<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Diario de Viajes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Diario de Viajes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/blog/510676" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Un paseo por el Cádiz, Cádiz, Cádiz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paseo-cadiz_132_2977031.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/62c587a2-e9d5-4914-ba1a-86cb4128faad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un paseo por el Cádiz, Cádiz, Cádiz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Pocas ciudades del mundo atesoran en su seno tal compendio de hazañas históricas</p></div><p class="article-text">
        Empecemos reconociendo la evidencia: el paso por C&aacute;diz de un servidor no fue el m&aacute;s id&oacute;neo para rese&ntilde;ar la ciudad. Porque hasta all&iacute; no me llev&oacute; el turismo sino un evento, por lo que apenas me quedaron unas horas para patear el centro, eso s&iacute;, en buena compa&ntilde;&iacute;a y muy bien guiado. Cuentan los gaditanos que si alguien te dice que es de C&aacute;diz quiere decir que es de la provincia, que si te dice que es de C&aacute;diz, C&aacute;diz significa que es de la ciudad. Pero que uno del centro hist&oacute;rico te dejar&aacute; claro que &eacute;l es de C&aacute;diz, C&aacute;diz, C&aacute;diz. Pues bien, ah&iacute; llega una primera constataci&oacute;n: el C&aacute;diz, C&aacute;diz, C&aacute;diz es un lugar estupendo para ser pateado. Un enorme laberinto donde se alternan calles y plazas bulliciosas con otras pasmosamente silenciosas y solitarias. Raramente se asoma alg&uacute;n coche.
    </p><p class="article-text">
        Segunda constataci&oacute;n: pocas ciudades del mundo atesoran en su seno tal compendio de haza&ntilde;as hist&oacute;ricas. Al llegar te explican la leyenda de H&eacute;rcules como fundador de la ciudad. Al tener poco tiempo, nos dejamos de mitos y leyendas. Lo que s&iacute; est&aacute; fuera de dudas es que ninguna ciudad de la Europa occidental puede presumir como C&aacute;diz de unas ra&iacute;ces de m&aacute;s de 3.000 a&ntilde;os, que se remontan al momento en que un grupo de mercaderes fenicios eligieron lo que entonces era un peque&ntilde;o archipi&eacute;lago para levantar una colonia. Luego ya fueron llegando los cartagineses, los romanos, los visigodos, los musulmanes, los cristianos, los del comercio con Am&eacute;rica y los de la Pepa. Los gaditanos est&aacute;n tan orgullosos de esa historia que a la m&iacute;nima se autoreferencian con los nombres fenicio, romano y cristiano. Pasear por el G&aacute;dir, Gades, C&aacute;diz con los ojos abiertos es ir cruz&aacute;ndose con las huellas que dejaron todos ellos.
    </p><p class="article-text">
        Empecemos por el final. Si de algo pueden sacar pecho los gaditanos es de ser la cuna de la democracia en Espa&ntilde;a, puesto que fue ah&iacute; donde se firm&oacute; la primera Constituci&oacute;n, en 1812, en plena ocupaci&oacute;n napole&oacute;nica y que ten&iacute;a la pretensi&oacute;n de poner fin al absolutismo de antiguo r&eacute;gimen. Eso a&uacute;n tard&oacute; unos a&ntilde;os en suceder, pero la semilla de la democracia se plant&oacute; en C&aacute;diz, y con motivo hace unos a&ntilde;os celebraron ese bicentenario por todo lo alto.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/28062916-4421-4142-bc0c-23d564780235_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Conviene visitar el Museo de las Cortes de C&aacute;diz, que adem&aacute;s de objetos relativos al momento alberga una impresionante maqueta de caoba de la ciudad realizada en el siglo XVIII. De un vistazo se constata la magnitud del laberinto gaditano.
    </p><p class="article-text">
        C&aacute;diz no es Nueva York, pero como en la ciudad de los rascacielos mientras se deambula por el adoquinado vale la pena ir echando la vista arriba. As&iacute; es como el visitante descubre la cantidad de edificios que est&aacute;n coronados por torres. Resulta que son una herencia del siglo de oro, de cuando C&aacute;diz tuvo el monopolio del comercio con Am&eacute;rica y el nacimiento de una nueva burgues&iacute;a comercial hizo florecer la ciudad. Estos comerciantes necesitaban hacerse ver a los barcos que se acercaban al puerto para empezar a negociar incluso antes de amarrar. Un total de 142 torres se reparten por toda la ciudad. La m&aacute;s conocida y visitada es la Torre Tavira, que con sus 45 metros fue durante decenios la m&aacute;s alta y envidiada del casco antiguo. Hoy es uno de los mejores miradores de la ciudad.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/1b84de5c-4fcc-4d7f-bca0-cd497b887e1a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Otro curioso testimonio de esa &eacute;poca es la catedral nueva o de Santa Cruz, cuya plaza constituye el epicentro del triple C&aacute;diz. La llamativa mezcla de estilos de su fachada (barroca-neocl&aacute;sica), pero sobre todo de materiales (una base de m&aacute;rmol blanco, un tronco de roca caliza y una corona de nuevo de m&aacute;rmol blanco) es consecuencia directa de los vaivenes comerciales de la ciudad. La construcci&oacute;n se dilat&oacute; a lo largo de 116 a&ntilde;os, y la parte del material barato, la roca caliza, responde a la &eacute;poca en que C&aacute;diz perdi&oacute; el monopolio en favor de Sevilla. Luego lo recuper&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Si hay una catedral nueva es que tambi&eacute;n hay una vieja, que curiosamente tiene tambi&eacute;n consideraci&oacute;n catedralicia puesto que C&aacute;diz es una de las pocas di&oacute;cesis con permiso para albergar dos sedes episcopales. La fachada de la vieja no llama tanto la atenci&oacute;n, pero s&iacute; lo hace su dorso, de est&eacute;tica claramente &aacute;rabe. En realidad fue mezquita antes que catedral. O sea como en C&oacute;rdoba pero en peque&ntilde;o. No hay muchos m&aacute;s vestigios musulmanes por las calles de la que fuera Yazirat Qadis, hay que ir busc&aacute;ndolos por los museos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e79baea2-605b-4932-a0b5-87cf6c2b7dd6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Muy cerca de la catedral vieja se hallan diversos yacimientos que permiten adentrarse en la antig&uuml;edad, tanto romana como fenicia. Un impresionante teatro romano del siglo I casi pasa desapercibido porque est&aacute; embutido bajo unos edificios de viviendas. Al parecer nunca se ha encontrado la forma de compensar a sus propietarios para que cambien de morada y dejen as&iacute; respirar al teatro. Cuando uno es de C&aacute;diz, C&aacute;diz, C&aacute;diz no quiere otro lugar para vivir. O sea que desde fuera apenas se ve muro, por lo que hay que entrar s&iacute; o s&iacute;. Impresionante tambi&eacute;n es la antigua f&aacute;brica de salaz&oacute;n romana, descubierta hace poco m&aacute;s de 20 a&ntilde;os, y que pone de relieve la intensa actividad pesquera-conservera y exportadora de la ciudad antes incluso del dominio romano.
    </p><p class="article-text">
        Antes de acabar el tour hay que acercarse al yacimiento fenicio Gadir, bajo el teatro de t&iacute;teres de la Tia Norica (otra tradici&oacute;n cultural gaditana), que son los restos fenicios m&aacute;s importantes de toda la cuenca mediterra&aacute;nea. El acceso al yacimiento es gratuito, pero hay que reservar entrada porque s&oacute;lo se aceptan grupos de hasta 25 personas cada hora. Un magn&iacute;fico audiovisual que recrea la antigua Gadir se combina con el testimonio de unas calles y viviendas que datan del siglo VI antes de Cristo. Se dice pronto.
    </p><p class="article-text">
        Todo est&aacute; tan a mano que en un solo d&iacute;a en C&aacute;diz se pueden recorrer esos tres milenios. Y a&uacute;n mejor, hasta queda tiempo para un paseo por su precioso malec&oacute;n de resonancias habaneras, o para darse un chapuz&oacute;n en una de sus magn&iacute;ficas playas. Dicen que pasar por C&aacute;diz sin probar sus playas y su pesca&iacute;to es pecado. Un servidor pec&oacute; (&iexcl;est&aacute;bamos en invierno!), y mi penitencia ser&aacute; regresar, pero con m&aacute;s tiempo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Jerez.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Víctor Saura]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paseo-cadiz_132_2977031.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Dec 2017 15:58:50 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/62c587a2-e9d5-4914-ba1a-86cb4128faad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="591792" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/62c587a2-e9d5-4914-ba1a-86cb4128faad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="591792" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Un paseo por el Cádiz, Cádiz, Cádiz]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/62c587a2-e9d5-4914-ba1a-86cb4128faad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Viena sale de un poema de Lorca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/viena-sale-poema-lorca_132_2984550.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33059988-1158-4541-ab38-568e2d6953c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando Viena sale de un poema de Lorca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la capital austríaca Mozart llegó a la plenitud de su fama y dilapidó su fortuna con el juego y el consumismo</p><p class="subtitle">La Biblioteca Nacional de Austria, una de las más bellas del mundo, alberga cerca de 8 millones de documentos</p></div><p class="article-text">
        Esperaba encontrar en Viena mendigos por los tejados y un bosque de palomas disecadas. Porque me imaginaba Viena a trav&eacute;s de la melancol&iacute;a del <em>Peque&ntilde;o vals vien&eacute;s, </em>de Federico Garc&iacute;a Lorca, y el quejido de la voz de Enrique Morente que lo canta. Algo de eso hay en la capital de Austria, pero tambi&eacute;n hay muchas otras cosas.
    </p><h3 class="article-text">Las fiestas de Mozart</h3><p class="article-text">
        En plena milla cultural est&aacute; el caf&eacute; Bellaria, un lugar que, seg&uacute;n la breve historia que se puede leer en el principio del men&uacute;, cuenta entre sus clientes habituales con &ldquo;numerosos actores, periodistas y pol&iacute;ticos&rdquo;. Est&aacute; decorado con cuadros de personajes hist&oacute;ricos, sillones y cortinas rojas, todo en general al estilo de siglos pasados. Viena solo deber&iacute;a de estar habitada por seres del s.XIX hacia atr&aacute;s, la modernidad desentona, sobre todo en la fisonom&iacute;a de su casco antiguo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/508eb93c-46e2-4918-ad9d-e0a40b090bf1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Cerca de la entrada hay una joven tocando, con una cerveza apoyada en un extremo del piano. Mientras los clientes degustamos algunos dulces t&iacute;picos, con un caf&eacute; o un chocolate caliente para sacudirnos el fr&iacute;o del invierno, el que parece el encargado, vestido con americana y pantalones negros, unos tirantes rojos y una gran cruz que le cuelga del cuello, se arranca a cantar una &oacute;pera con bastante poca maestr&iacute;a. Hubiera sido espectacular si en su lugar hubiera salido Morente a cantar &ldquo;Este vals / de s&iacute;, de muerte y de co&ntilde;ac/ que moja su cola en el mar. / En Viena hay cuatro espejos / donde juegan tu boca y los ecos / Hay una muerte para piano&hellip;&rdquo;. Y que le hubiera acompa&ntilde;ado tocando Wolfang Amadeus Mozart, convirtiendo el Bellaria en una de las fiestas que el m&uacute;sico montaba en las casas por las que pas&oacute; cuando viv&iacute;a aqu&iacute;. Se dice que en su hogar nunca faltaba el jolgorio, los invitados, corr&iacute;a el ponche y la m&uacute;sica &ndash;muchos de sus amigos eran m&uacute;sicos como &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Una de sus casas es ahora un museo interesante donde uno puede recorrer las diferentes etapas de la vida de este genio y pasear por las habitaciones que entre 1784 y 1787 le pertenecieron. La m&aacute;s grande de las estancias, la protagonista, es la que se utilizaba para el juego, con una reproducci&oacute;n de una mesa de billar y otros rincones que probablemente se usaban para jugar a las cartas. Se dice que Mozart fue un lud&oacute;pata incorregible y un amante de la fiesta, el disfrute, la ropa y los objetos caros, por eso aunque ganaba una fortuna, la dilapidaba con rapidez. Qu&eacute; apasionante ser&iacute;a vivir aunque fuera solo un d&iacute;a en su &eacute;poca para pasar una de esas noches -que se alargaban hasta la madrugada- en su casa y escucharle tocar el piano entre ponche y ponche. Y qu&eacute; feo queda pasearse por lugares como esos y no vestir como la gente de aquel entonces.
    </p><h3 class="article-text">La biblioteca m&aacute;s bonita</h3><p class="article-text">
        El esp&iacute;ritu rebelde e inquieto del compositor le llev&oacute; tambi&eacute;n a sumergirse de lleno en la masoner&iacute;a. De ello se habla tanto en su museo como en una exposici&oacute;n temporal que acoge la impresionante Biblioteca Nacional de Austria. Seg&uacute;n la informaci&oacute;n que all&iacute; se expone, <em>La Flauta M&aacute;gica</em> est&aacute; dedicada a la masoner&iacute;a, y oculta, tras simbolismos, las verdades que deben elevar al hombre al m&aacute;s alto grado de sabidur&iacute;a y los procesos de iniciaci&oacute;n que deb&iacute;an pasar los Hermanos en la Logia. Dentro de esa biblioteca imponente, la m&aacute;s bella que he visto nunca, con casi 8 millones de documentos a su resguardo, parece completamente natural que en aquellos a&ntilde;os en Viena la masoner&iacute;a tuviera su encanto. Hasta las callejuelas estrechas del casco antiguo y los edificios amplios y se&ntilde;oriales de la ciudad evocan el misterio. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/14fdad62-a1db-4c55-8c18-150e7c164a5f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Bajando la escalinata de la biblioteca pienso que si estuviera haciendo eso mismo pero en los a&ntilde;os 80, igual me hubiera cruzado con W. G. Sebald. Aunque seguramente no habr&iacute;a sido en ning&uacute;n edificio hist&oacute;rico, m&aacute;s bien deambulando por las calles de la ciudad o sentado en alguno de los restaurantes o caf&eacute;s. Como cuenta el escritor en <em>V&eacute;rtigo, </em>&ldquo;en los aproximadamente diez d&iacute;as que pas&eacute; aquella vez en Viena no fui a ver nada; a excepci&oacute;n de caf&eacute;s y restaurantes no entr&eacute; en ninguna parte&rdquo;. Sus d&iacute;as se compon&iacute;an de largas caminatas, cada vez m&aacute;s andrajoso, con sus zapatos &ldquo;por dentro ya disueltos en jirones&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Un parque de atracciones en invierno </h3><p class="article-text">
        Y aunque &eacute;l lo hiciera en un estado de desasosiego espiritual, la verdad es que Viena es un lugar para perderse andando. Incluso hasta los extremos de la urbe, hasta el m&iacute;tico Prater, que alberga un gran parque de atracciones.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8b934700-31d4-4762-983b-a42631ff6cd1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ah&iacute; sit&uacute;a gran parte de la acci&oacute;n Stefan Zweig en su novela <em>Noche fant&aacute;stica, </em>que transcurre en el verano de 1913. &ldquo;Resonaban cada vez m&aacute;s cerca los platillos y los instrumentos de viento de una banda de m&uacute;sicos [&hellip;]Contempl&eacute;, en los columpios, a las muchachas que se dejaban impulsar por los aires con los vestidos inflados y soltaban gritos de placer vertiginosos&rdquo;. Un torbellino de ruido y movimiento que ahora, en invierno, es dif&iacute;cil de encontrar. En esta &eacute;poca el parque est&aacute; desangelado, como un escenario de pel&iacute;culas del oeste cuando no hay pel&iacute;culas que rodar. Y eso tambi&eacute;n tiene su encanto. Algunas atracciones funcionan, otras no; algunos bares est&aacute;n abiertos, otros cerrados; y es posible cruzarse con alg&uacute;n borracho que a media ma&ntilde;ana ya va de lado a lado o con ni&ntilde;os que caminan emocionados, cogidos de la mano de sus padres. Y en medio de una de las amplias calles de ese parque, qu&eacute; bien quedar&iacute;a Lorca recitando su poema: &ldquo;En Viena bailar&eacute; contigo / con un disfraz que tenga / cabeza de rio&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Viena.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/viena-sale-poema-lorca_132_2984550.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Dec 2017 10:30:15 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/33059988-1158-4541-ab38-568e2d6953c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="686882" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/33059988-1158-4541-ab38-568e2d6953c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="686882" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cuando Viena sale de un poema de Lorca]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/33059988-1158-4541-ab38-568e2d6953c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Belgrado: cruce de ríos y culturas en el corazón de los Balcanes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/belgrado-cruce-culturas-corazon-balcanes_132_2999847.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9e55e690-5f45-4f1a-9067-129af2705b92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Belgrado: cruce de ríos y culturas en el corazón de los Balcanes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Belgrado es una ciudad joven y cosmopolita donde pasado y presente conviven en armonía</p><p class="subtitle">Disfrutar de un atardecer desde la fortaleza Kalemegdan, con vistas a la confluencia del Danubio y el Sava, es un espectáculo visual imperdible</p><p class="subtitle">La Casa de las Flores es un luminoso invernadero donde descansan los restos del mariscal Tito junto a multitud de curiosos objetos que acumuló durante su vida</p></div><p class="article-text">
        Enclavada en la confluencia del Sava con el Danubio y pr&oacute;xima al cruce entre oriente y occidente, en un extremo de Europa, su posici&oacute;n estrat&eacute;gica ha hecho a Belgrado muy codiciada a lo largo de la historia. Romanos, otomanos o austroh&uacute;ngaros, entre otros muchos, dejaron su impronta en una urbe que data del siglo 4 antes de cristo. Es una ciudad viva que abre un apetito voraz e irremediable por la historia, por intentar comprender y apreciar lo que esconden sus rincones, donde el paso de conquistas y guerras ha dejado una huella imborrable y duradera.
    </p><p class="article-text">
        Otrora capital de la antigua Rep&uacute;blica Federal Socialista de Yugoslavia, Belgrado es una metr&oacute;poli joven y cosmopolita donde pasado y presente conviven en armon&iacute;a. Los viejos trolebuses y tranv&iacute;as -algunos ya desaparecidos de las calles- se mezclan con Zaras, Mangos y dem&aacute;s sellos del capitalismo, componiendo una curiosa postal. Merece la pena recorrerla a pie, callejear y descubrir rincones, edificios, museos&hellip;Dejar de lado los prejuicios y disfrutar con el gris de sus calles, alegradas por los cientos de flores que las decoran cuando llega la primavera y los vistosos murales de arte urbano que destierran definitivamente la fama de ciudad sombr&iacute;a que la precede.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/630fcf08-1267-402e-a15a-2895f49d19d7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Las cicatrices de la historia</h3><p class="article-text">
        Resulta sencillo zambullirse en su vor&aacute;gine, dejarse arrastrar por ella y despertar la curiosidad. Es una ciudad que invita a leer para saber m&aacute;s, para profundizar en el relato complejo, a veces hasta retorcido, de una regi&oacute;n que siempre ha costado comprender y que a&uacute;n hoy vive tocada por su reciente pasado, marcado por una cruenta Guerra de los Balcanes que dibuj&oacute; un complejo escenario pol&iacute;tico en la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Igual que el Danubio se cruza y se funde con el Sava, multitud de culturas se han entrelazado en Belgrado y han dejado sus marcas en cada uno de sus recovecos. Visitar sus monumentos es revisitar las diferentes culturas y religiones que han dejado su impronta en la ciudad. Aunque la religi&oacute;n ortodoxa es mayoritaria en Serbia, existe a&uacute;n una reducida comunidad musulmana -herencia del dominio otomano durante los siglos XXVI y XVII&ndash; y una a&uacute;n m&aacute;s minoritaria comunidad jud&iacute;a, diezmada durante el Holocausto tras un floreciente periodo previo a la Segunda Guerra Mundial.
    </p><p class="article-text">
        Tres edificios religiosos dan buena muestra de la mezcla de estilos arquitect&oacute;nicos, legado de estas tres culturas. El Templo de San Sava -erigido sobre el enclave donde en teor&iacute;a descansan los restos de San Sava, fundador de la Iglesia ortodoxa- resalta en primer lugar. Esta enorme construcci&oacute;n, iniciada en 1935 y a&uacute;n inacabada, es el templo ortodoxo m&aacute;s grande del mundo. Del periodo otomano destaca la mezquita Bajrakli, una de las pocas que quedan en pie de esta &eacute;poca y la &uacute;nica que sigue funcionando como lugar de culto, mientras que a los jud&iacute;os solo les queda la Sinagoga de Belgrado, un bello ejemplo representativo de la arquitectura del academicismo.
    </p><p class="article-text">
        Otra parada obligatoria es la imponente fortaleza Kalemegdan. Enclavada en el coraz&oacute;n de la ciudad, en el punto donde se fund&oacute; la antigua ciudad romana de Singidunum, este espacio alberga actualmente zonas deportivas, un zool&oacute;gico y hasta un museo militar ubicado en los fosos de la fortaleza. Su privilegiada situaci&oacute;n en la cumbre de una colina regala una maravillosa vista panor&aacute;mica de la confluencia entre el r&iacute;o Danubio y el Sava. Disfrutar de un atardecer desde esa impresionante atalaya es un espect&aacute;culo visual imperdible que deja un recuerdo imborrable.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3704d8f8-76ca-4a91-b363-9f1b96a8a17e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Frenes&iacute; gastron&oacute;mico en las kafanas</h3><p class="article-text">
        <em>kafanas</em>Y entre cuestiones tan elevadas tambi&eacute;n hay que dejar hueco para otros asuntos m&aacute;s mundanos como la gastronom&iacute;a, otro reflejo de la mezcla de culturas que han ido dejando su sello en la zona. Eminentemente carn&iacute;vora y profusamente condimentada, el recetario serbio tambi&eacute;n deja espacio a algunos vegetales como los que componen la <em>srpska salata</em> (a base de tomate, pimientos y cebolla) o el <em>ajvar </em>(una salsa mezcla de pimientos y berenjenas horneados).
    </p><p class="article-text">
        Sin lugar a dudas, el &lsquo;must&rsquo; que todo comidista debe conocer y degustar durante su estancia en Belgrado es el <em>pljeskavica</em>, una hamburguesa de carne de ternera bien especiada y cocinada a la parrilla que se puede adquirir en todos los rincones de la ciudad. Una delicia para el turista hambriento, que tambi&eacute;n puede calmar la gula con otros productos de la zona como los <em>cevapcici </em>-rollitos de carne que se sirven habitualmente sobre un pan plano acompa&ntilde;ado de cebolla picada<strong>- </strong>o las <em>dolma</em> -un cl&aacute;sico de la zona balc&aacute;nica, influencia del imperio otomano, consistente en un paquetito de hojas de vid que envuelven un relleno de carne picada y arroz.
    </p><p class="article-text">
        El lugar perfecto para degustar todos estos manjares son las bulliciosas<em> kafanas</em>, tabernas tradicionales donde adem&aacute;s de comer puedes vivir un frenes&iacute; inolvidable al ritmo de la m&uacute;sica tradicional balc&aacute;nica.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/29c44566-dfbe-47aa-bf9e-46875ae42770_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Retazos del periodo socialista</h3><p class="article-text">
        Volviendo a nuestro periplo hist&oacute;rico, el visitante tambi&eacute;n puede escoger entre m&aacute;s de 40 museos que alberga la capital de Serbia. Y si hay alguno que destaca entre todos ellos ese es el Museo de la Historia de Yugoslavia. Ligeramente alejado del centro, merece la pena desviarnos de nuestra ruta por un momento para perderse en los pasillos de un espacio que trata de explicar una compleja historia, con especial foco en la etapa socialista. Este templo de la Yugonostalgia recibe m&aacute;s de 100.000 visitantes anuales que tratan de empaparse durante unas horas de las memorias de esta rep&uacute;blica socialista. Un relato que no se puede entender sin la figura de su durante d&eacute;cadas jefe de estado: Josip Broz Tito, al que se dedica un amplio espacio.
