nuestra conducta. La noci&oacute;n reaparece en Descartes, tambi&eacute;n en Hume, y Keynes la recoge para invocar los factores no racionales que modifican el curso de la econom&iacute;a. Debo a&ntilde;adir, para que no me ri&ntilde;an los economistas, que la idea tiene poco peso en el conjunto de su obra.
    </p><p class="article-text">
        Pero George Akerlof y Robert Shiller la rescataron y enriquecieron en 2009 al publicar una s&iacute;ntesis de sus ideas al respecto. Ambos han obtenido el Premio de Ciencias Econ&oacute;micas del Banco de Suecia, m&aacute;s conocido como Premio Nobel de Econom&iacute;a. En cuanto al libro <em>Animal spirits</em>, la revista <em>New York Observer</em> se&ntilde;alaba en su d&iacute;a que &ldquo;va dirigido al p&uacute;blico general, y con raz&oacute;n: la econom&iacute;a es ahora un asunto de todos, los bancos andan jugando con nuestro dinero&rdquo;. Puedo decir que, en efecto, devor&eacute; los cap&iacute;tulos de la edici&oacute;n espa&ntilde;ola con esa mezcla de avidez y desaz&oacute;n que anima a los estafados. 
    </p><p class="article-text">
        Me declaro de entrada un profano raso, aunque creo haber captado el fondo del paisaje. S&eacute; que existen tesis radicalmente distintas para explicar por qu&eacute; se engarrota la &ldquo;mano invisible&rdquo; de los mercados. Y para devolverle o mejorarle un movimiento que los tradicionalistas presumen sano, acompasado, inexorable. Pero ese es el quid de la cuesti&oacute;n: los economistas se escinden en bloques muy definidos y enfrentados, cuando lo que toca es explorar n&uacute;cleos vitales de su paciente. Lo reconozcan o no, lo que los confronta tiene un nombre simple y transparente: ideolog&iacute;a. Y claro, en un escenario as&iacute;, a nadie podr&aacute; extra&ntilde;ar que los lectores andemos igual de enzarzados.
    </p><p class="article-text">
        Que la macroeconom&iacute;a no es infalible ya lo sabemos. Que es al&eacute;rgica a los dogmas y vacilante en sus predicciones, tambi&eacute;n. En eso no difiere mucho de otras ciencias humanas. Sin embargo, no todas pasan por el mismo rasero. Importa mucho medir en cada caso el grado de falibilidad y, sobre todo, el nivel de riesgo universal asociado al mismo. Ese riesgo es tanto mayor cuanto m&aacute;s desequilibrio exista entre dos magnitudes: la envergadura del objeto cient&iacute;fico en la parte alta del cociente; en la de abajo, la precisi&oacute;n y eficacia de los instrumentos disponibles. Siendo as&iacute;, cabe poner a la cabeza del riesgo la politolog&iacute;a y la macroeconom&iacute;a, &iacute;ntimamente vinculadas entre s&iacute;. Y a buena distancia la epidemiolog&iacute;a a gran escala.
    </p><p class="article-text">
        En el caso de la macroeconom&iacute;a, ese desequilibrio deja zonas de indefinici&oacute;n y oscuridad en lo m&aacute;s profundo de sus dominios: terrenos inciertos y sin roturar que lindan con lo m&aacute;s inexplorado de la condici&oacute;n humana y donde consiguen medrar unas pocas rapaces. &iquest;Que c&oacute;mo se las arreglan? Manejando con ventaja el conocimiento emp&iacute;rico y la informaci&oacute;n privilegiada, conjug&aacute;ndolos con el acceso il&iacute;cito a las esferas del poder pol&iacute;tico y alterando cuando conviene las reglas del juego para que soplen a su favor todos los vientos. Si algo tienen en com&uacute;n todos los <em>animal spirits</em> -esos factores impredecibles que socavan la sacrosanta confianza en los mercados- es que acaban siempre por favorecer a quienes juegan con ventaja.
    </p><p class="article-text">
        El libro de Akerlof y Shiller coincide con muchos otros en explorar las zonas tenebrosas de la econom&iacute;a mundial, extrayendo abundante material de las tres &uacute;ltimas recesiones. En especial su cap&iacute;tulo tercero, que analiza las relaciones entre <em>animal spirits</em>, corrupci&oacute;n financiera y complicidad o laxitud de los gobiernos. O el sexto, que incide m&aacute;s ampliamente en la din&aacute;mica interna de las recesiones.
    </p><p class="article-text">
        No es un libro subversivo, ni mucho menos. Solo aspira, por el contrario, a salvar mejor los muebles del sistema. Pese a todo, quienes mueven todos los hilos har&aacute;n caso omiso de sus an&aacute;lisis. Actuar&aacute;n frente a la nueva crisis como lo han hecho siempre: en defensa de sus propios intereses. Con medidas probadamente obsoletas y qui&eacute;n sabe si crecientemente lesivas, como sus hom&oacute;logos de <em>Ensayo sobre la ceguera.</em>
    </p><p class="article-text">
        Suele hablarse ahora de las dos epidemias: la del COVID-19 y la del miedo que provoca en las calles, las bolsas, los centros comerciales&hellip; No quisiera caer en esa tentaci&oacute;n, pues los f&aacute;ciles paralelismos abren demasiadas puertas a la tergiversaci&oacute;n. Sin embargo, nadie podr&aacute; negar que los &ldquo;esp&iacute;ritus animales&rdquo; tienden a imponerse en uno y otro frente. Un ejemplo muy claro es el de las mascarillas. Hay plena evidencia de que su uso es absurdo y hasta contraproducente en quienes no tienen el virus; pero el miedo prevalece frente a la evidencia, hasta el punto de que los sanos pueden dejar a los enfermos sin mascarillas.
