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    <title><![CDATA[elDiario.es - Francisco Martorell Campos]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/francisco_martorell_campos/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Francisco Martorell Campos]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Antonio García Maldonado: "Somos así de contradictorios, entre el sueño ilustrado y la pesadilla romántica"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/antonio-garcia-maldonado-contradictorios-sueno-ilustrado-pesadilla-romantica_128_7171775.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/56e1f004-00c7-4842-9411-1e36cf78b03c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio García Maldonado: &quot;Somos así de contradictorios, entre el sueño ilustrado y la pesadilla romántica&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El ensayista, que trabaja actualmente para el Ministerio de Asuntos Exteriores, hermana academia y cultura popular en 'El final de la aventura' (La Caja Books, prologado por Manuel Cruz), un libro absorbente que utiliza el feliz concepto de aventura para diagnosticar un rumbo equivocado</p></div><p class="article-text">
        Aunque <a href="http://antoniogarciamaldonado.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Antonio Garc&iacute;a Maldonado (M&aacute;laga, 1983)</a> es consultor y profesor de asuntos p&uacute;blicos y se desempe&ntilde;a como asesor pol&iacute;tico y redactor de discursos, su mirada busca trascender la coyuntura a la que se debe y responder a una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: &iquest;Por qu&eacute;, pese a tantos avances cient&iacute;fico-t&eacute;cnicos, vivimos una era de malestar creciente con nuestra realidad? &iquest;A qu&eacute; se debe el malestar? Este ensayista, que ha trabajado en los gabinetes de la Presidencia del Gobierno y del Senado, y que actualmente lo hace en el Ministerio de Asuntos Exteriores, hermana academia y cultura popular en <a href="https://www.lacajabooks.com/libro/el-final-de-la-aventura/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El final de la aventura</em></a><a href="https://www.lacajabooks.com/libro/el-final-de-la-aventura/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> (La Caja Books, prologado por Manuel Cruz)</a>, un libro absorbente que utiliza el feliz concepto de aventura para diagnosticar un rumbo equivocado. Si entendemos, como hace Maldonado, que la aventura es una empresa en la que al volcar nuestra vocaci&oacute;n o nuestra suerte contribuimos, aun sin buscarlo, a ensanchar los horizontes colectivos, &iquest;queda alguna en pie o a la vista? &iquest;Lo son la lucha contra el cambio clim&aacute;tico o la potencial colonizaci&oacute;n espacial? &iquest;Y qu&eacute; ocurre con las necesidades del aqu&iacute; y el ahora? El problema no es que sepamos demasiado y ya queden pocas cotas que alcanzar, sino que el conocimiento que se requiere para traspasar las nuevas fronteras de conocimiento parece reducido a una minor&iacute;a que se ha escindido de la comunidad. Parad&oacute;jicamente en su nombre. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Su ensayo traza un diagn&oacute;stico de la situaci&oacute;n actual muy original, tomando como referente la noci&oacute;n de aventura, y en concreto la incapacidad de embarcarse en ella. &iquest;Podr&iacute;a explicar qu&eacute; entiende por aventura?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Entiendo por aventura una empresa en la que una vocaci&oacute;n individual, o una vida sin demasiados prop&oacute;sitos, e incluso sin pretenderlo, contribuye a ampliar de alguna forma los horizontes colectivos. En el libro menciono varias: las expediciones de los navegantes en las que se enrolaban expertos en cartograf&iacute;as o malandrines que escapaban de una condena. Sin buscarlo, fueron parte de una aventura personal que tuvo efectos en la vida de todos. O las caravanas hacia el oeste de Estados Unidos en busca de prosperidad con el oro, que al final definieron la geograf&iacute;a de un pa&iacute;s y su proyecci&oacute;n ante el mundo. Eleg&iacute; utilizar escenas de 'Master and Commander', la pel&iacute;cula de Peter Weir sobre dos buques que se persiguen en el Atl&aacute;ntico Sur durante las guerras napole&oacute;nicas, porque me permit&iacute;a precisamente eso, mostrar la aventura como trance involuntario pero determinante.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Qu&eacute; le llev&oacute; a adoptar la aventura como marco interpretativo de la sociedad?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo que me llev&oacute; a adoptar ese concepto fue mi propio malestar y mi propia incapacidad para encontrar una aventura o, si la encontraba, para verme involucrado en ella. En un momento dado, me sent&iacute;a cansado de lo que hac&iacute;a, quiz&aacute; desencantado, y quise cambiar, pero no vi opci&oacute;n. Todo era demasiado costoso, o llevaba demasiado tiempo, o contradec&iacute;a demasiado mi propia vida. M&aacute;s all&aacute; de mi caso, no es que no queden aventuras, que s&iacute; quedan, y a ellas dedico la segunda parte del libro. Pero esas aventuras implican hoy un nivel de conocimiento y formaci&oacute;n que las hace inaccesibles para la mayor&iacute;a. Para colmo, se han desplegado discursos excluyentes en los que solo parece aportar quien trabajaba en una tecnol&oacute;gica o hace no s&eacute; cu&aacute;ntos m&aacute;steres. Los dem&aacute;s, empezando por los funcionarios y terminando por trabajadores de sectores m&aacute;s tradicionales y los de menos formaci&oacute;n, parecen merecedores de sus dificultades o miserias. La pandemia nos ha mostrado lo falaz de esos discursos, porque quienes nos sacaron las casta&ntilde;as del fuego en primer lugar fueron trabajadores precarios como repartidores o cajeras, o profesionales muy desgastados como m&eacute;dicos o enfermeras del sistema p&uacute;blico de salud, o polic&iacute;as rasos, o cuidadores. En paralelo estaba la investigaci&oacute;n puntera de la vacuna, de los tratamientos, de la log&iacute;stica de los transportes, etc. Todo y todos, desde el trabajador m&aacute;s b&aacute;sico hasta el t&eacute;cnico m&aacute;s especializado, fueron necesarios. Hay una an&eacute;cdota que se le atribuye a John F. Kennedy que me gusta como resumen. Cuentan que fue a ver c&oacute;mo funcionaban las instalaciones de la NASA en las que se trabajaba para la misi&oacute;n Apolo XI, y que se acerc&oacute; a un simple operario que parec&iacute;a trabajar en tareas b&aacute;sicas de limpieza o mantenimiento. Le pregunt&oacute; a qu&eacute; se dedicaba all&iacute; y el hombre le respondi&oacute;: &ldquo;trabajo para poner a un hombre en la Luna&rdquo;. Luego vino el discurso meritocr&aacute;tico falaz de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, el &ldquo;yo me lo he currado&rdquo;, el &ldquo;self-made man&rdquo; y pas&oacute; lo que pas&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La Ilustraci&oacute;n adjudic&oacute; al conocimiento y a la tecnolog&iacute;a la capacidad de liberar a la humanidad. Sin embargo, deja patente que el progreso producido en ambos apartados durante los &uacute;ltimos siglos produce, aparte de efectos beneficiosos innegables, no pocas secuelas indeseables, entre ellas el disuadirnos de la aventura. &iquest;A qu&eacute; se debe, en su opini&oacute;n, esta paradoja? &iquest;Por qu&eacute; conocer m&aacute;s nos lleva a aventurarnos menos? &iquest;Qu&eacute; ha motivado que el conocimiento ya no aporte seguridad? &iquest;Cu&aacute;les son los roles de la tecnolog&iacute;a en dichas circunstancias?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Sigo creyendo firmemente en la Ilustraci&oacute;n, o en ese ox&iacute;moron que podemos llamar &ldquo;el sue&ntilde;o ilustrado&rdquo;. Pero hay que actualizarlo, ponerlo a punto desde todo lo que ya sabemos, que es much&iacute;simo. Empezando por las trampas de nuestra propia mente y nuestra concepci&oacute;n de sujetos racionales que eligen libremente en base a c&aacute;lculos de coste-beneficio. Respecto a por qu&eacute; nos aventuramos menos, una de las diferencias entre nuestra &eacute;poca y las anteriores es la de los incentivos que nos empujan a hacer las cosas. Antes, la ignorancia jugaba un papel importante, porque funcionaba como promesa. Ahora se sabe mucho, y me pregunto si no sabemos demasiado para seg&uacute;n qu&eacute; cosas. El conocimiento es hijo de la ignorancia, y eso se pierde en una &eacute;poca en la que todo se mide con much&iacute;sima precisi&oacute;n y con proyecciones en el tiempo realmente asombrosas. Si s&eacute; que en el cabo de Hornos me va a pillar la tormenta del siglo, no ir&eacute;. Pero eso lo desconoc&iacute;a el que fue, o al menos desconoc&iacute;a su alcance, pero consigui&oacute; doblegarlo y extrajo as&iacute; un saber importante para el progreso colectivo. Todo esto se produce porque hemos tenido &eacute;xito en muchas aventuras, y por eso en el libro insisto en que es secundario lo de buscar villanos, aunque algunos haya. La cuesti&oacute;n es: llegados a este punto, en el que sabemos tanto hasta pensar que est&aacute; casi todo hecho, o en v&iacute;as de hacerse, o en el negociado de una vanguardia cient&iacute;fico-t&eacute;cnica, &iquest;qu&eacute; hacemos ahora entre todos?