    </p><p class="article-text">
        Los carteles propagand&iacute;sticos, fotos, cartas y dem&aacute;s objetos y recuerdos expuestos en este museo ayudan a crear una imagen general de un estado que logr&oacute; mantenerse al margen del tel&oacute;n de acero y posicionarse como uno de los l&iacute;deres destacado al frente del Movimiento de Pa&iacute;ses no Alineados. Retazos de historia -quiz&aacute;s ligeramente sesgados- que ayudan a acercarse a esa Yugoslavia fuerte, unida y con gran reconocimiento internacional, tan anhelada a&uacute;n por muchos. Una etapa pol&iacute;tica que acab&oacute; con la Guerra de los Balcanes, un conflicto que ocup&oacute; cientos de p&aacute;ginas de diarios durante los a&ntilde;os 90 y puso en evidencia la fragilidad de los procesos de convivencia c&iacute;vica en la Europa posterior a la II Guerra Mundial.
    </p><p class="article-text">
        El complejo muse&iacute;stico incluye adem&aacute;s la Casa de las Flores, un luminoso invernadero donde descansan los restos del Mariscal Tito. All&iacute; le acompa&ntilde;an multitud de curiosos objetos que acumul&oacute; durante su vida, muchos de ellos regalos de pol&iacute;ticos y l&iacute;deres mundiales con los que estableci&oacute; relaci&oacute;n durante sus m&aacute;s de 30 a&ntilde;os de mandato. Trajes regionales o una armadura samur&aacute;i, entre decenas de objetos, conforman una curiosa y ecl&eacute;ctica colecci&oacute;n que pretende ser un extra&ntilde;o collage de una figura clave de la historia europea del siglo XX.
    </p><h3 class="article-text">El pulso de la calle</h3><p class="article-text">
        Para poner punto y final a nuestro recorrido, es imprescindible tomar el pulso a la calle en el mejor escenario posible: los bares. El lugar id&oacute;neo para respirar el esp&iacute;ritu de sus habitantes e interactuar con ellos.
    </p><p class="article-text">
        Cuando cae la noche, los numerosos barcos anclados frente a la orilla del r&iacute;o Danubio se convierten en discotecas flotantes. Locales vivaces y bohemios siempre llenos y bulliciosos, donde lugare&ntilde;os, turistas, Erasmus y gente de paso se mezclan entre coloquios frente a cervezas, chupitos de rakia y una selecci&oacute;n de m&uacute;sica que mezcla los trepidantes ritmos balc&aacute;nicos con grandes &eacute;xitos internacionales. Una charla compartida que es la mejor manera de acabar de enamorarse de una ciudad que hechiza y nunca, nunca deja indiferente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Belgrado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/belgrado-cruce-culturas-corazon-balcanes_132_2999847.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Dec 2017 11:50:58 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9e55e690-5f45-4f1a-9067-129af2705b92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3726292" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9e55e690-5f45-4f1a-9067-129af2705b92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3726292" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Belgrado: cruce de ríos y culturas en el corazón de los Balcanes]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9e55e690-5f45-4f1a-9067-129af2705b92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jerez en su patio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/jerez-patio_132_3017915.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fa660873-d645-4dee-9e04-a2e8248ecc4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jerez en su patio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una crónica desde un punto de vista íntimo y familiar de una de las ciudades cunas del flamenco</p><p class="subtitle">Un recorrido por las bodegas, la plaza de toros y el mercado del pescado</p><p class="subtitle">El pasado árabe en el Alcázar conviviendo con el presente gitano en el Rastro</p></div><p class="article-text">
        La &uacute;ltima vez que estuve en Jerez, mi amigo Alejandro me pregunt&oacute; cu&aacute;l era mi sitio favorito all&iacute;. Podr&iacute;a elegir, sabr&iacute;a c&oacute;mo hacerlo: ya perd&iacute; la cuenta de la cantidad de veces que he visitado la ciudad. Siempre lo tuve claro: mi lugar preferido de Jerez es el patio de la casa de Emilio y Maricarmen que, casualmente, son sus padres. Los mismos que, el mismo d&iacute;a, tambi&eacute;n trajeron al mundo a su hermano mellizo Javier, motivo principal por el cual conoc&iacute; mi ciudad recurrente en el sur espa&ntilde;ol y que, a estas alturas, ya forma parte de toda esa colecci&oacute;n de cosas que uno llamar&iacute;a su casa.
    </p><p class="article-text">
        Ese patio sol&iacute;a ser lugar de encuentro com&uacute;n de las familias que viv&iacute;an en las antiguas viviendas vecinales que se fueron perdiendo y reacondicionando con sucesivas reformas. Lo que hay ahora es una casa familiar ecl&eacute;ctica, con m&uacute;ltiples habitaciones y esta &aacute;gora privada para los manjares, los vinos y las historias que me esperan cada vez que visito Jerez.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta casa situada en el centro hist&oacute;rico, la ciudad comienza a bifurcarse en peque&ntilde;os callejones de adoquines y muchos cientos de patios m&aacute;s situados puertas adentro de cada fachada. Y comienzan las bodegas, con sus edificios intactos y en medio de una crisis que las ha obligado a diversificar su negocio y a alquilar sus salones para fiestas o reuniones, mientras tratan de sostener la producci&oacute;n de vinos de la mejor manera que pueden.
    </p><p class="article-text">
        Al pasar por la bodega de Gonzalez Byass (que comercializan el famoso fino T&iacute;o Pepe) o por las de Lustau o Faustino Gonz&aacute;lez y ver sus fachadas impecables, uno pensar&iacute;a en esplendor. Pero cada vez cuesta m&aacute;s vender ese vino de Jerez que, pese a la crisis, sigue manteniendo ese toque escoc&eacute;s que lo hace tan &uacute;nico, gracias a esa &uacute;ltima etapa de maceraci&oacute;n de las uvas en barricas que contuvieron whisky.
    </p><p class="article-text">
        Hasta en esto mi relaci&oacute;n con Jerez es familiar: nunca jam&aacute;s tomo vino de Jerez cuando estoy fuera. El oloroso seco no sabe igual en Barcelona o en Londres que en Jerez. Necesito estar ah&iacute; para que el sabor adquiera su plenitud, la idea de un maridaje geogr&aacute;fico.
    </p><h3 class="article-text">Toros, caballos y pescados</h3><p class="article-text">
        A un paso del centro de la ciudad, se encuentra la Plaza de Toros de Jerez, cada a&ntilde;o con menos corridas, todas centradas en el verano cuando llega la Feria del Caballo y los forofos de la tauromaquia se visten de gala con trajes y vestidos fucsias, celestes, rosas y amarillos, mucho gel y flores en el pelo. Y son perseguidos por cada vez m&aacute;s j&oacute;venes que protestan por la abolici&oacute;n definitiva de esta tradici&oacute;n espa&ntilde;ola. Desde dentro de la plaza, los taurinos hacen el adem&aacute;n de torearlos, con la muleta imaginaria. Desde fuera, los anti-taurinos les gritan &ldquo;paletos&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/259eee1f-f7b9-451d-9a3e-d1bb7dc5e3f5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que divide la disyuntiva maltrato/proteccionismo animal lo une el recinto de la Fiesta de la Feria del Caballo, cuando el parque Gonz&aacute;lez Hontoria se llena de casetas, m&uacute;sica, luces y miles de personas. Y donde se compite por ver qu&eacute; fachada de caseta obtiene el premio a la decoraci&oacute;n m&aacute;s original, a qu&eacute; belleza andaluza le queda mejor su traje de flamenca o cu&aacute;nto tiempo se puede estar bebiendo sin desmayarse esa refrescante mezcla de vino fino con Sprite llamada rebujito.
    </p><p class="article-text">
        Hacia su n&uacute;cleo central, Jerez se convierte en la Plaza del Arenal, coronada por la estatua del dictador Miguel Primo de Rivera subido a su caballo y que tambi&eacute;n genera controversia entre sus habitantes, ya que muchos la quieren quitar pero hay otros muchos que prefieren malo conocido a bueno por conocer.
    </p><p class="article-text">
        Alrededor del Arenal, la ciudad hierve de tabancos para beber vino de barril y de restaurantes de pesca&iacute;to frito, de vida en la calle. En invierno, en las v&iacute;speras de Navidad y a pesar del fr&iacute;o, los jerezanos no abandonan la calle y, provistos de mantas, tazones de caldo y an&iacute;s, se re&uacute;nen a tocar la zambomba y a cantar esos villancicos tristes que igual cuentan historias de gitanos presos o hablan de que &ldquo;los caminos se hicieron con agua, viento y fr&iacute;o&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a3bf4534-60e9-4ae6-a489-f03498dd6f5e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que a la ciudad le ha quedado el t&oacute;pico de ser lugar de se&ntilde;oritos, lo cierto es que cada vez quedan menos de esos &ldquo;bigotes se&ntilde;oriales que se pasean por Jerez&rdquo; de los que se quer&iacute;a desmarcar Miguel Ben&iacute;tez, el primer cantante del grupo Los Delinq&uuml;entes, en &ldquo;El aire de la calle&rdquo;, ese himno del vagabundeo urbano local.
    </p><p class="article-text">
        La crisis y el paro han llevado a que muchos j&oacute;venes de Jerez emigren hacia Madrid, Barcelona u otros pa&iacute;ses de Europa. Los que se quedan hacen lo posible para vivir y siempre (o casi siempre) con una sonrisa en el rostro. Quiz&aacute;s la esencia de esta actitud jerezana ante las dificultades de la vida se pueda encontrar en el Mercado Central de Abastos, justo en ese momento clave del d&iacute;a en que los vendedores de pescado empiezan a rebajar su mercanc&iacute;a porque se trata de vender o tirar, de frescura o podredumbre, de vida o muerte. No hay tiempo que perder y comienza una aut&eacute;ntica org&iacute;a de la ret&oacute;rica, donde hasta el CEO de Marketing m&aacute;s cualificado y mejor pagado del mundo quedar&iacute;a como un becario repleto de t&iacute;tulos in&uacute;tiles al lado de estos artistas de la venta.
    </p><h3 class="article-text">&Aacute;rabes y gitanos</h3><p class="article-text">
        El camino sigue hacia una de los costados hist&oacute;ricos mejor conservados de Jerez: el Conjunto Monumental del Alc&aacute;zar. Aqu&iacute; est&aacute;n los restos m&aacute;s representativos de la ciudad medieval, las huellas del Califato: la mezquita, los ba&ntilde;os &aacute;rabes, los jardines con especies florales ex&oacute;ticas, el molino de aceite, las puertas de entrada a la fortaleza.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0418fe89-1bce-4419-82ce-4986520945c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos los domingos, en la explanada que rodea a este palacio, se monta un rastro en donde se puede encontrar de todo: &ldquo;limones gordos&rdquo;, ropa usada, c&oacute;mics, libros, trajes de flamenco y las antig&uuml;edades p&uacute;blicas y privadas m&aacute;s ex&oacute;ticas y extravagantes que podamos imaginarnos.
    </p><p class="article-text">
        La fotograf&iacute;a recurrente en muchos puestos es la de Juan Moneo &ldquo;El Torta&rdquo;, ese cantaor gitano fallecido en 2013 y que llev&oacute; al flamenco hacia su &ldquo;lado m&aacute;s salvaje&rdquo;, seg&uacute;n la definici&oacute;n de Javier L&oacute;pez Menacho, quien se ha preocupado de los prodigios de Andaluc&iacute;a en su &uacute;ltimo libro &ldquo;Hijos del Sur&rdquo;. Y la causa principal, repito, de que yo pueda hablar de Jerez como un gran patio familiar.
    </p><p class="article-text">
        Esa fotograf&iacute;a del Torta nos conduce al barrio de San Miguel, con la estatua tan sensual de Lola Flores coronando una zona que se debate junto con el barrio de Santiago sobre el origen del flamenco. Una discusi&oacute;n interminable y que obliga a que ambos est&eacute;n llenos de tablaos y cantes improvisados en la calle, algunos m&aacute;s y otros menos tur&iacute;sticos, pero todos tan apetecibles para conocer los nuevos exponentes del cante jerezano, las bailaoras y las guitarras m&aacute;s potentes de la actualidad. Todos los tablaos con esas maderas curtidas en las chocan los tacos, como si fuesen pu&ntilde;ales mochos en medio del pecho.
    </p><h3 class="article-text">Jerez de las soleras</h3><p class="article-text">
        El vino de Jerez envejece con un m&eacute;todo original de la tierra denominado &ldquo;de soleras y criaderas&rdquo;, donde el vino pasa de unas botas de roble americano a otras en agrupaciones de tres. No es el &uacute;nico contexto donde se emplea la palabra solera. El hecho de &ldquo;tener solera&rdquo; ha repercutido en todos los &aacute;mbitos como una frase para dar cuenta de esa capacidad de sentido com&uacute;n que te dan los a&ntilde;os. Pero la RAE tambi&eacute;n define solera como el &ldquo;car&aacute;cter tradicional de una cosa o costumbre que forma parte de la cultura y la vida com&uacute;n de un grupo de personas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La gente de Jerez tiene solera, tambi&eacute;n, en este sentido. A donde quiera que vayan llevan su tierra dentro, con su acento tatuado y esa manera de vivir la vida en sociedad que no pueden quitarse de encima. Y con la que homenajean, tambi&eacute;n, a su propio origen.
    </p><p class="article-text">
        Un mito de origen surgido alrededor de una mesa, en un patio lleno de flores, azulejos moz&aacute;rabes y mucha comida, digamos una berza, el cocido t&iacute;pico de la ciudad, con tantas recetas como cocineras y cocineros la hayan preparado alguna vez. Una berza como la de Maricarmen, con chorizo, morcilla, tocino, cerdo, garbanzos y la verdura t&iacute;pica que da el nombre a este plato, por claro contraste, por ox&iacute;moron: la berza como verdura es, con diferencia, lo menos pesado de todos los ingredientes de este plato.
    </p><p class="article-text">
        A los fines de que el lector se sit&uacute;e en ciertos rincones de una ciudad, he dicho en esta cr&oacute;nica en qu&eacute; sitios fundamentales transcurre la idea urbana de Jerez. Pero mi propio Jerez sigue siendo ese patio con Maricarmen y Emilio, con Javi, Ale, Nani, la Duquesa, la Meri, el otro Javi, Pablo, Charete y Manolo.
    </p><p class="article-text">
        Y, cada vez que cruzan el oc&eacute;ano para visitarme, con&nbsp;<em>er</em> Robert, la Cris y <em>er</em> Mauri, estoy seguro de que les sucede algo parecido a m&iacute; cada vez que llegan y que llegamos a Jerez por ese patio de calle Prieta.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Jerez.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/jerez-patio_132_3017915.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Dec 2017 16:13:57 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/fa660873-d645-4dee-9e04-a2e8248ecc4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="75039" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/fa660873-d645-4dee-9e04-a2e8248ecc4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="75039" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Jerez en su patio]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/fa660873-d645-4dee-9e04-a2e8248ecc4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dictadura y democracia conviven en un edificio de Bucarest]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/dictadura-democracia-conviven-edificio-bucarest_132_3027456.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ff9019c4-6457-4933-8653-2489c79d3adb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dictadura y democracia conviven en un edificio de Bucarest"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Palacio del Parlamento, a prueba de terremotos y ataques nucleares, es el edificio administrativo para uso civil más grande del mundo</p><p class="subtitle">Para levantar aquella mole se destruyeron 20 iglesias, 10.000 casas y cerca de 57.000 familias fueron desahuciadas</p><p class="subtitle">Pasear por la parte que está abierta al público es una delicia que acongoja, porque tanta belleza demuestra la opulencia del dictador mientras el pueblo vivía en la miseria o moría</p></div><p class="article-text">
        El s&aacute;bado 5 de marzo de 1977, el dictador rumano Nicolae Ceau&#351;escu deb&iacute;a volar a Palma de Mallorca para entrevistarse con el rey don Juan Carlos. Pero la noche antes tuvo lugar un terrible suceso que le oblig&oacute; a cambiar de planes. &ldquo;Un fort&iacute;simo temblor de tierra sacudi&oacute; anoche Ruman&iacute;a, causando &laquo;grandes da&ntilde;os materiales y numerosas v&iacute;ctimas&raquo;, seg&uacute;n informaciones de Radio Bucarest captadas en Belgrado. El se&iacute;smo, de intensidad 7,2 grados en la escala Richter, seg&uacute;n el observatorio de Viena, comenz&oacute; a las diez y veinte de la noche, hora espa&ntilde;ola, y su epicentro se sit&uacute;a cien kil&oacute;metros al norte de Bucarest. Los sucesivos temblores se extendieron por toda Europa oriental, desde Mosc&uacute;, en el Norte, hasta Grecia, por el Sur&rdquo;, publicaba <em>El Pa&iacute;s</em>.
    </p><p class="article-text">
        Se proclam&oacute; el estado de emergencia y las consecuencias fueron devastadoras. Hubo cerca de 1.400 v&iacute;ctimas y enormes da&ntilde;os en Bucarest. La parte vieja de la ciudad fue la que m&aacute;s sufri&oacute;. &ldquo;Fuentes yugoslavas afirman que se han ca&iacute;do veinte grandes edificios en la capital&rdquo;, informaban en <em>El Pa&iacute;s, </em>y a&ntilde;ad&iacute;an que &ldquo;extranjeros residentes en Bucarest estiman que por lo menos un 10% de los edificios de la ciudad se han derrumbado, est&aacute;n en peligro de caerse o han sufrido da&ntilde;os considerables&rdquo;.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">El vaso medio lleno</h3><p class="article-text">
        Pero entre todo aquel horror, Ceau&#351;escu, el Conducator, vio una oportunidad que daba alas a sus delirios de grandeza. Hab&iacute;a que iniciar una reconstrucci&oacute;n y le pareci&oacute; el mejor momento para llevar a cabo, tambi&eacute;n, una renovaci&oacute;n urban&iacute;stica &ndash;no en la parte m&aacute;s damnificada, sino en la m&aacute;s alta de la ciudad- que dar&iacute;a lugar al nacimiento de un monumental edificio: el Palacio del Parlamento de Bucarest. A prueba de terremotos y ataques nucleares, que demostrara adem&aacute;s su enorme poder transformado en algo tangible, en arquitectura.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/57cd58b9-812a-41ec-879c-afd504c57ca4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo esas premisas se alz&oacute; lo que es todav&iacute;a hoy el edificio administrativo para uso civil m&aacute;s grande del mundo. Con una superficie de 365.000 metros cuadrados, construido principalmente a base de materiales de Ruman&iacute;a, el Parlamento sobrevuela la ciudad en lo alto de la colina Uranus. Uno puede empezar a recorrer su per&iacute;metro cuando todav&iacute;a luce el sol y acabar la excursi&oacute;n cuando ya se est&aacute; poniendo.
    </p><p class="article-text">
        Para levantar aquella mole se elimin&oacute; todo un barrio entero -el equivalente a una quinta parte de lo que era la capital rumana en 1980-, habitado mayoritariamente por gente de clase media. Se destruyeron 20 iglesias, 10.000 casas y cerca de 57.000 familias fueron desahuciadas. Todo para satisfacer los deseos del l&iacute;der socialista.
    </p><h3 class="article-text">Darle un uso</h3><p class="article-text">
        La dictadura de Ceau&#351;escu termin&oacute; en 1989, tras una revuelta popular que se sald&oacute; con miles de muertos. &Eacute;l y su mujer Elena fueron condenados a la pena de muerte y fusilados inmediatamente despu&eacute;s del juicio. Empezaba una nueva era, pero el legado del dictador segu&iacute;a muy presente. El Palacio del Parlamento de Bucarest todav&iacute;a no se hab&iacute;a terminado &ndash;faltaba un 40%- y la poblaci&oacute;n se preguntaba qu&eacute; hacer con aquel s&iacute;mbolo de a&ntilde;os de terror, hambre y penurias. La gu&iacute;a que nos pasea por las diferentes salas, aunque aparentemente abierta a hablar sin tapujos, se muestra inc&oacute;moda cuando le pregunto qu&eacute; piensa acerca del dictador. As&iacute; que vuelve al terreno en el que se siente segura: informar sobre el edificio; y nos cuenta que ante el dilema que se les present&oacute; tras la muerte de Ceau&#351;escu, calcularon que derrocar el palacio sal&iacute;a m&aacute;s caro que acabar de construirlo, por lo que decidieron continuar adelante con ello y darle un uso democr&aacute;tico.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/773f891f-e6a9-4a61-a03a-74cd6423780f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad es la sede de la C&aacute;mara de Diputados, del Senado, del Consejo Legislativo y de la Corte Constitucional. Adem&aacute;s, alberga m&uacute;ltiples reuniones internacionales: se han celebrado cumbres de la ONU, econ&oacute;micas, festivales de m&uacute;sica&hellip;Hasta Michael Jackson protagoniz&oacute; all&iacute; una an&eacute;cdota que suelen explicar la mayor&iacute;a de rumanos cuando hacen de hu&eacute;spedes de extranjeros reci&eacute;n llegados. El cantante estaba en la ciudad de gira, a principios de los 90, sali&oacute; al balc&oacute;n del Parlamento y salud&oacute; a los fans all&iacute; reunidos con un &ldquo;&iexcl;Hola Budapest!&rdquo;.&nbsp;Lapsus o falta de cultura...
