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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sergio del Molino]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sergio-del-molino/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sergio del Molino]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Miguel Delibes y 'El camino': Todos estamos perdonados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/miguel-delibes-camino-perdonados_129_8996103.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c094e4f0-3ae9-4bdf-ae08-c7229c0c4386_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Miguel Delibes y &#039;El camino&#039;: Todos estamos perdonados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Adelantamos el prólogo que Sergio del Molino ha escrito para una nueva edición en Austral Imprescindibles (Planeta) de la trascendental obra del autor vallisoletano, publicada en 1950 y situada en la España de la posguerra</p><p class="subtitle">Valladolid ovaciona a sus santos inocentes</p></div><p class="article-text">
        Treinta a&ntilde;os ten&iacute;a Miguel Delibes cuando Destino public&oacute; <em>El camino</em>, en 1950. Era su tercera novela, despu&eacute;s de haber ganado el Nadal en 1947 con <em>La sombra del cipr&eacute;s es alargada</em>, y de publicar en 1949 uno de sus pocos t&iacute;tulos que pueden considerarse fallidos, <em>A&uacute;n es de d&iacute;a</em>. Tan solo treinta a&ntilde;os. Bien es cierto que los treinta de la Espa&ntilde;a de 1950 no equivalen a los treinta de la Espa&ntilde;a de 2019, cuando escribo este pr&oacute;logo e intento comprender qu&eacute; significa <em>El camino </em>para mi generaci&oacute;n y mi &eacute;poca. En 1950, Miguel Delibes era ya todo un se&ntilde;or de Valladolid, casado, con dos hijos y una posici&oacute;n desahogada como catedr&aacute;tico en la Escuela de Comercio. Ten&iacute;a lo que se dice la vida resuelta, y la literatura ni siquiera era para &eacute;l una ambici&oacute;n poderosa. Dej&oacute; dicho a menudo que, si no hubiese ganado el Nadal, se habr&iacute;a dedicado a otras cosas. Fue el galard&oacute;n lo que le convenci&oacute; de que merec&iacute;a la pena comprobar si era capaz de escribir un pu&ntilde;ado de buenos libros. Demos gracias, pues, al jurado del premio de 1947 por encaminar y forjar a uno de los escritores fundamentales de las letras hisp&aacute;nicas.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p><img style="border: 10px solid white;" src="https://static.eldiario.es/clip/97647182-ffef-4ce0-bcba-0f3a04f02fc0_source-aspect-ratio_default_0.jpg" alt="" width="200" height="" align="left" data-title="" /></p>
    </figure><p class="article-text">
        Aquel Delibes vallisoletano, hombre de familia de aficiones campestres, no parec&iacute;a alguien llamado a transformar ninguna escena literaria. Sin estar pose&iacute;do por fiebre bohemia alguna, sin el menor deseo de malvivir en buhardillas de Madrid ni de trasnochar en el Caf&eacute; Gij&oacute;n, completamente desconectado de parnasos y parnasillos, ten&iacute;a, en cambio, una autoconciencia tan poderosa como discreta. Se ech&oacute; a escribir como se echaba a andar de madrugada cuando sal&iacute;a a cazar: con decisi&oacute;n, pero sin expectativas de cobrarse piezas.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez por eso sus primeros libros hablan de la falta de ambici&oacute;n, de los horizontes cerrados e, incluso, de encastillarse o enclaustrarse, como los m&iacute;sticos del Siglo de Oro. <em>La sombra del cipr&eacute;s es alargada </em>alude desde su t&iacute;tulo a la muerte, con esos &aacute;rboles propios de los cementerios. Un tema y una novela raros para un joven de veintisiete a&ntilde;os que, al parecer, no hab&iacute;a escrito nada a&uacute;n &mdash;hoy sabemos que ten&iacute;a alg&uacute;n cuento en el caj&oacute;n&mdash; y que manifestaba una inclinaci&oacute;n tan&aacute;tica muy inquietante. En <em>La sombra del cipr&eacute;s es alargada </em>se adivinaba ya a un autor madur&iacute;simo, con una visi&oacute;n fat&iacute;dica y compleja de la existencia que tal vez fuera habitual en una generaci&oacute;n cuya adolescencia hab&iacute;a sido marcada por la guerra, pero que, le&iacute;da hoy, sorprende y asusta: &iquest;qu&eacute; joven de veintisiete a&ntilde;os del siglo XXI ser&iacute;a capaz de concebir un libro como &eacute;se?
