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    <title><![CDATA[elDiario.es - Fernando Molina Aparicio]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/fernando-molina-aparicio/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Fernando Molina Aparicio]]></description>
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      <title><![CDATA[El paisaje sonoro del confinamiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/contrapoder/paisaje-sonoro-confinamiento_132_1223758.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a291237d-2753-4bae-b98a-3fc9a7b2d5e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El paisaje sonoro del confinamiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando la normalidad vuelva será una normalidad diferente, porque entre medias estaremos ligados a este presente que será pasado por mucho dolor</p></div><p class="article-text">
        Como historiador he de reconocer que pocas veces he tenido conciencia de estar viviendo un momento hist&oacute;rico sobre el que las y los cient&iacute;ficos sociales volver&aacute;n una y otra vez, en oleadas investigadoras que alimentar&aacute;n papers, ponencias e incluso ese producto en progresivo desuso acad&eacute;mico que son los libros. Viv&iacute; las guerras de Yugoeslavia, viv&iacute; el 11-S, viv&iacute; las guerras del Golfo, pero todo aquello eran vivencias prestadas, vividas en la distancia c&aacute;lida del televisor y de Internet. Lo que pasa ahora es diferente. Soy consciente, como tantas de nosotras y nosotros, de estar viviendo algo que permanecer&aacute; en nuestra conciencia colectiva, y permanecer&aacute; porque lo que estamos viviendo no admite distancia ni zona de confort, puede venir servido por la televisi&oacute;n e Internet, pero forma parte de nuestra personal vivencia. Y permanecer&aacute; porque est&aacute; habitado por la m&aacute;s absoluta incertidumbre, y as&iacute; fueron habitados todos los fen&oacute;menos que marcaron la historia.
    </p><p class="article-text">
        Quienes vivieron el 18 de julio de 1936 no supieron nunca qu&eacute; iba a pasar. Sin embargo, las y los historiadores, dado que construimos nuestro relato del pasado sabiendo lo que pas&oacute;, terminamos, infinidad de veces, introduciendo una percepci&oacute;n falsa de lo que ocurri&oacute;, como si quienes vivieron los acontecimientos hubieran adivinado su curso, como si quienes levantaron barricadas enfrente de los cuarteles el 18 y 19 de julio de 1936 o quienes corr&iacute;an, apresuradamente, a comprar pan y leche esos d&iacute;as, hubieran sabido que estaba comenzando una guerra civil. Y no lo sab&iacute;an, no ten&iacute;an ni idea, estaban presos de la misma incertidumbre que nosotras y nosotros y ahora podemos empatizar con ella. Podemos empatizar con quienes vivieron el 18 de julio de 1936, con quienes vivieron el 14 de julio de 1789 o el 8 de marzo de 1917. Y, aun as&iacute;, por mucho que ahora podamos empatizar nos cuesta, y me cuesta a m&iacute;, que soy historiador.
    </p><p class="article-text">
        Mi propia conciencia de lo que est&aacute; pasando ha sido huidiza y fragmentaria. La primera semana de confinamiento la he experimentado en un estado de ausencia, como si lo que pasara fuera casi irreal, como si el d&iacute;a siguiente las cosas fueran a volver a la normalidad de forma inexorable y fuera a volver a ver a mi hija, a visitar librer&iacute;as con mi enamorada, a abrir el despacho en donde dej&eacute; los materiales del libro que estaba dise&ntilde;ando, a pisar el aula donde me esperar&iacute;an las alumnas y alumnos cuyos nombres comenzaba a memorizar. Solo ahora, pasadas dos semanas de confinamiento, comienzo a descender a la realidad, o a lo que creo que puede ser la realidad, y comienzo a ver que no, que es dudoso, es improbable, es, de hecho, imposible que vuelva la normalidad y que cuando vuelva ser&aacute; una normalidad diferente, porque entre medias estaremos ligados a este presente que ser&aacute; pasado por mucho dolor: el de la p&eacute;rdida de los seres queridos, el del colapso de nuestros abuelos y padres en las residencias y en sus pisos solitarios, el de la p&eacute;rdida del trabajo, del negocio o de la casa.
    </p><p class="article-text">
        Hemos perdido (y, si no lo hemos hecho a&uacute;n, la vamos a perder) la est&uacute;pida inocencia de que esta forma de vivir no ten&iacute;a fecha de caducidad, que esquilmar el mundo, destruir la naturaleza y responder a las exigencias de productividad de un sistema econ&oacute;mico despiadado eran pagos que siempre podr&iacute;amos atrasar en el af&aacute;n por &ldquo;quererlo todo y quererlo ahora&rdquo;, por consumirlo todo y consumirlo ahora. Es ahora cuando sabemos que lo que ocurre en una lejana ciudad china nos puede afectar en lo m&aacute;s hondo del coraz&oacute;n, que el precio por construirnos una vida centrada en el consumo deshumanizado es haber construido un entramado global en donde lo que ocurre en Wuhan puede transformar la vida de La Gomera.