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido puede ocurrir ante una nueva crisis financiera si los gobiernos, los bancos centrales y el FMI vuelven a hacer la vista gorda ante la ingenier&iacute;a contable y financiera, haciendo que otra vez paguemos justos por pecadores. La cuesti&oacute;n crucial  est&aacute; muy clara: &iquest;volveremos a dejarnos estafar, mientras nos ponemos como ilusos la mascarilla?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ensayo-mascarilla_132_1002280.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Feb 2020 18:32:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Ensayo sobre la mascarilla]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un forastero en Hollywood]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/forastero-hollywood_132_1002556.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Leo que a Trump no le ha gustado nada -pero que nada, nada- la pel&iacute;cula Pas&aacute;sitos. Es natural. Sus protagonistas conviven con las ratas, pasan de un s&oacute;tano inmundo a otro siniestro, huelen a sopa de col y son una amenaza para el sistema. Son -dig&aacute;moslo con propiedad- las endebles costuras por donde el sistema revienta. Como le o&iacute; decir a mi compa&ntilde;era de butaca, solo Bu&ntilde;uel lleg&oacute; a decir tales verdades con m&aacute;s genio y maestr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo iba a gustarle todo eso a Donald Trump? &iquest;Por qu&eacute; demonios &eacute;l, que tanto ha hecho por una Am&eacute;rica grande, aut&aacute;rquica y decididamente <em>wasp</em>, iba a soportar tanto intrusismo? &iquest;Qu&eacute; es lo que ha visto la Academia en esa historia amarga y subversiva, filmada por un extra&ntilde;o de nombre abrupto y sostenida por un pu&ntilde;ado de advenedizos? &iquest;Por qu&eacute; humillar de ese modo al gran cine <em>made in USA</em>?
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si esas preguntas merecen ser contestadas, pero aprovechemos la ocasi&oacute;n que nos dan y cavilemos un poco.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Beethoven se puso a componer sus &uacute;ltimos cuartetos, o sus &uacute;ltimas sonatas para piano, lo que le mov&iacute;a era un impulso de ruptura. Las s&oacute;lidas y respetables normas est&eacute;ticas de su tiempo, heredadas de Bach, Mozart o Haydn, no le bastaban para encauzar un alto grado de incandescencia mental. A ese desasosiego los profanos lo llamamos inspiraci&oacute;n, estado de gracia o cosas as&iacute;. Algo parecido cabe decir de Joyce y su <em>Ulises</em>. O de Picasso y <em>Las se&ntilde;oritas de Avi&ntilde;&oacute;n</em>. O del estadounidense Welles y <em>Ciudadano Kane</em>.
    </p><p class="article-text">
        Admito estar hablando de impulsos geniales, patrimonio de unos pocos artistas. Del resto puede afirmarse, sin demasiado margen de error, que los m&aacute;s inspirados son a su vez inspiradores. Y que los otros, todos los otros, navegan sin mayores sobresaltos por los cauces que esos rompehielos van abriendo. Con una postdata inexcusable: algunos que en su d&iacute;a abrieron cauces se limitaron luego a transitar por ellos.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo con esto al cine <em>made in USA</em>, del que me atrevo a trazar una brev&iacute;sima semblanza: all&iacute; donde no alcanza la inspiraci&oacute;n impera la imaginaci&oacute;n. Cine inspirado, vigoroso y renovador hicieron Cukor, Huston o Hawks, pero tambi&eacute;n en otro tiempo Coppola, Allen o Scorsese. En cambio Spielberg, Tarantino, Scott, Lucas, Jackson, Nolan&hellip; optan por un cine de derroche imaginario, que explora sin temor al manierismo los l&iacute;mites de lo razonablemente imaginable y el alcance de su impacto. Entre ambas aguas se estrecha la lista: Malick, Anderson, Lynch, los Coen, Jarmusch y poco m&aacute;s. No es demasiado, ciertamente, para esa costosa locomotora que es el cine <em>made in USA</em>.
    </p><p class="article-text">
        De los nominados junto a <em>Par&aacute;sitos</em> solo he visto <em>Joker</em> y <em>El irland&eacute;s</em>. Confieso que ech&eacute; a faltar inspiraci&oacute;n genuina en ambas obras. Admir&eacute; sin reservas el oficio narrativo de Scorsese y algo menos los artificiosos quiebros de Todd Phillips. Me descubr&iacute; ante el trabajo de sus actores. Sin embargo, ninguna de las dos obras me pareci&oacute; rompedora. Todo lo que veo en ellas son mojones -prominentes, eso s&iacute;- de unas estirpes narrativas muy trilladas. Cuesta creer que la Segunda Enmienda y sus efectos sigan siendo un sustento primordial, ineludible casi, para la imaginaci&oacute;n creativa de muchos autores. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de sus guiones sin esos cl&iacute;max confiados a las balas? De acuerdo, hay que entender todo esto en el contexto del proceso creativo y sus resortes: los demonios del autor, etc&eacute;tera. Pero la sospecha de una alianza confortable entre p&uacute;blico y autor (entre expectativas y satisfacci&oacute;n, entre demanda y oferta) acaba por instalarse. Resulta cuando menos preocupante ese retorno a los mitos consabidos (como el del vecino devenido en <em>gangster</em>) o descaradamente fraudulentos (como el del psic&oacute;tico devenido en asesino).
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto qu&eacute; hay de verdaderamente innovador y creativo en tanto bucle. Asumo el papel ineludible de la violencia en el arte de nuestro siglo, pero en todo ese trabajo de precisi&oacute;n relojera echo a faltar una visi&oacute;n m&aacute;s incisiva. Tampoco es que me espere el poder corrosivo de Cronenberg, Haneke, Von Trier o el propio Bong Joon Ho, cuando iluminan con sus f&aacute;bulas ese terreno. El cine independiente de EEUU no est&aacute; para tirar voladores, puesto que su tendencia -y qui&eacute;n sabe si tambi&eacute;n su meta- es la de ser abducido por la gran industria.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me alegra la irrupci&oacute;n de <em>Par&aacute;sitos</em>. Su triunfo en el Dolby Theater, donde el juego de la imaginaci&oacute;n reemplaz&oacute; tantas veces al impulso creativo, es un motivo de entusiasmo y esperanza. Como lo es cada renuevo en la vigorosa tradici&oacute;n integradora y mestiza de aquel pa&iacute;s, frente al autof&aacute;gico proyecto de Donald Trump.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/forastero-hollywood_132_1002556.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Feb 2020 12:34:41 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un forastero en Hollywood]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El maestro Dutoit y Fiona Allan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/maestro-dutoit-fiona-allan_132_1003312.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La noticia irrumpi&oacute; en los medios locales el pasado d&iacute;a 1 de febrero, para extenderse luego como la gripe por medio mundo: la comisi&oacute;n ejecutiva de la Orquesta Filarm&oacute;nica de Gran Canaria prescind&iacute;a del maestro Charles Dutoit (la estrella m&aacute;s fulgurante de su temporada 2019/2020), tras haberlo invitado a dirigir el und&eacute;cimo concierto de abono. La consejera y presidenta de la comisi&oacute;n, Guacimara Medina, se mostr&oacute; cauta ante la prensa y adujo entre otros motivos la renovaci&oacute;n de cargos en el Cabildo.
