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    <title><![CDATA[elDiario.es - Oliver de Ros]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/oliver_de_ros/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Oliver de Ros]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empresa-textil-nicaragua-fabrica-nike-oculta-brote-posibles-muertes-coronavirus_130_6483394.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/727852ab-53b8-4b18-9168-30e6ed3dac09_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Extrabajadoras de la maquila New Holland Apparel, en Nicaragua, aseguran que hubo casos de COVID-19 en la fábrica. La empresa clasificó los contagios como casos de neumonía atípica y envió a las enfermas a sus casas a cuenta de vacaciones. Después, anunció 800 despidos</p><p class="subtitle">El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros</p></div><p class="article-text">
        Las compa&ntilde;eras la llamaban con cari&ntilde;o &ldquo;la abuelita&rdquo;. Era la mayor del &aacute;rea de bordado de la f&aacute;brica textil New Holland Apparel, en Nicaragua. Sonriente, dec&iacute;an que ten&iacute;a una notoria voluntad por sus labores. Mayra del Socorro Cerda falleci&oacute; el 19 de mayo de 2020 posiblemente por COVID-19. Ten&iacute;a 61 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerda trabaj&oacute; por m&aacute;s de 30 a&ntilde;os como maestra hasta que ingres&oacute; a New Holland. Aunque ya deb&iacute;a retirarse &mdash;en Nicaragua la jubilaci&oacute;n para maestros es a los 55 a&ntilde;os&mdash;, sufr&iacute;a de violencia intrafamiliar y prefer&iacute;a pasar m&aacute;s tiempo en la empresa que en casa. Present&oacute; s&iacute;ntomas de fiebre a principios de mayo. Para entonces, varias mujeres en el &aacute;rea de confecci&oacute;n hablaban del brote de coronavirus dentro de la empresa.
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k2cgLgKEDRKYL8wutvB" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Ni la empresa ni el Gobierno reconocieron la raz&oacute;n de su muerte. Su acta de defunci&oacute;n indic&oacute; como causa una neumon&iacute;a at&iacute;pica. Para evitar el reconocimiento oficial del verdadero impacto de la pandemia, esa fue y es a&uacute;n la clasificaci&oacute;n de los casos no confirmados mediante pruebas en el pa&iacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        New Holland rechaz&oacute; los contagios de sus empleadas y siempre sostuvo que las enfermas deb&iacute;an presentar una valoraci&oacute;n m&eacute;dica para aceptarlo. Una alternativa dif&iacute;cil ya que las pruebas para detectar el virus se encuentran &uacute;nicamente bajo control del Ministerio de Salud (Minsa). Hasta el momento, la instituci&oacute;n no informa de la cantidad de pruebas aplicadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De igual forma, al consultar al Ministerio del Trabajo (Mitrab) si hab&iacute;a conocimiento sobre los contagios la &uacute;nica respuesta que se obtuvo a trav&eacute;s de una llamada telef&oacute;nica fue un &ldquo;no se&ntilde;ora&rdquo; y se termin&oacute; la comunicaci&oacute;n. Tambi&eacute;n se intent&oacute; contactar a la Central Sandinista de Trabajadores pero no hubo respuesta.
    </p><p class="article-text">
        La maquila est&aacute; en la carretera Tipitapa-Masaya. Sus trabajadores se dedican a la confecci&oacute;n de ropa deportiva para las marcas Under Armour y Nike. La matriz de esta se encuentra en Honduras. New Holland contaba hasta junio de este a&ntilde;o con aproximadamente 1.260 trabajadores.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Varias trabajadoras de la maquila New Holland caminan hacia sus puestos de trabajo por la mañana. La empresa nunca definió una estrategia para evitar la propagación del virus entre sus trabajadores."
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            <span class="title">
                Varias trabajadoras de la maquila New Holland caminan hacia sus puestos de trabajo por la mañana. La empresa nunca definió una estrategia para evitar la propagación del virus entre sus trabajadores.                            </span>
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        En Nicaragua nunca hubo confinamiento. Tras la llegada del primer caso de coronavirus, el 18 de marzo, prevaleci&oacute; la normalizaci&oacute;n e incluso la vicepresidenta Rosario Murillo promovi&oacute; actividades de concentraci&oacute;n masivas. El Gobierno foment&oacute; un sistema en el que la salud y la econom&iacute;a estaban en un mismo nivel. Las escuelas, centros de trabajo y centros recreativos han continuado abiertos hasta la fecha.
    </p><p class="article-text">
        El director de Emergencia de Salud de la Organizaci&oacute;n Panamericana de la Salud (OPS), Ciro Ugarte, revel&oacute; en abril que la interacci&oacute;n con Nicaragua se hab&iacute;a reducido. Recib&iacute;a informaci&oacute;n del gobierno sobre las pruebas PCR, pero no sab&iacute;a qu&eacute; pasaba con la donaci&oacute;n de&nbsp; 26.000 pruebas r&aacute;pidas del Banco Centroamericano de Integraci&oacute;n Econ&oacute;mica (BCIE).
    </p><p class="article-text">
        <strong>El f&eacute;retro sellado&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La abuelita&rdquo; fue a la oficina de recursos humanos para poder recuperarse desde casa sin goce de salario. Iba acompa&ntilde;ada de Darling Baquedano, compa&ntilde;era de la maquila. Dijo que era una persona de riesgo. Padec&iacute;a de m&uacute;ltiples enfermedades laborales, ten&iacute;a t&uacute;nel carpiano, tendinitis, insuficiencia venosa, diabetes e hipertensi&oacute;n. Sin embargo, su petici&oacute;n le fue negada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acudi&oacute; dos d&iacute;as m&aacute;s a la maquila con fiebre. Al tercero, su condici&oacute;n empeor&oacute;. La empresa accedi&oacute; a brindarle el permiso. Lo siguiente que supieron sus compa&ntilde;eras es que estaba intubada en el hospital. Muri&oacute; en menos de 15 d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El funeral fue el 19 de mayo, el d&iacute;a de su fallecimiento. Su cuerpo iba en un f&eacute;retro sellado dentro de un carro, bajo medidas inusuales para un caso de neumon&iacute;a at&iacute;pica. El ch&oacute;fer utiliz&oacute; durante todo el recorrido un traje de protecci&oacute;n desechable. Era el traje que los sanitarios usan para protegerse ante infecciones.
    </p><p class="article-text">
        El 13 de septiembre, Eugenia Meza Ju&aacute;rez, una ex bordadora de 27 a&ntilde;os, lamenta que no pudo asistir al entierro. Ella tambi&eacute;n trabajaba con &ldquo;la abuelita&rdquo;. Ahora est&aacute; en casa de Baquedano, a un par de kil&oacute;metros de distancia de la maquila. Cuenta que sigui&oacute; el recorrido gracias a los videos que grab&oacute; su compa&ntilde;era, quien fue la &uacute;nica que pudo estar presente.
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                Eugenia Meza, quien ahora vive en casa de su amiga Darling Baquedano, posa para un retrato junto a su hija.                            </span>
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        Meza debi&oacute; permanecer en casa porque ten&iacute;a fiebre, igual que otros trabajadores de su &aacute;rea.
    </p><p class="article-text">
        Sentada en una esquina de la sala, esta joven de baja estatura y voz pasiva, recuerda c&oacute;mo el deterioro de la abuela bordadora escal&oacute; r&aacute;pidamente. A pesar de mostrar una actitud m&aacute;s introvertida, conversa abiertamente sobre su compa&ntilde;era.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Baquedano es m&aacute;s abierta, conversadora y segura de expresar sus opiniones. Hasta que llega el asunto de la muerte de Cerda. Entonces, se limita a se&ntilde;alar que el &aacute;rea de recursos humanos de New Holland les prohibi&oacute; hablar de los contagios. Y si lo hac&iacute;an, se les extend&iacute;a un llamado de atenci&oacute;n. Destaca que la situaci&oacute;n fue manejada bajo un alto sigilo.
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s del encuentro presencial, en una llamada telef&oacute;nica, comparte su verdadera relaci&oacute;n con Cerda. Mientras todas las trabajadoras del &aacute;rea de bordado reconoc&iacute;an a Cerda como &ldquo;la abuelita&rdquo;, Baquedano la llamaba &ldquo;madre&rdquo;. Ella perdi&oacute; a su progenitora durante la guerra civil de los 70, cuando ten&iacute;a apenas cuatro meses de vida. Con Cerda comparti&oacute; siete a&ntilde;os de amistad. En uno de los audios intercambiados con la anciana bordadora, se escucha como ella tambi&eacute;n con cari&ntilde;o la llamaba &ldquo;mi beb&eacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Necesita d&iacute;as para explicar qu&eacute; representa la muerte de su amiga. A&uacute;n carga con gran tristeza y culpabilidad por la muerte de su &ldquo;segunda madre&rdquo;. Baquedano fue la primera en enfermarse de las dos. Durante esos d&iacute;as, recuerda c&oacute;mo Cerda cuidaba de ella sin mantener ning&uacute;n tipo de distanciamiento e incluso compartir la comida, en el af&aacute;n de &ldquo;la abuelita&rdquo; por lograr que comiera un poco. Impotente, se responsabiliza de haberle transmitido el virus.
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            <span class="title">
                Darling Baquedano llora al recordar a su amiga Mayra del Socorro, quien se enfermó mientras trabajaba en la maquila y su salud se deterioró rápidamente hasta que finalmente falleció.                            </span>
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        &ldquo;No est&aacute;bamos claras qu&eacute; era COVID-19, sab&iacute;amos que ten&iacute;amos que tomar todas las medidas, pero no lo hicimos&rdquo;, dice en una emotiva llamada de 20 minutos, cargada de rabia, ante la posibilidad de que su muerte pudo evitarse con un adecuado protocolo. Todas las trabajadoras de New Holland consultadas coinciden en que la empresa fall&oacute; en la aplicaci&oacute;n de medidas preventivas, como el respeto al distanciamiento f&iacute;sico y un adecuado suministro de equipos de higiene y protecci&oacute;n dentro de la maquila.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De novena a tercera causa de muerte</strong>
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de casos de COVID-19 en Nicaragua fueron categorizados como neumon&iacute;a at&iacute;pica, seg&uacute;n expertos independientes de la salud, quienes han reclamado al gobierno por un supuesto subregistro en los casos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estas denuncias provocaron el despido de al menos ocho especialistas de sus centros p&uacute;blicos de salud. Los afectados denunciaron que sus despidos derivaron de sus cr&iacute;ticas al manejo de la crisis sanitaria del gobierno: por haber reclamado equipos de bioseguridad para proteger la vida del personal de la salud y por solicitar que se fomentaran medidas de prevenci&oacute;n en la poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mercedes Somarriba, pediatra infect&oacute;loga, aclara que la conexi&oacute;n entre los casos se debe a la situaci&oacute;n sanitaria mundial. Pero advierte que hasta ahora no tiene una evidencia clara de si es COVID-19 porque el Ministerio de Salud monopoliza y centraliza las pruebas en un &uacute;nico laboratorio. &nbsp;La m&aacute;s reciente alternativa, y solo para los que salen de Nicaragua, es pagar 150 d&oacute;lares, siempre al&nbsp;ministerio. Los m&eacute;dicos no pueden acceder a la informaci&oacute;n. Lo &uacute;nico que asegura es que los casos de neumon&iacute;a at&iacute;pica aumentaron y&nbsp;por ende en un contexto epidemiol&oacute;gico como el actual se crea un nexo entre estos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        El Mapa Nacional de la Salud del ministerio refleja que la neumon&iacute;a pas&oacute; de ser la novena causa de muerte m&aacute;s com&uacute;n en Nicaragua durante los &uacute;ltimos tres a&ntilde;os, a ser la tercera causa de defunciones en el pa&iacute;s, con un acumulado de 2.612 muertes por neumon&iacute;a entre enero y agosto de este a&ntilde;o.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="En el cementerio Jardines del Recuerdo, cuatro hombres vestidos con trajes blancos especiales entierran un ataúd que fue trasladado desde el hospital Sermesa Bolonia. Este es uno de tantos entierros exprés que salen desde los hospitales directo a los cementerios, algo que es visto desde marzo de este año cuando se reconoció el primer caso de COVID-19."
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            <span class="title">
                En el cementerio Jardines del Recuerdo, cuatro hombres vestidos con trajes blancos especiales entierran un ataúd que fue trasladado desde el hospital Sermesa Bolonia. Este es uno de tantos entierros exprés que salen desde los hospitales directo a los cementerios, algo que es visto desde marzo de este año cuando se reconoció el primer caso de COVID-19.                            </span>
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        La teor&iacute;a de un subregistro se fortaleci&oacute; ante las denuncias ciudadanas sobre los llamados entierros expr&eacute;s, como el de &ldquo;la abuelita&rdquo;, en los que trabajadores del Ministerio de Salud entregaban ata&uacute;des sellados a los familiares, a pesar de supuestamente no tratarse de casos de coronavirus. El departamento de comunicaci&oacute;n de New Holland no respondi&oacute; a las solicitudes para brindar su versi&oacute;n sobre los contagios internos vinculados con el fallecimiento de Cerda.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio de Salud reconoce solo 4.533 casos positivos y 158 muertes hasta el 10 de noviembre. El Gobierno actualiza sus datos cada martes, pero no elabora mapas de zonas de riesgo ni sistematiza de forma p&uacute;blica la informaci&oacute;n acumulada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El independiente Observatorio Ciudadano reporta el doble de casos sospechosos e informa de 2.786 muertes sospechosas por COVID-19, en base a reportes ciudadanos. En el n&uacute;mero de fallecimientos, incluye tanto los casos confirmados del coronavirus, como aquellos catalogados como neumon&iacute;a, que corresponden al 5% de las muertes registradas por el Observatorio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La negaci&oacute;n gubernamental al cierre de las fronteras y los negocios frente a la pandemia responde al hecho de que una cuarentena oficializada golpear&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s la debilitada econom&iacute;a del pa&iacute;s producto de la crisis sociopol&iacute;tica. En abril de 2018, Nicaragua enfrent&oacute; un estallido social producto de la aplicaci&oacute;n de una pol&eacute;mica reforma al Seguro Social.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La violenta respuesta de la Polic&iacute;a Nacional y grupos paramilitares afines al gobierno para reprimir las manifestaciones estudiantiles desencaden&oacute; una fuerte indignaci&oacute;n en la sociedad nicarag&uuml;ense. Las movilizaciones en Nicaragua dejaron un total de 325 personas fallecidas y m&aacute;s de 2.000 heridas, seg&uacute;n un informe de la Comisi&oacute;n Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Solo en Costa Rica, pa&iacute;s con el que persiste un mayor flujo migratorio, se registr&oacute; un aumento del 1.376% de personas nicarag&uuml;enses solicitantes de asilo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Meza, su mam&aacute; y La abuela</strong>
    </p><p class="article-text">
        Durante varias semanas, Meza, la amiga de Cerda y Baquedano, soport&oacute; las fuertes fiebres. Tambi&eacute;n el dolor en el cuerpo, la dificultad para respirar y la p&eacute;rdida del gusto y el olfato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera en contagiarse fue su mam&aacute;, Yadira Ju&aacute;rez Morales, que trabajaba tambi&eacute;n en New Holland en un &aacute;rea de empaque. La mam&aacute; fue a ver al m&eacute;dico de la cl&iacute;nica de la empresa. El doctor le confirm&oacute; que sus s&iacute;ntomas estaban relacionados con la COVID-19.
    </p><p class="article-text">
        Seis d&iacute;as despu&eacute;s, Meza tambi&eacute;n empez&oacute; a mostrar signos de contagio. La empresa le plante&oacute; que o iba a la cl&iacute;nica o ped&iacute;a vacaciones. Por miedo de elevar el riesgo de contagio, tom&oacute; las vacaciones para tratarse desde casa.
    </p><p class="article-text">
        Luis Espinoza, sindicalista independiente en New Holland, asegura que la empresa a veces no rellenaba los puestos de alcohol colocados de la f&aacute;brica. Dice que solo se les entreg&oacute; una mascarilla de tela que tuvieron que lavar diariamente durante dos meses. Tuvieron que confeccionar sus propias mascarillas con los trozos de tela que encontraron. No fue sino hasta despu&eacute;s de que se presentaron contagios dentro de New Holland que inici&oacute; a aplicar medidas de protecci&oacute;n para sus colaboradores.
    </p><p class="article-text">
        Meza y Baquedano ya no trabajan en New Holland. Tras superarse los contagios internos, la compa&ntilde;&iacute;a despidi&oacute; a 884 trabajadores sin previa notificaci&oacute;n. Seg&uacute;n la empresa, las marcas de ropa Under Armour y Nike redujeron sus pedidos debido a la pandemia. Situaci&oacute;n que niegan al menos dos obreros que contin&uacute;an dentro de la maquila. Aseguran que la producci&oacute;n ha mantenido su ritmo habitual.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Baquedano y Meza fueron despedidas sin previa notificación y tras haberse visto obligadas a trabajar estando enfermas. Más de 150 trabajadores han denunciado la situación."
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            <span class="title">
                Baquedano y Meza fueron despedidas sin previa notificación y tras haberse visto obligadas a trabajar estando enfermas. Más de 150 trabajadores han denunciado la situación.                            </span>
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        El 27 de julio, los m&aacute;s de 800 trabajadores que se presentaron a trabajar, notaron que dos largas filas se extend&iacute;an en la entrada de la maquila.&nbsp;Quienes marcaran su carnet pod&iacute;an ingresar. A quienes no les marcara, significaba que estaban despedidos y deb&iacute;an pasar a retirar sus cheques.
    </p><p class="article-text">
        Un grupo de 50 trabajadores, liderados por Baquedano, rechazaron retirar sus cheques. Se dirigieron al Ministerio del Trabajo para consultar el porqu&eacute; de sus despidos. En el Ministerio de Trabajo se les inform&oacute; que los despidos ya hab&iacute;an sido acordados con los sindicatos de la empresa en junio.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Trabajamos bajo pandemia, trabajamos enfermos con COVID-19, yo traje el contagio para mi casa, todas llevamos el contagio a nuestros hogares&rdquo;, dice.&nbsp; Extiende una pausa &mdash;a causa del recuerdo de Cerda&mdash; y dice: &ldquo;Me preocupa la violencia que vivimos humanamente, laboralmente, en esta industria&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Baquedano se pone en pie y camina hacia una peque&ntilde;a mochila ubicada frente a ella. Contiene papeles. Entre ellos, el documento del acuerdo sindical con el gobierno y varias epicrisis. Constatan que la mayor&iacute;a, como ella, sufre de enfermedades cr&oacute;nicas, lo cual violenta otro acuerdo firmado por la empresa en el cual se detalla que aquellas personas cr&oacute;nicas ser&iacute;an enviadas a sus casas con goce de salarios por la pandemia. Ella tiene c&aacute;ncer de tiroides.
    </p><p class="article-text">
        En un pa&iacute;s sumergido por una crisis, los temas pol&iacute;ticos est&aacute;n a la puerta de todas las agendas. Desde la llegada a casa de Baquedano, cuenta que su padre fue preso pol&iacute;tico por participar en las protestas de 2018. Comparte que fue tal el asedio que sufri&oacute; su familia en ese entonces, que perdi&oacute; el miedo a denunciar. El pasado 4 de septiembre denunci&oacute; junto a 159 compa&ntilde;eros por la v&iacute;a legal a la empresa para que se les reintegre a sus puestos. Pero advierte de la afinidad que existe entre el Ministerio de Trabajo y los sindicatos con el partido del Frente Sandinista, que gobierna el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De bordar a la ropa usada</strong>
    </p><p class="article-text">
        Meza, la bordadora que trabajaba con &ldquo;la abuelita&rdquo;, pas&oacute; varias horas al sol el d&iacute;a de los despidos. No pudo negarse a recibir el cheque, ten&iacute;a varias deudas por pagar. Pero su liquidaci&oacute;n se redujo a 323 d&oacute;lares, un pago que Meza no considera justo. Por los ocho a&ntilde;os de trabajo y su sueldo de 200 al mes, seg&uacute;n la ley, tuvo que recibir, al menos 1.600. Aunque tiene 27 a&ntilde;os, padece de diabetes, hipertensi&oacute;n, sufre de tendinitis en un hombro, de t&uacute;nel de carpio en ambas manos, y tuvo un accidente laboral que le dej&oacute; da&ntilde;ado un nervio de una pierna de forma permanente, todas estas enfermedades que desarroll&oacute; durante los a&ntilde;os que trabaj&oacute; dentro de la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces, vende ropa usada. Vive cerca del Sistema Penitenciario La Modelo y aprovecha los d&iacute;as de visitas, porque se vuelve transcurrida la zona para vender. Algunos d&iacute;as gana entre 50 c&oacute;rdobas (1,44 d&oacute;lares) y 100 (2,89 d&oacute;lares) al d&iacute;a. Entre risas, dice que una vez vendi&oacute; apenas 10 c&oacute;rdobas, es decir 0,28 d&oacute;lares. &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Varias mujeres entran a trabajar en la maquila New Holland en su turno de la mañana. Tras un masivo despido, la empresa contrató personal para suplir las vacantes.                            </span>
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        Su madre por otro lado, contin&uacute;a laborando para New Holland. Aunque no por mucho tiempo: le dieron una extensi&oacute;n del contrato por dos meses. El padre de Meza cuenta solo con una pensi&oacute;n reducida. Y tiene tres ni&ntilde;os. Su hija de cuatro a&ntilde;os padece de epilepsia, por lo que tiene grandes gastos en medicamentos.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la madre de Meza, no ha habido ninguna alteraci&oacute;n en los pedidos, asegura que el trabajo contin&uacute;a igual. New Holland reasign&oacute; personal en las &aacute;reas donde antes estaban las personas despedidas, como su hija, que espera que la contraten de nuevo: &ldquo;La situaci&oacute;n econ&oacute;mica del pa&iacute;s est&aacute; dura, y pues los reales (dinero) se van r&aacute;pido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta es la historia de una doble crisis, la sanitaria y la sociopol&iacute;tica. Tambi&eacute;n es la de cientos de trabajadoras que debieron tratarse a su suerte desde sus hogares, un despido masivo de personas con enfermedades cr&oacute;nicas y una obrera cuya causa real de muerte pudo no ser reconocida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Indiana Cajina, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empresa-textil-nicaragua-fabrica-nike-oculta-brote-posibles-muertes-coronavirus_130_6483394.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Dec 2020 20:50:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nicaragua,Industria textil,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/coronavirus-explotar-peor-crisis-excapital-mundial-pantalones-vaqueros_130_6477469.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/68f84423-a00a-4126-a575-c39fe186f3cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Tehuacán, la excapital mundial de la fabricación de vaqueros, los salarios de la industria textil han bajado, el trabajo ha disminuido y se ha perdido el 40% de los empleos. Lejos ha quedado la época de bonanza, ahora el municipio vive su tercera recesión en lo que va del siglo.</p><p class="subtitle">De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia</p></div><p class="article-text">
        Una puerta corrediza hecha de aluminio y hojas de vidrio conecta la calle sin pavimentar con el amplio dormitorio de Patricia Hern&aacute;ndez Reyes. El piso de tierra consigna las huellas de los zapatos.
    </p><p class="article-text">
        Desde abril de 2020, la habitaci&oacute;n de paredes sin resanar funciona tambi&eacute;n como su lugar de trabajo y el sal&oacute;n de clase de sus dos hijos adolescentes. Por eso, adem&aacute;s de la vieja cama de madera sin colch&oacute;n, hay dos m&aacute;quinas de coser de segunda mano.
    </p><p class="article-text">
        Sin titubeo, la mujer de 33 a&ntilde;os elige sentarse en una silla de pl&aacute;stico frente a una de las m&aacute;quinas y permanece inm&oacute;vil, aunque su mirada inquieta va de un lado a otro. A finales de mayo, ella y su mam&aacute; pidieron un pr&eacute;stamo de 20 mil pesos mexicanos (775 euros) para comprarlas y as&iacute; conseguir un ingreso extra.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Una mujer trabaja en un taller familiar rodeada de sus hijos ya que no van a la escuela por la suspensión de clases por la emergencia de la Covid-19."
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            <span class="title">
                Una mujer trabaja en un taller familiar rodeada de sus hijos ya que no van a la escuela por la suspensión de clases por la emergencia de la Covid-19.                            </span>
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        Aunque todo vaya en contra, Patricia sonr&iacute;e reiteradamente: sumandos los intereses, su deuda asciende a 45.000 pesos mexicanos (1.747 euros), que deber&aacute; liquidar en un plazo m&aacute;ximo de 18 meses.
    </p><p class="article-text">
        La epidemia de coronavirus afect&oacute; su econom&iacute;a y la de miles de familias que dependen de la industria de la confecci&oacute;n en Tehuac&aacute;n, el segundo municipio m&aacute;s poblado del estado de Puebla, con 319.000 habitantes. El desarrollo econ&oacute;mico de este lugar depende principalmente de la industria manufacturera, pero no hay datos actualizados sobre el n&uacute;mero de maquilas de confecci&oacute;n vigentes y el n&uacute;mero de personas que emplean.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A finales de marzo, el gobierno mexicano declar&oacute; al pa&iacute;s en emergencia sanitaria y orden&oacute; la suspensi&oacute;n temporal de las actividades no esenciales, as&iacute; como el resguardo de la poblaci&oacute;n trabajadora en sus domicilios.
    </p><p class="article-text">
        Algunas maquilas de confecci&oacute;n en Tehuac&aacute;n pararon operaciones. Muchas otras detuvieron sus l&iacute;neas de producci&oacute;n de ropa para incursionar en la fabricaci&oacute;n de productos sanitarios como mascarillas, batas quir&uacute;rgicas e incluso bolsas para guardar cad&aacute;veres.
    </p><p class="article-text">
        La peque&ntilde;a maquiladora sin nombre donde labora Hern&aacute;ndez no fue la excepci&oacute;n. Primero pas&oacute; de fabricar pantalones de mezclilla para el mercado nacional a mascarillas. Pero cuando la producci&oacute;n se agot&oacute;, la empresa suspendi&oacute; las actividades y el salario de su personal durante una semana y, despu&eacute;s, durante un mes y medio m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En junio, la empresa retom&oacute; su labor, pero a partir de entonces s&oacute;lo emple&oacute; a Patricia Hern&aacute;ndez y a otras seis costureras durante dos d&iacute;as a la semana y no siete como antes, por lo que les redujo el salario. Antes ganaban 800 pesos a la semana (31 euros) y ahora 500 (20 euros) si les va bien. Adem&aacute;s, su sueldo es abonado de manera paulatina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Apoy&aacute;ndose en los trabajos de costura que realiza por su cuenta y, ocasionalmente, de la venta de gelatinas, donas y aretes de fibra que ella misma hace, Hern&aacute;ndez intenta sobrellevar los gastos que le significa ser madre soltera en tiempos de pandemia. &ldquo;Me veo obligada a buscar diferentes formas para pagar mi pr&eacute;stamo y sacar adelante a mi familia. A veces tengo que velar para sacar el trabajo o quitarme el pan de la boca&rdquo;, menciona.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La tercera crisis y la peor</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mart&iacute;n Barrios Hern&aacute;ndez gu&iacute;a el recorrido por Tehuac&aacute;n, territorio que a finales de 1990 fue considerado la capital mundial de los pantalones vaqueros, por el auge de sus maquilas de mezclilla que fabricaban prendas de pr&aacute;cticamente todas las marcas globales, como Levi's, Calvin Klein, Guess y Tommy Hilfiger.
    </p><p class="article-text">
        El hombre, de ojos peque&ntilde;os y nariz ancha, viste c&oacute;modo: tenis, pantal&oacute;n de manta y una playera negra con letras blancas que dice <em>Defender es proteger nuestro territorio</em>. A sabiendas de que ser&aacute; una jornada larga, trae consigo una mochila en la que introdujo un su&eacute;ter y una libreta.
