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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carlos Gil Gandía]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carlos_gil_gandia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carlos Gil Gandía]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Al sur de la memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/sur-memoria_132_13480845.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/78b57ad4-96aa-4c39-ac23-06cabdfce0a3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Al sur de la memoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
A los 18 años, el Škoda fue el primer coche potente que conduje. Hundía el pie en el acelerador y el motor respondía. La carretera se abría delante de mí. No sabía dónde iba</p></div><p class="article-text">
        Conduc&iacute;a el viejo &Scaron;koda de mi padre. El coche ten&iacute;a ya 26 a&ntilde;os. Mi padre habr&iacute;a cumplido 65 a&ntilde;os en 2026, y por eso hay edades que pueden contarse y otras que solo pueden imaginarse.
    </p><p class="article-text">
        26 son muchos para un autom&oacute;vil. No tantos para una persona. Y demasiados para un perro, si persistimos en esa costumbre absurda de convertir su tiempo en el nuestro.
    </p><p class="article-text">
        Estaba detenido cerca del Puerto de la Cadena. Delante de m&iacute;, la carretera descend&iacute;a hacia Murcia, o deb&iacute;a descender. Era imposible comprobarlo. Los coches formaban una costra de metal sobre el asfalto. Hab&iacute;a un atasco. En los atascos aparece algo poco decoroso del ser humano: la impaciencia, el insulto, el claxon y, sobre todo, la convicci&oacute;n de que nuestra urgencia es m&aacute;s leg&iacute;tima que la de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Un conductor intent&oacute; cambiar de carril; otro aceler&oacute; para cerrarle el paso. Hab&iacute;a ganado medio metro. No se sab&iacute;a qu&eacute; hab&iacute;a perdido. Yo no llevaba prisa, o eso cre&iacute;a. Bast&oacute; que la carretera se detuviera para que recordara obligaciones inexistentes, citas que no ten&iacute;a, personas que no me esperaban.
    </p><p class="article-text">
        Mir&eacute; el salpicadero. El pl&aacute;stico estaba gastado. Algunas manchas ya no se borraban. El volante conservaba el rastro de miles de kil&oacute;metros y tambi&eacute;n &mdash;quise pensar&mdash; el de las manos de mi padre. Hac&iacute;a a&ntilde;os que hab&iacute;a muerto, pero sus manos hab&iacute;an estado all&iacute;, donde ahora estaban las m&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Las huellas no siempre se ven. A veces somos nosotros quienes decidimos d&oacute;nde permanecen. El &Scaron;koda llevaba ara&ntilde;azos, peque&ntilde;os golpes, hendiduras sin importancia. Al principio miraba cada golpe. Despu&eacute;s dej&eacute; de verlo. No hab&iacute;a desaparecido: se hab&iacute;a incorporado al coche. Supongo que con nosotros ocurre algo parecido. Algunas heridas dejan de parecernos heridas porque terminan formando parte de nuestra manera de estar en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Mi padre compr&oacute; el &Scaron;koda en el a&ntilde;o 2000. Nunca supe por qu&eacute; eligi&oacute; aquella marca, entonces poco conocida en Espa&ntilde;a. Ven&iacute;a de un Volkswagen Polo y era alba&ntilde;il, y aquel cambio debi&oacute; de significar algo para &eacute;l, aunque no s&eacute; qu&eacute;. Nunca se lo pregunt&eacute;, o no recuerdo su respuesta, que ahora viene a ser casi lo mismo. Hay preguntas que solo se nos ocurren cuando ya no queda nadie que pueda contestarlas.
    </p><p class="article-text">
        Entonces el coche parec&iacute;a moderno, s&oacute;lido, brillante y serio. Ten&iacute;a el aspecto de las cosas destinadas a durar. Mi padre conduc&iacute;a y yo miraba la carretera. Cre&iacute;a que la libertad consist&iacute;a en avanzar, en dejar atr&aacute;s las casas, en ver desaparecer la ciudad por la ventanilla. No sab&iacute;a que tambi&eacute;n se viaja hacia lo perdido, ni que una persona inm&oacute;vil puede recorrer toda su vida.
    </p><p class="article-text">
        A los 18 a&ntilde;os, el &Scaron;koda fue el primer coche potente que conduje. Hund&iacute;a el pie en el acelerador y el motor respond&iacute;a. La carretera se abr&iacute;a delante de m&iacute;. No sab&iacute;a d&oacute;nde iba. Tampoco importaba. A esa edad uno confunde f&aacute;cilmente el movimiento con el destino y la velocidad con la libertad.
    </p><p class="article-text">
        El atasco avanz&oacute; dos metros y volvi&oacute; a detenerse. Mi cuerpo permaneci&oacute; all&iacute;, las manos sobre el volante y el pie sobre el embrague, pero el pensamiento se march&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; a quienes hab&iacute;an ocupado esos asientos. Los amores, fugaces unos, m&aacute;s largos otros, temporales todos. Manos que buscaron la m&iacute;a, conversaciones que parec&iacute;an decisivas, besos en el coche y otros aplazados hasta encontrar d&oacute;nde aparcar. Amigos que me ped&iacute;an que corriera m&aacute;s. Familiares a quienes llev&eacute; a hospitales, bodas y funerales.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; tambi&eacute;n a un muchacho que hac&iacute;a autoestop. Durante veinte minutos compartimos aquel espacio reducido en el que dos desconocidos pueden contarse cosas que quiz&aacute; no contar&iacute;an a nadie conocido. No recuerdo su nombre. Entr&oacute; en mi vida porque necesitaba llegar a alg&uacute;n sitio. Luego baj&oacute; del coche y no volv&iacute; a verlo.
    </p><p class="article-text">
        Hubo despedidas. Puertas cerradas con demasiada fuerza. Silencios durante el trayecto. Personas que bajaron del coche y se fueron de mi lado, o de cuyo lado me fui yo.
    </p><p class="article-text">
        Y hubo llegadas. Estaciones, aeropuertos, portales iluminados de madrugada, abrazos entre maletas. Esa alegr&iacute;a de distinguir a lo lejos una figura conocida y comprobar que todav&iacute;a camina hacia nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os, el coche hab&iacute;a dejado de ser solo un medio de transporte. Hab&iacute;a sido comedor: bocadillos con el envoltorio sobre las rodillas, caf&eacute;s apresurados. Alguna vez tambi&eacute;n me sirvi&oacute; para dormitar, reclinando el asiento durante ese sue&ntilde;o inc&oacute;modo y vigilante que permite un autom&oacute;vil. Un coche termina siendo, sin que uno lo decida, una habitaci&oacute;n provisional de la vida. 
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hubo duelos. El &Scaron;koda me llev&oacute; a lugares a los que no quer&iacute;a ir y luego me trajo de vuelta. Guard&oacute; mi silencio y alguna l&aacute;grima en la tapicer&iacute;a. Nunca pregunt&oacute; nada. Las cosas tienen esa ventaja: no preguntan. Un coche viejo conserva lo que nosotros vamos olvidando. Nos recuerda que hemos sido otros y que algunas personas contin&uacute;an viajando con nosotros, aunque hayan muerto o ya no est&eacute;n a tu lado con ese v&iacute;nculo m&aacute;s especial, ni siquiera puedan ocupar ning&uacute;n asiento.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; el c&oacute;lico renal. Cada bache despertaba el dolor. Aquella noche el &Scaron;koda no parec&iacute;a viejo. Parec&iacute;a urgente. Su motor sonaba como una respiraci&oacute;n prestada.
    </p><p class="article-text">
        Y luego estaba Aretha.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; su primer viaje. La acomod&eacute; con cuidado. Al principio lo miraba todo. Despu&eacute;s llegaron los mareos y la inquietud. Aprend&iacute; a detenerme, a llevar agua, a observar sus movimientos. Con Aretha descubr&iacute; otra forma de avanzar. Ya no se trataba de llegar antes. Se trataba de llegar juntos.
    </p><p class="article-text">
        El atasco continuaba bajo el sol de la monta&ntilde;a y pens&eacute; en la libertad de movimiento. He dedicado muchos a&ntilde;os a pensar la libertad como un derecho, a verla recogida en art&iacute;culos, rodeada de l&iacute;mites, garant&iacute;as y excepciones: formaci&oacute;n profesional de jurista. Pero all&iacute; nadie pod&iacute;a moverse.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;ramos ciudadanos libres dentro de coches inm&oacute;viles, cada uno due&ntilde;o de su destino siempre que el conductor de delante avanzara.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; entonces algo elemental: para moverme necesitaba que los dem&aacute;s se movieran. Mi camino depend&iacute;a de los caminos ajenos. Mi libertad terminaba donde comenzaba otro parachoques. Pero tambi&eacute;n comenzaba all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Entonces ejerc&iacute; un derecho que no figura con demasiada claridad en los c&oacute;digos: el derecho a la imaginaci&oacute;n. Apagu&eacute; el m&oacute;vil. Dej&eacute; de mirar el reloj.
    </p><p class="article-text">
        En el coche de al lado hab&iacute;a un hombre muy alto y muy delgado. Ten&iacute;a el pelo revuelto y una expresi&oacute;n entre distra&iacute;da y divertida, como si el atasco no acabara de parecerle un contratiempo. Durante unos segundos me result&oacute; familiar. Intent&eacute; recordar de qu&eacute; o de d&oacute;nde, porque a veces reconocemos a alguien antes de saber qui&eacute;n es.
    </p><p class="article-text">
        El hombre volvi&oacute; la cabeza y me mir&oacute;. O eso cre&iacute;. Levant&oacute; apenas una mano, un saludo m&iacute;nimo, quiz&aacute; dirigido a m&iacute;, quiz&aacute; a nadie. Pens&eacute; que nos hab&iacute;amos visto antes, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca.
    </p><p class="article-text">
        El coche de delante avanz&oacute;. Tuve que soltar el embrague y recorrer unos metros. Cuando volv&iacute; a mirar hacia el otro carril, ya no estaba a mi altura.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a perdido de vista al Flaco.
    </p><p class="article-text">
        Durante unos segundos lo busqu&eacute; entre los coches. Despu&eacute;s dej&eacute; de hacerlo. Cada veh&iacute;culo detenido conten&iacute;a una historia. Cada conductor llevaba consigo sus muertos, sus deseos, sus urgencias verdaderas y tambi&eacute;n las inventadas.
    </p><p class="article-text">
        Durante un instante dejamos de ser enemigos. Form&aacute;bamos una comunidad involuntaria, cada uno dentro de su c&aacute;psula de recuerdos y todos detenidos en el mismo presente.
    </p><p class="article-text">
        El tr&aacute;fico comenz&oacute; a moverse. A lo lejos apareci&oacute; Murcia, bajo su nube de contaminaci&oacute;n y el bochorno de la tarde. Acarici&eacute; el volante. El &Scaron;koda respondi&oacute; con su ruido habitual. Alg&uacute;n d&iacute;a dejar&iacute;a de hacerlo. Ning&uacute;n coche es eterno. Mi padre tampoco lo fue. Aretha tampoco lo ser&aacute;. Yo tampoco. Pero el coche avanzaba.
    </p><p class="article-text">
        Y conmigo viajaban mi padre y Aretha: uno ya convertido en recuerdo; la otra, todav&iacute;a a mi lado en el tiempo. El &Scaron;koda cuenta con 26 a&ntilde;os. Mi padre tendr&iacute;a 65. Aretha ten&iacute;a los suyos. Yo ten&iacute;a los m&iacute;os. Unas edades pod&iacute;an contarse. Otras solo pod&iacute;an imaginarse.
    </p><p class="article-text">
        Segu&iacute; conduciendo, sin prisa.
    </p><p class="article-text">
        La carretera descend&iacute;a de nuevo hacia Murcia. Delante de m&iacute; avanzaban los otros coches y, entre ellos, las vidas que durante un rato hab&iacute;an permanecido detenidas junto a la m&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/sur-memoria_132_13480845.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Sep 2026 04:01:07 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Migración y medios de comunicación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/migracion-medios-comunicacion_132_13475300.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5b69ba8a-8233-4da5-a349-0a415a54c2d8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Migración y medios de comunicación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Contar que una frontera se encuentra en situación extraordinaria es periodismo. Preguntarse por la capacidad de acogida de Ceuta es periodismo. Investigar delitos cometidos por extranjeros o por nacionales es periodismo. Examinar críticamente las políticas migratorias del Gobierno es periodismo. Pero convertir la procedencia del delincuente de turno en explicación del delito, transformar casos individuales en atributos colectivos o presentar sistemáticamente al extranjero como amenaza ya pertenece a otra cosa
</p></div><p class="article-text">
        Hay palabras que, aun antes de decir cosa alguna, ya han tomado partido. <em><strong>Avalancha</strong></em> es una de ellas; <em><strong>oleada</strong></em><em>,</em> otra; <em><strong>asalto</strong></em>, naturalmente, otra. Y hasta la aparentemente inocente <em><strong>presi&oacute;n migratoria</strong></em> contiene ya toda una representaci&oacute;n del mundo: si hay algo que presiona, habr&aacute; necesariamente algo que debe resistir. As&iacute;, incluso antes de conocer al ser humano que llega, hemos levantado la frontera contra &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lo ocurrido en Ceuta</strong> vuelve a enfrentarnos a una cuesti&oacute;n que Europa conoce sobradamente y que, sin embargo, parece descubrir con estupor cada vez que unas decenas, centenares o miles de personas aparecen ante una de sus fronteras. Pero la cuesti&oacute;n no es solo qu&eacute; hacer con quienes llegan. Hay otra, anterior y acaso m&aacute;s profunda: <strong>c&oacute;mo contamos que llegan</strong>.
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n tambi&eacute;n es un acontecimiento ling&uuml;&iacute;stico, como cualquier cuesti&oacute;n humana. Lo entendi&oacute; bien el <strong>Pacto Mundial para la Migraci&oacute;n Segura, Ordenada y Regular, adoptado en Marrakech en 2018 (curiosamente)</strong>. Entre sus veintitr&eacute;s objetivos, el n&uacute;mero 17, cuya importancia ha recibido mucha menos atenci&oacute;n de la que merece: &ldquo;Eliminar todas las formas de discriminaci&oacute;n y promover un discurso p&uacute;blico basado en evidencias para modificar las percepciones sobre la migraci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La elecci&oacute;n de las palabras no es casual. El Pacto reconoce impl&iacute;citamente algo esencial: las pol&iacute;ticas migratorias no se desarrollan en un vac&iacute;o. Se adoptan en sociedades que previamente han construido una imagen determinada del migrante. Y en la fabricaci&oacute;n de esa imagen los medios de comunicaci&oacute;n desempe&ntilde;an un papel decisivo.
    </p><p class="article-text">
        El Pacto pide fomentar informaci&oacute;n &ldquo;independiente, objetiva y de calidad&rdquo; sobre las migraciones; sensibilizar y formar a los profesionales de los medios sobre las cuestiones migratorias y la terminolog&iacute;a adecuada; <strong>promover est&aacute;ndares &eacute;ticos del periodismo</strong> y, respetando plenamente la libertad de los medios, evitar el apoyo p&uacute;blico a quienes promuevan sistem&aacute;ticamente la intolerancia, la xenofobia, el racismo y otras formas de discriminaci&oacute;n contra los migrantes. 
    </p><p class="article-text">
        Las redes sociales han complicado, adem&aacute;s, la propia noci&oacute;n de periodismo. Si esta se entiende funcionalmente &mdash;por lo que se hace y no por el carnet que se posee&mdash;, publicar no basta: tambi&eacute;n hay que verificar, contextualizar y responder de lo que se difunde. Nunca hubo tantos emisores; quiz&aacute; por eso conviene distinguir, m&aacute;s que nunca, entre comunicar y hacer periodismo.
    </p><p class="article-text">
        Conviene detenerse tanto en lo que dice como en lo que <em>no</em> dice. No exige un periodismo favorable a la migraci&oacute;n. No reclama que se oculten los problemas derivados de las llegadas irregulares. Tampoco obliga a considerar acertada cualquier pol&iacute;tica de acogida. Todo ello ser&iacute;a incompatible con la libertad de expresi&oacute;n que el propio Pacto protege expresamente.
    </p><p class="article-text">
        Lo que reclama es mucho m&aacute;s elemental y, quiz&aacute;s por ello, mucho m&aacute;s exigente: el rigor. Contar que una frontera se encuentra en situaci&oacute;n extraordinaria es periodismo. Preguntarse por la capacidad de acogida de Ceuta es periodismo. Investigar delitos cometidos por extranjeros o por nacionales es periodismo. Examinar cr&iacute;ticamente las pol&iacute;ticas migratorias del Gobierno es periodismo. Pero convertir la procedencia del delincuente de turno en explicaci&oacute;n del delito, transformar casos individuales en atributos colectivos o presentar sistem&aacute;ticamente al extranjero como amenaza ya pertenece a otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        Porque si un espa&ntilde;ol comete un delito, normalmente tenemos un delincuente; cuando lo comete un extranjero, corremos el riesgo de tener, adem&aacute;s, un argumento sobre la migraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Extra&ntilde;a aritm&eacute;tica esta en la que uno puede convertirse en muchos cuando conviene al titular.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; reside precisamente uno de los peligros que el Pacto Mundial identifica. La xenofobia contempor&aacute;nea rara vez necesita presentarse abiertamente como tal. Le basta con administrar las palabras, seleccionar las im&aacute;genes y establecer asociaciones. Un grupo corriendo hacia una valla es una imagen. Repetida veinte veces, puede convertirse en una tesis pol&iacute;tica e incluso, para algunos, casi en una teolog&iacute;a. Un delito cometido por un extranjero es un hecho. Una sucesi&oacute;n cuidadosamente seleccionada de delitos cometidos por extranjeros puede producir, sin necesidad de formular expresamente la conclusi&oacute;n, una teor&iacute;a general sobre los extranjeros.
    </p><p class="article-text">
        La propaganda m&aacute;s eficaz no necesita falsear cada hecho. A veces basta con decidir qu&eacute; hechos veremos y cu&aacute;les permanecer&aacute;n invisibles.
    </p><p class="article-text">
        Esto no autoriza, desde luego, a formular una acusaci&oacute;n indiscriminada contra los medios espa&ntilde;oles. Ser&iacute;a incurrir precisamente en el mismo vicio que denunciamos: atribuir al conjunto las acciones de algunos. Hay periodistas que trabajan sobre el terreno, contrastan cifras, conocen el derecho, distinguen entre migrante, solicitante de asilo y refugiado y se resisten a convertir cada episodio fronterizo en espect&aacute;culo. Pero tambi&eacute;n existe un periodismo para el cual la migraci&oacute;n parece haberse convertido en una cantera inagotable de miedo.
    </p><p class="article-text">
        Y el miedo es una mercanc&iacute;a comunicativa extraordinariamente rentable. No necesita demasiadas explicaciones porque se siente; no exige contexto porque una imagen puede sustituirlo; y posee la admirable ventaja comercial de necesitar siempre una nueva dosis: otro v&iacute;deo, otro delito, otra frontera, otra avalancha, otra invasi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ello, el Pacto Mundial propone algo que podr&iacute;a parecer modesto: informaci&oacute;n contrastada, terminolog&iacute;a precisa, formaci&oacute;n profesional y est&aacute;ndares &eacute;ticos. Pero &iquest;acaso no hay nada m&aacute;s revolucionario, en tiempos de exaltaci&oacute;n digital, que la exactitud?
    </p><p class="article-text">
        La exactitud consiste en distinguir entre migraci&oacute;n e inmigraci&oacute;n irregular; migrante y refugiado; solicitud de asilo y entrada clandestina (y, por cierto, la mayor entrada de migrantes al pa&iacute;s es por avi&oacute;n, pero no resulta tan amarillista como el asalto a una valla). Significa contextualizar una cifra antes de convertirla en un titular. Significa explicar un delito sin hacer de la nacionalidad del autor su causa. Y tambi&eacute;n significa reconocer los problemas reales de convivencia, seguridad o capacidad de acogida sin convertirlos en una acusaci&oacute;n colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, el cine puede ense&ntilde;arnos algo. <em>No Other Land</em> no trata sobre la migraci&oacute;n hacia Europa (aqu&iacute; recomiendo el filme <em>Ed&eacute;n del oeste</em>, de Costa-Gavras). Trata del desplazamiento y la desposesi&oacute;n de <strong>una comunidad palestina en Masafer Yatta</strong>. Pero contiene una ense&ntilde;anza que deber&iacute;a interesar a cualquier periodista: acercar la c&aacute;mara devuelve individualidad a quienes el lenguaje pol&iacute;tico hab&iacute;a convertido en una categor&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando la c&aacute;mara se acerca, ocurre algo bastante perturbador: <strong>la</strong><em><strong> avalancha</strong></em><strong> tiene ojos</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Los movimientos migratorios tienen entonces un nombre, una familia, una historia, un tel&eacute;fono en el bolsillo y alguien esperando una llamada al otro lado de la frontera. Y tambi&eacute;n significa que es una cuesti&oacute;n no solo &eacute;tica, sino tambi&eacute;n de derechos y garant&iacute;as que, en el marco del Derecho Internacional P&uacute;blico, se reconocen por humanizar este derecho y el derecho nacional. Y ello significa no retirar a una persona su condici&oacute;n humana antes de discutir cu&aacute;les son sus derechos.
    </p><p class="article-text">
        No necesitamos un periodismo que nos diga qu&eacute; pensar sobre la migraci&oacute;n. Necesitamos uno que nos permita pensarla sin que las palabras hayan dictado previamente la sentencia ni hayan creado una realidad inamovible.
    </p><p class="article-text">
        Porque las fronteras no siempre empiezan con una valla. A veces empiezan mucho antes: cuando alguien escribe <em>asedio</em>, otro escribe <em>asalto</em> y un tercero dice simplemente <em>ellos</em>. Y cuando el ser humano ha desaparecido tras la palabra que lo designa, la frontera m&aacute;s dif&iacute;cil de atravesar ya est&aacute; levantada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/migracion-medios-comunicacion_132_13475300.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 30 Aug 2026 12:36:18 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vida, sin adjetivos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/vida-adjetivos_132_13454433.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e1f9cb11-f4e1-4e5d-a83f-e27b7ecb96e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1026y447.jpg" width="1200" height="675" alt="Vida, sin adjetivos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Atacar al migrante es negar nuestra fragilidad compartida. Es fingir que nosotros nunca necesitaremos ayuda</p></div><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo Francisco Jarauta afirma que la vida es hermosa, a pesar de todo. Yo a&uacute;n no me atrevo a seguirlo. No porque niegue la belleza. Tampoco porque solo vea el dolor. Sencillamente, todav&iacute;a no s&eacute; c&oacute;mo adjetivar la vida. 