    </p><p class="article-text">
        Luego los medios se encargaron de recordarnos lo que mucha gente sabe: que el maestro Dutoit ha sido acusado de agresi&oacute;n sexual por diferentes mujeres, presuntamente victimizadas entre 1970 y 2010. Y que por eso otras orquestas m&aacute;s antiguas y robustas, en Londres, Nueva York, Boston, Filadelfia, Cleveland, Chicago, San Francisco o Sydney, ya hab&iacute;an desterrado su nombre de las programaciones. No obstante, la Orquesta de Par&iacute;s, la Sinf&oacute;nica de Montreal o la Filarm&oacute;nica de San Petersburgo no encontraron motivos para rechazarlo.
    </p><p class="article-text">
        La pol&eacute;mica est&aacute; servida y ali&ntilde;ada: algunos cr&iacute;ticos y comentaristas del &aacute;mbito musical, de los que se espera al menos cierto grado de ecuanimidad, no han tardado en tomar partido frente a la noticia. Cab&iacute;a esperar que lo hicieran, porque en los dominios del gusto y los apegos se hace dif&iacute;cil atemperar las pasiones. Por eso no han faltado invectivas contra la decisi&oacute;n, a la que atribuyen dos clases de vicio. Una, la confusi&oacute;n entre el hombre y el artista. Otra, el desprecio a la presunci&oacute;n de inocencia. 
    </p><p class="article-text">
        No se me esconde lo evidente: el relevo de Dutoit es en s&iacute; mismo una manzana de la discordia, o una papa caliente si lo prefieren, que propicia y hasta exige una confrontaci&oacute;n de posiciones &eacute;ticas. Por eso no quiero ocultar la m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Debo aclarar de entrada que ni el fascismo antisemita de Ezra Pound ni los presuntos delitos sexuales de Roman Polanski me impiden admirar sus obras. Aun as&iacute;, a ninguno de los dos lo habr&iacute;a invitado a pisar mi casa. Ning&uacute;n c&oacute;digo regula la disyuntiva de invitar o no, pero tampoco es &eacute;ticamente neutra: cada una de sus dos opciones habla por quien la toma. Por eso, aunque admire el atmosf&eacute;rico Ravel que ha grabado Dutoit e incluso recomiende su compra, a &eacute;l jam&aacute;s lo invitar&iacute;a. Me propongo explicar por qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Sobre la presunci&oacute;n de inocencia no voy a ser menos claro: defiendo con firmeza el derecho del director suizo a no ser tratado como un delincuente, pero eso no me exime de creer con la misma firmeza en la veracidad de Fiona Allan. 
    </p><p class="article-text">
         El nombre de Fiona Allan tiene un peso creciente en el mundo teatral brit&aacute;nico. En 2016 fue elegida presidenta de UK Theater, la organizaci&oacute;n profesional m&aacute;s importante en las artes esc&eacute;nicas de aquel pa&iacute;s. Dos a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando ya poco le quedaba por lograr y mucho que perder, decidi&oacute; sumarse a la lista de quienes alzaban su voz contra Dutoit. Su relato se remontaba a los a&ntilde;os noventa, cuando era una simple becaria en la Sinf&oacute;nica de Boston (BSO). Igual que otras mujeres en diferentes ciudades, con parecido grado de detalle y congruencia, declar&oacute; haber sido agredida sexualmente por el maestro. Mediaban ya veinte a&ntilde;os. Pero esta vez la BSO dio cr&eacute;dito y relevancia a su relato, rompi&oacute; todos los v&iacute;nculos con Dutoit y le retir&oacute; el nombramiento de <em>Koussewitzky Artist.</em> 
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; las declaraciones de Fiona Allan a la revista <em>The Stage</em> y confieso que me estremecieron. Su rabia y su soledad sin fondo tras los hechos descritos, su impotencia frente al insalvable y tremendo desequilibrio de poder, su autoinculpaci&oacute;n por haber conocido demasiado tarde la &ldquo;regla de oro&rdquo;, que era entrar de dos en dos en la habitaci&oacute;n de &ldquo;aquel hombre&rdquo;&hellip; Todo parece un espejo en el que miles de mujeres podr&iacute;an reconocerse.   
    </p><p class="article-text">
         Hoy, al frente del UK Theater, Fiona Allan desarrolla un importante proyecto de &aacute;mbito nacional. Su objeto es proteger a otras personas, hombres o mujeres, de los abusos ancestrales que se cometen en ese sector de la cultura. Unos abusos a los que Vicky Featherstone, directora art&iacute;stica del Royal Court Theatre, se refiere con esta sentencia en <em>staccato</em>: &ldquo;Todos. Nosotros. Sabemos.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En <em>El maestro y Margarita</em>, la delirante novela de Bulg&aacute;kov, la protagonista se expone desnuda a las potencias del infierno. No siente ni miedo ni verg&uuml;enza, porque la mueve el af&aacute;n de reunirse con el hombre al que ama. Bien distinta parece esta historia real, la del maestro y Fiona Allan. Sin embargo, el coraje se nos muestra otra vez con rostro femenino. Como la Margarita de Bulg&aacute;kov (despu&eacute;s de todo un trasunto de la goethiana), Fiona Allan tiene el valor de exponerse en desventaja a las fuerzas infernales. Claro que los demonios de su entorno son bien distintos: tienen afanes y ademanes de felino, se muestran tan pronto rampantes como furtivos, van dejando un rastro de temores, frustraciones, maledicencias, hipocres&iacute;a, y su madriguera es el <em>backstage</em> innumerable y tortuoso de los escenarios europeos, rusos o americanos. Como algunas otras mujeres (pocas todav&iacute;a, pero <em>in crescendo</em>), ella trata de poner barreras y controles a ese poder hasta ahora incontrolado, por no decir absoluto, que entre todos hemos ido delegando en ciertos monstruos -unas veces grandes, otras no tanto- de la cultura y el espect&aacute;culo.
