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    <title><![CDATA[elDiario.es - Toni Arnau]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/toni-arnau/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Toni Arnau]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/futuro-amazonia-decide-elecciones-brasil_1_9657799.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de8da542-ac79-40ff-bc2d-a4e742accd75_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los hombres y mujeres que habitan la Amazonia son la última línea de resistencia frente al avance de la deforestación y la violencia que han empeorado bajo el mandato de Bolsonaro</p><p class="subtitle">La frontera amazónica entre Brasil y Perú, acorralada por la tala y el narcotráfico</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Este reportaje forma parte del proyecto Primary de <a href="https://www.ruidophoto.com/es/" data-mrf-recirculation="links-noticia" target="_blank">RUIDO Photo</a> y <a href="//www.creaf.cat/es" data-mrf-recirculation="links-noticia" target="_blank">CREAF</a>. </li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        La escopeta de Adriano es antigua, por no decir vieja. La lleva al hombro, cartuchos rojos en la mano. No va a ir lejos de las casas, quiz&aacute;s camine un kil&oacute;metro o menos, y en ese trecho puede haber de todo: comida o muerte. Avanza y se&ntilde;ala &aacute;rboles, arbustos. &ldquo;Este es el fruto de la bacaba&rdquo;, dice. &ldquo;All&aacute; cultivamos pl&aacute;tanos. Esta huella de jabal&iacute; es de ayer&rdquo;. Entonces guarda silencio, da media vuelta, se encoge y empieza a caminar como un mimo: ha visto un ciervo cruzarse por el camino, ir entre el verde. Carga el arma, se aleja, busca a la presa. Y la pierde. 
    </p><p class="article-text">
        El ciervo debe saber que Adriano no lo va a perseguir por esas huellas, porque esas huellas van a un &aacute;rea que ninguno de los karipuna quiere recorrer, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/frontera-amazonica-brasil-peru-acorralada-tala-narcotrafico_1_9268129.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una de las tantas invadidas por los madereros.</a>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estamos cercados por los invasores en nuestro territorio. Nuestro miedo es ser asesinados en nuestra propia aldea&rdquo;, dice, escopeta al hombro.
    </p><p class="article-text">
        Hace mucho tiempo que el arma no solo le sirve para cazar. En la &uacute;ltima ruta de vigilancia que hizo con su hermano Andr&eacute; encontr&oacute; un nuevo camino ilegal, a solo tres kil&oacute;metros de las casas. Eso es muy lejos de los l&iacute;mites de sus tierras, eso es muy cerca de una amenaza.
    </p><p class="article-text">
        Los karipuna &ndash;Adriano, Andr&eacute;, su familia, sus ancestros&ndash; viven en la selva amaz&oacute;nica desde antes de que Brasil fuera Brasil, cuando todo aquello era un territorio inmenso salvaje y no blanco. Brasil, casi un subcontinente por su dimensi&oacute;n (8,5 millones de kil&oacute;metros cuadrados en los que viven 210 millones de personas), declar&oacute; su independencia de Portugal en 1822, y todav&iacute;a se debate entre preservar y explotar la Amazonia. Y ah&iacute;, en medio de todo, los habitantes de esos bosques primarios: Adriano, Andr&eacute;, tantos otros.
    </p><p class="article-text">
        La Amazonia brasile&ntilde;a ocupa<a href="https://brasilemsintese.ibge.gov.br/territorio.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> m&aacute;s de cuatro millones de kil&oacute;metros cuadrados</a>, y en esa enormidad viven unos 180 pueblos ind&iacute;genas: son unas 440.000 personas que salpican el territorio espeso. La mayor&iacute;a vive en alguna Tierra Ind&iacute;gena (TI), una de esas &aacute;reas delimitadas por ley, de propiedad de todos los brasile&ntilde;os y de uso de los pueblos ind&iacute;genas, y, en teor&iacute;a, protegidas.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; viene la clave: lo m&aacute;s deforestado en los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os se concentra fuera de las tierras ind&iacute;genas. Las tasas de deforestaci&oacute;n m&aacute;s bajas est&aacute;n en las &aacute;reas demarcadas. Esto se explica porque la forma de vida de los pueblos ind&iacute;genas preserva y cuida el bosque. Ni siquiera tienen la capacidad econ&oacute;mica de deforestar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una tierra ind&iacute;gena amaz&oacute;nica, cualquiera de las cientos que hay, tiene m&aacute;s verde, m&aacute;s bosque, m&aacute;s suelo que todo lo que la rodea. El problema es que son un im&aacute;n de acaparadores de tierras. Entonces, a veces los n&uacute;meros se invierten, y las invasiones &ndash;quema y tala mediante&ndash; llevan a las tierras ind&iacute;genas a procesos de deforestaci&oacute;n veloces y devastadores.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera disputa por la selva &ndash;y por las tierras ind&iacute;genas&ndash; est&aacute; impulsada por la transformaci&oacute;n de la regi&oacute;n en un &aacute;rea de econom&iacute;a agr&iacute;cola, tal como antes hab&iacute;a movido los hilos la econom&iacute;a extractivista: la b&uacute;squeda de un desarrollo m&aacute;s all&aacute; de cualquier impacto. 