    </p><p class="article-text">
        Pero pese a sus m&uacute;ltiples usos, gran parte del enorme edificio permanece cerrado, por lo car&iacute;simo que resulta su mantenimiento. Pasear por la parte que est&aacute; abierta al p&uacute;blico es una delicia que acongoja. Porque sus magn&iacute;ficas alfombras, sus l&aacute;mparas de miles de bombillas y dimensiones gal&aacute;cticas, sus muebles, sus elegantes escalinatas de m&aacute;rmol, los cuadros que el Conducator mand&oacute; pintar, recuerdan c&oacute;mo &eacute;l y su familia gozaban de la opulencia mientras el pueblo viv&iacute;a en la miseria, resistiendo a duras penas y muriendo a centenares.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0b1c5f95-31b7-48f1-b6f8-f7fed74f9abc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Bucarest.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/dictadura-democracia-conviven-edificio-bucarest_132_3027456.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Dec 2017 05:00:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ff9019c4-6457-4933-8653-2489c79d3adb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="767080" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ff9019c4-6457-4933-8653-2489c79d3adb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="767080" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Dictadura y democracia conviven en un edificio de Bucarest]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ff9019c4-6457-4933-8653-2489c79d3adb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nantes, la ciudad que interpretó a Julio Verne]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/nantes-ciudad-interpreto-julio-verne_132_3041173.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0cd68595-ed7a-476a-9faf-bec2ca3e7eae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nantes, la ciudad que interpretó a Julio Verne"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La capital del Loira Atlántico se ha reinventado gracias a la influencia del creador de la ciencia ficción, su hijo más predilecto</p><p class="subtitle">El pequeño pueblo de Trentemoult es un encantador enclave con pasado marino que ofrece un presente tranquilo y bohemio</p><p class="subtitle">Cada esquina de la ciudad cuenta una historia diferente a través del tiempo, cada barrio acoge multitud de instalaciones que hacen de Nantes un referente artístico europeo</p></div><p class="article-text">
        Dijo Julio Verne que todo lo que una persona puede imaginar, otras podr&aacute;n hacerlo realidad. En su ciudad natal, Nantes, han aplicado esta m&aacute;xima desde hace algo m&aacute;s de una d&eacute;cada y, bajo este precepto, han conseguido transformar su fisionom&iacute;a a trav&eacute;s de uno de los mayores proyectos urbanos acometidos en Francia. Su puerto fluvial y sus antiguos astilleros abandonados hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os son en la actualidad el epicentro de la modernizaci&oacute;n de la ciudad que vio dar sus primeros pasos al considerado como uno de los padres de la ciencia ficci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a primero de julio de hace diez a&ntilde;os, un gigantesco elefante mec&aacute;nico de 45 toneladas de peso y 12 metros de alto dio su primer paseo por la gran explanada de la isla de Nantes. Se pon&iacute;a en marcha el ambicioso proyecto de Fran&ccedil;ois Delarozi&egrave;re y Pierre Orefice &ndash;Las M&aacute;quinas de la Isla de Nantes- un bestiario de m&aacute;quinas con vida propia al m&aacute;s puro estilo <em>steampunk</em> inspirado en el mundo imaginario de Verne y aderezado con los proyectos de ingenier&iacute;a de Leonardo da Vinci. A lo largo de esta d&eacute;cada han dado forma a varios prototipos zoomorfos a un ritmo medio de uno por a&ntilde;o. Entre ellos encontramos una tar&aacute;ntula gigantesca, un drag&oacute;n de mar y un p&aacute;jaro primitivo capaz de revolotear por la sala. Adem&aacute;s han complementado este mundo de fantas&iacute;a decimon&oacute;nica con dos carruseles &uacute;nicos donde destaca el dedicado a los mundos marinos de Verne. Uno de los atractivos a&ntilde;adidos es la posibilidad de contemplar a trav&eacute;s de unas pasarelas elevadas como estos conceptos toman forma en el taller.
    </p><p class="article-text">
        Este revolucionario parque tem&aacute;tico ha supuesto la restauraci&oacute;n de los famosos astilleros nanteses y ha revalorizado la ciudad al otro lado del rio Loira. En este lugar ahora se encuentran los edificios m&aacute;s modernos de Nantes como el nuevo Palacio de Justicia de la ciudad creado por Jean Nouvel as&iacute; como diversos centros de arte contempor&aacute;neo, arquitectura y dise&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Otro de los proyectos reformadores en esta isla superviviente de las muchas que otrora conformaban el paisaje de la villa es el Hangar de las Bananas, denominado as&iacute; por la importancia que tuvo este fruto en el comercio con las colonias despu&eacute;s de la Primera Guerra Mundial. Actualmente los antiguos almacenes asentados a lo largo del paseo portuario son uno de los ejes centrales de la vida nocturna de Nantes. En ellos se ha apostado por una oferta de restauraci&oacute;n de estilos variados donde los habitantes de la ciudad se re&uacute;nen en sus terrazas. Toda esta avenida fluvial se ilumina cada noche con los Anillos de Buren, una de las muchas instalaciones art&iacute;sticas por la que las instituciones locales han apostado para embellecer la ciudad. Otra muestra de este af&aacute;n de reconversi&oacute;n se ve reflejado en las magn&iacute;ficas gr&uacute;as Tit&aacute;n, vestigios del pasado industrial del puerto, hoy en d&iacute;a catalogadas como monumentos hist&oacute;ricos protegidos de la ciudad.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/13651145-a1d4-4e22-8cc9-efde2fec56c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La otra cara de haber sido uno de los grandes puertos de Francia en la &eacute;poca colonial fue su importante papel como centro comercial en el tr&aacute;fico de esclavos. A trav&eacute;s de un pasaje subterr&aacute;neo se erige el Memorial por la abolici&oacute;n de la esclavitud, dedicado la trata de personas alrededor del mundo, complementado con miles de placas incrustadas en el suelo en ese tramo de la ribera que recuerdan el nombre, a&ntilde;o y cantidad esclavos con que part&iacute;a cada uno de los nav&iacute;os negreros.
    </p><h3 class="article-text">Pasado marinero en la ciudad</h3><p class="article-text">
        Desde el Museo de Julio Verne no es dif&iacute;cil imaginar al autor contemplando en el horizonte al peque&ntilde;o barrio de Trentemoult situado en la otra orilla del r&iacute;o. Este pueblo hogar de antiguos lobos de mar con los que enrolarse en nuevas aventuras y viajes que m&aacute;s tarde inmortalizar&iacute;a en sus obras. Un lugar que a&uacute;n mantiene vivo el esp&iacute;ritu de su pasado reflejado en su humilde y colorida arquitectura, donde no es extra&ntilde;o ver espec&iacute;menes variados de flora tropical. Hoy puede parecer un dato poco relevante, pero cobra un significado rom&aacute;ntico si se tiene en cuenta que fueron tra&iacute;dos por los habitantes de las casas y simbolizaba que &eacute;stas eran las viviendas de los capitanes que hab&iacute;an logrado navegar el Cabo de Hornos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/7eaef62a-b4f6-4188-903a-91cd7c33df6b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De un tiempo a esta parte el barrio ha ido tomando un tinte bohemio y muchos artistas se han instalado en &eacute;l. Al pasear por sus calles podemos encontrar referencias art&iacute;sticas en sus fachadas y alg&uacute;n mercado ecol&oacute;gico adem&aacute;s de pintorescas tiendas y terrazas en el litoral donde degustar una copa de Muscadet, el aperitivo local.
    </p><h3 class="article-text">Un paseo por la historia</h3><p class="article-text">
        Una de las formas en las que la ciudad se abre al visitante es mediante la l&iacute;nea verde pintada en el suelo que une los puntos emblem&aacute;ticos de cada barrio. Es una de las maneras m&aacute;s pr&aacute;cticas para observar la evoluci&oacute;n cronol&oacute;gica de los diferentes barrios de Nantes. El barrio de Bouffay, coronado por el Castillo de los Duques de Breta&ntilde;a y la Catedral de San Pedro y San Pablo, es uno de los m&aacute;s antiguos de la ciudad. Sus or&iacute;genes se remontan a la Edad Media y por sus calles todav&iacute;a se conservan casas de entramados de madera con techos t&iacute;picos de los siglos XV y XVI. Otra de las propuestas art&iacute;sticas contempor&aacute;neas en esta parte de la ciudad es la reinterpretaci&oacute;n de la carteler&iacute;a de los comercios, muchas de ellas a mano de j&oacute;venes creadores locales.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/809c0243-d3c3-42c2-a8d7-12bc41f9a00c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una de las islas hoy anexionada a la ciudad se erige el barrio de Feydeau, datado en el siglo XVII y residencia de los comerciantes negreros y armadores m&aacute;s importantes de la &eacute;poca. Aun se pueden contemplar las fachadas de sus casas inclinadas al estar cimentadas sobre terreno arenoso. Una curiosidad sobre este barrio y sus moradores son los caracter&iacute;sticos ornamentos con los que decoraban sus fachadas, compuestos de mascarones de barcos, de clara inspiraci&oacute;n colonial y mitol&oacute;gica. El contrapunto moderno del barrio lo da la instalaci&oacute;n art&iacute;stica urbana del Feydball, un campo de f&uacute;tbol con forma de croissant que recupera su forma rectangular al verse reflejado en un enorme espejo convexo.
    </p><p class="article-text">
        El &eacute;xito comercial y financiero de Nantes tuvo su recompensa urban&iacute;stica y arquitect&oacute;nica con la expansi&oacute;n a lo largo de los siglos XVII y XIX cuyo m&aacute;ximo exponente se concentra en el barrio Graslin. La plaza hom&oacute;nima es el centro neur&aacute;lgico del barrio y en ella se encuentran lugares emblem&aacute;ticos como el Teatro Graslin o La Cigale, bar-restaurante inaugurado en 1895 donde concurr&iacute;a la &eacute;lite cultural del momento. Hoy La Cigale est&aacute; considerada monumento hist&oacute;rico y a&uacute;n es posible disfrutar de su peculiar decoraci&oacute;n a la vez que se degustan sus afamados men&uacute;s. Como ejemplo de su gran desarrollo comercial queda el Passage Pommeraye, una obra relevante de la arquitectura del siglo XIX recientemente restaurada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/feebcf23-af84-4efe-8136-5f740ccde55a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La mejor manera de obtener una panor&aacute;mica de 360 grados de la ciudad es ascender a la planta 32 de la Tour de Bretagne donde se encuentra el bar Le Nid, con una distinguida decoraci&oacute;n tem&aacute;tica del artista Jean Jullien. Este rascacielos se encuentra en el barrio de Talensac cuyo desarrollo tuvo lugar en el siglo XX. En esta zona se encuentran varias tiendas de antig&uuml;edades y galer&iacute;as de arte, as&iacute; como algunas de las mejores brasseries de la ciudad como Le Coq en Pat&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Aunque pueda parecer una ciudad relativamente peque&ntilde;a, Nantes tiene mucho potencial. Con una amplia oferta cultural sorprende al visitante con su capacidad de reinventarse a lo largo del tiempo conjugando a la perfecci&oacute;n pasado, presente y futuro. Es de esos lugares que por mucho que visites parece que nunca terminas de ver por completo. Es un viaje por la Historia del que se sentir&iacute;a orgulloso el propio Julio Verne.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela desde Barcelona a Nantes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Suárez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/nantes-ciudad-interpreto-julio-verne_132_3041173.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Nov 2017 18:45:40 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0cd68595-ed7a-476a-9faf-bec2ca3e7eae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="116926" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0cd68595-ed7a-476a-9faf-bec2ca3e7eae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="116926" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Nantes, la ciudad que interpretó a Julio Verne]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0cd68595-ed7a-476a-9faf-bec2ca3e7eae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[L'elegant decadència del mercat de Bolhao, a Porto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lelegant-decadencia-mercat-bolhao-porto_132_3057249.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="L&#039;elegant decadència del mercat de Bolhao, a Porto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Va ser construït per primera vegada el 1838 i reformat el 1914, quan es va aixecar l'edifici, més o menys, com el coneixem ara</p><p class="subtitle">És realment interessant veure despertar i muntar les parades, algunes d'elles instal·lades temporalment a les portes d'accés, per gaudir de la calma i la companyia dels autòctons, evitant així les hores puntes</p><p class="subtitle">Un pot fins i tot donar-se el capritx d'entaular una breu conversa amb algun portuenc que expliqui les delícies de la seva gastronomia o traslladi la seva queixa sobre l'abandó del lloc</p></div><p class="article-text">
        Sota l'atenta mirada de les gavines de Porto, entre cellers anyencs i humits carrerons empedrats, trobem un dels mercats amb m&eacute;s hist&ograve;ria de Portugal: el mercat de Bolhao.
    </p><p class="article-text">
        Passejar pel mercat de prove&iuml;ments de la ciutat t&eacute; molt encant. &Eacute;s f&agrave;cil imaginar que, uns cent anys enrere, aquest nucli comercial el coneixem ara. I dic m&eacute;s o menys, perqu&egrave; Bolhao no sempre va ser aix&iacute;. Dues plantes constru&iuml;des al voltant d'un gran pati central, amb un pont que ho travessa i quatre sortides obertes als carrers principals de la ciutat, completen l'arquitectura d'aquest singular edifici d'estil neocl&agrave;ssic. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Pels seus passadissos es poden trobar una gran varietat de productes que van des de les verdures recentment agafades de l'horta, llocs abarrotats de caps d'all, apetitosos embotits portuguesos, peix que encara mou la cua, ous encara calents o a les pr&ograve;pies gallines i pollastres vius que es remouen dins de la g&agrave;bia. El color i l'aroma el posen les flors. Aqu&iacute;, la flor &eacute;s una de les protagonistes. Rams per enc&agrave;rrec, centres a mesura o un grapat de margarides per decorar la casa, qualsevol excusa &eacute;s bona per portar-te-les dins del carro de la compra i regalar-les per sorpresa.
    </p><h3 class="article-text">Turistes i locals aprenent a conviure </h3><p class="article-text">
        Sens dubte, al mercat cal anar d'hora. Si no matinen, quan arribin, ja estar&agrave; tot el peix venut. &Eacute;s realment interessant veure despertar i muntar les parades, algunes d'elles instal&middot;lades temporalment a les portes d'acc&eacute;s, per gaudir de la calma i la companyia dels aut&ograve;ctons, evitant aix&iacute; les hores puntes. Quan hagi avan&ccedil;at el mat&iacute; i s'acosti l'hora del vermut, hi ha diverses opcions que el mateix mercat ofereix amb productes de gran qualitat. Es pot triar taula, demanar una tapa de sardines o un plat de pernil i acompanyat amb un bon vi local, mentre es contempla com transcorre la rutin&agrave;ria vida del mercat.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Crida l'atenci&oacute; l'ordre dins del caos de viure i comerciar entre obres interminables. Com a qualsevol fam&oacute;s mercat europeu, a Bolhao tamb&eacute; es barregen turistes curiosos amb ve&iuml;ns del barri que realitzen la seva compra di&agrave;ria a la fleca de tota la vida. Les propiet&agrave;ries de les parades m&eacute;s concorregudes han de bregar amb aquells que busquen una bona fotografia i impedeixen el pas als possibles clients. No temin parar-se a preguntar pel preu dels dol&ccedil;os o els llegums a granel, poden triar emportar-se una tassa, un davantal o el cl&agrave;ssic gall de B&agrave;rcelos. I un pot fins i tot donar-se el capritx d'entaular una breu conversa amb algun portuenc que expliqui les del&iacute;cies de la seva gastronomia o traslladi la seva queixa sobre l'aband&oacute; del lloc.
    </p><h3 class="article-text">Una reforma que mai arriba</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Moltes promeses incomplides de reformar el mercat estan permetent que l'edifici se sustenti gr&agrave;cies a les nombroses visites de turistes, els seus persistents mercaders i unes bastides que apuntalen cada parada de menjar.
    </p><p class="article-text">
        Malgrat la imatge de mercat en vies d'aband&oacute;, Bolhao segueix en peus. Resulta dif&iacute;cil pensar que Bolhao tancar&agrave; algun dia les seves portes quan la clau mestra, que obre el reixat de ferro, la tenen les seves ancianes botigueres. I &eacute;s que la vida que acumulen les mans que atenen als clients es mesura en les seves arrugues, fruit del treball i l'esfor&ccedil; per tirar endavant el negoci, al marge de qualsevol ajuda que es demora en arribar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vola de Barcelona a Porto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maria Chamón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lelegant-decadencia-mercat-bolhao-porto_132_3057249.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Nov 2017 14:44:47 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="2702035" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="2702035" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[L'elegant decadència del mercat de Bolhao, a Porto]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La elegante decadencia del mercado de Bolhao, en Porto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/elegante-decadencia-mercado-bolhao-porto_132_3057259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La elegante decadencia del mercado de Bolhao, en Porto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue construido por primera vez en 1838 y reformado en 1914, cuando se levantó el edificio, más o menos, como lo conocemos ahora</p><p class="subtitle">Es realmente interesante ver despertar y montar los puestos, algunos de ellos instalados temporalmente en las puertas de acceso, para disfrutar de la calma y la compañía de los autóctonos, evitando así las horas puntas</p><p class="subtitle">Uno puede incluso darse el capricho de entablar una breve conversación con algún portuense que cuente las delicias de su gastronomía o traslade su queja sobre el abandono del lugar</p></div><p class="article-text">
        Bajo la atenta mirada de las gaviotas de Porto, entre bodegas a&ntilde;ejas y h&uacute;medos callejones adoquinados, encontramos uno de los mercados con m&aacute;s historia de Portugal: el mercado de Bolhao.
    </p><p class="article-text">
        Pasear por el mercado de abastos de la ciudad tiene mucho encanto. Es f&aacute;cil imaginar que, unos cien a&ntilde;os atr&aacute;s, este n&uacute;cleo comercial del centro de Porto goz&oacute; de su m&aacute;ximo esplendor. Fue construido por primera vez en 1838 y reformado en 1914, cuando se levant&oacute; el edificio, m&aacute;s o menos, como lo conocemos ahora. Y digo m&aacute;s o menos, porqu&eacute; Bolhao no siempre fue as&iacute;. Dos plantas construidas alrededor de un gran patio central, con un puente que lo atraviesa y cuatro salidas abiertas a las calles principales de la ciudad, completan la arquitectura de este singular edificio de estilo neocl&aacute;sico. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/4db6fbd1-ef44-4a17-9d3d-ca0050b112bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Por sus pasillos se pueden encontrar una gran variedad de productos que van desde las verduras reci&eacute;n cogidas de la huerta, puestos abarrotados de cabezas de ajo, apetitosos embutidos portugueses, pescado que aun mueve la cola, huevos todav&iacute;a calientes o a las propias gallinas y pollos vivos que se remueven dentro de la jaula. El color y el aroma lo ponen las flores. Aqu&iacute;, la flor es una de las protagonistas. Ramos por encargo, centros a medida o un pu&ntilde;ado de margaritas para decorar la casa, cualquier excusa es buena para llev&aacute;rtelas dentro del carro de la compra y regalarlas por sorpresa. 
    </p><h3 class="article-text">Turistas y locales aprendiendo a convivir</h3><p class="article-text">
        Sin duda, al mercado hay que ir temprano. Si no madrugan, cuando lleguen, ya estar&aacute; todo el pescado vendido. Es realmente interesante ver despertar y montar los puestos, algunos de ellos instalados temporalmente en las puertas de acceso, para disfrutar de la calma y la compa&ntilde;&iacute;a de los aut&oacute;ctonos, evitando as&iacute; las horas puntas. Cuando hayan echado la ma&ntilde;ana y se acerque la hora del vermut, tienen varias opciones que el mismo mercado les ofrece con productos de gran calidad. Eligen mesa, piden una tapa de sardinas o un platito de jam&oacute;n y lo acompa&ntilde;an con un buen vino local, mientras contemplan como transcurre la rutinaria vida del mercado.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/fd5d1dda-c509-4346-bd1b-9be1d3429eaa_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Llama la atenci&oacute;n el orden dentro del caos de vivir y comerciar entre obras interminables. Como en cualquier famoso mercado europeo, en Bolhao tambi&eacute;n se mezclan turistas curiosos con vecinos del barrio que realizan su compra diaria en la panader&iacute;a de toda la vida. Las due&ntilde;as de los puestos m&aacute;s concurridos tienen que lidiar con aqu&eacute;llos que buscan una buena fotograf&iacute;a e impiden el paso a los posibles clientes. No teman pararse a preguntar por el precio de los dulces o las legumbres a granel, pueden elegir llevarse una taza, un delantal o el cl&aacute;sico gallo de B&aacute;rcelos. Y uno puede incluso darse el capricho de entablar una breve conversaci&oacute;n con alg&uacute;n portuense que cuente las delicias de su gastronom&iacute;a o traslade su queja sobre el abandono del lugar.
    </p><h3 class="article-text">Una reforma que nunca llega </h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e0dfc36f-2bc5-42ed-a722-91178a99ab89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Muchas promesas incumplidas de reformar el mercado est&aacute;n permitiendo que el edificio se sustente gracias a las numerosas visitas de turistas, sus persistentes mercaderes y unos entrometidos andamios que apuntalan cada puesto de comida.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de la imagen de mercado en v&iacute;as de abandono, Bolhao sigue en pie. Resulta dif&iacute;cil pensar que Bolhao cerrar&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a sus puertas cuando la llave maestra, que abre la verja de hierro, la tienen sus ancianas tenderas. Y es que la vida que acumulan las manos que atienden a los clientes se mide en sus arrugas, fruto del trabajo y el esfuerzo para sacar adelante el negocio, al margen de cualquier ayuda que se demora en llegar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Porto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maria Chamón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/elegante-decadencia-mercado-bolhao-porto_132_3057259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Nov 2017 19:23:13 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="2702035" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="2702035" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La elegante decadencia del mercado de Bolhao, en Porto]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1105beeb-3fdf-447e-bcd4-8baa0d1e9840_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una carretera hacia el cielo en Rumanía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/carretera-cielo-rumania_132_3072441.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una carretera hacia el cielo en Rumanía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con más de 90km de recorrido y un desnivel que alcanza los 2.000m de altura, la Transfagarasan es una de las carreteras más espectaculares del mundo</p><p class="subtitle">La mandó construir el dictador rumano Nicolae Ceaucescu dinamitando parte de las Fagaras, las montañas que dividen Transilvania de Valaquia</p><p class="subtitle">Desde el punto más alto de la carretera se puede llegar al lago Balea, de aguas glaciares, donde se construyó uno de los primeros hoteles de hielo de Europa del Este</p></div><p class="article-text">
        En noviembre de 1971 sal&iacute;a a la luz el cuarto &aacute;lbum de Led Zeppelin, el que les catapultar&iacute;a definitivamente al estrellato y les incluir&iacute;a en los anales de la historia de la m&uacute;sica para siempre. Hasta el momento es uno de los discos m&aacute;s vendidos en todo el mundo, m&aacute;s de 30 millones de copias. En &eacute;l se pueden escuchar muchos temas brillantes, pero hay uno en especial: <em>Stairway to heaven (</em>Escalera hacia el cielo). La guitarra de Jimmy Page y la voz de Robert Plant como estrellas principales, secundadas por los otros dos miembros del grupo, John Paul Jones y John Bonham, en esta obra magistral de ocho minutos.
    </p><p class="article-text">
        A miles de quil&oacute;metros de distancia pero a principios de los 70 tambi&eacute;n, ya se hab&iacute;a empezado a construir una escalera hacia el cielo, tangible y real, obra del dictador comunista Nicolae Ceaucescu: la Transfagarasan, en lo que muchos llaman coloquialmente los &lsquo;Alpes de Transilvania&rsquo;. Es muy posible que Led Zeppelin no tuviera ni idea en ese momento de la construcci&oacute;n que estaba tomando forma en Ruman&iacute;a, pero hay coincidencias m&aacute;gicas, dos electrones que giran en una misma &oacute;rbita aunque ninguno sepa de la existencia del otro.