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Por qu&eacute; justo cuando m&aacute;s sabemos y mejores son (con todos los matices leg&iacute;timos que se quieran interponer) las condiciones materiales de vida menos creemos en el progreso y nos volvemos fatalistas y apocal&iacute;pticos?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por un lado, es por el &eacute;xito en el mismo progreso. Las nuevas aventuras ya no son tan evidentes, requieren m&aacute;s t&eacute;cnica y m&aacute;s hiperespecializaci&oacute;n, y para hacerlas aventuras colectivas se requieren pol&iacute;ticas m&aacute;s cohesionadoras y discursos m&aacute;s inclusivos. Pero venimos de unas d&eacute;cadas en las que se valoraba lo contrario. Una de las cosas m&aacute;s parad&oacute;jicas de este tiempo es que la educaci&oacute;n superior fuera m&aacute;s cara cuando m&aacute;s determinante era para la vida de cualquiera, para su incorporaci&oacute;n a esa aventura. Me sorprende de veras que nos sorprendamos de algunos s&iacute;ntomas del malestar. Por otro lado, creo que el fatalismo viene tambi&eacute;n de esa incapacidad de vernos en el futuro. No porque no haya futuro, sino porque lo que se exige para estar en &eacute;l est&aacute; fuera de nuestro alcance, o eso creemos: conocimientos profundos que hay que renovar de forma permanente y que adem&aacute;s cuestan un ojo de la cara. El presente es un lugar demasiado prosaico para quedarse a vivir, necesitamos v&iacute;as de escape, de modo que muchos compran la idea de que el futuro est&aacute; en la vuelta al pasado. Es el 'make&nbsp;<em>loquesea</em>&nbsp;great again' y el 'take back control'.<em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;El final de la aventura, brota de la condici&oacute;n &ldquo;desaventurada&rdquo; de la cultura o al contrario?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Bueno, no soy nada nost&aacute;lgico a ese respecto. Creo que la cultura, aun estando mal si miramos las cuentas de resultados de muchos protagonistas, siendo todo mejorable, nunca ha sido tan potente ni ha sido tan accesible. Como lector, como escritor, como lo que sea que me defina como alguien que forma parte de la cultura, no cambio mi &eacute;poca por ninguna otra. Pienso que parte del lamento nace m&aacute;s del potencial ben&eacute;fico desaprovechado que vemos en ella que de un an&aacute;lisis ponderado de su salud. Dicho esto, esa estupenda sobreoferta hay que equilibrarla estimulando la demanda, y no recortando en la producci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Este malestar contempor&aacute;neo, caracterizado por la hegemon&iacute;a de la incertidumbre, la ansiedad, la desconfianza y el miedo, &iquest;c&oacute;mo conecta con el final de la aventura?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        La aventura es algo que, por definici&oacute;n, como el progreso, te lleva hacia adelante. Pero vivimos en una &eacute;poca en el que las grandes ideolog&iacute;as o proyectos emancipadores parecen muertos tras un siglo XX en gran medida atroz por causas realizadas en su nombre. Y en el siglo actual la complejidad de la revoluci&oacute;n cient&iacute;fico-t&eacute;cnica parece coto de una minor&iacute;a de expertos. Siendo as&iacute;, &iquest;qu&eacute; queda para el resto, para la mayor&iacute;a? El concepto del final de la aventura nace de esa doble pinza, pero es una resignaci&oacute;n tramposa, como la del final de la historia. El t&iacute;tulo del libro es m&aacute;s una conjura que un diagn&oacute;stico, porque aventuras hay, pero implican cambios hacia una ambici&oacute;n clara en el acceso a la educaci&oacute;n superior, que a su vez empieza en la educaci&oacute;n infantil, y en general hacia una cohesi&oacute;n social muy descuidada en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas.&nbsp;
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        <strong>Seg&uacute;n cuenta, la aventura precisa de la interrelaci&oacute;n de lo individual y lo colectivo. Hoy lo colectivo tiene mala prensa y se ha evaporado como sujeto. Solo existen individualidades narcisistas compitiendo entre s&iacute;, conforme las pautas de la l&oacute;gica neoliberal. Mal escenario para la aventura tal cual la concibe, &iquest;no?</strong>
    </p><p class="article-text">
        El narcisismo y el individualismo son parte de nosotros y no me parece mal que as&iacute; sea, hasta cierto punto. No creo que solo generen impulsos negativos, pero desde luego lo hacen cuando todo eso se hipertrofia y buscamos una trascendencia y un sentido a nuestra vida que no tiene en cuenta al otro, a la comunidad, y que pierde de vista lo que se debe al entorno, a la familia, a la suerte, en definitiva. Eso es lo que se nos ha ido de las manos en estas d&eacute;cadas. Pero algo de pulsi&oacute;n individual trascendente es necesaria, dir&iacute;a que inevitable en muchos casos. Te dec&iacute;a que creo en la ilustraci&oacute;n, o en el sue&ntilde;o ilustrado, pero hay cosas en el romanticismo que son interesantes, o necesarias para la aventura. Lo que ocurre es que, incluso el m&aacute;s narcisista, el m&aacute;s individualista, lo es en contraposici&oacute;n a otros, y al respecto deber&iacute;a responderse una pregunta que puede parecer un abismo: todo este esfuerzo personal, todo este sacrificio, &iquest;para qu&eacute;? Y ah&iacute; siempre aparece la comunidad, o el otro, aunque sea para que te digan que eres el m&aacute;s grande de los &uacute;ltimos siglos. Es un equilibrio precario. Como lo es el de la necesidad de estabilidad y seguridad y el del ansia de aventuras y nuevos horizontes. Somos as&iacute; de contradictorios, entre el sue&ntilde;o ilustrado y la pesadilla rom&aacute;ntica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Desvela la conversi&oacute;n de la aventura en un cometido privatizado y elitista, reducido a multimillonarios. Para ellos, dice acertadamente, el mundo sigue siendo fascinante, un lugar lleno de promesas, mientras que el resto vive precariamente y lo percibe como un lugar hostil. &iquest;Qu&eacute; tipo de aventuras, o pseudoaventuras, acometen las &eacute;lites? &iquest;Qu&eacute; buscan al emprenderlas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Dir&iacute;a que buscan la trascendencia, el sentido, aunque a veces se manifieste de forma extra&ntilde;a. En mi definici&oacute;n de aventura, el horizonte colectivo es innegociable, y no dudo de que cuando Aubrey de Gray o Elon Musk hablan de encontrar el final de la muerte o la forma de llegar a Marte, lo hacen con un &aacute;nimo colectivo y con buena intenci&oacute;n. Son aventuras que apasionan, que dan sentido a la vida, pero no tiene sentido que unos pocos est&eacute;n haciendo eso y una inmensa mayor&iacute;a est&eacute; viendo c&oacute;mo sus vidas se precarizan y no encuentran horizontes de prosperidad. Esto se ha analizado desde muchos frentes y desde hace a&ntilde;os, y en el libro menciono libros y estudios que lo tratan. Esa escisi&oacute;n de las &eacute;lites es significativa, porque a nivel individual y colectivo los que se quieren separar son aquellos a los que les va razonablemente bien. Pero me preocupa mucho esa separaci&oacute;n entre una minor&iacute;a hiperespecializada y una mayor&iacute;a que va a rebufo de ellos, m&aacute;s por fe en un conocimiento que parece magia que por confianza en un igual. Por eso hablo de los divulgadores cient&iacute;ficos como figuras mitol&oacute;gicas representadas con gestos sufridos que con un brazo agarran el extremo especializado y con el otro a la mayor&iacute;a que en teor&iacute;a se beneficia de esos conocimientos pero que cada vez entiende menos lo que pasa. Los divulgadores cient&iacute;ficos son y ser&aacute;n cada vez m&aacute;s esenciales para la cohesi&oacute;n social. Me gustan mucho unos versos de Le&oacute;n Felipe que utilizo en el libro: &ldquo;no es lo que importa llegar solo ni pronto, / sino llegar con todos y a tiempo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cu&aacute;ndo y por qu&eacute; se divorci&oacute; el conocimiento de la aventura y dej&oacute; de suscitar fascinaci&oacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando se supo demasiado como para que la observaci&oacute;n fuera fuente de conocimiento, y cuando &eacute;ste se privatiz&oacute;, en el sentido en que, de facto, qued&oacute; limitado a quien tuviera dinero, o contactos, o posici&oacute;n, o suerte. Cuando ocurri&oacute; todo eso y nos resignamos a que las cosas ten&iacute;an que seguir siendo as&iacute; porque, en nombre de la competitividad o de la ley del m&aacute;s fuerte, hacer otra cosa era no incentivar, o premiar al vago, o no ser competitivos. No hay ning&uacute;n designio, nada que obligue a que eso sea as&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Un detalle que distingue a su libro de la tendencia especulativa dominante es que no se detiene en la descripci&oacute;n de lo patol&oacute;gico. Propone, adem&aacute;s, medidas sanadoras. A su juicio, existen dos grandes desaf&iacute;os que podr&iacute;an restaurar el sentido originario e inspirador de la aventura: el cambio clim&aacute;tico y la colonizaci&oacute;n espacial. En lo que respecta al primero, &iquest;qu&eacute; concepto de naturaleza deber&iacute;a divulgarse y cu&aacute;les rechazarse con miras a democratizar de nuevo la aventura? En lo que respecta al segundo, &iquest;en qu&eacute; consistir&iacute;a esa aventura exactamente? &iquest;No tuvo ya su &eacute;poca?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Dedico la segunda parte del libro a hablar de aventuras tentativas de nuestra &eacute;poca, y propongo dos tras analizar el papel del trabajo. Tanto la lucha contra el cambio clim&aacute;tico como la exploraci&oacute;n espacial cumplen con la definici&oacute;n de aventura: una empresa en la que, al volcar nuestra vocaci&oacute;n o suerte individual, aportamos al horizonte colectivo. As&iacute; nos lo cuentan y as&iacute; es: aunque los esfuerzos principales correspondan a los grandes contaminadores, sabemos que nuestras acciones individuales agregadas cuentan a la hora de reducir las emisiones. Poner el aire acondicionado a 23 grados en vez de a 18 en pleno agosto puede servir, por rid&iacute;culo que parezca. O tirar la basura en el tacho correcto. Puede parecer rid&iacute;culo dado el poder de una parte y de otra, pero revela el fondo de lo que hablo: todos somos necesarios. Quiz&aacute; construir un dique con grandes compuertas en el estuario de un gran r&iacute;o o a las puertas de Venecia sea m&aacute;s lustroso que cualquier esfuerzo personal de nuestra rutina, pero est&aacute;n profundamente conectados. Respecto al cap&iacute;tulo sobre la exploraci&oacute;n espacial, est&aacute; relacionado con el posible fracaso ante la aventura del cambio clim&aacute;tico. Pero no s&oacute;lo, porque tambi&eacute;n remite a las preguntas esenciales, eso que cuando estudi&aacute;bamos filosof&iacute;a en el instituto nos explicaban como las preguntas &ldquo;primeras y &uacute;ltimas&rdquo;. La exploraci&oacute;n espacial es imagen y reflejo de todo eso, y est&aacute; presente en cualquier aventura. Ahora como realidad en s&iacute;, pero antes como instrumento: las estrellas nos guiaban en medio del oc&eacute;ano cuando no ten&iacute;amos tecnolog&iacute;a ninguna. Hay algo bonito en esa imagen, como si nos guiaran hacia ellas mismas. Lo que dec&iacute;a ET: mi casa.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;La Renta B&aacute;sica Universal no ser&iacute;a candidata a articular una nueva aventura, proyectada en una utop&iacute;a postrabajo del futuro nacida, entre otros menesteres, del progreso? &iquest;Cumple las condiciones para instituirse en meta colectiva?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Tengo mis dudas. Defiendo la Renta B&aacute;sica, y creo que llegar&aacute;, por suerte, m&aacute;s pronto que tarde. Pero no la ligo tan claramente a la aventura. Creo que liberar&aacute; muchos talentos y esfuerzos que ahora est&aacute;n volcados en trabajos extenuantes, y que todos ganaremos con ello. Pero el trabajo, sin ser una aventura, tiene un papel importante en la cohesi&oacute;n de la comunidad y en el propio papel que cada uno juega en ella. Por eso soy tan esc&eacute;ptico con conceptos como la flexiseguridad o la formaci&oacute;n permanente: la felicidad es una f&oacute;rmula compleja, que cuesta mucho encontrar, y no var&iacute;a en funci&oacute;n de lo que Amazon o Apple quiera imponer a un minorista. No es lo mismo ser panadero con tu negocio que repartidor de Glovo u operario conductor de Uber, pero parece que esto hay quien todav&iacute;a no lo entiende porque cree que si la remuneraci&oacute;n es parecida, debe serlo la satisfacci&oacute;n. Con todo eso se hacen discursos en los que, o est&aacute;s con el cambio, o eres poco menos que un par&aacute;sito. Eso me parece agotador e insostenible. Adem&aacute;s, el trabajo es importante como centro que debe equilibrar lo que uno da y recibe de la sociedad. Por eso utilizo la pel&iacute;cula 'El cazador', de Michael Cimino, para explicar ese v&iacute;nculo entre profesi&oacute;n y comunidad: todos ellos son trabajadores de una fundici&oacute;n en la que deben esforzarse y arriesgarse, pero parecen razonablemente satisfechos. Entonces, finales de los 60, todav&iacute;a creen que prosperar&aacute;n, y piensan que tienen algo que defender, un pa&iacute;s que les protege y les da oportunidades, y por eso van a Vietnam como quien va a una fiesta. Despu&eacute;s viene el desenga&ntilde;o terrible, la muerte, la locura, el malestar. Pero antes hubo vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/antonio-garcia-maldonado-contradictorios-sueno-ilustrado-pesadilla-romantica_128_7171775.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jan 2021 21:37:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Antonio García Maldonado: "Somos así de contradictorios, entre el sueño ilustrado y la pesadilla romántica"]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre la campaña ‘Basta de distopías’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/campana-basta-distopias_129_9675200.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El Gobierno ha lanzado la campa&ntilde;a &ldquo;Basta de distop&iacute;as. Volvamos a imaginar un futuro mejor&rdquo;, destinada a difundir los objetivos de la ONU para la pr&oacute;xima d&eacute;cada. El lance resulta sorprendente. Que una formaci&oacute;n gubernamental emita un mensaje tan potente y alejado de las miserias de la <em>Realpolitik</em> no ocurre todos los d&iacute;as. Sin embargo, tambi&eacute;n resulta previsible. De hecho, hace justo un a&ntilde;o afirm&eacute;, al principio de <em>Contra la distop&iacute;a</em>, que el dictamen de que las distop&iacute;as son pol&iacute;ticamente nocivas se ha viralizado en la escena progresista. A continuaci&oacute;n, a&ntilde;ad&iacute; que &ldquo;si no lo llenamos de contenido, dicho dictamen acabar&aacute; rotulando alguna pel&iacute;cula de Disney&hellip;, campa&ntilde;a de la UNESCO o entradilla de <em>Vanity Fair</em>&rdquo;. Pues bueno, no ha sido la UNESCO, sino el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 quien lo ha institucionalizado.
    </p><p class="article-text">
        Voy a encadenar cuatro observaciones sobre el asunto.