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                Martín Barrios, activista por los Derechos Humanos y laborales en el Valle de Tehuacán.                            </span>
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        A sus 48 a&ntilde;os, el activista es un referente de la lucha obrera e ind&iacute;gena en el lugar que vio nacer a la etnia popolaca, tras haber dedicado m&aacute;s de la mitad de su vida a acompa&ntilde;ar y a asesorar estas causas. Para ello fund&oacute;, en 2002, la Comisi&oacute;n de Derechos Humanos y Laborales del Valle de Tehuac&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El aprecio que le tienen las obreras es notorio, pese a la distancia f&iacute;sica que deben guardar para evitar la propagaci&oacute;n de la COVID-19. Se conectan mediante los recuerdos de sus haza&ntilde;as y el cruce de miradas c&oacute;mplices.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De los cinco hogares de costureras visitados, el de Patricia Hern&aacute;ndez es el m&aacute;s alejado de la zona metropolitana de Tehuac&aacute;n. Se encuentra en Santa Ana Teloxtoc, localidad de 1.300 habitantes caracterizada por su alto grado de marginaci&oacute;n. El trayecto es de 43 kil&oacute;metros en carretera hasta topar con un terreno plano de cactus y yucas, ubicado al pie de los cerros Viejo y de la Tar&aacute;ntula.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los 40 minutos de traslado en veh&iacute;culo son insuficientes para agotar la charla con Mart&iacute;n Barrios, cuya memoria es una enciclopedia sobre la historia de la industria del vestido en Tehuac&aacute;n. En sus p&aacute;ginas consta la instalaci&oacute;n de las primeras maquilas de confecci&oacute;n en la d&eacute;cada de 1960, as&iacute; como el empuje que tuvo el sector 30 a&ntilde;os despu&eacute;s, con la firma del Tratado de Libre Comercio de Am&eacute;rica del Norte.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="La carretera que sale de Tehuacán y lleva a Santa Ana Teloxtoc, un barrio marginal donde viven algunas maquileras."
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            <span class="title">
                La carretera que sale de Tehuacán y lleva a Santa Ana Teloxtoc, un barrio marginal donde viven algunas maquileras.                            </span>
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        Lejos de la bonanza, hay un cap&iacute;tulo que consigna las peores crisis. Destacan las de 2001 y 2007, originadas por la contracci&oacute;n de la econom&iacute;a en Estados Unidos, primero a causa de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York y despu&eacute;s por la crisis hipotecaria que atraves&oacute; aquel pa&iacute;s. Ambos episodios provocar&iacute;an que los salarios de la poblaci&oacute;n obrera se redujeran a la mitad y que migraran de Tehuac&aacute;n la mayor&iacute;a de las marcas globales, empujando as&iacute; la consolidaci&oacute;n de un mercado prioritariamente nacional, que es el que perdura.
    </p><p class="article-text">
        La crisis de 2020 a causa de la Covid-19 ser&iacute;a la peor, de acuerdo con Mart&iacute;n y las obreras consultadas. Esto es as&iacute; porque en otros momentos, tuvieron al menos la posibilidad de protestar para cambiar sus condiciones laborales, a diferencia de hoy que ni siquiera se re&uacute;nen por temor a contagiarse de la enfermedad.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, porque los tribunales laborales permanecieron cerrados seis meses, lo que imposibilit&oacute; que las empleadas se quejaran formalmente de los posibles abusos y arbitrariedades cometidos por sus empleadores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con la voz &aacute;spera que lo caracteriza, Mart&iacute;n advierte que los momentos de crisis son cruciales porque es cuando m&aacute;s se precarizan las condiciones de trabajo, al ser aprovechados por los patrones y los sindicatos para &ldquo;cargar el costo a los obreros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Costureras de mascarillas</strong>
    </p><p class="article-text">
        Sobre la m&aacute;quina de coser, hay una pila de rect&aacute;ngulos de tela quir&uacute;rgica que Patricia Hern&aacute;ndez transformar&aacute; en mascarillas para protegerse de la Covid-19. Sentada frente a su herramienta de trabajo, la mujer de piel tostada y cabellera oscura muestra c&oacute;mo lo hace.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Primero toma un trozo de tela azul y h&aacute;bilmente desliza el contorno por la aguja de la m&aacute;quina previamente alimentada con carretes de hilo del mismo color. En menos de un minuto, termina el dobladillo. Para finalizar, coloca el el&aacute;stico a la pieza y la deshebra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La actividad parece sencilla porque est&aacute; a cargo de una costurera que ha trabajado durante 12 a&ntilde;os en diferentes maquiladoras de Tehuac&aacute;n, de las que ha tenido que salir ya sea porque le disminuyen el salario o simplemente porque las cierran.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hern&aacute;ndez no eligi&oacute; dedicarse a este oficio, pero se embaraz&oacute; de su primer hijo al terminar el bachillerato. Como muchas otras mujeres de Tehuac&aacute;n, ces&oacute; los estudios y se incorpor&oacute; a la industria maquilera como una opci&oacute;n de sobrevivencia.&nbsp;
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                    alt="Taller en Santa Ana Teloxtoc, a 60 km de Tehuacán, donde confeccionan ropa médica."
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            <span class="title">
                Taller en Santa Ana Teloxtoc, a 60 km de Tehuacán, donde confeccionan ropa médica.                            </span>
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        Ella hubiera preferido destinar m&aacute;s tiempo al b&eacute;isbol, el deporte que la apasiona y que varios integrantes de su familia han practicado como pasatiempo. Evidentemente emocionada, presume que fue la primera mujer de Santa Ana Teloxtoc que jug&oacute; en una liga fuera de su comunidad. Como prueba, muestra las fotos que atesora en su cuenta de Facebook.
    </p><p class="article-text">
        La jefa de familia se sujeta a su m&aacute;quina de coser. Entrecruza las manos para un mejor agarre y clava la mirada en la torre de tela para mascarillas que tiene a su izquierda. Comenta que pese al adeudo que contrajo, la compra de este aparato le ha permitido tener un ingreso extra ahora que el trabajo en la maquila donde labora disminuy&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Como ella, muchas personas y grupos familiares en Tehuac&aacute;n debutaron en la manufactura de productos sanitarios, en su intento de conservar el empleo durante la etapa m&aacute;s cr&iacute;tica de la pandemia de la Covid-19. Tambi&eacute;n incursionaron en el negocio las grandes maquiladoras y los peque&ntilde;os talleres de costura que han proliferado en el lugar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En marzo pasado, las trabajadoras de Tehuac&aacute;n llegaron a fabricar m&aacute;s de un mill&oacute;n de mascarillas a la semana para el consumo local y para ser enviadas a China y Estados Unidos, seg&uacute;n la C&aacute;mara de la Industria del Vestido en Tehuac&aacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, reconoci&oacute; que esta actividad, que coloc&oacute; a la ex <em>capital mundial de los</em> <em>blue jeans</em> como la principal proveedora de mascarillas a nivel nacional, gener&oacute; un ingreso mucho menor que el de la confecci&oacute;n de prendas de vestir.
    </p><p class="article-text">
        La mano de obra fue la m&aacute;s resentida. Los testimonios de las obreras entrevistadas coinciden en se&ntilde;alar dos situaciones: que los patrones de las grandes maquiladoras y de los peque&ntilde;os talleres recortaron a la mitad los salarios, y que en otros casos dejaron de asumir el costo total de la jornada laboral para pagar por pieza de mascarilla elaborada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todo ello, pese a la dificultad que signific&oacute; para el personal costurar las mascarillas con la maquinaria que utilizan para las prendas de mezclilla que son mucho m&aacute;s gruesas. Las m&aacute;quinas de coser no funcionaban o se atoraban.
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                    alt="Una mujer ajusta una pieza de ropa a la máquina de coser en un taller donde se confecciona material sanitario."
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            <span class="title">
                Una mujer ajusta una pieza de ropa a la máquina de coser en un taller donde se confecciona material sanitario.                            </span>
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        Las personas y familias que hicieron negocio por su cuenta tuvieron que enfrentarse, en tanto, a los precios impuestos por los &ldquo;coyotes&rdquo; &ndash;personas que fungen como intermediarios con los empleadores&ndash;, quienes est&aacute;n pagando entre 30 y 70 centavos (US$0.014 y US$0.033, respectivamente) la hechura de cada mascarilla.
    </p><p class="article-text">
        De junio a septiembre, Patricia Hern&aacute;ndez elabor&oacute; 4,500 mascarillas sencillas (las que no tienen tablones) con su propia m&aacute;quina de coser, pero el coyote con el que hizo negocio se las pag&oacute; al precio m&aacute;s bajo del mercado. La mujer que quer&iacute;a ser beisbolista apenas pudo ganar 1,350 pesos (US$64), 55 mascarillas por d&oacute;lar.
    </p><p class="article-text">
        Debido a la poca ganancia que obtuvo de la hechura de mascarillas y a que la maquila donde laboraba dej&oacute; de pagarle el de por s&iacute; recortado salario, en octubre, Hern&aacute;ndez dej&oacute; atr&aacute;s la costura y acept&oacute; un trabajo para hacer tortillas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El despido de trescientas</strong>
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de la costurera Patricia Hern&aacute;ndez, Ang&eacute;lica Carrera Reyes habita en la zona urbana de Tehuac&aacute;n, que concentra 80% de la poblaci&oacute;n del municipio y tambi&eacute;n la mayor&iacute;a de los complejos maquileros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La din&aacute;mica del espacio p&uacute;blico retrata esta realidad. El movimiento alrededor de las f&aacute;bricas inicia a partir de las 7:30, cuando el personal empieza a arribar a los centros de trabajo que, en algunos casos, carecen de insignia que los identifique. La mayor&iacute;a de las personas se traslada a pie o en bicicleta. Otras van en transporte p&uacute;blico y las menos se mueven en motocicleta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es viernes a las ocho de la ma&ntilde;ana. La jornada en la f&aacute;bricas arranca, mientras Carrera arriba a su casa. Acaba de regresar del mercado de su colonia donde compr&oacute; su despensa porque ah&iacute; todo es m&aacute;s barato. Viste pantal&oacute;n de mezclilla y sudadera rosa. El armaz&oacute;n de sus lentes topa con la visera de su gorra.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre de tres hijos se encuentra desempleada desde agosto pasado. De otra manera no estar&iacute;a en su domicilio, sino en las instalaciones de la maquiladora Hera Apparel, un amplio complejo de muros de tabique gris donde laboraba.
    </p><p class="article-text">
        El 31 de julio pasado, sin previo aviso, esta empresa dedicada a la fabricaci&oacute;n de prendas de mezclilla para la marca estadounidense True Religion se declar&oacute; en quiebra, dejando sin empleo a unas 300 personas, en su mayor&iacute;a mujeres. Ang&eacute;lica Carrera y su esposo se cuentan en esta lista. Ella pegaba tapas a los bolsillos traseros de los pantalones.
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k6oTNFOQuBe8ekwutvk" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Cerca del 40% del personal de las maquiladoras de confecci&oacute;n instaladas en el municipio fue despedido por el cierre de varias empresas, seg&uacute;n la C&aacute;mara de la Industria del Vestido en Tehuac&aacute;n. A otra parte del personal lo mandaron a descansar indefinidamente sin goce de sueldo, tras el impacto econ&oacute;mico que produjo el brote de coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        El caso de Hera Apparel, dedicada a la fabricaci&oacute;n de prendas de vestir de exportaci&oacute;n e importaci&oacute;n, fue el m&aacute;s sonado por el n&uacute;mero de personas que resultaron afectadas. Tambi&eacute;n porque varias de ellas se atrevieron a denunciar p&uacute;blicamente que la empresa les estaba ofreciendo &uacute;nicamente 35% de lo que les correspond&iacute;a por concepto de liquidaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica Hern&aacute;ndez se neg&oacute; a recibir los 10,400 pesos (US$490) que pretend&iacute;an darle los due&ntilde;os de Hera Apparel por siete a&ntilde;os de trabajo. Le pareci&oacute; una injusticia porque cuando la despidieron de la maquiladora Tarrant Apparel Group, por el cierre de operaciones en 2003, le dieron 17,000 pesos (US$809) por dos a&ntilde;os y ocho meses de servicio.
    </p><p class="article-text">
        La mujer de cara redonda y semblante afable pide a las autoridades mexicanas atender de manera urgente la situaci&oacute;n que se vive en Tehuac&aacute;n, donde se cuentan por miles las y los obreros que perdieron su fuente de trabajo durante la pandemia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ojal&aacute; que esto llegue a o&iacute;dos del gobierno que piensa que nos liquidaron muy bien, pero no es cierto. Que sepan que mucha gente que trabajamos en las maquilas perdimos nuestra fuente de trabajo y que seguimos en el desempleo&rdquo;, dice Ang&eacute;lica. Su pose de brazos entrecruzados refrenda su demanda.
    </p><p class="article-text">
        La Confederaci&oacute;n Patronal Mexicana calcul&oacute; que se perdieron 12,000 de los 40,000 empleos que genera la industria maquiladora, as&iacute; como los hoteles y restaurantes, desde que inici&oacute; la cuarentena.
    </p><p class="article-text">
        Tras el cierre de Hera Apparel, la patronal se fue de Tehuac&aacute;n, por lo que no fue posible consultarlos durante el trabajo de campo. Posteriormente, se les pidi&oacute; entrevista v&iacute;a telef&oacute;nica, pero al cierre de esta edici&oacute;n no hubo respuesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tres m&aacute;quinas como liquidaci&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica Carrera cruza el comedor de su casa, que tambi&eacute;n es una habitaci&oacute;n, y avanza hacia la cocina. Topa con un peque&ntilde;o cuarto te&ntilde;ido de lila, donde hay amontonadas tres m&aacute;quinas de coser de segunda mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el pago en especie que recibi&oacute; como liquidaci&oacute;n por parte de Hera Apparel, luego de que se uniera al peque&ntilde;o grupo que decidi&oacute; exigir lo que les correspond&iacute;a por ley. Aunque el valor de los aparatos no satisface lo que marca la legislaci&oacute;n mexicana, s&iacute; supera los 10,400 pesos (US$490) que inicialmente le ofrec&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        La liquidaci&oacute;n es la indemnizaci&oacute;n que el patr&oacute;n debe pagar cuando la responsabilidad de la rescisi&oacute;n es suya. La Ley Federal de Trabajo de M&eacute;xico establece que este pago se compone de tres meses de salario por concepto de indemnizaci&oacute;n, 20 d&iacute;as de sueldo por cada a&ntilde;o trabajado, una prima de antig&uuml;edad, m&aacute;s la parte proporcional de las prestaciones.
    </p><p class="article-text">
        La costurera se coloca frente una de las m&aacute;quinas que obtuvo. Dice que a&uacute;n no sabe qu&eacute; hacer con ellas. Una opci&oacute;n es venderlas y la otra es montar su propio taller. Ambos caminos son complicados: las m&aacute;quinas requieren reparaci&oacute;n y es dif&iacute;cil emprender un negocio en el contexto actual, reflexiona.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Angélica posa para un retrato junto a las máquinas de coser que le dieron como indemnización tras su despido.                            </span>
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        Antes de cumplir la mayor&iacute;a de edad, Ang&eacute;lica se inici&oacute; en el oficio de la aguja y la tela para poder mantener a su primer hijo. Con 28 a&ntilde;os de trayectoria, la mujer fracasa en su intento por contabilizar todas las maquiladoras donde trabaj&oacute;. Recuerda que la primera fue Dise&ntilde;os Hank, que ya no existe. Despu&eacute;s vinieron otras peque&ntilde;as de producci&oacute;n de camisas y pantalones, donde no tuvo prestaciones.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su paso por la maquiladora Tarrant Apparel Group, 17 a&ntilde;os atr&aacute;s, fue el m&aacute;s significativo. En esa f&aacute;brica propiedad del empresario de origen liban&eacute;s Kamel Nacif &ndash;popularmente conocido como <em>El rey de la mezclilla</em>&ndash; se gest&oacute; la primera lucha independiente del sector obrero en Tehuac&aacute;n, de la que fue part&iacute;cipe. Entre marchas y paros laborales, conoci&oacute; y aprendi&oacute; a defender sus derechos humanos y laborales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces conoci&oacute; tambi&eacute;n a Mart&iacute;n Barrios, un amante del punk que al enterarse de los abusos patronales que ocurr&iacute;an en Tarrant, como despidos injustificados, reparti&oacute; un volante en el que llamaba a la organizaci&oacute;n obrera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El panfleto ser&iacute;a el detonante del movimiento que luch&oacute; por arrancar el poder a la Confederaci&oacute;n Regional Obrera Mexicana, acusada de ser un sindicato leal a los intereses patronales y ajeno a las causas de la poblaci&oacute;n trabajadora. Y aunque lograron el objetivo, Tarrant termin&oacute; por cerrar sus puertas y, como consecuencia de la presi&oacute;n ejercida, las y los trabajadores pudieron al menor tener una liquidaci&oacute;n justa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mart&iacute;n Barrios y Ang&eacute;lica Carrera permanecen en contacto desde entonces. Luego de varios meses sin encontrarse producto de la epidemia de la Covid-19 y de sus propias rutinas, se saludan de forma afectuosa. En un di&aacute;logo fluido, intercambian informaci&oacute;n sobre su situaci&oacute;n actual, sobre sus familiares y las personas que ambos conocen.
    </p><p class="article-text">
        Antes de despedir a las visitas, Carrera convida de los pl&aacute;tanos y manzanas que compr&oacute; esa ma&ntilde;ana en el mercado local, el &uacute;nico lugar donde se surte desde su despido de Hera Apparel para intentar estirar al m&aacute;ximo el poco ahorro que le queda. Ni ella ni su marido han podido conseguir empleo.
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                Trabajadoras de la maquiladora Top Jean salen de la planta al terminar su jornada laboral.                            </span>
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        Barrios sostiene que los derechos laborales en la industria textil de Tehuac&aacute;n han ido en picada a partir de 2008. Y es que ahora la poblaci&oacute;n obrera demanda el acceso a un empleo para subsistir, obviando el tema de las prestaciones sociales. Adem&aacute;s, las batallas ya no son para conseguir un contrato colectivo, sino para que las maquilas indemnicen lo mejor posible o simplemente porque no se vayan sin pagar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La crisis por la Covid-19 consolid&oacute; el retroceso. El momento fue aprovechado por los empresarios del sector para acelerar la aplicaci&oacute;n de medidas a su conveniencia, tales como la modificaci&oacute;n unilateral de las condiciones de trabajo, la disminuci&oacute;n de los salarios y el recorte indiscriminado de la planta laboral.
    </p><p class="article-text">
        Son las 13 horas de aquel viernes. El sector obrero vuelve a apropiarse de las calles de Tehuac&aacute;n, esta vez con tupper en mano. En peque&ntilde;os grupos, comen sobre aceras y camellones. Quienes no llevan almuerzo, compran en los puestos callejeros. El m&aacute;s caracter&iacute;stico es el de las mujeres de Santa Mar&iacute;a Coapan, que tienen fama de hacer las mejores tortillas de la regi&oacute;n. En canastas y bolsas de mandado t&iacute;picas transportan, flautas y tacos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las obreras consultadas refieren que s&iacute; existen medidas para evitar los contagios de la&nbsp; Covid-19 al interior de las maquilas, como la obligatoriedad de usar la mascarilla y de desinfectarse las manos al ingresar. Pero guardar la sana distancia es pr&aacute;cticamente imposible en ese ambiente.
    </p><p class="article-text">
        La salida de las f&aacute;bricas es a las 18 horas, salvo para quienes cumplen jornada extra. Se observa de nuevo el desfile de la clase trabajadora. Las manos te&ntilde;idas de azul por el contacto permanente con la mezclilla delatan al sector.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las trabajadoras cuentan muchas historias sobre los patrones y los encargados de las maquilas. La mayor&iacute;a son de maltrato y abuso hacia las personas que est&aacute;n a su cargo, tanto en el trato cotidiano como en el ejercicio de sus derechos laborales. Para el caso de las obreras se suman situaciones de acoso y abuso sexual que permanecen en la impunidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; ser&iacute;a si cada prenda de mezclilla, si cada mascarilla, llevara grabada en su etiqueta la historia de la persona que la maquil&oacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Flor Goche, Gerardo Magallón, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/coronavirus-explotar-peor-crisis-excapital-mundial-pantalones-vaqueros_130_6477469.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Dec 2020 21:47:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[México,Industria textil,Crisis,Covid-19]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empleadas-gigante-textil-guatemala-golpeadas-exigir-derechos-laborales-durante-pandemia_130_6476879.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6245b37-eb9b-4f6c-808e-7c46a5e8f663_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La compañía Winners, propiedad de la macroempresa surcoreana SA-E,  resultó ser el escenario de una paliza y del despido de tres mujeres sindicalistas.</p></div><p class="article-text">
        La l&iacute;der sindical dice que cerr&oacute; los ojos. Se aferr&oacute; con sus manos a una reja de metal del &aacute;rea de producci&oacute;n de la f&aacute;brica. Sinti&oacute; los tirones de cabello y los pu&ntilde;etazos en su rostro. Dos compa&ntilde;eras fueron golpeadas y amenazadas de muerte por protegerla. Ella resisti&oacute; varios minutos. Hasta que sinti&oacute; el dolor de una mordida quem&aacute;ndole la mano izquierda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres trabajadoras la golpearon. La llevaron a la oficina de recursos humanos de su f&aacute;brica, ante la mirada de muchas empleadas. As&iacute; lo atestigua un v&iacute;deo que un empleado grab&oacute; con su m&oacute;vil. Seg&uacute;n la sindicalista, la llevaban para obligarla a firmar su renuncia. El 7 de septiembre de 2020, Odilia Caal puso fin a la fuerza a su contrato con la maquila textil Winners, tras 14 a&ntilde;os de trabajo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres semanas despu&eacute;s de la paliza, relata su historia en la mesa de un caf&eacute; del centro hist&oacute;rico de Ciudad de Guatemala. La sindicalista de metro y medio de estatura y fuertes brazos dirige su mirada a la fuerte lluvia que cae en el exterior. Algunas l&aacute;grimas se asoman en sus ojos negros, pero se contiene. &ldquo;No he llorado, ni voy a llorar&rdquo; dice Caal, de 32 a&ntilde;os, ahora exempleada de Winners y fundadora de Sitrawinners, un peque&ntilde;o sindicato que agoniza.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Odilia Caal creó su propio sindicato en 2016 al identificar abusos laborales  dentro de la maquila."
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            <span class="title">
                Odilia Caal creó su propio sindicato en 2016 al identificar abusos laborales  dentro de la maquila.                            </span>
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        Winners fabrica prendas para las marcas GAP, Banana Republic, Old Navy y para los grandes almacenes Walmart, en Canad&aacute;, Estados Unidos y M&eacute;xico. Es una de las seis f&aacute;bricas que el gigante textil surcoreano SAE-A tiene tiene en Guatemala, el primer pa&iacute;s al que lleg&oacute; fuera del continente asiatico, en 2003.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La relaci&oacute;n diplom&aacute;tica con Corea del Sur comenz&oacute; en 1962. Pero fue en1974 cuando el pa&iacute;s asi&aacute;tico abri&oacute; en el pa&iacute;s su primera sede de Centroam&eacute;rica. Seg&uacute;n la C&aacute;mara Guatemalteca Coreana de Comercio (CGCC), hay unos 10.000 residentes surcoreanos. Alrededor de 150 empresas se dedican a la industria textil, lo que representa el 40% del sector.
    </p><p class="article-text">
        La maquila surcoreana Winners est&aacute; en un complejo de bodegas privadas de m&aacute;xima seguridad en el municipio de Mixco, a 13 kil&oacute;metros del centro de la Ciudad de Guatemala. Desde 2005, no paga aranceles, impuestos de importaci&oacute;n ni IVA por los productos que ingresan al pa&iacute;s como materia prima para sus actividades, un beneficio que aplica a todas las maquilas en el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Casi veinte a&ntilde;os despu&eacute;s, Winners fue una de las compa&ntilde;&iacute;as autorizadas como industria esencial durante el confinamiento por la COVID-19. Llegado ese momento, Odilia Caal dice que ya era muy inc&oacute;moda para la empresa. En marzo, trabajaba para la reinstalaci&oacute;n de siete compa&ntilde;eros despedidos en 2018 de manera injusta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Centroam&eacute;rica, SA-E tambi&eacute;n tiene maquilas en Costa Rica y Nicaragua. En este &uacute;ltimo pa&iacute;s, hay un precedente de presunto acoso y despido de tres sindicalistas por parte de la empresa que lleg&oacute; a los tribunales y concluy&oacute; con la reincorporaci&oacute;n de dos de ellos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los siete trabajadores de Winners en Guatemala tambi&eacute;n ganaron el juicio, con apoyo de organizaciones y de Caal. Lograron regresar a sus puestos. Esto, dice la sindicalista, molest&oacute; a la empresa, que advirti&oacute; al resto de trabajadores que si judicialmente se ordenaban m&aacute;s reinstalaciones, iban a cerrar y todos perder&iacute;an sus trabajos. Esto provoc&oacute;, seg&uacute;n Caal, la paliza que recibi&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Caal denunci&oacute; ante la Fiscal&iacute;a. Asegura que Winners utiliz&oacute; a integrantes del otro sindicato mayoritario para golpearla y obligarla a irse. La violencia contra la sindicalista es comprobable en los v&iacute;deos que algunos trabajadores grabaron aquel 7 de septiembre y que le compartieron a Caal. No es posible verificar que las tres mujeres fueran obligadas por la empresa a golpearla porque Winners evit&oacute; dar declaraciones.
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                    alt="Un guardia de seguridad pasea en los alrededores de la maquila Winners, la cual es propiedad de la empresa surcoreana SAE-A"
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                Un guardia de seguridad pasea en los alrededores de la maquila Winners, la cual es propiedad de la empresa surcoreana SAE-A                            </span>
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        Durante m&aacute;s de un mes, El Intercambio solicit&oacute; entrevistas v&iacute;a telef&oacute;nica con los administradores de Winners para contrastar las acusaciones. La jefa de recursos humanos, Alicia Sajch&eacute;, se ofreci&oacute; dar respuestas. En una de las llamadas, declar&oacute;: &ldquo;La lengua no tiene hueso&rdquo; (una manera coloquial de decir que las personas mienten). Yo hablar&eacute; con el gerente y les dir&eacute; cu&aacute;ndo pueden venir&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La jefa de recursos humanos no ha respondido m&aacute;s. Ni el gerente administrativo, Daniel Kim. Ni SA-E, a la que se envi&oacute; un correo electr&oacute;nico al servicio de consultas. Tampoco la Municipalidad de Mixco &mdash;que recibe donaciones de la empresa&mdash;reaccion&oacute; a la solicitud de contacto directo con la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como &uacute;ltimo recurso, el 12 de noviembre, El Intercambio visit&oacute; la sede de Winners. Al ser preguntado por el caso de Odilia Caal, el gerente de la empresa dijo que estaba en horario de trabajo y que no pod&iacute;a responder. Pidi&oacute; a personal de la f&aacute;brica que invitara a salir del lugar a los periodistas. Estos solicitaron un n&uacute;mero de tel&eacute;fono, e indicaron que evaluar&iacute;an dar una respuesta en el futuro.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las 66 autorizadas</strong></h3><p class="article-text">
        El 16 de marzo, el Gobierno de Guatemala anunci&oacute; el cierre del pa&iacute;s durante seis meses por la pandemia de la COVID-19.&nbsp; Al d&iacute;a siguiente, el presidente deleg&oacute; en el ministro de Econom&iacute;a la decisi&oacute;n de qu&eacute; empresas operar&iacute;an como servicios esenciales. Solo once d&iacute;as despu&eacute;s, el Presidente modific&oacute; las medidas y el ministerio dej&oacute; de dar permisos para operar. En teor&iacute;a, ya solo autorizaba transporte. Una forma alternativa de permitir el funcionamiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La autorizaci&oacute;n favoreci&oacute; a 7.487 empresas. Entre estas, 66 maquilas recibieron permisos como industria esencial. El Gobierno nunca dio los nombres &mdash;aunque se solicitaron mediante ley de acceso a la informaci&oacute;n y a trav&eacute;s del departamento de comunicaci&oacute;n del ministerio&mdash;, pero fueron <a href="https://es.scribd.com/document/485808337/Maquilas-autorizadas-como-servicio-esencial-en-Guatemala" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">obtenidos por El Intercambio a trav&eacute;s del grupo parlamentario Semilla</a>.&nbsp;
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                    alt="SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia."