    </p><h3 class="article-text">La despensa vac&iacute;a</h3><p class="article-text">
        Francisco pertenece a los mura, un pueblo con pasado de guerreros feroces, que ocupan decenas de aldeas en 40 Tierras Ind&iacute;genas repartidas en un &aacute;rea muy extensa en el complejo h&iacute;drico que forman los r&iacute;os Madeira, Amazonas y Purus. Los padres de Francisco, de hecho, llegaron hasta aqu&iacute; desde otras aldeas. Les pareci&oacute; bonito, vieron comida, se instalaron, como hab&iacute;an hecho m&aacute;s o menos siempre. Solo que ese lugar, a la vera del r&iacute;o, ahora es un lugar codiciado por otros.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l es el <em>tuxawa </em>de su aldea, algo as&iacute; como &ldquo;cacique&rdquo;. Alguna vez ese cargo fue de su padre, ahora todos lo reconocen a &eacute;l como l&iacute;der: su hermana, la familia ampliada de su hermana, sus hijos, hijas, sus c&oacute;nyuges y su prole. 
    </p><p class="article-text">
        Hay un solo tel&eacute;fono en la aldea, y es de Francisco. Se lo dieron los organismos de derechos humanos cuando lo evacuaron a Manaos durante seis meses, para evitar que los <em>fazendeiros</em> [due&ntilde;os de enormes granjas de producci&oacute;n agr&iacute;cola-ganadera] que invaden sus tierras cumplieran sus promesas de matarlo. Ahora que volvi&oacute; a la aldea, le sirve para mandar mensajes por WhatsApp a alg&uacute;n pariente de la ciudad y para grabar v&iacute;deos. En uno, sale descalzo: camina hacia el r&iacute;o, una lanza de tres puntas en la mano derecha. Sigiloso, se acerca al agua, arroja la lanza, la busca. Acaba de pescar un pac&uacute; con uno de los m&eacute;todos m&aacute;s tradicionales de la tradici&oacute;n amaz&oacute;nica. Sonr&iacute;e a c&aacute;mara. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hace 20 a&ntilde;os, aqu&iacute; hab&iacute;a de todo: pesc&aacute;bamos con facilidad, hab&iacute;a caza, hab&iacute;a de todo. Era una despensa. Hoy la despensa est&aacute; vac&iacute;a&rdquo;, dice. Pescar hoy, asegura Francisco, es casi un acontecimiento digno de ser grabado. La deforestaci&oacute;n de las tierras que rodean su aldea tiene un impacto directo y mensurable en sus vidas. &ldquo;Nuestra aldea se va empobreciendo, se vuelve muy dif&iacute;cil la subsistencia. La selva est&aacute; cada vez m&aacute;s lejos, porque al salir de aqu&iacute;, uno se encuentra con campo&rdquo;, asegura.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Sabá, líder de la aldea de Sateré-Mawé y activista medioambiental.                            </span>
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        El gran problema de este grupo de ind&iacute;genas mura es que parte de sus tierras lleva d&eacute;cadas en un proceso de demarcaci&oacute;n que no termina nunca. La Tierra Ind&iacute;gena Guapen&uacute;, en el municipio de Autazes (Amazonas), empez&oacute; con la identificaci&oacute;n en 1985, y ah&iacute; sigue, a merced. Mientras tanto,<strong> </strong>los <em>fazendeiros</em> van entrando en tierra mura, en ese esquema que se repite en toda la Amazonia: derribo, quema, toma de tierras. Solo que aqu&iacute; la destrucci&oacute;n no termina con la desaparici&oacute;n de los &aacute;rboles: aqu&iacute; est&aacute;n metiendo b&uacute;falos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y los b&uacute;falos no son mansos. Son animales enormes, pesados, que bajan al agua, capaces de cruzar un r&iacute;o a nado y de romper todo lo que se les cruce. Tiran las cercas, destrozan las plantaciones de la familia de Francisco, y, sobre todo, destruyen el <em>igap&oacute;</em>, un bosque t&iacute;pico de la Amazonia que est&aacute; sumergido estacionalmente y que es clave en todo el equilibrio del ecosistema de la zona. Y despu&eacute;s est&aacute; la cuesti&oacute;n de las heces, porque all&iacute; donde viven y pasan, los b&uacute;falos contaminan el agua. Y es el agua que beben Francisco y sus parientes: &ldquo;Si se acaba esta agua, acaba con nosotros tambi&eacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La casa de Francisco es de madera, est&aacute; en una orilla alta y sobre pilotes. Tiene tres habitaciones, aunque en realidad son apenas unas tablas y cortinas que generan espacios separados. Viven ah&iacute; su esposa, todav&iacute;a algunos de sus hijos, su nuera, el m&aacute;s peque&ntilde;o de sus nietos. La hermana de Francisco, Ana, tiene una caba&ntilde;a casi igual, a 100 metros. Las casas se parecen entre s&iacute;: la diferencia, en todo caso, es cu&aacute;ntos muebles tienen, si hay camas o hamacas para dormir, sillones o banquitos o adornos. El televisor, de tubo, est&aacute; en el sal&oacute;n. Fuera, la antena que recibe la se&ntilde;al satelital. 
    </p><h3 class="article-text">Una isla rodeada de devastaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        La Nasa, seg&uacute;n la informaci&oacute;n recogida por sus sat&eacute;lites, dice que, desde la d&eacute;cada de los 70, <a href="https://earthobservatory.nasa.gov/images/148781/smoky-skies-in-the-western-amazon" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">el derribo de &aacute;rboles en la Amazonia redujo el tama&ntilde;o de la selva en un 17%</a>. Es como si le hubieran sacado un &aacute;rea m&aacute;s grande que todo Chile. Desde el cielo, la tierra karipuna &ndash;la tierra de Adriano y Andr&eacute;, en el estado de Rondonia&ndash; parece una isla. Es una mancha verde rodeada de devastaci&oacute;n marr&oacute;n, con unas l&iacute;neas que delatan los caminos que se usaron y se usan para sacar todo lo verde que hab&iacute;a y llevarlo al mercado. Es una isla que espera ser engullida por el agronegocio y la especulaci&oacute;n de tierras. 
