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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carlos Gil Gandía]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carlos_gil_gandia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carlos Gil Gandía]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Europa inacabada: política, distancia y pertenencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/europa-inacabada-politica-distancia-pertenencia_132_13142563.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/baa34431-9051-4038-ad7c-0e65d2a644de_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Europa inacabada: política, distancia y pertenencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
Entre Hungría y Murcia se dibuja, por tanto, una misma tensión, aunque adopte formas distintas</p></div><p class="article-text">
        Europa vuelve a mirarse en el espejo de sus propias incertidumbres, como si el tiempo hubiese acelerado de tal modo su curso que ya no bastara con reconocer lo que ocurre, sino que fuera preciso, antes incluso, aprender a orientarse en ello. Las recientes elecciones en Hungr&iacute;a han reabierto una cuesti&oacute;n que nunca termin&oacute; de cerrarse: hasta qu&eacute; punto el proyecto europeo es capaz de sostener una coherencia interna entre sus principios declarados y las pr&aacute;cticas pol&iacute;ticas que se desarrollan en su seno. No se trata de una anomal&iacute;a aislada, ni de una excepci&oacute;n f&aacute;cilmente delimitable, sino de una manifestaci&oacute;n visible de una tensi&oacute;n m&aacute;s profunda, estructural, que atraviesa a Europa desde dentro.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute; el problema no resida solo en esa tensi&oacute;n, sino en el modo en que Europa se piensa a s&iacute; misma. Hay en esa mirada una tentaci&oacute;n persistente: la de reconocerse en el espejo, como Narciso, complacida en una imagen que cree propia y suficiente, o como el retrato de Dorian Grey, que oculta en su superficie intacta las huellas de sus propias contradicciones. Europa se ha narrado durante mucho tiempo como el lugar de la raz&oacute;n, de los derechos, de la universalidad. Sin embargo, esa narraci&oacute;n, cuando no se somete a cr&iacute;tica, corre el riesgo de convertirse en una forma de autocelebraci&oacute;n que impide ver lo que queda fuera de su campo de visi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque Europa, en realidad, no es una unidad compacta, ni un bloque homog&eacute;neo, sino un campo de fuerzas en el que conviven tradiciones, intereses, culturas pol&iacute;ticas y expectativas que no siempre convergen. La pertenencia a la Uni&oacute;n no elimina esa diversidad, sino que la articula &mdash;a veces con &eacute;xito, otras con dificultad&mdash; en un marco com&uacute;n. Hungr&iacute;a pone de relieve, precisamente, ese l&iacute;mite: es posible formar parte del proyecto europeo y, al mismo tiempo, reinterpretar desde dentro algunos de sus fundamentos. No hay ruptura, sino desplazamiento; no hay salida, sino una redefinici&oacute;n silenciosa de lo que significa estar dentro.
    </p><p class="article-text">
        Esta ambig&uuml;edad no es exclusiva del &aacute;mbito estatal. Se reproduce, con otras formas y otras intensidades, en los espacios regionales. La Regi&oacute;n de Murcia, situada en el extremo sur de Europa, podr&iacute;a parecer ajena a estas tensiones pol&iacute;ticas de gran escala. Sin embargo, su inserci&oacute;n en el entramado europeo es profunda. Las pol&iacute;ticas agr&iacute;colas, las estrategias de sostenibilidad, la regulaci&oacute;n de los mercados, la gesti&oacute;n de los recursos h&iacute;dricos, el reconocimiento del Mar Menor como sujeto de derecho (&uacute;nico norma que existe el respecto en la UE): todo ello est&aacute; atravesado por decisiones que se adoptan en el marco europeo. Europa no es, en este sentido, una abstracci&oacute;n distante, sino una realidad que incide directamente en la vida cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, esa presencia efectiva convive con una percepci&oacute;n de lejan&iacute;a. Las decisiones llegan, pero no siempre se comprenden; los efectos se experimentan, pero no siempre se asocian con su origen. Se produce as&iacute; una forma de disociaci&oacute;n caracter&iacute;stica de nuestro tiempo: se participa en un sistema cuyos mecanismos resultan opacos, cuyos procesos decisorios se perciben como ajenos. Europa aparece entonces como una instancia que act&uacute;a, pero no como un espacio plenamente compartido.
    </p><p class="article-text">
        Entre Hungr&iacute;a y Murcia se dibuja, por tanto, una misma tensi&oacute;n, aunque adopte formas distintas. En el primer caso, se manifiesta como una reconfiguraci&oacute;n pol&iacute;tica que cuestiona los equilibrios internos de la Uni&oacute;n. En el segundo, como una distancia silenciosa entre la integraci&oacute;n formal y la apropiaci&oacute;n real del proyecto europeo. Pero en ambos late una cuesti&oacute;n com&uacute;n: la dificultad de sostener un sentido compartido en un contexto de creciente complejidad.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es donde resulta necesario ensanchar la mirada. Pensar Europa &uacute;nicamente desde sus propias categor&iacute;as puede conducir a un c&iacute;rculo cerrado, a una autorreferencialidad que limita su capacidad de comprensi&oacute;n. Incorporar perspectivas que hist&oacute;ricamente han quedado en los m&aacute;rgenes &mdash;miradas cr&iacute;ticas que interrogan la centralidad europea&mdash; permite desplazar el eje del an&aacute;lisis. No para negar lo que Europa ha sido, sino para someterlo a examen. Para preguntarse hasta qu&eacute; punto su universalismo ha sido, en ocasiones, una forma de particularismo expandido, o dicho llanamente: colonialismo o neocolonialismo (como los tratados de externalizaci&oacute;n de las fronteras); hasta qu&eacute; punto su relato de emancipaci&oacute;n ha convivido con pr&aacute;cticas de exclusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde esa apertura, Europa deja de ser un sujeto que se contempla a s&iacute; mismo y pasa a ser un espacio que se construye en relaci&oacute;n con otros. Ya no se trata de sostener una imagen, sino de habitar una pluralidad. No de reafirmar una identidad cerrada, sino de hacer posible una convivencia que reconozca la diferencia sin convertirla en frontera.
    </p><p class="article-text">
        Esta exigencia se vuelve m&aacute;s urgente en un escenario marcado por la incertidumbre. Durante d&eacute;cadas, Europa se pens&oacute; a s&iacute; misma como la culminaci&oacute;n de un proceso de racionalizaci&oacute;n pol&iacute;tica, econ&oacute;mica y jur&iacute;dica. Esa imagen, sin desaparecer del todo, se ha visto erosionada por una serie de crisis que han puesto de manifiesto la fragilidad de sus equilibrios. La pandemia, las tensiones geopol&iacute;ticas, las transformaciones econ&oacute;micas y tecnol&oacute;gicas han introducido un grado de incertidumbre que desborda los marcos tradicionales de interpretaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, la pol&iacute;tica europea ya no puede apoyarse en la expectativa de un progreso lineal. M&aacute;s bien se mueve en un terreno inestable, donde las decisiones deben adoptarse en condiciones de incertidumbre y donde las consecuencias de esas decisiones son dif&iacute;ciles de prever. La relaci&oacute;n entre econom&iacute;a y pol&iacute;tica, que durante mucho tiempo pareci&oacute; resuelta a favor de la primera, vuelve a plantearse en t&eacute;rminos problem&aacute;ticos. La primac&iacute;a de los criterios economicistas muestra hoy sus l&iacute;mites frente a demandas sociales, territoriales y ambientales que no pueden reducirse a esa l&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        La Regi&oacute;n de Murcia ofrece, en este sentido, un ejemplo elocuente. Su modelo econ&oacute;mico, profundamente vinculado a la agricultura intensiva y a la gesti&oacute;n de recursos escasos como el agua, se encuentra en el cruce de m&uacute;ltiples pol&iacute;ticas europeas. Las exigencias de sostenibilidad, las regulaciones ambientales, las din&aacute;micas del mercado interior: todo ello configura un marco en el que las decisiones locales est&aacute;n condicionadas por orientaciones globales. Y, sin embargo, la traducci&oacute;n de esas orientaciones en pr&aacute;cticas concretas no es autom&aacute;tica ni lineal. Requiere mediaciones, adaptaciones, interpretaciones que, a menudo, generan tensiones.
    </p><p class="article-text">
        Estas tensiones no son simplemente t&eacute;cnicas. Remiten a la cuesti&oacute;n m&aacute;s amplia del sentido del proyecto europeo. &iquest;Es Europa un espacio de coordinaci&oacute;n econ&oacute;mica, o es tambi&eacute;n una comunidad pol&iacute;tica capaz de generar v&iacute;nculos de pertenencia? &iquest;Puede sostenerse sobre la base de normas y procedimientos, o necesita algo m&aacute;s, una experiencia compartida que le otorgue legitimidad? Las respuestas a estas preguntas no est&aacute;n dadas de antemano. Se construyen, en todo caso, a trav&eacute;s de las pr&aacute;cticas, de las decisiones, de los conflictos.
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, los l&iacute;mites de Europa no son solo geogr&aacute;ficos. Son l&iacute;mites pol&iacute;ticos, culturales, incluso simb&oacute;licos, que se redefinen continuamente. Europa no es un mapa cerrado, sino un espacio en movimiento, cuya configuraci&oacute;n depende de decisiones que nunca son neutrales. Incluir o excluir, integrar o diferenciar, avanzar o detenerse: cada una de estas opciones contribuye a dibujar sus contornos.
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; en juego, en &uacute;ltima instancia, es la posibilidad de sostener un proyecto com&uacute;n en un mundo marcado por la incertidumbre. No se trata de recuperar una ilusi&oacute;n perdida, ni de restaurar un modelo que ya no responde a las condiciones actuales. Se trata, m&aacute;s bien, de asumir la complejidad como punto de partida, de reconocer que Europa no puede ofrecer respuestas simples a problemas complejos.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez, entonces, la cuesti&oacute;n no sea si Europa debe seguir mir&aacute;ndose en el espejo, sino qu&eacute; tipo de espacio quiere habitar. Si uno cerrado sobre su propia imagen, o una habitaci&oacute;n abierta, capaz de acoger otras voces, otras experiencias, otras formas de entender lo com&uacute;n, desde las propias periferias como Murcia hasta la propia Bruselas. Entre el reflejo complaciente y la apertura inclusiva se juega, hoy, algo m&aacute;s que una identidad: se juega la posibilidad misma de Europa como proyecto pol&iacute;tico compartido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/europa-inacabada-politica-distancia-pertenencia_132_13142563.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Apr 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Europa inacabada: política, distancia y pertenencia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/murcia-riesgo-parecerse-si_132_13110971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6815a7c9-60dd-4605-9ed2-bcf421c910ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tal vez convendría, en suma, desplazar la mirada. No para negar la importancia de la Semana Santa o de las Fiestas de Primavera, sino para situarlas en un contexto más amplio</p></div><p class="article-text">
        Hay territorios cuya identidad parece haberse vuelto visible solo cuando se representa, como si lo vivido necesitara de su escenificaci&oacute;n para ser reconocido. La Regi&oacute;n de Murcia pertenece, en parte, a ese tipo de geograf&iacute;as: un espacio cuya imagen p&uacute;blica &mdash;y, en ocasiones, su autopercepci&oacute;n&mdash; se articula en torno a rituales peri&oacute;dicos intensos, codificados y reiterados. La Semana Santa, con su solemnidad est&eacute;tica, y las Fiestas de Primavera, con su vitalismo expansivo, constituyen los dos polos de esa representaci&oacute;n. Entre ambas, se despliega una narrativa de lo murciano que oscila entre la ceremonia barroca y la exuberancia popular.
    </p><p class="article-text">
        La Semana Santa murciana, particularmente en la capital y en localidades como Lorca o Cartagena o Jumilla, ofrece una escenograf&iacute;a de gran densidad simb&oacute;lica. No es &uacute;nicamente una manifestaci&oacute;n religiosa, aunque su ra&iacute;z lo sea; es, sobre todo, una forma de ordenar el tiempo y de estructurar la comunidad en torno a un relato compartido. Los pasos, las t&uacute;nicas, la m&uacute;sica procesional, los itinerarios que se repiten con precisi&oacute;n casi lit&uacute;rgica, constituyen un lenguaje que expresa continuidad. En t&eacute;rminos culturales, no estamos ante un adorno, sino ante un dispositivo de memoria. La identidad, en este contexto, aparece como una pr&aacute;ctica reiterada que permite a una comunidad reconocerse en el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Algo semejante ocurre con las Fiestas de Primavera de Murcia capital, aunque en un registro distinto. Del recogimiento se pasa a la expansi&oacute;n, del silencio ritual al ruido festivo. El Bando de la Huerta (recomiendo la pel&iacute;cula <em>&iquest;d&oacute;nde est&aacute; mi acequia?</em> <em>Anatom&iacute;a forense de una ciudad,</em> del director murciano Joaqu&iacute;n Lis&oacute;n por su cr&iacute;tica a la p&eacute;rdida real de la huerta murciana y de los huertanos) y el Entierro de la Sardina funcionan como formas de afirmaci&oacute;n identitaria en clave celebratoria. El traje huertano, la gastronom&iacute;a, la ocupaci&oacute;n del espacio p&uacute;blico, configuran una est&eacute;tica de la abundancia que no reproduce fielmente el pasado, sino que lo reinterpreta. La tradici&oacute;n se vuelve performativa: no se hereda sin m&aacute;s, sino que se act&uacute;a. Y en esa actuaci&oacute;n hay una simplificaci&oacute;n inevitable, una estilizaci&oacute;n que convierte lo vivido en s&iacute;mbolo, y para algunos, en mito.
    </p><p class="article-text">
        Hasta aqu&iacute;, podr&iacute;a afirmarse que ambas celebraciones constituyen expresiones leg&iacute;timas y valiosas de la identidad regional. Sin embargo, su misma potencia plantea una ambig&uuml;edad: lo que se muestra con tanta claridad tiende a ocupar todo el campo de lo visible. La Regi&oacute;n corre el riesgo de ser percibida &mdash;y de percibirse a s&iacute; misma&mdash; a trav&eacute;s de estas im&aacute;genes recurrentes. Como si lo murciano pudiera agotarse en la solemnidad de sus procesiones o en la alegr&iacute;a de sus desfiles.
    </p><p class="article-text">
        Es en este punto donde se hace necesaria una cr&iacute;tica, no destructiva, sino clarificadora. Porque quiz&aacute; el problema no resida en la existencia de estas fiestas, sino en su conversi&oacute;n en un fetiche de la identidad. Siguiendo la intuici&oacute;n de Rafael S&aacute;nchez Ferlosio, el fetiche no es simplemente algo venerado, sino algo que sustituye a lo real. Una forma que, al repetirse, deja de remitir a una experiencia viva y se convierte en un objeto autosuficiente. La identidad, cuando se fetichiza, se vuelve manejable, consumible, tranquilizadora.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, la identidad murciana, tal como se escenifica en estos eventos, corre el riesgo de convertirse en un artefacto cerrado. Una imagen que ya no necesita ser interrogada porque parece decirlo todo. Ferlosio desconfiaba de las palabras que, a fuerza de repetirse, se vac&iacute;an de contenido; algo similar ocurre con ciertas formas de representaci&oacute;n cultural. Cuando se reiteran sin fisuras, dejan de se&ntilde;alar algo exterior a ellas y comienzan a girar sobre s&iacute; mismas.
    </p><p class="article-text">
        La consecuencia m&aacute;s problem&aacute;tica de este proceso no es la p&eacute;rdida de autenticidad &mdash;categor&iacute;a siempre discutible&mdash;, sino la clausura de posibilidades. La identidad, en lugar de ser una relaci&oacute;n abierta, se convierte en un objeto fijo. Y, lo que es m&aacute;s relevante, se vuelve normativa: define qu&eacute; cuenta como propio y qu&eacute; queda fuera. Aquello que no participa de esa est&eacute;tica &mdash;lo que no es procesi&oacute;n ni desfile, lo que no encaja en el repertorio festivo ni en el programa de las concejal&iacute;as de cultura (ocio, realmente)&mdash; tiende a quedar relegado a una zona de invisibilidad.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, es precisamente en esa zona donde se est&aacute; configurando, cada vez con mayor claridad, un tejido cultural no oficial. Un conjunto de pr&aacute;cticas que no se reconocen en la l&oacute;gica del folclore ni en la del ocio festivo. Espacios independientes, iniciativas art&iacute;sticas, proyectos colectivos que no buscan representar a la Regi&oacute;n, sino habitarla de otro modo. Aqu&iacute; la cultura no se presenta como repetici&oacute;n, sino como exploraci&oacute;n. No como identidad fijada, sino como proceso.
    </p><p class="article-text">
        Este tejido no compite con las celebraciones tradicionales; m&aacute;s bien, introduce una tensi&oacute;n necesaria. Mientras aquellas estabilizan la identidad, estas la problematizan. Y en esa problematizaci&oacute;n reside una forma m&aacute;s exigente de belleza. No una belleza inmediata, sino una que requiere atenci&oacute;n, tiempo y disposici&oacute;n para lo no evidente. Una belleza que no se ofrece como espect&aacute;culo, sino como experiencia.
    </p><p class="article-text">
        La cr&iacute;tica constructiva consistir&iacute;a, por tanto, en reabrir la pregunta por la identidad. No asumir que ya sabemos qu&eacute; es lo murciano porque lo vemos escenificado cada a&ntilde;o, sino interrogar qu&eacute; queda fuera de esa escenificaci&oacute;n. Reconocer que la cultura de un territorio no se agota en sus momentos de m&aacute;xima visibilidad, sino que incluye tambi&eacute;n aquellas pr&aacute;cticas menos codificadas, m&aacute;s fr&aacute;giles, pero no por ello menos significativas.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, la lecci&oacute;n que puede extraerse es una invitaci&oacute;n a la desconfianza productiva. Desconfiar de toda identidad que se presente como definitiva, que se deje consumir sin resistencia. Y, al mismo tiempo, atender a aquello que no encaja, a lo que no se deja representar f&aacute;cilmente. Porque es ah&iacute;, en ese excedente, donde la cultura conserva su capacidad de generar sentido y comunidad abierta.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez convendr&iacute;a, en suma, desplazar la mirada. No para negar la importancia de la Semana Santa o de las Fiestas de Primavera, sino para situarlas en un contexto m&aacute;s amplio. Entenderlas como una parte &mdash;relevante, pero no exclusiva&mdash; de una realidad cultural m&aacute;s compleja. Y asumir que la verdadera riqueza de la Regi&oacute;n de Murcia no reside &uacute;nicamente en aquello que se celebra, sino tambi&eacute;n en aquello que, sin calendario ni ceremonia, sigue ocurriendo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/murcia-riesgo-parecerse-si_132_13110971.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 04:00:30 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cambio-climatico-canarias-cambia-toca-cambiar_132_13093519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/38423b25-fdf6-4902-ace5-233e0a367c8a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo que empieza a perfilarse se asemeja menos a una crisis y más a una alteración de las reglas de funcionamiento del sistema. No es tanto una anomalía como un desplazamiento del patrón</p></div><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as en que basta asomarse a la ventana para comprender algo que durante a&ntilde;os parec&iacute;a una discusi&oacute;n lejana. En Canarias, ese momento ha llegado con las lluvias. No con la lluvia suave, casi agradecida, que cabr&iacute;a imaginar tras una sequ&iacute;a prolongada, sino con otra forma m&aacute;s abrupta: barrancos que descienden con una fuerza desmedida, presas pr&oacute;ximas a su l&iacute;mite, carreteras interrumpidas, n&uacute;cleos de poblaci&oacute;n que quedan aislados. Se instala entonces una sensaci&oacute;n dif&iacute;cil de formular, pero inequ&iacute;voca: la de que algo ha dejado de encajar.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, el problema del agua en las islas se pens&oacute; de manera relativamente simple: faltaba. Se hablaba de sequ&iacute;a, de calor, de escasez. Era un problema grave, pero tambi&eacute;n conocido, casi previsible. Exist&iacute;a un marco de referencia compartido. Sin embargo, lo que se observa ahora introduce una inquietud distinta: el agua no solo escasea, tambi&eacute;n se desborda. Y, sobre todo, se comporta de manera menos predecible.
    </p><p class="article-text">
        No se trata &uacute;nicamente de que llueva m&aacute;s o menos, sino de c&oacute;mo lo hace. Los episodios de precipitaci&oacute;n intensa tienden a concentrarse en per&iacute;odos muy breves, acumulando en pocas horas lo que antes se distribu&iacute;a a lo largo de d&iacute;as o semanas. El agua ya no llega de forma gradual; irrumpe. Y cuando lo hace, el territorio &mdash;y las infraestructuras que lo ocupan&mdash; muestran dificultades crecientes para absorberla.