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Son muy pocos los autores que sobreviven a un éxito temprano: los triunfos matan más carreras que los fracasos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>A&uacute;n es de d&iacute;a </em>es un escollo normal en la carrera de cualquier autor primerizo. Tras el &eacute;xito del Nadal, Delibes sinti&oacute; la responsabilidad de escribir en serio, y esa presi&oacute;n agosta los talentos m&aacute;s firmes. Son muy pocos los autores que sobreviven a un &eacute;xito temprano: los triunfos matan m&aacute;s carreras que los fracasos. T&eacute;cnicamente, <em>A&uacute;n es de d&iacute;a </em>no es un mal libro, pero se nota que est&aacute; escrito para impresionar, por eso suena impostado, como ejercicios de gimnasia. Lo magn&iacute;fico es que, tras aquella novela floja y afectada, el joven Miguel comprendi&oacute; qu&eacute; tipo de escritor quer&iacute;a ser. O, simplemente, comprendi&oacute; que para ser escritor no bastaba, ni mucho menos, escribir bien ni tener pericia u oficio. Tras releerse y no reconocerse, supo que la &uacute;nica forma de escribir era comprometerse con el texto de una forma simbi&oacute;tica, mucho m&aacute;s all&aacute; de cualquier formalismo o tecnicismo. Dicho en palabras delibesianas:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me despoj&eacute; por primera vez de lo postizo y sal&iacute; a cuerpo limpio&rdquo;. Fue una revelaci&oacute;n, tal vez sucedida en Cantabria durante unas vacaciones, y gracias a ella Miguel Delibes pas&oacute; de ser un buen escritor a ser un escritor genial e insoslayable. Si aquel joven de Valladolid no hubiera sido tan meticuloso, tan humilde y tan consciente de sus limitaciones art&iacute;sticas &mdash;y, por tanto, de sus posibilidades&mdash;, hoy yo no estar&iacute;a escribiendo este pr&oacute;logo y su nombre ser&iacute;a uno m&aacute;s de los que los especialistas enumeran en las listas de escritores olvidados.
    </p><p class="article-text">
        Lo digo ya, y as&iacute; me ahorro repetirlo m&aacute;s veces: <em>El camino </em>es una obra maestra. Y, como todas las obras maestras, su escritura es fruto de una paradoja que mezcla decisi&oacute;n e inconsciencia. Delibes sabe y no sabe lo que hace. Domina y se pierde simult&aacute;neamente. Como la novela fue un &eacute;xito desde su misma aparici&oacute;n, agotando ediciones una detr&aacute;s de otra y convirti&eacute;ndose muy pronto en texto de referencia acad&eacute;mica &mdash;aunque la adaptaci&oacute;n al cine lleg&oacute; un poco m&aacute;s tarde, en 1963&mdash;, forma parte ya del paisaje cultural espa&ntilde;ol y ha devenido, para varias generaciones de escolares, un lugar com&uacute;n. Por eso hay que deconstruirla. Hay que retirar uno a uno todos los ladrillos del edificio que se ha levantado en torno al libro para leerlo como es y no como los profesores y los cr&iacute;ticos nos han dicho que es.
