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    <title><![CDATA[elDiario.es - Natalia de la Cuesta]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/natalia_de_la_cuesta/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Natalia de la Cuesta]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El camino de los venezolanos que cruzan a Colombia a pie: "Creía que estábamos locos, pero hay mucha gente así"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/caminos-exodo-venezolano_1_1630539.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a311523e-c049-46f0-9130-3f60f67fe484_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El camino de los venezolanos que cruzan a Colombia a pie: &quot;Creía que estábamos locos, pero hay mucha gente así&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El refugio Hogar de Paso da cobijo a decenas de personas venezolanas antes de adentrarse en uno de los puntos más temidos de la ruta migratoria en el norte de Colombia</p><p class="subtitle">"Creíamos que estábamos locos por salir a caminar con los niños pero me quedé conmovida por la cantidad de gente que he visto así", dice Noelia, una de las migrantes alojadas que viaja con su hija y su nieto</p><p class="subtitle">Este martes miles de venezolanos cruzaron el puente Simón Bolívar, que comunica Táchira y Cúcuta, tras romper las barreras de seguridad de la guardia venezolana</p></div><p class="article-text">
        A la entrada de la ciudad de Pamplona, en el norte de Colombia, se distingue el refugio Hogar de Paso por el brillo de las mantas t&eacute;rmicas al reflejar la luz de los postes entre la neblina. Varios hombres descansan con el cuerpo abandonado sobre la fachada y las piernas extendidas al borde de la carretera donde dormir&aacute;n. En la puerta, asoma la cabellera oscura de Martha Duque mientras atiende a los reci&eacute;n llegados y se asegura de que no queden mujeres o ni&ntilde;os a la intemperie, cumpliendo la m&aacute;xima del lugar.
    </p><p class="article-text">
        Sobre las siete, la oscuridad se traslada al sal&oacute;n de la vivienda repleto de unos cuarenta pares de ojos. Los rostros van desvel&aacute;ndose a medida que la pel&iacute;cula animada <em>Wifi Ralph</em> avanza en el proyector y llena las esquinas m&aacute;s rec&oacute;nditas. En el pasillo, varios mapas colgados indican las rutas m&aacute;s f&aacute;ciles para llegar a ciudades como Bucaramanga, Cali, Bogot&aacute; e incluso Santiago de Chile. Un pareja se abraza en la sombra. Una madre acuna a su hijo ya dormido que se desvela por el estallido de risas&nbsp;durante una escena de la pel&iacute;cula. Por un momento, la vida no resulta tan diferente a la de cualquier hogar.
    </p><p class="article-text">
        Con el final de la cinta, vuelve la incertidumbre. Noelia Herrera de 39 a&ntilde;os busca consejo porque Keila, su hija mayor de 19, con un beb&eacute; de apenas tres meses, quiere regresar a Venezuela. El cansancio acumulado de los primeros&nbsp;70 kil&oacute;metros desde que cruzaron la frontera agudiza el miedo de atravesar el p&aacute;ramo de Berl&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La ciudad de Pamplona supone la &uacute;ltima parada antes de adentrarse a uno de los puntos m&aacute;s temidos de la traves&iacute;a por las condiciones de este singular ecosistema que crece a partir de los 3.400 metros sobre el nivel del mar y donde los term&oacute;metros caen por debajo de los cero grados cent&iacute;grados.
    </p><p class="article-text">
        Este primer tramo del desplazamiento le ha costado la vida al menos a cuatro personas en lo que va de a&ntilde;o, tres de ellas menores de edad, seg&uacute;n la informaci&oacute;n a la que ha tenido acceso la organizaci&oacute;n Caminantes Tricolor que trabaja con los venezolanos en ruta. No hay cifras oficiales por la dificultad de identificar estos casos que suelen acabar en los hospitales de las localidades m&aacute;s pr&oacute;ximas por complicaciones de hipotermia o enfermedades cr&oacute;nicas que se agravan debido a la dureza del trayecto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cre&iacute;amos que est&aacute;bamos locos por salir a caminar con los ni&ntilde;os pero me qued&eacute; conmovida por la cantidad de gente que he visto en la misma situaci&oacute;n. Le dec&iacute;a a mi hija: mira no somos solo nosotras, estamos todos locos&rdquo;.&nbsp;Noelia resume con estas palabras el periplo que apenas acaba de empezar. Tuvo que deshacerse de varias maletas porque no soportaba su peso en una subida. Ahora carga lo b&aacute;sico,&nbsp;entre lo que hay&nbsp;ropa con la que buscar trabajo cuando llegue a Lima junto a los&nbsp;13 miembros de su familia.