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            <span class="title">
                SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia.                            </span>
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        Una cosa fue la burocracia de los permisos y otra, la realidad. La totalidad de las 331 maquilas que operan en Guatemala permanecieron activas. As&iacute; lo admite la patronal textil ocho meses despu&eacute;s. &ldquo;Todas operaron. No cerr&oacute; ninguna. Se mantuvo el trabajo para los empleados&rdquo;, explic&oacute; Alejandro Ceballos, director de la patronal textil Vestex.
    </p><p class="article-text">
        Las denuncias sobre posibles contagios en maquilas llegaron al Ministerio de Trabajo y a la Procuradur&iacute;a de Derechos Humanos (PDH). Estas entidades comenzaron a realizar inspecciones en la tercera semana de abril para determinar si se cumpl&iacute;an medidas de distanciamiento y sanitarias. En la segunda semana de mayo, trascendieron los primeros casos de contagios en maquilas. Algunos alcaldes y diputados pidieron el cierre de estas f&aacute;bricas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cinco trabajadoras de Winners aseguran que el trabajo en la maquila continu&oacute; sin detenerse durante los meses donde se reportaron m&aacute;s contagios. Esto sucedi&oacute; en las f&aacute;bricas de un pa&iacute;s cuya patronal textil calcula que el 46% de sus empleadas son mujeres. Winners no dice lo contrario porque eligi&oacute; no dar declaraciones. Lo cierto es que de m&aacute;s de 15.000 denuncias presentadas en el Ministerio de Trabajo hasta julio, 4 fueron contra Winners por presuntos contagios. Nunca trascendieron los casos.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia.                            </span>
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        Vestex recibi&oacute; una solicitud el 15 de mayo del Consejo Nacional de Organizaci&oacute;n Textiles, la patronal textil de Estados Unidos, para que no cerrara las maquilas. Y se la traslad&oacute; al ministerio de Econom&iacute;a. Como consecuencia, varias empresas se dedicaron a fabricar 80 millones de mascarillas, pero fueron negociaciones privadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los contagios, sostiene Ceballos, se produjeron por no haber cerrado. En las dos primeras semanas de mayo se reportaron 250 casos en dos maquilas: Texpia II, propiedad de SA-E,&nbsp; y KP. Las cifras reales nunca trascendieron. &ldquo;Eso fue el lado malo&rdquo;, opina.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A partir de agosto, el sector maquilero de ropa de Guatemala fue el m&aacute;s competitivo del norte de Centroam&eacute;rica, seg&uacute;n Ceballos, porque gestion&oacute; contratos que los pa&iacute;ses vecinos no pudieron atender. Por dos razones: El Salvador no consider&oacute; industria esencial a la maquila y Honduras prioriz&oacute; la vestimenta sanitaria y las mascarillas.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Con la autorizaci&oacute;n de apertura de las 66 maquilas, el ministro Antonio Malouf , quien antes fue presidente de una f&aacute;brica textil llamada Los Volcanes, benefici&oacute; a empresas del sector de donde proven&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 27 de julio del 2020, directivos de SA-E entregaron por lo menos 5.000 bolsas de alimentos en los municipios de Guatemala donde tiene f&aacute;bricas: San Miguel Petapa, Mixco y Villa Nueva. <a href="http://saeablog.com/archives/1503?ckattempt=2" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En su blog, la compa&ntilde;&iacute;a</a> promocion&oacute; esta entrega. Despu&eacute;s, el 27 de julio,&nbsp; el director de Winners entreg&oacute; al alcalde de Mixco, Neto Bran, otras 2.000 bolsas. La empresa y el pol&iacute;tico publicitaron el acto en sus redes. De la f&aacute;brica que no SA-E dijo nada fue de Texpia 2, ubicada en Villanueva, que cerr&oacute; parcialmente tras detectar por lo menos 29 contagios.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El porqu&eacute; del sindicato</strong></h3><p class="article-text">
        Cuando Odilia Caal comenz&oacute; en 2007 a trabajar en la maquila, acababa de cumplir 18 a&ntilde;os y ten&iacute;a dos hijos, de 1 y 2 a&ntilde;os. Cuenta que entonces era t&iacute;mida, callada y ten&iacute;a miedo de perder su empleo. Hoy se muestra como una mujer ruda, que no admite que llora y trabaja desde fuera por recuperar su trabajo y para mejorar las condiciones de sus afiliados y de otros compa&ntilde;eros.
    </p><p class="article-text">
        Este cambio sustancial tuvo su origen en febrero 2016, tras nueve a&ntilde;os en la empresa. Las venas de las piernas de Caal se inflamaron por trabajar de pie, parada, todo el d&iacute;a para revisar que las prendas no tuvieran ning&uacute;n error. Logr&oacute; que la cambiaran de puesto, pero tambi&eacute;n le redujeron el salario de Q2,600 (272 euros) a Q2,300 (239 euros).&nbsp; No confiaba en el sindicato como para pedir su apoyo.
    </p><p class="article-text">
        La enfermera de la empresa le dio el n&uacute;mero de un abogado, que le ayud&oacute; a crear Sitrawinners, su sindicato. Caal logr&oacute; que una vecina de la f&aacute;brica le prestara una habitaci&oacute;n para la primera reuni&oacute;n, a cambio de que le compraran a ella la comida para la reuni&oacute;n.&nbsp; &ldquo;Todas fueron muy valientes -&mdash;dice mientras&nbsp; r&iacute;e con satisfacci&oacute;n&mdash; sal&iacute;an una por una de la f&aacute;brica y entraban a la casa como si fueran a robar un banco&rdquo;, cuenta Caal, mientras lanza una carcajada.
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            <span class="title">
                Trabajadoras de Winners corren hacia las instalaciones de la maquilas a las 6:30am para no ser penalizadas al retrasarse en su horario de acceso.                            </span>
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        La &uacute;ltima semana de abril de 2016, Caal regres&oacute; al trabajo tras concluir la suspensi&oacute;n. Al llegar, la llamaron a la oficina de administraci&oacute;n y le dijeron que estaba despedida. Pero ella llevaba la acreditaci&oacute;n de secretaria general del nuevo sindicato por lo que, legalmente, no pod&iacute;a ser expulsada de Winners.
    </p><p class="article-text">
        Al frente de su sindicato, Caal busc&oacute; reuniones con el gerente general para defender los derechos del resto de trabajadores. Tambi&eacute;n se opuso a que subieran las metas diarias de producci&oacute;n que son el m&iacute;nimo de trabajo que un empleado debe realizar al d&iacute;a. Igual luch&oacute; para que no se descontaran del sueldo las horas que los&nbsp; trabajadores usan para ir a citas m&eacute;dicas al seguro social.&nbsp; En los meses previos a la pandemia, la sindicalista acompa&ntilde;&oacute; casos de despidos injustificados. Hasta que le pegaron la golpiza.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las mujeres que acudieron a Caal&nbsp;</strong></h3><p class="article-text">
        En las luchas de Caal siempre ha estado Lubia Salazar, de 41 a&ntilde;os.&nbsp; Lleva 10 a&ntilde;os trabajando en la empresa y es su mano derecha en el sindicato.&nbsp; El lunes 16 de marzo de 2020, al regresar a casa, se encontr&oacute; con la noticia del cierre del pa&iacute;s.&ldquo;En la televisi&oacute;n dijeron que s&oacute;lo iban a funcionar empresas de comida, medicinas. Entonces, decid&iacute; no ir (a trabajar) al d&iacute;a siguiente&rdquo;, dice a principios de septiembre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Salazar aparenta m&aacute;s a&ntilde;os de los que tiene y no r&iacute;e apenas. Encoge los hombros y levanta las manos, como un gesto de exculpaci&oacute;n por lo que pas&oacute; despu&eacute;s. Recibi&oacute; un mensaje de la empresa: o se presentaba en su puesto al siguiente d&iacute;a o le descontaban parte de su salario. En Guatemala, el salario m&iacute;nimo para la industria de las maquilas es de Q2,581 por mes (273 euros).&nbsp; Es decir, si Lubia faltaba un d&iacute;a le descontar&iacute;an Q84 (9 euros).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pandemia llev&oacute; a Winners y al sindicato Sitrawinners a posiciones m&aacute;s enfrentadas a&uacute;n. Salazar y Caal presionaron a la empresa para que proporcionar&aacute; autobuses para el traslado del personal y &eacute;sta accedi&oacute;. Pero ambas denuncian que los conflictos no tardaron en llegar: aumento de volumen de trabajo, falta de control sanitario, posibles contagios y los enfrentamientos con la empresa por la reinstalaci&oacute;n de los compa&ntilde;eros expulsados dos a&ntilde;os antes, por los que meses despu&eacute;s Caal firm&oacute; su renuncia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres semanas despu&eacute;s de la agresi&oacute;n, Lubia Salazar nos recibe acompa&ntilde;ada de otras compa&ntilde;eras. Es un ma&ntilde;ana soleada. Contrasta con la mirada opaca de Lubia. Ella observa c&oacute;mo Ericka M&eacute;ndez, de 30 a&ntilde;os, la mira buscando su aprobaci&oacute;n para hablar. La joven se toma de las manos. Se muestra nerviosa. Jam&aacute;s ha contado su caso fuera del c&iacute;rculo de sus compa&ntilde;eras de trabajo. Por eso se cambia el apellido.
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            <span class="title">
                Lubia Salazar durante una reunión con sus compañeras del sindicato.                            </span>
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        Embarazada de seis meses, el 23 de marzo le informaron de que el horario cambiar&iacute;a: deb&iacute;a ingresar a las seis de la ma&ntilde;ana para salir a las dos de la tarde. As&iacute; tendr&iacute;a dos horas para regresar a su vivienda. Modific&oacute; su rutina, pero dice que tambi&eacute;n aument&oacute; el volumen de trabajo en el horario normal, por no poder hacer horas extra.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo de M&eacute;ndez consist&iacute;a en revisar ropa antes de empaquetarla. Ella ten&iacute;a una meta de 2,225 piezas al d&iacute;a. Si cumpl&iacute;a a diario, recib&iacute;a al final de mes Q210 (22 euros) como bono de productividad. Si fallaba tres d&iacute;as, se quedaba sin el bono completo. Pidi&oacute; cambio de puesto y su solicitud fue denegada.
    </p><p class="article-text">
        Ella trabaj&oacute; tres semanas m&aacute;s,&nbsp; pero un d&iacute;a tuvo mareos y n&aacute;useas. No lleg&oacute; a la meta. Le faltaron 20 prendas por revisar y empaquetar. Su supervisor, dice, inform&oacute; a sus superiores. &ldquo;Perd&iacute; el 30% de mi bono &iexcl;por 20 piezas!&rdquo;, se queja Ericka apretando los ojos y girando la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Caal ve a M&eacute;ndez y asiente. Aprueba cada palabra que dice su compa&ntilde;era. Este es uno de los casos que ella intentaba defender. Por ser secretaria general del sindicato ten&iacute;a l&iacute;nea directa con los administradores de la empresa. Ten&iacute;a muchas reuniones para exponerles las quejas de los empleados. Tras cuatro a&ntilde;os de lucha sindical y una pandemia, acumul&oacute; muchos conflictos con la empresa, admite.&nbsp;
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            <span class="title">
                Interior de la maquila Winners.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        La intervenci&oacute;n de Caal sirvi&oacute; para que, en la primera semana de mayo, Ericka fuera suspendida por su estado de salud. Aunque le tomaron esos d&iacute;as a cuenta de vacaciones. Dos semanas despu&eacute;s le informaron de que su contrato hab&iacute;a sido suspendido. Winners suspendi&oacute; 177 contratos, seg&uacute;n datos proporcionados por el Ministerio de Trabajo. SAE-A, la gran empresa due&ntilde;a&nbsp; de Winners y de cinco maquilas m&aacute;s en el pa&iacute;s, suspendi&oacute; en total a 3.147 empleados durante la pandemia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ericka M&eacute;ndez ingres&oacute; en el programa gubernamental Fondo de Protecci&oacute;n al Empleo, uno de los cuatro programas de rescate a empresas por la COVID-19. Fue dotado con Q1,850 millones (US$237 millones). El Gobierno se comprometi&oacute; a pagar Q75 diarios (US$9.64) a cada trabajador al que las empresas no pudieran pagar el salario durante la crisis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Odilia Caal tambi&eacute;n intent&oacute; que el bono de productividad aumentara. Dice que hab&iacute;a algunas &aacute;reas de la empresa exclusivas para hombres donde este llegaba a los Q550 (US$68). &ldquo;En la f&aacute;brica hay mucho machismo. Si un hombre hubiera sido quien no llega a la meta por 2o piezas, el supervisor no informa&rdquo;, sentencia la sindicalista.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La golpiza de la sindicalista</strong></h3><p class="article-text">
        Caal se preocup&oacute; por las condiciones de trabajo de sus dos compa&ntilde;eras y de varias m&aacute;s.&nbsp; Tambi&eacute;n de la reinstalaci&oacute;n de los siete compa&ntilde;eros que hab&iacute;an ganado judicialmente su restituci&oacute;n tras dos a&ntilde;os expulsados. Tres regresaron el jueves 3 de septiembre. El resto no estaba convencido de las condiciones sanitarias de la maquila. Aquel d&iacute;a, algunas compa&ntilde;eras le alertaron de que la estaban esperando los integrantes del otro sindicato. Pero los tres trabajadores recuperaron su empleo sin incidentes.
    </p><p class="article-text">
        El lunes 7 de septiembre, despert&oacute; a las 5:05, como marcaba su alarma. A las 6:21, ingres&oacute; a su trabajo. Le quedaban nueve minutos para empezar la jornada. Comenz&oacute; a separar ropa por tallas, para despu&eacute;s doblarla y empaquetarla. Dice que a las siete de la ma&ntilde;ana, las m&aacute;quinas se apagaron. A ella le pareci&oacute; raro, pero contin&uacute;o con lo suyo.&nbsp; Asegura que se le acercaron tres hombres y una mujer. Los cuatro eran integrantes del otro sindicato: &ldquo;Comenzaron con insultos y a reprocharme que, por mi culpa, la empresa iba a cerrar y despedir a m&aacute;s empleados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lubia Salazar, que estaba en otro sector de la f&aacute;brica, fue advertida de lo que suced&iacute;a. Para ese momento ya eran m&aacute;s de 10 empleados quienes gritaban. El esc&aacute;ndalo fue tal que el personal administrativo sali&oacute; de las oficinas para saber qu&eacute; pasaba, aseguran las dos sindicalistas.
    </p><p class="article-text">
        Caal cuenta que recibi&oacute; el primer golpe. Intent&oacute; defenderse, pero llegaron m&aacute;s mujeres que la agredieron y empujaron hacia fuera de la f&aacute;brica.&nbsp; En ese momento trat&oacute; de intervenir el gerente de la empresa, Daniel Kim, quien pidi&oacute; que por favor se calmaran, pero uno de los hombres le espet&oacute;: &ldquo;No se meta porque no es su problema&rdquo;. Kim regres&oacute; a su oficina.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k28srpDkN3asxfwutuN" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Esta reconstrucci&oacute;n ser&iacute;a comprobable si Winners hubiera dado una entrevista y tambi&eacute;n acceso a las c&aacute;maras de videovigilancia del interior de la f&aacute;brica. Esta es la versi&oacute;n de Caal y Salazar, porque ni Kim ni ning&uacute;n directivo ha accedido a ser entrevistado posteriormente.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Caal s&oacute;lo se cubri&oacute; el rostro. Lubia Salazar intent&oacute; intervenir, pero ella y otra compa&ntilde;era tambi&eacute;n fueron golpeadas. Fue entonces cuando Caal se aferr&oacute; a la reja y recibi&oacute; las mordidas que hicieron que se soltara. Despu&eacute;s, la llevaron hacia una de las oficinas administrativas, donde asegura que la encerraron durante dos horas.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La empresa fue c&oacute;mplice. Me dec&iacute;an que si no renunciaba me iban a matar. Yo ped&iacute;a que me dejaran ir. Pero no lo permit&iacute;an. Al final, personas del otro sindicato me hicieron firmar unos papeles que no le&iacute;, pero dijeron que era mi renuncia&rdquo;, explica Caal con resignaci&oacute;n mientras acusa a Alicia Sajch&eacute;, jefa de recursos humanos de la empresa, de forzar su renuncia.
    </p><p class="article-text">
        Salazar y su otra compa&ntilde;era salieron a buscar ayuda. Encontraron una patrulla de la Polic&iacute;a Nacional Civil (PNC) y le explicaron lo que pasaba. Cuando llegaron los agentes, Caal sali&oacute; con la ropa echa trizas y con varios golpes visibles. Ese fue el &uacute;ltimo d&iacute;a que Odilia Caal pis&oacute; la f&aacute;brica. Lo mismo ocurri&oacute; con sus dos compa&ntilde;eras, quienes tambi&eacute;n recibieron amenazas de muerte. Las tres denunciaron el caso en la fiscal&iacute;a.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Odilia Caal muestra una radiografía donde aparecen los hematomas en la base del cráneo como resultado de la golpiza en la maquila."
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                Odilia Caal muestra una radiografía donde aparecen los hematomas en la base del cráneo como resultado de la golpiza en la maquila.                            </span>
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        Caal fue al m&eacute;dico por un fuerte dolor en el pulm&oacute;n derecho derivado de los golpes que recibi&oacute; una semana antes.&nbsp; Seg&uacute;n su testimonio, la empresa se comunic&oacute; con ella para ofrecerle un autom&oacute;vil, Q40,000 (4.234 euros) y su indemnizaci&oacute;n por 14 a&ntilde;os trabajados, si retiraba la denuncia presentada contra la empresa. Dice que la empresa le prometi&oacute; una reuni&oacute;n para resolver todas las dudas, pero jam&aacute;s se llev&oacute; a cabo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los ojos caf&eacute; de Odilia Caal se humedecen y la mujer lanza una pregunta:&nbsp; &ldquo;&iquest;Saben por qu&eacute; no acepto?&rdquo;. Y se responde a s&iacute; misma: &ldquo;Porque tengo tres hijos que quiero que sepan que tienen derechos. Que nadie puede pisotearlos y pensar que tienen un precio&rdquo;, dice con una sonrisa de satisfacci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis Ángel Sas, Oliver de Ros, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empleadas-gigante-textil-guatemala-golpeadas-exigir-derechos-laborales-durante-pandemia_130_6476879.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Dec 2020 21:36:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Industria textil,Violencia,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/trabajadoras-atacadas-iban-tejer-mascarillas-orden-gobierno-hondureno-atacadas-policia-senti-saldriamos-volando-pedazos_130_6474480.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/39b3b1d5-f175-480d-94b1-1712ef9be0df_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las empleadas de fábricas textiles tienen miedo a hablar por las represalias y la impunidad ante los abusos de la policía. Sus plantas no se detienen ante agresiones o contagios de coronavirus.</p></div><p class="article-text">
        El <em>Enano</em> discuti&oacute; con un polic&iacute;a. El chofer, conocido por su apodo, acababa de intentar una maniobra prohibida. Todo para entrar con su precario autob&uacute;s al principal parque industrial del municipio de Choloma, al norte de Honduras. Era 12 de agosto y pasaban las seis de la ma&ntilde;ana. El conductor trasladaba a 31 obreras y nueve obreros a la maquila Jerzees Nuevo D&iacute;a, una de las siete empresas en Honduras que fabrican ropa para la marca estadounidense Fruit of the Loom. El oficial retuvo el bus por unos minutos. Pero lo dej&oacute; pasar.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Varias maquileras se dirigen a la entrada del parque industrial Zip Choloma, las medidas de distanciamiento social no se cumplen en los portones de acceso del parque."
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                Varias maquileras se dirigen a la entrada del parque industrial Zip Choloma, las medidas de distanciamiento social no se cumplen en los portones de acceso del parque.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Cindy, una de las pasajeras y empleada de la f&aacute;brica textil, observ&oacute; el incidente sorprendida desde su asiento. Recuerda al Enano como un hombre con sobrepeso. Le vio bastantes veces, pero no sol&iacute;a fijarse en &eacute;l. Ese d&iacute;a, iba pensando en regresar bien a su casa, cuando acabara su jornada. El miedo al contagio le generaba mucho estr&eacute;s. Cindy escuch&oacute; cuando el conductor se defendi&oacute; del polic&iacute;a: &ldquo;Viejo &iquest;por qu&eacute; est&aacute;s dejando pasar otros buses y a m&iacute;, no?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, lo primero que Cindy hizo al subir al bus fue pensar que quiz&aacute; el incidente se repetir&iacute;a. La mujer que elige llamarse Cindy sin apellido por seguridad, salud&oacute; al <em>Enano</em>. &ldquo;Buenos d&iacute;as, a ver c&oacute;mo nos va hoy&rdquo;, le dijo antes de acomodarse en un asiento intermedio de la unidad. Por residir en el sector L&oacute;pez Arellano en Choloma, Cort&eacute;s &mdash;el departamento con m&aacute;s casos detectados de COVID-19 a nivel nacional&mdash;, Cindy prefer&iacute;a salir de casa con la mascarilla puesta y la careta pl&aacute;stica que le dan en el trabajo.
    </p><p class="article-text">
        El bus sali&oacute; de la L&oacute;pez Arellano, a siete kil&oacute;metros del casco urbano de Choloma. Empez&oacute; a circular por una de las principales v&iacute;as de la zona metropolitana del valle de Sula, que concentra el 80% de la zona manufacturera y textil de Honduras. Mientras el viejo veh&iacute;culo amarillo avanzaba por el concurrido bulevar, Cindy se entreten&iacute;a con el reguet&oacute;n que retumbaba en los parlantes. No vio c&oacute;mo el bus estaba a punto de ser detenido por la polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En Honduras, las f&aacute;bricas de ropa textil de exportaci&oacute;n, conocidas como maquilas, permanecieron cerradas solo del 10 de marzo al 22 de abril para reducir el contagio por la COVID-19. Reabrieron porque fueron consideradas por el gobierno como sector esencial para fabricar material sanitario a cambio de contratos. Equiparadas a los supermercados, farmacias, bancos y gasolineras. Desde entonces, no pararon.
    </p><p class="article-text">
        Fue el caso de Jerzees, que empez&oacute; a fabricar mascarillas. Aunque su principal cliente siempre fue Fruit of the loom, de la corporaci&oacute;n Berkshire Hathaway Group, un imperio que tiene unos 270 mil empleados y es propiedad del magnate Warren Buffett.
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            <span class="title">
                El bus de El Enano circula por las calles aledañas a la zona manufacturera de Choloma, al norte de Honduras.                            </span>
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        El presidente de Honduras, Juan Orlando Hern&aacute;ndez hab&iacute;a prometido entregar una mascarilla a cada habitante del pa&iacute;s, que ronda los nueve millones. Las 122 maquilas del sector textil fueron beneficiadas por el gobierno para hacer mascarillas a cambio de 128.000 d&oacute;lares (105.539 euros) y batas quir&uacute;rgicas, por 443.944 d&oacute;lares (366.042 euros). Las maquilas las fabricar&iacute;an. Solamente en Choloma hay 78 f&aacute;bricas textiles, as&iacute; que la demanda de transporte fue grande.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El transporte p&uacute;blico estaba prohibido. Muchas maquilas contrataron transporte privado. Jerzees, desde antes de la pandemia, ten&iacute;a un servicio privado en cumplimiento de un acuerdo sindical. Pero la reactivaci&oacute;n de un sector con m&aacute;s de 160.000 empleados tuvo complicaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El toque de queda absoluto, decretado en marzo, fue cambiando cada semana. En los primeros meses, tuvieron lugar m&aacute;s de 54.000 detenciones policiales a ciudadanos que presuntamente se saltaron las restricciones y<a href="http://app.conadeh.hn/descargas/Tercer%20Informe%20de%20Actuaciones%20del%20CONADEH.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> un centenar </a>de denuncias ciudadanas por abuso de autoridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El saludo que Cindy le hizo al <em>Enano</em>, dir&aacute; ella despu&eacute;s, fue un presagio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed flourish-hierarchy" data-src="visualisation/4128285"><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script></div>

    </figure><p class="article-text">
        El bus amarillo estaba a cinco minutos de llegar a la f&aacute;brica textil. Eran las 6:30 horas del 13 de agosto, cuando dos oficiales de la Polic&iacute;a Nacional lo detuvieron. Estaban esperando al <em>Enano, </em>en un sem&aacute;foro, justo antes de llegar al parque industrial. Los agentes acusaron al conductor de que el d&iacute;a anterior hab&iacute;a intentado agredir a uno de sus compa&ntilde;eros, seg&uacute;n el testimonio posterior de dos pasajeras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los polic&iacute;as anunci&oacute; que el veh&iacute;culo estaba decomisado. Pidi&oacute; la licencia al conductor y &eacute;ste se neg&oacute; a entregarla, recuerda Cindy. El <em>Enano</em> sugiri&oacute; que uno de los agentes lo acompa&ntilde;ara a dejar a las obreras. Dijeron que no. Las trabajadoras protestaron. No se quer&iacute;an bajar. Una de las operarias grab&oacute; un v&iacute;deo con su celular.
    </p><p class="article-text">
        Aquel 13 de agosto, la detenci&oacute;n policial escal&oacute; de nivel. &ldquo;Miren, j&oacute;venes, yo voy a tirar gas [lacrim&oacute;geno] ahorita, si nadie se quiere bajar&rdquo;, amenaz&oacute; uno de los polic&iacute;as. Un par de j&oacute;venes en el interior del veh&iacute;culo lo retaron: &ldquo;T&iacute;relo&rdquo;. Cindy escuch&oacute; un chasquido y la unidad se inund&oacute; de humo. Las cuarenta pasajeras empezaron a gritar.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k4wa605W8u9NjQwutum" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Algunos saltaron por las ventanas. Pero la mayor&iacute;a en esta asfixiante carrera sali&oacute; por la puerta del bus. Lloraron y se maldijeron. Cindy observ&oacute; c&oacute;mo un trabajador era pateado por sus compa&ntilde;eros mientras intentaba salir del bus. Otro cay&oacute; sobre un veh&iacute;culo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Minutos despu&eacute;s del ataque, las v&iacute;ctimas fueron atendidas por personal de la maquila donde trabajaban: 16 sufrieron alg&uacute;n trauma, cuatro fueron trasladadas al Instituto Hondure&ntilde;o de la Seguridad Social (IHSS) y 12 fueron incapacitadas temporalmente por efectos del gas lacrim&oacute;geno. Una de las incapacitadas fue Cindy. Cuando intentaba escapar del gas, escuch&oacute; gritos en el suelo. Intent&oacute; no pisar a su compa&ntilde;ero. El salto salvador le cost&oacute; un esguince en el pie izquierdo. Permaneci&oacute; 21 d&iacute;as sin trabajar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La noticia del bus gaseado fue viral en Honduras el 13 de agosto de 2020, pero luego cay&oacute; en el olvido.&nbsp;El <em>Enano</em> desapareci&oacute; de Champer&iacute;o, la comunidad de la colonia L&oacute;pez Arellano donde viv&iacute;a. A algunos conocidos les dijo que prefer&iacute;a irse de su casa tras haberse involucrado en un asunto con la polic&iacute;a.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Un polic&iacute;a a juicio</strong></h3><p class="article-text">
        La brutalidad policial y militar en Honduras ha sido evidente en los momentos de crisis pol&iacute;tica. Durante el golpe de Estado de 2009, las fuerzas policiales y militares reprimieron las manifestaciones con un saldo de 20 asesinatos. Pero dos a&ntilde;os despu&eacute;s, la Polic&iacute;a Nacional entr&oacute; en crisis por una serie de asesinatos cometidos por sus miembros y por sus v&iacute;nculos con el crimen organizado. La depuraci&oacute;n policial comenz&oacute; en ese entonces y se destap&oacute; el problema estructural en esa instituci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para las elecciones del 2017, la Polic&iacute;a Nacional y el Ej&eacute;rcito reprimieron las protestas de fraude electoral. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Honduras (OACNUDH) identific&oacute; un patr&oacute;n com&uacute;n en 22 muertes producidas por miembros de la Polic&iacute;a y las Fuerzas Armadas. <a href="https://contracorriente.red/2018/08/15/sin-castigo-militares-que-dispararon-a-matar-en-crisis-post-electoral/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los culpables de esta violencia no han sido juzgados</a>.&nbsp; En enero del 2020, Leonel Sauceda, uno de los altos jerarcas de la Polic&iacute;a, fue encarcelado luego que no pudiese justificar 14 millones de lempiras (476.480 euros).
