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    <title><![CDATA[elDiario.es - Jorge Ruiz]]></title>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La sociedad del futuro o el futuro de la sociedad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/la-cuadratura-del-circulo/sociedad-futuro_132_2719347.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/56589e79-9c18-4487-ba2f-b971219ba603_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La sociedad del futuro o el futuro de la sociedad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La pandemia del coronavirus supone una vuelta de tuerca más en la tendencia peligrosa a la disolución social y al poder descontrolado. Y parece ser un ahondamiento especialmente grave y peligroso. Y lo es porque es especialmente incontestable y especialmente ineludible</p></div><p class="article-text">
        Cada vez parece m&aacute;s claro que el coronavirus y sus consecuencias van a suponer un cambio social radical, un cambio de &eacute;poca dicen algunos, un cambio de paradigma los m&aacute;s finos. Una de las consecuencias m&aacute;s directas es el deterioro de la sociabilidad que, a largo plazo, tendr&aacute; importantes consecuencias tambi&eacute;n sobre la solidaridad y la confianza social. En un art&iacute;culo que escrib&iacute; a los pocos d&iacute;as de declararse el estado de emergencia y el confinamiento obligatorio en Espa&ntilde;a abordo esta importante y emergente cuesti&oacute;n (*). El deterioro del espacio social debido a su vaciamiento y a la distancia social prescrita, la ruptura de rituales sociales b&aacute;sicos, o la desconfianza mutua generalizada son algunas de estas consecuencias negativas para la vida social.
    </p><p class="article-text">
        Otra consecuencia parece ser el aumento del autoritarismo en sus diversas formas, sus diversos niveles y sus diversas manifestaciones. El poder excepcional concedido a los gobiernos para &ldquo;luchar&rdquo; contra la pandemia, la restricci&oacute;n de las libertadas asumida sin apenas rechistar por las sociedades (confinamiento, geolocalizaci&oacute;n, formas incipientes y sutiles de censura gubernamental&hellip;), o las medidas punitivas a los discrepantes o heterodoxos son algunas de las estas consecuencias autoritarias que se comienzan a manifestar y que se perfilan como perdurables en el futuro.
    </p><p class="article-text">
        Hay una tercera consecuencia que es quiz&aacute;s menos clara o m&aacute;s difusa pero no por ello menos grave y preocupante. Me refiero a la vulnerabilidad personal y la fragilidad estructural que va a caracterizar a nuestras sociedades en el futuro. Sin duda esta experiencia de vulnerabilidad personal est&aacute; relacionada directamente con la sumisi&oacute;n al poder, ya que nos sit&uacute;a en una posici&oacute;n de indefensi&oacute;n ineludible y de necesidad de salvaci&oacute;n. Desde que fuera formulado a mediados de los a&ntilde;os 80 por <strong>Ulrich Beck</strong>, el concepto de sociedad del riesgo hace referencia a una sociedad presidida por la incertidumbre: la seguridad pasaba a ser relativa, pero el riesgo era controlable, gestionable, hasta cierto punto predecible. Desde hace d&eacute;cadas nuestras sociedades experimentan un aumento paulatino de la inseguridad y el riesgo. El 11S o el crack econ&oacute;mico del 2008 nos comenzaba a situar en otro escenario mucho m&aacute;s desasosegante. No se trataba ya de un riesgo gestionable, predecible hasta cierto punto, sino de acontecimientos que desbordan el sistema, que lo ponen contra las cuerdas. No es s&oacute;lo que aumente nuestra sensaci&oacute;n de inseguridad generalizada y con ella la desconfianza rec&iacute;proca. Adem&aacute;s, es que se cuestiona de ra&iacute;z nuestra capacidad de control. Ya no se trata de riesgos controlables sino de acontecimientos intempestivos e impredecibles ante los que nos encontramos indefensos.
    </p><h3 class="article-text">Formas autoritarias</h3><p class="article-text">
        En una situaci&oacute;n como esta, la sociedad se debilita y el poder tiende a ocupar sus espacios bajo formas autoritarias con la promesa de salvarnos. La pandemia del coronavirus supone, en este sentido, una vuelta de tuerca m&aacute;s en esta tendencia peligrosa a la disoluci&oacute;n social y al poder descontrolado. Y parece ser un ahondamiento especialmente grave y peligroso. Y lo es porque es especialmente incontestable y especialmente ineludible.
    </p><p class="article-text">
        La sumisi&oacute;n absoluta, la supresi&oacute;n de toda posibilidad de discrepancia o disidencia en pos de la recuperaci&oacute;n de la seguridad perdida, vienen en este caso de la mano de la medicina y de la ciencia en un sentido m&aacute;s amplio. Ser&iacute;a una forma del poder pastoral que defini&oacute; <strong>Michel Foucault</strong>, primero ejercida por la Iglesia en solitario, despu&eacute;s en colaboraci&oacute;n con el Estado y ahora por el Estado en colaboraci&oacute;n con la medicina y otras ciencias. Una forma de poder pastoral de nuevo cu&ntilde;o, potenciada, sofisticada y adaptada a las circunstancias actuales. Un poder que nos exige obediencia absoluta, reba&ntilde;o, para salvarnos, que nos impone penitencias por nuestros &ldquo;pecados&rdquo; y que nos castiga si nos rebelamos con la expulsi&oacute;n del reba&ntilde;o como heterodoxos. Para salvarnos debemos ser obedientes, pero no como una medida transitoria, sino como un mecanismo permanente: una vez salvados la obediencia debida y la disciplina se quedar&aacute; instalada en nuestra sociedad como un precepto imperceptible bajo la forma de la amenaza difusa de una &ldquo;reca&iacute;da&rdquo; o de un nuevo peligro impredecible e indescifrable. En definitiva, una forma de poder pastoral especialmente efectiva y especialmente inquietante.