    </p><h3 class="article-text">El vuelco de UP<strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></h3><p class="article-text">
        En las elecciones del 19-N de 2019, Unidas Podemos (responsable del Ministerio citado) present&oacute; &ldquo;&iquest;Y t&uacute; qu&eacute; futuro quieres?&rdquo;, spot que mostraba un porvenir dist&oacute;pico golpeado por la poluci&oacute;n y la extrema derecha. El objetivo era aleccionar a los electores a frenar la llegada de ese futuro votando en consecuencia. Yo cuestion&eacute; en su d&iacute;a la eficacia de tama&ntilde;a estrategia y esgrim&iacute; que, salvo excepciones, la distop&iacute;a favorece la desmovilizaci&oacute;n. En el mejor de los supuestos, instiga activismos basados en la queja, dispuestos a evitar males, no a conquistar bienes. &ldquo;&iquest;Y t&uacute; qu&eacute; futuro quieres?&rdquo; confirmaba, en mi opini&oacute;n, que vastos sectores de la izquierda hab&iacute;an interiorizado el <em>modus operandi </em>de la distop&iacute;a. Varios gestos lo delatan: ondear miedos en vez de proyectos alentadores, o capitanear reivindicaciones defensivas y a la contra, en detrimento de las iniciativas ofensivas y a favor de nuevos derechos. &nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con &ldquo;Basta de distop&iacute;as&rdquo; Unidas Podemos se aleja a priori de tales pautas y pulsa, digan lo que digan los <em>haters</em>,<em> </em>tem&aacute;ticas vitales. Su petici&oacute;n, quiero creer, no es que renunciemos a leer o ver distop&iacute;as, sino que dejemos de imitarlas a la hora de conjeturar el porvenir. Disciplinas como la sociolog&iacute;a de las creencias, la psicolog&iacute;a cultural y la historia de las ideas han acreditado que las concepciones del futuro dominantes en una sociedad dada tienen consecuencias materiales de primer orden. Configuran el aqu&iacute; y ahora e influyen en las expectativas, identidades y conductas de las colectividades y subjetividades. Quien piense que son quimeras, se equivoca. Ata&ntilde;en, siempre lo han hecho, a la pol&iacute;tica con may&uacute;scula.
    </p><h3 class="article-text">La distopizaci&oacute;n de los imaginarios</h3><p class="article-text">
        Durante la modernidad, la civilizaci&oacute;n occidental estuvo vehiculada por las representaciones de ma&ntilde;anas mejores. Aunque a mitad del siglo XIX comenzaron a medrar las representaciones de ma&ntilde;anas peores, la confianza en el porvenir sobrevivi&oacute; durante gran parte del siglo XX. Finalmente, ces&oacute; tras la llegada del neoliberalismo y la ca&iacute;da del Muro de Berl&iacute;n, eventos que desacreditaron el &iacute;mpetu de idealizar lo venidero y que consolidaron el sentir de que vivimos en el menos malo de los mundos posibles. Ni que decir tiene que los gur&uacute;s anarcocapitalistas y extropianos de Silicon Valley han mantenido intacta la fe en un futuro mejor (para ellos) y la ambici&oacute;n de alcanzarlo. El resto de los mortales, empero, solo barajan im&aacute;genes de mejora si se refieren al crecimiento personal y dem&aacute;s fanfarrias narcisistas. Cuando barruntan el futuro en t&eacute;rminos sociopol&iacute;ticos, lo que atisban son, a menudo, calamidades, apocalipsis y versiones degradadas del presente. El &uacute;nico consuelo que accionan con vistas a suavizar la angustia es la entelequia de que alguien arreglar&aacute; el estropicio a &uacute;ltima hora.
    </p><p class="article-text">
        No ser&eacute; yo quien niegue la existencia de motivos para el desencanto. El cambio clim&aacute;tico, la precarizaci&oacute;n laboral, el neofascismo, la dificultad para acceder a la vivienda, el desempleo cr&oacute;nico, los conflictos b&eacute;licos, el aumento de la desigualdad, la irrupci&oacute;n de la pandemia, el poder incontrolable de las multinacionales, la merma del Estado del bienestar y otros reveses acrecientan el temor y la incertidumbre. Damos por hecho que nuestros hijos vivir&aacute;n peor que nosotros. Interpretamos las probabilidades agoreras como si fueran destinos irreversibles,
    </p><p class="article-text">
        En este punto, habr&iacute;a que recordar que las generaciones inmediatamente anteriores a la actual (por no hablar de las m&aacute;s antiguas) tambi&eacute;n habitaron contextos inquietantes. Sufrieron, sin los medios correctores hoy disponibles, sus propias pandemias y crisis econ&oacute;micas. Atravesaron dos Guerras Mundiales, conocieron totalitarismos abyectos y vivieron bajo las amenazas del conflicto nuclear y el agotamiento de los recursos. A&uacute;n y cuando la cuant&iacute;a de distop&iacute;as creci&oacute; a la luz de semejantes eventos, las generaciones de los cincuenta y sesenta perseveraron en la forja de im&aacute;genes edificantes del futuro, seg&uacute;n constatan la producci&oacute;n intelectual, art&iacute;stica y pol&iacute;tica de entonces. Su testimonio corrobora que la tesis de que no imaginamos futuros mejores porque estamos abatidos por circunstancias aciagas es falsa. Nuestros antecesores los imaginaron en circunstancias iguales o peores.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La importancia de imaginar futuros mejores</strong></h3><p class="article-text">
        Imaginar futuros mejores no resulta beneficioso por obligaci&oacute;n. Varias de las mayores atrocidades de la modernidad se cometieron en su nombre. Por otro lado, el malestar cotidiano suele desembocar en ensue&ntilde;os futuristas de car&aacute;cter compensatorio, perpetrados para evadirse de la realidad sin cuestionarla ni desafiarla (el pobre que fantasea con que ganar&aacute; la loter&iacute;a, por ejemplo). Siendo esto verdad, no menos palmario es que los relatos sobre sociedades aventajadas del porvenir han entregado a lo largo de la historia ideas cuya ejecuci&oacute;n transformaron el mundo en beneficio de todos. La educaci&oacute;n y la sanidad p&uacute;blicas, los derechos laborales y de las mujeres y la democracia fueron en su d&iacute;a promesas articuladas en relatos as&iacute;. Antes de que los activistas las reivindicaran en la calle, otros tuvieron que imaginarlas.
    </p><p class="article-text">
        Nosotros hemos dejado de imaginar en dicho sentido y nos hemos quedado hu&eacute;rfanos de propuestas pol&iacute;ticas rompedoras, a merced de las coordenadas imperantes. A falta de futuros mejores, sucumbimos a la nostalgia y recreamos futuros peores cuya saturaci&oacute;n potencia el derrotismo, la impotencia y la indiferencia. Sabemos, faltar&iacute;a m&aacute;s, que los riesgos ecosociales que nos circundan no van a esfumarse por el simple hecho de proyectar futuros deseables. Pero cuesta vislumbrar c&oacute;mo los superaremos sin los horizontes y planes transformadores que inspiran. Imaginar futuros mejores es el m&eacute;todo m&aacute;s eficaz para concebir pol&iacute;ticas a largo plazo de car&aacute;cter radical y desactivar la patra&ntilde;a del &ldquo;no hay alternativa&rdquo;. Eso no significa sacrificar las pol&iacute;ticas materiales a corto plazo que afrontan los problemas acuciantes y mejoran la vida de las personas existentes. En absoluto. Quien codicia un porvenir emancipado reclama reformas inmediatas que nos acerquen, por poco que sea, al mismo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>La utop&iacute;a reprimida</strong></h3><p class="article-text">
        Pese a su inter&eacute;s, el video &ldquo;Basta de distop&iacute;as&rdquo; cae en diversas paradojas. Emite un mensaje anti-dist&oacute;pico empu&ntilde;ando los recursos de la distop&iacute;a, con esa sucesi&oacute;n de personajes atormentados sobre fondo negro. En general, adolece de la falta de ideas que denuncia. Aconseja imaginar futuros mejores sin exhibir ninguno. Hay que reconocer que ser&iacute;a dif&iacute;cil hacerlo, sobre todo en un anuncio de sesenta segundos. Lo m&aacute;s probable es que el resultado diera verg&uuml;enza ajena y retratara a gente sonriente ataviada con attrezzo ibicenco o t&uacute;nicas de colores paseando por inmensos prados verdes, o algo similar. Crear im&aacute;genes de porvenires justos sin hacer el rid&iacute;culo cuesta mucho m&aacute;s trabajo que crear im&aacute;genes de porvenires espantosos. Que se lo digan a los escritores de ciencia ficci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sea como sea, el detalle decepcionante es otro: que la convocatoria a desertar de la distop&iacute;a se haga sin aludir a la utop&iacute;a, que ser&iacute;a lo l&oacute;gico. La ausencia de la palabra &ldquo;utop&iacute;a&rdquo;, atenuada mediante el eufemismo &ldquo;futuros mejores&rdquo;, resulta tan clamorosa que se erige, a mi modo de ver, en la aut&eacute;ntica protagonista de la campa&ntilde;a. Supongo que el objetivo ha sido eludir las connotaciones negativas del concepto. Poco importa que la literatura ut&oacute;pica haya pasado su particular <em>Cr&iacute;tica de la raz&oacute;n pura </em>hace m&aacute;s de medio siglo y que, fruto de ello, deteste los futuros color de rosa henchidos de perfecci&oacute;n, felicidad y armon&iacute;a. La gente y bastantes intelectuales de post&iacute;n no se han enterado e insisten en asociarla al infantilismo. El problema de reprimir, por esta u otra raz&oacute;n parecida, la palabra &ldquo;utop&iacute;a&rdquo; es que comporta dar por perdida la batalla de los significados y sucumbir ante los automatismos ideol&oacute;gicos m&aacute;s elementales.
    </p><p class="article-text">
        Ana Clara Rey, colega del grupo Histop&iacute;a, opina que lo m&aacute;s enojoso del llamamiento es que procede de una formaci&oacute;n que ha desestimado la Renta B&aacute;sica Universal, seguramente la idea emancipadora m&aacute;s poderosa del presente. Y tiene raz&oacute;n. Invitar a imaginar futuros mejores mientras te abstienes de patrocinar (por miedo a ser acusado de ut&oacute;pico) la medida que los dotar&iacute;a de mayor contenido no deja de ser un brindis al sol. Al final, la sensaci&oacute;n que deja la campa&ntilde;a es de una tibieza e indefinici&oacute;n considerables, igual que la Agenda 2030. Con todo, bienvenida sea. Mal que bien, apunta en la direcci&oacute;n correcta.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/campana-basta-distopias_129_9675200.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Nov 2022 23:19:34 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Sobre la campaña ‘Basta de distopías’]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Trabajo y utopía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/trabajo-utopia_1_6514871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1edcf033-4076-4645-9e16-24bcedfa7a44_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Trabajo y utopía"></p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, el arco parlamentario progresista debati&oacute; la posibilidad de reducir la semana laboral a cuatro d&iacute;as y 32 horas semanales. Estudiada, dijo el Vicepresidente, por el Ministerio de Trabajo, M&aacute;s Pa&iacute;s-Equo present&oacute; una enmienda a los presupuestos para impulsarla que fue desestimada por el Gobierno. A inicios de 2020, la Generalitat Valenciana anunci&oacute; que destinar&aacute; en 2021 una partida presupuestaria con vistas a financiar la misma iniciativa. Tales movimientos, a los que se podr&iacute;an a&ntilde;adir otros muchos, apenas alumbran la superficie de una tendencia que viene despuntando desde hace varios lustros en el seno de la teor&iacute;a y la praxis de izquierdas. Me refiero a la Utop&iacute;a Postrabajo, articulada en torno a dos prop&oacute;sitos fundamentales. El primero act&uacute;a de pre&aacute;mbulo, y consiste en la citada reducci&oacute;n de la jornada laboral. El segundo apunta a la eliminaci&oacute;n de la necesidad de trabajar. No vayan a creer que esta utop&iacute;a prospera en ambientes marginales. Fil&oacute;sofos, economistas y soci&oacute;logos de la talla de Piketty, Srnizek, Galbraith, Olin Wright, Mason, Frase, Berardi, Varoufakis, Krugman, Ravent&oacute;s, Fraser, Stiglitz y Bregman la divulgan de formas dispares. Unos apelan a la creciente automatizaci&oacute;n para argumentar que la participaci&oacute;n humana en el proceso de producci&oacute;n quedar&aacute; en su mayor parte obsoleta a medio plazo, evento que traer&aacute; consigo la necesidad de implantar la Renta B&aacute;sica Universal (RBU), so riesgo de colapso universal. Los otros apelan a los crecientes &iacute;ndices de desempleo para defender que si trabajaran todas las personas que no lo hacen y quieren hacerlo, todos trabajar&iacute;amos menos y mejor. En ambos enclaves, se parte de la convicci&oacute;n de que medidas as&iacute; erosionar&iacute;an la explotaci&oacute;n y la pobreza, y que beneficiar&iacute;an a la lucha contra el cambio clim&aacute;tico y la violencia de g&eacute;nero. Correctamente orientadas, socavar&iacute;an la creciente precarizaci&oacute;n del empleo eclosionada tras la crisis de 2008, con el auge de los &ldquo;trabajos de mierda&rdquo; analizados por Graeber y de los &ldquo;retro-trabajos&rdquo; a los que aludi&oacute; el otro d&iacute;a el fil&oacute;sofo Ram&oacute;n del Castillo durante un congreso universitario.