    </p><p class="article-text">
        Hermosa. Cruel. Fr&aacute;gil. Absurda. Sagrada. Todas esas palabras dicen algo. Ninguna consigue decirlo todo. Cada adjetivo ilumina una parte y deja otra en la sombra. Por eso prefiero limitarme a pronunciar su nombre. Vida.
    </p><p class="article-text">
        La vida sucede antes de que podamos comprenderla. Nos empuja, nos detiene, nos entrega algo y, de pronto, nos lo quita. Tal vez por eso Manuel Vicent escribi&oacute; &ldquo;agosto, no hay que pensar&rdquo;. Hay momentos en los que pensar demasiado nos aleja de lo que ocurre. Es f&aacute;cil escribirlo, dif&iacute;cil practicarlo. 
    </p><p class="article-text">
        En verano, todo parece eterno. Quiz&aacute; porque todo empieza ya a morir y, por ello, tambi&eacute;n a nacer. La luz se alarga, aunque sabemos que los d&iacute;as volver&aacute;n a acortarse. El fruto madura y comienza a caer. El agua pasa. La tarde desaparece. Nada permanece.  Durante un instante, sin embargo, todo parece completo.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n el amor pertenece a ese mundo contingente. Leila Guerriero ha escrito que uno entra en &eacute;l casi distra&iacute;do. Un gesto cambia la mirada. Una voz comienza a importarnos. La presencia del otro se vuelve necesaria y, por tanto, cotidiana. Pero el desamor puede revelarse con una claridad repentina y un v&eacute;rtigo que asusta y duele f&iacute;sicamente. Algo se rompe. Lo que antes conmov&iacute;a deja de hacerlo. 
    </p><p class="article-text">
        A veces, aunque uno no quiera, los amores no salen. No siempre hay culpables. Dos personas pueden quererse y no encontrar una forma habitable de estar juntas. Sus tiempos no coinciden. Sus deseos siguen caminos distintos.Eso no vuelve falso lo vivido. No todo lo que termina ha sido in&uacute;til. Un v&iacute;nculo puede ser verdadero sin ser eterno. El amor que no pudo continuar tambi&eacute;n forma parte de quienes somos. Puede transformarse en memoria, gratitud o herida. En ocasiones, se convierte en una forma de conocernos, porque cada v&iacute;nculo te muestra una manera de actuar para con el otro y el otro para contigo. Y ambas miradas y perspectivas deben visibilizarse, sean o no compartidas.
    </p><p class="article-text">
        Jap&oacute;n me ha ense&ntilde;ado, a trav&eacute;s del sinto&iacute;smo, a reconocer lo sencillamente sagrado en aquello que nace, cambia y desaparece. En un &aacute;rbol. En una piedra. En el agua que fluye. En la presencia fugaz de cuanto nos rodea. Lo sagrado no depende de la permanencia. La caducidad no destruye el valor. A veces lo revela.
    </p><p class="article-text">
        Esta conciencia de lo ef&iacute;mero lleva a la reflexi&oacute;n de Joan-Carles M&egrave;lich sobre la condici&oacute;n de vulnerabilidad. Ser humano significa estar expuesto. Dependemos de otros. Podemos ser heridos. Podemos perder. Ninguna t&eacute;cnica elimina esa fragilidad, ni debe hacerlo, aunque el poshumanismo se empe&ntilde;e en ello. Ninguna norma puede protegernos de todas las formas del dolor.
    </p><p class="article-text">
        La vulnerabilidad no es un defecto. Es nuestra condici&oacute;n com&uacute;n. Necesitamos a los dem&aacute;s porque no nos bastamos. Si nada pudiera herirnos, tampoco nada podr&iacute;a conmovernos. Esta certeza posee una dimensi&oacute;n pol&iacute;tica. La pol&iacute;tica actual suele hablar el lenguaje de la fuerza. Promete seguridad. Levanta muros. Clasifica a las personas. Decide qui&eacute;n pertenece y qui&eacute;n sobra. El migrante aparece entonces como una amenaza. Se le atribuyen el desempleo, la inseguridad o el deterioro de los servicios p&uacute;blicos. El miedo busca un rostro y lo encuentra en quien viene de fuera.
    </p><p class="article-text">
        Atacar al migrante es negar nuestra fragilidad compartida. Es fingir que nosotros nunca necesitaremos ayuda. Que nunca huiremos de una guerra. Que nunca padeceremos hambre. Que nunca seremos extranjeros; sin embargo, cualquiera puede verse obligado a partir. Basta una guerra. Una persecuci&oacute;n. Una sequ&iacute;a. Una ruina. Una debacle econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        El migrante no es una cifra. Es alguien que tuvo una casa. Una lengua. Un paisaje. Quiz&aacute; dej&oacute; atr&aacute;s a una madre. Quiz&aacute; lleva una fotograf&iacute;a en el bolsillo. Quiz&aacute; ama a alguien que espera al otro lado del mar. Su viaje est&aacute; hecho de miedo, deseo y memoria.
    </p><p class="article-text">
        La exclusi&oacute;n comienza cuando dejamos de imaginar esa vida. Cuando solo vemos las categor&iacute;as: irregular, extranjero, ilegal. El lenguaje prepara la distancia. Despu&eacute;s llega la indiferencia. M&aacute;s tarde puede llegar la crueldad.
    </p><p class="article-text">
        Una democracia se mide tambi&eacute;n por el trato que ofrece a quien llega sin poder, sin voz y sin documentos. La hospitalidad no exige renunciar a las leyes. Exige que ninguna ley nos haga olvidar la humanidad de quien se encuentra ante nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez ah&iacute; coincidan el amor y la pol&iacute;tica. Ambos empiezan por el reconocimiento del otro. Amar no es poseer. Acoger no es borrar las diferencias. En ambos casos, se trata de aceptar una presencia vulnerable sin convertirla en objeto de dominio ni de miedo. Se trata, al fin y al cabo, de cuidar al otro; de cuidarnos mutuamente, en lo bonito y, sobre todo, en los contextos y circunstancias m&aacute;s oscuros.  
    </p><p class="article-text">
        A veces seguimos esperando ver volver. Esperamos el regreso de una persona, de una amistad, de quien tuvo que emigrar, de la vida que conocimos. Esa esperanza, seg&uacute;n Azor&iacute;n, tambi&eacute;n es vivir.
    </p><p class="article-text">
        Por ahora, en este momento de mi vida intelectual y, sobre todo, emocional, me basta con nombrar la vida sin adjetivos.
    </p><p class="article-text">
        Vida en lo que llega y en lo que parte. Vida en el amor que fue y ya solo puede continuar en la memoria. Vida de quien cruza una frontera. Vida en lo que nace, cambia y desaparece. Vida en la esperanza de volver a ver.
    </p><p class="article-text">
        Vida.
    </p><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s. Y nada menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/vida-adjetivos_132_13454433.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Aug 2026 04:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Vida, sin adjetivos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Kioto, la esperanza necesaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/kioto-esperanza-necesaria_132_13428243.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d30f16b9-cd7d-4fa1-9d47-bed6d4b1e11b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x941y883.jpg" width="1200" height="675" alt="Kioto, la esperanza necesaria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los discursos de odio encuentran un terreno extraordinariamente fértil allí donde la incertidumbre económica, la desconfianza institucional y el miedo ocupan el espacio que debería corresponder a la política</p></div><p class="article-text">
        A veces uno, o quiz&aacute; la propia vida, se deja arrastrar por sus fantasmas. Sucede especialmente cuando emprende el regreso a &Iacute;taca, como Odiseo, convencido de que el viaje exterior nunca puede separarse del interior. Pero tambi&eacute;n aprende que las emociones, por intensas que sean, siempre son transitorias. Pasan la euforia y el des&aacute;nimo; permanece el camino. Permanece la vida, sin necesidad de adjetivos. Y mientras uno intenta comprender lo que ocurre dentro de s&iacute;, el mundo sigue despleg&aacute;ndose fuera, con sus luces y sus sombras, oblig&aacute;ndonos a mirar m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Escribo estas l&iacute;neas en Kioto. No es un lugar cualquiera. Aqu&iacute;, en 1997, los Estados quisieron convencerse de que todav&iacute;a era posible corregir el rumbo. El Protocolo de Kioto represent&oacute; un hito en la historia del Derecho Internacional Ambiental y del Cambio Clim&aacute;tico. Fue el reconocimiento jur&iacute;dico de una evidencia cient&iacute;fica y de una responsabilidad pol&iacute;tica: el cambio clim&aacute;tico no era un problema del futuro, sino una amenaza presente que exig&iacute;a compromisos comunes, aunque diferenciados.
    </p><p class="article-text">
        Hubo esperanza. Hubo voluntad. O, al menos, voluntad escrita. Sin embargo, casi tres d&eacute;cadas despu&eacute;s, el paisaje es mucho m&aacute;s contradictorio que aquel optimismo prudente. Las emisiones globales siguen aumentando. Los pa&iacute;ses que m&aacute;s contaminan contin&uacute;an haci&eacute;ndolo, mientras los compromisos internacionales avanzan con la lentitud de las negociaciones y la rapidez del deterioro ambiental. La Tierra no entiende de cumbres diplom&aacute;ticas ni de declaraciones solemnes. Responde &uacute;nicamente a los hechos.
    </p><p class="article-text">
        Y los hechos son tozudos.
    </p><p class="article-text">
        Resulta inevitable pensar en ello mientras camino por una ciudad que ha sabido convivir durante siglos con la naturaleza. Los jardines de Kioto no pretenden dominar el paisaje, sino dialogar con &eacute;l. Quiz&aacute; esa sea una de las mayores ense&ntilde;anzas de Jap&oacute;n: la naturaleza nunca desaparece; simplemente nos recuerda, de vez en cuando, que no somos sus due&ntilde;os. Los tifones, los terremotos o los tsunamis forman parte de la memoria colectiva de este pa&iacute;s. No como castigos, sino como recordatorios de la vulnerabilidad humana.
    </p><p class="article-text">
        Esa vulnerabilidad no es &uacute;nicamente ambiental. Tambi&eacute;n es pol&iacute;tica y social. Mientras escribo estas l&iacute;neas, Espa&ntilde;a vuelve a mirar hacia Ceuta. Miles de personas procedentes de Marruecos han cruzado la frontera en un episodio que, una vez m&aacute;s, resulta dif&iacute;cil de comprender al margen de la actitud de las autoridades marroqu&iacute;es. La frontera se convierte as&iacute; en un instrumento de presi&oacute;n diplom&aacute;tica y los seres humanos en piezas de una estrategia geopol&iacute;tica que ignora su dignidad. Quien migra no deja de ser persona por atravesar una frontera; tampoco quien protege esa frontera deja de tener el deber de hacerlo conforme al Derecho y con respeto a los derechos humanos. Ambas afirmaciones son compatibles, aunque el debate p&uacute;blico parezca empe&ntilde;ado en presentarlas como incompatibles.
    </p><p class="article-text">
        Porque lo verdaderamente preocupante no es solo lo que ocurre en la frontera. Es lo que ocurre despu&eacute;s. Los discursos de odio encuentran un terreno extraordinariamente f&eacute;rtil all&iacute; donde la incertidumbre econ&oacute;mica, la desconfianza institucional y el miedo ocupan el espacio que deber&iacute;a corresponder a la pol&iacute;tica. En demasiadas ocasiones ya no se discuten soluciones, sino culpables. El migrante, el diferente, el adversario pol&iacute;tico o incluso quien simplemente discrepa se convierten en enemigos antes que en interlocutores.
    </p><p class="article-text">
        La polarizaci&oacute;n ha dejado de ser un fen&oacute;meno excepcional para convertirse en una forma cotidiana de entender la realidad. En la Regi&oacute;n de Murcia esa tensi&oacute;n resulta especialmente visible. El deterioro del debate p&uacute;blico convive con problemas estructurales que afectan al sistema sanitario y al educativo p&uacute;blico. Solo cuando uno sale de Espa&ntilde;a comprende hasta qu&eacute; punto aquello que damos por sentado constituye una conquista colectiva extraordinaria (aqu&iacute;, en esta ciudad japonesa, he pagado casi 300 euros en urgencias). Viajar permite descubrir que los servicios p&uacute;blicos no son &uacute;nicamente una cuesti&oacute;n presupuestaria; representan una idea determinada de comunidad. All&iacute; donde se debilitan, no solo empeoran las prestaciones. Tambi&eacute;n se resiente la confianza entre los ciudadanos y las instituciones.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando esa confianza desaparece, el vac&iacute;o suele llenarse de simplificaciones. Todo parece ca&oacute;tico. Todo parece ir a peor. El cambio clim&aacute;tico, las migraciones utilizadas como arma pol&iacute;tica, la creciente desigualdad, la erosi&oacute;n de las instituciones, la radicalizaci&oacute;n del debate p&uacute;blico. Basta con abrir un peri&oacute;dico para sentir que el mundo avanza hacia un horizonte cada vez m&aacute;s sombr&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Es entonces cuando surgen las preguntas inevitables. &iquest;Hemos llegado a un punto en el que la convivencia entre el ser humano y la Tierra resulta imposible? &iquest;Estamos condenados a enfrentarnos tambi&eacute;n entre nosotros? &iquest;Es la cooperaci&oacute;n internacional apenas una ilusi&oacute;n bien redactada? &iquest;Han dejado de importar la empat&iacute;a y el di&aacute;logo en una sociedad que parece premiar el enfrentamiento permanente?
    </p><p class="article-text">
        Los discursos apocal&iacute;pticos ofrecen respuestas sencillas. Demasiado sencillas. Nos dicen que todo est&aacute; perdido, que las instituciones han fracasado, que la convivencia es una ingenuidad y que el conflicto constituye el estado natural de las relaciones humanas.
    </p><p class="article-text">
        Me niego a aceptar ese diagn&oacute;stico. No porque ignore la realidad. Al contrario. Precisamente porque el principio de realidad obliga a reconocer la gravedad de cuanto sucede, resulta m&aacute;s necesario que nunca defender una esperanza que no sea ingenua, sino consciente. La esperanza no consiste en negar los problemas, sino en afirmar que todav&iacute;a existen razones para afrontarlos.
    </p><p class="article-text">
        La historia demuestra que los mayores avances de la humanidad nunca nacieron del fatalismo. Surgieron de personas que decidieron actuar cuando parec&iacute;a demasiado tarde. Tambi&eacute;n el Derecho Internacional, con todas sus limitaciones, es fruto de esa convicci&oacute;n. Puede incumplirse. Puede resultar insuficiente. Puede decepcionar. Pero sigue siendo preferible a la ausencia de reglas, del mismo modo que el di&aacute;logo siempre ser&aacute; preferible a la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; esa sea la verdadera lecci&oacute;n que Kioto sigue ofreciendo casi treinta a&ntilde;os despu&eacute;s de aquel protocolo que lleva su nombre. Los acuerdos internacionales no cambian el mundo por s&iacute; solos. Necesitan voluntad pol&iacute;tica sostenida, responsabilidad ciudadana y una &eacute;tica que coloque la vida &mdash;toda la vida&mdash; en el centro de nuestras decisiones.
    </p><p class="article-text">
        La defensa de la Tierra no puede separarse de la del ser humano. Y la defensa del ser humano tampoco puede desligarse del respeto hacia los dem&aacute;s seres vivos y hacia el entorno que hace posible nuestra existencia. No son causas distintas. Constituyen una misma responsabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Por eso sigo creyendo en la convivencia. En la empat&iacute;a. En la cr&iacute;tica rigurosa frente al insulto f&aacute;cil. En unas instituciones que puedan reformarse sin destruirse. En una ciudadan&iacute;a capaz de exigir responsabilidades sin renunciar a la humanidad del otro.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; resulte una posici&oacute;n inc&oacute;moda en tiempos de consignas. Quiz&aacute; incluso parezca ingenua. Pero mientras camino por las calles de Kioto, entre sus toris, pienso que la alternativa ser&iacute;a aceptar que el miedo, el odio y la resignaci&oacute;n han vencido definitivamente. Y esa es una derrota que sencillamente me niego a aceptar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/kioto-esperanza-necesaria_132_13428243.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Aug 2026 04:00:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Kioto, la esperanza necesaria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Región de Murcia,Inmigración,Derechos Humanos,Sanidad pública,Educación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La memoria en verano: esa puta distinguida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/memoria-verano-puta-distinguida_132_13396762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5449c52c-0562-4804-9b94-50d5e5c8b5e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x593y369.jpg" width="1200" height="675" alt="La memoria en verano: esa puta distinguida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
Quizá por eso me cuesta aceptar un tiempo en el que todo parece medirse por su utilidad. Nos han convencido de que debemos optimizarlo todo: el trabajo, el descanso, el cuerpo, las relaciones e incluso las emociones</p></div><p class="article-text">
        Conforme uno cumple a&ntilde;os, descubre que el pulso con la realidad casi nunca se gana. No porque la vida sea peor de lo que imagin&aacute;bamos cuando &eacute;ramos j&oacute;venes, sino porque es m&aacute;s compleja. Por eso, con el tiempo uno aprende que existen l&iacute;mites, que no todo depende de la voluntad y que hay preguntas para las que nunca encontraremos una respuesta definitiva.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo el Mundial de 2010. Lo celebr&eacute; ba&ntilde;&aacute;ndome en la Plaza Circular de Murcia. Era el &uacute;ltimo a&ntilde;o de carrera y ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de que la vida empezaba de verdad. Cambiaba de ciudad, de rutina, de amistades; terminaba una etapa y comenzaba otra. Entonces todav&iacute;a pensaba que crecer consist&iacute;a en elegir un camino. Hoy sospecho que crecer consiste, sobre todo, en aprender a despedirse. La mirada cambia. Y esta, de momento, es la m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        A la mayor&iacute;a de la gente le gusta el verano. Quiz&aacute; porque significa vacaciones, descanso o una interrupci&oacute;n de la rutina. A m&iacute;, sin embargo, desde hace a&ntilde;os me produce una sensaci&oacute;n dif&iacute;cil de explicar. Regresa con una mezcla de plenitud y desasosiego, como si trajera consigo una memoria que nunca termina de ordenarse. Mars&eacute; escribi&oacute; que la memoria es esa <em>puta distinguida</em>. No conozco una definici&oacute;n mejor. Conserva lo que quiere, transforma lo dem&aacute;s y, cuando menos lo esperamos, devuelve intactas emociones que cre&iacute;amos superadas.
    </p><p class="article-text">
        Las p&eacute;rdidas funcionan de ese modo. No desaparecen. Solo cambian de lugar. A veces me pregunto de d&oacute;nde nace esa sensaci&oacute;n que el verano despierta en m&iacute;. Quiz&aacute; comenz&oacute; cuando ten&iacute;a diecisiete a&ntilde;os. Un amigo, algunos a&ntilde;os mayor que yo, muri&oacute; en agosto al regresar de una fiesta. Hasta entonces la muerte pertenec&iacute;a a los abuelos o a los enfermos. Aquella noticia me ense&ntilde;&oacute; que tambi&eacute;n conoce el camino hacia los j&oacute;venes. Sent&iacute;, sin saberlo, lo que es un duelo. Desde entonces, el verano dej&oacute; de ser completamente inocente.  
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s llegaron otras despedidas: familiares, amigos y personas que todav&iacute;a aparecen de vez en cuando en esa conversaci&oacute;n silenciosa que uno mantiene consigo mismo. Pero con los a&ntilde;os comprend&iacute; que no solo perdemos personas. Tambi&eacute;n vamos dejando atr&aacute;s versiones de nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Cambiar rara vez consiste en a&ntilde;adir algo nuevo. Casi siempre exige aceptar que una parte de quien fuimos ya no puede acompa&ntilde;arnos. Ese tr&aacute;nsito no suele ser espectacular. Ocurre despacio, en silencio, mientras seguimos trabajando, ense&ntilde;ando, saludando a los amigos o haciendo la compra. Solo mucho despu&eacute;s comprendemos que algo dentro de nosotros ha cambiado.
    </p><p class="article-text">
        Y, empero, ser&iacute;a injusto reducir el verano a la p&eacute;rdida. Tambi&eacute;n fue la estaci&oacute;n m&aacute;s feliz de mi infancia. Crec&iacute; en el barrio de San Juan, en Jumilla. Recuerdo viajar con mi abuelo en su cami&oacute;n, las tardes interminables en la calle, las piscinas municipales, las noches tomando la fresca mientras los vecinos convert&iacute;an la acera en una prolongaci&oacute;n de sus casas. Entonces, un barrio todav&iacute;a pod&iacute;a parecerse a una comunidad en la que todos conoc&iacute;an el nombre del otro.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo tambi&eacute;n los primeros enamoramientos, probablemente m&aacute;s imaginados que reales, y el descubrimiento de la literatura. Hay un instante en la vida de algunos lectores en el que comprenden que un libro no sirve &uacute;nicamente para contar una historia. Tambi&eacute;n puede convertirse en un refugio. <em>El conde de Montecristo</em> o <em>La sombra del viento</em> sigue habitando ese lugar de mi memoria donde permanecen las primeras emociones verdaderamente importantes.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, ya cerca de los cuarenta, las preguntas tambi&eacute;n han cambiado. Ya no me interesa tanto saber qu&eacute; llegar&eacute; a ser como preguntarme si he sabido vivir hasta aqu&iacute;. Si he tratado bien a quienes quiero. Si mi trabajo ha servido para aliviar, aunque sea un poco, la vida de alguien. Si la felicidad existe realmente o si, como intu&iacute;a Antonio Gala, con los a&ntilde;os dejamos de perseguirla para buscar algo m&aacute;s humilde y quiz&aacute; m&aacute;s verdadero: la serenidad.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos meses sal&iacute; de una clase de danza contempor&aacute;nea con ganas de llorar. De hecho, llor&eacute;. No era tristeza. Tampoco alegr&iacute;a. Era otra cosa. Una forma de libertad que todav&iacute;a hoy me cuesta explicar. Comprend&iacute; entonces que existen experiencias para las que el lenguaje siempre llega tarde: o al menos a m&iacute; me falta para explicarlo. Quiz&aacute; el verano haga precisamente eso: baja el volumen del mundo y nos obliga a escuchar emociones que durante el resto del a&ntilde;o permanecen ocultas bajo el trabajo, las obligaciones y la prisa.
