<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Manuel Rey]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/manuel_rey/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Manuel Rey]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/517494/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Malpica, el puerto del que partieron decenas de emigrantes gallegos que ahora da trabajo a pescadores peruanos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/costa-morte-peru-migracion-lleva-trae_1_2726456.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9fb22743-26fb-4771-b8d1-558b5e78c198_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Malpica, el puerto del que partieron decenas de emigrantes gallegos que ahora da trabajo a pescadores peruanos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace décadas, cientos de familias gallegas se fueron a faenar a la costa peruana; hoy son los marineros de allá los que trabajan en la flota de bajura en Galicia</p><p class="subtitle">Manuel Verdes se marchó en los sesenta a Chimbote, en Perú, donde trabajó durante años en la pesca hasta que regresó a Malpica (Coruña)</p><p class="subtitle">José Luis Quispe llegó en 2006 a Malpica también para ganarse la vida como pescador, como decenas de migrantes peruanos</p></div><p class="article-text">
        Una isla, que los marineros locales han venerado durante siglos, recorta el horizonte. Podr&iacute;a&nbsp;ser&nbsp;Malpica, un puerto marinero que creci&oacute; sobre un istmo de la Costa da Morte, en Galicia, mirando hacia las Sisargas, un archipi&eacute;lago de islotes deshabitados cuyo faro gu&iacute;a a los barcos y cuyas rocas m&aacute;s escondidas guardan algunos de los mejores percebes del mundo. O podr&iacute;a ser Chimbote (Per&uacute;), en la &aacute;rida costa norte del pa&iacute;s, mirando hacia la Isla Blanca, pintada por toneladas del guano&nbsp;que abon&oacute; durante muchas d&eacute;cadas los campos europeos. &ldquo;Nos roban hasta la mierda&rdquo;, sol&iacute;an decir en la costa de Per&uacute;.
    </p><p class="article-text">
        Un marinero mira ese horizonte, que no es el del mar del que parti&oacute;. Ha cruzado el oc&eacute;ano para llegar aqu&iacute;, buscando un lugar mejor para vivir. Todos los d&iacute;as sale a pescar para conseguirlo, a veces pensando en que en cualquier momento,&nbsp;un golpe del mar bravo puede acabar con todo.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a ser Malpica, pero tambi&eacute;n Chimbote, dos estaciones de un viaje de ida y vuelta cuyos lazos perduran hoy a orillas del Pac&iacute;fico y el Atl&aacute;ntico. A un lado,&nbsp;cientos de familias gallegas que se fueron a faenar a Per&uacute;.&nbsp;Al otro,&nbsp;los trabajadores migrantes que&nbsp;se ganan la vida en&nbsp;la flota de bajura&nbsp;gallega.
    </p><h3 class="article-text">De Galicia a Per&uacute;</h3><p class="article-text">
        Dicen las estad&iacute;sticas que en 2004 no hab&iacute;a ninguna persona de nacionalidad peruana viviendo en Malpica, pero no es del todo cierto. M&aacute;xima Z&uacute;&ntilde;iga o Eliana Huertas nacieron en el pa&iacute;s andino, aunque ya tienen la doble nacionalidad, y all&iacute; vivieron hasta que a comienzos de los a&ntilde;os 70 decidieron viajar a Galicia, dejando atr&aacute;s su tierra. Lo hicieron junto a sus hijos y sus maridos, que a su vez hab&iacute;an emigrado a Per&uacute; desde la Costa da Morte.
    </p><p class="article-text">
        Son historias de amor que escribi&oacute;, en parte, y de alguna manera, Pablo Neruda. Para saber por qu&eacute;, hay que retroceder hasta la Guerra Civil espa&ntilde;ola. En agosto de 1938, huyendo del franquismo, partieron de Malpica tres embarcaciones con m&aacute;s de 60 personas, sobre las que pend&iacute;a la amenaza de la represi&oacute;n, rumbo a la Breta&ntilde;a francesa. Por un momento, la suerte les sonri&oacute;, porque una patrulla alemana los confundi&oacute; en el Cant&aacute;brico con n&aacute;ufragos, les dio de comer y los ayud&oacute; a seguir. Acabaron llegando a Francia.