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                    alt="&#039;Los humanoides&#039;, de Jack Williamson."
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                &#039;Los humanoides&#039;, de Jack Williamson.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        No hace falta que diga que tendr&aacute; que trascurrir bastante tiempo antes de que la realizaci&oacute;n de la Utop&iacute;a Postrabajo deje de parecer una locura incongruente propia de vagos y maleantes. Hasta que se d&eacute; el contexto social y tecnol&oacute;gico apropiado, seguiremos asfixiados por la nauseabunda mentalidad que emite, desde hace siglos, la enga&ntilde;ifa de que el trabajo es el n&uacute;cleo de la realizaci&oacute;n personal, la actividad que nos ennoblece y que da sentido a la vida. Enga&ntilde;ifa, por cierto, muy del gusto de ciertas izquierdas hist&oacute;ricas, no solo de los se&ntilde;oritos que jam&aacute;s dan un palo al agua y sus lacayos. Y de montones de distop&iacute;as anti-automatizaci&oacute;n, sea <em>Erewhon </em>(Butler), <em>Mecan&oacute;polis </em>(Unamuno), <em>La Nueva Utop&iacute;a </em>(Jerome), <em>Los humanoides </em>(Williamson),<em> La pianola </em>(Vonegut) o <em>Wall-E </em>(Stanton). En la parte final de <em>So&ntilde;ar de otro modo</em> explico c&oacute;mo las propuestas postrabajo suscitar&aacute;n de momento chanza y repel&uacute;s, igual que suscit&oacute; an&aacute;logas reacciones la reivindicaci&oacute;n de la jornada laboral de 8 horas, cuya materializaci&oacute;n requiri&oacute; casi un siglo de movilizaciones regulares. Si algo distingue a las propuestas ut&oacute;picas es justamente eso, su car&aacute;cter precoz, el hecho de que al llegar demasiado pronto no encajan en las coordenadas del sentido com&uacute;n dominante, lo que las sentencia a ser tildadas de irrealizables, peligrosas y pueriles. Sin embargo, la historia demuestra que si los activistas no se dejan amedrentar y luchan por ellas generaci&oacute;n tras generaci&oacute;n al final se hacen realidad. A veces ha ocurrido, y viene bien recordarlo en estos tiempos oscuros. 
    </p><p class="article-text">
        La Utop&iacute;a Postrabajo no supone ninguna novedad enfocada desde el legado de la tradici&oacute;n ut&oacute;pica literaria. Utop&iacute;as hay muchas y muy diversas, pero comparten, con suma frecuencia, la resignificaci&oacute;n del trabajo. Abundan, por ejemplo, las utop&iacute;as donde el tiempo de trabajo se ha reducido dr&aacute;sticamente en comparaci&oacute;n con el que ocupa en la sociedad real. En <em>Utop&iacute;a</em> (Moro) y <em>Sinapia</em> (An&oacute;nimo) los ciudadanos trabajan 6 horas diarias (hablamos de textos del siglo XVI y XVIII, respectivamente), 4 en <em>Estrella roja</em> (Bogd&aacute;nov) y <em>Ecotop&iacute;a</em> (Callenbach), franja a la que aspira <em>Walden 3 </em>(Ardila). H. G. Wells plante&oacute; en <em>Una utop&iacute;a moderna</em> que el horizonte ha de ser la erradicaci&oacute;n progresiva, gracias al progreso tecnol&oacute;gico, del trabajo. En la utop&iacute;a anarquista <em>El siglo de Oro</em> (Burgu&eacute;s) cada cual acude cuando le apetece al taller un par de horas para supervisar las faenas que realizan las m&aacute;quinas. Onofre Par&eacute;s escribi&oacute; <em>L&acute;illa del Gran Experiment</em>, utop&iacute;a del porvenir donde se trabaja &uacute;nicamente 5 a&ntilde;os. En <em>La Ciutat dels Joves </em>(Bertrana) nos jubilar&iacute;amos a los 40 a&ntilde;os, despu&eacute;s de trabajar 5 horas diarias en los a&ntilde;os mozos. &iquest;Se imaginan habitando el universo de <em>Star Trek</em>? El trabajo es all&iacute; opcional. Si tuvi&eacute;ramos la fortuna de poblar el abanico anarcosocialista de civilizaciones ap&aacute;tridas, esc&eacute;pticas, bi&oacute;nicas, hedonistas y ateas de <em>La Cultura</em> (Banks) no trabajar&iacute;amos jam&aacute;s, habida cuenta de que todas las tareas son desempe&ntilde;adas por tecnolog&iacute;as hiper-avanzadas. Vivir&iacute;amos con el &uacute;nico fin de gozar, cultivarnos y dedicarnos por entero a las aficiones y quehaceres que nos gustan. En caso de aburrirnos, ingresar&iacute;amos en &ldquo;Circunstancias Especiales&rdquo;, secci&oacute;n consagrada a sabotear los planes de las especies teocr&aacute;ticas enemigas de La Cultura.
    </p><p class="article-text">
        Tomar conciencia de que el trabajo es un mal a extinguir o reducir todo lo posible convive dentro de la utop&iacute;a tradicional junto a presunciones m&aacute;s sospechosas. La idea de muchas de ellas es que al colaborar la totalidad de individuos (y no solo una parte, como sucede ahora) en la producci&oacute;n de lo estrictamente necesario (esto de lo estrictamente necesario me repele) la jornada laboral disminuye. Dicho axioma descansa sobre el supuesto de que cada ciudadano est&aacute; cualificado para desempe&ntilde;ar trabajos distintos y cambiar de tarea cuando lo desee. Salta a la vista que la corriente principal del g&eacute;nero ut&oacute;pico condena el trabajo asalariado y explotador, pero no el trabajo en general.
    </p><p class="article-text">
        Efectivamente, utop&iacute;as literarias como <em>Noticias de ninguna parte</em> (Morris), <em>La nebulosa de Andr&oacute;meda</em> (Efr&eacute;mov), <em>La isla</em> (Huxley), <em>El viajero de Altruria</em> (Howells), <em>Siete d&iacute;as en Nueva Creta</em> (Graves), <em>Viaje por Icaria</em> (Cabet), <em>Mirando hacia atr&aacute;s</em> (Bellamy) y <em>La ciudad anarquista americana</em> (Quiroule) difunden el mantra de que, liberado de las relaciones capitalistas (y casi siempre suavizado por la maquinizaci&oacute;n), el trabajo deviene arte, y el arte trabajo, que supeditado a los intereses de la colectividad y a las preferencias individuales trabajar se convierte en una labor agradable, enriquecedora y necesaria. Suponen que eliminarlo provocar&iacute;a el aburguesamiento de los camaradas, parecer que tambi&eacute;n flota sobra el grueso (no la totalidad, desde luego) del resto de utop&iacute;as, obras en las que suele justificarse hasta el trabajo infantil (muy suave y dosificado, para que los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as aprendan el esp&iacute;ritu asociativo, a valorar el esfuerzo com&uacute;n y dem&aacute;s milongas).
    </p><p class="article-text">
        Queda claro, al menos para m&iacute;, que las mejores versiones de la Utop&iacute;a Postrabajo son aquellas que trasgreden las medias tintas del utopismo tradicional. Pero no se me malinterprete: bienvenidas y valoradas sean, faltar&iacute;a m&aacute;s, las sugerencias recientes de reducir el tiempo que invertimos en trabajar para vivir. Tratamos con una cuesti&oacute;n ineludible a la hora de decidir el rumbo del futuro. Los gur&uacute;s ultra-liberales de Silicon Valley lo saben y llevan varios a&ntilde;os defendiendo p&uacute;blicamente la RBU. El gobierno conservador de Finlandia experiment&oacute; con ella a lo largo del lapso 2017-2019. La izquierda ha de tener bien trabajada, nunca mejor dicho, su versi&oacute;n de la RBU y volver a mirar a largo plazo. Tiene que disputarle el porvenir a sus adversarios pol&iacute;ticos para que cuando llegue el momento tenga claro qu&eacute; hacer y consiga que recibir dinero sin trabajar sea un derecho incondicional, no un subsidio asistencial entregado con la intenci&oacute;n de que el sistema capitalista siga funcionando.
    </p><p class="article-text">
        <strong>*Francisco Martorell Campos es doctor en Filosof&iacute;a y autor de </strong><em><strong>So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla</strong></em><strong> (La Caja Books, 2019)</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/trabajo-utopia_1_6514871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Dec 2020 09:22:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Trabajo y utopía]]></media:title>
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      <title><![CDATA[¿Estamos viviendo realmente una distopía?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/viviendo-realmente-distopia_1_5918037.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/74ce676c-eabc-44d6-a228-d0f5ec04910e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="&#039;La máquina se para&#039; (Forster, 1909), retrato de una civilización subterránea que atrinchera a sus miembros en “celdas” exclusivas."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El autor de la tesis doctoral 'Transformaciones de la utopía y la distopía en la postmodernidad' (Universitat de València 1999-2019) y del libro 'Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla' (La Caja Books, 2019) desgrana qué obra de la literatura y el audiovisual de ficción se ajusta a la situación que vive la sociedad actual con el confinamiento por la Covid-19</p></div><p class="article-text">
        De entre los clich&eacute;s suscitados por la Covid-19, destaca la afirmaci&oacute;n de que estamos viviendo una distop&iacute;a. Lo curioso es que los comentaristas que la divulgan intentan ilustrarla citando obras que no son distop&iacute;as, o distop&iacute;as que carecen de parentescos significativos con el presente. Ante tama&ntilde;as vaguedades, no vendr&iacute;a mal recordar, por de pronto, que la noci&oacute;n de &ldquo;distop&iacute;a&rdquo; designa al g&eacute;nero literario y cinematogr&aacute;fico caracterizado por criticar el <em>modus operandi</em> de civilizaciones venideras peores que, y derivadas de, la existente. Es por eso que la tradici&oacute;n dist&oacute;pica difiere de las otras dos escuelas fatalistas de la ciencia ficci&oacute;n con las que se la suele confundir: la apocal&iacute;ptica y la postapocal&iacute;ptica. Aunque a veces concurran junto a la distop&iacute;a, ninguna de ellas trata, por s&iacute; sola, de civilizaciones hipot&eacute;ticas en pleno funcionamiento. La corriente apocal&iacute;ptica versa sobre cataclismos ecol&oacute;gicos, virus letales, ataques extraterrestres, invasiones zombis, contiendas nucleares, asteroides descomunales y rebeliones rob&oacute;ticas que destruyen o merman nuestra civilizaci&oacute;n. La postapocal&iacute;ptica sobre la brutal guerra por la supervivencia desplegada tras la ca&iacute;da, cercana o remota, de la misma.
    </p><p class="article-text">
        A la luz de las demarcaciones indicadas, resulta bastante obvio que la crisis reinante evoca, sobre todo, a la captada por <em>Contagio </em>(Soderbergh, 2011),<em> Virus</em> (Sung-su, 2013) y el resto de pel&iacute;culas apocal&iacute;pticas de vocaci&oacute;n realista cuyas pandemias no tienen por desenlace el fin del mundo. Entonces, &iquest;cu&aacute;les de las vivencias vinculadas al Covid-19 pueden tildarse con rigor de dist&oacute;picas? A mi juicio, las referidas al confinamiento. Gran cantidad de distop&iacute;as giran, de hecho, alrededor de poblaciones confinadas, por lo general dentro de ciudades amuralladas o espacios cerrados. Desde <em>Nosotros</em> (Zamiatin, 1924) a<em> La fuga de Logan </em>(Anderson, 1976), pasando por <em>Un mundo feliz </em>(Huxley, 1932),<em> THX 1138 </em>(Lucas, 1971), <em>El mundo interior </em>(Silverberg, 1971), <em>M&aacute;s que humano </em>(Bass, 1971),<em> Globalia </em>(Rufin, 2004),<em> Aeon Flux </em>(Kusama, 2005),<em> Delirium </em>(Oliver, 2001) o <em>Snowpiercer</em> (Joon-ho, 2013) este motivo se repite con insistencia. Pero el encierro que padecemos es distinto. Tiene por sede a los propios domicilios y acarrea el distanciamiento mutuo, detalles que lo hermanan, veremos que solo hasta cierto punto, con el confinamiento alternativo presentado por las &ldquo;distop&iacute;as del yo confinado&rdquo;, ambientadas en futuros donde los ciudadanos viven al estilo &ldquo;hikikomori&rdquo;, es decir, separados f&iacute;sicamente unos de otros, sin marchar jam&aacute;s, o casi nunca, de sus habit&aacute;culos particulares, entornos altamente automatizados que act&uacute;an a modo de microcosmos autosuficientes.