    </p><p class="article-text">
        Es inevitable que interpretemos lo que nos est&aacute; pasando a trav&eacute;s de los productos culturales que nos han acompa&ntilde;ado. Me es inevitable no evocar, cuando pienso en lo que est&aacute;n siendo estos d&iacute;as, la historia oral de la guerra zombi que escribi&oacute; Max Brooks, en donde todos los males de nuestra actual crisis podemos verlos reflejados, desde el miedo irracional que nos hace excluir al semejante al clasismo desaforado pasando por la lentitud de la ciencia en su combate contra lo desconocido. Pero, sobre todo, me es imposible no evocar <em>La carretera</em>, de Cormac Macarthy. Y me es imposible porque he adquirido conciencia de la irreversibilidad de la crisis que estamos viviendo solo cuando he salido a la calle a comprar el pan y la fruta; o a visitar a la madre que vive en la soledad y en progresivo distanciamiento cognitivo una reclusi&oacute;n que le resulta insoportable. Cuando he salido a hacer estos quehaceres es cuando he contemplado una realidad que me remite poderosamente a este libro y es la de un &ldquo;paisaje sonoro&rdquo; diferente al que hab&iacute;a conocido hasta ahora. Un paisaje habitado por el silencio humano.
    </p><p class="article-text">
        En <em>La carretera</em> el silencio lo invade todo porque han desaparecido los animales e insectos que componen la sinfon&iacute;a de la vida y los humanos viven en peque&ntilde;os grupos o en soledad. Es la recurrente menci&oacute;n a ese silencio total, absoluto, lo que m&aacute;s me abrum&oacute; y aterr&oacute; de ese libro particularmente abrumador y aterrador. Y cuando salgo a la calle a comprar el pan o a acariciar la mano agrietada de mi madre percibo un silencio parecido. Porque est&aacute;n, s&iacute;, los p&aacute;jaros, est&aacute; el aire meciendo los toldos, est&aacute;n los coches y motos que circulan de forma intermitente. Pero no estamos los humanos. No est&aacute;n nuestras voces, no est&aacute;n nuestros di&aacute;logos, no est&aacute;n los ni&ntilde;os riendo ni los ancianos conversando ni los adolescentes gritando, ni los enamorados acarici&aacute;ndose ni las familias charlando. No est&aacute;n los ruidos que emitimos en nuestro contacto cotidiano con el otro, ni los aromas que nacen de esos ruidos, ni el paisaje erotizante que forman las miradas, las risas, los lloros, las conversaciones. Solo est&aacute; el silencio. Y este silencio me evoca el libro de Cormac Macarthy. Y este silencio me muestra que esto que est&aacute; pasando nos va a cambiar la vida.
    </p><p class="article-text">
        El m&uacute;sico R. Murray Shafer defini&oacute; como &ldquo;paisaje sonoro&rdquo; el entorno ac&uacute;stico total que rodea a cada ser humano en un tiempo y espacio. Ese entorno est&aacute; compuesto a modo de sinfon&iacute;a por todos los sonidos que nos rodean, naturales y artificiales: los que emiten nuestros cuerpos, los que generan las m&aacute;quinas que hemos creado o las actividades que ejercemos, los que lanzan los insectos, animales y fen&oacute;menos naturales que nos rodean. Y nuestro &ldquo;paisaje sonoro&rdquo; ha sido modificado de forma radical, se ha visto cercenado en uno de sus componentes esenciales: las voces, las risas y los llantos que, a modo de sinfon&iacute;a, componemos los seres humanos en nuestra vida en sociedad. Y esa ausencia reiterada es la que ha desplazado mi particular sentimiento de ausencia de estos d&iacute;as pasados para hacerme consciente que estoy viviendo un fen&oacute;meno hist&oacute;rico. Un fen&oacute;meno que cuando pase no nos puede permitir vivir igual que viv&iacute;amos antes, con la conciencia displicente de que no somos responsables de nuestros actos cotidianos, que lo que consumimos no afecta a nuestro entorno, que el Estado social no es una prioridad que nos incumbe a todas y todos, que los ancianos y ni&ntilde;os a los que hemos recluido (y apartado) no son un reflejo, invertido, de una sociedad que ya estaba enferma antes de que un virus venido de Oriente la terminara de empujar al borde del precipicio
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fernando Molina Aparicio]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/contrapoder/paisaje-sonoro-confinamiento_132_1223758.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Mar 2020 21:38:13 +0000]]></pubDate>
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