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    <title><![CDATA[elDiario.es - Román Rodríguez Curbelo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/roman_rodriguez_curbelo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Román Rodríguez Curbelo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Magnolia: mujer entre la calle, la violencia y la esperanza ]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerifeahora/sociedad/magnolia-prostitucion-calle-santa-cruz-de-tenerife-violencia_1_1350736.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/45122333-25e4-4b4d-9c94-9064b917ebd7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Cartagena se rebela para luchar contra la prostitución, su lado más oscuro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Magnolia (nombre ficticio) relata sus años en la prostitución: graves necesidades económicas, situación irregular y dramas emocionales que la arrastraron hacia un círculo vicioso de agresiones, humillaciones y soledad</p><p class="subtitle">Esther Torrado (ULL) denuncia los falsos mitos que perviven sobre la figura de la mujer prostituida, la violencia institucional que también padecen y la destrucción diaria de la dignidad que, en muchas ocasiones, solo puede camuflarse bajo el consumo de drogas</p><p class="subtitle">La Casita ofrece una vía de escape a las mujeres: refugio voluntario en un mundo salvaje en el que se lucha por sobrevivir y que Magnolia ahora recuerda como un tiempo lejano que todavía le conmueve</p><p class="subtitle">El sistema prostitucional está organizado en torno a la trata y a una legislación insuficiente, y de él se aprovecha un prototipo de hombre normal, de perfil medio. En Canarias predomina la prostitución en pisos particulares, es decir, en espacios impunes</p></div><p class="article-text">
        El Parlamento de Canarias est&aacute; a menos de doscientos metros de Miraflores, un callej&oacute;n estrecho de Santa Cruz de Tenerife donde todo el mundo sabe que cada d&iacute;a aguardan noticias de la vida un pu&ntilde;ado de prostitutas sentadas al fresco. En la capital tinerfe&ntilde;a abundan pisos privados donde cientos de mujeres soportan a puteros d&iacute;a a d&iacute;a. M&aacute;s arriba, en las median&iacute;as de la isla, cerca de La Esperanza y a menos de un kil&oacute;metro del centro penitenciario Tenerife II, luce tambi&eacute;n sin descanso el amarillo chill&oacute;n de la fachada de El Hotelito, afamado prost&iacute;bulo, anta&ntilde;o residencia de ancianos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pisos, calles, clubes: nunca paran. Magnolia (nombre ficticio) padeci&oacute; los dos primeros espacios. Hermana mayor de sus hermanos, entonces bajo unas condiciones econ&oacute;micas complicadas, le correspondi&oacute; ayudarlos. Con ese deseo emigr&oacute; a Tenerife a comienzos de siglo, tras una infancia muy dura en la que padeci&oacute; &ldquo;cosas que marcan la vida de una mujer, dif&iacute;ciles de superar&rdquo;. Ahora es rubia, viste de negro, labios de rojo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a sin los papeles en regla, encontr&oacute; en el peri&oacute;dico el anuncio de un trabajo: &ldquo;Persona de compa&ntilde;&iacute;a&rdquo;. Acudi&oacute; al piso. Una mujer &ldquo;me pinta todo maravilloso, me habla de ingresos elevados. Pod&iacute;a mantener a mi familia&rdquo;. Ahora est&aacute; maquillada, es alta, grandes ojos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El concepto &ldquo;compa&ntilde;&iacute;a&rdquo; signific&oacute; soportar sexo con unos diez hombres al d&iacute;a. La encargada conced&iacute;a algunos servicios de comida, ropa y aseo, pero las mujeres no pod&iacute;an salir del piso sin previo aviso y viv&iacute;an todo el d&iacute;a a expensas de los caprichos imprevistos del cliente de turno. &ldquo;Recuerdo que era joven. Yo era joven, &iquest;sabes?&rdquo;, dice casi excus&aacute;ndose; &ldquo;a veces quer&iacute;a salir a pasear, hacer otras cosas. Pero deb&iacute;amos estar all&iacute; las veinticuatro horas del d&iacute;a a su entera disposici&oacute;n&rdquo;. Sin rutina clara. Ella y sus cinco compa&ntilde;eras se levantaban cuando pod&iacute;an o ante la presencia temprana de un consumidor, dice Magnolia entre sonrisas amargas; luego desayunaban, recog&iacute;an la cocina, se aseaban y esperaban o atend&iacute;an al primer hombre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cobraba as&iacute; entre 2.000 y 3.000 euros semanales, pero la regenta percib&iacute;a m&aacute;s de la mitad y el resto trataba de destinarlo a su familia y a su supervivencia particular. Contrajo una deuda tras rogar un adelanto que solo con el paso del tiempo solvent&oacute;.&nbsp;
