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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sira Abenoza]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sira-abenoza/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sira Abenoza]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Nuestras ciudades invisibles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ciudades-invisibles_129_6249900.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ec1efc7-afa2-46ab-9d7f-fc9a319f1617_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nuestras ciudades invisibles"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En tiempos de sobreinformación, de borrachera de datos, de estadísticas, cifra de muertos, de pobres, de enfermos; en la era del estímulo constante el milagro es seguir percibiendo, seguir sintiendo algo, lo común es la anestesia, la ceguera, lo habitual es huir de casa en cuanto se puede, hacer el turista por la vida para llegar a destino y no ver nada: porque el que ha perdido el hábito de mirar, y de ver, no ve ni en casa ni fuera</p></div><p class="article-text">
        Viajar en avi&oacute;n en estos tiempos tiene algo de inquietante &mdash;sentarse cual anchoa en un espacio reducido, codo a codo con un extra&ntilde;o, despierta cualquier tic nervioso&mdash;; y, a la par, algo de excitante; lo que era ya un h&aacute;bito y una vivencia industrializada y precarizada est&aacute; rodeado ahora de un aura de aventura con cierto riesgo.
    </p><p class="article-text">
        Viajar a Italia, nuestro gemelo en esta crisis, y hacerse la PCR exigida para poder entrar en el pa&iacute;s, y salir del aeropuerto sin que nadie haya comprobado nada, tiene algo de inquietante &mdash;&iquest;se puede saber cu&aacute;ndo vamos a disciplinarnos y a dejar de pensar que esto es jauja?&mdash;; y, a la par, algo de excitante; bienvenidos a una Roma vac&iacute;a, a un Vaticano sin turistas, a la experiencia que ten&iacute;an las pocas personas que viajaban sin tener que pasar apenas controles a principios del s.XX.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mundo de contradicciones. El Vaticano que sol&iacute;a estar repleto de turistas que iban a mirar y que no ve&iacute;an nada: ahora no se ven. La plaza es un desierto tras la cat&aacute;strofe. Un monumento sin sentido, hoy que no hay nadie que vaya a mirarlo. Quienes pueblan la plaza, en cambio, o mejor dicho su per&iacute;metro, son las personas sin techo. Ellas custodian la circunferencia cual guardianes sin armadura. Ellos moran, reposan, viven, en el Vaticano. Ellos no van cual turista a mirar el Vaticano sin verlo, van a buscar y a recibir refugio. Ellos, que eran los errantes invisibles de Roma, los que nadie ve&iacute;a o quer&iacute;a ver; ellos son los que ahora se ven. Decenas de ellos, bajo la columnata solemne.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta pandemia es como el fuego que quema el papel para hacer aflorar las siluetas invisibles. Nos hace ver aquello que estaba y en lo que nunca repar&aacute;bamos. Son <em>Las ciudades invisibles</em> de Italo Calvino: &ldquo;El infierno de los vivos no es algo que ser&aacute;; hay uno, es aquel que existe ya aqu&iacute;, el infierno que habitamos todos los d&iacute;as, que formamos estando juntos.&rdquo; Escrib&iacute;a el italiano. La pandemia ha tra&iacute;do a flote algunos infiernos. El Papa, decidiendo acoger y dando de comer a los sin techo de Roma, a los nuevos habitantes del Vaticano, quiso visibilizar otros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Dos maneras hay de no sufrirlo.&rdquo;, sigue Calvino. &ldquo;La primera es f&aacute;cil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de &eacute;l hasta el punto de no verlo ya.&rdquo; Es lo que hacemos cuando caminamos enfrente de una persona sin techo y agachamos la vista, cuando ni le miramos ni le vemos. Cuando aceptamos que esto es <em>parte-de-lo-que-hay</em> y no movemos ni una ceja para denunciarlo. Cuando nos hacemos mayores y nos rendimos; cuando nos miramos al que se queja o al que denuncia con una mirada altiva o condescendiente y le decimos &ldquo;ya se cansar&aacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos de sobreinformaci&oacute;n, de borrachera de datos, de estad&iacute;sticas, cifra de muertos, de pobres, de enfermos; en la era del est&iacute;mulo constante el milagro es seguir percibiendo, seguir sintiendo algo. Lo com&uacute;n es la anestesia. La ceguera. Lo habitual es huir de casa en cuanto se puede, hacer el turista por la vida para llegar a destino y no ver nada: porque el que ha perdido el h&aacute;bito de mirar, y de ver, no ve ni en casa ni fuera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay, sin embargo, otro camino, otra manera, seg&uacute;n Calvino. &ldquo;La segunda es arriesgada y exige atenci&oacute;n y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer qui&eacute;n y qu&eacute;, en medio del infierno, no es infierno. Y hacerlo durar, y darle espacio.&rdquo; Levanto la cabeza gacha y miro, y me pregunto: &iquest;qu&eacute; hay en medio de este infierno que no es infierno? Y pienso en la tormenta de anoche que ca&iacute;a en cascada desde el techo de las columnas del Vaticano, que hac&iacute;a de la calle r&iacute;o, que nos empapaba hasta las rodillas y nos tentaba a ser el protagonista de <em>Cantando bajo la lluvia. </em>Y pienso en la persona sin techo que esta ma&ntilde;ana, libremente, hab&iacute;a decidido limpiar y limpiaba el desastre que la naturaleza hab&iacute;a hecho bajo el puente que lleva al Vaticano. Ese hombre fuerte que sonre&iacute;a a todo paseante mientras pasaba la escoba y nos limpiaba el camino. Que barr&iacute;a como quien barre el patio de su casa. Que me salud&oacute; de lejos levantando una mano en&eacute;rgica y entusiasta: <em>buongiorno, signorina!</em> Pienso en la monja que me sirvi&oacute; el caf&eacute; esta ma&ntilde;ana con una sonrisa de ni&ntilde;a p&iacute;cara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el preso que hace unos d&iacute;as me contaba que desde que lleg&oacute; a la c&aacute;rcel ha dejado de sentirse solo &mdash;&eacute;l que sol&iacute;a vivir inmerso en la condena de la soledad&mdash; porque ah&iacute; hab&iacute;a encontrado la presencia de Dios. En <em>Robinson Crusoe </em>que abandonado en una isla desierta sin esperanza de salvaci&oacute;n se alegra de estar vivo; que privado de ning&uacute;n trato ni compa&ntilde;&iacute;a se contenta de haber naufragado en una isla donde no pasa hambre; que indefenso, sin medios y sin vestimenta, se maravilla de la suerte de estar en un rinc&oacute;n de mundo donde no hay amenazas ni necesidad de ropa de abrigo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pandemia ha hecho aflorar algunos infiernos invisibles. El Papa ha elegido visibilizar otros. Mirarlos es el primer paso para encontrar el <em>desinfierno. </em>Verlos, ver el sufrimiento del infierno, como nos dir&iacute;a Levinas, es lo que nos conmover&aacute;, lo que nos mover&aacute; a no aceptarlo, a buscar ese <em>desinfierno </em>para darle espacio<em>.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Propongo que el d&iacute;a que volvamos a viajar vayamos a buscar <em>las ciudades invisibles. </em>Propongo que cada vez que salgamos de casa hagamos de fuego que quema el papel para hacer emerger esos infiernos que no vemos. Que dentro de nuestras paredes, f&iacute;sicas e imaginarias, miremos e intentemos ver qu&eacute; hay de ese infierno en nosotros, y qu&eacute; de <em>desinfierno </em>al que dar espacio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ciudades-invisibles_129_6249900.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2020 19:23:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nuestras ciudades invisibles]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,Pandemia,Turismo,Vaticano,Papa Francisco]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Morir en una ciudad dichosa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/morir-ciudad-dichosa_129_6174253.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/52ed5c05-a12e-4535-8842-514003b041db_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Morir en una ciudad dichosa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Consiguieron autorización para manifestarse gracias a que no mencionaron que iban a ir sin mascarilla. El derecho a la manifestación es un derecho por el que se ha derramado mucha sangre en la historia y no es cosa menor. Pero es obvio que tiene límites</p></div><p class="article-text">
        Que este mes de agosto no es como otros meses de agosto es una obviedad. Es m&aacute;s, dir&iacute;a que los meses de agosto de este pa&iacute;s suelen ser los meses m&aacute;s semejantes de a&ntilde;o en a&ntilde;o. El de 2020, en cambio, es algo extraordinario. No solo porque uno puede ir a la playa sin tener el pie del vecino de al lado roz&aacute;ndole la coronilla; porque se puede encontrar sitio para aparcar en frente de los restaurantes o porque hay m&aacute;s peces en el agua. Es raro porque nosotros, todos, estamos y nos sentimos raros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Depende de c&oacute;mo lo miremos, de a d&oacute;nde miremos, podr&iacute;amos llegar a creer que esto es parecido a lo que antes era normal: en los bares y restaurantes la gente se re&uacute;ne, charla, bebe, r&iacute;e, se come una paella y se toma un caf&eacute; con hielo. Pero hay un rumor de fondo, un murmullo de la conciencia, que en realidad ti&ntilde;e cada gesto: es el temor de que Albert Camus tuviera raz&oacute;n y de que la ficci&oacute;n sea una premonici&oacute;n de la realidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Oyendo los gritos de alegr&iacute;a que sub&iacute;an de la ciudad, Rieux ten&iacute;a presente que esta alegr&iacute;a est&aacute; siempre amenazada. Pues &eacute;l sab&iacute;a que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jam&aacute;s, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pa&ntilde;uelos y los papeles, y que puede llegar un d&iacute;a en que la peste, para desgracia y ense&ntilde;anza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; termina <em>La peste</em> de Albert Camus, un libro que a tantos nos ha iluminado en estos tiempos de pandemia. Un cl&aacute;sico que, como todo cl&aacute;sico, sigue vivo y ayud&aacute;ndonos a comprender recovecos del presente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es agosto y muchos hemos decidido irnos a la playa, al campo, a la monta&ntilde;a. Pocos aviones &mdash;o menos que de costumbre&mdash;, pero s&iacute; unos d&iacute;as de tregua, de 'd&eacute;jenme sentir que todav&iacute;a estamos vivos, que podemos hacer lo que suelen hacer los humanos para estar felices y tranquilos, para sentir que la vida merece la pena'.