    </p><p class="article-text">
        Al a&ntilde;o siguiente, Neruda, c&oacute;nsul del Gobierno de Chile, fleta desde el estuario de Gironda, cerca de Burdeos, el buque Winnipeg, donde consiguen embarcar, hacinados, m&aacute;s de 2.000 espa&ntilde;oles hacia el pa&iacute;s andino. En la lista de refugiados aparecen apellidos como Chouci&ntilde;o, Verdes, Garrido, Novo, Alfeir&aacute;n o Arcay. Los mismos que ya hab&iacute;an huido de Malpica un a&ntilde;o antes ten&iacute;an que escapar de nuevo ante la amenaza nazi sobre Francia.
    </p><p class="article-text">
        Benigno Lago se interes&oacute; por ellos. Era un industrial de Corcubi&oacute;n, otro puerto de la Costa da Morte, que hab&iacute;a prosperado a&ntilde;os antes en la Patagonia y en aquel momento ten&iacute;a negocios de miner&iacute;a y conserva en la costa de Per&uacute;. Les ofreci&oacute; trabajo a los malpic&aacute;ns del Winnipeg, y as&iacute; comenz&oacute; a tejerse una cadena de migraci&oacute;n familiar que fue sumando eslabones debido a la dureza de la posguerra en Espa&ntilde;a.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/85e44898-53ca-444e-8536-70c327054b9e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Los marineros gallegos comenzaron a embarcarse en&nbsp;puertos como Callao, Ilo, Chancay o Samanco y, sobre todo, Chimbote. En este &uacute;ltimo lugar ocurri&oacute; la tormenta perfecta. Atra&iacute;das por la pesca, la miner&iacute;a o la siderurgia y sus industrias auxiliares, miles de familias encontraron trabajo en un pueblo que parec&iacute;a crecer a cada minuto, alimentado por una sed inagotable que no pensaba en el ma&ntilde;ana. Se dice que lleg&oacute; a ser uno de los mayores puertos pesqueros del mundo.
    </p><p class="article-text">
        En 1962, con 24 a&ntilde;os, llamado por su hermana, lleg&oacute; Manuel Verdes. Lo que le contaban de Per&uacute; parec&iacute;a mejor que lo que ten&iacute;a en Malpica: llevaba desde los&nbsp;ocho a&ntilde;os yendo a las Sisargas con una lancha a remos y all&iacute;, atado a una cuerda, se pon&iacute;a a buscar esos preciados percebes en los rincones m&aacute;s peligrosos. &ldquo;<em>Estiven coa morte aos ollos</em>&rdquo;, recuerda Manuel mientras sus ojos se abren, como exclamando, mientras pronuncia esta expresi&oacute;n a la que muchos pescadores de la Costa da Morte recurren cuando quieren decir que vieron la muerte de cerca. Y a&uacute;n as&iacute;, jug&aacute;ndose la vida, hab&iacute;a d&iacute;as en los que no ten&iacute;an nada para comer en casa.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente de establecerse en Chimbote, ya estaba embarcado, pescando anchoveta y ganando dinero. Como los hermanos Verdes, all&iacute; estaban decenas de familias vecinas. &ldquo;Ibas por la calle y era como estar en casa, cada poco te encontrabas un conocido&rdquo;, recuerda hoy, con 81 a&ntilde;os, en la Casa do Pescador de Malpica, donde se re&uacute;nen los marineros jubilados entre los que algunos, como Manuel, tambi&eacute;n conocieron la fiebre de Chimbote. All&iacute; en Per&uacute; no dejaron de celebrar las Festas do Mar, las mayores en su pueblo natal, y pusieron en marcha un centro espa&ntilde;ol que hoy sigue en marcha, gestionado por hijos y nietos de aquellos que llegaron el siglo pasado.
