<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - José Antonio Machín]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose-antonio-machin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José Antonio Machín]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/518037/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Kiko]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/kiko_132_5875404.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/af2e0c72-1f5d-4e62-914c-b727d5c21f6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><p class="article-text">
        Kiko, un yaco gris de cola roja, se ha fugado de casa. En  pleno confinamiento. No le cuadraban tantos cambios en su paisaje habitual: los libros acumulados en las mesas, la ropa tendida al sereno despu&eacute;s de cada regreso de la compra, las tazas con el sobrecito de tila, el silencio sepulcral  en el patio o que nadie respondiera a sus imitaciones de los tonos del tel&eacute;fono m&oacute;vil.
    </p><p class="article-text">
        Y se ha ido.
    </p><p class="article-text">
        Mara y su madre dejaban suelto a Kiko en el piso. Le hab&iacute;an preparado un entorno amable para que se encontrase a gusto a pesar de la red que le imped&iacute;a volar de verdad m&aacute;s all&aacute; del balc&oacute;n. Llevaba con ellas 16 a&ntilde;os, desde que un hermano de Mara lo recibiera de un amigo. Era capaz de imitar el lloro de un ni&ntilde;o, de decir  su propio nombre, de mandar besitos a los vecinos y de pronunciar el n&uacute;mero cuatro. Los loros eligen palabras as&iacute; gracias a su siringe, aunque est&eacute;s las 24 horas del d&iacute;a intentando que digan lo que quieres. Tambi&eacute;n son capaces de sentir los estados de &aacute;nimo ajenos, as&iacute; que se deprimen si est&aacute;n rodeados de tristeza o se muestran alegres si quienes le rodean lo est&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y nadie est&aacute; muy contento en estos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El caso es que el loro aprovech&oacute; un descuido dom&eacute;stico y huy&oacute;. Quiz&aacute; porque crey&oacute; que de verdad este silencio, el mundo de aparente paz que disfrutamos estos d&iacute;as, va a durar siempre. Es posible que le haya pose&iacute;do un esp&iacute;ritu africano de la especie y le haya obligado a dejar de ser mascota.
    </p><p class="article-text">
        Mara y su madre bajan al parque desde el 6 de abril, le cantan su nombre y le silban. Un d&iacute;a, una vecina lo vio y las llam&oacute;. Estaba en una rama de un casta&ntilde;o de indias, como si hubiera vivido all&iacute; toda su vida de loro. Intentaron atraerlo de todas las maneras posibles con que se puede seducir a un yaco de cola roja para que regrese a casa, pero volvi&oacute; a echar a volar y se alej&oacute; hasta la rama de un magnolio. Su vocaci&oacute;n congole&ntilde;a de p&aacute;jaro libre se manifest&oacute; ese d&iacute;a. Dejaron de verle.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, han seguido recorriendo todos los d&iacute;as la urbanizaci&oacute;n y a veces gritan su nombre desde el balc&oacute;n  mientras le intentan distinguir con los prism&aacute;ticos. Pero Kiko no ha vuelto casi quince d&iacute;as despu&eacute;s de su evasi&oacute;n. Hasta la gata, a quien se enfrentaba al principio, est&aacute; triste. A Mara y a su madre les hac&iacute;a mucha compa&ntilde;&iacute;a, porque aunque era revoltoso no le gustaba estar solo  y las reclamaba si se iban a pasear. Cuando se pod&iacute;a pasear. En un peque&ntilde;o recipiente le esperan las frutas que suele comer. Qui&eacute;n sabe si, en el caso de que regrese, le premien con un plato de ese cusc&uacute;s que tanto le gusta.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos d&iacute;as ya no se oye a las vecinas. La comunidad sigue comentando la ausencia de Kiko, pero Mara y su madre le han perdido la pista. Es muy posible que Kiko decida volver: le quedan muchos a&ntilde;os por vivir y aunque esta primavera in&eacute;dita ha hecho aumentar exponencialmente el polen y el n&eacute;ctar, por no hablar de los moscardones y otros bichos que le pueden servir de comida, acabar&aacute; a&ntilde;orando el v&iacute;nculo que manten&iacute;a con sus due&ntilde;as. En el fondo, todos le echamos en falta, porque nos saludaba al entrar en la urbanizaci&oacute;n y nos desped&iacute;a por la noche con aquellos sonidos infantiles que despertaban en nuestro inconsciente mundos muy lejanos ya.