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        La profesora del Departamento de Sociolog&iacute;a y Antropolog&iacute;a de la Universidad de La Laguna (ULL) Esther Torrado recuerda que ellas deben asumir el coste de alquileres la mayor parte de las veces, y de cuotas, manutenciones, deudas y pagos a intermediarios y a familiares. Y hasta preservativos. Torrado present&oacute; el pasado febrero en el Parlamento regional un estudio sobre la prostituci&oacute;n de mujeres en Canarias, el primer informe sobre prostituci&oacute;n realizado en las islas. Cifra en tres mil las mujeres prostituidas en el archipi&eacute;lago, seg&uacute;n las estimaciones. Y ninguna luce patrimonios, viviendas o rentas fijas. Mucha ayuda denegada, muchas denuncias por el sumidero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Est&aacute;n sufriendo una actividad violenta para ganar una miseria&rdquo;, sentencia Esther Torrado. Para la profesora universitaria, toda forma de captaci&oacute;n parte de la mentira de la oferta y de la situaci&oacute;n vulnerable de las receptoras, generalmente en circunstancias empobrecidas y sin apoyos cercanos. &ldquo;Trata de mujeres y prostituci&oacute;n est&aacute;n vinculadas&rdquo;, vuelve a sentenciar, mirando mucho a los ojos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La trata obliga a ejercer por la fuerza de la coacci&oacute;n o de la necesidad, o de ambas. La trata es la norma; hasta la Organizaci&oacute;n de las Naciones Unidas cede el 30 de julio para airear sus miserias. Torrado apura un poco m&aacute;s: distingue una especie de racismo prostitucional, puesto que las extranjeras sufren m&aacute;s maltratos. Distingue una suerte de estereotipo de hombre blanco dominando a la mujer negra. Y las mayores soportan a&uacute;n m&aacute;s vejaciones y m&aacute;s pr&aacute;cticas de riesgo que las j&oacute;venes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Magnolia sobrevivi&oacute; en aquel piso unos cuantos meses. Pero luego naufrag&oacute; casi una d&eacute;cada en las calles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>En las calles</strong>
    </p><p class="article-text">
        Una vez, durante esos a&ntilde;os de trabajo sin techo, un hombre lleg&oacute; muy r&aacute;pido en coche. Ella se subi&oacute; y comenz&oacute; a preocuparse cuando se detuvieron en un descampado &ldquo;bastante m&aacute;s lejos&rdquo; del acordado. &Eacute;l pag&oacute; y ella se relaj&oacute; porque supuso que, en cualquier caso, ser&iacute;a un servicio regular. Luego fue a colocarle el cond&oacute;n, seg&uacute;n tambi&eacute;n lo pactado, pero el hombre se neg&oacute;, se lo arranc&oacute; de las manos, lo tir&oacute; y trat&oacute; de forzarla. Ella quiso devolverle el dinero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Empez&oacute; a pegarme&rdquo;, recuerda ahora. &ldquo;Bastante fuerte&rdquo;, dice remarcando la erre: &ldquo;casi me mata&rdquo;, contin&uacute;a, los ojos grandes achinados. Ella agarr&oacute; entonces el m&oacute;vil, &ldquo;lo apret&eacute; con esta mano, as&iacute;, lo apret&eacute; y lo apret&eacute;&rdquo;. La baj&oacute; del coche e intent&oacute; meterla en el maletero; la met&iacute;a, ella sal&iacute;a, y &eacute;l vuelta a meterla y ella vuelta a salir; quiso arrojarla desde un barranco cercano. No dej&oacute; de golpear en ning&uacute;n momento. &ldquo;Solo s&eacute; que no se percat&oacute; de que hab&iacute;a cogido el m&oacute;vil&rdquo;.&nbsp;
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        La dej&oacute; desnuda en el descampado y sin bolso ni recaudaci&oacute;n. Los polic&iacute;as la encontraron &ldquo;en un estado bastante dif&iacute;cil&rdquo; y la trataron muy bien: &ldquo;tuvieron bastante respeto, no trataron mal mi cuerpo&rdquo;. La taparon. &ldquo;Es de agradecer&rdquo;, dice casi disculp&aacute;ndose.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque los entornos sociales o los posibles c&iacute;rculos de confianza humana casi desaparecen. Las mujeres solo se mueven en ambientes muy cerrados de prostituci&oacute;n pura y dura, delimitados apenas a compa&ntilde;eras, encargadas y proxenetas, y repletos de drogas y delincuencia hasta que, en muchos casos, todo finaliza en una especie de remolino hacia la destrucci&oacute;n m&aacute;s profunda de la persona. Adquieren, dice la educadora social Elena Gonz&aacute;lez, una &ldquo;indefensi&oacute;n aprendida&rdquo;: un permanente cuestionamiento personal, una inseguridad completa hacia ellas mismas que les fuerza a no concederse un valor. &ldquo;&iquest;A d&oacute;nde voy yo?, se dicen. Si no valgo para otra cosa, &iquest;qu&eacute; voy a hacer? Eso piensan&rdquo;, relata la trabajadora. Y concluye: &ldquo;es dif&iacute;cil romper esa din&aacute;mica; que hagan clic en sus cabezas, que abandonen. Hay que tener mucha fuerza de voluntad porque se encuentran en un c&iacute;rculo vicioso&rdquo;, mirando mucho a los ojos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Magnolia tambi&eacute;n habla sobre aquellas mujeres con las que comparti&oacute; existencia. Reina mucha relaci&oacute;n extrema entre el amor o el odio, pero todas encierran una humanidad latente que siempre aflora en momentos de urgencia, como cuando alguna pierde a un hijo