    </p><p class="article-text">
        Nadie estar&aacute; contento a estas horas con la historia del concierto n&uacute;mero once. No puede estarlo quien dise&ntilde;&oacute; en su d&iacute;a la programaci&oacute;n, con aquella &ldquo;operaci&oacute;n prestigio&rdquo; que apostaba h&aacute;bilmente por un <em>crack</em> en horas bajas. Tampoco el actual equipo de gobierno, con sus carreras contra el reloj para cambiar la composici&oacute;n del men&uacute;. Pero los hechos est&aacute;n ah&iacute;, son los que son, y en el debate &eacute;tico que suscitan yo doy cr&eacute;dito a Fiona Allan. Con ella me alineo. Aunque solo hubiese supuesto un homenaje a su persona y su labor, aplaudir&iacute;a sin vacilaciones el relevo del maestro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/maestro-dutoit-fiona-allan_132_1003312.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Feb 2020 08:29:30 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El maestro Dutoit y Fiona Allan]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Sueñan los neurofilósofos con ovejas deseantes?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/suenan-neurofilosofos-ovejas-deseantes_132_1228409.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En uno de los libros m&aacute;s influyentes que se han escrito sobre psicolog&iacute;a del marketing, Robert Cialdini cuenta que un hermano suyo, Richard, se pag&oacute; la carrera del siguiente modo: compraba coches usados, los lavaba en el garaje familiar y all&iacute; mismo los volv&iacute;a a vender. El secreto de su &eacute;xito consist&iacute;a en modificar una regla elemental de las ventas (un cliente, una cita), haciendo que las visitas se solaparan. En un contexto as&iacute;, cada visitante se paraba menos en sus dudas, pegas o ambivalencias, para centrarse en la fantas&iacute;a de que otro se llevara &ldquo;su coche&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        He estado haciendo cuentas para situar esta an&eacute;cdota en el tiempo. Debi&oacute; de transcurrir a mediados o finales de los noventa. Mis c&aacute;lculos tienen su raz&oacute;n de ser, porque fue en marzo de 1996 cuando la revista m&eacute;dica <em>The Lancet</em> (la segunda m&aacute;s influyente del mundo entre las de su g&eacute;nero) public&oacute; un famoso ensayo que firmaba el geriatra y neurofil&oacute;sofo Raymond C. Tallis. Su expeditivo t&iacute;tulo era <em>Burying Freud</em> (<em>Enterrar a Freud</em>). En &eacute;l se exhortaba a acabar, y para siempre, con la influencia del pensador vien&eacute;s en el &aacute;mbito de las ciencias naturales.
    </p><p class="article-text">
        Era un texto plagado de maledicencias, como han reconocido luego tirios y troyanos. Pero&hellip; o tuvo un gran efecto de persuasi&oacute;n, o fue simplemente una palada tard&iacute;a en la metaf&oacute;rica tumba de Sigmund Freud. Las publicaciones cient&iacute;ficas de impacto ya no citan al vien&eacute;s en nuestros d&iacute;as, o lo incluyen como simple curiosidad en los apartados de revisi&oacute;n hist&oacute;rica. Es m&aacute;s: alegatos como el de Tallis han impulsado un complejo movimiento destinado a &ldquo;desinflar la burbuja freudiana&rdquo;, no ya en el &aacute;mbito cient&iacute;fico, sino en el conjunto de la cultura occidental.
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; otra vez el tiempo quien otorgue a cada cual el sitio que le corresponda. Tengo muy serias dudas sobre el alcance y la consistencia de la corriente llamada &ldquo;neurofilosof&iacute;a&rdquo;; me cuestiono incluso su derecho a figurar como una rama de la gnoseolog&iacute;a. Pero tambi&eacute;n convengo en que Nietzsche o Heidegger han pasado a desplazar a Freud (lo mismo que a Marx, por no hablar de los &ldquo;freudomarxistas&rdquo;) en las volubles preferencias del pensamiento continental europeo.
    </p><p class="article-text">
        Ese empe&ntilde;o en enterrar a Freud, y su contraste con la resurrecci&oacute;n de algunos otros pensadores, exige an&aacute;lisis m&aacute;s profundos y sesudos. Yo me limito a se&ntilde;alar que enterrado, lo que se dice bien enterrado, no parece que est&eacute;. El mundo anda lleno de subproductos freudianos, que acaban por ser reciclados aqu&iacute; y all&aacute; por mucha gente espabilada e industriosa. Es como si los psicoanalistas, en sus contiendas talm&uacute;dicas por adue&ntilde;arse de la esencia freudiana, hubieran dejado un rastro de desechos que los listillos recomponen a su manera. Aunque ya no acampe en la cima del saber oficial, la herencia freudiana vivaquea hecha jirones por los recodos de una cultura oficiosa (la del toma y daca liberal capitalista) que se hace fuerte en el manejo solapado y ventajista del deseo.
    </p><p class="article-text">
        Cierto que ni Cialdini, ni Fishbein, ni Kothler, ni Converse, al menos que yo sepa, admiten haberse inspirado en el hombre del cigarro y la mirada escrutadora. Pero lo cierto es que esa mirada, con sus reconocibles yerros y subjetivismos, dej&oacute; no solo una marca inexpugnable en la cultura occidental: tambi&eacute;n un bagaje asombrosamente caudaloso de observaciones sobre el ser humano, que una legi&oacute;n de autores y actores sigue explotando en nuestros d&iacute;as sin apenas mencionarlo.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me he detenido en lo de los coches usados. Los gur&uacute;s del marketing, sean te&oacute;ricos influyentes o avispados practicantes, saben muy bien que nadie sale de su cueva si no lo empuja una pasi&oacute;n. Y que toda pasi&oacute;n es hija -unas veces pundonorosa, otras veces abyecta- del deseo. Y que el deseo no germina por las buenas, sino all&iacute; donde su objeto amenaza con esfumarse.
    </p><p class="article-text">
        Pero Freud, nos dir&aacute;n todos ellos, &iquest;qui&eacute;n se acuerda ya de ese pelmazo?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/suenan-neurofilosofos-ovejas-deseantes_132_1228409.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Dec 2019 20:50:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Sueñan los neurofilósofos con ovejas deseantes?]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una modesta proposición en favor de nuestros bosques]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/modesta-proposicion-favor-bloques_132_1386872.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cada vez sabemos m&aacute;s de cuanto influye en la propagaci&oacute;n de los incendios: el calor, la sequedad, los vientos, la deficiente limpieza de los bosques. Sin embargo, y por extra&ntilde;o que parezca, no es mucho lo que sabemos sobre cuanto facilita su producci&oacute;n intencionada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las razones de ese desconocimiento parecen obvias. Unas ata&ntilde;en a las dificultades de la investigaci&oacute;n criminol&oacute;gica en general, cuyas muestras de estudio son por fuerza fragmentarias y sesgadas. Otras se nos antojan m&aacute;s espec&iacute;ficas: los incendios intencionados son delitos tan f&aacute;ciles de cometer como dif&iacute;ciles de investigar, por mucho que se especule sobre sus m&oacute;viles. Obviar&eacute; los que obedecen a vendettas o a intereses mafiosos, para centrarme en los que se perpetran &ldquo;porque s&iacute;&rdquo;, de forma aparentemente gratuita.
