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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carmen Díaz Beyá]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carmen_diaz_beya/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carmen Díaz Beyá]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Escritores de grafiti: una cultura clandestina que salta a los museos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/escritores-grafiti-cultura-clandestina-salta-museos_1_12344625.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8b4419d2-326c-4262-b491-0345377a4154_16-9-discover-aspect-ratio_default_1118932.jpg" width="2433" height="1369" alt="Escritores de grafiti: una cultura clandestina que salta a los museos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El murciano Dante Arcade aterriza este sábado en la exposición 'De vándalos a leyendas'. Mostrará su obra en vivo en el patio del Museo de Bellas Artes de Murcia (MUBAM)   </p><p class="subtitle">El viaje de barrio pobre a barrio rico de Muelle para entrar en el mercado del arte
</p></div><p class="article-text">
        El Museo de Bellas de Artes de Murcia (MUBAM) vuelve a conectarse el s&aacute;bado con el olor a pintura y el arte urbano en vivo. Dante Arcade realizar&aacute; en directo un mural preparado para la ocasi&oacute;n, que podr&aacute; ser contemplado por todo aquel que se acerque por el museo que acoge la exposici&oacute;n 'De v&aacute;ndalos a leyendas'. 
    </p><p class="article-text">
        El artista murciano ubicado en Barcelona, comenz&oacute; su andadura en los a&ntilde;os 90 motivado por la cultura hip&ndash;hop y el <em>skate</em>. Desde entonces, el universo retro y la sociedad cibern&eacute;tica han estado muy presentes en su obra. A lo largo de su <a href="https://dantearcade.com" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">arte</a> &ldquo;se examina la cultura pop mezclada con lo vintage, creando im&aacute;genes fragmentadas por l&iacute;neas aerodin&aacute;micas e &iacute;conos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Dante, como todos los artistas que ya han realizado sus intervenciones en directo, demostrar&aacute; al p&uacute;blico la variedad de estilos, formatos y &uacute;tiles de trabajo que pueden dar forma al arte urbano.
    </p><h2 class="article-text">Obra in&eacute;dita de coleccionistas privados</h2><p class="article-text">
        Dar&iacute;o Vigueras es el comisario de la exposici&oacute;n 'De v&aacute;ndalos a leyendas', adem&aacute;s de marchante de arte. Se declara &ldquo;consciente&rdquo; del inter&eacute;s que han despertado todas estas muestras, ya que, realmente, se trata de una verdadera <em>delicatessen</em> para los amantes del arte urbano. M&aacute;s de un centenar de obras procedentes de m&aacute;s de 20 pa&iacute;ses con referentes como Bansky, Blek Le Rat, Blade o el pionero Taki 183. Como &eacute;l mismo comenta: &ldquo;Hemos recopilado mucha obra in&eacute;dita procedente de coleccionistas privados. Se trata de una muestra que ser&aacute; muy dif&iacute;cil de repetir en cualquier otra parte de mundo&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Taki 183                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text"><strong>El </strong><em><strong>writing</strong></em><strong> y el grafiti</strong></h2><p class="article-text">
        Isaac Garrido, conocido como Isaak (Murcia, 1979) adem&aacute;s de escritor de grafiti y muralista, es graduado en Historia del Arte y diplomado en Turismo (UMU). Al hilo de esta exposici&oacute;n considera que &ldquo;la muestra sobresale, entre otras cosas, por el buen criterio que se ha tenido a la hora de comprar muchas de las obras. Creo que Dario Vergara se ha asesorado muy bien. Me ha encantado poder ver obras de gente que se ha criado en su barrio y han llegado lejos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;De peque&ntilde;o me gustaba mucho dibujar y cuando vi los primeros grafitis por la ciudad dije: joder &iexcl;esto qu&eacute; es! &iexcl;yo quiero hacer eso! Conforme lo vas entendiendo, te va gustando m&aacute;s y m&aacute;s e intentas participar, hasta formar parte de algo que es m&aacute;s grande que t&uacute;&rdquo;, afirma el muralista. &ldquo;El t&iacute;tulo est&aacute; muy bien tirado. Es cierto que hay gente que no ha sido v&aacute;ndala en su vida, pero la mayor parte de gente que est&aacute; en la expo, s&iacute;&rdquo;, a&ntilde;ade. 
    </p><p class="article-text">
        Grafiti deriva del italiano <em>graffiti</em>, cuyo origen puede estar en el lat&iacute;n <em>scariphare</em>. Este verbo hace referencia a la forma en la que se hac&iacute;an grabados sobre tablilla, por medio de un punz&oacute;n. Tambi&eacute;n se refiere al propio estilo que nace derivado de la pr&aacute;ctica de la escritura. Seguramente, por todas las connotaciones que lleva impl&iacute;citas desarrollar un determinado estilo y porque no hay dos formas de escribir que sean iguales.
    </p><p class="article-text">
        Isaak se&ntilde;ala que la obra del neoyorquino Blade no est&aacute; colocada de manera muy visible en la exposici&oacute;n. Este artista urbano desarroll&oacute; un estilo muy particular dentro del <em>writing</em>. Si bien hoy d&iacute;a se denomina grafiti a los murales callejeros con letras y puede que tambi&eacute;n con dibujos, el t&eacute;rmino grafiti fue acu&ntilde;ado despu&eacute;s de que apareciera el fen&oacute;meno de las firmas <em>&ndash;tags</em>&ndash;. Aquellos que comenzaron firmando y sentando las bases de toda esta cultura, se llamaban a s&iacute; mismos <em>writers </em>(escritores en ingl&eacute;s).&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Blade                            </span>
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        Adem&aacute;s de la cuesti&oacute;n identitaria y territorialista, Isaak a&ntilde;ade que &ldquo;la vida es inesperada. Por mucho control que pretendamos tener, no es real, vivimos en un caos aparentemente ordenado. Una firma te recuerda que en un momento dado, se te puede caer una maceta en la cabeza mientras pasas por debajo de un edificio. Tambi&eacute;n siempre se ha dicho que es una forma de publicitarse &iquest;Acaso toda la publicidad que consumimos la hemos pedido? Pues las firmas hacen lo mismo: no piden permiso, aparecen. Y tampoco piden perd&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El <em>writing</em> &ndash; contin&uacute;a&ndash; consiste en reivindicar como un arte la caligraf&iacute;a y, con ella, el estilo de escribir tu nombre. La pintura, tal y como se ense&ntilde;aba hace unos a&ntilde;os, no contemplaba el fen&oacute;meno de la escritura en s&iacute; como algo que pod&iacute;a ser bello. La tradici&oacute;n del grafiti, rompe con esa din&aacute;mica: muestra que, al pintar letras, tambi&eacute;n puede haber belleza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;'De v&aacute;ndalos a leyendas' promueve que se le d&eacute; m&aacute;s cr&eacute;dito a quienes han destacado en el <em>writing</em> como modelo de grafiti. Ellos son quienes realmente impulsaron una nueva era en las artes pl&aacute;sticas&rdquo;, abunda el muralista. 
    </p><h2 class="article-text">&ldquo;Desaprobaci&oacute;n y prejuicio&rdquo;</h2><p class="article-text">
        Son m&aacute;s de 30 a&ntilde;os los que lleva Isaak pintando. En Murcia, como en el resto del pa&iacute;s, la cultura del grafiti viene de la mano del hip-hop que aterriza en la d&eacute;cada de los 80. La labor de su asentamiento en cada ciudad fue trabajo de mucha gente que lo construy&oacute; pr&aacute;cticamente desde cero.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En los grafitis hay un estilo de pintura totalmente fant&aacute;stico, nuevo, donde puedes usar mucho la imaginaci&oacute;n. En mi caso, he ido formando parte de distintos colectivos de gente y seg&uacute;n la sinton&iacute;a que hab&iacute;a con unos u otros, nos agrup&aacute;bamos para ser cada vez mejores en la pintura. Si ve&iacute;as que alguien destacaba, quer&iacute;as estar cerca para que te ense&ntilde;ara. Pero era fundamental trabajar tu propio estilo. Estaba mal visto parecerte o imitar el estilo de otro&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Isaak en el festival Murciaseexpresa Kiosko Abenarabi                            </span>
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        &ldquo;Nuestra generaci&oacute;n, as&iacute; como los que fueron por delante de m&iacute;, hicimos el trabajo sucio de enfrentarnos a la desaprobaci&oacute;n y a los prejuicios que despert&aacute;bamos. En los a&ntilde;os 90, los que estuvimos ah&iacute;, nos enfrentamos a un rechazo social muy grande&rdquo;. El grafitero considera que han podido allanar el camino para que la gente que ahora estudia en las escuelas de artes y oficios, se planteen el muralismo como una posibilidad de futuro. &ldquo;Antes ni lo pensabas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para aprender a pintar, hacen falta <em>sprays</em>. As&iacute; es que, en mis tiempos, intent&aacute;bamos ahorrar lo poco que nos daban nuestros padres los fines de semana y cuando ten&iacute;as para comprarte unos botes de spray, pues a darle ca&ntilde;a. No quer&iacute;amos ser delincuentes, al contrario. Quer&iacute;amos demostrar que &eacute;ramos buena gente y que pod&iacute;amos hacer cosas guapas que, hasta entonces, apenas se hab&iacute;an visto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El muralista tambi&eacute;n valora de aquella primera &eacute;poca la labor de apertura mental que tuvieron muchas personas con &eacute;l. &ldquo;Cuando le ped&iacute;a permiso a un vecino para pintar en una pared o iba a una nave abandonada, hab&iacute;a gente que, al verme, se me acercaba y me dec&iacute;a: oye &iquest;por qu&eacute; no me pintas un dibujo en la persiana que la tengo estropeada? En mi desarrollo, tengo mucho que agradecer a esa parte de la ciudadan&iacute;a que se fijaba en lo que hac&iacute;a. Gracias a esas personas, pude empezar a profesionalizar mi trabajo&rdquo;.
    </p><h2 class="article-text"><strong>El arte urbano, en los museos</strong></h2><p class="article-text">
        No es la primera vez que Murcia acoge una exposici&oacute;n de arte urbano. La primera fue en 2017 en el MUBAM y a ella acudieron m&aacute;s de 30 mil personas. La historia se repiti&oacute; en 2019 en el Museo de Arte Moderno (MURAM) de Cartagena. Ambas exposiciones tuvieron en com&uacute;n, adem&aacute;s de la tem&aacute;tica, el hecho de haber sido posibles gracias al empuje de la plataforma Murcia Street Art Project y a la receptividad de diferentes instituciones p&uacute;blicas.
    </p><p class="article-text">
        Pero la Regi&oacute;n no solo cuenta con museos que acogen este tipo de arte. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, diferentes ayuntamientos, empresas o particulares, han puesto a disposici&oacute;n de los artistas, fachadas de edificios y paredes para ser renovadas con diversas t&eacute;cnicas de muralismo o grafiti. Un caso destacable es el de la ciudad de Alcantarilla donde su Ayuntamiento, acaba de presentar una nueva<a href="https://www.europapress.es/murcia/noticia-alcantarilla-presenta-nueva-ruta-grafitis-compuesta-60-murales-artistas-internacionales-20250125092949.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> ruta del grafiti</a> compuesta por 60 obras. Este museo al aire libre ha ubicado al municipio, en la lista de los lugares que cuentan con un mayor n&uacute;mero de obras de los mejores artistas urbanos del mundo.
    </p><p class="article-text">
        La exposici&oacute;n 'De v&aacute;ndalos a leyendas' se podr&aacute; visitar hasta el 27 de julio en el MUBAM.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/escritores-grafiti-cultura-clandestina-salta-museos_1_12344625.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 May 2025 04:01:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Escritores de grafiti: una cultura clandestina que salta a los museos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Región de Murcia,Murcia,Arte,Murales,Museos,Artes plásticas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y fui el mismo invierno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/invierno_1_6624239.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d0577001-2604-4420-9b8c-fa4dc95c37ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y fui el mismo invierno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace tiempo, si yo hubiera podido pedir tres deseos, me hubiera conformado con uno solo. Ser el mismo invierno.</p></div><p class="article-text">
        Cuatro patas me sostienen sobre la tierra h&uacute;meda de este parque. Vais y ven&iacute;s y a veces, repos&aacute;is sobre mi asiento de madera. 
    </p><p class="article-text">
        En este invierno omnipresente, alguien ha decidido dejar sobre m&iacute; tres nueces, acompa&ntilde;adas por un cartel: &ldquo;Puedes pedir tres deseos. Uno por cada nuez. Si comes alguna, por favor reempl&aacute;zala para que todos tengamos la oportunidad de pedir tres deseos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Qu&eacute; me toque un pellizquito de la loter&iacute;a&rdquo;; &ldquo;aprobar todos los ex&aacute;menes&rdquo;; &ldquo;qu&eacute; los Reyes Magos me traigan un pat&iacute;n&rdquo;; &ldquo;encontrar un trabajo mejor&rdquo; etc
    </p><p class="article-text">
        Es curioso cu&aacute;ntos deseos se pueden llegar a tener. Supongo que los deseos, impulsan a no quedarse sentado sobre m&iacute; o en cualquier otro banco del parque, durante demasiado rato. Hay pocas cosas gratuitas en la vida. Hay que moverse a por los sue&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Hace tiempo, si yo hubiera podido pedir tres deseos, me hubiera conformado con uno solo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ser el mismo invierno. 
    </p><p class="article-text">
        Y con &eacute;l, ser tambi&eacute;n el viento, la nieve, la lluvia y el aire fresco, que acompa&ntilde;a a esta estaci&oacute;n del a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        So&ntilde;aba con ser viento, para poder salir de mis cuatro patas ancladas a este parque y poder ver m&aacute;s all&aacute; del tobog&aacute;n que tengo enfrente. 
    </p><p class="article-text">
        Anhelada ser nieve, para sentir c&oacute;mo caigo sobre las personas, resbalando mi fr&iacute;a textura sobre los cuerpos y poder as&iacute; percibir todas las formas. 
    </p><p class="article-text">
        Quer&iacute;a ser lluvia, para caer suavemente sobre las cabezas que caminan o chocar directamente contra el suelo fundi&eacute;ndome despu&eacute;s, con la tierra que nos sostiene. 
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, deseaba tambi&eacute;n ser el aire fresco que se queda en el ambiente tras un fr&iacute;o d&iacute;a de invierno. Siendo aire fresco, me colar&iacute;a en las casas por la noche y me quedar&iacute;a un rato a escuchar esas historias que se cuentan junto a la lumbre.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        So&ntilde;aba, anhelaba, quer&iacute;a, deseaba, imaginaba. 
    </p><p class="article-text">
        Y en una fr&iacute;a noche de invierno, se cumpli&oacute; mi deseo. 
    </p><p class="article-text">
        Primero vino el g&eacute;lido viento y con &eacute;l, traspas&eacute; las fronteras de este parque y vi c&oacute;mo es la ciudad. 
    </p><p class="article-text">
        Al poco, comenzaron a caer los copos de nieve y pude sentir cuerpos y objetos &iexcl;Qu&eacute; variadas y hermosas todas las formas que pude percibir!
    </p><p class="article-text">
        A las pocas horas, comenz&oacute; la lluvia. Y siendo agua, ca&iacute; sobre todo lo que se pon&iacute;a por debajo de m&iacute;. Ca&iacute; suave, aunque intenso, para ser &uacute;til tambi&eacute;n a la tierra. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando ces&oacute; la lluvia, me convert&iacute; en aire fresco. Entonces me col&eacute; en las casas y escuch&eacute; aquellas fant&aacute;sticas historias que os cont&aacute;is junto a la lumbre. Algunas reales. Otras inventadas. Pero historias, al fin y al cabo.
    </p><p class="article-text">
        Durante aquella noche, mi deseo se cumpli&oacute; y fui el mismo invierno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero cuando todo pas&oacute;, volv&iacute; a ser lo que soy. 
    </p><p class="article-text">
        Un banco de madera sujeto a este parque. 
    </p><p class="article-text">
        Unos operarios han decidido reemplazarme por un banco nuevo. Me quedan d&iacute;as o quiz&aacute;s horas, de estar aqu&iacute;, anclado a mis cuatro patas. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora soy yo el que reposa y piensa que, si pudiera cambiar algo de mi vida, recuperar&iacute;a aquel tiempo en que so&ntilde;&eacute; ser el mismo invierno. 
    </p><p class="article-text">
        Durante aquella hermosa enso&ntilde;aci&oacute;n, no atend&iacute; a lo que hab&iacute;a sucedido sobre m&iacute; mismo. Ni en mi respaldo, ni en mi asiento, ni en mi reposabrazos. Me perd&iacute; la gran compa&ntilde;&iacute;a de quienes estuvieron junto a m&iacute;, abrazando lo que en realidad soy. Un banco de madera a punto de ser reciclado.
    </p><p class="article-text">
        Y cada d&iacute;a, en mi asiento, no s&eacute; cu&aacute;ntas nueces son reemplazadas por deseos. 