    </p><p class="article-text">
        La aldea donde viven Andr&eacute; y Adriano tiene un nombre que suena a los a&ntilde;os 70: Panorama. Tiene un aire de pel&iacute;cula, con su bruma subiendo lenta desde el r&iacute;o, la canoa amarrada, el muelle enclenque y los perros sueltos. Ah&iacute;, en lo buc&oacute;lico del paisaje primitivo, Buret&eacute; se sienta a la sombra del &aacute;rbol rodeado de casitas, en medio de la comunidad. Tiene estudiado el lugar, es el &uacute;nico donde la se&ntilde;al del wifi satelital que les provee el Gobierno da para una videollamada. En la pantalla aparece su hijo, lejos, en su casa de la ciudad de Porto Velho, con paredes de ladrillos y ventanas de cristal, donde vive desde que dej&oacute; la aldea para estudiar Ingenier&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me prometi&oacute; que si consigue un trabajo va a comprarme una casa en la ciudad&rdquo;, dice Buret&eacute;. Explica que ella quiere mejorar la comunidad, hacer algo. Le gusta estar ac&aacute;, cocinar, charlar con el papagayo multicolor, y re&iacute;rse.
    </p><p class="article-text">
        Cuando termina la llamada, muestra las fotos atesoradas en el tel&eacute;fono. Est&aacute;n su hijo mayor, guapo, puro m&uacute;sculo, con su novia, gr&aacute;cil y rubia, maquillada, futura ingeniera.&nbsp;&ldquo;Si se casan, tendr&iacute;a que traerla a vivir a la aldea&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La aldea est&aacute; lejos &ndash;cuatro horas de lancha o tres de moto, por caminos intransitables seis de cada 12 meses&ndash;, casas de madera, peces y v&iacute;boras. Hay tres clases de mosquitos &ndash;de distintos tama&ntilde;os, algunos casi invisibles&ndash; que se turnan para picar durante todo el d&iacute;a. Buret&eacute; sale, cuando es &eacute;poca, a recolectar casta&ntilde;as junto a su marido. Todo el a&ntilde;o prepara harina de mandioca y la vende en la ciudad: as&iacute; puede sostener las carreras universitarias de sus hijos. A su hija m&aacute;s joven, adolescente, le gustar&iacute;a seguir a sus hermanos en Porto Velho y ser, alg&uacute;n d&iacute;a, polic&iacute;a militar.&nbsp; 
    </p><h3 class="article-text">SOS Karipuna</h3><p class="article-text">
        En 2019,<a href="https://cimi.org.br/2019/06/forca-tarefa-amazonia-realiza-megaoperacao-contra-grilagem-e-roubo-de-madeira-na-terra-indigena-karipuna/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> un operativo organizado por ocho instituciones emiti&oacute; 15 &oacute;rdenes de aprehensi&oacute;n</a> y 34 &oacute;rdenes de allanamiento, y se secuestraron bienes por m&aacute;s de nueve millones de euros. Encontraron delitos de todo tipo: malversaci&oacute;n, hurto ilegal de madera, invasi&oacute;n de tierras, deforestaci&oacute;n ilegal, blanqueo de capitales, delitos contra el orden fiscal y constituci&oacute;n y participaci&oacute;n en organizaci&oacute;n criminal. La operaci&oacute;n se llam&oacute; SOS Karipuna: se hizo en las tierras que normalmente defienden solos Andr&eacute;, Adriano y Buret&eacute;, la misma que los madereros volvieron a invadir este a&ntilde;o, y el a&ntilde;o pasado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para los karipuna, la deforestaci&oacute;n es un paisaje habitual: est&aacute;n acostumbrados a encontrar maquinaria pesada dentro de su tierra, ver pasar camiones que se llevan centenas de troncos cortados ilegales. Es un negocio lucrativo, que conserva y reproduce la antigua l&oacute;gica de ocupar la Amazonia, con la anuencia de los Estados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Los troncos talados de manera ilegal en la Amazonia son transportados en medio de la noche por camiones y barcazas para evitar los controles.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, repite que hay mucha tierra para poco indio, que hay que acabar con lo que llama &ldquo;la industria de multas ambientales&rdquo;, que hay demasiadas &aacute;reas de conservaci&oacute;n, que no se demarcar&aacute; una sola Tierra Ind&iacute;gena mientras &eacute;l sea presidente y que hace falta permitir la miner&iacute;a en esas &aacute;reas. Los incendios descontrolados y el aumento de la devastaci&oacute;n en la Amazonia son las principales marcas de su Gobierno en el &aacute;rea medioambiental. En 2021, la deforestaci&oacute;n fue la m&aacute;s alta de los &uacute;ltimos 10 a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n en 2021 fueron asesinados 176 ind&iacute;genas, <a href="https://cimi.org.br/2022/08/relatorioviolencia2021/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">seg&uacute;n datos del Consejo Indigenista Misionario (CIMI).</a> En 2020, hab&iacute;an sido 182. Este a&ntilde;o, posiblemente, supere todos los r&eacute;cords: la posibilidad de que <a href="https://www.eldiario.es/internacional/lula-da-silva-impone-bolsonaro-elecciones-brasil-buscara-presidencia-segunda-vuelta_1_9589235.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Luiz In&aacute;cio Lula da Silva gane </a>las elecciones este domingo<a href="https://www.eldiario.es/internacional/lula-da-silva-impone-bolsonaro-elecciones-brasil-buscara-presidencia-segunda-vuelta_1_9589235.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> </a><a href="https://g1.globo.com/meio-ambiente/noticia/2022/09/16/nos-primeiros-oito-meses-de-2022-amazonia-legal-registra-maior-taxa-de-desmatamento-em-15-anos.ghtml" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">aviv&oacute; la voracidad por conseguir m&aacute;s tierras</a> antes de que se acaben los vientos de cola. 