    </p><p class="article-text">
        Los meses de encierro no han pasado en balde. Parece que fueron hace un siglo pero todav&iacute;a los tenemos muy marcados en el organismo. &ldquo;Un d&iacute;a de estos se me va a ir la cabeza por el trauma que ha significado estar tres meses en casa con tres hijos peque&ntilde;os&rdquo;, me dec&iacute;a una amiga, &ldquo;s&eacute; que en alg&uacute;n momento el trauma de estos meses me saldr&aacute; o explotar&eacute; por alg&uacute;n lado&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos hemos quedado un tanto malheridos, marcados por esta experiencia extra&ntilde;a. Si lo ponemos en contraste con lo que vivieron nuestros abuelos que superaron una guerra, la queja puede sonar fr&iacute;vola por nuestra parte. Pero, al fin, cada uno habla desde su rinc&oacute;n del mundo y de poco sirve que nos digan que otros lo pasaron peor &ndash;que tenemos que terminarnos la comida porque hay ni&ntilde;os que pasan hambre o que no nos quejemos de tener que estar encerrados porque por lo menos eso implica que tenemos casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A cada uno le duele su dolor y ponerlo en perspectiva, aunque sea de forma bienintencionada, no siempre contribuye a nuestra salud. De fondo, la comparaci&oacute;n nos est&aacute; diciendo que nuestro dolor no es leg&iacute;timo. Y eso, a su vez, quiz&aacute;s no es justo con nuestro padecimiento. Si algo me duele, debo poder decirlo. Y, no s&oacute;lo eso, me ayudar&aacute; que alguien lo vea y lo reconozca. De otra forma, en el futuro, ni yo mismo me dar&eacute; espacio para reconocer aquello que me duele. Y, poco a poco, me estar&eacute; acostumbrando a que <em>la vida es dura </em>en lugar de buscar remedios a nuestros males.
    </p><p class="article-text">
        Ante este malestar compartido, en distintos grados, formas y medidas, el mes de agosto est&aacute; siendo para muchos una tregua, un b&aacute;lsamo a los dolores que hemos tenido y que, por muy acomodados o del primer mundo que sean, son nuestros dolores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Si me encierran ahora no s&eacute; c&oacute;mo lo podr&eacute; soportar&rdquo;, nos dec&iacute;amos a finales de julio ante la amenaza de un nuevo confinamiento inminente. &ldquo;Que pase lo que tenga que pasar en oto&ntilde;o pero que me dejen por lo menos hacer vacaciones en agosto&rdquo;, ha sido un sentimiento democr&aacute;ticamente extendido. Hay de hecho varias teor&iacute;as conspiratorias que dicen que se nos est&aacute; dando este respiro pero que ya est&aacute; decidido que en septiembre todos vamos de cabeza a la cueva de nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; por un irremediable optimismo o por un cierto escepticismo respecto de cualquier propuesta conspiranoica pero dir&iacute;a que la evoluci&oacute;n de este virus ha sido y es muy dif&iacute;cil de prever. Si no fuera as&iacute;, no estar&iacute;amos donde estamos. Y precisamente por ese motivo no podemos saber a ciencia cierta si en septiembre, octubre o noviembre, estaremos mejor o peor. Hay indicadores pero no hay certezas. Hay probabilidades pero no futuros determinados. Por tanto no creo que nadie sepa o pueda estar seguro de que en septiembre se acab&oacute; lo que se daba: esta bendita tregua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero, volviendo a este mes de agosto: mientras uno se levanta de la toalla para caminar con cautela hacia el mar e imaginar que la sal se le llevar&aacute; todos los problemas, no podemos evitar pensar en las palabras de Camus: la alegr&iacute;a est&aacute; siempre amenazada porque la peste no muere ni desaparece jam&aacute;s. Disfrutemos de este sol y esta fantas&iacute;a porque la realidad nos est&aacute; esperando y puede llegar un d&iacute;a en que el virus, &ldquo;para desgracia y ense&ntilde;anza nuestra, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Parece que estamos aprendiendo a vivir en un limbo o en un conflicto entre varias voces que pueden coexistir y coexisten en muchos de nosotros: el adolescente que dice &ldquo;me he ganado esta fiesta porque he aprobado los ex&aacute;menes&rdquo;; el esp&iacute;ritu joven que dice que ante lo incierto de la existencia hay que aprovechar cada momento; el artista a quien las situaciones extremas le inspiran para crear, ya sea una obra de arte o su propia vida; y el penitente que hace cada gesto cargado de culpa o con la sensaci&oacute;n de que ni merece ni es justo nada de lo que hace; o, a&uacute;n, el adulto avergonzado porque, como dir&iacute;a Camus &ldquo;hace ya mucho tiempo que tengo verg&uuml;enza, verg&uuml;enza total de haber sido, sea de lejos, sea de cerca, un criminal a mi vez&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si en nuestra vida ordinaria la dimensi&oacute;n moral de nuestra existencia y de nuestras decisiones puede pasar f&aacute;cilmente desapercibida porque las consecuencias son a menudo invisibles o muy distantes &ndash;cuando voy en coche al trabajo <em>no veo</em> c&oacute;mo ese CO2 afectar&aacute; a mis hijos en unos a&ntilde;os; cuando pago menos impuestos <em>no veo</em> c&oacute;mo habr&aacute; menos recursos para las escuelas-, la pandemia evidencia y nos pega una bofetada cada vez que vemos de cerca <em>qu&eacute; ocurre cuando no act&uacute;o o actuamos con prudencia.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Y mientras releo a Camus, escucho los reclamos de <em>libertad </em>de los 2.500 manifestantes del 16-A. Los gritos de <em>periodistas-terroristas. </em>&ldquo;Est&aacute;n atentando contra nuestros derechos humanos universales&rdquo;. &ldquo;La mascarilla es una tortura&rdquo;, gritan. Y me digo, chica, &iquest;has probado qu&eacute; tan c&oacute;moda resulta una traqueotom&iacute;a? Pienso en los cowboys que se pasean por los centros comerciales de EEUU sin mascarilla y desafiando a la autoridad. Me pregunto qu&eacute; piensan los que est&aacute;n ah&iacute; manifest&aacute;ndose sin mascarilla y los que est&aacute;n manifest&aacute;ndose en contra de la mascarilla pero la llevan puesta. 'Yo, por si acaso, me la pongo, vaya a ser que me contagie; pero esto de que nos obliguen a usarla es una barbaridad', deben decir estos &uacute;ltimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Consiguieron autorizaci&oacute;n para manifestarse gracias a que no mencionaron que iban a ir sin mascarilla. Y a todos se nos ha quedado la cara de tontos. El derecho a la manifestaci&oacute;n es un derecho por el que se ha derramado mucha sangre en la historia y no es cosa menor. Pero es obvio que tiene l&iacute;mites. Por ejemplo, no permitir&iacute;amos que hubiera una manifestaci&oacute;n para defender el genocidio de determinada raza, grupo pol&iacute;tico o religioso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En este caso del 16-A, los manifestantes parece que lograron autorizaci&oacute;n para manifestarse gracias a una mentira. Y me pregunto si no se podr&iacute;a haber previsto que esa era su intenci&oacute;n o, por lo menos, no se podr&iacute;a haber estudiado el caso con mayor detenimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Puedo entender que con el &aacute;nimo de proteger el derecho a la manifestaci&oacute;n aceptemos esa vulneraci&oacute;n a la salud p&uacute;blica diciendo que: al fin, es su salud y que hagan lo que quieran, tienen derecho a manifestar sus opiniones. Lo que no entiendo es lo que piensan. De entre esas voces que todos tenemos dentro en estos tiempos y que nos generan una suerte de contradicci&oacute;n o lucha interna permanente: &iquest;qu&eacute; voces tienen ellos? &iquest;De verdad no sienten ninguna culpa ni verg&uuml;enza? Hemos luchado mucho por las libertades que tenemos hoy. No hay que aceptar ni defender las p&eacute;rdidas de libertades as&iacute; como as&iacute;, ni por supuesto de forma definitiva. Pero, &iquest;de verdad no sienten ninguna culpa por la posibilidad de ser c&oacute;mplices de alg&uacute;n <em>asesinato</em>?
    </p><p class="article-text">
        Vuelve Camus: &ldquo;La plaga no est&aacute; hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sue&ntilde;o que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sue&ntilde;o en mal sue&ntilde;o son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y m&aacute;s: &ldquo;Nuestros conciudadanos no eran m&aacute;s culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todav&iacute;a todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y ya termino, leyendo: &ldquo;Se cre&iacute;an libres y nadie ser&aacute; libre mientras haya plagas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las ratas pueden venir a morir en esta ciudad dichosa.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/morir-ciudad-dichosa_129_6174253.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Aug 2020 20:13:44 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contigo al (con)fin del mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mundo_129_6094610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2537b90c-b4a1-4cb2-bfe9-eff2bba5f667_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contigo al (con)fin del mundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo interesante de la vergüenza es que es el primer paso para descubrir la distancia que nos separa de lo que racionalmente creemos que deberíamos ser. El desvergonzado no tiene conciencia de la diferencia</p></div><p class="article-text">
        En un a&ntilde;o <em>normal, </em>septiembre sol&iacute;a ser el mes de los divorcios. Sin embargo, el calendario de este 2020 se ha trastocado incluso en eso. El maldito virus no ha dejado que los matrimonios duren hasta despu&eacute;s de vacaciones para divorciarse en septiembre, como la estad&iacute;stica manda, sino que entre los miles de vidas que se ha llevado por delante, est&aacute;n tambi&eacute;n la de muchos matrimonios. Si las 24 horas al d&iacute;a de las vacaciones de agosto sol&iacute;an ser un <em>jaque</em> dif&iacute;cil de superar para muchas parejas; el confinamiento y la convivencia forzados teniendo que trabajar, cuidar de los hijos y ocuparse de la casa, han sido un<em> jaque mate</em> sin tregua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En medio de tanta ruptura amorosa, quiz&aacute;s no estar&iacute;a de m&aacute;s preguntarnos por c&oacute;mo elegimos a nuestras parejas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;En qu&eacute; te fijas cuando te atrae alguien?&rdquo; &ldquo;&iquest;Cu&aacute;les son los denominadores comunes entre tus parejas?&rdquo; Siempre he considerado oportuno lanzar estas dos preguntas a los alumnos de di&aacute;logo socr&aacute;tico cuando hablamos sobre el amor. Son dos preguntas que pueden parecer cursis, anecd&oacute;ticas o sacadas de la revista <em>Cosmopolitan</em>. Pero pienso que no son ni lo uno ni lo otro. Reflexionar sobre a qui&eacute;n hemos elegido o nos gustar&iacute;a elegir para compartir parte de la vida no es una cuesti&oacute;n menor. Las preguntas que nos hacemos de adolescentes son a menudo aquellas que nos deber&iacute;an acompa&ntilde;ar siempre. En cambio, parece que nos deshacemos de ellas tan pronto como podemos. S&oacute;lo hay que ver a los alumnos cuando las reciben: perplejos y cargados de dudas, no saben ir m&aacute;s all&aacute; de subrayar un par de rasgos f&iacute;sicos y alg&uacute;n atributo de fondo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; es el amor? &iquest;Qu&eacute; significa amar? En <em>El banquete</em> de Plat&oacute;n, Diotima, por voz de S&oacute;crates, nos dice que el amor es &ldquo;el deseo de la inacabable posesi&oacute;n de lo que es bueno&rdquo;. Traduciendo sus palabras a un presente en el que ya no creemos en verdades universales, dir&iacute;amos que queremos y &ldquo;deseamos tener&rdquo; a las personas que encarnan lo que nosotros consideramos que es importante, que es bueno, bello y admirable; del mismo modo que cuando dejan de encarnarlo, nuestro amor se desvanece.