    </p><p class="article-text">
        A veces tambi&eacute;n me pregunto c&oacute;mo termin&eacute; siendo profesor universitario. No crec&iacute; entre acad&eacute;micos ni entre bibliotecas. Mi familia estaba formada por alba&ntilde;iles, camioneros y amas de casa. Sin embargo, recib&iacute; una educaci&oacute;n extraordinaria: la del trabajo bien hecho, la honestidad, la palabra cumplida y el cuidado de los dem&aacute;s. Recuerdo a un familiar que pas&oacute; varios d&iacute;as acompa&ntilde;ando en el hospital a un vecino que estaba completamente solo. Nunca habl&oacute; de generosidad. Para &eacute;l simplemente era lo correcto.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo, comprend&iacute; que ese aprendizaje hab&iacute;a llegado tambi&eacute;n a mis investigaciones. Nunca decid&iacute; conscientemente dedicarme a estudiar a las v&iacute;ctimas de cr&iacute;menes internacionales, a las personas migrantes o a la protecci&oacute;n del medio ambiente. Simplemente, segu&iacute; un hilo que ven&iacute;a de mucho antes: la intuici&oacute;n de que el conocimiento solo merece la pena cuando ayuda a cuidar la vida de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso me cuesta aceptar un tiempo en el que todo parece medirse por su utilidad. Nos han convencido de que debemos optimizarlo todo: el trabajo, el descanso, el cuerpo, las relaciones e incluso las emociones. Tambi&eacute;n el tiempo ha quedado atrapado en esa l&oacute;gica. Queremos que siempre produzca algo. Pero el tiempo nunca fue un instrumento. Es el lugar donde sucede la vida.
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os uno descubre que la libertad nunca viaja sola. Siempre lleva consigo responsabilidad. Aprende que el esfuerzo no garantiza el &eacute;xito, que las personas nunca deber&iacute;an convertirse en medios para nuestros fines y que casi todo lo verdaderamente importante exige paciencia.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso la alegr&iacute;a aparece ahora en lugares mucho m&aacute;s modestos que antes: una pareja de ancianos que todav&iacute;a se besa, un ni&ntilde;o que da los buenos d&iacute;as, una flor que vuelve a abrirse despu&eacute;s del invierno. La vida ordinaria suele contener lo esencial, aunque demasiadas veces pasemos de largo.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez esa sea la lecci&oacute;n que el verano intenta recordarme cada a&ntilde;o. Que no todo necesita una explicaci&oacute;n. Que algunas heridas dejan de ser enemigas cuando aprendemos a convivir con ellas. Que vivir no consiste en escapar de la incertidumbre, del dolor o de la alegr&iacute;a, sino en atravesarlos sin endurecer el coraz&oacute;n. En caminar sin fotografiar el paisaje. En leer sin pensar en qu&eacute; frase compartiremos despu&eacute;s. Al alegrarnos sinceramente por la felicidad ajena. En intentar que el mundo sea, aunque sea un poco, menos cruel.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si alg&uacute;n d&iacute;a el verano dejar&aacute; de inquietarme. Quiz&aacute; no deba hacerlo. Hay heridas que terminan formando parte de nuestra manera de mirar y que, lejos de empobrecernos, nos vuelven m&aacute;s atentos a la fragilidad de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y sospecho que cumplir a&ntilde;os consiste precisamente en eso: no en acumular certezas, sino en aprender a convivir con las preguntas; no en vencer al tiempo, sino en reconciliarse lentamente con &eacute;l. Porque el tiempo seguir&aacute; pasando, con nosotros o sin nosotros. La &uacute;nica decisi&oacute;n que realmente nos pertenece es la forma en que elegimos atravesarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/memoria-verano-puta-distinguida_132_13396762.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Jul 2026 04:01:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La memoria en verano: esa puta distinguida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mentiras políticas, víctimas reales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/mentiras-politicas-victimas-reales_132_13327353.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d70ef9ae-8dd0-4ef9-b324-7c72e9984a93_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mentiras políticas, víctimas reales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Equivocarse forma parte de la condición humana. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando se construye un universo ficticio destinado a sustituir los hechos y a reorganizar la percepción colectiva del mundo</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;El mayor logro del comunismo ha sido sacar estas conductas del cat&aacute;logo de trastornos e incluirlas en el de los derechos humanos&rdquo;. Con estas palabras, pronunciadas en la Asamblea Regional de Murcia durante el debate sobre la aplicaci&oacute;n de protocolos de atenci&oacute;n al alumnado trans, el diputado de Vox, Antonio Mart&iacute;nez Nieto, pretend&iacute;a desacreditar las pol&iacute;ticas de reconocimiento y protecci&oacute;n de las personas trans. La afirmaci&oacute;n merece, sin embargo, una reflexi&oacute;n m&aacute;s profunda, porque ilustra uno de los problemas m&aacute;s graves de nuestro tiempo: la sustituci&oacute;n de la realidad por relatos ideol&oacute;gicos que terminan erosionando la verdad, la convivencia democr&aacute;tica y los propios derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        La primera objeci&oacute;n es hist&oacute;rica. Resulta dif&iacute;cil sostener que el reconocimiento de los derechos de las personas homosexuales o trans constituya una conquista del comunismo cuando algunos de los reg&iacute;menes comunistas m&aacute;s emblem&aacute;ticos del siglo XX fueron precisamente escenarios de persecuci&oacute;n y marginaci&oacute;n de la diversidad sexual. Cuba ofrece un ejemplo paradigm&aacute;tico. La magn&iacute;fica pel&iacute;cula <em>Fresa y chocolate</em> retrata las tensiones entre la ortodoxia revolucionaria y la homosexualidad en la sociedad cubana. Su protagonista, Diego, encarna a quienes durante a&ntilde;os fueron considerados sospechosos, desviados o incompatibles con el ideal revolucionario.
    </p><p class="article-text">
        La historia demuestra, por tanto, que la ampliaci&oacute;n de los derechos de las personas LGTBI no fue el resultado de una victoria ideol&oacute;gica del comunismo. Fue, m&aacute;s bien, la consecuencia de un largo proceso de evoluci&oacute;n moral, jur&iacute;dica, cient&iacute;fica y pol&iacute;tica desarrollado en sociedades democr&aacute;ticas y sustentado en la progresiva universalizaci&oacute;n de los derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        La propia expresi&oacute;n empleada por el diputado revela una confusi&oacute;n significativa. Hablar de &ldquo;conductas&rdquo; implica reducir identidades personales complejas a simples comportamientos. Pero adem&aacute;s introduce una idea a&uacute;n m&aacute;s problem&aacute;tica: que el reconocimiento jur&iacute;dico de determinados colectivos constituye una operaci&oacute;n ideol&oacute;gica arbitraria.
    </p><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s lejos de la realidad. La eliminaci&oacute;n de la homosexualidad de los manuales diagn&oacute;sticos no fue consecuencia de una decisi&oacute;n partidista ni de una victoria cultural de la izquierda. Fue el resultado de d&eacute;cadas de investigaci&oacute;n cient&iacute;fica y revisi&oacute;n m&eacute;dica. Cuando la Asociaci&oacute;n Americana de Psiquiatr&iacute;a retir&oacute; la homosexualidad de su cat&aacute;logo de trastornos en 1973, respond&iacute;a al avance del conocimiento cient&iacute;fico y a una profunda revisi&oacute;n de los presupuestos sobre los que se hab&iacute;a construido aquella clasificaci&oacute;n, am&eacute;n de los movimientos sociales-civiles. Algo semejante ha ocurrido posteriormente con otras cuestiones relativas a la identidad de g&eacute;nero.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; aparece una reflexi&oacute;n que Hannah Arendt habr&iacute;a considerado esencial. En sus an&aacute;lisis sobre la mentira en pol&iacute;tica distingu&iacute;a entre el error y la falsificaci&oacute;n deliberada de la realidad. Equivocarse forma parte de la condici&oacute;n humana. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando se construye un universo ficticio destinado a sustituir los hechos y a reorganizar la percepci&oacute;n colectiva del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se afirma que los derechos humanos son una invenci&oacute;n ideol&oacute;gica destinada a legitimar determinadas conductas, se altera la comprensi&oacute;n misma de lo que significan los derechos. Estos no nacen para premiar comportamientos ni para sancionar identidades. Nacen para proteger a las personas. No dependen de la aprobaci&oacute;n moral que merezcan las caracter&iacute;sticas individuales de cada ser humano. Su fundamento es la dignidad inherente a toda persona.
    </p><p class="article-text">
        La mentira tiene las patas muy cortas. Se&ntilde;ala el refr&aacute;n espa&ntilde;ol. Y Condorcet comprendi&oacute; perfectamente este problema en su breve y brillante texto titulado <em>&iquest;Es conveniente enga&ntilde;ar al pueblo?</em> Su respuesta es rotundamente negativa. Toda mentira pol&iacute;tica implica un desprecio hacia los ciudadanos. Quien manipula los hechos parte de la premisa de que la verdad resulta inconveniente y de que la poblaci&oacute;n debe ser conducida mediante ficciones cuidadosamente construidas.
    </p><p class="article-text">
        Pero la cuesti&oacute;n es m&aacute;s compleja de lo que suele admitir el debate p&uacute;blico. Gabriela Hirschl, directora de La &Eacute;poca, revista de la Asociaci&oacute;n Psicoanal&iacute;tica Argentina, recuerda una antigua ense&ntilde;anza freudiana: los seres humanos no accedemos a la realidad de manera directa, sino a trav&eacute;s de relatos, recuerdos e interpretaciones. Precisamente por ello, conviene distinguir entre las narraciones con las que construimos nuestra identidad y la mentira deliberada. Las primeras forman parte de la condici&oacute;n humana; la segunda consiste en la distorsi&oacute;n consciente de los hechos para influir en los dem&aacute;s u obtener una ventaja pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente por ello, la mentira tiene consecuencias particularmente destructivas en la vida colectiva, tambi&eacute;n en la privada. No solo deforma la percepci&oacute;n de la realidad, sino que tambi&eacute;n erosiona los v&iacute;nculos sociales que hacen posible la convivencia. All&iacute; donde prosperan relatos ficticios sobre conspiraciones culturales o amenazas inexistentes, crecen simult&aacute;neamente el miedo, la hostilidad y la polarizaci&oacute;n. La mentira necesita fabricar peligros para justificar su propia existencia.
    </p><p class="article-text">
        Si las personas construimos relatos para comprendernos a nosotros mismos, la tarea &eacute;tica no consiste en imponer una verdad absoluta e inmutable, sino en mantener abierta la posibilidad de revisar cr&iacute;ticamente nuestras interpretaciones. La democracia comparte esa misma exigencia. Solo puede sostenerse cuando ninguna versi&oacute;n de la realidad queda blindada ante los hechos ni ante la discusi&oacute;n racional.
    </p><p class="article-text">
        La verdad tampoco consiste en convertir la palabra en un instrumento de agresi&oacute;n. Cuando el lenguaje se degrada, las palabras pierden su precisi&oacute;n, dejan de servir para comprender el mundo y pasan a emplearse como armas contra el adversario. El deterioro del lenguaje precede con frecuencia al deterioro de la convivencia, porque una mentira no solo falsifica los hechos, sino que tambi&eacute;n vac&iacute;a de significado los conceptos con los que intentamos describirlos.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, la cuesti&oacute;n central no es &uacute;nicamente determinar si determinadas afirmaciones son verdaderas o falsas. La pregunta decisiva es qu&eacute; tipo de realidad contribuyen a construir. Cuando se presenta a las personas trans o al colectivo LGTBI como producto de una conspiraci&oacute;n ideol&oacute;gica, se construye una amenaza ficticia. Y cuando las amenazas son imaginarias, las v&iacute;ctimas terminan siendo muy reales.
    </p><p class="article-text">
        Los derechos humanos nacieron precisamente para impedir que una mayor&iacute;a transformara sus prejuicios en criterios de exclusi&oacute;n. La historia europea del siglo XX ofrece suficientes ejemplos de las consecuencias de la deshumanizaci&oacute;n del otro. Tampoco estamos completamente inmunizados frente a ese riesgo. Determinadas pol&iacute;ticas migratorias impulsadas hoy en Europa por sectores conservadores y de extrema derecha vuelven a recurrir, en ocasiones, a narrativas que presentan a grupos enteros de personas como amenazas antes que como sujetos de derechos. Cada vez que una categor&iacute;a de seres humanos deja de ser considerada portadora de dignidad para convertirse en un problema pol&iacute;tico, la democracia y el Estado social y democr&aacute;tico de derecho comienzan a deteriorarse.
    </p><p class="article-text">
        La ignorancia puede corregirse mediante el conocimiento. La mentira deliberada resulta mucho m&aacute;s peligrosa porque altera las condiciones mismas del debate p&uacute;blico. Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de distinguir entre hechos y relatos, entre informaci&oacute;n y propaganda, entre discrepancia y estigmatizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando la mentira ocupa el lugar de la realidad, no solo se degrada la verdad. Tambi&eacute;n se deteriora la confianza mutua que hace posible la convivencia. Y una sociedad que pierde esa confianza termina habitando un mundo poblado de fantasmas creados por sus propios discursos, donde los problemas reales quedan ocultos tras ficciones pol&iacute;ticas que acaban imponi&eacute;ndose a la experiencia compartida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/mentiras-politicas-victimas-reales_132_13327353.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Jun 2026 04:00:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mentiras políticas, víctimas reales]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mucho calor, poca responsabilidad política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/calor-responsabilidad-politica_132_13290258.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9ee32576-7b06-4497-a8cf-2645a36fd0ad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mucho calor, poca responsabilidad política"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las olas de calor, los incendios forestales o el deterioro de las condiciones de trabajo en los servicios esenciales ya no pueden presentarse como acontecimientos excepcionales e imprevisibles</p></div><p class="article-text">
        Regresaba de un viaje. Mientras el avi&oacute;n descend&iacute;a, observ&eacute; unas nubes extra&ntilde;as. En realidad, no eran nubes, sino humo. Llegu&eacute; a casa y abr&iacute; los peri&oacute;dicos regionales. Un incendio se extend&iacute;a por la sierra de Los Garres. Horror: otro verano m&aacute;s de horror.
    </p><p class="article-text">
        Segu&iacute; las noticias hasta que el fuego fue finalmente extinguido. Fuego y calor. Un calor que tambi&eacute;n se sufre en las aulas de muchos centros educativos de la Regi&oacute;n de Murcia. Calor y verg&uuml;enza provocan asimismo las palabras del consejero de Educaci&oacute;n de la Comunidad de Madrid: &ldquo;El calor en las aulas puede ser una fuente de inspiraci&oacute;n&raquo; o &laquo;yo hice la EGB en Murcia y cuando hace calor, hace calor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La Regi&oacute;n de Murcia es un territorio de clima mediterr&aacute;neo seco donde, sin aire acondicionado, resulta dif&iacute;cil trabajar y, en ocasiones, incluso permanecer en condiciones m&iacute;nimamente aceptables. Lo s&eacute; por experiencia propia. En la Universidad de Murcia, durante los recortes estivales impulsados por un rector cuyo nombre prefiero no recordar, nos dejaron sin aire acondicionado en pleno verano. Quien haya intentado impartir o recibir una clase bajo esas condiciones sabe que el problema no es la comodidad: es la posibilidad misma de desarrollar una actividad intelectual con un m&iacute;nimo de dignidad.
    </p><p class="article-text">
        Calor tambi&eacute;n en las marchas a favor de la educaci&oacute;n p&uacute;blica. Calor de los bomberos que se juegan la vida bajo condiciones laborales que distan mucho de reflejar la importancia social de su labor. Y calor en las movilizaciones del colectivo m&eacute;dico, que denuncia el incumplimiento de acuerdos previamente alcanzados y la ausencia de un di&aacute;logo efectivo con la administraci&oacute;n regional. Existe, por tanto, un malestar creciente, pero no nuevo, respecto de las condiciones materiales y humanas en las que se prestan algunos de los servicios p&uacute;blicos m&aacute;s esenciales de nuestra Comunidad Aut&oacute;noma.
    </p><p class="article-text">
        Conviene entonces acudir a la fuente jur&iacute;dica fundamental de una Comunidad Aut&oacute;noma: su Estatuto de Autonom&iacute;a. Si la Regi&oacute;n de Murcia ostenta competencias en materia de educaci&oacute;n, sanidad y protecci&oacute;n civil, &iquest;puede desentenderse de las consecuencias que las olas de calor provocan en alumnos, docentes, profesionales sanitarios y usuarios de los servicios p&uacute;blicos? Me planteo esta cuesti&oacute;n, precisamente, a ra&iacute;z del D&iacute;a de la Regi&oacute;n, cuando abundan los actos institucionales, los discursos autocomplacientes y una cierta tendencia a sustituir la reflexi&oacute;n cr&iacute;tica por la celebraci&oacute;n permanente. Te doy ocio, pero no cumplo mis obligaciones jur&iacute;dicas. 
    </p><p class="article-text">
        La respuesta jur&iacute;dica deber&iacute;a ser evidente. La competencia no es &uacute;nicamente una potestad; tambi&eacute;n es una responsabilidad. Gobernar no consiste en inaugurar infraestructuras, organizar ceremonias o multiplicar campa&ntilde;as de comunicaci&oacute;n institucional. Gobernar consiste, ante todo, en garantizar que los derechos reconocidos por el ordenamiento jur&iacute;dico puedan ejercerse en condiciones reales y efectivas.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; surge una cuesti&oacute;n que, con demasiada frecuencia, se olvida. La educaci&oacute;n y la salud no son simples servicios p&uacute;blicos cuya calidad depende de la coyuntura econ&oacute;mica (porque se mercantilizar&iacute;an, cuesti&oacute;n que ya se hace) o de la sensibilidad pol&iacute;tica del gobernante de turno (si acaso la tuviere para el territorio, y no siempre para con el partido pol&iacute;tico de turno). Son derechos humanos reconocidos por el Derecho Internacional y protegidos por nuestro ordenamiento constitucional, que es social, aunque se olvide. El derecho a la educaci&oacute;n no se satisface con la mera apertura de un centro escolar. Exige condiciones que permitan el desarrollo efectivo de la personalidad, de las capacidades intelectuales y de la dignidad de la persona. Del mismo modo, el derecho a la protecci&oacute;n de la salud no se agota en la mera existencia formal de hospitales y centros de salud. Impone a los poderes p&uacute;blicos deberes positivos de prevenci&oacute;n, organizaci&oacute;n y protecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por ello, cuando un alumno intenta aprender en un aula sometida a temperaturas incompatibles con una concentraci&oacute;n m&iacute;nima, no estamos &uacute;nicamente ante un problema de confort. Estamos ante una degradaci&oacute;n de las condiciones necesarias para el ejercicio efectivo del derecho a la educaci&oacute;n y, quiz&aacute;, su posible vulneraci&oacute;n. Cuando los profesionales sanitarios desarrollan su labor en un sistema tensionado por la insuficiencia de medios o por la falta de planificaci&oacute;n ante episodios clim&aacute;ticos extremos, no estamos &uacute;nicamente ante una dificultad organizativa. Estamos ante una cuesti&oacute;n que afecta directamente al derecho a la protecci&oacute;n de la salud. Y cuando los servicios de emergencia afrontan incendios cada vez m&aacute;s frecuentes e intensos sin los recursos adecuados, la cuesti&oacute;n deja de ser presupuestaria para convertirse en un problema de seguridad p&uacute;blica y de protecci&oacute;n de derechos fundamentales. Tambi&eacute;n conviene se&ntilde;alar que la profunda vocaci&oacute;n de servicio p&uacute;blico de quienes integran estos sectores hace que, pese a las carencias materiales y al abandono institucional, los servicios sigan funcionando y no lleguen a desaparecer por completo.
    </p><p class="article-text">
        La emergencia clim&aacute;tica obliga, adem&aacute;s, a replantear algunas categor&iacute;as tradicionales del Derecho P&uacute;blico. Las olas de calor, los incendios forestales o el deterioro de las condiciones de trabajo en los servicios esenciales ya no pueden presentarse como acontecimientos excepcionales e imprevisibles. Son riesgos conocidos, recurrentes y cient&iacute;ficamente documentados, salvo que se te haya inoculado alg&uacute;n virus conspiranoico que, en ese caso, s&iacute; vives en Matrix. Precisamente por ello, la inacci&oacute;n o la inadecuaci&oacute;n administrativa resulta cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil de justificar desde una perspectiva jur&iacute;dica, aunque siempre hay juristas de turno, y los hubo, al servicio del poder de turno para argumentar jur&iacute;dicamente las pifias gubernamentales y del poder m&aacute;s zafio y da&ntilde;ino. 
    </p><p class="article-text">
        El n&uacute;cleo del asunto, por tanto, no es si hace calor en Murcia. Siempre lo ha hecho. Y todo indica que har&aacute; m&aacute;s. La pregunta es si una administraci&oacute;n que conoce los efectos del calor extremo sobre la educaci&oacute;n, la salud y la seguridad p&uacute;blica puede limitarse a banalizar el problema o a posponer indefinidamente las soluciones necesarias.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho Internacional y el derecho nacional apuntan en una direcci&oacute;n inequ&iacute;voca: quien ostenta la competencia asume tambi&eacute;n el deber de actuar con diligencia. Y cuando la inacci&oacute;n se convierte en costumbre, cuando las advertencias se acumulan a&ntilde;o tras a&ntilde;o y cuando las soluciones se aplazan indefinidamente, la discusi&oacute;n deja de ser t&eacute;cnica o presupuestaria para convertirse en una cuesti&oacute;n de responsabilidad pol&iacute;tica. Pero tambi&eacute;n de respeto a la dignidad de los ciudadanos y a los derechos que justifican, en &uacute;ltima instancia, la existencia misma de los poderes p&uacute;blicos. 
    </p><p class="article-text">
        Pero &iquest;qu&eacute; importa todo esto cuando llega el 9 de junio, D&iacute;a de la Regi&oacute;n, con sus fastos, conciertos y ceremonias? La atenci&oacute;n se desv&iacute;a y las carencias estructurales desaparecen moment&aacute;neamente del debate p&uacute;blico. &ldquo;Todo es diversi&oacute;n. El ocio es lo &uacute;nico&rdquo;, escribi&oacute; Rafael S&aacute;nchez Ferlosio. &iquest;Y acaso ten&iacute;a raz&oacute;n? Nos hemos acostumbrado tanto a la pol&iacute;tica convertida en espect&aacute;culo que terminamos aceptando como normal aquello que deber&iacute;a provocar no solo indignaci&oacute;n, sino tambi&eacute;n acci&oacute;n. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/calor-responsabilidad-politica_132_13290258.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Jun 2026 04:01:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mucho calor, poca responsabilidad política]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De la resiliencia a la indignación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/resiliencia-indignacion_132_13252449.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c1b1806-85f5-4068-8dca-944520dc4e06_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la resiliencia a la indignación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Miles de personas comprendieron que la política no pertenece exclusivamente a los partidos ni a los gobiernos. Pertenece también a los ciudadanos</p></div><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as, a ra&iacute;z de las informaciones sobre supuestos casos de corrupci&oacute;n vinculados al expresidente Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Zapatero, y tambi&eacute;n al calor de las movilizaciones sociales que siguen recorriendo Espa&ntilde;a en defensa de la educaci&oacute;n p&uacute;blica, del derecho a la vivienda o de la protecci&oacute;n del medio ambiente, me ven&iacute;an a la mente tres libros que, le&iacute;dos conjuntamente, ayudan a comprender algunas de las tensiones m&aacute;s profundas de nuestra democracia. El primero es <em>Un pueblo traicionado</em>, de Paul Preston, una obra monumental sobre la corrupci&oacute;n, la incompetencia pol&iacute;tica y las fracturas sociales que han acompa&ntilde;ado la historia contempor&aacute;nea de Espa&ntilde;a. El segundo es <em>Las redes de poder en Espa&ntilde;a</em>, de Andr&eacute;s Villena, donde se analizan las conexiones entre &eacute;lites pol&iacute;ticas, econ&oacute;micas y medi&aacute;ticas y su influencia sobre las instituciones. El tercero es <em>Decir no. El imperativo de la desobediencia</em>, de Javier de Lucas, una reivindicaci&oacute;n de la desobediencia civil como expresi&oacute;n leg&iacute;tima de una ciudadan&iacute;a comprometida con la justicia y el inter&eacute;s general.