    </p><p class="article-text">
        Este cambio obliga a reconsiderar el marco interpretativo. Durante a&ntilde;os, se ha hablado de &ldquo;crisis del agua&rdquo;, como si se tratara de episodios excepcionales, transitorios, susceptibles de ser superados con medidas puntuales. Sin embargo, lo que empieza a perfilarse se asemeja menos a una crisis y m&aacute;s a una alteraci&oacute;n de las reglas de funcionamiento del sistema. No es tanto una anomal&iacute;a como un desplazamiento del patr&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Algunos informes recientes (informe global <em>Water Bankruptcy. Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era</em>, 2026) han descrito este proceso con una imagen elocuente: durante d&eacute;cadas se ha operado como si el agua disponible incluyera no solo los flujos renovables anuales, sino tambi&eacute;n reservas acumuladas &mdash;en acu&iacute;feros, suelos y ecosistemas&mdash; que, en realidad, no son infinitas. Como quien no solo consume sus ingresos, sino tambi&eacute;n sus ahorros. Cuando esas reservas se degradan o se agotan, el sistema deja de responder como antes.
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias son visibles en m&uacute;ltiples regiones: r&iacute;os que no alcanzan el mar, acu&iacute;feros que no se recargan, suelos que pierden capacidad de retenci&oacute;n. En Canarias, donde el equilibrio territorial es particularmente delicado, estas tensiones adquieren una expresi&oacute;n m&aacute;s inmediata.
    </p><p class="article-text">
        Lejos de contradecirse, sequ&iacute;a e inundaci&oacute;n forman parte de un mismo fen&oacute;meno. Cuando el suelo est&aacute; degradado o cuando el sistema &mdash;econ&oacute;mico, de infraestructuras y tambi&eacute;n jur&iacute;dico-administrativo&mdash; no opera de manera integrada, el agua no se infiltra ni se almacena adecuadamente. As&iacute;, en ausencia de precipitaciones, la escasez se intensifica; y cuando estas se producen de forma intensa, el exceso se vuelve destructivo. Se trata de una misma descompensaci&oacute;n observada en sus dos extremos.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, resulta inevitable interrogar tambi&eacute;n la capacidad de anticipaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. La planificaci&oacute;n hidrol&oacute;gica y territorial en Canarias ha incorporado de forma desigual &mdash;y en ocasiones tard&iacute;a&mdash; los escenarios de mayor variabilidad clim&aacute;tica. Sin negar los esfuerzos realizados, cabe se&ntilde;alar que una parte de las infraestructuras, de los instrumentos de ordenaci&oacute;n y de los dispositivos de prevenci&oacute;n siguen respondiendo a supuestos de estabilidad que ya no se corresponden plenamente con la realidad observada. La reiteraci&oacute;n de episodios extremos pone de relieve, con cierta elocuencia, los l&iacute;mites de esa planificaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el marco construido &mdash;presas, carreteras, planes de emergencia&mdash; contin&uacute;a siendo necesario, pero comienza a mostrar tensiones cuando los fen&oacute;menos se repiten con mayor frecuencia o intensidad de la prevista. No se trata de su inutilidad, sino de su desajuste progresivo respecto de un contexto cambiante.
    </p><p class="article-text">
        Por ello, lo que est&aacute; en juego no es solo una cuesti&oacute;n t&eacute;cnica. Se trata tambi&eacute;n de una transformaci&oacute;n en la forma de relaci&oacute;n con el entorno. Durante d&eacute;cadas se asumi&oacute; una cierta estabilidad clim&aacute;tica, con variaciones acotadas dentro de m&aacute;rgenes conocidos. Ese marco de referencia se est&aacute; desplazando, introduciendo una incertidumbre que ya no es &uacute;nicamente cient&iacute;fica o institucional, sino tambi&eacute;n cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Esa incertidumbre se percibe en la sorpresa ante lluvias que parecen fuera de lugar, en la inquietud cuando una presa se aproxima a su capacidad m&aacute;xima, en la sensaci&oacute;n de que los extremos &mdash;la sequ&iacute;a y la inundaci&oacute;n&mdash; tienden a aproximarse. No se trata de episodios aislados, sino de una pauta emergente.
    </p><p class="article-text">
        Reconocerlo exige evitar tanto el dramatismo como la inercia. No se trata de asumir que todo ha quedado fuera de control, pero tampoco de seguir operando bajo la premisa de que nada ha cambiado. El agua ha dejado de ser &uacute;nicamente una cuesti&oacute;n de cantidad para convertirse, cada vez m&aacute;s, en un problema de comportamiento.
    </p><p class="article-text">
        Ello obliga a introducir ajustes: en la planificaci&oacute;n, en las infraestructuras, en la gesti&oacute;n del territorio. Pero tambi&eacute;n en la forma de pensar el problema. Persistir en la interpretaci&oacute;n de estos episodios como excepciones implica el riesgo de ignorar la tendencia que los articula.
    </p><p class="article-text">
        Canarias posee una larga tradici&oacute;n de adaptaci&oacute;n al agua, de soluciones ingeniosas en condiciones de escasez. Sin embargo, el desaf&iacute;o actual es distinto: no se limita a gestionar la falta, sino que exige convivir con la irregularidad. Asumir que el agua puede ausentarse durante largos per&iacute;odos y, al mismo tiempo, aparecer de forma s&uacute;bita e intensa.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ah&iacute; resida el verdadero cambio. No en la cantidad disponible, sino en la alteraci&oacute;n de su comportamiento. Y cuando ese comportamiento se modifica, no basta con intensificar las respuestas conocidas. Se impone, ante todo, comprender la nueva l&oacute;gica en la que se inscribe. Porque si la realidad es otra, tambi&eacute;n debe transformarse la manera de habitarla y de pensarla: desplaz&aacute;ndose desde una concepci&oacute;n centrada en la idea de dominio hacia otra m&aacute;s atenta a los equilibrios del sistema del que se forma parte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cambio-climatico-canarias-cambia-toca-cambiar_132_13093519.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Mar 2026 12:29:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La persistencia de la violencia: mujeres y derechos humanos en la vida cotidiana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/persistencia-violencia-mujeres-derechos-humanos-vida-cotidiana_132_13076703.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0522dda1-34c6-47ad-b21e-cd2f45f7c2ad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La persistencia de la violencia: mujeres y derechos humanos en la vida cotidiana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juzgar con perspectiva de género implica reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino estructural, vinculado a desigualdades históricas</p></div><p class="article-text">
        En los d&iacute;as previos al 8 de marzo, le&iacute; varias historias que parec&iacute;an entrelazarse sin propon&eacute;rselo. La lectura de dos libros escritos por mujeres &mdash;<em>Hasta aqu&iacute; todo va bien</em>, de Estela Sanchis, y <em>El lugar de la herida</em>, de Laura Baeza&mdash; situaba en primer plano cuerpos da&ntilde;ados y experiencias atravesadas por la violencia. A trav&eacute;s de la ficci&oacute;n, ambos textos mostraban algo profundamente real: la violencia forma parte de la vida cotidiana de muchas mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Poco despu&eacute;s, particip&eacute; en una jornada sobre derechos humanos celebrada en Madrid, esa intuici&oacute;n literaria encontr&oacute; su correlato en la realidad. Se habl&oacute; de trata de personas, especialmente de mujeres y ni&ntilde;as, y aparecieron datos, testimonios y diagn&oacute;sticos que confirmaban una idea inquietante: el cuerpo de las mujeres sigue siendo, con demasiada frecuencia, el escenario donde se ejerce la violencia.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, desde distintos &aacute;ngulos &mdash;la literatura, el an&aacute;lisis acad&eacute;mico y la pr&aacute;ctica jur&iacute;dica&mdash; emerg&iacute;a una misma constataci&oacute;n: la persistencia de la violencia contra las mujeres. Por eso el 8 de marzo sigue siendo necesario; por eso, la defensa de los derechos de las mujeres es una cuesti&oacute;n, d&iacute;a a d&iacute;a, en cualquier lugar del mundo, de derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        El D&iacute;a Internacional de la Mujer no es solo una fecha simb&oacute;lica. Es, sobre todo, una oportunidad para recordar que la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una tarea inacabada. Y no solo en el plano social, sino tambi&eacute;n en el jur&iacute;dico.
    </p><p class="article-text">
        Desde el derecho internacional contempor&aacute;neo, la igualdad de g&eacute;nero es un derecho humano plenamente reconocido. La Carta de las Naciones Unidas (1945) ya proclamaba la igualdad sin distinci&oacute;n de sexo, y la Declaraci&oacute;n Universal de Derechos Humanos (1948) afirmaba que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Posteriormente, instrumentos como la Convenci&oacute;n sobre la Eliminaci&oacute;n de Todas las Formas de Discriminaci&oacute;n contra la Mujer consolidaron esta idea, obligando a los Estados a adoptar medidas concretas para eliminar la discriminaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el reconocimiento jur&iacute;dico no ha eliminado las desigualdades. Las mujeres siguen enfrentando brechas salariales, menor representaci&oacute;n pol&iacute;tica y dificultades en el acceso a recursos. Pero, sobre todo, persiste la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Las cifras son elocuentes: una de cada tres mujeres ha sufrido violencia f&iacute;sica o sexual a lo largo de su vida. Esta realidad llev&oacute; a Naciones Unidas a reconocer la violencia contra las mujeres como una violaci&oacute;n de derechos humanos. Durante mucho tiempo, sin embargo, se consider&oacute; un asunto privado. El feminismo, junto con la humanizaci&oacute;n del derecho internacional, fue clave para transformar esa percepci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En este punto resulta esencial introducir la perspectiva de g&eacute;nero. No se trata simplemente de &ldquo;a&ntilde;adir mujeres&rdquo; al an&aacute;lisis jur&iacute;dico, sino de comprender c&oacute;mo las relaciones hist&oacute;ricas de poder entre hombres y mujeres condicionan la realidad. Juzgar con perspectiva de g&eacute;nero implica reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fen&oacute;meno aislado, sino estructural, vinculado a desigualdades hist&oacute;ricas.
    </p><p class="article-text">
        Esta perspectiva permite identificar elementos que de otro modo podr&iacute;an pasar desapercibidos: la desigual credibilidad otorgada a las v&iacute;ctimas, la reproducci&oacute;n de estereotipos en las decisiones judiciales o la falta de diligencia en la investigaci&oacute;n de los delitos. Como se ha se&ntilde;alado en tribunales internacionales de derechos humanos y comit&eacute;s de la ONU, la violencia contra las mujeres es una manifestaci&oacute;n de relaciones de poder desiguales y constituye, en s&iacute; misma, una forma de discriminaci&oacute;n .
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, aplicar esta mirada implica adaptar las respuestas institucionales. Por ejemplo, en los casos de violencia sexual, no basta con investigar formalmente: es necesario evitar la revictimizaci&oacute;n, garantizar un entorno seguro para las v&iacute;ctimas y actuar con especial diligencia. La justicia, en este sentido, no puede ser neutral si la realidad no lo es.
    </p><p class="article-text">
        Pero las desigualdades no se expresan &uacute;nicamente en la violencia directa. Tambi&eacute;n se manifiestan en formas m&aacute;s sutiles, como los estereotipos presentes en la publicidad o en los discursos sociales. Durante d&eacute;cadas, la imagen de la mujer ha sido utilizada como objeto o reclamo, reforzando roles limitados. Estas representaciones no son inocentes: influyen en c&oacute;mo se percibe a las mujeres y en las expectativas que se proyectan sobre ellas.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no pretende imponer un modelo &uacute;nico (de hecho, como le escuch&eacute; decir a la escritura Mar&iacute;a Jos&eacute; Gal&eacute; en una librer&iacute;a murciana el viernes pasado: &ldquo;Es un movimiento pol&iacute;tico que se deconstruye as&iacute; mismo&rdquo;), sino ampliar las posibilidades de vida. Su objetivo es que cada mujer pueda desarrollar su proyecto vital en condiciones de libertad e igualdad. Asimismo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas recoge esta aspiraci&oacute;n al situar la igualdad de g&eacute;nero en el centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: ninguna sociedad puede desarrollarse plenamente si la mitad de su poblaci&oacute;n enfrenta obst&aacute;culos sistem&aacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, alcanzar esa igualdad requiere recursos (la defensa de los derechos humanos tambi&eacute;n necesita dinero, sin &eacute;l, es mera ret&oacute;rica), voluntad pol&iacute;tica y cambios culturales profundos. No basta con normas: es necesario transformar pr&aacute;cticas y mentalidades.
    </p><p class="article-text">
        En territorios concretos como la Regi&oacute;n de Murcia, estas din&aacute;micas globales adquieren una dimensi&oacute;n cercana. La igualdad se juega en lo cotidiano: en el acceso al empleo, en la conciliaci&oacute;n, en la representaci&oacute;n pol&iacute;tica o en la prevenci&oacute;n de la violencia de g&eacute;nero.
    </p><p class="article-text">
        Murcia refleja bien esta tensi&oacute;n entre avance y persistencia de desigualdades. Por un lado, cada vez m&aacute;s mujeres acceden a la educaci&oacute;n superior y a profesiones cualificadas. Por otro, siguen existiendo sectores &mdash;especialmente en &aacute;mbitos agr&iacute;colas o de cuidados&mdash; donde el trabajo femenino permanece invisibilizado o peor remunerado.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva de g&eacute;nero, estas realidades no pueden analizarse como fen&oacute;menos aislados. Forman parte de una estructura que asigna roles, distribuye recursos de manera desigual y condiciona las trayectorias vitales. Por eso, las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas deben tener en cuenta estas diferencias y sus efectos.
    </p><p class="article-text">
        El 8 de marzo, en este contexto, no es solo una celebraci&oacute;n de los avances logrados. Es tambi&eacute;n un recordatorio de las tareas pendientes. La literatura, el derecho y la experiencia social coinciden en se&ntilde;alar que la violencia y la desigualdad siguen presentes.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ello, el feminismo act&uacute;a como una herramienta cr&iacute;tica. Permite identificar las injusticias, cuestionar lo que se presenta como natural y proponer alternativas. Y, sobre todo, conecta la experiencia individual con estructuras m&aacute;s amplias.
    </p><p class="article-text">
        En &uacute;ltima instancia, la reivindicaci&oacute;n de los derechos de las mujeres no es una demanda sectorial. Es una cuesti&oacute;n central para la democracia y un Estado de Derecho que ubique los derechos humanos en su centro. Porque una sociedad que tolera la violencia o la discriminaci&oacute;n contra la mitad de su poblaci&oacute;n dif&iacute;cilmente puede considerarse plenamente justa.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cada 8 de marzo, la reivindicaci&oacute;n se renueva: la igualdad no es un ideal abstracto, sino una exigencia concreta. Y la dignidad de las mujeres no es negociable, porque en ella se juega la dignidad de toda la sociedad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/persistencia-violencia-mujeres-derechos-humanos-vida-cotidiana_132_13076703.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Mar 2026 05:00:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La persistencia de la violencia: mujeres y derechos humanos en la vida cotidiana]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/fuerza-iran-erosion-deliberada-derecho-internacional_132_13035459.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/92257c1e-5b4a-4f80-9f33-ee3032afaca6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La legítima defensa, tal como ha sido construida jurídicamente, no es una categoría estratégica sino normativa. Exige inmediatez, necesidad y proporcionalidad, y presupone la existencia de un ataque armado previo o en curso</p></div><p class="article-text">
        El ataque de Israel y Estados Unidos contra objetivos situados en territorio iran&iacute; no constituye un episodio aislado ni una en la actuaci&oacute;n de estos dos Estados que act&uacute;an como uno en las relaciones internacionales y en el debilitamiento del sistema normativo que rige el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, cuyo eje sigue siendo &mdash;al menos formalmente&mdash; la prohibici&oacute;n del uso de la fuerza consagrada en el art&iacute;culo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas. El problema no es ya la infracci&oacute;n, sino su normalizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde el punto de vista del Derecho internacional p&uacute;blico, el recurso a la fuerza s&oacute;lo admite dos excepciones estrictas: la leg&iacute;tima defensa frente a un ataque armado efectivo y la autorizaci&oacute;n expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de ellas concurre, de forma clara y verificable, en el caso del ataque contra Ir&aacute;n. La invocaci&oacute;n de una amenaza potencial, de un riesgo futuro o de una &ldquo;defensa anticipada&rdquo; no encuentra respaldo ni en la Carta ni en el desarrollo consuetudinario posterior.
    </p><p class="article-text">
        La leg&iacute;tima defensa, tal como ha sido construida jur&iacute;dicamente, no es una categor&iacute;a estrat&eacute;gica sino normativa. Exige inmediatez, necesidad y proporcionalidad, y presupone la existencia de un ataque armado previo o en curso. La ampliaci&oacute;n de esta figura hasta abarcar amenazas latentes o programas militares presuntos supone una mutaci&oacute;n profunda del Derecho vigente, realizada no mediante consenso normativo, sino por la v&iacute;a de los hechos consumados. Se trata de una pr&aacute;ctica que, lejos de consolidar una nueva norma, erosiona el n&uacute;cleo mismo del orden jur&iacute;dico internacional.
    </p><p class="article-text">
        Israel ha construido su pol&iacute;tica de seguridad sobre una doctrina de excepcionalidad permanente, basada en la anticipaci&oacute;n sistem&aacute;tica del uso de la fuerza. Estados Unidos, por su parte, ha asumido desde hace d&eacute;cadas una concepci&oacute;n funcional del Derecho internacional: vinculante para los dem&aacute;s, flexible para s&iacute; mismo. Esta asimetr&iacute;a se identifica como una de las expresiones m&aacute;s claras de la desigualdad real entre Estados, y se produce hoy con particular intensidad en Oriente Pr&oacute;ximo.
    </p><p class="article-text">
        La regi&oacute;n constituye, desde hace d&eacute;cadas, un laboratorio de experimentaci&oacute;n del unilateralismo armado. Palestina, Irak, Siria, L&iacute;bano y ahora Ir&aacute;n aparecen como escenarios sucesivos en los que la fuerza se presenta como instrumento ordinario de gesti&oacute;n del conflicto. El Consejo de Seguridad, paralizado por vetos cruzados y c&aacute;lculos geopol&iacute;ticos, ha quedado reducido a un papel marginal, cuando no meramente ret&oacute;rico. En este contexto, la seguridad colectiva ha sido sustituida por coaliciones ad hoc y por decisiones unilaterales revestidas de un lenguaje moralizante, aunque hoy por hoy, con Trump en la Casa Blanca, realmente el lenguaje es soez y de matonismo. 
    </p><p class="article-text">
        Desde la perspectiva de la responsabilidad internacional, el ataque contra Ir&aacute;n plantea cuestiones graves. El hecho il&iacute;cito internacional se configura por la violaci&oacute;n de una obligaci&oacute;n en vigor imputable a un Estado. La prohibici&oacute;n del uso de la fuerza es, adem&aacute;s, una norma imperativa de Derecho internacional general (ius cogens), lo que agrava las consecuencias jur&iacute;dicas de su infracci&oacute;n. La comisi&oacute;n de un acto contrario a una norma de esta naturaleza activa no s&oacute;lo la responsabilidad del Estado autor, sino tambi&eacute;n obligaciones erga omnes de no reconocimiento y no asistencia por parte del resto de la comunidad internacional. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, estas consecuencias permanecen, en la pr&aacute;ctica, desactivadas. Los mecanismos de reacci&oacute;n colectiva no se activan; las condenas, cuando existen, son selectivas; y la norma es desplazada por consideraciones pol&iacute;ticas de oportunidad. Se produce as&iacute; una inversi&oacute;n perversa del sistema: no es el Derecho el que limita al poder, sino el poder el que redefine los m&aacute;rgenes de aplicabilidad del Derecho.
    </p><p class="article-text">
        Oriente Pr&oacute;ximo sufre especialmente esta deriva. La regi&oacute;n concentra conflictos no resueltos, ocupaciones prolongadas, Estados debilitados y poblaciones sometidas a una violencia estructural que rara vez genera respuestas jur&iacute;dicas proporcionales. El ataque contra Ir&aacute;n no s&oacute;lo incrementa el riesgo de escalada regional, sino que refuerza una l&oacute;gica de enfrentamiento permanente que hace inviable cualquier arquitectura de seguridad compartida. La fuerza, una vez m&aacute;s, desplaza a la pol&iacute;tica; y la pol&iacute;tica, al Derecho.