    </p><p class="article-text">
        Pongamos por ejemplo que yo quer&iacute;a a Pablo porque lo consideraba una persona divertida, tranquila y cari&ntilde;osa y esos son valores que para m&iacute; son importantes; y dej&eacute; de amarlo cuando se convirti&oacute; en alguien aburrido, airado y distante. El amor y el deseo de &ldquo;posesi&oacute;n&rdquo; nacieron de la admiraci&oacute;n hacia lo que para m&iacute; es bueno y se desvanecieron cuando desapareci&oacute;. Una desaparici&oacute;n que pod&iacute;a deberse a tres motivos. El primero, el m&aacute;s inmediato, cuando de verdad conoc&iacute; a la persona a quien amaba (o cre&iacute;a amar) me di cuenta de que no era quien pensaba que era. El amor no es ciego sino que es la puerta al conocimiento, pero las ilusiones, las expectativas y las esperanzas nos ciegan. Tal y como dec&iacute;a Walter Benjamin: a una persona la conoce s&oacute;lo quien la ama sin esperanza. El segundo motivo: porque Pablo cambi&oacute; y dej&oacute; de ser lo que admiraba. O bien, el tercero: porque yo he cambiado y, de repente o gradualmente, me importan y me preocupan otras cosas.
    </p><p class="article-text">
        Volvamos a la pregunta: &iquest;qu&eacute; es lo que valoramos en una persona que nos hace amarla? Hace unos a&ntilde;os, Josep Maria Lozano me hizo notar que la mejor declaraci&oacute;n de valores de una empresa es su presupuesto; la forma en que reparte el dinero del que dispone es el verdadero indicador de lo que le importa: no vale decir que le preocupa el medio ambiente si despu&eacute;s no dedica ni un c&eacute;ntimo a cuidarlo. En cuanto a las personas, aquellos a quienes elegimos para compartir la vida son tambi&eacute;n una especie de declaraci&oacute;n de valores. Especialmente las parejas, que son (en principio) un n&uacute;mero m&aacute;s reducido que los amigos y, por tanto, implican una elecci&oacute;n m&aacute;s sustantiva.
    </p><p class="article-text">
        Lo que pasa es que en esto de los valores hay mucho de fachada, de correcci&oacute;n pol&iacute;tica y de autoenga&ntilde;o: una cosa es lo que decimos cuando nos preguntan qu&eacute; consideramos bueno y otra bien distinta es lo que se pone de relieve cuando observamos lo que elegimos o hacemos. Arist&oacute;teles ya lo dej&oacute; muy claro en su &eacute;tica: t&uacute; no puedes decir que eres una persona generosa si no te comportas de forma generosa con tu entorno. Para decirme que eres solidario, tienes que poder demostrar que llevas a cabo actos repetidos de solidaridad. Si tu vida es un saco de CO2, tienes que admitir que, en el fondo, no te importa tanto el medio ambiente, o que este no es uno de tus valores principales.
    </p><p class="article-text">
        Hay pues una distancia entre quien pienso (o digo) que soy y c&oacute;mo me comporto. El deseo a menudo contradice lo que racionalmente decimos que nos importa. Por ejemplo, volviendo a las alumnas de los cursos de di&aacute;logo socr&aacute;tico, cuando les preguntas si creen en la igualdad de g&eacute;nero y si quieren tener las mismas oportunidades que sus compa&ntilde;eros, naturalmente, todas responden que s&iacute;, que &ldquo;faltar&iacute;a m&aacute;s&rdquo;. Ahora, si despu&eacute;s les preguntas por qu&eacute; tipo de chico desean y las haces imaginar junto a un hombre que trabaja o ingresa mucho menos dinero que ellas o que decide quedarse en casa, a muchas de las que antes dec&iacute;an un s&iacute; enf&aacute;tico, con esta imagen, se les apaga toda la llama.
    </p><p class="article-text">
        Claro, esto nos da verg&uuml;enza admitirlo porque es pol&iacute;ticamente incorrecto y porque pone de relieve un deseo que es contrario a lo que consideramos que debe ser. El deseo, despu&eacute;s de todo, puede ser muy pol&iacute;ticamente incorrecto. Y con esto no estoy diciendo que las mujeres siempre desear&aacute;n que los hombres trabajen m&aacute;s que ellas. Digo, sencillamente, que a d&iacute;a de hoy, en esta cuesti&oacute;n, hay contradicciones entre lo que decimos que nos importa y lo que elegimos finalmente. Todos somos seres contradictorios y cada &eacute;poca tiene sus contradicciones espec&iacute;ficas, tal vez esta es una de las nuestras. Ma&ntilde;ana tendremos otras.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, &iquest;por qu&eacute; tiene alg&uacute;n inter&eacute;s reflexionar sobre lo que valoro y contrastarlo con lo que deseo y elijo? Si vamos a S&oacute;crates y escuchamos la m&aacute;xima d&eacute;lfica &ldquo;con&oacute;cete a ti mismo&rdquo;, es evidente que no podemos hacernos los sordos. Nuestro deseo habla tanto o m&aacute;s de quienes somos como lo que racionalmente decimos que nos importa. Por ello, si lo que amamos es nuestra idea de bien, tendr&aacute; sentido preguntarnos: &iquest;qu&eacute; idea de bien se pone de manifiesto si analizo qu&eacute; tienen en com&uacute;n las personas que he deseado? &iquest;Y las que han sido mis parejas? &iquest;Qu&eacute; dejaron de tener cuando decid&iacute; alejarme? O bien, &iquest;qu&eacute; tiene mi pareja cuando la miro y me enamora? Y, &iquest;qu&eacute; tiene cuando la veo y no la puedo soportar?
    </p><p class="article-text">
        Las respuestas sinceras a estas preguntas nos dan verg&uuml;enza. La misma verg&uuml;enza que siente Alcib&iacute;ades al final de <em>El banquete</em> cuando, de repente, ve a S&oacute;crates. El maestro le ha ense&ntilde;ado lo que deber&iacute;a hacer y ser, lo que deber&iacute;a elegir. En cambio, &eacute;l se da cuenta que cuando se aleja, las muestras de aprecio de la mayor&iacute;a lo conducen a apartarse de ese &ldquo;camino recto&rdquo;. A Alcib&iacute;ades, el deseo y la multitud le separan de lo que sabe que deber&iacute;a ser. Del mismo modo que a nosotros el deseo nos hace elegir cosas, personas, que est&aacute;n lejos de lo que nosotros mismos dir&iacute;amos que &ldquo;es bueno&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo interesante de la verg&uuml;enza es que es el primer paso para descubrir la distancia que nos separa de lo que racionalmente creemos que deber&iacute;amos ser. El desvergonzado no tiene conciencia de la diferencia. Cuando siento verg&uuml;enza es porque he tomado conciencia de que algo no hago bien. Y esta verg&uuml;enza abre la puerta a, como m&iacute;nimo, dos posibles caminos: el de buscar acortar la distancia entre lo que creemos que deber&iacute;amos hacer y lo que hacemos; o bien el de ajustar qui&eacute;n decimos que somos a lo que hacemos. En ambos casos, habremos ganado en conciencia. Por eso no es ninguna estupidez preguntarnos: &ldquo;&iquest;en qu&eacute; te fijas cuando te atrae alguien?&rdquo; &ldquo;&iquest;Cu&aacute;les crees que son los denominadores comunes entre tus parejas?&rdquo; Con ello no habremos resuelto todo el misterio del amor, ni de c&oacute;mo y por qu&eacute; nos enamorarnos, pero s&iacute; que habremos descubierto una parte del misterio que somos nosotros para nosotros mismos y, quiz&aacute;s, atinaremos mejor a la hora de elegir con qui&eacute;n confinarnos &ndash;y, tal vez, nos ahorraremos un segundo divorcio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mundo_129_6094610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Jul 2020 19:38:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Contigo al (con)fin del mundo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dame derecho a olvidar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dame-derecho-olvidar_129_6052714.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/98cacaf5-1f58-4f27-826c-4a84a269e0c4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x935y328.jpg" width="1200" height="675" alt="Dame derecho a olvidar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El olvido es un derecho y una opción que puede ser profundamente saludable. Eso sí, no seamos cínicos: ese derecho pertenece solo a las víctimas. Los agresores no pueden tener el derecho a olvidar ante una víctima que demanda o espera memoria</p></div><p class="article-text">
        &Uacute;ltimos meses del siglo XX. Clase de Filosof&iacute;a de la Historia en la UB. Viene a visitarnos un catedr&aacute;tico de una universidad mexicana. En medio de las reflexiones sobre c&oacute;mo la consciencia de la historia es algo que no siempre estuvo presente sino que tiene un determinado origen y etc.; el profesor mexicano llega a hablarnos de algo m&aacute;s palpable: de c&oacute;mo Espa&ntilde;a hab&iacute;a aplicado su &ldquo;filosof&iacute;a de la historia&rdquo;. El se&ntilde;or est&aacute; maravillado &ndash;y as&iacute; nos lo expresa&ndash; de c&oacute;mo este pa&iacute;s hab&iacute;a hecho una transici&oacute;n tan limpia y tan r&aacute;pida, tan ejemplar (como m&iacute;nimo) a sus ojos, y cu&aacute;nto mejor que tantas otras en el mundo: &ldquo;ustedes, se&ntilde;ores, en un tiempo r&eacute;cord, han sido capaces de hacer el tr&aacute;nsito hacia una sociedad democr&aacute;tica gracias a que optaron por el olvido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo que la cosa me dej&oacute; estupefacta. No entend&iacute;a a qu&eacute; ven&iacute;a ese se&ntilde;or ni c&oacute;mo pod&iacute;a sentir esa admiraci&oacute;n por Espa&ntilde;a en base a su 'teor&iacute;a del olvido'. En ese momento probablemente ni yo misma comprend&iacute;a todav&iacute;a por qu&eacute; me parec&iacute;a que en esa idea hab&iacute;a algo de fundamentalmente err&oacute;neo, solo a&ntilde;os m&aacute;s tarde fui vislumbrando el alcance del problema: el hurac&aacute;n del progreso soplaba y sopla tan fuerte que se lleva al &Aacute;ngel de la Historia y no nos permite ver, cuidar, y honrar a todos los cad&aacute;veres amontonados.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas una semana, Pili Zabala, diputada de Podemos en el Parlamento Vasco y hermana de Joxi Zabala, v&iacute;ctima del GAL junto a Joxean Lasa, confesaba en una entrevista televisiva que se alegraba mucho del cambio de posici&oacute;n de su partido respecto de la comisi&oacute;n de investigaci&oacute;n sobre Felipe Gonz&aacute;lez y los GAL. Si queremos lograr la reconciliaci&oacute;n y que no se repitan los desastres del pasado, todas las vulneraciones de derechos humanos deben ser investigadas, sosten&iacute;a. Hay que tratar a las v&iacute;ctimas por igual y, hoy, en Espa&ntilde;a, las v&iacute;ctimas del terrorismo de Estado todav&iacute;a no son consideradas v&iacute;ctimas.
