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    <title><![CDATA[elDiario.es - El verano del coronavirus]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - El verano del coronavirus]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Así muere un verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/muere-verano_132_6188220.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7819504d-f175-426a-979f-218cb13c6708_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Así muere un verano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si ya lo hemos dado todo con respecto a las dudas y especulaciones de la vuela el cole, o si no tenemos hijos, podemos dedicarnos placenteramente al otro tema, el de las predicciones. No es necesario un chat específico ni pertenecer a un grupo concreto de población. Es transversal y universal</p></div><p class="article-text">
        Debido al permanente estado de susto vigente en 2020, este a&ntilde;o el verano dura menos. Para los que cogen vacaciones la segunda quincena de agosto es una faena porque ya no se disfruta, es como llegar a un club a las 5:55, pedir una copa y que al segundo sorbo enciendan las luces. La met&aacute;fora vale para cuando exist&iacute;an clubs, los m&aacute;s j&oacute;venes no sabr&aacute;n ni de lo que les hablo.
    </p><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as Madrid engulle a cientos de veraneantes que osaron irse de vacaciones, los absorbe como una aspiradora hambrienta de trabajadores y consumidores. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, el retornado que hace no mucho caminaba en chanclas por la vida ahora viste su cara de septiembre. El moreno se le ha ca&iacute;do al suelo todo de golpe y, con innecesaria eficiencia, ha pasado una m&aacute;quina de limpieza frotando el rodillo por la acera, pues la ha dejado echa un asco, cubierta de polvo de mar y de sal.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, en la ciudad, solo se habla de dos cosas: la vuelta al cole y las predicciones para el futuro pr&oacute;ximo. Incluso los cl&aacute;sicos brasas aficionados a relatar sus viajes con pleno detalle este a&ntilde;o se abstienen de hacerlo, no se sabe si porque no se han ido o por miedo al qu&eacute; dir&aacute;n. Mejor no preguntar. Mucha gente no se ha ido a ning&uacute;n lado y les han condecorado con un diploma a la resistencia y una medalla por sobrevivir a la ola de calor. Algunas de estas personas consideran que los que nos hemos ido de vacaciones hemos actuado de manera irresponsable. Aunque intentes justificarte, esperan agazapados al pie de tu relato a que cometas un error: un taxi innecesario, una cola para comprar churros, una visita extremadamente cuidadosa a la Torre de H&eacute;rcules donde, f&iacute;jate qu&eacute; curiosidad, dos semanas despu&eacute;s dio positivo un empleado de la limpieza y tuvieron que cerrarla. &ldquo;Mierda&rdquo;, piensas, &ldquo;no deber&iacute;a hacer dicho eso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Entre unas cosas y otras, al final no vamos a tener nada de lo que hablar, salvo los dos temas antes mencionados. Imagino que este curso la profesora de lengua tendr&aacute; el tacto suficiente de no pedir a los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as la cl&aacute;sica redacci&oacute;n Mis Vacaciones como primera tarea de curso; para muchos va a ser imposible completar una cuartilla por un solo lado.
    </p><p class="article-text">
        Oigo en mi m&oacute;vil un chorreo de notificaciones. Es el chat de padres de la clase de mi hija (esa bestia durmiente de la que nos hab&iacute;amos olvidado), que ha despertado de la siesta del est&iacute;o. En &eacute;l burbujeaba un febril debate a la fren&eacute;tica velocidad de 80 mensajes a la hora sobre c&oacute;mo ser&aacute; el inicio del curso. Ese grupo es un buen term&oacute;metro del nerviosismo ante lo que se avecina.
    </p><p class="article-text">
        Si ya lo hemos dado todo con respecto a las dudas y especulaciones de la vuelta el cole, o si no tenemos hijos, podemos dedicarnos placenteramente al otro tema, el de las predicciones. No es necesario un chat espec&iacute;fico ni pertenecer a un grupo concreto de poblaci&oacute;n. Es transversal y universal. Me he dado cuenta de que nadie quiere quedar como &ldquo;el que no lo vio venir&rdquo;, as&iacute; que los pitonisos dedican parte de su ingenio a plantear escenarios de todo tipo. Incluido aquel en el que cae un meteorito que destruye parte de la infraestructura de internet o ese otro en el que se agota el suministro de salmorejo en el supermercado. Me advierten de que hay que estar preparada para cualquier cosa y yo me siento como una cadete reci&eacute;n reclutada en el ej&eacute;rcito. Si alguien se atreviera a decir &ldquo;Yo creo que no vamos a ir a peor y el invierno va a ser relativamente normal&rdquo;, ese insensato deber&iacute;a prepararse para ser linchado; la normalidad es improbable y tiene pocos fans en este momento.
    </p><p class="article-text">
        Yo, para mi desgracia, soy de las que apuestan por el caballo perdedor. Con el viento en contra, la normalidad tiene un puntillo que mola. En mis &uacute;ltimos d&iacute;as en A Coru&ntilde;a, cuando mi veraneo ol&iacute;a ya a pescado del viernes, pasaron por all&iacute; unos amigos a visitarnos. Uno de ellos me dijo, asombrado: &ldquo;Vuestras vacaciones aqu&iacute; son como de vida normal&rdquo;. Inspir&eacute; y solt&eacute; el aire con satisfacci&oacute;n. Me agarr&eacute; los tirantes. Sonre&iacute; de lado. Efectivamente, es eso a lo que aspiraba al principio de verano y parece ser que lo he conseguido. Normalidad no en un sentido de fiesta del coronavirus sino ese tipo de normalidad en el que no haces ninguna de esas cosas que se supone que hay que hacer en las vacaciones para tacharlas de la lista de deseos.
    </p><p class="article-text">
        En verdad, lo m&aacute;s extraordinario de las vacaciones fue la propia visita de nuestros amigos. Siempre se necesita cierta confianza para acoger a alguien en casa. No s&eacute; si aquello del <em>couchsurfing,</em> con lo que hace a&ntilde;os rellenamos tantas p&aacute;ginas de reportajes veraniegos, se sigue realizando. Se trataba de recorrer el mundo pidiendo que te dejaran dormir gratis en sof&aacute;s de desconocidos. El lema de la web del mismo nombre es &ldquo;Al&oacute;jate con lugare&ntilde;os y conoce viajeros&rdquo;, algo que, de seguir existiendo, se hace impensable en el mundo del coronavirus. Cuando ahora le dejas el sof&aacute; a un amigo, adem&aacute;s de abrirle tu espacio de intimidad, pasa a formar parte de tu unidad de convivencia en t&eacute;rminos de control epidemiol&oacute;gico. Es casi como prestarle el cepillo de dientes.
    </p><p class="article-text">
        En alguna situaci&oacute;n desesperada me he visto a m&iacute; misma usando el cepillo de dientes de otra persona y, a pesar de lavarlo y sumergirlo en agua hirviendo, he considerado que era mejor no contarlo. No es una cuesti&oacute;n de g&eacute;rmenes sino de relato, eso est&aacute; claro. Lo mismo pasa con la visita de los amigos, el d&iacute;a en la piscina municipal o las ca&ntilde;as en el bar. Ya te puedes dar una ducha en gel hidroalcoh&oacute;lico que, si has hecho algo reprochable, has perdido la guerra moral contra los calvinistas de la higiene. Todav&iacute;a es un movimiento emergente pero la sociedad ya est&aacute; estratific&aacute;ndose en puros e impuros. A pesar de mi recientemente adquirido gusto por la normalidad, he aceptado que estoy condenada a los infiernos por haberme ido de vacaciones. Pido perd&oacute;n a la sociedad, juro que lo hice, sobre todo, para contarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/muere-verano_132_6188220.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Aug 2020 20:27:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Así muere un verano]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La puntualidad de un tren descabellado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/puntualidad-tren-descabellado_132_6183909.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b8c7a14a-34bd-432e-8948-1ac6062f75e9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La puntualidad de un tren descabellado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Absolutamente paralizado, con la maleta abierta sobre la cama, descuartizada con tus propias ropas, te asomas al abismo de lo que eres y ves una criatura agonizando, empalagosa y llorica: son tus vacaciones, que se mueren</p></div><p class="article-text">
        Empiezo a llegar tarde al tren desde el momento en el que saco el billete. Cuando piensas que no hay nada m&aacute;s angustioso e impredecible que comprar un viaje en la web de Renfe, te encuentras con algo peor: un contador en reverso cuyos segundos son engullidos por el vac&iacute;o al doble de la velocidad del tiempo habitual. &iquest;A qu&eacute; se debe esta peculiar anomal&iacute;a de las reglas universales? A que te vas. Se acab&oacute;. Adi&oacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tus vacaciones eran un lugar tranquilo y apacible donde no hab&iacute;a que madrugar ni ir corriendo a ning&uacute;n sitio, pero desde que has comprado un billete para volver a casa, ya no cabe en el d&iacute;a todo lo que te falta por hacer. No podr&aacute;s comprar regalos para nadie ni aprovisionarte de dulces locales y bebidas de la tierra, no te dar&aacute; tiempo a ducharte ni har&aacute;s la maleta con cabeza y tranquilidad, como hab&iacute;as pensado. Tan solo corres de un sitio a otro, atolondradamente, intentando hacer algo a derechas pero abandonando cualquier intento a la mitad.
    </p><p class="article-text">
        Es imposible concluir dignamente unas vacaciones. El &uacute;ltimo d&iacute;a te das cuenta de que no has hecho algo que considerabas important&iacute;simo, aquello que quiz&aacute;s era el motivo principal de este viaje, como arrojar una piedra al mar como acto simb&oacute;lico por todas esas cosas de las que te quieres desprender, como visitar a un amigo que vive en el lugar al que has viajado y al que hace a&ntilde;os que no ves, como la gran comida en un restaurante que dijiste que te ibas a pegar, como el lanzamiento en alta delta o como el chapuz&oacute;n en el agua helada. No s&eacute; qu&eacute; ser&aacute;, pero siempre hay algo: haced examen de conciencia en el &uacute;ltimo d&iacute;a y comprender&eacute;is que hab&eacute;is echado a perder vuestras vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        Te dices a ti mismo, a ti misma, que &ldquo;con esto del covid&rdquo; no era el momento adecuado pero sabes que es una excusa, porque en 2019 tampoco visitaste a tu t&iacute;o en la aldea, y en 2018 no desayunaste en tu caf&eacute; favorito, y en 2017 no abriste el libro que te hab&iacute;as llevado en la maleta. Deja ya de mentirte.
    </p><p class="article-text">
        Absolutamente paralizado, con la maleta abierta sobre la cama, descuartizada con tus propias ropas, te asomas al abismo de lo que eres y ves una criatura agonizando, empalagosa y llorica: son tus vacaciones, que se mueren. No hay doctor ni cura al que llamar. Como mucho podr&iacute;as hacer una foto y colgarla en Instagram. Ser&iacute;a pat&eacute;tico, pero todo el mundo lo hace.
    </p><p class="article-text">
        Me pasa que da igual con cu&aacute;nto tiempo de antelaci&oacute;n decida salir camino de la estaci&oacute;n: nunca es demasiado pronto. Soy un manojo de nervios en los que la ansiedad por llegar tarde se revuelve con la tristeza de la partida. De ah&iacute; se destila un brebaje intragable y maloliente que cuesta acercar a la cara y, a&uacute;n as&iacute;, me lo bebo hasta el fondo.
    </p><p class="article-text">
        Para volver a Madrid me levanto a las cinco y media de la ma&ntilde;ana. Diez minutos despu&eacute;s me he dado cuenta de que es demasiado tarde. Quiero echar el tiempo atr&aacute;s, lo deseo con mucha fuerza. El tren sale a las siete y cuarto: s&eacute; que no voy a llegar.
    </p><p class="article-text">
        Recojo, limpio, ordeno. Corro de un sitio para otro. Pido un taxi. Mi taxista es tan espabilado como los osos perezosos de la pel&iacute;cula <em>Zootr&oacute;polis</em>. Dice que se acaba de despertar y que necesita un caf&eacute;. Yo estoy tan nerviosa que necesito que me extraigan del cuerpo la cafe&iacute;na que llevo tomando en los diez &uacute;ltimos a&ntilde;os. Son las seis y media y tengo la seguridad de que no llegaremos a tiempo. Ensayo qu&eacute; voy a decir en la ventanilla de la estaci&oacute;n y me pregunto si me dar&aacute;n un billete para ma&ntilde;ana. Me visualizo desandando el camino para esperar un d&iacute;a entero, tumbada en la cama, mirando al techo, sin deshacer las maletas porque eso podr&iacute;a ocasionar que tambi&eacute;n lleg&aacute;ramos tarde al d&iacute;a siguiente. Ser&iacute;a como Wim Wenders en <em>Alicia en las ciudades, </em>coger&iacute;a un hotel caro en &Aacute;msterdam solo porque est&aacute; al lado del aeropuerto.
    </p><p class="article-text">
        En el trayecto, me doy cuenta de que me he dejado el cargador del m&oacute;vil. Es el segundo verano que me lo olvido. En el mismo sitio. Me doy un golpe en la frente y me digo que seguro que no es lo &uacute;nico, que me puedo haber olvidado una maleta, unas bragas sucias en el ba&ntilde;o, las gafas de sol graduadas, un bote de mermelada abierta, un brazo, la mascarilla. Me toco la cara, bueno, al menos llevo la mascarilla puesta.
    </p><p class="article-text">
        La estaci&oacute;n est&aacute; mucho m&aacute;s cerca de lo que hab&iacute;a calculado, pero llega un nuevo problema a la hora de pagar: el taxista no ha encendido su dat&aacute;fono y tarda una eternidad en conectarse. No llevo dinero efectivo, no puedo hacer otra cosa que esperar. Nunca llevo dinero en efectivo, soy un desastre. Pasan los minutos, detenidos delante de la estaci&oacute;n. Retenidos, m&aacute;s bien. Al fin se activa. Paso una tarjeta. No funciona el <em>contact less.</em> Gru&ntilde;o. Introduzco la tarjeta en la ranura. Marco el pin. Me equivoco con las prisas. Resoplo. Espero a marcarlo de nuevo. La tarjeta es rechazada por falta de saldo. Gru&ntilde;o otra vez. Por suerte tengo otra cuenta. Pasa lo mismo: no funciona el contacto pero tampoco el chip. Ahora s&iacute; que no hay soluci&oacute;n. El taxista me indica que vaya dentro de la estaci&oacute;n a sacar dinero, que &eacute;l me espera con mis maletas y con mi hija en el coche. Me parece una idea terrible y no solo porque me van a clavar una comisi&oacute;n indecente porque el cajero no es de mi banco. No miro el reloj porque no me da tiempo pero s&eacute; que vamos fatal, que no puedo perder el tiempo en ir y venir. Probamos otra vez con la segunda tarjeta y esta vez, &iexcl;milagro!, s&iacute; la lee, encajada fuerte en el aparato. Casi forz&aacute;ndola a que me saque del apuro, marcando un gol en el &uacute;ltimo segundo del partido. Pago. Nos vamos zumbando de all&iacute;. Corremos por la estaci&oacute;n arrastrando dos maletas e infinidad de bolsas de mano con lo que no cab&iacute;a en ellas, adem&aacute;s de la comida y las cosas que queremos tener cerca durante el viaje. &iquest;D&oacute;nde estaba el glamour de los viajes en tren?
    </p><p class="article-text">
        Sudando, sin aliento, demasiado cansada teniendo en cuenta que ni siquiera ha amanecido, mi hija me hace notar que faltan 25 minutos para que salga el tren y que este ni siquiera est&aacute; todav&iacute;a en el and&eacute;n. Me echo a llorar pero no s&eacute; si de alegr&iacute;a o de verg&uuml;enza. Son estos momentos en los que pienso que no estoy hecha para viajar.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro tren Avant cruza Galicia y yo sigo llorando intermitentemente pero debajo de la mascarilla y las gafas de sol. Atravesamos valles inundados de niebla. Hay un momento en el que por fin entiendo que no he perdido el tren y que estoy donde debo estar, ese ninguna parte entre origen y destino en el que no somos nadie, solo un n&uacute;mero de asiento.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de leer un rato e intentar dormir, sin &eacute;xito, propongo una partida al juego de cartas que nos ha acompa&ntilde;ado en muchas largas jornadas de playa. Al principio jugamos en voz muy baja y escondiendo las cartas porque nos da verg&uuml;enza que nos oigan. Es un juego en el que tienes que ir consiguiendo un cuerpo de &oacute;rganos sanos. Pero tus contrincantes pueden infectar tus &oacute;rganos con virus. Los virus que aparecen en las cartas son verdes y tienen unas protuberancias alrededor. S&iacute;, son iguales a ese en el que est&aacute;is pensando. Si te toca una carta de medicina del mismo color, te puede curar, aunque otros jugadores pueden reinfectarte. Si colocas dos cartas de medicina, consigues inmunidad. A pesar de lo que pudiera parecer, el juego es antiguo, no es que nadie se haya aprovechado de la situaci&oacute;n, pero mi hija mostr&oacute; un inter&eacute;s desmedido para que se lo comprara este verano y no par&oacute; de insistir hasta que ced&iacute;. Le vuelve loca. Cuando me infecta un &oacute;rgano, poniendo una de sus cartas malvadas sobre las m&iacute;as, me dice &ldquo;&iexcl;toma coronavirus!&rdquo;. Lo que hac&iacute;amos en privado alegremente, en el tren no se puede hacer, as&iacute; que le chisto para que baje la voz y no diga esas cosas en p&uacute;blico, pero le cuesta contenerse.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de perder tres partidas consecutivas me doy cuenta de que estamos ya a las afueras de Madrid. Mi hija, euf&oacute;rica, me pide una m&aacute;s. Le digo que no cabe y entonces duplica su alegr&iacute;a al darse cuenta de que hemos llegado a los pies de nuestra ciudad. Recogemos todo lo que hemos ido desplegando a nuestro alrededor, nos echamos otra vez gel en las manos y nos quedamos calladas, esperando, mir&aacute;ndonos a los ojos sin saber si sonre&iacute;mos o estamos serias. Esperando que el tren se detenga suavemente en Chamart&iacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/puntualidad-tren-descabellado_132_6183909.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 26 Aug 2020 20:27:49 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Verano 2020. Manual de uso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/verano-manual_132_6179752.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b35f701-54da-43a7-8b57-9d70f921635f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Verano 2020. Manual de uso"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Diez consejos a los que acudir  para obtener una resolución rápida y eficaz de los problemas que podrían surgirle durante la manipulación del verano de 2020</p></div><p class="article-text">
        <strong>1)</strong> Si dispone de tiempo libre, aprenda a hacer cosas en casa. En este mismo libro encontrar&aacute; c&oacute;mo fabricar gel hidroalcoh&oacute;lico paso a paso. A diferencia de otros manuales, no recomendamos el uso de orujo blanco como sustituto del alcohol en caso de desabastecimiento.
    </p><p class="article-text">
        <strong>2)</strong> Si le cuesta respirar con la mascarilla, se le empa&ntilde;an las gafas o detecta sudoraci&oacute;n excesiva, deje de quejarse como si fuera la &uacute;nica persona en el mundo que la lleva. Millones de personas est&aacute;n en su misma situaci&oacute;n y h&aacute;gase a la idea de que esto va para largo. Cont&eacute;ntese pensando que en el invierno le servir&aacute; para abrigarse la cara a falta de bufanda.
    </p><p class="article-text">
        <strong>3)</strong> Si disfruta de una tumbona en la que relajarse, un balc&oacute;n con vistas o unas horas de viaje, mot&iacute;vese para el invierno con las lecturas adecuadas. Aqu&iacute; le recomendamos algunas: el imprescindible manual de referencia <em>Zombi. Gu&iacute;a de supervivencia,</em> de Max Brooks, o la desoladora novela postapocal&iacute;ptica de Cormac McCarthy <em>La carretera. </em>Ambas son opciones reconfortantes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>4)</strong> Si ha sido usted afectado por un ERTE, un despido o una bajada del volumen de su negocio y no ha podido permitirse un viaje de vacaciones este a&ntilde;o por motivos econ&oacute;micos, no diga a sus amistades que ha sido por miedo a contagiarse. H&aacute;gase un favor a usted mismo y a los dem&aacute;s y no contribuya al p&aacute;nico general.
    </p><p class="article-text">
        <strong>5)</strong> Si es usted de los que se manchan las comisuras de los labios al comer, lleve servilletas de casa cuando vaya a tomar algo a una terraza. Las autoridades sanitarias no han advertido de ello y se cierne un silencio informativo sobre el tema, pero de todas las restricciones sanitarias, la ausencia de servilletas en los bares es quiz&aacute; una de las m&aacute;s flagelantes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>6)</strong> Si le gusta dar el codo como m&eacute;todo alternativo al saludo tradicional, preg&uacute;ntese si la otra persona se siente rid&iacute;cula al hacerlo. O, mejor a&uacute;n, preg&uacute;nteselo directamente a ella y as&iacute; evitar&aacute; que sus amistades se cambien de acera o hagan como que no le han visto la pr&oacute;xima vez que los encuentre.
    </p><p class="article-text">
        <strong>7)</strong> Si cree usted que llevar cubierta una parte de la cara con mascarilla le concede el don de la invisibilidad, est&aacute; usted muy equivocado: deje de mirar fijamente a los ojos a los extra&ntilde;os. C&oacute;mprese unos prism&aacute;ticos y esp&iacute;e a sus vecinos desde el otro lado del visillo, como se ha hecho toda la vida.