    </p><p class="article-text">
        Conviene insistir en que el Derecho internacional no es una t&eacute;cnica ingenua ni un idealismo ret&oacute;rico. Es un producto hist&oacute;rico destinado a contener precisamente aquello que hoy se normaliza: la guerra como instrumento leg&iacute;timo de acci&oacute;n exterior. Su debilitamiento no afecta &uacute;nicamente a los Estados atacados, sino al conjunto del sistema, incluidos quienes hoy creen beneficiarse de su transgresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aceptar que el uso unilateral de la fuerza contra Ir&aacute;n es jur&iacute;dicamente tolerable equivale a admitir que la prohibici&oacute;n del art&iacute;culo 2.4 ha perdido su car&aacute;cter estructural. Supone, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, aceptar que el orden internacional ha regresado a una l&oacute;gica prejur&iacute;dica, en la que la seguridad se confunde con la supremac&iacute;a y el Derecho con un obst&aacute;culo circunstancial. Esa aceptaci&oacute;n no es neutral: compromete el futuro mismo de la convivencia internacional.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/fuerza-iran-erosion-deliberada-derecho-internacional_132_13035459.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2026 05:00:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El uso de la fuerza contra Irán y la erosión deliberada del Derecho Internacional]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/utopia-derecho-imaginar-comunidad-juridica-politica-seres-vivos_132_12998252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58137930-3b2b-4232-ba55-e028799f1110_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La biología ha mostrado el continuo entre especies; la ecología ha demostrado la interdependencia de los sistemas; la ética contemporánea ha subrayado la relevancia moral del sufrimiento</p></div><p class="article-text">
        Descubr&iacute; el placer emancipador de la lectura en los vac&iacute;os sin ruido que, por higiene mental, uno deber&iacute;a concederse a diario. Lo experiment&eacute; con El vagabundo de las estrellas, de Jack London: la historia de un hombre que, encerrado en una celda, logra sustraerse al encierro mediante la imaginaci&oacute;n. Aquel descubrimiento qued&oacute; unido para m&iacute; a la d&eacute;cada en que Pepe Mujica permaneci&oacute; recluido, solo con su pensamiento y sus lecturas previas como territorio de libertad. Comprend&iacute; entonces que imaginar no es huir de la realidad, sino ensancharla. Y que toda transformaci&oacute;n comienza ah&iacute;: en la capacidad de concebir lo que todav&iacute;a no existe.
    </p><p class="article-text">
        De ese horizonte nace cada reflexi&oacute;n posterior. En la &uacute;ltima d&eacute;cada he conservado, con un entusiasmo dif&iacute;cil de ocultar, el recuerdo de cuatro encuentros con cuatro personas que, quiz&aacute; sin propon&eacute;rselo, me empujaron hacia la imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica entendida como un ejercicio radical. No fueron lecciones formales ni sistemas doctrinales cerrados, sino frases pronunciadas en momentos precisos.
    </p><p class="article-text">
        El primero fue en Madrid, en su despacho de la UAM, con Antonio Remiro Brot&oacute;ns, a quien ya hab&iacute;a le&iacute;do antes. Un gran maestro &mdash;y, como alguna vez lo han llamado, un enfant terrible del Derecho internacional&mdash;, cuyos conocimientos est&aacute;n vinculados a una perspectiva cr&iacute;tica siempre estimulante. Sus escritos, en particular Civilizados, b&aacute;rbaros y salvajes en el nuevo orden internacional (1996), siguen plenamente vigentes.
    </p><p class="article-text">
        El segundo tuvo lugar junto al Manzanares. Yo comenzaba mi tesis doctoral sobre la reparaci&oacute;n de las v&iacute;ctimas de cr&iacute;menes internacionales y la Corte Penal Internacional cuando convers&eacute; con Benjamin Ferencz, antiguo fiscal de N&uacute;remberg. Recuerdo la serenidad de su voz al decirme: Never give up, mister Gil. Pero lo verdaderamente decisivo no fue la exhortaci&oacute;n a perseverar, sino la invitaci&oacute;n impl&iacute;cita a imaginar el Derecho como algo todav&iacute;a inacabado, como una promesa abierta. Al fin y al cabo, la Corte Penal Internacional fue tambi&eacute;n una utop&iacute;a jur&iacute;dica: una idea que, entre otros, imagin&oacute; Moynier antes de convertirse en realidad.
    </p><p class="article-text">
        El tercer encuentro ocurri&oacute; en Bilbao, conversando con Jes&uacute;s Moster&iacute;n sobre tauromaquia y sufrimiento animal. Su idea era simple y devastadora: ellos sufren y no son cosas. En esa frase cab&iacute;a una revoluci&oacute;n silenciosa. Si no son cosas, el Derecho no puede seguir trat&aacute;ndolos como tales.
    </p><p class="article-text">
        El cuarto fue con mi compa&ntilde;era de la Universidad de Murcia, Teresa Vicente, en torno a los derechos de la naturaleza. De aquellas conversaciones fue cristalizando una intuici&oacute;n: quiz&aacute; el Derecho solo es plenamente justo cuando protege a los m&aacute;s vulnerables. Y la vulnerabilidad, entendida como condici&oacute;n compartida de los seres vivos, obliga a ampliar radicalmente el per&iacute;metro de lo jur&iacute;dico.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho es, ante todo, una construcci&oacute;n humana destinada a ordenar la convivencia. Pero la cuesti&oacute;n decisiva es qu&eacute; significa exactamente &ldquo;nuestra&rdquo; convivencia. Durante siglos hemos interpretado ese plural como exclusivamente humano. Sin embargo, todo apunta a que el Derecho deber&aacute; reconocer que la comunidad jur&iacute;dica coincide, cada vez m&aacute;s, con la comunidad de la vida.
    </p><p class="article-text">
        El siglo XX ofreci&oacute; una primera utop&iacute;a jur&iacute;dica convertida en realidad. La Carta de las Naciones Unidas, la Declaraci&oacute;n Universal de Derechos Humanos y los principios de N&uacute;remberg inauguraron un Derecho internacional humanizado, capaz de enfrentarse a la impunidad. Naci&oacute; as&iacute; un entramado normativo pro persona que transform&oacute; tanto el Derecho internacional como los ordenamientos internos. Ese movimiento demostr&oacute; que el Derecho puede expandir su sujeto moral y los bienes jur&iacute;dicos protegidos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, ese avance se mantuvo dentro de un paradigma antropoc&eacute;ntrico. La historia de la filosof&iacute;a muestra hasta qu&eacute; punto la cuesti&oacute;n de lo animal y de lo vivo ha ocupado un lugar marginal. La tradici&oacute;n occidental, salvo excepciones, releg&oacute; la relaci&oacute;n entre los seres humanos y los dem&aacute;s seres vivos a un plano moral secundario. Y, sin embargo, la evidencia cient&iacute;fica contempor&aacute;nea ha ido debilitando esa frontera al mostrar la complejidad cognitiva, emocional y social de numerosas especies. En paralelo, el debate jur&iacute;dico comienza a desplazarse desde el mero bienestar hacia la discusi&oacute;n sobre su consideraci&oacute;n como sujetos jur&iacute;dicos en formaci&oacute;n (Eika, por ejemplo, ha sido el primer perro de apoyo que ayuda a declarar a una v&iacute;ctima de violencia de g&eacute;nero), reflejando una transformaci&oacute;n cultural y normativa de mayor alcance.
    </p><p class="article-text">
        Esta omisi&oacute;n hist&oacute;rica no es casual. Forma parte de una construcci&oacute;n cultural que separ&oacute; radicalmente humanidad, medio ambiente y resto de seres vivos, convirtiendo estos &uacute;ltimos en objetos de uso. El resultado es visible hoy: la degradaci&oacute;n ambiental avanza pese a d&eacute;cadas de legislaci&oacute;n, lo que evidencia el agotamiento del modelo jur&iacute;dico antropoc&eacute;ntrico.
    </p><p class="article-text">
        El siglo XXI comienza a fracturar ese paradigma. El reconocimiento del medio ambiente y de los ecosistemas como posibles sujetos jur&iacute;dicos constituye un paso hist&oacute;rico. La justicia ecol&oacute;gica introduce un nuevo marco: no somos propietarios de la naturaleza; somos parte de ella. La relaci&oacute;n es de interdependencia, no de dominio. Como expres&oacute; la poeta cartagenera Carmen Conde al evocar el Mar Menor: &ldquo;Yo vengo del mar, a&uacute;n m&aacute;s, me gustar&iacute;a morir en el mar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta transformaci&oacute;n implica algo m&aacute;s profundo que una reforma normativa. Supone un cambio ontol&oacute;gico en el Derecho. Dejar&iacute;a de ser exclusivamente un sistema de regulaci&oacute;n humana para convertirse en un mecanismo de protecci&oacute;n de las condiciones que hacen posible la vida.
    </p><p class="article-text">
        El camino hacia una utop&iacute;a jur&iacute;dica no consiste en abolir el Derecho existente, sino en ampliar su imaginaci&oacute;n. Del mismo modo que en el siglo XX el Derecho lleg&oacute; a reconocer que ning&uacute;n Estado puede destruir impunemente a sus ciudadanos, el siglo XXI podr&iacute;a reconocer que ninguna forma de vida puede destruir impunemente las condiciones que sostienen la vida com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Pensar el Derecho desde la vulnerabilidad compartida implica asumir que todos los seres vivos habitan un mismo espacio de fragilidad. La biolog&iacute;a ha mostrado el continuo entre especies; la ecolog&iacute;a ha demostrado la interdependencia de los sistemas; la &eacute;tica contempor&aacute;nea ha subrayado la relevancia moral del sufrimiento. El Derecho, lentamente, comienza a integrar estas tres dimensiones.
    </p><p class="article-text">
        Pero toda utop&iacute;a jur&iacute;dica necesita algo m&aacute;s que argumentos: necesita imaginaci&oacute;n y un ejercicio constante de interpretaci&oacute;n. La imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica no puede quedarse en el plano de lo concebido; debe ser interpretada, elaborada y asumida colectivamente para traducirse en transformaci&oacute;n. No basta con pensar otros mundos posibles: es necesario intervenir en el curso del que ya habitamos, para que contin&uacute;e desarroll&aacute;ndose de un modo m&aacute;s justo y m&aacute;s habitable, y no siga cambiando al margen de nosotros, hasta convertirse, finalmente, en un mundo sin nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Y la imaginaci&oacute;n jur&iacute;dica nunca ha sido exclusivamente jur&iacute;dica. Nace tambi&eacute;n de la literatura, del cine, de la m&uacute;sica, del teatro y de la observaci&oacute;n cotidiana del mundo. Ojal&aacute; esta mirada transversal &mdash;que ya empieza a asentarse&mdash; formara parte estructural de la ense&ntilde;anza en las Facultades de Derecho en Espa&ntilde;a; y que la academia salga de su zona de confort, para irradiar en cada punto de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        La utop&iacute;a del Derecho no ser&aacute; un c&oacute;digo perfecto ni un sistema cerrado. Ser&aacute; un proceso permanente de ampliaci&oacute;n del c&iacute;rculo jur&iacute;dico y &eacute;tico: un Derecho capaz de proteger no solo a quienes pueden reclamar derechos, sino tambi&eacute;n a quienes nunca podr&aacute;n hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el futuro del Derecho no consista en multiplicar normas, sino en reformular la pregunta fundamental. Ya no (exclusivamente): &iquest;qu&eacute; derechos tenemos los humanos?, sino: &iquest;qu&eacute; necesita la vida para seguir existiendo?
    </p><p class="article-text">
        Imaginar un Derecho para todos los seres vivos no es ingenuidad. Es, probablemente, la &uacute;nica forma realista de garantizar la continuidad de la civilizaci&oacute;n y de aprender a habitar la Tierra de un modo distinto. Un Derecho que protege solo a los humanos en un planeta invivible est&aacute;, en el fondo, condenado a desaparecer con ellos.
    </p><p class="article-text">
        La utop&iacute;a del Derecho no es un sue&ntilde;o. Es una necesidad hist&oacute;rica. Y, como toda necesidad en cada momento, comienza siempre en el mismo lugar: en la imaginaci&oacute;n de alguien que decide pensar m&aacute;s all&aacute; de lo que ya existe. Hag&aacute;moslo posible. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/utopia-derecho-imaginar-comunidad-juridica-politica-seres-vivos_132_12998252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Feb 2026 05:00:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De 'El emigrante' a la regularización migrante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/emigrante-regularizacion-migrante_132_12959845.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/79d18761-bb8f-452d-8904-3f196cd3229b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De &#039;El emigrante&#039; a la regularización migrante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En tiempos de repliegue identitario y de posverdad que erosiona el espacio común, fortalecer y reconocer derechos a quienes ya están aquí constituye un acto político relevante</p></div><p class="article-text">
        2008. Crisis econ&oacute;mica mundial. Aumento abrupto del paro juvenil en Espa&ntilde;a. Amigos, familiares y un servidor tuvimos que marcharnos, casi al comp&aacute;s de 'El emigrante', de Juanito Valderrama, que dej&oacute; de ser una copla escuchada por los mayores para convertirse en banda sonora involuntaria. Desarraigo. Injusticia. Duelo. Soledad. Se resquebrajaba, con eficacia implacable, la narrativa hegem&oacute;nica inculcada con paciencia pedag&oacute;gica hasta convertirse en dogma: estudia, estudia y estudia (compaginado con trabajos precarios y, entonces, mejores becas que ahora) y todo ir&aacute; bien. Buen trabajo. Buen sueldo. 
    </p><p class="article-text">
        Para impugnar ese relato me refugi&eacute; en la lectura sobre migraciones desde distintos &aacute;ngulos, como expondr&eacute; m&aacute;s adelante, y en un libro de cabecera: 'Indignaos', en la voz cansada y l&uacute;cida de St&eacute;phane Hessel.
    </p><p class="article-text">
        Este punto de partida no es una confesi&oacute;n individual, sino una experiencia compartida. A partir de 2008, Espa&ntilde;a volvi&oacute; a reconocerse como pa&iacute;s de emigrantes, como ya lo hab&iacute;a sido durante buena parte del siglo XX. J&oacute;venes altamente formados (que a&uacute;n hoy se intenta recuperar mediante programas como las ayudas Beatriz Galindo), armados de t&iacute;tulos y expectativas, cruzaron fronteras interiores y exteriores empujados por un mercado laboral exhausto. Aquella emigraci&oacute;n, fundamentalmente econ&oacute;mica, convivi&oacute; con otra realidad menos asumida en el imaginario colectivo: la llegada persistente de personas migrantes procedentes de fuera de Europa, cuyas razones para desplazarse ya no pod&iacute;an explicarse &uacute;nicamente en t&eacute;rminos salariales.
    </p><p class="article-text">
        Porque la migraci&oacute;n contempor&aacute;nea no responde solo al c&aacute;lculo econ&oacute;mico. Se huye de guerras prolongadas y olvidadas, de Estados fallidos, del hambre estructural, de la violencia cotidiana, de la persecuci&oacute;n pol&iacute;tica, &eacute;tnica o religiosa, e incluso de los efectos cada vez m&aacute;s visibles del cambio clim&aacute;tico. Muchos de quienes llegan hoy a Europa no migran para mejorar su vida, sino para conservarla. 
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n nunca ha estado ausente del debate p&uacute;blico espa&ntilde;ol, especialmente cuando es tergiversada por los mercaderes del odio &mdash;aunque casi siempre en relaci&oacute;n con los migrantes pobres&mdash;, que fabrican realidades ficticias mediante esa forma de publicidad virulenta que es el mitin pol&iacute;tico. Sin embargo, la migraci&oacute;n es un fen&oacute;meno estructural que exige una respuesta normativa. En este contexto, el Gobierno ha elaborado un proceso extraordinario de regularizaci&oacute;n administrativa para personas extranjeras en situaci&oacute;n irregular que se encuentren en Espa&ntilde;a desde antes del 31 de diciembre de 2025. La medida, largamente reclamada por organizaciones sociales y plataformas ciudadanas, constituye uno de los gestos m&aacute;s relevantes de reconocimiento jur&iacute;dico de la migraci&oacute;n en la historia reciente del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En t&eacute;rminos simples, la regularizaci&oacute;n permitir&aacute; que cientos de miles de personas que ya viven y trabajan en Espa&ntilde;a accedan a un permiso de residencia y trabajo; y aqu&iacute; el padr&oacute;n adquiere un valor casi de piedra filosofal. Se trata de quienes han cuidado a nuestros mayores, recogido cosechas, limpiado habitaciones de hotel, sostenido cocinas y econom&iacute;as dom&eacute;sticas. Tareas no muy distintas de las que muchos espa&ntilde;oles desempe&ntilde;aron en Reino Unido tras la crisis. Personas que ya forman parte de la sociedad, aunque hasta ahora lo hicieran desde una precariedad legal casi espectral. A esta se superpone, adem&aacute;s, una precariedad habitacional cada vez m&aacute;s visible. La crisis de la vivienda golpea con especial crudeza a la poblaci&oacute;n migrante-pobre, y de forma extrema a quienes carecen de regularizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde el punto de vista econ&oacute;mico, la regularizaci&oacute;n no solo mejora la vida de quienes se acogen al proceso; tambi&eacute;n refuerza la Seguridad Social, reduce la econom&iacute;a sumergida y aporta estabilidad al sistema productivo. No es solo una decisi&oacute;n jur&iacute;dico-moral, sino tambi&eacute;n funcional.
    </p><p class="article-text">
        Con todo, su alcance tiene una dimensi&oacute;n simb&oacute;lica que no conviene subestimar. En un contexto europeo marcado por pol&iacute;ticas de contenci&oacute;n, externalizaci&oacute;n de fronteras y una persistente obsesi&oacute;n securitaria, Espa&ntilde;a ensaya un relato distinto: el de la integraci&oacute;n como pol&iacute;tica p&uacute;blica, y no como concesi&oacute;n graciable. Un relato que asume, aunque sea de forma parcial, que la migraci&oacute;n no es una anomal&iacute;a hist&oacute;rica, sino una constante en la experiencia humana.
    </p><p class="article-text">
        Desde el derecho, adem&aacute;s, las categor&iacute;as con las que seguimos pensando la migraci&oacute;n nacieron en contextos hist&oacute;ricos que hoy resultan insuficientes; desde la tradici&oacute;n religiosa, los grandes relatos fundacionales est&aacute;n atravesados por huidas y desplazamientos &mdash;hasta el patr&oacute;n de Espa&ntilde;a, Santiago Ap&oacute;stol, fue un migrante&mdash;; y desde la pol&iacute;tica, la dignidad no deber&iacute;a depender del lugar de nacimiento.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez haya llegado el momento, incluso, de pensar Espa&ntilde;a desde otra perspectiva: la de sus exiliados conocidos &mdash;Mar&iacute;a Zambrano, Rosa Chacel, Arturo Barea, Le&oacute;n Felipe&mdash; y la de tantos otros a&uacute;n por reconocer; as&iacute; como la de una literatura y una mitolog&iacute;a pobladas de errantes, como Eneas y Ulises.
    </p><p class="article-text">
        La regularizaci&oacute;n, por supuesto, no es una soluci&oacute;n definitiva. Deja fuera a quienes no logren acreditar su permanencia, plantea dudas sobre su aplicaci&oacute;n pr&aacute;ctica y se despliega en un clima de polarizaci&oacute;n en el que la migraci&oacute;n sigue utiliz&aacute;ndose como arma arrojadiza. Tampoco sustituye la necesidad de una pol&iacute;tica migratoria europea coherente ni repara los dramas que contin&uacute;an produci&eacute;ndose en las fronteras exteriores de la Uni&oacute;n. Esa Europa que permite trabajar, circular y sobrevivir, pero no siempre habitar ni pertenecer, fue retratada con precisi&oacute;n aleg&oacute;rica por Costa-Gavras en 'Ed&eacute;n al Oeste': un espacio de tr&aacute;nsito sine die, sin regularizaci&oacute;n jur&iacute;dica.
    </p><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, conviene no minimizar su significado. En tiempos de repliegue identitario y de posverdad que erosiona el espacio com&uacute;n, fortalecer y reconocer derechos a quienes ya est&aacute;n aqu&iacute; constituye un acto pol&iacute;tico relevante. No cierra todos los duelos ni corrige todas las injusticias, pero introduce una grieta en la narrativa que separa artificialmente entre &ldquo;nosotros&rdquo; y &ldquo;ellos&rdquo;, como si la movilidad humana no hubiera atravesado siempre nuestras biograf&iacute;as. Regularizar no es solo ordenar papeles, sino imaginar otro mundo posible en materia migratoria: una apuesta por la dignidad humana y por un derecho que proteja sin excluir, frente a discursos que convierten la vida en sospecha; una comunidad que no se define por el cierre, sino por la hospitalidad, y que asume la migraci&oacute;n no como excepci&oacute;n a contener, sino como experiencia compartida desde la que repensarnos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/emigrante-regularizacion-migrante_132_12959845.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 05:00:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De 'El emigrante' a la regularización migrante]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La insolidaridad ante la condición vulnerable]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/insolidaridad-condicion-vulnerable_132_12923742.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0425e965-0a45-426b-9804-779cfffa7288_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La insolidaridad ante la condición vulnerable"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no debería analizarse como un conflicto menor, sino como un síntoma. Un síntoma de una cultura jurídica que sigue tratando la vivienda como una cuestión secundaria, como un problema social ajeno al núcleo duro de los derechos</p></div><p class="article-text">
        Margarita. 71 a&ntilde;os. Situaci&oacute;n de vulnerabilidad. Expulsada de su hogar y arrojada, sin eufemismos posibles, al desarraigo y a la soledad que deja aquello que fue casa y ya no lo ser&aacute;. Su caso encarna con nitidez el resultado de una pol&iacute;tica jur&iacute;dica con derechos humanos, pero no de derechos humanos: una pr&aacute;ctica que invoca la legalidad mientras vac&iacute;a de contenido la dignidad que dice proteger.