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a despu&eacute;s de que la polic&iacute;a gaseara el bus del <em>Enano</em>, la Polic&iacute;a Nacional reconoci&oacute; que los dos oficiales aplicaron un procedimiento &ldquo;inadecuado&rdquo; al discutir con los pasajeros y detonar una bomba de gas lacrim&oacute;geno. Inadecuado, pero no excesivo. <a href="https://www.policianacional.gob.hn/noticias/7481" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Conden&oacute; el hecho con un comunicado</a> y suspendi&oacute; temporalmente de labores en la calle a los dos agentes involucrados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El policía implicado en el caso fue custodiado y sacado por la puerta trasera para que la prensa no pudiera fotografiarlo."
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                El policía implicado en el caso fue custodiado y sacado por la puerta trasera para que la prensa no pudiera fotografiarlo.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        El portavoz nacional de la Polic&iacute;a, Jair Meza, asegur&oacute; semanas despu&eacute;s a Contracorriente que el incidente con el <em>Enano</em> fue consecuencia del d&iacute;a anterior. Porque padec&iacute;an &ldquo;estr&eacute;s laboral&rdquo;. El alto oficial redujo el incidente a una falta y excus&oacute; a los agentes que atacaron el bus. &ldquo;Hay muchas personas que no quieren hacer caso&rdquo;, justific&oacute; ignorando que los empleados de la maquila no desobedec&iacute;an, solo iban a trabajar en bus.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras dos meses de investigaciones, la Direcci&oacute;n de Asuntos Disciplinarios Policiales (Didadpol) recomend&oacute; el despido para el oficial que lanz&oacute; la bomba. Pero consider&oacute; que el otro agente no tuvo participaci&oacute;n activa en los hechos. Fue una recomendaci&oacute;n, pues la decisi&oacute;n final corresponde a la Secretar&iacute;a de Seguridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El caso est&aacute; en los tribunales. La Fiscal&iacute;a acusa al oficial de delimitaci&oacute;n e impedimento de derechos fundamentales de las pasajeras del bus. El delito se produce cuando los funcionarios de gobierno violan derechos garantizados por la Constituci&oacute;n. El acusado ir&aacute; a juicio, pero podr&aacute; defenderse en libertad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jerzees Nuevo D&iacute;a <a href="https://drive.google.com/file/d/1hEFRs4IOJQ5xHreqQIkT-8IGPZwy82gf/view?usp=drivesdk" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">lament&oacute; el atentado mediante un comunicado</a>. &ldquo;Investigaremos este incidente y se proceder&aacute; a realizar las gestiones pertinentes para evitar que este tipo de acontecimientos se repita&rdquo;, reza el comunicado. No fue posible contactar con la empresa para obtener declaraciones sobre el d&iacute;a en que la polic&iacute;a tir&oacute; gas pimienta a un bus privado contratado por Jerzees para llevar operarias.
    </p><p class="article-text">
        Aquel 13 de agosto, a las seis de la ma&ntilde;ana, hab&iacute;a unos 815 empleados de Jerzees yendo a trabajar en 13 autobuses privados. Los trabajadores reciben un salario m&iacute;nimo mensual <a href="http://www.trabajo.gob.hn/wp-content/uploads/2020/01/Tabla-Salario-Minimo-2020.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">de 8,226.39 lempiras (370.45 d&oacute;lares)</a>. Para preservar el empleo y obtener una bonificaci&oacute;n extra deben superar el 100% de la meta de producci&oacute;n diaria. Es lo que se llama un r&eacute;cord de alta productividad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cindy lo tiene muy presente cada d&iacute;a al salir caminando de su casa hacia uno de esos buses. Aquel 13 de agosto, quer&iacute;a llegar al 110%. Su objetivo es ahorrar para apoyar a su hija de 17 a&ntilde;os a estudiar en la universidad.&nbsp;Muchas empresas maquiladoras, como Jerzees, obligaron a las obreras a regresar al trabajo sin garantizar un transporte que las recogiera en su casa para llevarlas a las f&aacute;bricas. Cindy, cada d&iacute;a, bajaba &mdash;y lo sigue haciendo&mdash; a las 6:10 de la ma&ntilde;ana por la empinada calle que la lleva de su peque&ntilde;a casa al punto de buses donde esperaba al <em>Enano</em> para trasladarse a Jerzees.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La pasajera del asiento intermedio</strong></h3><p class="article-text">
        Cindy, 34 a&ntilde;os,&nbsp;la empleada que se hizo un esguince en el incidente del bus, comenz&oacute; a trabajar en la maquila a los 18 a&ntilde;os. Es mestiza, ojos grandes, pelo lacio y de voz fuerte. Durante la conversaci&oacute;n, est&aacute; muy seria. De c&oacute;mo huy&oacute; del asiento intermedio del bus, sobre todo recuerda la urgencia.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Cindy en su casa en la colonia López Arellano, donde viven la mayoría de trabajadoras de maquilas."
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                Cindy en su casa en la colonia López Arellano, donde viven la mayoría de trabajadoras de maquilas.                            </span>
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        Vive en la colonia L&oacute;pez Arellano, donde habita casi la mitad de la poblaci&oacute;n de Choloma y uno de los lugares&nbsp;m&aacute;s poblados del pa&iacute;s. De all&iacute; es la mayor&iacute;a de la plantilla de Jerzees que viajaba en el bus del <em>Enano</em>. Su nombre se lo debe a Oswaldo L&oacute;pez Arellano, un militar que gobern&oacute; Honduras durante ocho a&ntilde;os tras un golpe de Estado en 1963.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el sector L&oacute;pez Arellano viven unas 132.000 personas diseminadas en unas 40 colonias, seg&uacute;n datos gubernamentales. Este sector es caliente, expresi&oacute;n que refleja su alto &iacute;ndice de criminalidad. Solo por debajo de Tegucigalpa y San Pedro Sula.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Una banda denominada La Rumba le disputa esta plaza a la pandilla Mara Salvatrucha (MS13). Pelean territorios para vender droga y extorsionar a los negocios grandes de esta zona. La poblaci&oacute;n sobrevive mayoritariamente del trabajo en la maquila, las remesas y el empleo informal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cindy es una mujer de pocas palabras. Actualmente vive en un peque&ntilde;o cuarto que alquila por 1.200 lempiras (41 euros) mensuales. En la casa funciona tambi&eacute;n una peque&ntilde;a tienda, donde se vende arroz, frijoles, az&uacute;car y refrescos de cola. En esa peque&ntilde;a pieza vive con sus dos hijas. La que cumplir&aacute; 17 a&ntilde;os, estudia la secundaria. &ldquo;Quiere ser psic&oacute;loga o abogada, ser&aacute; lo que a ella le guste&rdquo;, dice Cindy ilusionada. Su otra ni&ntilde;a tiene nueve a&ntilde;os y est&aacute; en la escuela primaria.
    </p><p class="article-text">
        Cindy pide anonimato porque siente temor. No aclara si a las represalias en su empleo o por haber estado involucrada en una escena donde aparece la Polic&iacute;a Nacional. Mientras conversamos hace gestos de dolor. Despu&eacute;s de 15 d&iacute;as del incidente en el bus, su pie izquierdo a&uacute;n sigue inflamado por la contusi&oacute;n producida al escapar del gas lacrim&oacute;geno.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Cindy muestra su tobillo hinchado después del golpe que sufrió al tratar de huir del gas lacrimógeno.                            </span>
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        &ldquo;Pens&aacute;bamos que nos &iacute;bamos a ahogar&rdquo;, arranca Cindy. En medio de aquella nube negra, mientras buscaba con desesperaci&oacute;n respirar algo que no fuese humo, escuch&oacute; la voz de un hombre que ped&iacute;a a gritos no ser pateado. Ella intent&oacute; no golpearlo y salt&oacute;. Camin&oacute; y vomit&oacute;. Desorientada se sent&oacute; a la orilla de la carretera. Cuando se quiso levantar, no pudo. Su pie izquierdo se hab&iacute;a hinchado y estaba morado. Tambi&eacute;n se golpe&oacute; la mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue trasladada al IHSS donde le indicaron que ten&iacute;a un esguince en el tobillo y le dieron una incapacidad por 21 d&iacute;as. Durante este tiempo solo recibir&iacute;a de Jerzees el 25% del salario m&iacute;nimo. El IHSS no cubri&oacute; sus medicamentos y tuvo que comprar un analg&eacute;sico inyectable que cuesta 206 lempiras (siete euros). Cindy se coloc&oacute; m&aacute;s de diez dosis. Tuvo que regresar a trabajar con dolores por el esguince. Al menos, dice con alivio, no se contagi&oacute; de COVID-19 en esa ida y venida al hospital. En seis meses de pandemia seis trabajadores del sector maquilero fallecieron por el virus &mdash;cuatro hombres y dos mujeres&mdash; y 151 m&aacute;s recibieron atenci&oacute;n por contagiarse en las f&aacute;bricas hondure&ntilde;as, seg&uacute;n datos oficiales del IHSS.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Contagios en la f&aacute;brica</h3><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Medina, sindicalista de Jerzees, asegura que hubo contagios de trabajadores en su maquila y que dos compa&ntilde;eros murieron de la COVID-19. Aunque no determin&oacute; si estos se contagiaron en el trabajo. Esto no detuvo la operaci&oacute;n de la f&aacute;brica, advierte la mujer cuya victoria m&aacute;s recordada fue lograr la reapertura de Jerzees Honduras en septiembre de 2009, despu&eacute;s de que esta cerrase sus operaciones como medida de presi&oacute;n por la creaci&oacute;n del sindicato. En enero de 2008, 1.300 trabajadoras y trabajadores fueron despedidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Jerzees, como en la mayor&iacute;a de f&aacute;bricas, los trabajadores fueron enviados por decreto de vacaciones obligatorias. Patrono y trabajador deb&iacute;an conciliar. La realidad es que los empleados fueron enviados de vacaciones sin su consentimiento.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="María Medina cuenta que en la maquila Jerzees hubo varios contagiados por COVID-19 e incluso fallecidos; sin embargo, las operaciones de trabajo nunca se detuvieron."
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                María Medina cuenta que en la maquila Jerzees hubo varios contagiados por COVID-19 e incluso fallecidos; sin embargo, las operaciones de trabajo nunca se detuvieron.                            </span>
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        Representantes de trabajadores, patrones y gobierno acordaron apoyar a los trabajadores suspendidos con una aportaci&oacute;n solidaria de 6.000 lempiras (204 euros). El gobierno entreg&oacute; la mitad para cada empleado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Estado invirti&oacute; m&aacute;s de 18 millones de euros en los empleados del sector maquilador. Solo a Jerzees Nuevo D&iacute;a, le dio 5.358.000 lempiras (182.328 euros) para 892 obreras y obreros suspendidos. Esto alcanz&oacute; para pagar un bono de 100 euros a cada trabajador por dos meses. Con este acuerdo la industria maquilera no tuvo que destinar grandes cantidades para cubrir los salarios de sus empleados suspendidos, quienes s&iacute; tuvieron que acomodarse a un recorte en sus ingresos.&nbsp;
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    </figure><h3 class="article-text"><strong>La pasajera del asiento de atr&aacute;s</strong></h3><p class="article-text">
        Maritza iba en el asiento de atr&aacute;s del bus amarillo el 13 de agosto. Como su compa&ntilde;era Cindy. Con 41 a&ntilde;os, es una mujer alegre de voz suave y pausada. Mientras hablamos con ella en su casa, su perro Oso, merodea y nos vigila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Maritza prefiere hablar desde el anonimato, su historia no es f&aacute;cil. No se llama as&iacute;, as&iacute; que tampoco elige un apellido falso. Lleg&oacute; a trabajar en una f&aacute;brica de capital chino cuando solo ten&iacute;a 15 a&ntilde;os. Era menor de edad, por lo que us&oacute; documentos prestados de otra persona. As&iacute; funcionaba antes, dice ella, que lleg&oacute; de un pueblo en el occidente del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces han pasado 26 a&ntilde;os. Es madre soltera desde que su pareja la abandon&oacute;. &ldquo;Nunca quise ponerle padrastro a mis hijos&rdquo;, dice esta mujer de tez blanca y mechas en su cabello casta&ntilde;o. Trabajando en la maquila, Maritza pudo criar a sus hijos. La mayor, de 24 a&ntilde;os, es secretaria biling&uuml;e. Su hijo, de 21, es mec&aacute;nico automotriz. Ambos tambi&eacute;n se dedican a trasladar personal de empresas en un microb&uacute;s que Maritza les compr&oacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Maritza recuerda, mientras ve los buses pasar, como pensó que iba a morir en el bus tras la detonación de esa bomba lacrimógena.                            </span>
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        Hace cinco a&ntilde;os, Maritza compr&oacute; una casa. Lo hizo con prestaciones laborales que recibi&oacute; cuando Jerzees cerr&oacute; en 2008 y con ayuda del abuelo paterno de sus hijos. &ldquo;Si me voy por bajo rendimiento, no me ir&eacute; avergonzada porque un d&iacute;a fui estrella (tuvo alta productividad)&rdquo;, dice con un brillo especial en los ojos.
    </p><p class="article-text">
        Maritza cuenta que en la calle donde vive en la L&oacute;pez Arellano, es la &uacute;nica que utiliza mascarilla. En Jerzees s&iacute; hubo contagios, a&ntilde;ade. Pero a su juicio hay poca responsabilidad de la empresa en esto. Durante la jornada laboral la empresa emite recordatorios a trav&eacute;s de altoparlantes. A cada momento, se repite que no est&aacute; permitido platicar y que las mascarillas y caretas son obligatorias. Hay abundante gel de alcohol, pero dice que muchos est&aacute;n cansados de los protocolos de seguridad. Algunos los ignoran en espacios no supervisados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquel jueves 13 de agosto, Maritza abord&oacute; la unidad y se fue a los asientos traseros. Confirma que parec&iacute;a que los polic&iacute;as estaban esperando el bus. Escuch&oacute; la conversaci&oacute;n entre el piloto y los polic&iacute;as. Al <em>Enano</em> le dijeron que hab&iacute;a tenido un problema el d&iacute;a anterior cuando intent&oacute; atropellar a otro agente de polic&iacute;a. Ella sostiene que no fue as&iacute;. &ldquo;El conductor nunca tuvo intenciones de da&ntilde;ar a nadie&rdquo;, asegura.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;El bus tron&oacute;&rdquo;</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Hubo un chispazo. Tron&oacute; el bus. Sent&iacute; que saldr&iacute;amos volando en pedazos&rdquo;, dice mientras hace ademanes y eleva la voz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pens&eacute; que me iba a morir. No pod&iacute;a respirar y ped&iacute;a agua, pero a se&ntilde;as. Sent&iacute;a una gran picaz&oacute;n en la garganta&rdquo;. Entre empujones y gritos, sali&oacute; por la puerta. Al recuperar el aliento, comenz&oacute; a llorar. Entr&oacute; en un colapso nervioso. &ldquo;Gritaba que nos iban a matar&rdquo;. Necesit&oacute; media hora para recuperar la calma. Su hijo, el mec&aacute;nico, pas&oacute; por ella.
    </p><p class="article-text">
        Su ce&ntilde;o se frunce cuando le preguntamos qu&eacute; siente ahora al mirar a un agente de seguridad p&uacute;blica. &ldquo;Ellos (la polic&iacute;a) no tienen piedad para quererlo matar a uno&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        La maquila sigue operando. En la carretera principal, cerca de donde ocurri&oacute; el ataque al bus de las obreras de la maquila, se pueden ver decenas de personas, familias enteras pidiendo dinero. El largo confinamiento ha convertido en mendigos a miles. Cindy, Maritza y Mar&iacute;a, que no pararon de trabajar, agradecen mantener su empleo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El bus de El Enano se mantiene decomisado como evidencia para el seguimiento del caso en las dependencias policiales de Choloma."
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                El bus de El Enano se mantiene decomisado como evidencia para el seguimiento del caso en las dependencias policiales de Choloma.                            </span>
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        La vetusta unidad, con placa A-AE-4688, permanece en la Unidad Metropolitana Policial n&uacute;mero 10. Est&aacute; ubicada en la comunidad de R&iacute;o Nance, a nueve kil&oacute;metros de donde ocurri&oacute; la agresi&oacute;n policial. En la parte frontal del veh&iacute;culo decomisado a&uacute;n resiste el r&oacute;tulo con la leyenda Jerzees Nuevo D&iacute;a. Despu&eacute;s de la huida del <em>Enano</em>, el due&ntilde;o del bus ha intentado recuperar su veh&iacute;culo sin suerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hasta ahora el &uacute;nico detenido es el bus amarillo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Contracorriente/El Intercambio, Allan Bu, Deiby Yánes, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez, Jennifer Ávila]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/trabajadoras-atacadas-iban-tejer-mascarillas-orden-gobierno-hondureno-atacadas-policia-senti-saldriamos-volando-pedazos_130_6474480.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Dec 2020 21:10:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Industria textil,Agresiones policiales,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fabrica-textil-espacio-feminista-trabajadoras-salvadorenas-defienden-despidos-pandemia_130_6474406.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb9349e7-2534-46b4-a128-c9b3f0c441cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tras un despido sin indemnización, un grupo de trabajadoras se convirtió en un caso excepcional en El Salvador. Ocuparon su lugar de trabajo para exigir la deuda que los dueños se niegan a pagar después de cerrar la empresa y acabaron convirtiendo la fábrica textil en un lugar de aprendizaje con enfoque de género</p></div><p class="article-text">
        La maquila Florenzi ya no es maquila. Desde el 8 de julio del 2020, Industrias Florenzi es una f&aacute;brica textil tomada por sus trabajadoras. Las mujeres que durante a&ntilde;os marcaron su entrada en jornadas de ocho horas por un sueldo m&iacute;nimo, ahora pasean por la f&aacute;brica desierta que han hecho temporalmente suya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las m&aacute;quinas de coser, los hilos, los botones y las prendas dejaron de ser materiales de trabajo para producir blusas Pierre Cardin. Son rehenes de las nuevas jefas de Industrias Florenzi. La nave es un campamento, donde 113 extrabajadoras resisten para recibir las compensaci&oacute;n que les corresponde. La f&aacute;brica permanecer&aacute; bajo su control hasta que el propietario les pague su indemnizaci&oacute;n, prestaciones laborales y&nbsp; los cuatro meses de salarios que les debe.&nbsp;Sino, ir&aacute;n a las cortes y buscar&aacute;n quedarse legalmente con la f&aacute;brica. Negocian sin contraparte. Pese a las denuncias, la demandas y la toma de sus instalaciones, el due&ntilde;o no responde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 18 de marzo, el presidente Nayib Bukele orden&oacute; el cierre durante cuatro meses de las 152 maquilas (f&aacute;bricas textiles que importan sus productos sin pagar aranceles y los comercializan en el pa&iacute;s de origen de la materia prima, generalmente EEUU) y <em>call centers</em> de El Salvador por su alta concentraci&oacute;n de trabajadores.&nbsp;A diferencia de Honduras y Guatemala, el trabajo de las f&aacute;bricas textiles no fue considerado esencial, lo que forz&oacute; a las f&aacute;bricas a detener operaciones, retrasar la producci&oacute;n y pagar salarios mientras durase la emergencia. Muchas maquilas no cumplieron con los pagos. Entre ellas Industrias Florenzi.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las mujeres de Florenzi permanecen las 24 horas del día haciendo guardia en la entrada y en el interior de la fábrica."
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                Las mujeres de Florenzi permanecen las 24 horas del día haciendo guardia en la entrada y en el interior de la fábrica.                            </span>
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        Esta maquila oper&oacute; 35 a&ntilde;os en Soyapango, un municipio industrial del &aacute;rea metropolitana de San Salvador. La empresa no resisti&oacute; el cierre temporal obligatorio y el 8 de julio una gerente anunci&oacute; a las m&aacute;s de doscientas empleadas que Florenzi estaba en quiebra. Hasta entonces, contaba con clientes como la marca de uniformes sanitarios Grey's Anatomy by Barco y la de ropa de dise&ntilde;o Pierre Cardin. Tambi&eacute;n subarrendaba a otras empresas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Industrias Florenzi es parte de un complejo extenso compuesto por tres naves. En Soyapango, en el &aacute;rea metropolitana de El Salvador. En la primera, la m&aacute;s grande, las 210 empleadas trabajaban durante ocho horas diarias en corte y confecci&oacute;n, carga y empaquetado de blusas formales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el nacimiento de Florenzi se vieron involucradas personas importantes en la vida social y pol&iacute;tica salvadore&ntilde;a. Durante su primer a&ntilde;o de funcionamiento, Carlos Humberto Henr&iacute;quez,&nbsp;fue el apoderado judicial de la maquila. Durante 2014-2017, fue director de la junta directiva de la Comisi&oacute;n Ejecutiva Hidroel&eacute;ctrica del R&iacute;o Lempa (CEL). La CEL es una empresa estatal que genera energ&iacute;a el&eacute;ctrica a trav&eacute;s de la explotaci&oacute;n del R&iacute;o Lempa, el r&iacute;o m&aacute;s grande de El Salvador y la geotermia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El due&ntilde;o y representante legal de Florenzi fue Roberto Pineda, quien muri&oacute; el 12 junio de 2020, en medio de la pandemia. A&ntilde;os atr&aacute;s, tambi&eacute;n fue director del Club Campestre Cuscatl&aacute;n, el club social m&aacute;s exclusivo de El Salvador, donde la &eacute;lite se re&uacute;ne a jugar al golf.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la muerte de Letona, Florenzi qued&oacute; en manos de su hijo Sergio Pineda, quien hasta la fecha no se ha presentado a reunirse con las trabajadoras.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de m&uacute;ltiples correos y llamadas a Sergio Pineda, actual representante legal de Florenzi, se visit&oacute; la residencia de los Pineda Letona para pedirle una entrevista. La vivienda est&aacute; en las Lomas de San Francisco, una de las zonas m&aacute;s lujosas de El Salvador. El personal dom&eacute;stico se neg&oacute; a recibir la solicitud impresa. Hasta el cierre de este reportaje no se ha obtenido respuesta de Pineda.
    </p><p class="article-text">
        La familia Pineda, due&ntilde;a de la maquila, no pag&oacute; los cuatro meses de los salarios que le deb&iacute;an a las m&aacute;s de doscientas empleadas por la pandemia, ni la indemnizaci&oacute;n por los a&ntilde;os trabajados. Para compensar, les ofreci&oacute; una m&aacute;quina de coser marca Singer o Brother. 
    </p><p class="article-text">
        De ser nuevas, su coste rondar&iacute;a los 200 d&oacute;lares (165 euros). Pero las m&aacute;quinas llevaban m&aacute;s de 10 a&ntilde;os funcionando. Casi la mitad acept&oacute;. A otras las cuentas no les sal&iacute;an. Las que hicieron c&aacute;lculos fueron 113 mujeres. Ellas ganaban 300 d&oacute;lares al mes (248 euros), el salario m&iacute;nimo en El Salvador. Seg&uacute;n los c&aacute;lculos de ese grupo de empleadas, Industrias Florenzi les debe, solo en salarios, m&aacute;s de 500.000 d&oacute;lares (413.857 euros), por los &uacute;ltimos cuatro meses de trabajo de todas las trabajadoras.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Durante el mes de agosto hombres vestidos de policías trataron de sacar las máquinas e insumos guardados en la fábrica."