o sufre persecuciones o agresiones de alg&uacute;n hombre. Entonces se hermanan. En el centro de orientaci&oacute;n y promoci&oacute;n de la mujer La Casita, impulsado y dirigido por las Hermanas Oblatas del Sant&iacute;simo Redentor en 1988, reconocen muy bien estos casos extremos a fuerza de experiencia. Mujeres en avanzado estado de gestaci&oacute;n no dejan de soportar a clientes hasta poco antes de parir o regresan al sufrimiento justo despu&eacute;s de alumbrar: &ldquo;en la calle hay gente que da a luz hoy, y ma&ntilde;ana est&aacute; de nuevo prostituida&rdquo;, remata Elena Gonz&aacute;lez, trabajadora de la instituci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Robos. Magnolia recuerda que unas cuantas veces los puteros quedaban con ella tan solo para robarle. Una sonrisa nerviosa y amarga en su cara. En una ocasi&oacute;n, un joven condujo de nuevo a otro sitio alejado, no pactado, y le rob&oacute;. &ldquo;Me peg&oacute; y me rob&oacute;. Me peg&oacute; hasta que hice mis necesidades encima&rdquo;, dice avergonzada. &ldquo;Porque recuerdo que no quer&iacute;a soltar mis cosas&rdquo;, prosigue como pidiendo disculpas por finalmente no haberlas soltado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otro hombre muy r&aacute;pido en coche hasta su casa. Le coloc&oacute; el codo en el cuello y presion&oacute; &ldquo;un mont&oacute;n de rato&rdquo;; luego le presion&oacute; el pecho y la cara con su cuerpo &ldquo;muy pesado&rdquo; hasta aplastarla. Nada comunicado. Solo despu&eacute;s de aquello quiso sexo. Se vio atemorizada, indispuesta para el trabajo, bajo p&aacute;nico. Magnolia se neg&oacute; a proseguir. Recuerda que el hombre, hecho una furia, lleg&oacute; a golpearla, y que fue tras ella cuando hu&iacute;a descalza. Ahora agradece que solo le subiera la camiseta y sigue como disculp&aacute;ndose y esbozando medias sonrisas tristes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>M&aacute;s violencia</strong>
    </p><p class="article-text">
        Magnolia no call&oacute;. Trab&oacute; incluso amistad con una joven &ldquo;muy guapa y muy bonita&rdquo; cuando plantaron juntas un recurso para v&iacute;ctimas de violencia sexual en la administraci&oacute;n. Pero ahora Magnolia adopta un gesto de derrota y lamenta a media voz que, durante aquellos a&ntilde;os esclavos, los funcionarios tomasen a la ligera sus denuncias y no prestasen mucha atenci&oacute;n. &ldquo;Aquello era el trato normal&rdquo;, apunta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una ocasi&oacute;n estaba pidiendo justicia, magullada de arriba abajo. La forense le report&oacute; el informe, sali&oacute; de la habitaci&oacute;n y le dijo de pasada al agresor: &ldquo;Habiendo tanta gente por ah&iacute;, vas y buscas a &eacute;sta&rdquo;. Magnolia: &ldquo;Eso duele&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hubo gente que le dec&iacute;a al terminar: &ldquo;ni se te ocurra...&rdquo;. Y ella promet&iacute;a no desvelar nada. &ldquo;Pero eso tambi&eacute;n ofende un poco&rdquo;, lamenta entre risas nerviosas y bajo una especie de timidez dura. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; iba a decir? M&aacute;s verg&uuml;enza sent&iacute;a yo&rdquo;, insiste. Hay un &ldquo;desconocimiento absoluto&rdquo; sobre el &ldquo;sistema prostitucional&rdquo;, dice Torrado. Cree que esta violencia institucional parte, entre otras cuestiones, del mito peliculero de la prostituta alegre y pudiente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Prototipo de putero: &ldquo;un hombre&rdquo;, ironiza Gonz&aacute;lez. Uno normal, a secas. M&eacute;dicos puteros que las atienden en consulta tras haber consumido y estado con ellas. Jueces puteros durante vistas frente a testigas con las que ech&oacute; un rato. Polic&iacute;as puteros. Magnolia distingue a unos pocos que nombraba como &ldquo;mejores clientes&rdquo;. Aquellos acud&iacute;an puntualmente, hac&iacute;an lo que hac&iacute;an y se iban y casi daban las gracias. Incluso hubo quienes acud&iacute;an tan solo a hablar, a contarle largo y tendido sus vidas, obras y milagros, y ella pensaba entonces &ldquo;&iexcl;Aleluya!&rdquo;, y los escuchaba el tiempo acordado. &ldquo;Pero esos eran muy poquitos&rdquo;, lamenta.&nbsp;
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                </figure><p class="article-text">