    </p><p class="article-text">
        De poco le servir&iacute;a a la diputada esa fugaz alegr&iacute;a: aunque los letrados del Parlamento avalaban aceptar la solicitud para que se debatiera en el Pleno la creaci&oacute;n de la comisi&oacute;n, las votaciones de PSOE, PP y Vox en contra de investigar &ldquo;los v&iacute;nculos y responsabilidades de los gobiernos presididos por Felipe Gonz&aacute;lez y los GAL&rdquo; impedir&iacute;an incluso que se pudiera llevar a cabo tal debate. Ah&iacute; estaba de nuevo la gran receta de la que nos felicitaba el catedr&aacute;tico mexicano: nuestra firme apuesta por olvidar.
    </p><p class="article-text">
        Y, me pregunto, &iquest;a qu&eacute; tenemos miedo? &iquest;Por qu&eacute; no queremos recordar?
    </p><p class="article-text">
        En el magn&iacute;fico libro <em>Los abusos de la memoria</em>, el fil&oacute;sofo e historiador Tzvetan Todorov, quiso advertirnos de los riesgos y el peligro de determinados usos de la memoria. Recuperar el pasado es algo indispensable, una condici&oacute;n necesaria para construir un presente y futuro liberadores; sin embargo, este pasado no debe regir y condicionar los tiempos presentes ni los que vendr&aacute;n, at&aacute;ndonos sin remedio al ayer.
    </p><p class="article-text">
        Como Sempr&uacute;n nos hizo ver, ser&iacute;a terriblemente cruel recordar continuamente a alguien los sucesos m&aacute;s dolorosos de su vida. El olvido es un derecho y una opci&oacute;n que puede ser profundamente saludable. Eso s&iacute;, no seamos c&iacute;nicos: ese derecho pertenece solo a las v&iacute;ctimas. Los agresores no pueden tener el derecho a olvidar ante una v&iacute;ctima que demanda o espera memoria y alg&uacute;n tipo de verdad. Solo ellas, las v&iacute;ctimas, ejerciendo el derecho al olvido, pueden liberar a los agresores del deber de decir y del peso del remordimiento.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, para que en alg&uacute;n momento las v&iacute;ctimas decidan libremente ejercer ese derecho al olvido, hay que ayudarlas a sentir que tienen acceso a la verdad. Es desde la verdad que podr&aacute;n hacer ese salto al vac&iacute;o que es el perd&oacute;n. No un perd&oacute;n pol&iacute;tico, que no sirve a nadie m&aacute;s que a un sistema malsano, sino el perd&oacute;n &iacute;ntimo y sincero &ndash;ya sea dicho en la intimidad o en el espacio p&uacute;blico. Y es, a su vez, ese perd&oacute;n el que liberar&aacute; (aunque sea parcialmente) al agresor de su culpa.
    </p><p class="article-text">
        Claro, para el agresor no es f&aacute;cil: tener que asumir revelaciones sobre el pasado con la consiguiente alteraci&oacute;n que &eacute;stas provocan sobre los relatos y la imagen p&uacute;blica de cada uno puede ser en cierto sentido insoportable y, por ende, rechazado a toda costa. Pero &iquest;no es peor vivir toda una vida atado a la losa del remordimiento? Uno puede autoenga&ntilde;arse y llegar a creer que lo que hizo estaba justificado, pero ante el dolor que desfigura el rostro de la v&iacute;ctima, &iquest;es posible seguir manteniendo la falacia?
    </p><p class="article-text">
        El equilibrismo es ciertamente dif&iacute;cil. Por un lado, los reg&iacute;menes totalitarios se han caracterizado, entre otras cosas, por su dedicaci&oacute;n a suprimir la memoria, a borrar o maquillar las huellas de determinados pasados &ndash;fotograf&iacute;as manipuladas, archivos quemados, cad&aacute;veres por descubrir. Por otro lado, el mismo Todorov argumenta que en determinadas democracias liberales de Europa occidental o de Norteam&eacute;rica algunas personas o movimientos pueden haber hecho un abuso de sus reproches por los deterioros de la memoria y haber promovido un culto a la historia que tampoco es &uacute;til ni saludable.
    </p><p class="article-text">
        Como con todo material inflamable, tocar el pasado exige cuidado y delicadeza. La memoria dejada en manos del entusiasmo o la c&oacute;lera puede ser una bomba de relojer&iacute;a. Pero la peligrosidad de mover materiales radioactivos no nos debe convencer de dejarlos a la intemperie para que nos contaminen. Es precisamente el silencio el que puede generar la c&oacute;lera. En un estado de derecho, en democracia, los individuos y los grupos deber&iacute;an siempre tener el derecho de saber, de conocer su historia, y el Estado no deber&iacute;a poder obstaculizar el ejercicio de tal derecho.
    </p><p class="article-text">
        Por ello, la pregunta constante y de fondo ser&iacute;a: &iquest;cu&aacute;l es el uso correcto, deseable o adecuado del pasado? Y para responderla habr&iacute;a que separar tal vez dos dimensiones o fases dentro del ejercicio del derecho a la memoria: la del acceso a la verdad; y la del uso que se hace posteriormente de esas verdades, de esa informaci&oacute;n. La clave, para Todorov, est&aacute; en la segunda fase. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberaci&oacute;n de los hombres y no para su sometimiento, dir&iacute;a el historiador Jacques Le Goff. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conocer la verdad es necesario siempre. El peligro, el demonio, est&aacute; en el uso que hagamos de esa verdad. Uno de los potenciales errores ser&iacute;a erigir un culto a la memoria por la memoria. Algo todav&iacute;a peor, hacer un uso pol&iacute;tico del dolor para seguir alimentando sentimientos de venganza. &ldquo;La verdad no es lo importante del lenguaje, es el afecto, el amparo.&rdquo;, apunta Josep Maria Esquirol en <em>La resistencia &iacute;ntima</em>. La memoria deber&iacute;a servirnos para aprender de las lecciones y los sufrimientos pasados, para evitar aquellos que se producen hoy o podr&iacute;an darse ma&ntilde;ana. El riesgo es que, en lugar de eso, nos impida ver el sufrimiento de los dem&aacute;s y nos sirva para justificar actos presentes en nombre de sufrimientos pasados. La historia debe ser una aliada que nos ayude a ver los horrores presentes. La memoria no es una excusa para la injusticia. La palabra est&aacute; para cuidarnos, para ampararnos.
    </p><p class="article-text">
        Volviendo a Espa&ntilde;a, al catedr&aacute;tico mexicano, al olvido, a las comisiones de investigaci&oacute;n fallidas y a Pili Zabala. No es lo mismo la sana capacidad de olvidar; la posibilidad de decidir por uno mismo soltar el pasado que nos amarra, si es que sentimos que nos coarta o limita; no es lo mismo conocer la verdad y decidir qu&eacute; hacer con ella a que te arrebaten el derecho a olvidar. Para olvidar debo saber primero. De otro modo nunca podr&eacute; ejercer mi leg&iacute;timo derecho al olvido. Ante el dolor profundo de una v&iacute;ctima, la sociedad tiene el deber de recordar y testimoniar.
    </p><p class="article-text">
        Una sociedad que no puede saber, que decide no saber, vive amarrada a fantasmas y a pesadillas, a conjuros que atan, juntos, a v&iacute;ctimas y agresores con una soga al cuello: la del rencor y el remordimiento. Diga lo que diga el catedr&aacute;tico mexicano, esos dif&iacute;cilmente pueden ser buenos ingredientes para la vida de nadie. Solo la verdad libera a v&iacute;ctimas de agresores y viceversa para que a partir de entonces puedan decidir qu&eacute; quieren hacer con sus vidas. Hasta entonces, seguir&aacute;n amarrados unos a otros.