    </p><h3 class="article-text"><strong>Un pie en la tumba</strong></h3><p class="article-text">
        &ldquo;Uno de los vaqueros del <em>fazendeiro</em> apunt&oacute; con un dedo a mi rostro y me dijo que yo era hombre muerto, que me iba a matar&rdquo;, dice Francisco. A cada lugar que iba, todos le dec&iacute;an lo mismo: <em>tuxawa</em>, ten cuidado, est&aacute;s con un pie en la tumba. Francisco supo pronto que ah&iacute;, en medio de la espesura de la selva mura, donde la mano del Estado es invisible, ya no estaba seguro. Fue a Autazes, la ciudad m&aacute;s cercana, habl&oacute; con algunos organismos que estaban ayud&aacute;ndolo a presentar denuncias contra los invasores, y juntos decidieron que saliera de la aldea. 
    </p><p class="article-text">
        Francisco, nacido y criado en la selva, vivi&oacute; entonces seis meses en unas oficinas que el Consejo Indigenista Misionario tiene en Manaos, casi todo el tiempo solo, porque los empleados del organismo pasaban los meses de aislamiento por la pandemia en sus casas. Ah&iacute; ten&iacute;a su cocina, su cama, algunos libros. Se decidi&oacute; que no trabajara, porque las mafias de la tierra tambi&eacute;n tienen sede en las ciudades. Salir, aunque fuera en medio del cemento, tambi&eacute;n ten&iacute;a su riesgo. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Fue muy feo, solo, sin costumbre de la ciudad, lejos de la familia, de la comunidad. Pensaba en venir y desobedecer, romper las reglas, y llegar aqu&iacute; tambi&eacute;n desamparado, &iquest;qu&eacute; iba a pasar? No fue nada f&aacute;cil&rdquo;, dice. Su esposa y uno de sus hijos pudieron visitarlo. Viajaron ocho horas desde la aldea, se quedaron algunos d&iacute;as, tuvieron miedo juntos.
    </p><p class="article-text">
        Cada diez o 15 d&iacute;as, Francisco iba hasta el supermercado m&aacute;s cercano, compraba arroz, frijoles y pollo con el dinero que le daban mientras estaba acogido, y pasaba las ma&ntilde;anas, las tardes y las noches leyendo libros de derecho, porque no ten&iacute;a ni televisi&oacute;n. Aquello, pens&oacute;, no era vida. &ldquo;Viv&iacute;a como un prisionero&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Francisco y su hermana eran j&oacute;venes, las cosas en la aldea eran bien distintas. En la naciente del r&iacute;o que pasa por la puerta de su casa hubo, alguna vez, un peque&ntilde;o para&iacute;so. &ldquo;Ah&iacute; hab&iacute;a una monta&ntilde;a de piedra y arena, de donde descend&iacute;a agua cristalina. Pero los <em>fazendeiros</em> invadieron y no tuvieron conciencia ni respeto. Derribaron la mata y el ganado pisote&oacute; toda la naciente del r&iacute;o y la mat&oacute;. La monta&ntilde;a de arena desapareci&oacute;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora, Francisco y sus familiares evitan acercarse al &aacute;rea invadida, y si lo hacen, van armados. Tambi&eacute;n se ocupan de la cuesti&oacute;n del agua potable, tan vital. Almacenan y decantan agua del r&iacute;o y con eso se ba&ntilde;an, se lavan, lavan los platos, cocinan. Y cada vez que van a la ciudad, a Autazes, buscan agua de un grifo p&uacute;blico. &ldquo;Tengo una hora de viaje, gasto ocho litros de gasolina para ir, 50 reales (diez euros). Y no todos pueden ir a buscar, muchos est&aacute;n bebiendo el agua del r&iacute;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin los diez euros que necesitan para el viaje, sin las garrafas, muchos en la aldea beben agua contaminada, que tratan con hipoclorito de sodio (cuando el Gobierno les provee) y que provoca v&oacute;mitos y diarrea, amebas y par&aacute;sitos, hepatitis.