    </p><p class="article-text">
        En <em>El camino </em>est&aacute; ya todo el Delibes posterior. Aunque su obra ser&aacute; larga y se mover&aacute; entre la cr&oacute;nica m&aacute;s austera, la confesi&oacute;n diarista m&aacute;s &iacute;ntima y la novela m&aacute;s vanguardista (porque ese se&ntilde;or formal y conservador de Valladolid esconde uno de los autores m&aacute;s rompedores y audaces que ha conocido Espa&ntilde;a), <em>El camino </em>contiene todo lo que su literatura ser&aacute; despu&eacute;s. Aqu&iacute; est&aacute; ya insinuado el Delibes social de <em>Las ratas </em>o <em>Los santos inocentes</em>, el triste y solitario de <em>La hoja roja </em>o <em>Cinco horas con Mario</em>, el paisajista antrop&oacute;logo de <em>Castilla, lo castellano y los castellanos </em>e incluso el pol&iacute;tico de <em>Las guerras de nuestros antepasados </em>o el socarr&oacute;n de <em>El disputado voto del se&ntilde;or Cayo</em>. Aunque parece la m&aacute;s convencional de sus novelas &mdash;salvando la de su debut, que es mucho m&aacute;s deudora del realismo del XIX&mdash;, leer <em>El camino </em>hoy, con la perspectiva que da conocer la evoluci&oacute;n completa de su autor, es asombroso porque muestra a un escritor completamente hecho, que se ha saltado todo el per&iacute;odo de aprendizaje que vaticinaba su novela anterior. Si Delibes fuera un guitarrista de blues del Misisipi, se dir&iacute;a que hizo un pacto con el diablo. Y seguramente fue as&iacute;: alg&uacute;n Mefist&oacute;feles le fue a visitar en sus vacaciones c&aacute;ntabras y le ofreci&oacute; el don de la genialidad a cambio de nunca sabremos qu&eacute;, porque entre el Delibes de <em>A&uacute;n es de d&iacute;a </em>y el de <em>El camino </em>nadie dir&iacute;a que ha pasado menos de un a&ntilde;o. Parecen, de hecho, dos escritores distintos.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Como todas las obras maestras, su escritura es fruto de una paradoja que mezcla decisión e inconsciencia. Delibes sabe y no sabe lo que hace. Domina y se pierde simultáneamente</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        A menudo se interpreta <em>El camino </em>como una evocaci&oacute;n nost&aacute;lgica de un mundo en riesgo de extinci&oacute;n. El contexto hist&oacute;rico alimenta esa lectura, claro. En 1950 est&aacute; a punto de suceder el &uacute;ltimo gran &eacute;xodo rural, y Daniel, el Mochuelo, proyecta la infancia de millones de espa&ntilde;oles que marcharon a la ciudad, a menudo de mala gana, para no volver jam&aacute;s a disfrutar de esa libertad salvaje y hermos&iacute;sima. Pero yo no creo que Delibes pensase su libro como el testimonio de un hoy que se funde en ayer. Es f&aacute;cil y, hasta cierto punto, inevitable leerlo as&iacute;, pero <em>El camino </em>est&aacute; sorprendentemente despojado de paisajismo y de descripciones. El pueblo, que nunca se nombra &mdash;aunque aparecen muchos top&oacute;nimos de accidentes naturales que existen en el mapa real, como el Pico Rando, la Poza del Ingl&eacute;s o la corriente de El Chorro&mdash;, apenas tiene densidad po&eacute;tica y, en realidad, es mero sost&eacute;n de la acci&oacute;n narrativa. En <em>El camino </em>pasan muchas cosas y muy deprisa, es una novela de an&eacute;cdotas y sucesos, no de contemplaci&oacute;n y remanso, y el narrador apenas se entretiene en consideraciones bot&aacute;nicas o faun&iacute;sticas. Cuando lo hace, siempre es con pulso y utilitarismo: el paisaje est&aacute; para decir algo de los personajes, no invade el texto por m&eacute;ritos propios.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n est&aacute; concentrada radicalmente en los personajes, que son de una redondez definitiva. No solo en el caso del protagonista, Daniel, el Mochuelo, sino en todo el <em>dramatis personae</em>: hasta los secundarios menos dibujados, como el padre de Daniel, el herrero o don Mois&eacute;s, aparecen con una viveza emocionante y carnal&iacute;sima. Es en los personajes y sus rasgos donde la prosa de Delibes se hace poes&iacute;a, casi nunca en los paisajes, donde es deliberadamente m&aacute;s ramplona, para que la belleza natural no eclipse la belleza humana. La piel es m&aacute;s importante que la hierba: &ldquo;Un hombre sin cicatriz era, a su ver, como una ni&ntilde;a buena y obediente. &Eacute;l no quer&iacute;a una cicatriz de guerra ni ninguna goller&iacute;a: se conformaba con una cicatriz de accidente o de lo que fuese, pero una cicatriz&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No solo el Mochuelo ans&iacute;a cicatrices que demuestren que ha vivido, que no est&aacute; virgen, que reprime algo temible y misterioso dentro de s&iacute;. Todos los personajes tienen rasgos f&iacute;sicos que delatan y resumen sus vidas: las u&ntilde;as negras del padre quesero, los brazos fuertes y la cara roja de borracho del herrero, la blancura de cutis de las Guindillas, las calvas del Ti&ntilde;oso y, sobre todo, las pecas de la Mariuca-uca o la Uca-uca, una de las met&aacute;foras de la identidad m&aacute;s emocionantes del libro.