        Torrado, al contrario: &ldquo;Lo preocupante es el demandante habitual, el que toma la prostituci&oacute;n como un consumo l&iacute;cito o una actividad de ocio ordinaria&rdquo;. Seg&uacute;n el estudio, tan solo cuatro de cada diez hombres que han abandonado el consumo de prostituci&oacute;n pide su abolici&oacute;n. Pervive una resistencia cultural que minimiza el problema y lo neutraliza y justifica, mediante procesos id&eacute;nticos a la concepci&oacute;n social de la violencia machista de hace a&ntilde;os, cuando se consideraba un problema privado, asuntos de pareja, bajo el argumento at&aacute;vico del &ldquo;siempre ha sido as&iacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Gonz&aacute;lez: &ldquo;Cuatro de cada diez hombres reconoce haber consumido prostituci&oacute;n. Ojo: lo reconoce. Hay quienes no. Probablemente, sean m&aacute;s de la mitad&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La prostituci&oacute;n ha mutado; hoy por hoy es un sistema global del que vive mucha gente y que ya no est&aacute; tan vinculado al consumo de drogas, como en d&eacute;cadas anteriores, ni opera como una econom&iacute;a primitiva. La prostituci&oacute;n de calle es minoritaria, defiende Esther Torrado. Se necesita privacidad: pisos, habitaciones, salas de masaje. En Canarias predominan los pisos particulares. Funcionan como espacios impunes a los que solo se puede acceder con una orden judicial. Se sabe: en los pisos son muy cuidadosos. Magnolia recuerda: &ldquo;est&aacute;bamos muy vigiladas y nos acompa&ntilde;&aacute;bamos unas a otras. A los clientes no se les permit&iacute;an ciertas cosas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Disociaciones&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Salidas de emergencia, aunque pasajeras: Magnolia estuvo un tiempo alejada de la prostituci&oacute;n tras escapar del piso, pero recay&oacute; tras el suicidio del &uacute;nico novio que realmente la quiso. Se apoyaban mucho mutuamente, dice. Luego perdi&oacute; el empleo, quebr&oacute; su econom&iacute;a y se contempl&oacute; &ldquo;emocionalmente vulnerable&rdquo;. Comenz&oacute; a consumir en la calle precisamente por estar en la calle. &ldquo;Estuve muy metida. Me sent&iacute;a tan triste al terminar de trabajar que creo que la piel se me afin&oacute; de tanto que frotaba la esponja contra mi cuerpo&rdquo;. Un tiempo que ahora encuentra irreal o ajeno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Elena Gonz&aacute;lez relata que la coca&iacute;na es costumbre en pisos y clubes. &ldquo;Los locales incluso anuncian fiestas blancas&rdquo;, remarca. Torrado subraya: &ldquo;Las drogas ahora son los efectos secundarios de una actividad violenta, criminal y patriarcal&rdquo;. Porque la prostituci&oacute;n, efectivamente, ha mutado. Primero te prostituyes y luego te drogas; no al contrario, como en d&eacute;cadas pasadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, la educadora afirma que la gran mayor&iacute;a de mujeres prostituidas han sufrido abusos sexuales durante la infancia, trauma que posteriormente facilita un mecanismo de disociaci&oacute;n con el que logran desconectar de su cuerpo y eludir lo real. &ldquo;Se cuentan que esto lo hacen solo para conseguir un dinero, que no les afecta, que en realidad son actrices: un trabajo como cualquier otro&rdquo;, explica. Esas mismas mujeres vuelven minutos despu&eacute;s llorando, lament&aacute;ndose, asegurando que no aguantan m&aacute;s y que todo es una mierda. &ldquo;Eso es disociaci&oacute;n&rdquo;, remata.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Magnolia recuerda pasar por La Casita sin aliento en &ldquo;noches fat&iacute;dicas&rdquo;. Ah&iacute; tomaba algo calentito en noches de fr&iacute;o, conversaba con las trabajadoras y se percataba de que aquel sitio efectivamente exist&iacute;a y ofrec&iacute;a recursos y escucha: ayuda, en suma. Al principio era reacia: &ldquo;Uy, ah&iacute; vienen estas mujeres otra vez&rdquo;, sol&iacute;a decir. Pero ahora lo agradece todo. &ldquo;Me siento bastante mejor. Me siento v&aacute;lida. Soy &uacute;til&rdquo;, afirma con los ojos encendidos, acarici&aacute;ndose los dedos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los trabajadores de La Casita atendieron el a&ntilde;o pasado a 462 mujeres en el centro y a otras 314 por contactos en pisos, clubes y calles. &ldquo;Muchas han salido adelante&rdquo;, suspira Elena. Matiza: &ldquo;La Casita no rescata, solo acompa&ntilde;a a las mujeres en el proceso que elijan. Intentamos que sea lo menos doloroso posible&rdquo;. La instituci&oacute;n no fuerza a abandonar si las mujeres no encuentran otra alternativa o las circunstancias no resultan favorables. Vuelve a matizar con potencia, &ldquo;pero si quieren dejarlo, vamos a por todas&rdquo;. De hecho, han sido todas las mujeres que tomaron algo calentito en noches fat&iacute;dicas a lo largo de treinta a&ntilde;os quienes dieron nombre al local por lo que trae consigo, en el fondo: un descanso, una casita, un hogar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Trata, maltratos, drogas, puteros. Un tiempo que ahora Magnolia encuentra irreal o ajeno. M&aacute;s a&uacute;n: lo menciona como un salto descarnado a trav&eacute;s de una ventana, precedente de un caer suave en &ldquo;la tranquilidad y la limpieza&rdquo; de su nueva vida de pobreza digna.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora oscurece un poco el gesto porque le cuesta trabajo entablar una relaci&oacute;n &iacute;ntima con un hombre. Pocas veces desde entonces se ha sentido c&oacute;moda practicando sexo porque parece que ha perdido sin querer un placer natural que para ella signific&oacute; una condena. &ldquo;Hay cargas emocionales que han quedado ah&iacute;. Traumas. Cosas que marcan la vida de una mujer, dif&iacute;ciles de superar. Pero poco a poco...