    </p><h3 class="article-text">Campo y bueyes</h3><p class="article-text">
        <a href="https://www.beefmagazine.com/beef/global-beef-update-exporters" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Brasil es el mayor exportador de carne de res del mundo.</a> La Organizaci&oacute;n de las Naciones Unidas para la Alimentaci&oacute;n y la Agricultura (FAO) calcula que un 80% de la p&eacute;rdida de bosques en Brasil se relaciona<a href="https://www.eldiario.es/sociedad/arde-arbol-amazonia-coma-cerdo-macrogranja-espana_1_8665089.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> directa o indirectamente con la ganader&iacute;a</a>. Francisco traduce estos n&uacute;meros: &ldquo;Ah&iacute; donde era mata y nosotros caz&aacute;bamos, ya no hay m&aacute;s mata: hay campo y bueyes&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La deforestaci&oacute;n, que hab&iacute;a bajado dr&aacute;sticamente durante los gobiernos de Lula Da Silva, ha vuelto a aumentar de forma descontrolada en la &uacute;ltima d&eacute;cada. La causa, como bien saben los mura, no es tanto el tr&aacute;fico de madera sino la ganader&iacute;a: ese es el primer uso que se da a las tierras deforestadas en Brasil porque es la forma m&aacute;s sencilla de conseguir ilegalmente un t&iacute;tulo de propiedad de la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los <em>fazendeiros</em>, los acaparadores de tierras o los madereros deforestan, la devastaci&oacute;n es casi irreversible. En los &uacute;ltimos 30 a&ntilde;os, de cada diez hect&aacute;reas de bosques primarios deforestados en la Amazonia Legal, seis se convirtieron en pastizales de baja productividad, tres fueron abandonados y solo una hect&aacute;rea se convirti&oacute; en suelo agr&iacute;cola productivo o infraestructura urbana. Y la devastaci&oacute;n suele venir acompa&ntilde;ada de pobreza y violencia. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandra Cukar, Toni Arnau, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/futuro-amazonia-decide-elecciones-brasil_1_9657799.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Oct 2022 20:29:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Brasil,Elecciones Brasil,Jair Bolsonaro,Lula da Silva,Amazonas,Pueblos indígenas,Elecciones presidenciales,Sudamérica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Siempre hay alguien a quien odiar al otro lado de la frontera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/argelia-tierra-migrantes-frontera_1_1127041.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Los jóvenes magrebíes sufren racismo y miedo en un país europeo como España; los migrantes subsaharianos sufren deportaciones y ostracismo social en un país magrebí como Argelia</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Este es uno de los textos de 'Odio', el n&uacute;mero 5 de Revista 5W, que se puede recibir mediante <a href="https://www.revista5w.com/suscripciones-socios" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">suscripci&oacute;n</a>, comprar en librer&iacute;as o <a href="https://tienda.revista5w.com/product/numero-5-odio" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">aqu&iacute;</a></li>
                                    <li>Esta cr&oacute;nica forma parte del proyecto<em> The Backway,</em><a href="http://thebackway.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">The Backway</a> de <a href="https://www.ruidophoto.com/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">Ruido Photo</a></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        Una de las normas sagradas del odio: siempre hay alguien debajo a quien odiar, humillar o ignorar.
    </p><p class="article-text">
        Los libros de historia dicen que Or&aacute;n es un palimpsesto: ciudad del noroeste argelino cerca de la frontera con Marruecos, con pasado colonial franc&eacute;s y una alcazaba fortificada desde la que la conquista espa&ntilde;ola se enfrentaba al Imperio otomano. Pero hay un pliegue m&aacute;s reciente, una capa que est&aacute; pero no se ve: en las entra&ntilde;as de la ciudad hay otra ciudad, escondida de todo y formada por hombres y mujeres de &Aacute;frica Occidental que sobreviven a las deportaciones, intentan ganarse el pan o esperan su momento para cruzar a Marruecos y llegar a Europa.
    </p><p class="article-text">
        A ellas pr&aacute;cticamente no se las ve por las calles. A ellos &mdash;a algunos&mdash; se los ve deambulando, en busca de un trabajo en la construcci&oacute;n o en cualquier cosa que les pidan los argelinos. Son una minor&iacute;a comparada con los que se quedan en casa, con los que apenas salen de sus pisos y sus barrios, con los que tienen miedo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay mucho racismo, no nos consideran personas.
    </p><p class="article-text">
        Ricardo Dongon es de Duala, la mayor ciudad de Camer&uacute;n, su capital econ&oacute;mica. Sali&oacute; de all&iacute; en septiembre de 2018. Su objetivo no era llegar a Europa o a Espa&ntilde;a, sino en concreto a Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Lo repite: Madrid, Madrid, Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Atraves&oacute; Nigeria y N&iacute;ger antes de llegar a Argelia. Lo m&aacute;s duro, como en casi todos los casos en esta ruta, fue cruzar el desierto: el trecho a partir de Agadez, en el norte de N&iacute;ger, hasta Tamanrasset, en el sur de Argelia. Es joven, tiene 25 a&ntilde;os, pero dice que enferm&oacute; en la ruta y que se alegra de estar vivo.
    </p><p class="article-text">
        Ricardo se ha quedado sin dinero en Or&aacute;n. Hay un mecanismo perverso que hace que muchos se enfrenten a la misma situaci&oacute;n. Cuando salen de su pa&iacute;s (Camer&uacute;n, Guinea, Costa de Marfil, Mali), llevan miles de euros al cambio que usan para pagar a las redes de tr&aacute;fico de personas y para los gastos en el camino. Son comunes en la ruta los robos, las extorsiones, los sobornos e incluso los secuestros. En el caso de ellas, tambi&eacute;n las violaciones. Si consiguen llegar sanos y salvos hasta la costa de Argelia, el desierto no queda atr&aacute;s para siempre.
    </p><p class="article-text">
        El Estado argelino lleva a cabo una campa&ntilde;a masiva de deportaci&oacute;n de migrantes: Amnist&iacute;a Internacional calcula que 34.550 personas fueron expulsadas entre agosto de 2017 y finales de 2018. Los detienen en las calles, en sus domicilios temporales, y los transportan en autobuses hasta la frontera con N&iacute;ger &mdash;y antes de Mali&mdash; sin una notificaci&oacute;n previa y sin un proceso legal transparente. No sin antes confiscarles &mdash;robarles&mdash; el m&oacute;vil y todo el dinero que llevan, seg&uacute;n denuncian muchos de ellos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A m&iacute; me han deportado ya tres veces. La &uacute;ltima fue hace dos meses. Me detuvieron en la calle y me deportaron. Ya estoy acostumbrado.