    </p><p class="article-text">
        En Maracay, su ciudad natal, vendieron hasta los juguetes y dejaron la casa vac&iacute;a al cuidado de los vecinos. Las cuentas no cuadran, dicen, cuando un tarro de leche para beb&eacute; cuesta el triple del salario mensual fijado en 18.000 bol&iacute;vares (5,4 d&oacute;lares). Las conversaciones siempre van precedidas de la lista de alimentos b&aacute;sicos que resultan inaccesibles, seguido de &ldquo;la dificultad de obtener medicinas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, el &ldquo;kit quir&uacute;rgico&rdquo; para el parto que tuvieron que buscar desesperados porque Keila estaba perdiendo demasiado l&iacute;quido amni&oacute;tico.&nbsp;Cuenta que a pesar de necesitar una ces&aacute;rea de emergencia, en el hospital &ldquo;se negaban a atenderla&rdquo; sin llevar suero, jeringuillas, gasas y los instrumentos que el propio personal m&eacute;dico les acab&oacute; ofreciendo por m&aacute;s de 30.000 bol&iacute;vares (9 d&oacute;lares) a la salida de las instalaciones, en la reventa il&iacute;cita de productos b&aacute;sicos m&aacute;s conocida como &ldquo;bachaqueo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Noelia aguant&oacute; esta situaci&oacute;n con resignaci&oacute;n, como ver a su marido adelgazar&nbsp;20 kilos en los dos &uacute;ltimos a&ntilde;os o ceder a que la guardia nacional venezolana &ldquo;le requisara&rdquo; parte de la harina de ma&iacute;z cuando pod&iacute;a comprarla, seg&uacute;n su testimonio. Pero un d&iacute;a, se vino abajo con Norwin &ndash;el peque&ntilde;o de seis a&ntilde;os&ndash;&nbsp;en el momento en el que este se neg&oacute; a comer una vez m&aacute;s el plato con la masa de la arepa. &ldquo;No hay esperanza, no hay nada. Por eso estamos aqu&iacute;, o sal&iacute;amos o nos mor&iacute;amos de hambre&rdquo;, sentencia, convencida de que la &uacute;nica opci&oacute;n es continuar hacia delante.
    </p><p class="article-text">
        La historia del mayor &eacute;xodo reciente de Am&eacute;rica Latina se va tejiendo en esta vivienda de literas y colchonetas grises&nbsp;desordenadas por el suelo. Para Rosana Ubrique, lo m&aacute;s dif&iacute;cil no es caminar con su beb&eacute; de un mes en brazos, la mayor de ocho de la mano y la maleta a la espalda mientras el cuerpo va recuper&aacute;ndose todav&iacute;a de la ces&aacute;rea y de una ligadura de trompas.
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s complicado para esta joven de 30 a&ntilde;os de facciones alargadas como sus manos es haber tomado la decisi&oacute;n de dejar en Venezuela a su otro hijo de cuatro a&ntilde;os y a los gemelos de un a&ntilde;o y ocho meses. &ldquo;Es fuerte, pero por los hijos uno hace lo que sea&rdquo;. Trata de encontrar la palabra m&aacute;s adecuada que no le hace justicia a su mirada firme. Explica que su beb&eacute;, Anangeris, no pudo ser vacunada al nacer.