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute;, y lo digo en voz baja, en alg&uacute;n momento nos atrevamos colectivamente a mirar de frente a la verdad, a hacer de la palabra amparo, a vivir el perd&oacute;n aut&eacute;ntico; para ayudarnos, as&iacute;, a que (por lo menos) esos mismos males no sigan visit&aacute;ndonos de noche, y de d&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dame-derecho-olvidar_129_6052714.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2020 19:56:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dame derecho a olvidar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,GAL,ETA]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todo lo que no se da, se pierde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/da-pierde_129_6020833.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b515bd2-6698-412f-97d9-86f7a92a1845_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Todo lo que no se da, se pierde"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La amistad verdadera se da entre personas buenas, decía Cicerón: fieles, íntegras, ecuánimes y generosas; que no tienen codicia, ni caprichos, ni insolencia</p></div><p class="article-text">
        En mi casa, como en tantas otras de mi generaci&oacute;n y anteriores, nunca dec&iacute;amos 'te quiero', las muestras de afecto verbales, sencillamente, no ten&iacute;an lugar. Era obvio que nuestros padres nos quer&iacute;an. O quiz&aacute;s es obvio hoy, cuando de mayores nos preguntamos si as&iacute; era. En esos momentos, en cambio, cuando &eacute;ramos ni&ntilde;os de pelota y goma de saltar, ese no era un tema. Ni siquiera era algo que ech&aacute;ramos de menos porque no sab&iacute;amos que exist&iacute;a. Lo que nos preocupaba eran las cuestiones importantes, aquellas sobre las que nos ped&iacute;an explicaciones: si hab&iacute;as sacado buenas notas, si hab&iacute;as hecho los deberes, si no te hab&iacute;as metido en ning&uacute;n l&iacute;o y, a&ntilde;os m&aacute;s tarde, qu&eacute; pensabas estudiar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Loviu. Te quiero&rdquo;. Eran las palabras que dec&iacute;a Jordi siempre antes de cortar la comunicaci&oacute;n -ya fuera una llamada o una charla por whatsapp. &Eacute;l ten&iacute;a claro que a los sentimientos hab&iacute;a que ponerles nombre. &ldquo;Todo lo que no se da, se pierde&rdquo;, me dijo un d&iacute;a. Y me pareci&oacute; un gran lema de vida. De hecho, &eacute;l ten&iacute;a muy claro qu&eacute; cosas eran importantes en la vida y cu&aacute;les &mdash;a pesar de lo que nos pueda hacer creer el sistema&mdash; no lo son: disfrutar de los peque&ntilde;os placeres, cuidar de los amigos, conectar a personas y, sobre todo, no ahorrarles nunca ninguna muestra de cari&ntilde;o. As&iacute; era Jordi Jaum&agrave; Bru, el periodista de RSE m&aacute;s importante que ha tenido Espa&ntilde;a, el <em>enfant terrible</em> infatigable y, sobre todo, ante todo, una persona de quien hubi&eacute;ramos hecho bien de aprender: alguien que siempre era capaz de ver lo que nos un&iacute;a m&aacute;s all&aacute; de las diferencias; que sab&iacute;a dejar a un lado las disputas ideol&oacute;gicas para abrazarnos a todos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s lejos de lo que vemos a nuestro alrededor. La reacci&oacute;n del conjunto de pol&iacute;ticos espa&ntilde;oles durante esta crisis, como m&iacute;nimo, nos deber&iacute;a hacer pensar. Porque, en realidad, da igual qu&eacute; color est&eacute; al frente: la din&aacute;mica existente entre partidos probablemente habr&iacute;a sido la misma si el Gobierno hubiera sido de otro color. En Espa&ntilde;a, la pol&iacute;tica, desde hace a&ntilde;os, es un nido de insultos, descalificaciones y burlas a golpe de tuit. Y lo preocupante no es solo que los pol&iacute;ticos no reciban el apoyo de los dem&aacute;s colegas de profesi&oacute;n. Es que el mensaje que lanzan al conjunto de la ciudadan&iacute;a, y el &aacute;nimo relacional que inspiran, es de conflicto, menosprecio y divisi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En medio del estado de alarma, solo hace falta ver los miles de personas que han reclamado su derecho a la manifestaci&oacute;n, insultando a miembros del Gobierno e incluso pidiendo que se meta a S&aacute;nchez en prisi&oacute;n. Parece que esto de reclamar que se meta a los pol&iacute;ticos en la c&aacute;rcel estuviera de moda en este pa&iacute;s. No es un fen&oacute;meno nuevo, esa din&aacute;mica ya era as&iacute; antes de la crisis y el contexto de emergencia no ha hecho sino ahondar en ella &mdash;como ahonda en todas las fallas y virtudes de todo y de todos. Hasta el punto de que, ni siquiera en un momento de semejante desastre mundial, se ha hecho el intento de ir todos a una, de arrimar el hombro de verdad, de ser colegas. De ver c&oacute;mo, entre todos, podemos ayudar y ser &uacute;tiles para que este desastre provoque el menor dolor posible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por mi parte solo os puedo aconsejar que antepong&aacute;is la amistad a todos los intereses humanos, porque no hay ninguna otra cosa m&aacute;s apropiada ni m&aacute;s necesaria para la vida, tanto en los momentos favorables como los adversos&rdquo;, dec&iacute;a Cicer&oacute;n, el gran orador romano, en su libro <em>Lelio o de la amistad</em>. Los humanos hemos venido a la vida para que existan lazos entre todas las personas &mdash;m&aacute;s intensos como m&aacute;s cercanos seamos unos de otros. Porque, &iquest;c&oacute;mo puede la vida ser digna de ser vivida sin el apoyo y el amor rec&iacute;proco de un amigo? Al fin, &iquest;qu&eacute; tesoro hay m&aacute;s grande que el poder hablarle a alguien como nos hablamos a nosotros mismos? La prosperidad es menos pr&oacute;spera si no hay nadie con quien compartirla. Las adversidades son m&aacute;s adversas sin alguien con quien llorar la pena. Los amigos nos dan esperanza sobre el futuro y no permiten que nuestros &aacute;nimos se debiliten o languidezcan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, a nivel social, no dar importancia a los v&iacute;nculos de la amistad es un mal augurio: si eliminamos del mundo los v&iacute;nculos afectuosos de la benevolencia, la necesidad de desearle el bien a los dem&aacute;s, ninguna casa ni ninguna ciudad podr&aacute;n aguantarse en pie, nos advierte el orador romano. Emp&eacute;docles de Agrigento, tres siglos antes que Cicer&oacute;n, ya sosten&iacute;a que todo lo que hay en este mundo y en todo el universo lo conserva unido la amistad, mientras que la discordia lo aleja. Es decir, si no somos capaces de vivir y transmitir la importancia de la amistad, la sociedad corre el riesgo de disgregarse &mdash;si no lo est&aacute; ya.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, para ese bien tan preciado que es la amistad, no todos estamos igual de preparados a ojos de Cicer&oacute;n. El orador romano era de la opini&oacute;n que no hay amistad sin virtud, y que las malas personas no tienen amigos. La amistad s&oacute;lida, verdadera y duradera, se da entre personas buenas: fieles, &iacute;ntegras, ecu&aacute;nimes y generosas; que no tienen codicia, ni caprichos, ni insolencia. De hecho, no hay nada m&aacute;s digno de ser amado que la virtud, dir&iacute;a Cicer&oacute;n, nada que incite m&aacute;s a estimar incluso a aquellos que no hemos visto nunca. Por eso podemos sentir amor por personas que no hemos conocido pero de quienes suponemos virtudes que admiramos. De Obama a Che Guevara; de Jes&uacute;s a Mar&iacute;a Teresa de Calcuta; de Leonard Cohen a Pau Don&eacute;s. O por aquellos que creemos m&aacute;rtires o v&iacute;ctimas de agravios injustos, como los refugiados. En el extremo opuesto, no hay nada que incite m&aacute;s al odio como el vicio o la maldad. Y por ello somos capaces de odiar a personas que nunca conocimos: de Saddam Hussein a Osama Bin Laden; de Hitler a Donald Trump.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y ahora viene algo importante: Cicer&oacute;n observa que la fuerza de la integridad es tan grande que la queremos tanto en aquellos que no hemos visto nunca como en nuestros enemigos. Es decir, somos capaces de amar a alguien que no conocimos como, pongamos por caso, Nelson Mandela, por su integridad; pero tambi&eacute;n amamos a nuestro enemigo &mdash;y ah&iacute; no dir&eacute; nombres, que cada uno le ponga el suyo&mdash; por esa misma virtud. Es m&aacute;s, seg&uacute;n el fil&oacute;sofo, no es de extra&ntilde;ar que 'las almas se enternezcan' cuando creen haber percibido virtud y bondad en aquellos con los que no se comparte una amistad. Al fin, a&ntilde;ade, los buenos aman a los buenos y se asocian entre ellos como si estuvieran unidos por unos lazos de parentesco y por naturaleza; y esta bondad se extiende a la multitud del g&eacute;nero humano. Es decir, todos somos &mdash;o podemos ser&mdash; buenos, y por ende todos podemos entrelazarnos con ese v&iacute;nculo de la amistad que mantiene las cosas unidas, como dir&iacute;a Emp&eacute;docles. La clave es la virtud, la sinceridad. Sin virtud, no hay amistad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si ahora ponemos las ideas de Cicer&oacute;n a la luz de lo que vemos en nuestro entorno social y pol&iacute;tico, lo que ocurre hoy en la calle, en un Congreso, en un Parlamento, un Ayuntamiento o un Senado: da ganas de re&iacute;r o de llorar. M&aacute;s bien de llorar. Porque si desde