    </p><p class="article-text">
        Y cada d&iacute;a, no s&eacute; cu&aacute;ntos sue&ntilde;os se sue&ntilde;an. 
    </p><p class="article-text">
        Pero nadie sue&ntilde;a su presente. 
    </p><p class="article-text">
        Yo antes tampoco lo hac&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/invierno_1_6624239.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Dec 2020 05:00:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Y fui el mismo invierno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cuentos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Carta desde el Mar Menor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/carta-mar-menor_1_6319708.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eb4f3db5-80e3-493d-9210-1fb25233e031_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Carta desde el Mar Menor"></p><p class="article-text">
        Mi naturaleza sigue siendo la vida, aunque me cuesta reconocerme en este mar de nitratos y de colores turbios.
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; que no soy la &uacute;nica que se ha visto afectada por el ritmo de estos tiempos, del consumo desmedido, de lo secundario que ha pasado a ser, lo verdaderamente importante.
    </p><p class="article-text">
        Por mi arena me hab&eacute;is paseado, en mis aguas os hab&eacute;is ba&ntilde;ado, de mis habitantes, os he alimentado. Y la calma. La calma de mis aguas. Siempre tuve la suerte de ser un mar &uacute;nico y, no por ello, falto de caballitos de mar con los que jugar en vuestra infancia.
    </p><p class="article-text">
        Muchos est&aacute;is luchando por m&iacute;, por recuperarme, por reivindicarme. Otros en cambio, os pas&aacute;is las culpas, en un intento de convertirme en un argumento pol&iacute;tico, cuando soy una raz&oacute;n en m&iacute; misma.
    </p><p class="article-text">
        Mar para unos, laguna para otros.
    </p><p class="article-text">
        Soy un espacio habitado, dador, sensible y cohesionador de toda una Regi&oacute;n, que me mira asombrada por lo que fui y lo que ahora soy.
    </p><p class="article-text">
        Yo nunca quise dejar de ser agua salada, serena y transparente.
    </p><p class="article-text">
        Supongo que a vosotros tambi&eacute;n os pasa. Que la vida a veces os enturbia y os confunde alej&aacute;ndoos de vuestra verdadera esencia.
    </p><p class="article-text">
        En mis or&iacute;genes fui independiente de vosotros. Era feliz con mi propia vida interna, repleta de peces y plantas marinas. Cuando empezamos a cohabitar, me fascin&oacute; la gran especie que sois, tan llena de potencial. Para lo bueno. Y para lo malo.
    </p><p class="article-text">
        A veces me hubiera gustado ser m&aacute;s brava para devolveros toda la suciedad con la que me hab&eacute;is ido quitando el ox&iacute;geno. Pero esa no es mi naturaleza.
    </p><p class="article-text">
        Ahora s&eacute; que nos necesitamos para salir de &eacute;sta. Y ya no hablo s&oacute;lo de m&iacute;, hablo de todo un ecosistema que os grita desorientado. Necesitamos reaprender a convivir. Necesitamos volver a darnos el valor y el lugar, en este mundo compartido entre tantas especies.
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute;, alg&uacute;n d&iacute;a, volv&aacute;is a mirarme limpia y eso nos ayude a redescubrir nuestra paz. Juntos.
    </p><p class="article-text">
        Siempre os guarda&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Mar Menor
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/carta-mar-menor_1_6319708.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Oct 2020 11:08:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Carta desde el Mar Menor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Murcia,Cultura,Relato,Mar Menor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En tren a la ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/tren-ciudad_1_6249176.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de2e552e-b50d-4687-9155-02ae801b8cb4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En tren a la ciudad"></p><p class="article-text">
        Seleccione origen. Seleccione destino. Insertar efectivo. Validar viaje aqu&iacute;. Conserve su billete hasta el final del trayecto.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Perdone?. Mire, tengo aqu&iacute; mi billete, pero no se abre la puerta autom&aacute;tica&hellip; Oiga, &iquest;me puede ayudar? Anda, &iexcl;qu&eacute; despiste! la estaba poniendo del rev&eacute;s. Gracias joven.
    </p><p class="article-text">
        Y ahora, a bajar infinitos escalones para llegar hasta el and&eacute;n. La v&iacute;a 2, es la que va a la ciudad, &iquest;verdad?. Es que con tanto ruido a veces me desoriento&hellip; Gracias chica, &iexcl;eres muy amable!.&nbsp;Bueno, ya llega el tren.
    </p><p class="article-text">
        Me coloco en mi asiento y saco el m&oacute;vil para ponerle un whatsapp a mi hija. Que ya voy de camino a verlas, que todo muy bien. Ella siempre me dice que deje de coger yo sola el tren desde el pueblo, que viene a recogerme en coche. Pero yo le digo que no. Que soy mayor pero no tonta. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; que a veces aparento estar ausente, pero no lo estoy. Es s&oacute;lo que, a mis 80 a&ntilde;os, hay ciertas cosas muy relativas.
    </p><p class="article-text">
        Antes todo me resultaba familiar, reconocible y abarcable. Eusebio era quien me vend&iacute;a el billete de tren, a la vez que llevaba el bar de la estaci&oacute;n. Pero ahora ya no est&aacute; y en su lugar, hay una m&aacute;quina para que yo misma me saque mi viaje.
    </p><p class="article-text">
        Desenvolverme en este mundo automatizado, que espera que lo hagas todo de un modo &ldquo;intuitivo&rdquo; -como hoy se entiende eso de ser -&ldquo;intuitiva&rdquo;- no es para m&iacute;. Pero estoy obligada a que lo sea, me guste o no, si quiero seguir yendo a visitar a mi nieta, por m&iacute; misma, en este cercan&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Nadie me ha preguntado si prefer&iacute;a seguir comprando el billete a Eusebio o sacarlo en esta m&aacute;quina. Tampoco me preguntaron qu&eacute; quer&iacute;a hacer con el esfuerzo que me ha supuesto construir mi vida y la de los m&iacute;os en este pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Sal&iacute; de una guerra, pas&eacute; por una transici&oacute;n pol&iacute;tica y mi papel como mujer, ha sido principalmente el de cuidadora, educadora y cocinera.
    </p><p class="article-text">
        Yo siempre quise ser dise&ntilde;adora de moda, pero me tuve que conformar cosiendo los remiendos de los uniformes escolares de mis hijas y los botones de las camisas de mi marido. En realidad, lo hac&iacute;a encantada, volver&iacute;a a hacerlo una y mil veces. Volver&iacute;a a renunciar a mis sue&ntilde;os por ellos. Porque vengo de un tiempo en el que muy pocas mujeres, pod&iacute;an siquiera plantearse, si ten&iacute;an sue&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Ser libre e independiente, no estaba al alcance de casi ninguna. Y no era cuesti&oacute;n del &ldquo;empoderamiento femenino&rdquo; ese, del que no para de hablar mi hija. Era cuesti&oacute;n de lo que te tocaba ser y vivir. Sin m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Considero que he tenido una vida dura y feliz. Pero ahora, esta sociedad o qu&eacute; se yo, me obliga a muchas cosas que nadie me ha preguntado si las quiero o si las s&eacute; hacer. C&oacute;mo sacar un billete de tren de esta m&aacute;quina.
    </p><p class="article-text">
        No estoy en contra de que los tiempos cambien. La vida es cambio. Lo que no me parece bien, es que las cosas que seguimos necesitando hacer los mayores, no se adapten un m&iacute;nimo a nuestras capacidades. Porque para nosotros, no es f&aacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Yo soy de otro tiempo y ahora mi mente ya est&aacute; algo cansada como para aprender a manejarme en este escenario tan programado. He luchado mucho por mantener a una sociedad confusa que ahora, me confunde a m&iacute;, pidi&eacute;ndome que lo haga todo a su manera y sin darme las herramientas para hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Pero sigo aqu&iacute;, a mis 80 a&ntilde;os y seguir&eacute; preguntando todo lo que no entienda. Porque, aunque lo parezca, no siempre estoy ausente.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de todo, me gusta ir a la ciudad en cercan&iacute;as a ver a mi nieta. Porque cada vez que saco mi billete yo sola sin confundirme o con ayuda de alg&uacute;n viajero sin excesiva prisa, es una nueva victoria para nosotras, vuestras abuelas. Las que siempre estuvimos y las que siempre estaremos.
    </p><p class="article-text">
        Ya he llegado. &nbsp;Mi nieta est&aacute; esper&aacute;ndome al otro lado del and&eacute;n. Viene corriendo a abrazarme, mientras me saluda con un dulce: &ldquo;&iexcl;abuelita!&rdquo;. Yo la miro con esos ojos tan vivos y se me pasa toda la rabieta.
    </p><p class="article-text">
        Se me pasa todo, menos las ganas de seguir viniendo a verla en tren. Faltar&iacute;a m&aacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/tren-ciudad_1_6249176.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2020 08:53:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En tren a la ciudad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Murcia,Cultura,Relato,Literatura,Trenes,Ancianos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El poso del café y las estrellas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/poso-cafe-estrellas_1_6189498.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8d6a464b-482b-4896-93b7-6fa502f3b5e7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El poso del café y las estrellas"></p><p class="article-text">
        En &Ntilde;arg&oacute;n, algunas cosas pasan al rev&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, cuando pides un caf&eacute; en el bar de la aldea, lo primero que ves es una taza con su poso. Es como si ya te hubieras tomado el caf&eacute; y quedase su resto, pero no. Lo que sucede es completamente lo contrario. Que primero aparece el poso y luego, viene el caf&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Para que eso ocurra, hay que quedarse un buen rato concentrado en silencio mirando el fondo de la taza hasta que, ese aparente resto amorfo, adquiere una forma con sentido para el que la est&aacute; observando. 
    </p><p class="article-text">
        La figura que ve en el fondo cada aldeano es un secreto y est&aacute; completamente prohibido compartirlo con nadie. Cuando una persona desentra&ntilde;a esa forma, es cuando, como por arte de magia, la taza se llena sola de caf&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; es como empiezan todos los d&iacute;as en &Ntilde;arg&oacute;n. Bebi&eacute;ndose con el caf&eacute;, algo que s&oacute;lo les pertenece a ellos.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de pasar ese momento &iacute;ntimo en el bar, por fin se rompe el silencio y los aldeanos comienzan a conversar sobre sus cultivos, del tiempo o de la fiesta del Cerro, que ya se acerca.
    </p><p class="article-text">
        La primera noche sin luna del mes de agosto, todos los habitantes de &Ntilde;arg&oacute;n, suben al cerro en una especie de romer&iacute;a. Ni&ntilde;os y mayores, caminan hasta la parte m&aacute;s alta, ataviados con mantas, algo de comer y vino de sus cosechas, para pasar unas cuantas horas observando el cielo. 
    </p><p class="article-text">
        Siempre los acompa&ntilde;a el alcalde que, adem&aacute;s de ser alcalde, es un gran astr&oacute;nomo. 
    </p><p class="article-text">
        El problema es que, desde hace unos a&ntilde;os, el alcalde no es capaz de explicar el cielo como lo hac&iacute;a antes. Est&aacute; convencido de que el firmamento ha cambiado. 
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n sus c&aacute;lculos y sus observaciones diarias, la Estrella Polar, ya no est&aacute; en el mismo sitio. Y si la Estrella Polar se ha movido, ni la Osa Mayor, ni la Osa Menor, ni Casiopea, ni ninguna otra constelaci&oacute;n, ocupan ya el mismo lugar. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso, el alcalde, tiene un gran dilema. Si les dice a los aldeanos que ya no conoce el cielo, no confiar&aacute;n m&aacute;s en &eacute;l y dejar&aacute; de ser el alcalde. Pero si sigue explicando el firmamento sin entenderlo, seguir&aacute; confundiendo a sus habitantes y volver&aacute;n a perderse cuando regresen a sus casas. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que el alcalde no sabe, es que deber&iacute;a decirles la verdad. Porque sus c&aacute;lculos son ciertos. 
    </p><p class="article-text">
        La Estrella Polar ya no est&aacute; en el mismo sitio y hay que volver a construir el cielo. Y para eso, hace falta una gran asamblea en la aldea donde, seg&uacute;n su propia ley, a cada habitante le corresponder&iacute;a ponerle un nuevo nombre a una estrella. 
    </p><p class="article-text">
        Desde que el firmamento cambi&oacute; en &Ntilde;arg&oacute;n, todos los posos del caf&eacute; muestran la misma forma a todos los que lo observan. Pero como es un secreto y nadie lo puede decir, pues no se sabe. 
    </p><p class="article-text">
        Solo hay una persona en la aldea que lo intuye, porque lleva muchos a&ntilde;os sirviendo las tazas del caf&eacute; y conoce muy bien c&oacute;mo funcionan. 
    </p><p class="article-text">
        El due&ntilde;o del bar se ha dado cuenta de que, cuando una persona consigue desentra&ntilde;ar la forma que hay en el fondo de la taza, en apenas una mil&eacute;sima de segundo, se produce un sutil destello en la mirada del que la est&aacute; observando. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando sucede ese destello, si est&aacute;s muy atento, se puede ver en &eacute;l, el reflejo de lo que se ha creado en el interior de la taza. Y casualmente, desde que el cielo es diferente, todos los ojos de los aldeanos reflejan la misma forma. Una estrella. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; es que ese poso que les ofrece algo &uacute;nico y exclusivo para cada persona que lo observa, es, en realidad, algo com&uacute;n para todos.
    </p><p class="article-text">
        En sus ratos libres, el due&ntilde;o del bar, piensa que deber&iacute;a hablar con el alcalde y revelarle lo que ha descubierto. Pero tiene miedo de hacerlo y de que el alcalde le cierre el negocio por haber descubierto el secreto que, en teor&iacute;a, nadie conoce. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que el due&ntilde;o del bar no se imagina, es que el alcalde, que sabe lo que pasa en el cielo, no quiere decirlo para no tener que convocar una asamblea. Si lo hace, tendr&iacute;a que aprenderse un mont&oacute;n de nombres nuevos para las estrellas y adem&aacute;s, seg&uacute;n piensa, su sabidur&iacute;a quedar&iacute;a cuestionada por todos los vecinos. 
    </p><p class="article-text">
        Algunos vecinos tambi&eacute;n se plantean compartir su secreto, con sus m&aacute;s allegados. Porque desde hace a&ntilde;os que ven esa estrella y aunque no entienden bien qu&eacute; les quiere decir, s&iacute; saben que algo pasa en el firmamento. Pero por no ser acusados de decir lo que no se puede decir, nadie habla y todos comienzan cada d&iacute;a, con m&aacute;s preguntas que respuestas. 
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; pasan los a&ntilde;os en &Ntilde;arg&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Celebrando la noche del Cerro y mirando un cielo que es, el que todos saben que ya no es. Pero nadie se atreve a decirlo. 
    </p><p class="article-text">
        Porque un secreto es un secreto. Aunque todos guarden el mismo.
    </p><p class="article-text">
        Y como en &Ntilde;arg&oacute;n a veces las cosas pasan al rev&eacute;s, seguir&aacute;n bebi&eacute;ndose en silencio sus estrellas, en vez de construir un nuevo firmamento.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/poso-cafe-estrellas_1_6189498.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Aug 2020 20:33:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El poso del café y las estrellas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diario de una peregrina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/diario-peregrina_1_6128299.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b6c203f7-35c3-4e8f-8e17-cdc6ffa14a25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diario de una peregrina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La vida no va a estar repitiéndose hasta tu propio infinito. La vida va a seguir su curso. La vida se abre a la vida y yo he decidido caminar hasta Santiago</p></div><p class="article-text">
        Lo simple rara vez es la primera opci&oacute;n.&nbsp;La sencillez es algo a lo que se aspira con el tiempo. 
    </p><p class="article-text">
        Tras tanto de tanto y tan poco de calma, lleg&oacute; ese momento inesperado en el que algo, en el que eso que tantas veces se repite, adquiere su significado y se convierte en un punto de inflexi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        La vida no va a estar repiti&eacute;ndose hasta tu propio infinito. La vida va a seguir su curso. La vida se abre a la vida y yo he decidido caminar hasta Santiago. 
    </p><p class="article-text">
        Los pies desnudos son m&aacute;s viejos que mis deportivas. La piedra y la tierra han permanecido aqu&iacute; desde hace siglos, expandiendo el alma de los que caminan. 
    </p><p class="article-text">
        Y entre paso y paso comienzas a recordar la serenidad que aporta tener lo b&aacute;sico. Te reconcilias con lo poco y con lo mucho que tienes pues, para hacer esta senda, es lo &uacute;nico que necesitas. Los albergues ya se encargan de darte la cena, una ducha de agua caliente y una cama. Cuando apenas ha amanecido y tu espalda de nuevo sostiene la pesada mochila, los aldeanos del lugar te despiden dese&aacute;ndote buen camino. 