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                Durante el mes de agosto hombres vestidos de policías trataron de sacar las máquinas e insumos guardados en la fábrica.                            </span>
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        El 8 de julio, esas 113 mujeres no solo empezaron una lucha legal. Tambi&eacute;n se apropiaron del plan estatal lanzado por el partido Arena en los a&ntilde;os 90. La clave del grupo pol&iacute;tico de derecha fue utilizar a las maquilas como uno de los&nbsp;grandes proyectos tras la guerra civil (1980-1992). La clave del entonces partido de gobierno fue reproducir el formato al que le apostaron todos los gobiernos centroamericanos: f&aacute;bricas textiles con incentivos fiscales como generadoras de empleo, a cambio de mano de obra barata. El negocio funcion&oacute; y hoy hay 17 zonas francas con exoneraci&oacute;n de impuestos, que generan m&aacute;s de 56.000 empleos. La mayor parte de la ropa producida por estas maquilas es importada por Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Florenzi es la de unas mujeres que pelearon contra ese sistema neoliberal en donde los pobres cosen lo que los ricos visten. Sus exigencias conllevaron primero denuncias en el ministerio de Trabajo, la Fiscal&iacute;a y la Procuradur&iacute;a de Derechos Humanos. Pero el cambio frente al modelo de protesta laboral, heredado de los movimientos sociales salvadore&ntilde;os del siglo XX, fue el enfoque de g&eacute;nero que las 113 le dieron a la toma al aliarse para recibir talleres con asociaciones feministas locales.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>La primera de las 113</strong></h3><p class="article-text">
        Nery Ram&iacute;rez, de 40 a&ntilde;os, dedic&oacute; siete a&ntilde;os a Florenzi. Cos&iacute;a el cuello de las blusas Pierre Cardin. Como no le alcanzaba, en los almuerzos vend&iacute;a dulces para tener un ingreso extra.&nbsp;Ahora es la lideresa de las 113 mujeres. Su casa la usa para ba&ntilde;arse, lavar ropa o cambiarse. Por las noches, duerme con el resto de mujeres sobre colchonetas en los pasillos de Florenzi. El resto de su tiempo es una inversi&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Habitar la maquila no es c&oacute;modo. No tienen muebles y se organizan en bancas o sillas de pl&aacute;stico. Consigue platos de comida para los grupos de cinco mujeres que hacen guardia. El men&uacute; es casi invariable: caf&eacute;, huevos, frijoles, arroz y tortillas que preparan ellas en cocinas peque&ntilde;as y fogatas en la acera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La toma de Florenzi empez&oacute; por los derechos laborales de 113 mujeres y se convirti&oacute; en una lucha que las trabajadoras definen como feminista. Reciben charlas semanales gestionadas por colectivos feministas, como la organizaci&oacute;n Ormusa, que se adhirieron para darle enfoque de g&eacute;nero a su causa.&nbsp;&ldquo;Como hemos aprendido a romper patrones de violencia, muchas mujeres ahora entienden que no son objetos ni esclavas en el hogar y ahora los esposos ya no quieren que vengan&rdquo;,&nbsp; dice Nery Ram&iacute;rez.&nbsp;
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                Cuando fueron despedidas, el dueño de la maquila les ofreció como indemnización una máquina de coser.                            </span>
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        Nery Ram&iacute;rez pasa los d&iacute;as en la acera de la entrada a la f&aacute;brica: habla con abogados, periodistas o activistas y coordina v&iacute;veres y ayuda. No supera el metro y medio de estatura, morena y de cuerpo grueso. Siempre usa una camisa gris de manga larga bajo una camiseta dos tallas m&aacute;s grande. Es para evitar que la queme el sol. Usa gorras que esconden un pelo corto y un cubrebocas negro de tela. Cuida a las mayores y se preocupa por las que est&aacute;n m&aacute;s enfermas. Tambi&eacute;n es la encargada de la disciplina, las rega&ntilde;a si no cumplen sus tareas, como sacar el toldo bajo el que se sientan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n cuando hace chistes, la voz de la lideresa de las 113 nunca pierde un tono formal. Como si permanentemente estuviera dando declaraciones. Ese tono de voz lo ha entrenado desde 2006, cuando inici&oacute; como l&iacute;der sindical en otra maquila, de la cual tambi&eacute;n la despidieron sin compensaci&oacute;n salarial. Tres a&ntilde;os despu&eacute;s, la echaron de otra f&aacute;brica textil. Y, en 2020, de Florenzi.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conoce de memoria cada detalle de las trabajadoras y los recita cuando hace una denuncia p&uacute;blica. Habla de todas menos de ella. Esta ex sindicalista ve el cambio en sus compa&ntilde;eras: &ldquo;La vez pasada me cont&oacute; una que por primera vez le dijo a su familia que ya no era su cholera (empleada dom&eacute;stica); el esposo le dijo que le planchara la ropa y ella se neg&oacute;&rdquo;. Cuando cuenta la historia se r&iacute;e con orgullo. Ram&iacute;rez no solo dirige los turnos de guardia, la cocina y la limpieza, tambi&eacute;n&nbsp; las batallas legales de unas trabajadoras que afrontan la situaci&oacute;n decididas a marcar un precedente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las trabajadoras intentan no acercarse a las naves. Han hecho su espacio en la acera, frente a la calle y el pasillo de la entrada pero entran solo cuando es necesario. Las 113 son cuidadosas de no tocar nada. Las naves se mantienen cerradas e intactas desde el d&iacute;a en que tomaron la f&aacute;brica: cualquier da&ntilde;o a los materiales puede traerles peores consecuencias.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Maquileras y empoderadas</strong></h3><p class="article-text">
        En El Salvador, la movilizaci&oacute;n feminista contempor&aacute;nea ha estado m&aacute;s enfocada en la lucha por derechos reproductivos. Pero cuando Kayla C&aacute;ceres, de la asociaci&oacute;n Colectiva Amorales, se enter&oacute; de la situaci&oacute;n de Florenzi, se sinti&oacute; reflejada: su mam&aacute; y su hermana trabajaron en la misma maquilas a&ntilde;os atr&aacute;s. Su hermana a&uacute;n era menor de edad mientras trabajaba en la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        C&aacute;ceres llev&oacute; la historia a la Colectiva Amorales y el caso se empez&oacute; a mover entre agrupaciones feministas. Organizaciones como Ormusa y la Red de defensoras de derechos humanos se comenzaron a presentar de manera regular en la maquila hasta convertirse en sus mayores aliadas. As&iacute; las 113 se aprendieron a organizar en las protestas, a dar a conocer su caso y a entender la importancia del acompa&ntilde;amiento pol&iacute;tico.&nbsp;La mayor&iacute;a de las ex empleadas de Florenzi apenas hab&iacute;an o&iacute;do hablar de feminismo hasta que se cruzaron con Kayla C&aacute;ceres.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 17 de agosto, alrededor de 40 exempleadas protestaron en contra del ministro de Trabajo, Rolando Castro. Alegaban que el ministro ha protegido al due&ntilde;o de la maquila y no a los intereses de las trabajadoras. Detuvieron el tr&aacute;fico en el centro de gobierno, una zona de oficinas de gobierno que aglutina a la mayor&iacute;a de ministerios, Procuradur&iacute;a General de la Rep&uacute;blica y Asamblea Legislativa. Se encuentra a pocos kil&oacute;metros del centro hist&oacute;rico de El Salvador, uno de los bulevares m&aacute;s transitados del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=x7xuc2b" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Con micr&oacute;fonos y pancartas, exig&iacute;an la renuncia del ministro y justicia en el caso. Sab&iacute;an d&oacute;nde protestar. Ah&iacute; la prensa conoci&oacute; a las trabajadoras de Florenzi. En medio de la divisi&oacute;n de la carretera, bajo los 30 grados de San Salvador, Nery Ram&iacute;rez tom&oacute; el micr&oacute;fono y con voz alta dijo: &ldquo;M&aacute;s violaciones a los derechos y al ministro Castro no lo ven. Nada ha cambiado, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n nuestros derechos? &iquest;solamente plasmados en los libros? Solo para gente pudiente y a nosotros no nos atienden. Mientras no alcemos nuestras voces, no nos vamos a dar a conocer&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las compa&ntilde;eras mov&iacute;an las pancartas, otras tomaban el micr&oacute;fono para tambi&eacute;n exigir las respuesta del ministro. Grupos feministas radicales encapuchadas, como el colectivo Majes Emputadas, gritaban consignas. C&aacute;ceres tambi&eacute;n las acompa&ntilde;aba y las trabajadoras coreaban con ellas. A su alrededor los carros les pitaron por el tr&aacute;fico que generaron, pero en&nbsp;dos horas de protesta, a una calle del ministerio de Trabajo, el ministro no sali&oacute; a recibirlas.
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                    alt="Con mantas y pancartas en rechazo al ministro de trabajo, las mujeres instalaron una carpa para pasar en guardia en la entrada de la fábrica."
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                Con mantas y pancartas en rechazo al ministro de trabajo, las mujeres instalaron una carpa para pasar en guardia en la entrada de la fábrica.                            </span>
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        &ldquo;El valor que uno tiene para tomar este tipo de acciones no es de cualquiera [...] Algo que me ha motivado y me ha dado coraje es la injusticia, porque es bastante indignante las condiciones en las que estamos viviendo. Esto no es nuevo y las autoridades lo callan&rdquo;, respondi&oacute; Ram&iacute;rez sobre por qu&eacute; decidi&oacute; organizar la protesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El ministro Castro las acus&oacute; <a href="https://twitter.com/RolandoCastroSv/status/1301548446940364801" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en su cuenta de Twitter</a> de manipuladas y mentirosas. El pol&iacute;tico aleg&oacute; en la red social que nunca las ignor&oacute;. Dijo que las recibi&oacute; m&aacute;s de 15 veces. Las trabajadoras aseguran que solo fue una vez. Semanas despu&eacute;s, aclar&oacute; a Gato Encerrado que &eacute;l no las recibi&oacute;, que fueron varios integrantes de su equipo. Se desentendi&oacute; del caso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Castro adujo que el Ministerio de Trabajo no ten&iacute;a &ldquo;las suficientes herramientas legales&rdquo; para ayudarlas y que el proceso ya estaba en los tribunales. Si el ministro hubiera atendido antes las exigencias de las 113, su protesta no habr&iacute;a llegado a etapa judicial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 28 de agosto, sucedi&oacute; un hito para el grupo de trabajadoras. C&aacute;ceres &mdash;la hija y hermana de ex maquileras&mdash; se sent&oacute; junto a Ram&iacute;rez en la comisi&oacute;n de trabajo de la Asamblea Legislativa para denunciar el caso ante un grupo de diputados. Gracias a las protestas en el centro de gobierno, diputados de distintas fracciones se acercaron a ella para escuchar sus exigencias y las invitaron a la comisi&oacute;n. El dictamen fue un&aacute;nime: recomendaban&nbsp; al ministro de Trabajo defender los derechos laborales de las trabajadoras.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las trabajadoras aprenden a decir &ldquo;no&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        El jueves 22 de septiembre, la ministra de Vivienda, Michelle Sol &mdash;a ra&iacute;z de la presi&oacute;n de las colectivas y la presi&oacute;n en redes sociales&mdash; se comprometi&oacute; a reunirse con las 113 trabajadoras, llevarles alimento y escucharlas. No lleg&oacute;. Envi&oacute; 90 bolsas junto con su equipo de v&iacute;deo, que tom&oacute; las fotograf&iacute;as para mostrar en redes sociales que su ministerio dio el donativo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras Nery Ram&iacute;rez observaba a sus compa&ntilde;eras hacer fila para recoger el alimento, reflexionaba en voz alta sobre el taller. La palabra 'sororidad' es la que m&aacute;s retumbaba en su cabeza por trabajar tan de la mano con tantas mujeres. Pero el feminismo es una palabra que todav&iacute;a le produc&iacute;a incomodidad. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para ser feminista, hay que prepararse antes de tomarse el derecho de llamarse as&iacute;. Debe de haber preparaci&oacute;n. Las compa&ntilde;eras cada vez est&aacute;n m&aacute;s empoderadas, luchando y defendiendo. Yo puedo decir que estoy 50% y 50%, porque me hace falta, pero esto es una lucha feminista porque las que llevamos la batuta ac&aacute; somos mujeres&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Un mes despu&eacute;s, en una casa comunal, a unos metros de Florenzi, una trabajadora anotaba como una estudiante todo lo que el instructor dicta sobre accidentes laborales. Se llama Elsa Ch&aacute;vez , tiene 49 a&ntilde;os y labor&oacute; en Florenzi desde 1995. Hasta ahora, nunca hab&iacute;a escuchado sobre derechos laborales. Tras m&aacute;s de 20 a&ntilde;os en Industrias Florenzi, ahora asiste al taller. No lo dijo en la reuni&oacute;n, pero todas sus compa&ntilde;eras lo saben: cuando su hija menor ten&iacute;a 12 a&ntilde;os, fue violada por su padre. Ella lo denunci&oacute; y la ni&ntilde;a pari&oacute; un beb&eacute; con s&iacute;ndrome de down. Elsa se hizo madre por cuarta vez con el beb&eacute; de su hija.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando su nieto naci&oacute;, en 2012, Industrias Florenzi le dio un adelanto de su indemnizaci&oacute;n. El ni&ntilde;o de 13 a&ntilde;os es hoy su hijo menor. Industrias Florenzi le debe ocho a&ntilde;os de indemnizaci&oacute;n que se traducen en 2.400 d&oacute;lares (1.983 euros), sin contar sueldos restantes, fondo de pensiones y seguro social. Con ese dinero quiere cuidar a su nieto antes de jubilarse.&nbsp;
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                Algunas de las mujeres han emprendido sus propios negocios y así apoyan a las compañeras más necesitadas.                            </span>
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        Por personas como Elsa Ch&aacute;vez, Industrias Florenzi ha pasado de ser una maquila a un espacio de aprendizaje de derechos. Las asociaciones imparten a las exempleadas talleres de derechos laborales,&nbsp; g&eacute;nero, educaci&oacute;n y salud sexual, en los que se les insiste la importancia de chequeos m&eacute;dicos y ginecol&oacute;gicos. Algunas dicen que las ha ayudado a empoderarse a nivel personal y en su causa laboral. La mayor&iacute;a son mujeres que superan los 40 a&ntilde;os y a&uacute;n dudan en llamarse a s&iacute; mismas feministas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En las concentraciones y protestas algunas bailan y corean a todo pulm&oacute;n: &ldquo;El patriarcado se va a caer&rdquo;. Otras lo hacen, pero con mucha verg&uuml;enza. Muchas no gritan, pero dicen que, aunque ellas no se identifiquen como feministas, la toma de la maquila es una lucha feminista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El entorno de Florenzi es principalmente femenino, la mayor&iacute;a son mujeres casadas, madres y abuelas. Los talleres han permitido crear espacios seguros para que muchas se identifiquen por primera vez como mujeres lesbianas o bisexuales en espacios c&oacute;modos. 
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que la mayor&iacute;a son mujeres adultas que provienen de hogares religiosos, muchas de las trabajadoras han encontrado espacios m&aacute;s c&oacute;modos y amorosos en la maquila que en sus casas. A Kayla C&aacute;ceres,&nbsp;de Colectiva Amorales, le impresiona ese proceso de reconocimiento de la diversidad sexual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otras mujeres han aprendido a reconocer situaciones de violencia y han conversado sobre el consentimiento sexual. En estos talleres descubrieron que pueden negarse cuando no quieren tener relaciones sexuales con sus maridos. Algunas no sab&iacute;an que negarse era una posibilidad.
    </p><p class="article-text">
        En cuatro meses, las 113 pusieron denuncias ante la Fiscal&iacute;a, ante el Ministerio de Trabajo, hicieron visitas a oficinas de gobierno y protestaron. Para las trabajadoras de Florenzi la toma es una lucha, a&uacute;n si eso significa pelear legalmente la maquila y quedarse con ella. Mientras resisten en los vestigios de lo que meses atr&aacute;s fue su lugar de trabajo, las m&aacute;quinas de coser retenidas acumulan polvo entre el equipo y la ropa que protegen como su &uacute;nica garant&iacute;a de justicia.
    </p><p class="article-text">
        Todas las trabajadoras se apoyan en Nery Ram&iacute;rez. A ella le comienza a pesar esa carga. En su casa, necesitan que comience a trabajar para pagar la luz y el agua. Esto sumado al silencio del due&ntilde;o de Florenzi, le estresa y desalienta. Algunas ya se comenzaron a rendir. Abandonaron la toma porque necesitaban apoyar en sus casas. Ellas pasan de vez en cuando y les llevan frutas, pollo o carne para ayudarles con el dinero que ahora ganan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De las 113, ahora quedan 106.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Valeria Escobar, Emerson Flores, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fabrica-textil-espacio-feminista-trabajadoras-salvadorenas-defienden-despidos-pandemia_130_6474406.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Dec 2020 21:37:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Feminismo,Industria textil,Precariedad laboral,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El regreso de los hijos de la guerra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-hijos-guerra_1_1144578.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/14b7aec7-f2f8-4643-b82c-a93e0a1e9c47_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Una niña camina junto a uno de los murales que recuerdan la guerra en Nueva Trinidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La de Aníbal y Víctor es una historia poco contada: la de los campesinos sin tierra que están siempre a un error, un huracán o una plaga de perderlo todo</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Tercera entrega de la <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">serie de reportajes publicada en colaboraci&oacute;n con El Intercambio sobre quienes son deportados a Centroam&eacute;rica desde EEUU</a></li>
                            </ul>
            </div><h3 class="article-text">El bucle</h3><p class="article-text">
        Regresaron obligados a La Playa. Pero frente a la orilla, nunca hubo mar. Volvieron a sus casas, al sector junto a la rivera del r&iacute;o Gualsinga. Eran los hermanos mayores de dos familias vecinas. Nacidos durante la guerra de El Salvador, la paz les hab&iacute;a obligado a migrar.
    </p><p class="article-text">
        Ambos hab&iacute;an huido de la violencia de la pobreza. Y ambos, An&iacute;bal Mart&iacute;nez, de acuosos ojos azules, y V&iacute;ctor Galeas, de hier&aacute;tica mirada caf&eacute;, acabaron deportados. A principios de 2019, volvieron a ser vecinos de parcela con parcela. De nuevo en La Playa, un lugar monta&ntilde;oso lejos de cualquier oc&eacute;ano de posibilidades.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Nacidos durante una guerra civil, para An&iacute;bal y V&iacute;ctor, sobrevivirla no era el final del camino. La paz tom&oacute; para ellos una forma violenta, de condena c&iacute;clica: la de una pobreza de la que huyen y a la que les regresan. Un agricultor o alba&ntilde;il gana como m&aacute;ximo seis d&oacute;lares al d&iacute;a, cuando consigue trabajo. Es la realidad de muchos. Nueva Trinidad es tambi&eacute;n el municipio con la mayor tasa de retornados desde Estados Unidos en El Salvador, que es adem&aacute;s, el pa&iacute;s con la segunda tasa de homicidios m&aacute;s alta del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Como Guatemala y Honduras, sus vecinos en el Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica, El Salvador se vac&iacute;a en desorden. Seg&uacute;n datos del gobierno salvadore&ntilde;o, un tercio de su poblaci&oacute;n vive fuera del pa&iacute;s. Un problema que comparte con el conjunto de una regi&oacute;n que adem&aacute;s se drena por el lado m&aacute;s joven y se queda sin futuro. Tan s&oacute;lo en 2014, m&aacute;s de 40.000 menores de edad centroamericanos trataron de llegar a EEUU.
    </p><p class="article-text">
        La dimensi&oacute;n de la crisis econ&oacute;mica y de seguridad que asola Centroam&eacute;rica y el n&uacute;mero de migrantes que recibe Estados Unidos fueron la justificaci&oacute;n del Gobierno de Barack Obama para impulsar ya en 2014 un plan de desarrollo econ&oacute;mico para la crisis que viv&iacute;a y a&uacute;n vive la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Bajo el pomposo nombre de Plan Alianza Para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica (PAPTN) buscaba diferenciarse de los escasos resultados de planes anteriores como el Carsi o el Plan M&eacute;rida, m&aacute;s centrados en la seguridad ciudadana que en la econom&iacute;a. &Eacute;ste ser&iacute;a m&aacute;s amplio, incluso transversal, tratar&iacute;a de desarrollar el talento humano y las actividades productivas. Los tres gobiernos pondr&iacute;an dinero para el plan. Algo que nunca sucedi&oacute;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Entre 2016 y 2018, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo (USAID) cumpli&oacute; su parte del compromiso y envi&oacute; a sus contratistas en El Salvador 204 millones de d&oacute;lares, seg&uacute;n cifras del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID), para crear nuevos programas y dar continuidad a los que ya estaban en marcha.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, el gobierno de El Salvador seleccion&oacute; 44 municipios en los que deb&iacute;a aumentar la inversi&oacute;n. Como criterio para seleccionarlos, las estad&iacute;sticas de deportaci&oacute;n y la tasa de homicidios. La presidencia del Gobierno etiquet&oacute; 593 proyectos con las siglas del PAPTN en los presupuestos de esos a&ntilde;os. Y eso fue todo. El Salvador no aument&oacute; su inversi&oacute;n. Estados Unidos tir&oacute; la toalla en septiembre de 2019.
    </p><p class="article-text">
        Nueva Trinidad, el lugar donde viven An&iacute;bal y V&iacute;ctor tras su deportaci&oacute;n, no recibi&oacute; un s&oacute;lo d&oacute;lar de este plan que pueda evitar que ambos traten de huir de nuevo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La de An&iacute;bal y V&iacute;ctor es una historia poco contada: la de los salvadore&ntilde;os que no salen en la foto de la sangre, pero tambi&eacute;n viven con el miedo a la muerte. A otra muerte. La de los campesinos sin tierra que est&aacute;n siempre a un error, un hurac&aacute;n o una plaga de perderlo todo en esos caser&iacute;os aislados y remotos donde las vidas, de no buscar salidas lejanas, se apagan en silencio.
    </p><p class="article-text">
        La Playa, el sector de la comunidad donde viven An&iacute;bal, de 41 a&ntilde;os, y V&iacute;ctor, de 37, est&aacute; en el sureste de Chalatenango, muy cerca de Honduras. Ambos son hijos de la guerra que pele&oacute; el pa&iacute;s en la d&eacute;cada de los 80. Ni&ntilde;os de los combates y los desplazamientos forzados de poblaci&oacute;n a lo m&aacute;s profundo de la monta&ntilde;a o al otro lado de la frontera. An&iacute;bal perdi&oacute; dos hermanos asesinados por el Ej&eacute;rcito. Blanca, la madre de V&iacute;ctor, sufri&oacute; dos abortos involuntarios mientras hu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Ellos sobrevivieron. Solo para que los expulsara una batalla de posguerra. La de una carencia que so&ntilde;aron superar. Ten&iacute;an poco m&aacute;s de 20 a&ntilde;os cuando viajaron por separado a Estados Unidos. No cumplieron sus sue&ntilde;os. All&iacute; chocaron de nuevo con la misma violencia que se extend&iacute;a por El Salvador de posguerra.
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        An&iacute;bal lav&oacute; platos en Los &Aacute;ngeles durante tres a&ntilde;os antes de ser deportado. A finales de la d&eacute;cada, volvi&oacute; a irse a Denver. De nuevo en restaurantes. Siete a&ntilde;os aguant&oacute; tras su segundo viaje fracasado al norte. Cuenta que no tuvo la culpa. Que fueron sus compa&ntilde;eros de piso. Que estaban borrachos, rompieron cristales y uno se desangr&oacute;. Los vecinos llamaron a la Polic&iacute;a. Despu&eacute;s de esa deportaci&oacute;n, dice, se le quitaron las ganas de regresar.
    </p><p class="article-text">
        V&iacute;ctor fue ayudante de cocina durante doce a&ntilde;os en Arlington, Virginia. De entonces le queda una cicatriz vertical que cruza su est&oacute;mago. No puede hacer trabajos pesados. Es el resultado de una pu&ntilde;alada que le meti&oacute; un hombre en 2018. Dice que no lo conoc&iacute;a de nada. &ldquo;A vos te ando buscando&rdquo;, recuerda que le dijo, en espa&ntilde;ol. Su paso por el hospital, sospecha, alert&oacute; a Migraci&oacute;n. No ten&iacute;a documentos. Fue detenido mientras fumaba en la puerta del restaurante salvadore&ntilde;o donde trabajaba.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Ambos coinciden en algo m&aacute;s. El pueblo, dicen los dos, sigue igual. La novedad es que ahora, al menos, se puede llegar. De regreso en casa, notaron que los caminos de tierra se hab&iacute;an convertido en v&iacute;as asfaltadas. Por sus r&iacute;os, cascadas, cerros y por su patrimonio hist&oacute;rico. Nueva Trinidad forma parte de la oferta tur&iacute;stica de un pa&iacute;s que ejercita la memoria hist&oacute;rica. Que en vez de construir hoteles y restaurantes en los que emplear a las v&iacute;ctimas presentes, ha decidido tender carreteras para recordar a las pasadas.
    </p><p class="article-text">
        El Frente Farabundo Mart&iacute; para la Liberaci&oacute;n Nacional (FMLN), partido nacido de la guerrilla que gobierna desde hace treinta a&ntilde;os en este pueblo, ha apostado por recordar la guerra desde el trazo infantil que dibuja las masacres o la huida forzosa. Como si pudiera olvidar. Nueva Trinidad vive alrededor de un &aacute;rbol de copinol que recuerda la tragedia. La Guardia Nacional, dirigida por un sanguinario sargento Le&oacute;n, colgaba a la gente de sus ramas y a nadie se le ha ocurrido cortarlo.
    </p><p class="article-text">
        Ense&ntilde;a el &aacute;rbol Miguel &Aacute;ngel V&aacute;squez, p&aacute;rroco de Nueva Trinidad y Arcatao desde 1986, antes de entrar a la iglesia. Cruza la puerta con vitrales de la Virgen Mar&iacute;a y deja a un lado un mural de un Jesucristo encadenado, que observa a tres militares apuntar a dos prisioneros con vendas en los ojos. Se sienta en una banca, recuerda y explica. Cuenta que, a diferencia de otros sacerdotes, &eacute;l no se implic&oacute; con la guerrilla y que la repoblaci&oacute;n de posguerra en este municipio de siete dispersos y boscosos cantones no fue f&aacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        La historia de la migraci&oacute;n contempor&aacute;nea a Estados Unidos no aparece retratada en las &eacute;picas pinturas de las paredes de Nueva Trinidad.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Cada cant&oacute;n funciona como un pueblo independiente. &ldquo;La gente [de Carasque] tendr&iacute;a muchas razones para odiar o recordar negativamente la lucha de la guerrilla, sin embargo ven de otro modo lo que pas&oacute;. La gente fue haciendo suya la lucha&rdquo;, dice el cura V&aacute;squez al recordar que los muertos en el cant&oacute;n donde viven V&iacute;ctor Galeas y An&iacute;bal Mart&iacute;nez, llegaron por los dos bandos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo cambi&oacute; Carasque despu&eacute;s de la guerra?, le preguntamos a Blanca, la mam&aacute; de V&iacute;ctor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si esa guerra hubiera seguido, ya nos hubi&eacute;ramos muerto mil veces. Cambi&oacute; bastante, antes no hab&iacute;a productores, como ahora, que dan estudios a los ni&ntilde;os. Hubo muchas aflicciones. Pero hubo la ayuda [internacional], zapatos, cuadernos, uniformes. Agua no ten&iacute;amos y ahora s&iacute;, aunque se pague un recibito.
    </p><p class="article-text">
        Carasque cambi&oacute;. Los murales en el cant&oacute;n describen la fuerza de la comunidad, adquirida como m&eacute;todo de supervivencia. Los estudiantes reciben el mensaje de paz y civismo, el consenso contra la miner&iacute;a o la b&uacute;squeda de igualdad entre ni&ntilde;as y ni&ntilde;os. Los alumnos ahora s&iacute; llegan a bachillerato y son educados en su propia historia. Tienen m&aacute;s suerte y derechos que los hijos de la guerra, la generaci&oacute;n de los deportados, que no tuvo oportunidad alguna y sufri&oacute; lo que ahora se recuerda.
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                </figure><h3 class="article-text">Los hombres de la familia</h3><p class="article-text">
        En el sector La Playa, un caminito de cemento lleva a la casa celeste y a la abarroter&iacute;a de An&iacute;bal Mart&iacute;nez, construida con vigas de &aacute;lamo, muy poco a poco, con las remesas. Sus quince fam&eacute;licas vacas pastan a un costado de la casa. A&ntilde;os atr&aacute;s derrib&oacute; la vivienda de su madre y se construy&oacute; una propia, con un cuarto para ella. Tiene alergia al jocote (fruto parecido a la ciruela). Tanta que la tos le dificulta hablar. No ten&iacute;a que haber comido la fruta, dice. Pero le gusta.
    </p><p class="article-text">
        Este hombre alto y rubio se sienta en su porche con su hija peque&ntilde;a sobre sus piernas. No deja de mover esas chanclas destruidas que calza. Se aferra a las pitas de pl&aacute;stico de la silla de playa para explicarse. Se siente inc&oacute;modo. Tanto que pide cambiar su identidad. Recordar el hambre de la infancia le hace llorar. No pas&oacute; de s&eacute;ptimo grado. Ten&iacute;a 14 a&ntilde;os cuando muri&oacute; su pap&aacute; y tuvo que convertirse en agricultor a tiempo completo para ayudar a su familia.
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        &mdash;&iquest;Qu&eacute; vida dejabas aqu&iacute;?, le preguntamos a An&iacute;bal.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Voy a decir la verdad, no me averg&uuml;enzo: yo me fui porque yo ten&iacute;a mi madre, mi hermanita, mi sobrino [...] Nam&aacute;s alcanzaba para darles de comer, pero yo solo no pod&iacute;a. Trabajaba de aclarando a oscureciendo, a veces de noche, me iba para el pueblo a buscar trabajo [...] No era solo yo. Yo dije: 'Pa' quitarme la vida aqu&iacute; trabajando, la aventuro, porque un d&iacute;a Dios me va a dar algo pa'comer'.
    </p><p class="article-text">
        En la parcela de al lado, un port&oacute;n met&aacute;lico lleva a la casa de la mam&aacute; de V&iacute;ctor Galeas. La vivienda es de adobe, piedra, pl&aacute;sticos y techo de l&aacute;mina. El gru&ntilde;ido de dos cerdos y el cacareo de muchos pollos ponen sonido ambiente. Son de la mam&aacute;. V&iacute;ctor carece de trabajo, tierras o animales. Desde que lleg&oacute;, hace tres meses, trabaja cuando puede en la construcci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En EEUU, V&iacute;ctor ganaba 500 d&oacute;lares semanales en el restaurante salvadore&ntilde;o de Arlington. Cada mes, mandaba 400 a Nueva Trinidad. 200 para &eacute;l y 200 para su madre. Ahora, gana entre seis y diez d&oacute;lares por jornada de trabajo al sol. V&iacute;ctor no se llama as&iacute;. Pide cambiar su nombre, igual que su vecino. Tiene un lunar a la altura del labio y una mirada congelada en un rostro redondo. Apenas gesticula y economiza al m&aacute;ximo sus respuestas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Has pensado alguna vez qu&eacute; podr&iacute;as hacer aqu&iacute; para prosperar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues 'nam&aacute;s' trabajar en la tierra.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ni so&ntilde;ando piensas en comprar tierra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo digo que no.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;l era tu meta?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hacer la casa y venirme.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Alguna vez mandaste dinero para tu casita?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, 'nom&aacute;s' mandaba, pero como todas las enfermedades que hubieron, no se pudo.