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        <em>Lo que ser&aacute; el mundo en el a&ntilde;o 3000</em> (Souvestre, 1846) vislumbr&oacute; el confinamiento del yo, prop&oacute;sito de la &ldquo;Rep&uacute;blica de los Intereses Unidos&rdquo;, r&eacute;gimen ultracapitalista en el que hasta los saludos y el aire se pagan. Las viviendas de las &eacute;lites, equipadas con robots dom&eacute;sticos, poseen dispositivos telegr&aacute;ficos, pantallas televisivas y conductos por los que llegan cartas y peri&oacute;dicos. Don Atodo, ide&oacute;logo del lugar, comenta: &ldquo;en una casa como esta, nadie necesita de otro... Algunos esfuerzos m&aacute;s, y la civilizaci&oacute;n conquistar&aacute; para el hombre el aislamiento, es decir, la libertad; porque cada cual podr&aacute; prescindir completamente de los servicios de sus semejantes&rdquo;. La aspiraci&oacute;n de Don Atodo se hace realidad en <em>La m&aacute;quina se para </em>(Forster, 1909), retrato de una civilizaci&oacute;n subterr&aacute;nea que atrinchera a sus miembros en &ldquo;celdas&rdquo; exclusivas. Las relaciones intersubjetivas se ejercen sin cesar. Eso s&iacute;, &uacute;nicamente de manera no presencial, a trav&eacute;s de pantallas y mecanismos electr&oacute;nicos. Legitimada mediante la patra&ntilde;a de que el aire de la superficie destila sustancias t&oacute;xicas, la biopol&iacute;tica del aislamiento administrada por el &ldquo;Comit&eacute; Central&rdquo; provoca que la simple expectativa de hallarse cara a cara frente a los semejantes produzca nausea y angustia entre los residentes, igual que la opci&oacute;n de abandonar la celda, tecno-&uacute;tero en el que los deseos se sacian al instante, pulsando el bot&oacute;n oportuno. Kuno, gal&aacute;n del relato, declara que &ldquo;la gente no se tocaba nunca. Esa costumbre hab&iacute;a quedado obsoleta&rdquo;.
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        Con variaciones puntualmente interesantes, los registros de <em>La m&aacute;quina se para</em> reaparecen en <em>Ciudad </em>(Simak, 1952), <em>Una vida muy privada</em> (Frayn, 1972), <em>Unidad de cuidados intensivos </em>(Ballard, 1977), <em>Ora:cle </em>(O&acute;Donnell, 1983), <em>La posibilidad de una isla </em>(Houellebecq, 2005) y <em>Surrogates </em>(Venditti, 2005). Menci&oacute;n aparte merecen <em>El hombre que despert&oacute; en el futuro </em>(Manning, 1933) y <em>El sol desnudo </em>(Asimov, 1957), t&iacute;tulos en los que el confinamiento del yo trasciende las estancias reducidas y herm&eacute;ticas supeditadas a la agorafobia y la claustrofilia para cursar en territorios abiertos e inmensos. Mas la soledad severa y la repulsi&oacute;n a encontrarse en carne y hueso con los dem&aacute;s, no digamos ya a tocar o ser tocado, perdura. &ldquo;&iquest;Compa&ntilde;&iacute;a? &iquest;Est&aacute;s loco? Es la tonter&iacute;a m&aacute;s grande&rdquo;, espeta el nativo del a&ntilde;o 20.000 al protagonista de <em>El hombre que despert&oacute; en el futuro</em>. <em>El sol desnudo</em> da voz, por su lado, a los pobladores de Solaria, humanos que &ldquo;viven completamente aislados y nunca se ven&rdquo;, salvo por medio de hologramas.
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        Salta a la vista que el objetivo rector de los textos rese&ntilde;ados estriba en la denuncia de los potenciales impactos alienantes y disciplinarios de las tecnolog&iacute;as de la comunicaci&oacute;n, acusadas de colonizar el poder pol&iacute;tico con miras a sustituir lo real por lo virtual, lo natural por lo artificial, el cuerpo carnal por el espectro digital, la conjunci&oacute;n offline por la conexi&oacute;n online, lo cualitativo por lo cuantitativo, el saber por los datos. Ni que decir tiene que la figura del sujeto solitario y enclaustrado que pasa los d&iacute;as delante de pantallas a fin de trabajar, entretenerse, aprender, comprar o relacionarse hace lustros que desbord&oacute; el campo de la ciencia ficci&oacute;n. Durante los &uacute;ltimos meses, grandes cantidades de personas han devenido a la fuerza en sujetos parecidos. &iquest;Acaso se han cumplido los vaticinios dist&oacute;picos? No exactamente. A fin de cuentas, la causa ha sido un virus, no las tramas mal&eacute;volas de gobiernos totalitarios, tecnolog&iacute;as inherentemente deshumanizadoras e instancias similares, hecho que abre serias discrepancias entre el confinamiento efectivo y el imaginado por <em>La m&aacute;quina se para </em>y su descendencia. En efecto, mientras que las distop&iacute;as elucubran sobre confinamientos permanentes que apenas nadie ambiciona abandonar, nosotros participamos de un confinamiento transitorio que todos esperamos que termine, por mucho que aceptemos el beneficio de respetarlo. El h&eacute;roe dist&oacute;pico, presto a vulnerar el aislamiento y escapar al exterior, contradice lo que la mayor&iacute;a entendemos ahora mismo por heroico, excepci&oacute;n hecha de los amantes de las teor&iacute;as conspirativas y los partidarios ultras de Donald Trump.
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        Despu&eacute;s de lo comentado, queda patente que el aislamiento actual contrasta, por procedencia y por contenido, con el de las distop&iacute;as convencionales. A pesar de los pesares, y en contra de lo sostenido por Margaret Atwood en <em>The Guardian </em>el 16 de abril, creo que sigue siendo t&eacute;cnicamente viable etiquetarlo dist&oacute;picamente. Si nos inspiramos en las meditaciones formuladas por Ernst Bloch acerca de las &ldquo;utop&iacute;as m&eacute;dicas&rdquo;, concluiremos que articula una &ldquo;distop&iacute;a m&eacute;dica del confinamiento&rdquo;, impulsada por el temor global al contagio, la enfermedad y la muerte, rayana con las producciones apocal&iacute;pticas realistas. Lo cual no implica, desde luego, que se restrinja a lo sanitario. A fin de cuentas, las connotaciones econ&oacute;micas, ideol&oacute;gicas, tecnol&oacute;gicas y sociales inherentes al Covid-19 son tan agudas que la amenaza desborda la esfera m&eacute;dica. Sea como fuere, sin su irrupci&oacute;n la vida transcurrir&iacute;a igual que anta&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Con casi total seguridad, la distop&iacute;a m&eacute;dica terminar&aacute; tarde o temprano. El desaf&iacute;o decisivo, y en esto coincid&iacute; hace pocos d&iacute;as con Elisabetta Di Minico (especialista en el g&eacute;nero dist&oacute;pico), vendr&aacute; despu&eacute;s, cuando tengamos que contrarrestar la distop&iacute;a pol&iacute;tica de la precariedad, la discriminaci&oacute;n y la desprotecci&oacute;n, rentabilizada por la extrema derecha y apuntalada por la sucesi&oacute;n de ramalazos neo-autoritarios de los diferentes gobiernos, brotada del colapso de 2008 y radicalizada a ra&iacute;z de la pandemia. Por fortuna, el estado de alarma tambi&eacute;n ha tra&iacute;do consigo el debate sobre la Renta B&aacute;sica Universal, las redes de ayuda mutua, la revalorizaci&oacute;n de los servicios p&uacute;blicos, la percepci&oacute;n del valor supremo de lo com&uacute;n, la ampliaci&oacute;n de las suspicacias ante el modelo econ&oacute;mico neoliberal y la certeza de que hay que frenar el exterminio de la biodiversidad. Nada est&aacute; escrito.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/viviendo-realmente-distopia_1_5918037.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Apr 2020 19:53:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Estamos viviendo realmente una distopía?]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Enzo Traverso: "El 15-M es un movimiento poderoso que identifica muy bien el enemigo, pero carece de proyecto alternativo y de ilusión futurista"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/enzo-traverso-revoluciones-movimientos-alternativos_1_1153055.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d900243f-54c5-4111-81a3-4b7c8b09b1d3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Enzo Traverso y Francisco Martorell Campos, en la Universitat de València antes de la entrevista."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Nadie piensa en el futuro, comparados con los políticos actuales, los de la mayor parte del siglo XX parecen estadistas prodigiosos", asegura el historiador italiano autor de 'Melancolía de izquierda. Después de las utopías'</p></div><p class="article-text">
        Enzo Traverso (1957) es uno de los historiadores de las ideas del siglo XX m&aacute;s reputados internacionalmente. Especializado en tem&aacute;ticas tan candentes como la memoria, el totalitarismo y el holocausto, Traverso interviene en los debates pol&iacute;ticos actuales desde una perspectiva marxista heterodoxa y autocr&iacute;tica que bebe, principalmente, de la obra de Walter Benjamin. Esta semana pasada imparti&oacute;, dentro del M&aacute;ster en Pensamiento Filos&oacute;fico Contempor&aacute;neo de la Universitat de Val&egrave;ncia, un seminario de investigaci&oacute;n dedicado a la categor&iacute;a de revoluci&oacute;n. All&iacute; hablamos con &eacute;l acerca de su libro <em>Melancol&iacute;a de izquierda</em>. <em>Despu&eacute;s de las utop&iacute;as</em>, uno de los ensayos m&aacute;s celebrados de 2019.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En 'Melancolia de izquierda' sostiene que la diferencia del siglo XXI respecto a los dos siglos anteriores es que se levanta sobre el eclipse general de las utop&iacute;as, fen&oacute;meno cuya visualizaci&oacute;n definitiva ubica en noviembre de 1989. &iquest;Cu&aacute;les son los s&iacute;ntomas palpables del citado eclipse?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La ca&iacute;da del Muro de Berl&iacute;n es la dataci&oacute;n simb&oacute;lica de un cambio de gran magnitud que, por supuesto, no tuvo lugar de un d&iacute;a a otro, sino culminando procesos previos. La consecuencia principal fue la finalizaci&oacute;n de la idea de revoluci&oacute;n. En 1979 asistimos, por un lado, a la &uacute;ltima revoluci&oacute;n del siglo XX, la de Nicaragua. Por otro lado, sali&oacute; a la luz un genocidio terrible, el practicado durante la revoluci&oacute;n en Camboya. En la ca&iacute;da del Muro de Berl&iacute;n cristalizaron derrotas y humillaciones desarrolladas antes.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto a los s&iacute;ntomas, la respuesta es sencilla. Durante todo el siglo XX, la utop&iacute;a de otro mundo y de otro sistema social diferente al capitalismo estuvo siempre presente en el imaginario colectivo. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica dej&oacute; de levantar entusiasmos al desvelarse como un r&eacute;gimen dictatorial, enemigo de la libertad. Pero la Guerra Fr&iacute;a, entendida como enfrentamiento entre dos bloques, indicaba que hab&iacute;a una alternativa posible al capital, y probablemente incluso alternativas diferentes a la representada por la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y el socialismo real. Despu&eacute;s de 1989, esa alternativa social desaparece como posibilidad en el horizonte mental de los contempor&aacute;neos. El horizonte ut&oacute;pico se desplom&oacute; y se produjo una especie de naturalizaci&oacute;n del capitalismo, al principio de forma idealista, augurando que la globalizaci&oacute;n del mercado y del liberalismo dejar&iacute;a enormes cantidades de riqueza y bienestar por todo el planeta. Ahora nadie cree ya en eso, pero todav&iacute;a estamos prisioneros de ese mundo bloqueado, sin alternativas posibles ni dial&eacute;ctica hist&oacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        El eclipse de la utop&iacute;a conduce, igualmente, a la decadencia de la propia pol&iacute;tica. Nadie piensa en el futuro, y todo se reduce a cuestiones menores, locales e inmediatas, o a intereses puramente personales o partidistas. Comparados con los pol&iacute;ticos actuales, los de la mayor parte del siglo XX parecen estadistas prodigiosos. As&iacute; es el nivel de la pol&iacute;tica actual.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;De qu&eacute; forma se traduce la ca&iacute;da del horizonte ut&oacute;pico en la pr&aacute;ctica izquierdista?</strong>
    </p><p class="article-text">