&rdquo;, explica entre pausas y anhelos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un violento proxeneta quiso en serio ser su novio. Eso le cont&oacute; su compa&ntilde;era de calle &ldquo;muy guapa y muy bonita&rdquo; cierta noche, durante los a&ntilde;os sin techo. Su amiga estaba drog&aacute;ndose y le ofreci&oacute;. &ldquo;Me negu&eacute; a consumir de lo suyo pensando que le hac&iacute;a un favor&rdquo;, recuerda ahora. Su amiga se ahorr&oacute; adrede fragmentos del chisme para sostener un suspense divertido y continuarlo en otro momento. Pero esa misma noche falleci&oacute;. &ldquo;Me qued&eacute; pensando en ella toda la noche, esa misma noche. Me doli&oacute; much&iacute;simo&rdquo;. Y dice que llor&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Magnolia llora durante toda la entrevista, pero siempre conteniendo el gesto, derrumb&aacute;ndose poco a poco bajo una voz temblorosa que nunca se quiebra del todo, y guardando de alg&uacute;n modo un silencio paralelo mientras habla: como una confesi&oacute;n secreta que no admite respuesta porque solo atando cabos m&aacute;s tarde se percibe su existencia.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Román Rodríguez Curbelo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerifeahora/sociedad/magnolia-prostitucion-calle-santa-cruz-de-tenerife-violencia_1_1350736.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Oct 2019 19:54:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Magnolia: mujer entre la calle, la violencia y la esperanza ]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prostitución,Santa Cruz de Tenerife,Violencia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tenerife II: la cárcel de todos, las penas de pocos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerifeahora/sociedad/tenerife-ii-carcel-penas-pocos_1_1473240.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a6f181f5-0415-4c39-ada1-38a34e33427b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Acceso principal a la prisión de Tenerife."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La situación en el centro penitenciario Tenerife II es crítica: los pabellones están desbordados, faltan funcionarios de prisiones y las instalaciones están viejas. Ni unos consiguen rehabilitarse para vivir en sociedad, ni los otros trabajan en buenas condiciones</p><p class="subtitle">Domingo Marrero, capellán de la cárcel desde hace 25 años, reflexiona a través de anécdotas con los reclusos sobre el estigma social que padecen y sobre sus crisis existenciales en un entorno claustrofóbico destinado tan solo a castigar</p><p class="subtitle">La falta de personal que denuncian los funcionarios de prisiones son un peligro para ellos, pero también para los propios internos. Faltan 48 funcionarios en Tenerife II, dice Antonio Rodríguez, y 3.500 en toda España</p></div><p class="article-text">
        Desde los edificios de entrada del centro penitenciario de Santa Cruz de Tenerife II se ve el mar. Aparcamientos amarillos, techos rojos, bancos blancos, setos enormes, una fuente, una se&ntilde;al de taxi. A la c&aacute;rcel la rodean las dos lenguas del barranco de Marreros. Una pasarela transparente salva una de ellas y une el centro de m&oacute;dulos con la entrada. El d&iacute;a en que lo iban a soltar, un preso se par&oacute; un momento a medio puente, solt&oacute; las bolsas negras de basura repletas con sus pertenencias y, sin prisas, se&ntilde;al&oacute; el fondo de la c&aacute;rcel y solt&oacute;: &ldquo;Espera, quiero respirar este aire. Este aire ya es distinto al de ah&iacute; detr&aacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La prisi&oacute;n parece tan acogedora que cuando la constru&iacute;an a finales de la d&eacute;cada de los ochenta hubo turistas interesados en comprar lo que cre&iacute;an que eran viviendas de una urbanizaci&oacute;n con aires de aldea, de jardines boscosos y amplios espacios. Visualmente no aplasta. Tiene muchos lugares abiertos y mucho cielo. Uno puede contemplar las monta&ntilde;as del entorno y una franja de oc&eacute;ano, y casi invita a caminar pese al rigor de los inviernos y a los vientos del verano.
    </p><p class="article-text">
        Tenerife II abri&oacute; sus rejas al p&uacute;blico en 1989 tras un acuerdo entre cuatro administraciones p&uacute;blicas distintas gobernadas por un mismo partido pol&iacute;tico que tuvo mucho de casualidad afortunada. Entonces no hab&iacute;a concertinas sobre los muros que divid&iacute;an los nueve m&oacute;dulos, y los presos saltaban de uno a otro para visitar colegas que echaban de menos, como en un campamento. Luego hubo a&ntilde;os de hacinamiento a comienzos del nuevo siglo, cuando el centro cont&oacute; 1.400 presos y un solo psic&oacute;logo.