    </p><p class="article-text">
        Dice Ricardo que la polic&iacute;a no actuaba de forma especialmente violenta en primera instancia, pero que si alguien se rebelaba, era golpeado.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Una vez en el desierto, si quieres volver a Tamanrasset (Argelia), te tienen que llevar los tuaregs. All&iacute; hay un negocio. Te cobran 100 o 150 euros por pasaje. La idea es que te desanimes y lo dejes.
    </p><p class="article-text">
        Su familia le envi&oacute; dinero varias veces para que pudiera entrar en Argelia de nuevo. Ahora busca alg&uacute;n trabajo que le permita trasladarse a Marruecos, donde la rueda volver&aacute; a girar: necesitar&aacute; m&aacute;s ahorros para intentar cruzar el mar y llegar a Espa&ntilde;a. O, como &eacute;l dice, a Madrid.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os atr&aacute;s muchas personas migrantes iban desde Agadez hasta Libia, pero la ruta qued&oacute; pr&aacute;cticamente sellada despu&eacute;s de que la guardia costera libia, financiada por la Uni&oacute;n Europea, devolviera a sus costas de forma masiva las pateras que sal&iacute;an, y de que el exministro de Interior Matteo Salvini <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Salvini-rechaza-ONG-italiana-rescatados_0_879462132.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cerrara los puertos italianos</a>. Aunque Salvini ya no est&eacute; en el Gobierno, la ruta m&aacute;s habitual sigue siendo la de Argelia para llegar a Marruecos y desde all&iacute; a Espa&ntilde;a, a trav&eacute;s del estrecho de Gibraltar o del mar de Albor&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;En Europa estar&eacute; mejor. La polic&iacute;a me tratar&aacute; con m&aacute;s respeto. Aqu&iacute; no tienes derechos. En la ruta no tienes derechos &mdash;dice Ricardo.
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                </figure><h3 class="article-text">La peluquer&iacute;a migrante</h3><p class="article-text">
        En este sal&oacute;n de belleza &mdash;una planta baja en un barrio humilde de Or&aacute;n&mdash; se oyen historias de sue&ntilde;os y desiertos. Aqu&iacute; vienen clientes y clientas a cortarse el pelo y a hacerse la manicura. Es tambi&eacute;n un refugio para hombres y mujeres de &Aacute;frica Occidental, sobre todo de Camer&uacute;n y Guinea, que comparten un espacio de trabajo y ocio.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No discriminamos &mdash;dice una de las trabajadoras cuando le pregunto, al ver la clientela, si aqu&iacute; tambi&eacute;n vienen argelinas.
    </p><p class="article-text">
        Esta tarde se han juntado en la peluquer&iacute;a Mustaf&aacute;, Sylvie, David y Florine. Charlan en el banco de espera, frente al gran espejo del sal&oacute;n de belleza. Todos son de Camer&uacute;n y ahora est&aacute;n en Or&aacute;n, pero se hallan en diferentes momentos de sus vidas.
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        &mdash;Esta es la segunda vez que intento llegar a Europa &mdash;dice Mustaf&aacute;, camiseta amarilla y pantalones cortos granates, el tel&eacute;fono siempre en la mano&mdash;. La primera vez estuve cuatro a&ntilde;os en Marruecos y luego fui deportado. Quiero volver a intentarlo.
    </p><p class="article-text">
        Mustaf&aacute; tiene 34 a&ntilde;os. Su edad importa: algunos pueden hacer la ruta en unos meses, pero otros lo intentan durante a&ntilde;os, se encuentran con obst&aacute;culos, paran, vuelven a intentarlo: invierten toda su juventud &mdash;a&ntilde;os que podr&iacute;an haber dedicado al trabajo y a sus familias&mdash; en un sue&ntilde;o que no llega.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A m&iacute; me han expulsado dos veces &mdash;dice David&mdash;. Llevo cuatro a&ntilde;os en Argelia. Hago mantenimiento industrial. Cuando sal&iacute; de Camer&uacute;n, mi idea no era quedarme aqu&iacute;, sino ir a Europa, pero no tengo dinero. Sufrimos agresiones, nos abandonan en el desierto y no podemos decir nada. Somos seres humanos, no animales. Aqu&iacute; te roban el tel&eacute;fono y el dinero. Ojal&aacute; las cosas mejoren para los que vengan detr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo me quedo siempre en casa, en la peluquer&iacute;a &mdash;dice Sylvie, que trabaja en este sal&oacute;n de belleza informal&mdash;. Llevo casi un a&ntilde;o aqu&iacute;. Cuando sal&iacute; quer&iacute;a ver, descubrir. Mi situaci&oacute;n actual es todo lo contrario a eso: no puedo ni salir a la calle.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;El problema son las expulsiones &mdash;insiste Mustaf&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Y las condiciones de vida! &mdash;responde Sylvie&mdash;. Yo no he sido expulsada nunca, pero esto no es un pa&iacute;s en el que&hellip; Yo quiero descubrir&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Sylvie pone &eacute;nfasis en esa palabra: descubrir. Las risas de sus compa&ntilde;eros la interrumpen. Descubrir parece un verbo inocente en medio de la conversaci&oacute;n sobre abusos y deportaciones que est&aacute;n manteniendo. Como si la curiosidad, menos apremiante que la guerra y el hambre, fuera un motor de la migraci&oacute;n digno de mofa, tambi&eacute;n para ellos.