    </p><p class="article-text">
        A juzgar por algunos estudios de psicolog&iacute;a forense, la satisfacci&oacute;n que se persigue en la provocaci&oacute;n gratuita de un incendio es parecida a la del onanismo: tanto m&aacute;s intensa cuanto m&aacute;s solitaria. Garantizar como sea esa exultante clandestinidad, esa complacencia impune y secreta en el infierno provocado por la propia mano, es un m&oacute;vil que extrema el sigilo del delincuente y lo conduce a actuar con redoblada astucia. Cabe imaginar el punto en que se activa el mecanismo: all&iacute; donde confluyen un m&aacute;ximo da&ntilde;o ambiental y un m&iacute;nimo riesgo para s&iacute;. Dir&eacute;, por no extenderme, que en el incendiario &ldquo;porque s&iacute;&rdquo; conviven el narcisista, el s&aacute;dico y el voyeurista, a la b&uacute;squeda de una ocasi&oacute;n ideal: la de un ojo y una mano inadvertidos, que ofrecen al Yo una escena de omnipotencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por lo dicho se ver&aacute; que no es mi intenci&oacute;n, ni mucho menos, adelantarme al acto incendiario mediante la confecci&oacute;n de prontuarios o recetas. Solo pretendo relacionar la din&aacute;mica pulsional del productor voluntario de incendios con las reacciones m&aacute;s comunes que nos encontramos en su entorno. Y, a partir de ah&iacute;, invitar a que actuemos con los potenciales autores como ya lo hacemos con los incendios: evitando que salte la chispa y, en el peor de los casos, minimizando la posibilidad de nuevos focos.
    </p><p class="article-text">
        Hace ya 50 a&ntilde;os, un psiquiatra alem&aacute;n llamado Walter P&ouml;ldinger introdujo en la g&eacute;nesis del suicidio una noci&oacute;n hasta entonces inadvertida: la influencia de los medios en la mente del potencial suicida. No solo destac&oacute; su importancia, sino que se&ntilde;al&oacute; tambi&eacute;n el momento de su incidencia: entre las vacilaciones previas y la determinaci&oacute;n de quitarse la vida. Esta observaci&oacute;n emp&iacute;rica es congruente con lo apuntado por Freud sobre el destino de las pulsiones, que es un destino siempre abierto al acontecer. El caso es que, por una vez en la historia, la consistencia de las observaciones cl&iacute;nicas impact&oacute; de un modo m&aacute;s o menos sensible y duradero en el comportamiento colectivo. Ya en el a&ntilde;o 2000, la OMS public&oacute; el documento Prevenci&oacute;n del suicidio: Un instrumento para profesionales de los medios de comunicaci&oacute;n, que considero de obligada lectura para quienes se ocupen de informar.
    </p><p class="article-text">
        No se me ocurren impedimentos para aplicar la misma l&iacute;nea de investigaci&oacute;n, con todos sus corolarios sociales, a una serie de conductas heteroagresivas. Pienso sobre todo en eso que el controvertido DSM llama &ldquo;trastornos del control de los impulsos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cierto que la traslaci&oacute;n no es tan simple, por razones que no vienen al caso. Adem&aacute;s, muchas cosas han cambiado desde aquellos estudios de P&ouml;ldinger. Todo va tan aprisa que hasta las instrucciones de la OMS se est&aacute;n quedando cortas. Los suicidios promovidos en las redes sociales vienen a demostrarlo, con su tr&aacute;gica estela de estupefacci&oacute;n e impotencia. Pero es precisamente ese &aacute;mbito, el de las redes y su vertiginoso flujo, lo que ahora me mueve a escribir.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de estos d&iacute;as y en relaci&oacute;n con los incendios, a la pantalla de mi ordenador han acudido en tromba im&aacute;genes y comentarios de toda clase. Me parec&iacute;a estar asistiendo a una siniestra competici&oacute;n, en la que cada foto y cada frase aspiraba a superar a las dem&aacute;s en contenidos perturbadores. &iquest;Acaso es esa una forma de luchar contra el fuego? No, de ninguna manera. El &eacute;nfasis en lo dantesco o lo jerem&iacute;aco, la acumulaci&oacute;n de im&aacute;genes que nada a&ntilde;aden ni esclarecen, la escalada de comentarios y ocurrencias m&aacute;s o menos &ldquo;originales&rdquo; y vehementes, el oportunismo m&aacute;s o menos ideologizado&hellip; todo eso solo contribuye a propiciar la sensaci&oacute;n de caos y a exacerbar la din&aacute;mica pulsional de no s&eacute; cu&aacute;ntos incendiarios potenciales: ojos inadvertidos, miradas que rastrean la desolaci&oacute;n y el desconcierto ajenos, mecanismos en espera de activarse.
    </p><p class="article-text">
        No, insisto. Si la opci&oacute;n es defender el bosque desde la mesa del bar o la tumbona de la playa, hag&aacute;moslo de otra forma. Abandonemos la inercia de buscar culpables en los que descargar nuestra frustraci&oacute;n, la rutina de increpar a diestro y siniestro, el postureo en la web para maquillar nuestro escaso o nulo compromiso. Demostremos por una vez, en la defensa del bosque y su recuperaci&oacute;n, que somos un pueblo capaz de sacrificio, disciplina y organizaci&oacute;n colectiva: cientos de miles de personas ya dispuestas para estar all&iacute; donde la isla nos requiera, en un esfuerzo vertebrado y tambi&eacute;n (de todo coraz&oacute;n lo deseo) sabiamente dirigido por quien corresponda.