    </p><p class="article-text">
        En cada nueva jornada, coincides con peregrinos venidos de todas las partes del mundo. El ingl&eacute;s suele ser el idioma com&uacute;n. El brillo en nuestros ojos, el lenguaje para reconocer que todo est&aacute; bien. Que cada vez estamos m&aacute;s cerca. 
    </p><p class="article-text">
        Saboreo tantos paisajes y tantos paisanajes que mi mente se ha convertido en la m&aacute;s fiel aliada de mi sentir. A veces, tras tantas horas de marcha, miro hacia abajo y observo mis piernas, mis rodillas, mis gemelos. Pienso entonces que el ser humano no fue hecho con miembros tan coordinados y expansivos para que tratara de estrechar su mundo, en un extra&ntilde;o empe&ntilde;o por contenerlo en el tiempo y en el espacio. 
    </p><p class="article-text">
        No se trata de parcelarnos donde habitamos. All&iacute;, aqu&iacute;, en ese lugar nuestro, se trata de reposarnos. El resto del tiempo, el tiempo que se pueda, es sano compartirlo con los otros, formar parte de algo com&uacute;n dentro de la &iacute;ntima experiencia personal que tiene cada ser que camina. 
    </p><p class="article-text">
        El miedo intent&oacute; hacer de las suyas para retenerme. Y creo que es una emoci&oacute;n com&uacute;n entre los peregrinos de este confuso tiempo. Demasiados est&iacute;mulos externos dicen que ahora no es tiempo de casi nada. Pero no. Una cosa es precauci&oacute;n y otra bien distinta es la inacci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Si es tiempo de algo es de soltar amarras y caminar, hacer el camino a nuestra manera. Decidiendo a cada tramo los kil&oacute;metros que avanzas y cuando descansas, cuando conversar y cuando callar, cuando dormir y cuando despertar. Es tiempo de confiar en nuestros recursos m&aacute;s internos mientras que todo lo de fuera, sigue marcando un comp&aacute;s desconocido y nunca antes bailado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso, por lo que tenga que venir, hemos decidido caminar. Para hacernos amigos de la incertidumbre que nos rodea. Y s&iacute;, llegaremos a Santiago. A d&iacute;a de hoy, apuesto que es de lo poco que tenemos claro. Lo que pase mientras tanto tambi&eacute;n lo andaremos.
    </p><p class="article-text">
        Dicen que hoy llover&aacute;. Ayer tambi&eacute;n lo escuch&eacute; y no cay&oacute; ni una gota. 
    </p><p class="article-text">
        He terminado mi copa de vino riojano y se acercan las diez. Voy a acostarme que ma&ntilde;ana me levantar&eacute; de nuevo a las cinco. 
    </p><p class="article-text">
        El sol saldr&aacute; de nuevo, con o sin nosotros. Pero yo quiero estar all&iacute; para verlo. 
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Ultreia!
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/diario-peregrina_1_6128299.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2020 09:19:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diario de una peregrina]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Murcia,Cultura,Relato,Camino de Santiago]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las buenas intenciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/buenas-intenciones_1_6051660.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Pues sí, yo también compré papel higiénico, pero no por capricho. Bueno, a lo</p><p class="subtitle">mejor compré un paquetico más de la cuenta…pero poca cosa. Ahora ya no</p><p class="subtitle">compramos porque aún nos queda ¿Ves? Si al final todo se equilibra.</p></div><p class="article-text">
        Ah no, eso s&iacute; que no. Yo noy soy racista. Pero creo que cada cual tiene que estar en su pa&iacute;s. Que tiene que haber un orden. Me da mucha penica la gente que pasa hambre. Yo siempre llevo unos euros sueltos en el bolsillo por si los morenitos me piden por la calle. Yo siempre prefiero darles algo, no vaya a ser&hellip;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n no nos hemos ido a veranear. Yo le digo a mi Juan que nos vayamos, pero &eacute;l me dice que no tiene gana. Y claro, con el Mar Menor hecho una pocilga, pues es que ni pa pasear da gusto. Pero esto, te lo digo a ti en confianza. Que yo de puertas para fuera, no digo eso. La tierra&hellip; &iexcl;que hay que quererla y no se puede ir hablando mal de nuestras cosas!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si hay que llevar mascarilla, oye, pues se lleva que no pasa n&aacute;. Mira, yo creo que hay que adaptarse. Lo que no entiendo es para qu&eacute; han pintado por las calles las flechas esas en el suelo, si luego la gente va por donde quiere. Entre el carril bici y las flechas por el suelo, yo voy loca perd&iacute;a. Pero claro, m&oacute;ntate en el autob&uacute;s que si un asiento s&iacute; y un asiento no y eso parece un cacharrico feria &iexcl;Qu&eacute; foll&oacute;n! Yo le digo a mi Juan que me lleve en el coche y santas pascuas. Hay que adaptarse. La gente tiene que adaptarse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pobreticos los de las residencias. Yo s&eacute; que cuando mi Juan se vaya, me ir&eacute; a vivir con mi Macarena. M&iacute;rala, qu&eacute; bonica el d&iacute;a de su boda. Las fotos son de un fot&oacute;grafo muy bueno, &iquest;eh? Y lo celebramos ah&iacute;, en el Garden City ese&hellip; &iquest;Sabes el que te digo, no?
    </p><p class="article-text">
        Por las ma&ntilde;anas me tomo mi cafetico con leche y mis tostadas de pan, pan. Escucho la radio porque me gusta informarme. Eso s&iacute;, siempre la misma emisora. Ah&iacute; por lo menos le ponen nombre a las cosas y a los pol&iacute;ticos &iexcl;Hombre ya! A veces cuando la apago tengo un pesar&hellip; Pero qui&eacute;n me dice a m&iacute; que escuchar otra emisora va a ser mejor &iquest;eh? Mejor malo conocido que bueno por conocer.
    </p><p class="article-text">
        Pues s&iacute;, yo tambi&eacute;n compr&eacute; papel higi&eacute;nico, pero no por capricho. Bueno, a lo mejor compr&eacute; un paquetico m&aacute;s de la cuenta&hellip;pero poca cosa. Ahora ya no compramos porque a&uacute;n nos queda &iquest;Ves? Si al final todo se equilibra. Insolidarios ser&iacute;amos si sigui&eacute;ramos compr&aacute;ndolo a cascoporro, ahora que hemos visto que no se acaba. Eso s&iacute; que es de ser ego&iacute;sta.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ya est&aacute;? &iquest;Ya hemos terminao? Pues nada, yo encantada &iquest;Y esto cu&aacute;ndo lo sacan? Claro, pa verlo.
    </p><p class="article-text">
        Pues nada, que me voy que hace mucho calor. Mira &eacute;se es mi autob&uacute;s &iexcl;Pues va lleno! Y la gente con las mascarillas puestas. Eso est&aacute; muy bien. Yo voy a llamar a mi Juan que me recoja donde siempre, en la cafeter&iacute;a Central.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora hay tan pocas mesas en la terraza que da nosequ&eacute; sentarse ah&iacute;. Pero bueno, me tomar&eacute; algo que no me miren mal los camareros. Que hay que adaptarse. No va a ser siempre todo igual.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/buenas-intenciones_1_6051660.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Las buenas intenciones]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Semejanzas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/semejanzas_1_6043621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8a6304af-af9b-4794-a70e-e31d98083da7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Semejanzas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ni rastro de miradas inquisitivas o curiosas hacia nosotros. Todas eran prácticamente neutras. Como las que me imagino, se dan a los desconocidos cuando no llevan mascarilla, pero poseen un rostro clasificado de “normal”</p></div><p class="article-text">
        Ni &eacute;l ni yo, cumplimos con los patrones socialmente aceptados, para ser considerados guapos. Ni siquiera se puede decir de nosotros que seamos &ldquo;del mont&oacute;n&rdquo;. Lo nuestro est&aacute; en la escala de lo dif&iacute;cil de llevar.
    </p><p class="article-text">
        Los dos tenemos una mand&iacute;bula hundida y torcida. Yo he necesitado muchas sesiones de terapia para aceptarme. &Eacute;l ha sabido estar por encima del qu&eacute; dir&aacute;n, o eso dice.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro problema facial, no implica solo una disfunci&oacute;n en la mand&iacute;bula. Es tambi&eacute;n una alteraci&oacute;n est&eacute;tica, que repercute en la parte externa de nuestro rostro y nos da este aspecto, digamos, diferente.
    </p><p class="article-text">
        El caso, es que tanto &eacute;l como yo, hemos estado a&ntilde;os lidiando con las miradas indecentes e indiscretas de aquellos que, al comprarse con nosotros, se consuelan de cualquiera que sea su complejo. O de aquellos que, sin quitarnos los ojos de encima, se preguntan c&oacute;mo ser&aacute; vivir con un rostro como el nuestro.
    </p><p class="article-text">
        Si algo hemos aprendido con el tiempo, es que los que no cumplimos con los c&aacute;nones de belleza del momento y ni tan si quiera, con lo que se entiende como &ldquo;normalidad&rdquo; f&iacute;sica, sabemos, sin embargo, leer el mundo de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        No perdemos el tiempo compar&aacute;ndonos con nadie que salga por la televisi&oacute;n, ni a&ntilde;oramos tener unos dientes blancos y perfectamente colocados. Qu&eacute; va. Nosotros no prestamos atenci&oacute;n a nada que vaya m&aacute;s all&aacute; de la funcionalidad de la propia anatom&iacute;a humana.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto que nos gusta mirar a los rostros, pero lo hacemos para disfrutar de la belleza. No los envidiamos. Nuestra autoestima no va de eso.
    </p><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a que se abrieron las calles tras el confinamiento, nos result&oacute; tremendamente divertido salir con una mascarilla. De repente, as&iacute; como por arte de magia, deb&iacute;amos ocultar nuestras mand&iacute;bulas deformes, al resto del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de a&ntilde;os soportando tantas miradas con tantos matices de verg&uuml;enza ajena, compasi&oacute;n o cotilleo hacia nosotros, viene una pandemia a decirnos que tapemos nuestra diferencia detr&aacute;s una mascarilla. Quien nos iba a decir que estos 13 cm. aproximados de tela, nos iba a acercar a la &ldquo;normalidad&rdquo; est&eacute;tica, haci&eacute;ndonos, en apariencia, iguales al resto. 
    </p><p class="article-text">
        Preparados ya con la mascarilla, nos cogimos de la mano y comenzamos nuestro paseo al aire libre.
    </p><p class="article-text">
        Nos miramos y yo me re&iacute; divertida al verle esos ojos tan despiertos y dispuestos a no perder detalle. &Eacute;l tambi&eacute;n se ri&oacute; al mirarme a m&iacute;.  Lo cierto, es que la risa siempre ha sido nuestra mejor terapia. Y es que la risa, al igual que el llanto, eso s&iacute; que nos hace a todos iguales.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de nuestros primeros pasos por la calle que va paralela al r&iacute;o, nos dimos cuenta de que aquello se hab&iacute;a convertido en un gimnasio al aire libre. Era curioso observar ese gran desfile de mascarillas cubriendo los rostros de tantos cuerpos sudorosos, corriendo como si no hubiera un ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        De vez en cuando, las sirenas de las ambulancias se abr&iacute;an paso entre la multitud, para recoger a alg&uacute;n energ&uacute;meno deportista, que estaba desplomado en el suelo por un golpe de calor. 
    </p><p class="article-text">
        Nos cruzamos tambi&eacute;n con familias, adolescentes en patines y con otras personas que caminaban m&aacute;s tranquilas. Y nada.
    </p><p class="article-text">
        Ni rastro de miradas inquisitivas o curiosas hacia nosotros. Todas eran pr&aacute;cticamente neutras. Como las que me imagino, se dan a los desconocidos cuando no llevan mascarilla, pero poseen un rostro clasificado de &ldquo;normal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando nos dispusimos a dar media vuelta para comenzar el regreso a casa, una pareja de corredores que iba hablando entre ellos, no repar&oacute; en nuestro pausado cambio de direcci&oacute;n. Al girarnos, nos encontramos de bruces con ellos. El impacto entre nosotros fue tan fuerte que ca&iacute;mos al suelo y las mascarillas se quedaron a la altura de nuestras gargantas.
    </p><p class="article-text">
        Los deportistas se disculparon mil veces, mientras nos ayudaban a levantarnos. Cuando estuvimos ya en pie y nos miramos todos para los consiguientes perdones y disculpas, en aquel momento, a&uacute;n sin la mascarilla en nuestro rostro, ellos segu&iacute;an disculp&aacute;ndose asustados por el golpe que sin querer nos hab&iacute;an propinado. Pero lo segu&iacute;an haciendo con unos ojos neutros. Como si nuestras mascarillas siguieran tap&aacute;ndonos las mand&iacute;bulas deformes, cuando no era as&iacute;. Est&aacute;bamos mostr&aacute;ndonos al descubierto.
    </p><p class="article-text">
        Nos vieron sin mascarilla, tal y como somos, y ah&iacute; estaban, sin cambiar un &aacute;pice su mirada de preocupaci&oacute;n por el impacto. &ldquo;Estamos bien. Solo ha sido el susto. No pasa nada&rdquo;. Tras mis palabras, ellos parecieron tranquilizarse y volvimos a enfundarnos nuestro artilugio facial. Nos despedimos y cada cual sigui&oacute; su camino.
    </p><p class="article-text">
        Al retomar la marcha, los dos lo hab&iacute;amos sentido y nos quedamos un rato en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s la urgencia de lo importante, que era la preocupaci&oacute;n de aquella pareja por asegurarse de que est&aacute;bamos bien, les hab&iacute;a hecho poner en un segundo plano, la apariencia de nuestras caras.
    </p><p class="article-text">
        O quiz&aacute;s, en realidad, hemos tenido m&aacute;s miradas neutras a lo largo de nuestra vida, pero hemos permanecido ofuscados en percibir con m&aacute;s intensidad, las de aquellos que nos hacen sentir diferentes. Las de aquellos que nos recuerdan, constantemente, que somos feos.
    </p><p class="article-text">
        No hemos fallado ni una tarde en dar nuestro paseo con mascarilla. Nos gusta porque nos recuerda que hay otra manera de mirar y de ser mirados. Quiz&aacute;s s&oacute;lo sea cuesti&oacute;n de que las personas pongan en orden sus prioridades y dejen de mirarnos como si fu&eacute;ramos bichos raros.
    </p><p class="article-text">
        Mientras eso pasa, seguimos disfrutando de nuestro paseo, sabiendo que todos nos parecemos m&aacute;s de lo que creemos, detr&aacute;s de esta mascarilla.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/semejanzas_1_6043621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2020 11:18:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Semejanzas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué hubiera sido de nosotros sin contiendas de por medio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/contiendas-medio_1_5917874.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/00f85ba6-2c0f-4131-835e-e35aea2028ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué hubiera sido de nosotros sin contiendas de por medio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ahora sólo me queda imaginar, sin vivir, que algún día este país fuera capaz de construir, en vez de muros y trincheras, un terreno neutral con una bandera blanca ondeando en su centro</p></div><p class="article-text">
        Llevaba varios d&iacute;as so&ntilde;ando con el final. No sab&iacute;a si ser&iacute;a el tuyo o el m&iacute;o. Qu&eacute; importa. Lo mismo es.
    </p><p class="article-text">
        Te dije que no salieras porque te estar&iacute;a esperando. Pero esa tarde el mensajero, no corri&oacute; lo suficiente para llegar a tiempo hasta tu trinchera.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto d&oacute;nde est&aacute; el comienzo necesario de todo esto. Yo nunca quise estar en esta guerra, bail&aacute;ndole el agua a credos blasfemos. Yo s&oacute;lo quer&iacute;a vivir en paz. Vivir, simplemente. Y seguir yendo a visitarte cada s&aacute;bado en mi bicicleta. Mi buen amigo.
    </p><p class="article-text">
        Pero parece que las fronteras de nuestras aldeas, estaban separadas por algo m&aacute;s que por un arroyo. Y ese algo, era tan intangible como da&ntilde;ino. Y tan da&ntilde;ino como sangriento.&nbsp; Y tan sangriento como el peso de que este dolor que yo siento ahora no podr&aacute; sanar en muchas generaciones.