    </p><p class="article-text">
        <strong>8)</strong> Si ante la escucha de una canci&oacute;n estupenda siente usted un impulso irrefrenable de echarse a bailar, no lo haga. Esta incidencia se soluciona pidiendo a su acompa&ntilde;ante que le ate los pies a la silla, presionando fuertemente las manos contra las orejas (cuidado con crear una sensaci&oacute;n de vac&iacute;o) o intentando sacar una ra&iacute;z cuadrada en una servilleta (ojo, es probable que no haya, mire el punto n&uacute;mero 5 de este manual). Bailar en p&uacute;blico es un posible acto de transmisi&oacute;n de coronavirus. Si ninguna de estas soluciones resuelve su conflicto, c&aacute;sese en la Comunidad Valenciana y pida al DJ que pinche esa arrebatadora canci&oacute;n en el baile de los novios, &uacute;nico momento en el que est&aacute; permitido.
    </p><p class="article-text">
        <strong>9)</strong> Si es usted poeta y le gusta hacer lecturas en p&uacute;blico pero no ha conseguido nunca reunir m&aacute;s de 10 aficionados a sus versos, plant&eacute;ese la opci&oacute;n de hacer un recital en un local para 20 personas con el aforo limitado al 50% y obtendr&aacute; un &eacute;xito sin precedentes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>10)</strong> Si tiene usted m&aacute;s de diez amigos, empiece a perderlos: son demasiados. Considere la opci&oacute;n de convertirse en una persona solitaria y melanc&oacute;lica (adem&aacute;s, ser&iacute;a recomendable pero no obligatorio vestir de negro y escuchar m&uacute;sica triste). Al coronavirus le gusta el jolgorio, el festivaleo, las multitudes y la exaltaci&oacute;n de la amistad por medio de abrazos y besos. Las personas siniestras son pr&aacute;cticamente inmunes pero sufren mucho por motivos bien diferentes. Adem&aacute;s, pasan mucho calor en verano debido al color de su ropa. Obre en consecuencia.
    </p><p class="article-text">
        Visite esta p&aacute;gina web para pr&oacute;ximas actualizaciones de nuestros manuales de uso durante la pandemia: <em>Amor viral, Sobrepeso en el confinamiento de 2021, Instrucciones avanzadas para comportarse en una comida con miembros de varias unidades familiares </em>y <em>Secretos del </em>c<em>ambio de neum&aacute;ticos en el coche durante el coronavirus.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/verano-manual_132_6179752.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Aug 2020 20:37:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Verano 2020. Manual de uso]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquí no hay postales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/no-hay-postales_132_6177450.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d1f641da-5896-40b3-a938-2ee1ff8c363d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aquí no hay postales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay un momento en el que termina la fantasía de las vacaciones, que es cuando memorizas la hora a la que sale tu vuelo, tu tren o tu autobús. También vale para cuando decides la hora en la que vas a emprender viaje en coche.</p></div><p class="article-text">
        Las vacaciones pueden tener una parte de usurpaci&oacute;n, admit&aacute;moslo. Ensayamos durante un tiempo c&oacute;mo ser&iacute;a ser otro, o c&oacute;mo ser&iacute;amos nosotros mismos si pudi&eacute;ramos alterar algunos de nuestros condicionantes. Aparentamos que, en realidad, todo el a&ntilde;o somos tambi&eacute;n ese tipo desenvuelto que come y cena fuera de casa, que encarga paellas y ordena percebes. Nos camuflamos entre la multitud, escondiendo la c&aacute;mara de fotos y cerrando Google Maps, y actuamos como suponemos que act&uacute;an los locales, nos desentendemos de curiosear a un lado y a otro y nos concentramos en mirar solo de frente, como si hubi&eacute;ramos pasado mil veces por ese sitio de camino a otro. De repente, por una bocacalle, asoma un pedazo de iglesia rom&aacute;nica y se nos van los ojos, pero nos obligamos a no mirarla, o si acaso a hacerlo con desd&eacute;n, porque hoy queremos ser de <em>aqu&iacute;</em>, pretendemos que somos de <em>aqu&iacute;</em>, somos de <em>aqu&iacute;</em>.
    </p><p class="article-text">
        Ponemos a prueba nuestro yo, con su esencia y sus relaciones, trabajosamente moldeado (o vapuleado, todo depende del privilegio, del barrio y de la resistencia), y nos interrogamos seriamente: &iquest;ser&iacute;amos felices <em>aqu&iacute;?</em> He constatado que la respuesta depende de si la pregunta se hace al principio de las vacaciones o ya tirando hacia el final. Del podr&iacute;a ser, c&oacute;mo no, claro que s&iacute;, vamos dici&eacute;ndonos, cuando se aproxima el regreso, que en realidad pertenecemos a otro sitio, que <em>all&iacute;</em> no se est&aacute; tan mal, que los inviernos <em>aqu&iacute;</em> son un tost&oacute;n, que nadie quiere estar toda la vida de vacaciones. Es decir, nos mentimos siempre.
    </p><p class="article-text">
        Me gustan mucho las casas museo. Son un terreno a medio camino entre la realidad y la ficci&oacute;n muy parecido al de las vacaciones. En A Coru&ntilde;a hay varias. Hace poco he ido a visitar la casa en la que vivi&oacute; Pablo Picasso durante cuatro a&ntilde;os cuando era ni&ntilde;o. Nunca deja de sorprenderme que periodos que aparentan ser tan insignificantes den para sacar un piso del mercado, extraerlo, digamos, de su contexto, y colocarlo en un momento de tiempo pasado, preserv&aacute;ndolo del avance del progreso, de la civilizaci&oacute;n, de la vida en general. Me gustar&iacute;a una casa museo donde pudiera ver las cosas tal y como las dej&oacute;, en el &uacute;ltimo d&iacute;a de vida, la persona relevante que vivi&oacute; all&iacute;. Vendr&iacute;a una comisi&oacute;n de preservadores, rociar&iacute;a con spray goma laca y comenzar&iacute;an a cobrar entrada desde el d&iacute;a siguiente a la muerte. Una magdalena a medio morder, abandonada sobre una mesa, se ir&iacute;a poniendo verde, luego azul, y los visitantes sentir&iacute;an que el tiempo no est&aacute; del todo detenido, que es un t&oacute;pico que utilizan los gu&iacute;as de las casas museo.
    </p><p class="article-text">
        La de los padres de Picasso, en concreto, es una casa donde apenas hay nada que les perteneciera. Si acaso una banqueta donde los modelos se apoyaban. Picasso ten&iacute;a nueve a&ntilde;os cuando se traslad&oacute; de M&aacute;laga a Galicia y el pintor profesional era su padre, que hac&iacute;a cuadros de palomas y daba clases de Bellas Artes. Hay un cuarto con maletas falsas, unas camas falsas, unas mu&ntilde;ecas falsas, unos tubos de pintura falsos. No son originales, ni tan siquiera, las obras expuestas, todas copias salvo una. &ldquo;No pueden hacer fotos a los cuadros&rdquo;, nos advierte la gu&iacute;a, &ldquo;porque las copias tambi&eacute;n tienen derechos de autor de la propia copia&rdquo;. Las otras cuatro personas con las que hago la visita asienten y obedecen, aunque se les nota en la cara que no entienden el asunto.
    </p><p class="article-text">
        Transitar una casa museo es ser otro durante un rato, requiere un ejercicio de imaginaci&oacute;n. Como las vacaciones. Los museos se leen en tercera persona, pero las casas no, las casas van en primera. Dices: yo soy el ni&ntilde;o Picasso y aqu&iacute; pintaba mis primeros cuadros, aqu&iacute; dorm&iacute;a mi hermana, aqu&iacute; estaba la cocina a la que iba a por magdalenas.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; lo que me gusta es buscar el ni&ntilde;o Picasso, o quien sea que se est&eacute; invocando all&iacute;, en objetos, por llamarlos de alguna manera, m&aacute;s dif&iacute;ciles de museizar. Como el eco preciso que hacen las pisadas en el portal, el tacto del pasamanos de la escalera, los gestos que obligatoriamente hace cualquier cuerpo humano de nueve a&ntilde;os para llegar desde la calle hasta donde dice la gu&iacute;a que era su habitaci&oacute;n, la altura a la que le quedar&iacute;a el interruptor de la luz, el volumen al que habr&iacute;a que gritar desde la cocina para que te escucharan en el sal&oacute;n. No es gran cosa todo esto, pero es mi aportaci&oacute;n contra el suvenir, contra el cenicero de recuerdo, contra el im&aacute;n de la nevera y la camiseta que dice que estuve en tal sitio y le traje una camiseta a mi amigo.
    </p><p class="article-text">
        Lo de las postales, en cambio, es otra cosa. Ah&iacute; no me posiciono en contra porque ya nadie compra ni env&iacute;a postales. A veces son hasta dif&iacute;ciles de encontrar. Me gustan las m&aacute;s horteras, las m&aacute;s rid&iacute;culas, las m&aacute;s t&oacute;picas. Yo no las mando, pero insto a mi hija a que lo haga. Ya solo env&iacute;an postales los ni&ntilde;os. Todas las postales que env&iacute;an los ni&ntilde;os y las ni&ntilde;as dicen exactamente lo mismo: hola, como est&aacute;s, yo estoy bien, espero que lo est&eacute;s pasando bien, yo muy bien, adi&oacute;s. Ah&iacute; est&aacute; toda la vida. Si es que no hace falta m&aacute;s. Lo de los ni&ntilde;os con las postales no es espont&aacute;neo, claro. Es una m&aacute;s de las miles de manipulaciones que hacemos los padres con el objetivo de preservar nuestra propia infancia a trav&eacute;s de la de ellos. No entienden por qu&eacute; tienen que mandar una postal, que probablemente va a llegar cuando ellos ya est&eacute;n de vuelta, cuando pueden hacer lo mismo con el m&oacute;vil. Y ah&iacute; est&aacute; el padre o la madre, delante del expositor del quiosco, poni&eacute;ndole la monedita de euro en la mano y empujando al ni&ntilde;o por la espalda, que s&iacute;, que le va a hacer ilusi&oacute;n a tu amiga, dale, dale. Nos hacen caso porque luego pueden quedarse con las vueltas.
    </p><p class="article-text">
        Lo de echar la postal al buz&oacute;n de correos hay que hacerlo con disimulo, porque recordemos que est&aacute;bamos disimulando, que hoy somos de <em>aqu&iacute;</em> y estamos valorando serlo para siempre. Pero, en cambio, esa tonter&iacute;a s&iacute; le hace ilusi&oacute;n a los ni&ntilde;os y montan tremenda algarab&iacute;a delante del cacharro amarillo que se te cae la coartada en un segundo. Qu&eacute; extravagante, el buz&oacute;n de correos. De repente cobra sentido la cosa esa con la que te tropiezas, ese estorbo en esa esquina. Antes de levantar la tapita y soltar el cartoncito hay que despedirse de la postal, darle besos, manosearla, decirle al papel que viaje r&aacute;pido, que no se pierda por el camino, desear fuerte que los carteros entiendan la letra. Cae la postal al saco interior y caigo en ese instante en que ojal&aacute; no tengamos coronavirus porque la carta va cargada de got&iacute;culas de todo tipo.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que se acaben las vacaciones llega el presentimiento de que se est&aacute;n acabando. En esta ciudad empieza a refrescar, en casa no se est&aacute; tan mal, extra&ntilde;o mi cama, son el tipo de mentiras que nos vamos contando para irnos metiendo en la cuarentena emocional necesaria para readaptarse a la vida com&uacute;n y cotidiana del resto del a&ntilde;o, la vida que hay entre vacaciones, lo que queda por delante, un periodo de tiempo al que no hemos querido ni ponerle nombre.
    </p><p class="article-text">
        Hay un momento en el que termina la fantas&iacute;a, que es cuando memorizas la hora a la que sale tu vuelo, tu tren o tu autob&uacute;s. Tambi&eacute;n vale para cuando decides la hora en la que vas a emprender viaje en coche. A partir de ese momento, has empezado a irte. No habr&aacute; m&aacute;s simulacros. Se cierran todas las puertas y, por delante, tan solo queda un pasillo que hay que recorrer.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/no-hay-postales_132_6177450.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Aug 2020 21:00:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aquí no hay postales]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Carreteras secundarias de la memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/carreteras-secundarias-memoria_132_6171343.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdbcd349-0aca-497e-b582-7b548af15c07_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Carreteras secundarias de la memoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es desesperante recibir memorias borrosas tanto de los que sufrieron por perder la guerra como los que se aprovecharon de haberla ganado</p></div><p class="article-text">
        Hab&iacute;amos tomado por error la carretera que pasa por delante del Pazo de Meir&aacute;s. A mi primo no le gusta conducir con GPS, as&iacute; que se gu&iacute;a por su intuici&oacute;n, los puntos cardinales y sus recuerdos. Al final llega a los sitios, porque en Galicia todas las carreteras llevan a todas partes, con mayor o menor rodeo, con m&aacute;s o menos barro. El desv&iacute;o sirvi&oacute; para que la conversaci&oacute;n tambi&eacute;n se apartara del camino, y surgiera un desv&iacute;o en nuestras palabras, que nos llev&oacute; a un lugar que no esperaba descubrir.
    </p><p class="article-text">
        De camino a Sada, aparecen tras una curva las piedras grandes y oscuras del muro que protege el pazo que mand&oacute; construir la gran escritora decimon&oacute;nica Emilia Pardo Baz&aacute;n. Rodeada de sus miles de libros, escrib&iacute;a desde lo alto de la Torre de la Quimera. Cuando necesitaba aire fresco y una mirada hacia el horizonte, se asomaba al precioso balc&oacute;n de doble arco que llamaba De las Musas, suspendido sobre la fachada lisa de la m&aacute;s alta de las tres torres almenadas, y lo que fuera que encontrara all&iacute; le hac&iacute;a retornar al papel. No se puede ser m&aacute;s rom&aacute;ntica.
    </p><p class="article-text">
        Dice mi primo: &ldquo;tu t&iacute;o &mdash;que es tambi&eacute;n el suyo&mdash; pas&oacute; su convalecencia en el pazo, &iquest;no lo sab&iacute;as?&rdquo;. Mi t&iacute;o tuvo de ni&ntilde;o una enfermedad que casi lo mata y que le dej&oacute; muy peque&ntilde;o y muy delgado. Un hombre fr&aacute;gil pero risue&ntilde;o. No, no lo sab&iacute;a. Y no me cab&iacute;a en la cabeza c&oacute;mo eso era posible. Tir&eacute; del hilo.
    </p><p class="article-text">
        La carretera que rodea el pazo tiene buen firme a pesar de los a&ntilde;os. Adem&aacute;s de la piedra de su contorno, la mansi&oacute;n est&aacute; protegida por grandes &aacute;rboles frondosos. A veces est&aacute;s junto a ella, pero no la ves. Como es sabido, las autoridades franquistas locales forzaron a los coru&ntilde;eses a pagar lo que llamaron &ldquo;suscripci&oacute;n popular&rdquo; para comprar la finca a las herederas de la Pardo Baz&aacute;n y regalarla a Franco, antes incluso de que acabara la guerra. Una Junta creada para organizar la adquisici&oacute;n mand&oacute; que cada concello organizara batidas puerta a puerta a cada vecino de cada aldea para pedirles, habr&iacute;a que ver en qu&eacute; t&eacute;rminos, una donaci&oacute;n. A los funcionarios se la quitaron de la paga y los ayuntamientos tuvieron que transferir obligatoriamente un porcentaje de su contribuci&oacute;n a la Diputaci&oacute;n. El motor de la recaudaci&oacute;n fue el miedo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y esta carretera la hizo tu abuelo&rdquo;, que es tambi&eacute;n el suyo, dijo mi primo levantando una mano del volante y se&ntilde;alando el asfalto que nos llevaba hacia la puerta principal del pazo. Cuando se reunieron los dineros necesarios, cuya cantidad exacta a&uacute;n hoy se desconoce, aunque podr&iacute;an haber sido 1,2 millones de pesetas, adem&aacute;s de comprar el pazo se expropiaron tierras circundantes y se crearon carreteras como las que est&aacute;bamos recorriendo mi primo y yo, sentados en los asientos delanteros de su coche, con nuestras mascarillas puestas, ahog&aacute;ndonos por la humedad, un poco perdidos pero no desorientados. Nuestro abuelo era el jefe de los peones que constru&iacute;an carreteras y abr&iacute;an caminos en la Deputaci&oacute;n da Coru&ntilde;a durante el franquismo. &ldquo;&iquest;Pero el abuelo no era franquista, no?&rdquo;. &ldquo;&iquest;Tu abuelo?&rdquo;, mi primo me contest&oacute; con una sonora carcajada.
    </p><p class="article-text">
        Publicaba hace poco la Asociaci&oacute;n para la Recuperaci&oacute;n de la Memoria Hist&oacute;rica un tuit que me gust&oacute; mucho. Suger&iacute;a a los j&oacute;venes que van a pasar las vacaciones a sus pueblos, donde puede que vivan sus abuelos, sus t&iacute;os o, en cualquier caso, personas mayores, que hicieran algo revolucionario: preguntarles. Ellos y ellas conservan piezas de un puzle que explica c&oacute;mo hemos llegado hasta aqu&iacute; y por qu&eacute; pol&iacute;ticamente somos como somos. Son memorias que se diluyen sin ser recogidas, en peligro de extinguirse para siempre.
    </p><p class="article-text">
        El tono de mi primo me dio a entender que, una vez m&aacute;s, me hab&iacute;a comido una bola. La memoria tiene un enemigo, que es el tiempo, y un archienemigo, que es el miedo. El tiempo lleva al olvido y el miedo, al silencio. Depende de qui&eacute;n, el silencio se rellena con tergiversaci&oacute;n. Mis padres no me contaron ni una sola historia bien contada. Mi padre me dijo que a su padre lo hab&iacute;an matado en la guerra por equivocaci&oacute;n, que solo era un camarero que trabajaba en un bar en el que se reun&iacute;an republicanos. Esto no fue as&iacute;. Mi madre me cont&oacute; que mi abuelo trabajaba para la Diputaci&oacute;n pero que se callaba lo que realmente pensaba. Cuando le cont&eacute; a mi primo la versi&oacute;n que me hab&iacute;a llegado, volvi&oacute; a re&iacute;rse: &ldquo;&iquest;T&uacute; crees que alguien puede conseguir una posici&oacute;n como la que ten&iacute;a el abuelo y una casa como la que le dieron sin ser facha?&rdquo;. Dej&aacute;bamos las Torres de Meir&aacute;s a nuestras espaldas y prosegu&iacute;amos por la carretera de mi abuelo, llena de curvas, recodos y cambios de rasante.
    </p><p class="article-text">
        Los Franco convirtieron r&aacute;pidamente el pazo de Meir&aacute;s en su chal&eacute; de vacaciones. Lo llenaron de ominosos trofeos de caza, retratos del dictador y, con la vulgaridad habitual, hicieron colocar su escudo familiar junto al de los Pardo Baz&aacute;n. Tambi&eacute;n lo utilizaban como almac&eacute;n blindado para sus incautaciones art&iacute;sticas. Si ve&iacute;an algo que les gustaba, mandaban que lo llevaran all&iacute; en un expolio sin l&iacute;mites ante el que hoy a&uacute;n no se ha hecho justicia. Era notorio cuando se trasladaban all&iacute;, pues las inmediaciones se engalanaban, se proteg&iacute;an los accesos y se cerraban playas para que el dictador y su familia se ba&ntilde;aran a sus anchas. Mi abuelo mandaba a sus hombres a delimitar hasta d&oacute;nde pod&iacute;a uno acercarse, arreglar la carretera, los muros y, muy probablemente, tambi&eacute;n el interior. Presuntamente.
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; atardeciendo y nos dirigimos hacia Sada, cuyo alcalde, Benito Portela, calific&oacute; de &ldquo;d&iacute;a hist&oacute;rico&rdquo; el 30 de enero de este a&ntilde;o, cuando comenz&oacute; la audiencia previa del juicio para determinar la propiedad del pazo. El 9 de julio qued&oacute; visto para sentencia y antes de que acabe el verano deber&iacute;amos saber si los herederos del dictador retendr&aacute;n la propiedad o se reconoce que se compr&oacute; mediante coacciones y se don&oacute; al Jefe del Estado, no a un hombre en particular. Durante el juicio fue importante, para la Abogac&iacute;a del Estado, demostrar qui&eacute;nes cuidaban, reparaban, limpiaban y vigilaban la casa. Si mi abuelo no llevara muerto tantos a&ntilde;os como yo viva, habr&iacute;a sido un testigo fabuloso.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Y c&oacute;mo es que nuestro t&iacute;o pas&oacute; dentro del pazo su enfermedad?&rdquo;, le pregunt&eacute;, temi&eacute;ndome una respuesta que no me iba a gustar. &ldquo;Hombre, pues porque all&iacute; dentro le cuidaban bien, las monjas o lo que fueran. Siendo muy amigo tu abuelo del presidente de la Diputaci&oacute;n, que despu&eacute;s fuera alcalde de Coru&ntilde;a, pues c&oacute;mo no le iban a cuidar al hijo&rdquo;, me contest&oacute;, empujando una pesada losa que hasta ahora tapaba memorias de la verg&uuml;enza. &ldquo;Esto &mdash;dijo, se&ntilde;alando al pazo que quedaba ya un kil&oacute;metro por detr&aacute;s&mdash; le dio mucho trabajo a tu abuelo, &iquest;no sabes?&rdquo;. Cuando uno da, algo recibe, eso est&aacute; claro.