    </p><p class="article-text">
        Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no fue un mero incidente administrativo ni una consecuencia anecd&oacute;tica de un exceso de celo reglamentario. Fue, en sentido estricto, la expulsi&oacute;n violenta de una persona de su hogar (y de tantos otros casos que pueden continuar, como pone de relieve el colectivo canario Mi barco, mi casa<em>: </em>200 residentes del puerto luchan, actualmente, contra el desahucio), ejecutada bajo la apariencia de legalidad y consumada con la intervenci&oacute;n de la fuerza p&uacute;blica. Y cuando el poder se ejerce de ese modo conviene detenerse a pensar, porque es precisamente ah&iacute; donde suelen incubarse las formas m&aacute;s eficaces, y por ello m&aacute;s peligrosas, de la injusticia.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, aquella embarcaci&oacute;n amarrada en el muelle no fue un objeto flotante ni un problema de orden portuario: fue una casa. All&iacute; se cocinaba, se dorm&iacute;a, se enfermaba y se envejec&iacute;a. All&iacute; se desarrollaba, con todas sus limitaciones, una vida. Sin embargo, el d&iacute;a del desalojo, esa realidad fue borrada de un plumazo. La mujer dej&oacute; de ser una persona que habitaba un espacio para convertirse, a ojos de la autoridad, en una ocupante irregular, en una anomal&iacute;a que deb&iacute;a ser corregida. El lenguaje administrativo hizo su trabajo: despersonaliz&oacute;, simplific&oacute;, neutraliz&oacute;. Despu&eacute;s lleg&oacute; la polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La presencia policial no fue accesoria ni simb&oacute;lica. Fue el instrumento decisivo de la expulsi&oacute;n. La violencia no siempre adopta la forma del golpe; a veces se manifiesta en la imposici&oacute;n f&iacute;sica de una decisi&oacute;n injusta, en la exhibici&oacute;n de fuerza frente a quien no tiene ninguna. Sacar a una mujer de edad avanzada de su vivienda &mdash;porque eso era su vivienda&mdash; sin alternativa habitacional, sin un acompa&ntilde;amiento social real, sin una ponderaci&oacute;n visible de su situaci&oacute;n personal, constituye un acto de violencia institucional. Que se ejecute con correcci&oacute;n procedimental no lo vuelve menos violento; lo vuelve m&aacute;s inquietante.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva jur&iacute;dica, el caso resulta especialmente grave porque afecta al n&uacute;cleo mismo del derecho a una vivienda adecuada, tal y como ha sido definido por el Derecho internacional de los derechos humanos. La vivienda no es, como todav&iacute;a parecen creer algunos operadores jur&iacute;dicos, un simple objeto patrimonial. Es un presupuesto material de la dignidad humana. As&iacute; lo reconoce el art&iacute;culo 11.1 del Pacto Internacional de Derechos Econ&oacute;micos, Sociales y Culturales, que consagra el derecho de toda persona a un nivel de vida adecuado, incluida la vivienda. Y as&iacute; lo ha reiterado de forma constante el Comit&eacute; de Derechos Econ&oacute;micos, Sociales y Culturales, al insistir en que este derecho no debe interpretarse de forma restrictiva, sino como el derecho a vivir en seguridad, paz y dignidad en alg&uacute;n lugar.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los elementos esenciales de ese derecho es la seguridad de la tenencia. No se trata &uacute;nicamente de ser propietario o arrendatario conforme al derecho civil, sino de no vivir bajo la amenaza constante del desalojo, del hostigamiento o de la expulsi&oacute;n arbitraria. Cuando el Estado &mdash;a trav&eacute;s de una autoridad portuaria y con apoyo policial&mdash; despoja a una persona de su vivienda sin ofrecer una alternativa real, est&aacute; incumpliendo una obligaci&oacute;n b&aacute;sica: proteger frente a los desalojos forzosos. Y un desalojo es forzoso no solo cuando se produce sin resoluci&oacute;n judicial, sino tambi&eacute;n cuando se ejecuta sin garant&iacute;as sustantivas, sin proporcionalidad y sin atenci&oacute;n a la vulnerabilidad de la persona afectada.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; la vulnerabilidad no era abstracta. Era concreta, visible, conocida. La edad, la precariedad econ&oacute;mica, la ausencia de otra vivienda, la dependencia total de ese espacio para llevar una vida m&iacute;nimamente estable. Nada de ello parece haber pesado lo suficiente frente a la l&oacute;gica del orden y la limpieza portuaria. El conflicto se resolvi&oacute; como si se tratara de retirar un objeto indebido del espacio p&uacute;blico, no de expulsar a una persona de su hogar. Ese es el error jur&iacute;dico de fondo: confundir la legalidad del soporte con la inexistencia del derecho.
    </p><p class="article-text">
        La violencia policial, en este contexto, no puede separarse del marco normativo que la habilita. No fue un exceso individual, sino la culminaci&oacute;n de una decisi&oacute;n institucional. La polic&iacute;a actu&oacute; como brazo ejecutor de una l&oacute;gica que hab&iacute;a decidido previamente que all&iacute; no hab&iacute;a vivienda, que all&iacute; no hab&iacute;a derecho, que all&iacute; no hab&iacute;a nada que ponderar. Y cuando el derecho deja de ponderar, empieza a da&ntilde;ar.
    </p><p class="article-text">
        Este caso revela adem&aacute;s otro problema estructural: la falta de acceso efectivo a la justicia en materia de vivienda. Las personas que sufren este tipo de desalojos rara vez disponen de mecanismos &aacute;giles para impugnar la decisi&oacute;n antes de que el da&ntilde;o sea irreversible. Cuando quieren reaccionar, ya est&aacute;n fuera. Ya han perdido el hogar. Ya se ha producido la ruptura vital. El Relator Especial de Naciones Unidas ha advertido reiteradamente que, sin v&iacute;as reales de reclamaci&oacute;n y reparaci&oacute;n, el derecho a la vivienda se convierte en una declaraci&oacute;n sin fuerza normativa.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de negar la existencia de normas portuarias ni de ignorar los intereses p&uacute;blicos leg&iacute;timos. Se trata de recordar que en un Estado de Derecho ning&uacute;n inter&eacute;s p&uacute;blico puede realizarse a costa de la anulaci&oacute;n de la dignidad individual. El derecho a la vivienda obliga a los poderes p&uacute;blicos a buscar soluciones compatibles con la humanidad de los casos concretos, no a imponer soluciones limpias, r&aacute;pidas y crueles.
    </p><p class="article-text">
        Lo ocurrido en el puerto de Las Palmas no deber&iacute;a analizarse como un conflicto menor, sino como un s&iacute;ntoma. Un s&iacute;ntoma de una cultura jur&iacute;dica que sigue tratando la vivienda como una cuesti&oacute;n secundaria, como un problema social ajeno al n&uacute;cleo duro de los derechos. Pero cada desalojo ejecutado sin alternativas, cada vivienda perdida bajo escolta policial, erosiona un poco m&aacute;s la credibilidad del sistema jur&iacute;dico que dice proteger la dignidad humana.
    </p><p class="article-text">
        Porque al final, y esto conviene no olvidarlo, el Derecho se mide menos por lo que proclama que por lo que permite que ocurra. Y cuando permite que una mujer sea sacada de su casa por la fuerza, sin red y sin refugio, algo esencial se ha torcido en su funcionamiento.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía, Sofía Olivares Durán]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/insolidaridad-condicion-vulnerable_132_12923742.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jan 2026 10:46:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La insolidaridad ante la condición vulnerable]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La intemperie de la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/intemperie-soledad_132_12923517.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dbb87463-fe45-4d59-9e3b-37cd0cfe57fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La intemperie de la soledad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Reconocer el cuidado como un derecho humano autónomo supone asumir algo tan sencillo como radical: que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una constante de la vida humana</p></div><p class="article-text">
        La semana pasada asist&iacute; a la inauguraci&oacute;n de la exposici&oacute;n fotogr&aacute;fica 'Soledad-IA', de Gabriel Navarro, expuesta en el centro cultural Puertas de Castilla. En ella se puso de relieve que la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud declar&oacute; en noviembre de 2023 que la soledad es una prioridad sanitaria mundial y cre&oacute; una nueva Comisi&oacute;n sobre Conexi&oacute;n Social. En la Uni&oacute;n Europea, se estima que unos 30 millones de personas se sienten solas con frecuencia. Casi el 93 % de los espa&ntilde;oles considera la soledad no deseada como un problema social importante.
    </p><p class="article-text">
        La soledad, la no elegida, es un vac&iacute;o enorme. Dif&iacute;cil de explicar con palabras, o al menos el que escrito esto, se ve imposibilitado para ello.
    </p><p class="article-text">
        Conviene detenerse en esa paradoja inicial, tan discreta como devastadora. La soledad que no se busca no se limita a ser una circunstancia pasajera; acaba modelando la conducta de quien la padece. No es solo la ausencia de compa&ntilde;&iacute;a, sino una transformaci&oacute;n m&aacute;s profunda: se altera la forma de mirar al otro, de anticipar el encuentro, de habitar la relaci&oacute;n. El solo no solo est&aacute; solo; empieza a pensar como alguien solo. Y as&iacute;, lo que comenz&oacute; como una carencia externa se convierte poco a poco en una estructura interior.
    </p><p class="article-text">
        La soledad no elegida no tiene nada del retiro f&eacute;rtil ni del silencio buscado a lo Thoreau. No es la distancia voluntaria del que se aparta para pensar, sino la intemperie del que ha dejado de ser convocado, o incluso invisibilizado por amigos, pareja, o un determinado grupo social, independientemente del tiempo. Es una experiencia de desposesi&oacute;n lenta y casi educada: nadie expulsa a nadie de manera expl&iacute;cita, pero las invitaciones se espacian, los mensajes dejan de llegar, las ausencias se normalizan. Se est&aacute;, pero no se cuenta. Se existe, pero sin testigos.
    </p><p class="article-text">
        Hay soledades que ennoblecen y otras que empobrecen. Las primeras suelen adoptar la forma de una decisi&oacute;n; las segundas, la de una condena t&aacute;cita. En la soledad no deseada no solo se carece de v&iacute;nculos, sino que se pierde progresivamente la destreza para crearlos, o si se crean, debemos saber desde d&oacute;nde se hace. El trato se vuelve incierto, el encuentro sospechoso, la cercan&iacute;a una fuente de riesgo. De ah&iacute; ese mecanismo defensivo tan frecuente como poco visible: evitar la relaci&oacute;n para no exponerse a un nuevo abandono; preferir el aislamiento para no volver a sentir la soledad. Elegir, en definitiva, una soledad administrable frente a otra imprevisible.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay un elemento todav&iacute;a m&aacute;s inc&oacute;modo que conviene nombrar. A veces, los v&iacute;nculos que nacen en el marco de la soledad, o del temor persistente a ella, no lo hacen desde la libre elecci&oacute;n, sino desde la necesidad. Se establecen relaciones no porque se desee genuinamente al otro, sino porque se necesita a alguien; no por afinidad, sino por urgencia. Son v&iacute;nculos defensivos, levantados como diques precarios frente al silencio. Y, sin embargo, esa misma necesidad que los hace posibles los vuelve fr&aacute;giles. Cuando el v&iacute;nculo nace del miedo a estar solo, arrastra desde su origen una tensi&oacute;n silenciosa: la de no ser del todo voluntario, la de sostenerse m&aacute;s por temor a la p&eacute;rdida que por la alegr&iacute;a del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, la soledad no elegida no solo vac&iacute;a, sino que condiciona la calidad misma de los lazos. El otro deja de ser un fin y pasa a convertirse, sin quererlo, en un recurso. Y ning&uacute;n v&iacute;nculo resiste demasiado tiempo el peso de ser imprescindible. De ah&iacute; que muchas relaciones nacidas al abrigo de la soledad acaben reproduci&eacute;ndola, incluso en compa&ntilde;&iacute;a. Se puede estar acompa&ntilde;ado y, aun as&iacute;, profundamente solo.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la soledad deja de ser un episodio y se convierte en una forma de vida. No es algo que ocurre, sino algo en lo que se vive. Y cuando se vive as&iacute;, aparece el desarraigo. No solo el social: la falta de red, de comunidad, de pertenencia, sino tambi&eacute;n el interior. Uno empieza a sentirse fuera de lugar incluso en los lugares que habita; extranjero en su propia biograf&iacute;a. El desarraigo no consiste &uacute;nicamente en haber perdido un territorio, sino en no reconocer ya ning&uacute;n suelo como propio. La soledad no elegida es, en este sentido, una forma de exilio sin desplazamiento.
    </p><p class="article-text">
        No es casual que este fen&oacute;meno haya adquirido visibilidad en sociedades que han hecho de la autonom&iacute;a un ideal casi moral. Se prometi&oacute; independencia y se entreg&oacute;, con frecuencia, desvinculaci&oacute;n. Se exalt&oacute; el poder bastarse a uno mismo sin advertir que nadie se sostiene solo durante demasiado tiempo. La soledad no deseada es, en buena medida, el efecto colateral de un modelo social que ha privatizado el cuidado y ha convertido la dependencia en una forma de fracaso personal, y el que ha casi erradicado la atenci&oacute;n en tanto atender, cuidar y visibilizar al otro. Como si necesitar a otros fuera una anomal&iacute;a y no una condici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, resulta especialmente fecundo vincular la soledad no elegida con el derecho y el deber al cuidado. Reconocer el cuidado como un derecho humano aut&oacute;nomo supone asumir algo tan sencillo como radical: que la vulnerabilidad no es una excepci&oacute;n, sino una constante de la vida humana. Todos, en distintos momentos, necesitamos ser cuidados; todos dependemos, m&aacute;s de lo que solemos admitir, de la atenci&oacute;n de otros.
    </p><p class="article-text">
        Pensar la soledad no elegida desde esta clave permite, al menos, desplazar la culpa. No se trata de individuos defectuosos, incapaces de vincularse, sino de estructuras que no cuidan. De sociedades que han olvidado que vivir juntos no es solo coexistir, sino atenderse. Tal vez la lecci&oacute;n m&aacute;s inc&oacute;moda sea esa: que la soledad no elegida no es una rareza marginal, sino uno de los s&iacute;ntomas m&aacute;s elocuentes de nuestro tiempo. Y que solo empezar&aacute; a remediarse cuando aceptemos, sin ret&oacute;rica y con consecuencias, que nadie deber&iacute;a quedarse solo sin haberlo elegido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/intemperie-soledad_132_12923517.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jan 2026 09:57:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La intemperie de la soledad]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Amor y Derechos Humanos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/amor-derechos-humanos_132_12889805.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/38e0d374-ce8e-4bb9-9224-45c3fbc5ee74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Amor y Derechos Humanos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La justicia sin atención corre el riesgo de ser indiferente; el amor sin Derecho puede transformarse en pasión destructiva</p></div><p class="article-text">
        Hablar de amor y derechos humanos es asumir desde el principio cierta derrota: ninguna de las dos palabras se deja definir con facilidad, y la relaci&oacute;n entre ambas se presenta, adem&aacute;s de extra&ntilde;a, inc&oacute;moda. El Derecho desconf&iacute;a del amor porque es parcial, inclina la balanza hacia quienes queremos; el amor mira con recelo al Derecho porque lo siente fr&iacute;o, reglado, distante de la vida &iacute;ntima. Sin embargo, en esta modernidad tard&iacute;a &mdash;la que Bauman describi&oacute; como &ldquo;l&iacute;quida&rdquo; y que Walter Riso examina desde la cl&iacute;nica del apego y el desamor&mdash; quiz&aacute; sean los derechos humanos el puente m&aacute;s f&eacute;rtil para pensar un encuentro posible entre ambos.
    </p><p class="article-text">
        Riso recuerda que amar no es idolatrar ni disolverse en el otro, sino mantener la autoestima y la capacidad cr&iacute;tica. El amor sano exige l&iacute;mites, reconocimiento mutuo y atenci&oacute;n: no confundir pasi&oacute;n con servidumbre, ni entrega con renuncia. Bauman, desde otra perspectiva, se&ntilde;ala la fragilidad de los v&iacute;nculos en una sociedad que consume afectos como productos reemplazables. El miedo a quedarse solo convive con el temor a perder la libertad. Entre ambos autores emerge una cartograf&iacute;a emocional que no podemos ignorar: el amor contempor&aacute;neo oscila entre el deseo de pertenencia y el p&aacute;nico a la dependencia.
    </p><p class="article-text">
        A esta mirada se suma Eva Illouz, quien en <em>Por qu&eacute; duele el amor</em> muestra c&oacute;mo el capitalismo emocional ha reconfigurado nuestros v&iacute;nculos. El amor &mdash;dice&mdash; ya no duele solo por el desenga&ntilde;o rom&aacute;ntico, sino porque se desarrolla en un mercado afectivo desigual, donde unos invierten y otros especulan (modelo Tinder, seg&uacute;n Lola L&oacute;pez Mondejar). La libertad individual, celebrada como valor supremo, se convierte a veces en excusa para la falta de compromiso. No es el amor el que lastima, sino la estructura social que privatiza el cuidado y convierte el v&iacute;nculo en transacci&oacute;n incierta. All&iacute; donde el mercado domina, el dolor afectivo deja de ser &iacute;ntimo para volverse fen&oacute;meno colectivo y, por tanto, pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta reaparece entonces: &iquest;qu&eacute; tiene que ver el amor con los derechos humanos? A primera vista, nada. El Derecho se ocupa de lo regulable y justiciable; el amor, de aquello que destila entre cuerpos y subjetividades, lejos de la norma. Pero si miramos con atenci&oacute;n, descubrimos un punto de contacto decisivo: los derechos humanos son la traducci&oacute;n jur&iacute;dica de la idea de que nadie debe ser tratado como medio, y que cada persona posee una dignidad inviolable. El amor, cuando no humilla ni somete, comparte ese mismo n&uacute;cleo moral.
    </p><p class="article-text">
        Aceptar esta premisa implica que el amor no es solo un asunto privado. No porque el Derecho deba obligarnos a amar &mdash;empresa tan absurda como peligrosa&mdash; sino porque fija el marco dentro del cual el amor puede crecer sin convertirse en dominaci&oacute;n. El derecho a la integridad f&iacute;sica y moral, la igualdad entre hombres y mujeres, la prohibici&oacute;n de la violencia de g&eacute;nero, la libertad de orientaci&oacute;n sexual o el libre desarrollo de la personalidad delimitan un &ldquo;amor constitucionalmente posible&rdquo;. All&iacute; donde la norma protege la libertad individual, el amor deja de ser destino y puede convertirse en elecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La historia muestra lo contrario cuando el Derecho abdica: el amor se vuelve coartada del abuso. Bajo el ideal del &ldquo;amor verdadero&rdquo; se han legitimado matrimonios indisolubles, jerarqu&iacute;as patriarcales y violencias silenciosas. El amor idealizado, sin l&iacute;mites jur&iacute;dicos, puede degenerar en posesi&oacute;n y control. En cambio, cuando el Derecho act&uacute;a como garante de libertad, preserva el espacio para que el amor florezca sin devorarlo todo.
    </p><p class="article-text">
        En esta reflexi&oacute;n resulta especialmente iluminadora Simone Weil. Para ella, el amor aut&eacute;ntico no nace del deseo de poseer, sino de la atenci&oacute;n al otro. La atenci&oacute;n &mdash;escribe&mdash; es la forma m&aacute;s rara y pura de generosidad: mirar al otro sin absorberlo, sin reducirlo a nuestras necesidades. Esta idea es decisiva para pensar la dignidad en las relaciones. Amar implica sostener la existencia del otro sin anularla en la propia. Es en ese gesto atento &mdash;que escucha, reconoce y acoge sin dominar&mdash; donde el amor se acerca a la justicia.
    </p><p class="article-text">
        Si el Derecho fija el m&iacute;nimo irrenunciable &mdash;nadie puede ser humillado, violentado o reducido a cosa&mdash;, el amor pensado desde Weil se&ntilde;ala un m&aacute;ximo &eacute;tico: ver al otro en su irreductible humanidad. Los derechos humanos necesitan este suplemento afectivo para no volverse simple t&eacute;cnica. La justicia sin atenci&oacute;n corre el riesgo de ser indiferente; el amor sin Derecho puede transformarse en pasi&oacute;n destructiva. Uno protege; el otro humaniza. Uno asegura igualdad; el otro invita al cuidado.
    </p><p class="article-text">
        Volvemos as&iacute; a la tensi&oacute;n central del proyecto de los derechos humanos. Su universalidad exige imparcialidad &mdash;el mismo derecho para el amigo que para el extra&ntilde;o&mdash;, mientras su realizaci&oacute;n efectiva depende de personas capaces de indignarse ante la humillaci&oacute;n ajena. Por eso, m&aacute;s que escoger entre Derecho y amor, debemos aprender a sostenerlos juntos: el Derecho como suelo que garantiza libertad; el amor como impulso que anima a utilizarla para el bien del otro.