    </p><p class="article-text">
        Aquel desborde humano pareci&oacute; aliviarse cuando las cubiertas de los techos rojos salieron volando la madrugada del 29 de noviembre de 2005. La tormenta tropical Delta cruz&oacute; el archipi&eacute;lago dejando un mar de destrozos. Antonio Rodr&iacute;guez, funcionario de prisiones, lamenta que tardaran meses en arreglar el desaguisado. Infla el pecho: &ldquo;el relevo de personal no fall&oacute; aquella noche. Hubo gente que se jug&oacute; el tipo. Despu&eacute;s de aquello nos felicitaron por nuestra profesionalidad&rdquo;. A partir de aquello disminuy&oacute; la cantidad de personas recluidas.
    </p><p class="article-text">
        Pero todav&iacute;a conviven 963 reclusos en las 771 celdas de Tenerife II. Sus instalaciones han envejecido mal y sus calabozos, de seis metros cuadrados, acogen a parejas de internos que duermen en literas y comparten un aseo diminuto.
    </p><p class="article-text">
        El Estado inaugur&oacute; en 2011 el centro penitenciario Las Palmas II: 28 edificios nuevos y modernos, 1.008 celdas residenciales de 13 metros cuadrados cada una, capacidad real y efectiva para 2.200 almas, trazado de car&aacute;cter urbano, dise&ntilde;o vanguardista, todo hermosura. Siete a&ntilde;os despu&eacute;s, Las Palmas II alberga a tan solo 800 internos y la falta de trabajadores ha provocado que a&uacute;n tenga m&oacute;dulos muertos de risa, sin inquilinos, y que los fines de semana disponga de un &uacute;nico m&eacute;dico que aguarda novedades desde su casa.
    </p><p class="article-text">
        Hoy trabajan en Tenerife II algo m&aacute;s de 300 funcionarios, 6 psic&oacute;logos, 11 educadores, 6 m&eacute;dicos, 3 capellanes. Hace treinta a&ntilde;os daba trabajo a m&aacute;s de 400 funcionarios. Pero no se cubren las bajas. Ni en Tenerife II ni en ninguna c&aacute;rcel del resto de Espa&ntilde;a: faltan 3.500 funcionarios en las 84 prisiones estatales que dependen de la Secretar&iacute;a General de Instituciones Penitenciarias; 48 en Tenerife. Antonio avisa: &ldquo;no somos de los peores centros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Octubre de 2018: comienzan las primeras huelgas de personal de prisiones desde que Espa&ntilde;a es dem&oacute;crata. Seis jornadas en todo el pa&iacute;s secundadas por nueve de cada diez trabajadores, seg&uacute;n los sindicatos, porque tambi&eacute;n nueve de cada diez agresiones a personal de la Administraci&oacute;n General del Estado las cobran ellos. El pasado 19 de julio, de hecho, uno de los internos le clav&oacute; un cuchillo a un funcionario en el departamento de enfermer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Los funcionarios de prisiones entienden que el protocolo espec&iacute;fico de actuaci&oacute;n frente a las agresiones en los centros penitenciarios (PEAFA) las aborda como un problema de seguridad y no desde un punto de visto preventivo. Da por hecho que va a haber agresiones, que es parte del trabajo, que viene con el sueldo, dicen.
    </p><p class="article-text">
        Las plantillas envejecen. Los &uacute;ltimos guardianes tampoco reciben la formaci&oacute;n necesaria para afrontar el aumento terrible de las enfermedades mentales en los internos y del consumo espantoso de sustancias psicotr&oacute;picas.
    </p><h4 class="article-text">Rutinas </h4><p class="article-text">
        <strong>Rutinas </strong>Lunes, mi&eacute;rcoles y viernes: medicaciones para quien las requiera. Cada uno gestiona sus dosis. Los fines de semana se hacen largos, m&aacute;s a&uacute;n si el lunes es festivo, y la clausura del espacio tienta a despistes, amenazas, ventas o incluso trueques por m&oacute;viles o paquetes de tabaco. En circunstancias extremas, el recluso enfermo toma de una vez la prescripci&oacute;n facultativa y suceden sobredosis y muertes.
    </p><p class="article-text">
        Los presos hablan. En verano del 2018 presentaron al Diputado del Com&uacute;n un escrito de queja en el que solicitaban una investigaci&oacute;n profunda sobre el n&uacute;mero de fallecidos, el traslado de enfermos mentales y terminales a centros especializados, la libertad condicional de septuagenarios, y la aplicaci&oacute;n ecu&aacute;nime del reglamento penitenciario por parte de la Junta de Tratamientos, Equipos T&eacute;cnicos y Direcci&oacute;n del centro. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, coinciden en que la pena privativa de libertad est&aacute; enfocada al mero castigo, afeando as&iacute; su positivo principio constitucional de reeducaci&oacute;n y reinserci&oacute;n social. Es m&aacute;s: en cada celda cabe todav&iacute;a un timbre para avisar a un funcionario en caso de urgencia, pero los tapan a consciencia por temor a represalias. &ldquo;Mejor estar muerto cuando los funcionarios lleguen. Te golpean por haberlos tocado, aunque est&eacute;s gravemente enfermo. Igual si uno muere ser&aacute; por una sobredosis&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Drogas. &ldquo;&iexcl;Aj&aacute;!&rdquo;, exclama Antonio. Sonrisa triste, gesto afligido. Que c&oacute;mo entran, j&aacute;. Familiares en vis a vis, reclusos vueltos de permisos, dos o tres funcionarios corruptos en treinta a&ntilde;os. Dobladillos en bordes de pantalones, bolsillos secretos cosidos al tejido, espacios en suelas de zapatos, objetos cubiertos por condones &ldquo;empetados&rdquo; por el culo. Abre los ojos: &ldquo;hay m&oacute;viles del tama&ntilde;o de un pulgar&rdquo;. Y palomas amaestradas que aterrizan en los patios con gramos en sus patas. Nada es impermeable. Nadie est&aacute; seguro, al final es como en la calle; nadie sabe nada, todos niegan todo, &iquest;qui&eacute;n sabe...?