    </p><p class="article-text">
        Su madre, Blanca, le interrumpe muchas veces para hablar. De voz quejumbrosa y expresivos ojos caf&eacute;, dice que prefiere que est&eacute; con ella, en el pueblo. Pero siente culpa. Perdi&oacute; la movilidad de su mano derecha. Una pu&ntilde;alada de pandillero. V&iacute;ctor se qued&oacute; sin dinero por tres razones: por la pu&ntilde;alada de Blanca, por un c&aacute;ncer fulminante que acab&oacute; con la vida de su cu&ntilde;ada y por la pu&ntilde;alada que le metieron a &eacute;l.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;&iquest;Dice que ahora ve a su hijo triste?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi hijo se decepcion&oacute;. Ten&iacute;a planes, ten&iacute;a una novia de all&aacute; que quiere darle la mitad del dinero [para que regrese a EEUU]. Pero para que vaya a la c&aacute;rcel, le digo que mejor no vaya.
    </p><p class="article-text">
        Mientras su madre prepara un pollo con arroz, V&iacute;ctor Galeas ni menciona a su novia. Solo habla de sus primos en Arlington, de su cuarto alquilado, del trabajo. Su madre dice que en la escuela solo lleg&oacute; a sexto. Antes de irse al norte, fue cobrador en un bus para apoyar a sus pap&aacute;s y a sus seis hermanos. Rehuye la mirada con facilidad. Dice que siempre fue una persona seria. Pero desprende un halo de soledad cuando se le ve sentado en el porche de la casa de su hermana, en la misma parcela de su mam&aacute;. Tiene la mirada instalada en la misma vida que dej&oacute; doce a&ntilde;os antes y a la que regres&oacute; con lo mismo que se llev&oacute;. Con nada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Parte de su generaci&oacute;n estudi&oacute; en escuelas de alfabetizaci&oacute;n que la Iglesia cre&oacute; aqu&iacute;, en Chalatenango, durante la guerra. El salto fue may&uacute;sculo cuando cada vez m&aacute;s j&oacute;venes lograron llegar a noveno grado.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, mientras Galeas y Mart&iacute;nez estaban en EEUU, la Iglesia lanz&oacute; un programa de becas para la universidad. El padre V&aacute;squez est&aacute; muy orgulloso de los m&aacute;s de doscientos j&oacute;venes que ya pasaron por el programa y de las tres casas que tienen en San Salvador y que ocupan como residencia. Dice, convencido, que los muchachos con posibilidad de estudiar no migran.
    </p><p class="article-text">
        Juan Orellana, uno de los maestros de la escuela de Carasque, igual de orgulloso de sus alumnos y de la historia de su municipio, es m&aacute;s pesimista. Tras terminar su clase, los estudiantes salen a jugar al campo de f&uacute;tbol que mira a los cerros. Orellana se sienta en las gradas. Pone en perspectiva a la juventud y opina: &ldquo;Aunque terminen de estudiar, no encuentran trabajo. Migran muchos porque no ven opciones para quedarse&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El sue&ntilde;o del consumismo</h3><p class="article-text">
        Al terminar la guerra, no hubo prosperidad econ&oacute;mica en Nueva Trinidad. Te&oacute;filo C&oacute;rdova, el alcalde del FMLN, acepta, casi treinta a&ntilde;os despu&eacute;s de los Acuerdos de Paz, que los vecinos de ese municipio de agricultores y ganaderos tienen pocas alternativas a la migraci&oacute;n. &ldquo;Ven, que la &uacute;nica manera de conseguir lo que necesitan es irse a Estados Unidos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La camisa morada del regidor hace juego con las paredes del sal&oacute;n de la alcald&iacute;a. C&oacute;rdova, de cuerpo estrecho y largas u&ntilde;as, calcula que el 75% de la econom&iacute;a local depende del gobierno central y municipal. Y el 25%, de la cooperaci&oacute;n internacional. &ldquo;Somos absolutamente dependientes&rdquo;, admite el alcalde de un lugar donde el dinero para la prosperidad nunca lleg&oacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        A veces, la alcald&iacute;a ofrece trabajo a los vecinos. Arreglo de carreteras o edificios. En &eacute;poca seca, despu&eacute;s de las cosechas, hay m&aacute;s demanda de empleo. Tienen programas para apoyar a la producci&oacute;n agr&iacute;cola, al medio ambiente, a las pol&iacute;ticas de g&eacute;nero. &ldquo;Buscamos participaci&oacute;n igualitaria, pero los materiales pesados los cargan hombres y las actividades m&aacute;s livianas, las mujeres&rdquo;, dice C&oacute;rdova.
    </p><p class="article-text">
        La idea de colectividad es fuerte en el municipio. Desde los Acuerdos de Paz, Nueva Trinidad tiene un plan estrat&eacute;gico participativo. &ldquo;Es el m&eacute;todo para que la gente se sienta parte&rdquo;, dice el regidor. En el centro, junto a la iglesia y la alcald&iacute;a, hay un comedor y una tienda comunitaria.
    </p><p class="article-text">
        En Los Pozos &ndash;el cant&oacute;n de donde es oriundo C&oacute;rdova&ndash; hay una piscifactor&iacute;a comunitaria, para producci&oacute;n de tilapia. En Carasque, uno de sus siete cantones, hay sastrer&iacute;a comunitaria, donde fabrican uniformes escolares.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La tradicional resistencia a separarse de las familias &ndash;muy unidas, casi fusionales&ndash; heredada de los tiempos de la guerra, cuando la uni&oacute;n hac&iacute;a la fuerza, ya casi no existe. La idea de comunidad en Nueva Trinidad es s&oacute;lida, pero la realidad econ&oacute;mica se la est&aacute; llevando por delante. Frente a la urgencia y la carest&iacute;a, cuando se trata de migrar al norte, la necesidad del d&oacute;lar norteamericano no genera oposici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mandarinas, palos de pepeto [fruta salvadore&ntilde;a], jocotes, mara&ntilde;ones [anacardo], naranjas, zapotes. Los recuerdos de infancia de V&iacute;ctor Galeas y An&iacute;bal Mart&iacute;nez son los de dos ni&ntilde;os agricultores que jugaban a agarrar frutas de los &aacute;rboles en un pueblo que siempre ha vivido del ma&iacute;z, del frijol, del maicillo, y del ganado. El de Nueva Trinidad era y es un modelo de desarrollo seco, primario, falto de inversi&oacute;n y formaci&oacute;n. Un sistema que no acaba de apostarle al giro hortifrut&iacute;cola para repensar su limitada econom&iacute;a local.
    </p><p class="article-text">
        An&iacute;bal Mart&iacute;nez tiene la columna vertebral da&ntilde;ada. Hablarlo vuelve a partirle. Fue en Denver, un d&iacute;a de 2012. Mientras abr&iacute;a el refrigerador, sinti&oacute; una descarga el&eacute;ctrica sobre la espalda y se resquebraj&oacute; por el suelo de su apartamento compartido. Reconoci&oacute; un dolor infantil, salvadore&ntilde;o. Regres&oacute; al instante en que se cay&oacute; de un &aacute;rbol de pepeto mientras jugaba.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se golpe&oacute; la frente tan duro que crey&oacute; que se le hab&iacute;an salido los ojos de las cuencas. Casi veinte a&ntilde;os despu&eacute;s de aquel primer golpe, sinti&oacute; una pu&ntilde;alada. Era la memoria del cuerpo, los discos lesion&aacute;ndose. Pas&oacute; meses sin trabajar. Solo. El gasto m&eacute;dico lo enfoc&oacute; r&aacute;pido de vuelta al trabajo, los env&iacute;os de dinero, la casa y las primeras dos vacas que le compr&oacute; a su actual pareja, una hondure&ntilde;a que conoci&oacute; en Denver.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;&iquest;Qu&eacute; pas&oacute; tras la ca&iacute;da?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No comprendes el da&ntilde;o que llevas por dentro hasta que el dolor se torna grave. Y yo creo que la mayor&iacute;a que va a Estados Unidos, regresa mal.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute;?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nos olvidamos de nosotros mismos para que a la familia no le falte nada.
    </p><h3 class="article-text">Excelent&iacute;sima presidenta</h3><p class="article-text">
        No todas las familias. Algunas se sacrifican juntas. Regresan juntas. Sea lo correcto o no.
    </p><p class="article-text">
        Flor Pineda es la primera presidenta de la historia de El Salvador. Camina segura y sonriente hacia un atril, entre un p&uacute;blico infantil. Es el D&iacute;a Internacional de la Ni&ntilde;a en 2018 y Pineda representa a la ONG Plan International. El ahora expresidente Salvador S&aacute;nchez Cer&eacute;n le cede simb&oacute;licamente el puesto por un d&iacute;a. Flor reclama un mundo m&aacute;s justo para las ni&ntilde;as, con m&uacute;sica heroica de fondo.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Y la excelent&iacute;sima presidenta dice: &ldquo;Las ni&ntilde;as y adolescentes somos vulnerables por nuestra condici&oacute;n de g&eacute;nero a sufrir violencia sexual, uniones forzadas, embarazos tempranos y deserci&oacute;n escolar. Por eso, garantizar nuestros derechos como ni&ntilde;as tiene que ser una de las prioridades de todo gobierno&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Ahora es abril de 2019 en el sector Los Pinedas, en Carasque. Las ni&ntilde;as como ella caminan por todas partes en su aldea. Mientras muestra orgullosa el v&iacute;deo, oscurece en la casa de sus padres. Flor es estudiosa y le emociona ser una joven lideresa en su cant&oacute;n, dice mientras come paternas. Es el rostro de la campa&ntilde;a Ni&ntilde;as con igualdad.
    </p><p class="article-text">
        Flor naci&oacute; en EEUU, pero vive en Carasque hace siete a&ntilde;os. Desde que Sa&uacute;l, su pap&aacute;, fue deportado. Su mam&aacute;, Vilma, decidi&oacute; sacarla de la guarder&iacute;a para regresar con su marido.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me dice a veces: 'Mami, por qu&eacute; nos vinimos'. Cuando empezaba la guarder&iacute;a, me dec&iacute;a: 'Por qu&eacute; nos vamos'. Ese es el riesgo: que me reclame en un futuro por qu&eacute; regresamos.
    </p><p class="article-text">
        Se nota el orgullo de sus padres. La miran con la esperanza de que su vida sea mejor. Porque Vilma Cruz, de 39 a&ntilde;os y Sa&uacute;l Pineda, de 41, son tambi&eacute;n hijos de la guerra, de familias desplazadas de sus pueblos por la guerra a las monta&ntilde;as y por la penuria a Estados Unidos. Se hicieron pareja en Denver. Ambos se deslomaron a trabajar. &Eacute;l, como camarero pluriempleado en dos restaurantes. Trabaj&oacute; tanto que se volvi&oacute; adicto a las bebidas energizantes. A veces se quedaba dormido en el ba&ntilde;o del trabajo. Ella, adem&aacute;s de la hosteler&iacute;a, sufri&oacute; en la limpieza y los cuidados. Acab&oacute; desempleada y se hizo deportar tras su marido: &ldquo;No hall&eacute; valor para quedarme sola&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Y los hijos de la guerra regresaron. Igual que hicieron sus vecinos V&iacute;ctor y An&iacute;bal, con quienes coincidieron en Denver.
    </p><p class="article-text">
        Sa&uacute;l, un hombre alto y flaco de nariz prominente y acento chicano, volvi&oacute; con un insomnio que le cost&oacute; curar. Vilma, una mujer oronda de ojos brillantes y peque&ntilde;a nariz, regres&oacute; con la gran duda de si deber&iacute;an de irse de nuevo: &ldquo;Me encontr&eacute; lo mismo, la misma gente, la misma pobreza, ning&uacute;n desarrollo, fue un impacto grande&rdquo;. Pero este matrimonio, a diferencia de muchos vecinos, prefiri&oacute; estar de vuelta en Nueva Trinidad con sus dos hijas estadounidenses. Sin dinero, pero con tiempo para ellas.
    </p><p class="article-text">
        Vilma cuida de sus vacas lecheras. Cuando a&uacute;n no hab&iacute;a migrado, tuvo que abandonar la carrera de Administraci&oacute;n de Empresas porque no pod&iacute;a pagarla. Trabaj&oacute; cuatro a&ntilde;os en la alcald&iacute;a, pero tampoco logr&oacute; mantenerse con eso. Sa&uacute;l trabaja como taxista. Gana poco. Es el presidente de la directiva comunitaria, un empleo comprometido que implica estar pendiente de las necesidades la comunidad de Carasque y por el que no recibe salario.
    </p><p class="article-text">
        Piensa mucho en EEUU: &ldquo;Cuesta mucho volver a trabajar bajo el sol y no ver nada y tener aquel vicio del cheque quincenal&rdquo;, dice risue&ntilde;o.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Hoy el afable Sa&uacute;l tuvo el d&iacute;a muy ocupado porque le toc&oacute; acompa&ntilde;ar al primer agach&oacute;n comunitario. En El Salvador, un agach&oacute;n es una venta de ropa de segunda mano. Agach&oacute;n por agacharse a seleccionar la ropa amontonada en pl&aacute;sticos en el suelo. Vilma cree que le dedica demasiado tiempo para ser un empleo <em>ad honorem</em>. Pero ella es la primera que le apoya, porque ante un Estado que tard&oacute; a&ntilde;os en estar presente, el trabajo comunitario fue definitivo en Nueva Trinidad. A su hija Flor, la ni&ntilde;a que fue presidenta por un d&iacute;a del pa&iacute;s que expuls&oacute; a sus pap&aacute;s, suele decirle: &ldquo;Tu futuro est&aacute; all&aacute; [EEUU] o ac&aacute;; ten&eacute;s que decidir d&oacute;nde quer&eacute;s estar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuatro caballos pastan en la empedrada orilla del r&iacute;o Gualsinga. Los vecinos suelen acercarse a La Playa que ni es playa, ni tiene arena, horizonte ni mar. Buscan refrescarse de jornadas de calor irrespirable. Un d&iacute;a como tantos, An&iacute;bal Mart&iacute;nez regresa de ba&ntilde;arse. Entra en su casa mojado. Como de mojado se fue dos veces antes de construir esa casa.
    </p><p class="article-text">
        En Nueva Trinidad, el pasado y el presente de los vecinos se parecen demasiado. Le sucede a V&iacute;ctor. A An&iacute;bal. A Sa&uacute;l. A Vilma. Aunque la paz ya dure 28 a&ntilde;os, haya agua y electricidad, incluso opciones de educaci&oacute;n para las nuevas generaciones, el camino de los hijos de la guerra de Carasque solo tiene dos sentidos: emigrar a Estados Unidos o de regreso a La Playa que nunca fue, es, ni ser&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        La duda pende sobre el futuro de los nietos de la guerra. Los ni&ntilde;os que no vivieron las matanzas b&eacute;licas, pero crecen en un pa&iacute;s con un conflicto que no cesa: el de la violencia pandillera y el del hambre.
    </p><p class="article-text">
        La que fuera presidenta por un d&iacute;a de El Salvador, Flor Pineda, representa la paradoja. Esta pre adolescente nacida en Estados Unidos quiere una vida mejor para ni&ntilde;as como ella. A&uacute;n no piensa en irse. A&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a www.elintercamb.io/retorno. Tambi&eacute;n puedes leer en eldiario.es la primera y la segunda entrega.</em><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">primera</a><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-Grisela-Domingo_0_984451751.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">segunda</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ximena Villagrán, Elsa Cabria, Oliver de Ros, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-hijos-guerra_1_1144578.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Feb 2020 19:36:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El regreso de los hijos de la guerra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Inmigración,Refugiados,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: "Te lo prometo, ya no voy a volver a este país"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-grisela-domingo_1_1084746.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd59fa3f-6d37-486a-82fd-27f0908c4715_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: &quot;Te lo prometo, ya no voy a volver a este país&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Griselda Domingo, mujer indígena</p><p class="subtitle">de 22 años, enfrenta su tercera deportación a uno de los municipios de Guatemala con mayor número de retornados en 2017 y 2018</p><p class="subtitle">En San Juan Atitán, que ocupa el segundo lugar en desnutrición crónica del país, el regreso forzado de EEUU es motivo de burla</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Segunda entrega de&nbsp;la&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">serie de reportajes</a> publicada en colaboraci&oacute;n con&nbsp;El Intercambio sobre quienes son deportados a Centroam&eacute;rica desde EEUU</li>
                            </ul>
            </div><h3 class="article-text">Estados Unidos vs. Griselda Domingo-God&iacute;nez</h3><p class="article-text">
        El abogado argumenta sin mucho &eacute;xito que su defendida ya aprendi&oacute; la lecci&oacute;n. Esgrime que lleva detenida cuatro meses. Un castigo demasiado largo por cruzar sin permiso una frontera. El magistrado interrumpe al abogado y pregunta:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se&ntilde;orita Domingo, con respecto a este caso, &iquest;desea decir algo? 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me puedes hacer el favor de que me permitas regresar con mi familia y que mi familia est&aacute; sufriendo por m&iacute;, est&aacute; preocupado por m&iacute;. Te lo prometo, ya no voy a volver otra vez a este pa&iacute;s. &mdash;responde la acusada en espa&ntilde;ol, aunque su idioma materno es el ind&iacute;gena <em>mam</em>.
    </p><p class="article-text">
        Sirvi&oacute; de poco. La ley es clara. El 13 de noviembre, en El Paso, Texas, y tras un juicio que dur&oacute; dos minutos y 57 segundos, Griselda Domingo, una guatemalteca de 22 a&ntilde;os, fue condenada a ocho meses de prisi&oacute;n por reingreso ilegal en Estados Unidos. Cuando salga, ser&aacute; deportada a su pa&iacute;s. Por tercera vez.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En Estados Unidos, donde vivieron su padre y su t&iacute;o y donde residen tres de sus seis hermanos, Griselda nunca ha vivido fuera de una prisi&oacute;n. Cuando la liberen, la enviar&aacute;n a Guatemala. Y es probable que una vez all&iacute;, haga lo mismo que la &uacute;ltima vez que la detuvieron y deportaron, en febrero de 2019. Llamar&aacute; a Juana, su madre, pedir&aacute; dinero prestado y se subir&aacute; a un bus que tras siete horas de ruta la dejar&aacute; en Huehuetenango, cabecera del departamento del mismo nombre. All&iacute; la recoger&aacute; Marcos Domingo, su padre y, ya juntos, viajar&aacute;n otra hora y media hasta su pueblo, San Juan Atit&aacute;n, uno de los municipios con la tasa de retornados m&aacute;s alta de Guatemala.
    </p><p class="article-text">
        Cuando un sanjuanero llega a Estados Unidos, la familia en el pueblo lo celebra con un almuerzo, sin el festejado presente. Cuando es deportado, nadie festeja nada. Cuando la persona deportada es mujer, joven, soltera y sin hijos y se trata, adem&aacute;s, de su tercera deportaci&oacute;n, un sistema entero comienza a resquebrajarse. Porque en San Juan Atit&aacute;n la migraci&oacute;n, el trabajo - la vida- es algo que deciden los hombres.
    </p><h3 class="article-text">Detr&aacute;s de la vocaci&oacute;n migratoria</h3><p class="article-text">
        San Juan Atit&aacute;n es sin&oacute;nimo de vocaci&oacute;n migratoria, seg&uacute;n el gobierno de Guatemala. Fue uno de los 51 municipios elegidos en 2017 para intentar evitar la huida de guatemaltecos a Estados Unidos. El esfuerzo formaba parte del pen&uacute;ltimo plan para frenar la llegada de centroamericanos al norte dise&ntilde;ado por el gobierno de Estados Unidos con el nombre Plan Alianza para la Prosperidad para el Tri&aacute;ngulo Norte (PAPTN). Fue un fracaso. No dio prosperidad a San Juan. El gobierno guatemalteco no aument&oacute; su inversi&oacute;n en el municipio. Y aunque logr&oacute; acertar en el diagn&oacute;stico, -la pobreza y la desnutrici&oacute;n cr&oacute;nica expulsan a la gente-, el Plan no hizo nada para cambiar la realidad de sus habitantes.
    </p><p class="article-text">
        A 2.500 metros de altura, San Juan Atit&aacute;n es un lugar de cuerpos fucsias y rojos, los colores de su traje tradicional. Y es un pueblo expulsor, sobre todo de hombres. Al calor de la ma&ntilde;ana, un grupo de cinco deportados pasa las horas en la plaza del pueblo. Bajo sus sombreros de paja, tejen bolsas de lana, sentados en una banca. Es parte de su trabajo sin remuneraci&oacute;n como guardabosques. Vigilan el pueblo y el bosque de pinos y encinos que abriga San Juan. Ante la presencia de mujeres se incomodan y callan.
    </p><p class="article-text">
        Pasan las horas y al atardecer el paisaje humano de la plaza de pueblo es a&uacute;n m&aacute;s masculino. En San Juan Atit&aacute;n, las mujeres, silenciosas, caminan directas de un punto a otro. Salvo en d&iacute;a de compras y mercado, no se detienen en las calles. El movimiento masculino, demasiadas veces lleva sello. Es f&aacute;cil ver a un hombre tambale&aacute;ndose, o tirado en la calle en las cuestas de San Juan. Existe una relaci&oacute;n causa-efecto entre desempleo, pobreza, migraci&oacute;n, deportaci&oacute;n y abuso de alcohol. &ldquo;El factor alcoholismo es muy fuerte en San Juan, los hombres no aceptan que tienen problemas&rdquo;, explica Olga Morales, directora del centro de salud del municipio.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero el alcoholismo no es el &uacute;nico problema al que se enfrenta la doctora Morales. La falta de empleo local provoca que familias completas viajen al menos cinco meses para recolectar en las grandes fincas. Ganan poco. Cinco d&oacute;lares por 100 kilos de caf&eacute; recogidos. Los ni&ntilde;os no comen bien en las fincas y se enferman. San Juan ocupa el segundo puesto a nivel nacional en desnutrici&oacute;n cr&oacute;nica infantil. Y esa es la gran preocupaci&oacute;n de la doctora Morales. Porque ni el dinero de las remesas hace que las familias mejoren su dieta. Y hay muchos ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En un pueblo de 16.365 habitantes, se registra una media de 650 nacimientos anuales, una de cada 15 mujeres del pueblo da a luz cada a&ntilde;o. Aunque los m&eacute;todos anticonceptivos son gratuitos en el centro de salud, para planificar, las mujeres tienen que preguntar a sus esposos. Tambi&eacute;n para llevar a sus hijos al hospital de Huehuetenango, aunque sea una emergencia, tienen que localizar a sus parejas. Si ellos son inmigrantes en EEUU, los llaman por tel&eacute;fono.
    </p><p class="article-text">
        Es un pueblo de hombres comerciantes que venden en los mercados. De mujeres que son por tradici&oacute;n artesanas. Todas son costureras del traje tradicional sin salario, los cosen para sus padres o maridos. Hay poco empleo fijo: como maestro, en el banco, en la cooperativa de ahorro. Y en la Municipalidad, pero conseguirlo depende de la relaci&oacute;n con el alcalde de turno. La educaci&oacute;n formal brilla por su ausencia. La mayor&iacute;a no pasa de sexto de primaria y las mujeres no suelen estudiar por decisi&oacute;n de sus padres. Sin trabajo remunerado, sin estudios, con ni&ntilde;os a su cargo y parejas o padres deportados, cobra sentido que cada vez se vayan m&aacute;s mujeres al norte. No es posible calcular cu&aacute;ntas mujeres expulsa San Juan porque la mayor&iacute;a de la gente migra sin avisar y sin pasar por un puesto fronterizo. Pero cada vez son m&aacute;s. Entre 2017 y 2018, la cantidad de mujeres deportadas a Huehuetenango - el departamento de San Juan Atit&aacute;n - aument&oacute; un 49%.
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        Las mujeres se van. Como se fue tres veces Griselda Domingo. Entenderlo no es f&aacute;cil. El desconocimiento del idioma ind&iacute;gena <em>mam</em> es un impedimento para hablar con la gente. Sobre todo, con las mujeres del pueblo.
    </p><p class="article-text">
        En una estrecha oficina de la Municipalidad, 20 hombres conversan en su idioma. Representan a las aldeas y caser&iacute;os de San Juan Atit&aacute;n, son los alcaldes auxiliares. Discuten sobre qui&eacute;n hablar&aacute; con nosotros sobre las consecuencias de ser deportado. Tras una hora, la autoridad ind&iacute;gena designa a un hombre orondo, de ojos redondos y rojizos que se quita el sombrero y saluda amable. Se llama Marcos Domingo. Es el padre de Griselda, pero tardaremos unas horas en descubrir a su hija. El padre nos invita a su comunidad, Sacchilaj.
    </p><p class="article-text">
        En una ladera se asienta una peque&ntilde;a casa de concreto que Marcos Domingo jam&aacute;s pint&oacute;. La pag&oacute; con el dinero que reuni&oacute; en los cinco a&ntilde;os que logr&oacute; trabajar como jardinero en Estados Unidos antes de ser deportado. Tiene tres dormitorios, una cocina en la que no entra, y una peque&ntilde;a parcela para cultivar frijol. Debajo de la casa, est&aacute; su antigua vivienda de madera. El recuerdo de una vida a&uacute;n m&aacute;s pobre. M&aacute;s peque&ntilde;a. Llena de trastes. Cerrada. Siete de sus ocho hermanos viven en Estados Unidos.
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        Cuando viv&iacute;a en Estados Unidos, Marcos pag&oacute; el viaje a sus tres hijos mayores. Hoy est&aacute;n casados, con residencia legal y han construido grandes casas en su aldea por si deciden regresar. Las muestra orgulloso. Ninguna est&aacute; amueblada, pero revelan el poder&iacute;o que un trabajo en San Juan nunca les habr&iacute;a permitido.
    </p><p class="article-text">
        La de Rodrigo, su hijo mayor, marca el estilo de las dem&aacute;s. Tiene tres plantas, un lobo, una bandera estadounidense pintada en el exterior y una ba&ntilde;era. Rodrigo es, adem&aacute;s, el art&iacute;fice de los viajes de Griselda. Lleg&oacute; a los diez a&ntilde;os a Estados Unidos, trabaja como cocinero en un restaurante mexicano y Griselda lo considera su segundo padre. Los viajes de Griselda contaron tambi&eacute;n con el apoyo de un familiar cercano que es coyote y la llev&oacute; hasta M&eacute;xico. Y el dinero y el apoyo moral de su padre.
    </p><p class="article-text">
        La imprecisi&oacute;n de una pregunta cambia la respuesta. Cuando le preguntamos al pap&aacute; si tiene hijos deportados, responde que no. Es la risue&ntilde;a Eluvia, la hija menor de 19 a&ntilde;os, quien revela en la cocina que el matiz es el g&eacute;nero de la pregunta. Deportado es distinto que deportada. Un hijo var&oacute;n se dice <em>x&rsquo;in</em>. Una hija se dice <em>x&rsquo;uj</em>. Y en ese momento, entran por la puerta los ojos m&aacute;s tristes de la casa. Caf&eacute;s, grandes, de l&aacute;grima fronteriza. En el marco de la puerta de la casa, Griselda sonr&iacute;e un poco. Acaba de ser deportada por segunda vez. Apenas hace dos semanas. Tan reciente que su boca a&uacute;n mantiene &aacute;ngulo c&oacute;ncavo.