    </p><p class="article-text">
        Es incluso posible que mientras la guitarra de Page tocaba los primeros acordes de la canci&oacute;n en el estudio de grabaci&oacute;n, los trabajadores de Ceaucescu estuvieran llenando de dinamita &ndash;miles de toneladas- las monta&ntilde;as Fagaras, esas que dividen el centro de Ruman&iacute;a del sur, Transilvania de Valaquia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero los paralelismos no son solo temporales, tambi&eacute;n son l&iacute;ricos. La letra de <em>Stairway to heaven</em> parece narrar lo que estaba sucediendo en aquel rinc&oacute;n de Europa del Este: &ldquo;Hay una mujer que est&aacute; segura de que todo lo que brilla es oro/ y est&aacute; comprando una escalera hacia el cielo&rdquo; empieza cantando Plant, l&iacute;der de Led Zeppelin. Ceaucescu, el dictador rumano, era un hombre &ndash;aunque dicen que su mujer ejerc&iacute;a una gran influencia sobre &eacute;l-, pero tambi&eacute;n estaba comprando una escalera hacia el cielo: aquella carretera de m&aacute;s de 90km de recorrido, que se iba a alzar m&aacute;s de 2.000m hacia las nubes. Y como la mujer de la canci&oacute;n, &eacute;l tambi&eacute;n estaba seguro de que todo lo que brillaba era oro, no en vano, una d&eacute;cada m&aacute;s tarde, empezar&iacute;a a construir el que todav&iacute;a es el edificio administrativo de uso civil m&aacute;s grande del mundo, el Parlamento de Bucarest, que ocupa un &aacute;rea de m&aacute;s de 360.000 m2.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hay un sentimiento que tengo cuando miro al oeste [&hellip;] en mis pensamientos he visto aros de humo a trav&eacute;s de los &aacute;rboles/ y las voces de aquellos que est&aacute;n de pie mirando&rdquo;, sigue cantando Plant. Y mientras, se podr&iacute;a ver a Ceaucescu dando la orden de hacer estallar los miles de toneladas de dinamita, parte de la monta&ntilde;a saltando por los aires y llen&aacute;ndolo todo de humo. Cerca de 40 militares murieron en aquella construcci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y todo ese monumental proyecto, &iquest;para qu&eacute;? Cuenta la leyenda urbana que despu&eacute;s de la invasi&oacute;n en 1968 de Checoslovaquia por parte de los Sovi&eacute;ticos, el dictador rumano Ceaucescu ten&iacute;a miedo. Quer&iacute;a asegurarse el libre movimiento de sus tropas dentro de su propio pa&iacute;s si el Ej&eacute;rcito Rojo decid&iacute;a invadirles tambi&eacute;n a ellos, y que ninguna monta&ntilde;a le barrara el camino. Por eso cre&oacute; la Transfagarasan. Quer&iacute;a poder huir hacia el oeste con facilidad. Pero resulta cuanto menos extra&ntilde;o construir un salvoconducto que solo est&aacute; abierto en los meses en los que hace calor, cuando llega el fr&iacute;o &ndash;unos nueve meses al a&ntilde;o- esta carretera se cierra, por su peligrosidad y porque la niebla y la nieve obstruyen el paso.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y mientras bajamos por la carretera/ Nuestras sombras mayores que nuestra alma/ All&iacute; camina la mujer que todos conocemos / Que brilla con luz blanca y quiere demostrar / Como todo se vuelve oro todav&iacute;a&rdquo;. Efectivamente, la sombra de Ceaucescu le preced&iacute;a y era much&iacute;simo mayor que su alma, aunque es posible que brillara m&aacute;s bien con luz negra, teniendo en cuenta su historial. Pero tal vez ah&iacute; radica una explicaci&oacute;n m&aacute;s plausible de por qu&eacute; el dictador decidi&oacute; construir la Transfagarasan. Quiz&aacute;s lo que le movi&oacute; fue el deseo de demostrar de lo que era capaz su gobierno, del poder que pod&iacute;a ostentar Ruman&iacute;a bajo el liderazgo del Conducator.
    </p><p class="article-text">
        Cualquiera que sea la historia real, lo que es innegable es que ese recorrido tiene una belleza incre&iacute;ble y genera emociones. Porque impresiona. Esas curvas tan cerradas, ese desnivel tan grande en tan poco tiempo, las vacas cruz&aacute;ndose de vez en cuando, las ovejas pastando y las monta&ntilde;as enormes mires donde mires. Adem&aacute;s de cobijar lugares como el lago Balea, en el punto m&aacute;s alto de la carretera, cargado de aguas glaciares, donde se construy&oacute; en 2006 uno de los primeros hoteles de hielo de Europa del Este; o la cascada Balea. Sitios a los que se puede llegar tambi&eacute;n en funicular. Y todo aquello impresiona, como impresiona la obra magistral de Led Zeppelin, como esos ocho minutos de m&uacute;sica que sacuden tus sentimientos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2012, un periodista le pregunt&oacute; a Robert Plant acerca del significado de la letra de <em>Stairway to heaven</em>. El cantante contest&oacute;: &ldquo;Tengo problemas con alguna parte de la letra durante per&iacute;odos de tiempo concretos. Quiz&aacute;s estoy todav&iacute;a intentando adivinar qu&eacute; es lo que quise decir&hellip;&rdquo;. Convertirse en banda sonora de la construcci&oacute;n de la Transfagarasan podr&iacute;a ser la respuesta a esa inc&oacute;gnita, aunque no sea probable, aunque no sea real.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Cluj-Napoca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/carretera-cielo-rumania_132_3072441.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Nov 2017 19:10:13 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="442587" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="442587" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una carretera hacia el cielo en Rumanía]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una carretera cap al cel a Romania]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/carretera-cap-cel-romania_132_3072425.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una carretera cap al cel a Romania"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Amb més de 90km de recorregut i un desnivell que arriba als 2.000m d'alçada, la Transfagarasan és una de les carreteres més espectaculars del món</p><p class="subtitle">La va manar construir el dictador romanès Nicolae Ceaucescu dinamitant part de les Fagaras, les muntanyes que divideixen Transilvania de Valaquia</p><p class="subtitle">Des del punt més alt de la carretera es pot arribar al llac Balea, d'aigües glacials, on es va construir un dels primers hotels de gel d'Europa de l'Est</p></div><p class="article-text">
        Al novembre de 1971 sortia a la llum el quart &agrave;lbum de Led Zeppelin, el que els catapultaria definitivament a la fama i els inclouria en els anals de la hist&ograve;ria de la m&uacute;sica per sempre. Fins al moment &eacute;s un dels discos m&eacute;s venuts a tot el m&oacute;n, m&eacute;s de 30 milions de c&ograve;pies. En ell es poden escoltar molts temes brillants, per&ograve; hi ha un que destaca especialment: <em>Stairway to heaven</em> (Escala cap al cel). La guitarra de Jimmy Page i la veu de Robert Plant com a&nbsp;estrelles principals, secundades pels altres dos membres del grup, John Paul Jones i John Bonham, en aquesta obra magistral de vuit minuts.
    </p><p class="article-text">
        A milers de&nbsp;quil&ograve;metres de dist&agrave;ncia per&ograve; a principis dels 70 tamb&eacute;, ja s'havia comen&ccedil;at a construir una escala cap al cel, tangible i real, obra del dictador comunista Nicolae Ceaucescu: la Transfagarasan, en el que molts&nbsp;anomenen col&middot;loquialment els &lsquo;Alps de Transilvania&rsquo;. &Eacute;s molt possible que Led Zeppelin no tingu&eacute;s ni idea en&nbsp;aquell moment de la construcci&oacute; que estava prenent forma a Romania, per&ograve; hi ha coincid&egrave;ncies m&agrave;giques, dos electrons que giren en una mateixa &ograve;rbita encara que cap s&agrave;piga de l'exist&egrave;ncia de l'altre.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;s fins i tot possible que mentre la guitarra de Page tocava els primers&nbsp;acords de la can&ccedil;&oacute;&nbsp;a l'estudi de gravaci&oacute;, els treballadors de Ceaucescu estiguessin omplint de dinamita &ndash;milers de tones- les muntanyes Fagaras,&nbsp;aquelles que divideixen el centre de Romania del sud, Transilvania de Valaquia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/2d722db6-6f16-4fd7-9de7-0b591aac136d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; els paral&middot;lelismes no s&oacute;n&nbsp;nom&eacute;s temporals, tamb&eacute; s&oacute;n l&iacute;rics. La lletra de <em>Stairway to heaven</em> sembla narrar el que estava succeint en aquell rac&oacute; d'Europa de l'Est: &ldquo;Hi ha una dona que est&agrave; segura que tot el que brilla &eacute;s or/ i est&agrave; comprant una escala cap al cel&rdquo; comen&ccedil;a cantant Plant,&nbsp;l&iacute;der de Led Zeppelin. Ceaucescu, el dictador roman&egrave;s, era un home &ndash;encara que diuen que la seva dona exercia una gran influ&egrave;ncia sobre ell-, per&ograve; tamb&eacute; estava comprant una escala cap al cel: aquella carretera de m&eacute;s de 90km de recorregut, que&nbsp;s'havia d'al&ccedil;ar m&eacute;s de 2.000m cap als n&uacute;vols. I com la dona de la can&ccedil;&oacute;, ell tamb&eacute; estava segur que tot el que brillava era or, no en va, una d&egrave;cada m&eacute;s tard, comen&ccedil;aria a construir el que encara &eacute;s l'edifici administratiu d'&uacute;s civil m&eacute;s gran del m&oacute;n, el Parlament de Bucarest, que ocupa un &agrave;rea de m&eacute;s de 360.000 m2.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hi ha un sentiment que tinc quan miro a l'oest [&hellip;] en els meus pensaments he vist&nbsp;cercles de fum a trav&eacute;s dels arbres/ i les veus d'aquells que estan dempeus mirant&rdquo;, segueix cantant Plant. I mentre, es podria veure a Ceaucescu donant l'ordre de fer esclatar els milers de tones de dinamita, part de la muntanya saltant per l'aire i omplint-ho tot de fum. Prop de 40 militars van morir en aquella construcci&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        I tot aquest monumental projecte,&nbsp;per a qu&egrave;?&nbsp;Diu la llegenda urbana que despr&eacute;s de la invasi&oacute;&nbsp;el 1968 de Txecoslov&agrave;quia per part dels Sovi&egrave;tics, el dictador roman&egrave;s Ceaucescu tenia por. Volia assegurar-se el lliure moviment de les seves tropes dins del seu propi pa&iacute;s si l'Ex&egrave;rcit&nbsp;Roig decidia envair-los tamb&eacute; a ells, i que cap muntanya li&nbsp;barr&eacute;s el pas. Per aix&ograve; va crear la Transfagarasan. Volia poder fugir cap a l'oest amb facilitat. Per&ograve; resulta com&nbsp;a m&iacute;nim&nbsp;extrany construir un salconduit que&nbsp;nom&eacute;s est&agrave; obert durant els mesos&nbsp;que fa calor, quan arriba el fred &ndash;uns nou mesos a l'any- aquesta carretera es tanca, per la seva perillositat i perqu&egrave; la boira i la neu obstrueixen el pas.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/347bc23b-7423-4859-a07b-b9f4ab9f5c80_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;I mentre baixem per la carretera/ Les nostres ombres majors que la nostra &agrave;nima/ All&agrave; camina la dona que tots coneixem / Que brilla amb llum blanca i vol demostrar / Com tot es torna or encara&rdquo;. Efectivament, l'ombra de Ceaucescu li precedia i era&nbsp;molt m&eacute;s gran que la seva &agrave;nima, encara que &eacute;s possible que brill&eacute;s m&eacute;s aviat amb llum negra, tenint en compte el seu historial. Per&ograve;&nbsp;potser aqu&iacute; radica una explicaci&oacute; m&eacute;s plausible de per qu&egrave; el dictador va decidir construir la Transfagarasan. Potser el que&nbsp;el va moure va ser el desig de demostrar del que era capa&ccedil; el seu govern, del poder que podia ostentar Romania sota el lideratge del Conducator.
    </p><p class="article-text">
        Sigui quina sigui la hist&ograve;ria real,&nbsp;el que &eacute;s innegable &eacute;s que aquest recorregut t&eacute; una bellesa incre&iuml;ble i genera emocions. Perqu&egrave; impressiona. Aquestes corbes tan tancades,&nbsp;el desnivell tan gran en tan poc temps, les vaques creuant-se de tant en tant, les ovelles&nbsp;pasturant, i les muntanyes enormes miris on miris. A m&eacute;s d'albergar llocs com el llac Balea, en el punt m&eacute;s alt de la carretera, carregat d'aig&uuml;es glacials, on es va construir el 2006 un dels primers hotels de gel d'Europa de l'Est; o la cascada Balea.&nbsp;Indrets als quals es pot arribar tamb&eacute; en funicular. I tot all&ograve; impressiona, com impressiona l'obra magistral de Led Zeppelin, com aquests vuit minuts de m&uacute;sica que sacsegen els teus sentiments.
    </p><p class="article-text">
        Al 2012, un periodista li va preguntar a Robert Plant sobre el significat de la lletra de <em>Stairway to heaven</em>. El cantant va contestar: &ldquo;Tinc problemes amb alguna part de la lletra durant per&iacute;odes de temps concrets. Potser estic encara intentant endevinar qu&egrave; &eacute;s el que vaig voler dir&hellip;&rdquo;. Convertir-se en banda sonora de la construcci&oacute; de la Transfagarasan podria ser la resposta a aquesta inc&ograve;gnita, encara que no sigui probable, encara que no sigui real.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e5775e16-adbf-4e57-9039-6ce09769fb25_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vola de Barcelona a Cluj-Napoca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/carretera-cap-cel-romania_132_3072425.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Nov 2017 19:09:33 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="442587" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="442587" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una carretera cap al cel a Romania]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/548662aa-50b7-47b3-9aa3-27212c5a0e74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lió o la seda que distorsiona el mapa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lio-seda-distorsiona-mapa_132_3086646.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lió o la seda que distorsiona el mapa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Capital medieval de la seda i de la impremta, la Lió de Rabelais i els Lumière manté la seva tradició al mateix temps que creix en arquitectura d'avantguarda i noves tecnologies</p><p class="subtitle">Una ciutat de passadissos ocults, de gastronomia de luxe i de gegants mitològics</p></div><p class="article-text">
        La tercera ciutat m&eacute;s poblada de Fran&ccedil;a es presenta com una inc&ograve;gnita. Cal buscar en les seves esquerdes per descobrir les seves particulars distorsions. I a la Vieux-Lyon, el casc medieval, la primera sensaci&oacute; &eacute;s que podria semblar-se a tants altres de tantes ciutats del sud europeu: els carrers empedrats, les botigues de roba i regals, el tra&ccedil;at irregular, el concepte dissenyat d&rsquo;all&ograve; <em>vintage</em>.
    </p><p class="article-text">
        Fins que ens topem amb un dels <em>traboules</em>, aquests passatges invisibles que poden apar&egrave;ixer obrint una porta d'un carrer qualsevol. S&oacute;n foscos, frescos i laber&iacute;ntics, connecten amb entrades d'edificis i conformen una ciutat paral&middot;lela i oculta. Al <em>Longue Traboule</em> hi ha obres d'art espont&agrave;nies, natures mortes d'ossos i plantes i un gat amb collaret molt manso i afectu&oacute;s que posa per a les fotos sense cap problema.
    </p><p class="article-text">
        Molt a prop, hi ha un altre <em>traboule</em> m&eacute;s curt i no tan laber&iacute;ntic, que comunica amb una galeria a on es mant&eacute; intacta una torre del s. XVII. La particularitat paradoxal d'aquesta construcci&oacute; &eacute;s que no es veu des del carrer i nom&eacute;s &eacute;s possible veure-la si ens fiquem en un <em>traboule</em>. Com si hagu&eacute;ssim de donar la volta a la ciutat i veure-la en el seu revers per descobrir-la.
    </p><p class="article-text">
        Li&oacute; s'oculta en els seus <em>traboules</em> i es despulla en les seves cuines. Al <em>bouchon</em> Daniel et Denise hi ha olles i paelles exposades com a objectes decoratius, estris pr&agrave;ctics que en qualsevol moment poden desapar&egrave;ixer de l'aparador per anar a la cuina. S&oacute;n art ef&iacute;mer que es complementa amb una cuina a la vista perqu&egrave; els comensals puguin ser testimonis del proc&eacute;s, sense teles ni ciment ni vidres foscos que l'ocultin.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El xef d'aquest restaurant tradicional &eacute;s Joseph Viola, premiat amb un Bib Gourmand per la Guia Michelin, i un dels millors cuiners de Li&oacute;, una ciutat d'alta cuina i amb moltes estrelles Michelin. Provo el plat tradicional de la ciutat: el P&acirc;t&eacute; en cro&ucirc;te, una mena de past&iacute;s de foie gras embolicat en una massa fullada i amb melmelada de pruna per acompanyar. De segon, un peix en una salsa de gambes i bolets, amb guarnici&oacute; de fideus gratinats a beixamel i formatge. De postres, un cl&agrave;ssic Lyon&eacute;s: Ile Flettante, un pralin&eacute; amb crema que s'assembla a una illa flotant, d'aqu&iacute; el nom. I el contrast amb el <em>P&acirc;t&eacute; a cro&ucirc;te</em>: l'illa enfront del conglomerat.
    </p><h3 class="article-text">Variacions en la seda</h3><p class="article-text">
        Per a l'exposici&oacute; &ldquo;Les Variacions Sebald&rdquo;, comissariada al CCCB durant 2015 per l'escriptor Jorge Carri&oacute;n, Jeremy Wood va presentar &ldquo;My Ghost&rdquo;, una obra gr&agrave;fica impresa en seda com a resultat d'una cartografia autobiogr&agrave;fica. Prove&iuml;t d'un GPS, l'artista angl&egrave;s va caminar durant anys pels carrers de Londres, deixant registre de la seva ruta. El resultat va ser impr&egrave;s en seda i, dins sala d'exposicions, aquesta tela apareixia com una distorsi&oacute; del mapa digital, una experi&egrave;ncia en profunditat que es dibuixava en una superf&iacute;cie inquietant.
    </p><p class="article-text">
        Si els <em>traboules</em> desconstrueixen el mapa de Li&oacute; com passadissos secrets que distorsionen l'entramat urb&agrave;, la seda compleix una funci&oacute; semblant al barri de Croix-Rousse, l'epicentre hist&ograve;ric de la ind&uacute;stria t&egrave;xtil partint de la Maison des Canuts, una antiga f&agrave;brica convertida en museu i on s'exposen m&agrave;quines i peces originals.
    </p><p class="article-text">
        Aquesta maison &eacute;s paradigm&agrave;tica perqu&egrave; conserva en la seva arquitectura i posada muse&iacute;stica la pauta de com eren els canuts del segle XVII a Li&oacute;. Les fam&iacute;lies que treballaven en la ind&uacute;stria solien viure en els pisos de dalt d'aquestes cases, mentre que els tallers funcionaven a la planta baixa, amb els telers i les m&agrave;quines.
    </p><p class="article-text">
        El barri de la Croix-Rousse tamb&eacute; es va tornant laber&iacute;ntic amb m&eacute;s traboules interminables i costeruts, aqu&iacute; bastant m&eacute;s amples, llargs i amplis que els de Vieux-Li&oacute;. I entre restaurants de magrets d'canards i bistr&oacute;s de degustaci&oacute; de vins, formatges i embotits de la regi&oacute;, la seda tracta de mantenir la seva omnipres&egrave;ncia en petits tallers artesanals.
    </p><p class="article-text">
        En un local d'impressi&oacute; en tela, un operari m'explica la t&egrave;cnica del <em>est&eacute;ncil</em> sobre la seda i una noia em mostra la del drap<em> de velour</em>, aquesta tela sint&egrave;tica que imita al vellut. Per a aquesta &uacute;ltima, es col&middot;loquen planxes de cot&oacute; a quadrets que es cusen a m&agrave;quina amb un disseny preestablert, per despr&eacute;s pintar-les a m&agrave;. &ldquo;&Eacute;s com fer un edifici&rdquo;, diu la noia. I penso en els <em>traboules</em>, a la seda i en totes les textures de ciment i de teles com marques d'una ciutat plena de variacions.
    </p><h3 class="article-text">El llegat de Rabelais</h3><p class="article-text">
        <em>Pantagruel, el assedegat</em> era un personatge popular a tota la literatura oral de la Fran&ccedil;a medieval: el dimoni de la set que escampava sal a la gola de la gent. Una excusa per beure vi a les tavernes i un monstre per amena&ccedil;ar els nens.
    </p><p class="article-text">
        Quan el metge Francois Rabelais va arribar a Li&oacute; a treballar a l'H&ocirc;tel-Dieu, tenia llest el manuscrit del seu primer volum de &ldquo;Gargantua i Pantagruel&rdquo;, una obra clau de la literatura medieval europea i on recrea la hist&ograve;ria del llinatge d'aquests gegants golfs, alcoh&ograve;lics i guerrers.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Inspirat en el folklore popular, en els relats orals i en la mitologia que circulava entre la poblaci&oacute; pel que fa a aquests personatges, Rabelais va crear una obra profunda, divertida i exagerada, que segles despr&eacute;s el ling&uuml;ista rus Mija&iacute;l Bajt&iacute;n rescataria com una pe&ccedil;a fonamental per entendre el carnaval medieval i estudiar els encreuaments culturals entre els feudals i el poble.
    </p><p class="article-text">
        Rabelais va arribar a la ciutat al 1532, moment en qu&egrave; Li&oacute; era un dels bressols mundials de la impremta. Tot aquest llegat editorial pot con&egrave;ixer-se en el Museu de la Impremta, on es conserven dos exemplars de &ldquo;Gargantua i Pantagruel&rdquo; de diferents &egrave;poques, un butxaca impr&egrave;s en plena Edat Mitjana i un altre il&middot;lustrat per Gustave Dor&eacute; de finals del segle XIX.
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; aquest metge no nom&eacute;s va estar aqu&iacute; fins a 1535 per a imprimir la seva obra, sin&oacute; tamb&eacute; per a investigar i treballar a l'H&ocirc;tel-Dieu, un mega-hospital medieval on va deixar la seva extravagant empremta: va dirigir una lli&ccedil;&oacute; p&uacute;blica de la dissecci&oacute; del cad&agrave;ver d'un penjat, introduir el mel&oacute; i la carxofa en preparats medicinals, va inventar un aparell per curar ossos (el Glossocomion) i un altre per curar ferides de ventre (el Syringotomo).
    </p><p class="article-text">
        H&ocirc;tel-Dieu s'al&ccedil;a a escassos metres del Km 0 de Li&oacute;, la pla&ccedil;a Bellecour. La seva fa&ccedil;ana externa mira cap al riu Roine, mentre que la seva cara interna dialoga amb l'entorn en passat, present i futur. Grafiters an&ograve;nims han intervingut les tanques de protecci&oacute; que sostenen els enormes cartells plotteados amb imatges dissenyades que anticipen en qu&egrave; es convertir&agrave; aquest edifici: un centre d'exposicions amb shopping, galeries i restaurants.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Arquitectura de conflu&egrave;ncia</h3><p class="article-text">
        Confluence va ser, durant d&egrave;cades, la zona industrial per excel&middot;l&egrave;ncia de Li&oacute;: f&agrave;briques fumejants, moviment obrer i pol&middot;luci&oacute;. Avui &eacute;s un barri restaurat i en plena restauraci&oacute; al llarg a llarg de les seves 140 hect&agrave;rees que voregen la conflu&egrave;ncia dels rius Roine i Saona: grues hiperquin&eacute;ticas, estructures a mig construir i una galeria a cel obert d'edificis nous, cadascun diferent i amb la seva pr&ograve;pia personalitat, per&ograve; dialogant entre si en una certa harmonia est&egrave;tica.
    </p><p class="article-text">
        La nova est&egrave;tica d'aquests arquitectes italians, alemanys, su&iuml;ssos, holandesos i francesos genera que, a les 7 mil persones que avui viuen a Confluence, puguin sumar-se unes 10 mil m&eacute;s quan comenci la venda immobili&agrave;ria a gran escala. Tot i que els preus superin amb amplitud a les zones m&eacute;s cares de Par&iacute;s.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Els Lumi&egrave;re</h3><p class="article-text">
        Una tarda de finals d'hivern de 1895, en una f&agrave;brica situada a pocs metres de la pla&ccedil;a Jean Mac&eacute;, es registrava en un cinemat&ograve;graf la primera pel&middot;l&iacute;cula de la hist&ograve;ria: &ldquo;La sortida dels obrers de la f&agrave;brica Lumi&egrave;re a Li&oacute; Monplaisir&rdquo;. Els creadors van ser Auguste i Louis, els fills del cada vegada m&eacute;s poder&oacute;s empresari Antoine Lumi&egrave;re, que al voltant de la seva mansi&oacute; va ser instal&middot;lant totes les seves f&agrave;briques.