        El altermundialismo, los foros mundiales, Occupy Wall Street, el 15-M y las revoluciones &aacute;rabes son movimientos poderosos que identifican muy bien el enemigo. Pero carecen de proyectos alternativos y de la ilusi&oacute;n futurista que hac&iacute;a tan fuerte al comunismo, la que permit&iacute;a a sus integrantes percibirse como partes de un colectivo que trasciende su propia existencia y su propio tiempo, que representa y anticipa el porvenir emancipado. Es espantoso. Son movimientos tan fuertes que pueden acabar con una dictadura. Lo malo es que despu&eacute;s no saben qu&eacute; hacer. No tienen ning&uacute;n proyecto de sociedad, ni el deseo de cambiar las instituciones, pues dicen operar fuera de ellas. Lo vemos en Argelia hoy. Se ha vivido un a&ntilde;o de movilizaciones permanentes contra un r&eacute;gimen totalmente desacreditado. Pero el movimiento de protesta no articula alternativas que incluyan factores como l&iacute;deres o programas de gobierno.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;No piensa que sucede lo mismo en el &aacute;mbito de la teor&iacute;a izquierdista?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y tanto. La mayor paradoja del presente es que hoy el pensamiento cr&iacute;tico es mucho m&aacute;s sofisticado, mucho m&aacute;s rico, mucho m&aacute;s argumentado que hace un siglo. Pero se muestra incapaz de conectarse a un movimiento real y elaborar proyectos de cambio. Hace un siglo, este pensamiento era mucho m&aacute;s primitivo, pero ten&iacute;a conexiones org&aacute;nicas con los movimientos sociales que lo hac&iacute;an m&aacute;s poderoso e influyente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Teniendo en cuenta la ausencia de aportaciones propositivas en m&uacute;ltiples enclaves de la izquierda, &iquest;c&oacute;mo valora las medidas ofertadas por economistas como Paul Mason, Thomas Piketty o Joseph Stiglitz? Me refiero a la Renta B&aacute;sica Universal, la reducci&oacute;n de horas de trabajo o la aplicaci&oacute;n de altas tasas impositivas a las multinacionales.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Son propuestas interesantes, e intelectuales muy valiosos con los cuales se puede trabajar para entablar di&aacute;logo con los movimientos sociales. Pero su pensamiento no es radical, como lo exigen las condiciones de dominaci&oacute;n del mundo contempor&aacute;neo y como lo reclaman esos mismos movimientos. No soy economista, pero Piketty trabaja sobre las desigualdades sociales y sus recetas se focalizan sobre pol&iacute;ticas redistributivas y la cuesti&oacute;n del cr&eacute;dito. No se enfrenta a las cuestiones del modo de producci&oacute;n y la propiedad privada. Yo creo que personifica autolimitaciones y autocensuras que nos invitan a ser realistas y hacer proposiciones concretas, &uacute;tiles y eficaces sin pensar un cambio de civilizaci&oacute;n. Ese es el problema. Yo preferir&iacute;a unir las dos cosas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;No ser&iacute;a leg&iacute;timo leer a los autores indicados como intelectuales ut&oacute;picos que ante la incapacidad estructural para pensar alternativas al capitalismo prefieren presentar propuestas de mejora en lugar de quedarse de brazos cruzados y lamentarse de lo mal que funciona el mundo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, pero siempre hay que contextualizar los planteamientos de cambio pol&iacute;tico. Porque si razonamos en t&eacute;rminos puramente abstractos, pudi&eacute;ramos decir que el programa de Syriza era muy moderado antes del refer&eacute;ndum. O que el programa socialdem&oacute;crata m&aacute;s suavizado de los setenta era mucho m&aacute;s radical que el que Bernie Sanders defiende en Estados Unidos. Pero los contextos hist&oacute;ricos son distintos. La izquierda radical criticaba a los socialdem&oacute;cratas en los setenta. Hoy est&aacute; encabezada por Sanders. El caso es que las relaciones de fuerzas evolucionaron y cambiaron, y que esas propuestas y formaciones pueden ser en este momento el vector de cambios positivos. Si los movimientos sociales generan a partir de ellas nuevas utop&iacute;as que no sean proyectos acabados y elaborados, sino ideas de futuro que se puedan identificar e imaginar, dar&aacute;n un paso adelante.
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso, no creo en cambios graduales y lineales. Pienso que los cambios van a hacerse de una manera que a lo mejor no ser&aacute; traum&aacute;tica, pero s&iacute; hecha de cortes, de discontinuidades. Las utop&iacute;as van a surgir. No tengo duda de eso. Hasta que aparezcan, uno de los desaf&iacute;os consiste en conectar las distop&iacute;as que dominan hoy la cultura (es decir, el miedo al futuro, la imagen del futuro como destrucci&oacute;n, cat&aacute;strofe, peligro, amenaza) con proposiciones alternativas de civilizaci&oacute;n y proyectos para el porvenir. Estas dos cosas no dependen simplemente de la teor&iacute;a, no salen de la cabeza de uno. Han de manar de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Uacute;ltimamente, las distop&iacute;as suelen narrar revoluciones populares. Me refiero a pel&iacute;culas muy taquilleras y a best-sellers dirigidos a adolescentes. Lo que sucede es que cuando triunfa la revoluci&oacute;n termina el relato, dej&aacute;ndonos sin saber lo que viene despu&eacute;s, evitando la tarea de brindar alguna imagen al respecto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo que cuentas no solo ejemplifica el bloqueo de la imaginaci&oacute;n ut&oacute;pica de la que hablamos. Ejemplifica tambi&eacute;n la capacidad del capitalismo neoliberal para reificar el pensamiento cr&iacute;tico y las cr&iacute;ticas lanzadas contra el capitalismo mismo. La serie espa&ntilde;ola &ldquo;La casa de papel&rdquo;, es una serie, digamos entre comillas, anticapitalista, &iquest;no? Y se trata de uno de los productos m&aacute;s exitosos de la industria cultural. Es decir, es el sistema mismo quien te ofrece la posibilidad de gozar con la cr&iacute;tica al capitalismo. Debemos ser conscientes de eso. Hay que inventar algo que rompa la jaula de hierro que aprisiona nuestras mentes, por hablar en t&eacute;rminos weberianos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Me gustar&iacute;a que explicara cu&aacute;l es la relaci&oacute;n entre la melancol&iacute;a y entidades como la izquierda y la utop&iacute;a, hist&oacute;ricamente orientadas al futuro.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Que hay una melancol&iacute;a de izquierda no lo he inventado o descubierto yo ahora. Es algo que siempre existi&oacute; y que pertenece a la estructura de sentimientos de la izquierda. El compromiso para actuar colectivamente y transformar el mundo no se basa solo en proyectos racionales. Requiere, adem&aacute;s, de la movilizaci&oacute;n de las esperanzas y sentimientos de fraternidad que se derivan de la acci&oacute;n colectiva. La melancol&iacute;a pertenece a esa estructura de sentimientos, igual que el entusiasmo de la acci&oacute;n revolucionaria, por ejemplo. Porque la historia de la izquierda es tambi&eacute;n una historia de derrotas. Esas derrotas generan un trabajo del duelo, ligado a los compa&ntilde;eros que cayeron, a las esperanzas que fueron derrumbadas.
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute;, la melancol&iacute;a no es una receta para curar las enfermedades de la izquierda. No ser&aacute; a trav&eacute;s de la melancol&iacute;a de donde irrumpan las nuevas utop&iacute;as del siglo XXI. Yo digo que este trabajo del duelo y este trasfondo melanc&oacute;lico existen, que hay que reconocerlos y hacerlos fruct&iacute;feros, no reprimirlos o censurarlos. La melancol&iacute;a de la que hablo no es incompatible con la b&uacute;squeda de nuevas utop&iacute;as. Puede acompa&ntilde;arla, pues las nuevas utop&iacute;as no brotar&aacute;n de la tabula rasa. Tendr&aacute;n que elaborar el pasado, aclarar por qu&eacute; los modelos heredados de la izquierda ya no funcionan y por qu&eacute; las revoluciones del siglo XX fracasaron. Se trata de actividades imprescindibles. No se pueden evitar. La melancol&iacute;a de izquierda es, por lo menos para mi generaci&oacute;n, el marco donde realizar la elaboraci&oacute;n cr&iacute;tica del pasado. Pero, insisto, es muy diferente a la melancol&iacute;a resignada de los que dicen &ldquo;no hay nada que hacer&rdquo; y se limitan a vivir en la nostalgia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Adem&aacute;s de rememorar las derrotas heroicas padecidas a lo largo de su historia, &iquest;no cree que la izquierda tambi&eacute;n precisar&iacute;a de un relato complementario acerca de sus victorias, caso de los logros y derechos sociales conquistados?</strong>
    </p><p class="article-text">
        No quiero para nada disminuir la importancia de esas conquistas parciales, ni minusvalorar las reformas que abrieron espacios de democracia, justicia y libertad. Todos los logros de los que hablas brotaron de luchas muy poderosas, muy duras, atravesadas por dificultades y sufrimientos. Sin embargo, soy bastante esc&eacute;ptico con respecto a la visi&oacute;n del reformismo teorizado, que te dice que si se consiguieron esas conquistas es porque se trataba de luchas realistas que planteaban problemas concretos. En realidad, mirando hist&oacute;ricamente a la dial&eacute;ctica de las conquistas parciales, vemos que fueron en larga medida el subproducto de revoluciones y de luchas que ten&iacute;an ambiciones ut&oacute;picas muy grandes. Es cierto que la socialdemocracia logr&oacute; muchas conquistas as&iacute;, y que en cierto modo puede presumir de ello. Pero al mismo tiempo, la socialdemocracia fue la herramienta que el capitalismo eligi&oacute; para humanizarse cuando se enfrent&oacute; al desaf&iacute;o m&aacute;s enorme, el de las revoluciones. Una vez que el desaf&iacute;o cay&oacute;, el capitalismo pudo prescindir del rostro humano y mostrarse igual de salvaje que en el siglo XIX. La socialdemocracia cay&oacute; igualmente y sus restos se convirtieron en pilares del neoliberalismo. Hay que tener en cuenta esta ambivalencia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Antes de terminar, le propongo volver a noviembre de 1989. Fue entonces cuando se consum&oacute; el descr&eacute;dito de la utop&iacute;a pol&iacute;tica en general, pero sobre todo de una utop&iacute;a concreta, la del comunismo. &iquest;Cu&aacute;l cree que es el porvenir del comunismo?</strong>
    </p><p class="article-text">
         El comunismo fue el horizonte de espera del siglo XX, la utop&iacute;a que moviliz&oacute; a millones de personas. Ahora mismo, es una etapa acabada que a causa de los desenga&ntilde;os y traumas que caus&oacute; nadie se atreve a reivindicar. De hecho, los nuevos movimientos sociales que cit&eacute; se niegan a inscribirse en la tradici&oacute;n hist&oacute;rica del comunismo. Es una referencia agotada de la que todos huyen. Hasta quienes proceden de ella, la ocultan.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n sobre su porvenir est&aacute; abierta. A lo mejor tiene raz&oacute;n Terry Eagleton y las civilizaciones comunistas del siglo XX ser&aacute;n vistas en los tiempos venideros como una antigualla comparable a las comunidades ind&iacute;genas levantadas por los jesuitas en Paraguay durante el siglo XVII. O tal vez el comunismo siga el camino opuesto. Lucio Magri recuerda el famoso poema de Bertolt Brecht en el que un sastre idealista deseoso de volar inventa en 1592 una m&aacute;quina rudimentaria con dos alas. El obispo le advierte que los hombres no pueden volar, que nadie saldr&aacute; bien parado si pretende cambiar el orden natural creado por Dios, y le invita a comprobarlo. El sastre acepta el desaf&iacute;o y se lanza con su artilugio desde la ventana m&aacute;s alta de la catedral. Obviamente muere, tragedia que fortalece la convicci&oacute;n del obispo y sus seguidores. Pero todos sabemos que en siglos posteriores el ser humano s&iacute; consigui&oacute; volar. Lo que Brecht quiso transmitir es que el sastre no era un ingenuo arrebatado por sue&ntilde;os imposibles y equivocados. Simplemente, contaba con una imaginaci&oacute;n precoz. Pues bien, lo que sugiere Magri a partir de este poema es que quiz&aacute;s el comunismo tambi&eacute;n lleg&oacute; demasiado pronto, que quiz&aacute;s ser&aacute; en el futuro cuando se den las condiciones t&eacute;cnicas y materiales para que su utop&iacute;a se cumpla.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/enzo-traverso-revoluciones-movimientos-alternativos_1_1153055.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Feb 2020 21:23:31 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La distopía de Unidas Podemos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/distopia-unidas-podemos_132_1228867.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/229de036-c40a-4a9d-b5d0-da9bfb9a402c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Spot de Unidas Podemos."></p><p class="article-text">