    </p><p class="article-text">
        He disparado a un amigo, a un hermano que yo escog&iacute;. Ahora yo tambi&eacute;n estoy muerto. T&uacute; pronto estar&aacute;s en campo santo, yo seguir&eacute; en campo de guerra, batallando esta contienda que no me pertenece.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s sea el sino de este pa&iacute;s. Cuando algo es tan inconmensurable, tan indescriptiblemente hermoso, tan rudo y tan real, entonces, la majestuosidad nos abruma y nos sentimos nada, en comparaci&oacute;n con la riqueza que aportan tantas culturas cohabitando en un mismo mapa. Cuando esto sucede, no podemos soportar esa sensaci&oacute;n de no control y empezamos a parcelarlo y a jerarquizarlo todo. Hacerlo cachitos m&aacute;s peque&ntilde;os que podamos poseer y organizar.&nbsp; &ldquo;Esto es mejor que lo otro&rdquo;; &ldquo;Ellos son los malos&rdquo;; &ldquo;Nosotros somos los buenos&rdquo;; &ldquo;Yo soy un patriota&rdquo;; &ldquo;T&uacute; eres un idiota&rdquo;; &ldquo;Y t&uacute; m&aacute;s&rdquo;; &ldquo;Y t&uacute; menos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora ya nada importa. Ahora s&oacute;lo me queda imaginar, sin vivir, que alg&uacute;n d&iacute;a este pa&iacute;s fuera capaz de construir, en vez de muros y trincheras, un terreno neutral con una bandera blanca ondeando en su centro. Un lugar desde el cual fuera capaz reconstruir todo lo que ya se ha sangrado. Pero es dif&iacute;cil creer que matarnos entre amigos, hermanos o vecinos, no se quede impreso en el ADN de los hijos y de los nietos por venir. Solo ellos podr&iacute;an poner fin a esto. Yo hoy no s&eacute; c&oacute;mo hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Pero al igual que el rencor se ir&aacute; reencarnando generaci&oacute;n tras generaci&oacute;n, espero que el amor sea quien agudice el ingenio y que, con &eacute;l, las pr&oacute;ximas generaciones, ganen el combate a la idiosincrasia humana. Y que la pr&oacute;xima guerra, porque la habr&aacute;, sea contra un adversario sin rostro.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s un virus, m&aacute;s all&aacute; del de la estupidez humana, fuese capaz de cambiar las cosas. Un virus desconocido y letal, que nos hiciera trascender los colores y las ideolog&iacute;as que, en este a&ntilde;o de 1936, nos est&aacute; pudriendo como pa&iacute;s. Pero solo lo puedo imaginar, que no vivir&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; hubiera sido de nosotros sin contiendas de por medio.
    </p><p class="article-text">
        Malditas sean todas las guerras.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/contiendas-medio_1_5917874.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2020 08:44:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Qué hubiera sido de nosotros sin contiendas de por medio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Virus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ventanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/ventanas_1_1103806.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a64dccf4-98c4-4e13-8e8e-e0d2662d4e4b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ventanas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hace tiempo que sé que está sola pero nunca me había planteado si su guiño, el de dejar la ventana abierta, es en realidad, una invitación a descubrirla a ella por dentro"</p></div><p class="article-text">
        El edificio que tengo enfrente tiene seis ventanas. En realidad no estoy muy segura de todas las que hay pero, desde mi lugar, son esas las que yo veo. 
    </p><p class="article-text">
        La se&ntilde;ora que vive tras la ventana redonda es la que antes me saluda por las ma&ntilde;anas. Serena y positiva, siempre conf&iacute;a en que saldr&aacute; el sol. &ldquo;El clima va por dentro, vecina m&iacute;a&rdquo;. Eso me dice cuando me escucha quejarme porque el d&iacute;a est&aacute; nublado.
    </p><p class="article-text">
        A esta se&ntilde;ora le encanta bailar, leer, re&iacute;r, cuidar de sus macetas y probar platos t&iacute;picos de todas las culturas. Es toda una vividora. Y en contra de las malas connotaciones que tiene este adjetivo, ser una vividora es lo mejor que te puede pasar. Ella as&iacute; lo defiende: &ldquo;Lo que hacemos en esta vida es vivirla &iquest;no? Pues entonces, &iquest;por qu&eacute; convertimos el deber de vivir en un insulto? No se&ntilde;or. Yo me reivindico una vividora&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Con esa manera de pensar no me extra&ntilde;a que sea tan amiga del se&ntilde;or de las grandes ventanas.
    </p><p class="article-text">
        Se trata de un hombre realmente atractivo y muy culto.  Adem&aacute;s, posee otras tantas cualidades que me fascinan como la nobleza, la templanza y la curiosidad.
    </p><p class="article-text">
        Durante muchos a&ntilde;os el se&ntilde;or de las grandes ventanas utiliz&oacute; una lupa para mirar por el d&iacute;a y un telescopio para mirar por la noche. Y no s&oacute;lo miraba desde su gran ventana. Sino que lo hac&iacute;a a trav&eacute;s de muchas otras. Por eso sabe tanto. Porque supo mirar lo min&uacute;sculo y lo inmenso de la vida desde muchas perspectivas.
    </p><p class="article-text">
        Desde que estamos en cuarentena ha decidido que s&oacute;lo va a mirar a trav&eacute;s de lo que sus ojos puedan ver, sin utilizar ning&uacute;n otro artilugio. Apunta todo lo que considera importante en su cuaderno de papel.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Vecinaaaa! -me gritaba un d&iacute;a muy contento- &iexcl;Vecina que ha vuelto!&rdquo; -&ldquo;&iquest;Qui&eacute;n ha vuelto?! Le pregunt&eacute;- &rdquo;El conocimiento vecina &iexcl;Ha vuelto el conocimiento! &iquest;No se da cuenta? &iexcl;Nunca cre&iacute; que volver&iacute;a a escuchar a m&aacute;s cient&iacute;ficos y  humanistas que a parlanchines de pacotilla en los medios de comunicaci&oacute;n! &iexcl;Y tambi&eacute;n est&aacute; pasando en la tele!&ldquo; &rdquo;Pues s&iacute; que tiene usted raz&oacute;n&ldquo; &ndash; le contest&eacute;- &rdquo;Parece que este virus nos est&aacute; obligando a hablar con m&aacute;s propiedad y a valorar m&aacute;s a las personas cultas, como usted&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al lado del se&ntilde;or atractivo de las grandes ventanas vive su alter ego. Se trata de un se&ntilde;or que tiene un ventanal muy peque&ntilde;o, sucio y cuadriculado.
    </p><p class="article-text">
        Este hura&ntilde;o vecino solo abre las ventanas para vociferar el parte de las cifras de muertos e infectados por coronavirus, as&iacute; como para maldecir a todas las personas que, seg&uacute;n &eacute;l, &ldquo;son responsables de esta situaci&oacute;n&rdquo;. Tambi&eacute;n disfruta mucho compartiendo bulos que nada bueno aportan.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Este hombre es un portento!&rdquo; Me digo cada vez que lo escucho. Pero claro, &iquest;Qu&eacute; es lo que realmente podr&aacute; ver este se&ntilde;or teniendo esa ventana tan peque&ntilde;a, tan cuadrada y con tanta suciedad acumulada? As&iacute; s&oacute;lo puede ver sombras y, por eso, s&oacute;lo sabe hablar del miedo. Un tremendo miedo, que ni siquiera &eacute;l sabe que tiene.
    </p><p class="article-text">
        Me fastidia que con su ignorancia por altavoz despierte de la siesta a la se&ntilde;ora mayor.  Ella, que siempre tiene la ventana abierta, es la primera que lo escucha y entonces se asusta. Pero con todo lo que ha vivido, enseguida recuerda que por peores cosas ha pasado la buena mujer. 
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a que la se&ntilde;ora mayor siempre tiene la ventana abierta y yo mucho que se lo agradezco. Cuando hace la colada, sabe que me encanta que me llegue ese olor a s&aacute;banas limpias y cuidadas, que s&oacute;lo ella consigue con su jab&oacute;n casero. Siempre me imagino lo bien que se tiene que dormir en una camita de las suyas.
    </p><p class="article-text">
        Hace tiempo que s&eacute; que est&aacute; sola pero nunca me hab&iacute;a planteado si su gui&ntilde;o, el de dejar la ventana abierta, es en realidad, una invitaci&oacute;n a descubrirla a ella por dentro. Es curioso como las personas mayores parecen saber lo que necesitas y los dem&aacute;s, no somos siquiera capaces de interpretar una clara llamada de soledad, as&iacute; en forma de olor a limpio.
    </p><p class="article-text">
        Justo arriba de la se&ntilde;ora mayor, vive otra mujer. Es de las pocas personas en el vecindario que sale estos d&iacute;as a la calle. Hace muchos trabajos. A veces es enfermera, otras veces camionera, tambi&eacute;n cajera de un supermercado y no s&eacute; cu&aacute;ntas cosas m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a que sale se pone mucho maquillaje. Tanto que, desde mi lugar, no puedo ver cu&aacute;l es su expresi&oacute;n. Pero su expresi&oacute;n de verdad. Lo que s&iacute; puedo ver, son unas ojeras que le llegan a los tobillos.
    </p><p class="article-text">
        Algunas noches, de madrugada, oigo que abre su ventana y grita. Es un grito muy breve pero desgarrador. Un grito que ni le da tiempo a ser grito porque al d&iacute;a siguiente, tiene otra vez que madrugar.
    </p><p class="article-text">
        Espero que cuando pase todo esto, tenga tiempo para recomponerse. Pero sobre todo, espero que tenga a alguien con quien hablar de todo lo que ahora no puede expresar, detr&aacute;s de esa capa de maquillaje.
    </p><p class="article-text">
        Y por &uacute;ltimo, desde mi lugar, percibo las ventanas que m&aacute;s me inquietan. Ah&iacute;, arriba del todo.
    </p><p class="article-text">
        Desde que empez&oacute; la pandemia, el piso m&aacute;s alto est&aacute; en obras y nadie sabe qui&eacute;n va a vivir all&iacute;. Lo cierto es que tampoco supe muy bien qui&eacute;n viv&iacute;a antes.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; puedo ver es que cuenta con ventanas de todos los tipos: grandes, peque&ntilde;as, redondas, cuadradas, abiertas y cerradas.
    </p><p class="article-text">
        Espero que quien sea que vaya a habitar a partir de ahora ah&iacute; en lo alto, cuide de sus cristales y tambi&eacute;n, que observe con ternura el mundo. Todos los d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Terminan los aplausos. Son las ocho pasadas.
    </p><p class="article-text">
        Ya se cierran todas las ventanas de mis vecinos.
    </p><p class="article-text">
        Ahora toca mirarnos por dentro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/ventanas_1_1103806.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2020 13:52:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ventanas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,Vecinos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La tierra que me sostiene]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/tierra-sostiene_1_1116992.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2d46972a-8a2d-48ae-96b3-5b58d23c6422_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La tierra que me sostiene"></p><p class="article-text">
        Cuando nac&iacute; pod&iacute;a ver el cielo.
    </p><p class="article-text">
        Unas manos de mujer, un poco anchas y muy suaves, fueron las que me cuidaron en mis primeros a&ntilde;os de vida.
    </p><p class="article-text">
        Cuando empezaba a amanecer, Mariana se envolv&iacute;a en una mantilla de lana hecha por ella misma y sal&iacute;a al jard&iacute;n. Despu&eacute;s de visitar a las gallinas, caminaba unos pasos para encontrarme y, al hacerlo, sepostraba en cuclillas en frente de m&iacute;. Acto seguido, bajaba sus robustos brazos hasta comprobar que la tierra que me sosten&iacute;a, estaba lo suficientemente h&uacute;meda. En invierno apenas era necesario regarme. En verano, con algo m&aacute;s de un litro de agua al d&iacute;a, ten&iacute;a suficiente. Mis ra&iacute;ces ya se encargaban de encontrar el agua justa para calmar mi sed.
    </p><p class="article-text">
        Mi forma era la que mi naturaleza me proporcionaba y mi color, primero verde, con los rayos del sol, se iba transformando en una gama crom&aacute;tica de rojos que llamaba la atenci&oacute;n. Cuando estaba en la c&uacute;spide de mi belleza, llegaba un d&iacute;a en que Mariana me dec&iacute;a: &ldquo;Um, ya est&aacute;s listo&rdquo;. Dirig&iacute;a entonces sus manos hacia m&iacute; y envolvi&eacute;ndome con afecto entre ellas, me arrancaba del que hab&iacute;a sido mi h&aacute;bitat. Una tomatera.
    </p><p class="article-text">
        Con el nacimiento de Andr&eacute;s, las manos de Mariana comenzaron a dedicar m&aacute;s tiempo al beb&eacute;, que al cuidado de las gallinas o al m&iacute;o propio. Federico, su marido, fue entonces quien comenz&oacute; a visitarme a diario. Un d&iacute;a pens&oacute; que, si crec&iacute;a tan sano y tan rico, porque no plantar a unos cuantos m&aacute;s como yo. Y as&iacute; lo hizo.
    </p><p class="article-text">
        Calculando perfectamente el espacio que ten&iacute;a que dejar entre las distintas tomateras para que ninguna nos quit&aacute;semos a la otra la necesaria humedad, plant&oacute; otras dos hileras m&aacute;s. De vez en cuando, alg&uacute;n inc&oacute;modo pulg&oacute;n sub&iacute;a por mi tallo pero, antes de que pudiera morderme, all&iacute; estaban los atentos ojos de Mariana, de Federico y de su hijo Andr&eacute;s, para quit&aacute;rmelo de encima.
    </p><p class="article-text">
        Todo era salud, naturaleza y vistas a cielo.
    </p><p class="article-text">
        Las manos de Mariana y de Federico se fueron arrugando, a la par que las de Andr&eacute;s, iban cogiendo cada vez m&aacute;s fuerza, determinaci&oacute;n y vigor. Tal fue as&iacute;, que las suyas acabaron sustituyendo a las de sus padres en las labores del campo.
    </p><p class="article-text">
        Andr&eacute;s hab&iacute;a heredado la dulzura y el tes&oacute;n de su madre y la justa ambici&oacute;n de tener una vida mejor de su padre. Los tomates empez&aacute;bamos a estar muy cotizados en el mercado y un d&iacute;a decidi&oacute;, como anta&ntilde;o lo hiciera su padre, plantar a muchos m&aacute;s como nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Como todo buen agricultor, pose&iacute;a una gran capacidad de observaci&oacute;n de la naturaleza y se daba cuenta de que el clima hab&iacute;a cambiado y que ahora era mucho m&aacute;s caluroso. El suelo, por su parte, estaba seco, &aacute;rido y constitu&iacute;a un espacio casi imposible para nuestro desarrollo. Por todos estos motivos, decidi&oacute; instalar riego por goteo y cubrirnos por unas paredes de pl&aacute;stico. Pasamos a ser tomates de invernadero.
    </p><p class="article-text">
        Y dejamos de ver el cielo, para simplemente intuirlo, m&aacute;s all&aacute; del pl&aacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        Con aquellas innovaciones, nuestro ciclo vital aument&oacute; much&iacute;simo. Madur&aacute;bamos y nos arrancaban mucho antes. Tambi&eacute;n volv&iacute;amos a la tierra sin apenas tiempo de descanso. Las manos que nos empezaron a coger, se multiplicaban al ritmo que la producci&oacute;n segu&iacute;a creciendo.
    </p><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana vino un se&ntilde;or con traje de chaqueta a visitarnos. Era el responsable de compras de una gran cadena de supermercados. Andr&eacute;s y &eacute;l firmaron un contrato y al d&iacute;a siguiente, empezaron a transportarnos para exponernos en la secci&oacute;n de fruter&iacute;a de esos supermercados.
    </p><p class="article-text">
        Andr&eacute;s se sent&iacute;a orgulloso de observar c&oacute;mo aquella solitaria tomatera que un d&iacute;a plantease su madre, se hab&iacute;a convertido en un negocio con el que poder vivir algo mejor. Yo por mi parte, me sent&iacute;a raro expuesto en la secci&oacute;n de Fruter&iacute;a, con ese aspecto tan reluciente y un tanto artificial. Pero a la vez, estaba contento de pensar en los beneficios que le d&aacute;bamos a mis cuidadores.
    </p><p class="article-text">
        En esos supermercados, con su extra&ntilde;a luz y las paredes tan altas,ya ni siquiera pod&iacute;a intuir el cielo.
    </p><p class="article-text">
        Tras pasar los primeros a&ntilde;os de contrato con aquel gerente, lleg&oacute; el momento de renovar las condiciones de nuestra compra. Ley&eacute;ndolas, Andr&eacute;s se enfureci&oacute; al comprobar c&oacute;mo &eacute;stas hab&iacute;an cambiado. El mercado se hab&iacute;a globalizado m&aacute;s a&uacute;n y seg&uacute;n palabras del hombre con traje: &ldquo;Esto es lo que hay&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tras hacer unos c&aacute;lculos iniciales, se dio cuenta de que, si firmaba, supondr&iacute;a vender la producci&oacute;n a p&eacute;rdidas pues apenas podr&iacute;a cubrir los costes. Adem&aacute;s, le parec&iacute;a muy injusto que los consumidores pagasen ocho veces m&aacute;s el precio de lo que ellos, como agricultores, percib&iacute;an por su trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Esa misma ma&ntilde;ana fue a su asociaci&oacute;n de cultivo para hablar con otros compa&ntilde;eros. No tard&oacute; en comprobar que todos estaban en la misma situaci&oacute;n y que la indignaci&oacute;n, la precariedad y la sensaci&oacute;n de ser infravalorados por un sistema que ha olvidado donde reposa la base del alimento, era el com&uacute;n denominador de todos ellos. Acordaron entonces agruparse y comenzar una serie de protestas bajo el lema: 'Agricultores al l&iacute;mite'.