    </p><p class="article-text">
        Daniel, el Mochuelo, en tanto que ni&ntilde;o, se sabe invisible y busca su voz: &ldquo;Intu&iacute;a que los ni&ntilde;os tienen ineluctablemente la culpa de todas aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Los grandes raramente se percatan del dolor acerbo y sutil de los peque&ntilde;os&rdquo;. <em>El camino </em>narra el empe&ntilde;o del Mochuelo y sus amigos por afirmarse, por hacerse notar y ver, por diferenciarse e individualizarse en un mundo donde son percibidos como parte de un magma amorfo llamado infancia.
    </p><p class="article-text">
        T&eacute;cnicamente, la novela es prodigiosa, como todas las de Delibes, con una relaci&oacute;n natural y a la vez complej&iacute;sima entre el tiempo de la narraci&oacute;n y el tiempo narrado. En rigor, transcurre en una sola noche, la &uacute;ltima que pasa el Mochuelo en el pueblo antes de ir a la ciudad a estudiar el bachillerato. En ese duermevela se evocan an&eacute;cdotas en forma de cuentos encadenados que narran las vidas de muchos personajes del valle. Esto lleva a preguntarse qui&eacute;n es el narrador. La respuesta m&aacute;s socorrida, y sobre la que hay consenso, es que se trata de un falso narrador omnisciente que, en tercera persona, adopta el punto de vista del Mochuelo. El propio Delibes aliment&oacute; esta hip&oacute;tesis cuando habl&oacute; de la novela y cont&oacute; c&oacute;mo el Mochuelo era, en buena medida, una proyecci&oacute;n de su yo infantil, que pasaba los veranos en Molledo (Cantabria), donde su familia ten&iacute;a una casa &mdash;que sigue en pie&mdash; y donde descubri&oacute; los placeres del campo.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Técnicamente, la novela es prodigiosa, como todas las de Delibes, con una relación natural y a la vez complejísima entre el tiempo de la narración y el tiempo narrado</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Sin embargo, no es el Mochuelo el personaje sobre el que se proyecta el Delibes adulto que escribe la novela a los treinta a&ntilde;os en los ratos libres que le dejan su trabajo en la Escuela de Comercio y los ni&ntilde;os peque&ntilde;os que alborotan la casa. El Mochuelo es protagonista, pero creo que el narrador es el cura, don Jos&eacute;, de quien se dice siempre, con esa comicidad austera tan delibesiana, que era un santo.
    </p><p class="article-text">
        La mirada del narrador de <em>El camino </em>no es infantil ni ingenua. Al contrario: supura comprensi&oacute;n y una iron&iacute;a suave que s&oacute;lo puede adornar la voz de un adulto que comprende a fondo el alma humana y sabe re&iacute;rse de ella. Y si hay un personaje en la novela que exuda humanismo y tolerancia, &eacute;se es el cura don Jos&eacute;. Aunque tiene momentos caricaturescos, sobre todo en el episodio donde se compincha con la Guindilla mayor para montar un cine casto que promueva los valores cristianos y aleje a los vecinos del pueblo de los huertos y las riberas donde se manosean los domingos, don Jos&eacute; es el personaje que m&aacute;s se parece al Delibes de 1950.