    </p><p class="article-text">
        Es desesperante recibir memorias borrosas tanto de los que sufrieron por perder la guerra como de los que se aprovecharon de haberla ganado. Espa&ntilde;a es esto. <em>&Eacute;che o que hai.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/carreteras-secundarias-memoria_132_6171343.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Aug 2020 20:35:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Carreteras secundarias de la memoria]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Este año hay amor o qué]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ano-hay-amor_132_6168798.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c4851caa-7d8e-481c-8615-a7f0070817b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Este año hay amor o qué"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tampoco es un problema aprender a estar feliz estando sola, aunque 2020 nos haya obligado a esto por las malas</p></div><p class="article-text">
        Todos los veranos se enamora de alguien. El otro d&iacute;a hablamos por WhatsApp y le pregunt&eacute; si este tambi&eacute;n. &ldquo;Este &mdash;me dijo&mdash; no sucede&rdquo;. Claro, no es que ella se lo proponga, o lo busque, es que la cosa le sobreviene como un infarto. En el verano de 2016, de visita en el pueblo de sus abuelos, despu&eacute;s de cruzarse en varios paseos con otra chica que tambi&eacute;n hac&iacute;a caminatas solitarias, acab&oacute; por pararla y preguntarle si quer&iacute;a tomar un helado. La chica dijo que s&iacute; y despu&eacute;s de lamer el helado siguieron con todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Espero que no le importe que cuente esto, en cualquier caso no voy a revelar su nombre, pero a mi amiga no le duran los ligues m&aacute;s all&aacute; del 15 de septiembre. Pierde la ilusi&oacute;n, no sabe continuar, todo lo que le alegra de la otra persona, le parece triste en el oto&ntilde;o de su romance. En el verano de 2019, comparti&oacute; el &uacute;ltimo trozo de tiramis&uacute; que les quedaba en una cafeter&iacute;a con un dandy brit&aacute;nico que hab&iacute;a dejado un libro de Oscar Wilde con ilustraciones de Aubrey Beardsley junto a su taza de caf&eacute;. Esa misma tarde, caminaron juntos hasta la playa y se arrimaron mucho el uno al otro para observar con detalle cada dibujo de Beardsley, bes&aacute;ndose a los pies de la falda con plumas de pavo real que vest&iacute;a Salom&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Su amor del a&ntilde;o pasado la invit&oacute; a reencontrarse en Londres para ver all&iacute; la exposici&oacute;n que la Tate est&aacute; dedicando a este artista decadente. Ella estuvo a punto de decir que s&iacute;, pero la idea de quedarse dos semanas en cuarentena la desanim&oacute;. Se dijo a s&iacute; misma que era mejor no revivir historias del pasado.
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a me escrib&iacute;a desde el pueblo de sus abuelos. Desde que se declar&oacute; la pandemia no hab&iacute;an tenido ning&uacute;n caso de contagio en &eacute;l, ni en la residencia de mayores ni entre los 50 habitantes regulares. Con las vacaciones, la poblaci&oacute;n se ha multiplicado por tres y ya se ha detectado un positivo. El pueblo tiene un club social, cuya terraza est&aacute; cada d&iacute;a abarrotada. Pandillas juveniles se reencuentran, como en todas las vacaciones, vagan en manada por las inmediaciones y, cuando empieza a oscurecer, hacen botell&oacute;n en el parque hasta las tantas. Al llegar al pueblo, me explica en unos audios, los veraneantes ten&iacute;an la sensaci&oacute;n de que se encontraban en una zona segura, libre de virus, donde pod&iacute;an relajarse. Y as&iacute; lo hac&iacute;an. Este agosto el pueblo est&aacute; m&aacute;s lleno que nunca y las mascarillas las llevan en la papada, los que las llevan, porque los que salen a pasear por la carretera ni se las ponen. Toda esta informaci&oacute;n me resultaba interesante pero lo verdaderamente importante era lo otro: si este a&ntilde;o hay amor o no hay amor. No hac&iacute;a falta irse a Londres, le dije, podr&iacute;a volver a suceder en el pueblo. Ah&iacute; es cuando me contest&oacute; &ldquo;No sucede&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Todas las recomendaciones de la OMS y del Ministerio de Sanidad van en contra de su concepci&oacute;n del amor. La micropoetisa Ajo escribi&oacute; durante el confinamiento este verso: &ldquo;Dijiste <em>te amo</em> y el desamor fue ciencia&rdquo;. A mi amiga le aburre la idea de no rozar con los dedos la mano de la otra persona, no beber de la botella del otro, del plato del otro, de la boca del otro. Ha dicho que se retira del amor hasta que llegue la vacuna.
    </p><p class="article-text">
        Por mi parte, he querido darle argumentos para evitar que se meta a monja tan joven. Le he dicho que las mascarillas son como los antifaces: un juguete de misterio y seducci&oacute;n. Que la distancia impuesta crea tensi&oacute;n sexual. Que se me ocurren unas cuantas perversiones basadas precisamente en el no tocar que podr&iacute;an hacer tambalear sus prejuicios. Si te gustara el BDSM, le dije, encontrar&iacute;as grandes aliados en la distancia social. Me contest&oacute; que se lo pensar&iacute;a pero que no surge la chispa con nadie y que lo de hacer <em>match</em> en Tinder en el pueblo estaba muy complicado, a pesar del espectacular incremento de veraneantes.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, tampoco es un problema aprender a estar feliz estando sola, aunque 2020 nos haya obligado a esto por las malas. Los grupos disminuyen su tama&ntilde;o y los amigos se van perdiendo, alejando, como quien deshoja una alcachofa. Al final queda el coraz&oacute;n solo, desnudo, suave, tierno. Un tesoro escondido debajo de tanta capa in&uacute;til. No son palabras m&iacute;as sino de mi amiga, que me ha acabado contagiando su pesimismo. Me pregunta si ir&eacute; a visitarla a su pueblo cuando acabe mis vacaciones en Galicia y le digo que mejor que no.
    </p><p class="article-text">
        Antes de escribir este art&iacute;culo le he mandado unos <em>wasaps</em>. Lo hice de noche y despu&eacute;s de unas copas de albari&ntilde;o. No son condiciones para decir nada pero cuando me he despertado por la ma&ntilde;ana ella ya los hab&iacute;a le&iacute;do y ya era demasiado tarde para borrarlos. Le pregunt&eacute; si hab&iacute;a pensado alguna vez en c&oacute;mo son los &uacute;ltimos mensajes que mandan las personas que saben que van a morir. Si ha imaginado cu&aacute;nto amor descarnado e indefenso rezuman. Yo lo he hecho muchas veces. No s&eacute; si se usan palabras totalmente sinceras o si el sentimiento se exacerba, al menos un poco; a fin de cuentas, es tu muerte y dices en ella lo que quieres. En cualquier caso, son mensajes incontestables. Le dije, con el <em>pitch</em> dram&aacute;tico un poco subidito, que el verano de 2020 no era un verano para andarse con tonter&iacute;as, que deb&iacute;amos amarnos, querernos, desearnos y cuidarnos como si fuera el &uacute;ltimo, porque quiz&aacute; lo fuera. No le estaba animando a que rompiera las barreras de seguridad e higiene pero s&iacute; a escribir cartas intensas, mensajes lascivos, fantas&iacute;as tras la m&aacute;scara, preguntas indiscretas a dos metros de distancia y su propio cono de helado.
    </p><p class="article-text">
        No me ha contestado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ano-hay-amor_132_6168798.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Aug 2020 21:26:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Este año hay amor o qué]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nunca iré a rehab, no, no, no]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ire-rehab-no-no-no_132_6162688.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1a51b155-1ca3-42b3-a4b0-12b965e20748_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nunca iré a rehab, no, no, no"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En mis conversaciones de reencuentros veraniegos, noto mucho que la gente se queja, además de los achaques habituales, de consumo excesivo de noticias durante el confinamiento</p></div><p class="article-text">
        Todos mis amigos juran que, a partir del d&iacute;a que empiezan sus vacaciones, no van a encender el ordenador, ni abrir Twitter, ni consultar un peri&oacute;dico. (No se dan cuenta de que se lo est&aacute;n diciendo a alguien que escribe en uno de ellos una serie de art&iacute;culos durante el verano). Anuncian, como si fuera una heroicidad, que solo van a publicar fotos en Instagram de lo que van a comer, lo que van a beber y las playas en las que se van a tirar. Quiz&aacute;s, tambi&eacute;n, del libro que van a leer. Porque van a leer, leer de verdad, dicen, leer lo que les d&eacute; la gana, aseguran. Las vacaciones son un descanso de los dem&aacute;s y un <em>spa</em> para el ego.
    </p><p class="article-text">
        Me duele este desprecio tan de exfumador o expolitoxic&oacute;mano ante los vicios informativos. Una vez yo intent&eacute; un verano tipo The Priory (la cl&iacute;nica de rehabilitaci&oacute;n favorita del rock'n'roll brit&aacute;nico) y me perd&iacute; tantas cosas que todav&iacute;a descubro que hay personalidades que murieron ese verano y que yo cre&iacute;a vivas. En conclusi&oacute;n, no hace falta cortar amarras, pero se pude bajar la dosis.
    </p><p class="article-text">
        En mis conversaciones de reencuentros veraniegos, noto mucho que la gente se queja, adem&aacute;s de los achaques habituales, de consumo excesivo de noticias durante el confinamiento. Que es mala para la salud mental y que los medios se han pasado de la raya. (&iexcl;Oigan! &iexcl;Aqu&iacute; una periodista! &iexcl;Hola!). &ldquo;Yo es que ya no leo los peri&oacute;dicos&rdquo;, me han llegado a decir. O, el comentario que m&aacute;s miedo me da: &ldquo;Si hay algo verdaderamente importante, ya acabar&aacute; por llegarme&rdquo;. Se me pone la piel de gallina al pensar en qu&eacute; tipo de embarcaci&oacute;n y con qu&eacute; sistema de flotaci&oacute;n arribar&aacute; a puerto esa nave.
    </p><p class="article-text">
        Me tomo un helado mirando a la marina. Me dejan un peri&oacute;dico de uso colectivo, los cuales han vuelto en muchos sitios con la advertencia del uso de gel hidroalcoh&oacute;lico antes de tocar el papel. El estado del peri&oacute;dico depende mucho del tipo de gel que tengan all&iacute;. Puede ser que est&eacute; totalmente salpicado, debido a esos limpiadores que parecen agua te&ntilde;ida de azul, o que las esquinas resulten un poco pringosas, por culpa de esos otros geles mantecosos que no se absorben hasta despu&eacute;s de cinco minutos de untarlo por manos, brazos y hasta la culera del pantal&oacute;n, si no queda m&aacute;s remedio.
    </p><p class="article-text">
        Y luego est&aacute; la tele de verano, &iquest;c&oacute;mo resistirse a ella? La enciendo y en La 2 est&aacute;n poniendo <em>Curro Jim&eacute;nez,</em> el bandolero de mi infancia. Hay quien no concibe una siesta de finales de verano si no viene acompa&ntilde;ada de un pelot&oacute;n de ciclistas subiendo y bajando monta&ntilde;as. El Intermedio es de reposici&oacute;n pero te lo tragas igual porque, al igual que sus realizadores, te has dado cuenta de que las cosas cambian menos de un mes para otro, incluso de un a&ntilde;o para otro, de lo que cambian de un d&iacute;a para otro. Este es un fen&oacute;meno digno de verse.
    </p><p class="article-text">
        En verano, mi hija se mete toneladas de televisi&oacute;n en el cuerpo y yo voy rellenando ya los papeles para mandarla a The Priory en septiembre. Me preocupa mucho, pero la verdad es que yo ve&iacute;a m&aacute;s tele que ella y tampoco soy tan idiota. Los que hemos sobrevivido a unas cuantas reposiciones de <em>Curro Jim&eacute;nez</em> sabemos que el problema no es la tele sino tragarte lo que te echen sin rechistar. El otro d&iacute;a encend&iacute; la televisi&oacute;n de noche y, camino del canal 24 Horas, encontr&eacute; que empezaba la pel&iacute;cula <em>Network</em> en La 2. La he visto dos veces pero no pude evitar quedarme, porque me fascina y repulsa por igual, como hacen las buenas historias. En una cadena de televisi&oacute;n en decadencia, los nuevos due&ntilde;os contratan al personaje que interpreta la diosa Faye Dunaway para crear nuevos programas de entretenimiento, a ella le parece que hay un fil&oacute;n en los informativos, que son aburridos y no despiertan inter&eacute;s por las noticias. La pel&iacute;cula es de 1976 (como <em>Curro Jim&eacute;nez,</em> por cierto) y ella propone programas locos, como <em>La hora de Mao Tse-Tung,</em> donde utiliza las grabaciones de atentados filmados por un grupo pol&iacute;tico paramilitar y coloca de presentadora a la l&iacute;der de un partido comunista, formatos que tampoco nos chocar&iacute;an tanto en La Sexta del a&ntilde;o 2020. En un momento de la pel&iacute;cula y para defender sus propuestas, dice Faye Dunaway con entusiasmo: &ldquo;La televisi&oacute;n no es la verdad, es una f&aacute;brica para matar el aburrimiento&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        He trabajado en televisi&oacute;n y estoy de acuerdo con ambas afirmaciones. Y aun as&iacute;, la adoro. Es fascinante, no es la verdad y es una f&aacute;brica de matar el aburrimiento sensacional. En mis veranos de ni&ntilde;a, en campings y pantanos, hab&iacute;a familias que ten&iacute;an peque&ntilde;os televisores que llevaban a todas partes, que se transportaban agarr&aacute;ndolos de un asa como si fuera una linterna desproporcionada, que se enchufaban en el mechero del coche, se les estiraba una antena telesc&oacute;pica y la familia y todo el que pasaba por ah&iacute; ve&iacute;a en blanco y negro los partidos del Mundial 82 y el <em>1, 2, 3. </em>Nos agolp&aacute;bamos todos, como una pi&ntilde;a, como un equipo preparando la siguiente jugada, para intentar ver algo en esa pantalla cuadrada y, si se iba la se&ntilde;al, a alguien le tocaba hacer de antena, sujetando la del aparato con un brazo y qued&aacute;ndose de pie, para que las ondas llegaran de alguna manera misteriosa desde el Pirul&iacute; hasta la cabeza de la persona y a partir de ah&iacute; acabara definiendo con mayor precisi&oacute;n la figura de Maira G&oacute;mez Kemp.
    </p><p class="article-text">
        Volviendo al presente, tengo problemas similares pero con tecnolog&iacute;as distintas: me he comido los datos del mes en una semana. V&iacute;deos de YouTube, radio digital, sesiones de Spotify y un par de pel&iacute;culas en una plataforma digital, por compensar tanto aire puro de la naturaleza y tal, me ha dejado seca. Los que tienen wifi nadan en una abundancia digital que no saben apreciar y mandan v&iacute;deos de tres megas por WhatsApp como si todos fu&eacute;ramos ricos. Por tanto, unas partes de mis vacaciones consisten en tomarme caf&eacute;s que no me apetecen y refrescos sin tener sed en bares y cafeter&iacute;as con wifi. Voy coleccionando contrase&ntilde;as como si fueran sellos de un pasaporte. Cuando estoy all&iacute;, acumulo en mi m&oacute;vil descargas que en los pr&oacute;ximos d&iacute;as podr&eacute; necesitar y eso me calma la ansiedad, al menos saber que est&aacute;n ah&iacute;, esper&aacute;ndome para cuando no haya nada en la tele que echen para m&iacute;, cuando ya me haya le&iacute;do todo los art&iacute;culos interesantes, cuando haya escurrido Twitter y repeinado todos los grupos de WhatsApp. Llamadme adicta, pero a m&iacute; septiembre me doler&aacute; menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ire-rehab-no-no-no_132_6162688.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2020 19:48:16 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Qué son las tormentas de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/son-tormentas-verano_132_6160999.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bf584be3-0cc7-4825-9c65-b1329a18e14b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué son las tormentas de verano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los días nublados de agosto son munición para los melancólicos en los que te asolan pensamientos oscuros</p></div><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as que te salen chungos en medio del verano. Son casta&ntilde;as huecas, nueces revenidas, sobres sorpresa sin sorpresa. Unas cartas con las que no puedes hacer nada, una mala mano: son los d&iacute;as nublados. No sabes qu&eacute; hacer con ellos, te dejan bloqueada y desorientada porque te han colado un oto&ntilde;o en mitad de tus vacaciones y ni siquiera has tra&iacute;do rebequita, mucho menos un paraguas.
    </p><p class="article-text">
        Son d&iacute;as en los que te asolan pensamientos oscuros, que te despiertan en mitad de la noche como lo hace un trueno inesperado y el fuerte repiqueteo en el alf&eacute;izar de tu ventana abierta. Son los problemas que hab&iacute;as decido no meter en la maleta y que, no sabes c&oacute;mo ha sucedido, han cogido un autob&uacute;s detr&aacute;s de ti y te han seguido sin que los vieras venir, agazapados tras el matorral cercano, disimulando detr&aacute;s de un peri&oacute;dico del rev&eacute;s. No deber&iacute;as haber dejado la ventana abierta mientras dorm&iacute;as. Se lo has puesto demasiado f&aacute;cil. Se meten en tu cama y, cuando despiertas por la ma&ntilde;ana, los problemas que hab&iacute;as dejado atr&aacute;s te miran sonriente, te colocan un mech&oacute;n de pelo revuelto y te dicen buenos d&iacute;as, querida.
    </p><p class="article-text">
        Son la anticipaci&oacute;n en una historia de misterio (un clavo solitario del que no cuelga ning&uacute;n cuadro en la pared, un comentario casual en el que alguien confes&oacute; su alergia al veneno de las avispas), un simulacro de incendio, un ensayo a la italiana, una previsualizaci&oacute;n de un enlace, un tr&aacute;iler, una notificaci&oacute;n. No son nada, en realidad, pero te arruinan las vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; pasa tambi&eacute;n con los anuncios de la vuelta al cole. A veces aparecen, lo cual es a&uacute;n m&aacute;s doloroso, en tus primeros d&iacute;as de descanso, cuando te bebes los d&iacute;as (y las sangr&iacute;as) con ansias de felicidad. Giras una esquina cualquiera, abres tu peri&oacute;dico favorito, paseas por una ciudad con palmeras y, obscena y ostentosa, te encuentras la fotograf&iacute;a a todo color de ni&ntilde;os sonrientes con uniforme y pilas de libros de texto. La publicidad te escupe que septiembre est&aacute; a la vuelta de la esquina y a partir de ah&iacute; tus vacaciones te saben a poco, te suenan a tiempo de descuento. Este a&ntilde;o, unos grandes almacenes han utilizado el recorte de los pies de una foto en la que un ni&ntilde;o se apoya de manera imposible sobre una silla, probablemente porque en la realizaci&oacute;n de la imagen el ni&ntilde;o estaba siendo sujetado con un arn&eacute;s. (Una versi&oacute;n infantil de la maravillosa cuenta de Twitter Modelos con ci&aacute;tica). En esa publicidad la gente ha visto los pies de un ahorcado. No me extra&ntilde;a. Si a m&iacute; me hacen pasar un test de Rorscharch en el verano de 2020 solo ver&iacute;a manchas con forma de coronavirus, jinetes del apocalipsis, la m&aacute;scara quemada de Darth Vader, espectros y ata&uacute;des ardiendo en hornos crematorios; una apasionante colecci&oacute;n art&iacute;stica de mis miedos at&aacute;vicos.
    </p><p class="article-text">
        Los d&iacute;as nublados de agosto son munici&oacute;n para los melanc&oacute;licos. Son d&iacute;as en los que recuerdas que t&uacute; no eres esa persona libre y despreocupada que se levanta de la cama cuando se lo pide el cuerpo. Son d&iacute;as en los que te peleas con tu pareja como si fuera noviembre, en los que se te pasa por la cabeza la idea de separarte, en los que no aguantas a nadie y no entiendes c&oacute;mo nadie te aguanta a ti si ni t&uacute; misma lo haces. D&iacute;as en los que decides no comer m&aacute;s, no hablar m&aacute;s, no escribir m&aacute;s, no leer m&aacute;s, no re&iacute;r jam&aacute;s. D&iacute;as en los que no entiendes porqu&eacute; te has ido de vacaciones si ni tan siquiera te las mereces. Son d&iacute;as, claramente, de boicot.
    </p><p class="article-text">
        Los d&iacute;as que hace malo casi siempre caen en lunes. Te dices que si no puedes ir a la playa ni bajar a la piscina, es un buen d&iacute;a para visitar un museo. Te vistes y cuando llegas a la puerta del museo, est&aacute; cerrado, porque es lunes y t&uacute; no sabes ni en qu&eacute; d&iacute;a vives. (Est&aacute;s de vacaciones, no es obligatorio saberlo). Te cagas en la persona que invent&oacute; lo de cerrar los museos en lunes. Cuando no hay nada que hacer, comemos. Vas en busca de restaurantes y los que te gustan est&aacute;n cerrados. Precisamente todos los que te gustan. Hay ciudades donde los verdaderos domingos suceden en lunes.
    </p><p class="article-text">
        Dices palabrotas y sigues deyectando simb&oacute;licamente en todo lo que te arruina el d&iacute;a. Has empezado por los museos y acabas en Podemos. Entre tanto, has puesto a caldo a tu suegra, a tu jefe, a tu prima, al hombre m&aacute;s rico de Espa&ntilde;a, a Marc M&aacute;rquez por caerse de la moto, al cantante de Kasabian por pegar a su novia y al que te vendi&oacute; un disco rayado en Discogs hace cinco a&ntilde;os. Todo eso sucede mientras te comes un trozo de pizza de cadena de comida r&aacute;pida, con la mascarilla a medio poner mientras ah&iacute; afuera llueve a c&aacute;ntaros y dentro la humedad es insoportable. Acaricias la idea de volverte ma&ntilde;ana mismo a casa donde, si se te queman las lentejas o se sale el agua de la lavadora, al menos est&aacute;s, te lo repites poni&eacute;ndole furia al posesivo, en tu casa.
