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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sofía Caamaño]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sofia_caamano/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sofía Caamaño]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Despertarse con golpes, dormirse con moratones: así viví el desalojo policial de un campamento de migrantes en Serbia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/despertarse-dormirse-moratones-refugiados-serbia_1_1688632.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/891ece03-96f5-436d-b6f6-f161522737a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Despertarse con golpes, dormirse con moratones: así viví el desalojo policial de un campamento de migrantes en Serbia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una voluntaria de la ONG No Name Kitchen (NNK) cuenta en primera persona el desalojo de una fábrica abandonada en la localidad fronteriza de Šid, donde malvivían alrededor de 80 personas de origen afgano</p><p class="subtitle">Los migrantes fueron retenidos durante horas antes de ser trasladados a un campo oficial y sus pertenencias fueron arrojadas a la basura</p><p class="subtitle">Los activistas denuncian que la Policía obligó a desnudarse a las mujeres voluntarias, a las que también quitaron el móvil y mantuvieron durante horas en comisaría sin explicaciones</p></div><p class="article-text">
        Las apuradas llamadas telef&oacute;nicas rompieron la tranquilidad del amanecer en la localidad serbia de &Scaron;id la ma&ntilde;ana del mi&eacute;rcoles. La Polic&iacute;a decidi&oacute; desalojar la f&aacute;brica abandonada en la que malviv&iacute;an alrededor de 80 migrantes afganos. Los pasos acelerados de los voluntarios de la ONG No Name Kitchen (NNK) se fueron contagiando con el eco del alboroto procedente de la comisar&iacute;a de este peque&ntilde;o pueblo fronterizo con Croacia.
    </p><p class="article-text">
        Desde la acera de enfrente se ve&iacute;an decenas de&nbsp;personas confusas que se acumulaban en un peque&ntilde;o recinto esperando su turno para ser enviados, contra su voluntad, al campo oficial de la localidad. Mientras tanto, a unos cuantos kil&oacute;metros de all&iacute;, en la f&aacute;brica abandonada donde viv&iacute;an los migrantes, un grupo de trabajadores indiferentes amontonaba todas las tiendas de campa&ntilde;a, mantas y objetos personales de los migrantes en tanques cuyo destino final ser&iacute;a el vertedero.
    </p><p class="article-text">
        &Scaron;id se ha convertido en&nbsp;el epicentro de peque&ntilde;as organizaciones y voluntarios independientes que tratan de mejorar las condiciones de vida de&nbsp;las personas que se encuentran bloqueadas en la frontera entre Serbia y Croacia, pa&iacute;s de la UE&nbsp;adonde los migrantes tratan de cruzar, muchos de ellos para solicitar asilo. Son frecuentes las denuncias de devoluciones sumarias por parte de las autoridades h&uacute;ngaras y croatas en una ruta migratoria donde la violencia y malos tratos de la Polic&iacute;a son habituales. Los que se acumulan en este pueblo fronterizo en su intento de continuar su viaje a otros pa&iacute;ses europeos sobreviven en condiciones muy precarias en bosques de la zona o&nbsp;entre las ruinas de esta&nbsp;f&aacute;brica ahora desalojada.
    </p><p class="article-text">
        La labor de los trabajadores que retiraban sus pertenencias&nbsp;fue interrumpida por las voluntarias de la organizaci&oacute;n que, para salvaguardar todas las donaciones internacionales que estaban perdiendo, empezaron a recolectar, apuradas, todo el material posible. Fue en ese momento cuando el ruido de las ruedas del furg&oacute;n policial adentr&aacute;ndose en la f&aacute;brica se intensific&oacute; hasta ser el &uacute;nico sonido perceptible. Sin explicaci&oacute;n alguna y de forma forzosa, los agentes serbios nos&nbsp;quitaron los tel&eacute;fonos m&oacute;viles y nos obligaron a todas las personas all&iacute; presentes a entrar dentro del veh&iacute;culo.
    </p><h3 class="article-text">Horas retenidos sin explicaciones</h3><p class="article-text">
        En la comisar&iacute;a, nos encontramos con el resto de voluntarios que tambi&eacute;n hab&iacute;an sido arrestados sin que nadie les hubiera especificado la raz&oacute;n. Al entrar en la sala, la tensi&oacute;n se percibi&oacute; como un golpe seco, fr&iacute;o. Una de las chicas de NNK estaba esposada y, entre susurros, cont&oacute; que varios polic&iacute;as la hab&iacute;an tirado al suelo y arrastrado por el pelo, y que tambi&eacute;n la hab&iacute;an tocado sexualmente.