    </p><h3 class="article-text">Las mujeres en el &eacute;xodo</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Si bien los venezolanos han estado abandonando su pa&iacute;s durante a&ntilde;os, estos movimientos aumentaron en 2017 y se aceleraron a&uacute;n m&aacute;s en 2018&rdquo;, sostiene&nbsp;la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur).&nbsp;Con 1.164.743 migrantes venezolanos, Colombia es el principal pa&iacute;s receptor de la regi&oacute;n seguido de Per&uacute;, Ecuador y Brasil. Del total, aproximadamente el 40% son mujeres y el 13% ni&ntilde;os y adolescentes, de acuerdo a las estimaciones de la autoridad migratoria colombiana.&nbsp; &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Naciones Unidas y otros actores de la sociedad civil fundamentales en apoyo a los &ldquo;mochileros&rdquo; &ndash;como ellos mismos se llaman&ndash;&nbsp;coinciden en el crecimiento exponencial de mujeres, ni&ntilde;os y familias enteras recorriendo el pa&iacute;s en fila por los andenes de las principales v&iacute;as. &ldquo;Hay un aumento del volumen de mujeres que est&aacute;n llegando con mayores deterioros en cuanto a la salud sexual y reproductiva. Mujeres gestantes que necesitan atenci&oacute;n prenatal y padecen estados de desnutrici&oacute;n m&aacute;s alarmantes igual que sus beb&eacute;s y sus hijos&rdquo;, explica a eldiario.es Saskia Loochkartt, responsable del &aacute;rea diferencial del&nbsp;Acnur en Colombia.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n los datos del Fondo de Poblaci&oacute;n de las Naciones Unidas (UNFPA), Venezuela posee una de las tasas de embarazo adolescente m&aacute;s altas del mundo, que se acent&uacute;a en contextos de extrema pobreza y en zonas rurales. La falta de acceso a m&eacute;todos anticonceptivos y la percepci&oacute;n positiva del embarazo como parte de &ldquo;la realizaci&oacute;n de ser mujer&rdquo; son algunas de las razones.
    </p><p class="article-text">
        Esa misma noche, rodeada de todos los muebles que tuvo que almacenar en el patio para convertir su casa en un hospedaje, Martha Duque recibe la noticia de la muerte del beb&eacute; de una joven embarazada que llev&oacute; a urgencias el d&iacute;a anterior.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para m&iacute;, el principal desaf&iacute;o en esta crisis migratoria es el alimento, el abrigo y la protecci&oacute;n para el caminante que est&aacute; completamente desprotegido y no tiene ning&uacute;n tipo acompa&ntilde;amiento&rdquo;, concluye esta mujer que, durante el &uacute;ltimo a&ntilde;o, ha dado cobijo y alimentado a varios centenares de personas que pasan por su casa todos los d&iacute;as. Tambi&eacute;n ha salvado vidas utilizando su secador de pelo para frenar los primeros s&iacute;ntomas de hipotermia. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los esfuerzos de estos voluntarios para seguir prestando auxilio resultan tit&aacute;nicos. Se mantienen a duras penas gracias a las donaciones de la comunidad y de algunas ONG. A&uacute;n as&iacute;, el tama&ntilde;o del flujo migratorio &ndash;5.500 personas a diario, seg&uacute;n la ONU&ndash;provoca&nbsp;que no den abasto y no puedan&nbsp;apoyar a todo el que lo necesita.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Los peligros de cruzar las &ldquo;trochas&rdquo;</h3><p class="article-text">
        A los riesgos de la desprotecci&oacute;n que menciona&nbsp;Duque durante el desplazamiento, se a&ntilde;ade la xenofobia y la problem&aacute;tica de las regiones en Colombia que hoy viven la persistencia del conflicto armado con la presencia de disidencias de las Farc, miembros del ELN y otros grupos&nbsp;armados. Seg&uacute;n&nbsp;expone Acnur a eldiario.es, de los 176 casos de violencia sexual que lograron identificar en estas &aacute;reas, 21 son contra migrantes y refugiadas venezolanas.
    </p><p class="article-text">
        El cierre de los puentes fronterizos en la ciudad de C&uacute;cuta ha puesto el foco en la peligrosidad de atravesar las famosas &ldquo;trochas&rdquo;: los senderos a ambas orillas del r&iacute;o T&aacute;chira bajo control de estos colectivos criminales que ejercen su poder a plena luz del sol. Con el bloqueo de relaciones entre Colombia y Venezuela, se ha trasladado el flujo habitual de personas a estas veredas informales, incluyendo los m&aacute;s de 9.000 ni&ntilde;os venezolanos matriculados en colegios de C&uacute;cuta y los enfermos que reciben tratamiento en la misma ciudad.
    </p><p class="article-text">
        La presi&oacute;n de las madres de los j&oacute;venes ha conseguido recientemente que la guardia nacional bolivariana acepte abrir un corredor permitiendo exclusivamente el paso de esta poblaci&oacute;n por los puentes.&nbsp;Este martes miles de venezolanos cruzaron el puente Sim&oacute;n Bol&iacute;var, que comunica T&aacute;chira y C&uacute;cuta, tras romper las barreras de seguridad de la guardia venezolana.