    </p><p class="article-text">
        Solo a ti se te ocurre mirar la cuente corriente un d&iacute;a nublado. El resto de d&iacute;as, ni te acuerdas. Abres la app del m&oacute;vil y ves todos esos cargos y te alarmas del ritmo al que desciende lo poco que tienes. Lo &uacute;nico bueno que te ha pasado en las &uacute;ltimas horas ha sido lo barata que era la pizza. Te planteas comer lo mismo el resto de d&iacute;as que te quedan. No sab&iacute;as cu&aacute;ntos eran pero, hoy, los cuentas; haces la cuenta a partir de ma&ntilde;ana porque el d&iacute;a presente ni lo cuentas, no merece la pena.
    </p><p class="article-text">
        Te vas a dormir pronto y de mala leche. O tarde, muy tarde, mirando tiktoks en el m&oacute;vil hasta las tres de la ma&ntilde;ana, de mala leche. Haces unfollows porque s&iacute;, por odiar un rato. Mandas unos mensajes de los que luego te arrepientes. Cuelgas una foto en Instagram y luego la borras. Te giras en la cama y miras a tus problemas, que siguen ah&iacute;, como la noche anterior, ocupando casi toda la cama. Tus problemas abren un ojo y te lanzan un besito.
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente, el cielo est&aacute; despejado. Luce el sol. Es verano otra vez. No recuerdas cu&aacute;ntos d&iacute;as te quedan de vacaciones, qu&eacute; m&aacute;s da, son muchos a&uacute;n. Te queda en el cuerpo lo mismo que despu&eacute;s de todas las tormentas de verano: un pegajoso e irrespirable bochorno.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/son-tormentas-verano_132_6160999.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Aug 2020 19:42:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Qué son las tormentas de verano]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Preparada para el chasco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/preparada-chasco_132_6157304.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b914ca17-74b0-4608-bb73-29dd63db9753_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Preparada para el chasco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Este verano pide eso, no dar nada por seguro, tener la maleta siempre medio lista por si hay que volverse mañana, guardar una buena despensa y mascarillas de repuesto, no agarrarse a nada ni a nadie con mucha fuerza</p></div><p class="article-text">
        En el verano del coronavirus hay que estar preparados para lo imprevisible. Que nada te pille por sorpresa. Recuerdo, en los todopoderosos veranos de mi infancia, a mi t&iacute;a abriendo La Voz de Galicia por la p&aacute;gina de esquelas y, prepar&aacute;ndose para leer, ajustando el papel a la anchura de sus brazos y la distancia a su capacidad de enfoque, decir en voz alta: <em>&ldquo;Quen morreu hoxe?&rdquo;</em>. Pasaba las tres o cuatro p&aacute;ginas de muertos con indiferencia y elegancia, hasta que aparec&iacute;a un nombre que le llamaba la atenci&oacute;n, si es que era el caso. Entonces le daba un codazo a su marido y le anunciaba que fulanito <em>morreu</em>. A partir de ah&iacute; se desencadenaba una serie de explicaciones sobre qui&eacute;n era la persona, cu&aacute;l hab&iacute;a sido su relaci&oacute;n con ella y cualquier otro detalle que conociera sobre su vida. Sin tragedias, solo a modo de informaci&oacute;n. Despu&eacute;s continuaba leyendo por si hubiera alguno m&aacute;s y, ya si acaso, echaba una ojeada al resto de p&aacute;ginas del peri&oacute;dico. Y si acaso hab&iacute;a que ir al funeral, se iba.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto lo cuento, adem&aacute;s de por el placer de hacerlo, por la envidiable actitud de mi t&iacute;a ante los acontecimientos inesperados -ya lo he dicho: indiferente y elegante-, sin aspavientos ni protestas airadas. Lo que viene, viene. Esta actitud yo no s&eacute; si es una cosa de ella o gallega en general, aunque tambi&eacute;n la he visto en muchos habitantes insulares. Veo claro que ante el coronavirus hay dos actitudes: la de mi t&iacute;a y la de todos los dem&aacute;s. Yo soy de la de los otros, pues nada deja de sorprenderme. Por eso, cuando el pasado viernes por la noche llegu&eacute; al lugar en el que se celebraba el concierto de Tri&aacute;ngulo de Amor Bizarro y vi que all&iacute; no hab&iacute;a nada ni nadie, pens&eacute; que me hab&iacute;a equivocado de sitio, de d&iacute;a o de hora, en lugar de contemplar la posibilidad de que los rebrotes lo hubieran cancelado.
    </p><p class="article-text">
        El concierto se iba a celebrar con aforo reducido y entradas gratuitas repartidas con anterioridad, sillas separadas y al aire libre en la plaza principal de A Coru&ntilde;a, como parte de una encogida versi&oacute;n de sus fiestas grandes. El ayuntamiento decidi&oacute; cancelarlo al mediod&iacute;a pero yo no me enter&eacute;, pues me pill&oacute; durmiendo la siesta, la cual enlac&eacute; con un cine y luego solo mir&eacute; el m&oacute;vil para saber la hora. Lo t&iacute;pico de un viernes de verano. Cuando llegu&eacute; all&iacute;, me tuvo que informar el vigilante de que la ciudad pasaba a un estadio similar a la fase 2 de la desescalada. Este retroceso no lo vi venir y me est&aacute; costando asimilarlo.
    </p><p class="article-text">
        Esa tarde, el diario local hab&iacute;a mandado a un reportero a hacer unas preguntas a la gente que pasaba por all&iacute;, mientras comenzaba la recogida y desmontaje del escenario. Me asombr&oacute; que el titular fuera &ldquo;A los coru&ntilde;eses no les sorprende la cancelaci&oacute;n de los conciertos&rdquo;. Bueno, yo estaba francamente sorprendida. Imagino que no les sorprende como tampoco les extra&ntilde;ar&iacute;a toparse con la Santa Compa&ntilde;a en mitad de un bosque. Dir&iacute;an &ldquo;<em>quen morreu hoxe?</em>&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Para llegar hasta la plaza de Mar&iacute;a Pita, donde se iban a realizar las actuaciones, tuve que abrirme paso por una calle estrecha y peatonal, abarrotada de gente bebiendo y picando de pie en las terrazas de los bares. All&iacute; la fiesta grande sucede todas las noches. Aunque la orden no entraba en vigor hasta la medianoche, solo puede entenderse que los organizadores y el Concello tomaron una determinaci&oacute;n m&aacute;s ejemplarizante que necesaria porque no puede ser que un concierto en las condiciones mencionadas sea m&aacute;s peligroso para el contagio que esa calle donde es tradicional tomar vinos de pie apretujado con el vecino.
    </p><p class="article-text">
        Los coru&ntilde;eses con los que hablo coinciden con los encuestados. En general lo ven normal e incluso les extra&ntilde;a el empe&ntilde;o en intentar celebrar conciertos aunque sea al aire libre; les chocan las iniciativas de retorno a la normalidad cuando sienten que la situaci&oacute;n va a peor. Tambi&eacute;n me cuentan que hay que entender la cancelaci&oacute;n como una estrategia de precauci&oacute;n no tanto por la log&iacute;stica del concierto en s&iacute; mismo sino por lo que viene despu&eacute;s. Seg&uacute;n la orden administrativa de &uacute;ltima hora, a partir de esa misma noche los bares tendr&iacute;an que cerrar a la una. Este es el verdadero drama. Al parecer, es natural y previsible que tras un concierto haya un mogoll&oacute;n de gente dispuesta a beber despendoladamente por ah&iacute;, da igual el g&eacute;nero musical, la edad media de los asistentes o las recomendaciones sanitarias. El sentir general es que la m&uacute;sica lleva adherida inseparablemente la melopea y que, si le dices a los asistentes que se tienen que ir a casa y que no deben disgregarse en grupos de m&aacute;s de diez personas, la polic&iacute;a tendr&aacute; que enfrentarse a un problema de orden p&uacute;blico. Acabaremos todos en comisar&iacute;a, como en esa m&iacute;tica pel&iacute;cula de furia juvenil en el a&ntilde;o 1967 llamada <em>Riot in Sunset Strip.</em>
    </p><p class="article-text">
        Mi t&iacute;a estaba preparada para ir a un funeral en cualquier momento, como quien pasa el d&iacute;a en casa con ropa de calle y solo tiene que calzarse y salir. No es una cuesti&oacute;n de organizaci&oacute;n sino de actitud, pues se puede bajar a la calle en pantuflas y hacerlo con tanto estilo que nadie lo notar&iacute;a. Este verano te pide eso: no dar nada por seguro, tener la maleta siempre medio lista por si hay que volverse ma&ntilde;ana, guardar una buena despensa y mascarillas de repuesto, no agarrarse a nada ni a nadie con mucha fuerza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/preparada-chasco_132_6157304.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Aug 2020 19:27:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Preparada para el chasco]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Soy una de esas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/soy-una-de-esas_132_6154751.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a34b1c46-272f-4aa5-8883-9cc081254725_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soy una de esas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A todas las asquerosidades que encontramos hemos tenido que sumar los guantes y mascarillas que ruedan por el suelo desde que llegó a España la pandemia del coronavirus. Como son livianos, van de un sitio a otro, como ruedas de paja en el desierto, sin que nadie los detenga</p></div><p class="article-text">
        Est&aacute;n los bares en los que se tiran las servilletas de papel al suelo: haces una pelota, intentas encestar en la papelera y, si fallas, no pasa nada. En Madrid est&aacute;n los del serr&iacute;n y las cabezas de gambas, que no s&eacute; si siguen existiendo o ya se convirti&oacute; en un mito para asustar a los de fuera o, quiz&aacute;, alguien mont&oacute; una recreaci&oacute;n&nbsp;<em>vintage</em>&nbsp;con muebles descoloridos y el serr&iacute;n delimitado en cajones de madera. Est&aacute;n los bancos de la calle que los imaginas a&uacute;n calientes porque se les ve rodeados de un manto de c&aacute;scaras de pipas. Est&aacute;n las proximidades de las iglesias llenas de palomas metiendo el pico en las estrechas ranuras del empedrado para extraer los restos de una batalla de arroz. Est&aacute;n las puertas de los hospitales con el suelo cubierto por una colcha de colillas, unas aplastadas, otras intactas y consumidas, otras manchadas de carm&iacute;n.&nbsp;   
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n est&aacute;n las aceras grises moteadas de c&iacute;rculos m&aacute;s oscuros, que en realidad son bolas de chicles aplastados, que tardan cinco a&ntilde;os en desaparecer. Hasta que reformaron la madrile&ntilde;a plaza de Callao hubo una mancha grande y oscura en una esquina junto al cine Capitol que provoqu&eacute; yo el d&iacute;a que se me estall&oacute; contra el suelo una botella de litro de salsa de soja. Y en el suelo de piedra porosa y beis del descansillo del segundo piso de un portal que no dir&eacute; cu&aacute;l es, hay un extra&ntilde;o dibujo en el suelo, imborrable, de forma indeterminada, provocado por m&iacute; hace 25 a&ntilde;os, cuando no pude llegar a casa a tiempo y me me&eacute; encima. Eran secretos hasta hoy.
    </p><p class="article-text">
        A todas estas asquerosidades hemos tenido que sumar los guantes y mascarillas que ruedan por el suelo desde que lleg&oacute; a Espa&ntilde;a la pandemia del coronavirus. Como son livianos, van de un sitio a otro, como ruedas de paja en el desierto, sin que nadie los detenga. Ni siquiera cuando se quedan enredados en nuestros tacones. Nos los sacudimos de encima con aprensi&oacute;n, imagin&aacute;ndolos a tope de carga v&iacute;rica, contagiando solo por mirarlos. Nos parecen tan &iacute;ntimos como los pelos ca&iacute;dos de otros, las u&ntilde;as cortadas de otros, la cera de las orejas de los otros. Cosas que preferimos ignorar.
    </p><p class="article-text">
        En el mar y en el campo, la&nbsp;<em>basuraleza</em>&nbsp;es a&uacute;n m&aacute;s escabrosa. Qui&eacute;n no se ha escandalizado al encontrarse una compresa flotando en el agua. Qui&eacute;n no se ha indignado al descubrir entre la maleza una botella de vidrio abandonada. Pero si el a&ntilde;o pasado fueron a limpiar el Everest y recogieron once toneladas de basura y cuatro cad&aacute;veres. La gente es muy guarra. La gente,&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/miedo-gente_132_6149591.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">como dec&iacute;amos ayer</a>.
    </p><p class="article-text">
        Aunque vengo todos los a&ntilde;os, durante mis vacaciones en Coru&ntilde;a a veces me gusta hacer&nbsp;<em>turistadas</em>&nbsp;o, por localizarlo un poco mejor:&nbsp;<em>coru&ntilde;esadas</em>. D&iacute;cese: dar una vuelta en la barca a Santa Cristina (aunque hace ya a&ntilde;os que no va a Santa Cristina, sino que da una vuelta por la r&iacute;a y vuelve), ir al museo arqueol&oacute;gico del castillo de San Ant&oacute;n (donde me hago una foto junto al mismo ca&ntilde;&oacute;n en el que me hice una foto con mi padre de peque&ntilde;a; he ah&iacute; otro cl&aacute;sico del verano, repetir la misma foto para ir constatando nuestro deterioro... esto habr&aacute; que dejarlo en alg&uacute;n momento) y subir a la Torre de H&eacute;rcules.
    </p><p class="article-text">
        Siendo adolescente, me gustaba ir a los acantilados de la torre para leer a Baudelaire y sufrir mirando al mar; como cualquier otra adolescente atormentada y sin amigos. Para hacerlo, caminaba campo a trav&eacute;s descendiendo Monte Alto, rodeando huertas y cercados de animales, pasaba junto a la solitaria casa de una t&iacute;a de mi familia, donde siempre recordar&eacute; que se montaban juergas memorables hasta las tantas de la ma&ntilde;ana, con muchos vinos y licores, carne y canciones. Pasaba junto a la c&aacute;rcel y los presos me gritaban cosas desagradables por las ventanas, que yo deb&iacute;a hacer como si no oyera. Llegaba hasta la cantera, donde hab&iacute;a dos o tres hombres picando, haciendo peque&ntilde;as las piedras grandes. Me quedaba mirando. A veces tambi&eacute;n me dec&iacute;an cosas desagradables y yo sal&iacute;a huyendo. Deambulaba, como hay que deambular en los veranos, como solo saben hacerlo los que no tienen casa propia sino &ldquo;de ellos&rdquo;, como cantaba Morrissey en los Smiths. 
    </p><p class="article-text">
        Al fin, llegaba a las rocas cruzando un campo de hierba, donde no hab&iacute;a caminos pero s&iacute; lo que los psicogeografistas llaman&nbsp;<em>desire paths,</em>&nbsp;o caminos creados a fuerza del deseo de unos pocos de pasar precisamente por all&iacute;. Descend&iacute;a con cuidado hasta alg&uacute;n lugar en el que nadie pudiera verme y sacaba del bolsillo&nbsp;<em>Las flores del mal,</em>&nbsp;cuyas p&aacute;ginas siguen arrugadas por las salpicaduras del agua que las moj&oacute;. Son recuerdos de lugares que ya no existen, tan lejanos que me parecen falsos. Insertados. Cuanto m&aacute;s vieja, m&aacute;s me fijo en todo lo que ya no existe. Todo lo nuevo me llama la atenci&oacute;n no tanto por la novedad sino por aquello a lo que sustituye. Regresar a un lugar recurrente de veraneo tiene esa actividad incorporada en su gen&eacute;tica. &iquest;Hoy qu&eacute; hacemos, vamos a la playa o damos un paseo para lamentarnos pat&eacute;ticamente de todas las cosas que han quitado?
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a, fuimos a la Torre de H&eacute;rcules. Me gusta porque siempre estuvo all&iacute; y siempre estar&aacute; all&iacute;. (Aunque quiz&aacute;s alguien escribi&oacute; lo mismo alguna vez sobre el World Trade Center o Notre Dame). Nos acercamos a la caseta de las entradas a eso del mediod&iacute;a con la intenci&oacute;n de comprarlas y subir. Hay cosas que los turistas saben mejor que t&uacute;: por ejemplo, que las entradas se compran con anticipaci&oacute;n. El turista tiene poco tiempo y sabe c&oacute;mo organizarlo. Al veraneante le da un poco igual, pero le fastidia, ir a comprar entradas a las doce y que se las den para las siete de la tarde. Decidimos coger lo que nos daban y dejar los planes de la tarde para otro d&iacute;a. Lo que acept&eacute; m&aacute;s a rega&ntilde;adientes fue el tema de las mascarillas: solo homologadas, no se puede entrar con mascarillas higi&eacute;nicas a la Torre de H&eacute;rcules. Si vas a entrar en ese momento y no tienes, te dan una quir&uacute;rgica. No es a la primera vez que siento que en Galicia revolotea la idea de que las mascarillas de tela son menos seguras, pero s&iacute; es la primera vez que me proh&iacute;ben entrar a un sitio con una.
    </p><p class="article-text">
        Cuando regresamos a las siete de la tarde, lo hacemos con las mascarillas quir&uacute;rgicas de reserva que traje de Madrid, por si acaso no nos daba tiempo a lavar las de tela con frecuencia. Los grupos para subir al faro se han reducido a quince personas a la hora, cuando antes sub&iacute;an 25 cada quince minutos. La gu&iacute;a cultural est&aacute; encantada de contar la historia de Brigantium y obligada a limpiar con alcohol el pasamanos que recorre los 242 escalones cada vez que baja un grupo.
    </p><p class="article-text">
        Desde lo alto de la Torre de H&eacute;rcules, te sientes Breog&aacute;n, hijo de Brath, atisbando Irlanda a lo lejos y so&ntilde;ando con someter a las tribus de la pen&iacute;nsula. Es legendario el viento que azota a esa altura de 55 metros. Hay a quien se le volaron las gafas. &ldquo;Sujeten bien los m&oacute;viles y las mascarillas&rdquo;, advierte la gu&iacute;a. Me asomo e inspiro con fuerza el aire del oc&eacute;ano que me golpea la cara. La mascarilla me hace vela, como la de los barcos de Ith y Mil, la descendencia de Breog&aacute;n, navegando hacia tierras irlandesas con &aacute;nimo de conquista, hasta que un duro golpe del viento del norte rompi&oacute; una de las gomas y la mascarilla sali&oacute; volando. No pude hacer nada por retenerla.
    </p><p class="article-text">
        Cada mes, el mundo est&aacute; utilizando, y por tanto desechando, 129.000 millones de mascarillas y 65.000 millones de guantes de un solo uso. Una parte, quiz&aacute;s un uno por ciento, acaba en los oc&eacute;anos. Mi mascarilla volada es una de ellas y sus 25 gramos se unen a los 13 millones de toneladas de pl&aacute;stico que echamos cada a&ntilde;o a los oc&eacute;anos. Quiz&aacute;s la recoja Gary Stokes en el archipi&eacute;lago de Soko y pose con ella en su Instagram, o Joffrey Peltier en la Costa Azul, quien dice que pronto habr&aacute; en el Mediterr&aacute;neo m&aacute;s mascarillas que medusas. Mi mascarilla va a tardar 450 a&ntilde;os en desintegrarse. Me hice la promesa de compensar la m&iacute;a recogiendo otra del suelo, pero necesito un par de guantes para eso y, efectivamente, me da aprensi&oacute;n y temo contagiarme.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/soy-una-de-esas_132_6154751.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Aug 2020 19:53:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Soy una de esas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El miedo de la gente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/miedo-gente_132_6149591.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bfee20fc-0256-4c26-b134-976e957f32d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El miedo de la gente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Repaso las conversaciones de mis reencuentros de verano y me doy cuenta de que lo he hecho fatal. He echado más leña a su miedo y no les he hablado de todo lo demás: de lo bonito y lo cursi</p></div><p class="article-text">
        Siempre me ha resultado dif&iacute;cil dosificar el grado de afectividad f&iacute;sica de los reencuentros. &iquest;Un abrazo ser&aacute; sobreactuado? &iquest;Se besa antes o despu&eacute;s de abrazar? &iquest;Dos besos expresan lo suficiente? &iquest;Uno solo es m&aacute;s cari&ntilde;oso o menos? &iquest;Sabr&eacute; poner la mano sobre su hombro de manera natural? &iquest;Queda pervertido acariciar la mejilla? &iquest;Agarrar la barbilla es de viejas? &iquest;Se entender&aacute; el cari&ntilde;o si le toco la punta de la nariz con el dedo &iacute;ndice? Lo mejor del coronavirus es que todas estas preocupaciones dejan de generar angustia: no tienes que hacer nada, te quedas a un metro de distancia y dices &ldquo;&iexcl;hola!&rdquo;. Sonr&iacute;es, claro, lo cual es una idiotez porque la mascarilla te tapa la boca, pero se te achican los ojos en un pozo de arrugas y conf&iacute;as en que eso cuente como un grado de afectividad bastante superior.