    </p><p class="article-text">
        No se me ocurre otro modo de parar los pies a potenciales incendiarios.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/modesta-proposicion-favor-bloques_132_1386872.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 20 Aug 2019 17:21:32 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una modesta proposición en favor de nuestros bosques]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El olor de las cloacas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-cloacas_132_1612879.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Pongamos que un mal d&iacute;a, en la manzana donde usted vive, hubo un atraco con muertos. Digamos que eso fue hace ya tiempo. Que luego el terror, impredecible por definici&oacute;n, se traslad&oacute; a otros barrios y otras ciudades. Imaginemos que, a pesar de todo, el miedo sigui&oacute; asomando en las miradas, los gestos y el runr&uacute;n de los vecinos.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez por eso la continuaci&oacute;n de mi relato se parece a una distop&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En la junta de propietarios el autoritarismo extendi&oacute; sus redes. Menudeaban los concili&aacute;bulos, los anatemas a media o plena voz, las llamadas extempor&aacute;neas al orden, la unidad, la observancia de las normas. Surg&iacute;an tensiones y discrepancias, pero el ansia de seguridad acababa siempre por prevalecer. El presidente, un sujeto receloso y circunspecto, sab&iacute;a que el miedo era su aliado; y contaba, por un tiempo que calculaba interminable, con suficiente respaldo para reforzar a su gusto los controles y la vigilancia. Buena parte del erario vecinal pas&oacute; a emplearse en instalar sensores de movimiento, videoc&aacute;maras, radares y alambicados ingenios que nadie sab&iacute;a identificar, pero que casi todo el mundo acog&iacute;a con satisfacci&oacute;n y alivio. El presidente y los suyos, con todo el viento a su favor, proponen quitar al portero y meter un vigilante de seguridad, recortar o eliminar partidas para pagar lo que este pide, modificar aspectos muy sensibles de las normativas, escamotear con astucia algunos derechos elementales. Todo se aprueba por la pujanza del miedo y al amparo de su hegemon&iacute;a. Mientras tanto el inmueble renquea en m&aacute;s de un aspecto, el ascensor funciona o no funciona y unos ancianos del octavo, por evitar las escaleras, no se atreven a pisar la calle.
    </p><p class="article-text">
        Demos todav&iacute;a otra vuelta de tuerca y hagamos que el relato se vuelva siniestro.
    </p><p class="article-text">
        El vigilante en cuesti&oacute;n, por motivos que intuimos insondablemente abyectos, dis&shy;para contra tirios y troyanos y revela a cuentagotas una trama que eriza los pelos. Su obligaci&oacute;n oficial, la de vigilar el edificio, se solapaba con una misi&oacute;n tan repugnante, tan retorcidamente infernal, que nadie en su sano juicio habr&iacute;a llegado a imaginar. Vigilaba a los propios vecinos, siguiendo una estrategia plagada de implicaciones, cuyas pistas insisten en condu&shy;cir hasta quienes lo instalaron y supuestamente lo controlan. Todo el sofisticado montaje, que castig&oacute; el bolsillo de los vecinos y les priv&oacute; de tantas mejoras, se ha utilizado para escarbar sin tregua y sin medida en sus asuntos personales. &iquest;Por qu&eacute;? Puede que nunca lo sepamos, pues no es cuesti&oacute;n de perseguir a los autores con sus mismas y tenebrosas armas. Lo que s&iacute; procede (y adem&aacute;s est&aacute; tirado) es descubrir lo que piensan. Piensan que cada vecino descontento, por el hecho de enarbolar y sostener su discrepancia, significa una amenaza para la perpetuaci&oacute;n del orden que ellos ans&iacute;an y, de acuerdo con su l&oacute;gica, para la propia seguridad del edificio. Porque ellos, los que durante tantos a&ntilde;os manejaron a su antojo los asuntos de la comunidad, han enten&shy;did&shy;o todo el tiempo que el edificio es <em>m&aacute;s suyo</em> que de cualquiera.
    </p><p class="article-text">
        Toda esta pesadilla, elevada al rango inmensamente superior de los asuntos de Es&shy;tado, ha ocurrido y quiz&aacute;s siga ocurriendo en este pa&iacute;s. &iquest;C&oacute;mo es posible que no se conmuevan sus cimientos?
    </p><p class="article-text">
        Pero no, pens&aacute;ndolo mejor, dejemos que el pa&iacute;s encuentre la respuesta, demos paso a la libre asociaci&oacute;n y citemos los versos de un aria famosa:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Y vivo a&uacute;n?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y sin la espada?&ldquo;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-cloacas_132_1612879.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Apr 2019 15:08:45 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El olor de las cloacas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El platonismo de López Obrador]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/platonismo-lopez-obrador_132_1620161.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La carta del presidente mejicano a Felipe VI pareci&oacute; abrir en su momento la caja de los truenos. Una traca de reacciones hizo explosi&oacute;n en poco tiempo y, en medio del estruendo, pudimos distinguir como siempre a los dos bandos. Uno carg&oacute; las tintas en la defensa de L&oacute;pez Obrador, por ser hombre de izquierdas, aun a riesgo de ignorar ciertos aspectos de la historia. El otro hizo lo mismo en su contra y por id&eacute;ntica raz&oacute;n. Solo unos pocos, sin duda los m&aacute;s l&uacute;cidos, plantearon de otro modo la cuesti&oacute;n: &iquest;hasta qu&eacute; punto es de izquierdas, hoy por hoy en Centroam&eacute;rica, poner todo el acento en los cr&iacute;menes y abusos de la colonizaci&oacute;n espa&ntilde;ola?
    </p><p class="article-text">
        Opino que no lo es, en absoluto. Por eso me intrigan los motivos de L&oacute;pez Obrador y su gobierno, que no solo han malgastado tiempo y tinta en escribir esa famosa petici&oacute;n de desagravio, sino que pretenden rematar la faena con un pliego de cargos contra Felipe II &amp; Co. Sea quien sea ese Co.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto si el presidente mejicano habr&aacute; le&iacute;do a Plat&oacute;n, aunque lo dudo. No son los textos plat&oacute;nicos, sino sus derivados y residuos m&aacute;s deleznables, lo que acostumbran leer en nuestro tiempo los gobernantes. Lo suyo no es deshojar la coca, masticarla y salivarla poco a poco, con parsimonia, sino tirarse directamente al crack.
    </p><p class="article-text">
        Plat&oacute;n desconfiaba del criterio del pueblo, por considerar que lo contaminaban las pasiones. Por eso se invent&oacute; la <em>gennaion pseudos</em> (la mentira sobre el origen, mentira noble o mentira de Estado), que era un modo de mantener enga&ntilde;ada a la gente para que acatase sin algarab&iacute;as el gobierno de los sabios. &ldquo;Solo a los gobernantes les est&aacute; permitido mentir&rdquo; -dice en <em>La Rep&uacute;blica</em>, libro III- &ldquo;para enga&ntilde;ar al enemigo o a los ciudadanos en bien de la Rep&uacute;blica&rdquo;. Imagino su satisfacci&oacute;n ante el &eacute;xito de un famoso mito, el de los metales, con el que justificaba la jerarqu&iacute;a de las clases. Y lo mucho que sopesar&iacute;a aquella parte final, la m&aacute;s h&aacute;bil e ingeniosa, en la que se ofrece al buen labriego un eventual camino hacia el ascenso social: el desclasamiento.