    </p><p class="article-text">
        De aqu&iacute; se deriva una consecuencia para el Derecho contempor&aacute;neo: no se trata de juridificar el amor, sino de crear condiciones para v&iacute;nculos no opresivos. Proteger la libertad de entrar y salir de una relaci&oacute;n, asegurar medios materiales que eviten la permanencia por necesidad, reconocer formas diversas de convivencia sin imponer un modelo &uacute;nico. El Derecho no puede decirnos a qui&eacute;n amar, pero s&iacute; puede impedir que se llame amor a lo que s&oacute;lo es dominio, miedo o dependencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/amor-derechos-humanos_132_12889805.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Jan 2026 05:00:53 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Babel contra Babel y en medio el Derecho Internacional Público]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/babel-babel-medio-derecho-internacional-publico_132_12886841.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/85bbfa08-9975-4473-bca3-3c16af7c4d88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Babel contra Babel y en medio el Derecho Internacional Público"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo más inquietante es que esta confusión erosiona el propio suelo de la legalidad internacional. Porque sin un consenso mínimo sobre qué es norma y qué es fuerza, la comunidad internacional se disuelve en un archipiélago de poderes que sólo reconocen sus propios intereses</p></div><p class="article-text">
        Hay &eacute;pocas en que el mundo parece entregado a una suerte de poliglosia furiosa, donde cada potencia alza su propia torre de Babel, no ya para alcanzar el cielo, sino para gritar desde lo alto su propio lenguaje de dominio. La cacofon&iacute;a actual de las relaciones internacionales ha relegado al Derecho Internacional a la condici&oacute;n de notario solitario que levanta actas que nadie firma. Pero incluso en ese silencio que lo circunda, persiste: no como la voz tonante del poder, sino como el rumor obstinado de quien se sabe necesario, aunque apenas escuchado.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho Internacional no es &mdash;no deber&iacute;a ser&mdash; un simple inventario de conveniencias rec&iacute;procas, ni un cat&aacute;logo de buenos modales entre pr&iacute;ncipes. Es, en su aspiraci&oacute;n m&aacute;s honda, un esfuerzo por domesticar el poder, por contenerlo dentro de formas que no dependan de la fuerza. Desde 1945, con la Carta de San Francisco, pretendi&oacute; instaurar algo as&iacute; como una gram&aacute;tica m&iacute;nima de coexistencia: igualdad soberana, prohibici&oacute;n del uso de la fuerza, respeto a los derechos humanos, arreglo pac&iacute;fico de controversias. Esa gram&aacute;tica, sin embargo, hoy parece arrinconada entre comunicados huecos y vetos cruzados.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el poder ha retornado con su antiguo rostro, sin m&aacute;scaras. Trump lo proclam&oacute; sin ambages al rebautizar el Departamento de Defensa como &laquo;Departamento de Guerra&raquo; en sus m&iacute;tines: no por cambiarle el nombre oficial, sino por restituirle sin pudor su designio primigenio, y as&iacute; lo ha constatado actuando con su ley de la selva en Venezuela. Putin, por su parte, ha resucitado la l&oacute;gica de las esferas de influencia, blandiendo la fuerza como si el Derecho fuese apenas un eco molesto. Y Xi Jinping, con la impasibilidad paciente de los imperios antiguos, parece empe&ntilde;ado en reescribir las tablas mismas en que el orden de posguerra pretendi&oacute; inscribirse. &iquest;Y la UE? Un mero figurante de lo que ocurre en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        El poder del fusil no consiste en matar, sino en hacer obedecer. Porque lo decisivo no es la muerte, sino la disposici&oacute;n generalizada a acatar antes de morir. Esa es la paradoja esencial: el poder necesita mostrarse dispuesto a matar precisamente para no tener que hacerlo. Y el Derecho &mdash;que es un l&iacute;mite&mdash; vive amenazado por esa misma disposici&oacute;n: cada vez que el poder se exhibe, el Derecho tiembla.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho Internacional carga as&iacute; con una desdicha originaria: debe someter a quienes pueden deso&iacute;rlo sin castigo. Por eso se quiso dotar de principios estructurales que se impusieran como exigencias inherentes al sistema mismo: los llamados principios fundamentales (Declaraci&oacute;n sobre los Principios), que tienen un indudable valor pol&iacute;tico y jur&iacute;dico. Son normas que no nacen de la suma de los ordenamientos internos, sino de la propia estructura del orden internacional: prohibici&oacute;n de la agresi&oacute;n, imprescriptibilidad del genocidio, prevalencia de los tratados sobre el derecho interno, deber de resolver disputas pac&iacute;ficamente.
    </p><p class="article-text">
        Esos principios pretend&iacute;an ser m&aacute;s que pactos: aspiraban a ser compromisos con el mundo, l&iacute;mites constitutivos. Pero el poder: esa maquinaria que tiende a perpetuarse a s&iacute; misma bajo cualquier pretexto&mdash; los erosiona sin cesar. La guerra, dec&iacute;a, nunca se libra para poner fin a la guerra, sino para garantizar su retorno futuro; como si el poder necesitara peri&oacute;dicamente la sangre para recordar su raz&oacute;n de ser.
    </p><p class="article-text">
        En ese horizonte se entiende el cinismo con que las potencias manejan hoy (&iquest;solo hoy?) el Derecho: ora lo invocan como presi&oacute;n, ora lo aplican como castigo, seg&uacute;n convenga. Ejemplo de ello es cuando se embarga a un Estado como castigo, que no puede agravarse, sobre todo en cuanto ceda la amenaza. &iquest;Y qu&eacute; Estado? Depende de sus relaciones y la posici&oacute;n que juegue en el puzle de la geopol&iacute;tica. Depende, tambi&eacute;n, de esa moral convertida en un instrumento para tener raz&oacute;n: v&eacute;ase la doble moral que siempre ha existido con Palestina.
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo ocurri&oacute; con la antigua Yugoslavia: las masacres de Srebrenica o el asedio de Sarajevo se produjeron bajo la mirada paralizada de una comunidad internacional que proclamaba el &ldquo;Nunca m&aacute;s&rdquo; mientras se enredaba en vetos cruzados en el Consejo de Seguridad. Y cuando, en Kosovo en 1999, la OTAN intervino sin autorizaci&oacute;n del Consejo alegando razones humanitarias, se inaugur&oacute; la l&oacute;gica de la excepci&oacute;n moral como coartada jur&iacute;dica: violar la Carta para salvarla, romper la norma para preservarla.
    </p><p class="article-text">
        Taiw&aacute;n, por su parte, expone con crudeza los l&iacute;mites del Derecho: act&uacute;a como un Estado, pero no se le reconoce como tal, porque China lo impone como condici&oacute;n para su propio reconocimiento. As&iacute;, el Derecho no limita el poder: se vuelve su m&aacute;scara.
    </p><p class="article-text">
        Algo semejante sucede con el S&aacute;hara Occidental, cuyo derecho a la autodeterminaci&oacute;n, reconocido internacionalmente, no se respeta, y casi medio siglo despu&eacute;s sigue bajo ocupaci&oacute;n de facto de Marruecos, con la anuencia t&aacute;cita de potencias que prefieren la estabilidad a la legalidad (Espa&ntilde;a a la cabeza).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Incluso en el seno de la Uni&oacute;n Europea, durante la crisis de 2008, el Derecho se vio desbordado por el poder. Grecia fue sometida a un r&eacute;gimen de tutela casi colonial por la Troika, que dictaba sus presupuestos y privatizaciones bajo la amenaza de expulsi&oacute;n del euro como espada de Damocles. Espa&ntilde;a y Portugal fueron tratados como culpables morales antes que como sujetos jur&iacute;dicos: el lenguaje de la &ldquo;disciplina&rdquo; y el &ldquo;castigo&rdquo; sustituy&oacute; al de la solidaridad, revelando que el Derecho de la UE pod&iacute;a ser suspendido por la l&oacute;gica financiera del escarmiento.
    </p><p class="article-text">
        Asimismo, y alejado del discurso predominante occidental, pienso que las sanciones a Rusia o a Ir&aacute;n, oscilan entre castigo y presi&oacute;n seg&uacute;n convenga al relato del momento. Se anuncia que son instrumentos para &laquo;inducir&raquo; cambios de conducta, pero cuando no los producen se las prolonga indefinidamente, como si fueran penas eternas. La l&oacute;gica de la amenaza &mdash;que obliga a castigar si no se cede, pero tambi&eacute;n a desistir si se cede&mdash; se subvierte; y as&iacute; el Derecho deviene coartada del poder, no su l&iacute;mite.
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s inquietante es que esta confusi&oacute;n erosiona el propio suelo de la legalidad internacional. Porque sin un consenso m&iacute;nimo sobre qu&eacute; es norma y qu&eacute; es fuerza, la comunidad internacional se disuelve en un archipi&eacute;lago de poderes que s&oacute;lo reconocen sus propios intereses. Y, empero, incluso en ese naufragio, los principios persisten, como esos maderos que flotan cuando el barco se hunde. Son fr&aacute;giles, s&iacute;, pero imprescindibles: sin ellos, no habr&iacute;a ni previsibilidad ni siquiera lenguaje com&uacute;n; solamente ruido, s&oacute;lo Babeles grit&aacute;ndose.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el destino del Derecho Internacional sea precisamente ese: ser el murmullo persistente que recuerda a los poderosos que el mundo no les pertenece. Y que entre la Babel de los hechos y la Babel de las normas habr&aacute; que inventar &mdash;si queremos que la historia no se convierta en una guerra sin fin&mdash; alg&uacute;n idioma com&uacute;n capaz de hablar m&aacute;s alto que los ca&ntilde;ones.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/babel-babel-medio-derecho-internacional-publico_132_12886841.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 12:52:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Babel contra Babel y en medio el Derecho Internacional Público]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La felicidad: límites jurídicos de una promesa contemporánea]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/felicidad-limites-juridicos-promesa-contemporanea_132_12850988.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d65c9b9a-9e90-49bd-a18a-c15d96c194eb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La felicidad: límites jurídicos de una promesa contemporánea"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Festines, luces y consumo operan como un velo complaciente frente a la persistencia de las guerras, las migraciones forzadas y la precariedad cotidiana: la felicidad se exhibe, pero no se comparte</p></div><p class="article-text">
        La creciente deportivizaci&oacute;n de las motivaciones &mdash;y casi de las emociones&mdash; se hace especialmente visible en estas fechas navide&ntilde;as, cuando incluso los sentimientos parecen orientarse al logro y al cumplimiento de expectativas socialmente prescritas. El inter&eacute;s se desplaza hacia la experiencia prometida, en detrimento del sujeto mismo, pese a que el discurso del llamado esp&iacute;ritu navide&ntilde;o invoca precisamente la centralidad de la persona y de su dignidad. Festines, luces y consumo operan como un velo complaciente frente a la persistencia de las guerras, las migraciones forzadas y la precariedad cotidiana: la felicidad se exhibe, pero no se comparte. En las mismas calles conviven escaparates colmados y cuerpos que piden abrigo, oblig&aacute;ndonos a preguntarnos qu&eacute; es exactamente aquello que se nos ofrece bajo el r&oacute;tulo de 'esp&iacute;ritu navide&ntilde;o'.
    </p><p class="article-text">
        Se nos dice que se trata de una invitaci&oacute;n a la felicidad compartida, con un trasfondo inevitablemente religioso que habla de esperanza, nacimiento y salvaci&oacute;n. Pero esa promesa convive sin demasiada incomodidad con la exhibici&oacute;n de una prosperidad radicalmente desigual y con una tristeza que no entra en campa&ntilde;a. La felicidad, as&iacute; entendida, se convierte en una consigna selectiva: un bien escenificado que presupone silencios.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez por ello no resulte extra&ntilde;o que, en una &eacute;poca especialmente sensible a la distancia entre promesa y realidad, haya cobrado fuerza la idea de que la felicidad no deber&iacute;a ser solo un deseo privado o un consuelo &iacute;ntimo, sino tambi&eacute;n un objeto de garant&iacute;a p&uacute;blica. Se habla entonces de un supuesto derecho a la felicidad, presentado como culminaci&oacute;n de una larga evoluci&oacute;n de los derechos humanos: primero, la libertad frente al poder; despu&eacute;s, las condiciones materiales de esa libertad; finalmente, la calidad misma de la vida, e incluso los derechos de la naturaleza y de otros seres vivos. No bastar&iacute;a con vivir sin miedo ni con sobrevivir dignamente: habr&iacute;a que vivir bien, sentirse bien, estar bien. O, como record&oacute; recientemente Javier Gom&aacute; en Murcia, &ldquo;todos somos campeones en el querer desear&rdquo;; cuesti&oacute;n distinta es su realizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La l&oacute;gica que sostiene esta propuesta es comprensible. Durante d&eacute;cadas se ha constatado que el crecimiento econ&oacute;mico, por s&iacute; solo, no garantiza vidas satisfactorias. Se puede producir m&aacute;s y vivir peor; aumentar la riqueza colectiva y, al mismo tiempo, extender la precariedad, el desarraigo o la frustraci&oacute;n. De ah&iacute; el inter&eacute;s por medir el bienestar subjetivo, complementar los indicadores econ&oacute;micos y orientar las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas no solo a la producci&oacute;n, sino tambi&eacute;n a la calidad de vida. Como diagn&oacute;stico y horizonte general de acci&oacute;n, todo ello resulta razonable.
    </p><p class="article-text">
        El problema comienza cuando ese horizonte leg&iacute;timo se traduce, sin mediaciones, al lenguaje de los derechos subjetivos. Un derecho no es una simple aspiraci&oacute;n ni un ideal moral: es una relaci&oacute;n normativa precisa que implica obligaciones imputables y exigibles. Decir que alguien tiene un derecho significa que otro &mdash;normalmente el Estado&mdash; est&aacute; obligado a algo concreto. Y aqu&iacute; surge la pregunta inc&oacute;moda: &iquest;a qu&eacute; estar&iacute;a obligado exactamente el Estado si existiera un derecho a la felicidad?
    </p><p class="article-text">
        La dificultad se agrava porque la felicidad es un concepto inherentemente resbaladizo. A veces se la entiende como un estado psicol&oacute;gico: placer, satisfacci&oacute;n, ausencia de sufrimiento. Otras, como algo m&aacute;s exigente: una vida lograda, una existencia con sentido. En el primer caso, convertir la felicidad en derecho exigir&iacute;a producir determinados estados vitales. Pero muchos de los bienes asociados a la felicidad son escasos o comparativos &mdash;riqueza, reconocimiento, &eacute;xito&mdash; y no pueden garantizarse universalmente sin vaciarse de contenido. Adem&aacute;s, no todo lo que produce placer es leg&iacute;timo si implica da&ntilde;o a otros. Un derecho que no puede satisfacerse universalmente deja de ser propiamente un derecho.
    </p><p class="article-text">
        Si, en cambio, la felicidad se concibe como algo interno al sujeto &mdash;una actividad libre, una forma de vida elegida&mdash; el problema es distinto. Nadie puede ser feliz por otro. Ninguna instituci&oacute;n puede amar, creer o decidir en lugar de las personas sin anular aquello mismo que pretende garantizar. El Estado puede, y debe, crear condiciones favorables: educaci&oacute;n, seguridad, paz social, protecci&oacute;n ambiental, reducci&oacute;n de desigualdades. Pero no puede transformar esas condiciones en felicidad sin invadir la esfera de la libertad personal. Exigir la felicidad como derecho ser&iacute;a pedir al Derecho que haga lo imposible o que se contradiga, m&aacute;xime cuando &mdash;como recordaba Whitman&mdash; el ser humano es inmenso y contiene multitudes.
    </p><p class="article-text">
        A menudo se intenta resolver este dilema formulando el derecho a la felicidad como un derecho a perseguirla. La expresi&oacute;n resulta atractiva, pero dice menos de lo que parece. La libertad para buscar la propia felicidad ya est&aacute; protegida por los derechos fundamentales cl&aacute;sicos. Reunirlos bajo ese r&oacute;tulo puede tener valor simb&oacute;lico, pero no a&ntilde;ade un contenido normativo nuevo. En el mejor de los casos, el supuesto derecho ser&iacute;a redundante.
    </p><p class="article-text">
        Existe, adem&aacute;s, una raz&oacute;n m&aacute;s profunda para desconfiar de esta juridificaci&oacute;n de la felicidad. Cuando la felicidad se convierte en objetivo expl&iacute;cito de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, corre el riesgo de transformarse en imperativo. El malestar deja entonces de ser una posible se&ntilde;al de injusticia y pasa a interpretarse como un fallo individual: mala gesti&oacute;n emocional, falta de adaptaci&oacute;n, incapacidad para aprovechar oportunidades. El sufrimiento se privatiza, la queja pierde legitimidad p&uacute;blica y la protesta se convierte en s&iacute;ntoma. Bajo una ret&oacute;rica amable de bienestar puede esconderse una forma sutil de despolitizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Conviene recordar que el Derecho naci&oacute;, ante todo, para responder al da&ntilde;o injusto, no para producir estados an&iacute;micos deseables. Puede impedir muchas formas de desgracia evitable; no puede &mdash;sin traicionarse&mdash; repartir felicidad. Tal vez porque la felicidad no es un estado permanente ni un resultado acumulable, sino un instante fr&aacute;gil y contingente, que no admite planificaci&oacute;n ni garant&iacute;a. Si esto es as&iacute;, quiz&aacute; la tarea p&uacute;blica no consista en prometer felicidad, sino en defender algo m&aacute;s modesto y, a la vez, m&aacute;s exigente: una serenidad que no clausure el conflicto, pero que mantenga abierta la posibilidad de porvenir.
    </p><p class="article-text">
        Reconocer ese l&iacute;mite no es una renuncia, sino una forma de lucidez normativa y pol&iacute;tica. En estos d&iacute;as de luces, compras y promesas, convendr&iacute;a aceptar una verdad menos confortable: no todo lo que importa puede asegurarse por ley. Y precisamente por eso, aquello que el Derecho no puede garantizar exige todav&iacute;a mayor responsabilidad &eacute;tica y pol&iacute;tica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/felicidad-limites-juridicos-promesa-contemporanea_132_12850988.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 Dec 2025 05:00:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La felicidad: límites jurídicos de una promesa contemporánea]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los derechos humanos, ¿para qué?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/derechos-humanos_132_12830583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f78de272-0bc7-477f-9cc6-609ee0bfb178_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los derechos humanos, ¿para qué?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un tiempo en que la deshumanización regresa al discurso público con la naturalidad de un vicio persistente, la pregunta de ejercitar los derechos humanos reaparece con fuerza</p></div><p class="article-text">
        Los derechos humanos son inherentes a toda persona y existen con independencia de cualquier declaraci&oacute;n formal. Se expresan en la manera en que cada uno de nosotros se relaciona con los dem&aacute;s: en si ese v&iacute;nculo nace del respeto, la empat&iacute;a y la responsabilidad, o si, por el contrario, se funda en una mirada unidireccional que reduce al otro a objeto. Cuando predomina esta &uacute;ltima perspectiva, se fractura la subjetividad y se debilita la capacidad de construir relatos compartidos con humanidad. Surge entonces esa figura contempor&aacute;nea que Lola L&oacute;pez Mond&eacute;jar denomina el sujeto &ldquo;invulnerable e invertebrado&rdquo;: alguien que se pretende ajeno a la fragilidad com&uacute;n y, por ello, eximido de toda obligaci&oacute;n &eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Esa fragilidad, sin embargo, no es exclusivamente humana. Es compartida con el mundo vivo del que formamos parte. El reconocimiento jur&iacute;dico contempor&aacute;neo de la Naturaleza como sujeto de derechos reintroduce una verdad antigua: nuestra vulnerabilidad es inseparable de la vulnerabilidad de los ecosistemas que sostienen la vida. Cuando el lazo &eacute;tico se limita al v&iacute;nculo interpersonal, olvidamos que la degradaci&oacute;n ambiental constituye una forma radical de deshumanizaci&oacute;n futura: una negaci&oacute;n anticipada de derechos a&uacute;n no ejercidos, pero ya amenazados.
    </p><p class="article-text">
        En un tiempo en que la deshumanizaci&oacute;n regresa al discurso p&uacute;blico con la naturalidad de un vicio persistente, la pregunta de ejercitar los derechos humanos reaparece con fuerza. M&aacute;s que expresar cansancio, invita a volver a la ra&iacute;z: la conciencia de un l&iacute;mite que no debemos franquear si no queremos deslizarnos hacia la barbarie. Hoy ese l&iacute;mite ya no es solo moral o pol&iacute;tico; es tambi&eacute;n ecol&oacute;gico. La destrucci&oacute;n de los ciclos esenciales del planeta anuncia un salvajismo ambiental que se suma al humano y que condiciona incluso la posibilidad de lo humano.