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Antonio Machín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/kiko_132_5875404.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2020 07:29:49 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/af2e0c72-1f5d-4e62-914c-b727d5c21f6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="213267" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/af2e0c72-1f5d-4e62-914c-b727d5c21f6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="213267" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Kiko]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/af2e0c72-1f5d-4e62-914c-b727d5c21f6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tótem]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/totem_132_1051346.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f1de650a-a33e-4ae7-84b6-971bc6a0c21e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Silo del Puerto de Santander en 1969."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ha sido testigo de las transformaciones en los últimos 50 años. Solo por eso deberían haberle perdonado la vida, pero en cuestión de ídolos, el Puerto no quiere rivales.</p></div><p class="article-text">
        Los talibanes est&aacute;n derribando mi buda de Bamiy&aacute;n: bajo ese silo jugu&eacute; en los barrizales de semillas, agua y arena y compart&iacute; alguna que otra paliza con la belicosa mara del barrio. El faro de mi adolescencia, un enorme balc&oacute;n a 53 metros de altura desde el que, siempre empapado por la lluvia, observaba los afanes de los vecinos: las mujeres de negro tendiendo la ropa: enormes bragas, faltriqueras a&uacute;n con escamas, buzos manchados de gasoil&hellip; las mismas mujeres que rodeaban los charcos en escarpines con las pinzas en la boca. Porque entonces llov&iacute;a siempre, en verano y en invierno, y la esperanza de que pudi&eacute;semos ir a la playa el d&iacute;a siguiente depend&iacute;a de si la noche anterior el cielo estaba estrellado o no. Era dif&iacute;cil encontrar un lugar interior para jugar que no fuera el interior de uno mismo.
    </p><p class="article-text">
        Junto al silo qued&aacute;bamos los domingos por la ma&ntilde;ana para ir &ldquo;a la matin&eacute;&rdquo; del Sotileza, un Cinema Paradiso en donde est&aacute;bamos atentos a todo menos a la pel&iacute;cula: a los cascos de coca cola que lanzaban las pescateras contra la s&aacute;bana que hac&iacute;a de pantalla si no les gustaba lo que ve&iacute;an, a los bombardeos de bolsas de pipas y &ldquo;refrescol&rdquo; desde el gallinero contra el patio si se cortaba la peli&hellip; y todo rodeado de aquel olor acre mezcla de frutos secos y pescado podrido que hac&iacute;a de ambientador natural.
    </p><p class="article-text">
        Cuando acababa la pel&iacute;cula o nos echaba el Cachuli, yo sol&iacute;a ir al silo, que entonces me parec&iacute;a mucho m&aacute;s alto, uno lo ve todo enorme en la ni&ntilde;ez. Me preguntaba si alguien vivir&iacute;a dentro, imaginaba hombres con rostros de paloma asomados a las ventanas. Desde all&iacute; arriba distingu&iacute;a la gr&uacute;a que manejaba mi t&iacute;o, a la que algunas noches at&aacute;bamos los aparejos para pescar jargos, y el tren mercante al que los chavales sol&iacute;amos subir para que nos llevase a la Tolva del Mar&iacute;timo, en Puerto Chico.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/bceef07a-ede6-4ab2-89e9-1fc4b27e6b55_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
         Entonces se pod&iacute;a viajar a N&aacute;poles solo con pasar al otro lado de la Avenida Sotileza: un paisaje nocturno de tinglados portuarios en el que de noche los carabineros miraban hacia otro lado cuando las parejas buscaban rincones para besarse o la tripulaci&oacute;n de los mercantes se sacaba unos duros con el contrabando de tabaco. Esa zona de la ciudad no era ciudad, era un collage lleno de color y trasuntos en los que participaban guardias, estibadores, consignatarios, pescadores, paseantes con la colilla en el belfo y alg&uacute;n que otro traficante de asuntos ocultos.