        Imaginemos el futuro con las lentes de moda:
    </p><p class="article-text">
        Personas an&oacute;nimas ven el informativo matinal. Artefactos esf&eacute;ricos flotantes similares a Hal-9000 monitorizan sus rostros abatidos. Las noticias son demoledoras. El ejecutivo anuncia la derogaci&oacute;n de la ley contra la violencia machista y el abaratamiento del despido. De paso, niega el calentamiento global. Los personajes se colocan mascarillas. La poluci&oacute;n es temible en la calle. Ignorado por el traj&iacute;n urbanita, alguien exclama meg&aacute;fono en mano: &ldquo;&iexcl;No hay trabajo suficiente para una generaci&oacute;n! &iexcl;La gente est&aacute; perdiendo sus casas! &iexcl;Las pensiones no dan ni para sobrevivir con dignidad!&rdquo;. Finalmente interpela: &ldquo;&iquest;en qu&eacute; tipo de sociedad queremos vivir?&rdquo;. La joven que vertebra el relato escucha la exhortaci&oacute;n. De vuelta a casa, teclea no sabemos qu&eacute; en el m&oacute;vil y golpea la m&aacute;quina de vigilancia. Justo entonces, irrumpen instant&aacute;neas de manifestaciones sociales, ecologistas y feministas actuales. Acto seguido, observamos a nuestra protagonista moviliz&aacute;ndose junto a otros ciudadanos. Una voz en <em>off </em>entona: &ldquo;Si queremos cambiar el futuro, la lucha es hoy, en el presente. Y t&uacute;, &iquest;qu&eacute; futuro quieres?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Como muchos sabr&aacute;n, esta historia pertenece a uno de los spots electorales que Unidas Podemos present&oacute; para las elecciones del 10-N. Formalmente, se ubica dentro de la distop&iacute;a, y m&aacute;s en concreto de la &ldquo;distop&iacute;a cr&iacute;tica&rdquo;, categor&iacute;a popularizada por Tom Moylan y Raffaella Baccolini. Las obras, &uacute;ltimamente cuantiosas, encasillables en semejante subg&eacute;nero (la saga <em>Los cuentos del hambre</em> y las series <em>El cuento de la criada </em>y <em>Years and Years</em> son muestras recientes)retratan un futuro atroz donde la enorme represi&oacute;n ejercida por el <em>establishment </em>no evita la existencia de colectivos rebeldes. Al postular que incluso en los peores escenarios cabe la opci&oacute;n de resistir, la distop&iacute;a cr&iacute;tica corrige el pesimismo agudo de la distop&iacute;a can&oacute;nica y se faculta a s&iacute; misma para llamar a la acci&oacute;n, recordar que nada est&aacute; perdido y dejar el desenlace abierto. Sea como fuere, los conatos ut&oacute;picos se&ntilde;alados suelen comparecer lastrados. A fin de cuentas, la distop&iacute;a cr&iacute;tica no deja de ser eso, una distop&iacute;a, motivo por el cual se expone (Moylan y Baccolini disentir&iacute;an) a las contraindicaciones inherentes a dicha tradici&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Fij&eacute;monos, para corroborarlo, en el spot que nos traemos entre manos. Su mensaje brota del &ldquo;activismo reactivo&rdquo;, estrategia t&iacute;picamente dist&oacute;pica que se caracteriza por alentar compromisos sociales a la defensiva, preventivos, basados en el miedo, el riesgo y la amenaza, cristalizados sobre la advertencia de que el futuro horroroso descrito en la narraci&oacute;n se har&aacute; realidad si no tomamos cartas en el asunto. A mi entender, que Unidas Podemos haya elegido una distop&iacute;a para promocionarse evidencia hasta qu&eacute; punto las heterog&eacute;neas organizaciones izquierdistas de la postmodernidad (aquejadas de estr&eacute;s postraum&aacute;tico desde noviembre de 1989) han adoptado el activismo reactivo como <em>modus operandi </em>privilegiado. De ah&iacute; que las veamos tantas veces enfrascadas en la protesta, la censura y el reproche, faltas de iniciativas afirmativas y de conductas propositivas, m&aacute;s preocupadas por crear alarma en torno a los planes del adversario que por generar ilusi&oacute;n en torno a los suyos. De mejorar el mundo conquistando nuevos derechos universales, han pasado a intentar que no empeore defendiendo los viejos (jubilaciones, sanidad p&uacute;blica&hellip;). De emancipar a los seres humanos, a rescatarlos. De criticar el presente compar&aacute;ndolo con un ma&ntilde;ana mejor, a compararlo con un ma&ntilde;ana peor, rendido al apocalipsis clim&aacute;tico, al gobierno planetario de los ultraconservadores neoliberales o a otras calamidades por el estilo.
    </p><p class="article-text">
        Este &uacute;ltimo recurso resulta especialmente espinoso. &iquest;Que hoy se despide a los trabajadores sin apenas indemnizaci&oacute;n econ&oacute;mica? Seguro, pero al menos conservan ciertos derechos. &iquest;Que los asesinatos machistas se suceden? Sin duda, pero tenemos leyes contra la violencia de g&eacute;nero y amplios consensos al respecto. Los residentes de la distop&iacute;a podemita no poseen nada similar. Ni siquiera atisbos de intimidad u ox&iacute;geno respirable. Comparados con ellos&hellip; &iexcl;somos afortunados! A donde quiero llegar es que aunque la distop&iacute;a cr&iacute;tica contribuye al honorable cometido de desvelar las patolog&iacute;as de la actualidad, cae en la paradoja de justificarla al mismo tiempo. M&aacute;s que estimular de forma significativa el deseo de derrocar el orden imperante (si lo hiciera estar&iacute;amos, dado su &eacute;xito medi&aacute;tico, a las puertas de un levantamiento), estimula, dice Kim Stanley Robinson, una consoladora &ldquo;sensaci&oacute;n de seguridad por comparaci&oacute;n&rdquo; que nos induce a creer que, a pesar de los pesares, el presente es preferible al futuro. &iquest;Les suena el &ldquo;virgencita, que me quede como estoy&rdquo;? Pues eso.
    </p><p class="article-text">
        A tenor de las din&aacute;micas indicadas, se entiende que numerosos progresistas acudan a los colegios electorales ap&aacute;ticos y desencantados, con las famosas pinzas en la nariz. Preferir&iacute;an, seg&uacute;n creo, confiar su papeleta a una izquierda ut&oacute;pica, <em>ergo </em>que juegue a la ofensiva, presta a realizar reformas de calado y a marcar la agenda con propuestas redistributivas innovadoras, para despecho e inquietud de los poderes econ&oacute;micos. Una izquierda, en suma, que adem&aacute;s de plantar cara a los retr&oacute;grados e insistir en lo mal que anda todo ostente proyectos s&oacute;lidos para cambiar la situaci&oacute;n y la facultad de proyectar esperanza en el futuro. La llegada de algo as&iacute; (anunciada t&iacute;midamente por Podemos hace escasos a&ntilde;os y por el Partido Laborista ahora), no garantizar&iacute;a la victoria, pero tal vez s&iacute; niveles de movilizaci&oacute;n, apoyo y debate m&aacute;s elevados que los que dispensa la parafernalia dist&oacute;pica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Francisco Martorell Campos</strong> es doctor en Filosof&iacute;a y autor de <em>So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla </em>(La Caja Books, 2019).
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/distopia-unidas-podemos_132_1228867.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Nov 2019 09:58:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La distopía de Unidas Podemos]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Olga Tokarczuk y el abandono de la utopía en la izquierda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/olga-tokarczuk-abandono-utopia-izquierda_132_1310610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dee7043d-e6d2-4757-aec2-6c28847655b9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Tokarczuk: Estoy muy orgullosa de que estos dos nobel vayan a Europa central"></p><p class="article-text">
        La reci&eacute;n galardonada con el Premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk, vuelca a trav&eacute;s de Janina, protagonista de <em>Sobre los huesos de los muertos</em>, la siguiente meditaci&oacute;n: &ldquo;Crec&iacute; en una &eacute;poca maravillosa que por desgracia ya es historia. Una &eacute;poca en la que hab&iacute;a una gran disposici&oacute;n a los cambios y exist&iacute;a la capacidad de concebir visiones revolucionarias. Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de c&oacute;mo son las cosas y se retoman ideas antiguas&rdquo;. Nos hallamos, salta a la vista, ante un diagn&oacute;stico certero de la civilizaci&oacute;n actual. Una civilizaci&oacute;n hostil con las modificaciones y novedades significativas, hu&eacute;rfana de im&aacute;genes alternativas del futuro, condenada a mimetizar el pasado, obsesionada con lo que el mundo es y sorda ante los ecos de lo que deber&iacute;a ser. Estas afecciones nos afectan a todos. Incluso a Janina, embriagada por los recuerdos de una supuesta &ldquo;&eacute;poca maravillosa&rdquo;, rendida a la nostalgia manada del ambiente que denuncia.
    </p><p class="article-text">
        En apenas cuatro l&iacute;neas, Tokarczuk recopila los s&iacute;ntomas idiosincr&aacute;sicos de la crisis de la utop&iacute;a social. Ni tenemos &ldquo;disposici&oacute;n a los cambios&rdquo; ni producimos &ldquo;visiones revolucionarias&rdquo;. &iquest;Por qu&eacute; ocurre esto? B&aacute;sicamente, porque el capitalismo tard&iacute;o goza de una autoridad tal que no logramos concebir la vida sin &eacute;l. Falto de antagonistas, erguido en cada recoveco de la cultura, inocula su relato al conjunto de la poblaci&oacute;n, siendo as&iacute; que la creencia seg&uacute;n la cual &ldquo;no hay alternativa&rdquo; al modelo productivo imperante parece tan de sentido com&uacute;n como la de que &ldquo;ma&ntilde;ana saldr&aacute; el sol&rdquo;. Rep&aacute;rese, si no, en la ciencia ficci&oacute;n coet&aacute;nea, atiborrada de futuros donde la tecnolog&iacute;a posterga o elimina la muerte. Lo llamativo es que dichos logros acontecen, salvo honrosas excepciones, en un contexto socioecon&oacute;mico an&aacute;logo al nuestro. Imaginamos desmesuras como el fin de la muerte sin problemas, pero cuando intentamos vislumbrar ma&ntilde;anas postcapitalistas colapsamos.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l es la respuesta adecuada a semejante tesitura? A mi entender, la que acepta de mala gana que &ldquo;no hay alternativa&rdquo; para precisar, acto seguido, que no la hay de momento y realizar, finalmente, un llamamiento a mejorar ya mismo la realidad. Que estemos faltos de alternativas por ahora no significa que debamos esperar de brazos cruzados. Existen medidas que, si bien no entra&ntilde;an superar el capitalismo, amplificar&iacute;an como nunca el alcance de la emancipaci&oacute;n. Cuantiosos pensadores progresistas (Thomas Piketty, Olin Wright, Rutger Bregman, Nick Srnicek, Paul Mason, Alex Williams, Jeremy Rifkin y Joseph Stiglitz, entre otros) insisten en un par de ellas: la Renta B&aacute;sica Universal y la reducci&oacute;n de la jornada laboral. El problema para consumarlas es que la coyuntura pinta peor que la descrita por Tokarczuk. No solo estamos impedidos para abrigar visiones revolucionarias, sino hasta reformistas.
    </p><p class="article-text">
        La prueba m&aacute;s dolorosa de esto la localizamos en la izquierda de las cuatro &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Derrotada por la irrupci&oacute;n neoliberal a mediados de los setenta y acomplejada por la ca&iacute;da del muro de Berl&iacute;n, elimin&oacute; las propuestas verdaderamente redistributivas de su discurso y se afili&oacute; a las luchas culturales. De ah&iacute; que carezca de lo que siempre la defini&oacute;, es decir, de programas econ&oacute;micos capaces de desafiar lo que el pensamiento &uacute;nico cataloga de realizable. Votar a la izquierda significa, tiempo ha, votar a la defensiva, a modo de mal menor que evite el desmantelamiento del Estado de Bienestar nacido de las utop&iacute;as de nuestros antepasados.
    </p><p class="article-text">
        Justo es reconocer que van d&aacute;ndose algunos indicios esperanzadores, caso del giro izquierdista protagonizado por el Partido Laborista brit&aacute;nico bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn. Am&eacute;n de versiones minimalistas del par de medidas se&ntilde;aladas, el manifiesto presentado en 2017 incluye otras como la eliminaci&oacute;n de la educaci&oacute;n privada, la nacionalizaci&oacute;n de los sectores estrat&eacute;gicos y el aumento impositivo a las multinacionales y grandes fortunas. Formaciones como M&aacute;s Pa&iacute;s y Unidas Podemos empiezan a hablar del fin de semana de tres d&iacute;as, mas en lo referente a la idea de ingresar un sueldo a todo individuo por el simple hecho de existir se muestran todav&iacute;a m&aacute;s timoratas y dubitativas. Sea como fuere, algo es algo.