    </p><p class="article-text">
        La vida solo puede considerarse inviolable si tambi&eacute;n lo son los procesos ecol&oacute;gicos que la sustentan. Un ambiente sano y un clima estable no son meros escenarios, sino condiciones previas para el ejercicio de todos los dem&aacute;s derechos y, en s&iacute; mismos, derechos colectivos que pertenecen tanto a las generaciones futuras como a la Naturaleza. La vulnerabilidad compartida lo confirma: una guerra, una crisis econ&oacute;mica o un discurso de odio bastan para recordarnos nuestros l&iacute;mites; del mismo modo, un r&iacute;o desbordado, una sequ&iacute;a prolongada o una ola de calor muestran que la condici&oacute;n vulnerable de lo humano es indisociable de la fragilidad de los sistemas vivos. Por eso los derechos humanos &mdash;en di&aacute;logo ya inevitable con los derechos de la Naturaleza&mdash; act&uacute;an como un refugio simb&oacute;lico y pol&iacute;tico: resguardan la dignidad donde podr&iacute;a ser negada y protegen el sustrato vital que la hace posible. Se&ntilde;alan un umbral que cada sociedad reelabora, pero que ninguna puede borrar sin desmentirse a s&iacute; misma.
    </p><p class="article-text">
        Las amenazas actuales adoptan formas visibles y tambi&eacute;n silenciosas: poblaciones convertidas en cifras, personas migrantes reducidas a expedientes, minor&iacute;as transformadas en amenazas, trabajadores tratados como recursos, discursos antifeministas que reinstalan jerarqu&iacute;as de dominaci&oacute;n que se visibilizan incluso en programas de tv grabados en remotas islas. Son mecanismos que a menudo no excluyen expl&iacute;citamente, sino que invisibilizan. Y entre esas invisibilizaciones hay una m&aacute;s profunda: la que borra el da&ntilde;o ecol&oacute;gico acumulado, convirtiendo a la Naturaleza en un recurso infinitamente disponible, ajeno a toda tutela moral, aunque su deterioro implique el menoscabo de la propia humanidad.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta maquinaria, los derechos humanos funcionan como una sem&aacute;ntica de resistencia: nombran lo que el poder quisiera mantener en la sombra y devuelven rostro a quienes han sido reducidos a estad&iacute;stica. Pero esa resistencia exige hoy un campo visual ampliado. Los derechos de la Naturaleza no desplazan a la persona: la sit&uacute;an en el entramado vivo del que depende. No existen sin deberes; tampoco los derechos ecol&oacute;gicos. Ambos reposan sobre la misma obligaci&oacute;n primordial de cuidado y sobre una deuda originaria: con la comunidad, con la tradici&oacute;n que nos hace posibles y con la trama natural que nos precede y nos sobrevivir&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; se preserva tambi&eacute;n la universalidad de los derechos humanos frente a relativismos oportunistas. Aunque su formulaci&oacute;n actual emerja de un contexto hist&oacute;rico determinado, todas las culturas han reconocido alguna forma de dignidad humana, y muchas han atribuido a la Naturaleza un valor intr&iacute;nseco que excede el uso instrumental. La diversidad cultural merece respeto; la violaci&oacute;n sistem&aacute;tica de la dignidad &mdash;sea humana o ecol&oacute;gica&mdash; jam&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Los derechos humanos no constituyen una &eacute;tica m&iacute;nima. La Declaraci&oacute;n Universal de 1948 no es un manual de supervivencia, sino un horizonte de m&aacute;ximos: libertad, justicia, igualdad, bienestar y condiciones materiales para una vida buena. Hoy esa aspiraci&oacute;n se expande hacia la protecci&oacute;n de la integridad ecol&oacute;gica, sin la cual tales bienes se vuelven promesas vac&iacute;as. Exige virtudes: coraje para denunciar la injusticia, prudencia para equilibrar derechos en conflicto, empat&iacute;a para ver en el otro algo m&aacute;s que una sombra, y la humildad de reconocernos interdependientes de procesos naturales que no controlamos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; la imagen m&aacute;s elocuente sea la de dos hilos entrelazados: el rojo de los derechos humanos y el verde de los derechos de la Naturaleza. Ambos atraviesan la historia, finos pero resistentes, capaces de mantener unido el tejido social y ecol&oacute;gico. Su fuerza reside en su fragilidad: deben custodiarse, repararse y renovarse cada d&iacute;a. Cuando cualquiera de los dos se quiebra, no desaparece solo un derecho; se extingue parte de nuestra humanidad y de nuestro mundo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Para qu&eacute; sirven, entonces, los derechos humanos? Para impedir que el mundo vuelva a ser un territorio donde la vida carezca de valor. &iquest;Y los derechos de la Naturaleza? Para evitar que ese territorio &mdash;el soporte de toda vida&mdash; sea degradado hasta volverse inhabitable. Juntos recuerdan que ninguna persona puede ser tratada como medio o como resto, y que ning&uacute;n ecosistema puede reducirse a objeto prescindible. Juntos mantienen en pie una muralla &eacute;tica frente a las pulsiones destructivas que nos acompa&ntilde;an desde siempre.
    </p><p class="article-text">
        En suma, ambos valen para defender una humanidad compartida que solo perdura cuando reconocemos, cuidamos y hacemos posible la vida &mdash;humana y no humana&mdash; en la relaci&oacute;n con los dem&aacute;s y con el mundo que nos alberga. &iquest;D&oacute;nde comienza esa defensa? En la forma m&aacute;s &iacute;ntima de vincularnos: en ese gesto inicial donde respeto y responsabilidad se convierten en acci&oacute;n. Lo personal es tambi&eacute;n pol&iacute;tico, y en esa microf&iacute;sica de la relaci&oacute;n se decide, una y otra vez, la suerte de lo humano y la continuidad de la vida que lo sostiene.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/derechos-humanos_132_12830583.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Dec 2025 11:24:53 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un país sin llaves, sobre todo para la juventud]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/pais-llaves-juventud_132_12813448.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a94dae5-1595-4332-8583-b62db263c3ad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un país sin llaves, sobre todo para la juventud"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Y cómo se habita la ciudad con ese no-lugar?: barrios gentrificados, periferias encarecidas, centros convertidos en parques temáticos turísticos</p></div><p class="article-text">
        Escribo este art&iacute;culo mientras, en distintos puntos de Espa&ntilde;a (Gran Canaria, Murcia o Valencia), se celebran foros dedicados a la vivienda, solemnes y bienintencionados en apariencia, pero en los que, casi sin que nadie lo advierta, o quiz&aacute; precisamente porque todos lo advierten, se desvanecen las voces de quienes no logran acceder a ella o han sido expulsados de su propio techo. &iquest;Y desde qu&eacute; prisma suelen abordarse estos encuentros? Predomina la mirada mercantil, mientras la perspectiva de los derechos humanos queda relegada al plano simb&oacute;lico, &uacute;til para la fotograf&iacute;a oficial, pero est&eacute;ril en la pr&aacute;ctica. Siempre es la perspectiva. 
    </p><p class="article-text">
        Arendt advirti&oacute; que la vulneraci&oacute;n radical de los derechos humanos comienza con la p&eacute;rdida de un lugar en el mundo, con la expulsi&oacute;n del individuo de cualquier marco de pertenencia. La crisis de la vivienda en Espa&ntilde;a ha vuelto esta reflexi&oacute;n inquietantemente tangible: para una parte creciente de la ciudadan&iacute;a (juventud, en particular), el hogar se desvanece en un no-lugar, un territorio suspendido entre la incertidumbre jur&iacute;dica y la precariedad econ&oacute;mica. Antes de adentrarnos en esta problem&aacute;tica conviene recordar que <em>Crematorio</em>, de Rafael Chirbes, abri&oacute; una herida que a&uacute;n supura: la de un pa&iacute;s que convirti&oacute; el suelo en mercanc&iacute;a y la codicia en paisaje moral. Publicada en v&iacute;speras de la gran implosi&oacute;n inmobiliaria, aquella novela no solo retrat&oacute; el auge desbocado del ladrillo; anticip&oacute; la resaca social que seguimos habitando, como si la ficci&oacute;n hubiera revelado antes que nadie el extrav&iacute;o de una &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a ha perfeccionado un extra&ntilde;o arte: transformar lo necesario en privilegio. Ocurre con la vivienda, convertida en una suerte de espejismo colectivo. Est&aacute; ah&iacute;: visible, omnipresente, elevada como t&oacute;tem de estabilidad vital y, sin embargo, cuando uno se acerca, se disipa. No es por falta de ladrillos: m&aacute;s de tres millones de viviendas permanecen vac&iacute;as (INE), configurando el extravagante espect&aacute;culo de un pa&iacute;s lleno de casas deshabitadas y de j&oacute;venes llenos de futuro, pero sin llaves que abrir.
    </p><p class="article-text">
        La Constituci&oacute;n proclama en su art&iacute;culo 47 que todos los espa&ntilde;oles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La frase se invoca con la convicci&oacute;n casi m&aacute;gica de que nombrar un derecho equivale a hacerlo existir, pero entre el enunciado constitucional y la vida cotidiana se abre un hiato profundo. Como las inscripciones solemnes que ornamentan ciertos edificios p&uacute;blicos, el principio ofrece una apariencia de dignidad mientras, detr&aacute;s de la fachada, falta lo esencial. El derecho est&aacute; formulado, aunque no garantizado; vive en el plano de la abstracci&oacute;n, pero se desvanece en la experiencia de quienes no pueden ejercerlo. No es un aislamiento espa&ntilde;ol: el derecho a una vivienda adecuada fue reconocido como parte del derecho a un nivel de vida digno en el art&iacute;culo 25 de la Declaraci&oacute;n Universal de Derechos Humanos (1948) y en el art&iacute;culo 11.1 del Pacto Internacional de Derechos Econ&oacute;micos, Sociales y Culturales (1966), y reafirmado despu&eacute;s por otros tratados que han precisado sus elementos fundamentales, desde la protecci&oacute;n del hogar hasta la garant&iacute;a de la privacidad. &iquest;Para cu&aacute;ndo su real reconocimiento en Espa&ntilde;a? &iquest;Nos encontramos en un caso de <em>no pedir peras al olmo</em>?
    </p><p class="article-text">
        Lo advert&iacute;a ya, en 2006 (precrisis) el Relator Especial de la ONU sobre vivienda: la normalizaci&oacute;n de la especulaci&oacute;n en Espa&ntilde;a, el encarecimiento vertiginoso de los precios y la insignificancia del parque p&uacute;blico mostraban un pa&iacute;s que proclamaba un derecho mientras practicaba, sin rubor, la rarefacci&oacute;n del acceso. Esa contradicci&oacute;n se ha vuelto m&aacute;s cruda con el paso de los a&ntilde;os. Los j&oacute;venes, convertidos ret&oacute;ricamente en depositarios del porvenir, permanecen en una adolescencia habitacional obligada: alquileres devoradores, contratos ef&iacute;meros, y una dependencia familiar que se prolonga hasta edades que en otros pa&iacute;ses provocar&iacute;an una crisis pol&iacute;tica inmediata.
    </p><p class="article-text">
        A este paisaje se suma una forma de impotencia aprendida. En Espa&ntilde;a, demasiadas decisiones sobre vivienda se toman lejos de quienes la necesitan: por bancos, fondos de inversi&oacute;n, promotores o ayuntamientos que entregan suelo p&uacute;blico a intereses privados con la naturalidad de quien se deshace de un estorbo. La frase &ldquo;as&iacute; est&aacute; el mercado&rdquo; se convierte en coartada moral para justificar subidas de alquiler tan abruptas como arbitrarias. Los sorteos de vivienda p&uacute;blica operan, m&aacute;s que como una pol&iacute;tica social, como una loter&iacute;a de Estado.
    </p><p class="article-text">
        El trasfondo de esta anomal&iacute;a tiene ra&iacute;ces m&aacute;s hondas, la hegemon&iacute;a de dos formas de posesi&oacute;n de la tierra: la soberan&iacute;a estatal y la propiedad mercantil. Ambas han contribuido a convertir la Tierra en un objeto de apropiaci&oacute;n, antes que en una morada com&uacute;n. Cuestionar esa l&oacute;gica exige repensar la vivienda no como un bien sometido al juego especulativo, sino como la expresi&oacute;n primera de un derecho m&aacute;s elemental: el de &ldquo;tener un lugar en el mundo&rdquo;, condici&oacute;n previa del resto de los derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; la necesidad de avanzar desde una posesi&oacute;n excluyente hacia un usufructo compartido, que devuelva a la tierra su condici&oacute;n de bien com&uacute;n. La mercantilizaci&oacute;n del suelo no solo alimenta din&aacute;micas de expulsi&oacute;n y precariedad; erosiona el v&iacute;nculo comunitario, disuelve las ra&iacute;ces que permiten construir una vida digna y acelera un proceso de desarraigo que afecta especialmente a quienes carecen de poder adquisitivo. &iquest;Y c&oacute;mo se habita la ciudad con ese no-lugar?: barrios gentrificados, periferias encarecidas, centros convertidos en parques tem&aacute;ticos tur&iacute;sticos. Una geograf&iacute;a donde el acceso a un hogar deja de ser un derecho y se transforma en un indicador de clase.
    </p><p class="article-text">
        Dejar que la vivienda se convierta en un lujo es erosionar, poco a poco, el suelo mismo de la igualdad democr&aacute;tica, porque un derecho incumplido no es solo una falla jur&iacute;dica, sino una desigualdad moral silenciosa. La vivienda (cuando es, especialmente, hogar) sostiene la vida y el arraigo, esa necesidad profunda que Simone Weil situ&oacute; en el coraz&oacute;n humano. Por eso conviene invertir la pregunta dirigida a los j&oacute;venes &mdash;&ldquo;&iquest;y t&uacute; para cu&aacute;ndo?&rdquo;&mdash; y preguntarnos, m&aacute;s bien, para cu&aacute;ndo un pa&iacute;s que trate la vivienda como punto de partida y no como premio; como un derecho realmente humano y no una cuesti&oacute;n mercantil sin humanidad. Un pa&iacute;s donde los j&oacute;venes no encuentran casa es, al final, un pa&iacute;s que pierde futuro; y sin un lugar desde el que ejercitar los derechos, hasta la democracia corre el riesgo de volverse un no-lugar, propicio para que germinen los monstruos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/pais-llaves-juventud_132_12813448.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Dec 2025 05:00:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un país sin llaves, sobre todo para la juventud]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Día internacional de la infancia, una observación de la infancia selectiva]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/dia-internacional-infancia-observacion-infancia-selectiva_132_12782649.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ec5f3e0e-1c89-45ed-be86-5cc4bd1e5b0f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Día internacional de la infancia, una observación de la infancia selectiva"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al niño nacional se le presuponen inocencia y vulnerabilidad; al niño extranjero, especialmente si no llega dentro de la ficción familiar normativa, se le atribuye de inmediato riesgo y peligrosidad</p></div><p class="article-text">
        Cada a&ntilde;o, cuando se aproxima el D&iacute;a Internacional de los Derechos de la Infancia (20 de noviembre), reaparecen los compromisos solemnes y las declaraciones bienintencionadas sobre la protecci&oacute;n de los menores. Sin embargo, conviene reconocer que esa ret&oacute;rica convive, sin aparente contradicci&oacute;n, con un fen&oacute;meno que erosiona silenciosamente el sentido mismo de esos derechos: la construcci&oacute;n deliberada de ciertos ni&ntilde;os como amenaza, no de la infancia en su conjunto, sino de un subconjunto muy particular al que se somete a un escrutinio excepcional.
    </p><p class="article-text">
        No es la infancia la que se criminaliza. Son los menores no acompa&ntilde;ados, casi siempre migrantes, casi siempre provenientes de contextos racializados, quienes soportan el peso de una sospecha dise&ntilde;ada para ellos. La figura del 'menor extranjero no acompa&ntilde;ado' se ha convertido en escenario donde la sociedad proyecta inquietudes, temores e incluso resentimientos que, de otro modo, no se atrever&iacute;a a formular. Al ni&ntilde;o nacional se le presuponen inocencia y vulnerabilidad; al ni&ntilde;o extranjero, especialmente si no llega dentro de la ficci&oacute;n familiar normativa, se le atribuye de inmediato riesgo y peligrosidad.
    </p><p class="article-text">
        No estamos ante un error conceptual, sino ante una deliberada asimetr&iacute;a moral. La infancia es un refugio discursivo al que se acude cuando toca exhibir empat&iacute;a institucional, pero tambi&eacute;n un territorio flexible del que se aparta a quienes no cumplen con los rasgos del ideal inocente: piel clara, dependencia absoluta, docilidad. As&iacute;, mientras la sociedad protege a 'los ni&ntilde;os' en abstracto, simult&aacute;neamente produce la imagen antag&oacute;nica del menor que no merece tal nombre; un joven que, por estar solo o venir de lejos, deja de ser percibido como ni&ntilde;o para ser clasificado como problema.
    </p><p class="article-text">
        Lo notable es la facilidad con la que esa operaci&oacute;n simb&oacute;lica se normaliza. Basta observar el modo en que ciertos discursos pol&iacute;ticos y medi&aacute;ticos describen a estos menores: no como adolescentes vulnerables, sino como individuos astutos, peligrosos, casi adultos en el peor sentido del t&eacute;rmino. Se les atribuye una madurez funcional para justificar el miedo, pero se les niega cualquier madurez que sirva para reconocer su autonom&iacute;a o sus derechos. De la noche a la ma&ntilde;ana son convertidos en sujetos con una capacidad casi sobrenatural para el da&ntilde;o y, al mismo tiempo, en seres incapaces de tomar decisiones leg&iacute;timas sobre sus vidas.
    </p><p class="article-text">
        Ese doble rasero revela que no estamos ante una disputa sobre la infancia, sino sobre qui&eacute;n es considerado acreedor de ella. Y la respuesta, me temo, no depende de criterios jur&iacute;dicos ni de evaluaciones psicol&oacute;gicas, sino de un factor mucho m&aacute;s inc&oacute;modo: la racializaci&oacute;n del peligro. Solo ciertos menores: los que llegan solos, los que no dominan nuestra lengua, los que no se parecen al ni&ntilde;o idealizado en los carteles institucionales, son tratados como potenciales delincuentes. &iquest;Qu&eacute; clase de sociedad declara venerar la infancia mientras delimita qu&eacute; ni&ntilde;os merecen compasi&oacute;n y cu&aacute;les deben ser vigilados?
    </p><p class="article-text">
        Esta distinci&oacute;n tiene consecuencias jur&iacute;dicas y pol&iacute;ticas significativas. Se retrasan procedimientos, se endurecen sistemas de acogida, se cuestionan sistem&aacute;ticamente las edades declaradas, se multiplican las pruebas intrusivas para verificar la 'verdadera' minor&iacute;a de edad, como si la infancia fuera un privilegio que deba ganarse a pulso. El resultado es parad&oacute;jico: la etiqueta de 'menor' funciona como protecci&oacute;n para unos y como mecanismo de exclusi&oacute;n para otros, dependiendo del origen y del color de la piel.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, este d&iacute;a no deber&iacute;a limitarnos a celebrar derechos que ya damos por sentados, sino llevarnos a una reflexi&oacute;n precisa: &iquest;de qu&eacute; infancia hablamos cuando hablamos de infancia? &iquest;De la que imaginamos o de la que realmente existe? &iquest;De la infancia universal que proclamamos en los tratados o de la infancia selectiva que aplicamos en las fronteras y en los barrios? Y, sobre todo, &iquest;cu&aacute;nto de nuestra supuesta defensa de los ni&ntilde;os est&aacute; condicionada por la comodidad de defender &uacute;nicamente a aquellos que no nos obligan a confrontar nuestros prejuicios?
    </p><p class="article-text">
        La respuesta exige incomodidad. Exige reconocer que ning&uacute;n derecho de la infancia podr&aacute; tomarse en serio mientras toleremos una categor&iacute;a de ni&ntilde;os a quienes se les niega, de entrada, el beneficio de la duda y la presunci&oacute;n de inocencia. Exige abandonar esa mirada que, bajo la apariencia de realismo, convierte en amenaza aquello que simplemente no encaja en la imagen tradicional del menor que necesita nuestro amparo.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez proteger, en su sentido m&aacute;s honesto, consista precisamente en esto: romper la frontera simb&oacute;lica que separa a unos ni&ntilde;os de otros, desactivar las narrativas racistas que atribuyen peligrosidad donde solo hay desamparo, y recordar que la condici&oacute;n de menor no es una concesi&oacute;n que otorgamos, sino un hecho jur&iacute;dico y humano que no puede depender de prejuicios compartidos.