    </p><p class="article-text">
        Se pescaba tanta anchoveta para fabricar harina y aceite &mdash;&ldquo;&iexcl;Casi se pod&iacute;a sacar a paladas!&rdquo;, exclama Manuel&mdash; que los bancos de Chimbote comenzaron a dar s&iacute;ntomas de agotamiento. Lleg&oacute; tambi&eacute;n la corriente de El Ni&ntilde;o, empujando la f&eacute;rtil corriente de Humboldt hacia el sur y empobreciendo el ecosistema marino en la zona. Adem&aacute;s, las reformas del Gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, cuyo golpe de Estado triunf&oacute; en 1968, socavaron el poder casi ilimitado de los oligarcas que dominaban Chimbote y otros n&uacute;cleos industriales de Per&uacute;, nacionalizando numerosas empresas clave en el pa&iacute;s. Dos a&ntilde;os despu&eacute;s lleg&oacute; el gran desastre y as&iacute;, la tormenta perfecta que hab&iacute;a convertido al puerto en una gran maquinaria hambrienta ocurri&oacute; de nuevo, pero en sentido contrario.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/aaa46aad-2564-4783-9a64-3b828139a9d4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        El 31 de mayo de 1970 tuvo lugar el peor terremoto que se recuerda en Per&uacute;. El epicentro tuvo lugar en el Pac&iacute;fico, cerca de Chimbote, y aunque no gener&oacute; maremotos da&ntilde;inos, si dej&oacute; graves secuelas en la ciudad. Fallecieron unas 70.000 personas en el pa&iacute;s, muchas de ellas sepultadas por un gigantesco alud de nieve, piedras y barro en la ciudad de Yuncay. No hubo v&iacute;ctimas en la comunidad gallega, pero s&iacute; sufrieron las secuelas del sismo. &ldquo;Pasamos bastantes noches al aire libre, y casi no peg&aacute;bamos ojo con las r&eacute;plicas que hubo&rdquo;, recuerda Manuel Verdes.
    </p><p class="article-text">
        En aquel momento, Manuel ya se hab&iacute;a casado con M&aacute;xima Z&uacute;&ntilde;iga, y hab&iacute;a nacido su hija Lolita. En las semanas siguientes al terremoto, abrumadas por la destrucci&oacute;n, decenas de familias gallegas decidieron volver a su tierra. Manuel, M&aacute;xima y Lolita a&uacute;n se quedar&iacute;an tres a&ntilde;os m&aacute;s, pero tambi&eacute;n acabaron regresando. Fue en los &uacute;ltimos meses de 1973 y en su viaje de vuelta se mezclaron con otro &eacute;xodo: el provocado por el r&eacute;gimen de Augusto Pinochet en Chile.
    </p><h3 class="article-text">De&nbsp;Per&uacute; a Galicia</h3><p class="article-text">
        Ni Galicia ha sido la tierra que m&aacute;s migrantes ha recibido en Espa&ntilde;a &mdash;sino al contrario: poca inmigraci&oacute;n, mucha emigraci&oacute;n&mdash;, ni la pesca de bajura ha sido el sector que m&aacute;s ha abierto las puertas a trabajadores de otros pa&iacute;ses. Adem&aacute;s, en la Costa da Morte, un lugar del que la gente se ha marchado de nuevo por cientos desde el estallido de la gran recesi&oacute;n en 2008, el sector pesquero ha vivido su propia crisis, que casi es ya permanente. Sin embargo, al abrigo de la burbuja econ&oacute;mica de la d&eacute;cada pasada, decenas de familias llegaron hasta esta regi&oacute;n costera al noroeste de Galicia para vivir del mar.
    </p><p class="article-text">
        El puerto de Ilo, al sur de Per&uacute;, fue otro de los lugares que dio cobijo y trabajo a los refugiados y migrantes gallegos en el pa&iacute;s. Hace ya bastantes a&ntilde;os&nbsp;que Jos&eacute; Luis Quispe lleg&oacute; a&nbsp;all&iacute; desde Puno, su ciudad natal a orillas del lago Titicaca. Estaba trabajando como alba&ntilde;il en Ilo cuando un d&iacute;a recibi&oacute; la llamada desde Galicia de dos de sus hermanos. &ldquo;Jos&eacute; Luis, vente, que ac&aacute; hay trabajo&rdquo;. Lleg&oacute; en 2006, precisamente, al puerto que une estas historias.
    </p><p class="article-text">
        Igual que Manuel Verdes en Chimbote, Jos&eacute; Luis Quispe tard&oacute; muy pocos d&iacute;as en embarcarse en Malpica. Al poco tiempo ya faenaba en un barco de cerco, un arte de pesca al que se dedican gran parte de las embarcaciones en la Costa da Morte, con el que se capturan sardinas, jureles, caballas o la propia anchoveta que tanto hizo crecer al puerto peruano.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b2bb80c4-a080-443a-84e3-0164226198b3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Al principio me cost&oacute; mucho, mucho. Me mareaba en el barco y todo me daba vueltas; apenas pod&iacute;a trabajar. El mareo incluso me duraba un tiempo al volver a tierra, como si el suelo se siguiera moviendo, pero poco a poco me acostumbr&eacute;. Con el gallego me pas&oacute; lo mismo&rdquo;, cuenta Jos&eacute; Luis 13 a&ntilde;os despu&eacute;s, a&uacute;n riendo al recordar. &ldquo;No entend&iacute;a casi nada, pero me ayudaron mucho y ahora ya lo hablo con los compa&ntilde;eros y con lo que me ense&ntilde;a mi hija de la escuela&rdquo;. Ha estado todo este tiempo en el mismo barco, con unos compa&ntilde;eros que ya&nbsp;son como su&nbsp;familia. Alguna vez estuvo a punto de cambiarse de pesquero, e incluso de irse a la construcci&oacute;n, pero sigue en el mar, y sigue feliz.
