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    <title><![CDATA[elDiario.es - José Antonio Estévez García]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose-antonio-estevez-garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José Antonio Estévez García]]></description>
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      <title><![CDATA[Carta abierta a una diputada de Vox de una víctima de la homofobia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/carta-alicia-rubio_129_1189296.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6958cd28-1b21-47e8-af8f-d2c67edac9cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Carta abierta a una diputada de Vox de una víctima de la homofobia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Señora Alicia Rubio, los niños y niñas gays, lesbianas y transexuales existimos, y somos víctimas del odio que propagan personas como usted</p><p class="subtitle">Querría dirigirme a quienes sufráis acoso y creáis que habéis tocado fondo: pensad que si yo no hubiese despertado al día siguiente, nunca hubiera visto el respeto con el que los amigos que vinieron a casa a ayudarme trataron lo sucedido</p></div><p class="article-text">
        Se&ntilde;ora Rubio:
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; me llamaron marica antes de saber lo que significaba. Era solo un cr&iacute;o al que le gustaba jugar a la pica y no al f&uacute;tbol. Un ni&ntilde;o que se ve&iacute;a inocentemente atra&iacute;do hacia otros chicos del barrio. Alguien que mostraba con naturalidad qui&eacute;n era, sin saber el coste que tendr&iacute;a visibilizarlo. No entend&iacute;a qu&eacute; era lo que me llamaba un chaval del piso de enfrente cuando, se&ntilde;al&aacute;ndome, pronunci&oacute; la palabra marica; pero el odio que desprend&iacute;an su rostro y su voz no dejaba lugar a dudas, algo en m&iacute; le produc&iacute;a un rechazo al que se sumaron como hienas el resto de chicos del barrio. Al principio no comprend&iacute;a la raz&oacute;n de su desprecio y no sab&iacute;a c&oacute;mo responder al mismo. Cuando supe qu&eacute; lo motivaba, tampoco supe qu&eacute; hacer o decir porque &eacute;l estaba en lo cierto. Yo era un ni&ntilde;o marica. Lo que no entend&iacute;a era su odio. Un odio que me daba los buenos d&iacute;as, cada d&iacute;a; y que me desped&iacute;a hasta el d&iacute;a siguiente, cada noche.
    </p><p class="article-text">
        Sent&iacute;a temor de revelar lo que estaba sufriendo porque supon&iacute;a confesar que yo era diferente y, hasta el momento, esa diferencia solo hab&iacute;a sido respondida con incomprensi&oacute;n y rechazo. As&iacute; que me ocult&eacute; dentro de un armario en el que viv&iacute;a aterrado, rezando para que nadie abriera la puerta, porque cada vez que alguien lo hac&iacute;a era &uacute;nicamente para provocarme dolor.
    </p><p class="article-text">
        Cuando alguien me habla de su infancia, de los recuerdos asociados al colegio y comparten conmigo momentos de felicidad, me recuerdan por qu&eacute; con 16 a&ntilde;os intent&eacute; quitarme la vida. Jam&aacute;s escuch&eacute; un &ldquo;te quiero&rdquo; siendo ni&ntilde;o. El sentimiento en casa era de pena y verg&uuml;enza. 16 a&ntilde;os. Los primeros 16 a&ntilde;os de una vida sin conocer nada m&aacute;s que el rechazo de los que pensaban que yo era marica y me odiaban por ello. 5.760 d&iacute;as viviendo con miedo y, lo que era peor, sin esperanza. Me cri&eacute; en un barrio obrero. No exist&iacute;a Internet. No sab&iacute;a qu&eacute; hab&iacute;a m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de mi peque&ntilde;o y asfixiante mundo. En la televisi&oacute;n o la radio no se hablaba de la homosexualidad, solo se ridiculizaba a trav&eacute;s de los chistes de mariquitas. Lo que yo era, lo que sent&iacute;a, parec&iacute;a ser &uacute;nicamente eso, objeto de mofa. En la televisi&oacute;n, en la radio, en el colegio y luego en el instituto, en mi barrio, todos los d&iacute;as de mi vida. No pod&iacute;a m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Sol&iacute;a tener problemas para conciliar el sue&ntilde;o y me llevaron al m&eacute;dico. Exager&eacute; todo lo que supe c&oacute;mo me afectaba no poder dormir, buscando que me recetasen lo m&aacute;s fuerte que hubiera. Tuve las pastillas en casa durante un tiempo. Le&iacute; el prospecto en m&uacute;ltiples ocasiones. No parec&iacute;a dejar lugar a dudas, exceder lo prescrito pod&iacute;a provocar la muerte. Un fin de semana que mis padres me dejaron solo en casa, abr&iacute; la caja una vez m&aacute;s, leyendo el prospecto, fij&aacute;ndome en cada palabra, con la seguridad de que si las tomaba todas pondr&iacute;a fin a mi vida.