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        Antes del 23 de febrero, los senderos solo eran transitados por contrabandistas, cargueros y migrantes que no contaban con un pasaporte en regla o la tarjeta de movilidad fronteriza y deb&iacute;an pagar a los colectivos unos 30.000 pesos (9,5 d&oacute;lares) por entrar a territorio colombiano. En septiembre del a&ntilde;o pasado, en uno de los albergues a pocos kil&oacute;metros de la frontera, se identific&oacute; una mujer herida que denunci&oacute; haber sido violada en presencia de sus dos hijos por seis hombres que adem&aacute;s le propinaron una brutal paliza. Previamente, se hab&iacute;a negado a que se llevaran a su hija de cinco a&ntilde;os como peaje por cruzar el r&iacute;o.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">El viaje contin&uacute;a</h3><p class="article-text">
        Antes de que salga el sol en Pamplona, por la rendija de la puerta principal se cuela un viento helador y el ruido de los motores de dos camionetas. Las familias de Noelia y Rosana se preparan junto a decenas de compatriotas que por menos de 8.000 pesos (2,5 d&oacute;lares) no tendr&aacute;n que atravesar a pie el P&aacute;ramo de Berl&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aquellos afortunados que han logrado &ldquo;cola&rdquo; se desperezan dejando tras de s&iacute; el crujido del papel de plata pegado a la piel para mantener el calor. Los beb&eacute;s cubiertos por varias capas de ropa son alzados hasta dar con las manos de sus madres que los guarecen de inmediato al interior de estos veh&iacute;culos de carga. Los &uacute;ltimos en subir se despiden asomando los brazos entre la madera en se&ntilde;al de victoria, celebrando el triunfo de ahorrarse m&aacute;s de dos d&iacute;as de caminata hasta la ciudad de Bucaramanga que&nbsp;pueden tener consecuencias fatales.
    </p><p class="article-text">
        Para los que se quedan, el desayuno es generoso con zumo, huevos, arepas, queso, pan, arroz y caf&eacute;. &ldquo;&iexcl;Me mat&oacute; la polic&iacute;a!, &iexcl;Me mat&oacute; la polic&iacute;a&rdquo;,&nbsp;dice Lauri mientras corretea junto a Lionel, su hermano mellizo de dos a&ntilde;os, hasta dejarse caer. &ldquo;Te he dicho que no me gusta que juegues a eso&rdquo;, responde con cari&ntilde;o y gesto grave su padre, Luis Miguel Cabrito. Es el tercer d&iacute;a de trabajo como barbero para este dise&ntilde;ador gr&aacute;fico de 34 a&ntilde;os en un reconocido local de tatuaje del centro de Pamplona. Hace apenas una semana sali&oacute; caminando con su esposa Mirgil&eacute; y los mellizos sin saber a d&oacute;nde ir.
    </p><p class="article-text">
        Luis Miguel se quiebra al pensar en la aventura que emprendieron con los peque&ntilde;os. &ldquo;Lo veo m&aacute;s como una penitencia para ellos, que por mi culpa tuvieron que pasar y les pido perd&oacute;n todo el tiempo igual que a mi esposa. Fuimos personas guerreras pero en las marchas nos mataron a muchos amigos&rdquo;, contin&uacute;a. Antes de ir a trabajar, se seca las l&aacute;grimas sin creerse todav&iacute;a poder hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        La Casa de Paso vuelve a llenarse en tal solo unas horas. Rosaura de 38 a&ntilde;os est&aacute; embarazada de ocho meses y acaba de llegar con sus dos hijas. Su esposo todav&iacute;a tardar&aacute; un d&iacute;a en alcanzarla. Ella consigui&oacute; transporte, aunque los baches la mantienen dolorida y sin moverse del sof&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es dif&iacute;cil porque ya siento dolores abajo y en la espalda, a veces no aguanto m&aacute;s&rdquo;, asiente con un hilo de voz esta joven de Barinas, la regi&oacute;n de los llanos venezolanos. Su traves&iacute;a hacia Pasto, en el l&iacute;mite con Ecuador, supone una carrera a contrarreloj. All&iacute; la est&aacute;n esperando en el hospital para hacerse sus primeros ex&aacute;menes y tratar de programar la ces&aacute;rea. Le quedan por delante 1.254 kil&oacute;metros. &ldquo;Es var&oacute;n. Se va a llamar Diego Jes&uacute;s&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia de la Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/caminos-exodo-venezolano_1_1630539.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Apr 2019 20:45:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Venezuela,Inmigración,Colombia]]></media:keywords>
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