    </p><p class="article-text">
        Las horas pasaban lentas en la peque&ntilde;a oficina del cuartel de Polic&iacute;a de &Scaron;id. Los minutos se hacen m&aacute;s largos cuando no te permiten comer, beber ni saber realmente la raz&oacute;n por la que tienes que estar all&iacute;. Con las agujas del reloj avanzaba el movimiento en la cola de migrantes que esperaban afuera su turno para ser realojados en contra de su voluntad. El cansancio de los cuerpos se pod&iacute;a&nbsp;percibir desde las estrechas rendijas de la ventana.
    </p><p class="article-text">
        Las conversaciones en past&uacute;n a lo lejos se mezclaban con las protestas dentro del edificio. La Polic&iacute;a serbia insist&iacute;a&nbsp;de forma punzante en la necesidad de desnudarnos a las chicas por, seg&uacute;n ellos, motivos de seguridad que nunca se justificaron. Nos&nbsp;quitamos una por una los pantalones, el jersey y la camiseta en una habitaci&oacute;n apartada hasta quedarnos en ropa interior delante de dos mujeres serbias que, dos segundos despu&eacute;s, nos mandaron vestirnos otra vez.
    </p><p class="article-text">
        Fuimos siete mujeres las que pasamos por este fr&iacute;o cuarto. A nuestro &uacute;nico compa&ntilde;ero hombre no lo hicieron desnudarse. Despu&eacute;s, varios polic&iacute;as se amontonaron en la puerta de&nbsp;la habitaci&oacute;n donde esper&aacute;bamos explicaciones y comenzaron a hablar en serbio y a re&iacute;r. Una de las voluntarias que conoce el idioma nos explic&oacute; su chiste sin gracia: &ldquo;Mirad cu&aacute;ntas mujeres ten&eacute;is para escoger hoy&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Organizaciones como Human Rights Watch han alertado del entorno &ldquo;hostil&rdquo; que se encuentran quienes defienden los derechos humanos en Serbia. El relator de la ONU&nbsp;Michel Forst&nbsp;ha alertado de la creciente criminalizaci&oacute;n y persecuci&oacute;n que sufren&nbsp;quienes centran su labor en apoyar a migrantes y refugiados en todo el mundo, tambi&eacute;n en Europa.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Malvivir en 'la Jungla'</h3><p class="article-text">
        Las provocaciones hacia los voluntarios por parte de los agentes se prolongaron durante una ma&ntilde;ana m&aacute;s larga de lo habitual. Despu&eacute;s de m&aacute;s de cinco horas esperando una explicaci&oacute;n que nunca lleg&oacute;, los voluntarios de No Name Kitchen pudieron volver a casa, pero los&nbsp;migrantes no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La f&aacute;brica abandonada en la que esperaban todas las noches su suerte para conseguir cruzar la frontera croata y llegar a la Uni&oacute;n Europea ya no es un lugar seguro para ellos. Muchos de sus objetos personales y las tiendas de campa&ntilde;a en las que se refugiaban del fr&iacute;o invierno serbio est&aacute;n ahora en un vertedero a las afueras de la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, despu&eacute;s del desalojo de la f&aacute;brica, los migrantes malviven en lo que ellos llaman 'la jungla', un espacio lleno de maleza en el que&nbsp;tratan de&nbsp;esconderse de&nbsp;la Polic&iacute;a. Aunque les obligaron a registrarse en un campo oficial, muchos se marcharon horas despu&eacute;s porque no quieren estar en un lugar donde&nbsp;se sienten aislados y limitados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a hab&iacute;a comenzado con pasos r&aacute;pidos, pero por la noche los pies se ralentizan. Un peque&ntilde;o parque de la ciudad alumbrado por la luz de una luna llena escondida tras los &aacute;rboles se convierte de forma improvisada en punto de encuentro de voluntarios y migrantes, que les ense&ntilde;aban las secuelas de la violencia policial sufrida durante el desalojo. Comparten abrazos y miradas con la esperanza de que el cansancio se esfume y la normalidad se recupere.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sofía Caamaño]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Feb 2019 21:01:17 +0000]]></pubDate>
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