    </p><p class="article-text">
        Los tres libros, desde perspectivas distintas, convergen en una misma pregunta: &iquest;qu&eacute; debe hacer una sociedad democr&aacute;tica cuando percibe que las instituciones dejan de responder plenamente al inter&eacute;s p&uacute;blico y parecen cada vez m&aacute;s condicionadas por intereses particulares?
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n no es nueva. Buena parte de la historia contempor&aacute;nea espa&ntilde;ola puede leerse como una tensi&oacute;n permanente entre quienes han entendido lo p&uacute;blico como un patrimonio colectivo y quienes han tratado de convertirlo en un instrumento al servicio de privilegios privados. Preston muestra c&oacute;mo la corrupci&oacute;n, el clientelismo y determinadas formas de apropiaci&oacute;n del poder han aparecido una y otra vez en nuestra historia. Villena actualiza ese diagn&oacute;stico al describir las complejas redes de influencia que conectan pol&iacute;tica, econom&iacute;a, finanzas y comunicaci&oacute;n. El resultado es una sensaci&oacute;n cada vez m&aacute;s extendida entre muchos ciudadanos: la percepci&oacute;n de que existen espacios de decisi&oacute;n alejados del control democr&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Pero ser&iacute;a un error quedarse &uacute;nicamente en esa lectura. Porque junto a la historia de las &eacute;lites existe otra historia igualmente importante: la de quienes se organizaron para defender lo com&uacute;n. Ah&iacute; es donde adquiere todo su sentido la reflexi&oacute;n de Javier de Lucas sobre la desobediencia civil. La democracia no consiste &uacute;nicamente en obedecer leyes o depositar una papeleta cada cierto tiempo. Tambi&eacute;n exige vigilancia, participaci&oacute;n y capacidad de resistencia frente a decisiones que contradicen los principios de justicia que las propias instituciones dicen representar.
    </p><p class="article-text">
        Todos los derechos que hoy consideramos normales fueron, en alg&uacute;n momento, la reivindicaci&oacute;n de personas que decidieron no resignarse. Y quiz&aacute; esa sea precisamente la palabra que mejor define uno de los problemas de nuestro tiempo: resignaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os se ha popularizado una palabra aparentemente positiva: resiliencia. Se nos invita constantemente a ser resilientes frente a la precariedad laboral, frente a las dificultades para acceder a una vivienda, frente al deterioro ambiental o frente a la p&eacute;rdida de calidad de determinados servicios p&uacute;blicos. Naturalmente, la capacidad para sobreponerse a la adversidad tiene un valor indiscutible. Pero cuando la resiliencia se convierte en una consigna colectiva aparece un riesgo evidente: que terminemos confundiendo adaptaci&oacute;n con soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hemos pasado de exigir responsabilidades a celebrar la capacidad de adaptaci&oacute;n. Hemos sustituido la vieja virtud c&iacute;vica de la protesta por la nueva virtud psicol&oacute;gica de la resiliencia. Pero una democracia no progresa porque sus ciudadanos soporten mejor las injusticias. Progresa porque son capaces de identificarlas, denunciarlas y corregirlas. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso quiz&aacute; convendr&iacute;a recuperar una palabra m&aacute;s inc&oacute;moda, pero tambi&eacute;n m&aacute;s democr&aacute;tica: indignaci&oacute;n. No la indignaci&oacute;n ef&iacute;mera de las redes sociales ni la rabia est&eacute;ril. Me refiero a la indignaci&oacute;n c&iacute;vica de quien se niega a aceptar como normal aquello que resulta injusto. La indignaci&oacute;n de quien entiende que los problemas colectivos no son fen&oacute;menos naturales, sino consecuencias de decisiones humanas que pueden y deben ser discutidas.
    </p><p class="article-text">
        Y junto a la resiliencia hay otra expresi&oacute;n que escuchamos constantemente y que me parece a&uacute;n m&aacute;s preocupante: &ldquo;eso es cosa de los pol&iacute;ticos&rdquo;. Pocas frases resultan tan corrosivas para una democracia. Porque cuando alguien afirma que la vivienda es cosa de los pol&iacute;ticos, que la educaci&oacute;n es cosa de los pol&iacute;ticos o que la protecci&oacute;n del Mar Menor es cosa de los pol&iacute;ticos, est&aacute; renunciando sin darse cuenta a una parte de su propia condici&oacute;n ciudadana. Est&aacute; aceptando que los asuntos p&uacute;blicos pertenecen a otros. Est&aacute; abandonando el espacio de la responsabilidad democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Toda libertad que no se ejerce acaba siendo administrada por otros, y todo derecho, como el de la desobediencia civil que tampoco se ejerce, o no tanto como se debiera, acaba solo por existir en el papel mojado.
    </p><p class="article-text">
        Por eso sigue siendo tan actual la reflexi&oacute;n de Mar&iacute;a Zambrano en <em>Persona y democracia</em>. Para ella, la democracia no era simplemente una forma de gobierno. Era el r&eacute;gimen pol&iacute;tico en el que la persona pod&iacute;a desarrollarse plenamente como sujeto consciente y responsable de la vida colectiva. Y esa idea se reconoce tambi&eacute;n en el Derecho Internacional contempor&aacute;neo y en nuestra Constituci&oacute;n, en tanto somos sujetos de derechos y de deberes. La democracia comenzaba cuando cada individuo dejaba de ser una pieza subordinada dentro de una estructura de poder para convertirse en protagonista de la comunidad pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Desde esa perspectiva, las grandes movilizaciones sociales de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas adquieren un significado mucho m&aacute;s profundo que el de sus reivindicaciones concretas. Las mareas educativas, la guerra contra Irak, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, el 15-M o la extraordinaria movilizaci&oacute;n ciudadana en defensa del Mar Menor representan procesos de reapropiaci&oacute;n democr&aacute;tica. Miles de personas comprendieron que la pol&iacute;tica no pertenece exclusivamente a los partidos ni a los gobiernos. Pertenece tambi&eacute;n a los ciudadanos.
    </p><p class="article-text">
        El caso del Mar Menor resulta especialmente revelador. Diez a&ntilde;os despu&eacute;s de la sopa verde, la movilizaci&oacute;n surgida en Murcia constituye una de las experiencias c&iacute;vicas m&aacute;s importantes de la Espa&ntilde;a reciente. Cient&iacute;ficos, docentes, estudiantes, asociaciones vecinales y miles de ciudadanos entendieron que la defensa de ese ecosistema no era &uacute;nicamente una cuesti&oacute;n ambiental. Era tambi&eacute;n una defensa del inter&eacute;s general frente a din&aacute;micas econ&oacute;micas y pol&iacute;ticas que durante demasiado tiempo hab&iacute;an subordinado un bien com&uacute;n a beneficios particulares.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez esa sea la principal lecci&oacute;n que dejan estas lecturas y estas experiencias colectivas. La democracia no necesita ciudadanos resignados. Tampoco necesita ciudadanos que aprendan a soportarlo todo. Necesita ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes. Ciudadanos capaces de indignarse cuando la dignidad colectiva resulta vulnerada. Ciudadanos dispuestos a organizarse, participar y defender las instituciones que pertenecen a todos.
    </p><p class="article-text">
        Porque los asuntos p&uacute;blicos nunca son solamente cosa de los pol&iacute;ticos. Son, ante todo, cosa de los ciudadanos. Y ninguna democracia puede sobrevivir mucho tiempo si sus ciudadanos olvidan esa verdad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/resiliencia-indignacion_132_13252449.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 27 May 2026 04:01:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De la resiliencia a la indignación]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vivienda digna como oxímoron canario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/vivienda-digna-oximoron-canario_132_13244195.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La gran ironía es que desde el Gobierno canario se invoca constantemente la defensa de Canarias mientras se participa al mismo tiempo en un modelo económico que vacía las condiciones materiales de existencia de los propios canarios. Se abren las puertas al capital global mientras se estrechan las de la vivienda pública
</p></div><p class="article-text">
        Me hallaba en Madrid, en una conferencia sobre la reconstrucci&oacute;n de <strong>Ucrania</strong> y, en particular, sobre la vivienda como forma de reparaci&oacute;n frente a los cr&iacute;menes de la guerra. All&iacute; se insist&iacute;a en algo que hasta hace poco parec&iacute;a una evidencia moral b&aacute;sica: reconstruir viviendas no significa solo levantar muros, sino devolver dignidad, estabilidad y condiciones materiales de vida a quienes han sido expulsados violentamente de su cotidianidad: del hogar. La p&eacute;rdida de una vivienda no es &uacute;nicamente patrimonial; rompe la continuidad biogr&aacute;fica de las personas. Por eso, el derecho internacional contempor&aacute;neo vincula cada vez m&aacute;s el acceso a una vivienda adecuada con la reparaci&oacute;n de las v&iacute;ctimas y la reconstrucci&oacute;n democr&aacute;tica de las sociedades devastadas.
    </p><p class="article-text">
        Mientras escuchaba aquellas intervenciones sobre desplazamiento forzado, derecho al retorno y reconstrucci&oacute;n habitacional, era inevitable pensar en el contraste con lo que sucede hoy en Canarias. Salvando todas las distancias entre una guerra y una crisis habitacional, existe una inquietante coincidencia de fondo: la vivienda termina revelando qui&eacute;n puede habitar un territorio y en qu&eacute; condiciones. Mientras en Ucrania se debate c&oacute;mo devolver hogares a quienes los perdieron por la violencia, en Canarias asistimos a otra forma de expulsi&oacute;n: la de quienes ya no pueden sostener econ&oacute;micamente la vida en su propia tierra.
    </p><p class="article-text">
        Ese contraste reapareci&oacute; al leer la noticia sobre el recurso presentado ante el Tribunal Superior de Justicia de Canarias por Observatorio DESCA, Derecho al Techo, entre otros, contra el decreto 23/2026 del Gobierno canario, de 9 de marzo. Lo que all&iacute; se discute no es solo una cuesti&oacute;n t&eacute;cnica sobre acceso a vivienda p&uacute;blica, sino una determinada idea de ciudadan&iacute;a y, en el fondo, una erosi&oacute;n silenciosa del Estado social.
    </p><p class="article-text">
        La Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola define a Espa&ntilde;a como un &ldquo;Estado social y democr&aacute;tico de Derecho&rdquo;. Esa f&oacute;rmula implica que la libertad jur&iacute;dica pierde sentido cuando las condiciones materiales condenan a parte de la poblaci&oacute;n a la precariedad estructural. El Estado social no es beneficencia: su funci&oacute;n es corregir desigualdades reales y evitar que el mercado se convierta en el &uacute;nico organizador de la vida colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el decreto canario resulta tan significativo. Exigir doce a&ntilde;os de residencia ininterrumpida en las islas &mdash;o quince si ha sido discontinua&mdash; para acceder a una vivienda p&uacute;blica altera la l&oacute;gica protectora del Estado social. La vivienda deja de responder a la necesidad y pasa a depender de la antig&uuml;edad territorial. El derecho ya no se organiza en torno a la vulnerabilidad, sino alrededor de una especie de pedigr&iacute; administrativo del arraigo.
    </p><p class="article-text">
        El lenguaje burocr&aacute;tico presenta la medida como neutral: estabilidad residencial, vinculaci&oacute;n territorial, arraigo comunitario. Pero el derecho contempor&aacute;neo ha perfeccionado precisamente esa capacidad de excluir mediante categor&iacute;as aparentemente t&eacute;cnicas. No hace falta declarar que ciertos grupos quedan fuera; basta con dise&ntilde;ar requisitos que vuelven casi imposible el acceso para determinados sectores sociales. Eso es lo que jur&iacute;dicamente conocemos como discriminaci&oacute;n indirecta.
    </p><p class="article-text">
        Un migrante nacionalizado espa&ntilde;ol puede quedar excluido de la vivienda p&uacute;blica pese a poseer plenamente la ciudadan&iacute;a formal. Tambi&eacute;n se perjudica a quienes han vivido desplazamientos laborales constantes, a quienes emigraron fuera de Canarias durante a&ntilde;os o a quienes sobreviven en trayectorias residenciales fragmentadas porque nunca pudieron acceder a una vivienda estable. La paradoja es evidente: el sistema termina penalizando precisamente a quienes padecen mayor vulnerabilidad habitacional.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; aparece adem&aacute;s una cuesti&oacute;n m&aacute;s profunda. Solemos imaginar los derechos desde la figura abstracta de un individuo formalmente igual ante la ley. Pero la igualdad material obliga a mirar las condiciones concretas de exclusi&oacute;n y precariedad. Importan las trayectorias migratorias, la inseguridad laboral o la fragilidad econ&oacute;mica, porque es ah&iacute; donde se manifiesta realmente el da&ntilde;o discriminatorio. El decreto canario invisibiliza esa dimensi&oacute;n material de la desigualdad y convierte la igualdad formal en un mecanismo de exclusi&oacute;n perfectamente funcional.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto ocurre, adem&aacute;s, en medio de una de las crisis habitacionales m&aacute;s graves de Europa. Canarias vive sometida a una enorme presi&oacute;n inmobiliaria: alquileres disparados, expansi&oacute;n del alojamiento tur&iacute;stico, salarios incapaces de sostener el precio de la vivienda y un parque p&uacute;blico claramente insuficiente. El territorio se reorganiza alrededor de la rentabilidad tur&iacute;stica mientras la vida cotidiana de los residentes se vuelve cada vez m&aacute;s inviable. Donde antes hab&iacute;a barrios aparecen apartamentos vacacionales; donde exist&iacute;an comunidades estables surgen espacios de circulaci&oacute;n temporal del consumo.
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil no pensar aqu&iacute; en <em><strong>Crematorio</strong></em>. La novela de <strong>Rafael Chirbes</strong> no hablaba solo de corrupci&oacute;n urban&iacute;stica, sino de una mutaci&oacute;n moral: el momento en que una sociedad acepta que todo &mdash;el paisaje, la memoria colectiva o incluso la dignidad&mdash; puede convertirse en mercanc&iacute;a. Canarias reproduce hoy parte de esa l&oacute;gica: hoteles infinitos, apartamentos tur&iacute;sticos, capital circulando a gran velocidad y, al mismo tiempo, trabajadores incapaces de pagar un alquiler en la tierra donde nacieron.
    </p><p class="article-text">
        Esa degradaci&oacute;n no es &uacute;nicamente urban&iacute;stica; tambi&eacute;n es pol&iacute;tica y cultural. Y ah&iacute; resulta inevitable recordar <em>Algo va mal</em>. Tony Judt advert&iacute;a que las democracias occidentales hab&iacute;an dejado de considerar la desigualdad como un problema p&uacute;blico para asumirla como una consecuencia natural del mercado. Poco a poco, la idea de bien com&uacute;n fue sustituida por el lenguaje de la competitividad y la rentabilidad. Lo decisivo de ese diagn&oacute;stico era la descripci&oacute;n de una sociedad que pierde la capacidad moral de pensarse colectivamente.
    </p><p class="article-text">
        Eso es precisamente lo que aflora en el decreto canario. La vivienda deja de entenderse como condici&oacute;n b&aacute;sica de ciudadan&iacute;a y pasa a concebirse como un recurso escaso cuya distribuci&oacute;n responde a criterios identitarios y competitivos. La l&oacute;gica del mercado termina colonizando incluso el &aacute;mbito de los derechos sociales. Y cuando eso ocurre, el Estado social empieza lentamente a vaciarse desde dentro.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, late aqu&iacute; la misma intuici&oacute;n cr&iacute;tica que atravesaba los ensayos de <strong>Rafael S&aacute;nchez Ferlosio</strong> en <em>Non olet</em>: esa capacidad del capitalismo contempor&aacute;neo para naturalizar moralmente cualquier forma de rentabilidad, incluso cuando procede de din&aacute;micas que degradan la vida colectiva. Si evocamos la c&eacute;lebre escena entre Tito y Vespasiano, el dinero &ldquo;no huele&rdquo;, aunque siga siendo producto de la orina. Tambi&eacute;n hoy el mercado tur&iacute;stico parece legitimarlo todo mientras el territorio se vuelve progresivamente inhabitable para quienes lo sostienen cotidianamente con su trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s grave es que todo esto sucede mientras el propio derecho internacional de los derechos humanos reconoce a la vivienda como un aut&eacute;ntico derecho humano. Este derecho no se limita a disponer de un techo, sino que incluye seguridad en la tenencia, protecci&oacute;n frente a desalojos, habitabilidad, accesibilidad y la posibilidad real de vivir con dignidad y seguridad. Tambi&eacute;n se subraya la prohibici&oacute;n de discriminaci&oacute;n en el acceso a la vivienda y la obligaci&oacute;n estatal de garantizar progresivamente ese derecho.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta, entonces, deja de ser &uacute;nicamente jur&iacute;dica. El reconocimiento constitucional efectivo de la vivienda como verdadero derecho subjetivo es perfectamente viable desde el punto de vista normativo. La cuesti&oacute;n decisiva es otra: si todav&iacute;a existe voluntad pol&iacute;tica para sostener una idea de sociedad donde habitar un territorio no dependa exclusivamente de la capacidad econ&oacute;mica ni del valor mercantil del suelo.
    </p><p class="article-text">
        La gran iron&iacute;a es que desde el Gobierno canario se invoca constantemente la defensa de Canarias mientras se participa al mismo tiempo en un modelo econ&oacute;mico que vac&iacute;a las condiciones materiales de existencia de los propios canarios. Se abren las puertas al capital global mientras se estrechan las de la vivienda p&uacute;blica. El territorio permanece disponible para la inversi&oacute;n, pero empieza a volverse inhabitable para quienes simplemente quieren vivir en &eacute;l.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/vivienda-digna-oximoron-canario_132_13244195.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 19:58:50 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La vivienda digna como oxímoron canario]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Región de Murcia: una cartografía emocional del paseo y la memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/region-murcia-cartografia-emocional-paseo-memoria_132_13219440.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f580bf6-3203-4c98-b177-3df527eec88f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Región de Murcia: una cartografía emocional del paseo y la memoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Existe una cultura pública del paseo que dice mucho más sobre una sociedad que muchos discursos oficiales</p></div><p class="article-text">
        La Regi&oacute;n de Murcia es una tierra peque&ntilde;a y precisa, casi &iacute;ntima, donde en apenas unos kil&oacute;metros conviven la huerta y el secano, las sierras y las ramblas, un r&iacute;o obstinado y un mar propio, el Mar Menor, que durante siglos ha moldeado el paisaje y el car&aacute;cter de quienes viven junto a &eacute;l. Tal vez por eso aqu&iacute; el territorio nunca ha sido un simple escenario: forma parte de la manera de caminar, de hablar y de estar en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;lex Chico escribe en <em>Geograf&iacute;a escrita</em> (Candaya, 2025) que los lugares terminan convirti&eacute;ndose en estados de &aacute;nimo, en una &ldquo;cartograf&iacute;a emocional&rdquo; donde memoria y paisaje se confunden hasta formar una peculiar fe de vida. Pensaba precisamente en eso mientras caminaba por la carretera de Pati&ntilde;o hacia la Fuensanta el pasado domingo 10 de mayo. Hay regiones que se recuerdan por sus monumentos; Murcia, en cambio, suele quedarse adherida a la experiencia f&iacute;sica de quien la atraviesa: la luz sobre el Segura, el olor h&uacute;medo de las acequias, el viento c&aacute;lido de la tarde, el silencio breve de las huertas cuando empieza a anochecer.
    </p><p class="article-text">
        A esa misma hora sab&iacute;a que, en Jumilla, mi patria chica, muchos subir&iacute;an al Cristo de la Columna, al monasterio de Santa Ana, cumpliendo esa vieja costumbre que all&iacute; llamamos la romer&iacute;a. Pens&eacute; entonces que pocas regiones poseen una relaci&oacute;n tan &iacute;ntima con el acto de caminar como la nuestra.
    </p><p class="article-text">
        La Regi&oacute;n de Murcia est&aacute; hecha para ser recorrida lentamente. Uno puede deambular por las huertas cercanas al r&iacute;o Segura, perderse entre los campos florecidos de Cieza, atravesar las plazas de Murcia al caer la tarde o contemplar c&oacute;mo la luz marina ensancha las avenidas de Cartagena. Incluso pueblos m&aacute;s discretos, como Abar&aacute;n, Blanca y otros pueblos del Valle de Ricote conservan todav&iacute;a rincones donde el tiempo parece caminar m&aacute;s despacio que en otras partes.
    </p><p class="article-text">
        La literatura comprendi&oacute; muy pronto que esta tierra pose&iacute;a una extra&ntilde;a fertilidad narrativa. Miguel de Cervantes hizo murciana a Preciosa en La gitanilla y evoc&oacute; Cartagena en Viaje del Parnaso como uno de esos puertos &ldquo;a cuyo claro y singular renombre / se postran cuantos puertos el mar ba&ntilde;a&rdquo;. Despu&eacute;s vendr&iacute;an Carmen Conde y su Mar Menor convertido en memoria po&eacute;tica; Ram&oacute;n J. Sender y la Cartagena convulsa de <em>M&iacute;ster Witt en el Cant&oacute;n</em>; Jos&eacute; Luis Castillo-Puche y aquella Yecla &aacute;spera, humana y rural que atraviesa sus novelas; o Miguel Hern&aacute;ndez, tan ligado emocionalmente al sureste, que supo convertir la tierra seca, los caminos y la dignidad campesina en materia de poes&iacute;a universal. M&aacute;s recientemente, autores como Miguel &Aacute;ngel Hern&aacute;ndez, Diego S&aacute;nchez Aguilar, Cristina Morano, Gin&eacute;s S&aacute;nchez o Bego&ntilde;a M&eacute;ndez han terminado por asumir la Regi&oacute;n no como un decorado perif&eacute;rico, sino como un territorio literario plenamente contempor&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        Pero Murcia no solo ha sido escrita: tambi&eacute;n ha sido pintada y filmada. Pedro Cano ha sabido convertir la luz mediterr&aacute;nea y los paisajes de la huerta en una forma de memoria visual; Pedro Serna y Pedro Flores han encontrado en las calles, los jardines y las figuras populares una est&eacute;tica profundamente vinculada al sureste; mientras que cineastas como Joaqu&iacute;n Lis&oacute;n, Luis L&oacute;pez Carrasco, Eva Libertad o Juan Manuel Chumilla-Carbajosa han llevado al cine esa mezcla tan murciana de intimidad, periferia, memoria y extra&ntilde;eza contempor&aacute;nea. Quiz&aacute; porque Murcia, durante demasiado tiempo observada desde fuera como margen, ha empezado por fin a narrarse, pintarse y mirarse a s&iacute; misma sin complejos.