    </p><p class="article-text">
        No sol&iacute;a llorar por nada. Llorar era &ldquo;de chicas y de maricas&rdquo; y yo aprend&iacute; a ocultar todo lo que pudiera delatarme. Quer&iacute;a ser fuerte para ser aceptado. Deb&iacute;a ser fuerte para terminar con aquel sufrimiento. Quer&iacute;a nacer de nuevo siendo otra persona, en otro lugar, lejos de aquello. Ese d&iacute;a llor&eacute;. Los ojos se me llenaron de l&aacute;grimas que me empa&ntilde;aban la vista y desdibujaban las letras del prospecto para traer a la memoria cada insulto, cada golpe. Intent&eacute; aferrarme a alg&uacute;n recuerdo bueno. Pero en aquel momento no encontr&eacute; ninguno. Pens&eacute;, &ldquo;si te tomas esto, ma&ntilde;ana no despertar&aacute;s&rdquo;. Y sent&iacute; paz.
    </p><p class="article-text">
        Fui a la cocina a por agua. Volv&iacute; al dormitorio. Vaci&eacute; los bl&iacute;sters y me fui tomando, una a una, todas las pastillas. Me acost&eacute; en mi cama y me arrop&eacute;. Ya no hab&iacute;a l&aacute;grimas.
    </p><p class="article-text">
        Lo siguiente que recuerdo es que estaba bajo la ducha. En la casa hab&iacute;a varios amigos del instituto. No recuerdo cu&aacute;ntos ni qui&eacute;nes, aunque hay un par de rostros que me pareci&oacute; reconocer. Me hablaban. No recuerdo qu&eacute; me dijeron. No s&eacute; c&oacute;mo se enteraron de lo sucedido. No puedo explicar c&oacute;mo entraron en casa. Era domingo y mis padres a&uacute;n no hab&iacute;an vuelto. Aquellos amigos pasaron el d&iacute;a conmigo, cuid&aacute;ndome. Esa fue la primera ocasi&oacute;n que sent&iacute; que alguien me arropaba con su abrazo fuera de mi armario.
    </p><p class="article-text">
        El lunes segu&iacute;a con los sentidos entumecidos. Fui a clase. Me comport&eacute; como si nada hubiera ocurrido. En mi barrio los insultos continuaron, pero de alguna forma ya no dol&iacute;an igual. Con el tiempo, los culpables de todo aquello fueron desapareciendo de all&iacute;. Yo me march&eacute; a estudiar fuera y solo volv&iacute; a ver a alguno de ellos de forma ocasional. Ya no hab&iacute;a insultos, aunque permanec&iacute;an las miradas de asco y odio que nunca llegu&eacute; a comprender.