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;nica del grupo que no habla es Florine, una mujer con gafas de pasta que est&aacute; acurrucada en una esquina. Converso con ella por separado. Me dice que es esteticista. No, me dice que no lo es: que eso es lo que hace ahora, en este sal&oacute;n de belleza. Que ella es periodista: inf&oacute;grafa. Hac&iacute;a gr&aacute;ficos de manifestaciones y otros acontecimientos informativos para un diario de Camer&uacute;n. Su esposo viv&iacute;a en Francia y le estaba intentando arreglar los papeles para reunirse con &eacute;l. En un viaje de negocios a la vecina Costa de Marfil, su marido falleci&oacute; por causas naturales y Florine tuvo que ir a enterrarlo. Luego decidi&oacute; emprender la ruta, ella sola: dej&oacute; en Camer&uacute;n, con su madre, a tres hijos. Dice que varios hombres intentaron violarla en el camino, pero que logr&oacute; zafarse. Ha llegado hasta Argelia, pero no sabe si continuar&aacute;. Su &uacute;nico objetivo es superar una depresi&oacute;n que no la deja imaginar ning&uacute;n futuro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si me recupero, podr&iacute;a hacer periodismo, pero con la depresi&oacute;n no puedo&hellip; Prefiero trabajar en la peluquer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Me fijo en que tiene dos tatuajes. En la mu&ntilde;eca izquierda, una lib&eacute;lula. En la derecha, varias letras, algunas de ellas tachadas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi marido se llamaba George. Por eso pone &ldquo;GEO&rdquo;. Tap&eacute; esas letras porque muri&oacute;, pero les puse encima una corona, porque &eacute;l es el rey.
    </p><p class="article-text">
        Las letras GEO a&uacute;n se adivinan, pero est&aacute;n emborronadas por una melanc&oacute;lica tinta azul. Al lado, las letras FLO, de Florine, siguen intactas.
    </p><h3 class="article-text">Odio institucional</h3><p class="article-text">
        En un pa&iacute;s donde la disidencia se persigue, las entidades de defensa de los derechos humanos o las organizaciones internacionales no tienen el m&uacute;sculo suficiente para asistir a la poblaci&oacute;n migrante.&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Abandonados-desierto-Mali_0_913759309.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Estado argelino deporta a migrantes</a> sin que haya contestaci&oacute;n social o movilizaciones. La protesta es un deporte de riesgo para los manifestantes que exigen un cambio pol&iacute;tico, pero el r&eacute;gimen no pierde legitimidad por su trato a personas migrantes, sino por el contexto nacional. Tras la ca&iacute;da en abril de 2019 de Abdelaziz Buteflika, que llevaba 20 a&ntilde;os en el poder, se instal&oacute; una junta militar que convoc&oacute; elecciones para diciembre, pero que no convenci&oacute; a la oposici&oacute;n m&aacute;s ac&eacute;rrima.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Aqu&iacute; los migrantes son muy mal recibidos&rdquo;, dice Sarah Belkacem, una activista defensora de los derechos humanos. &ldquo;Hay un problema de acogida. Ven a los extranjeros como algo peligroso. Tienen miedo a los subsaharianos. Es una fobia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ninguno de los migrantes con los que habl&eacute; en Argelia ocult&oacute; su resentimiento. Algunos dicen que han podido encontrar trabajo y que ha habido personas que los han ayudado, pero en general se sienten deshumanizados. Saben que la situaci&oacute;n en Marruecos no es mucho mejor. Unos creen que en Europa respetar&aacute;n sus derechos; otros creen que eso nunca suceder&aacute;. &ldquo;No hay turistas o extranjeros en Argelia, as&iacute; que para mucha gente los subsaharianos son los primeros extranjeros que ven&rdquo;, dice Belkacem.
    </p><p class="article-text">
        El vecino N&iacute;ger, al sur, es un pa&iacute;s clave en la estrategia de externalizaci&oacute;n de fronteras de la UE y recibe fondos para montar puestos de control y centros de detenci&oacute;n: para frenar la migraci&oacute;n, en definitiva. A finales de 2014, N&iacute;ger lleg&oacute; a un acuerdo con Argelia para que sus ciudadanos en situaci&oacute;n irregular en el pa&iacute;s &aacute;rabe fueran deportados. Las expulsiones masivas en aquella &eacute;poca desde Argelia fueron sobre todo de nigerinos; en los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, afectan a todos los subsaharianos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Gobierno es antinmigraci&oacute;n y, adem&aacute;s, la gente no est&aacute; sensibilizada con la situaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n migrante&rdquo;, dice Belkacem.