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os y las idas y venidas, he aprendido a mirar esta tierra con ojos distintos. Cuando uno es joven atraviesa su propio paisaje con cierta indiferencia, convencido de que la belleza estar&aacute; siempre ah&iacute;. La edad, en cambio, ense&ntilde;a que ning&uacute;n paisaje sobrevive solo y que toda armon&iacute;a p&uacute;blica depende tambi&eacute;n de la educaci&oacute;n c&iacute;vica de quienes la habitan.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso me interesa cada vez m&aacute;s la figura del <em>fl&acirc;neur</em>, ese paseante que convierte la ciudad en experiencia moral adem&aacute;s de est&eacute;tica. El verdadero lujo contempor&aacute;neo no consiste en consumir lugares, sino en habitarlos lentamente: caminar sin prisa, detenerse bajo un &aacute;rbol, conversar en una plaza, escuchar a un m&uacute;sico callejero o abrir un libro junto al r&iacute;o. Existe una cultura p&uacute;blica del paseo que dice mucho m&aacute;s sobre una sociedad que muchos discursos oficiales.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, basta observar con cierta atenci&oacute;n para advertir algunas grietas en esa promesa de civilidad mediterr&aacute;nea. A veces las acequias amanecen acompa&ntilde;adas de pl&aacute;sticos cansados; algunos jardines parecen tratados con el descuido con que se abandona aquello que se considera ajeno; hay senderos donde la belleza natural convive con restos de basura atrapados entre arbustos y ca&ntilde;as. No se trata de dramatizar. La Regi&oacute;n de Murcia sigue siendo profundamente hermosa. Pero toda belleza p&uacute;blica exige reciprocidad.
    </p><p class="article-text">
        Porque el espacio com&uacute;n revela siempre el grado de respeto que una comunidad siente hacia s&iacute; misma. Y sospecho que uno de nuestros problemas contempor&aacute;neos consiste precisamente en haber confundido el derecho al disfrute con la ausencia de deberes hacia lo compartido. Queremos plazas vivas y paisajes abiertos, pero olvidamos que la convivencia tambi&eacute;n requiere cuidado y una cierta &eacute;tica cotidiana de atenci&oacute;n hacia lo p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido ocurre con el transporte. Resulta parad&oacute;jico que una regi&oacute;n tan propicia para el paseo contin&uacute;e tan sometida al autom&oacute;vil. Las carreteras se congestionan incluso en trayectos m&iacute;nimos y demasiadas veces el veh&iacute;culo privado no responde a una elecci&oacute;n, sino a una necesidad. Faltan conexiones m&aacute;s &aacute;giles entre municipios y una verdadera red de transporte p&uacute;blico que permita habitar la regi&oacute;n de forma menos contaminante y m&aacute;s humana.
    </p><p class="article-text">
        Y en medio de todo ello aparece siempre el Mar Menor, quiz&aacute; el lugar donde la relaci&oacute;n emocional entre paisaje y ciudadan&iacute;a se ha hecho m&aacute;s evidente. Para varias generaciones de murcianos, el Mar Menor no ha sido solo un espacio natural, sino una memoria compartida: los veranos, las tardes interminables, la calma de Los Alc&aacute;zares, San Javier o San Pedro del Pinatar. Por eso su degradaci&oacute;n ecol&oacute;gica produjo una conmoci&oacute;n tan profunda. No era &uacute;nicamente una crisis ambiental, sino tambi&eacute;n afectiva.
    </p><p class="article-text">
        La movilizaci&oacute;n ciudadana en defensa del Mar Menor fue, en el fondo, una reivindicaci&oacute;n del derecho colectivo a preservar aquello que sostiene emocionalmente una comunidad. El reconocimiento de personalidad jur&iacute;dica al Mar Menor representa precisamente esa nueva sensibilidad jur&iacute;dica y &eacute;tica: comprender que ciertos espacios naturales poseen un valor esencial para la vida humana y merecen protecci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de la l&oacute;gica econ&oacute;mica inmediata.
    </p><p class="article-text">
        El derecho a un medio ambiente sano ya no puede entenderse &uacute;nicamente como una abstracci&oacute;n jur&iacute;dica. Significa aire respirable, r&iacute;os limpios, mares protegidos, menos contaminaci&oacute;n y ciudades m&aacute;s habitables. Del mismo modo, el derecho a la cultura no se agota en auditorios o museos. Tambi&eacute;n existe una cultura de la vida p&uacute;blica: la conversaci&oacute;n en las plazas, la romer&iacute;a popular, la lectura bajo los &aacute;rboles o en cualquier otro lugar, la m&uacute;sica improvisada en una esquina o el simple arte de caminar juntos bajo una tarde templada.
    </p><p class="article-text">
        Y acaso esa sea la utop&iacute;a alcanzable que todav&iacute;a tenemos pendiente: una Regi&oacute;n de Murcia donde el derecho al medio ambiente sano, el derecho a la cultura y el derecho a una movilidad digna terminen por entrelazarse. Una tierra donde el paisaje no sea consumido sino cuidado; donde caminar vuelva a ser m&aacute;s sencillo que conducir; y donde la belleza compartida deje de parecer una excepci&oacute;n para convertirse, simplemente, en una forma cotidiana de civilizaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/region-murcia-cartografia-emocional-paseo-memoria_132_13219440.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 04:00:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Región de Murcia: una cartografía emocional del paseo y la memoria]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leer como derecho y como destino: una reflexión por el Día del Libro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/leer-derecho-destino-reflexion-dia-libro_132_13180140.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8aa065ec-5779-49dd-92a1-b0cb532b21fb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Leer como derecho y como destino: una reflexión por el Día del Libro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Leer no es un acto aislado: presupone la existencia de autores, editores, bibliotecarios, libreros, docentes y mediadores culturales</p></div><p class="article-text">
        Comienzo, antes de dar paso al resto, que quiz&aacute; lo &uacute;nico que me arrepiento ya en la vida es de no haber le&iacute;do m&aacute;s, y quiz&aacute; me arrepiente de ello <em>sine die</em>. En esa confesi&oacute;n se condensa una verdad que trasciende lo biogr&aacute;fico: la lectura no es una actividad accesoria, sino una experiencia constitutiva de la vida humana. Cada 23 de abril, con ocasi&oacute;n del D&iacute;a del Libro, la celebraci&oacute;n de la lectura adquiere un tono que oscila entre lo conmemorativo y lo reivindicativo. No se trata &uacute;nicamente de exaltar el libro como objeto cultural, sino de interrogarse por la lectura como pr&aacute;ctica humana fundamental. En este sentido, el debate contempor&aacute;neo ha comenzado a explorar una idea de particular densidad jur&iacute;dica y filos&oacute;fica: la lectura como derecho. Tal planteamiento, lejos de ser una mera met&aacute;fora, encuentra fundamentos s&oacute;lidos tanto en la teor&iacute;a de los derechos fundamentales como en la experiencia hist&oacute;rica y social de las sociedades democr&aacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        El punto de partida puede hallarse en la tesis, cada vez m&aacute;s extendida, de que la lectura constituye un bien humano esencial. La lectura no figura a&uacute;n como derecho aut&oacute;nomo en los textos constitucionales o en los tratados internacionales, pero se halla impl&iacute;citamente contenida en derechos ya reconocidos, como la educaci&oacute;n, la libertad de expresi&oacute;n o el acceso a la cultura. Esta dimensi&oacute;n &ldquo;interseccional&rdquo; del leer permite comprenderlo no solo como una pr&aacute;ctica cultural, sino como un presupuesto de ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Leer es, en primer lugar, un mecanismo psicol&oacute;gico de primer orden. La lectura configura la mente, ampl&iacute;a la capacidad de abstracci&oacute;n y fortalece las funciones cognitivas. No es casual que se haya descrito como un &ldquo;gimnasio asequible para la inteligencia&rdquo;, en palabras de Irene Vallejo. En su 'Manifiesto por la lectura', Vallejo subraya que leer no solo transmite informaci&oacute;n, sino que modela la sensibilidad, ejercita la empat&iacute;a y permite habitar otras vidas; aunque no entrar&eacute;, porque ese es un debate diferente, de si la lectura debe o no ser moralizante, o si la literatura es un instrumento moral o pol&iacute;tico, pero s&iacute; pienso, ciertamente, que los libros ayudan a sentir la vida de forma m&aacute;s intensa, no a ser buenos. No obstante, la lectura no es un lujo ni una actividad ornamental, sino un instrumento de construcci&oacute;n de la subjetividad.
    </p><p class="article-text">
        Pero junto a su dimensi&oacute;n psicol&oacute;gica, la lectura desempe&ntilde;a una funci&oacute;n insustituible en la transmisi&oacute;n del conocimiento, teniendo en cuenta, adem&aacute;s, la oralidad. Desde las tablillas mesopot&aacute;micas hasta los formatos digitales contempor&aacute;neos, la humanidad ha depositado en la escritura su memoria colectiva. Leer es, por tanto, acceder a ese dep&oacute;sito de saber acumulado, participar en una conversaci&oacute;n que trasciende generaciones. De ah&iacute; que el derecho a la lectura pueda entenderse como una garant&iacute;a de acceso al conocimiento, y, en consecuencia, como una condici&oacute;n de posibilidad del desarrollo personal y social.
    </p><p class="article-text">
        Esta doble dimensi&oacute;n &mdash;psicol&oacute;gica y epistemol&oacute;gica&mdash; se proyecta directamente sobre el &aacute;mbito jur&iacute;dico. Si los derechos humanos se fundamentan en la dignidad y en el libre desarrollo de la personalidad, resulta dif&iacute;cil negar que la lectura cumple una funci&oacute;n estructural en ambos aspectos. La lectura habilita la autonom&iacute;a, permite formar un criterio propio y facilita la participaci&oacute;n en la vida p&uacute;blica. En este sentido, defender la lectura como derecho implica reconocer que sin ella la democracia se debilita, pues carece de ciudadanos plenamente capaces de comprender, deliberar y decidir.
    </p><p class="article-text">
        La conexi&oacute;n entre la literatura y ciudadan&iacute;a se concentra en numerosas obras e, incluso, se puedo apreciar en los discursos de la mayor&iacute;a de los autores y las autoras que han logrado el Premio Cervantes. La mayor&iacute;a exploran con lucidez la relaci&oacute;n entre memoria, lenguaje y responsabilidad c&iacute;vica (car&aacute;cter y destino). 
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, la reivindicaci&oacute;n de la lectura como derecho no puede desligarse del reconocimiento del entramado social que la hace posible. Leer no es un acto aislado: presupone la existencia de autores, editores, bibliotecarios, libreros, docentes y mediadores culturales. Este 'ecosistema de la lectura' constituye una red compleja que sostiene la circulaci&oacute;n de ideas y la producci&oacute;n cultural. En este sentido, la defensa del derecho a leer implica tambi&eacute;n la protecci&oacute;n de quienes hacen posible la lectura.
    </p><p class="article-text">
        En el contexto espa&ntilde;ol, y de manera particular en la Regi&oacute;n de Murcia, esta reflexi&oacute;n adquiere un matiz espec&iacute;fico. Murcia cuenta con un tejido literario notable, a menudo invisibilizado por la centralizaci&oacute;n cultural. Desde las figuras de Miguel Espinosa y Carmen Conde, cuyas obras representan una de las apuestas m&aacute;s originales de la narrativa y poes&iacute;a espa&ntilde;olas del siglo XX, hasta la pluralidad de voces contempor&aacute;neas que configuran el panorama actual, la regi&oacute;n ofrece un ejemplo elocuente de c&oacute;mo la literatura puede florecer fuera de los grandes centros editoriales.
    </p><p class="article-text">
        Este tejido de escritores no solo enriquece el patrimonio cultural (con librer&iacute;as circulares en la Regi&oacute;n que apuestan por el mismo, fuera de los c&aacute;nones del <em>estatus quo</em>), sino que contribuye a democratizar la producci&oacute;n simb&oacute;lica. La lectura, en este contexto, se convierte en un puente entre lo local y lo universal, permitiendo que las experiencias particulares se inscriban en una conversaci&oacute;n m&aacute;s amplia. Defender la lectura como derecho implica, por tanto, reconocer y apoyar estas redes de creaci&oacute;n, que son esenciales para la vitalidad cultural.
    </p><p class="article-text">
        En &uacute;ltima instancia, la reivindicaci&oacute;n del derecho a la lectura remite a una concepci&oacute;n exigente de la ciudadan&iacute;a. No basta con garantizar formalmente el acceso a los libros; es necesario crear las condiciones materiales y educativas que hagan posible la lectura efectiva. Ello incluye pol&iacute;ticas p&uacute;blicas de alfabetizaci&oacute;n, acceso equitativo a bibliotecas y fomento de la lectura desde la infancia. Pero tambi&eacute;n exige una defensa activa de la libertad de leer, frente a las nuevas formas de censura y de exclusi&oacute;n cultural.
    </p><p class="article-text">
        El D&iacute;a del Libro, m&aacute;s que una celebraci&oacute;n ritual, deber&iacute;a ser entendido como una ocasi&oacute;n para renovar este compromiso. Leer no es solo un placer &mdash;aunque lo sea&mdash;, ni &uacute;nicamente una herramienta &mdash;aunque lo sea tambi&eacute;n&mdash;. Es, ante todo, una forma de estar en el mundo, de comprenderlo y de transformarlo. Reconocer la lectura como derecho significa, en definitiva, afirmar que la dignidad humana pasa por la palabra, por su comprensi&oacute;n y por su transmisi&oacute;n. Y que, sin lectores, no hay ciudadan&iacute;a plena ni democracia sustantiva.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/leer-derecho-destino-reflexion-dia-libro_132_13180140.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 Apr 2026 04:00:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Leer como derecho y como destino: una reflexión por el Día del Libro]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Europa inacabada: política, distancia y pertenencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/europa-inacabada-politica-distancia-pertenencia_132_13142563.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/baa34431-9051-4038-ad7c-0e65d2a644de_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Europa inacabada: política, distancia y pertenencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
Entre Hungría y Murcia se dibuja, por tanto, una misma tensión, aunque adopte formas distintas</p></div><p class="article-text">
        Europa vuelve a mirarse en el espejo de sus propias incertidumbres, como si el tiempo hubiese acelerado de tal modo su curso que ya no bastara con reconocer lo que ocurre, sino que fuera preciso, antes incluso, aprender a orientarse en ello. Las recientes elecciones en Hungr&iacute;a han reabierto una cuesti&oacute;n que nunca termin&oacute; de cerrarse: hasta qu&eacute; punto el proyecto europeo es capaz de sostener una coherencia interna entre sus principios declarados y las pr&aacute;cticas pol&iacute;ticas que se desarrollan en su seno. No se trata de una anomal&iacute;a aislada, ni de una excepci&oacute;n f&aacute;cilmente delimitable, sino de una manifestaci&oacute;n visible de una tensi&oacute;n m&aacute;s profunda, estructural, que atraviesa a Europa desde dentro.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute; el problema no resida solo en esa tensi&oacute;n, sino en el modo en que Europa se piensa a s&iacute; misma. Hay en esa mirada una tentaci&oacute;n persistente: la de reconocerse en el espejo, como Narciso, complacida en una imagen que cree propia y suficiente, o como el retrato de Dorian Grey, que oculta en su superficie intacta las huellas de sus propias contradicciones. Europa se ha narrado durante mucho tiempo como el lugar de la raz&oacute;n, de los derechos, de la universalidad. Sin embargo, esa narraci&oacute;n, cuando no se somete a cr&iacute;tica, corre el riesgo de convertirse en una forma de autocelebraci&oacute;n que impide ver lo que queda fuera de su campo de visi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque Europa, en realidad, no es una unidad compacta, ni un bloque homog&eacute;neo, sino un campo de fuerzas en el que conviven tradiciones, intereses, culturas pol&iacute;ticas y expectativas que no siempre convergen. La pertenencia a la Uni&oacute;n no elimina esa diversidad, sino que la articula &mdash;a veces con &eacute;xito, otras con dificultad&mdash; en un marco com&uacute;n. Hungr&iacute;a pone de relieve, precisamente, ese l&iacute;mite: es posible formar parte del proyecto europeo y, al mismo tiempo, reinterpretar desde dentro algunos de sus fundamentos. No hay ruptura, sino desplazamiento; no hay salida, sino una redefinici&oacute;n silenciosa de lo que significa estar dentro.
    </p><p class="article-text">
        Esta ambig&uuml;edad no es exclusiva del &aacute;mbito estatal. Se reproduce, con otras formas y otras intensidades, en los espacios regionales. La Regi&oacute;n de Murcia, situada en el extremo sur de Europa, podr&iacute;a parecer ajena a estas tensiones pol&iacute;ticas de gran escala. Sin embargo, su inserci&oacute;n en el entramado europeo es profunda. Las pol&iacute;ticas agr&iacute;colas, las estrategias de sostenibilidad, la regulaci&oacute;n de los mercados, la gesti&oacute;n de los recursos h&iacute;dricos, el reconocimiento del Mar Menor como sujeto de derecho (&uacute;nico norma que existe el respecto en la UE): todo ello est&aacute; atravesado por decisiones que se adoptan en el marco europeo. Europa no es, en este sentido, una abstracci&oacute;n distante, sino una realidad que incide directamente en la vida cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, esa presencia efectiva convive con una percepci&oacute;n de lejan&iacute;a. Las decisiones llegan, pero no siempre se comprenden; los efectos se experimentan, pero no siempre se asocian con su origen. Se produce as&iacute; una forma de disociaci&oacute;n caracter&iacute;stica de nuestro tiempo: se participa en un sistema cuyos mecanismos resultan opacos, cuyos procesos decisorios se perciben como ajenos. Europa aparece entonces como una instancia que act&uacute;a, pero no como un espacio plenamente compartido.
    </p><p class="article-text">
        Entre Hungr&iacute;a y Murcia se dibuja, por tanto, una misma tensi&oacute;n, aunque adopte formas distintas. En el primer caso, se manifiesta como una reconfiguraci&oacute;n pol&iacute;tica que cuestiona los equilibrios internos de la Uni&oacute;n. En el segundo, como una distancia silenciosa entre la integraci&oacute;n formal y la apropiaci&oacute;n real del proyecto europeo. Pero en ambos late una cuesti&oacute;n com&uacute;n: la dificultad de sostener un sentido compartido en un contexto de creciente complejidad.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es donde resulta necesario ensanchar la mirada. Pensar Europa &uacute;nicamente desde sus propias categor&iacute;as puede conducir a un c&iacute;rculo cerrado, a una autorreferencialidad que limita su capacidad de comprensi&oacute;n. Incorporar perspectivas que hist&oacute;ricamente han quedado en los m&aacute;rgenes &mdash;miradas cr&iacute;ticas que interrogan la centralidad europea&mdash; permite desplazar el eje del an&aacute;lisis. No para negar lo que Europa ha sido, sino para someterlo a examen. Para preguntarse hasta qu&eacute; punto su universalismo ha sido, en ocasiones, una forma de particularismo expandido, o dicho llanamente: colonialismo o neocolonialismo (como los tratados de externalizaci&oacute;n de las fronteras); hasta qu&eacute; punto su relato de emancipaci&oacute;n ha convivido con pr&aacute;cticas de exclusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde esa apertura, Europa deja de ser un sujeto que se contempla a s&iacute; mismo y pasa a ser un espacio que se construye en relaci&oacute;n con otros. Ya no se trata de sostener una imagen, sino de habitar una pluralidad. No de reafirmar una identidad cerrada, sino de hacer posible una convivencia que reconozca la diferencia sin convertirla en frontera.
    </p><p class="article-text">
        Esta exigencia se vuelve m&aacute;s urgente en un escenario marcado por la incertidumbre. Durante d&eacute;cadas, Europa se pens&oacute; a s&iacute; misma como la culminaci&oacute;n de un proceso de racionalizaci&oacute;n pol&iacute;tica, econ&oacute;mica y jur&iacute;dica. Esa imagen, sin desaparecer del todo, se ha visto erosionada por una serie de crisis que han puesto de manifiesto la fragilidad de sus equilibrios. La pandemia, las tensiones geopol&iacute;ticas, las transformaciones econ&oacute;micas y tecnol&oacute;gicas han introducido un grado de incertidumbre que desborda los marcos tradicionales de interpretaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, la pol&iacute;tica europea ya no puede apoyarse en la expectativa de un progreso lineal. M&aacute;s bien se mueve en un terreno inestable, donde las decisiones deben adoptarse en condiciones de incertidumbre y donde las consecuencias de esas decisiones son dif&iacute;ciles de prever. La relaci&oacute;n entre econom&iacute;a y pol&iacute;tica, que durante mucho tiempo pareci&oacute; resuelta a favor de la primera, vuelve a plantearse en t&eacute;rminos problem&aacute;ticos. La primac&iacute;a de los criterios economicistas muestra hoy sus l&iacute;mites frente a demandas sociales, territoriales y ambientales que no pueden reducirse a esa l&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        La Regi&oacute;n de Murcia ofrece, en este sentido, un ejemplo elocuente. Su modelo econ&oacute;mico, profundamente vinculado a la agricultura intensiva y a la gesti&oacute;n de recursos escasos como el agua, se encuentra en el cruce de m&uacute;ltiples pol&iacute;ticas europeas. Las exigencias de sostenibilidad, las regulaciones ambientales, las din&aacute;micas del mercado interior: todo ello configura un marco en el que las decisiones locales est&aacute;n condicionadas por orientaciones globales. Y, sin embargo, la traducci&oacute;n de esas orientaciones en pr&aacute;cticas concretas no es autom&aacute;tica ni lineal. Requiere mediaciones, adaptaciones, interpretaciones que, a menudo, generan tensiones.
    </p><p class="article-text">
        Estas tensiones no son simplemente t&eacute;cnicas. Remiten a la cuesti&oacute;n m&aacute;s amplia del sentido del proyecto europeo. &iquest;Es Europa un espacio de coordinaci&oacute;n econ&oacute;mica, o es tambi&eacute;n una comunidad pol&iacute;tica capaz de generar v&iacute;nculos de pertenencia? &iquest;Puede sostenerse sobre la base de normas y procedimientos, o necesita algo m&aacute;s, una experiencia compartida que le otorgue legitimidad? Las respuestas a estas preguntas no est&aacute;n dadas de antemano. Se construyen, en todo caso, a trav&eacute;s de las pr&aacute;cticas, de las decisiones, de los conflictos.