    </p><p class="article-text">
        Cuando vuelves por vacaciones a tu pueblo, a tu ciudad de origen o a tu epicentro familiar, cuna de tus leyendas y fantasmas, hay muchos reencuentros con los que cumplir. De los abuelos a los panaderos, todos tienen algo que decirte: si has engordado o no, si has aprobado todo, si te han hecho fija en tu trabajo, si no es verdad que aqu&iacute; se est&aacute; mejor que en el sitio en el que vives, que no te vuelvas en septiembre, mujer. La novedad de este a&ntilde;o es que, en la comparativa, r&aacute;pidamente se introduce el factor qu&eacute; lugar es mejor para confinarse. &ldquo;Ay, nena, para quedarse en casa todo el d&iacute;a mejor aqu&iacute; en el norte que estamos fresquitos&rdquo;, por ejemplo. Este argumento es demoledor. Pero luego viene la pregunta inevitable: &iquest;Y Madrid...?. No se atreven a decir m&aacute;s palabras, hay un ligero temblor en la frase y un miedo que recorre los puntos suspensivos. Sabes qu&eacute; es lo que quieren saber, lo que buscan atestiguar. En la distancia han construido un relato terrible del paso de la COVID-19 por la capital. Tanto que pronuncian el nombre como si lo cogieran con guantes, para no contagiarse. Por tanto, les doy lo que piden. Les cuento el impacto de ver pasar por tu calle una tanqueta del Ej&eacute;rcito con altavoces a todo trapo pidiendo (o m&aacute;s bien ordenando) que nos qued&aacute;ramos en casa. De los coches f&uacute;nebres de aqu&iacute; para all&aacute;. Les hablo de la polic&iacute;a en todas partes, de los controles, las ambulancias y los helic&oacute;pteros, todos esos sonidos de la emergencia que en las ciudades peque&ntilde;as solo escuchas de manera excepcional pero que en Madrid forman parte natural del paisaje sonoro; una m&uacute;sica incidental que ha dejado de ser inquietante, inserta en el resto del elevado ruido de la ciudad, hasta el d&iacute;a en el que se pararon las obras, el tr&aacute;fico, los aviones, la ch&aacute;chara de las terrazas y el griter&iacute;o de los parques, y solo qued&oacute; el sonido de la emergencia.
    </p><p class="article-text">
        Llego a la conclusi&oacute;n de que hay m&aacute;s miedo en la distancia que en el fragor de la batalla contra el virus. Repaso las conversaciones de mis reencuentros de verano y me doy cuenta de que lo he hecho fatal. He echado m&aacute;s le&ntilde;a a su miedo y no les he hablado de todo lo dem&aacute;s: de lo bonito y lo cursi. De las fiestas entre balcones, de las calles decoradas, de las tartas y los t&aacute;pers que nos pas&aacute;bamos, de las conversaciones por las ventanas, de los amigos de aplausos, de las despensas solidarias y el reparto de alimentos por el barrio, de la peque&ntilde;a librer&iacute;a que sigui&oacute; llevando pedidos a domicilio en bicicleta, de los que bajaban la basura o hac&iacute;an recados a los vecinos que no pod&iacute;an o no quer&iacute;an salir. S&eacute; que esas cosas les parecen raras y arriesgadas, que no encajan en el relato apocal&iacute;ptico que han construido desde fuera.
    </p><p class="article-text">
        Llevo a mi hija al &uacute;nico cine al que se puede llegar andando. Es un multisalas dentro de un centro comercial fantasma, al que ya iba poca gente antes del coronavirus pero que ahora tiene sus comercios cerrados. Hay que rodear el centro comercial para entrar &uacute;nicamente por una de sus puertas, de igual manera que solo se puede salir por la contraria. Es la primera vez que volvemos al cine desde febrero y nos recorre una emoci&oacute;n como de primera vez. Estamos nerviosas, nos cogemos de la mano. En la taquilla me informan de que son 14 filas y que d&oacute;nde las quiero. Le digo que en la 6, a ver si hay suerte y no tenemos cabezas por delante. No hay nadie m&aacute;s esperando en la taquilla. Compramos palomitas. No hay nadie m&aacute;s comprando palomitas. El mismo que las vende es el que corta las entradas en la puerta y nos pregunta qu&eacute; pel&iacute;cula vamos a ver. Le ense&ntilde;amos las entradas mientras nos llena un cubo mediano. Nos dice que cuando se encienda la luz verde, que entremos, que no hace falta que nos corte los tiques. Hacemos lo que nos ha dicho. Buscamos nuestros asientos. No hay nadie m&aacute;s en la sala. Unos minutos despu&eacute;s nos damos cuenta de que van a proyectar la pel&iacute;cula solo para nosotras dos.
    </p><p class="article-text">
        A la salida, le pregunto al chico de las palomitas si es siempre as&iacute;. Pone cara de desolaci&oacute;n o de risa tr&aacute;gica y asiente con la cabeza: &ldquo;la gente tiene miedo&rdquo;. No s&eacute; cu&aacute;ntas veces he escuchado ya esa frase. A la salida, en cambio, las terrazas m&aacute;s famosas de la ciudad est&aacute;n abarrotadas y hay que esperar turno para pillar mesa. Ser&aacute; por aquello de que el alcohol disipa el miedo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Quedo a cenar con unos amigos. Digo hola desde lejos y con eso vale pero, cuando llega uno de ellos, nos da el codo a los demás. Aún no he visto a nadie que lo haga con naturalidad</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Quedo a cenar con unos amigos. Digo hola desde lejos y con eso vale pero, cuando llega uno de ellos, nos da el codo a los dem&aacute;s. A&uacute;n no he visto a nadie que lo haga con naturalidad. No deja de sonar a chufla, como los t&iacute;os que se saludan con un complicado ritual de golpes en el pu&ntilde;o, el dorso de la mano, el hombro y no s&eacute; qu&eacute; m&aacute;s. Arrimo el codo y un resorte rid&iacute;culo de mi memoria infantil activa el baile de los pajaritos. Durante la cena nos quitamos las mascarillas y reaparecen bocas y dientes olvidados, bigotes nuevos y manchurrones de pintalabios. Viene un camarero a recordarnos que solo nos las podemos retirar para llevarnos la comida a la boca. Mis amigos se quejan pero a m&iacute; me encanta la idea: siempre he odiado que me vean masticar. Si a veces es complicado saber cu&aacute;l es el tenedor de pescado, las reglas higi&eacute;nicas en tiempos del coronavirus hacen las cenas de raciones o picoteo mucho m&aacute;s complejas: solo una persona puede servir de una bandeja com&uacute;n, as&iacute; que si quieres repetir, debes avisar a la persona que te sirvi&oacute; la primera vez que vuelva a hacerlo. Eso es algo que no se puede hacer con discreci&oacute;n, al final se entera todo el mundo. No digamos ya pinchar algo con tu propio tenedor: eso est&aacute; peor visto que comerse el &uacute;ltimo trozo de pulpo. &ldquo;Que exageraci&oacute;n, por favor&rdquo; fue lo primero que pens&eacute;. &ldquo;Qu&eacute; miedo tiene la gente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, inexplicablemente cansada de la comida de buena calidad, mi hija quiere ir al burguer. Yo, que normalmente digo que no y adem&aacute;s soy vegetariana, tengo la guardia baja y le concedo el capricho, &iexcl;estamos de vacaciones! La hamburgueser&iacute;a est&aacute; llen&iacute;sima de adolescentes extremadamente ruidosos, que no dejan de moverse y de chocarse, como si jugaran a que juegan al rugby. Alg&uacute;n ni&ntilde;o peque&ntilde;o anda por ah&iacute; suelto. Alguna familia hay. Nos ponemos a la cola para pedir y, al rato, aparece una empleada y nos saca a todos con mucha energ&iacute;a, nos organiza en una fila en la calle. Algunos j&oacute;venes protestan airadamente y se van. Estoy a punto de hacer lo mismo pero disimuladamente. No me da tiempo: la chica sale a llamarnos a la acera. Cuando entramos, el local se ve un poco m&aacute;s despejado, pero no demasiado. A nuestro lado, una adolescente deja caer una bolsa de pl&aacute;stico y estalla contra el suelo una botella de whisky, el olor del alcohol tapa por un rato el de la fritura, el suelo se convierte en una alfombra pringosa. Aqu&iacute; el alcohol no disipa el miedo pero al menos desinfecta. La chavala sale corriendo de la verg&uuml;enza. La vida contin&uacute;a por encima del charco. Pedimos. Pagamos. Esperamos en un rinc&oacute;n. Estamos calladas. Lo observamos todo con atenci&oacute;n, paralizadas, como a las puertas de un incendio. Gritan nuestro n&uacute;mero. Nos acercamos a recoger y en lugar de una bandeja, recibimos la comida dentro de una bolsa de papel. Buscamos una mesa que parece limpia y nos sentamos, con aprensi&oacute;n, sin tocar nada, con mucha gente revoloteando a nuestro alrededor. Qu&eacute; r&aacute;pido cambia el miedo de bando, me digo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/miedo-gente_132_6149591.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Aug 2020 20:10:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El miedo de la gente]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cara oculta de la playa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/cara-oculta-playa_132_6145767.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4021e7e6-f857-47e0-afca-f31353867e9d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cara oculta de la playa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando la noche se come la playa, siento miedo. No hay nada más negro, salvo la brea, que el mar en la oscuridad</p></div><p class="article-text">
        Da pereza levantarse pronto un domingo despu&eacute;s de un s&aacute;bado salvaje. Da pereza quitarse las lentillas, cambiarse el tamp&oacute;n en mitad de una siesta, empezar una serie de 9 temporadas, estudiar el primer d&iacute;a de curso y leerse el reglamento antes de jugar. Pero nada da m&aacute;s pereza en la vida que levantar el campamento tras un d&iacute;a de playa. Odio desclavar la sombrilla. Odio sacudir la toalla. Odio arrastrar mis piernas sucias de arena y sal hacia la salida. Odio esperar la cola de la ducha, intentando evitar los r&iacute;os de barro. Odio mancharme los pies de nuevo despu&eacute;s de haberlos limpiado. Odio el picor del cuerpo y saber que no me podr&eacute; dar un ba&ntilde;o con jab&oacute;n hasta qui&eacute;n sabe cu&aacute;ndo, porque tambi&eacute;n habr&aacute; que esperar la cola de la ducha de casa.
    </p><p class="article-text">
        A las gentes de secano no deja de fascinarnos ese tipo o tipa particular que es el solitario de playa. Para los de fuera, vacaciones y playa son dos conceptos que van de la mano. Pero los aut&oacute;ctonos integran de manera natural el mar en su rutina diaria, al igual que toman el caf&eacute; en el bar, toman el sol en la arena a la salida del trabajo. Los ves venir bien vestidos, cargados con una peque&ntilde;a mochila. Se quitan la ropa de calle y debajo aparece la llamativa licra del ba&ntilde;ador, preparados para la acci&oacute;n, como Superm&aacute;n. Doblan con cuidado sus prendas y las meten en la mochila. Si tienen zapatitos, los dejan al lado, con un arte refinado para evitar que les entre arena que los dem&aacute;s no adquiriremos jam&aacute;s. Extienden una toalla fina y nueva (ni la de Benidorm, ni la de Snoopy, ni la del Xacobeo 93) y pasan all&iacute; un par de horas deliciosas hasta su pr&oacute;ximo compromiso.
    </p><p class="article-text">
        Y luego, estamos los dem&aacute;s. Los que llevamos a la playa solo lo imprescindible: la sombrilla, el cacharro para clavarla en la arena, la silla, la esterilla, la toalla, la nevera, la bolsa con los cubos, las palas, los rastrillos, los moldes para hacer tortugas de arena, las raquetas, la pelota, la comida, la bebida (una de agua, dos refrescos, dos cervezas), los hielos para enfriar la bebida, un bote de crema, un segundo bote de crema (por si acaso), una crema para la cara, toallitas para limpiarse, gel hidroalcoh&oacute;lico, espray hidratante para el cabello, un cepillo y unas gomas, unas pinzas depilatorias, tres juegos (el Palabrea, el Jungle Speed y el Virus, este &uacute;ltimo es muy importante), un libro, otro libro (por si acaso), un sombrero, un ba&ntilde;ador de repuesto, la mascarilla, el m&oacute;vil, los cascos, un cargador solar para el m&oacute;vil, un billete de cinco euros (para los helados) &iexcl;y una libreta y un boli para apuntar las cosas que suceden en la playa para luego escribir un art&iacute;culo sobre ello! Y seguro que me dejo algo.
    </p><p class="article-text">
        Ir a la playa es como irse de vacaciones dentro de las vacaciones. Como hacer las maletas, pero todos los d&iacute;as. Los preparativos son un incordio que consume 45 preciados minutos de vacaciones, pero al menos queda todo el d&iacute;a por delante. Hab&iacute;a dicho que daba pereza pero me qued&eacute; corta: la vuelta no puede ser m&aacute;s deprimente. Por no hablar del &uacute;ltimo d&iacute;a de playa antes de volver a casa. As&iacute; que no hablemos todav&iacute;a de ello. Las vacaciones se pasan m&aacute;s r&aacute;pido que los d&iacute;as normales, esto es una verdad universal. Pero hay personas que han descubierto un truco para ralentizar el tiempo: veranear solo. Tiene momentos tristes pero la tristeza tambi&eacute;n es lenta, as&iacute; que juega a favor. Cuando viajas en tropa, echas de menos el silencio, as&iacute; como no tener que consensuar cada decisi&oacute;n que tomas ni someter a votaci&oacute;n todos los planes. Puedes ir a ba&ntilde;arte un d&iacute;a nublado y visitar un museo media hora antes de su cierre y nadie te acusar&aacute; de mala organizaci&oacute;n. Tiene sus flaquezas, por supuesto: para compensar la soledad, cuelgas selfis quiz&aacute; un poco pat&eacute;ticos en Instagram y los comentarios que solo a ti te parecen ingeniosos y que en realidad te podr&iacute;as ahorrar, acabas public&aacute;ndolos en Twitter. Luego, te sientas en la terraza de un bonito caf&eacute; a esperar <em>likes</em> y, si no llegan, acabas por pedir una copa a las cuatro de la tarde (total, &iquest;qui&eacute;n te lo va a censurar?) y vuelves al hotel sola y borracha, a tiempo para ver un cap&iacute;tulo doble de Equipo de Investigaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sola o acompa&ntilde;ada, el mejor momento para estar en la playa es el atardecer. No solo da para unas fotos estupendas sino que representa todo un espect&aacute;culo de transformaci&oacute;n, como un teatro que cambia sus decorados de una escena a otra. En el Levante, el sol se pone sobre las torres de apartamentos, como si tuviera m&aacute;s cosas que hacer, otros sitios a los que ir. En la Galicia de poniente, el sol se hunde en el mar, colocando un indiscutible punto y final al d&iacute;a. Los socorristas pliegan, recogen su equipaci&oacute;n y emiten un &uacute;ltimo mensaje de despedida por megafon&iacute;a. Las banderas desaparecen. Cada vez est&aacute; m&aacute;s oscuro. Siempre queda alg&uacute;n ba&ntilde;ista rezagado que sabe que ahora est&aacute; solo frente al mundo. Alguna pareja enganchada. Las familias hace tiempo que desaparecieron, dejando en la arena un rastro profundo de piernas cansadas y bultos pesados con los que regresar a casa, anhelando un buen chorro de <em>aftersun</em>. Las gaviotas aterrizan en masa para picotear las migas del bocadillo y las patatas fritas rotas y perdidas. Quedan los &uacute;ltimos surfistas, que se imaginan a s&iacute; mismos ideales, como sombras recortadas delante del sol, dominando unas olas que son ya solas para ellos. En esto empiezan a llegar los adolescentes, que entran a la playa en pantal&oacute;n corto pero abrigados con capuchas y sudaderas, formando grupos cada vez m&aacute;s grandes, redondos, compactos e impenetrables, de los que se escapan risas, gritos y m&uacute;sica saturada de agudos con el volumen de un m&oacute;vil a tope. Rezuman esa actitud propia de su edad, en la que parecen cansados de estar en un sitio que es el &uacute;nico sitio en el mundo en el que quisieran estar. Vienen cargados de bolsas de pl&aacute;stico, en las que tintinea el cristal de las botellas de alcohol y se adivinan otras de pl&aacute;stico con varios litros de refrescos, as&iacute; como una bolsa chorreante de hielo. Ojal&aacute; hayan comprado vasos individuales, que no se pasen la saliva bebiendo todos del mismo vaso de mini, que no hace falta ser tan amigos en tiempo del coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la noche se come la playa, siento miedo. No hay nada m&aacute;s negro, salvo la brea, que el mar en la oscuridad. De hecho, a menudo lo imagino como un oc&eacute;ano de chapapote, un l&iacute;quido denso en el que se quedan atrapadas las piernas, que te arrastra y te ahoga. Quiz&aacute;s por eso es tan fascinante, nos despierta pulsiones de muerte y no podemos mirar hacia otro lado. Imaginamos c&oacute;mo ser&iacute;a desaparecer en &eacute;l, hundirnos, al igual que lo hizo el sol, en una noche en la que no se distingue el agua del cielo, urraca de gaviota o un alga de una bolsa de pl&aacute;stico abandonada.
    </p><p class="article-text">
        Joana, la protagonista del libro de Iolanda Batall&eacute; <em>La memoria de las hormigas,</em> rastrilla la playa por las noches con una especie de tractor. Seg&uacute;n c&oacute;mo mueva el volante, deja unos dibujos u otros en la arena. Son cosas que nadie sabe que existen, forman parte de la cara oculta de la playa. La m&aacute;quina de Joana se lleva por delante la fortaleza, con foso y todo, que tanto nos cost&oacute; construir. Tambi&eacute;n los mensajes que se escriben en la arena, cuando acaba de bajar la marea, con el dedo gordo del pie derecho o la pluma de una gaviota. Conozco una chica que todos los veranos escribe en la arena el verso de Luisa Castro &ldquo;baleas e baleas&rdquo;, invocando a las ballenas que sin duda llegan por la noche y se lo comen todo, para empezar de nuevo al d&iacute;a siguiente un d&iacute;a siguiente nuevo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/cara-oculta-playa_132_6145767.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Aug 2020 21:13:02 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[De la tortura como una de las bellas artes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/tortura-bellas-artes_132_6142300.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/91d45237-328b-4ec2-8d12-39039014c24f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la tortura como una de las bellas artes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Como habitante de interior que soy, llevaba un año soñando con el momento en el que estiraría con delicadeza mi toalla sobre la arena y,para ir apaciguando toda la tensión acumulada en estos meses... En cambio, mi primer día de playa fue un infierno.</p><p class="subtitle">Lee aquí los anteriores capítulos de este blog</p></div><p class="article-text">
        Una playista profesional, en el verano del coronavirus, mirar&iacute;a la app de ocupaci&oacute;n de playas antes de salir de casa. Yo, que no soy m&aacute;s que una amateur, paso de hacerlo. Por tanto, de nada sirve lamentarse ante el sem&aacute;foro rojo que impide la entrada por abarrotamiento.
    </p><p class="article-text">
        Cada ayuntamiento ha inventado para sus playas un m&eacute;todo diferente. Hay quien ha preferido parcelarlas, como si fueran campings, contratando personal para ejercer de acomodadores: llegan las familias y, seg&uacute;n lo numerosas que sean y la edad media de sus componentes, te llevan a un sitio o a otro. Le&iacute; que en algunas playas a punto estuvieron de instalar un sistema de cita previa, como ya existe para visitar la espectacular Praia das Catedrais, a la que habr&iacute;a que acudir con un c&oacute;digo QR. (Es curioso como el QR, al cual hab&iacute;amos dado por muerto tanto como el l&aacute;ser disc o la pulsera rayma, se ha convertido en el personaje antagonista del coronavirus). No puede haber algo m&aacute;s desalentador, anticlim&aacute;tico y cortarrollos que pedir cita previa para ir a la playa. En otros sitios la playa es un valor seguro pero, en el norte, uno mira al cielo y dice: &ldquo;venga, vamos&rdquo;, y tienes que bajar ya porque lo mismo en dos horas se nubla o arremete un viento atl&aacute;ntico que lo hace desapacible, o te llega el <em>nord&eacute;s</em> y te lo llena todo de niebla.
    </p><p class="article-text">
        En otras muchas playas, como las que yo frecuento, se ha optado por un control de acceso tecnol&oacute;gico, instalando un arco a la entrada y un sem&aacute;foro con los colores verde y rojo, un sencillo c&oacute;digo como el de las banderas para el ba&ntilde;o. Al verlo, deduje que el arco contaba el n&uacute;mero de personas que entraba y sal&iacute;a, pero luego le&iacute; que el sistema era m&aacute;s complejo e inclu&iacute;a c&aacute;maras y un software con inteligencia artificial. La ecuaci&oacute;n no es tan sencilla, pues hay que tener en cuenta que el &aacute;rea de arena crece o disminuye dependiendo de las mareas. En lo que no parece tan listo el software es en incorporar a su algoritmo la variable de capacidad de despliegue. Por que no es lo mismo acomodarse en cualquier sitio con una bolsa y una toalla que traer una sombrilla, dos tumbonas, cacharros para los castillos, una nevera y esas s&aacute;banas cuadradas que se pusieron de moda, que son enormes, y que sustituyen a la cl&aacute;sica toalla rectangular recuerdo de Benidorm, con un dibujo de Snoopy o con el logo descolorido del Xacobeo 93. Por no hablar de que si la familia trae un par de raquetas o de palas, delimitar&aacute; tambi&eacute;n un espacio para celebrar su torneo. No hace falta mencionar lo que pasa si traen una pelota de f&uacute;tbol.
    </p><p class="article-text">
        Hay m&aacute;s variables que no contempla el sistema. La primera es la del tiempo. Uno llega, tiene la suerte de pillar sem&aacute;foro verde en su playa favorita y dice de aqu&iacute; no me muevo. Llega m&aacute;s gente y hace lo mismo, por lo que el sem&aacute;foro pasa a rojo. Cuando ya no cabe un cangrejo m&aacute;s en la playa, comienza a subir la marea. El mar empuja a los playistas con sus olas y se come la distancia social. Se engulle la arena, una chancla abandonada y arquitecturas ef&iacute;meras construidas en la orilla. Hay quien decide no dar un paso atr&aacute;s. El resto retrocede y se api&ntilde;a como puede sobre la arena seca. En cualquier caso, de all&iacute; no se va nadie. Se han hecho fuertes. Es su playa.