    </p><p class="article-text">
        Intelectual y moralmente, Miguel Delibes era una <em>rara avis </em>en la Espa&ntilde;a de posguerra. Tambi&eacute;n lo habr&iacute;a sido en la de preguerra, pero all&iacute; hubiese encontrado alguna afinidad. Criado en una familia conservadora y cat&oacute;lica, desarroll&oacute; una fe &iacute;ntima y sincera que en nada se compadec&iacute;a con las grandes efusiones del catolicismo p&uacute;blico y que se acercaba m&aacute;s a las maneras reflexivas y meditabundas del protestantismo. Tal vez por eso su gran obra de senectud fue <em>El hereje</em>, centrada en un protestante vallisoletano en &eacute;poca de persecuciones religiosas, una figura moral con la que, inevitablemente, ten&iacute;a que identificarse. Ya en 1950, Delibes deb&iacute;a de tener cierta conciencia de ser algo hereje. Pol&iacute;ticamente, se defin&iacute;a como liberal, en una Espa&ntilde;a donde los liberales acababan camufl&aacute;ndose de conservadores y donde el mismo t&eacute;rmino, asociado al siglo XIX y a la democracia republicana, era censurado por el r&eacute;gimen. Delibes era un liberal de <em>laissez faire</em>, convencido de que la vida de cada cual pertenece a cada cual. Compart&iacute;a con cualquier dem&oacute;crata la aversi&oacute;n a las viejas del visillo, al control social, a la delaci&oacute;n y al espionaje del pr&oacute;jimo. Pero, a la vez, era un cat&oacute;lico convencido. &iquest;C&oacute;mo armonizaba su fe intensa y sincera con el desprecio que le inspiraban la censura moral del p&uacute;lpito y la hipocres&iacute;a clerical y beatona? &iquest;Y c&oacute;mo encajaba su conservadurismo social, que le llevaba a ser lo m&aacute;s alejado de un contestatario antifranquista, con su defensa de la libertad individual y de conciencia?
    </p><p class="article-text">
        Don Jos&eacute; contempla el mundo con lucidez y templanza. Salvo en el disparate del cine (que termina en fracaso, pues entiende que no puede controlar la voluptuosidad de los vecinos), se revela siempre como alguien sensato que comprende todas las flaquezas humanas y resopla ante la intolerancia beata de la Guindilla mayor, cuya persecuci&oacute;n inclemente del pecado le espanta. Delibes usa un adjetivo hermos&iacute;simo para definir su actitud ante las debilidades ajenas: don Jos&eacute;, a menudo, est&aacute; &ldquo;contristado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero, sin duda, la marca textual m&aacute;s clara a favor de la hip&oacute;tesis del don Jos&eacute; narrador est&aacute; en el propio t&iacute;tulo. <em>El camino </em>es una senda espiritual y vital, el destino que Dios tiene reservado a los personajes y que, mediante el libre albedr&iacute;o, se puede aceptar o rechazar. Al Mochuelo le invade al final &ldquo;una sensaci&oacute;n muy v&iacute;vida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Se&ntilde;or le hab&iacute;a marcado&rdquo;. S&oacute;lo alguien como don Jos&eacute;, que vive intensamente la fe religiosa, puede contar la novela en esos t&eacute;rminos catecumenales.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Lo que nos emociona es la comprensión que se demuestran unos a otros, la forma en la que viven y dejan vivir</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Una de las cr&iacute;ticas que recibi&oacute; la obra en su tiempo fue que defend&iacute;a una tesis reaccionaria, al cultivar la nostalgia por la vida campestre en vez del progreso de la ciudad, y al interpretar la vida en el pueblo como la correcta y aprobada por Dios. En realidad, toda esta teolog&iacute;a s&oacute;lo es una manera po&eacute;tica de exponer algo casi imposible de entender en medio del pasional siglo XX: la aceptaci&oacute;n plena e incondicional del otro. Parad&oacute;jicamente, Delibes expresa su liberalismo moral con im&aacute;genes religiosas, pues la novela es un canto de un mundo que no se juzga. El pueblo del libro no tiene h&eacute;roes ni villanos. &ldquo;La felicidad &mdash;explica don Jos&eacute; al Mochuelo&mdash; no est&aacute;, en realidad, en lo m&aacute;s alto, en lo m&aacute;s grande, en lo m&aacute;s apetitoso, en lo m&aacute;s excelso; est&aacute; en acomodar nuestros pasos al camino que el Se&ntilde;or nos ha se&ntilde;alado en la Tierra. Aunque sea humilde.