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, los l&iacute;mites de Europa no son solo geogr&aacute;ficos. Son l&iacute;mites pol&iacute;ticos, culturales, incluso simb&oacute;licos, que se redefinen continuamente. Europa no es un mapa cerrado, sino un espacio en movimiento, cuya configuraci&oacute;n depende de decisiones que nunca son neutrales. Incluir o excluir, integrar o diferenciar, avanzar o detenerse: cada una de estas opciones contribuye a dibujar sus contornos.
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; en juego, en &uacute;ltima instancia, es la posibilidad de sostener un proyecto com&uacute;n en un mundo marcado por la incertidumbre. No se trata de recuperar una ilusi&oacute;n perdida, ni de restaurar un modelo que ya no responde a las condiciones actuales. Se trata, m&aacute;s bien, de asumir la complejidad como punto de partida, de reconocer que Europa no puede ofrecer respuestas simples a problemas complejos.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez, entonces, la cuesti&oacute;n no sea si Europa debe seguir mir&aacute;ndose en el espejo, sino qu&eacute; tipo de espacio quiere habitar. Si uno cerrado sobre su propia imagen, o una habitaci&oacute;n abierta, capaz de acoger otras voces, otras experiencias, otras formas de entender lo com&uacute;n, desde las propias periferias como Murcia hasta la propia Bruselas. Entre el reflejo complaciente y la apertura inclusiva se juega, hoy, algo m&aacute;s que una identidad: se juega la posibilidad misma de Europa como proyecto pol&iacute;tico compartido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/europa-inacabada-politica-distancia-pertenencia_132_13142563.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Apr 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/murcia-riesgo-parecerse-si_132_13110971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6815a7c9-60dd-4605-9ed2-bcf421c910ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tal vez convendría, en suma, desplazar la mirada. No para negar la importancia de la Semana Santa o de las Fiestas de Primavera, sino para situarlas en un contexto más amplio</p></div><p class="article-text">
        Hay territorios cuya identidad parece haberse vuelto visible solo cuando se representa, como si lo vivido necesitara de su escenificaci&oacute;n para ser reconocido. La Regi&oacute;n de Murcia pertenece, en parte, a ese tipo de geograf&iacute;as: un espacio cuya imagen p&uacute;blica &mdash;y, en ocasiones, su autopercepci&oacute;n&mdash; se articula en torno a rituales peri&oacute;dicos intensos, codificados y reiterados. La Semana Santa, con su solemnidad est&eacute;tica, y las Fiestas de Primavera, con su vitalismo expansivo, constituyen los dos polos de esa representaci&oacute;n. Entre ambas, se despliega una narrativa de lo murciano que oscila entre la ceremonia barroca y la exuberancia popular.
    </p><p class="article-text">
        La Semana Santa murciana, particularmente en la capital y en localidades como Lorca o Cartagena o Jumilla, ofrece una escenograf&iacute;a de gran densidad simb&oacute;lica. No es &uacute;nicamente una manifestaci&oacute;n religiosa, aunque su ra&iacute;z lo sea; es, sobre todo, una forma de ordenar el tiempo y de estructurar la comunidad en torno a un relato compartido. Los pasos, las t&uacute;nicas, la m&uacute;sica procesional, los itinerarios que se repiten con precisi&oacute;n casi lit&uacute;rgica, constituyen un lenguaje que expresa continuidad. En t&eacute;rminos culturales, no estamos ante un adorno, sino ante un dispositivo de memoria. La identidad, en este contexto, aparece como una pr&aacute;ctica reiterada que permite a una comunidad reconocerse en el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Algo semejante ocurre con las Fiestas de Primavera de Murcia capital, aunque en un registro distinto. Del recogimiento se pasa a la expansi&oacute;n, del silencio ritual al ruido festivo. El Bando de la Huerta (recomiendo la pel&iacute;cula <em>&iquest;d&oacute;nde est&aacute; mi acequia?</em> <em>Anatom&iacute;a forense de una ciudad,</em> del director murciano Joaqu&iacute;n Lis&oacute;n por su cr&iacute;tica a la p&eacute;rdida real de la huerta murciana y de los huertanos) y el Entierro de la Sardina funcionan como formas de afirmaci&oacute;n identitaria en clave celebratoria. El traje huertano, la gastronom&iacute;a, la ocupaci&oacute;n del espacio p&uacute;blico, configuran una est&eacute;tica de la abundancia que no reproduce fielmente el pasado, sino que lo reinterpreta. La tradici&oacute;n se vuelve performativa: no se hereda sin m&aacute;s, sino que se act&uacute;a. Y en esa actuaci&oacute;n hay una simplificaci&oacute;n inevitable, una estilizaci&oacute;n que convierte lo vivido en s&iacute;mbolo, y para algunos, en mito.
    </p><p class="article-text">
        Hasta aqu&iacute;, podr&iacute;a afirmarse que ambas celebraciones constituyen expresiones leg&iacute;timas y valiosas de la identidad regional. Sin embargo, su misma potencia plantea una ambig&uuml;edad: lo que se muestra con tanta claridad tiende a ocupar todo el campo de lo visible. La Regi&oacute;n corre el riesgo de ser percibida &mdash;y de percibirse a s&iacute; misma&mdash; a trav&eacute;s de estas im&aacute;genes recurrentes. Como si lo murciano pudiera agotarse en la solemnidad de sus procesiones o en la alegr&iacute;a de sus desfiles.
    </p><p class="article-text">
        Es en este punto donde se hace necesaria una cr&iacute;tica, no destructiva, sino clarificadora. Porque quiz&aacute; el problema no resida en la existencia de estas fiestas, sino en su conversi&oacute;n en un fetiche de la identidad. Siguiendo la intuici&oacute;n de Rafael S&aacute;nchez Ferlosio, el fetiche no es simplemente algo venerado, sino algo que sustituye a lo real. Una forma que, al repetirse, deja de remitir a una experiencia viva y se convierte en un objeto autosuficiente. La identidad, cuando se fetichiza, se vuelve manejable, consumible, tranquilizadora.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, la identidad murciana, tal como se escenifica en estos eventos, corre el riesgo de convertirse en un artefacto cerrado. Una imagen que ya no necesita ser interrogada porque parece decirlo todo. Ferlosio desconfiaba de las palabras que, a fuerza de repetirse, se vac&iacute;an de contenido; algo similar ocurre con ciertas formas de representaci&oacute;n cultural. Cuando se reiteran sin fisuras, dejan de se&ntilde;alar algo exterior a ellas y comienzan a girar sobre s&iacute; mismas.
    </p><p class="article-text">
        La consecuencia m&aacute;s problem&aacute;tica de este proceso no es la p&eacute;rdida de autenticidad &mdash;categor&iacute;a siempre discutible&mdash;, sino la clausura de posibilidades. La identidad, en lugar de ser una relaci&oacute;n abierta, se convierte en un objeto fijo. Y, lo que es m&aacute;s relevante, se vuelve normativa: define qu&eacute; cuenta como propio y qu&eacute; queda fuera. Aquello que no participa de esa est&eacute;tica &mdash;lo que no es procesi&oacute;n ni desfile, lo que no encaja en el repertorio festivo ni en el programa de las concejal&iacute;as de cultura (ocio, realmente)&mdash; tiende a quedar relegado a una zona de invisibilidad.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, es precisamente en esa zona donde se est&aacute; configurando, cada vez con mayor claridad, un tejido cultural no oficial. Un conjunto de pr&aacute;cticas que no se reconocen en la l&oacute;gica del folclore ni en la del ocio festivo. Espacios independientes, iniciativas art&iacute;sticas, proyectos colectivos que no buscan representar a la Regi&oacute;n, sino habitarla de otro modo. Aqu&iacute; la cultura no se presenta como repetici&oacute;n, sino como exploraci&oacute;n. No como identidad fijada, sino como proceso.
    </p><p class="article-text">
        Este tejido no compite con las celebraciones tradicionales; m&aacute;s bien, introduce una tensi&oacute;n necesaria. Mientras aquellas estabilizan la identidad, estas la problematizan. Y en esa problematizaci&oacute;n reside una forma m&aacute;s exigente de belleza. No una belleza inmediata, sino una que requiere atenci&oacute;n, tiempo y disposici&oacute;n para lo no evidente. Una belleza que no se ofrece como espect&aacute;culo, sino como experiencia.
    </p><p class="article-text">
        La cr&iacute;tica constructiva consistir&iacute;a, por tanto, en reabrir la pregunta por la identidad. No asumir que ya sabemos qu&eacute; es lo murciano porque lo vemos escenificado cada a&ntilde;o, sino interrogar qu&eacute; queda fuera de esa escenificaci&oacute;n. Reconocer que la cultura de un territorio no se agota en sus momentos de m&aacute;xima visibilidad, sino que incluye tambi&eacute;n aquellas pr&aacute;cticas menos codificadas, m&aacute;s fr&aacute;giles, pero no por ello menos significativas.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, la lecci&oacute;n que puede extraerse es una invitaci&oacute;n a la desconfianza productiva. Desconfiar de toda identidad que se presente como definitiva, que se deje consumir sin resistencia. Y, al mismo tiempo, atender a aquello que no encaja, a lo que no se deja representar f&aacute;cilmente. Porque es ah&iacute;, en ese excedente, donde la cultura conserva su capacidad de generar sentido y comunidad abierta.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez convendr&iacute;a, en suma, desplazar la mirada. No para negar la importancia de la Semana Santa o de las Fiestas de Primavera, sino para situarlas en un contexto m&aacute;s amplio. Entenderlas como una parte &mdash;relevante, pero no exclusiva&mdash; de una realidad cultural m&aacute;s compleja. Y asumir que la verdadera riqueza de la Regi&oacute;n de Murcia no reside &uacute;nicamente en aquello que se celebra, sino tambi&eacute;n en aquello que, sin calendario ni ceremonia, sigue ocurriendo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/murcia-riesgo-parecerse-si_132_13110971.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 04:00:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cambio-climatico-canarias-cambia-toca-cambiar_132_13093519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/38423b25-fdf6-4902-ace5-233e0a367c8a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo que empieza a perfilarse se asemeja menos a una crisis y más a una alteración de las reglas de funcionamiento del sistema. No es tanto una anomalía como un desplazamiento del patrón</p></div><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as en que basta asomarse a la ventana para comprender algo que durante a&ntilde;os parec&iacute;a una discusi&oacute;n lejana. En Canarias, ese momento ha llegado con las lluvias. No con la lluvia suave, casi agradecida, que cabr&iacute;a imaginar tras una sequ&iacute;a prolongada, sino con otra forma m&aacute;s abrupta: barrancos que descienden con una fuerza desmedida, presas pr&oacute;ximas a su l&iacute;mite, carreteras interrumpidas, n&uacute;cleos de poblaci&oacute;n que quedan aislados. Se instala entonces una sensaci&oacute;n dif&iacute;cil de formular, pero inequ&iacute;voca: la de que algo ha dejado de encajar.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, el problema del agua en las islas se pens&oacute; de manera relativamente simple: faltaba. Se hablaba de sequ&iacute;a, de calor, de escasez. Era un problema grave, pero tambi&eacute;n conocido, casi previsible. Exist&iacute;a un marco de referencia compartido. Sin embargo, lo que se observa ahora introduce una inquietud distinta: el agua no solo escasea, tambi&eacute;n se desborda. Y, sobre todo, se comporta de manera menos predecible.
    </p><p class="article-text">
        No se trata &uacute;nicamente de que llueva m&aacute;s o menos, sino de c&oacute;mo lo hace. Los episodios de precipitaci&oacute;n intensa tienden a concentrarse en per&iacute;odos muy breves, acumulando en pocas horas lo que antes se distribu&iacute;a a lo largo de d&iacute;as o semanas. El agua ya no llega de forma gradual; irrumpe. Y cuando lo hace, el territorio &mdash;y las infraestructuras que lo ocupan&mdash; muestran dificultades crecientes para absorberla.
    </p><p class="article-text">
        Este cambio obliga a reconsiderar el marco interpretativo. Durante a&ntilde;os, se ha hablado de &ldquo;crisis del agua&rdquo;, como si se tratara de episodios excepcionales, transitorios, susceptibles de ser superados con medidas puntuales. Sin embargo, lo que empieza a perfilarse se asemeja menos a una crisis y m&aacute;s a una alteraci&oacute;n de las reglas de funcionamiento del sistema. No es tanto una anomal&iacute;a como un desplazamiento del patr&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Algunos informes recientes (informe global <em>Water Bankruptcy. Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era</em>, 2026) han descrito este proceso con una imagen elocuente: durante d&eacute;cadas se ha operado como si el agua disponible incluyera no solo los flujos renovables anuales, sino tambi&eacute;n reservas acumuladas &mdash;en acu&iacute;feros, suelos y ecosistemas&mdash; que, en realidad, no son infinitas. Como quien no solo consume sus ingresos, sino tambi&eacute;n sus ahorros. Cuando esas reservas se degradan o se agotan, el sistema deja de responder como antes.
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias son visibles en m&uacute;ltiples regiones: r&iacute;os que no alcanzan el mar, acu&iacute;feros que no se recargan, suelos que pierden capacidad de retenci&oacute;n. En Canarias, donde el equilibrio territorial es particularmente delicado, estas tensiones adquieren una expresi&oacute;n m&aacute;s inmediata.
    </p><p class="article-text">
        Lejos de contradecirse, sequ&iacute;a e inundaci&oacute;n forman parte de un mismo fen&oacute;meno. Cuando el suelo est&aacute; degradado o cuando el sistema &mdash;econ&oacute;mico, de infraestructuras y tambi&eacute;n jur&iacute;dico-administrativo&mdash; no opera de manera integrada, el agua no se infiltra ni se almacena adecuadamente. As&iacute;, en ausencia de precipitaciones, la escasez se intensifica; y cuando estas se producen de forma intensa, el exceso se vuelve destructivo. Se trata de una misma descompensaci&oacute;n observada en sus dos extremos.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, resulta inevitable interrogar tambi&eacute;n la capacidad de anticipaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. La planificaci&oacute;n hidrol&oacute;gica y territorial en Canarias ha incorporado de forma desigual &mdash;y en ocasiones tard&iacute;a&mdash; los escenarios de mayor variabilidad clim&aacute;tica. Sin negar los esfuerzos realizados, cabe se&ntilde;alar que una parte de las infraestructuras, de los instrumentos de ordenaci&oacute;n y de los dispositivos de prevenci&oacute;n siguen respondiendo a supuestos de estabilidad que ya no se corresponden plenamente con la realidad observada. La reiteraci&oacute;n de episodios extremos pone de relieve, con cierta elocuencia, los l&iacute;mites de esa planificaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el marco construido &mdash;presas, carreteras, planes de emergencia&mdash; contin&uacute;a siendo necesario, pero comienza a mostrar tensiones cuando los fen&oacute;menos se repiten con mayor frecuencia o intensidad de la prevista. No se trata de su inutilidad, sino de su desajuste progresivo respecto de un contexto cambiante.
    </p><p class="article-text">
        Por ello, lo que est&aacute; en juego no es solo una cuesti&oacute;n t&eacute;cnica. Se trata tambi&eacute;n de una transformaci&oacute;n en la forma de relaci&oacute;n con el entorno. Durante d&eacute;cadas se asumi&oacute; una cierta estabilidad clim&aacute;tica, con variaciones acotadas dentro de m&aacute;rgenes conocidos. Ese marco de referencia se est&aacute; desplazando, introduciendo una incertidumbre que ya no es &uacute;nicamente cient&iacute;fica o institucional, sino tambi&eacute;n cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Esa incertidumbre se percibe en la sorpresa ante lluvias que parecen fuera de lugar, en la inquietud cuando una presa se aproxima a su capacidad m&aacute;xima, en la sensaci&oacute;n de que los extremos &mdash;la sequ&iacute;a y la inundaci&oacute;n&mdash; tienden a aproximarse. No se trata de episodios aislados, sino de una pauta emergente.
    </p><p class="article-text">
        Reconocerlo exige evitar tanto el dramatismo como la inercia. No se trata de asumir que todo ha quedado fuera de control, pero tampoco de seguir operando bajo la premisa de que nada ha cambiado. El agua ha dejado de ser &uacute;nicamente una cuesti&oacute;n de cantidad para convertirse, cada vez m&aacute;s, en un problema de comportamiento.
    </p><p class="article-text">
        Ello obliga a introducir ajustes: en la planificaci&oacute;n, en las infraestructuras, en la gesti&oacute;n del territorio. Pero tambi&eacute;n en la forma de pensar el problema. Persistir en la interpretaci&oacute;n de estos episodios como excepciones implica el riesgo de ignorar la tendencia que los articula.
    </p><p class="article-text">
        Canarias posee una larga tradici&oacute;n de adaptaci&oacute;n al agua, de soluciones ingeniosas en condiciones de escasez. Sin embargo, el desaf&iacute;o actual es distinto: no se limita a gestionar la falta, sino que exige convivir con la irregularidad. Asumir que el agua puede ausentarse durante largos per&iacute;odos y, al mismo tiempo, aparecer de forma s&uacute;bita e intensa.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ah&iacute; resida el verdadero cambio. No en la cantidad disponible, sino en la alteraci&oacute;n de su comportamiento. Y cuando ese comportamiento se modifica, no basta con intensificar las respuestas conocidas. Se impone, ante todo, comprender la nueva l&oacute;gica en la que se inscribe. Porque si la realidad es otra, tambi&eacute;n debe transformarse la manera de habitarla y de pensarla: desplaz&aacute;ndose desde una concepci&oacute;n centrada en la idea de dominio hacia otra m&aacute;s atenta a los equilibrios del sistema del que se forma parte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cambio-climatico-canarias-cambia-toca-cambiar_132_13093519.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Mar 2026 12:29:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La persistencia de la violencia: mujeres y derechos humanos en la vida cotidiana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/persistencia-violencia-mujeres-derechos-humanos-vida-cotidiana_132_13076703.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0522dda1-34c6-47ad-b21e-cd2f45f7c2ad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La persistencia de la violencia: mujeres y derechos humanos en la vida cotidiana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juzgar con perspectiva de género implica reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino estructural, vinculado a desigualdades históricas</p></div><p class="article-text">
        En los d&iacute;as previos al 8 de marzo, le&iacute; varias historias que parec&iacute;an entrelazarse sin propon&eacute;rselo. La lectura de dos libros escritos por mujeres &mdash;<em>Hasta aqu&iacute; todo va bien</em>, de Estela Sanchis, y <em>El lugar de la herida</em>, de Laura Baeza&mdash; situaba en primer plano cuerpos da&ntilde;ados y experiencias atravesadas por la violencia. A trav&eacute;s de la ficci&oacute;n, ambos textos mostraban algo profundamente real: la violencia forma parte de la vida cotidiana de muchas mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Poco despu&eacute;s, particip&eacute; en una jornada sobre derechos humanos celebrada en Madrid, esa intuici&oacute;n literaria encontr&oacute; su correlato en la realidad. Se habl&oacute; de trata de personas, especialmente de mujeres y ni&ntilde;as, y aparecieron datos, testimonios y diagn&oacute;sticos que confirmaban una idea inquietante: el cuerpo de las mujeres sigue siendo, con demasiada frecuencia, el escenario donde se ejerce la violencia.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, desde distintos &aacute;ngulos &mdash;la literatura, el an&aacute;lisis acad&eacute;mico y la pr&aacute;ctica jur&iacute;dica&mdash; emerg&iacute;a una misma constataci&oacute;n: la persistencia de la violencia contra las mujeres. Por eso el 8 de marzo sigue siendo necesario; por eso, la defensa de los derechos de las mujeres es una cuesti&oacute;n, d&iacute;a a d&iacute;a, en cualquier lugar del mundo, de derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        El D&iacute;a Internacional de la Mujer no es solo una fecha simb&oacute;lica. Es, sobre todo, una oportunidad para recordar que la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una tarea inacabada. Y no solo en el plano social, sino tambi&eacute;n en el jur&iacute;dico.
    </p><p class="article-text">
        Desde el derecho internacional contempor&aacute;neo, la igualdad de g&eacute;nero es un derecho humano plenamente reconocido. La Carta de las Naciones Unidas (1945) ya proclamaba la igualdad sin distinci&oacute;n de sexo, y la Declaraci&oacute;n Universal de Derechos Humanos (1948) afirmaba que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Posteriormente, instrumentos como la Convenci&oacute;n sobre la Eliminaci&oacute;n de Todas las Formas de Discriminaci&oacute;n contra la Mujer consolidaron esta idea, obligando a los Estados a adoptar medidas concretas para eliminar la discriminaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el reconocimiento jur&iacute;dico no ha eliminado las desigualdades. Las mujeres siguen enfrentando brechas salariales, menor representaci&oacute;n pol&iacute;tica y dificultades en el acceso a recursos. Pero, sobre todo, persiste la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Las cifras son elocuentes: una de cada tres mujeres ha sufrido violencia f&iacute;sica o sexual a lo largo de su vida. Esta realidad llev&oacute; a Naciones Unidas a reconocer la violencia contra las mujeres como una violaci&oacute;n de derechos humanos. Durante mucho tiempo, sin embargo, se consider&oacute; un asunto privado. El feminismo, junto con la humanizaci&oacute;n del derecho internacional, fue clave para transformar esa percepci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En este punto resulta esencial introducir la perspectiva de g&eacute;nero. No se trata simplemente de &ldquo;a&ntilde;adir mujeres&rdquo; al an&aacute;lisis jur&iacute;dico, sino de comprender c&oacute;mo las relaciones hist&oacute;ricas de poder entre hombres y mujeres condicionan la realidad. Juzgar con perspectiva de g&eacute;nero implica reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fen&oacute;meno aislado, sino estructural, vinculado a desigualdades hist&oacute;ricas.
    </p><p class="article-text">
        Esta perspectiva permite identificar elementos que de otro modo podr&iacute;an pasar desapercibidos: la desigual credibilidad otorgada a las v&iacute;ctimas, la reproducci&oacute;n de estereotipos en las decisiones judiciales o la falta de diligencia en la investigaci&oacute;n de los delitos. Como se ha se&ntilde;alado en tribunales internacionales de derechos humanos y comit&eacute;s de la ONU, la violencia contra las mujeres es una manifestaci&oacute;n de relaciones de poder desiguales y constituye, en s&iacute; misma, una forma de discriminaci&oacute;n .
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, aplicar esta mirada implica adaptar las respuestas institucionales. Por ejemplo, en los casos de violencia sexual, no basta con investigar formalmente: es necesario evitar la revictimizaci&oacute;n, garantizar un entorno seguro para las v&iacute;ctimas y actuar con especial diligencia. La justicia, en este sentido, no puede ser neutral si la realidad no lo es.