    </p><p class="article-text">
        Regres&oacute; ya por la noche y tras aparcar, vino a vernos al invernadero.  Se qued&oacute; parado junto a m&iacute; un buen rato y me habl&oacute;. S&oacute;lo dijo dos palabras. &ldquo;Lo siento&rdquo;. A la media hora, comenzaron a llegar sus compa&ntilde;eros de la asociaci&oacute;n y nos arrancaron a todos.
    </p><p class="article-text">
        Bien temprano, al d&iacute;a siguiente, un ej&eacute;rcito de tractores comenz&oacute; a desfilar por la carretera principal del pueblo. Yo iba amontonado en un cubo enorme con otros miles de tomates, en uno de los veh&iacute;culos. Aunque casi todos los tractores iban repletos de verduras, Pascual, el pastor, transportaba en su furgoneta a una parte representativa de su reba&ntilde;o. Por la rabia que se sent&iacute;a en el ambiente, intu&iacute;a que nuestro destino en esta ocasi&oacute;n, no ser&iacute;a el expositor de un supermercado. No entend&iacute;a muy bien donde &iacute;bamos verduras y cabras juntas, pero deb&iacute;a de ser a un sitio importante.
    </p><p class="article-text">
        De repente el tractor que nos transportaba se par&oacute; y Andr&eacute;s se baj&oacute; de &eacute;l. Se dirigi&oacute; a la parte trasera, donde est&aacute;bamos nosotros. Meti&oacute; la mano en el enorme cubo y me cogi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        En aquel momento, Pascual abri&oacute; la puerta trasera de su furgoneta y dej&oacute; salir a las cabras que se pusieron a nuestro alrededor.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es usted Andr&eacute;s el de los tomates&rdquo;, dijo una chica con una c&aacute;mara al hombro. &ldquo;S&iacute; se&ntilde;orita, soy yo&rdquo;, contest&oacute; &eacute;l. &ldquo;Pues cuando est&eacute; listo, comenzamos a grabar&rdquo;. Sujet&aacute;ndome fuerte con su mano contest&oacute;: &ldquo;Cuando quiera&rdquo;. De repente, otra chica con un micr&oacute;fono se puso a hablar a c&aacute;mara. Andr&eacute;s quedaba en el lado izquierdo del encuadre. Otros agricultores comenzaron a coger otros tantos tomates, mientras las cabras se posicionaban enfrente nuestra.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Grabando&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tras unas frases a c&aacute;mara pronunciadas por Andr&eacute;s, donde dijo algo que inclu&iacute;a las palabras: <em>pena, injusticia, esfuerzo, alimento </em>y <em>explotaci&oacute;n</em>, comenz&oacute; nuestro lanzamiento. Yo fui el primero en caer en el suelo y en sentir c&oacute;mo una cabra comenzaba a darme lametazos para finalmente, comerme enterito.
    </p><p class="article-text">
        No me import&oacute; que me ingiriese una cabra en vez de un ser humano. Lo cierto es que no sent&iacute; una gran diferencia.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; que me import&oacute; fue que, despu&eacute;s de aquel d&iacute;a, nunca m&aacute;s volv&iacute; a ver a Andr&eacute;s, ni a Mariana, ni a Federico. Tampoco volv&iacute; a sentir c&oacute;mo unas manos me arrancaban de una tomatera.
    </p><p class="article-text">
        Me consuela el pensar que, en esta monta&ntilde;a de esti&eacute;rcol, a&uacute;n puedo ser &uacute;til para los m&iacute;os. Quiz&aacute;s entre todos los desechos que estamos aqu&iacute; y que aquella ma&ntilde;ana fuimos ingeridos por las cabras, alg&uacute;n d&iacute;a sirvamos como base de una tierra capaz de sostener a nuevas tomateras.Y no s&oacute;lo tomateras. Sino que sirvamos de albergue para vuestro alimento.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto qu&eacute; habr&aacute; pasado con mis agricultores.
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a nos reencontremos y, tanto ellos como yo, podamos volver a ver el cielo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/tierra-sostiene_1_1116992.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Feb 2020 10:03:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La tierra que me sostiene]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser y estar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/murcia-cultura-cuentos-literatura-tecnologia-ser-humano_1_1061308.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8361eb57-c6cc-433e-9126-f0488c7713d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser y estar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nuestro cerebro, una máquina prodigiosamente diseñada desde el principio de los tiempos para detectar peligros, desarrollar el instinto o la intuición, estaba siendo sometido a infinidad de distracciones que, poco a poco, iban apagando nuestras capacidades más básicas</p></div><p class="article-text">
        Todos and&aacute;bamos muy distra&iacute;dos dej&aacute;ndonos embaucar por cualquier cosa que distrajera nuestra atenci&oacute;n del momento presente. No es que fu&eacute;ramos ingenuos, ni ignorantes. Era algo peor.
    </p><p class="article-text">
        Como un par&aacute;sito que sutilmente va transformando tu ADN sin que te des cuenta, hab&iacute;amos llegado a un punto donde no sab&iacute;amos cu&aacute;l era la diferencia entre ser y estar.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro cerebro, una m&aacute;quina prodigiosamente dise&ntilde;ada desde el principio de los tiempos para detectar peligros, desarrollar el instinto o la intuici&oacute;n, estaba siendo sometido a infinidad de distracciones que, poco a poco, iban apagando nuestras capacidades m&aacute;s b&aacute;sicas. Hab&iacute;amos llegado a un punto en el que, en un solo d&iacute;a, recib&iacute;amos m&aacute;s informaci&oacute;n que una persona media a lo largo de toda su vida en el siglo pasado. La hiperestimulaci&oacute;n y la distracci&oacute;n permanente, hab&iacute;an reducido, en apenas unos a&ntilde;os, nuestra capacidad de concentraci&oacute;n en un 50%.
    </p><p class="article-text">
        En un intento de lidiar con esa sobrecarga mental y virtual, el &ldquo;mindfulness&rdquo; se puso de moda en occidente. Lo que toda la vida se hab&iacute;a llamado meditaci&oacute;n en las culturas orientales, atraves&oacute; nuestras fronteras. Pero olvid&oacute; traer la ense&ntilde;anza fundamental. La meditaci&oacute;n supone un gran esfuerzo por parte del que la practica. El despertar no es gratuito. Y si al terminar las sesiones, lo primero que hac&iacute;amos era volver a encender los tel&eacute;fonos m&oacute;viles y a perder de nuevo la atenci&oacute;n sobre nosotros mismos, de poco serv&iacute;a la pr&aacute;ctica del &ldquo;mindfulness&rdquo; o como quiera llamarse.
    </p><p class="article-text">
        Se dio entonces la gran paradoja del siglo XXI. Viv&iacute;amos en un mundo repleto de avances m&eacute;dicos, salud, prevenci&oacute;n, informaci&oacute;n, o comodidad mientras que, por otra parte, alcanzamos los niveles m&aacute;s altos de depresi&oacute;n y de ansiedad nunca antes registrados en la historia de la humanidad.
    </p><p class="article-text">
        Las distracciones siguieron aumentando. Lleg&oacute; el 5G y con ello, m&aacute;s velocidad en la conexi&oacute;n a Internet y tambi&eacute;n, multitud de nuevas aplicaciones a nuestros dispositivos electr&oacute;nicos.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro cerebro no estaba preparado para el sobresfuerzo al que lo somet&iacute;amos, a la vez que apag&aacute;bamos su verdadero potencial. Lo sab&iacute;amos. Pero no hicimos nada.
    </p><p class="article-text">
        En nuestro empe&ntilde;o por adaptarnos al veloz ritmo virtual, redujimos el vocabulario hasta emplear la m&iacute;nima cantidad de palabras posibles para comunicarnos. Creamos entonces un lenguaje universal, sin ning&uacute;n tipo de ra&iacute;z etimol&oacute;gica y accesible a cualquiera. Daba igual donde hubieras nacido. Todos &eacute;ramos capaces de entendernos con nuestro nuevo y escas&iacute;simo l&eacute;xico, formado principalmente por anglicismos y emoticonos.
    </p><p class="article-text">
        Junto a las palabras que se iban olvidando, se perdieron tambi&eacute;n las emociones que &eacute;stas representaban. Desaparecieron las ideas propias, la creatividad y cualquier otro indicativo de que exist&iacute;a un ser &uacute;nico y diferente dentro de cada uno de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        El siguiente paso lleg&oacute; sin darnos cuenta. Su primer antecedente hay que buscarlo en 2016 cuando Zoltan Istvan se present&oacute; como candidato a las elecciones de EEUU con su partido transhumanista.
    </p><p class="article-text">
        Entre sus medidas, promulgaba un plazo de unos 15 a&ntilde;os para transformar la actual sociedad en otra transhumana. Por entonces, aquel hecho pas&oacute; pr&aacute;cticamente inadvertido. Pero en un mundo cada vez m&aacute;s abducido por la tecnolog&iacute;a y ya sin ra&iacute;ces en un lenguaje propiamente humano, los pron&oacute;sticos de Istvan no erraron demasiado.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la Gran Red nos ofreci&oacute; almacenar nuestros recuerdos y emociones en la Nube, todos estuvimos de acuerdo. Nos liberar&iacute;an de informaci&oacute;n que ya no era &uacute;til para nuestra forma de estar en el mundo. Luego vinieron los implantes de nanochips subcut&aacute;neos y con ellos, el aumento masivo de nuestras capacidades f&iacute;sicas.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute;, a la velocidad del 5G, nos convertimos en transhumanos. Totalmente tecno-dependientes de la Gran Red.
    </p><p class="article-text">
        Hace ya 40 d&iacute;as que todo est&aacute; a oscuras. Nos autoinducimos el modo &ldquo;ahorro de bater&iacute;a&rdquo; pero ya se ha agotado.
    </p><p class="article-text">
        Desde que la Gran Red colaps&oacute;, nos sentimos tan desorientados sin las instrucciones de nuestro navegador interno, que no sabemos qu&eacute; hacer, ni qu&eacute; decir. No sabemos qui&eacute;nes somos.
    </p><p class="article-text">
        Pasamos la mayor parte del tiempo en soledad o con nuestras familias. Poco a poco, vamos retomando el contacto con los amigos m&aacute;s cercanos, aquellos que ya estaban con nosotros antes de la fusi&oacute;n con la Gran Red aunque, lo cierto, es que nos cuesta reconocernos.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de tantos d&iacute;as desorientados, unos cuantos hemos decidido ir a las antiguas bibliotecas, a&uacute;n repletas de libros de papel. Tenemos que hacer algo para intentar darnos un nuevo sentido as&iacute; es que empezaremos por leer. Al cabo de largas horas frente a p&aacute;ginas escritas, comenzamos a reconocer palabras olvidadas y a unirlas a las emociones que representaban no hace tanto.
    </p><p class="article-text">
        Entre los libros aparece uno de &ldquo;mindfulness&rdquo;. Alguien nos invita a escucharlo y comienza a leer en voz alta. Seguimos sus indicaciones. Nos sentamos entonces con la espalda erguida y cerramos los ojos. Ahora tenemos que focalizar nuestra atenci&oacute;n en la respiraci&oacute;n, en c&oacute;mo inhalamos y en c&oacute;mo exhalamos. A m&iacute; me parece que esto lo hab&iacute;a practicado antes. S&iacute;, empiezo a recordar. Esta pr&aacute;ctica me ayudaba a estar presente antes de dejarme llevar y convertirme en transhumana, como todos los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En aquel ir y venir de respiraciones y concentraci&oacute;n, de repente, las luces de la biblioteca se encienden solas y los ordenadores comienzan a reiniciarse. La Gran Red ha vuelto.
    </p><p class="article-text">
        Si queremos, es cuesti&oacute;n de segundos que los nanochips se reconecten y recuperar nuestra bater&iacute;a y programas internos, con todas sus posibilidades. Solo tenemos que introducir mentalmente un c&oacute;digo personal. Todos nos observamos.
    </p><p class="article-text">
        Yo no tengo ninguna duda. Volver&eacute; a conectarme. Me quedar&eacute; sentada en posici&oacute;n erguida y volver&eacute; a cerrar los ojos. Me pregunto hasta d&oacute;nde podr&iacute;a llegar mi cerebro si en esta ocasi&oacute;n, no me dejo llevar. S&iacute;. Me quedar&eacute; aqu&iacute; practicando algo en apariencia tan simple, como el silencio. Quiz&aacute;s as&iacute;, alg&uacute;n d&iacute;a, vuelva realmente a ser y a estar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/murcia-cultura-cuentos-literatura-tecnologia-ser-humano_1_1061308.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jan 2020 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser y estar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Murcia,Cultura,Cuentos,Literatura,Tecnología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nochebuena]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/nochebuena_1_1168213.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b1235bc5-c6a0-4a03-b04e-0c52dfd8417d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nochebuena"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A José no le gustan los agobios de gente y parece que esta tarde son demasiados los vecinos que han decidido entrar también a visitarel belén, así es que no le queda otra que contemplarlo un tanto aprisionado por el gentío</p><p class="subtitle">Una señora que va detrás de él comienza a quitarse el abrigo. Sin querer, mientras se quita una de las mangas, le da un codazo a José, despertándolo de sus recuerdos. “Uuhh, perdone”, le dice. “No pasa nada”, contesta él</p><p class="subtitle">Los empujones de la gente con prisas por volver a casa para la cena, le resultaban cada vez más molestos. Le obligaban a abandonar algunas escenas del belén con la sensación de que le hubiera gustado quedarse un rato más ahí, recreándose en sus detalles</p></div><p class="article-text">
        Jos&eacute; camina pausado hac&iacute;a el lugar donde celebrar&aacute; este a&ntilde;o la Nochebuena. No sabe qu&eacute; habr&aacute; de men&uacute; ni conoce apenas a sus compa&ntilde;eros de banquete. Tampoco le importa demasiado. Las prisas y los compromisos dejaron de ser un problema para &eacute;l hace tiempo.
    </p><p class="article-text">
        La cita es a las siete en la calle Eulogio Soriano. Ha llegado con tiempo, as&iacute; es que aprovecha para visitar el bel&eacute;n de la pe&ntilde;a La Pava, en la iglesia de San Juan de Dios, que est&aacute; a unos pasos del lugar donde cenar&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras sube la rampa que da acceso a la iglesia, husmea con agrado el olor a incienso que envuelve todo el conjunto monumental.
    </p><p class="article-text">
        El bel&eacute;n est&aacute; emplazado sobre una gran tabla casi circular. Alrededor de &eacute;sta, unas marcas indican cu&aacute;l es la distancia m&aacute;xima a la que est&aacute; permitido acercarse para hacer fotograf&iacute;as, as&iacute; como la direcci&oacute;n que hay que seguir para ver las escenas religiosas, repletas todas ellas de tradiciones y gui&ntilde;os huertanos.
    </p><p class="article-text">
        A Jos&eacute; no le gustan los agobios de gente y parece que esta tarde son demasiados los vecinos que han decidido entrar tambi&eacute;n a visitar el bel&eacute;n, as&iacute; es que no le queda otra que contemplarlo un tanto aprisionado por el gent&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Comienza su recorrido movido por la inercia de los envites del resto de personas que est&aacute;n en la fila. Nada m&aacute;s comenzar, decide dar un paso hacia delante para separarse un poco de los dem&aacute;s y poder pararse unos segundos a ver el Nacimiento del Ni&ntilde;o Jes&uacute;s. El reci&eacute;n llegado aparece representado mirando al cielo mientras que el resto de figuras, sus padres, &aacute;ngeles y pastores, lo miran con gesto de recogimiento y agradecimiento.
    </p><p class="article-text">
        En ese momento, le viene a la cabeza el calor que desprend&iacute;a su hijo al nacer. Respira hondo, cierra los ojos y se traslada mentalmente a la sala de Maternal. La evocaci&oacute;n es tan real que puede olerlo de nuevo. A&uacute;n sin abrir los ojos, rememora lo que sinti&oacute; al acariciar ese cuerpo que, siendo tan diminuto, ya ten&iacute;a sus mismas manos, con sus dedos largos y finos.  Parec&iacute;a algo de otro mundo.