    </p><p class="article-text">
        Mi vida cambi&oacute; cuando a&ntilde;os m&aacute;s tarde lleg&oacute; Internet a mi casa y, con esto, el descubrimiento de que hab&iacute;a m&aacute;s chicos como yo en otros lugares. Igual de solos, pero ya no tanto. Me cost&oacute; abrir el coraz&oacute;n, compartir mis sentimientos, querer y dejarme querer; pero descubrir el amor fue lo que me hizo empezar a construir la persona que ahora soy. Durante a&ntilde;os fui recogiendo todos mis trozos quebrados para recomponer el espejo al que nunca quise mirarme por miedo. Ahora puedo verme reflejado en &eacute;l y, aunque la imagen que me devuelve no oculta las cicatrices de un cristal roto, puedo mirarme a los ojos sin verg&uuml;enza de ser quien soy y sentir lo que siento. Ahora puedo hacerlo con orgullo.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo pes&oacute; en m&iacute; el dolor de una infancia y una adolescencia marcadas por el miedo, hasta que un d&iacute;a tom&eacute; conciencia de que, por fin, hab&iacute;a vivido m&aacute;s a&ntilde;os siendo libre y feliz que siendo v&iacute;ctima de la intolerancia. Bueno, el odio sigue existiendo; pero ya no es m&aacute;s fuerte que el amor que siento. Este verano, cogiendo la mano de mi marido en una terraza, volv&iacute; a vivir esa mirada de rechazo que nunca he entendido y, de nuevo, los insultos. Respond&iacute; con el mismo rechazo. Se crecieron. Yo tambi&eacute;n lo hice. Comprob&eacute; que alimentando su odio, parec&iacute;an sentirse bien. Entonces bes&eacute; a Ignacio. Sus sonrisas se torcieron. Se levantaron y se fueron. Yo tambi&eacute;n lo hice, agarrando con fuerza la mano de mi marido. Como hago siempre que me voy a la cama. Como hacen las nutrias cuando descansan en el agua para que la corriente no las arrastre y separe del grupo, asegur&aacute;ndose de no despertar solas.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n hay muchos chicos y chicas que sufren acoso. Homosexuales, lesbianas, transexuales... La federaci&oacute;n estatal de entidades sociales que defienden nuestros derechos civiles y luchan por normalizar y visibilizar nuestras vidas, ha hecho una encuesta entre adolescentes v&iacute;ctimas de acoso por su condici&oacute;n afectiva o su identidad de g&eacute;nero. Un 43% confiesa haber pensado en suicidarse, un 35% lo ha preparado con detalle y un 17% lo ha intentado en alguna ocasi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Se&ntilde;ora Rubio, los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as gays, lesbianas y transexuales existimos, y somos v&iacute;ctimas del odio que propagan personas como usted. Su partido tiene como objetivo evitar que se eduque en el respeto a la diversidad en las aulas, pero qu&eacute;dese tranquila: si alguno de vuestros hijos es heterosexual, escuchar una charla en la que se habla de la diversidad afectiva no va a &ldquo;convertir&rdquo; a ese ni&ntilde;o en homosexual. En el mejor de los casos, har&aacute; de &eacute;l una persona m&aacute;s tolerante. Y si vuestro hijo/a es gay, lesbiana, trans, o lo &ldquo;parece&rdquo; (los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que sufren acoso no son solo LGTBI; sino muchos de aquellos que no encajan en ciertos estereotipos) y es v&iacute;ctima de acoso, escuchar a personas que llevan al aula un mensaje de respeto, ayudar&aacute; a que no se sienta solo/a y, en el mejor de los casos, podr&iacute;a conseguir parar el bullying. Educar en el respeto a los dem&aacute;s, hace -y nos hace- mejores personas, y puede salvar vidas.
    </p><p class="article-text">
        Querr&iacute;a aprovechar para dirigirme con esta carta a quienes sufr&aacute;is acoso y cre&aacute;is que hab&eacute;is tocado fondo: pensad que si yo no hubiese despertado al d&iacute;a siguiente, nunca hubiera visto el respeto con el que los amigos que vinieron a casa a ayudarme trataron lo sucedido; nunca hubiera sentido el calor con el que mis hermanos y amigos me arroparon cuando sal&iacute; del armario; nunca hubiera vivido la emoci&oacute;n de ver c&oacute;mo nuestro pa&iacute;s se convert&iacute;a en el cuarto del mundo en igualar nuestros derechos con los que aman de forma diferente; nunca hubiera podido conocer al que hoy es mi marido y ver c&oacute;mo toda mi familia viajaba a Madrid para apoyarnos el d&iacute;a de nuestra boda. Nunca hubiera sabido lo que es el amor, y la felicidad que se siente cuando uno es simplemente libre de ser. Porque, cuando has tocado fondo, solo queda nadar hacia arriba, hacia la superficie para, despu&eacute;s, poder volar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jose Antonio Estévez, José Antonio Estévez García]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Dec 2019 20:16:15 +0000]]></pubDate>
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