    </p><p class="article-text">
        Las redes sociales corroboran la gran cantidad de militantes progresistas que recelan de la defensa de la RBU. El argumento que aportan es que se trata de un gesto de cara a la galer&iacute;a, habida cuenta de su inviabilidad. Calcando al neoliberal de turno, se preguntan: &ldquo;&iquest;c&oacute;mo se financiar&iacute;a eso?&rdquo;. Mejor, concluyen, consagrarnos a lo factible. Descorazona comprobar c&oacute;mo la utopofobia m&aacute;s abusiva ha penetrado en muchas mentes de izquierda. Por supuesto que la RBU es hoy por hoy inviable. Pero justo por eso har&iacute;amos bien en empezar a fomentarla, divulgarla y estudiarla. Las exigencias de trabajar ocho horas diarias, de cobrar las vacaciones y disfrutar de una sanidad gratuita tampoco parec&iacute;an viables en el instante en que se formularon. Por fortuna, los activistas de entonces no se dejaron amedrentar por la tiran&iacute;a del realismo y se pusieron manos a la obra. Gracias a ellos, los sucesores habitaron un mundo algo m&aacute;s justo. Y es que movilizarse en pos de medidas destinadas al futuro no contradice la obligaci&oacute;n de atender a la actualidad en sus propios t&eacute;rminos. La izquierda con opciones de mando combin&oacute; en sus per&iacute;odos &aacute;lgidos sendas facetas, la ut&oacute;pica y la posibilista. Al desertar de la primera y extraviar, como dijo Tokarczuk, &ldquo;el valor de imaginar algo nuevo&rdquo;, no solo deja en manos del adversario a las generaciones venideras. Traiciona, de igual modo, a las generaciones presentes al enclaustrarlas en el puro aqu&iacute; y ahora, despojarlas de un horizonte ilusionante y negarles la posibilidad de participar en el progreso.
    </p><p class="article-text">
        <strong>*Francisco Martorell Campos es doctor en Filosof&iacute;a y autor de So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla (La Caja Books, 2019).</strong><em>So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/olga-tokarczuk-abandono-utopia-izquierda_132_1310610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 14 Oct 2019 09:03:38 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El cuento chino de 'El cuento de la criada']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/cuento-chino-criada_132_1341405.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ef4e58d0-682a-4a4e-8cc6-32c28a085a81_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="El cuento de la criada"></p><p class="article-text">
        La serie <em>El cuento de la criada</em> adapta la novela hom&oacute;nima de Margaret Atwood publicada en 1984 al hilo de la teocracia iran&iacute; y la llegada de Reagan. A menudo, recibe elogios. Una fotograf&iacute;a y un montaje admirables, m&aacute;s un elenco de personajes complejos y una pericia sorprendente para saltar de la introspecci&oacute;n a la extrospecci&oacute;n lo justifica. Nos equivocar&iacute;amos, sin embargo, si reduj&eacute;ramos el valor de la macabra historia interpretada por Elisabeth Moss a los apartados t&eacute;cnicos o est&eacute;ticos, m&aacute;xime si tenemos en cuenta que se ha instituido en un s&iacute;mbolo reivindicativo del feminismo.
    </p><p class="article-text">
        Huelga decir que no es oro todo lo que reluce. Y no me refiero a que las resonancias contestatarias de la serie est&eacute;n condenadas a desvirtuarse (la menor de las Kardashian acaba de celebrar una fiesta <em>Handmaid&acute;s Tale</em>). Ni a la suspensi&oacute;n constante de la incredulidad que suscita la tercera temporada. Tampoco a la ausencia de testimonios de la &ldquo;econogente&rdquo;, la clase obrera de Gilead. Ni siquiera a que la filiaci&oacute;n dist&oacute;pica del producto le impida desbordar el marco de la denuncia y la advertencia. La contrariedad a resaltar es otra, en concreto la aparici&oacute;n en pantalla de un dogma naturalista muy cuestionable: el que predica, a la manera de Arist&oacute;teles, la existencia de una naturaleza diferencial de la mujer, y por ende del hombre.
    </p><p class="article-text">
        En <em>El cuento de la criada </em>los bebes inmersos en llantos desesperados vuelven al sosiego cuando son depositados en brazos de sus madres biol&oacute;gicas, con las que apenas tienen contacto, como si entre ambos se erigiera un lazo indestructible. En varias secuencias, contemplamos a los reci&eacute;n nacidos siendo venerados por las miradas arrebatadas de las criadas. June y Serena toman, por su lado, decisiones incomprensibles. Solo adquieren cierta verosimilitud si las interpretamos como secuelas del &ldquo;instinto maternal&rdquo;, de un impulso fisiol&oacute;gico indomable que las condiciona.
    </p><p class="article-text">
        La paradoja es que la naturaleza de la mujer, el instinto maternal y el consiguiente innatismo determinista yacen en el n&uacute;cleo del patriarcado. Juntos, han legitimado el sometimiento desde tiempos inmemoriales. &iquest;C&oacute;mo lo han hecho? Atribuyendo a la biolog&iacute;a lo que en realidad es efecto de la sociedad. Sabemos que hay menos mujeres que hombres en los &aacute;mbitos de la pol&iacute;tica, la ciencia y la econom&iacute;a. &iquest;A qu&eacute; obedece tal desproporci&oacute;n? Seg&uacute;n el paradigma patriarcal m&aacute;s reaccionario a que las mujeres carecen por naturaleza (por razones gen&eacute;ticas, dir&iacute;ase hoy) de las facultades cognitivas requeridas, contando, por el contrario, con cualidades intr&iacute;nsecas espec&iacute;ficas, relativas a la crianza y la sensibilidad. El 7 de marzo de 2019, el eurodiputado polaco de extrema derecha Stanislaw Zoltek se expres&oacute; en estos t&eacute;rminos. A su juicio, mujeres y hombres est&aacute;n dise&ntilde;ados para realizar tareas distintas. Ensalzando los &ldquo;roles de g&eacute;nero&rdquo;, Zoltek roz&oacute; la cosmovisi&oacute;n de las autoridades de Gilead.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A d&oacute;nde quiero llegar? A que al admitir la existencia del instinto maternal y de la naturaleza de la mujer, los guionistas de <em>El cuento de la criada</em> comparten supuestos vitales con el ideario que atacan. Tal y como yo lo veo, la naturaleza de la mujer y el instinto maternal son ficciones que forman parte de un cuento. De un cuento chino que la hegemon&iacute;a ha relatado a las mujeres para que consideren inevitable su posici&oacute;n. Por fortuna, Simone de Beavoir, Judith Butler, Chantal Mouffe y otras pensadoras hace lustros que lo desenmascararon, mostrando que el g&eacute;nero es una construcci&oacute;n cultural, y no la expresi&oacute;n de la naturaleza, la construcci&oacute;n cultural m&aacute;s t&oacute;xica jam&aacute;s ideada (gays, negros y pobres tambi&eacute;n han sido subyugados en nombre de lo natural). Es verdad que <em>El cuento de la criada</em> invierte el significado tradicional del cuento chino y dignifica los quehaceres hist&oacute;ricamente infravalorados a causa de su feminizaci&oacute;n. El gesto coincide con el de algunas corrientes esencialistas del feminismo de la diferencia. Perfecto, pero, &iquest;no ser&iacute;a mejor abandonar el cuento en cuesti&oacute;n en lugar de reescribirlo?
    </p><p class="article-text">
        <strong>*Francisco Martorell Campos es doctor en Filosof&iacute;a y autor de So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla (La Caja Books, 2019)</strong><em>So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/cuento-chino-criada_132_1341405.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Sep 2019 20:00:28 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dejad a la escuela en paz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/dejad-escuela-paz_132_1357877.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Lleg&oacute; la vuelta al cole, y junto a ella la escena ya tradicional de algunas de las principales asociaciones de padres y madres solicitando medidas que optimicen la conciliaci&oacute;n familiar. La demanda parece a primera vista loable. Sin embargo, a poco que nos detengamos a reflexionar comprobaremos c&oacute;mo el contenido que suele adoptar resulta cuanto menos sospechoso. Me explico: la soluci&oacute;n que por regla general tales asociaciones aportan consiste, b&aacute;sicamente, en adelantar el inicio del curso al 1 de septiembre, incluso a finales de agosto (imagino que dotando a las aulas de aire acondicionado). O sea, en modificar el calendario escolar, reivindicaci&oacute;n que volver&aacute; a salir a la palestra medi&aacute;tica cuando se aproximen los diferentes per&iacute;odos vacacionales.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; semejante propuesta es sospechosa? No tanto porque peque de simplista e implique un desconocimiento absoluto de las din&aacute;micas educativas. Tampoco porque refleje la t&iacute;pica y desinformada hostilidad de buena parte de los progenitores hacia las vacaciones del personal docente (y hacia los docentes en s&iacute; mismos, para qu&eacute; enga&ntilde;arnos). Ni siquiera porque entra&ntilde;e una concepci&oacute;n instrumental y mercantilizada de la educaci&oacute;n, con las escuelas al servicio del mercado y convertidas en almacenes donde depositar a los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as el m&aacute;ximo tiempo posible. La propuesta es sospechosa porque despolitiza el conflicto que aborda, gesto que la ubica en el <em>modus operandi </em>conservador de la &ldquo;ideolog&iacute;a post-ideol&oacute;gica&rdquo; tantas veces desenmascarada por Slavoj Zizek.
    </p><p class="article-text">
        En efecto, el problema de la conciliaci&oacute;n familiar es pol&iacute;tico, arraigado en las miserias de las relaciones econ&oacute;micas imperantes. Ata&ntilde;e, por lo tanto, a los gobiernos que se abstienen de dictar las leyes para garantizarla y a las empresas que dictan los horarios r&iacute;gidos y abusivos a los que nos hemos acostumbrado tiempo ha. Los pa&iacute;ses capaces de ense&ntilde;arnos algo al respecto (los escandinavos, como casi siempre), demuestran que la conciliaci&oacute;n no se alcanza modificando el calendario escolar. &iquest;C&oacute;mo se alcanza entonces? Con jornadas laborales continuas o que terminan a primeras horas de la tarde, con ayudas econ&oacute;micas procedentes del Estado y con una legislaci&oacute;n que permite a los empleados de todos los sectores contar con horarios flexibles y escoger d&iacute;as de asueto para ocuparse de sus hijos.
    </p><p class="article-text">
        No, el d&eacute;ficit de conciliaci&oacute;n que sin duda se vive por estos lares no es producto de los horarios y calendarios escolares, sino de los horarios y calendarios laborales esclavistas desplegados con el benepl&aacute;cito de las autoridades competentes. Con pol&iacute;ticas p&uacute;blicas adecuadas, sueldos dignos y leyes que defiendan el derecho de los trabajadores y trabajadoras a reducir o reestructurar su jornada, conciliar ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil. Son logros as&iacute; los que deber&iacute;an estar en la agenda de las asociaciones implicadas en la causa. Lamentablemente, no parece que vayan a movilizarse en este sentido. Prefieren, salvo contadas salvedades, imputar sus males a la escuela antes que a las empresas y gobernantes, exculpar a los aut&eacute;nticos responsables de la situaci&oacute;n. Ni que decir tiene que su relato ya ha calado.
    </p><p class="article-text">
                    Un ejemplo. En el colegio p&uacute;blico de mi barrio, y seg&uacute;n tengo entendido en much&iacute;simos otros, hay alumnos que entran a las siete de la ma&ntilde;ana y salen a las siete de la tarde. Entre las horas lectivas habituales y las horas no lectivas ofertadas precisamente para satisfacer la demanda de conciliaci&oacute;n permanecen&hellip; &iexcl;medio d&iacute;a all&iacute; dentro! He aqu&iacute; el modelo neoliberal de conciliaci&oacute;n en todo su esplendor, forjado para posibilitar la explotaci&oacute;n de la clase trabajadora y su descendencia, para no modificar nada justo donde s&iacute; habr&iacute;a que hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>*Francisco Martorell Campos, doctor en Filosof&iacute;a y autor de So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla (La Caja Books, 2019)</strong><em>So&ntilde;ar de otro modo. C&oacute;mo perdimos la utop&iacute;a y de qu&eacute; forma recuperarla</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Martorell Campos]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Sep 2019 08:36:53 +0000]]></pubDate>
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