    </p><p class="article-text">
        El otro componente es el de la picaresca o, directamente, la desobediencia. Para que los sistemas de control de aforos funcionen, es necesario acotar y minimizar las entradas y salidas. Si acordonas la rampa de acceso con una cinta policial para obligar a los visitantes a bajar por las escaleras, que es donde se ha instalado el arco, los carritos, las personas con movilidad reducida, la gente cansada y, en definitiva, quien le de la gana, levantar&aacute; la cinta y pasar&aacute; por debajo. De igual manera, cuando una playa en rojo es muy deseada, r&aacute;pidamente hay quien encuentra maneras de acceder a ellas, como hacer una incursi&oacute;n desde una playa anexa cuando baja la marea o colarse por un camino que no es el establecido. El dicho aquel de que no se pueden poner puertas al campo es aqu&iacute; muy pertinente.
    </p><p class="article-text">
        Miro hacia el cielo. No hay ni una nube. El sol est&aacute; radiante y hace una magn&iacute;fica temperatura de 23&ordm;. Como habitante de interior que soy, llevaba un a&ntilde;o so&ntilde;ando con el momento en el que estirar&iacute;a con delicadeza mi toalla sobre la arena y, sin m&aacute;s, me tirar&iacute;a sobre ella para ir apaciguando toda la tensi&oacute;n acumulada en estos meses, escuchando atentamente las olas y las gaviotas. Y, poco a poco, dejarme amodorrar por el sue&ntilde;o... En cambio, mi primer d&iacute;a de playa fue un infierno.
    </p><p class="article-text">
        Bajamos a la hora de la siesta. Sem&aacute;foro verde. Plantamos la sombrilla. Hasta aqu&iacute;, todo bien. Estiro con delicadeza mi toalla sobre la arena y, sin m&aacute;s, me tiro sobre ella. Cuando llevo diez minutos apaciguando la tensi&oacute;n acumulada, comienza el festival de mensajes por la megafon&iacute;a. &ldquo;<em>O Concello da Coru&ntilde;a l&eacute;mbralle que tam&eacute;n &eacute; necesario respectar a distancia social na praia, pola seguridade de todas e todos</em>&rdquo;. Muy bien. De seguido, en castellano. Y, despu&eacute;s, en ingl&eacute;s. Vale. Y, de nuevo, el mismo mensaje atronador, haciendo vibrar los altavoces, como en los dibujos animados, situados en unos postes altos. Pasan unos minutos. El sistema de sonido comienza a rascar, como lo har&iacute;a un viejo altavoz o al resintonizar una radio de hace 40 a&ntilde;os cuya rueda del dial ha dejado de moverse. De nuevo <em>play</em> al mensaje, que se escucha entrecortado, salpicado de ruidos. &ldquo;<em>O Concello da</em> GGGHHHH t<em>am&eacute;n &eacute; necesario </em>GGGGGGHHHHHH GGH GGH na praia, pola seguridade GGGGGGGHHHHHHH GRRISSH GRRISSH&rdquo;. Miramos instintivamente hacia los meg&aacute;fonos. No ocurre nada m&aacute;s, as&iacute; que vuelvo a recostarme. &ldquo;<em>A Coru&ntilde;a City Counci</em>l GGGGGGHHHHHH GRRISSHH GRRISSHH <em>social distancing</em> GGGGGHHHHHHHHH&rdquo;. Pero esta vez mucho m&aacute;s alto, como queriendo limpiar el ruido con volumen.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a haberse quedado ah&iacute; la cosa y habr&iacute;a sido un episodio molesto de no m&aacute;s de quince minutos. Pero no fue as&iacute;. Al rato, volvi&oacute; la versi&oacute;n triling&uuml;e del mismo mensaje atronador, ara&ntilde;ando los amplificadores de la misma manera. Repiti&eacute;ndose varias veces. Despu&eacute;s, pusieron m&uacute;sica, tan alta que en Ferrol debieron de pensar que hab&iacute;an comenzado las fiestas en A Coru&ntilde;a. Al principio era una melod&iacute;a como de publirreportaje. Al rato la cambiaron por un tema de electropop de chiringuito que solo tuvo gracia la primera de las tres veces seguidas que son&oacute;. Se me pas&oacute; por la cabeza que se trataba de un plan de la alcaldesa para aligerar la playa. &iquest;Quiz&aacute;s hab&iacute;a fallado la inteligencia artificial y este era el plan b de la inteligencia humana? Cuando volvimos a escuchar &ldquo;<em>O Concello da Coru&ntilde;a l&eacute;mbralle que tam&eacute;n</em> GGGGGGHHHHHH GGH GGH...&rdquo; un paisano, de los que toman el sol desde las rocas, peg&oacute; un grito ininteligible, mirando tambi&eacute;n hacia el poste emisor, que vendr&iacute;a a decir algo as&iacute; como que &ldquo;&iexcl;ya vale, hombre!&rdquo;. En ese minuto, ese se&ntilde;or fue mi h&eacute;roe. Por supuesto, no sirvi&oacute; de nada. Me puse una toalla sucia de arena sobre la cabeza. Los mensajes continuaron, en <em>loop</em>, durante un par de horas. Fue la prueba de sonido m&aacute;s larga e insufrible de mi vida. Pero era mi primer d&iacute;a de mar y no estaba dispuesta a rendirme.
    </p><p class="article-text">
        Hay una persona que recorre las playas vendiendo bebidas, anunciando su cercan&iacute;a con el tintineo de una campanilla. Va cubierto de ropa de arriba a abajo, desde el sombrero hasta los pies, que cubre con esas zapatillas de goma que parecen calcetines. Y as&iacute;, pertrechado contra el sol, est&aacute; todo el d&iacute;a a todas horas. Hay dos maneras de referirse a esa persona. Si tienes sed y quieres comprarle algo, ser&iacute;a &ldquo;el de la nevera&rdquo;. Si no es ese el caso, ser&iacute;a &ldquo;el de la campana&rdquo;. Si es la s&eacute;ptima vez que te pasa por delante mientras est&aacute;s intentando relajarte entre un mensaje y otro del Concello da Coru&ntilde;a, es &ldquo;EL DE LA CAMPANITA&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La marea sube. Nos apretamos. Chequeo en el m&oacute;vil la ocupaci&oacute;n de la playa y veo que estamos en sem&aacute;foro rojo. Uno de los socorristas se levanta y se acerca a inspeccionar el espig&oacute;n. Vuelve a su puesto, habla por un <em>walkie talkie</em> mientras mira al infinito. Al poco, coge una bandera y con parsimonia la carga al hombro y la lleva de esa manera tan marcial hasta una zona de rocas donde el mar se ha picado tanto como mi estado de &aacute;nimo. Hunde el asta en la arena y la tela roja se queda ondeando con orgullo y altivez.&nbsp; El socorrista mira a un par de personas chapoteando en la ahora zona prohibida. Sopla con su silbato con tanta fuerza que me entra por un t&iacute;mpano y me sale por el otro. Como lo hemos o&iacute;do todos en la playa menos los dos del agua, lo hace una segunda vez, pitando durante m&aacute;s tiempo. Con esto, creo que he tenido suficiente y recojo las cosas para volver a casa. Quiz&aacute; ser&aacute; mejor volver a la playa cuando llueva, que estar&aacute; m&aacute;s apacible.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/tortura-bellas-artes_132_6142300.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Aug 2020 19:43:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De la tortura como una de las bellas artes]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Topless con mascarilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/topless-mascarilla_132_6135499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/89154c93-5e90-43e3-a7cf-11e0542c73f0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Topless con mascarilla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ya me da todo igual. Si me miran o no. Si tengo lorzas. Si no me gusta mi cuerpo. Si mi familia se incomoda. Por encima de todo, he dicho, están mis principios: que me quede la marca de las tiras del bikini es lo peor del verano</p><p class="subtitle">Puedes leer aquí todas las entregas de 'El verano del coronavirus'</p></div><p class="article-text">
        No era mi intenci&oacute;n ponerme a contar cu&aacute;ntas mujeres hab&iacute;a en la playa haciendo topless, pero al final me vi obligada a hacerlo. Una, dos, tres, cuatro... lo hac&iacute;a se&ntilde;alando sutilmente con el dedo o con la barbilla, hasta que mi hija me rog&oacute; que parase.
    </p><p class="article-text">
        La verdad es que, en una estad&iacute;stica a ojo, &eacute;ramos menos del 48% que afirm&oacute; un informe del Ifop, una empresa francesa de estudios de opini&oacute;n, que lo hac&iacute;amos en Espa&ntilde;a el a&ntilde;o pasado. Seg&uacute;n las encuestas realizadas a las espa&ntilde;olas, solo un uno por ciento ha decidido volver a abrocharse la parte de arriba, respecto al mismo cuestionario realizado en 2016. En cambio, en el resto de pa&iacute;ses europeos sondeados, el descenso de se&ntilde;oras en topless est&aacute; entre los cinco y los siete puntos. Cuando preguntaron a las mujeres francesas por qu&eacute; hab&iacute;an dejado de hacerlo, la respuesta variaba seg&uacute;n la edad. Las mayores, principalmente, por el riesgo de exposici&oacute;n de la piel al sol. Teniendo en cuenta que los bikinis son la prenda m&aacute;s cara que existe en relaci&oacute;n a los cent&iacute;metros cuadrados que cubre, no deja de ser chocante. En cambio, para las j&oacute;venes menores de 25, la raz&oacute;n principal ha sido las miradas de los hombres. La segunda, el miedo a ser objeto de una agresi&oacute;n sexual, f&iacute;sica o verbal. La tercera, el temor a recibir cr&iacute;ticas negativas sobre su propio cuerpo. Al ir a mirar cu&aacute;l es el segundo motivo para la mujeres mayores de 25, nos volvemos a tropezar con el miedo a las miradas de los hombres. Es decir, que al final no es que ellas no quisieran quitarse la parte de arriba, sino que ten&iacute;an miedo de hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        A mi hija de 9 a&ntilde;os no le gusta no ponerse la parte de arriba. Digo &ldquo;no ponerse&rdquo; porque se trata de un problema que arranca mal: los bikinis de las ni&ntilde;as vienen con sujetador desde que superan la talla beb&eacute;. No acabo de entender bien porqu&eacute; ella no quiere vestir solo la braguita, pero estoy segura de que uno de sus motivos es que desaf&iacute;a la manera en la que son las cosas: si venden dos piezas es porque son dos piezas. Adem&aacute;s de la verg&uuml;enza propia, tambi&eacute;n tiene mucha de la ajena y ha intentado disuadirme para que yo tampoco me lo quite. Por eso, lo primero que hice al llegar a la playa, fue hacer ese recuento estad&iacute;stico delante de ella. Cinco, seis, siete... iba dici&eacute;ndole en voz baja mientras busc&aacute;bamos un claro en el bosque de cuerpos tendidos al sol.
    </p><p class="article-text">
        Si cuando yo ten&iacute;a menos de 25 me hubieran preguntado por qu&eacute; no me quitaba el sujetador (o, lo cual ser&iacute;a m&aacute;s atinado, por qu&eacute; solo me pon&iacute;a ba&ntilde;ador, con mucha tela, por favor) hubiera dicho, como primer motivo, para no tener que ver mi propio cuerpo, feo y gordo a mis ojos, el cual no pod&iacute;a evitar comparar de soslayo con el de esas atletas playeras que, en mi descarriada opini&oacute;n, m&aacute;s que disfrutar se exhib&iacute;an a si mismas. Mi segunda raz&oacute;n, que no aparece en la encuesta, era la de no incomodar a mis acompa&ntilde;antes. Es definitiva, que no es que no quisiera, es que ten&iacute;a miedo de hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Ahora ya me da todo igual. Si me miran o no. Si tengo lorzas. Si no me gusta mi cuerpo. Si mi familia se incomoda (pasamos de la censura de los padres a la de los hijos con apenas unos a&ntilde;os de respiro). Por encima de todo, he dicho, est&aacute;n mis principios: que me quede la marca de las tiras del bikini es lo peor del verano.
    </p><p class="article-text">
        Cuando tienes claro en qu&eacute; momento te puedes quitar el top, te surge la duda de cu&aacute;ndo te vas a quitar la mascarilla. Se puede dar la paradoja de que al final acabes haciendo topless en mascarilla, porque tienes a la gente muy pegada o porque quieras dar unos paseos por la orilla. Atenci&oacute;n, porque es posible que en septiembre se nos note que estuvimos en la playa por la marca de la mascarilla en la cara, sin tener que ense&ntilde;ar nada m&aacute;s: un gran cuadrado blanco bajo unos p&oacute;mulos rojitos.
    </p><p class="article-text">
        Estaba tumbada en la playa del Orz&aacute;n, d&aacute;ndole a mi espalda un suave ba&ntilde;o de sol y de viento, dej&aacute;ndome arrullar por el sonido de las olas empujadas, cada vez m&aacute;s cerca, por la marea, acariciando con los dedos gordos las piedrecitas de la arena falsa (vertida con camiones para ampliar la playa), cuando me enter&eacute; de la noticia por el grupo de al lado. Deb&iacute;an de ser las tres y media. Feij&oacute;o, el presidente de la Xunta, hab&iacute;a dado una rueda de prensa apenas una hora antes para anunciar que la mascarilla ser&iacute;a obligatoria en Galicia incluso cuando se cumpliera la distancia de seguridad. Y ahora qu&eacute;, se preguntaban mis vecinas de arena.
    </p><p class="article-text">
        Mire a mi alrededor y, al igual que antes hab&iacute;a contado los pares de tetas al aire, ahora lo hac&iacute;a con las bocas: nadie llevaba mascarilla. Me fij&eacute; en las escaleras que permit&iacute;an el descenso a la playa y comprob&eacute; que el gesto era casi siempre el mismo: los ba&ntilde;istas se quitaban la mascarilla en el &uacute;ltimo escal&oacute;n, justo en el momento de pisar la arena. En un gesto parecido a quitarse el cintur&oacute;n de seguridad, era tocar playa y soltar goma, todo casi a la vez, habiendo quien completaba la pirueta con una sacudida de chanclas. La playa, pens&eacute;, que hab&iacute;a sido un espacio de liberaci&oacute;n para esos pezones que deb&iacute;an ocultarse en tantos otros sitios (hay pa&iacute;ses en los que est&aacute; prohibido el topless, como Irlanda y Argentina, pero tambi&eacute;n en otros que nos quedan m&aacute;s cerca, como Instagram) sigue teniendo cierta raigambre de zona franca o territorio sin ley...
    </p><p class="article-text">
        Acaso acometer&iacute;amos en la ciudad, con semejante estilo deportivo, esos torneos <em>open</em> de palas de playa, en los que pasamos m&aacute;s tiempo buscando d&oacute;nde ha ca&iacute;do la pelota o agach&aacute;ndonos para recogerla del agua (lorzas van) que devolviendo el golpe. No, no lo har&iacute;amos.
    </p><p class="article-text">
        Acaso nos zampar&iacute;amos en un parque cualquiera una bolsa grande de patatas fritas y una cerveza formato <em>yonkilata</em>, cubiertos de crema y arena (rebozados como una croqueta), mirando embobados al infinito, para luego echarnos a dormir panza arriba, abriendo la verja a los ronquidos. Por supuesto que no.
    </p><p class="article-text">
        Acaso gritar&iacute;amos al cruzar una calle, como hienas hambrientas o jabal&iacute;es col&eacute;ricos, de la manera hist&eacute;rica y dolorosamente aguda en la que chillamos cuando nos golpea una olita por la espalda, estremeciendo nuestra piel con la frialdad del Cant&aacute;brico. Ni locas.
    </p><p class="article-text">
        No hab&iacute;a mascarillas en la playa aquel d&iacute;a, pero empezaron a aparecer al siguiente. Se la dejaba puesta alguna persona solitaria o una o dos personas, no m&aacute;s, que se daban paseos r&aacute;pidos de un extremo a otro de la playa, salpicando mec&aacute;nicamente sus pies por la orilla mojada. Poco a poco, cada d&iacute;a m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Una de las playas m&aacute;s peque&ntilde;as de A Coru&ntilde;a se llama Matadero porque en ella desaguaba eso mismo que os est&aacute;is imaginando. Hace no muchos a&ntilde;os estaba sucio, inaccesible y desagradable pero ha sido recuperado y ahora es una cucada de playa. Sigue manteniendo una zona rocosa, coronada por la estatua de una sirena. Hay algunos visitantes, generalmente hombres de cierta edad, que son ba&ntilde;istas de roca. No les gusta bajar a la arena, como si eso fuera de gente blanda. Les gusta abandonar el camino e instalarse, como pueden, por unas piedras informes y resbalosas. Algunos suelen aprovechar las formas de la sirena para dejar en ellas su ropa, o colgar una bolsa de pl&aacute;stico con bichos que reci&eacute;n acaban de pillar por all&iacute;. A menudo son hombres solos que, les mires cuando les mires, parece que les pillas haciendo un gesto, como recoger sus cosas o buscar algo en el horizonte. En verdad, si les observas mucho tiempo descubres que no est&aacute;n haciendo ning&uacute;n gesto, sino que esa es su postura. En mi opini&oacute;n, hacen lo que sea para parecer que no est&aacute;n en la playa, pero est&aacute;ndolo.
    </p><p class="article-text">
        Dos de ellos confirmaron mis sospechas, a ra&iacute;z de lo que se dijeron con un peque&ntilde;o encontronazo con una de esas paseantes de la orilla, que hac&iacute;a sus largos a pie, cubierta por gorra y mascarilla. En lo alto, dos hombres de las rocas hablaban en voz alta, con los brazos en jarras, pareciendo que no tomaban el sol. Uno de ellos com&iacute;a pipas, escupiendo las c&aacute;scaras por all&iacute;. La mujer de la orilla debi&oacute; decirle algo, que no pude o&iacute;r, a lo que &eacute;l contest&oacute; sonoramente que &eacute;l no estaba en la playa. La respuesta de ella vino acompa&ntilde;ada de un movimiento de brazos que parec&iacute;a se&ntilde;alar que &eacute;l negaba lo evidente. Discutieron, supongo que por el asunto de las c&aacute;scaras de pipas y la higiene en tiempos de coronavirus. Ella, soliviantada, se dio la vuelta y acometi&oacute; el tramo de regreso hacia el otro lado de la playa. El hombre retrocedi&oacute; como mucho cinco cent&iacute;metros, no pod&iacute;a tener espacio para m&aacute;s, y sigui&oacute; peg&aacute;ndole a la hebra con su compa&ntilde;ero.
    </p><p class="article-text">
        Ocho, nueve, diez... dej&eacute; de contar cuando ella dijo &ldquo;bueno, vale&rdquo;. Mi hija no es la &uacute;nica hija a la que le averg&uuml;enza su madre en topless. Ni tampoco es el topless lo &uacute;nico que les averg&uuml;enza de nosotras. No les gusta que cantemos en alto, que nos emborrachemos, que nos pongamos camisetas frikis, que les hablemos de las drogas que hemos tomado o les contemos lo que hacemos con nuestras parejas cuando la puerta del dormitorio est&aacute; cerrada. A estos ni&ntilde;os y ni&ntilde;as solo les gusta que seamos sus madres, y punto. Pero va a ser que no va a poder ser.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/topless-mascarilla_132_6135499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 Jul 2020 19:55:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Topless con mascarilla]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madrileños por el mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/madrilenos-mundo_132_6129792.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/364c79bd-bd20-4984-99fa-cbbcaf69e62d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Madrileños por el mundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De las brasas del Real Madrid y del bocata de calamares, surgió un nacionalismo madrileño, improvisado y resentido, que se quejaba de que "no nos quieren". Hubo algún madrileño que propuso hacer boicot y recordó que España tiene mucha costa donde plantar la sombrilla</p><p class="subtitle">Lee aquí los anteriores capítulos de este blog</p></div><p class="article-text">
        No hay momento m&aacute;s apropiado que un verano, y adem&aacute;s no hay otro verano m&aacute;s acertado que este, para leer <em>Una gu&iacute;a sobre el arte de perderse</em> de Rebecca Solnit. Yo misma lo estoy haciendo y s&eacute; que no soy la &uacute;nica. En la portada aparece una chica adentr&aacute;ndose en lo que aparenta ser un trozo de papel rasgado. Est&aacute; claro que esa grieta no lleva a ning&uacute;n sitio pero a&uacute;n as&iacute; se mete dentro de ella para desaparecer por un rato. He ah&iacute; la esencia misma del veraneo.
    </p><p class="article-text">
        Dice la autora (siguiendo a Walter Benjamin, y sigui&eacute;ndolo sin duda por alguno de sus paseos a la deriva por la ciudad) que uno se pierde estando plenamente presente en alg&uacute;n sitio (y, por tanto, yo dir&iacute;a que plenamente ausente de otro) y que no es lo mismo acabar perdido que perderse, pues hablamos de una elecci&oacute;n consciente y una conducci&oacute;n voluntaria, m&aacute;s ps&iacute;quica que f&iacute;sica, a la cual se accede a trav&eacute;s de la geograf&iacute;a. Siguiendo la pista que nos van marcando Walter y Rebecca, aprovechar el verano para hacer un viaje de descubrimiento de sitios (tambi&eacute;n conocidos como &ldquo;destinos tur&iacute;sticos&rdquo;) es un lamentable error.