    </p><p class="article-text">
        Las deportaciones que se efect&uacute;an hoy no solo son de personas sin documentaci&oacute;n, incluidas personas vulnerables como embarazadas y menores, sino tambi&eacute;n de solicitantes de asilo. Debora Del Pistoia, que fue responsable de campa&ntilde;as para Amnist&iacute;a Internacional en Argelia, Marruecos y el S&aacute;hara Occidental, dice que estas expulsiones se han usado &ldquo;para camuflar problemas internos&rdquo; de Argelia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La polic&iacute;a, al vaciar los pisos de migrantes, ha legitimado actitudes violentas por parte de la poblaci&oacute;n. Muchas casas han sufrido robos. Hay migrantes que, al volver, se han encontrado con sus pisos destruidos. Tambi&eacute;n ha habido personas atacadas con cuchillos&rdquo;, explica. &ldquo;El odio est&aacute; conectado con el discurso pol&iacute;tico y con los medios de comunicaci&oacute;n. La represi&oacute;n contra los migrantes en Argelia ha ido en paralelo a la represi&oacute;n de las organizaciones de la sociedad civil y de defensa de los derechos de los migrantes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La ret&oacute;rica xen&oacute;foba &mdash;criminalizaci&oacute;n, bulos en redes sociales que dicen que los subsaharianos portan el VIH&mdash; convive con otra realidad. &ldquo;Hay muchos patrones que usan a las personas que llegan de &Aacute;frica subsahariana como mano de obra y que incluso est&aacute;n dispuestos a regularizar su situaci&oacute;n, sobre todo en sectores como la agricultura y la construcci&oacute;n&rdquo;, dice Del Pistoia. Las m&aacute;s de 20 entrevistas que hice en Argelia lo confirman: muchos dicen que han encontrado alg&uacute;n trabajo y que podr&iacute;an incluso quedarse en el pa&iacute;s, pero la mayor&iacute;a vive con el miedo en el cuerpo por una campa&ntilde;a de deportaciones que ya poco tiene que ver con los papeles: las autoridades arrestan y expulsan a personas al desierto a partir de un perfil racial, seg&uacute;n su testimonio.
    </p><h3 class="article-text">Aviones y Flaubert</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Me he hecho amigo de Franck. Creo que puedo decir amigo, porque cuando no estamos juntos nos escribimos, y cuando salgo de Argelia lo seguimos haciendo. S&eacute; muy poco de c&oacute;mo lleg&oacute; hasta Or&aacute;n. S&eacute; que tiene 21 a&ntilde;os, que le toc&oacute; de cerca <a href="https://www.eldiario.es/theguardian/conflicto-independentista-Camrun-dejado-vuelta_0_938956777.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el conflicto entre separatistas angl&oacute;fonos y las fuerzas de seguridad de Camer&uacute;n</a>, pa&iacute;s de mayor&iacute;a franc&oacute;fona. S&eacute; que quiere ir a Espa&ntilde;a. Pero poco m&aacute;s. No hablamos de su pasado o del m&iacute;o, hablamos sobre todo de literatura. Dice que le encanta <em>Madame Bovary</em> de Gustave Flaubert, pero me recomienda encarecidamente <em>El Cid de Pierre Corneille, A dry white season</em> del sudafricano Andr&eacute; Brink y los poemas del jesuita camerun&eacute;s Engelbert Mveng.
    </p><p class="article-text">
        Solo he le&iacute;do a Flaubert.
    </p><p class="article-text">
        Franck me invita a su piso y dice que tres de sus amigos est&aacute;n en camino. Que quiz&aacute; pueda entrevistarlos. Los esperamos en una cocina con las ollas sucias y ropa tendida. Cuando llegan, nos dicen que est&aacute;n dispuestos a hablar con periodistas, &iquest;pero qu&eacute; sacan ellos a cambio? Les digo que no pagamos por hacer entrevistas. Se crea una situaci&oacute;n inc&oacute;moda, pero pronto nos relajamos. Les digo que no se preocupen, que charlemos de cosas intrascendentes, que no me tienen que contar c&oacute;mo han llegado hasta aqu&iacute;, c&oacute;mo ha sido su trayecto ni qu&eacute; anhelan. Olvid&eacute;moslo: ya no estoy trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Hablamos de f&uacute;tbol. Luego dicen que odian Francia, que por nada del mundo ir&iacute;an a Francia, que los franceses son unos racistas, unos colonialistas. Espa&ntilde;a tambi&eacute;n fue una potencia colonial, les digo. Se encogen de hombros.
    </p><p class="article-text">
        Salimos a dar una vuelta y les ofrezco un cigarrillo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, s&iacute; que quiero. Es que cuando fumas&hellip; te olvidas de todo.
    </p><p class="article-text">
        Me preguntan cu&aacute;ntos d&iacute;as estar&eacute; en Or&aacute;n. &iquest;Quiz&aacute; nos podemos volver a ver? Es viernes al mediod&iacute;a y me marcho el domingo por la ma&ntilde;ana, as&iacute; que no nos queda mucho tiempo: esto es una despedida.
    </p><p class="article-text">
        De repente, uno de ellos me mira con una mezcla de amor y de odio reci&eacute;n incubados.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;T&uacute; en unos d&iacute;as te vas a Barcelona. &iexcl;As&iacute;, en un momento! En avi&oacute;n. Y mientras, nosotros&hellip;
    </p><p class="article-text">
        *<em>Este es uno de los textos de 'Odio', el n&uacute;mero 5 de Revista 5W, que se puede recibir mediante suscripci&oacute;n, comprar en librer&iacute;as o&nbsp;aqu&iacute;. Esta cr&oacute;nica forma parte del proyecto The Backway de Ruido Photo.</em><a href="https://www.revista5w.com/suscripciones-socios" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">suscripci&oacute;n</a><a href="https://tienda.revista5w.com/product/numero-5-odio" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;.</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agus Morales, Toni Arnau, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/argelia-tierra-migrantes-frontera_1_1127041.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 18 Feb 2020 19:20:43 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Siempre hay alguien a quien odiar al otro lado de la frontera]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Fronteras,Argelia,Refugiados]]></media:keywords>
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