    </p><p class="article-text">
        Pero las desigualdades no se expresan &uacute;nicamente en la violencia directa. Tambi&eacute;n se manifiestan en formas m&aacute;s sutiles, como los estereotipos presentes en la publicidad o en los discursos sociales. Durante d&eacute;cadas, la imagen de la mujer ha sido utilizada como objeto o reclamo, reforzando roles limitados. Estas representaciones no son inocentes: influyen en c&oacute;mo se percibe a las mujeres y en las expectativas que se proyectan sobre ellas.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no pretende imponer un modelo &uacute;nico (de hecho, como le escuch&eacute; decir a la escritura Mar&iacute;a Jos&eacute; Gal&eacute; en una librer&iacute;a murciana el viernes pasado: &ldquo;Es un movimiento pol&iacute;tico que se deconstruye as&iacute; mismo&rdquo;), sino ampliar las posibilidades de vida. Su objetivo es que cada mujer pueda desarrollar su proyecto vital en condiciones de libertad e igualdad. Asimismo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas recoge esta aspiraci&oacute;n al situar la igualdad de g&eacute;nero en el centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: ninguna sociedad puede desarrollarse plenamente si la mitad de su poblaci&oacute;n enfrenta obst&aacute;culos sistem&aacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, alcanzar esa igualdad requiere recursos (la defensa de los derechos humanos tambi&eacute;n necesita dinero, sin &eacute;l, es mera ret&oacute;rica), voluntad pol&iacute;tica y cambios culturales profundos. No basta con normas: es necesario transformar pr&aacute;cticas y mentalidades.
    </p><p class="article-text">
        En territorios concretos como la Regi&oacute;n de Murcia, estas din&aacute;micas globales adquieren una dimensi&oacute;n cercana. La igualdad se juega en lo cotidiano: en el acceso al empleo, en la conciliaci&oacute;n, en la representaci&oacute;n pol&iacute;tica o en la prevenci&oacute;n de la violencia de g&eacute;nero.
    </p><p class="article-text">
        Murcia refleja bien esta tensi&oacute;n entre avance y persistencia de desigualdades. Por un lado, cada vez m&aacute;s mujeres acceden a la educaci&oacute;n superior y a profesiones cualificadas. Por otro, siguen existiendo sectores &mdash;especialmente en &aacute;mbitos agr&iacute;colas o de cuidados&mdash; donde el trabajo femenino permanece invisibilizado o peor remunerado.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva de g&eacute;nero, estas realidades no pueden analizarse como fen&oacute;menos aislados. Forman parte de una estructura que asigna roles, distribuye recursos de manera desigual y condiciona las trayectorias vitales. Por eso, las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas deben tener en cuenta estas diferencias y sus efectos.
    </p><p class="article-text">
        El 8 de marzo, en este contexto, no es solo una celebraci&oacute;n de los avances logrados. Es tambi&eacute;n un recordatorio de las tareas pendientes. La literatura, el derecho y la experiencia social coinciden en se&ntilde;alar que la violencia y la desigualdad siguen presentes.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ello, el feminismo act&uacute;a como una herramienta cr&iacute;tica. Permite identificar las injusticias, cuestionar lo que se presenta como natural y proponer alternativas. Y, sobre todo, conecta la experiencia individual con estructuras m&aacute;s amplias.
    </p><p class="article-text">
        En &uacute;ltima instancia, la reivindicaci&oacute;n de los derechos de las mujeres no es una demanda sectorial. Es una cuesti&oacute;n central para la democracia y un Estado de Derecho que ubique los derechos humanos en su centro. Porque una sociedad que tolera la violencia o la discriminaci&oacute;n contra la mitad de su poblaci&oacute;n dif&iacute;cilmente puede considerarse plenamente justa.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cada 8 de marzo, la reivindicaci&oacute;n se renueva: la igualdad no es un ideal abstracto, sino una exigencia concreta. Y la dignidad de las mujeres no es negociable, porque en ella se juega la dignidad de toda la sociedad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/persistencia-violencia-mujeres-derechos-humanos-vida-cotidiana_132_13076703.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Mar 2026 05:00:37 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/fuerza-iran-erosion-deliberada-derecho-internacional_132_13035459.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/92257c1e-5b4a-4f80-9f33-ee3032afaca6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La legítima defensa, tal como ha sido construida jurídicamente, no es una categoría estratégica sino normativa. Exige inmediatez, necesidad y proporcionalidad, y presupone la existencia de un ataque armado previo o en curso</p></div><p class="article-text">
        El ataque de Israel y Estados Unidos contra objetivos situados en territorio iran&iacute; no constituye un episodio aislado ni una en la actuaci&oacute;n de estos dos Estados que act&uacute;an como uno en las relaciones internacionales y en el debilitamiento del sistema normativo que rige el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, cuyo eje sigue siendo &mdash;al menos formalmente&mdash; la prohibici&oacute;n del uso de la fuerza consagrada en el art&iacute;culo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas. El problema no es ya la infracci&oacute;n, sino su normalizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde el punto de vista del Derecho internacional p&uacute;blico, el recurso a la fuerza s&oacute;lo admite dos excepciones estrictas: la leg&iacute;tima defensa frente a un ataque armado efectivo y la autorizaci&oacute;n expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de ellas concurre, de forma clara y verificable, en el caso del ataque contra Ir&aacute;n. La invocaci&oacute;n de una amenaza potencial, de un riesgo futuro o de una &ldquo;defensa anticipada&rdquo; no encuentra respaldo ni en la Carta ni en el desarrollo consuetudinario posterior.
    </p><p class="article-text">
        La leg&iacute;tima defensa, tal como ha sido construida jur&iacute;dicamente, no es una categor&iacute;a estrat&eacute;gica sino normativa. Exige inmediatez, necesidad y proporcionalidad, y presupone la existencia de un ataque armado previo o en curso. La ampliaci&oacute;n de esta figura hasta abarcar amenazas latentes o programas militares presuntos supone una mutaci&oacute;n profunda del Derecho vigente, realizada no mediante consenso normativo, sino por la v&iacute;a de los hechos consumados. Se trata de una pr&aacute;ctica que, lejos de consolidar una nueva norma, erosiona el n&uacute;cleo mismo del orden jur&iacute;dico internacional.
    </p><p class="article-text">
        Israel ha construido su pol&iacute;tica de seguridad sobre una doctrina de excepcionalidad permanente, basada en la anticipaci&oacute;n sistem&aacute;tica del uso de la fuerza. Estados Unidos, por su parte, ha asumido desde hace d&eacute;cadas una concepci&oacute;n funcional del Derecho internacional: vinculante para los dem&aacute;s, flexible para s&iacute; mismo. Esta asimetr&iacute;a se identifica como una de las expresiones m&aacute;s claras de la desigualdad real entre Estados, y se produce hoy con particular intensidad en Oriente Pr&oacute;ximo.
    </p><p class="article-text">
        La regi&oacute;n constituye, desde hace d&eacute;cadas, un laboratorio de experimentaci&oacute;n del unilateralismo armado. Palestina, Irak, Siria, L&iacute;bano y ahora Ir&aacute;n aparecen como escenarios sucesivos en los que la fuerza se presenta como instrumento ordinario de gesti&oacute;n del conflicto. El Consejo de Seguridad, paralizado por vetos cruzados y c&aacute;lculos geopol&iacute;ticos, ha quedado reducido a un papel marginal, cuando no meramente ret&oacute;rico. En este contexto, la seguridad colectiva ha sido sustituida por coaliciones ad hoc y por decisiones unilaterales revestidas de un lenguaje moralizante, aunque hoy por hoy, con Trump en la Casa Blanca, realmente el lenguaje es soez y de matonismo. 
    </p><p class="article-text">
        Desde la perspectiva de la responsabilidad internacional, el ataque contra Ir&aacute;n plantea cuestiones graves. El hecho il&iacute;cito internacional se configura por la violaci&oacute;n de una obligaci&oacute;n en vigor imputable a un Estado. La prohibici&oacute;n del uso de la fuerza es, adem&aacute;s, una norma imperativa de Derecho internacional general (ius cogens), lo que agrava las consecuencias jur&iacute;dicas de su infracci&oacute;n. La comisi&oacute;n de un acto contrario a una norma de esta naturaleza activa no s&oacute;lo la responsabilidad del Estado autor, sino tambi&eacute;n obligaciones erga omnes de no reconocimiento y no asistencia por parte del resto de la comunidad internacional. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, estas consecuencias permanecen, en la pr&aacute;ctica, desactivadas. Los mecanismos de reacci&oacute;n colectiva no se activan; las condenas, cuando existen, son selectivas; y la norma es desplazada por consideraciones pol&iacute;ticas de oportunidad. Se produce as&iacute; una inversi&oacute;n perversa del sistema: no es el Derecho el que limita al poder, sino el poder el que redefine los m&aacute;rgenes de aplicabilidad del Derecho.
    </p><p class="article-text">
        Oriente Pr&oacute;ximo sufre especialmente esta deriva. La regi&oacute;n concentra conflictos no resueltos, ocupaciones prolongadas, Estados debilitados y poblaciones sometidas a una violencia estructural que rara vez genera respuestas jur&iacute;dicas proporcionales. El ataque contra Ir&aacute;n no s&oacute;lo incrementa el riesgo de escalada regional, sino que refuerza una l&oacute;gica de enfrentamiento permanente que hace inviable cualquier arquitectura de seguridad compartida. La fuerza, una vez m&aacute;s, desplaza a la pol&iacute;tica; y la pol&iacute;tica, al Derecho.
    </p><p class="article-text">
        Conviene insistir en que el Derecho internacional no es una t&eacute;cnica ingenua ni un idealismo ret&oacute;rico. Es un producto hist&oacute;rico destinado a contener precisamente aquello que hoy se normaliza: la guerra como instrumento leg&iacute;timo de acci&oacute;n exterior. Su debilitamiento no afecta &uacute;nicamente a los Estados atacados, sino al conjunto del sistema, incluidos quienes hoy creen beneficiarse de su transgresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aceptar que el uso unilateral de la fuerza contra Ir&aacute;n es jur&iacute;dicamente tolerable equivale a admitir que la prohibici&oacute;n del art&iacute;culo 2.4 ha perdido su car&aacute;cter estructural. Supone, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, aceptar que el orden internacional ha regresado a una l&oacute;gica prejur&iacute;dica, en la que la seguridad se confunde con la supremac&iacute;a y el Derecho con un obst&aacute;culo circunstancial. Esa aceptaci&oacute;n no es neutral: compromete el futuro mismo de la convivencia internacional.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/fuerza-iran-erosion-deliberada-derecho-internacional_132_13035459.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2026 05:00:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/utopia-derecho-imaginar-comunidad-juridica-politica-seres-vivos_132_12998252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58137930-3b2b-4232-ba55-e028799f1110_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La biología ha mostrado el continuo entre especies; la ecología ha demostrado la interdependencia de los sistemas; la ética contemporánea ha subrayado la relevancia moral del sufrimiento</p></div><p class="article-text">
        Descubr&iacute; el placer emancipador de la lectura en los vac&iacute;os sin ruido que, por higiene mental, uno deber&iacute;a concederse a diario. Lo experiment&eacute; con El vagabundo de las estrellas, de Jack London: la historia de un hombre que, encerrado en una celda, logra sustraerse al encierro mediante la imaginaci&oacute;n. Aquel descubrimiento qued&oacute; unido para m&iacute; a la d&eacute;cada en que Pepe Mujica permaneci&oacute; recluido, solo con su pensamiento y sus lecturas previas como territorio de libertad. Comprend&iacute; entonces que imaginar no es huir de la realidad, sino ensancharla. Y que toda transformaci&oacute;n comienza ah&iacute;: en la capacidad de concebir lo que todav&iacute;a no existe.
    </p><p class="article-text">
        De ese horizonte nace cada reflexi&oacute;n posterior. En la &uacute;ltima d&eacute;cada he conservado, con un entusiasmo dif&iacute;cil de ocultar, el recuerdo de cuatro encuentros con cuatro personas que, quiz&aacute; sin propon&eacute;rselo, me empujaron hacia la imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica entendida como un ejercicio radical. No fueron lecciones formales ni sistemas doctrinales cerrados, sino frases pronunciadas en momentos precisos.
    </p><p class="article-text">
        El primero fue en Madrid, en su despacho de la UAM, con Antonio Remiro Brot&oacute;ns, a quien ya hab&iacute;a le&iacute;do antes. Un gran maestro &mdash;y, como alguna vez lo han llamado, un enfant terrible del Derecho internacional&mdash;, cuyos conocimientos est&aacute;n vinculados a una perspectiva cr&iacute;tica siempre estimulante. Sus escritos, en particular Civilizados, b&aacute;rbaros y salvajes en el nuevo orden internacional (1996), siguen plenamente vigentes.
    </p><p class="article-text">
        El segundo tuvo lugar junto al Manzanares. Yo comenzaba mi tesis doctoral sobre la reparaci&oacute;n de las v&iacute;ctimas de cr&iacute;menes internacionales y la Corte Penal Internacional cuando convers&eacute; con Benjamin Ferencz, antiguo fiscal de N&uacute;remberg. Recuerdo la serenidad de su voz al decirme: Never give up, mister Gil. Pero lo verdaderamente decisivo no fue la exhortaci&oacute;n a perseverar, sino la invitaci&oacute;n impl&iacute;cita a imaginar el Derecho como algo todav&iacute;a inacabado, como una promesa abierta. Al fin y al cabo, la Corte Penal Internacional fue tambi&eacute;n una utop&iacute;a jur&iacute;dica: una idea que, entre otros, imagin&oacute; Moynier antes de convertirse en realidad.
    </p><p class="article-text">
        El tercer encuentro ocurri&oacute; en Bilbao, conversando con Jes&uacute;s Moster&iacute;n sobre tauromaquia y sufrimiento animal. Su idea era simple y devastadora: ellos sufren y no son cosas. En esa frase cab&iacute;a una revoluci&oacute;n silenciosa. Si no son cosas, el Derecho no puede seguir trat&aacute;ndolos como tales.
    </p><p class="article-text">
        El cuarto fue con mi compa&ntilde;era de la Universidad de Murcia, Teresa Vicente, en torno a los derechos de la naturaleza. De aquellas conversaciones fue cristalizando una intuici&oacute;n: quiz&aacute; el Derecho solo es plenamente justo cuando protege a los m&aacute;s vulnerables. Y la vulnerabilidad, entendida como condici&oacute;n compartida de los seres vivos, obliga a ampliar radicalmente el per&iacute;metro de lo jur&iacute;dico.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho es, ante todo, una construcci&oacute;n humana destinada a ordenar la convivencia. Pero la cuesti&oacute;n decisiva es qu&eacute; significa exactamente &ldquo;nuestra&rdquo; convivencia. Durante siglos hemos interpretado ese plural como exclusivamente humano. Sin embargo, todo apunta a que el Derecho deber&aacute; reconocer que la comunidad jur&iacute;dica coincide, cada vez m&aacute;s, con la comunidad de la vida.
    </p><p class="article-text">
        El siglo XX ofreci&oacute; una primera utop&iacute;a jur&iacute;dica convertida en realidad. La Carta de las Naciones Unidas, la Declaraci&oacute;n Universal de Derechos Humanos y los principios de N&uacute;remberg inauguraron un Derecho internacional humanizado, capaz de enfrentarse a la impunidad. Naci&oacute; as&iacute; un entramado normativo pro persona que transform&oacute; tanto el Derecho internacional como los ordenamientos internos. Ese movimiento demostr&oacute; que el Derecho puede expandir su sujeto moral y los bienes jur&iacute;dicos protegidos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, ese avance se mantuvo dentro de un paradigma antropoc&eacute;ntrico. La historia de la filosof&iacute;a muestra hasta qu&eacute; punto la cuesti&oacute;n de lo animal y de lo vivo ha ocupado un lugar marginal. La tradici&oacute;n occidental, salvo excepciones, releg&oacute; la relaci&oacute;n entre los seres humanos y los dem&aacute;s seres vivos a un plano moral secundario. Y, sin embargo, la evidencia cient&iacute;fica contempor&aacute;nea ha ido debilitando esa frontera al mostrar la complejidad cognitiva, emocional y social de numerosas especies. En paralelo, el debate jur&iacute;dico comienza a desplazarse desde el mero bienestar hacia la discusi&oacute;n sobre su consideraci&oacute;n como sujetos jur&iacute;dicos en formaci&oacute;n (Eika, por ejemplo, ha sido el primer perro de apoyo que ayuda a declarar a una v&iacute;ctima de violencia de g&eacute;nero), reflejando una transformaci&oacute;n cultural y normativa de mayor alcance.
    </p><p class="article-text">
        Esta omisi&oacute;n hist&oacute;rica no es casual. Forma parte de una construcci&oacute;n cultural que separ&oacute; radicalmente humanidad, medio ambiente y resto de seres vivos, convirtiendo estos &uacute;ltimos en objetos de uso. El resultado es visible hoy: la degradaci&oacute;n ambiental avanza pese a d&eacute;cadas de legislaci&oacute;n, lo que evidencia el agotamiento del modelo jur&iacute;dico antropoc&eacute;ntrico.
    </p><p class="article-text">
        El siglo XXI comienza a fracturar ese paradigma. El reconocimiento del medio ambiente y de los ecosistemas como posibles sujetos jur&iacute;dicos constituye un paso hist&oacute;rico. La justicia ecol&oacute;gica introduce un nuevo marco: no somos propietarios de la naturaleza; somos parte de ella. La relaci&oacute;n es de interdependencia, no de dominio. Como expres&oacute; la poeta cartagenera Carmen Conde al evocar el Mar Menor: &ldquo;Yo vengo del mar, a&uacute;n m&aacute;s, me gustar&iacute;a morir en el mar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta transformaci&oacute;n implica algo m&aacute;s profundo que una reforma normativa. Supone un cambio ontol&oacute;gico en el Derecho. Dejar&iacute;a de ser exclusivamente un sistema de regulaci&oacute;n humana para convertirse en un mecanismo de protecci&oacute;n de las condiciones que hacen posible la vida.
    </p><p class="article-text">
        El camino hacia una utop&iacute;a jur&iacute;dica no consiste en abolir el Derecho existente, sino en ampliar su imaginaci&oacute;n. Del mismo modo que en el siglo XX el Derecho lleg&oacute; a reconocer que ning&uacute;n Estado puede destruir impunemente a sus ciudadanos, el siglo XXI podr&iacute;a reconocer que ninguna forma de vida puede destruir impunemente las condiciones que sostienen la vida com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Pensar el Derecho desde la vulnerabilidad compartida implica asumir que todos los seres vivos habitan un mismo espacio de fragilidad. La biolog&iacute;a ha mostrado el continuo entre especies; la ecolog&iacute;a ha demostrado la interdependencia de los sistemas; la &eacute;tica contempor&aacute;nea ha subrayado la relevancia moral del sufrimiento. El Derecho, lentamente, comienza a integrar estas tres dimensiones.
    </p><p class="article-text">
        Pero toda utop&iacute;a jur&iacute;dica necesita algo m&aacute;s que argumentos: necesita imaginaci&oacute;n y un ejercicio constante de interpretaci&oacute;n. La imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica no puede quedarse en el plano de lo concebido; debe ser interpretada, elaborada y asumida colectivamente para traducirse en transformaci&oacute;n. No basta con pensar otros mundos posibles: es necesario intervenir en el curso del que ya habitamos, para que contin&uacute;e desarroll&aacute;ndose de un modo m&aacute;s justo y m&aacute;s habitable, y no siga cambiando al margen de nosotros, hasta convertirse, finalmente, en un mundo sin nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Y la imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica nunca ha sido exclusivamente jur&iacute;dica. Nace tambi&eacute;n de la literatura, del cine, de la m&uacute;sica, del teatro y de la observaci&oacute;n cotidiana del mundo. Ojal&aacute; esta mirada transversal &mdash;que ya empieza a asentarse&mdash; formara parte estructural de la ense&ntilde;anza en las Facultades de Derecho en Espa&ntilde;a; y que la academia salga de su zona de confort, para irradiar en cada punto de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        La utop&iacute;a del Derecho no ser&aacute; un c&oacute;digo perfecto ni un sistema cerrado. Ser&aacute; un proceso permanente de ampliaci&oacute;n del c&iacute;rculo jur&iacute;dico y &eacute;tico: un Derecho capaz de proteger no solo a quienes pueden reclamar derechos, sino tambi&eacute;n a quienes nunca podr&aacute;n hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el futuro del Derecho no consista en multiplicar normas, sino en reformular la pregunta fundamental. Ya no (exclusivamente): &iquest;qu&eacute; derechos tenemos los humanos?, sino: &iquest;qu&eacute; necesita la vida para seguir existiendo?
    </p><p class="article-text">
        Imaginar un Derecho para todos los seres vivos no es ingenuidad. Es, probablemente, la &uacute;nica forma realista de garantizar la continuidad de la civilizaci&oacute;n y de aprender a habitar la Tierra de un modo distinto. Un Derecho que protege solo a los humanos en un planeta invivible est&aacute;, en el fondo, condenado a desaparecer con ellos.
    </p><p class="article-text">
        La utop&iacute;a del Derecho no es un sue&ntilde;o. Es una necesidad hist&oacute;rica. Y, como toda necesidad en cada momento, comienza siempre en el mismo lugar: en la imaginaci&oacute;n de alguien que decide pensar m&aacute;s all&aacute; de lo que ya existe. Hag&aacute;moslo posible. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/utopia-derecho-imaginar-comunidad-juridica-politica-seres-vivos_132_12998252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Feb 2026 05:00:26 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De 'El emigrante' a la regularización migrante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/emigrante-regularizacion-migrante_132_12959845.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/79d18761-bb8f-452d-8904-3f196cd3229b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De &#039;El emigrante&#039; a la regularización migrante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En tiempos de repliegue identitario y de posverdad que erosiona el espacio común, fortalecer y reconocer derechos a quienes ya están aquí constituye un acto político relevante</p></div><p class="article-text">
        2008. Crisis econ&oacute;mica mundial. Aumento abrupto del paro juvenil en Espa&ntilde;a. Amigos, familiares y un servidor tuvimos que marcharnos, casi al comp&aacute;s de 'El emigrante', de Juanito Valderrama, que dej&oacute; de ser una copla escuchada por los mayores para convertirse en banda sonora involuntaria. Desarraigo. Injusticia. Duelo. Soledad. Se resquebrajaba, con eficacia implacable, la narrativa hegem&oacute;nica inculcada con paciencia pedag&oacute;gica hasta convertirse en dogma: estudia, estudia y estudia (compaginado con trabajos precarios y, entonces, mejores becas que ahora) y todo ir&aacute; bien. Buen trabajo. Buen sueldo. 