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    </figure><p class="article-text">
        Es Eluvia, la m&aacute;s peque&ntilde;a de los hijos de Marcos Domingo, quien explica lo m&aacute;s importante de esta historia. Supone un cambio de paradigma. Es la actitud de una mujer llamada Griselda que se empoder&oacute; con la sola voluntad de moverse. &ldquo;Ella lo decidi&oacute;, quer&iacute;a trabajar, no quer&iacute;a casarse, porque los hombres ac&aacute; son machistas, a ella no le gusta que alguien la enga&ntilde;e o la lastime, para que nadie le diga que es mantenida&rdquo;, dice la &uacute;nica persona de la familia con t&iacute;tulo de bachillerato.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te dijo tu mam&aacute; cuando regresaste ac&aacute; [a San Juan]?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues mi mam&aacute; me dijo: 'No llores'. Porque cuando yo llegu&eacute; aqu&iacute; estoy llorando y llorando y yo pienso para matarme. S&iacute;, porque bastante es mi deuda, porque muchas gentes se burlaron de m&iacute; cuando yo regreso otra vez aqu&iacute;, por eso pienso yo para matarme y mi mam&aacute; me dijo: 'No, no piense eso'.
    </p><p class="article-text">
        En el pueblo de los deportados, regresar es soportar la costumbre de la burla colectiva. Una humillaci&oacute;n extra&ntilde;a, vista desde fuera, porque en todas las familias hay migrantes y deportados. Tambi&eacute;n sucede en pueblos cercanos. Y, probablemente, en muchos pa&iacute;ses cuyos gobiernos defienden que sus ciudadanos tienen vocaci&oacute;n migrante. El &eacute;xito o el fracaso del viaje a Estados Unidos define c&oacute;mo ser&aacute;n tratados a su regreso. Griselda lo intent&oacute; dos veces en 2018 y una en 2019. Por la &uacute;ltima, est&aacute; presa. Para cuando cumpla su condena, la vida de Griselda Domingo en Guatemala ser&aacute; una deuda con su padre. Y &eacute;l tendr&aacute; otra deuda con un prestamista, por las tres veces que su hija no logr&oacute; su prop&oacute;sito de no depender de un hombre.
    </p><h3 class="article-text">La postal del hambre</h3><p class="article-text">
        El ni&ntilde;o de dos a&ntilde;os est&aacute; tan desnutrido que ni llora. Parece un beb&eacute; porque no camina. Su madre est&aacute; sentada en el suelo. Ante su casa de barro y madera, mira inc&oacute;moda a su alrededor. El padre, callado, observa a la defensiva. Tiene los ojos rojos. Como muchos hombres entrevistados. Los otros tres ni&ntilde;os se ponen a jugar. En esta casa todo el mundo est&aacute; tenso. La visita les resulta violenta. Viven en la aldea Tuispichon, a una hora por camino de tierra del centro de San Juan. Es un para&iacute;so natural y una postal del hambre.
    </p><p class="article-text">
        Los visita una comitiva encabezada por la doctora Morales, para contar el trabajo contra la desnutrici&oacute;n del gobierno. Todos de pie, menos la familia. Las preguntas est&aacute;n preparadas. Las respuestas de la madre en idioma <em>mam</em> son preocupantes. Pero solo la doctora y una trabajadora municipal lo manifiestan fuera de c&aacute;mara. Son tan pobres que ni frijol o ma&iacute;z comen, solo hierbas. La doctora atiende al ni&ntilde;o desde hace meses, pero no mejora.
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        La aguda desnutrici&oacute;n infantil de San Juan Atit&aacute;n fue otra de las razones por las que el pueblo result&oacute; seleccionado por el Programa Nacional de Competitividad (Pronacom) del Ministerio de Finanzas como uno de los municipios migrantes necesitados de pol&iacute;ticas e inversiones dentro del Plan Alianza para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte, PAPTN.
    </p><p class="article-text">
        No es posible verificar si el gobierno estadounidense aument&oacute; fondos para sus muchos programas en la zona. Lo que es seguro es que aqu&iacute;, en el lugar elegido por el gobierno para lanzar en 2012 el Pacto Hambre Cero con apoyo del Departamento de Estado de EE.UU, se registra el segundo mayor &iacute;ndice de desnutrici&oacute;n del pa&iacute;s. 9 de cada 10 ni&ntilde;os est&aacute;n desnutridos. Tienen su futuro hipotecado sin remisi&oacute;n. Eso no signific&oacute; que su municipalidad recibiera fondos extra durante los tres a&ntilde;os que dur&oacute; el PAPTN. Aqu&iacute;, el mayor orgullo de los funcionarios locales es haber bajado del primer al segundo puesto en el hambre infantil.
    </p><p class="article-text">
        Las familias cultivan ma&iacute;z criollo y comen el grano importado que compran en la frontera con M&eacute;xico, porque la diferencia de precio les permite tener 3 d&oacute;lares en efectivo. Para reducir el hambre, las dos empleadas que trabajan en la oficina del Ministerio de Agricultura (Maga) muestran a algunas vecinas una cartulina arrugada llena de fotos de un hongo. Se llama hongo ostra. Les explican que solo tienen que meter las semillas en los olotes (el centro sobrante del ma&iacute;z) y que no necesitan tierra para hacerlo. Despu&eacute;s de cincuenta d&iacute;as de espera aparece el producto.
    </p><p class="article-text">
        El objetivo es que las familias tengan mayores ingresos y mejor alimentaci&oacute;n. Pero el proyecto del hongo no termina de cuajar. Han capacitado a 21 grupos, en su mayor&iacute;a de mujeres. Pero solo tres familias se han sumado al experimento. Ninguna de las dos funcionarias encargadas del proyecto es de San Juan. Dicen que las mujeres optan por quedarse calladas, pero no sienten que sea por machismo. Ellas lo niegan, pero el plan de desarrollo municipal, elaborado por el Concejo Municipal de Desarrollo y la Secretar&iacute;a de Planificaci&oacute;n de la Presidencia (Segeplan), incluye el &ldquo;dominio machista&rdquo; como parte de la identidad y cultura del lugar.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, los maestros del pueblo llevaron por primera vez Incaparina, un suplemento alimenticio de harina de ma&iacute;z y soya, a las aulas, con respaldo de varios ministerios. Ese mismo a&ntilde;o, a mediados de noviembre lleg&oacute; hasta San Juan Atit&aacute;n Luis Arreaga, el embajador de Estados Unidos en Guatemala. Visit&oacute; al consejo ind&iacute;gena por ser un municipio parte del PAPTN. La visita la recuerda el alcalde, Lorenzo Mart&iacute;n, en su despacho de la alcald&iacute;a. Vestido con su traje ind&iacute;gena, dice que el embajador le pregunt&oacute; por la desnutrici&oacute;n y por la migraci&oacute;n. &Eacute;l le explic&oacute; que hay tierras inf&eacute;rtiles y que el agua no alcanza para la siembra. &ldquo;Dijeron que van a trabajar m&aacute;s con la artesan&iacute;a de las mujeres, en el mercado, para comercializar el traje t&iacute;pico&rdquo;, explica este regidor que, a diferencia de los tres concejales que le acompa&ntilde;an en la pl&aacute;tica, nunca migr&oacute;. Ni el PAPTN ni el desarrollo del sector textil llegaron. El plan del embajador de Estados Unidos en Guatemala fall&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El laborioso trabajo de tejer los trajes de la comunidad es cosa de mujeres. Aunque el consejo ind&iacute;gena de alcaldes auxiliares no parece muy consciente del valor econ&oacute;mico de ese trabajo. Mujeres de otros pueblos ya est&aacute;n llegando a San Juan a venderles hilo a un precio mayor y algunas sanjuaneras empezaron a hacer prendas tradicionales para que las vendan otras peque&ntilde;as empresarias de Santiago Chimaltenango, un municipio vecino. Mientras, como hac&iacute;a Griselda Domingo cuando la conocimos en marzo de 2019, las mujeres de la familia Domingo contin&uacute;an con la tradici&oacute;n gratuita de tejerle el traje al padre.
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        En teor&iacute;a, Guatemala dise&ntilde;&oacute; su parte del PAPTN para contentar al gobierno de Barack Obama (y luego de Donald Trump). Y fue m&aacute;s espec&iacute;fico, sobre todo en comparaci&oacute;n con Honduras. Pronacom defini&oacute; un enfoque econ&oacute;mico para detener la migraci&oacute;n. Y organiz&oacute; reuniones con l&iacute;deres locales de los 51 municipios priorizados para entender las necesidades locales. Pero en la pr&aacute;ctica, la inversi&oacute;n fue nula.
    </p><p class="article-text">
        Gabriela P&eacute;rez, asesora del PAPTN para el Gobierno de Guatemala, confirm&oacute; que solo etiquetaron proyectos preexistentes en los presupuestos de gobierno, bajo las siglas del PAPTN. Al final de 2019, la idea de prosperidad qued&oacute; relegada, M&eacute;xico acept&oacute; convertirse en la frontera sur de EEUU y Guatemala pas&oacute; a ser pa&iacute;s receptor de solicitantes de asilo. A&uacute;n cuando casi la mitad del pa&iacute;s vive en pobreza y fue el pa&iacute;s m&aacute;s migrante del norte de Centroam&eacute;rica entre 2018 y 2019. Los a&ntilde;os en los que Griselda se fue tres veces de San Juan Atit&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ahora hay un nuevo plan en dise&ntilde;o. Se llama 'Am&eacute;rica crece'. Otro plan m&aacute;s. Pero si algo crece en esta parte de Am&eacute;rica es la fijaci&oacute;n con irse, cueste lo que cueste. La gente se va de la regi&oacute;n porque no espera nada de sus gobiernos. Porque la poblaci&oacute;n es muy consciente de que el quetzal vale menos que el d&oacute;lar.
    </p><p class="article-text">
        La madre de Griselda se llama Juana. De ella hered&oacute; su sonrisa t&iacute;mida y su habilidad para tejer. Juana, la silenciosa mujer que vio partir a un marido y cuatro hijos en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os, no habla espa&ntilde;ol. Aunque le pedimos que se siente con nosotros y su esposo a almorzar la comida que ella ha preparado, almuerza con sus hijas en la cocina. Pero para Griselda, Juana es una persona tan importante como lo es su hermano mayor, Rodrigo, el que vive en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        A Juana le conf&iacute;a c&oacute;mo se siente, qu&eacute; le preocupa. Deuda, as&iacute; se llama la obsesi&oacute;n actual de Griselda Domingo. Una fijaci&oacute;n l&oacute;gica si un banco jam&aacute;s le va a prestar dinero para migrar. Si su padre empe&ntilde;&oacute; tierras que compr&oacute; con su trabajo en Estados Unidos, y debe dinero a un prestamista. La mujer que nunca gan&oacute; m&aacute;s de cuatro d&oacute;lares diarios por cortar caf&eacute; en fincas, arruga el rostro redondo que hered&oacute; de su padre Marcos, mientras repite la palabra deuda dieciocho veces a lo largo de la conversaci&oacute;n.
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        &mdash;&iquest;Tu mam&aacute; prefiere que te quedes ac&aacute; con ella?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi mam&aacute; [rompe en llanto] est&aacute; llorando y llorando cuando yo llegu&eacute; aqu&iacute;. 'Ya no vas a intentar otra vez', me dijo. S&iacute; voy a intentar otra vez, le dije, que bastante es mi deuda. Y me dice mi mam&aacute;: 'Est&aacute; bueno' [se le corta la voz] para pagar mi deuda.
    </p><p class="article-text">
        Griselda habla de cien mil quetzales, de miles y miles, no concreta. Se agobia, se frustra. Tiene una deuda con su padre. Pero esta es la segunda vez. Se vuelve a ir un mes despu&eacute;s. Para cuando regrese deportada la tercera, la ansiedad de Griselda ser&aacute; may&uacute;scula. Aunque le cambiemos el tema de la conversaci&oacute;n, le cuesta un mundo responder.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te gusta hacer para que el tiempo ac&aacute; sea m&aacute;s agradable?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues no s&eacute;&hellip; No s&eacute; porque aqu&iacute; no hay un d&iacute;a siempre feliz, aqu&iacute; no. Siempre estoy triste triste y, cada d&iacute;a, siempre estoy triste y triste. A veces, mi mam&aacute; est&aacute; platicando, est&aacute; escribiendo, pero yo no puedo re&iacute;r. Siempre estoy triste triste, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Griselda siempre est&aacute; triste. Y la microeconom&iacute;a de San Juan explica por qu&eacute;. Adem&aacute;s del comercio y la artesan&iacute;a incipiente de ropa, hay dos profesiones comunes que ilustran la imposibilidad de quedarse sin padecer necesidades: la de prestamista y la de coyote.
    </p><p class="article-text">
        No logramos conocer a una persona que preste dinero. Pero un coyote, familiar de los Domingo nos habla. No admite su profesi&oacute;n, dice que es agricultor deportado y que su reloj de oro es un regalo. Pero afuera de su casa tiene una camioneta roja nueva y deslumbrante, toda la familia nos confirma a qu&eacute; se dedica, tiene un collar con una AK-47 y admite que ayud&oacute; a Griselda a llegar al norte de M&eacute;xico. Solo elude la palabra expl&iacute;cita. Aunque en Guatemala existe una ley que criminaliza a los coyotes, esa profesi&oacute;n en San Juan es vista como un trabajo con buena intenci&oacute;n, porque al final ayuda a mucha gente a llegar a Estados Unidos. Aunque sea por dinero.
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                </figure><p class="article-text">
        No hay muchas alternativas <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/pandillas-machismo-hondurenas-caravana-migrante_0_838866900.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">para la independencia econ&oacute;mica de las mujeres</a> de San Juan Atit&aacute;n. Pero en la calle principal, trabaja la personificaci&oacute;n de la autonom&iacute;a. Zoyla Marina Mart&iacute; es la due&ntilde;a de uno de los comedores y de una sonrisa reluciente. Junto a su nuera, que atiende el otro comedor, es una de las escasas empresarias locales.
    </p><p class="article-text">
        Zoyla es serena, de frases cortas, viuda. Vive hace 18 a&ntilde;os en el pueblo, pero es oriunda de Santiago Chimaltenango, a 40 minutos de distancia. Los kil&oacute;metros suficientes para que su traje y peinado sean distintos a los de las sanjuaneras. Zoyla no habla espa&ntilde;ol, pero traduce Carmen, su hija menor, que es biling&uuml;e porque estudi&oacute; en Ciudad de Guatemala. Para llegar a tener su negocio, la madre consigui&oacute; trabajo como cocinera en el comedor de un sobrino y luego pidi&oacute; un pr&eacute;stamo a un familiar. &ldquo;[Montar un negocio], no se le dificult&oacute; por ser mujer, porque ella siempre se dio su lugar&rdquo;, dice Carmen tras escuchar a su mam&aacute;. En el comedor, este d&iacute;a de principios de marzo, solo hay hombres. El color rojo de la trenza de Zoyla luce entre la paredes rosas del silencioso local. 
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        Carmen es muy parecida a su madre, pero con gafas. En la capital, gracias a que unas monjas la acogieron, pudo graduarse como maestra. Regres&oacute; a su pueblo hace un a&ntilde;o, con su marido, para poner una tienda y ayudar a Zoyla. &ldquo;Hay hombres que vienen [al comedor] y nos empiezan a molestar. Y nos dicen: si no quieres que te moleste, &iquest;por qu&eacute; est&aacute;s trabajando de esto?&rdquo;. Pero ambas advierten: no es solo San Juan. Dicen que en Santiago Chimaltenango, el pueblo vecino, se reproducen patrones: el del machismo, el del festejo para los que llegan a Estados Unidos y el de la burla a los deportados.
    </p><h3 class="article-text">El juego de la verdad</h3><p class="article-text">
        Les proponemos un juego. Tienen que levantar la mano cada vez que su respuesta a nuestra pregunta sea s&iacute;. Es f&aacute;cil. Los 28 alumnos de tercero b&aacute;sico de la escuela de San Juan Atit&aacute;n se sientan en sus pupitres y escuchan atentos. Antes hemos hecho el mismo ejercicio en las otras dos clases de esta escuela rural, dividida en dos m&oacute;dulos, cuya vista desde lo alto del pueblo hacia la Sierra de los Cuchumatanes es privilegiada.
    </p><p class="article-text">
        13 tienen a un familiar en EEUU. Diez tienen a su pap&aacute; deportado. Cuatro tienen padres que, tras su deportaci&oacute;n, volvieron a intentarlo. 14 tienen un hermano en EEUU. Ninguno tiene a su madre en EEUU. 16 creen que conseguir&aacute;n trabajo en San Juan. 12 quieren irse a EEUU.
    </p><p class="article-text">
        El 31 de diciembre de 2018, un alumno de segundo b&aacute;sico le dijo al director de la escuela: Ah&iacute; nos vemos. El director le pidi&oacute; que terminara tercero b&aacute;sico al menos. No puedo, respondi&oacute; el estudiante. Su padre estaba endeudado. Iba a irse con &eacute;l porque -<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Gobierno-Trump-migrantes-deportaciones-rapidas_0_923557824.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">hasta el endurecimiento de la pol&iacute;tica migratoria de Trump</a>- pasar con un menor de edad era m&aacute;s sencillo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cada persona busca d&oacute;nde sentirse mejor. Yo, por ejemplo, me siento mejor ac&aacute;&rdquo;, dice Francisco Carrillo, director y profesor de la escuela. &Eacute;l, como el actual alcalde, nunca intent&oacute; irse a EEUU, nunca quiso irse. Cuando los alumnos terminan tercero es cuando se nota el nivel de abandono escolar. &ldquo;Qu&eacute; quieren ser&rdquo;, dice que les pregunta a los escolares. &ldquo;Quieren ser m&eacute;dicos, abogados, profesores, pero en Guatemala no hay fuente de trabajo&rdquo;, se responde sentado en un aula de c&oacute;mputo cuyas computadoras, cubiertas por una tela t&iacute;pica, fueron una donaci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;Griselda, no pasaste de sexto de primaria, &iquest;por qu&eacute; no te gustaba estudiar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues no s&eacute;, porque mi pap&aacute; no ten&iacute;a mucho dinero para pagar estudio y por eso yo pienso para ir con mi hermano a los Estados. Y por eso yo fui con &eacute;l la primera vez y despu&eacute;s no me pase y despu&eacute;s fui a intentar otra vez, la segunda vez, y no pase.
    </p><p class="article-text">
        Griselda no piensa volver a estudiar. Fue deportada por segunda vez en febrero de 2019 y volvi&oacute; a irse a mediados de mayo. Los dos meses que pas&oacute; en San Juan fueron un comp&aacute;s de espera, en la urgencia silenciosa de la deuda. La deuda que ser&aacute; m&aacute;s grande cuando regrese. Esta es la historia de una reconstrucci&oacute;n a lo largo de 2019, un a&ntilde;o de la vida de una mujer que no logr&oacute; cumplir su aspiraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es marzo y hoy acompa&ntilde;a a su vecina Carmen Mendoza, de 29 a&ntilde;os, a Huehuetenango. Salen a las seis de la ma&ntilde;ana de su aldea Sacchilaj y llegan dos horas despu&eacute;s a la cabecera del departamento. En lo que los guatemaltecos -y muchos latinoamericanos- llaman el interior del pa&iacute;s (todo lo que no es la capital), no es f&aacute;cil moverse. Va con ella al banco. La acompa&ntilde;a por dos razones: Carmen no habla espa&ntilde;ol y nunca antes recibi&oacute; una remesa. Su marido se fue en diciembre con su hijo de 14 a&ntilde;os y los 25 d&oacute;lares en moneda local que lleva Carmen en su bolso son el primer env&iacute;o que le hace desde Atlantis, Florida. Para que compre az&uacute;car, sal y ma&iacute;z.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Toman un chocolate caliente y una porci&oacute;n de pastel en una cafeter&iacute;a del centro. Griselda traduce y revela que el presente-futuro de Carmen es el de muchas mujeres de San Juan; tras trabajar de octubre a diciembre en la cosecha del caf&eacute;, se despidi&oacute; de su marido.
    </p><p class="article-text">
        Si su marido logra recaudar los 7.000 d&oacute;lares (6.270 euros) que pidi&oacute; prestados para el viaje que hizo con su hijo, ella espera estar en Florida en un a&ntilde;o. Hace un mes empez&oacute; a comprar hilos para vender huipiles (blusas tradicionales) a una mujer de Colotenango, el pueblo vecino en el que algunas mujeres ya no s&oacute;lo tejen para sus maridos. Carmen no gana m&aacute;s de 30 d&oacute;lares al mes por tejer un huipil. Pero el valor de su nuevo trabajo no est&aacute; en el dinero sino en la autonom&iacute;a que vislumbra. Es su primer salario como artesana.
    </p><p class="article-text">
        Con el dinero de su primera remesa, Carmen camina entre los carros que transitan por el mercado callejero de Huehuetenango. Busca y encuentra pl&aacute;tanos m&aacute;s baratos que en la aldea Sacchilaj. Griselda solo se detiene cuando ve un puesto de fundas de m&oacute;viles en una esquina del parque central. Compra una funda rosa con el dinero que le da su pap&aacute;. Le gusta el rosa en la ropa, aunque su casa so&ntilde;ada en Estados Unidos, la que estar&iacute;a cerca de casa de su hermano Rodrigo, ser&iacute;a amarilla y anaranjada.
    </p><p class="article-text">
        A Griselda, la mujer que a&uacute;n no sabe que pasar&aacute; casi todo 2019 presa en una c&aacute;rcel de El Paso, le gusta tomarse infinidad de fotos. No parece vanidad. Parece una <em>millennial</em> pendiente de su imagen. Aunque todo vaya en contra, quiere proyectar que sonr&iacute;e todo el tiempo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Las tres veces que Griselda se fue a Estados Unidos le dej&oacute; su m&oacute;vil a Eluvia, su parlanchina hermana peque&ntilde;a, la &uacute;nica que pudo estudiar bachillerato y que tampoco tiene empleo. El 9 de diciembre de 2019, Eluvia se puso como foto de perfil una imagen de una c&aacute;rcel con un emoticono que llora. Se lee: &ldquo;Recuerden, no todos est&aacute;n en casa hoy, pero s&iacute; en el coraz&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante los meses que Griselda est&aacute; presa, es su hermano mayor, Rodrigo, el que la llama. Triste, es lo m&aacute;s que alcanza a explicar Eluvia sobre c&oacute;mo est&aacute; su hermana, durante los meses que le escribimos tras caer de nuevo presa. Es la peque&ntilde;a de la familia, con voz secretosa, la que advierte que la humillaci&oacute;n a la que teme Griselda Domingo por regresar deportada va a cobrarse un precio que su hermana no tiene c&oacute;mo pagar.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a www.elintercamb.io/retorno. Tambi&eacute;n puedes leer en eldiario.es la primera entrega: Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras</em><a href="https://www.elintercamb.io/retorno/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.elintercamb.io/retorno</a><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-grisela-domingo_1_1084746.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Jan 2020 20:39:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: "Te lo prometo, ya no voy a volver a este país"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Estados Unidos,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-torcido_1_1296849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La Esperanza (Honduras) es el municipio que registra la tasa de recepción de deportados más alta del país desde 2015</p><p class="subtitle">Con 23 años, Torcido ha sido desplazado interno por la violencia, inmigrante en Estados Unidos y deportado a Honduras</p><p class="subtitle">Arrancamos junto a el Intercambio una serie de reportajes de largo recorrido sobre quienes son deportados a Centroamérica desde EEUU</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">El amor</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Torcido?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Torcido.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estoy trabajando cuando de repente veo los tombos [polic&iacute;as] ah&iacute; adentro. '&iexcl;Diablo!, pero &iquest;ahora qu&eacute; pas&oacute;?', digo yo. Y ya me empiezan a hacer preguntas y me piden mi tel&eacute;fono. '&iquest;Y para qu&eacute; les voy a dar mi tel&eacute;fono yo? Acaso que ustedes me lo compraron', les dije. Lo primerito que me quedaron viendo fue esto: los tatuajes, los tatuajes&hellip; Me quitaron el tel&eacute;fono. Entonces me pidieron clave, se la tuve que dar. No ten&iacute;a nada que esconder. Nada m&aacute;s que es caro. Entonces, se llevaron el tel&eacute;fono. Se fueron. Y luego regresaron, me dijeron que ya no me quer&iacute;an ver en ese sitio. Las once del d&iacute;a eran&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La vida de Torcido es como un poema de Miguel Hern&aacute;ndez: Las tres heridas: la del amor, la de la muerte y la de la vida. Lo cuenta&nbsp;en marzo de 2019. Cuando ya pas&oacute; m&aacute;s de un a&ntilde;o desde que se quedara sin aquel tel&eacute;fono. Este hondure&ntilde;o de 23 a&ntilde;os, atl&eacute;tico y de mirada desafiante, recuerda la &uacute;ltima vez que tuvo que rodar de nuevo cuesta abajo arrastrado por su piedra, como S&iacute;sifo en el eterno retorno. Porque sus violentas heridas de amor le quebraron hasta llevarle de regreso desde el pa&iacute;s en el que no fue capaz de quedarse al pa&iacute;s que odia. Una infidelidad deriv&oacute; en su deportaci&oacute;n de Estados Unidos. No supo dejarse ayudar por una ex novia devota que incluso le pagaba el abogado. Y su madre, ausente como testigo en su juicio de deportaci&oacute;n, insert&oacute; el &uacute;ltimo clavo en su f&eacute;retro mental.
    </p><p class="article-text">
        Pero eso lo contar&aacute; luego. Ahora est&aacute; sentado sobre la moto de su t&iacute;o, frente a la casa de sus abuelos en La Esperanza&nbsp;(Intibuc&aacute;, Honduras). Habla como si fuera a encender el motor e irse. Muy lejos. De regreso a Lawrence, Kansas, donde vivi&oacute; seis a&ntilde;os. A 4.023 kil&oacute;metros de distancia en moto. Si es que pudiera irse en moto. Que no puede. Torcido vive ahora en una entre un pu&ntilde;ado de casas de una planta rodeadas de amarillos campos de pasto para vacas. Su barrio difiere mucho de la colorida postal tur&iacute;stica del casco antiguo que ofrece como reclamo una iglesia enclavada en una monta&ntilde;a, dejando para las afueras la paleta del gris.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        El departamento de Intibuc&aacute; est&aacute; entre los cinco menos homicidas del pa&iacute;s: 65 asesinatos en 2018. Uno cada&nbsp;seis d&iacute;as. Eso, en Honduras, significa paz. Pura enso&ntilde;aci&oacute;n enclavada en un pa&iacute;s ultra violento. En el mismo centro del pueblo, algunas pintas en las paredes recuerdan que ac&aacute; fue asesinada la activista ambiental Berta C&aacute;ceres. Y para sorpresa de las autoridades locales y muchos vecinos, es un lugar cuyo perfil sociol&oacute;gico est&aacute; sometido a una transformaci&oacute;n profunda: es el municipio hondure&ntilde;o que m&aacute;s deportados recibi&oacute; desde Estados Unidos en los &uacute;ltimos cuatro a&ntilde;os. Torcido es uno de esos deportados que habita La Esperanza.
    </p><p class="article-text">
        Para cortar el ciclo migraci&oacute;n-deportaci&oacute;n-migraci&oacute;n y as&iacute; evitar que centroamericanos, como Torcido, trataran de llegar a Estados Unidos, el gobierno de Barack Obama ide&oacute; en 2015 un plan de inversi&oacute;n econ&oacute;mica que fracas&oacute;. Lo denomin&oacute; Plan Alianza para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte (PAPTN). El gasto fluy&oacute; a trav&eacute;s de agencias y contratistas estadounidenses. Pero los gobiernos de la regi&oacute;n nunca se implicaron. Hubo un compromiso de Honduras, Guatemala y El Salvador de invertir 5.400 millones de d&oacute;lares. Pero no trajo consigo un aumento presupuestario, s&oacute;lo cambios en los nombres de los programas.