    </p><p class="article-text">
        El D&iacute;a Internacional de los Derechos de la Infancia no tiene raz&oacute;n de ser si no incluye a quienes solemos dejar fuera de la fotograf&iacute;a. Y mientras persistamos en esa exclusi&oacute;n ritualizada, no celebraremos la infancia: celebraremos &uacute;nicamente nuestra propia comodidad moral y mirada reducida. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/dia-internacional-infancia-observacion-infancia-selectiva_132_12782649.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Nov 2025 09:12:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Día internacional de la infancia, una observación de la infancia selectiva]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Canarias y los derechos de la naturaleza: una nueva forma de habitar la Tierra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/canarias-derechos-naturaleza-nueva-forma-habitar-tierra_132_12757336.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/19497ff8-167a-40c7-8e3a-ed184186bba7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Canarias y los derechos de la naturaleza: una nueva forma de habitar la Tierra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">César Manrique lo intuyó mucho antes que los juristas. Su arte fue una forma de derecho natural: una defensa del equilibrio entre el ser humano y su paisaje. Su obra no predicaba contra el progreso (o su etiqueta verde neoliberal: desarrollo sostenible) sino contra la vulgaridad de confundir progreso con destrucción</p></div><p class="article-text">
        El modelo de desarrollo que hoy domina en Canarias no solo es insostenible: es insensato. Lo es ecol&oacute;gica, social y &eacute;ticamente. Se ha llevado el turismo masivo, esa fuente de riqueza y espejismo de prosperidad (&iquest;para qui&eacute;n o qu&eacute;?), hasta el l&iacute;mite mismo del agotamiento. Las costas se urbanizan sin medida, los vertidos se multiplican, y las administraciones, que deber&iacute;an proteger, miran hacia otro lado. Greenpeace lo ha descrito sin eufemismos en su informe <em>Destrucci&oacute;n a toda costa 2025</em>: el archipi&eacute;lago se halla en la l&iacute;nea roja del cambio clim&aacute;tico, un territorio donde el mar avanza, las playas retroceden y los ecosistemas se ahogan bajo el cemento.
    </p><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, se levantan hoteles sobre dunas, villas sobre acantilados, urbanizaciones sobre campos &aacute;ridos. En Tenerife, los emisarios submarinos que arrojan aguas residuales al oc&eacute;ano son ya emblema de la derrota ambiental. En 2021, hab&iacute;a 434 puntos de vertido en Canarias; m&aacute;s de la mitad ilegales, y la mayor&iacute;a con aguas sin depurar. Eso que algunos siguen llamando &ldquo;motor econ&oacute;mico&rdquo; se ha convertido en una m&aacute;quina de destrucci&oacute;n lenta. Un motor del Capitaloceno, esa era donde el capital manda m&aacute;s que el clima y donde el progreso parece medirse en metros c&uacute;bicos de hormig&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os el turismo fue sin&oacute;nimo de bienestar. Hoy es un arma de doble filo. Si las aguas pierden su transparencia y los paisajes su alma, el propio modelo colapsar&aacute;. No hay para&iacute;so posible cuando el mar huele a aguas negras. Pero el problema no es, en el fondo, de tuber&iacute;as ni de urbanismo: es cultural y educacional. Hemos vivido como si la naturaleza fuese una sirvienta muda, algo que se usa y se desecha. Esa vieja idea: que el ser humano est&aacute; separado de la Tierra, ha producido un mundo enfermo de exceso, de ruido, de codicia.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho, en su versi&oacute;n moderna, no ha sido inocente. Naci&oacute; para proteger la propiedad, no la vida. Y durante siglos ha tratado la naturaleza como un objeto, una cosa que se explota, no un sujeto que se respeta. Los r&iacute;os, los bosques, los oc&eacute;anos fueron convertidos en recursos, en mercanc&iacute;as. Uno se pregunta si llegar&aacute; el d&iacute;a en que el aire se venda embotellado en los supermercados.
    </p><p class="article-text">
        Pero algo est&aacute; cambiando. Lo comprendi&oacute; Miguel Delibes, cuando retrat&oacute; la sabidur&iacute;a de quien escucha a la tierra antes de ararla. Y lo entendieron los ciudadanos que defendieron el Mar Menor, hasta lograr que fuera reconocido como sujeto jur&iacute;dico. Ese gesto, el primero en Espa&ntilde;a, fue m&aacute;s que un triunfo legal: fue un acto de conciencia, una reconciliaci&oacute;n con lo vivo.
    </p><p class="article-text">
        Ese es el horizonte que necesita Canarias. Reconocer derechos a la naturaleza no es una excentricidad jur&iacute;dica ni una moda ecologista: es un giro civilizatorio. Supone pasar del verbo usar al verbo cuidar, del crecer al convivir. Ecuador, Bolivia o Colombia ya lo han hecho, inscribiendo en sus constituciones, leyes y jurisprudencia los derechos de la <em>Pachamama</em>. Espa&ntilde;a ha empezado ese camino con el Mar Menor; pero Canarias, por su posici&oacute;n entre tres continentes y su fragilidad &uacute;nica, podr&iacute;a ser pionera en el Atl&aacute;ntico.
    </p><p class="article-text">
        Dar voz jur&iacute;dica a la naturaleza es permitir que el oc&eacute;ano diga &ldquo;basta&rdquo;, que las dunas reclamen su espacio, que los intereses econ&oacute;micos no puedan atropellar lo sagrado. Si el litoral canario pudiera hablar (y los movimientos sociales ya hablan por &eacute;l) exigir&iacute;a detener los vertidos, restaurar las playas, dejar respirar las costas. Porque en esa voz muda se juega tambi&eacute;n nuestro porvenir.
    </p><p class="article-text">
        C&eacute;sar Manrique lo intuy&oacute; mucho antes que los juristas. Su arte fue una forma de derecho natural: una defensa del equilibrio entre el ser humano y su paisaje. Su obra no predicaba contra el progreso (o su etiqueta verde neoliberal: desarrollo sostenible) sino contra la vulgaridad de confundir progreso con destrucci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La crisis ecol&oacute;gica es tambi&eacute;n una crisis de sentido. Y sin sentido, ni el turismo ni la econom&iacute;a podr&aacute;n sostenerse. Por eso los derechos de la naturaleza ofrecen algo m&aacute;s que un marco legal: ofrecen una posibilidad de redenci&oacute;n. Nos obligan a pensar nuestras instituciones desde el l&iacute;mite y la responsabilidad. No se trata de regresar a un pasado arc&aacute;dico, sino de construir un futuro donde vivir no sea sin&oacute;nimo de consumir. Donde el bienestar humano dependa de la salud del planeta y no de su agotamiento.
    </p><p class="article-text">
        Canarias, anta&ntilde;o las Afortunadas, se encuentra hoy ante una encrucijada &eacute;tica, social, pol&iacute;tica. Puede continuar la senda del deterioro o reinventarse desde la sensatez y la belleza de lo cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        Porque la pregunta, en el fondo, no es t&eacute;cnica ni jur&iacute;dica, sino moral: &iquest;c&oacute;mo queremos habitar la Tierra? Mientras no cambiemos la respuesta, seguiremos confundiendo la mejora con la ruina y el bienestar con la p&eacute;rdida. Reconocer los derechos de la naturaleza no es el final del camino, sino su comienzo. Como escribi&oacute; Carmen Conde, en su poemario dedicado al Mar Menor, con el tono de quien pacta con el mar: Pactemos mi mar/ corrob&oacute;rame &iacute;ntegro el pacto. &iquest;Hacia una nueva ilustraci&oacute;n ecol&oacute;gica?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/canarias-derechos-naturaleza-nueva-forma-habitar-tierra_132_12757336.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Nov 2025 08:40:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Canarias y los derechos de la naturaleza: una nueva forma de habitar la Tierra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cultura de los derechos humanos: una pedagogía contra la violencia machista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-derechos-humanos-pedagogia-violencia-machista_132_12715103.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b9856a0-6579-4112-8fb5-2d02d323647c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cultura de los derechos humanos: una pedagogía contra la violencia machista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace falta una cultura de los derechos humanos con perspectiva de género: no como catálogo de principios, sino como sensibilidad moral. Un modo de mirar. Una educación del respeto</p></div><p class="article-text">
        Si toda forma de pensamiento nace de una primera frase, lo hace tambi&eacute;n de una herida. Obliga esa herida a decir lo que a&uacute;n no sabe: la primera frase no se elige, se impone. Fuerza, m&aacute;s que voluntad, hay en ese comienzo que ya conoce m&aacute;s que quien lo pronuncia. Inevitablemente, desde esa l&iacute;nea inicial se despliega el pensamiento como un territorio de consecuencias. A veces pienso que toda idea nace acompa&ntilde;ada de su sombra, del miedo a decirla del todo. Tal vez por eso pensar (pensar de veras) sea siempre un acto de amor: hacia la verdad, hacia los otros, hacia lo que no queremos ver. En ese sentido, lo personal se vuelve pol&iacute;tico, nos recuerda Marta Sanz en <em>Monstruas y centauras</em>. As&iacute; es: lo &iacute;ntimo es la ra&iacute;z del poder. Muestran los n&uacute;meros un incremento del 44,6% en las denuncias por violencia machista en Canarias esta primavera. Observamos, sin embargo, que de cada cien juicios, noventa y cinco acaban en condena; y aun as&iacute;, la justicia siempre llega despu&eacute;s del da&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista no es un accidente; es una forma de orden. Y como todo orden, se ense&ntilde;a. Hay una pedagog&iacute;a de la obediencia que atraviesa generaciones, y que se transmite sin palabras, como el aire. Se la combate con leyes, s&iacute;, pero se la engendra en las costumbres. Y, sobre todo, se la aprende en el poder.
    </p><p class="article-text">
        Hay una palabra que no se pronuncia lo bastante cuando se habla de violencia machista: poder. Quiz&aacute; porque se nos ha hecho creer que el poder es una categor&iacute;a pol&iacute;tica y no una forma de relaci&oacute;n. Pero la violencia machista no es sino el poder cuando ha perdido la verg&uuml;enza. El golpe no es sino el &uacute;ltimo argumento de una autoridad que ya no necesita razones.
    </p><p class="article-text">
        El derecho: ese monumento solemne que inventamos para defendernos de nosotros mismos, tampoco est&aacute; libre de esa l&oacute;gica. Naci&oacute; para limitar el poder, pero a menudo termin&oacute; legitim&aacute;ndolo. El derecho sin cultura es t&eacute;cnica, y la t&eacute;cnica sin conciencia se convierte en instrumento. De poco sirve la ley si la sociedad sigue cantando la vieja melod&iacute;a del dominio: el hombre que manda, la mujer que consiente, la fuerza que corrige, el amor que perdona.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; nos ense&ntilde;a la cultura, ese espejo donde aprendemos a mirarnos?
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; <em>El rapto de las Sabinas</em>: la violencia como mito fundacional, la mujer como bot&iacute;n. Ah&iacute; <em>La isla m&iacute;nima</em>: las mujeres asesinadas son apenas pretexto narrativo; no tienen voz, s&oacute;lo cuerpo. Esa ausencia no es inocente. Es la misma que atraviesa siglos de pintura, de poes&iacute;a, de relato: el rapto de Europa, la violaci&oacute;n de Lucrecia, la mujer contemplada, no escuchada. Durante siglos, la cultura ha embellecido el da&ntilde;o. Nos ense&ntilde;&oacute; a mirar la dominaci&oacute;n como pasi&oacute;n, la posesi&oacute;n como amor, la violencia como arte.
    </p><p class="article-text">
        Mary Beard lo ha resumido con precisi&oacute;n: el poder, en Occidente, tiene voz de hombre. Desde las &aacute;goras hasta los parlamentos, las mujeres pudieron estar, pero no hablar. Y cuando hablan, a&uacute;n hoy se les pregunta: &ldquo;&iquest;qui&eacute;n le ha dado permiso?&rdquo;. Esa pregunta es el n&uacute;cleo duro de la violencia. No el golpe, no el insulto, sino la convicci&oacute;n de que la palabra de una mujer necesita autorizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ese poder no bastan las leyes. Hace falta una cultura de los derechos humanos con perspectiva de g&eacute;nero: no como cat&aacute;logo de principios, sino como sensibilidad moral. Un modo de mirar. Una educaci&oacute;n del respeto. Porque los derechos humanos no se aprenden leyendo art&iacute;culos, sino reconociendo en el otro una herida semejante a la nuestra.
    </p><p class="article-text">
        Esa educaci&oacute;n deber&iacute;a comenzar en la escuela, pero extenderse m&aacute;s all&aacute;: a los medios, a las empresas, a la pol&iacute;tica, al &aacute;mbito dom&eacute;stico. El respeto tambi&eacute;n se ense&ntilde;a. Lo que cambia son los maestros.
    </p><p class="article-text">
        El poder, entendido como dominio, es una ruina moral. Pero hay otro poder posible: el del cuidado, el de la escucha, el de la responsabilidad. No el poder que impone, sino el que responde. Quiz&aacute; sea ese el &uacute;nico poder compatible con la dignidad humana.
    </p><p class="article-text">
        Las cifras de Canarias nos recuerdan que seguimos midiendo la violencia machista por sus efectos, no por sus causas. Que seguimos interviniendo cuando el da&ntilde;o ya est&aacute; hecho. Pero la violencia se prepara mucho antes: en las palabras, en las risas, en las im&aacute;genes.
    </p><p class="article-text">
        Toda sociedad que aspire a ser democr&aacute;tica debe reconocerse en su propia fragilidad. Educar en derechos humanos no es transmitir una doctrina, sino formar una conciencia: la de saberse responsable del otro. Esa conciencia no nace del miedo al castigo, sino del reconocimiento de la igualdad radical de toda vida. Solo cuando esa igualdad se hace costumbre: en el lenguaje, en la educaci&oacute;n, en el trato diario, la violencia deja de tener sentido.
    </p><p class="article-text">
        Aprender a vivir en derechos humanos es aprender a no dominar, a mirar sin poseer, a escuchar sin mandar, a convivir sin temer, a amar en libertad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-derechos-humanos-pedagogia-violencia-machista_132_12715103.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Oct 2025 19:52:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La cultura de los derechos humanos: una pedagogía contra la violencia machista]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La grieta en el muro del poder]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/grieta-muro_132_12608871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Los poderosos se reservan el privilegio de incumplir, y al hacerlo arrastran a todos hacia un territorio donde la norma deja de proteger y se vuelve maleable. El incumplimiento, cuando lo cometen los fuertes, se reviste de realismo y prudencia; cuando lo cometen los débiles, se califica de crimen</p></div><p class="article-text">
        Ya se han iniciado las clases universitarias. A veces comienzo contando al alumnado una an&eacute;cdota. Les digo que, en realidad, lo m&aacute;s subversivo que ha hecho el Derecho Internacional en toda su historia no ha sido articular Estados ni apaciguar guerras, sino algo mucho m&aacute;s silencioso y profundo: colocar en el centro al ser humano concreto, al individuo irrepetible, y hacer de su dignidad el l&iacute;mite y la medida de toda norma. Les hablo de ello como de una revoluci&oacute;n jur&iacute;dica sin &eacute;pica, sin fechas heroicas, pero que cambi&oacute; la naturaleza misma del Derecho: ya no solo como un armaz&oacute;n para sostener poderes, sino como una muralla para contenerlos. Empero, hoy esa revoluci&oacute;n parece fatigada, como si pesara demasiado a quienes preferir&iacute;an seguir gobernando sin trabas. Para ciertos poderes, esa centralidad del ser humano se ha vuelto una molestia; y, como quien abre una v&aacute;lvula en secreto, dejan escapar en el aire una toxicidad que se expande como un gas: el veneno racial, la pulsi&oacute;n de excluir, de reducir a algunos a presencias prescindibles.
    </p><p class="article-text">
        Porque no es el Derecho (sobre todo con la base de los derechos humanos) en s&iacute; el que se deshumaniza, sino su aplicaci&oacute;n, o m&aacute;s exactamente su deliberado incumplimiento, sobre todo por quienes lo invocan mientras lo vac&iacute;an. Las normas siguen escritas; lo que se ha torcido es la voluntad de cumplirlas cuando estorban. Se las trata como un repertorio disponible, no como un l&iacute;mite. As&iacute;, quienes acumulan poder han aprendido a usar el Derecho como escenograf&iacute;a mientras act&uacute;an al margen de &eacute;l. No es el Derecho el que olvida al ser humano, sino quienes lo administran como instrumento y no como contenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que las bombas pulverizan cuerpos en Gaza, los mismos Estados que redactaron normas para proteger a las personas no las hacen valer, sino que miden cu&aacute;nto incumplimiento puede tolerarse sin que se resquebraje el equilibrio geoestrat&eacute;gico. Se habla de &ldquo;contenci&oacute;n&rdquo;, de &ldquo;desescalar&rdquo;, de &ldquo;preservar la estabilidad&rdquo;, como si lo intolerable no fuese el acto mismo de aniquilar vidas, sino el riesgo de que esa aniquilaci&oacute;n descomponga el tablero. Y de modo m&aacute;s sutil, pero no menos hiriente, cuando en nuestras calles crecen los discursos de odio, no se repara en quienes los soportan, sino en su potencial para perturbar el clima social o alterar la salud de la democracia. El sufrimiento real queda relegado; lo que importa es el mantenimiento de la superficie.
    </p><p class="article-text">
        Algo similar ocurre con el drama de los menores no acompa&ntilde;ados en Canarias, esos ni&ntilde;os y adolescentes que han cruzado mares sin nadie que los proteja y a quienes, sin embargo, el poder pol&iacute;tico trata como una carga negociable. Durante meses, los gobiernos discuten cifras, cupos, competencias, y convierten su vulnerabilidad en materia de trueque. Se habla de &ldquo;reparto de esfuerzos&rdquo; con la frialdad con que se distribuyen mercanc&iacute;as, no vidas. Cada d&iacute;a que se aplaza un acuerdo, esos menores permanecen atrapados en centros saturados, invisibles, esperando que alguien los reconozca como lo que son: personas, no expedientes. El cinismo de ese retraso revela hasta qu&eacute; punto el poder ha aprendido a diferir la humanidad cuando la humanidad incomoda.
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo poder que incumple sin rubor ha encontrado un aliado inadvertido pero eficaz: los discursos inhumanos que, bajo la palabrer&iacute;a brillante de ciertos <em>influencers</em>, adormecen a la gente. Mensajes envueltos en un tono de aparente lucidez y frescura, que van inoculando una desconfianza generalizada: en el derecho, en las instituciones, en cualquier principio que pretenda defender a alguien. Se fomenta la sospecha de que toda causa humanitaria es fingida, que toda denuncia es propaganda, que toda protecci&oacute;n es hipocres&iacute;a. Y as&iacute;, mientras el poder act&uacute;a con creciente impunidad, quienes podr&iacute;an resistirse a su deshumanizaci&oacute;n quedan paralizados por el cinismo aprendido, convencidos de que nada merece su fe.
    </p><p class="article-text">
        Estos discursos no solo trivializan el dolor ajeno: lo presentan como materia de espect&aacute;culo, como ruido de fondo para entretenerse o indignarse brevemente antes de pasar a otra cosa. La crueldad se vuelve est&eacute;tica, el sufrimiento se disuelve en iron&iacute;as, y poco a poco desaparece la idea de que hay vidas cuya protecci&oacute;n no es opinable, sino imperativa. Quien ya no cree en nada, no defender&aacute; a nadie; y eso es precisamente lo que el poder inhumano necesita: una ciudadan&iacute;a descre&iacute;da, fatigada, que haya sustituido la empat&iacute;a por el escepticismo y el juicio por la sospecha.
    </p><p class="article-text">
        Se ha vuelto costumbre saltar sobre las v&iacute;ctimas para calcular las consecuencias que su desgracia tendr&aacute; para el sistema, sin detenerse en la gravedad absoluta de cada vida truncada. Esa l&oacute;gica perversa convierte la legalidad en una coartada: se la agita para legitimar actos y se la hace desaparecer cuando incomoda. Los poderosos se reservan el privilegio de incumplir, y al hacerlo arrastran a todos hacia un territorio donde la norma deja de proteger y se vuelve maleable. El incumplimiento, cuando lo cometen los fuertes, se reviste de realismo y prudencia; cuando lo cometen los d&eacute;biles, se califica de crimen.
    </p><p class="article-text">
        No es el Derecho el que carece de humanidad: son quienes lo aplican quienes lo despojan de ella al tratarlo como herramienta de sus designios. Bajo esa l&oacute;gica, ninguna vida concreta puede hacer valer su singularidad frente a los intereses que deciden si su p&eacute;rdida es asumible. Cada muerto en Gaza se registra como un dato en un balance estrat&eacute;gico; cada ni&ntilde;o solo en Canarias como un problema log&iacute;stico que conviene gestionar; cada agredido por el odio como un incidente que conviene contener antes de que erosione la estabilidad. La injusticia se mide por sus efectos sobre el sistema, no por el da&ntilde;o que inflige a quienes la padecen.
    </p><p class="article-text">
        Humanizar no significa a&ntilde;adir solemnidades, sino hacer que el cumplimiento de las normas no pueda ceder ante la utilidad ni el c&aacute;lculo. Significa que el poder renuncie a la prerrogativa de suspender el Derecho cuando le incomoda, y que entienda que ninguna estrategia compensa la p&eacute;rdida de una sola vida. No basta con que existan tratados y tribunales; es preciso que quienes los invocan se sometan de verdad a ellos, tambi&eacute;n &mdash;y sobre todo&mdash; cuando hacerlo les perjudica. Solo entonces el Derecho dejar&aacute; de ser una m&aacute;scara del poder y podr&aacute; ser su l&iacute;mite.