    </p><p class="article-text">
        Una se&ntilde;ora que va detr&aacute;s de &eacute;l comienza a quitarse el abrigo. Sin querer, mientras se quita una de las mangas, le da un codazo a Jos&eacute;, despert&aacute;ndolo de sus recuerdos. &ldquo;Uuhh, perdone&rdquo;, le dice. &ldquo;No pasa nada&rdquo;, contesta &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Ay qu&eacute; <em>bonico</em>!&rdquo; exclama ahora la se&ntilde;ora ya sin el abrigo. &ldquo;F&iacute;jate que <em>detallico</em> m&aacute;s gracioso &iquest;Lo has visto? &iexcl;Si est&aacute; el cuadro <em>pintao</em> y <em>t&oacute;</em>!&rdquo;. La se&ntilde;ora se refiere a una de las escenas de los denominados: &ldquo;grupos familiares y oficios&rdquo;, donde se ve a un pintor haciendo su obra al aire libre, mientras su mujer y sus dos hijos peque&ntilde;os lo observan con atenci&oacute;n. &ldquo;S&iacute;, se&ntilde;ora, muy bonito&rdquo;, le contesta &eacute;l sin haberlo mirado a&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cuando observa la escena, se da cuenta de que la se&ntilde;ora tiene raz&oacute;n. El cuadro consiste en un &oacute;leo en miniatura con el retrato de dos huertanos. A su vez, en la pata izquierda del caballete que sujeta el cuadro, reposa otro a medio terminar.  &ldquo;La verdad es que tiene mucho m&eacute;rito pintar unas figuras tan n&iacute;tidas en un espacio tan peque&ntilde;o&rdquo;, contesta ahora.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Oiga &ndash; vuelve a interrumpirlo la se&ntilde;ora- lo voy a adelantar que tengo que poner el pavo en el <em>honno</em> y si no llego pronto, mi Pepe se va a poner de lo nervios&rdquo;. &ldquo;Claro se&ntilde;ora, pase&rdquo;. &ldquo;Bueno, <em>fel&iacute; navid&aacute;</em> y perdone por el codazo de antes &iexcl;Es que estaba <em>achicharr&aacute;</em> con el abrigo aqu&iacute; <em>met&iacute;a</em>!&rdquo;. &ldquo;No se preocupe se&ntilde;ora. Qu&eacute; tenga buena noche&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La se&ntilde;ora lo adelanta y Jos&eacute; se queda un rato m&aacute;s mirando la escena. Intenta entonces recordar d&oacute;nde estar&aacute;n los pinceles que &eacute;l utilizaba hace a&ntilde;os para pintar bodegones en sus ratos libres. Supone que se quedar&iacute;an en la que fue su casa. Junto con todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Sigue rodeando el bel&eacute;n y la siguiente escena es la de unos huertanos almorzando al lado de su perro. &ldquo;Es igualito a Risco&rdquo; &ndash; piensa- &ldquo;tiene su mismo hocico&rdquo;. Parece que fue ayer cuando Merche y &eacute;l decidieron sacarlo de la perrera, unos meses antes de saber que el peque&ntilde;o Mario estaba en camino.
    </p><p class="article-text">
        Contin&uacute;a avanzando y llega a uno de los misterios religiosos: Herodes y la matanza de los ni&ntilde;os. Fija su mirada en el peque&ntilde;o que gatea mientras observa a un militar romano empu&ntilde;ando un cuchillo a punto de clav&aacute;rselo. Entonces vuelve a pensar en Mario, en cu&aacute;nto lo echa de menos. Pero se consuela creyendo que su padrastro le podr&aacute; dar todo lo que a &eacute;l le quit&oacute;. O eso espera. Nunca sabes qu&eacute; esperar de un Judas.
    </p><p class="article-text">
        Da un par de pasos m&aacute;s en la direcci&oacute;n impuesta por las marcas del suelo y llega a otro misterio religioso: El sue&ntilde;o de San Jos&eacute;, donde &eacute;ste aparece sumido en un profundo letargo mientras un &aacute;ngel se sit&uacute;a detr&aacute;s de &eacute;l y le habla.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, Jos&eacute; tambi&eacute;n durmi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        So&ntilde;aba que los bancos le regalaban el dinero y que pod&iacute;a invertir en inmuebles, recuperando por triplicado sus pr&eacute;stamos. So&ntilde;aba con un grupo de ap&oacute;stoles que parec&iacute;an saberlo todo sobre c&oacute;mo invertir en Bolsa, qued&aacute;ndose con una alta comisi&oacute;n por sus servicios. En su sue&ntilde;o fue donde conoci&oacute; a Judas por primera vez, su socio. Alguien que se anticip&oacute; al desastre e hizo una gran jugada a sus espaldas para que cayera sobre Jos&eacute; todo el peso de las deudas que hab&iacute;an acumulado entre los dos.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la realidad le despert&oacute;, no tuvo tiempo de reaccionar. Ya lo hab&iacute;a perdido todo. Pero a&uacute;n faltaba la estocada final. Una tarde cuando regres&oacute; a casa despu&eacute;s de haber ido lloriqueando por los bancos intentando recuperar algo de su dignidad perdida, Merche no estaba. Ni ella ni su hijo Mario. Los dos se hab&iacute;an ido a vivir con Judas.
    </p><p class="article-text">
        El sue&ntilde;o, convertido ya en pesadilla, sigui&oacute; aumentando en intensidad. Todo empez&oacute; con la mezcla de alcohol y ansiol&iacute;ticos. Los ansiol&iacute;ticos pronto dejaron de ser suficiente as&iacute; es que empez&oacute; a rondar por el bloque del Rey Midas, que le vend&iacute;a como si fuera oro, cualquier sustancia que le ayudara a evadirse por unas horas de su realidad. Las cartas del banco se le acumulaban en el buz&oacute;n hasta que lleg&oacute; el d&iacute;a del lanzamiento. A pesar de la ayuda de la Plataforma Antidesahucios, Jos&eacute; se qued&oacute; en la calle y absolutamente sin nada en menos de un a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Pero como en aquel misterio religioso que ahora ten&iacute;a delante, tambi&eacute;n apareci&oacute; un &aacute;ngel en su camino. Un &aacute;ngel que hablaba a malas penas el espa&ntilde;ol, pero lo suficiente como para despertarlo una noche de un atrac&oacute;n de pastillas y alcohol y llamar al 112 para que lo sacaran del coma.
    </p><p class="article-text">
        Los empujones de la gente con prisas por volver a casa para la cena le resultaban cada vez m&aacute;s molestos. Le obligaban a abandonar algunas escenas del bel&eacute;n con la sensaci&oacute;n de que le hubiera gustado quedarse un rato m&aacute;s ah&iacute;, recre&aacute;ndose en sus detalles. Pero nada, una vez m&aacute;s, el impulso de la masa decid&iacute;a por &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Ahora tocaba: La huida de Egipto. Y entonces se acord&oacute; de Amin, su &ldquo;&aacute;ngel&rdquo;. Hac&iacute;a tiempo que no lo ve&iacute;a. Despu&eacute;s de rescatarlo del coma, un d&iacute;a fue a visitarlo al hospital. Le cont&oacute; que hac&iacute;a poco que hab&iacute;a llegado a Murcia, huyendo de alguna de las dictaduras que hay en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Amin ten&iacute;a claro que seguir&iacute;a luchando por la vida, aunque eso significase andar kil&oacute;metros y kil&oacute;metros con los pies destrozados, saltar una valla inmensa o pasar mil penurias. Nada pod&iacute;a ser peor que lo que ya hab&iacute;a vivido. As&iacute; es que cuando vio a Jos&eacute; aquella noche echando espuma por la boca, no lo dud&oacute;. No quer&iacute;a ver m&aacute;s muertos por un tiempo. Adem&aacute;s, no lograba entender porqu&eacute; alguien de occidente, pod&iacute;a dejarse morir, lenta y voluntariamente, en la calle. Por eso decidi&oacute; despertarlo y ense&ntilde;arle lo que &eacute;l, con apenas dos meses en la ciudad, hac&iacute;a para, al menos, llevarse comida caliente todos los d&iacute;as al est&oacute;mago.
    </p><p class="article-text">
        Las campanas de San Juan de Dios, repicaron marcando las siete. Era hora de irse.
    </p><p class="article-text">
        Jos&eacute; sali&oacute; de la Iglesia y cruz&oacute; la calle. Se dirigi&oacute; al portal donde iba a cenar. Ya se hab&iacute;a formado una peque&ntilde;a cola as&iacute; es que, paciente, esper&oacute; su turno para acceder y alimentarse con dignidad. Cuando entr&oacute; al comedor social, se sent&oacute; junto a otras tres personas que, aunque desconocidas, le resultaban familiares.
    </p><p class="article-text">
        Mientras apoyaba en la mesa la bandeja con sus dos platos, la bebida y el postre, pens&oacute; que hasta el a&ntilde;o que viene no volver&iacute;a a visitar ese bel&eacute;n. Y que, adem&aacute;s, no volver&iacute;a a ir en Nochebuena. Ir&iacute;a otro d&iacute;a, con menos gente. Quiz&aacute;s una ma&ntilde;ana temprano, despu&eacute;s de desayunar, para poder contemplarlo bien despierto. Ten&iacute;a claro que no quer&iacute;a volver a sentir nunca m&aacute;s que lo mueve la inercia de otras personas cuando est&aacute; intentando, con calma, poner de nuevo en orden su vida. La vida. Eso s&iacute; que es sagrado.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Feliz Navidad&rdquo; dijo una compa&ntilde;era de mesa. &ldquo;Qu&eacute; aproveche&rdquo;, contest&oacute; &eacute;l.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/nochebuena_1_1168213.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Dec 2019 14:35:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nochebuena]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El pelotón de los sensibles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/peloton-sensibles_1_1239541.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd731a62-7832-4674-adea-cdca33ab755e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El pelotón de los sensibles"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tengo coche, pero desde hace semanas, debato conmigo mismo si soy realmente coherente con mis pensamientos. No entiendo cómo alguna vez pude asociar la libertad a tener un coche. O lo que es lo mismo, asociar la libertad al petróleo</p><p class="subtitle">Me gusta llevar uniforme. Este que ahora va con pantalón gris y camisa a cuadros, soy yo. Pero sólo a medias. Así es que este uniforme, me ayuda a no olvidarlo</p><p class="subtitle">Gerencia decidió hace unos meses, que daba mejor imagen al supermercado que nos mantuviéramos en pie todo el tiempo. Así es que nos quitaron los taburetes. Y ya no nos podemos sentar. Ni reposar</p></div><p class="article-text">
        El piar de unos p&aacute;jaros electr&oacute;nicos me despierta. Apago el m&oacute;vil y me digo a m&iacute; mismo buenos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Pongo en marcha la cafetera y sintonizo con el programa de radio online que escucho desde hace a&ntilde;os. Dentro de mi escasa capacidad de elecci&oacute;n, al menos yo decido qui&eacute;n me cuenta el mundo al amanecer.
    </p><p class="article-text">
        Me ducho y me visto para ir al trabajo. Hoy hace frio. Coger&eacute; el autob&uacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tengo coche, pero desde hace semanas, debato conmigo mismo si soy realmente coherente con mis pensamientos. No entiendo c&oacute;mo alguna vez pude asociar la libertad a tener un coche. O lo que es lo mismo, asociar la libertad al petr&oacute;leo.
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; gran paradoja.
    </p><p class="article-text">
        Subo al autob&uacute;s e intento sentarme en un lugar tranquilo. A ser posible, al lado de la ventana.
    </p><p class="article-text">
        A mitad de camino, me gusta ojear a mi alrededor y contar el n&uacute;mero de pasajeros que no van mirando el m&oacute;vil. Dos.
    </p><p class="article-text">
        Otra vez hay atasco y comienza el concierto de cada ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        Las bocinas de los coches suenan al un&iacute;sono como si de esa manera, los concertistas conductores, fueran a conseguir que el tr&aacute;fico se pusiera en marcha justo en la direcci&oacute;n que cada cual necesita.
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute; reson&aacute;semos con esa misma fuerza cada ma&ntilde;ana, por otras causas m&aacute;s necesarias.
    </p><p class="article-text">
        He llegado.
    </p><p class="article-text">
        Bajo del autob&uacute;s y alejado del tubo de escape, tomo una &uacute;ltima bocanada de aire antes de abrir la puerta y pasar por el pasillo que me llevar&aacute; a mi otra vida. Una vida que comienza fichando puntualmente en una m&aacute;quina que me da las gracias por poner mi huella dactilar.
    </p><p class="article-text">
        Esta otra vida, la desarrollo durante ocho horas y media, cinco d&iacute;as por semana, en turnos rotativos y vestido de uniforme.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta llevar uniforme. Este que ahora va con pantal&oacute;n gris y camisa a cuadros, soy yo. Pero s&oacute;lo a medias. As&iacute; es que este uniforme, me ayuda a no olvidarlo.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, me coloco la sonrisa. La cara al p&uacute;blico es lo que tiene.
    </p><p class="article-text">
        Pongo en marcha la caja registradora y con ella, empieza a rodar la cinta por la que pasaran miles de art&iacute;culos a lo largo del d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; est&aacute;. Mi primera clienta vaciando su carro de la compra. No falla, siempre son mujeres las que primero llegan.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de la primera hora y media de pie al otro lado de la caja registradora, quiero sentarme o al menos, apoyarme, para descargar un poco mis rodillas. Pero ya no puedo hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Gerencia decidi&oacute; hace unos meses, que daba mejor imagen al supermercado que nos mantuvi&eacute;ramos en pie todo el tiempo. As&iacute; es que nos quitaron los taburetes. Y ya no nos podemos sentar. Ni reposar.
    </p><p class="article-text">
        Quiero recoger firmas para que vuelvan a pon&eacute;rnoslos.
    </p><p class="article-text">
        Yo por suerte, me encuentro bien. Pero hay compa&ntilde;eras que llevan muy mal pasar las ocho horas de pie en un espacio de apenas medio metro.
    </p><p class="article-text">
        Y con la sonrisa puesta. De cara al p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto si la gente que viene a comprar no repara en este detalle. Yo preferir&iacute;a comprar en un supermercado donde los empleados de caja pudieran sentarse de vez en cuando. Es una simple cuesti&oacute;n de empat&iacute;a y humanidad. Pero aqu&iacute; todo est&aacute; dise&ntilde;ado para que la empat&iacute;a y la humanidad, sean lo &uacute;ltimo que nos planteemos. Dentro y fuera de este supermercado.
    </p><p class="article-text">
        Por eso quiero recoger firmas. Porque todo tiene un l&iacute;mite. Y porque quiero que, dentro de todo este teatro, al menos, nos encontremos lo mejor posible. Y podamos descansar a ratos. Cuando lo necesitemos.
    </p><p class="article-text">
        Media hora de descanso programado.
    </p><p class="article-text">
        Voy al ba&ntilde;o. Salgo a la calle. Respiro y miro a mi alrededor. Me tomo un caf&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a mi puesto y pongo mi c&oacute;digo de empleado. La cinta vuelve a ponerse en marcha y as&iacute; seguir&aacute; durante las cuatro horas restantes.
    </p><p class="article-text">
        Hasta hace poco, esta segunda parte, era la m&aacute;s tediosa de la jornada.
    </p><p class="article-text">
        Pero desde que Gerencia decret&oacute; quitarnos los taburetes, me vino una idea de m&iacute; mismo formando parte de un ej&eacute;rcito de aut&oacute;matas de pie, que me produjo un rechazo absoluto. As&iacute; es que tuve que inventarme algo.
    </p><p class="article-text">
        De acuerdo, aqu&iacute; estamos alineados. Pero en este escaso medio metro de espacio que tengo detr&aacute;s de caja, yo decidir&eacute; a qu&eacute; ej&eacute;rcito pertenecer.
    </p><p class="article-text">
        Y eso es lo que hago desde entonces.
    </p><p class="article-text">
        Recluto a mis soldados para el pelot&oacute;n de los sensibles.
    </p><p class="article-text">
        Este pelot&oacute;n imaginario, lo formo entre los clientes que pasan por caja. Ya he dicho la raz&oacute;n por lo que lo hago. Por los taburetes. Pero hay dos motivos m&aacute;s. Uno, para pasar el rato y dos, porque necesito creer que existe.
    </p><p class="article-text">
        El alistamiento en mi pelot&oacute;n, funciona de la siguiente manera.
    </p><p class="article-text">
        Cuando alguien me mira a los ojos para darme los buenos d&iacute;as o las buenas tardes, es cuando comienzan mis pesquisas para saber si es uno de los m&iacute;os. Lo siguiente, es observar c&oacute;mo va dejando la compra sobre la cinta transportadora. Si lo hace de manera brusca o si, por el contrario, lo hace reposadamente, tom&aacute;ndose su tiempo. Estando presente.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n me fijo en si lleva consigo su propia bolsa o, en caso de no haberla tra&iacute;do, si realmente le fastidia tener que pedirme una y consumir m&aacute;s pl&aacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        Si todo va en la l&iacute;nea que considero que es la propia de un ser sensible que est&aacute; despierto, entonces hago alg&uacute;n tipo de comentario absurdo con el objetivo de volver a encontrarme con sus ojos. Si el que hasta ahora era un cliente me devuelve la mirada, entonces s&eacute; que s&iacute;. Que ese ser humano ha sido capaz de verme m&aacute;s all&aacute; de mi rol como empleado.