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Domingo Marrero, sacerdote y capell&aacute;n, es una especie de figura neutra dentro de los m&oacute;dulos, se siente respetado y querido, lo llaman &ldquo;padre&rdquo; y le piden de todo: ropa interior, televisores, papeles, sellos, libros, tornillitos de gafas, matr&iacute;culas universitarias. Una vez un preso enorme y cuadrado y peludo y tatuado de arriba abajo, vestido con un traje estampado en flores, le pidi&oacute; las Sagradas Escrituras. &Eacute;l solo ten&iacute;a a mano una versi&oacute;n coqueta del Nuevo Testamento, pero aquel fue taxativo: quer&iacute;a el Antiguo Testamento, al dios que castigaba, persegu&iacute;a, asesinaba e insultaba. Al final lo consigui&oacute;. Rondan muchas Biblias por las c&aacute;rceles, el papel fino de sus hojas parece inventado para liarse unos canutos, cuenta Domingo. Rondan muchas Biblias sin su libro del G&eacute;nesis.
    </p><p class="article-text">
        Galopa el tiempo en los m&oacute;dulos. Se toca diana a las 7:45; a las ocho, apertura de celdas y recuento; cierre de celdas y desayuno. A la una de la tarde se reparte el almuerzo, a las dos, otro recuento. Poco m&aacute;s hasta la noche.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Tanta rutina cruda despoja a esos hombres y mujeres de preocupaciones y quehaceres que hasta entonces rellenaban sus vidas. Chocan contra todo el tiempo del mundo para sentirse y comprobarse impotentes, vulnerables y peque&ntilde;os bajo los escasos m&aacute;rgenes de libertad que concede el ritmo carcelario. La c&aacute;rcel achica los dominios, como el p&aacute;rkinson. Y aunque Domingo Marrero reconoce que pocos reclusos participan del sacramento de la confesi&oacute;n, suelta un gui&ntilde;o serio: &ldquo;Muchas veces aflora una religiosidad que quiz&aacute; no tienes en la vida cotidiana&rdquo;. Porque Domingo ofrece respuestas adem&aacute;s de calzoncillos.
    </p><p class="article-text">
        Todo nuestro juicio, asegura, es incapaz de llegar a lo m&aacute;s escondido del ser humano, de precisar cu&aacute;ndo una persona est&aacute; preparada para regresar a la gente o cu&aacute;ndo volver&aacute; a fallar. Quienes parecen carne de reingreso, sorprenden. Fracasan quienes aprueban toda fase. &ldquo;No nos fallan. Se fallan a ellos mismos&rdquo;.
    </p><h4 class="article-text">Tipos normales arriba</h4><p class="article-text">
        <strong>Tipos normales arriba</strong>En la c&aacute;rcel se deterioran las identidades de esos individuos que, en general, pierden su libertad poco a poco y por infinitos motivos antes de caer tristes en prisi&oacute;n. Domingo ha llorado junto a muchos. Ha empatizado ante asuntos muy &iacute;ntimos, frente a historias nunca antes desveladas que guardar&aacute; bajo llave hasta el fin de sus d&iacute;as. Son tipos normales, gente corriente, algo d&eacute;biles, medio desbordados por la vida y sin puntos cardinales. Y en la calle casi nada est&aacute; a favor de quien vuelve al aire fresco.