    </p><p class="article-text">
        La mansi&oacute; art-noveau va ser constru&iuml;da enmig d'un frond&oacute;s jard&iacute; i avui alberga el Museu Lumi&egrave;re, on s'exposa el Cinemat&ograve;graf N&ordm;1, l'original i aut&egrave;ntic, que filmava, gravava i projectava, amb el qual es va registrar la primera pel&middot;l&iacute;cula de la hist&ograve;ria, davant d'aquesta casa, i que tamb&eacute; va permetre fer la primera sessi&oacute; de cinema pagament en la hist&ograve;ria en el caf&egrave; Indi de Par&iacute;s en 1895.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un dels murs externs de la Vila Lumi&egrave;re, hi ha el Mur dels Cineastes, com una mena de c&agrave;non en forma de p&ograve;ster gegant on figuren els millors directors de cinema de la hist&ograve;ria, morts o vius. Una part decisiva de tot el que va venir despr&eacute;s dels Lumi&egrave;re.
    </p><p class="article-text">
        Quantes pel&middot;l&iacute;cules van venir despr&eacute;s d'aquesta primera? Aquesta impossibilitat d'establir el compte &eacute;s un l&ograve;gic corol&middot;lari per abandonar Li&oacute;, una ciutat que es defineix des de l&rsquo;inaprehensible.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vola des de Barcelona a Li&oacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lio-seda-distorsiona-mapa_132_3086646.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Nov 2017 18:14:25 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="720004" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="720004" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Lió o la seda que distorsiona el mapa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lyon o la seda que distorsiona el mapa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lyon-seda-distorsiona-mapa_132_3086653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lyon o la seda que distorsiona el mapa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Capital medieval de la seda y de la imprenta, la Lyon de Rabelais y los Lumière mantiene su tradición al mismo tiempo que crece en arquitectura de vanguardia y nuevas tecnologías</p><p class="subtitle">Una ciudad de pasadizos ocultos, de gastronomía de lujo y de gigantes mitológicos</p></div><p class="article-text">
        La tercera ciudad m&aacute;s poblada de Francia se presenta como una inc&oacute;gnita. Hay que buscar en sus grietas para descubrir sus particulares distorsiones. Y en la Vieux-Lyon, el casco medieval, la primera sensaci&oacute;n es que podr&iacute;a parecerse a tantos otros de tantas ciudades del sur europeo: las calles empedradas, las tiendas de ropa y regalos, el trazado irregular, el concepto dise&ntilde;ado de lo <em>vintage</em>.
    </p><p class="article-text">
        Hasta que nos topamos con uno de los <em>traboules</em>, esos pasajes invisibles que pueden aparecer abriendo una puerta de una calle cualquiera. Son oscuros, frescos y laber&iacute;nticos, conectan con entradas de edificios y conforman una ciudad paralela y oculta. En el <em>Longue Traboule</em> hay obras de arte espont&aacute;neas, naturalezas muertas de huesos y plantas y un gato con collar muy manso y mimoso que posa para las fotos sin ning&uacute;n problema.
    </p><p class="article-text">
        Muy cerca, hay otro <em>traboule</em> m&aacute;s corto y no tan laber&iacute;ntico, que comunica con una galer&iacute;a en donde se mantiene intacta una torre del siglo XVII. La particularidad parad&oacute;jica de esta construcci&oacute;n es que no se ve desde la calle y solo es posible verla si nos metemos en un <em>traboule</em>. Como si tuvi&eacute;semos que dar vuelta a la ciudad y verla en su reverso para descubrirla.
    </p><p class="article-text">
        Lyon se oculta en sus <em>traboules</em> y se desnuda en sus cocinas. En el <em>bouchon</em> Daniel et Denise hay ollas y sartenes expuestas como objetos decorativos, utensilios pr&aacute;cticos que en cualquier momento pueden desaparecer del escaparate para ir a la cocina. Son arte ef&iacute;mero que se complementa con una cocina a la vista para que los comensales puedan ser testigos del proceso, sin telas ni cemento ni vidrios biselados que la oculten.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3ac87166-3665-4173-99de-e4fc94d02707_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        El chef de este restaurante tradicional es Joseph Viola, premiado con un Bib Gourmand por la Gu&iacute;a Michelin, y uno de los mejores cocineros de Lyon, en una ciudad de alta cocina y con muchas estrellas Michelin. Pruebo el plato tradicional de la ciudad: el <em>P&acirc;t&eacute; en cro&ucirc;te</em>, una especie de pastel de <em>foie gras</em> envuelto en una masa hojaldrada y con mermelada de ciruela para acompa&ntilde;ar. De segundo, un pescado en una salsa de gambas y setas, con guarnici&oacute;n de fideos gratinados en bechamel y queso. De postre, un cl&aacute;sico lyon&eacute;s: <em>&Igrave;le Flettante</em>, un pralin&eacute; con crema que asemeja a una isla flotante, de ah&iacute; el nombre. Y el contraste con el <em>P&acirc;t&eacute; en cro&ucirc;te</em>: la isla frente al conglomerado.
    </p><h3 class="article-text">Variaciones en la seda</h3><p class="article-text">
        Para la exposici&oacute;n &ldquo;Las Variaciones Sebald&rdquo;, comisariada en el CCCB durante 2015 por el escritor Jorge Carri&oacute;n, Jeremy Wood present&oacute; &ldquo;My Ghost&rdquo;, una obra gr&aacute;fica impresa en seda como resultado de una cartograf&iacute;a autobiogr&aacute;fica. Provisto de un GPS, el artista ingl&eacute;s camin&oacute; durante a&ntilde;os por las calles de Londres, dejando registro de su ruta. El resultado fue impreso en seda y, dentro de la sala de exposiciones, esta tela aparec&iacute;a como una distorsi&oacute;n del mapa digital, una experiencia en profundidad que se dibujaba en una superficie inquietante.
    </p><p class="article-text">
        Si los <em>traboules</em> deconstruyen el mapa de Lyon como pasadizos secretos que distorsionan el entramado urbano, la seda cumple una funci&oacute;n parecida en el barrio de <em>Croix-Rousse</em>, el epicentro hist&oacute;rico de la industria textil partiendo de la Maison des Canuts, una antigua f&aacute;brica convertida en museo y donde se exponen m&aacute;quinas y piezas originales.
    </p><p class="article-text">
        Esta <em>maison</em> es paradigm&aacute;tica porque conserva en su arquitectura y puesta muse&iacute;stica la pauta de c&oacute;mo eran los <em>canuts</em> del siglo XVII en Lyon. Las familias que trabajaban en la industria sol&iacute;an vivir en los pisos de arriba de estas casas, mientras que los talleres funcionaban en la planta baja, con los telares y las m&aacute;quinas.
    </p><p class="article-text">
        El barrio de la <em>Croix-Rousse</em> tambi&eacute;n se va tornando laber&iacute;ntico con m&aacute;s <em>traboules</em> interminables y empinados, aqu&iacute; bastante m&aacute;s anchos, largos y amplios que los del <em>Vieux-Lyon</em>. Y entre restaurantes de magrets de canards y bistr&oacute;s de degustaci&oacute;n de vinos, quesos y embutidos de la regi&oacute;n, la seda trata de mantener su omnipresencia en peque&ntilde;os talleres artesanales.
    </p><p class="article-text">
        En un local de impresi&oacute;n en tela, un operario me explica la t&eacute;cnica del est&eacute;ncil sobre la seda y una chica me muestra la del pa&ntilde;o de <em>velour</em>, esa tela sint&eacute;tica que imita al terciopelo. Para esta &uacute;ltima, se colocan planchas de algod&oacute;n a cuadritos que se cosen a m&aacute;quina con un dise&ntilde;o preestablecido, para luego pintarlas a mano. &ldquo;Es como hacer un edificio&rdquo;, dice la chica. Y pienso en los <em>traboules</em>, en la seda y en todas las texturas de cemento y de telas como marcas de una ciudad llena de variaciones.
    </p><h3 class="article-text">El legado de Rabelais</h3><p class="article-text">
        <em>Pantagruel, el sediento </em>era un personaje popular en toda la literatura oral de la Francia medieval: el demonio de la sed que esparc&iacute;a sal en la garganta de la gente. Una excusa para beber vino en las tabernas y un monstruo para amenazar a los ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el m&eacute;dico Francois Rabelais lleg&oacute; a Lyon a trabajar en el H&ocirc;tel-Dieu, ten&iacute;a listo el manuscrito de su primer volumen de &ldquo;Gargant&uacute;a y Pantagruel&rdquo;, una obra clave de la literatura medieval europea y en donde recrea la historia del linaje de estos gigantes golfos, alcoh&oacute;licos y guerreros.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/cfb5c888-3c86-4b6f-b127-26b62bc805a8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Inspirado en el folklore popular, en los relatos orales y en la mitolog&iacute;a que circulaba entre la poblaci&oacute;n con respecto a estos personajes, Rabelais cre&oacute; una obra profunda, divertida y exagerada, que siglos despu&eacute;s el ling&uuml;ista ruso Mija&iacute;l Bajt&iacute;n rescatar&iacute;a como una pieza fundamental para entender el carnaval medieval y estudiar los cruces culturales entre los feudales y el pueblo.
    </p><p class="article-text">
        Rabelais lleg&oacute; a la ciudad en 1532, momento en que Lyon era una de las cunas mundiales de la imprenta. Todo ese legado editorial puede conocerse en el Museo de la Imprenta, donde se conservan dos ejemplares de &ldquo;Gargant&uacute;a y Pantagruel&rdquo; de diferentes &eacute;pocas, uno de bolsillo impreso en plena Edad Media y otro ilustrado por Gustave Dor&eacute; de fines del siglo XIX.
    </p><p class="article-text">
        Pero este m&eacute;dico no s&oacute;lo estuvo aqu&iacute; hasta 1535 para imprimir su obra, sino tambi&eacute;n para investigar y trabajar en el H&ocirc;tel-Dieu, el mega-hospital medieval donde dej&oacute; su extravagante impronta: dirigi&oacute; una lecci&oacute;n p&uacute;blica de la disecci&oacute;n del cad&aacute;ver de un ahorcado, introdujo el mel&oacute;n y la alcachofa en preparados medicinales, invent&oacute; un aparato para curar huesos (el Glossocomion) y otro para curar heridas de vientre (el Syringotomo).
    </p><p class="article-text">
        H&ocirc;tel-Dieu se alza a escasos metros del Km 0 de Lyon, la plaza Bellecour. Su fachada externa mira hacia el r&iacute;o R&oacute;dano, mientras que su cara interna dialoga con el entorno en pasado, presente y futuro. Graffiteros an&oacute;nimos han intervenido las vallas de protecci&oacute;n que sostienen los enormes carteles plotteados con im&aacute;genes dise&ntilde;adas que anticipan en qu&eacute; se convertir&aacute; este edificio: un centro de exposiciones con shopping, galer&iacute;as y restaurantes.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d35f7a7d-46fa-4db9-8870-f74abdc0403f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Arquitectura de confluencia</h3><p class="article-text">
        <em>Confluence</em> fue, durante d&eacute;cadas, la zona industrial por excelencia de Lyon: f&aacute;bricas humeantes, movimiento obrero y poluci&oacute;n. Hoy es un barrio restaurado y en plena restauraci&oacute;n a lo largo y a lo ancho de sus 140 hect&aacute;reas que bordean la confluencia de los r&iacute;os R&oacute;dano y Saona: gr&uacute;as hiperquin&eacute;ticas, estructuras a medio construir y una galer&iacute;a a cielo abierto de edificios nuevos, cada uno diferente y con su propia personalidad, pero dialogando entre s&iacute; en una cierta armon&iacute;a est&eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        La novedosa est&eacute;tica de estos arquitectos italianos, alemanes, suizos, holandeses y franceses genera que, a las 7 mil personas que hoy viven en <em>Confluence</em>, puedan sumarse unas 10 mil m&aacute;s cuando comience la venta inmobiliaria a gran escala. Aunque los precios superen con amplitud a las zonas m&aacute;s caras de Par&iacute;s.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/803500a5-a017-40da-bc58-8e095b4bcbde_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Los Lumi&egrave;re</h3><p class="article-text">
        Una tarde de finales de invierno de 1895, en una f&aacute;brica situada a pocos metros de la plaza Jean Mac&eacute;, se registraba en un cinemat&oacute;grafo la primera pel&iacute;cula de la historia: &ldquo;La salida de los obreros de la f&aacute;brica Lumi&egrave;re en Lyon Monplaisir&rdquo;. Los creadores fueron Auguste y Louis, los hijos del cada vez m&aacute;s poderoso empresario Antoine Lumi&egrave;re, que alrededor de su mansi&oacute;n fue instalando todas sus f&aacute;bricas.
    </p><p class="article-text">
        La mansi&oacute;n art-noveau fue construida en medio de un frondoso jard&iacute;n y hoy alberga el Museo Lumi&egrave;re, donde se expone el Cinemat&oacute;grafo N&ordm;1, el original y aut&eacute;ntico, que filmaba, grababa y proyectaba, con el cual se registr&oacute; la primera pel&iacute;cula de la historia, justo enfrente de esta casa, y que tambi&eacute;n permiti&oacute; hacer la primera sesi&oacute;n de cine pago en la historia en el caf&eacute; Indio de Par&iacute;s en 1895.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/615bd7e8-b000-4649-9133-ce26ff479181_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En uno de los paredones externos de la Villa Lumi&egrave;re, est&aacute; el Muro de los Cineastas, como una especie de canon en forma de p&oacute;ster gigante donde figuran los mejores directores de cine de la historia, muertos o vivos. Una parte decisiva de todo lo que vino despu&eacute;s de los Lumi&egrave;re.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ntas pel&iacute;culas vinieron despu&eacute;s de esta primera? Esta imposibilidad de establecer la cuenta es un l&oacute;gico corolario para abandonar Lyon, una ciudad que se define desde lo inasible.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Lyon.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/lyon-seda-distorsiona-mapa_132_3086653.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Nov 2017 18:05:30 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="720004" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="720004" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Lyon o la seda que distorsiona el mapa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/60b66cb5-1708-49a6-b5ef-583c21e66cbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Faro com un 'desfaro']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/faro-com-desfaro_132_3099780.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Faro com un &#039;desfaro&#039;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Petita i encantadora, la capital de l'Algarve és tan complexa com familiar, resistint-se a la</p><p class="subtitle">saudade</p><p class="subtitle">i a la pròpia noció d'una cartografia concreta</p><p class="subtitle">El bressol del Califat portuguès, de la reconquesta catòlica i de la presència de jueus al sud ibèric, com un triangle que configura un mosaic cultural particular</p></div><p class="article-text">
        Sol dir-se de Portugal que &eacute;s un pa&iacute;s on el temps sembla haver-se aturat. Un intent d'aut&ograve;psia que porta a la temptaci&oacute; inevitable de parlar de la <em>saudade</em>, aquesta nost&agrave;lgia sense traducci&oacute; possible i que evoca immediatament la tristesa cada vegada que escoltem els acords del fado d'una guitarra portuguesa.
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; si ens fiquem en les esquerdes i racons d'una ciutat com Faro, de seguida ens adonarem que la capital de l'Algarve es resisteix a aquesta simplificaci&oacute;. Sobretot si la recorrem amb la m&uacute;sica d'Ana Moura, la millor fadista del m&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Amb una aura magn&egrave;tica a l'escenari i la veu com un ganivet que obre les cavitats que protegeixen les nostres entranyes, Ana Moura fa un fado que &eacute;s un desfado, una heretgia que redefineix la <em>saudade</em> i que trenca els motlles. &ldquo;Si el fado es canta i plora, tamb&eacute; es pot ballar&rdquo;, diu a 'Fado Dan&ccedil;ado', per a horror g&agrave;stric dels puristes del g&egrave;nere, que fins i tot augmenten la seva acidesa en escoltar el seu hit 'Desfado', un intent de deconstrucci&oacute; del g&egrave;nere que acaba definint la seva renovaci&oacute;: ara la <em>saudade</em> &eacute;s un component m&eacute;s de la dial&egrave;ctica tristesa-alegria en la qual es debat tot &eacute;sser hum&agrave;. No &eacute;s casualitat que la cantant abandoni els vestits negres mon&agrave;stics per dissenys colorits, escotats i brillants, amb un somriure dibuixat en una sensualitat que emet fins i tot movent un dit.
    </p><p class="article-text">
        Ana Moura no &eacute;s de Faro, va n&eacute;ixer als afores de Lisboa. Per&ograve; Faro tampoc &eacute;s totalment de Portugal ni de ning&uacute;. &Eacute;s com un joc de miralls infinits on Faro es defineix per la seva deslocalitzaci&oacute;, la seva barreja, la seva incertesa. Faro com un 'desfaro'.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/4e3f32ae-f539-4696-9434-30559dde5124_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Contrastos sobre la cal&ccedil;ada</h3><p class="article-text">
        <em>cal&ccedil;ada</em>Rua de Sant Ant&oacute;nio &eacute;s el passeig de vianants cl&agrave;ssic de Faro, el carrer ple de gent i de botigues, amb un passat ple d'hist&ograve;ria, amb una hist&ograve;ria plena de contrastos. I amb la seva inconfusible est&egrave;tica de <em>cal&ccedil;ada</em> portuguesa.
    </p><p class="article-text">
        Sobre aquestes petites pedres disposades a l'estil del trencad&iacute;s gaudini&agrave; i que conformen enormes mosaics en blanc i negre, recolzen cada dia els seus talons dones com Ana Moura, la cantant que no va n&eacute;ixer a Faro per&ograve; que en el seu mateix cognom i fins en la seva fisonomia transporta la ess&egrave;ncia d'una dona de l'Algarve: el passat onom&agrave;stic de la cultura &agrave;rab, els trets bruns i angulosos, els ulls profunds i foscos com petjada de mil&middot;lennis de civilitzacions.
    </p><p class="article-text">
        Entre les botigues de moda i les cases de records, es cola l'olor intens del caf&egrave; portugu&egrave;s, no tan curt com el ristretto itali&agrave;, per&ograve; s&iacute; corpulent i sabor&oacute;s, sempre sota l'ull vigilant d'uns habitants que no accepten qualsevol beuratge. I els pastissos de nata, col&middot;locats a les vitrines de les fleques com joies d'una cristalleria.
    </p><p class="article-text">
        Aquesta art&egrave;ria principal del centre de Faro &eacute;s l'avantsala per descobrir el seu casc antic, l'anomenada <em>Vila Adentro</em>, a la qual s'accedeix per l'Arco da Vila i des d'on s'arriba a una porta &agrave;rab del segle XI, usada com a entrada a la ciutat emmurallada pels mariners que arribaven a Portugal i que avui &eacute;s l'arc de pany m&eacute;s antic del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        I on hi va haver moreria, tamb&eacute; hi va haver jueus i cristians. La Rua de Sant Ant&oacute;nio i Largo da S&eacute; s&oacute;n els epicentres d'aquesta barreja de les tres religions monoteistes m&eacute;s populars de la humanitat. La Rua, per la pres&egrave;ncia d'una nodrida comunitat jueva al voltant del segle XIX que va deixar com a llegat el Cementiri Hist&ograve;ric judaic amb la seva sinagoga i museu. I el Largo, per una catedral constru&iuml;da el 1251 sobre els vestigis d'una mesquita, despr&eacute;s de la reconquesta cristiana sobre el Califat.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Gats, suros i cigonyes</h3><p class="article-text">
        Hi ha tres constants en la majoria dels pobles de l'Algarve que tamb&eacute; es mantenen en la seva capital. La primera &eacute;s l'amor popular pels gats: en moltes cantonades i portals de cases ocupades o abandonades, hi ha plats d'aigua i d'aliment balancejat perqu&egrave; els gats de carrer s'alimentin quan vulguin.
    </p><p class="article-text">
        La segona &eacute;s que el suro li guanya al cuir per &agrave;mplia majoria en les artesanies i els accessoris que es venen a les botigues: cinturons, carteres, clauers, rellotges. Aix&ograve; genera que s'eviti la matan&ccedil;a d'animals i que s'aprofitin els recursos naturals de la regi&oacute;, tenint en compte que la surera &eacute;s l'arbre t&iacute;pic de l'Algarve.
    </p><p class="article-text">
        I una tercera constant t&eacute; el s&iacute;mbol d'all&ograve; maternal per&ograve; &eacute;s una conseq&uuml;&egrave;ncia l&ograve;gica de la fauna t&iacute;pica de la regi&oacute;. Els locals es queixen que els jubilats alemanys i anglesos s'estan apoderant de l'Algarve, comprant cases a preus irrisoris i establint els seus guetos, sense si m&eacute;s no aprendre portugu&egrave;s. Per&ograve;, sens dubte, s&oacute;n les cigonyes les veritables propiet&agrave;ries del sud portugu&egrave;s, amb la seva base d'operacions establerta a Faro.
    </p><p class="article-text">
        La cigonya &eacute;s un dels s&iacute;mbols de la capital de l'Algarve i sol estableix els seus nius en els campanars de les esgl&eacute;sies i dels palaus. En alguns pobles baixos de la costa de l'Algarve se les pot veure volant a molt pocs metres de nosaltres, llargues i imponents, totalment integrades amb els humans i com a esp&egrave;cie protegida. De fet, hi ha una llei a la regi&oacute; que prohibeix destruir qualsevol niu que una cigonya hagi constru&iuml;t en els exteriors d'un habitatge, ja sigui el sostre, un mur o la xemeneia d'una casa. &Eacute;s obligatori deixar-la campar al seu aire.
    </p><h3 class="article-text">Faro pel nas</h3><p class="article-text">
        Per fora del seu casc hist&ograve;ric, Faro s'expandeix en cases baixes pintades de blanc i amb els marcs de les portes i finestres de diversos colors: blau, vermell, taronja, verd. L'est&egrave;tica habitual de les fa&ccedil;anes dom&egrave;stiques a l'Algarve. La cal&ccedil;ada portuguesa ara &eacute;s llamborda irregular i es mant&eacute; la sinuosa irregularitat en el tra&ccedil;at dels seus carrers.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Caminar una tarda per Rua Boavista o per la zona propera a l'estaci&oacute; de trens, minuts abans de la posta del sol, &eacute;s una experi&egrave;ncia familiar per a qualsevol que estigui atent al sentit de l'olfacte. Nom&eacute;s cal tancar durant un moment els ulls i deixar-se penetrar per les aromes dels potatges que s'escapen per les finestres obertes, cuits de mares i &agrave;vies amb carns variades i verdures, cargols o peixos, que ens tornen a totes aquestes olles universals de la nostra inf&agrave;ncia .
    </p><p class="article-text">
        Els est&iacute;muls de Faro s&oacute;n dom&egrave;stics. I operen amb detalls molt simples que amb prou feines es noten i que reclamen a un viatger actiu, aquell que viatja amb actitud de ca&ccedil;ador, amb la motivaci&oacute; i la cura que implica qualsevol acte de ca&ccedil;a, per m&eacute;s que sigui d'est&iacute;muls. No &eacute;s casualitat que per a tots els Sao Antonios, dia dels enamorats, es compri una planta de <em>manjerico</em> i que estigui prohibit tocar-la amb el nas. Els locals recomanen fregar les seves fulles suaument amb els dits i despr&eacute;s emportar-te'ls al nas per sentir la seva aroma. &ldquo;Perqu&egrave;, si no, la mates&rdquo;, diuen per aqu&iacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Gaireb&eacute; al final de la Rua do Alportel, el forn Lisbonense fa torns especials a partir de la mitjanit els divendres i els dissabtes. Ja sobre les 23h comen&ccedil;a a sentir-se l'olor de la fornada i a veure llum darrere entre els forats de les persianes tancades. Els noct&agrave;mbuls que surten dels bars es van acostant i envoltant l'entrada, fins que finalment s'obren les portes i es forma la cua. La gent surt tot d'una amb els seus petits paquets calents de <em>pao do chori&ccedil;o</em>, pastissos o trossos de pizza: policies, borratxos, parelles, bombers, turistes.