    </p><p class="article-text">
        Todo eso se acab&oacute; a mediados de los 80, cuando cerraron el acceso de los ciudadanos a los muelles, priv&aacute;ndoles de su mejor pasatiempo a cambio de garantizar la seguridad del Puerto, exigencia de Europa. A&ntilde;os despu&eacute;s, y por si fuera poco, han levantado vallas de cuatro metros para que no las escalen los albaneses que huyen de la miseria. Pero no hay barreras: las mafias siguen trabajando y cada semana una media de entre 20 y 30 pasajeros clandestinos logran entrar en espacio Schengen, los &uacute;ltimos tras hacer un butr&oacute;n en un almac&eacute;n del puerto. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ha sido testigo de todas estas transformaciones en los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os. Solo por eso deber&iacute;an haberle perdonado la vida, pero en cuesti&oacute;n de &iacute;dolos, el Puerto no quiere rivales. Alfa hizo lo mismo en los &uacute;ltimos trece a&ntilde;os con este silo, que jam&aacute;s almacen&oacute; cemento: solamente lo compr&oacute; para eliminar la competencia. Parte de la historia del barrio se va con &eacute;l.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Antonio Machín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/totem_132_1051346.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Jan 2020 08:08:59 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f1de650a-a33e-4ae7-84b6-971bc6a0c21e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="59143" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f1de650a-a33e-4ae7-84b6-971bc6a0c21e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="59143" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Tótem]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f1de650a-a33e-4ae7-84b6-971bc6a0c21e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
      <media:keywords><![CDATA[Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Montano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/montano_132_1073791.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e51e85eb-ae21-4765-b22f-a774b7a4225a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Alicia López Montano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Qué forma de mandar al cajón de las cosas que pasaron el carácter de esa mujer, intuitiva, periodista febril, amiga de sus amigos y de sus enemigos</p></div><p class="article-text">
        No se ha muerto como del rayo, porque hac&iacute;a tiempo que lo suyo no acababa de pintar bien. Que Alicia no est&eacute; ya con nosotros es la constataci&oacute;n de que la muerte es cruel y sobre todo, mediocre. &ldquo;Cu&aacute;nto penar para morirse uno&rdquo;, dec&iacute;a tambi&eacute;n Miguel Hern&aacute;ndez. Recuerdo que hace unos veranos acept&oacute; participar en un curso sobre periodismo que dirig&iacute; en la UIMP. Mientras cen&aacute;bamos en un restaurante santanderino coincidimos en la necesidad de bajar kilos, pero ella aborrec&iacute;a el gimnasio: &ldquo;Prueba con mi ejercicio favorito: hacer pesas con dos kilos de arroz de Calasparra en cada brazo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No he conocido a nadie que maneje tan bien el humor como herramienta de di&aacute;logo con pares y nones. En su etapa como jefa de nacional de los telediarios aprend&iacute; a contar la pol&iacute;tica en televisi&oacute;n, aquellas piezas breves trufadas de declaraciones de todos los colores que siempre consegu&iacute;an destacar lo esencial. Qu&eacute; in&uacute;til que una vida tan consecuente acabe tan pronto en tabla rasa. Qu&eacute; forma de mandar al caj&oacute;n de las cosas que pasaron el car&aacute;cter de esa mujer, intuitiva, periodista febril, amiga de sus amigos y de sus enemigos: &ldquo;Mach&aacute;n, no te enga&ntilde;es&rdquo;, me dec&iacute;a, &ldquo;hay excelentes personas en la derecha e ilustres malvados en la izquierda y viceversa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Siempre he seguido esa observaci&oacute;n, muy iluminada por una personalidad como la suya, tan dada al di&aacute;logo y a contar las cosas como un Aleph, el universo desde todos los espacios y los tiempos. En los &uacute;ltimos meses habl&eacute; con ella con la frecuencia que permite el WhatsApp. Nunca consinti&oacute; que la enfermedad le impidiese un buen par de p&aacute;rrafos llenos de