    </p><p class="article-text">
        Para impugnar ese relato me refugi&eacute; en la lectura sobre migraciones desde distintos &aacute;ngulos, como expondr&eacute; m&aacute;s adelante, y en un libro de cabecera: 'Indignaos', en la voz cansada y l&uacute;cida de St&eacute;phane Hessel.
    </p><p class="article-text">
        Este punto de partida no es una confesi&oacute;n individual, sino una experiencia compartida. A partir de 2008, Espa&ntilde;a volvi&oacute; a reconocerse como pa&iacute;s de emigrantes, como ya lo hab&iacute;a sido durante buena parte del siglo XX. J&oacute;venes altamente formados (que a&uacute;n hoy se intenta recuperar mediante programas como las ayudas Beatriz Galindo), armados de t&iacute;tulos y expectativas, cruzaron fronteras interiores y exteriores empujados por un mercado laboral exhausto. Aquella emigraci&oacute;n, fundamentalmente econ&oacute;mica, convivi&oacute; con otra realidad menos asumida en el imaginario colectivo: la llegada persistente de personas migrantes procedentes de fuera de Europa, cuyas razones para desplazarse ya no pod&iacute;an explicarse &uacute;nicamente en t&eacute;rminos salariales.
    </p><p class="article-text">
        Porque la migraci&oacute;n contempor&aacute;nea no responde solo al c&aacute;lculo econ&oacute;mico. Se huye de guerras prolongadas y olvidadas, de Estados fallidos, del hambre estructural, de la violencia cotidiana, de la persecuci&oacute;n pol&iacute;tica, &eacute;tnica o religiosa, e incluso de los efectos cada vez m&aacute;s visibles del cambio clim&aacute;tico. Muchos de quienes llegan hoy a Europa no migran para mejorar su vida, sino para conservarla. 
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n nunca ha estado ausente del debate p&uacute;blico espa&ntilde;ol, especialmente cuando es tergiversada por los mercaderes del odio &mdash;aunque casi siempre en relaci&oacute;n con los migrantes pobres&mdash;, que fabrican realidades ficticias mediante esa forma de publicidad virulenta que es el mitin pol&iacute;tico. Sin embargo, la migraci&oacute;n es un fen&oacute;meno estructural que exige una respuesta normativa. En este contexto, el Gobierno ha elaborado un proceso extraordinario de regularizaci&oacute;n administrativa para personas extranjeras en situaci&oacute;n irregular que se encuentren en Espa&ntilde;a desde antes del 31 de diciembre de 2025. La medida, largamente reclamada por organizaciones sociales y plataformas ciudadanas, constituye uno de los gestos m&aacute;s relevantes de reconocimiento jur&iacute;dico de la migraci&oacute;n en la historia reciente del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En t&eacute;rminos simples, la regularizaci&oacute;n permitir&aacute; que cientos de miles de personas que ya viven y trabajan en Espa&ntilde;a accedan a un permiso de residencia y trabajo; y aqu&iacute; el padr&oacute;n adquiere un valor casi de piedra filosofal. Se trata de quienes han cuidado a nuestros mayores, recogido cosechas, limpiado habitaciones de hotel, sostenido cocinas y econom&iacute;as dom&eacute;sticas. Tareas no muy distintas de las que muchos espa&ntilde;oles desempe&ntilde;aron en Reino Unido tras la crisis. Personas que ya forman parte de la sociedad, aunque hasta ahora lo hicieran desde una precariedad legal casi espectral. A esta se superpone, adem&aacute;s, una precariedad habitacional cada vez m&aacute;s visible. La crisis de la vivienda golpea con especial crudeza a la poblaci&oacute;n migrante-pobre, y de forma extrema a quienes carecen de regularizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde el punto de vista econ&oacute;mico, la regularizaci&oacute;n no solo mejora la vida de quienes se acogen al proceso; tambi&eacute;n refuerza la Seguridad Social, reduce la econom&iacute;a sumergida y aporta estabilidad al sistema productivo. No es solo una decisi&oacute;n jur&iacute;dico-moral, sino tambi&eacute;n funcional.
    </p><p class="article-text">
        Con todo, su alcance tiene una dimensi&oacute;n simb&oacute;lica que no conviene subestimar. En un contexto europeo marcado por pol&iacute;ticas de contenci&oacute;n, externalizaci&oacute;n de fronteras y una persistente obsesi&oacute;n securitaria, Espa&ntilde;a ensaya un relato distinto: el de la integraci&oacute;n como pol&iacute;tica p&uacute;blica, y no como concesi&oacute;n graciable. Un relato que asume, aunque sea de forma parcial, que la migraci&oacute;n no es una anomal&iacute;a hist&oacute;rica, sino una constante en la experiencia humana.
    </p><p class="article-text">
        Desde el derecho, adem&aacute;s, las categor&iacute;as con las que seguimos pensando la migraci&oacute;n nacieron en contextos hist&oacute;ricos que hoy resultan insuficientes; desde la tradici&oacute;n religiosa, los grandes relatos fundacionales est&aacute;n atravesados por huidas y desplazamientos &mdash;hasta el patr&oacute;n de Espa&ntilde;a, Santiago Ap&oacute;stol, fue un migrante&mdash;; y desde la pol&iacute;tica, la dignidad no deber&iacute;a depender del lugar de nacimiento.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez haya llegado el momento, incluso, de pensar Espa&ntilde;a desde otra perspectiva: la de sus exiliados conocidos &mdash;Mar&iacute;a Zambrano, Rosa Chacel, Arturo Barea, Le&oacute;n Felipe&mdash; y la de tantos otros a&uacute;n por reconocer; as&iacute; como la de una literatura y una mitolog&iacute;a pobladas de errantes, como Eneas y Ulises.
    </p><p class="article-text">
        La regularizaci&oacute;n, por supuesto, no es una soluci&oacute;n definitiva. Deja fuera a quienes no logren acreditar su permanencia, plantea dudas sobre su aplicaci&oacute;n pr&aacute;ctica y se despliega en un clima de polarizaci&oacute;n en el que la migraci&oacute;n sigue utiliz&aacute;ndose como arma arrojadiza. Tampoco sustituye la necesidad de una pol&iacute;tica migratoria europea coherente ni repara los dramas que contin&uacute;an produci&eacute;ndose en las fronteras exteriores de la Uni&oacute;n. Esa Europa que permite trabajar, circular y sobrevivir, pero no siempre habitar ni pertenecer, fue retratada con precisi&oacute;n aleg&oacute;rica por Costa-Gavras en 'Ed&eacute;n al Oeste': un espacio de tr&aacute;nsito sine die, sin regularizaci&oacute;n jur&iacute;dica.
    </p><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, conviene no minimizar su significado. En tiempos de repliegue identitario y de posverdad que erosiona el espacio com&uacute;n, fortalecer y reconocer derechos a quienes ya est&aacute;n aqu&iacute; constituye un acto pol&iacute;tico relevante. No cierra todos los duelos ni corrige todas las injusticias, pero introduce una grieta en la narrativa que separa artificialmente entre &ldquo;nosotros&rdquo; y &ldquo;ellos&rdquo;, como si la movilidad humana no hubiera atravesado siempre nuestras biograf&iacute;as. Regularizar no es solo ordenar papeles, sino imaginar otro mundo posible en materia migratoria: una apuesta por la dignidad humana y por un derecho que proteja sin excluir, frente a discursos que convierten la vida en sospecha; una comunidad que no se define por el cierre, sino por la hospitalidad, y que asume la migraci&oacute;n no como excepci&oacute;n a contener, sino como experiencia compartida desde la que repensarnos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/emigrante-regularizacion-migrante_132_12959845.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 05:00:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De 'El emigrante' a la regularización migrante]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La insolidaridad ante la condición vulnerable]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/insolidaridad-condicion-vulnerable_132_12923742.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0425e965-0a45-426b-9804-779cfffa7288_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La insolidaridad ante la condición vulnerable"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no debería analizarse como un conflicto menor, sino como un síntoma. Un síntoma de una cultura jurídica que sigue tratando la vivienda como una cuestión secundaria, como un problema social ajeno al núcleo duro de los derechos</p></div><p class="article-text">
        Margarita. 71 a&ntilde;os. Situaci&oacute;n de vulnerabilidad. Expulsada de su hogar y arrojada, sin eufemismos posibles, al desarraigo y a la soledad que deja aquello que fue casa y ya no lo ser&aacute;. Su caso encarna con nitidez el resultado de una pol&iacute;tica jur&iacute;dica con derechos humanos, pero no de derechos humanos: una pr&aacute;ctica que invoca la legalidad mientras vac&iacute;a de contenido la dignidad que dice proteger.
    </p><p class="article-text">
        Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no fue un mero incidente administrativo ni una consecuencia anecd&oacute;tica de un exceso de celo reglamentario. Fue, en sentido estricto, la expulsi&oacute;n violenta de una persona de su hogar (y de tantos otros casos que pueden continuar, como pone de relieve el colectivo canario Mi barco, mi casa<em>: </em>200 residentes del puerto luchan, actualmente, contra el desahucio), ejecutada bajo la apariencia de legalidad y consumada con la intervenci&oacute;n de la fuerza p&uacute;blica. Y cuando el poder se ejerce de ese modo conviene detenerse a pensar, porque es precisamente ah&iacute; donde suelen incubarse las formas m&aacute;s eficaces, y por ello m&aacute;s peligrosas, de la injusticia.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, aquella embarcaci&oacute;n amarrada en el muelle no fue un objeto flotante ni un problema de orden portuario: fue una casa. All&iacute; se cocinaba, se dorm&iacute;a, se enfermaba y se envejec&iacute;a. All&iacute; se desarrollaba, con todas sus limitaciones, una vida. Sin embargo, el d&iacute;a del desalojo, esa realidad fue borrada de un plumazo. La mujer dej&oacute; de ser una persona que habitaba un espacio para convertirse, a ojos de la autoridad, en una ocupante irregular, en una anomal&iacute;a que deb&iacute;a ser corregida. El lenguaje administrativo hizo su trabajo: despersonaliz&oacute;, simplific&oacute;, neutraliz&oacute;. Despu&eacute;s lleg&oacute; la polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La presencia policial no fue accesoria ni simb&oacute;lica. Fue el instrumento decisivo de la expulsi&oacute;n. La violencia no siempre adopta la forma del golpe; a veces se manifiesta en la imposici&oacute;n f&iacute;sica de una decisi&oacute;n injusta, en la exhibici&oacute;n de fuerza frente a quien no tiene ninguna. Sacar a una mujer de edad avanzada de su vivienda &mdash;porque eso era su vivienda&mdash; sin alternativa habitacional, sin un acompa&ntilde;amiento social real, sin una ponderaci&oacute;n visible de su situaci&oacute;n personal, constituye un acto de violencia institucional. Que se ejecute con correcci&oacute;n procedimental no lo vuelve menos violento; lo vuelve m&aacute;s inquietante.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva jur&iacute;dica, el caso resulta especialmente grave porque afecta al n&uacute;cleo mismo del derecho a una vivienda adecuada, tal y como ha sido definido por el Derecho internacional de los derechos humanos. La vivienda no es, como todav&iacute;a parecen creer algunos operadores jur&iacute;dicos, un simple objeto patrimonial. Es un presupuesto material de la dignidad humana. As&iacute; lo reconoce el art&iacute;culo 11.1 del Pacto Internacional de Derechos Econ&oacute;micos, Sociales y Culturales, que consagra el derecho de toda persona a un nivel de vida adecuado, incluida la vivienda. Y as&iacute; lo ha reiterado de forma constante el Comit&eacute; de Derechos Econ&oacute;micos, Sociales y Culturales, al insistir en que este derecho no debe interpretarse de forma restrictiva, sino como el derecho a vivir en seguridad, paz y dignidad en alg&uacute;n lugar.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los elementos esenciales de ese derecho es la seguridad de la tenencia. No se trata &uacute;nicamente de ser propietario o arrendatario conforme al derecho civil, sino de no vivir bajo la amenaza constante del desalojo, del hostigamiento o de la expulsi&oacute;n arbitraria. Cuando el Estado &mdash;a trav&eacute;s de una autoridad portuaria y con apoyo policial&mdash; despoja a una persona de su vivienda sin ofrecer una alternativa real, est&aacute; incumpliendo una obligaci&oacute;n b&aacute;sica: proteger frente a los desalojos forzosos. Y un desalojo es forzoso no solo cuando se produce sin resoluci&oacute;n judicial, sino tambi&eacute;n cuando se ejecuta sin garant&iacute;as sustantivas, sin proporcionalidad y sin atenci&oacute;n a la vulnerabilidad de la persona afectada.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; la vulnerabilidad no era abstracta. Era concreta, visible, conocida. La edad, la precariedad econ&oacute;mica, la ausencia de otra vivienda, la dependencia total de ese espacio para llevar una vida m&iacute;nimamente estable. Nada de ello parece haber pesado lo suficiente frente a la l&oacute;gica del orden y la limpieza portuaria. El conflicto se resolvi&oacute; como si se tratara de retirar un objeto indebido del espacio p&uacute;blico, no de expulsar a una persona de su hogar. Ese es el error jur&iacute;dico de fondo: confundir la legalidad del soporte con la inexistencia del derecho.
    </p><p class="article-text">
        La violencia policial, en este contexto, no puede separarse del marco normativo que la habilita. No fue un exceso individual, sino la culminaci&oacute;n de una decisi&oacute;n institucional. La polic&iacute;a actu&oacute; como brazo ejecutor de una l&oacute;gica que hab&iacute;a decidido previamente que all&iacute; no hab&iacute;a vivienda, que all&iacute; no hab&iacute;a derecho, que all&iacute; no hab&iacute;a nada que ponderar. Y cuando el derecho deja de ponderar, empieza a da&ntilde;ar.
    </p><p class="article-text">
        Este caso revela adem&aacute;s otro problema estructural: la falta de acceso efectivo a la justicia en materia de vivienda. Las personas que sufren este tipo de desalojos rara vez disponen de mecanismos &aacute;giles para impugnar la decisi&oacute;n antes de que el da&ntilde;o sea irreversible. Cuando quieren reaccionar, ya est&aacute;n fuera. Ya han perdido el hogar. Ya se ha producido la ruptura vital. El Relator Especial de Naciones Unidas ha advertido reiteradamente que, sin v&iacute;as reales de reclamaci&oacute;n y reparaci&oacute;n, el derecho a la vivienda se convierte en una declaraci&oacute;n sin fuerza normativa.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de negar la existencia de normas portuarias ni de ignorar los intereses p&uacute;blicos leg&iacute;timos. Se trata de recordar que en un Estado de Derecho ning&uacute;n inter&eacute;s p&uacute;blico puede realizarse a costa de la anulaci&oacute;n de la dignidad individual. El derecho a la vivienda obliga a los poderes p&uacute;blicos a buscar soluciones compatibles con la humanidad de los casos concretos, no a imponer soluciones limpias, r&aacute;pidas y crueles.
    </p><p class="article-text">
        Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no deber&iacute;a analizarse como un conflicto menor, sino como un s&iacute;ntoma. Un s&iacute;ntoma de una cultura jur&iacute;dica que sigue tratando la vivienda como una cuesti&oacute;n secundaria, como un problema social ajeno al n&uacute;cleo duro de los derechos. Pero cada desalojo ejecutado sin alternativas, cada vivienda perdida bajo escolta policial, erosiona un poco m&aacute;s la credibilidad del sistema jur&iacute;dico que dice proteger la dignidad humana.
    </p><p class="article-text">
        Porque al final, y esto conviene no olvidarlo, el Derecho se mide menos por lo que proclama que por lo que permite que ocurra. Y cuando permite que una mujer sea sacada de su casa por la fuerza, sin red y sin refugio, algo esencial se ha torcido en su funcionamiento.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía, Sofía Olivares Durán]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/insolidaridad-condicion-vulnerable_132_12923742.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jan 2026 10:46:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La insolidaridad ante la condición vulnerable]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La intemperie de la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/intemperie-soledad_132_12923517.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dbb87463-fe45-4d59-9e3b-37cd0cfe57fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La intemperie de la soledad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Reconocer el cuidado como un derecho humano autónomo supone asumir algo tan sencillo como radical: que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una constante de la vida humana</p></div><p class="article-text">
        La semana pasada asist&iacute; a la inauguraci&oacute;n de la exposici&oacute;n fotogr&aacute;fica 'Soledad-IA', de Gabriel Navarro, expuesta en el centro cultural Puertas de Castilla. En ella se puso de relieve que la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud declar&oacute; en noviembre de 2023 que la soledad es una prioridad sanitaria mundial y cre&oacute; una nueva Comisi&oacute;n sobre Conexi&oacute;n Social. En la Uni&oacute;n Europea, se estima que unos 30 millones de personas se sienten solas con frecuencia. Casi el 93 % de los espa&ntilde;oles considera la soledad no deseada como un problema social importante.
    </p><p class="article-text">
        La soledad, la no elegida, es un vac&iacute;o enorme. Dif&iacute;cil de explicar con palabras, o al menos el que escrito esto, se ve imposibilitado para ello.
    </p><p class="article-text">
        Conviene detenerse en esa paradoja inicial, tan discreta como devastadora. La soledad que no se busca no se limita a ser una circunstancia pasajera; acaba modelando la conducta de quien la padece. No es solo la ausencia de compa&ntilde;&iacute;a, sino una transformaci&oacute;n m&aacute;s profunda: se altera la forma de mirar al otro, de anticipar el encuentro, de habitar la relaci&oacute;n. El solo no solo est&aacute; solo; empieza a pensar como alguien solo. Y as&iacute;, lo que comenz&oacute; como una carencia externa se convierte poco a poco en una estructura interior.
    </p><p class="article-text">
        La soledad no elegida no tiene nada del retiro f&eacute;rtil ni del silencio buscado a lo Thoreau. No es la distancia voluntaria del que se aparta para pensar, sino la intemperie del que ha dejado de ser convocado, o incluso invisibilizado por amigos, pareja, o un determinado grupo social, independientemente del tiempo. Es una experiencia de desposesi&oacute;n lenta y casi educada: nadie expulsa a nadie de manera expl&iacute;cita, pero las invitaciones se espacian, los mensajes dejan de llegar, las ausencias se normalizan. Se est&aacute;, pero no se cuenta. Se existe, pero sin testigos.
    </p><p class="article-text">
        Hay soledades que ennoblecen y otras que empobrecen. Las primeras suelen adoptar la forma de una decisi&oacute;n; las segundas, la de una condena t&aacute;cita. En la soledad no deseada no solo se carece de v&iacute;nculos, sino que se pierde progresivamente la destreza para crearlos, o si se crean, debemos saber desde d&oacute;nde se hace. El trato se vuelve incierto, el encuentro sospechoso, la cercan&iacute;a una fuente de riesgo. De ah&iacute; ese mecanismo defensivo tan frecuente como poco visible: evitar la relaci&oacute;n para no exponerse a un nuevo abandono; preferir el aislamiento para no volver a sentir la soledad. Elegir, en definitiva, una soledad administrable frente a otra imprevisible.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay un elemento todav&iacute;a m&aacute;s inc&oacute;modo que conviene nombrar. A veces, los v&iacute;nculos que nacen en el marco de la soledad, o del temor persistente a ella, no lo hacen desde la libre elecci&oacute;n, sino desde la necesidad. Se establecen relaciones no porque se desee genuinamente al otro, sino porque se necesita a alguien; no por afinidad, sino por urgencia. Son v&iacute;nculos defensivos, levantados como diques precarios frente al silencio. Y, sin embargo, esa misma necesidad que los hace posibles los vuelve fr&aacute;giles. Cuando el v&iacute;nculo nace del miedo a estar solo, arrastra desde su origen una tensi&oacute;n silenciosa: la de no ser del todo voluntario, la de sostenerse m&aacute;s por temor a la p&eacute;rdida que por la alegr&iacute;a del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, la soledad no elegida no solo vac&iacute;a, sino que condiciona la calidad misma de los lazos. El otro deja de ser un fin y pasa a convertirse, sin quererlo, en un recurso. Y ning&uacute;n v&iacute;nculo resiste demasiado tiempo el peso de ser imprescindible. De ah&iacute; que muchas relaciones nacidas al abrigo de la soledad acaben reproduci&eacute;ndola, incluso en compa&ntilde;&iacute;a. Se puede estar acompa&ntilde;ado y, aun as&iacute;, profundamente solo.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la soledad deja de ser un episodio y se convierte en una forma de vida. No es algo que ocurre, sino algo en lo que se vive. Y cuando se vive as&iacute;, aparece el desarraigo. No solo el social: la falta de red, de comunidad, de pertenencia, sino tambi&eacute;n el interior. Uno empieza a sentirse fuera de lugar incluso en los lugares que habita; extranjero en su propia biograf&iacute;a. El desarraigo no consiste &uacute;nicamente en haber perdido un territorio, sino en no reconocer ya ning&uacute;n suelo como propio. La soledad no elegida es, en este sentido, una forma de exilio sin desplazamiento.
    </p><p class="article-text">
        No es casual que este fen&oacute;meno haya adquirido visibilidad en sociedades que han hecho de la autonom&iacute;a un ideal casi moral. Se prometi&oacute; independencia y se entreg&oacute;, con frecuencia, desvinculaci&oacute;n. Se exalt&oacute; el poder bastarse a uno mismo sin advertir que nadie se sostiene solo durante demasiado tiempo. La soledad no deseada es, en buena medida, el efecto colateral de un modelo social que ha privatizado el cuidado y ha convertido la dependencia en una forma de fracaso personal, y el que ha casi erradicado la atenci&oacute;n en tanto atender, cuidar y visibilizar al otro. Como si necesitar a otros fuera una anomal&iacute;a y no una condici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, resulta especialmente fecundo vincular la soledad no elegida con el derecho y el deber al cuidado. Reconocer el cuidado como un derecho humano aut&oacute;nomo supone asumir algo tan sencillo como radical: que la vulnerabilidad no es una excepci&oacute;n, sino una constante de la vida humana. Todos, en distintos momentos, necesitamos ser cuidados; todos dependemos, m&aacute;s de lo que solemos admitir, de la atenci&oacute;n de otros.
    </p><p class="article-text">
        Pensar la soledad no elegida desde esta clave permite, al menos, desplazar la culpa. No se trata de individuos defectuosos, incapaces de vincularse, sino de estructuras que no cuidan. De sociedades que han olvidado que vivir juntos no es solo coexistir, sino atenderse. Tal vez la lecci&oacute;n m&aacute;s inc&oacute;moda sea esa: que la soledad no elegida no es una rareza marginal, sino uno de los s&iacute;ntomas m&aacute;s elocuentes de nuestro tiempo. Y que solo empezar&aacute; a remediarse cuando aceptemos, sin ret&oacute;rica y con consecuencias, que nadie deber&iacute;a quedarse solo sin haberlo elegido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/intemperie-soledad_132_12923517.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jan 2026 09:57:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La intemperie de la soledad]]></media:title>
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