Emp&eacute;docles a Nussbaum sostenemos que lo que puede mantener unida esta sociedad es la amistad y el amor, el hecho de que nuestros pol&iacute;ticos (y la ciudadan&iacute;a) no sean (no seamos) capaces de apreciar la integridad del otro, de ver al otro como a uno mismo &mdash;pues al fin de eso se trata&mdash; es un asunto grave. La fragmentaci&oacute;n y la divisi&oacute;n de una sociedad es una p&eacute;sima receta a todos niveles: ni nos har&aacute; justos, ni nos har&aacute; felices, ni nos permitir&aacute; mantenernos en pie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Deber&iacute;amos recordar al viejo Cicer&oacute;n cada vez que se nos pase por la cabeza insultar o menospreciar a nuestro 'enemigo' pol&iacute;tico. Ser&iacute;a m&aacute;s sabio por nuestra parte poner nuestras energ&iacute;as y nuestro &aacute;nimo en la apreciaci&oacute;n porque, como dir&iacute;a el fil&oacute;sofo: dado que la existencia humana es fr&aacute;gil y caduca, continuamente tenemos que buscar a alguien para amar y que nos ame, porque la vida sin el amor y la benevolencia de otro no tiene ninguna gracia, ning&uacute;n encanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jordi Jaum&agrave;, el fundador de Diario Responsable, muri&oacute; hace apenas dos semanas. Quince d&iacute;as que parecen una eternidad. Si la amistad es el tesoro m&aacute;s grande, con &eacute;l se nos fue una fortuna: la de quien era capaz de arrancarnos siempre una sonrisa, de darnos, a todos, &aacute;nimo y esperanza. La amistad verdadera se da entre personas buenas, dec&iacute;a Cicer&oacute;n: fieles, &iacute;ntegras, ecu&aacute;nimes y generosas; que no tienen codicia, ni caprichos, ni insolencia. No hay mejor descripci&oacute;n de quien fue Jordi, el gran amigo. Y lo m&aacute;s triste es que su partida nos deja hu&eacute;rfanos de algo que todos necesitamos como el aire para respirar: el arte de coser las suturas; el arte de cantar en la miseria, que dir&iacute;a S&aacute;bato; el arte de decir 'I loviu, no matter what'.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/da-pierde_129_6020833.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Jun 2020 20:13:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Todo lo que no se da, se pierde]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y tú, ¿qué mundo quieres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mundo-quieres_129_6045356.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9a7dfe03-82a7-42e4-8dc2-bf2fdffd9a6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y tú, ¿qué mundo quieres?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizás hoy no es tiempo de respuestas sino de amar las preguntas, todas las que se nos ocurran. Es tiempo, ante todo, de pensar e imaginar qué mundo queremos para mañana</p></div><p class="article-text">
        La peor crisis desde la Gran Depresi&oacute;n. Pa&iacute;ses replegados en s&iacute; mismos y levantando barreras. Nacionalismo y autarqu&iacute;a. Sociedades de control que limitan nuestros movimientos, que nos vigilan. Pasaporte sanitario. Recorte de derechos. Gran hermano. Desocupaci&oacute;n. Recortes econ&oacute;micos. Desesperaci&oacute;n. Rescates billonarios. Hagan el favor de comportarse. M&aacute;s virus. M&aacute;s recortes. Menos movimiento. Confinamiento. M&aacute;s desocupaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hace semanas que los plat&oacute;s y los estudios de radio se llenan de voces de expertos dando su visi&oacute;n sobre c&oacute;mo ser&aacute; el mundo que nos espera. El mundo post virus-de-las-narices. La vida dentro de la nueva normalidad. Programa tras programa abre su espacio a invitados que lleguen a dar respuestas y soluciones. Y ellos, uno tras otro, ensayan hip&oacute;tesis, lanzan titulares y nos hunden, a menudo, en una mayor depresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es un vicio com&uacute;n. Nos suele gustar que los expertos nos digan c&oacute;mo ser&aacute;n las cosas mientras nosotros, desde el sof&aacute; o el coche, vamos cambiando de canal. Vemos lo que nos da la raz&oacute;n (y nos quedamos en el show), rechazamos lo que nos contradice (clic, a otro canal). En un escenario tan incierto como &eacute;ste, el deseo de recibir respuestas se multiplica: 'se&ntilde;ores sabios, por favor, d&iacute;gannos c&oacute;mo ser&aacute; la vida ma&ntilde;ana, la semana que viene, los a&ntilde;os que est&aacute;n por venir.' Esperamos que las respuestas contribuyan, aunque sea parcialmente, a apaciguar esta ansiedad de sistema acelerado y que ahora, para m&aacute;s inri, debemos manejar sin disponer de muchas v&iacute;as de escapatoria.
    </p><p class="article-text">
        Entiendo que sea as&iacute;, pero quiz&aacute;s estemos equivocando el camino. La crisis intensifica nuestra tendencia a buscar la soluci&oacute;n antes de haber comprendido el problema &mdash;un h&aacute;bito que ha sido descrito por autores y tratado por consultores y terapeutas. No recuerdo si es en <em>Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus</em> o en otro libro parecido, se dice que los hombres tienen la necesidad de resolverlo todo de forma inmediata, mientras que las mujeres, a menudo, solo piden poder hablar y ser escuchadas. No s&eacute; si es una cuesti&oacute;n de g&eacute;nero o algo com&uacute;n a la humanidad. Lo que s&iacute; s&eacute; es que las soluciones que se plantean sin antes haber comprendido bien el problema son generalmente un error. Esto es, una oportunidad perdida.
    </p><p class="article-text">
        Hay un sinf&iacute;n de ejemplos de falsas soluciones o remedios inadecuados. Por ejemplo, ante la crisis de los refugiados sirios, con toda la buena fe del mundo, ONGs, empresas y ciudadanos se pusieron a enviar miles de osos de peluche para los ni&ntilde;os y decenas de miles de pares de zapatos para peque&ntilde;os y adultos. Esos miles de mu&ntilde;ecos de peluche y esos miles de pares de zapatos quedaron tirados en los campos una vez todos los refugiados se fueron a otra parte. Conclusi&oacute;n: no era lo que adultos y ni&ntilde;os necesitaban en ese momento.
    </p><p class="article-text">
        De hecho, los pa&iacute;ses en v&iacute;as de desarrollo est&aacute;n hartos de recibir soluciones que no resuelven sus problemas porque fueron pensadas desde oficinas del primer mundo. Bajo programas de filantrop&iacute;a o de responsabilidad social corporativa, muchas empresas han creado proyectos millonarios que no resolv&iacute;an los problemas reales de sus supuestos beneficiarios: escuelas que se construyeron y nunca llegaron a tener alumnos, bosques plantados donde no se necesitaban, zapatos inc&oacute;modos, mesas que cojean, juguetes t&oacute;xicos.
    </p><p class="article-text">
        Pensaban por los otros, en vez de preguntar a los otros qu&eacute; necesitan.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez ese sea al punto. Quiz&aacute;s har&iacute;amos bien en detenernos a pensar si las respuestas usuales son las soluciones adecuadas. Nos apresuramos a buscar y abrazar respuestas y soluciones de inmediato porque eso nos da una (falsa) sensaci&oacute;n de seguridad.
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;qu&eacute; ocurrir&iacute;a si ahora dej&aacute;ramos de pedir pron&oacute;sticos y respuestas? &iquest;Qu&eacute; tal si ahora, para variar, contenemos esa pulsi&oacute;n y hacemos aquello que Rainer Maria Rilke le encomendaba al joven poeta: 'tener paciencia con todo aquello que no se ha resuelto en nuestro coraz&oacute;n e intentar amar las preguntas'?
    </p><p class="article-text">
        Hay muchos sucesos del presente que no entendemos y nos asombran, que nos dan miedo o inquietan. &iquest;Y si nos dedicamos a mirar esas circunstancias, procesos, hechos, teor&iacute;as con detenimiento sin pensar todav&iacute;a en soluciones veloces, solo para entender la profundidad de su alcance, para explorar todos sus matices?
    </p><p class="article-text">
        El Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, m&aacute;s all&aacute; del enorme desastre que generaron, sirvieron para ampliar el Estado del Bienestar y para que se reconocieran nuevos derechos humanos. Si eso fue posible despu&eacute;s de semejantes tragedias, probablemente no fue porque hubo expertos en la televisi&oacute;n, la radio o el peri&oacute;dico diagnosticando c&oacute;mo de terrible iba a ser el futuro. Si se logr&oacute; un futuro mejor que el pasado fue probablemente porque hubo ciudadanos, pol&iacute;ticos, pensadores que imaginaron c&oacute;mo quer&iacute;an que fuera el mundo y se pusieron a actuar. Aprendiendo de ellos, quiz&aacute;s hoy no es tiempo de respuestas sino de amar las preguntas, todas las que se nos ocurran. Es tiempo, ante todo, de pensar e imaginar qu&eacute; mundo queremos para ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        Las transformaciones, especialmente las positivas, las que implican ampliaciones de nuestros derechos y del bienestar, no vienen de una actitud pasiva, de sof&aacute;, de preguntar al experto qu&eacute; vendr&aacute;: vienen del compromiso activo e imaginativo con lo que hay, con los que sufren, con los que vendr&aacute;n. Viene del deseo de pensar c&oacute;mo queremos que sea el mundo y de ver de qu&eacute; modo &mdash;medios de comunicaci&oacute;n, think tanks, pol&iacute;ticos, acad&eacute;micos, ciudadanos al fin&mdash; podemos contribuir a que as&iacute; sea. Seamos protagonistas, no espectadores.