    </p><p class="article-text">
        La sociedad l&iacute;quida que teoriz&oacute; <strong>Zygmunt Bauman</strong> parece que ha sido muy ef&iacute;mera: una sociedad en la que la disoluci&oacute;n de las seguridades sociales ven&iacute;a acompa&ntilde;ada y compensada por el aumento de las oportunidades y las movilidades. Esta sociedad l&iacute;quida se muestra ahora extremadamente fr&aacute;gil. M&aacute;s que l&iacute;quida y adaptable, la sociedad futura parece de cristal, quebradiza, sometida a la constante amenaza de una rotura m&aacute;s o menos incontrolable.
    </p><h3 class="article-text">La medicina disciplinaria</h3><p class="article-text">
        La medicina y la ciencia como mecanismo de restituci&oacute;n de las seguridades perdidas se muestran en este contexto como la &uacute;nica soluci&oacute;n posible, la &uacute;nica salvaci&oacute;n, la &uacute;nica salida incontestable a nuestros problemas.&nbsp; S&oacute;lo la ciencia m&eacute;dica nos puede aliviar, con tratamientos, y nos puede salvar, con vacunas, cuidados y respiradores. Fuera de la medicina y la epidemiolog&iacute;a s&oacute;lo hay muerte y condena. La adopci&oacute;n de un lenguaje b&eacute;lico para referirse a las soluciones m&eacute;dicas, la batalla contra el virus, es sintom&aacute;tica: en la guerra toda disidencia es considerada traici&oacute;n y penada duramente en consecuencia.
    </p><p class="article-text">
        La medicina ya disciplinaba antes de la pandemia de manera imperceptible nuestros h&aacute;bitos m&aacute;s &iacute;ntimos desde nuestra alimentaci&oacute;n a nuestra sexualidad. El miedo a la muerte y la promesa de salvaci&oacute;n como mecanismos sofisticados de activaci&oacute;n de la obediencia complaciente. Con el coronavirus y su gesti&oacute;n se ha visto la capacidad de la medicina para disciplinar tambi&eacute;n los &aacute;mbitos p&uacute;blicos: se nos hace renunciar a los espacios comunes y a casi cualquier forma de sociabilidad, se impone una ausencia de actividad que acatamos pese a las carencias materiales que nos supone, se proyecta en el futuro disciplinas estrictas de sociabilidad bajo la amenaza constante o permanente del contagio. La medicina promet&iacute;a salvarnos de la muerte f&iacute;sica, individual, pero parad&oacute;jicamente para ello nos exige una renuncia colectiva, social. Para salvarnos de la muerte f&iacute;sica nos prescribe la casi renuncia transitoria a la vida social, y una vida social limitada permanente. Promet&iacute;a hacernos invulnerables f&iacute;sicamente, pero nos ha hecho mucho m&aacute;s vulnerables socialmente.
    </p><p class="article-text">
        Nos enfrentamos a un enemigo invisible, indetectable y omnipresente. Por un lado, es un enemigo microsc&oacute;pico; por otro lado, los contagios por asintom&aacute;ticos nos obligan a una alerta continua, a enfrentar una amenaza constante. No hay manera de localizar el peligro y por lo tanto no hay manera de defenderse de &eacute;l m&aacute;s que con un aislamiento total. Sin duda esta amenaza radical ser&aacute; transitoria, pero en cambio una amenaza difusa se instala en la sociedad. No es que puntualmente se nos pida un sacrificio para superar una dificultad: esta pandemia instala en la sociedad un resorte de poder autom&aacute;tico y absoluto para disciplinar las sociedades, hacernos renunciar a nuestros derechos y condenar sin paliativos a cualquier tipo de disidencia. Una sociedad de cristal que nos impone de manera imperceptible una disciplina autocontenida para no romper los fr&aacute;giles y profil&aacute;cticamente distantes lazos en las que se sustenta. Y esto es tan peligroso como el propio coronavirus, si no mucho m&aacute;s.
    </p><h3 class="article-text">Imaginaci&oacute;n sociol&oacute;gica</h3><p class="article-text">
        Las consecuencias de la pandemia de coronavirus son muy duras en cuanto a las muertes que est&aacute; provocando y que previsiblemente seguir&aacute; provocando en un futuro cercano. Pero a ello hay que unir las consecuencias econ&oacute;micas (ruina y crisis de dimensiones dif&iacute;cilmente previsibles) y las consecuencias sociopol&iacute;ticas (aumento del autoritarismo y la disciplina de una sociedad cada vez m&aacute;s fr&aacute;gil y vulnerable). Unas consecuencias que amenazan con ser m&aacute;s profundas y permanentes que las ya de por s&iacute; terribles de una grave epidemia.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los epidemi&oacute;logos utilizan modelos matem&aacute;ticos y no sociol&oacute;gicos est&aacute; claro en qu&eacute; tipo de sociedad est&aacute;n pensando y qu&eacute; tipo de sociedad proyectan. Si queremos enfrentar los graves problemas y los preocupantes peligros que la pandemia del coronavirus plantea a nuestras sociedades, debemos contar tambi&eacute;n con la dimensi&oacute;n creativa de lo que hace ya m&aacute;s de 50 a&ntilde;os <strong>C.W. Mills</strong> defini&oacute; como imaginaci&oacute;n sociol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        (*) <em>&ldquo;Home confinement and social space deterioration. Quasi-ethnographic notes from C&oacute;rdoba&rdquo;.</em> En prensa
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Ruiz, Jorge Ruiz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/la-cuadratura-del-circulo/sociedad-futuro_132_2719347.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 16 Apr 2020 19:00:21 +0000]]></pubDate>
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