    </p><p class="article-text">
        Los gobernantes de nuestro tiempo, aunque iletrados en creciente proporci&oacute;n, se engolfan cada vez m&aacute;s en las mentiras plat&oacute;nicas. Y se pirran por meterse en los zapatos de ese pr&oacute;cer fabulador, sabihondo ya que no sabio, que fabrica mentiras piadosas para ocultar su verdadera agenda. Como si hubieran le&iacute;do a Plat&oacute;n entre episodio y episodio de <em>House of Cards</em>.
    </p><p class="article-text">
        Pero no. Los asesores de L&oacute;pez Obrador, como los de Trump, los de Maduro, los de Bolsonaro, no parecen haber le&iacute;do mucho a Plat&oacute;n, aunque s&iacute; al m&aacute;s t&oacute;xico y elitista de sus ep&iacute;gonos: Leo Strauss. Partiendo de la idea nietzscheana de que la &ldquo;masa ciega&rdquo; anda siempre a la caza de &ldquo;creencias consoladoras&rdquo;, Strauss sostuvo que la sociedad no est&aacute; preparada para escuchar la verdad en boca de sus gobernantes. Por eso pide ser enga&ntilde;ada por estos &uacute;ltimos, que s&iacute; han sabido descubrir y admitir la verdadera dimensi&oacute;n de los problemas. Los mitos pol&iacute;ticos son necesarios, sentencia Strauss, debido a la inherente ineptitud del pueblo para manejarse con la cruda verdad.
    </p><p class="article-text">
        Suele aceptarse que Leo Strauss es el padre de los <em>neocons</em>, pero su influencia en la pol&iacute;tica y los pol&iacute;ticos de nuestro siglo es cada vez m&aacute;s alarmante. La gesti&oacute;n de dos discursos y dos agendas (una esot&eacute;rica y otra exot&eacute;rica, como las llamar&iacute;a Strauss) se ha convertido en pr&aacute;ctica com&uacute;n de los gobiernos, sea cual sea su aparente signo.
    </p><p class="article-text">
        Escuchaba al presidente mejicano hace unos d&iacute;as, en Veracruz, recomendando prudencia y respeto en las relaciones con EE.UU. Bastar&iacute;a tomar ese discurso, a&ntilde;adirlo al encuentro oficial entre el propio L&oacute;pez Obrador y el yern&iacute;simo Jared Kushner, con su secuela de cuantiosas inversiones, contrastar todo eso con la famosa carta y sus invectivas contra el imperio espa&ntilde;ol, para saber cu&aacute;l va a ser por ahora el enemigo exterior de M&eacute;jico. Un enemigo extinto y fantasmal, por fortuna.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;L&oacute;pez Obrador no se engancha con Trump&rdquo;, proclama el <em>Excelsior </em>mientras escribo estas l&iacute;neas. Es comprensible. Las remesas de los emigrantes mejicanos son una fuente esencial de divisas para el pa&iacute;s, como ocurr&iacute;a con los ahorros de la emigraci&oacute;n espa&ntilde;ola en los cincuenta y sesenta. El presidente mejicano prefiere hacerse el tonto con su vecino rico, poner cara de palo aunque arrecien las amenazas, aunque se fomente el odio al chicano desde el otro entorno presidencial. Es una opci&oacute;n. All&aacute; &eacute;l, si no quiere oponer su verdad a las mentiras del vecino. Lo inquietante es ese af&aacute;n de encontrar como sea otro enemigo exterior. Esa activaci&oacute;n inequ&iacute;vocamente straussiana de la <em>gennaion pseudos.</em> Ese recurso tan socorrido, tan encubridor, de trasladar al siglo XVI el foco sobre los abusos, la injusticia y la pobreza de Centroam&eacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Como si no supi&eacute;ramos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/platonismo-lopez-obrador_132_1620161.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Apr 2019 08:17:18 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El platonismo de López Obrador]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Felipe VI,México]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre la resistible ascensión de Vox]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/resistible-ascension-vox_132_1802121.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Afirmaba hace poco Sheri Berman que &ldquo;el pesimismo se ha generalizado en las sociedades occidentales&rdquo;. Y se apoyaba en una encuesta muy reciente del <em>Pew Research Center</em>: &ldquo;aunque cada vez m&aacute;s ciudadanos europeos creen que la situaci&oacute;n econ&oacute;mica de sus pa&iacute;ses es mucho mejor que hace 10 a&ntilde;os, eso no hace que sean m&aacute;s optimistas sobre el futuro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ando chateando sobre este asunto con un amigo. No hemos llegado a&uacute;n a las ra&iacute;ces de semejante paradoja, pues andamos enfrascados en una curiosa evidencia: los partidos con representaci&oacute;n parlamentaria, tan dados a investigar lo que piensan sus electores, suelen pasar de puntillas por lo que <em>sienten</em>. Creemos, mi amigo y yo, que es el momento de analizar y discutir esta clase de cosas. Por eso, tras obtener su aprobaci&oacute;n, me pongo a transcribir una parte de nuestro chat.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; siente la gente cuando se pone una camiseta holografiada y se echa a la calle, pongamos que sin intenci&oacute;n de ser violenta, aunque al final acabe por serlo? &iquest;Hambre? No, los hambrientos en Europa no se ponen camisetas para concentrarse en la plaza mayor. &iquest;Estrecheces? Depende, porque ese tornero jubilado, a punto de derribar una valla frente al Parlamento espa&ntilde;ol, cobra m&aacute;s que much&iacute;simos mileuristas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; es lo que siente entonces, si no es hambre ni estrecheces, ese forofo a&ntilde;oso y combativo del 15M? Que lo han estafado. Que le dijeron: el Estado del Bienestar es un paraguas que no solo va a protegerte a ti, sino tambi&eacute;n a tus hijos y a tus nietos. Y a&ntilde;adieron: trabaja como un petudo, para que ellos lleguen m&aacute;s lejos y tengan una vida menos dif&iacute;cil que la tuya. Y ahora anda cuidando de cinco nietos mientras sus hijos, uno arquitecto, otra doctora en biolog&iacute;a molecular, el tercero soci&oacute;logo, se eternizan como becarios o eventuales a tiempo parcial. Y cuando se va a la cama, deslomado y vencido porque entre cuatro parejas no alcanzan a pagarse tres guarder&iacute;as privadas, se pregunta si el enaltecido Estado del Bienestar, que el rayo lo parta, no ha sido una broma macabra. Y comprueba que el futuro tantas veces prometido se reduce a contemplar la zozobra de los suyos, a esperar con inquietud e incertidumbre que sus nietos se hagan mayores, mientras los adalides de la justicia redistributiva se gastan el dinero de sus impuestos en reflotar al banco que desahuci&oacute; a su vecino. Y que aquellos a quienes vot&oacute;, persuadido de tenerlos a su lado porque predicaban las bondades del Estado social y progresista, prefieren mirar a ese mismo futuro parapetados en sociedades fantasma o instalados en chalets de precio prohibitivo.