    </p><p class="article-text">
        No hi ha barrera idiom&agrave;tica: els portuguesos entenen sempre tan b&eacute; el castell&agrave; i l'angl&egrave;s. A l'interior, els llums t&egrave;nues, el gris de local vell, el temps detingut en l'arquitectura portuguesa. A fora, les terrasses plenes de rialles i <em>amarginhas</em> amb tramussos, de discussions entre seguidors del Benfica i del Sporting, d'un vent atl&agrave;ntic que empeny refrescant el desfaro.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vola de Barcelona a Faro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/faro-com-desfaro_132_3099780.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Oct 2017 16:03:46 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="7928813" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="7928813" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Faro com un 'desfaro']]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Faro como un 'desfaro']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/faro-desfaro_132_3099787.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Faro como un &#039;desfaro&#039;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Pequeña y encantadora, la capital del Algarve es tan compleja como familiar, resistiéndose a la</p><p class="subtitle">saudade</p><p class="subtitle">y a la propia noción de una cartografía concreta</p><p class="subtitle">La cuna del Califato portugués, de la reconquista católica y de la presencia de judíos en el sur ibérico, como un triángulo que configura un mosaico cultural particular</p></div><p class="article-text">
        Suele decirse de Portugal que es un pa&iacute;s donde el tiempo pareciera haberse detenido. Un intento de autopsia que lleva a la tentaci&oacute;n inevitable de hablar de la <em>saudade</em>, esa nostalgia sin traducci&oacute;n posible y que evoca inmediatamente a la tristeza cada vez que escuchamos los acordes del fado de una guitarra portuguesa.
    </p><p class="article-text">
        Pero si nos metemos en las grietas y recovecos de una ciudad como Faro, enseguida nos daremos cuenta de que la capital del Algarve se resiste a semejante simplificaci&oacute;n. Sobre todo si la recorremos con la m&uacute;sica de Ana Moura, la mejor fadista del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Con un aura magn&eacute;tica en el escenario y la voz como cuchillo que abre las cavidades que protegen tus entra&ntilde;as, Ana Moura hace un fado que es un desfado, una herej&iacute;a que redefine la <em>saudade</em> y que rompe los moldes. &ldquo;Si el fado se canta y llora, tambi&eacute;n se puede bailar&rdquo;, dice en 'Fado Dan&ccedil;ado', para horror g&aacute;strico de los puristas del g&eacute;nero, que incluso aumentan su acidez al escuchar su hit 'Desfado', un intento de deconstrucci&oacute;n del g&eacute;nero que acaba definiendo su renovaci&oacute;n: ahora la <em>saudade</em> es un componente m&aacute;s de la dial&eacute;ctica tristeza-alegr&iacute;a en la que se debate todo ser humano. No es casualidad que la cantante abandone los vestidos negros mon&aacute;sticos por dise&ntilde;os coloridos, escotados y brillantes, con una sonrisa dibujada en una sensualidad que emite hasta moviendo un dedo.
    </p><p class="article-text">
        Ana Moura no es de Faro, naci&oacute; en las afueras de Lisboa. Pero Faro tampoco es totalmente de Portugal ni de nadie. Es como un juego de espejos infinitos donde Faro se define por su deslocalizaci&oacute;n, su mezcla, su incertidumbre. Faro como un 'desfaro'.
    </p><h3 class="article-text">Contrastes sobre la cal&ccedil;ada</h3><p class="article-text">
        <em>cal&ccedil;ada</em>Rua de Santo Ant&oacute;nio es el paseo peatonal cl&aacute;sico de Faro, la calle atestada de gente y de tiendas, con un pasado lleno de historia, con una historia llena de contrastes. Y con su inconfundible est&eacute;tica de <em>cal&ccedil;ada</em> portuguesa.
    </p><p class="article-text">
        Sobre estas peque&ntilde;as piedras dispuestas al estilo del <em>trencad&iacute;s</em> gaudiniano y que conforman enormes mosaicos en blanco y negro, apoyan a diario sus tacones mujeres como Ana Moura, la cantante que no naci&oacute; en Faro pero que en su mismo apellido y hasta en su fisonom&iacute;a transporta la esencia de una mujer del Algarve: el pasado onom&aacute;stico de la cultura &aacute;rabe, los rasgos morenos y angulosos, los ojos profundos y oscuros como huella de milenios de civilizaciones.
    </p><p class="article-text">
        Entre las tiendas de moda y las casas de souvenires, se cuela el olor intenso del caf&eacute; portugu&eacute;s, no tan corto como el ristretto italiano, pero s&iacute; corpulento y sabroso, siempre bajo el ojo vigilante de unos habitantes que no aceptan cualquier brebaje. Y los pasteles de nata, colocados en las vitrinas de las panader&iacute;as como joyas de una cristaler&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Esta arteria principal del centro de Faro es la antesala para descubrir su casco antiguo, la llamada <em>Vila Adentro</em>, a la que se accede por el <em>Arco da Vila</em> y desde donde se llega a una puerta &aacute;rabe del siglo XI, usada como entrada a la ciudad amurallada por los marineros que llegaban a Portugal y que hoy es el arco de cerradura m&aacute;s antiguo del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y donde hubo morer&iacute;a, tambi&eacute;n hubo jud&iacute;os y cristianos. La Rua de Santo Ant&oacute;nio y Largo da S&eacute; son los epicentro de esta mezcla de las tres religiones monote&iacute;stas m&aacute;s populares de la humanidad. La Rua, por la presencia de una nutrida comunidad jud&iacute;a alrededor del siglo XIX que dej&oacute; como legado el Cementerio Hist&oacute;rico Judaico con su sinagoga y museo. Y el Largo, por una Catedral construida en 1251 sobre los vestigios de una mezquita, despu&eacute;s de la reconquista cristiana sobre el Califato.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8aa7fefe-002a-4782-af52-b94fc0c95680_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">Gatos, corchos y cig&uuml;e&ntilde;as</h3><p class="article-text">
        Hay tres constantes en la mayor&iacute;a de los pueblos del Algarve que tambi&eacute;n se mantienen en su capital. La primera es al amor popular por los gatos: en muchas esquinas y portales de casas ocupadas o abandonadas, hay platos de agua y de alimento balanceado para que los gatos callejeros se alimenten cuando quieran.
    </p><p class="article-text">
        La segunda es que el corcho le gana el cuero por amplia mayor&iacute;a en las artesan&iacute;as y los accesorios que se venden en las tiendas: cinturones, carteras, llaveros, relojes. Esto genera que se evite la matanza de animales y que se aprovechen los recursos naturales de la regi&oacute;n, teniendo en cuenta que el alcornoque es el &aacute;rbol t&iacute;pico de Algarve.
    </p><p class="article-text">
        Y una tercera constante tiene el s&iacute;mbolo de lo maternal pero es una consecuencia l&oacute;gica de la fauna t&iacute;pica de la regi&oacute;n. Los locales se quejan de que los jubilados alemanes e ingleses se est&aacute;n apoderando del Algarve, comprando casas a precios irrisorios y estableciendo sus guetos, sin siquiera aprender portugu&eacute;s. Pero, sin duda, son las cig&uuml;e&ntilde;as las verdaderas due&ntilde;as del sur portugu&eacute;s, con su base de operaciones establecida en Faro.
    </p><p class="article-text">
        La cig&uuml;e&ntilde;a es uno de los s&iacute;mbolos de la capital del Algarve y suele establece sus nidos en los campanarios de las iglesias y de los palacios. En algunos pueblos bajos de la costa del Algarve se las puede ver volando a muy pocos metros de nosotros, largas e imponentes, totalmente integradas con los humanos y como especie protegida. De hecho, existe una ley en la regi&oacute;n que proh&iacute;be destruir cualquier nido que una cig&uuml;e&ntilde;a haya construido en los exteriores de una viviendo, ya sea el techo, un pared&oacute;n o la chimenea de una casa. Es obligatorio dejarlas acampar a sus anchas.
    </p><h3 class="article-text">Faro por la nariz</h3><p class="article-text">
        Por fuera de su casco hist&oacute;rico, Faro se expande en casas bajas pintadas de blanco y con los marcos de sus puertas y ventanas de varios colores: azul, rojo, naranja, verde. La est&eacute;tica habitual de las fachadas dom&eacute;sticas en el Algarve. La <em>cal&ccedil;ada</em> portuguesa ahora es adoqu&iacute;n irregular y se mantiene la sinuosa irregularidad en el trazado de sus calles.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/74a72422-ba73-4c95-a082-2e83e8381e83_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Caminar una tardecita por Rua Boavista o por la zona cercana a la estaci&oacute;n de trenes, minutos antes de la ca&iacute;da del sol, es una experiencia familiar para cualquiera que est&eacute; atento al sentido del olfato. Basta cerrar durante un momento los ojos y dejarse penetrar por los aromas de los potajes que se escapan por las ventanas abiertas, cocidos de madres y abuelas con carnes variadas y verduras, caracoles o pescados, que nos devuelven a todas esas ollas universales de nuestra infancia.
    </p><p class="article-text">
        Los est&iacute;mulos de Faro son dom&eacute;sticos. Y operan con detalles muy simples que apenas se notan y que reclaman a un viajero activo, ese que viaja con actitud de cazador, con la motivaci&oacute;n y el cuidado que implica cualquier acto de caza, por m&aacute;s que sea de est&iacute;mulos. No es casualidad que para todos los Sao Ant&oacute;nios, d&iacute;a de los enamorados, se compre una planta de manjerico y que est&eacute; prohibido tocarla con la nariz. Los locales recomiendan rozar sus hojas suavemente con los dedos y despu&eacute;s llev&aacute;rtelos a la nariz para sentir su aroma. &ldquo;Porque, si no, la matas&rdquo;, dicen por ah&iacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/ef7ff7e4-5056-46f2-94fa-86abfb1d8100_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Casi al final de la Rua do Alportel, la panader&iacute;a Lisbonense hace turnos especiales a partir de la medianoche los viernes y los s&aacute;bados. Ya sobre las 23h empieza a sentirse el olor de la horneada y a verse luz detr&aacute;s entre las hendijas de las persianas cerradas. Los noct&aacute;mbulos que salen de los bares se van acercando y rodeando la entrada, hasta que finalmente se abren las puertas y se forma la cola. La gente sale de a una con sus peque&ntilde;os paquetes calientes de <em>pao do chori&ccedil;o</em>, pasteles o trozos de pizza: polic&iacute;as, borrachos, parejas, bomberos, turistas. No hay barrera idiom&aacute;tica: los portugueses entienden siempre tan bien el castellano y el ingl&eacute;s. Adentro, las luces tenues, el gris de local viejo, el tiempo detenido en la arquitectura portuguesa. Afuera, las terrazas repletas de risas y <em>amarginhas</em> con altramuces, de platos de marisco, de discusiones entre hinchas de Benfica y de Sporting, de un viento atl&aacute;ntico que empuja refrescando el desfaro.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Faro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/faro-desfaro_132_3099787.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Oct 2017 16:03:37 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="7928813" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="7928813" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Faro como un 'desfaro']]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/32ef71dc-661e-4b4c-b86a-51a3f38fd670_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Moscou com a bipolaritat mecànica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/moscou-com-bipolaritat-mecanica_132_3115231.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Moscou com a bipolaritat mecànica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una ciutat que es debat en un present de potència capitalista i amb un passat soviètic marcat en cadascun dels seus racons</p><p class="subtitle">Un recorregut pels seus museus, parcs, mercats i edificis emblemàtics on la dialèctica entre passat i present va construint un futur ple de matisos</p></div><p class="article-text">
        Al banc d'una parada d'autob&uacute;s, un home gran es queda dormit abra&ccedil;at a una maleta, amb una caixa embalada als seus peus. Al seu costat, una adolescent amb els cabells curts i la pell blanqu&iacute;ssima xateja amb el seu m&ograve;bil movent els dits de manera fren&egrave;tica.
    </p><p class="article-text">
        Aquesta imatge ef&iacute;mera sobre l'avinguda Novoslobodskaya sintetitza les derives actuals per on transita Moscou. El comunisme empacant els seus objectes que aviat es convertiran en records i dormint una migdiada a cel obert. El capitalisme circulant amb la flu&iuml;desa l&iacute;quida d'un missatge de text.
    </p><p class="article-text">
        Creuant el carrer, un edifici groc i blanc d'estil neocl&agrave;ssic est&agrave; etiquetat amb la cara canosa i barbuda del KFC, que a Moscou podria assemblar-se a un Lenin trempat per&ograve; que &eacute;s, en realitat, la icona cl&agrave;ssica de la cadena que es basa en un oncle Sam modern: la cara de l'exentrenador de l'NBA, Phil Jackson.
    </p><p class="article-text">
        Es creuen dones russes atl&egrave;tiques, imponents, maquillades, amb les cames tatuades a l'altura de la cuixa. Hi ha embotellament de cotxes, conductors amb cares de costum a l'espera. Cap a banda i banda de l'avinguda, les botigues de roba, els restaurants tem&agrave;tics i els bars il&middot;luminats funcionen sota els subs&ograve;ls d'edificis estalinistes, com si certes parts del capitalisme rus encara intentessin emergir amb vergonya.
    </p><p class="article-text">
        Potser per aix&ograve; els cambrers joves atenen com si estiguessin aprenent a fer-ho, com si fossin becaris d'atenci&oacute; al client. Timberland, Bennetton, Citibank, Gucci, Mc Donalds, KFC: tota la cartelleria global amb la corresponent traducci&oacute; en rus al costat, l'alfabet cir&iacute;l&middot;lic a la mateixa altura de l'original. Mai avall o amunt, sempre al costat.
    </p><p class="article-text">
        En qualsevol moment del pas, pot apar&egrave;ixer alguna de les set germanes, com si el soviet continu&eacute;s vigilant tot de manera gelosa.
    </p><h3 class="article-text">La ciutat en la seva amplitud</h3><p class="article-text">
        Moscou, igual que Roma i que Lisboa, est&agrave; constru&iuml;da sobre set turons. Per&ograve; a la capital russa les dimensions s&oacute;n molt m&eacute;s grans i l'erosi&oacute; i la mega-urbanitzaci&oacute; han fet desapar&egrave;ixer la majoria dels turons, aplanant la ciutat. El Soviet les anomenava &ldquo;els turons de Lenin&rdquo; i va ser Stalin qui va manar construir, com a doble homenatge (a la geografia, al predecessor) 7 gratacels iguals, alts i imponents, distribu&iuml;ts al voltant de Moscou.
    </p><p class="article-text">
        En una d'aquestes torres germanes funciona la Universitat de Lomon&oacute;sov, en honor a aquest pag&egrave;s rus que el 1730 va fer un viatge a peu des de Sib&egrave;ria a Moscou nom&eacute;s per estudiar, convertint-se aix&iacute; en el s&iacute;mbol de l'heroisme i del coneixement. Als russos els encanten aquestes hist&ograve;ries &egrave;piques d'homes que vencen la natura. Des del mite del seu primer tsar, Ivan el Terrible (2 metres d'altura i nom de lluitador de catch) que va derrotar als t&agrave;rtars mongols, fins a la carrera espacial amb l'&iacute;dol Yuri Gagarin, passant per la mateixa etimologia del nom de Vladimir ( Lenin, Putin) que significa &ldquo;el que posseeix el m&oacute;n&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Dins d'aquest edifici funcionen 35 facultats, a m&eacute;s de resid&egrave;ncies per a estudiants i professors. Uns 40 mil estudiants v&eacute;nen cada dia a aquesta Universitat. La seva torre arriba als 120 metres d'altura i est&agrave; coronada amb un estel de 5 punts. Als peus de l'edifici, un bosc, seguit d'autopistes, les c&uacute;pules del convent de Novodevitxi i l'estadi el CSK. I una t&egrave;nue boira produ&iuml;da pel <em>smog</em> i el riu Moskova que, en rus antic, significa &ldquo;aigua negra&rdquo; o &ldquo;aigua t&egrave;rbola&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A Moscou viuen m&eacute;s de 14 milions de persones i despr&eacute;s d'unes quantes hores recorrent la ciutat, tinc la sensaci&oacute; que &eacute;s una xifra palpable. No nom&eacute;s per la quantitat de gent que hi ha a tot arreu i tot el temps, sin&oacute; perqu&egrave; la l&iacute;nia de ciment, ma&oacute; i blocs no s'acaba mai.
    </p><p class="article-text">
        <em>A Moscou sense Kalashnicov</em>, el periodista espanyol Daniel Utrilla, resident a la capital russa, parla de &ldquo;la claustrof&ograve;bia de l'infinit&rdquo;, una ciutat que &ldquo;impressiona a l'ample i aclapara per les seves dimensions, el que paradoxalment genera una sensaci&oacute; de presa&rdquo;. Alguns parcs verds i florits apareixen com oasi enmig de tones de ciment de la megal&ograve;polis.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Al Parc de la Vict&ograve;ria es celebra l'aniversari del triomf contra els nazis i es fan actes militars amb demostraci&oacute; de tecnologia de guerra. Va ser tra&ccedil;at el 1995 de manera interminable, reiterativa, plana i monumental. Molt a prop hi ha els jardins preferits de Tolstoi, on est&agrave; ara el seu monument, el lloc que l'escriptor can&ograve;nic de la novel&middot;la russa triava per caminar i tenir contacte amb el poble, cansat de transitar els palaus buits de la seva fam&iacute;lia arist&ograve;crata. Al darrere, la City de Moscou en plena construcci&oacute;, l'imperi dels negocis, el gas, la construcci&oacute; i les finances en plena expansi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Al portal de la Catedral, els fidels es persignen tres ortodoxes vegades abans d'ingressar. Girant a la dreta, el boulevard Gogol s'allarga ple d'arbres i de bancs, coronat per una est&agrave;tua de l'escriptor. Al final, l'edifici del Ministeri de Defensa mant&eacute; encara el martell i la fal&ccedil; com a escut que corona la porta d'entrada. De seguida, la llegend&agrave;ria Pla&ccedil;a Roja envoltada pels murals del Kremlin. Despr&eacute;s el Bolshoi i l'edifici de la KGB, per&ograve; &eacute;s inevitable tornar enrere per admirar l'emblem&agrave;tica esgl&eacute;sia de Sant Basili i aquestes puntes i colors com una gegant casa de matrioskas.
    </p><p class="article-text">
        A un costat de la Pla&ccedil;a Roja estan enterrats tots els jerarques de la revoluci&oacute; sovi&egrave;tica: Lenin en el seu mausoleu i Stalin en una filera de tombes en qu&egrave;, cridanerament, no est&agrave; Kruschev. I a tan sols 20 metres de les tombes, les galeries GUM presumeixen d'eleg&agrave;ncia neocl&agrave;ssica a l'estil vien&egrave;s, amb tres pisos i un subs&ograve;l, l'honor de comptar amb les botigues m&eacute;s cares del m&oacute;n i la llegenda de ser el monument arquitect&ograve;nic del rentat de diners de la m&agrave;fia russa.
    </p><h3 class="article-text">Els palaus subterranis</h3><p class="article-text">
        El metro de Moscou va ser creat despr&eacute;s de la revoluci&oacute; d'octubre per ordre d'Stalin i amb un objectiu pr&agrave;ctic (garantir un sistema r&agrave;pid i barat per la quantitat de gent i l'urbs que creixia), un altre aleatori (refugi antiaeri contra la imminent guerra contra Hitler) i un tercer m&eacute;s rom&agrave;ntic (generar palaus per al poble).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        A l'estaci&oacute; m&eacute;s propera al Kremlin de la l&iacute;nia Roja hi ha senyores grans venent cospels, com una marca llegend&agrave;ria de metro rus, senyores que parlen nom&eacute;s en rus i que atenen amb desdeny. &Eacute;s aix&ograve; o les m&agrave;quines. I en tots dos casos, el resultat s&oacute;n cospels que permeten pujar-te a un tren.
    </p><p class="article-text">
        Els passadissos s&oacute;n una desfilada de gent atape&iuml;da, corredors enormes amb llums i arcs al sostre que imiten l'entrada a un palau, amb escales que poden arribar a trigar de 10 a 15 minuts a portar-nos al subs&ograve;l. En Kievskaya, la decoraci&oacute; est&agrave; dedicada al poble ucra&iuml;n&egrave;s, amb els motius quotidians del socialisme: treballadors, camp i obrers, a m&eacute;s d'un immens mural que recrea una festa ucra&iuml;nesa amb els seus vestits t&iacute;pics.
    </p><p class="article-text">
        Espigues de blat, estrelles, fal&ccedil;s en els mosaics dels sostres i les parets, en les columnes que sostenen els sostres del subs&ograve;l i fins en els conductes de ventilaci&oacute;. Al metro de Moscou no falta cap s&iacute;mbol de la iconografia sovi&egrave;tica. A l'estaci&oacute; Novoslobodskaya, les pintures recorden vitralls d'esgl&eacute;sies: el seu estil, la seva llum i els seus colors. Per&ograve; aqu&iacute; els sants s&oacute;n els obrers an&ograve;nims i arquet&iacute;pics, la creu &eacute;s l'estrella vermella.
    </p><p class="article-text">
        Lenin apareix en Konsomovskaya, aquest cop amb l'escut de l'URSS de fons i amb l'honor d'haver estat la imatge d'un b&uacute;nquer durant la guerra, en una galeria tan &agrave;mplia que fins i tot comptava amb una biblioteca perqu&egrave; la gent que baixava a refugiar-se pels bombardejos pogu&eacute;s llegir. I a l'estaci&oacute; sota la Pla&ccedil;a de la Revoluci&oacute;, unes 72 est&agrave;tues de bronze representen l'altivesa socialista, l'orgull eslau i sovi&egrave;tic: obrers, camperols, dones i nens: tots guapos, forts i orgullosos, feli&ccedil;os per la revoluci&oacute; reeixida. Tots miren cap a l'horitz&oacute;, el futur, rostres feli&ccedil;os i rectes, orgullosos i marcials. Molts van amb escopetes penjades de l'espatlla. El realisme socialista en el seu m&agrave;xim esplendor.
    </p><p class="article-text">
        Dins de cada tren tot &eacute;s igual: el vag&oacute; mon&ograve;ton, marcat per la gr&agrave;fica informativa i les publicitats. Fora del Metro, el sol i les russes desfilant com gaseles. I la xocolata m&eacute;s popular de R&uacute;ssia, Octubre Roig, decorant les vitrines dels quioscos de revistes, traslladant la revoluci&oacute; a l'est&egrave;tica del packaging.
    </p><h3 class="article-text">Izmailovo</h3><p class="article-text">
        Als afores de Moscou, el mercat d'Izmailovo &eacute;s l'arquetip de la bipolaritat de la ciutat. D'una banda, un complex parquetematitzat a l'estil Disney per organitzar festes i amb hotels de luxe. De l'altra, un mercat d'antiguitats on es poden comprar rel&iacute;quies, roba i armes de l'&egrave;poca bolxevic.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        La primera part d'Izmailovo &eacute;s de parelles vestides de gala, restes de festes, edificis color past&iacute;s, limusines f&agrave;l&middot;liques, molt tal&oacute; i perfum. Al subs&ograve;l, la seva segona part: les tarimes de fusta on es munta el mercat d'antiguitats i on es poden trobar les rel&iacute;quies m&eacute;s absurdes i estranyes del Soviet, on el l&iacute;mit entre la falsificaci&oacute; i la joia aut&egrave;ntica costa discernir, sobretot perqu&egrave; cap venedor parla angl&egrave;s ni tampoc mostra un inter&egrave;s exacerbat per caure simp&agrave;tic.