cari&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Fuimos muchos los que la defendimos como la m&aacute;s adecuada para dirigir el futuro de RTVE. Ahora, la muerte ha enterrado tambi&eacute;n su talento y el arranque que la caracterizaba para poner las cosas en el lugar en donde deber&iacute;an estar. De aquella cena me queda tambi&eacute;n lo que le gustaban los versos de Pepe Hierro: &ldquo;Soplaba el sur. Mirada &uacute;ltima. D&iacute;a final para aprenderme sus lecciones de luz, de m&uacute;sica... luego la vi desvanecerse, la vi fundirse en la distancia, hacerse sue&ntilde;o para siempre&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Antonio Machín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/montano_132_1073791.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jan 2020 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e51e85eb-ae21-4765-b22f-a774b7a4225a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="107521" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e51e85eb-ae21-4765-b22f-a774b7a4225a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="107521" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Montano]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e51e85eb-ae21-4765-b22f-a774b7a4225a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
      <media:keywords><![CDATA[TVE]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aplauso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/aplauso_132_1091920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33643260-6638-414b-911f-dbc4c70c7e00_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La independencia de un político inteligente se paga con el castigo de reflexionar sobre el azulejo negro, el que estaba en las aulas del colegio en el que estudié, en dónde la disidencia se sancionaba con un castigo ejemplar por no aplaudir.</p></div><p class="article-text">
        En su rostro no se nota si est&aacute; a favor o en contra: si la intervenci&oacute;n es amiga, muestra una sonrisa abierta; si es enemiga, igual. Siempre afirma con la cabeza desde el esca&ntilde;o, as&iacute; que parecer&iacute;a que se identifica pol&iacute;ticamente de la misma manera con Pedro S&aacute;nchez y con Santiago Abascal. Evidentemente no es as&iacute;, pero siempre se agradece una expresi&oacute;n relajada cuando el orador mira al patio de butacas, al banco azul en este caso.
    </p><p class="article-text">
        No est&aacute; mal esa actitud, aunque podr&iacute;a interpretarse como un escaso compromiso identitario teniendo en cuenta que es una de las ministras de este Gobierno, a&uacute;n en funciones. &ldquo;Aplaudes poco&rdquo;, le reprochaba Miguel &Aacute;ngel Rodr&iacute;guez a Jos&eacute; Luis L&oacute;pez Medel cuando Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar dec&iacute;a aquellas barbaridades desde el estrado del &ldquo;centoecha&rdquo;. L&oacute;pez Medel acab&oacute; fuera, como Miguel &Aacute;ngel Revilla est&aacute; ahora mismo fuera de las amistades de Carmen Calvo. Ya lo dec&iacute;a Alfonso Guerra: &ldquo;Quien se mueve no sale en la foto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esa ministra, con beat&iacute;fica imagen de feminista morena, muy de Romero de Torres, de finales del XIX, tiene que ser m&aacute;s partido. La independencia de un pol&iacute;tico inteligente se paga con el castigo de reflexionar sobre el azulejo negro, el que estaba junto a la papelera de todas las aulas del colegio en el que estudi&eacute;, en d&oacute;nde la disidencia se sancionaba con un castigo ejemplar por no aplaudir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Antonio Machín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/aplauso_132_1091920.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Jan 2020 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/33643260-6638-414b-911f-dbc4c70c7e00_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="682218" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/33643260-6638-414b-911f-dbc4c70c7e00_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="682218" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Aplauso]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/33643260-6638-414b-911f-dbc4c70c7e00_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
      <media:keywords><![CDATA[Investidura,Carmen Calvo]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