    </p><p class="article-text">
        Y si ha podido verme a m&iacute; por encima de este uniforme, es porque esa hermosa criatura es capaz de ver mucho m&aacute;s all&aacute; de la supuesta apariencia de las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Si adem&aacute;s se despide dese&aacute;ndome un buen d&iacute;a, ah&iacute; lo tengo.
    </p><p class="article-text">
        Es del pelot&oacute;n de los sensibles.
    </p><p class="article-text">
        Reclutado.
    </p><p class="article-text">
        Cuando esto sucede, saco mi peque&ntilde;a libreta del bolsillo del pantal&oacute;n y apunto en ella que hay un soldado m&aacute;s. No indico ni su sexo ni cualquier otra estupidez que intente clasificarlo. S&oacute;lo marco un nuevo palito.
    </p><p class="article-text">
        Ellos a&uacute;n no lo saben. Pero forman parte del &uacute;nico ej&eacute;rcito del mundo capaz de cambiarlo, sin pegar un solo tiro. Porque est&aacute;n despiertos. As&iacute; de simple.
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a parece que apunto a m&aacute;s soldados sin uniforme.
    </p><p class="article-text">
        Hoy har&eacute; el recuento. Si verifico que, en cada jornada, aumenta el n&uacute;mero de seres humanos que dejan de ser meros clientes para formar parte de mi pelot&oacute;n, entonces, podr&eacute; confirmar mis intuiciones.
    </p><p class="article-text">
        Que yo no soy un bicho raro.
    </p><p class="article-text">
        Que los raros, son los que nos han quitado los taburetes en el supermercado.
    </p><p class="article-text">
        Esos que no son capaces de ponerse en el lugar del otro. Esos que s&oacute;lo entienden el lenguaje de la econom&iacute;a y de la imagen. Esos que andan dormidos. Esos que, aunque sean de mi misma especie, poco tienen que ver conmigo y con mi pelot&oacute;n de los sensibles.
    </p><p class="article-text">
        Termina mi turno. Paro la caja registradora y me dirijo a quitarme el uniforme. Vuelvo a poner mi huella dactilar y me despido de mis compa&ntilde;eros.
    </p><p class="article-text">
        Sigue haciendo frio. Cojo el autob&uacute;s de vuelta a casa.
    </p><p class="article-text">
        A mitad de camino observo cuantas personas no van mirando el m&oacute;vil. Cinco. Tres m&aacute;s que en mi viaje de ida.
    </p><p class="article-text">
        Saco mi libreta y tambi&eacute;n lo apunto.
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;. Creo que ma&ntilde;ana comenzar&eacute; a recoger firmas para que nos devuelvan los taburetes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/peloton-sensibles_1_1239541.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Nov 2019 12:18:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El pelotón de los sensibles]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La aguja de Pandereta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/aguja-pandereta_1_1301725.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e15b0f47-714d-4892-b723-2f059d991c6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La aguja de Pandereta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No hacía falta que ninguno de los dos le recordase al otro lo importante que era recuperar la aguja. Las fiestas estaban cerca y los aldeanos esperaban ilusionados, poder ver el manto bordado y expuesto en el ayuntamiento</p></div><p class="article-text">
        Do&ntilde;a pepita era la persona m&aacute;s anciana que viv&iacute;a en Pandereta. Como mandaba la tradici&oacute;n, a ella le correspond&iacute;a bordar cada a&ntilde;o en un manto, los acontecimientos m&aacute;s importantes que suced&iacute;an en la aldea.
    </p><p class="article-text">
        El manto s&oacute;lo pod&iacute;a ser ornamentado con una aguja milenaria que era, a su vez, el mayor s&iacute;mbolo del lugar. Cada 12 de octubre, durante las fiestas patronales, el manto se expon&iacute;a en el ayuntamiento junto a una cajita de cristal, en cuyo interior se pod&iacute;a ver la famosa aguja de Pandereta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, do&ntilde;a pepita llam&oacute; al alcalde para contarle lo que le hab&iacute;a pasado: <em>He perdido la aguja de Pandereta. Mientras bordaba, record&eacute; que no hab&iacute;a cerrado la puerta del pajar y, con la aguja en la mano, all&iacute; me dirig&iacute;. Al llegar, vi que un perro se hab&iacute;a colado y entonces entr&eacute; para echarlo. Cuando consegu&iacute; sacar al perro y me dispuse a cerrar la puerta, al mirar mis manos, me di cuenta de que ya no ten&iacute;a la aguja. Que se me hab&iacute;a ca&iacute;do dentro del pajar.</em>
    </p><p class="article-text">
        No hac&iacute;a falta que ninguno de los dos le recordase al otro lo importante que era recuperar la aguja. Las fiestas estaban cerca y los aldeanos esperaban ilusionados, poder ver el manto bordado y expuesto en el ayuntamiento, con los principales acontecimientos de ese a&ntilde;o. As&iacute; es que ahorr&aacute;ndose palabras y lamentaciones, se limitaron a pensar.
    </p><p class="article-text">
        <em>Bien </em>-dijo el alcalde al poco rato - <em>hoy hablar&eacute; con los cinco comerciantes de Pandereta y les plantear&eacute; el siguiente dilema: &iquest;C&oacute;mo encontrar una aguja en un pajar? Tendr&aacute;n hasta ma&ntilde;ana por la ma&ntilde;ana para pensarlo. Por la tarde, todos los habitantes nos reuniremos en la plaza y despu&eacute;s de escuchar las propuestas de cada comerciante, votaremos la opci&oacute;n que m&aacute;s oportuna nos parezca. Lo que all&iacute; se decida por mayor&iacute;a para encontrar la aguja dentro del pajar, ser&aacute; lo que haremos. </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Me parece bien, se&ntilde;or alcalde</em> &ndash; contest&oacute; do&ntilde;a pepita- <em>Si bien no estoy segura de que los comerciantes sean los m&aacute;s capacitados para ofrecer las mejores soluciones, s&iacute; que es cierto que los cinco tienen el don de la palabra y del convencimiento. As&iacute; es que, al menos, la aldea los escuchar&aacute; y quiz&aacute;s podamos encontrar remedio a esta terrible p&eacute;rdida. </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&iexcl;Ay do&ntilde;a pepita! Gran dilema es &eacute;ste sobre c&oacute;mo encontrar una aguja en un pajar&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Lo es se&ntilde;or alcalde, lo es&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        De regreso al ayuntamiento, el alcalde fue parando en cada una de las tiendas donde trabajaban los comerciantes. Uno a uno, fue haci&eacute;ndoles la misma pregunta: &iquest;C&oacute;mo encontrar una aguja en un pajar?
    </p><p class="article-text">
        Les explic&oacute; tambi&eacute;n que sus cinco respuestas, ser&iacute;an votadas por todos los habitantes de Pandereta y que la que consiguiese m&aacute;s votos, ser&iacute;a la que se pondr&iacute;a en pr&aacute;ctica para recuperar la aguja. <em>Si lo dese&aacute;is</em> &ndash; a&ntilde;adi&oacute; el alcalde- <em>os pod&eacute;is reunir los cinco y poner en com&uacute;n vuestros saberes para proponer una soluci&oacute;n conjunta.</em> Pero a lo largo de la tarde, ninguno de los cinco comerciantes quiso reunirse con los dem&aacute;s. Los cinco so&ntilde;aban con que su propuesta ser&iacute;a la m&aacute;s votada y con ello, pasar&iacute;an a la historia pues ser&iacute;an bordados como h&eacute;roes en el manto de Pandereta. Pero, para eso, primero tendr&iacute;an que encontrar la aguja, claro estaba.
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; la tarde. Toda la aldea se encontraba ya reunida en la plaza, expectante por conocer el motivo de esa convocatoria tan apresurada.
    </p><p class="article-text">
        Comenz&oacute; hablando el alcalde.
    </p><p class="article-text">
        <em>Buenas tardes y gracias a todos por venir. Hac&iacute;a tiempo que nuestro pueblo no sufr&iacute;a un dilema igual &ndash; se retir&oacute; el sudor de la frente con un pa&ntilde;uelo y continu&oacute;- La aguja de Pandereta se ha perdido en el pajar y como sab&eacute;is, es de gran importancia recuperarla para que nuestra querida do&ntilde;a pepita, pueda seguir bordando la historia de nuestra aldea. </em>
    </p><p class="article-text">
        Tras las palabras del alcalde, se arm&oacute; un gran revuelo.
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>- <em>&iexcl;Es el s&iacute;mbolo de nuestra aldea! &iquest;qu&eacute; vamos a hacer sin la aguja de Pandereta? </em>dijo una se&ntilde;ora;</li>
                                    <li>- <em>&iquest;Qui&eacute;n la ha perdido? &iquest;qui&eacute;n ha sido el culpable?</em> vociferaba un se&ntilde;or;</li>
                                    <li>- <em>No podremos celebrar las fiestas sin el bordado de este a&ntilde;o&hellip;</em> dijo una ni&ntilde;a;</li>
                                    <li>- <em>Pero, &iquest;c&oacute;mo vamos a encontrar una aguja en un pajar? &iexcl;eso es imposible!</em>, a&ntilde;adi&oacute; otro asistente.</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        <em>&iexcl;Calmaaaaaa!, </em>grit&oacute; el alcalde. <em>Ayer por la tarde encargu&eacute; a los cinco comerciantes que pensasen en soluciones para encontrar la aguja dentro del pajar. Ahora los vamos a escuchar. Vosotros votar&eacute;is la opci&oacute;n que os parezca m&aacute;s acertada y eso ser&aacute; lo que haremos para recuperarla. </em>
    </p><p class="article-text">
        Acto seguido, el alcalde se gir&oacute; hacia los comerciantes.<em> Pod&eacute;is comenzar a exponer vuestras propuestas.</em>
    </p><p class="article-text">
        El primer comerciante en hablar, se coloc&oacute; en el centro de la plaza mientras se abotonaba la chaqueta. <em>Con el sosegado talante que caracteriza a los habitantes de Pandereta, ocho de vosotros, entrareis con mucho cuidado al pajar y os situar&eacute;is en grupos de dos. Cada pareja se posicionar&aacute; en una esquina diferente y entonces, os descalzar&eacute;is &iquest;Y por qu&eacute; digo esto, compa&ntilde;eros y compa&ntilde;eras? Porque vuestros pies, tambi&eacute;n son una valiosa herramienta para detectar el posible contacto con algo de metal que haya ca&iacute;do sobre el suelo. Lo que haremos despu&eacute;s, lo revelo en este Manual de Resistencia. S&oacute;lo os dir&eacute; que esto no ser&aacute; un trabajo de coalici&oacute;n, sino de cooperaci&oacute;n, donde cada uno tiene que tener muy claro el lugar que ocupa dentro del pajar. Estoy seguro de que con mi Manual y con esta f&oacute;rmula de cooperaci&oacute;n, encontraremos la aguja de Pandereta. </em>
    </p><p class="article-text">
        El segundo comerciante parec&iacute;a algo inquieto. Despu&eacute;s de tocarse varias veces la nariz y apretar con fuerza su mand&iacute;bula, comenz&oacute; su discurso <em>&iquest;No lo escuch&aacute;is? Es el silencio. El silencio de las soluciones absurdas &iquest;No lo sent&iacute;s? Es nuestra oportunidad &iquest;Qui&eacute;n no ha so&ntilde;ado alguna vez con volar? &iexcl;Pues vamos a volar ciudadanos! Con estas cuerdas el&aacute;sticas que yo mismo enganchar&eacute; en el techo del pajar, con un arn&eacute;s y con una lupa de 50 aumentos, nos iremos turnando, democr&aacute;ticamente, para buscar a ras de la paja y sin tocar el suelo, la aguja &iquest;No lo veis? &iexcl;Donde unos hacen una desgracia, yo hago una oportunidad! Una oportunidad liberal y con soluciones abiertas al mundo, para encontrar nuestra querida aguja que tanto esfuerzo nos ha costado preservar &iexcl;Vamos Pandereta, vamos ciudadanos!</em>
    </p><p class="article-text">
        El tercer comerciante, apareci&oacute; ante el auditorio con una apariencia un tanto exhausta. Posiblemente su aspecto se debi&oacute; a que &eacute;l solo hab&iacute;a estado empujado el carro que lo acompa&ntilde;aba. El cual, por cierto, deb&iacute;a de pesar mucho. Se puso un mech&oacute;n de pelo detr&aacute;s de la oreja y comenz&oacute; a hablar. <em>Compa&ntilde;eras, la f&oacute;rmula m&aacute;s eficaz de encontrar una aguja en un pajar, es utilizando un utensilio que yo mismo he creado. He sudado sudor y l&aacute;grimas para conseguirlo, he trabajado sin descanso desde que el alcalde me pidi&oacute; ayuda, pero aqu&iacute; os lo traigo. Porque el pueblo no tiene porqu&eacute; humillarse y entrar descalzo a un pajar. Eso se tiene que decidir por consenso. O nos descalzamos todos o nadie sin zapatos.</em> Acto seguido destap&oacute; la manta que cubr&iacute;a su pesado carro. <em>Aqu&iacute; lo ten&eacute;is. Este im&aacute;n gigante est&aacute; fabricado con neodimio N42, el material con mayor densidad de flujo magn&eacute;tico descubierto hasta el d&iacute;a de hoy. Moveremos este pesado im&aacute;n que llevo en el carro hasta el pajar y una vez all&iacute;, todas unidas, podremos cogerlo y posicionarlo tras la puerta. Tiene tanta potencia, que ser&aacute; tremendamente sencillo encontrar la aguja. Tan sencillo como que la aguja ir&aacute; ella sola a pegarse a &eacute;l.</em>
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; el turno del cuarto comerciante. Con una sonrisa impecable mientras apretaba la mano a los aldeanos que ten&iacute;a cerca, comenz&oacute; a hablar. <em>Esa gran Pandereta. La Pandereta de los balcones. Aunque otros pueblos &ldquo;carcas&rdquo; se crean que no vamos a ser capaces de encontrar la aguja, les vamos a demostrar que s&iacute;, que ser de Pandereta es una apuesta segura. Lo que haremos ser&aacute; sencillo, pero eficaz. Los grandes hombres de este, nuestro hogar, entraremos al pajar y buscaremos. Nuestras queridas mujeres nos esperar&aacute;n fuera para alimentarnos cuando tengamos hambre o darnos agua cuando tengamos sed, para traernos camisas limpias o para darnos palabras de apoyo cuando las necesitemos. Y as&iacute;, con trabajo duro pero de forma ordenada, encontraremos la aguja de Pandereta. </em>
    </p><p class="article-text">
        Casi al final de la plaza, por el extremo del lado derecho, comenz&oacute; a hablar con un tono muy firme el quinto comerciante. <em>Basta ya de tonter&iacute;as. Por nuestra aldea de Pandereta y sobre todo, por nuestro s&iacute;mbolo &iexcl;la gran aguja! tenemos que demostrarle al mundo de lo que somos capaces en esta gran tierra de tradiciones. Ni pies descalzos, ni imanes, ni cuerdas el&aacute;sticas &iexcl;No se&ntilde;or! Por nuestro honor, vamos a prenderle fuego al pajar &iexcl;Ya ver&eacute;is que pronto aparece la aguja! &iexcl;Ja! &iquest;Qu&eacute; importa si aparece chamuscada? &iquest;Eh? Seguro que do&ntilde;a pepita, por el amor que siente por Pandereta, la utilizar&iacute;a aunque estuviera envuelta en llamas y se le quemasen las manos al bordar &iexcl;Arriba Pandereta!</em>
    </p><p class="article-text">
        Tras el &uacute;ltimo discurso, el alcalde trag&oacute; saliva y tom&oacute; la palabra.
    </p><p class="article-text">
        <em>Despu&eacute;s de escuchar las cinco propuestas de los comerciantes, todos nos retiraremos a nuestras casas a reflexionar. Al caer el sol, volveremos a reunirnos en la plaza y procederemos a las votaciones</em>.
    </p><p class="article-text">
        El alcalde, cuando vio que los habitantes se empezaban a retirar, con mirada c&oacute;mplice, se acerc&oacute; a la anciana. <em>Vaya usted tambi&eacute;n a descansar, do&ntilde;a pepita. Confiemos en nuestra aldea y en nuestros comerciantes. Seguro que recuperaremos la aguja. No se preocupe</em>. Le dio un abrazo y &eacute;l tambi&eacute;n se fue a reflexionar.
    </p><p class="article-text">
        <em>Hombre</em> &ndash;pensaba do&ntilde;a pepita de camino a su casa- <em>entre incendiar el pajar u organizar una b&uacute;squeda siguiendo el manual ese de resistencia, pues la segunda opci&oacute;n me parece m&aacute;s segura. Al menos, no se quemar&iacute;a el pajar. Pero claro, no sabemos cu&aacute;l es realmente el plan del primer comerciante pues no lo ha desvelado&hellip; Lo de las cuerdas y volar, suena divertido. Pero a m&iacute;, con mi edad, no me dejar&iacute;an participar. Lo de la familia, yo no tengo marido al que ir a darle de comer ni de beber, as&iacute; es que tampoco podr&iacute;a ayudar mucho en esta opci&oacute;n. Y lo del im&aacute;n, eso ser&iacute;a tambi&eacute;n cosa de la gente joven, porque es la que tiene m&aacute;s fuerza para sujetar un invento de esas caracter&iacute;sticas&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        Casi hab&iacute;a llegado, cuando de repente escuch&oacute; un ladrido. Se acerc&oacute; hasta la puerta de su casa y all&iacute; estaba, frente a ella, el mismo perro que fue a sacar del pajar cuando se le perdi&oacute; la aguja.