    </p><p class="article-text">
        Si dedicamos las decenas de horas y horas de Zoom a explorar, juntos, qu&eacute; necesitamos y qu&eacute; nos gustar&iacute;a. Si damos rienda suelta a la imaginaci&oacute;n, si escapamos de esta c&aacute;rcel mental; si ponemos nuestras energ&iacute;as a imaginar algo mejor en lugar de quejarnos &mdash;incorporando a nuestros adversarios para encontrar un mundo que nos contenga a todos&mdash;, quiz&aacute;s consigamos que el futuro sea mejor que su pron&oacute;stico.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mundo-quieres_129_6045356.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 May 2020 20:23:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Y tú, ¿qué mundo quieres?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No era una mariposa, era un murciélago]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mariposa-murcielago_129_5964320.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1dc1284f-9af6-4369-9d5a-f2f0bf977a59_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No era una mariposa, era un murciélago"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta distopía hecha realidad no tiene nada de glamour, ni siquiera mucha épica: es más bien aburrida y sobre todo, ante todo, triste y miserable</p></div><p class="article-text">
        Sol&iacute;amos explicar la globalizaci&oacute;n como un cuento de ni&ntilde;os sacado de Disney: hab&iacute;a una vez una linda mariposa, muy lejos de aqu&iacute;, que un d&iacute;a se levant&oacute; y sacudi&oacute; las alas; esas alas movieron el viento, y el viento las nubes&hellip; y, en un periquete, aqu&iacute; tuvimos una tormenta de a&uacute;pa. El famoso efecto mariposa. (Aunque parece que Edward Norton Lorenz, el matem&aacute;tico y meteor&oacute;logo que describi&oacute; por primera vez el fen&oacute;meno, inicialmente no eligi&oacute; ese animal para explicar su teor&iacute;a, sino que fueron sus colegas quienes le animaron a usar la mariposa como met&aacute;fora.) No es casual que esa forma de explicar la globalizaci&oacute;n haya hecho tanta fortuna: nos encantan los cuentos de hadas y las f&aacute;bulas sencillas y omniabarcadoras. Y as&iacute;, durante tiempo, nos hemos explicado esto de que el mundo est&aacute; interconectado diciendo que es 'aquello de la mariposa'.
    </p><p class="article-text">
        Pero resulta que al final no fue una linda mariposa sino un asqueroso murci&eacute;lago quien nos ense&ntilde;&oacute; en qu&eacute; consiste la globalizaci&oacute;n. A menudo es as&iacute;: la realidad es menos de color rosa que las pel&iacute;culas. Hasta en las (entonces) distop&iacute;as de una gran pandemia representadas en la gran pantalla, los protagonistas eran guapos, la trama fascinante y la m&uacute;sica embriagadora. La que nos ha tocado, en cambio, esta distop&iacute;a hecha realidad, no tiene nada de glamour, ni siquiera mucha &eacute;pica: es m&aacute;s bien aburrida y sobre todo, ante todo, triste y miserable. He aqu&iacute; el cuento de la globalizaci&oacute;n, no fue pr&iacute;ncipe sino rana: un murci&eacute;lago fue el que nos ha metido en todo este embrollo. Un murci&eacute;lago que contagi&oacute; a una persona y una persona que ha contagiado el mundo. Esto es la globalizaci&oacute;n: que en un par de meses, un animal feo y arrugado, pueda mandar todo nuestro castillo de naipes al carajo.
    </p><p class="article-text">
        Ante semejante l&iacute;o, y a prop&oacute;sito de la gran pregunta por el qu&eacute; vendr&aacute;, parte de los te&oacute;ricos que reflexionan sobre el futuro panorama pol&iacute;tico, econ&oacute;mico y geopol&iacute;tico, apuestan a que la historia ir&aacute; de aislamiento y nacionalizaci&oacute;n. De levantamiento de barreras, de auge del Estado como unidad m&aacute;xima y adecuada para gestionarnos: de distanciamiento y separaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s, en parte, es cierto que el tr&aacute;nsito por el mundo se tiene que reconfigurar y replantear. Esto del turismo de los espa&ntilde;oles que van a tumbarse en las playas de la Rivera Maya o Cuba; los viajes de aventura de los europeos al sureste asi&aacute;tico, Namibia o el Sahara; los autobuses de chinos y japoneses haciendo fila en la Sagrada Familia para al d&iacute;a siguiente visitar Notre Dame; los viajes de los ejecutivos americanos a otro continente para hacer una simple, una, reuni&oacute;n importante; todos ellos, tienen bastante de absurdo.
    </p><p class="article-text">
        Creer que el turismo nos va a ampliar el esp&iacute;ritu y la mente, y hacer girar nuestra vida en torno a ese viaje del verano, es una gran trampa -que, claro est&aacute;, le ha venido fenomenal a la industria. Recuerdo a un amigo m&uacute;sico, tan loco como genio, que me dec&iacute;a: &ldquo;yo me voy a las estaciones y a los aeropuertos para ver cu&aacute;ntos enfermos hay en el mundo; porque hay que estar enfermo para no querer estar en casa&rdquo;. &iquest;D&oacute;nde vas a estar mejor que en casa?, se preguntaba mi amigo y nos preguntaban las abuelas. Una pregunta que hoy nos llega cargada de iron&iacute;a, y con un nuevo significado: &iquest;d&oacute;nde estaremos mejor que en casa?
    </p><p class="article-text">
        Pero, volviendo al tema, aunque sea pertinente cuestionarnos la forma en la que hemos estado transitando el mundo, eso no implica ni propone que debamos volver a modelos aut&aacute;rquicos y de auge de lo nacional. Es m&aacute;s, ante la que est&aacute; cayendo, es obvio que lo que hace falta es la coordinaci&oacute;n entre todos los pa&iacute;ses. Necesitamos instancias de gobierno global, instituciones que permitan tomar decisiones para todo el planeta. Encerrarnos detr&aacute;s de nuestras barreras no va a hacer sino continuar amenazando democracias que ya llevan a&ntilde;os con flojera. Y el retorno y el aumento de los totalitarismos no es un panorama muy atractivo.
    </p><p class="article-text">
        De que las democracias se estaban debilitando debido a que no est&aacute;bamos expuestos a las opiniones y a las verdades de los otros ya nos advirti&oacute; John Stuart Mill a mediados del s.XIX; de que vivimos encerrados en burbujas de semejantes nos han alertado fil&oacute;sofos como Michael Sandel. Nuestro d&iacute;a a d&iacute;a transcurre entre espejos y la mayor&iacute;a de nuestros di&aacute;logos los llevamos a cabo con personas tremendamente parecidas a nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Es comprensible: el mundo puede resultar un lugar hostil y la comunidad que es parecida a m&iacute;, me entiende, me da apoyo y no me reta. De este fen&oacute;meno existen todo tipo de versiones: desde los grupos de amigos de la universidad (todos ellos con la cabeza formateada de la misma manera) que siguen siendo una pandilla toda su vida; hasta los guetos que dividen, ciudad tras ciudad, por origen y nacionalidades; pasando por unas redes sociales que entre likes o elogios y trolls o insultos son lo m&aacute;s parecido a una tribalizaci&oacute;n moderna y a la divisi&oacute;n entre amigos y enemigos -aqu&iacute; Carl Schmitt resuena como un tambor-. Todos tendemos a rodearnos de nuestros semejantes. Y, no es que eso no est&eacute; bien, no es que debamos alejarnos de ese grupo, es que quiz&aacute;s ser&iacute;a importante asegurarnos de que somos m&aacute;s porosos y de que tejemos v&iacute;nculos m&aacute;s all&aacute; del espejo: de que tenemos el valor de dedicar tiempo a abrir charlas con nuestras ant&iacute;podas.
    </p><p class="article-text">
        Lo cosa tiene vis de urgente porque, si las burbujas ya hace tiempo que est&aacute;n ah&iacute;, y casi como en un juego dial&eacute;ctico o de contrarios, con cada apertura gradual del mundo, con cada acortamiento de las distancias geogr&aacute;ficas, hemos ido buscando m&aacute;s anclajes cercanos, m&aacute;s gemelos al alcance de la mano; hoy, la tecnolog&iacute;a parece que est&aacute; reforzando esa inercia de una forma exponencial e imparable. Nuestra vida digital est&aacute; constantemente condicionada por el rastro que hemos dejado, por la supuesta identidad que hemos ido construyendo. Hasta tal punto que aquello que vemos, leemos o escuchamos, aquello que se nos ofrece o se nos presenta, es aquello que supuestamente ya nos gusta: aquello que se corresponde con quienes somos.
    </p><p class="article-text">
        Spotify tiene las listas especialmente dise&ntilde;adas para ti. Spotify te conoce m&aacute;s que tu madre, tu pareja y tu mejor amiga juntos: siempre logra mostrarte solo aquello que te gusta. Algo que, a priori, podr&iacute;a parecer una de las grandes ventajas de la tecnolog&iacute;a, puede ser a su vez una gran trampa para la democracia. Como ciudadanos, vamos creciendo y vamos estando rodeados solo de aquello que nos gusta, y esa homogeneidad es una bomba de relojer&iacute;a. Psicol&oacute;gicamente nos hace ineptos para el desagrado y la frustraci&oacute;n -de ah&iacute; a querer cambiar de novio cada dos d&iacute;as, o a desesperarse ante cualquier cosa que no est&aacute; puesta 'en su sitio', hay solo un paso. En lo que refiere a la educaci&oacute;n de las pr&oacute;ximas generaciones, es preocupante imaginar c&oacute;mo se va a formar el gusto de nuestros j&oacute;venes si viven en un t&uacute;nel con im&aacute;genes y sonidos solo de aquello que les gusta a ellos o a sus semejantes. Y, en lo pol&iacute;tico, peor nos lo ponen: viviendo en esta burbuja de semejantes y en una virtualidad que solo me muestra &ldquo;lo que ya quiero&rdquo;, &iquest;c&oacute;mo vamos a exponernos al otro, al diferente, y c&oacute;mo vamos a lograr desenmascarar nuestros intereses partidarios y a ser capaces de juzgar mejor como nos advert&iacute;a Arendt?