    </p><p class="article-text">
        Com sintetitzar el que veig en el mercat d'Izmailovo? &Eacute;s una seq&uuml;&egrave;ncia interminable de cartells, cascs, ins&iacute;gnies, uniformes, vestits, binocles, fotos, jaquetes, bra&ccedil;alets, armes, estatuetes i documents de l'&egrave;poca socialista. I de matrioskas que s'obren en els seus conegudes capes i que acaben en una ampolla de vodka o en la cara de Putin o de Stalin. La millor opci&oacute; &eacute;s acabar la visita amb un xarrup de vodka ben gelat, que en el seu sentit etimol&ograve;gic vol dir aig&uuml;eta i que diuen &eacute;s el que m&eacute;s s'apropa a assaborir l'aut&egrave;ntica &agrave;nima russa, en una cultura que no tindria ra&oacute; de ser si no fos per la seva permanent bipolaritat.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vola de Barcelona a Moscou.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/moscou-com-bipolaritat-mecanica_132_3115231.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Oct 2017 09:36:35 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="167610" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="167610" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Moscou com a bipolaritat mecànica]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Moscú como bipolaridad mecánica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/moscu-bipolaridad-mecanica_132_3115266.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Moscú como bipolaridad mecánica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una ciudad que se debate en un presente de potencia capitalista y con un pasado soviético marcado en cada uno de sus rincones</p><p class="subtitle">Un recorrido por sus museos, parques, mercadillos y edificios emblemáticos en donde la dialéctica entre pasado y presente van construyendo un futuro lleno de matices</p></div><p class="article-text">
        En el banco de una parada de autob&uacute;s, un hombre mayor se queda dormido abrazado a una maleta, con una caja embalada a sus pies. A su lado, una adolescente con el pelo corto y la piel blanqu&iacute;sima chatea con su m&oacute;vil moviendo sus dedos de forma fren&eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Esta imagen ef&iacute;mera sobre la avenida Novoslobodskaya sintetiza las derivas actuales por la que transita Mosc&uacute;. El comunismo empacando sus objetos que pronto se convertir&aacute;n para souvenires y durmiendo una siesta a cielo abierto. El capitalismo circulando con la fluidez l&iacute;quida de un mensaje de texto.
    </p><p class="article-text">
        Cruzando la calle, un edificio amarillo y blanco de estilo neocl&aacute;sico est&aacute; etiquetado con el rostro canoso y barbudo del KFC, que en Mosc&uacute; podr&iacute;a parecerse a un Lenin campechano pero que es, en realidad, el icono cl&aacute;sico de la cadena que se basa en un T&iacute;o Sam moderno: el rostro del ex entrenador de la NBA, Phil Jackson.
    </p><p class="article-text">
        Se cruzan mujeres rusas atl&eacute;ticas, imponentes, maquilladas, con las piernas tatuadas a la altura del muslo. Hay embotellamiento de coches, conductores con caras de costumbre a la espera. Hacia ambos lados de la avenida, las tiendas de ropa, los restaurantes tem&aacute;ticos y los bares iluminados funcionan bajo los subsuelos de edificios estalinistas, como si ciertas partes del capitalismo ruso todav&iacute;a intentaran emerger con verg&uuml;enza. Quiz&aacute; por eso los camareros j&oacute;venes atienden como si estuvieran aprendiendo a hacerlo, como si fueran becarios de atenci&oacute;n al cliente. Timberland, Bennetton, Citibank, Gucci, Mc Donald&rsquo;s: toda la carteler&iacute;a global con la correspondiente traducci&oacute;n en ruso al lado, el alfabeto cir&iacute;lico a la misma altura del original. Nunca abajo o arriba, siempre al lado.
    </p><p class="article-text">
        En cualquier momento del paso, puede aparecer alguna de las siete hermanas, como si el Soviet continuara vigil&aacute;ndolo todo de manera celosa.
    </p><h3 class="article-text">La ciudad a sus anchas</h3><p class="article-text">
        Mosc&uacute;, al igual que Roma y que Lisboa, est&aacute; construida sobre siete colinas. Pero en la capital rusa las dimensiones son mucho mayores y la erosi&oacute;n y la mega-urbanizaci&oacute;n han hecho desaparecer la mayor&iacute;a de las colinas, aplanando la ciudad. El Soviet las llamaba &ldquo;las colinas de Lenin&rdquo; y fue Stalin quien mand&oacute; a construir, como doble homenaje (a la geograf&iacute;a, al predecesor) siete rascacielos iguales, altos e imponentes, distribuidos alrededor de Mosc&uacute;.
    </p><p class="article-text">
        En una de estas torres hermanas funciona la Universidad de Lomon&oacute;sov, en honor a ese campesino ruso que en 1730 hizo un viaje a pie desde Siberia a Mosc&uacute; solo para estudiar, convirti&eacute;ndose as&iacute; en el s&iacute;mbolo del hero&iacute;smo y del conocimiento. A los rusos les encantan estas historias &eacute;picas de hombres que vencen a la naturaleza. Desde el mito de su primer zar, Iv&aacute;n el Terrible (2 metros de altura y nombre de luchador de catch) que derrot&oacute; a los t&aacute;rtaros mongoles, hasta la carrera espacial con el &iacute;dolo Yuri Gagarin, pasando por la propia etimolog&iacute;a del nombre de Vladimir (Lenin, Putin) que significa &ldquo;el que posee el mundo&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5bd5af73-7108-4775-b1c4-0478d7779f51_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Dentro de este edificio funcionan 35 facultades, adem&aacute;s de residencias para estudiantes y profesores. Unos 40 mil estudiantes vienen a diario a esta Universidad cuya torre llega a los 120 metros de altura y est&aacute; coronada con una estrella de 5 puntos. A los pies del edificio, un bosque, seguido de autopistas, las c&uacute;pulas del convento de Novodevichi y el estadio del CSK. Y una tenue bruma producida por el smog y el r&iacute;o Moskova que, en ruso antiguo, significa <em>agua negra</em> o <em>agua turbia</em>.
    </p><p class="article-text">
        En Mosc&uacute; viven m&aacute;s de 14 millones de personas y despu&eacute;s de unas cuantas horas recorriendo la ciudad, tengo la sensaci&oacute;n de que es una cifra palpable. No s&oacute;lo por la cantidad de gente que hay en todos lados y todo el tiempo, sino porque la seguidilla de cemento, ladrillo y bloques no se acaba nunca.
    </p><p class="article-text">
        En <em>A Mosc&uacute; sin Kalashnicov</em>, el periodista espa&ntilde;ol Daniel Utrilla residente en la capital rusa habla de &ldquo;la claustrofobia de lo infinito&rdquo;, una ciudad que &ldquo;impresiona a lo ancho y abruma por sus dimensiones, lo que &ndash;parad&oacute;jicamente-genera una sensaci&oacute;n de apresamiento&rdquo;. Algunos parques verdes y floridos aparecen como oasis en medio de toneladas de cemento de la megal&oacute;polis.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/19a1fe45-525f-4475-a582-9456b6da24ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        En el Parque de la Victoria se festeja el aniversario del triunfo contra los nazis y se hacen actos militares con demostraci&oacute;n de tecnolog&iacute;a de guerra. Fue trazado en 1995 de manera interminable, reiterativa, plana y monumental. Muy cerca est&aacute;n los jardines preferidos de Tolstoi con su monumento, el sitio que el escritor can&oacute;nico de la novela rusa eleg&iacute;a para caminar y tener roce con el pueblo, cansado de transitar los palacios vac&iacute;os de su familia arist&oacute;crata. Detr&aacute;s, la City de Mosc&uacute; en plena construcci&oacute;n, el imperio de los negocios, el gas, la construcci&oacute;n y las finanzas en plena expansi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En el portal de la Catedral, los fieles se persignan tres ortodoxas veces antes de ingresar. Doblando a la derecha, el boulevard Gogol se alarga repleto de &aacute;rboles y de bancos, coronado por una estatua del escritor. Al final, el edificio del Ministerio de Defensa mantiene a&uacute;n el martillo y la hoz como escudo que corona la puerta de entrada. Enseguida, la legendaria Plaza Roja rodeada por los murales del Kremlin. Despu&eacute;s el Bolshoi y el edificio de la KGB, pero es inevitable volver atr&aacute;s para admirar la ic&oacute;nica iglesia de San Basilio y esas puntas y colores como una gigantesca casa de matrioskas.
    </p><p class="article-text">
        A un costado de la Plaza Roja est&aacute;n enterrados todos los jerarcas de la revoluci&oacute;n sovi&eacute;tica: Lenin en su mausoleo y Stalin en una hilera de tumbas en la que, llamativamente, no est&aacute; Kruschev. Y a tan s&oacute;lo 20 metros de las tumbas, las galer&iacute;as GUM presumen de elegancia neocl&aacute;sica al estilo vien&eacute;s, con tres pisos y un subsuelo, el honor de contar con las tiendas m&aacute;s caras del mundo y la leyenda de ser el monumento arquitect&oacute;nico del lavado de dinero de la mafia rusa.
    </p><h3 class="article-text">Los palacios subterr&aacute;neos</h3><p class="article-text">
        El metro de Mosc&uacute; fue creado despu&eacute;s de la revoluci&oacute;n de octubre por orden de Stalin y con un objetivo pr&aacute;ctico (garantizar un sistema r&aacute;pido y barato para la cantidad de gente y la urbe que crec&iacute;a), otro aleatorio (refugio antia&eacute;reo contra la inminente guerra contra Hitler) y un tercero m&aacute;s rom&aacute;ntico (generar palacios para el pueblo).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/74391cec-75f8-4281-8740-4f12eebc0102_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        En la estaci&oacute;n m&aacute;s pr&oacute;xima al Kremlim de la l&iacute;nea Roja hay se&ntilde;oras mayores vendiendo cospeles, como una marca legendaria de metro ruso, se&ntilde;oras que hablan s&oacute;lo en ruso y que atienden con desd&eacute;n. Es eso o las m&aacute;quinas. Y en ambos casos, el resultado son cospeles que permiten subirte a un tren.
    </p><p class="article-text">
        Los pasillos son un desfile de gente apelmazada, corredores enormes con l&aacute;mparas y arcos en el techo que imitan la entrada a un palacio, con escaleras que pueden llegar a tardar de 10 a 15 minutos en llevarnos al subsuelo. En Kievskaya, la decoraci&oacute;n est&aacute; dedicada al pueblo ucraniano, con los motivos cotidianos del socialismo: trabajadores, campo y obreros, adem&aacute;s de un inmenso mural que recrea una fiesta ucraniana con sus trajes t&iacute;picos.
    </p><p class="article-text">
        Espigas de trigo, estrellas, hoces en los mosaicos de los techos y las paredes, en las columnas que sostienen los techos del subsuelo y hasta en los conductos de ventilaci&oacute;n. En el metro de Mosc&uacute; no falta ning&uacute;n s&iacute;mbolo de la iconograf&iacute;a sovi&eacute;tica. En la estaci&oacute;n Novoslobodskaya, las pinturas recuerdan a vitrales de iglesias: su estilo, su luz y sus colores. Pero aqu&iacute; los santos son los obreros an&oacute;nimos y arquet&iacute;picos, la cruz es la estrella roja.
    </p><p class="article-text">
        Lenin aparece en Konsomovskaya con el escudo de la URSS de fondo y con el honor de haber sido la imagen de un bunker durante la guerra, en una galer&iacute;a tan amplia que hasta contaba con una biblioteca para que la gente que bajaba a refugiarse por los bombardeos pudiera leer. En la estaci&oacute;n bajo la Plaza de la Revoluci&oacute;n, unas 72 estatuas de bronce representan la altivez socialista, el orgullo eslavo y sovi&eacute;tico: obreros, campesinos, mujeres y ni&ntilde;os: todos guapos, fuertes y orgullosos, felices por la revoluci&oacute;n exitosa. Todos miran hacia el horizonte, el futuro, rostros felices y rectos, orgullosos y marciales. Muchos van con escopetas colgadas del hombro. El realismo socialista en su m&aacute;ximo esplendor.
    </p><p class="article-text">
        Dentro de cada tren todo es igual: el vag&oacute;n mon&oacute;tono, marcado por la gr&aacute;fica informativa y las publicidades. Fuera del Metro, el sol y las rusas desfilando como gacelas. Y el chocolate m&aacute;s popular de Rusia, Octubre Rojo, decorando las vitrinas de los kioscos de revistas, trasladando la revoluci&oacute;n a la est&eacute;tica del packaging.
    </p><h3 class="article-text">Izmailovo</h3><p class="article-text">
        En las afueras de Mosc&uacute;, el mercado de Izmailovo es el arquetipo de la bipolaridad de la ciudad<strong>. </strong>Por un lado, un complejo parquetematizado al estilo Disney para organizar fiestas y con hoteles de lujo. Por el otro, un mercadillo de antig&uuml;edades donde se pueden comprar reliquias, ropa y armas de la &eacute;poca bolchevique.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/45883e76-9b54-4f48-90ac-8896306703be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        La primera parte de Izmailovo es de parejas vestidas de gala, restos de fiestas, edificios color pastel, limusinas f&aacute;licas, mucho tac&oacute;n y perfume. En el subsuelo, su segunda parte: las tarimas de madera donde se monta el mercadillo de antig&uuml;edades y donde se puede encontrar las reliquias m&aacute;s absurdas y extra&ntilde;as del Soviet, donde el l&iacute;mite entre la falsificaci&oacute;n y la joya aut&eacute;ntica cuesta discernir, sobre todo porque ning&uacute;n vendedor habla ingl&eacute;s ni tampoco muestra un inter&eacute;s exacerbado por caer simp&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo sintetizar lo que veo en el mercadillo de Izmailovo? Es una secuencia interminable de afiches, cascos, insignias, uniformes, trajes, bin&oacute;culos, fotos, chaquetas, brazaletes, armas, estatuillas y documentos de la &eacute;poca socialista. Y de matrioskas que se abren en sus consabidas capas y que acaban en una botella de vodka o en la cara de Putin o de Stalin. Lo mejor es acabar la visita con un chupito de vodka bien helado, que en su sentido etimol&oacute;gico significa <em>ag&uuml;ita</em> y que dicen es lo m&aacute;s cercano a saborear la aut&eacute;ntica alma rusa, en una cultura que no tendr&iacute;a raz&oacute;n de ser si no fuera por su permanente bipolaridad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> vuela de Barcelona a Mosc&uacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laureano Debat]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/moscu-bipolaridad-mecanica_132_3115266.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Oct 2017 09:34:22 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="167610" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="167610" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Moscú como bipolaridad mecánica]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e5a755d5-f172-45ac-b2cc-7c306fbed7cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Les paraules de Budapest]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paraules-budapest_132_3131945.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Les paraules de Budapest"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un time-lapse des de 1900 fins la caiguda de la URSS es podria veure com Hongria es retorça, s’encongeix com a paper cremat i es dessagna violentament</p><p class="subtitle">El país ha viscut sota dècades d'ocupació, primer dels nazis i després dels soviètics</p><p class="subtitle">Budapest és ara una ciutat moderna i cosmopolita, però conserva certa decadència que recorda a llocs com Lisboa o Bucarest</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;I recorda, mai est&agrave;s en alguna part que no tingui un nom [&hellip;] &ndash;sempre romans en una o una altra paraula: mai vista, fa temps oblidada-, una paraula que alguna vegada va ser escrita per primera vegada. Sempre estem en paraules&rdquo;, escriu Cees Nooteboom a <em>El desviament a Santiago</em>.
    </p><p class="article-text">
        Una gran descripci&oacute; que a Budapest es queda curta. Qu&egrave; passa amb el buit que provoca no entendre la paraula on est&agrave;s? Qu&egrave; passa amb aquest precipici que es crea entre el significat i el significant? No pots llavors veure amb nitidesa el que tens davant teu? Aquest precipici obre una bretxa en la nostra capacitat d'observar i aprehendre. Un petit terratr&egrave;mol intern que resulta desestabilitzador per&ograve; que genera addicci&oacute; alhora. Aix&ograve; &eacute;s el que se sent pensant en la descripci&oacute; de Nooteboom i caminant per Budapest, on la majoria de plaques de monuments, llocs emblem&agrave;tics i dem&eacute;s estan nom&eacute;s en hongar&egrave;s.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pots intentar resoldre-ho preguntant als vianants, per&ograve; &eacute;s possible que et mirin sense gastar ni tan sols un somriure d'amabilitat. Et responen en hongar&egrave;s, s'encongeixen d'espatlles i segueixen el seu cam&iacute;. El que &eacute;s curi&oacute;s &eacute;s que et quedes amb la sensaci&oacute; de que no &eacute;s que no s&agrave;piguen parlar angl&egrave;s, el que passa &eacute;s que no els ve de gust fer l'esfor&ccedil;, &eacute;s aquesta mirada d'indifer&egrave;ncia que sembla dir &ldquo;fes tu l'esfor&ccedil; d'entendre'm a mi&rdquo;. No els falta ra&oacute; i menys si gires la vista enrere en la Hist&ograve;ria i descobreixes tots els esfor&ccedil;os que aquesta gent s'ha vist obligada a fer durant massa anys.
    </p><p class="article-text">
        M'imagino a qualsevol hongar&egrave;s dels que vivien a Budapest el 15 d'octubre de 1944, pujar aquell mat&iacute; el volum de la r&agrave;dio per escoltar una feli&ccedil; not&iacute;cia: &ldquo;Avui &eacute;s obvi per a qualsevol persona amb seny que el Reich alemany ha perdut la guerra. Tots els governs responsables del dest&iacute; dels seus pa&iuml;sos han de prendre les conclusions apropiades [&hellip;] He decidit salvaguardar l'honor d'Hongria fins i tot en contra del que va ser el nostre aliat, encara que aquest aliat en comptes de proveir-nos de l'ajuda militar promesa, va decidir finalment robar a la naci&oacute; hongaresa el seu m&eacute;s preuat tresor, la seva llibertat i independ&egrave;ncia. He informat als representants del Reich alemany que som a punt de dur a terme un armistici militar amb els nostres anteriors enemics&rdquo;. Paraules que pronunciava Mikl&oacute;s Horthy, regent del Regne d'Hongria fins a aquell dia, cap d'Estat, per dir-ho d'una altra manera. Per&ograve; aquest raig de llum aviat s&rsquo;havia d&rsquo;apagar i el dia que comen&ccedil;ava b&eacute; acabaria d'una forma horrible. Encara que fa falta retrocedir per poder entendre-ho.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un time-lapse des de 1900 fins a la caiguda de la URSS es podria veure com Hongria es retor&ccedil;a, s&rsquo;encongeix com a paper cremat i es dessagna violentament. Cal detenir-se i fer zoom als moments clau per entendre aquesta mutilaci&oacute;.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La Creu Fletxada&nbsp;</h3><p class="article-text">
        Cal agafar un mapa per fer-se una idea del gran Regne d'Hongria. Perqu&egrave; va haver-hi una &egrave;poca en qu&egrave; el que &eacute;s ara B&ograve;snia, part de Cro&agrave;cia, Eslov&egrave;nia, part de Romania i diversos pa&iuml;sos m&eacute;s pertanyien a l'imponent Imperi Austrohongar&egrave;s. Per&ograve; va arribar la primera Guerra Mundial i l'esplendor es va apagar. Hongria va perdre prop de dos ter&ccedil;os del seu territori i m&eacute;s de tres milions d'hongaresos es van veure residint en una zona que ja no pertanyia al seu antic pa&iacute;s. Passaven els anys i la situaci&oacute; no millorava, per&ograve; el pa&iacute;s seguia recordant grandeses passades i mantenia les esperances de recuperar algun dia el que li havien arrabassat.
    </p><p class="article-text">
        Amb el temps, Hongria acabava en un atzucac, entre una espasa i una paret que es feien cada vegada m&eacute;s grans. Enmig d'un nazisme que anava guanyant for&ccedil;a, pel costat oest, i de la poderosa Uni&oacute; Sovi&egrave;tica, per l'est. En un moviment pol&iacute;tic per intentar evitar un escenari pitjor, el pa&iacute;s es va aliar amb l'Alemanya nazi i va enviar als seus soldats a lluitar al front contra l'Ex&egrave;rcit Roig. Com a compensaci&oacute; interessada, els alemanys els van retornar part dels territoris de l'Hongria pr&egrave;via a la Primera Guerra Mundial. &ldquo;Ens van donar a manera de regal el que no hav&iacute;em estat capa&ccedil;os de recuperar mitjan&ccedil;ant la for&ccedil;a i la just&iacute;cia, i tothom sentia que aquest regal no ens sortiria gratis, que aviat haur&iacute;em de pagar un preu molt alt per ell&rdquo;, escriu l'hongar&egrave;s S&aacute;ndor M&aacute;rai a <em>El que no vaig voler dir</em>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Passejant pels carrers amb edificis majestuosos que en moltes zones sembla que segueixen en peus solament perqu&egrave; la for&ccedil;a de la gravetat s&rsquo;apiada d'ells, alguns amb els vidres trencats i la paret escrostonada, uns altres encara amb cicatrius de trets, &eacute;s dif&iacute;cil imaginar-se com era la vida durant aquell col&middot;laboracionisme ambigu, que va permetre que el pa&iacute;s visqu&eacute;s una situaci&oacute; bastant menys convulsa que els seus ve&iuml;ns durant els primers anys de la devastadora guerra. Sobretot els jueus, que fins al fat&iacute;dic 1944 van ser molt menys perseguits que en altres llocs.
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; suposo que estiguis on estiguis, aquesta tensi&oacute;, la incertesa del futur i l'horror sempre s&oacute;n dif&iacute;cils d'imaginar. Fins i tot visitant la Casa del Terror de Budapest, el museu que narra amb bastant detall tots aquells anys de doble ocupaci&oacute; &ndash;dels nazis primer i dels sovi&egrave;tics despr&eacute;s-, mai ser&agrave; possible posar-se en la pell de cap dels quals ho van sofrir.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; per intentar fer honor a tot aquell patiment, es necessita un altre zoom, que ampli&iuml; una mica m&eacute;s la l&iacute;nia temporal.