    </p><p class="article-text">
        El perro se qued&oacute; mir&aacute;ndola con ojos tristes, como si le estuviera pidiendo perd&oacute;n por el l&iacute;o que hab&iacute;a montado. Do&ntilde;a pepita extendi&oacute; su brazo y lo acarici&oacute;. <em>No te preocupes perro, t&uacute; s&oacute;lo has sido el desencadenante de esta historia. Tanto bordar y bordar, que se me hab&iacute;a olvidado levantar la vista y mirar a mi alrededor</em>. <em>Tanto escuchar a mi propia cabeza haciendo las cuentas del bordado, que se me hab&iacute;a olvidado escuchar a los dem&aacute;s&hellip;</em> <em>Si lo pienso bien, gracias a que te colases en el pajar y a toda esta historia de las votaciones, hoy he descubierto d&oacute;nde vivo y qu&eacute; es esta aldea de Pandereta&hellip; </em>
    </p><p class="article-text">
        El perro, agradecido por el tono cari&ntilde;oso en la voz de la anciana, sac&oacute; la lengua para mostrarle, entre lametazos y sonidos guturales, el afecto tan grande que sent&iacute;a por ella. &nbsp;Leng&uuml;etazo va, leng&uuml;etazo viene, de repente al perro le comenz&oacute; a faltar el aire, como si tuviera algo atascado en la garganta. Despu&eacute;s de unas cuantas toses, el animal consigui&oacute; recuperar el aliento hasta que finalmente escupi&oacute; algo met&aacute;lico. Do&ntilde;a pepita se agach&oacute; para observar de cerca qu&eacute; era aquel objeto que hab&iacute;a estado a punto de dejar sin aire al pobre perro. Cuando consigui&oacute; cogerlo con sus manos, no pod&iacute;a creer lo que ve&iacute;a &iexcl;Era la aguja de Pandereta!
    </p><p class="article-text">
        El perro mir&oacute; a la anciana de nuevo ahora con cara de alivio, le dio otro lametazo y se fue.
    </p><p class="article-text">
        Do&ntilde;a pepita apret&oacute; la aguja con fuerza durante un rato entre sus dedos. Se sent&iacute;a aliviada, feliz. Era como si recuperando ese peque&ntilde;o instrumento, recuperase una parte fundamental de ella misma. Entr&oacute; a casa y la guard&oacute; en su cajita de cristal.
    </p><p class="article-text">
        Ya era la hora de volver a la plaza para votar. La anciana cogi&oacute; la cajita y se la meti&oacute; en el bolsillo de su chaqueta de lana.
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a la plaza, fue a buscar al alcalde. Los dos se abrazaron de alegr&iacute;a por la noticia pero decidieron no decir nada a los aldeanos hasta despu&eacute;s de las votaciones. Los dos quer&iacute;an ser testigos de c&oacute;mo su aldea, era capaz o no, de resolver el dilema.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s nunca dijeran que la hab&iacute;an encontrado.
    </p><p class="article-text">
        O quiz&aacute;s s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Comenzaron las votaciones&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/aguja-pandereta_1_1301725.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Oct 2019 09:31:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La aguja de Pandereta]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El hombre del saco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/hombre-saco_1_1348807.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/132234f4-b22b-4be3-beea-f7f771e905b5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El hombre del saco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hasta hace poco, su alimentación se basaba principalmente en tres platos principales: el odio, el miedo y la sumisión. En los últimos tiempos, ha incluido en su dieta otros dos más: la soledad y el vacío"</p><p class="subtitle">"Nos sentimos ya tan familiarizadas cargando este peso, que a veces se nos olvida que todas nacimos teniendo forma humana y que nosotras no necesitábamos formar parte de esto. De un maldito saco"</p></div><p class="article-text">
        I
    </p><p class="article-text">
        No se sabe con exactitud cu&aacute;ntos a&ntilde;os tiene. Ni c&oacute;mo es su casa.
    </p><p class="article-text">
        Ni si es capaz de so&ntilde;ar, aunque s&oacute;lo sea por las noches.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; se sabe del hombre del saco, es que existe uno por cada pa&iacute;s soberano que hay en el mundo, lo cual hace un total de 194 ejemplares repartidos por todo el planeta.
    </p><p class="article-text">
        Aunque cada uno tiene unos rasgos diferentes, todos comparten bastantes cosas en com&uacute;n. Se podr&iacute;a decir que, en realidad, es un &uacute;nico ser capaz de estar en todos los sitios a la vez.
    </p><p class="article-text">
        Una de sus particularidades, es su reloj de pulsera. Aunque lo lleva puesto por fuera, lo tiene integrado por dentro. Es como su reloj biol&oacute;gico y con &eacute;l va marcando el ritmo de nuestras vidas.
    </p><p class="article-text">
        Hasta hace poco, su alimentaci&oacute;n se basaba principalmente en tres platos principales: el odio, el miedo y la sumisi&oacute;n. En los &uacute;ltimos tiempos, ha incluido en su dieta otros dos m&aacute;s: la soledad y el vac&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Mientras come, le suceden muchas cosas.
    </p><p class="article-text">
        La primera es que su musculatura se agranda. Sobre todo la de su cuello. A veces come con tanta ansiedad que ni siquiera mastica. Es entonces cuando su voz se hace m&aacute;s fuerte y llega hasta nuestras cabezas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Sabes cu&aacute;ndo sientes con el coraz&oacute;n que quieres hacer algo pero, de repente, otro pensamiento m&aacute;s oscuro se apodera de ti y entonces el miedo te hace cambiar de opini&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Pues que sepas que eso te lo ha dicho &eacute;l. Has escuchado su voz y t&uacute; te lo has cre&iacute;do. Vuelves a hacer lo que &eacute;l quiere. Y t&uacute; que te pensabas que eras libre.
    </p><p class="article-text">
        Para no escucharlo, tienes que cazarlo antes de que consiga entrar en tu cabeza.
    </p><p class="article-text">
        La alarma de que se est&aacute; acercando, es ese cambio de pensamiento repentino que te he contado antes. S&iacute;, ese que tenemos cuando nos da miedo seguir a nuestra intuici&oacute;n. Pero si adem&aacute;s luego, te entran muchas ganas de comprarte cosas que no necesitas &iexcl;Zas! Ah&iacute; lo tienes. Otro de sus objetivos vitales es que confundamos la libertad con el consumismo. Y de paso, que terminemos con toda la naturaleza del planeta.
    </p><p class="article-text">
        No lo escuches.
    </p><p class="article-text">
        En su organismo, pasan m&aacute;s cosas mientras se alimenta.
    </p><p class="article-text">
        Cuando hace la digesti&oacute;n, en vez de ser el coraz&oacute;n el que bombea la sangre por el resto de su cuerpo, es otro &oacute;rgano el que est&aacute; al mando.
    </p><p class="article-text">
        Se trata del mismo &oacute;rgano que, mal utilizado, lo ha convertido en un <em>macho alfa</em> dominante. Ese &oacute;rgano, que siempre est&aacute; duro, controla su cerebro y &uacute;nicamente hace un movimiento. Arriba o m&aacute;s arriba. Adem&aacute;s le provoca que siempre quiera m&aacute;s.  
    </p><p class="article-text">
        Pero su anomal&iacute;a f&iacute;sica m&aacute;s inquietante es el saco. Y a &eacute;ste por desgracia, s&iacute; que lo conozco bien&hellip;
    </p><p class="article-text">
        El saco est&aacute; formado por una extensi&oacute;n de piel humana que sobresale por su espalda. Se conecta directamente con el est&oacute;mago por medio de un tercer intestino que funciona de la siguiente manera. Cada vez que ingiere uno de sus cinco platos favoritos -el odio, el miedo, la sumisi&oacute;n, la soledad o el vac&iacute;o- el tercer intestino se pone en marcha para transformar el alimento, que acabar&aacute; siendo convertido en monedas de oro y depositado, ya con su nueva forma, en el saco.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; es que deb&eacute;is de saber que este personaje no lleva a ni&ntilde;os dentro de su saco. Lo que se lleva es su esencia. Nuestra esencia inocente de ni&ntilde;os, esa que nos hac&iacute;a ser valientes y tener sue&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Con el miedo, la sumisi&oacute;n y tantas otras emociones destructivas y paralizantes que &eacute;l crea, con esas, se alimenta y genera sus monedas de oro que es lo que verdaderamente lleva en su saco. Un bot&iacute;n que antes o despu&eacute;s, todos acabaremos sujetando.
    </p><p class="article-text">
        II
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Alguna vez os ha dicho una vieja &ldquo;qu&eacute; viene el hombre del saco&rdquo;?
    </p><p class="article-text">
        Pues a m&iacute; me lo dijo y no me lo cre&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        No me lo cre&iacute; ni yo, ni ninguno de los que estamos aqu&iacute; detr&aacute;s, pegados a su espalda.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la vieja me lo dijo, no hice nada. Me qued&eacute; parada y entonces &eacute;l vino. Vaya que s&iacute; vino.
    </p><p class="article-text">
        Lo primero que hizo fue decirme que su saco se estaba rompiendo y que se lo cosiera con hilo de oro. Yo no ten&iacute;a hilo de oro, as&iacute; es que me dijo que entonces me despellejar&iacute;a y que, con mi piel, se har&iacute;a un saco nuevo a&uacute;n m&aacute;s grande.
    </p><p class="article-text">
        III
    </p><p class="article-text">
        Todo fue muy r&aacute;pido. Ni siquiera me doli&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora he perdido la cuenta de cu&aacute;ntas personas estamos aqu&iacute; detr&aacute;s, despellejadas, formando parte de su saco y condenadas a sujetar sus monedas de oro.
    </p><p class="article-text">
        Nos sentimos ya tan familiarizadas cargando este peso, que a veces se nos olvida que todas nacimos teniendo forma humana y que nosotras no necesit&aacute;bamos formar parte de esto. De un maldito saco.
    </p><p class="article-text">
        Los otros despellejos humanos tambi&eacute;n me cuentan que todo fue muy r&aacute;pido. Que ni se dieron cuenta de su transformaci&oacute;n. Tampoco le hicieron caso a la vieja cuando les dijo que ven&iacute;a el hombre del saco y aqu&iacute; estamos todos, que ya ni sabemos de qui&eacute;n es el trozo de piel que tenemos al lado.
    </p><p class="article-text">
        Todos coincidimos en que es bastante c&oacute;modo ser un mero instrumento y componer entre todos, su saco. No tienes que hacer nada. Ni siquiera pensar. Bueno s&iacute;, tienes que hacer algo. Sujetar sus monedas de oro. Pero resulta que, con el tiempo, nos ha acabado gustando el oro a nosotros tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Yo ya no s&eacute; qu&eacute; har&iacute;a si no estuviera aqu&iacute; pegada. Me he acostumbrado a ser  una mera extensi&oacute;n de algo m&aacute;s grande que t&uacute; y que yo y que todos nosotros. Algo a lo que no le ves el rostro pero que siempre est&aacute; contigo. &Eacute;l decide por donde caminar. Nosotros s&oacute;lo tenemos que seguir sujetando su bot&iacute;n. Aqu&iacute; detr&aacute;s. Eso s&iacute;, siempre por detr&aacute;s de &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        No entiendo por qu&eacute; la vieja sigue avisando: &iexcl;Qu&eacute; viene el hombre del saco! Creo que ella fue la &uacute;nica en salir corriendo cuando ven&iacute;a. Y ahora su vida consiste en recordar a los que a&uacute;n son libres, que hagan algo. Que no se queden quietos esperando a que venga y les despelleje.
    </p><p class="article-text">
        Pobre vieja.
    </p><p class="article-text">
        Con lo bien que se vive en este maldito saco&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/hombre-saco_1_1348807.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Sep 2019 10:33:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El hombre del saco]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Piedras en el zapato]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/piedras-zapato_1_1382737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f81b91fb-5200-44cb-a95b-9a0bc6ac8176_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Piedras en el zapato"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Puede ser que algún día de lluvia me resbale por no tener bien atado el cordón. Pero ya nunca más me caeré por estar mareada porque ya sé cómo hacer para que mis zapatos parezcan nuevos y que, simplemente, me acompañen al caminar</p></div><p class="article-text">
        Ser&iacute;a extra&ntilde;o que no me entrasen piedras en el zapato.&nbsp; Ser&iacute;a como andar alejada de la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta tambi&eacute;n que me entre un poquito de agua en el pie cuando llueve. Supongo que la ranura con forma de p&eacute;talo que tiene mi zapato izquierdo, hace que, por naturaleza, la lluvia quiera regarlo.
    </p><p class="article-text">
        En el derecho en cambio, me pasa algo diferente. Se trata del cord&oacute;n, que es muy corto. Si tiro mucho de &eacute;l consigo hacer un lazo con sus dos lados, pero entonces mi pie se asfixia y me mareo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a que camin&eacute; con estos zapatos por este asfalto desconocido, hubo una tormenta.
    </p><p class="article-text">
        Yo a&uacute;n no sab&iacute;a lo de mis mareos y, para no resbalarme, ate muy fuerte el cord&oacute;n derecho. Lo ate tan tan fuerte que, cuando pisaba con &eacute;l, sent&iacute;a que me faltaba el aire.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, lo que sucedi&oacute; en mi pie izquierdo, fue diferente.
    </p><p class="article-text">
        Es verdad que llov&iacute;a mucho y mi zapato se empap&oacute; m&aacute;s de la cuenta. Por su agujero, &eacute;se con forma de p&eacute;talo, entr&oacute; tanta agua que me parec&iacute;a estar flotando dentro de una balsa inundada.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; es que, mientras caminaba, me ahogaba por el lado izquierdo y me asfixiaba por el derecho.
    </p><p class="article-text">
        En el momento en que decid&iacute; buscar refugio, fue cuando comenc&eacute; a escuchar mis propios pasos:
    </p><p class="article-text">
        Izquierdo: <em>tengo fr&iacute;o</em>. Derecho: <em>no puedo respirar; </em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Izquierdo: <em>&iquest;qu&eacute; d&iacute;a es hoy?</em> Derecho: <em>no nos dejan desembarcar;</em>
    </p><p class="article-text">
        Izquierdo: &iquest;<em>qui&eacute;n me ha tra&iacute;do aqu&iacute;</em>? Derecho: <em>ya no hay vuelta atr&aacute;s;</em>
    </p><p class="article-text">
        Izquierdo: <em>no reconozco este mundo</em>. Derecho: <em>&iquest;d&oacute;nde est&aacute; la humanidad?</em>
    </p><p class="article-text">
        Un rel&aacute;mpago.
    </p><p class="article-text">
        Y me desmay&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Desde aquel d&iacute;a, a veces pienso si no ser&iacute;a mejor conseguir otros zapatos. &Eacute;stos s&oacute;lo me traen malos recuerdos.
    </p><p class="article-text">
        Pero es que yo no quiero otros.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, ahora ya s&eacute; lo que tengo que hacer para no escucharlos hablar. Es cuesti&oacute;n de no forzar el encuentro entre los dos extremos del cord&oacute;n derecho y no atarme ese pie.
    </p><p class="article-text">
        He descubierto tambi&eacute;n que, si dejo la abertura justa, hay d&iacute;as en que se cuelan piedras peque&ntilde;itas dentro &iexcl;Me encanta sentirlas debajo de mi pie! Cuando eso sucede, piso con tanta fuerza el asfalto que se acaban pegando a mi piel y me hacen cosquillas.
    </p><p class="article-text">
        Pero en realidad, lo que de verdad me gusta, es creer que esta nueva tierra y yo estamos cerca. As&iacute;. Con sus piedras dentro de mi zapato.
    </p><p class="article-text">
        Puede ser que alg&uacute;n d&iacute;a de lluvia me resbale por no tener bien atado el cord&oacute;n. Pero ya nunca m&aacute;s me caer&eacute; por estar mareada porque ya s&eacute; c&oacute;mo hacer para que mis zapatos parezcan nuevos y que, simplemente, me acompa&ntilde;en al caminar.
    </p><p class="article-text">
        Por eso no quiero otros.
    </p><p class="article-text">
        Estos son mis nuevos zapatos.
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a extra&ntilde;o que no me entrasen piedras al caminar. Ser&iacute;a como volver a estar alejada de la tierra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Díaz Beyá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/piedras-zapato_1_1382737.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Aug 2019 09:27:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Piedras en el zapato]]></media:title>
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