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es esto un alegato por la resignaci&oacute;n y el sometimiento? &iquest;Mera catequesis de baratillo? Si fuera s&oacute;lo eso, la novela no habr&iacute;a trascendido su &eacute;poca y no habr&iacute;a penetrado en el imaginario de tant&iacute;simos lectores. Su fondo tiene que ser, por fuerza, mucho m&aacute;s complejo y profundo. Lo que nos sigue cautivando de la mirada sobre el pueblo y del pueblo mismo no es que retrate a un grupo de personajes subalternos y empeque&ntilde;ecidos por un destino mediocre que acatan sin rechistar. Lo que nos emociona es la comprensi&oacute;n que se demuestran unos a otros, la forma en la que viven y dejan vivir. C&oacute;mo el Manco salva a la Guindilla y c&oacute;mo &eacute;sta le besa el mu&ntilde;&oacute;n. C&oacute;mo la hija del indiano perdona a los ni&ntilde;os que han entrado en su huerto para robarle manzanas y les dice que, cuando quieran fruta, se la pidan y no anden saltando la tapia.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es eso un mensaje cristiano? Sin duda. Delibes es un cat&oacute;lico sincero e intimista que cree por encima de todo en el perd&oacute;n. Pero tambi&eacute;n hay una modernidad sutil y casi invisible, escrita a contracorriente de una &eacute;poca que se transformaba y quer&iacute;a transformaciones, en una Espa&ntilde;a y una Europa que a&uacute;n humeaban y ten&iacute;an millones de cad&aacute;veres frescos y reci&eacute;n llorados. La guerra civil est&aacute; presente en el libro: hay un muerto enterrado en un paraje y un tipo al que llaman el Sindi&oacute;s, que ejerce un ate&iacute;smo furibundo que nadie censura y que cae simp&aacute;tico. En el vive y deja vivir de Delibes hay un esp&iacute;ritu liberal que lo emparenta con autores como George Orwell. Casi nadie, a derecha o a izquierda, quer&iacute;a vivir y dejar vivir en un tiempo de consignas y movilizaciones. Dejarse en paz, respetarse y comprenderse pueden ser actitudes que provengan de una educaci&oacute;n cristiana, pero tienen un marcad&iacute;simo car&aacute;cter liberal y siguen vigentes hoy como fundamento de una sociedad libre. El pueblo, por tanto, no es una reconstrucci&oacute;n arcaica y nost&aacute;lgica, sino una utop&iacute;a narrada desde la voz candorosa &mdash;pero bien conocedora de las flaquezas humanas&mdash; de un cura. Cuando terminen de disfrutar de esta novela (qu&eacute; suerte, leerla por primera vez), no olviden que sali&oacute; de la cabeza de un hombre de provincias de treinta a&ntilde;os que apenas empezaba a vivir, y vuelvan entonces a maravillarse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sergio del Molino]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/miguel-delibes-camino-perdonados_129_8996103.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 May 2022 19:41:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Miguel Delibes y 'El camino': Todos estamos perdonados]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Valladolid,Miguel delibes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que La España vacía es y lo que no es]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/espana-vacia_129_1197323.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c16ff470-ca3a-4260-82eb-75eef675759e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que La España vacía es y lo que no es"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La España vacía</p><p class="subtitle">no relaciona el fenómeno de la despoblación con la emigración de los años 60, sino que toma esa emigración como un punto de referencia cultural</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Respuesta a&nbsp;algunas afirmaciones contenidas en el&nbsp;art&iacute;culo&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/economia/Espana-demografos-politicos-dinero-soluciona_0_970803916.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">La confusi&oacute;n entre desatenci&oacute;n de servicios y despoblaci&oacute;n en la 'Espa&ntilde;a vac&iacute;a'</a></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        Leo la pieza '<a href="https://www.eldiario.es/economia/Espana-demografos-politicos-dinero-soluciona_0_970803916.