    </p><p class="article-text">
        No estoy diciendo que haya que quedarse en casa, pero s&iacute; planteo que el mejor verano es aquel en el que te diluyes. Esta primavera se nos prohibi&oacute; deambular, el cual es el rito de iniciaci&oacute;n al perderse, por lo que me he propuesto hacerlo mucho este verano. Es mi principal objetivo. Recuerdo el miedo que surgi&oacute; en la desescalada ante las herramientas de control del contagio del coronavirus. No sab&iacute;amos c&oacute;mo de lejos llegar&iacute;an nuestros viajes y pronosticamos un futuro pr&oacute;ximo orwelliano, en r&eacute;gimen de vigilancia exhaustiva. Todav&iacute;a no s&eacute; bien por qu&eacute;, aunque intuyo que, adem&aacute;s del dinero, la laxitud propia del verano tiene algo que ver en que finalmente no haya habido apps de geolocalizaci&oacute;n del contagio ni parecen estar funcionando como deber&iacute;an esos detectives que son los rastreadores. Aqu&iacute; en Galicia vamos a tener que llamar a un n&uacute;mero de tel&eacute;fono para comunicar a la Xunta d&oacute;nde vivimos, qui&eacute;nes somos y de d&oacute;nde y cu&aacute;ndo llegamos. Solo tendr&aacute;n que hacerlo los que lleguen de lugares que las autoridades consideren peligrosos. Haya o no rebrotes en Madrid, tengo la intuici&oacute;n de que nos incluir&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Siempre ha habido cierta aversi&oacute;n en Galicia hacia los madrile&ntilde;os como especie invasora. Recuerdo que, de peque&ntilde;a, a principios de julio se dec&iacute;a &ldquo;ya llegan los madrile&ntilde;os&rdquo;, sin importar que fueran de Toledo, Valencia, Barcelona o Soria. Seguramente, cuando Coru&ntilde;a empezaba a recuperar su densidad natural a finales de agosto, la gente dir&iacute;a &ldquo;qu&eacute; gusto que ya se han ido los madrile&ntilde;os&rdquo;. No lo escuch&eacute; nunca porque yo era una de esas madrile&ntilde;as que volv&iacute;an a casa para empezar el curso escolar, pero sab&iacute;a que se dec&iacute;an esas cosas porque las hermanas de mi madre se lo contaban a ella por tel&eacute;fono, cuando les preguntaba por la ciudad que ella, con pena, hab&iacute;a dejado atr&aacute;s. Aunque la familia supiera que nosotros, un peque&ntilde;o ap&eacute;ndice desgajado, emigrado, est&aacute;bamos en Madrid, para ellos nosotros nos perd&iacute;amos, nos perd&iacute;amos en el invierno, y no nos rescataban hasta el julio siguiente, cuando tiraban de la cuerda larga que nos hab&iacute;an amarrado a la cintura.
    </p><p class="article-text">
        Hubo un momento en la desescalada que Feijo&oacute; dijo algo sobre los madrile&ntilde;os que pretend&iacute;an venir de vacaciones a Galicia. Fue muy sutil, pero todos entendimos que hab&iacute;a una incomodidad bajo sus palabras, una advertencia quiz&aacute;s. Yo me tom&eacute; lo de los madrile&ntilde;os como quien dice gallegos en Argentina. Otras personas, en cambio, se lo tomaron de manera literal y comenzaron a soliviantarse; de las brasas del Real Madrid y del bocata de calamares, surgi&oacute; un nacionalismo madrile&ntilde;o, improvisado y resentido, que se quejaba de que &ldquo;no nos quieren&rdquo;. Hubo alg&uacute;n madrile&ntilde;o que propuso hacer boicot y record&oacute; que Espa&ntilde;a tiene mucha costa donde plantar la sombrilla. Con semejantes antecedentes, llegu&eacute; a Coru&ntilde;a este verano rog&aacute;ndole a mi familia que por favor relajara el acento madrile&ntilde;o en p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de todos los chistes &mdash;que, en honor a la verdad, hac&iacute;amos m&aacute;s nosotros que ellos&mdash;, la cosa no parec&iacute;a que fuera a pasar de ah&iacute; hasta que llegaron los del Fuenlabrada. En mitad de un clima de funeral por el inminente descenso de categor&iacute;a del D&eacute;por, tuvo que ser un equipo madrile&ntilde;o el que viniera cargado de coronavirus para hacer realidad la profec&iacute;a de Feijo&oacute;. Aunque tiene su importancia, el tema est&aacute; un poco sacado de quicio y ha comenzado a adquirir proporciones de serpiente de verano, esas noticias que en invierno no lo son tanto, con apasionantes giros de guion y personajes muy bien perfilados. Un repaso a La Voz de Galicia, por ejemplo, nos aporta casi una pieza del tema por cada secci&oacute;n, con enfoques de todo tipo, desde el sanitario (c&oacute;mo ha podido suceder esto), al empresarial (historietas relativas al presidente del club), al deportivo (el club coru&ntilde;&eacute;s hace lo que puede para evitar la degradaci&oacute;n a Segunda B) pasando por el ultralocal, con dos historias que han tenido amplia cobertura: una boda que ya hab&iacute;a sido pospuesta en una ocasi&oacute;n y que ten&iacute;a que celebrarse en el hotel de los confinados (la novia estaba al borde del ataque de nervios, coment&oacute; ella misma) y la preocupaci&oacute;n de los socios de La Solana, el club deportivo situado en el hotel (una instituci&oacute;n tan arriagada en la ciudad casi como el propio D&eacute;por) por si los futbolistas hab&iacute;an utilizado o no las instalaciones.
    </p><p class="article-text">
        Es el gran tema de esta ciudad en estos d&iacute;as, lo cual nos permite hablar de algo cuando el verdadero tema es la nada. En este escenario de postconfinamiento, A Coru&ntilde;a languidece, no ha llegado a despertar del todo. La programaci&oacute;n cultural, muy dependiente de las instituciones, es anecd&oacute;tica, profil&aacute;ctica incluso. Como si la ciudad quisiera desaparecer por un tiempo, pasar desapercibida, diluirse en la oscuridad que hay en los intervalos entre fotogramas de una pel&iacute;cula, a los que Rebecca Solnit llama <em>terra inc&oacute;gnita</em>. Perderse.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Terra inc&oacute;gnita&rdquo; o &ldquo;aqu&iacute; hay dragones&rdquo; se le&iacute;a en los mapas antiguos para marcar los territorios inexplorados, los que ni siquiera sab&iacute;an dibujar. El arte de perderse necesariamente nos lleva al fin del mundo, al &uacute;ltimo trozo de tierra, del que Galicia tiene alg&uacute;n pedazo. No hay que llegar a estos terrenos para explorarlos pues querr&iacute;amos que siguieran siendo <em>terra inc&oacute;gnita</em> en el futuro, se viene a ellos para despejar inc&oacute;gnitas sobre uno mismo. En el fin de la tierra, por donde deambula la muerte, se piensa mejor sobre todo lo que no sabemos. Y adem&aacute;s, est&aacute; fresquito. Los jugadores del equipo de Fuenlabrada, confinados en el Hotel Finisterre &mdash;d&oacute;nde mejor&mdash; han <em>sido perdidos</em>, aunque est&eacute;n geolocalizados en unas coordenadas muy precisas, aunque haya un grupo de c&aacute;maras y periodistas en la puerta del hotel recogiendo todo lo que se pueda saber, que es nada, su ausencia respecto a las personas y los lugares en los que deber&iacute;an estar en este momento, su desaparici&oacute;n, les regala esta magia de perderse durante 14 d&iacute;as en <em>terra inc&oacute;gnita</em>.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/madrilenos-mundo_132_6129792.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jul 2020 20:29:48 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ancha es Castilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ancha-castilla_132_6126563.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fffe514b-0762-4d18-8d2b-84b2f4991507_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ancha es Castilla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo de sobar periódicos colectivamente es un peligro. Pero si te paras a pensarlo, todo lo es</p></div><p class="article-text">
        Ten&iacute;an acentos andaluces diferentes. Yo, que me considero una genia en la localizaci&oacute;n por el habla, apost&eacute; a que la mujer era de C&aacute;diz y la ni&ntilde;a, de Sevilla. Me hab&iacute;an dado asiento en contra del sentido de la marcha, lo cual me proporcionaba una visi&oacute;n privilegiada de las caras de mis compa&ntilde;eros de vag&oacute;n, en lugar de sus cogotes. Para los amantes de las conversaciones ajenas, esta situaci&oacute;n facilita las cosas. Cuando la mujer y la ni&ntilde;a se dijeron la una a la otra de d&oacute;nde ven&iacute;an, hac&iacute;a un buen rato que hab&iacute;amos dejado Madrid atr&aacute;s y la ciudad empezaba a ser un recuerdo pesado del que huir, a pesar de que yo viajara hacia el noroeste de espaldas, viendo pasar por la ventanilla el mundo al rev&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        La ni&ntilde;a era de C&oacute;rdoba y la mujer, de Ja&eacute;n. Estaban sentadas en asientos separados por el pasillo y hab&iacute;an girado sus cuerpos, ocupando una parte del hueco central con las piernas, para hablarse con mayor comodidad. No se dijeron los nombres, porque en los trenes solo compartimos la informaci&oacute;n necesaria para entender lo que dejamos atr&aacute;s, no lo que nos espera, pues lo m&aacute;s seguro es que nunca nos volvamos a encontrar. Del futuro, o del destino, si acaso se habla es para mentir sobre &eacute;l. Yo, al menos, es lo que hago. Una vez le dije a un desconocido con el que compart&iacute;a fila que me dirig&iacute;a a Coru&ntilde;a para rodar una pel&iacute;cula. Me pregunt&oacute; si era actriz y, sobre la marcha, improvis&eacute; que no, que me dedicaba a la producci&oacute;n t&eacute;cnica. No quiso saber m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        El tren que hab&iacute;amos tomado junto a las andaluzas arrancaba en Madrid y aparcaba en Ferrol. Es un Avant que se detiene en Zamora, a donde llegas casi sin enterarte; en Ourense, que aunque est&aacute; en Galicia no lo parece porque el sol aprieta como en Castilla; en Santiago, que es casi ya como estar en casa y en A Coru&ntilde;a, mi destino en esta ocasi&oacute;n y en tantas otras. No llev&aacute;bamos ni cien kil&oacute;metros andados cuando la ni&ntilde;a de C&oacute;rdoba y la mujer de Ja&eacute;n ya se hablaban como grandes amigas. Los trenes unen lo que la tierra separa.
    </p><p class="article-text">
        La curiosidad de la ni&ntilde;a, que era quien hab&iacute;a manejado la conversaci&oacute;n desde el principio, se fue agotando antes de llegar a Medina del Campo, lo cual me dej&oacute; a solas con mis pensamientos, por primera vez desde que abandonamos la estaci&oacute;n de Chamart&iacute;n. La peque&ntilde;a desapareci&oacute; de mi campo de visi&oacute;n pero, en cambio, pude ver c&oacute;mo la mujer se acomodaba en su asiento para echar una siesta. Abri&oacute; su bolso y extrajo de &eacute;l un antifaz para dormir. Se lo coloc&oacute; y se baj&oacute; ligeramente la mascarilla, dejando al aire la nariz. La tela de mascarilla y la del antifaz, sin ser la misma, aunque s&iacute; parecida, combinaban de una manera elegante. Pens&eacute; que la mujer no lo habr&iacute;a pasado por alto. Observ&eacute; su cara tapada, de la que &uacute;nicamente asomaba el ap&eacute;ndice nasal, solito, pero a la vez centro de todo, inhalando y exhalando un aire que, seg&uacute;n nos hab&iacute;a informado Renfe, se renovaba cada siete minutos en los vagones como medida contra la COVID. Podr&iacute;a ser as&iacute; como podr&iacute;a no ser as&iacute;, nada lo hac&iacute;a notar.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los agujeros nasales de la mujer comenzaron a ensancharse y a estrecharse r&iacute;tmicamente, decid&iacute; que pod&iacute;a abandonarla a su suerte y concentrarme en mi propio sue&ntilde;o. Me puse las gafas de sol, me encaj&eacute; los auriculares en los o&iacute;dos y me abandon&eacute;, acurrucada en la butaca, a los campos eternos de la Castilla extensa, escuchando algunas canciones. Qu&eacute; gran invento la mascarilla en el tren. Qu&eacute; maravilla dormir sin miedo a desencajar la mand&iacute;bula, regalando a los otros viajeros el espect&aacute;culo lamentable de mi boca abierta, babeando por la comisura, manchando la barbilla y la camisa de avergonzante saliva del viajero, esa que aparece reseca cuando te despiertas, a causa del aire acondicionado.
    </p><p class="article-text">
        Cuando abro los ojos, todo es verde. El tren entra y sale por t&uacute;neles que atraviesan el macizo. El mensaje que emite la megafon&iacute;a se repite, al fin, en gallego. Porqu&eacute; esperan a pasar Piedrafita para hacerlo, es un misterio. Una voz juvenil nos recuerda que, &ldquo;debido a la situaci&oacute;n excepcional provocada por el COVID-19&rdquo; no se presta servicio en el vag&oacute;n cafeter&iacute;a, ni tampoco hay disposici&oacute;n de prensa, reparto de auriculares o carrito de bebidas. Lamento profundamente lo del bar. Me he mareado de lo lindo en ellos. Parte del glamur de viajar en tren est&aacute; en acodarse en una barra frente a la ventana y leer un peri&oacute;dico de cortes&iacute;a, ampliamente manoseado por otros muchos viajeros, acompa&ntilde;ado de una de esas botellitas de vino tinto de Rioja a cuatro euros, con tap&oacute;n a rosca, que te sirven junto a un vaso bajo de pl&aacute;stico y una peque&ntilde;a servilleta blanca. Si pides otra botella, te dan otro vaso y otra servilleta, de esa manera siempre parece que est&aacute;s tomando la primera. Recuerdo un AVE a Sevilla en el que me hice muy amiga de una chica a la conoc&iacute;a poco, compartiendo seis de esas maravillosas botellitas. En un momento de confesiones, acabamos ense&ntilde;&aacute;ndonos nuestros respectivos bolsos de medicamentos. Descubrimos que ninguna de las dos viajaba sin su peque&ntilde;a farmacia, con remedios para la ci&aacute;tica, la migra&ntilde;a o los gases, dolencias que con frecuencia me asaltan en los viajes en tren. Nos intercambiamos algunos bl&iacute;sters para celebrar la reci&eacute;n inaugurada amistad.
    </p><p class="article-text">
        Lo de sobar peri&oacute;dicos colectivamente es un peligro. Pero si te paras a pensarlo, todo lo es. Cuando entr&eacute; en el tren y busqu&eacute; mi plaza, me met&iacute; en el hueco de los sillones de enfrente y dej&eacute; sobre uno de ellos mi mochila, para agarrar la maleta con mayor comodidad y colocarla en el portaequipaje. En ese momento lleg&oacute; una mujer y me advirti&oacute;, muy seria, que estaba en su asiento. Le contest&eacute; que lo sab&iacute;a y, se&ntilde;alando el malet&oacute;n, le indiqu&eacute; que se trataba solo de un momento. Visiblemente enfadada, me contest&oacute;: &ldquo;ya, pero es que has dejado eso (se&ntilde;alando mi mochila con aprensi&oacute;n) sobre MI asiento, O ES QUE NO LO ENTIENDES&rdquo;. De mala gana, cog&iacute; mi &ldquo;eso&rdquo; y me lo colgu&eacute; a la espalda, pues a&uacute;n no ten&iacute;a acceso a mi propio asiento, sin decirle una palabra m&aacute;s. Tiene usted raz&oacute;n, le contest&eacute; mentalmente, me cuesta entender la frontera el&aacute;stica que separa la precauci&oacute;n del miedo.
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a la estaci&oacute;n de tren de A Coru&ntilde;a, mi familia y yo nos dirigimos a la parada de taxis, contando con que tendr&iacute;amos que repartirnos en dos. Por si acaso, preguntamos primero. &ldquo;Somos cuatro&rdquo;, le dijimos. &ldquo;Claro &mdash;respondi&oacute;&mdash;, en los taxis pueden montar cuatro&rdquo;. &ldquo;Es que en los taxis de Madrid ahora solo pueden ir tres&rdquo;, le dije, para no parecer idiota. El taxista se encogi&oacute; de hombros. En cada casa, uno dibuja la l&iacute;nea entre la precauci&oacute;n y el miedo donde le conviene.
    </p><p class="article-text">
        Por lo general, los taxis son la mejor puerta de entrada a las ciudades. Hay periodistas que se montan en uno y se sacan tres reportajes del tir&oacute;n haciendo preguntas al conductor. Hay excepciones, claro, tanto entre los periodistas como entre los taxistas, pero sobre todo en estos &uacute;ltimos, pues a fin de cuentas su oficio es el de conducir a las personas, no a las historias. Me sent&eacute; en el asiento del copiloto y le pregunt&eacute;: &ldquo;&iquest;c&oacute;mo est&aacute; la ciudad?&rdquo;. Fren&oacute; suavemente delante de un sem&aacute;foro y dijo que bien. En seguida me di cuenta de que me hab&iacute;a tocado un buen conductor, pero una p&eacute;sima fuente de informaci&oacute;n. Tir&aacute;ndole de la lengua, me lleg&oacute; a contar que ya estaba todo abierto, salvo los teatros. La ciudad, m&aacute;s o menos, volv&iacute;a a ser la misma de siempre, la de antes del coronavirus. O me estaba mintiendo o no hab&iacute;a salido lo suficiente de su taxi como para darse cuenta de lo que, un par de d&iacute;as despu&eacute;s, me pareci&oacute; evidente: la ciudad estaba muerta.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/ancha-castilla_132_6126563.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jul 2020 20:11:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ancha es Castilla]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El verano de las películas no existe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/verano-peliculas-no-existe_132_6118512.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75df79ed-5582-4e0d-8410-e9e2b2ae83cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El verano de las películas no existe"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La amnesia recurrente de todos los inviernos me hace olvidar que no soy yo la que da forma a los veranos, sino que estos me dan forma a mí. No hay voluntad ni determinación en el verano (salvo en el cine): somos turistas estresados, veraneantes torpes, rígidos visitantes en sus manos</p><p class="subtitle">Lee aquí el primer capítulo de este blog: 'Lo que necesita la gente son respuestas'</p></div><p class="article-text">
        Dos pel&iacute;culas recogen mis dos visiones m&aacute;s id&iacute;licas del verano. No es que yo tuviera esas ideas en mi cabeza y acabara encontr&aacute;ndolas en el cine, sino m&aacute;s bien lo contrario, la ficci&oacute;n ha insertado en m&iacute; una memoria inventada y una proyecci&oacute;n inalcanzable. Una de ellas pertenece al verano de quedarse y, la otra, al de irse. Hace tiempo, TVE hab&iacute;a entrado en uno de sus cl&aacute;sicos bucles reponiendo cada a&ntilde;o por estas fechas <em>Bajarse al moro,</em> la pel&iacute;cula de Fernando Colomo en la que aparece un Madrid en el que los grupos de m&uacute;sica ensayaban ruidosamente en las terrazas y las chicas que sab&iacute;an mucho de la vida, beb&iacute;an t&eacute; y fumaban porros, pintaban dibujos en las paredes de sus casas. Yo, arrastrada por mi familia a destinos de veraneo, estaba segura de que el agosto madrile&ntilde;o que se me ocultaba era una ciudad t&oacute;rrida siempre al borde de la aventura.
    </p><p class="article-text">
        Por tanto, me iba. Y aunque me marchara, jam&aacute;s han tenido mis vacaciones el glamour del pijama de seda y la escritura concienzuda frente al mar de Palam&oacute;s del que disfrut&oacute; Truman Capote durante tres temporadas estivales consecutivas para escribir <em>A sangre fr&iacute;a</em>. La luz con la que rod&oacute; esas escenas Bennett Miller en <em>Capote</em> es la que me viene a la cabeza cuando sue&ntilde;o, en los inviernos, los veranos del futuro. De igual manera, si hubiera visto <em>Call me by your name</em> con veinte a&ntilde;os, habr&iacute;a sufrido mucho esperando que alg&uacute;n d&iacute;a llegaran mis vacaciones en una villa italiana renacentista rodeada de libros, idiomas y sexo. La amnesia recurrente de todos los inviernos me hace olvidar que no soy yo la que da forma a los veranos, sino que estos me dan forma a m&iacute;. No hay voluntad ni determinaci&oacute;n en el verano (salvo en el cine): somos turistas estresados, veraneantes torpes, r&iacute;gidos visitantes en sus manos.
    </p><p class="article-text">
        Este a&ntilde;o saqu&eacute; billetes de tren, pues en mi escala de glamour cinematogr&aacute;fico los trenes est&aacute;n muy por encima de la ansiedad de los vuelos o de los coches abarrotados de maletas, bolsas y objetos &mdash;los llamados &ldquo;por si acasos&rdquo; de &uacute;ltima hora&mdash;, que en mi infancia, con la habitual xenofobia cotidiana, se dec&iacute;a que eran coches como de los portugueses, como de los marroqu&iacute;es o como de los franceses. Siempre eran los vecinos los que cruzaban nuestra pen&iacute;nsula hasta los topes, cuando nosotros &iacute;bamos igual que ellos.