    </p><p class="article-text">
        Mientras eso no ocurra, seguir&aacute; sucediendo lo que hoy sucede: que las normas m&aacute;s nobles se proclaman mientras se consiente su violaci&oacute;n, que se invoca la dignidad humana mientras se la pisotea sin consecuencias. Y cada muerte, cada ni&ntilde;o olvidado, cada palabra venenosa disfrazada de un vocabulario hegem&oacute;nico, seguir&aacute; minando la idea misma de humanidad. Pero incluso as&iacute;, basta una sola mirada que se niegue a acostumbrarse, una sola voz que recuerde que ninguna vida es cifra, para que toda esa maquinaria empiece a agrietarse. Porque el poder puede imponerse, pero nunca puede reemplazar el valor absoluto de una vida cuando alguien est&aacute; dispuesto a defenderla. All&iacute; comienza la esperanza: en el gesto, por m&iacute;nimo que parezca, de quien a&uacute;n se atreve a mirar al ser humano como fin y no como obst&aacute;culo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/grieta-muro_132_12608871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 Sep 2025 07:30:14 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La grieta en el muro del poder]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sin derechos no hay España: la democracia frente al racismo y el cierre identitario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/derechos-no-hay-espana-democracia-frente-racismo-cierre-identitario_132_12529714.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">No se trata solo de una carencia de información (y, para algunos, de formación) jurídica; hablamos de un déficit de cultura cívica que impide reconocer que la pluralidad étnica, cultural y también religiosa no es un favor que el Estado concede, sino un derecho fundamental protegido por la Constitución y por instrumentos internacionales. Es una conquista social
</p></div><p class="article-text">
        Lo f&aacute;cil es quejarse. Lo verdaderamente dif&iacute;cil es dedicar tiempo y reflexi&oacute;n a mejorar la convivencia. Hoy, la aportaci&oacute;n a la sociedad -esa que busca reforzar lo com&uacute;n y no solo apuntalar lo propio- parece, parad&oacute;jicamente, un acto contrario a lo humano, cuando en realidad es lo m&aacute;s humano que tenemos. No es necesario contar an&eacute;cdotas personales ni relatar desdichas que a uno le hayan ocurrido para escribir estas l&iacute;neas: basta con observar el panorama y reconocer un patr&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los recientes brotes de racismo sociol&oacute;gico e institucional en localidades como Jumilla (mi patria chica), Torre Pacheco o incluso en Canarias (como puso de relieve en este mismo diario, el pasado 18 de julio, Natalia G. Vargas) no son episodios aislados. M&aacute;s bien revelan un problema que trasciende esos lugares concretos: el desconocimiento de las leyes espa&ntilde;olas, de los principios democr&aacute;ticos que las sustentan y de los valores que Espa&ntilde;a comparte con la Uni&oacute;n Europea y con el sistema jur&iacute;dico internacional de las Naciones Unidas. No se trata solo de una carencia de informaci&oacute;n (y, para algunos, de formaci&oacute;n) jur&iacute;dica; hablamos de un d&eacute;ficit de cultura c&iacute;vica que impide reconocer que la pluralidad &eacute;tnica, cultural y tambi&eacute;n religiosa no es un favor que el Estado concede, sino un derecho fundamental protegido por la Constituci&oacute;n y por instrumentos internacionales. Es una conquista social.
    </p><p class="article-text">
        Ese derecho se refleja, de forma inequ&iacute;voca, en el art&iacute;culo 14 de la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola (principio de igualdad y no discriminaci&oacute;n). Tambi&eacute;n est&aacute; presente en el art&iacute;culo 16 de la misma norma, as&iacute; como en el Convenio Europeo de Derechos Humanos y en la Carta de Derechos Fundamentales de la Uni&oacute;n Europea. La libertad religiosa, como la igualdad ante la ley, no se someten a votaci&oacute;n ni se aplican seg&uacute;n el clima social del momento. Entrar en el juego de justificar abusos con frases como &ldquo;en su pa&iacute;s no se comportan as&iacute;&rdquo; conduce a una paradoja peligrosa: aceptar que Espa&ntilde;a rebaje sus est&aacute;ndares hasta parecerse a pa&iacute;ses que, en muchos casos, no son democracias y donde los derechos humanos est&aacute;n ausentes. Y cuando eso sucede, no simplemente desconocemos nuestra propia legalidad e idiosincrasia constitucional, sino que nos acercamos a perderla. Cumplir la ley no es &ldquo;buenismo&rdquo;: es, sencillamente, la base que sostiene todas las libertades que disfrutamos y que tanto se tard&oacute; en alcanzar aqu&iacute;, Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos, adem&aacute;s, en un tiempo en el que el enfado se ha convertido en h&aacute;bito. Hay motivos leg&iacute;timos para la indignaci&oacute;n, pero no todo enfado es constructivo. Con demasiada frecuencia se trata de una irritaci&oacute;n inmediata, de titular y exclamaci&oacute;n, que no busca mejorar nada, sino reafirmar nuestras propias certezas. El pesimismo se ha hecho clima com&uacute;n&hellip; y la queja, idioma compartido.
    </p><p class="article-text">
        En ese contexto, la tentaci&oacute;n de cerrar la identidad sobre s&iacute; misma crece. Los nacionalismos identitarios: sean perif&eacute;ricos, centrales o locales, comparten la misma l&oacute;gica: proteger lo propio con llave, como si compartirlo lo desgastara. Lo mismo ocurre con ciertas actitudes hacia la religi&oacute;n: se acepta la diversidad mientras no cuestione las jerarqu&iacute;as impl&iacute;citas de &ldquo;los de siempre&rdquo;. Pero el ordenamiento jur&iacute;dico espa&ntilde;ol reconoce, sin matices, la igualdad y la no discriminaci&oacute;n por raz&oacute;n de religi&oacute;n, y obliga a las autoridades a garantizar el libre ejercicio de la libertad de culto; s&iacute;, tambi&eacute;n en establecimientos p&uacute;blicos.
    </p><p class="article-text">
        El racismo expl&iacute;cito y la pol&iacute;tica identitaria se parecen m&aacute;s de lo que aparentan. Ambos aplican criterios de admisi&oacute;n que recuerdan a los de un club privado: se entra por nacimiento, apellido, acento o herencia, no por la voluntad de integrarse y compartir un marco com&uacute;n. Esta visi&oacute;n contradice directamente tanto el esp&iacute;ritu como la letra de nuestra Constituci&oacute;n y de los tratados internacionales que Espa&ntilde;a ha ratificado.
    </p><p class="article-text">
        A esta din&aacute;mica se suma un viejo h&aacute;bito cultural: el de desconfiar de la espontaneidad ciudadana y querer pautar la vida com&uacute;n desde arriba (y la historia de la jerarqu&iacute;a espa&ntilde;ola es ejemplo de ello, como demostr&oacute; Paul Preston). Igual que el paternalismo industrial del pasado organizaba el ocio &ldquo;honesto&rdquo; del trabajador, hoy algunos pretenden administrar la identidad y, con ella, la pluralidad religiosa. Pero la libertad no crece en espacios vigilados, sino en la confianza mutua bajo un marco legal claro.
    </p><p class="article-text">
        Frente a todo esto, la respuesta no pasa por gritar m&aacute;s fuerte ni por buscar un adversario permanente, sino por reforzar la educaci&oacute;n c&iacute;vica. La formaci&oacute;n en derechos humanos y en pluralidad religiosa debe convertirse en un pilar b&aacute;sico de nuestra convivencia. Y la formaci&oacute;n no debe reducirse a memorizar leyes y art&iacute;culos, sino que debe consistir en comprender qu&eacute; significan y c&oacute;mo se aplican en la vida real: que los derechos no dependen de simpat&iacute;as, que la ley protege incluso a quien no nos agrada, que la diversidad no es amenaza sino riqueza. Y que, sencillamente, quien incumpla la ley asuma plenamente las consecuencias que de ello se deriven, sin distinci&oacute;n de etnia, nacionalidad y dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Como recordaba David Foster Wallace en <em>Esto es agua</em>, lo m&aacute;s obvio suele ser lo m&aacute;s dif&iacute;cil de ver. En un Estado de derecho, lo obvio es que todos (sin excepci&oacute;n) estamos sometidos a las mismas normas y amparados por los mismos derechos. Vivir de forma consciente implica decidir, cada d&iacute;a, mirar al otro no como obst&aacute;culo sino como alguien con la misma dignidad jur&iacute;dica que nosotros.
    </p><p class="article-text">
        En un entorno donde la cortes&iacute;a se percibe como ingenuidad y el respeto a la ley como debilidad, ciertos gestos se vuelven poderosos: la amabilidad deliberada, que rompe la din&aacute;mica del grito; la igualdad sostenida, que impide que la pluralidad sea solamente ret&oacute;rica; y el respeto consciente a la ley, que garantiza que la convivencia no dependa de mayor&iacute;as circunstanciales.
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a no se fortalece pareci&eacute;ndose a pa&iacute;ses que vulneran los derechos humanos. Se fortalece pareci&eacute;ndose, cada d&iacute;a m&aacute;s, al ideal democr&aacute;tico que su Constituci&oacute;n, sus compromisos europeos y el derecho internacional proclaman. Y si alguna parte de la clase pol&iacute;tica decide no cumplir las leyes o torcerlas a su conveniencia, eso no me arrastra a m&iacute;, como ciudadano responsable, a repetir puerilmente un &ldquo;yo tambi&eacute;n incumplo&rdquo;. La madurez democr&aacute;tica exige lo contrario: que cada cual asuma su deber de cumplir y defender las leyes que nos igualan, proteger los derechos que nos amparan y entender que la verdadera lealtad a un pa&iacute;s se demuestra en la manera en que tratamos al pr&oacute;jimo, sin distingos. Ese, y no otro, es el patriotismo que sostiene a una democracia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/derechos-no-hay-espana-democracia-frente-racismo-cierre-identitario_132_12529714.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Aug 2025 10:13:40 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Sin derechos no hay España: la democracia frente al racismo y el cierre identitario]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una justicia que no alcanza: 17 de julio y la causa de Palestina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/justicia-no-alcanza-17-julio-causa-palestina_1_12461992.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Hay justicia si se aplica a unos y no a otros? ¿Tiene Israel patente de corso para vulnerar principios y reglas que vieron la luz para que las atrocidades no se repitieran?</p></div><p class="article-text">
        La lucha contra la impunidad constituye un pilar esencial de la justicia penal internacional, pues garantiza que las violaciones graves de derechos humanos no queden sin castigo. Al sancionar a los responsables y satisfacer el derecho de las v&iacute;ctimas a la verdad, la justicia y la reparaci&oacute;n, se refuerza el Estado de derecho a escala global. De este modo, la justicia penal internacional se erige como herramienta irrenunciable para prevenir la repetici&oacute;n de cr&iacute;menes atroces y consolidar una paz fundada en la equidad, reparando al tiempo, de alguna forma, la dignidad de las v&iacute;ctimas, entre otros medios, a trav&eacute;s de la imposici&oacute;n de sanciones a los sujetos responsables. 
    </p><p class="article-text">
        Cada efem&eacute;ride se reviste de ritual y solemnidad, como si la memoria de la tragedia pudiera barnizarse con palabras grandilocuentes. El 17 de julio, d&iacute;a consagrado a la justicia penal internacional debido a que en esa fecha se adopt&oacute; en Roma el Estatuto que puso en pie una inc&oacute;moda Corte Penal Internacional, se presenta como un acto de fe en la capacidad humana para conjurar el horror mediante el Derecho. Quienes ese d&iacute;a promovieron ese tratado internacional reconocieron que fueron millones las v&iacute;ctimas de atrocidades cometidas en el siglo XX desafiando con m&eacute;todos criminales la imaginaci&oacute;n y conmoviendo la conciencia de la Humanidad. Y reconocieron la necesidad de poner fin a la impunidad de los perpetradores de los cr&iacute;menes m&aacute;s graves, pues amenazan a la paz y a la seguridad de toda la Humanidad. Sin embargo, en el margen de esa conmemoraci&oacute;n un silencio inc&oacute;modo y c&oacute;mplice se agita: el pueblo de Palestina, un pueblo sin Estado, sujeto a colonizaci&oacute;n y ocupaci&oacute;n despu&eacute;s de m&aacute;s de ochenta a&ntilde;os y condenado por Israel a desplazarse sin sentencia ni absoluci&oacute;n, merodea los pasillos de la justicia internacional como quien acecha una puerta que rara vez se abre.
    </p><p class="article-text">
        La historia es vasta, la injusticia interminable. Resoluciones dictadas y jam&aacute;s cumplidas, muros erigidos contra el Derecho Internacional, acciones militares israel&iacute;es que pulverizan toda proporci&oacute;n y toda regla de humanidad. Aun as&iacute;, persiste la obstinaci&oacute;n de exigir responsabilidades. En un tribunal concebido para perseguir los cr&iacute;menes m&aacute;s atroces &mdash;genocidio, cr&iacute;menes de guerra, cr&iacute;menes de lesa humanidad y agresi&oacute;n&mdash; se intenta inscribir una causa que, desde hace d&eacute;cadas, desaf&iacute;a la noci&oacute;n misma de castigo equitativo. Tal es el caso de Palestina ante la CPI, donde desde 2021 se investigan formalmente cr&iacute;menes grav&iacute;simos cometidos tanto en Gaza como en Cisjordania, incluida Jerusal&eacute;n Oriental.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho Internacional Penal y su articulaci&oacute;n en tribunales internacionales nace de un acto de esperanza: la convicci&oacute;n de que ninguna barbarie quedar&aacute; impune si se encienden l&aacute;mparas togadas en los salones de la civilizaci&oacute;n. Pero la experiencia revela su env&eacute;s: la justicia internacional se aplica con rigor desigual, ejemplar para las despose&iacute;das v&iacute;ctimas del adversario y remisa ante aliados y quienes concentran poder y alianzas estrat&eacute;gicas.
    </p><p class="article-text">
        Los cr&iacute;menes sobre la tierra disputada ya no necesitan narraci&oacute;n: exterminio y destrucci&oacute;n sistem&aacute;ticos y en riguroso directo, ejecuciones sumarias, desplazamiento forzado, privaci&oacute;n sistem&aacute;tica de recursos esenciales, deshumanizaci&oacute;n y humillaci&oacute;n cotidianas de la dignidad. La CPI, interpelada por una denuncia que invoca el exterminio, la aniquilaci&oacute;n, como crimen punible, sostiene la d&eacute;bil llama de la posibilidad: en sus art&iacute;culos y tipificaciones late la esperanza de que, alg&uacute;n d&iacute;a, la ret&oacute;rica se convierta en citaci&oacute;n judicial y pol&iacute;ticos y militares responsables, sean quienes sean, rindan cuentas de manera efectiva y cumplan penas proporcionales a la gravedad de los cr&iacute;menes cometidos. En el caso de Palestina, la m&aacute;xima de ellas: la privaci&oacute;n de libertad a perpetuidad. No son &aacute;nimos de venganza: solo un reclamo elemental de justicia ante la que Israel debe tambi&eacute;n rendir cuentas.
    </p><p class="article-text">
        Pero es en los escombros y en la penumbra de los refugios improvisados en Gaza donde se prueba la sinceridad de toda jurisdicci&oacute;n internacional. El Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos y libertades fundamentales, tantas veces invocados y tan pocas veces respetados, dibujan una frontera de papel que separa a la civilizaci&oacute;n de la barbarie y que se disuelve ante la inercia pusil&aacute;nime o criminal de los Estados y sus dirigencias. No basta con proclamar la prohibici&oacute;n de atacar civiles o de bloquear la ayuda b&aacute;sica: es necesario identificar a los responsables por sus nombres, sentarlos ante un juez y desgarrar la coraza de la inmunidad pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n trasciende lo jur&iacute;dico: es tambi&eacute;n moral y pol&iacute;tica. &iquest;Qu&eacute; significa castigar un crimen de guerra cuando los cr&iacute;menes israel&iacute;es se encadenan en ciclos que absorben generaciones de palestinos? La respuesta se diluye en la lentitud de los plazos y las argucias procesales, la fragilidad de los mecanismos de arresto, la precariedad de la cooperaci&oacute;n internacional o la voluntad proclamada de incumplir las reglas y principios m&aacute;s elementales. Y, sin embargo, la existencia misma de un expediente abierto es una grieta en la costumbre de la impunidad y un llamado inapelable a la conciencia de la comunidad internacional civilizada.
    </p><p class="article-text">
        Mientras se redactan resoluciones y cargos, otro frente se despliega a miles de kil&oacute;metros: hombres, mujeres y ni&ntilde;os que huyen de la devastaci&oacute;n llegan a orillas lejanas, entre ellas Canarias, territorio que conoce bien la historia del &eacute;xodo y donde la hospitalidad al desconocido es se&ntilde;a de identidad genuina. All&iacute;, la protecci&oacute;n internacional cobra forma en aulas de acogida, barrios perif&eacute;ricos y expedientes de residencia que llegan tarde o no llegan. La tragedia palestina se prolonga as&iacute;, en una di&aacute;spora que reconstruye fragmentos de identidad quebrada mientras enfrenta nuevas barreras de exclusi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        El exilio palestino no es solo consecuencia de un desplazamiento forzado; es tambi&eacute;n la prueba de una promesa incumplida. Tratados y resoluciones consagraron un derecho de retorno que, en la realidad, sobrevive apenas como un susurro nost&aacute;lgico, aplastado por hechos consumados sobre la tierra ocupada. Quien cruza el mar para rehacer su vida rehace tambi&eacute;n, en su cuerpo y memoria y en la de su descendencia, la historia colectiva de la expulsi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Frente a la ret&oacute;rica oficial que celebra la justicia penal internacional como garant&iacute;a de civilizaci&oacute;n, se impone la pregunta inc&oacute;moda: &iquest;hay justicia si se aplica a unos y no a otros? &iquest;Tiene Israel patente de corso para vulnerar principios y reglas que vieron la luz para que las atrocidades no se repitieran? La independencia e imparcialidad de la justicia quienes acusan y juzgan no debe quedar en el papel, sino en la voluntad de ejecutarla sin inclinarse ante el poderoso, sin incurrir en dobleces, ni temer a la geopol&iacute;tica. Resulta sencillo someter a juicio al vencido aislado y derrotado; casi impensable, tocar al protegido por la malla de intereses estrat&eacute;gicos.
    </p><p class="article-text">
        En este laberinto se agita el pueblo de Palestina que nunca tuvo un Estado plenamente reconocido, pero que, contra toda l&oacute;gica de exclusi&oacute;n, reclama su sitio como miembro de la comunidad internacional, y protecci&oacute;n en los tribunales y en los sistemas de protecci&oacute;n internacional. Su causa incomoda por su justeza inapelable y porque desvela la incoherencia de una comunidad internacional que proclama normas que no impone cuando m&aacute;s se necesitan.
    </p><p class="article-text">
        No hay j&uacute;bilo posible cuando se evoca un aniversario que recuerda la lentitud de la justicia para quienes m&aacute;s la requieren. La conmemoraci&oacute;n no debe ser fiesta ni consuelo, sino recordatorio &aacute;spero de lo mucho que falta por hacer. En Gaza y en Cisjordania, en los guetos donde Israel encierra y aniquila a miles de personas indefensas, en los campos de refugiados y en los hogares improvisados de quienes hallaron cobijo en Canarias &mdash;8 en Tenerife y 16 en Gran Canaria; en Espa&ntilde;a se contabilizaron aproximadamente 911 solicitudes de asilo en 2024, consecuencia del estallido de la actual guerra con Ham&aacute;s en 2023, cifra que contrasta con las 208 solicitudes registradas en 2023 y las cerca de 500 acumuladas hasta junio de 2025.&mdash; la justicia penal internacional se enfrenta a su propio l&iacute;mite: su capacidad real de ser, alguna vez, verdaderamente universal, sin obscenos dobles raseros. Muchos de estos casos no prosperan, pues los solicitantes enfrentan obst&aacute;culos para acreditar la convivencia familiar previa o para recuperar documentaci&oacute;n en embajadas y consulados cercanos a Palestina.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; donde la legalidad fracasa, persiste la posibilidad de un testimonio: que las v&iacute;ctimas (personas o pueblos) sean nombradas, que los hechos se documenten, que los responsables no puedan dormir sin recordar que existe un tribunal que, tarde o temprano, podr&iacute;a pronunciar sus nombres con la frialdad de una sentencia. Quiz&aacute; entonces, y solo entonces, la fecha del 17 de julio merezca celebrarse. Hasta ese d&iacute;a, sigue siendo apenas una promesa &mdash;y, para muchos, un consuelo que no consuela&mdash;. En cualquier caso, Palestina existe y seguir&aacute; existiendo, pese a la empresa criminal que alimenta proyectos de expansi&oacute;n imperial y socava los cimientos de la paz y la justicia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos Gil Gandía, Carmelo Faleh Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/justicia-no-alcanza-17-julio-causa-palestina_1_12461992.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 14 Jul 2025 09:24:58 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una justicia que no alcanza: 17 de julio y la causa de Palestina]]></media:title>
    </item>
  </channel>
</rss>
