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    <title><![CDATA[elDiario.es - Boletín elDiario.es Aragón]]></title>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El verano que nos debemos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/boletin/verano-debemos_132_12367370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d816d060-46a4-4364-83d8-c810f1799fd3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El verano que nos debemos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El estío también es un espejo: de lo que aún no hemos resuelto, de lo que toleramos en nombre del ocio y del silencio cómplice que calla cuando debería actuar</p></div><p class="article-text">
        Hay estaciones que huelen a promesa. El verano, para muchas, ha sido siempre la gran met&aacute;fora de la libertad: la ropa ligera, las horas dilatadas, los cuerpos que se sueltan o el deseo que se insin&uacute;a sin necesidad de excusas. Se nos ha ense&ntilde;ado que el est&iacute;o es la gran tregua del a&ntilde;o. Pero para nosotras, las mujeres, esa tregua viene llena de condiciones.
    </p><p class="article-text">
        Caminar solas en la noche tibia de un pueblo del Bajo Arag&oacute;n, volver de un concierto por una carretera comarcal, compartir una risa en la barra de un bar cualquiera en Huesca o bailar entre multitudes en un festival cerca del Ebro sigue teniendo un coste: pensar en la ropa, vigilar el vaso, fingir indiferencia frente a miradas invasivas, calcular la ruta de regreso, enviar un &ldquo;ya he llegado&rdquo; antes de dormir. No es libertad si no podemos vivirla sin miedo.
    </p><p class="article-text">
        Lo sabemos bien en Arag&oacute;n, donde las calles se llenan de gente cada verano, donde los pueblos se reinventan con ferias, fiestas patronales, festivales de m&uacute;sica, mercadillos y encuentros culturales que celebran la vida. Pero en esa celebraci&oacute;n tambi&eacute;n se filtran las cifras: agresiones, tocamientos, violencia sexual. En espacios que deber&iacute;an ser seguros, compartidos y gozosos, la desigualdad se cuela con la m&uacute;sica de fondo. A menudo disfrazada de broma, de ligoteo mal entendido, de derecho al deseo unilateral.
    </p><p class="article-text">
        El verano tambi&eacute;n es un espejo: de lo que a&uacute;n no hemos resuelto, de lo que toleramos en nombre del ocio y del silencio c&oacute;mplice que calla cuando deber&iacute;a actuar. Y frente a ese espejo, muchas mujeres hemos aprendido a modular nuestra presencia, a reducir nuestro espacio y a calcular cada risa. El precio de no hacerlo, demasiadas veces, ha sido la humillaci&oacute;n o la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Pero resistimos. Como lo hacen tambi&eacute;n muchas iniciativas humildes, pero imprescindibles. Esas que convierten una plaza en un espacio seguro, que incluyen protocolos feministas en los eventos, que forman a profesionales para detectar situaciones de riesgo, que incorporan puntos violeta y que entienden que no se trata de moralizar el deseo, sino de garantizar que el placer no se ejerza sobre el miedo de otras.
    </p><p class="article-text">
        No es una exageraci&oacute;n ni una hip&eacute;rbole. Es un cambio urgente. Porque no hay libertad verdadera si para algunos significa poder y para otras peligro. Y porque la noche, la m&uacute;sica, el verano, el deseo, nos pertenecen tambi&eacute;n a nosotras. No queremos pedir permiso para vivirlos. Queremos vivirlos con plenitud.
    </p><p class="article-text">
        Y lo hacemos tambi&eacute;n desde la cultura, que siempre ha sido nuestra trinchera m&aacute;s luminosa. Desde las poetas que han bordado el cuerpo femenino en la lengua del paisaje, como Magdalena Lasala o Marta Navarro, que escriben la piel y el deseo sin pedir disculpas, hasta las voces j&oacute;venes que en escenarios peque&ntilde;os de Veruela o Barbastro cantan con una lucidez desarmante sobre amar sin miedo y sobre salir y volver sin tener que dar explicaciones. Esa es tambi&eacute;n nuestra manera de resistir: contar la experiencia desde dentro, desde quienes la habitan con el pulso en la garganta pero sin ceder el paso.
    </p><p class="article-text">
        No queremos demonizar el verano. Al contrario: queremos devolverle su sentido. Que bailar en un festival de Fraga o re&iacute;r bajo las farolas de una verbena en el Maestrazgo no sea una escena marcada por el sobresalto, sino un acto de ciudadan&iacute;a plena. Que el turismo, el ocio, la fiesta y el deseo se vivan desde el consentimiento, el respeto y una alegr&iacute;a que no borre a nadie.
    </p><p class="article-text">
        Porque no es tan dif&iacute;cil imaginarlo: una red de mujeres que no tienen que protegerse entre s&iacute;, sino que pueden simplemente disfrutar. Un grupo de amigas que vuelven caminando a casa sin tener que fingir llamadas. Un festival en el que las &uacute;nicas manos que se acerquen sean las que bailan contigo, no contra ti. Un verano en el que podamos ser sin c&aacute;lculo.
    </p><p class="article-text">
        Y ojal&aacute; no sea s&oacute;lo una imagen po&eacute;tica. Ojal&aacute; no sea s&oacute;lo literatura. Pero mientras tanto, que siga la poes&iacute;a. Que nos sigan acompa&ntilde;ando los versos de Goya Guti&eacute;rrez, que escribe que &ldquo;la verdadera libertad se mide por la piel que no tiembla&rdquo;, o las canciones que ya no nos silencian, sino que nos celebran.
    </p><p class="article-text">
        Porque &eacute;se es el verano que queremos. Y no lo vamos a pedir m&aacute;s: lo vamos a hacer nuestro. D&iacute;a a d&iacute;a. Fiesta a fiesta. Cuerpo a cuerpo. Hasta que ser mujer no sea un riesgo en la noche c&aacute;lida, sino simplemente otra forma de estar vivas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Jun 2025 03:30:14 +0000]]></pubDate>
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