    </p><p class="article-text">
        Ir en tren te hace economizar bultos y ser m&aacute;s selectivo con la parte de tu vida que decides extraer de tu casa y llevarte de vacaciones. No s&eacute; viajar ligero. Supongo que por eso odio terriblemente hacer las maletas, porque no es m&aacute;s que una sucesiva cadena de elecciones y abandonos. La esencia de mi equipaje est&aacute; m&aacute;s en lo que me dejo que en lo que me llevo. Abrir las maletas en destino es siempre decepcionante porque nunca encuentro lo que necesito. Cuando al fin consegu&iacute; cerrar la cremallera de mi malet&oacute;n a punto de reventar, recib&iacute; un SMS de Renfe con un enlace a las medidas de seguridad para los viajeros debido al coronavirus, as&iacute; como la advertencia de que el peso m&aacute;ximo del equipaje de cada viajero son 25 kilos. Entr&eacute; en p&aacute;nico. Desconoc&iacute;a que exist&iacute;a un l&iacute;mite. Estaba segura de que la m&iacute;a pesaba al menos 100. Podr&iacute;a haberla abierto y empezar a sacar cosas pero, en lugar de eso, tom&eacute; nota mental de todas las excusas que dar&iacute;a en la estaci&oacute;n para pasarme del peso. &ldquo;Se&ntilde;or revisor, llevo tres secadores de pelo porque...&rdquo;. Seguro que Truman Capote no necesitaba tres secadores de pelo.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a calculado el tiempo para ir desde mi casa a la estaci&oacute;n de Chamart&iacute;n en metro y que me sobraran unos tres cuartos de hora &mdash;por si acaso&mdash; ya que la posibilidad de perder un tren me produce una angustia descomunal y genera en m&iacute; un humor insoportable. Pero, en el minuto final, junto a la puerta, al ver que cuatro personas tendr&iacute;amos que arrastrar dos maletas gigantes, una peque&ntilde;a, otra con forma del droide de Star Wars BB8, una mochila cada uno y una bolsa con cuatro bocadillos de tortilla para gastar los &uacute;ltimos huevos de la nevera, pens&eacute; en el viaje en metro como una laguna insalvable de arenas movedizas. Desmoralizados, decidimos pedir un taxi. A los cinco minutos lo ten&iacute;amos delante de casa y carg&aacute;bamos nuestro equipaje en su coche. Mientras su maletero terminaba de engullirse el &uacute;ltimo de nuestros bultos, el taxista pregunt&oacute; &ldquo;&iquest;solo vienen tres, verdad?&rdquo;. Le contest&eacute; que no, que &iacute;bamos los cuatro. Otro taxi lleg&oacute; hasta donde est&aacute;bamos parados y nos dedic&oacute; un pitido de aviso. Nuestro taxista nos dijo que solo pod&iacute;amos ir tres. Le dije que la ni&ntilde;a peque&ntilde;a era muy peque&ntilde;a y que form&aacute;bamos una unidad familiar. Solt&eacute; argumentos por soltar, pues en realidad no sab&iacute;a cu&aacute;l era el problema. Su compa&ntilde;ero nos volvi&oacute; a pitar. &Eacute;l me dijo que daba igual, que tres era el m&aacute;ximo porque nadie pod&iacute;a ir en el asiento delantero. Empezamos a discutir entre nosotros sobre qui&eacute;n se ir&iacute;a en otro coche y qu&eacute; maletas habr&iacute;a que bajar cuando el tipo de atr&aacute;s volvi&oacute; a tocar la bocina, ajeno al hecho de ser &eacute;l mismo un taxista que sin duda habr&aacute; bloqueado otras mil calles en su vida. Tocado por la presi&oacute;n social, nuestro taxista tom&oacute; la determinaci&oacute;n de saltarse la ley, de acercarse un mil&iacute;metro al fin de la civilizaci&oacute;n, retir&aacute;ndose unas gotas gordas de sudor que le escurr&iacute;an por dentro de las gafas, en un gesto que en realidad yo sab&iacute;a que significaba extenderse la pintura de guerra por la cara, como en Mad Max. &ldquo;Nos vamos a arriesgar&rdquo;, dijo.
    </p><p class="article-text">
        Nos est&aacute;bamos jugando la vida. &ldquo;Me pueden multar&rdquo;, advirti&oacute; y, por si eso fuera poco, a&ntilde;adi&oacute; &ldquo;y a ustedes tambi&eacute;n&rdquo;. El mayor problema era que ten&iacute;amos que pasar cerca de las l&iacute;neas enemigas. A unos minutos de nuestra casa y en la calle por la que llegar&iacute;amos en l&iacute;nea recta hasta la estaci&oacute;n, se hab&iacute;a desplegado un dispositivo policial debido a un corte de tr&aacute;fico. Habr&iacute;a que evitar pasar por all&iacute; dando un importante rodeo. Agradecimos honestamente su valent&iacute;a, como se hace siempre en las trincheras. Le dije que, si nos paraban, yo hablar&iacute;a con el polic&iacute;a y asumir&iacute;a las consecuencias. Por ello, me sent&eacute; en el asiento delantero, el asiento prohibido. Como ya hab&iacute;a hecho el d&iacute;a anterior, prepar&eacute; una lista mental: &ldquo;se&ntilde;or polic&iacute;a, somos cuatro en el taxi porque...&rdquo;. Mir&eacute; hacia atr&aacute;s desde mi asiento para echar un vistazo a mi familia, a la que vi desdibujada tras el pl&aacute;stico que el conductor hab&iacute;a colocado a manera de improvisada mampara anticoronavirus. Contuve el aliento.
    </p><p class="article-text">
        Tanto el taxista como yo mir&aacute;bamos por todas partes, escrutando el horizonte en busca de coches patrulla. Cuando salimos a una avenida amplia, escurr&iacute; el culo en el sill&oacute;n, pensando que as&iacute; se me ver&iacute;a menos. No pude evitar recordar otros viajes escondida, burlando la ley, como cuando me colaba, enterrada bajo una monta&ntilde;a de abrigos, en el autob&uacute;s de la ruta escolar para ir a casa de alguna amiga a la salida del colegio. En aquellas incursiones estaba segura de que si no mor&iacute;a a manos del autobusero, lo har&iacute;a asfixiada. Tambi&eacute;n me vino a la cabeza cuando, de adolescente, nos met&iacute;amos siete en un coche para ir a la sesi&oacute;n de tarde de la discoteca Palladium en Coslada; nuestros m&eacute;todos para llegar hasta all&iacute; formaban parte de la aventura. Mirando por la ventanilla mientras oteaba el horizonte y me desped&iacute;a de Madrid, a la vez que vigilaba la posible aparici&oacute;n de coches azules, ese pensamiento enlaz&oacute; con el recuerdo de aquellas horribles chaquetas que me pon&iacute;a a principios de los 90. Agradec&iacute; al taxista este paquete de ingratos recuerdos que me hab&iacute;a tra&iacute;do a la memoria y, casi sin darme cuenta, burlando una vez m&aacute;s a los defensores de la ley vial, lleg&aacute;bamos a las cercan&iacute;as de la estaci&oacute;n donde se toman los trenes hacia el norte, un lugar que me gusta porque todav&iacute;a es viejo, industrial y descampado gracias a los retrasos de la Operaci&oacute;n Chamart&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El conductor me advirti&oacute; de que hab&iacute;a polis en la puerta, as&iacute; que tendr&iacute;amos que apearnos unos cuantos metros antes. Dijimos que por supuesto y nos escurrimos de all&iacute;, como maquis que bajan a los pueblos en plena noche.
    </p><p class="article-text">
        No fue hasta que entramos en la estaci&oacute;n y repar&eacute; en uno de los muchos relojes que hay en ella que&nbsp;me d&iacute; cuenta de que, al cambiar de idea respecto al metro, no hab&iacute;amos ajustado los horarios. Hab&iacute;amos llegado tan pronto que ten&iacute;amos dos horas por delante. Ni siquiera pod&iacute;amos sentarnos a esperar, pues las indicaciones de distanciamiento social hab&iacute;an precintado la mayor&iacute;a de los asientos y como mucho diez personas en toda la estaci&oacute;n ten&iacute;an donde asentarse. Cada asiento parec&iacute;a rodeado de un peque&ntilde;o grupo de buitres cansados, jugando a las sillas, abalanz&aacute;ndose sobre la vac&iacute;a. Nos apoyamos en una columna y poco a poco nos fuimos dejando caer hasta el suelo. &iquest;Nos podemos sentar en el suelo con coronavirus?, pregunt&eacute;. Estaba segura de que no. Nadie m&aacute;s lo hac&iacute;a. Dej&eacute; pasar los minutos agarrando mi mochila, comiendo patatas fritas (&iquest;eso se pod&iacute;a hacer?) y esperando que alguien viniera a llamarnos la atenci&oacute;n. Mientras tanto, prepar&eacute; una lista de excusas para explicarle al se&ntilde;or vigilante c&oacute;mo hab&iacute;amos acabado as&iacute;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/verano-peliculas-no-existe_132_6118512.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Jul 2020 20:41:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El verano de las películas no existe]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que necesita la gente son respuestas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/necesita-gente-son-respuestas_132_6113332.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f4cfb12e-232f-4d47-bc1c-09d690344b0b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Lo que necesita la gente son respuestas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Pobrecita, vamos a invitarla a nuestra piscina porque ella no tiene". Y tú no puedes decir que no, porque luego te llaman rara y desagradecida a tus espaldas. Hay a quien le pasa lo contrario, que si no le invitan, tiene que conseguir que lo hagan</p></div><p class="article-text">
        En las tierras del interior, el sin&oacute;nimo m&aacute;s perfecto de la palabra verano es piscina. Es posible que la pregunta &ldquo;&iquest;cu&aacute;ndo abren las piscinas?&rdquo; sea una de las b&uacute;squedas m&aacute;s populares de internet en el mes de junio, incluso quiz&aacute;s en el de mayo. Yo, como oficina dispensadora de informaci&oacute;n que soy, es una de las que m&aacute;s me hacen. A la gente le gusta preguntarme cosas y, a m&iacute;, responderlas. A veces, no s&eacute; ni lo que digo. Hace a&ntilde;os, vagando de noche por Malasa&ntilde;a con unos amigos, un coche se detuvo a nuestro lado y nos pregunt&oacute; c&oacute;mo se iba a Badajoz. Nos miramos y uno de mis colegas se acerc&oacute; y, con ademanes resueltos, m&aacute;s propios de los adultos que no &eacute;ramos del todo entonces, apoy&oacute; las mu&ntilde;ecas sobre el filo del cristal de la ventanilla del copiloto y comenz&oacute; a dar indicaciones. El conductor se alej&oacute; dando las gracias con la mano. Le preguntamos a nuestro amigo c&oacute;mo es que &eacute;l sab&iacute;a ir desde all&iacute; a Badajoz. &ldquo;No, si yo no s&eacute; ir &mdash;contest&oacute; muy serio&mdash; pero la gente necesita respuestas&rdquo;. Esta actitud me ha guiado toda mi vida pero no la recomiendo en absoluto.
    </p><p class="article-text">
        Este verano hab&iacute;a sido oficialmente inaugurado semanas atr&aacute;s pero yo no ten&iacute;a ninguna intenci&oacute;n de ir a comprobar in situ si su sin&oacute;nimo m&aacute;s perfecto estaba ya en funcionamiento. Yo sab&iacute;a que era as&iacute; y no ten&iacute;a necesidad de ir a comprobarlo, hasta que lleg&oacute; el d&iacute;a en el que me invitaron a pasar un s&aacute;bado en una piscina. Esto es algo que siempre sucede en verano: la gente te invita a sus piscinas como si no tuvieras para comer. &ldquo;Pobrecita, vamos a invitarla a nuestra piscina porque ella no tiene&rdquo;. Y t&uacute; no puedes decir que no, porque luego te llaman rara y desagradecida a tus espaldas. Hay a quien le pasa lo contrario, que si no le invitan, tiene que conseguir que lo hagan. Me aseguraba una amiga madrile&ntilde;a que, con la que tenemos encima, este a&ntilde;o no pensaba pisar las municipales y que se las iba a apa&ntilde;ar para ir saltando de una piscina de una amiga a otra piscina de otra amiga. Ya se hab&iacute;a hecho un croquis.
    </p><p class="article-text">
        La piscina de mis anfitriones est&aacute; situada dentro de un complejo deportivo, en una urbanizaci&oacute;n privada, a las afueras de un pueblo de la sierra de Madrid. Como se puede suponer, llegar a ella no es f&aacute;cil. A&uacute;n as&iacute;, los propietarios siempre tienen miedo de que alguien se les cuele, por lo que, como ocurre en cualquier urbanizaci&oacute;n, suelen mirar con recelo a los que no conocen. Si as&iacute; es un verano normal, en este, el primer verano del coronavirus, f&aacute;cilmente las medidas de control podr&iacute;an vulnerar dos o tres derechos fundamentales. Me prepar&eacute; para ello. Pero no, result&oacute; que el entorno no era tan exclusivo como hab&iacute;a imaginado. Mis anfitriones no eran ricos y su urbanizaci&oacute;n, si es que en realidad se pod&iacute;a denominar as&iacute;, se reduc&iacute;a a un par de fases de chal&eacute;s adosados construidos en los a&ntilde;os 70 y comprados a un precio asequible por trabajadores de clase media, en gran parte ligados por parentescos lejanos o amistades de anta&ntilde;o, pues unos hab&iacute;an ido tirando de los otros.
    </p><p class="article-text">
        Tras dejar mi mochila en el sal&oacute;n de uno de esos chalecitos, quitarme la mascarilla, secarme el sudor acumulado en el bigote y recomponer el pintalabios embadurnado alrededor de la boca como sonrisa de Robert Smith, mis anfitriones me dijeron que, antes de nada, deb&iacute;an explicarme las normas de la piscina, para lo que me pidieron que tomara asiento. Parec&iacute;a que ten&iacute;an malas noticias.
    </p><p class="article-text">
        Comenzaron explicando que, debido al gran n&uacute;mero de casas, y suponiendo que todas estuvieran habitadas, dato que se desconoc&iacute;a, a cada chal&eacute; le correspond&iacute;a el uso y disfrute de la piscina durante tres horas cada tres d&iacute;as. El derecho a piscina no significaba &uacute;nicamente meterse en el agua, sino tambi&eacute;n poder tumbarse en el c&eacute;sped o sentarse en el cemento. Supongo, les dije bromeando, ya que me hab&iacute;an invitado precisamente este d&iacute;a, que hoy tocaba. &ldquo;Pues en principio, no&rdquo;, me contestaron. Abr&iacute; las manos para ense&ntilde;ar las palmas, sub&iacute; los hombros y enarqu&eacute; las cejas, creando un emoticono inconfundible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me aclararon que, tras comprobar que la piscina estaba vac&iacute;a casi a todas horas, bien porque los chal&eacute;s tambi&eacute;n lo estaban o porque sus habitantes prefer&iacute;an no ba&ntilde;arse, precisamente el d&iacute;a anterior hab&iacute;an decidido cancelar esa norma y permitir el uso a diario, salvo los fines de semana. &iquest;Entonces os toca hoy?, repet&iacute; en un tono en el que no quedaba claro si asent&iacute;a o preguntaba. &ldquo;En principio, nos toca ma&ntilde;ana&rdquo;, me respondieron. Volv&iacute; a realizar con mi cuerpo el mismo emoticono de antes. Quise hacerme la ofendida pero, en mi fuero interno, me alegr&eacute; enormemente. Not&eacute; que algo en m&iacute; se relajaba. Quiz&aacute;s era la barriga, que la manten&iacute;a contra&iacute;da por ir acostumbr&aacute;ndome al ensayo de dignidad imposible que soy yo en bikini. Con suerte, a pesar de haber viajado una hora en metro y cincuenta minutos en autob&uacute;s interurbano para llegar hasta all&iacute;, podr&iacute;a librarme de tener que meterme en ese dep&oacute;sito de agua clorada en el que luchan por sobrevivir mosquitos, avispas y se&ntilde;oras y se&ntilde;ores que chapotean al borde del ahogamiento. A m&iacute;, en realidad, lo que me gusta de ir a las piscinas es cuidar las bolsas y las toallas de los dem&aacute;s mientras me zambullo en un libro, que es el &uacute;nico charco en el que me apetece hundirme.
    </p><p class="article-text">
        Model&eacute; en mi cara un t&iacute;mido gesto de desilusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Pero hoy vamos a ir tambi&eacute;n!&rdquo;, a&ntilde;adieron, mostr&aacute;ndome una hoja de excel impresa que era un <em>Candy Crush</em> de colorines indescifrables con el reparto de turnos para todo el verano. Contrastaron entre ellos algunos datos, hicieron cuentas y mandaron un par de mensajes de texto. Antes de aclararme qu&eacute; estaba pasando, me indicaron que otra de las normas consist&iacute;a en que solo pueden entrar cuatro personas por casa. Hice un recuento r&aacute;pido e innecesario para constatar lo evidente: &eacute;ramos dos de m&aacute;s. Me estaba costando sobrellevar esta monta&ntilde;a rusa de emociones e informaciones contradictorias. Les hice notar que nos exced&iacute;amos en n&uacute;mero, algo de lo que sin duda ya se hab&iacute;an dado cuenta. &ldquo;Claro, claro, en principio, no podemos bajar todos a la vez&rdquo;, me explicaron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me daba pereza volver a transformarme en el emoticono de mujer indignada. Mis anfitriones se dieron cuenta de mi impaciencia y aparcaron el suspense para explicarme, con medias palabras, que, como en tiempos de cualquier escasez, en la urbanizaci&oacute;n se hab&iacute;a generado un mercado negro de intercambio de plazas y turnos. Aunque a ellos les tocaba el domingo por la tarde, podr&iacute;amos ir el s&aacute;bado por la ma&ntilde;ana si tres personas ocupaban las plazas del chal&eacute; de Juanjo, primo hermano de un cu&ntilde;ado, que viv&iacute;a solo, por lo que podr&iacute;amos acoplarnos a &eacute;l, y otras tres lo hac&iacute;an con el de Rebeca, sobrina de Juanjo por parte de su mujer, que hab&iacute;a fallecido cinco a&ntilde;os antes. Era importante que Juanjo y Rebeca fueran de la familia, aunque de aquella manera, pues solo as&iacute; se justificaban los cambalaches. Por otro lado, unos vecinos, enterados de nuestras oscuras intenciones, pues all&iacute; todo se sabe, llamaron para pedir una plaza del domingo a mis anfitriones para dar cabida a un primito que ven&iacute;a de visita.
    </p><p class="article-text">
        Instintivamente, volv&iacute; a meter la barriga para dentro y me levant&eacute; del asiento. &ldquo;Hay m&aacute;s cosas, pero ya te las explicamos all&iacute;&rdquo;, me dijeron. Al llegar, nos identificamos con nombres falsos, nos embadurnamos las manos con gel hidroalcoh&oacute;lico y fuimos informados de que abandon&aacute;semos nuestras chanclas fuera del recinto. &ldquo;Mierda&rdquo;, susurr&eacute; debajo de mi mascarilla: &ldquo;eso no&rdquo;. La grima que siento al caminar descalza por el cemento rudo y caliente de una piscina solo es comparable al asco que me da meter los pies sin chanclas en esas cubetas, nidos de hongos y sudores ajenos que son las duchas de las piscinas.
    </p><p class="article-text">
        Abatida, dej&eacute; mis hawaianas con la cara de la princesa Leia en la puerta y camin&eacute; de puntillas por el cemento, siguiendo a mi grupo en fila india, como una cuerda de presos, recorriendo un pasillo dibujado con pintura blanca. Lo que no era zona de paso eran recuadros que demarcaban las &aacute;reas asignadas a las unidades familiares. Escogimos un recuadro que, por suerte, recib&iacute;a un poco de sombra en una esquina. Juanjo y dos m&aacute;s de mi grupo se aposentaron en el de al lado. Preguntamos a la socorrista si pod&iacute;amos unir los dos cuadrados para hacer un saloncito acogedor y nos dijo que no y que, por favor, no pusi&eacute;ramos las toallas encima de la raya blanca. Era como vivir en el plano de una casa.
    </p><p class="article-text">
        R&aacute;pidamente todos se quitaron las camisetas y las mascarillas y se lanzaron al agua, con atl&eacute;ticos y elegantes saltos de cabeza. Yo estir&eacute; la toalla, me embadurn&eacute; de crema, saqu&eacute; mi libro y me puse a leer. No llevaba ni media p&aacute;gina cuando una mujer de unos 70 a&ntilde;os largos me llam&oacute; desde el recuadro de enfrente. &ldquo;&iquest;No te das un ba&ntilde;ito, hija?&rdquo;, me dijo. Le ment&iacute; dici&eacute;ndole que luego. Me pregunt&oacute;, no s&eacute; si con aires policiales o por matar el aburrimiento (me costaba ver el detalle de sus gestos con el distanciamiento social y el resol) que si yo era de all&iacute;. Esperaba esa pregunta. Volv&iacute; a mentirle diciendo que s&iacute;, dejando caer algunos nombres; &ldquo;soy prima del Juanjo&rdquo;, le aclar&eacute;. Pareci&oacute; satisfecha. &ldquo;&iquest;Y t&uacute; sabes c&oacute;mo hacen para desinfectar la piscina con lo del coronavirus, hija?&rdquo;. Cerr&eacute; el libro. Alc&eacute; un poco la voz para que me entendiera bien. Le expliqu&eacute; que cloraban el agua dos veces al d&iacute;a, que echaban lej&iacute;a en el cemento y ozono en la hierba, que no hab&iacute;a visto una piscina en todo el verano con mayor higiene y seguridad que est&aacute;, que los empleados de la piscina pasaban un PCR tres veces a la semana. La mujer sonri&oacute;, levant&oacute; su imponente volumen con dificultad y se dirigi&oacute; hacia la ducha, asintiendo con la cabeza. Mientras la miraba bajar por la escalerilla de lo hondo, me acord&eacute; una vez m&aacute;s de la sabidur&iacute;a de mi colega en aquella Malasa&ntilde;a de un verano lejano, cuando nos acod&aacute;bamos con osad&iacute;a en las ventanillas de los coches ajenos, con respuestas para todo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Cabrera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/blog/el-verano-del-coronavirus/necesita-gente-son-respuestas_132_6113332.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Jul 2020 20:25:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que necesita la gente son respuestas]]></media:title>
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