    </p><p class="article-text">
        Ahora tambi&eacute;n tiene en Galicia a su familia de sangre. Los seis hermanos Quispe Mollapaza,&nbsp;&ndash;dos mujeres y cuatro hombres&ndash; viven y trabajan en&nbsp;territorio gallego,&nbsp;algunos en el mar y otros en tierra. Como ellos, decenas de peruanos buscaron futuro en la pesca en la Costa da Morte. Si las estad&iacute;sticas dec&iacute;an que en 2004 no hab&iacute;a ninguna persona con nacionalidad peruana en Malpica, en 2005 ya eran 20, y en 2008, 27 en un pueblo de menos de 6.000 habitantes. Per&uacute; lleg&oacute; a ser, hasta hace tres a&ntilde;os, la comunidad extranjera m&aacute;s importante en Malpica.
    </p><p class="article-text">
        Casi todo han sido brazos abiertos en Malpica. Aunque &ldquo;ac&aacute; hay alguna gente mala, como en todos lados&rdquo;, cuenta Jos&eacute; Luis, la mayor&iacute;a de las experiencias han sido de una gran generosidad y hospitalidad, seg&uacute;n explica. &ldquo;Las vecinas nos dec&iacute;an a m&iacute; y a mi pareja: 'Venid por casa que tengo un saco de patatas aqu&iacute;, que hicimos ayer la cosecha', al otro d&iacute;a nos tra&iacute;an huevos, y as&iacute; cada poco. Al principio me sorprend&iacute;a, pero luego vi que era algo normal aqu&iacute;, casi toda la gente comparte y colabora con sus vecinos, y eso nos ayud&oacute; mucho&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Paso a paso, faena a faena, los Quispe prosperan en su nueva tierra y ya no piensan en retornar. Con el trabajo de aqu&iacute;, la hija mayor de Jos&eacute; Luis est&aacute; a punto de acabar los estudios de Arquitectura en Per&uacute;, y &eacute;l y su pareja se han comprado un piso en Coru&ntilde;a para estar m&aacute;s cerca de sus hermanos y la comunidad peruana en la ciudad, que se re&uacute;ne todos los fines de semana, como hac&iacute;an, d&eacute;cadas atr&aacute;s, las familias gallegas en Chimbote.
    </p><p class="article-text">
        El investigador Jos&eacute; A. Valverde Elera recoge en un art&iacute;culo sobre la emigraci&oacute;n de los marineros gallegos al puerto peruano una cita textual que resume este viaje de ida y vuelta, que el mar lleva y trae. Son palabras de un antiguo emigrado a Chimbote, retornado a Malpica, en respuesta a un comentario racista de otro vecino hacia los nuevos migrantes: &ldquo;Defiendo a los extranjeros porque yo me fui de mi casa y a m&iacute; me trataron bien. La vida es as&iacute;, unos se van y otros se vienen. Vuestros padres ya fueron a Uruguay, a Cuba y ahora ellos vienen para ac&aacute;. Y a muchos peruanos que hay ac&aacute; en Malpica les digo yo: 'Antes nosotros para Per&uacute;, ahora vosotros para Espa&ntilde;a'. La vida da vueltas&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Rey]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/costa-morte-peru-migracion-lleva-trae_1_2726456.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 May 2019 19:57:22 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9fb22743-26fb-4771-b8d1-558b5e78c198_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1153869" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9fb22743-26fb-4771-b8d1-558b5e78c198_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1153869" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Malpica, el puerto del que partieron decenas de emigrantes gallegos que ahora da trabajo a pescadores peruanos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9fb22743-26fb-4771-b8d1-558b5e78c198_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Galicia,Franquismo]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