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La confusi&oacute;n entre desatenci&oacute;n de servicios y despoblaci&oacute;n en la 'Espa&ntilde;a vac&iacute;a': &ldquo;Los pol&iacute;ticos se creen que con dinero se soluciona todo'</a>, en la que se recogen opiniones de varios dem&oacute;grafos acerca del debate sobre la despoblaci&oacute;n y las reclamaciones de las regiones despobladas de Espa&ntilde;a, y encuentro puntos de vista y apreciaciones con los que no solo estoy de acuerdo, sino que he defendido en varios foros y tribunas en los &uacute;ltimos tiempos, a menudo en comandita con ge&oacute;grafos y acad&eacute;micos expertos en estas cuestiones. Me pareci&oacute; un estado de la cuesti&oacute;n preciso y necesario en un debate que muchas veces se presenta tumultuoso y confuso, mezclando asuntos que tienen poco que ver entre s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        En &eacute;l, el profesor Andreu Domingo Valls, presidente de la Asociaci&oacute;n de Demograf&iacute;a Hist&oacute;rica, hace un comentario sobre mi libro <em>La Espa&ntilde;a vac&iacute;a</em>, al que responsabiliza de la popularidad del debate en los &uacute;ltimos tiempos, en estos t&eacute;rminos: &ldquo;Es un ensayo escrito desde la emoci&oacute;n en el que relaciona el fen&oacute;meno con la emigraci&oacute;n de los a&ntilde;os 60, algo que no se corresponde con la realidad: hay zonas que la padecieron y no se han despoblado y otras que no experimentaron aquel proceso y s&iacute; se han despoblado.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Los dem&oacute;grafos piden rigor y respeto a su trabajo, una demanda irreprochable, pero deber&iacute;a ir acompa&ntilde;ada de rigor para todos, porque es parad&oacute;jico quejarte de que los dem&aacute;s tratan tu labor con trazo grueso mientras t&uacute; aplicas ese mismo trazo grueso al trabajo de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me gustar&iacute;a matizar que la descripci&oacute;n que el profesor Andreu Domingo Valls hace de mi libro se ajusta muy poco a lo que el libro es y a lo que el propio libro acota y explica en sus p&aacute;ginas. <em>La Espa&ntilde;a vac&iacute;a</em> no es un ensayo escrito desde la emoci&oacute;n, sino desde mi casa, adoptando una perspectiva inequ&iacute;vocamente literaria, que jam&aacute;s ha pretendido suplantar el trabajo acad&eacute;mico (que m&aacute;s bien divulga en los primeros cap&iacute;tulos, compilando el estado de la cuesti&oacute;n, bien estudiada, aunque poco conocida fuera de la academia). Pero, sobre todo, no relaciona el fen&oacute;meno de la despoblaci&oacute;n con la emigraci&oacute;n de los a&ntilde;os 60, sino que toma esa emigraci&oacute;n como un punto de referencia cultural, calific&aacute;ndola como un episodio hist&oacute;rico con enormes resonancias sociales y pol&iacute;ticas en la Espa&ntilde;a de hoy. El ensayo rastrea las huellas de ese hecho en la literatura, el cine, el arte y la cultura popular para formular una hip&oacute;tesis especulativa: la conciencia dolorosa de aquel trauma es uno de los rasgos fundamentales para entender parte de los conflictos y problemas de la Espa&ntilde;a de hoy.
    </p><p class="article-text">
        Para ello, ampl&iacute;o el foco, me voy a otros siglos y demuestro que la ret&oacute;rica de oposici&oacute;n entre la ciudad y el campo es una constante hist&oacute;rica en los discursos culturales que, en la segunda mitad del siglo XX, toma la forma de memoria nost&aacute;lgica de ese &uacute;ltimo gran &eacute;xodo rural que empez&oacute; en 1959 y dur&oacute; hasta finales de los 70.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto queda claro en la lectura del libro, que no trata sobre la despoblaci&oacute;n ni propone soluciones a la misma ni se pierde en sus causas. Es la obra de un escritor que se pregunta por el pa&iacute;s en el que vive y que considera que el vaciamiento de una parte de &eacute;l es un rasgo crucial para entenderlo. Como menudean las sinopsis enga&ntilde;osas y simplificadoras, que transmiten una idea rotundamente equivocada de mi trabajo, he visto necesario aclararlo en estas l&iacute;neas, para que el rigor no se reclame siempre en la misma direcci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sergio del Molino]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Dec 2019 20:22:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que La España vacía es y lo que no es]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[España vaciada]]></media:keywords>
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