    </p><p class="article-text">
        Casi nada. A un joven valenciano llamado &Aacute;ngel le amputaron una pierna cuando le restaban pocos d&iacute;as de sentencia, y el hospital, &aacute;gil, le dio el alta un d&iacute;a antes de que la cumpliese. Horas despu&eacute;s se encontraba en la calle con los puntos de la operaci&oacute;n a&uacute;n frescos. Al d&iacute;a siguiente se present&oacute; en la casa de acogida do&ntilde;a Leonor, una anciana de ochenta a&ntilde;os muy menudita que ven&iacute;a a cuidar a su hijo cojo. Domingo achina los ojos, medio sonriente. &ldquo;Un segundo problema&rdquo;, hab&iacute;a pensado. Al contrario: la anciana derroch&oacute; tanta energ&iacute;a dom&eacute;stica y se desvivi&oacute; por todos los presentes con tal fervor que se impuso por las bravas como matriarca absoluta.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Do&ntilde;a Leonor alquil&oacute; luego un piso cerca del hospital donde su hijo soportar&iacute;a la rehabilitaci&oacute;n. Tras unos cuantos meses, un infarto s&uacute;bito acab&oacute; con la vida de &Aacute;ngel durante una sesi&oacute;n. Do&ntilde;a Leonor regres&oacute; a Valencia. Dos o tres a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando Domingo ofrec&iacute;a misa en su parroquia, vio de pasada la peque&ntilde;a silueta de do&ntilde;a Leonor al fondo de la iglesia. La mujer volv&iacute;a para saldar el adelanto con que la ayudaron en el alquiler del piso. Doscientos euros. &Eacute;l no dio cr&eacute;dito. Ella jam&aacute;s volvi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Muertes: &ldquo;&iexcl;buf!&rdquo;, exclama Domingo. Se inclina en la silla, sacude los brazos, vibran sus labios. Habla del silencio convertido en otro preso tras la muerte de un compa&ntilde;ero. De m&aacute;s silencio por pasillos y pabellones, de la quietud molesta en rincones hasta entonces bulliciosos. De confrontar a un cuerpo inerte una ma&ntilde;ana. Del &uacute;ltimo joven que se arroj&oacute; al vac&iacute;o desde el v&eacute;rtice de un tejado despu&eacute;s del almuerzo, frente al resto. De la intimidad en las celdas que invita a cortarse por todos lados, barrigas, mu&ntilde;ecas, muslos. De lo habitual de las lesiones, de ese tipo de soledad no escrita. Domingo, cansado: &ldquo;Formas extremas de gritar que ah&iacute; est&aacute;n y que no pueden m&aacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Son tipos normales, gente corriente. Se prestan caf&eacute;s y cigarros y tarjetas de m&oacute;vil para llamar a seres queridos; ba&ntilde;an con sus manos y trasladan a hombros a quienes por edad o enfermedad se les hace todo cuesta arriba, y asisten de inmediato a quienes sufren infartos o mareos. Charlan sobre lo loco que est&aacute; el tiempo. Y cuando viejos compa&ntilde;eros se encuentran en libertad, lejos ya de Tenerife II, se refieren a ella como &ldquo;arriba&rdquo;, en una jerga indescifrable que o&iacute;dos ajenos confundir&aacute;n con asuntos celestiales. Domingo: &ldquo;Y ah&iacute; est&aacute;n. Hay personas. Son nuestros. La c&aacute;rcel es nuestra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eso dice todo aquel vinculado al presidio: es de todos. Pero Tenerife II corona de este a oeste al Camino del Medio, una carretera vecinal que cruza a lo largo de cinco kil&oacute;metros las median&iacute;as h&uacute;medas que en Canarias anuncian al Teide. Al este, y a poco m&aacute;s de un kil&oacute;metro de prisi&oacute;n, aparece El Hotelito, un armatroste amarillo chill&oacute;n, antigua residencia de ancianos, que funciona ahora como club de alterne donde unas cuarenta mujeres soportan a puteros todos los d&iacute;as del a&ntilde;o. Otra vez al este, y a poco m&aacute;s de dos kil&oacute;metros, casi 75.000 metros cuadrados de tierra f&eacute;rtil para el cultivo de papas amparan a cerca de 6.000 nichos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Sobre tierras y l&aacute;pidas: Rafael fue un marino conejero que, seg&uacute;n &eacute;l mismo dec&iacute;a, pen&oacute; un mont&oacute;n de a&ntilde;os en la c&aacute;rcel por un delito muy gordo y muy feo. Un d&iacute;a, fuera. Lleg&oacute; a la casa de acogida para presos sin techo y no quiso irse de ella durante meses. Domingo cre&iacute;a de coraz&oacute;n que pod&iacute;a reiniciar otra vida en su isla de anta&ntilde;o. Nunca hizo caso. Dicen que una ma&ntilde;ana vol&oacute; hasta Lanzarote, se acerc&oacute; a un cementerio, busc&oacute; entre tumbas y le dej&oacute; un ramo de flores a la madre, cuya muerte sorprendi&oacute; a Rafael arriba. Regres&oacute; a Tenerife aquel mismo d&iacute;a. Finalmente cedi&oacute; a una independencia a medias y vivi&oacute; de alquiler en un piso justo al lado de la casa de acogida. Fumador incorregible, cri&oacute; un c&aacute;ncer y muri&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Para Antonio Rodr&iacute;guez, las casualidades espaciales del Camino del Medio responden a la tendencia social de apartar lo marginal; ser&aacute; de todos, pero lejos. Cementerios, c&aacute;rceles, clubes de putas: &iexcl;libertades de otros!
    </p><p class="article-text">
        Hace muchos a&ntilde;os, uno de los reclusos m&aacute;s ancianos del centro hac&iacute;a las veces de jardinero con las plantas y las flores. El hombre contaba que su &uacute;nico objetivo cuando alcanzase de nuevo la libertad era caminar, caminar, caminar y caminar hasta encontrar una piedra desprevenida en la que sentarse a fumar un cigarrillo. Y nada m&aacute;s. Nadie sabe qu&eacute; hizo cuando lo plantaron en la entrada junto a sus bolsas negras de basura.
    </p><p class="article-text">
        Si hubiera comenzado una ruta hacia el oeste, el viejo jardinero habr&iacute;a llegado a un bosque de pinos canarios y eucaliptos: el Monte de La Esperanza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Román Rodríguez Curbelo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerifeahora/sociedad/tenerife-ii-carcel-penas-pocos_1_1473240.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Sep 2019 07:46:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tenerife II: la cárcel de todos, las penas de pocos]]></media:title>
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