    </p><p class="article-text">
        El PAPTN fue cancelado en 2019 por el gobierno de Donald Trump. Ni redujo la migraci&oacute;n ni mejor&oacute; las condiciones de vida de los centroamericanos. En la Esperanza, Intibuc&aacute;, el plan no propici&oacute; cambios sociales.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Es una sociedad que muta. Las autoridades no tienen en cuenta que en numerosas colonias de las afueras de la Esperanza viven cada vez m&aacute;s personas huidas a lo largo de los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os de otras zonas del pa&iacute;s: del sur del departamento de Intibuc&aacute; y del norte de Honduras. Los del paup&eacute;rrimo sur se mudaron a la cabecera gracias a las remesas enviadas por sus familiares migrantes en Estados Unidos, que les han permitido comprar parcelas.
    </p><p class="article-text">
        Al tiempo tambi&eacute;n llegaron vecinos del norte del pa&iacute;s. Torcido &mdash;al que apodamos as&iacute; por su seguridad&mdash; no es oriundo del pueblo. Como no lo son tampoco las 'tres l&aacute;grimas negras' tatuadas que bordean su p&oacute;mulo derecho. Como tampoco lo es el resto de la familia. Dejaron el norte&ntilde;o Yoro buscando refugio en una tranquila cabecera departamental donde en marzo el viento corre fr&iacute;o y el sol aplasta. Desplazados internos por la violencia estructural, &eacute;l sali&oacute; rumbo a Estados Unidos, ellos, recalaron directamente en La Esperanza. La familia que el destino separ&oacute; vuelve a estar unida.
    </p><p class="article-text">
        A Torcido le irrita revivir el momento en que la polic&iacute;a irrumpi&oacute; en su puesto de trabajo y le quit&oacute; el celular y lo llev&oacute; a la comisar&iacute;a. El momento que marca el comienzo de su viaje de regreso forzado a Honduras. Sentado sobre la moto, no mira apenas a los ojos, clava la vista en el infinito y la cabeza sobre sus codos. Habla con desconcertada rabia.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda que ese d&iacute;a se fue a casa sin trabajo, sin celular y sin entender nada. Al entrar al apartamento no quiso besar a su novia, como hac&iacute;a cada d&iacute;a al regresar del empleo temporal en la construcci&oacute;n que tuviera. Se meti&oacute;, bravo, en su cuarto. Su pareja le pidi&oacute; que le explicara. Le dijo que regresara a por el tel&eacute;fono a la comisar&iacute;a. &ldquo;Por el maldito tel&eacute;fono&rdquo;. El celular escond&iacute;a algo sobre ella. &ldquo;Ten&iacute;a v&iacute;deos est&uacute;pidos&rdquo;. Sexuales.
    </p><p class="article-text">
        Regres&oacute; y en ese regreso cay&oacute; preso. En la corte federal, uno de los polic&iacute;as dijo que Torcido ten&iacute;a relaciones virtuales con una menor estadounidense de 17 a&ntilde;os. Se hab&iacute;an conocido por Facebook. Si hubieran tenido relaciones sexuales, hubiera sido violaci&oacute;n. &Eacute;l no piensa en esas cosas. Admite la relaci&oacute;n, pero est&aacute; enojado con c&oacute;mo fue todo a partir de ese d&iacute;a. Hasta llegar donde est&aacute;. Era un hondure&ntilde;o sin permiso de residencia en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Sus heridas se hab&iacute;an abierto mucho antes.
    </p><p class="article-text">
        En 2012, se fue a EEUU. Ten&iacute;a 16 a&ntilde;os y una buena raz&oacute;n para que su mam&aacute; &mdash;que viv&iacute;a en New Jersey&mdash; le pagase un coyote de emergencia. De la raz&oacute;n hablar&aacute; despu&eacute;s. Pero le enoja recordar a esa mujer que lo dej&oacute; con su abuela cuando &eacute;l ten&iacute;a&nbsp;siete a&ntilde;os. Al llegar a EEUU, convivi&oacute; con su mam&aacute; menos de seis meses. Sent&iacute;a que le trataba mal. El desencadenante para dejar de hablarle, cuando le pidi&oacute; que testificara en su juicio de deportaci&oacute;n. New Jersey y Lawrence est&aacute;n a 46 kil&oacute;metros. Pero a ella le dio miedo ir a un tribunal por si tambi&eacute;n acababa deportada. As&iacute; que no fue.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo esperaba a mi mam&aacute; [...]. Se lo he dicho a mi viejita [abuela]: 'por esa mujer [su madre] el d&iacute;a que se muera, pues que se muera. No botar&eacute; [derramar&eacute;] ni una l&aacute;grima, por ella yo no la boto. Por usted s&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        To&ntilde;a, la abuela, no entiende tanto coraje hac&iacute;a la mujer que lo mantuvo en la distancia. Sentada en su oscura cocina de rojas paredes, serena, como si no acabara de preparar pollo con arroz para diez personas, no comprende a su nieto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo el tiempo yo les dec&iacute;a: su mam&aacute; se fue para salir adelante con ustedes [ con &eacute;l y a su hermano]. Desde el momento en que ella los mand&oacute; a traer [pagar su viaje&nbsp;clandestino a EEUU],&nbsp; era para darle un futuro. Les dio todo. Ella en ropa, en comida, nunca se ha quedado atr&aacute;s [...] Pero &eacute;l no quiere entender, no s&eacute; qu&eacute; es lo que le pasa a este ni&ntilde;o&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Torcido dice que su mam&aacute; le golpeaba a &eacute;l y a sus tres hermanos, que no supo quererlos. Por eso, llama mam&aacute; a su abuela. Aunque su abuela y su abuelo tambi&eacute;n le pegaban. &ldquo;No les voy a mentir, a m&iacute; me gustaba agarrar lo ajeno cuando yo estaba chamaquito [peque&ntilde;o], pero se daban cuenta en la casa. Me met&iacute;an las manos al fuego y despu&eacute;s me daban pija con una vara de tamarindo y el tamarindo es fino y &iexcl;puta madre!, cuando me sacaban los brazos del fuego, todos quemados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay violencias aceptadas. Tan similares a las que se rechazan que al violentado le resultan distintas. Para algunos, la vida consiste s&oacute;lo en elegir el infierno en el que arder.
    </p><p class="article-text">
        Torcido es un ni&ntilde;o infeliz. Desde la moto amenaza a su sobrino de tres a&ntilde;os con golpearle con una hierba seca que ha recogido del piso. Lo hace todo el tiempo. O cuando se aburre, que es muchas veces. &ldquo;S&aacute;quese la pija [v&aacute;yase] de ac&aacute;&rdquo;, le dice para que deje de rondarle. Luego se r&iacute;e. El ni&ntilde;o llora. Ambos buscan atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda sus &uacute;ltimos meses en EEUU y el apoyo de su novia, que era la due&ntilde;a del apartamento donde viv&iacute;a. Ella resisti&oacute; la relaci&oacute;n t&oacute;xica y le pag&oacute; un abogado aunque sab&iacute;a que le era infiel. &Eacute;l no es consciente del machismo que descargan muchas de sus palabras sobre la &uacute;nica persona que le visit&oacute; en la c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo nunca en mi puta vida hab&iacute;a llorado por una mujer, pero yo estaba enamorado de esa mujer, yo solo la miraba y se me hac&iacute;a un nudo que ni hablar pod&iacute;a&hellip; [...] Todos los d&iacute;as le pon&iacute;a visita. Ya despu&eacute;s me cans&eacute;, cog&iacute;a mucho estr&eacute;s, botaba [se me ca&iacute;a] hasta el pelo en la c&aacute;rcel del estr&eacute;s. Cuando uno se levanta de ese pedazo de metal que le dan a uno ah&iacute;, la cama esa, un colch&oacute;n&hellip; &iquest;Como as&iacute;?, &iexcl;no, hombre!, ni dormir puede uno. Ya despu&eacute;s dej&eacute; de ponerle tanta visita, porque eso me estaba matando, me met&iacute;a mucha mierda en la cabeza, a veces con ganas de matarme ah&iacute; adentro...&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ya no le habla. M&aacute;s soledad.
    </p><p class="article-text">
        Es ansioso, pero se ha quedado clavado en un momento de su vida del que no logra salir. Y esa energ&iacute;a que no consume, lo consume a &eacute;l. En casi tres horas no se baja de la moto. Saluda vigilante, levantando la mirada bajo su gorra plana a los adolescentes que pasan por la calle de tierra donde est&aacute; la casa de sus abuelos. Ha integrado las supuestas reglas de lo que significa ser hombre. Y aqu&iacute;, en Honduras, eso pasa por estar siempre vigilante.
    </p><p class="article-text">
        Se hace el interesante para contar algunas cosas. Dice que est&aacute; vi&eacute;ndose con una vecina casada de 38 a&ntilde;os. &ldquo;Es que las mujeres mayores son m&aacute;s macizas, m&aacute;s tuanis, lo atienden bien a uno, lo cuidan a uno [...] Hay mucha gente que piensa que es para que lo mantengan a uno, pero no&hellip;&rdquo;. En los &uacute;ltimos meses, tambi&eacute;n estuvo vi&eacute;ndose con una de 12, pero la madre le amenaz&oacute; con denunciarlo. Torcido, dice su abuela To&ntilde;a, necesitar&iacute;a un psic&oacute;logo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Antes de ser detenido en Lawrence&nbsp;(Kansas, EEUU), Torcido y la adolescente estadounidense de 17 a&ntilde;os llevaban tres d&iacute;as mand&aacute;ndose fotos por Facebook Messenger y llam&aacute;ndose. La madre de la joven lo hab&iacute;a descubierto. Y lo hab&iacute;a denunciado. &ldquo;Uno es tan hijo de la gran puta, tan est&uacute;pido, despu&eacute;s de estar bien... &iexcl;Imag&iacute;nese ahora como estoy! [...] Ten&iacute;a diecisiete a&ntilde;os, pero all&aacute; usted sabe que las mujeres desarrollan de volada, la g&uuml;irra [ni&ntilde;a] parec&iacute;a que ten&iacute;a como veinte a&ntilde;os. Por eso, se miraba tremenda yegua y teniendo mujer yo...&rdquo;.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La muerte</h3><p class="article-text">
        &mdash;Quisiera que la calaca [muerte] me llevara; estar vivo vale pija [poco], mejor estar abajo.
    </p><p class="article-text">
        Torcido prefiere estar abajo. Enterrado con 23 a&ntilde;os. Desaf&iacute;a en cada acto la posibilidad del amor. Y esa soledad que siente le hace hablar como un anciano harto de todo. Cuando fue deportado, en marzo de 2018, su abuela lo recogi&oacute; entre l&aacute;grimas en el aeropuerto de San Pedro Sula y lo llev&oacute; a un lugar que no exist&iacute;a para &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Torcido lleg&oacute; a La Esperanza, pero antes de huir a New Jersey y luego a Lawrence, ya hab&iacute;a vivido en San Pedro Sula, en Yoro y en El Progreso, en el norte de Honduras. En cu&aacute;l de todos los lugares por los que pas&oacute; se perdi&oacute;, no lo sabe ni &eacute;l. Por eso est&aacute; desubicado en este pueblo de interior.
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        Primero tenemos que visitar la Unidad Municipal de Atenci&oacute;n Al Retornado (Umar) de La Esperanza, abierta en 2018 con fondos de la Organizaci&oacute;n Internacional de las Migraciones (OIM), y gestionada por el gobierno de Honduras. La Umar se resume en una mujer encargada, en una mesa, en una oficina compartida, en la Casa de Cultura. Ella tiene acceso a la Ficha Integral del Migrante Retornado que llenan los hondure&ntilde;os deportados una vez que atraviesan una de las fronteras y aeropuertos que los encierran de nuevo en su pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, la edad media de esos deportados, en La Esperanza, era de 21 a&ntilde;os. Revisando las fichas de los retornados de esa edad aparece Torcido, en el barrio con m&aacute;s deportados de La Esperanza y hab&iacute;a puesto el tel&eacute;fono de su t&iacute;a en el formulario. Explicarle c&oacute;mo dimos con &eacute;l, nos devuelve su mirada m&aacute;s confusa. No entiende porqu&eacute; su historia es importante.
    </p><p class="article-text">
        Accede a platicar cuando le preguntamos si alguna vez ha hablado sobre c&oacute;mo se siente. Asiente y nos mira. Torcido es desconfiado. Sobre todo se siente solo. Dos fotos en su casa ahondan en esa soledad. Una es de su de t&iacute;o Selvin. La otra de su t&iacute;o Juanito. Ambos eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS13) en San Pedro. Fueron asesinados: Selvin por pretender salirse de la pandilla y Juanito, con quien convivi&oacute; toda su preadolescencia, por hurtar a espaldas de la pandilla.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Con Juanito pasaba el tiempo robando. Delinquieron muchas veces. Presenci&oacute;, sentado a su lado, su muerte. Solo le qued&oacute; huir, escondi&eacute;ndose durante semanas hasta salir de Honduras. La herida de esta muerte es transversal al desarraigo en el que vive. Torcido quisiera estar muerto tambi&eacute;n. Pero recuerda lo que le dice su abuela: el que desea la muerte, nunca se muere. &ldquo;Mejor no desearla para morirse r&aacute;pido&rdquo;, le suele responder &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Aunque su familia es de Yoro, el departamento m&aacute;s homicida del pa&iacute;s en 2018, &eacute;l vivi&oacute; mucho tiempo en San Pedro Sula, la ciudad m&aacute;s violenta del mundo en 2015. La abuela &mdash;la viejita, le dice el nieto rebelde&mdash; le cri&oacute; hasta la adolescencia y ahora, simb&oacute;licamente, vuelve a criarlo.
    </p><p class="article-text">
        Torcido no era pandillero. De ni&ntilde;o, con Juanito como referente, le encantaba el ambiente, la ropa, los tatuajes. Sobre todo los tatuajes de l&aacute;grimas, que pueden significar haber matado o tener familiares muertos. &ldquo;A m&iacute; siempre me han gustado, siempre he alucinado con estas l&aacute;grimas y tambi&eacute;n alucino con los ojos, de repente me los tat&uacute;o. Mire, yo hice muchas estupideces aqu&iacute;, s&iacute; que anduve [con la pandilla], pero solo con el chamaco [Juanito] que era pandillero, nunca me llamaba la atenci&oacute;n de <em>brincarme</em> aqu&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Brincarse a la MS13 significa recibir una paliza de 13 segundos para incorporarse a sus filas. La misma pandilla que admiraba, que mat&oacute; a sus t&iacute;os y le oblig&oacute; a dejar su pa&iacute;s para no ser asesinado, le convenci&oacute; de brincarse al cruzar la frontera. Fue en New Jersey, &mdash;no en Honduras&mdash;, donde se uni&oacute; a la MS13.
    </p><p class="article-text">
        Al preguntarle con insistencia por qu&eacute; se uni&oacute; a quienes quer&iacute;an matarlo, revela c&oacute;mo la violencia sustituye su idea deforme del amor: &ldquo;El diablo en vivo es ah&iacute;, es que eso es bueno. Mire, es mejor tener a la familia de pandilleros que tener a familia as&iacute;; los pandilleros, eso si es familia para uno, que dan la vida por uno&rdquo;, dice sentado en el bosque de pinos que queda encima de la famosa Gruta, una iglesia enclavada en una roca.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Por pobreza, hambre o muerte, tres tragedias que son una, cientos de miles de centroamericanos como Torcido huyen a EEUU, un pa&iacute;s que s&oacute;lo el &uacute;ltimo a&ntilde;o ha detenido a casi un mill&oacute;n de personas, muchas de ellas centroamericanas, tratando de cruzar ilegalmente su frontera.&nbsp; El problema dista de ser nuevo. Desde los sesenta, con Kennedy, ha habido muchos planes para el progreso de Centroam&eacute;rica. El PAPTN era el en&eacute;simo. El pen&uacute;ltimo de una larga lista que continuar&aacute; creciendo.
    </p><p class="article-text">
        La palabra Prosperidad es un eufemismo por no admitir que el objetivo siempre ha sido evitar que los migrantes huyan a Estados Unidos. El plan fue suspendido por Gobierno de Donald Trump en 2019. El dinero estadounidense no lleg&oacute; a los gobiernos centroamericanos. Los tres pa&iacute;ses se comprometieron a gastar dinero de sus presupuestos. Pero solo cambiaron el nombre a programas ya existentes para hacerlos parte del acuerdo.
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        En 2017, la Secretar&iacute;a de Finanzas de Honduras, eligi&oacute; ocho departamentos para ejecutar el primer presupuesto del PAPTN. S&oacute;lo valor&oacute; que tuvieran una tasa de homicidios m&aacute;s alta de la media, que estuvieran cerca de una carretera principal o zona franca y menor empleabilidad que el promedio nacional. Torcido no cab&iacute;a en ninguna de las categor&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, el plan lleg&oacute; al departamento de Intibuc&aacute;, del que es cabecera el pueblo donde vive Torcido ahora. El foco se puso en las Secretar&iacute;as departamentales de Educaci&oacute;n y Salud. Pero solo sobre el papel. El presupuesto no aument&oacute;. Se puso una etiqueta del PAPTN en gastos que ya exist&iacute;an en anteriores presupuestos. Lo confirman en una entrevista los secretarios de ambas instituciones y los presupuestos detallados de los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Pero entonces, Estados Unidos convirti&oacute; a M&eacute;xico en su frontera sur. Externaliz&oacute; la contenci&oacute;n del flujo migratorio centroamericano y abandon&oacute; un PAPTN fracasado. El siguiente plan a&uacute;n no tiene nombre. S&oacute;lo se ha anunciado que, el foco pasa de lo regional a lo bilateral. M&eacute;xico, que contiene y gestiona, ser&aacute; quien reciba dinero ahora. Diferente frontera, mismo muro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El Gobierno de Trump no cambi&oacute; la realidad de Torcido ni sus ganas de regresar a Estados Unidos. Torcido no vio nada, no oy&oacute; de ning&uacute;n plan. S&oacute;lo vive obsesionado con que la piedra que carga, le caiga encima. Es un S&iacute;sifo suicida.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Despu&eacute;s de todo esto, &iquest;c&oacute;mo te sientes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo me siento yo? Con ganas de morirme, esa es la respuesta que les doy yo. Pero, pues, de tanto que deseo la muerte, la calaca [muerte] se me aleja m&aacute;s bien. Yo sufr&iacute; mucho y si yo me metiera a pedos [problemas] y en contarles toda mi <em>fucking</em>&nbsp;[jodida] historia y... &iquest;Me entienden? ... No terminamos hoy... &iquest;ya?
    </p><h3 class="article-text">La vida</h3><p class="article-text">
        &mdash;Y ahora mil quinientos pesos que le debes a la jura [polic&iacute;a] para recuperar tu moto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mil quinientos, vale pija.
    </p><p class="article-text">
        Torcido est&aacute; en un billar del centro hist&oacute;rico de La Esperanza, pero no juega. Suele pasar el tiempo en este lugar amplio y maloliente. Se sienta. Bebe cerveza, fuma. Nos presenta a un amigo que reci&eacute;n conoci&oacute;. Es de San Pedro Sula y huy&oacute; a La Esperanza cuando lo empezaron a extorsionar. Cuenta que &eacute;l extorsionaba tambi&eacute;n, que era colaborador de la pandilla Barrio 18, la enemiga de la MS13. Sus relaciones sociales, parece, se limitan a problemas. Torcido no habla con &eacute;l, prefiere platicarnos a nosotras. No tiene casi amigos en La Esperanza. Pasa dos horas sentado, con su letan&iacute;a de la muerte. La herida que no cierra es la de su vida inerte. A las 8 de la noche nos vamos, &eacute;l se queda solo, en medio de una hilera de sillas contra la pared, con la compa&ntilde;&iacute;a de su quinta cerveza. Nos vemos ma&ntilde;ana para almorzar en su casa, nos recuerda.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hola. Me kitaron la moto&rdquo;. Es un mensaje de la una de la madrugada. Luego dos llamadas perdidas. Cuando le llamamos por la ma&ntilde;ana, tiene el celular apagado. Probamos con su joven t&iacute;a: Torcido no lleg&oacute; a dormir. No ten&iacute;a casi gasolina para la moto, pero no quiso irse del billar. Llega cerca de las dos de la tarde a casa, con cara de sue&ntilde;o. Parece que iba borracho, la polic&iacute;a le detuvo y le quit&oacute; la moto. Se qued&oacute; sin trabajo esta noche. Ya no vende tambos de gas y debe 1,500 lempiras (US$60) a la due&ntilde;a del negocio, que pag&oacute; la multa de la polic&iacute;a. No dice d&oacute;nde durmi&oacute;. Torcido no da explicaciones.
    </p><p class="article-text">
        No hay prosperidad para Torcido. Entre muchas razones, porque el modelo del Gobierno hondure&ntilde;o cuando hablaba de aquella Prosperidad en may&uacute;sculas, la de su impulso al capital humano, incluy&oacute; la creaci&oacute;n de la Unidad de Atenci&oacute;n al Retornado (Umar), una instituci&oacute;n vac&iacute;a. En La Esperanza tuvo que ser un organismo externo, internacional, la Organizaci&oacute;n Internacional de las Migraciones, la que detectara el aumento de deportados y la que pagara una oficina local para que el Gobierno delegue en una sola persona la responsabilidad de buscar soluciones de futuro para los que retornan.
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        Eso explica en parte que la instituci&oacute;n sea una desconocida en el municipio. En 2014, La Esperanza recibi&oacute; 307 deportados: dos de cada 100 personas de La Esperanza estaban en Estados Unidos o en tr&aacute;nsito hacia all&aacute;.&nbsp; Que esas 307 personas sean deportadas significa que dejan de enviar remesas desde Estados Unidos o tienen deudas que pagar por el viaje que no completaron para llegar al Norte. Pero a Torcido ninguna cifra le importa.
    </p><p class="article-text">
        A ninguna tragedia con nombre propio le importa ser parte de un indicador may&uacute;sculo. La Esperanza tiene casi catorce mil habitantes,169 de ellos fueron deportados en 2018. El hombre de las tres l&aacute;grimas es uno de esos 169. La cifra no suena impactante si Honduras, ese a&ntilde;o, recibi&oacute; 21,993 deportados. En relaci&oacute;n con su n&uacute;mero de habitantes, La Esperanza es quien se lleva la peor parte.
    </p><p class="article-text">
        Torcido se sacude la grama de la ropa y se levanta a observar la panor&aacute;mica de La Esperanza desde encima de la Gruta. El d&iacute;a es fresco y azul. Mira con perspectiva el pueblo donde no quiere estar. A Torcido la Unidad de Atenci&oacute;n no le suena de nada. No le importa que hace un a&ntilde;o el gobierno abriera la oficina de la Umar como parte del PAPTN. La responsable de la Umar carece de fondos para poder ayudar a los 17 de cada 1,000 habitantes del lugar que han sido deportados desde Estados Unidos. Apenas ha podido apoyar a una docena, dice, gracias a empresarios locales que necesitaban contratar gente.
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        Torcido, ni sabiendo de la existencia de una oficina piensa ir a pedir ayuda para conseguir trabajo o para que la encargada le informe de si existe alg&uacute;n programa para retirar tatuajes, ahora que dice que no es pandillero. Como si &eacute;l pudiera decidir por s&iacute; solo. Como si no resultara mortalmente complicado salir de una pandilla. Para no parecer lo que es, le gustar&iacute;a quitarse las tres l&aacute;grimas de la cara. Pero, como si fuera su castigo, es la marca eterna de este S&iacute;sifo centroamericano.
    </p><p class="article-text">
        Dice que solo se atrever&iacute;a a viajar a buscar un centro para quitarse el tatuaje si es con su abuela, porque cree que lo matar&iacute;an en el camino. Pero en Honduras, no existen centros gratuitos para eliminar tatuajes, espacios que s&iacute; hab&iacute;a hace a&ntilde;os, cuando el antepen&uacute;ltimo plan&nbsp; financi&oacute; a un contratista que dispon&iacute;a de la m&aacute;quina y ten&iacute;a fondos para pagar al empleado que sab&iacute;a usarla. En alguno de los informes de alguno de los programas y alguna reformulaci&oacute;n de planes se elimin&oacute; el borrado de tatuajes. Eso s&iacute;, la prensa internacional la film&oacute; al menos tantas veces como tatuajes pudo borrar.
    </p><p class="article-text">
        Torcido miente a veces. Pero avisa cuando lo hace. Tras decirnos que sus tres l&aacute;grimas son por la muerte de tres familiares, le preguntamos que qui&eacute;n es el tercero, despu&eacute;s de sus t&iacute;os Selvin y Juanito. &ldquo;No, la verdad les voy a decir una cosa, no es de familiares, son cosas de la vieja escuela&rdquo;. No aclara si son asesinatos cometidos por &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Se queja de vivir en La Esperanza. Pero no tiene donde ir y lo sabe. Quiere regresar a Estados Unidos, el pa&iacute;s que no lo quiere a &eacute;l. Qu&eacute; hace en este tranquilo municipio, se pregunta, vestido con la ropa fancy de pandillero que compr&oacute; en Estados Unidos. Todos los d&iacute;as tiene que madrugar, obligado por el ritmo familiar. Muy a su disgusto, se levanta en la misma habitaci&oacute;n que sus dos sobrinos peque&ntilde;os, para luego desayunar tortillas, huevos y frijoles. Todas las semanas, ayuda a su abuelo campesino a pasear a sus quince vacas. Ya nada de marihuana o alcohol bueno, comida r&aacute;pida, ropa cara, o lentes de contacto azules, como antes. Torcido no se adapta. Pero dif&iacute;cilmente ser&aacute; por esta lista de carencias materiales.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Una &uacute;ltima pregunta y es una en concreto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me cago en el diablo, &iexcl;co&ntilde;o!
    </p><p class="article-text">
        El presente equivale al vac&iacute;o. No hay Estado para Torcido. Este deportado de 23 a&ntilde;os dice que ya no quiere pelear. Pero su familia lo ha maltratado y &eacute;l act&uacute;a con los mismos c&oacute;digos. Torcido se violenta a s&iacute; mismo. Nadie le va a ayudar a buscar un psic&oacute;logo, aunque en teor&iacute;a la Unidad de Atenci&oacute;n al Retornado deber&iacute;a brindarle ese servicio. Al menos ese. Le pedimos que se imagine un futuro. Elije la idea de una descendencia que le redima de sus tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Quiz&aacute;, piensa, pueda volver a empezar.
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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Yo lo que quiero es buscarme una mujer y aunque sea pegarle un hijo, para que el d&iacute;a de ma&ntilde;ana cuando muera que quede la pinta ah&iacute;, porque, imag&iacute;nese, se muere uno y sin tener hijos. Ando sobre dos mujeres yo, una tiene 31 y la otra, 32. Los maridos est&aacute;n en Estados Unidos. Una tiene dos hijos y la otra tiene tres. Pero me vale pija [no importa]. Como dice el dicho: qui&eacute;n quiere la gallina, tambi&eacute;n tiene que querer los pollitos &iquest;no?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio&nbsp;y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a&nbsp;www.elintercamb.io/retorno</em><a href="https://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio</a><a href="https://seaif.org/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Seattle International Foundation</a><a href="http://www.elintercamb.io/retorno" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.elintercamb.io/retorno</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Alberto Arce, Oliver de Ros, Gerardo del Valle]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-torcido_1_1296849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Oct 2019 20:24:15 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Estados Unidos,Centroamérica,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
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