    </p><p class="article-text">
        Hay emociones que dan fuerza a la raz&oacute;n, pero otras acaban por impon&eacute;rsele. Cuando un ser humano siente que sus sue&ntilde;os han ca&iacute;do por los suelos, cuando ha perdido las esperanzas de retomarlos y recomponerlos, las razones ya no sirven para nada. Y, seg&uacute;n nos dicen los que de esto saben, es entonces cuando m&aacute;s resentido, intolerante y tribal se vuelve. Cali&eacute;ntenle un poco los sesos, y cambiar&aacute; su holograma de yayoflauta por otro de Vox.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es esta una visi&oacute;n pesimista? Todo lo contrario. Si alg&uacute;n pesimista puede haber en esta historia, ser&aacute; en todo caso el votante de la ultraderecha. Frente a su visi&oacute;n angustiada y nost&aacute;lgica del futuro, nos recuerda Berman, solo caben pol&iacute;ticas valientes y pragm&aacute;ticas que afronten sin complejos los nuevos desaf&iacute;os: el crecimiento de la desigualdad, la lentitud del progreso social, los cambios sociales y culturales tan temidos por la reacci&oacute;n nost&aacute;lgica. De eso se trata. Ahora mismo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/resistible-ascension-vox_132_1802121.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Dec 2018 13:59:59 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Sobre la resistible ascensión de Vox]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tras los pasos de Trump]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pasos-trump_132_1821698.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Intent&eacute; escuchar, sin llegar a conseguirlo, una entrevista de Pepa Bueno con Pablo Casado. Confieso que anduve muy atento desde la primera palabra hasta la &uacute;ltima, pero&hellip; vano esfuerzo. Porque aquello no fue una entrevista.
    </p><p class="article-text">
        Lo habr&iacute;a sido si la periodista, a la que admiro profundamente, se hubiera plantado en alg&uacute;n momento para decirle a su invitado: &ldquo;usted ha venido aqu&iacute;, como lo ha hecho tanta gente antes que usted, para someterse a las reglas de una entrevista y no para dar un mitin&rdquo;. Todos los oyentes de o&iacute;do limpio lo habr&iacute;amos agradecido. Pero, para mi sorpresa y la de muchos <em>fans</em> de Bueno, no acopi&oacute; coraje suficiente para hacerlo. Cierto que intent&oacute; hasta el cansancio llevar las aguas al cauce del periodismo informativo, que pregunt&oacute; y repregunt&oacute; sin apenas ser escuchada. Sin embargo, su excesivo respeto al <em>fair play</em> dio lugar a lo peor: que el entrevistado arruinara la entrevista y se nos vendiera gato por liebre: letan&iacute;as propagand&iacute;sticas en lugar de informaci&oacute;n, verborrea machacona y sectaria en lugar de di&aacute;logo sereno, intoxicaci&oacute;n en lugar de esclarecimiento.
    </p><p class="article-text">
        Las ruedas de prensa de Donald Trump, como casi todo lo que &eacute;l ha hecho desde que lleg&oacute; al poder, est&aacute;n precipitando una divisi&oacute;n universal de las aguas. No exagero. Los partidarios de la mordaza se vienen arriba en todas partes, piden meter en cintura a &ldquo;quienes agitan desde los medios&rdquo; y hasta sue&ntilde;an con un declive del cuarto poder. En este otro bando (el de cuantos vemos en el derecho a la informaci&oacute;n una palanca que eleva nuestro nivel democr&aacute;tico) parece llegado el tiempo de la movilizaci&oacute;n. Por eso escribo.
    </p><p class="article-text">
        La l&iacute;nea estrat&eacute;gica seguida por Pablo Casado, en esa no-entrevista a la que aludo, fue id&eacute;ntica a la de Donald Trump: ignorar y hacer inaudibles las repreguntas. En su boca como en su &aacute;nimo, el lenguaje fue una apisonadora con la que aniquilar la voz del otro (de la otra en este caso), sin darle apenas oportunidad de pedir aclaraciones, justificaciones, puntualizaciones&hellip; en fin, cuanto elemento de contraste pudiera contribuir al esclarecimiento informativo. Todo aquello que el oyente tiene derecho a esperar del periodismo radiof&oacute;nico -y que se condensa en la frase atribuida a Goethe: &ldquo;&iexcl;Luz, m&aacute;s luz!&rdquo;- lo evit&oacute; Pablo Casado con su apisonadora verborreica.
    </p><p class="article-text">
        No muchas horas antes, hab&iacute;amos escuchado en el mismo programa al periodista Jorge Ramos, de Univision Communications. Fue muy claro al exponer el zarandeo que sufre el derecho a la informaci&oacute;n en EE.UU. Y muy rotundo en la receta: &ldquo;La &uacute;nica manera de enfrentarse a Trump es no callarse y repreguntar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Corren malos tiempos para la repregunta, ese instrumento indispensable del periodismo veraz. Sin ella resulta imposible desmontar las respuestas falaces, los infundios, las artima&ntilde;as ret&oacute;ricas, todas esas trampas que saturan y colapsan el espacio pol&iacute;tico, resquebrajando la confianza de los electores.
    </p><p class="article-text">
        En la entrevista de la que hablo no hubo repreguntas, porque Pablo Casado impidi&oacute; que las hubiera. Sus partidarios habr&aacute;n pensado -ya nos llega su clamor- que ganaron la partida. Es posible, pero fue mucho lo que todos perdimos. El derecho a la informaci&oacute;n tambi&eacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael Inglott Domínguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pasos-trump_132_1821698.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Nov 2018 13:32:32 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Tras los pasos de Trump]]></media:title>
    </item>
  </channel>
</rss>