    </p><p class="article-text">
        Lo de la tecnolog&iacute;a en alg&uacute;n momento habr&aacute; que someterlo a un juicio cient&iacute;fico para que anime a los parlamentos a legislar en contra de lo que psicol&oacute;gica, social y humanamente, parece una barbaridad. Entretanto, hay cosas que podr&iacute;amos decidir y hacer hoy. Sin ir m&aacute;s lejos, &iquest;cu&aacute;ntas personas de Vox tienen amigos de Podemos? &iquest;Cu&aacute;ntos de ERC, colegas de Ciudadanos? Porque de esto estamos hablando: de tener cerca a personas que piensen de una forma completamente distinta a la nuestra y a las que apreciemos lo suficiente como para querer dialogar de verdad. De ah&iacute; viene la ampliaci&oacute;n de la mentalidad, de la mirada. De eso nos habla Hannah Arendt y a eso se refiere Seyla Benhabib cuando nos recuerda la importancia de nuestros &ldquo;asociados hermen&eacute;uticos&rdquo;: el que piensa desde otro lugar es mi asociado, mi aliado hermen&eacute;utico a la hora de ayudarme a interpretar de otro modo el mundo, las instituciones, mi pa&iacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mariposa-murcielago_129_5964320.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2020 21:11:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No era una mariposa, era un murciélago]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Globalización]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dejemos de arriesgar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dejemos-arriesgar_129_5956291.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5b6f35c8-deb7-4462-bf16-7ba021dfd621_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dejemos de arriesgar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Cómo sería el mundo si dejáramos que el miedo fuera nuestro consejero?</p></div><p class="article-text">
        En estos tiempos del virus, no paro de recordar al fil&oacute;sofo Hans Jonas. Nacido en 1903 en el seno de una familia jud&iacute;a en Alemania, emigr&oacute; a Palestina en los a&ntilde;os de auge del nazismo y en 1940 se uni&oacute; al Ej&eacute;rcito Brit&aacute;nico para luchar contra Hitler. Finalizada la guerra, se propuso volver a su pa&iacute;s natal pero, al saber que su madre hab&iacute;a sido enviada a Auschwitz, prefiri&oacute; regresar a Palestina hasta que en 1950 dio el salto al continente americano, primero Canad&aacute; y luego EEUU, donde vivi&oacute; pr&aacute;cticamente la segunda mitad de su vida dedic&aacute;ndose a la filosof&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Jonas se hizo adulto en medio de uno de los per&iacute;odos m&aacute;s convulsos de la humanidad y, como todo fil&oacute;sofo jud&iacute;o de esa &eacute;poca, su pensamiento qued&oacute; atravesado por los horrores que tuvo que ver y sufrir. Entre ellos, el de ver que el hombre hab&iacute;a llegado a inventar -y poner en pr&aacute;ctica- algo que pod&iacute;a implicar el fin de la humanidad: la bomba at&oacute;mica. Por primera vez en la historia, la misma especie que hab&iacute;a sido capaz de inventar la rueda, la imprenta, la m&aacute;quina de vapor, el autom&oacute;vil, la penicilina o la radio, era ahora capaz de inventar algo que pod&iacute;a poner fin a todo, todo.
    </p><p class="article-text">
        Para un fil&oacute;sofo preocupado por la &eacute;tica, esto marcaba inevitablemente un antes y despu&eacute;s en la reflexi&oacute;n sobre la acci&oacute;n humana. Si nuestro quehacer pod&iacute;a llegar a ser tan radicalmente da&ntilde;ino, deb&iacute;amos dotarnos de una &eacute;tica que estuviera a la altura de los tiempos. Que nos ayudara y nos guiara a la hora de tomar decisiones que no pusieran en peligro ni el presente ni el futuro del mundo; que lograra garantizar una vida digna para las generaciones venideras. Es de ah&iacute; que nace su &eacute;tica de la responsabilidad, ante la constataci&oacute;n de que la acci&oacute;n humana, y especialmente la ciencia y la tecnolog&iacute;a, necesitan ser reflexionadas y guiadas por un principio &eacute;tico que las haga beneficiosas para la sociedad, para los que estamos y para los que vendr&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El principio que seg&uacute;n Jonas nos puede ayudar dice: &ldquo;obra de tal manera que los efectos de tu acci&oacute;n sean compatibles con la permanencia de una vida humana aut&eacute;ntica sobre la tierra&rdquo; (1979). Es decir, antes de actuar, antes de tomar una decisi&oacute;n, aseg&uacute;rate de que aquello que vayas a hacer no ponga en peligro la posibilidad de que tus vecinos y sus hijos sigan viviendo una vida digna de un ser humano. No hagas nada que convierta sus vidas presentes y futuras -las nuestras- en m&aacute;s opacas, grises o sin brillo, m&aacute;s l&uacute;gubres o limitadas, m&aacute;s propias de una m&aacute;quina o de un animal. Si hay algo que te propones hacer, aseg&uacute;rate, aseg&uacute;rate, de que no pone ninguna vida, tal y como creemos y queremos que sea la vida, en riesgo.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s huelga decir que este principio que a mediados del siglo pasado fue torn&aacute;ndose un imperativo que deb&iacute;a guiar a la humanidad, es hoy todav&iacute;a m&aacute;s urgente que lo sea. Hoy, que no solo un cient&iacute;fico o un gran inventor pueden poner en peligro dimensiones de nuestras vidas presentes y futuras, sino que cualquier individuo puede salir a la calle e iniciar una pandemia de consecuencias mundiales; hoy, la &eacute;tica de la responsabilidad, esta forma de actuar, de pensarnos, de pensar qu&eacute; hacemos cada d&iacute;a, deber&iacute;a estar tan interiorizada como lo est&aacute; que la ablaci&oacute;n es un crimen, que no hay razas mejores ni peores o que la esclavitud o el trabajo infantil son un mal.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, &iquest;qu&eacute; valores requiere una persona, un gobierno, un cient&iacute;fico, un empresario, la humanidad, para ser capaz de obrar de tal manera? &iquest;Qu&eacute; virtudes o h&aacute;bitos deber&iacute;amos cultivar y qu&eacute; consejeros nos deber&iacute;an acompa&ntilde;ar para lograr poner este principio de la responsabilidad en pr&aacute;ctica? Jonas dice: &ldquo;ante un potencial casi escatol&oacute;gico de nuestra tecnolog&iacute;a, la ignorancia sobre las &uacute;ltimas consecuencias ser&aacute;, por s&iacute; sola, raz&oacute;n suficiente para una moderaci&oacute;n responsable&rdquo;. Es decir, deberemos promover y cultivar la moderaci&oacute;n, la prudencia, el t&eacute;rmino medio. En un contexto de riesgo de esta magnitud, no valen los experimentos; lo que nos jugamos es demasiado.
    </p><p class="article-text">
        Tanto es as&iacute; que, un valor que durante siglos hab&iacute;amos entendido como denostable o in&uacute;til, contrario al progreso, ahora debe ser recuperado. Hablo de la importancia de recuperar el miedo. Desde la Ilustraci&oacute;n, la filosof&iacute;a hab&iacute;a entendido el temor como algo a confrontar y a evitar en tanto que paralizador. Jonas, en cambio, viene a defender una 'heur&iacute;stica del miedo'. De nuevo, en unos tiempos en que cada humano y sus decisiones m&iacute;nimas pueden convertirse en una bomba de relojer&iacute;a, el miedo es el valor que m&aacute;s nos puede ayudar a evitar la cat&aacute;strofe. No una &eacute;tica del miedo, no un temor paralizador, el miedo como pepito grillo, el temor como esa voz sabia o prudente que est&aacute; ah&iacute;, habl&aacute;ndonos constantemente antes de pulsar ning&uacute;n bot&oacute;n. Repetimos: no para paralizarnos sino para ser conscientes de la responsabilidad de nuestros actos.
    </p><p class="article-text">
        Vayamos ahora a ver c&oacute;mo vamos en materia de responsabilidad. Esto es, si nuestro imperativo hoy deber&iacute;a ser el de la &eacute;tica de la responsabilidad, veamos qu&eacute; nota tenemos y si parece que somos capaces de implementarlo. &iquest;Estamos remando a favor? &iquest;Vamos por buen camino? Durante estas semanas de estado de alarma, hemos visto a expol&iacute;ticos violando la norma de confinamiento para salir a correr; fiestas clandestinas en grandes mansiones o en medio del campo; la polic&iacute;a ha puesto miles de multas a personas que quer&iacute;an ir a su segunda residencia; y los alcaldes de algunos pueblos de costa o de monta&ntilde;a han tenido que alertar p&uacute;blicamente a los veraneantes de que no les quer&iacute;an. Suma y sigue.
    </p><p class="article-text">
        Parece que hoy andamos bastante faltos de &eacute;tica de la responsabilidad. Y quiz&aacute;s no deber&iacute;a sorprendernos. Si la &eacute;tica que defiende Jonas requiere prudencia, moderaci&oacute;n y una heur&iacute;stica del miedo, &iquest;alguien puede decir qu&eacute; referentes tenemos que nos ense&ntilde;en estos valores? Es dif&iacute;cil encontrar alg&uacute;n referente cinematogr&aacute;fico que exalte la moderaci&oacute;n y el temor. Los h&eacute;roes son los valientes. El que tiene miedo es un gallina, un <em>loser </em>que, con suerte, nos despierta conmiseraci&oacute;n. El miedo no es sexy, no vende, ni seduce ni conquista. &iquest;Qu&eacute; ganas vamos a tener de escuchar el miedo? El miedo nos da verg&uuml;enza. Lo escondemos y no lo confesamos -no vaya a ser. El miedo es una enfermedad que curan los psic&oacute;logos. Hasta las escuelas de primaria y secundaria ya est&aacute;n haciendo talleres para que los ni&ntilde;os sean emprendedores, valientes, y no tengan miedo a tirarse a la piscina. Las empresas se aventuran a vender productos sin haberse preguntado qu&eacute; mundo resulta de ellos; los gobiernos ensayan experimentos p&uacute;blicos sin tener certezas de sus resultados. Hay algo de todo esto que deber&iacute;amos revisar.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, cada uno de nosotros tiene demasiado poder en sus manos como para desestimar nuestra responsabilidad. Como dir&iacute;a Spiderman: &ldquo;un gran poder conlleva una gran responsabilidad&rdquo; -s&iacute;, es cierto, tambi&eacute;n lo dijo Voltaire. Hoy, debemos recordar a Jonas y ver de qu&eacute; forma su principio de la responsabilidad puede ir inmiscuy&eacute;ndose en nuestros sistemas educativos, en nuestros gobiernos y en nuestras empresas. De ello depende que nosotros, nuestros vecinos y los que vendr&aacute;n, puedan seguir viviendo como un ser humano.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sira Abenoza]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dejemos-arriesgar_129_5956291.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 May 2020 19:47:30 +0000]]></pubDate>
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