    </p><p class="article-text">
        Tornem a aquell feli&ccedil; i fat&iacute;dic 15 d'octubre de 1944 en qu&egrave; Mikl&oacute;s Horthy, regent del Regne d'Hongria, proclamava a la r&agrave;dio all&ograve; de: &ldquo;Avui &eacute;s obvi per a qualsevol persona amb seny que el Reich alemany ha perdut la guerra&rdquo;. I explicava que el govern havia decidit aliar-se amb els que semblaven els guanyadors, el b&agrave;ndol sovi&egrave;tic, contra qui havien estat anys lluitant. Aquell anunciat armistici militar amb la URSS mai va arribar a prendre forma perqu&egrave; l'ex&egrave;rcit alemany va envair Hongria i va posar com a govern als seus cadells, el Partit de la Creu Fletxada. L'horror aconseguia llavors una de les seves catarsis, comen&ccedil;ava la persecuci&oacute; b&egrave;stia dels jueus, les deportacions a marxes for&ccedil;ades i el gueto de deb&ograve;. Interrogatoris, tortures, desaparicions&hellip; Tot i aix&iacute;, prop del 58% dels 200.000 jueus que vivien a Budapest van sobreviure a la guerra, mentre que la mitjana a tot el pa&iacute;s va ser de nom&eacute;s un 26%.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Arriben els sovi&egrave;tics</h3><p class="article-text">
        Prenent una cervesa artesana en una terrassa de les desenes que hi ha al centre de Budapest, amb les seves llums de colors, un gran graffity davant i una caravana convertida en barra de bar, un espai que es podria trobar a qualsevol lloc modern d'Europa &ndash;perqu&egrave; Budapest &eacute;s ara una ciutat amb aquesta barreja de decad&egrave;ncia i modernitat, a l'estil de ciutats com Lisboa o Bucarest-, &eacute;s dif&iacute;cil fer-se a la idea que molts dels joves que m'envolten han viscut sota la dictadura sovi&egrave;tica, encara que sigui nom&eacute;s durant una part de la seva inf&agrave;ncia, i han estat protagonistes del canvi a la democr&agrave;cia actual, que va comen&ccedil;ar a finals de 1989. I els seus avis van viure les dues ocupacions, la dels nazis i la sovi&egrave;tica, amb tot el que all&ograve; va suposar: den&uacute;ncies entre ve&iuml;ns i fins i tot entre familiars per salvar-se a un mateix. Com ha de marcar aix&ograve;? Quin &eacute;s el p&ograve;sit que deixen totes aquestes viv&egrave;ncies?
    </p><p class="article-text">
        Perqu&egrave; quan va arribar l'Ex&egrave;rcit Roig va comen&ccedil;ar un altre nou terror, m&eacute;s interrogatoris, tortures, expropiacions, pres&oacute; i deportacions a camps de treball for&ccedil;at. Entre 1945 i 1956 prop de 400 persones van ser executades per raons pol&iacute;tiques.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Les paraules veritables tenen un poder creador i cat&agrave;rtic&rdquo;, escriu S&aacute;ndor M&aacute;rai a <em>La dona justa</em>. Els carrers de Budapest, amb la seva hist&ograve;ria retrunyint de cantonada a cantonada com a ressons silenciosos, semblen murmurar aquestes paraules veritables que aqu&iacute; podrien ser: doble ocupaci&oacute;, dictadures, nazisme, Uni&oacute; Sovi&egrave;tica, resist&egrave;ncia, &agrave;nsies de llibertat&hellip;Paraules que creen en el visitant una sensaci&oacute; contradict&ograve;ria, de terror i heroisme alhora, d'esperan&ccedil;a i desesperaci&oacute;. Cal despullar els sentits per notar aix&ograve;, &eacute;s cert, perqu&egrave; la modernitat ha calat fort en aquesta ciutat, plena de zones amb terrasses i bars vintage, festivals, foodtrucks, i llocs on refrescar-se de la calor. Per&ograve; tot i aix&iacute;, &eacute;s possible sentir-ho.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> viatja de Barcelona a Budapest.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paraules-budapest_132_3131945.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="329612" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="329612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Les paraules de Budapest]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las palabras de Budapest]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/palabras-budapest_132_3131972.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las palabras de Budapest"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un time-lapse desde 1900 hasta después de la caída de la URSS se podría ver como Hungría se retuerce, se encoje como papel quemado y se desangra violentamente</p><p class="subtitle">El país ha vivido bajo décadas de ocupación, primero de los nazis y después de los soviéticos</p><p class="subtitle">Budapest es ahora una ciudad moderna y cosmopolita, aunque conserva cierta decadencia que recuerda a lugares como Lisboa o Bucarest</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Y recuerda, nunca est&aacute;s en alguna parte que no tenga un nombre [&hellip;] &ndash;siempre permaneces en una u otra palabra: nunca vista, hace tiempo olvidada-, una palabra que alguna vez fue escrita por primera vez. Siempre estamos en palabras&rdquo;, escribe Cees Nooteboom en <em>El desv&iacute;o a Santiago</em>.
    </p><p class="article-text">
        Una gran descripci&oacute;n que en Budapest se queda corta. &iquest;Qu&eacute; pasa con el vac&iacute;o que provoca no entender la palabra d&oacute;nde est&aacute;s? &iquest;Qu&eacute; pasa con ese precipicio que se crea entre el significado y el significante? &iquest;No puedes entonces ver con nitidez lo que tienes ante ti? Ese precipicio abre una brecha en nuestra capacidad de observar y aprehender. Un peque&ntilde;o terremoto interno que resulta desestabilizador pero adictivo a la vez. Eso es lo que se siente pensando en la descripci&oacute;n de Nooteboom y caminando por Budapest, donde la mayor&iacute;a de placas de monumentos, lugares emblem&aacute;ticos y dem&aacute;s est&aacute;n &uacute;nicamente en h&uacute;ngaro.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d0059793-aa16-4abf-8619-1b9abaf742b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Puedes intentar resolverlo preguntando a los transe&uacute;ntes, pero es posible que te miren sin gastar ni siquiera una sonrisa de amabilidad. Te responden en h&uacute;ngaro, se encogen de hombros y siguen su camino. Lo curioso es que te quedas con la sensaci&oacute;n de que no es que no sepan hablar ingl&eacute;s, lo que pasa es que no les apetece hacer el esfuerzo, es esa mirada de indiferencia que parece decir &ldquo;haz t&uacute; el esfuerzo de entenderme a m&iacute;&rdquo;. No les falta raz&oacute;n y menos si vuelves la vista atr&aacute;s en la Historia y descubres todos los esfuerzos que esta gente se ha visto obligada a hacer durante demasiados a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me imagino a cualquier h&uacute;ngaro de los que viv&iacute;a en Budapest el 15 de octubre de 1944, subir esa ma&ntilde;ana el volumen de la radio para escuchar una feliz noticia: &ldquo;Hoy es obvio para cualquier persona en su sano juicio que el Reich alem&aacute;n ha perdido la guerra. Todos los gobiernos responsables del destino de sus pa&iacute;ses deben tomar las conclusiones apropiadas [&hellip;] He decidido salvaguardar el honor de Hungr&iacute;a hasta en contra del que fue nuestro aliado, aunque ese aliado en vez de abastecernos de la ayuda militar prometida, decidi&oacute; finalmente robar a la naci&oacute;n h&uacute;ngara su m&aacute;s preciado tesoro, su libertad e independencia. He informado a los representantes del Reich alem&aacute;n de que estamos a punto de llevar a cabo un armisticio militar con nuestros anteriores enemigos&rdquo;. Palabras que pronunciaba Mikl&oacute;s Horthy, regente del Reino de Hungr&iacute;a hasta ese d&iacute;a, cabeza de Estado, por decirlo de otra manera. Pero ese rayo de luz pronto se iba a apagar y el d&iacute;a que empezaba bien terminar&iacute;a de una forma horrible. Aunque hace falta retroceder para poder entenderlo.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/9344dfd0-e3a4-4702-a466-e7af97235b21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un time-lapse desde 1900 hasta despu&eacute;s de la ca&iacute;da de la URSS se podr&iacute;a ver como Hungr&iacute;a se retuerce, se encoje como papel quemado y se desangra violentamente. Hay que detenerse y hacer zoom en los momentos clave para entender esa mutilaci&oacute;n.
    </p><h3 class="article-text">La Cruz Flechada</h3><p class="article-text">
        Hay que coger un mapa para hacerse una idea del gran Reino de Hungr&iacute;a. Porque hubo una &eacute;poca en la que lo que es ahora Bosnia, parte de Croacia, Eslovenia, parte de Ruman&iacute;a y varios pa&iacute;ses m&aacute;s pertenec&iacute;an al imponente Imperio Austroh&uacute;ngaro. Pero lleg&oacute; la primera Guerra Mundial y el esplendor se apag&oacute;. Hungr&iacute;a perdi&oacute; cerca de dos tercios de su territorio y m&aacute;s de tres millones de h&uacute;ngaros se vieron residiendo en una zona que ya no pertenec&iacute;a a su antiguo pa&iacute;s. Pasaban los a&ntilde;os y la situaci&oacute;n no mejoraba, pero el pa&iacute;s segu&iacute;a recordando grandezas pasadas y manten&iacute;a las esperanzas de recuperar alg&uacute;n d&iacute;a lo que le hab&iacute;an arrebatado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo, Hungr&iacute;a acababa en un callej&oacute;n sin salida, entre una espada y una pared que se hac&iacute;an cada vez mayores. En medio de un nazismo que iba ganando fuerza, por el lado oeste, y de la poderosa Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica, por el este. En un movimiento pol&iacute;tico para intentar evitar un escenario peor, el pa&iacute;s se ali&oacute; con la Alemania nazi y envi&oacute; a sus soldados a luchar en el frente contra el Ej&eacute;rcito Rojo. Como compensaci&oacute;n interesada, los alemanes les devolvieron parte de los territorios de la Hungr&iacute;a previa a la Primera Guerra Mundial. &ldquo;Nos dieron a modo de regalo lo que no hab&iacute;amos sido capaces de recuperar mediante la fuerza y la justicia, y todo el mundo sent&iacute;a que ese regalo no nos iba a salir gratis, que pronto tendr&iacute;amos que pagar un precio muy alto por &eacute;l&rdquo;, escribe el h&uacute;ngaro S&aacute;ndor M&aacute;rai en <em>Lo que no quise decir</em>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/02079bb4-fdbc-40f1-a28d-ad0fa5611f60_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Paseando por las calles con edificios majestuosos que en muchas zonas parece que siguen en pie solo porque la fuerza de la gravedad se apiada de ellos, algunos con los cristales rotos y la pared desconchada, otros todav&iacute;a con cicatrices de disparos, es dif&iacute;cil imaginarse c&oacute;mo era la vida durante aquel colaboracionismo ambiguo, que permiti&oacute; que el pa&iacute;s viviera una situaci&oacute;n bastante menos convulsa que sus vecinos durante los primeros a&ntilde;os de la devastadora guerra. Sobre todo los jud&iacute;os, que hasta el fat&iacute;dico 1944 fueron mucho menos perseguidos que en otros lugares.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero supongo que est&eacute;s donde est&eacute;s, esa tensi&oacute;n, la incertidumbre del futuro y el horror siempre son dif&iacute;ciles de imaginar. A&uacute;n visitando la Casa del Terror de Budapest, el museo que narra con bastante detalle todos aquellos a&ntilde;os de doble ocupaci&oacute;n &ndash;de los nazis primero y de los sovi&eacute;ticos despu&eacute;s-, nunca ser&aacute; posible ponerse en la piel de ninguno de los que lo sufrieron.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8d795abd-2cc5-4cbd-8e88-6b185d59e6dd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero para intentar hacer honor a todo aquel padecimiento, se necesita otro zoom, que ampl&iacute;e un poco m&aacute;s la l&iacute;nea temporal.
    </p><p class="article-text">
        Volvamos a aquel feliz y fat&iacute;dico 15 de octubre de 1944 en que Mikl&oacute;s Horthy, regente del Reino de Hungr&iacute;a, proclamaba en la radio lo de: &ldquo;Hoy es obvio para cualquier persona en su sano juicio que el Reich alem&aacute;n ha perdido la guerra&rdquo;. Y explicaba que el gobierno hab&iacute;a decidido aliarse con los que parec&iacute;an los ganadores, el bando sovi&eacute;tico contra el que hab&iacute;an estado a&ntilde;os luchando. Aquel anunciado armisticio militar con la URSS nunca lleg&oacute; a tomar forma porque el ej&eacute;rcito alem&aacute;n invadi&oacute; Hungr&iacute;a y puso como gobierno a sus cachorros, el Partido de la Cruz Flechada. El horror alcanzaba entonces una de sus catarsis, empezaba la persecuci&oacute;n bestia de los jud&iacute;os, las deportaciones a marchas forzadas y el gueto de verdad. Interrogatorios, torturas, desapariciones&hellip; A&uacute;n as&iacute;, cerca del 58% de los 200.000 jud&iacute;os que viv&iacute;an en Budapest sobrevivieron a la guerra, mientras que la media en todo el pa&iacute;s fue de solo un 26%.
    </p><h3 class="article-text">Llegan los sovi&eacute;ticos&nbsp;</h3><p class="article-text">
        Tomando una cerveza artesana en una terraza de las decenas que hay en el centro de Budapest, con sus luces de colores, un gran graffity enfrente y una caravana convertida en barra de bar, algo que se podr&iacute;a encontrar en cualquier lugar <em>moderno</em> de Europa &ndash;porque Budapest es ahora una ciudad con esa mezcla de decadencia y modernidad, al estilo de ciudades como Lisboa o Bucarest-, es dif&iacute;cil hacerse a la idea de que muchos de los j&oacute;venes que me rodean han vivido bajo la dictadura sovi&eacute;tica, aunque sea solo durante una parte de su infancia, y han sido protagonistas del cambio a la democracia actual, que comenz&oacute; a finales de 1989. Y sus abuelos vivieron las dos ocupaciones, la de los nazis y la sovi&eacute;tica, con todo lo que aquello supuso: denuncias entre vecinos e incluso entre familiares para salvarse a uno mismo. &iquest;C&oacute;mo debe marcar eso? &iquest;Cu&aacute;l es el poso que dejan todas esas vivencias?
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando lleg&oacute; el Ej&eacute;rcito Rojo comenz&oacute; otro nuevo terror, m&aacute;s interrogaciones, torturas, expropiaciones, c&aacute;rcel y deportaciones a campos de trabajo forzado. Entre 1945 y 1956 cerca de 400 personas fueron ejecutadas por razones pol&iacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/08f15258-fb82-47bb-af24-fde2fad458c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Las palabras verdaderas tienen un poder creador y cat&aacute;rtico&rdquo;, escribe S&aacute;ndor M&aacute;rai en <em>La mujer justa</em>. Las calles de Budapest, con su historia retumbando de esquina a esquina como ecos silenciosos, parecen susurrar esas palabras verdaderas que aqu&iacute; podr&iacute;an ser: doble ocupaci&oacute;n, dictaduras, nazismo, Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica, resistencia, ansias de libertad&hellip;Palabras que crean en el visitante una sensaci&oacute;n contradictoria, de terror y hero&iacute;smo a la vez, de esperanza y desesperaci&oacute;n. Hay que desnudar los sentidos para notar eso, es cierto, porque la modernidad ha calado fuerte en esta ciudad, llena de zonas con terrazas y bares <em>vintage</em>, festivales, foodtrucks, y lugares donde refrescarse del calor. Pero a&uacute;n as&iacute;, es posible sentirlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vueling</strong> viaja de Barcelona a Budapest.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alicia Fàbregas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/palabras-budapest_132_3131972.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Oct 2017 18:05:58 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="329612" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="329612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Las palabras de Budapest]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/25b2265f-46f5-4c74-aa9f-66e58d692905_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Puesta del sol en París]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paris-puesta-sol_132_3305215.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Puesta del sol en París"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La capital francesa vive temperaturas veraniegas desde hace dos meses, pero sigue teniendo el encanto de siempre</p></div><p class="article-text">
        Par&iacute;s acogi&oacute; la &uacute;ltima cumbre mundial para contener el cambio clim&aacute;tico, un fen&oacute;meno que a pesar de las reuniones y las grandes declaraciones de los l&iacute;deres mundiales avanza imparable. Uno de los efectos del cambio clim&aacute;tico, tanto en casa como en la capital francesa, es que la primavera se acorta y el verano y las altas temperaturas se alargan. Par&iacute;s vive temperaturas veraniegas desde hace dos meses, pero sigue teniendo el encanto de siempre. Adem&aacute;s, hay recetas <em>fait &agrave; Paris</em> para mitigar el bochorno. Aqu&iacute; van algunas.
    </p><p class="article-text">
        A partir de media tarde, el canal Saint Martin se convierte en un punto de encuentro donde todav&iacute;a se oye mayoritariamente hablar franc&eacute;s. Est&aacute; un poco alejado del centro tur&iacute;stico pero bien comunicado con el metro. Vale la pena pasar una tarde.
    </p><p class="article-text">
        Grupos de gente, muchos j&oacute;venes pero tambi&eacute;n familias, se sientan en la orilla del canal y empiezan a desplegar un arsenal de saber hacer gastron&oacute;mico. No hay que ir a buscar a ninguna tienda de <em>delicatessens</em>: la variedad de aperitivos y comida preparada que se puede encontrar en cualquier supermercado a buen precio es sensacional.
    </p><p class="article-text">
        Todo ello, acompa&ntilde;ado con cerveza o con una botella de vino &ndash;en el canal Saint Martin no impera la ordenanza del civismo barcelonesa&ndash; convierte la zona en un lugar ideal para pasar la tarde y la hora de la cena antes de hacer camino hacia el Oberkrampf, el barrio de la noche parisina. Si se quiere sentarse alrededor de una mesa &ndash;lo que saldr&aacute; un poco m&aacute;s cara de precio&ndash; son recomendables el Ten Bells o Le Verre vol&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Una vez cenados, se puede bajar a pie hasta la Oberkrampf, donde, para huir de los precios prohibitivos de determinados locales, se pueden buscar las <em>happy hours</em> de bares y restaurantes, con todo a mitad de precio hasta la medianoche. Y en el Caf&eacute; Populaire la pinta de cerveza cuesta &ndash;incre&iacute;ble pero cierto&ndash; 3,5 euros durante toda la noche.
    </p><p class="article-text">
        Para pasar la noche al aire libre pero m&aacute;s cerca del centro, el Ayuntamiento de Par&iacute;s ha habilitado desde hace a&ntilde;os espacios a la orilla del r&iacute;o Senna donde, a diferencia del canal Saint Martin, hay c&eacute;sped y bares con hamacas y m&uacute;sica en directo donde apalancarse. Aunque aqu&iacute; s&iacute; hay m&aacute;s turistas que aut&oacute;ctonos, tambi&eacute;n vale la pena.
    </p><p class="article-text">
        Pero para refrescarse no siempre es necesario estar al aire libre. El extenso cat&aacute;logo cultural del que dispone la capital francesa permite escoger al gusto del consumidor. Hace mucho por las fechas veraniegas una exposici&oacute;n en el edificio de la Philarmonie titulada Jamaica, donde, Bob Marley en parte, se exploran todos los pormenores del reggae a trav&eacute;s de fotograf&iacute;as, arte visual, audios y v&iacute;deos.
    </p><p class="article-text">
        Y en el Pompidou &ndash;que recientemente ha renovado su colecci&oacute;n&ndash; tambi&eacute;n se puede ver una muestra dedicada al fot&oacute;grafo norteamericano Walker Evans. La exhibici&oacute;n cuenta con unas 300 fotograf&iacute;as y 100 documentos que son el equivalente fotogr&aacute;fico en la memorable pel&iacute;cula <em>Las Uvas de la Ira</em>: un retrato de la Gran Depresi&oacute;n de EEUU de los a&ntilde;os 30, adem&aacute;s de proyectos publicados en la revista Fortune en los a&ntilde;os 40 y 50.
    </p><p class="article-text">
        Y en cuanto a la escultura, con ocasi&oacute;n del centenario de la muerte del escultor Rodin, el museo que lleva su nombre acoge una exhibici&oacute;n celebra su obra y su carrera. Se presentan no s&oacute;lo obras de este precursor de la escultura moderna, sino tambi&eacute;n de otros artistas que se han visto influenciados por &eacute;l. En total, la exhibici&oacute;n se compone de m&aacute;s de 200 obras.
    </p><p class="article-text">
        Vueling dispone de 12 vuelos diarios entre Barcelona y Par&iacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Oriol Solé Altimira]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paris-puesta-sol_132_3305215.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Oct 2017 15:01:04 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="501181" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="501181" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Puesta del sol en París]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Posta de sol a París]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paris-posta-sol_132_3305274.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Posta de sol a París"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La capital francesa viu temperatures estiuenques des de fa dos mesos, però continua tenint l'encant de sempre</p></div><p class="article-text">
        Par&iacute;s va acollir la darrera cimera mundial per contenir el canvi clim&agrave;tic, un fenomen que tot i les reunions i les grans declaracions dels l&iacute;ders mundials avan&ccedil;a imparable. Un dels efectes del canvi clim&agrave;tic, tant a casa nostra com a la capital francesa, &eacute;s que la primavera s'escur&ccedil;a i l'estiu i les altes temperatures s'allarguen. Par&iacute;s viu temperatures estiuenques des de fa dos mesos, per&ograve; continua tenint l'encant de sempre. A m&eacute;s, hi ha receptes <em>fait &agrave; Paris</em> per mitigar la xafogor. Aqu&iacute; en van algunes.
    </p><p class="article-text">
        A partir de quarts de vuit del vespre, el canal Saint Martin es converteix en un punt de trobada on encara se sent majorit&agrave;riament parlar franc&egrave;s. Est&agrave; una mica allunyat del centre tur&iacute;stic per&ograve; ben comunicat amb el metro. Val la pena passar-hi un vespre.
    </p><p class="article-text">
        Grups de gent, molts joves per&ograve; tamb&eacute; fam&iacute;lies, s'asseuen a la riba del canal i comencen a desplegar un arsenal de <em>savoir faire</em> gastron&ograve;mic. No cal anar-los a buscar a cap botiga de delicatessens: la varietat d'aperitius i menjar preparat que es pot trobar a qualsevol supermercat a bon preu &eacute;s sensacional.
    </p><p class="article-text">
        Tot plegat, acompanyat amb cervesa o amb una ampolla de vi &ndash;al canal Saint Martin no impera l'ordenan&ccedil;a del civisme barcelonina&ndash; converteix la zona en un lloc ideal per passar el vespre i l'hora de sopar abans de fer cam&iacute; cap a l'Oberkrampf, el barri de la nit parisina. Si es vol seure al voltant d'una taula &ndash;cosa que sortir&agrave; una mica m&eacute;s cara de preu&ndash; s&oacute;n recomenables el Ten Bells o Le Verre vol&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Un cop sopats, es pot baixar a peu fins a l'Oberkrampf, on, per fugir dels preus prohibitius de determinats locals, es poden buscar les happy hours de bars i restaurants, amb tot a meitat de preu fins a la mitjanit. I al Caf&eacute; Populaire la pinta de cervesa costa &ndash;incre&iuml;ble per&ograve; cert&ndash; 3,5 euros durant tota la nit.
    </p><p class="article-text">
        Per passar el vespre a la fresca per&ograve; m&eacute;s a prop del centre, l'Ajuntament de Par&iacute;s ha habilitat des de fa anys espais a la riba del riu Senna on, a difer&egrave;ncia del canal Saint Martin, hi ha gespa i bars amb hamaques i m&uacute;sica en directe on escarxofar-se. Tot i que aqu&iacute; s&iacute; que hi ha m&eacute;s turistes que aut&ograve;ctons, tamb&eacute; val la pena.
    </p><p class="article-text">
        Per&ograve; per refrescar-se no sempre &eacute;s necessari estar a l'aire lliure. L'extens cat&agrave;leg cultural del que disposa la capital francesa permet escollir al gust del consumidor. Fa molt per les dates estiuenques una exposici&oacute; a l'edifici de la Philarmonie titulada Jamaica, on, Bob Marley a banda, s'exploren tots els ets i uts del reggae a trav&eacute;s de fotografies, art visual, &agrave;udios i v&iacute;deos.
    </p><p class="article-text">
        I al Pompidou &ndash;que recentment ha renovat la seva col&middot;lecci&oacute;&ndash; tamb&eacute; s'hi pot veure una mostra dedicada al fot&ograve;graf nord-americ&agrave; Walker Evans. L'exhibici&oacute; compta amb unes 300 fotografies i 100 documents que s&oacute;n l'equivalent fotogr&agrave;fic a la memorable pel&middot;l&iacute;cula<em> Las Uvas de la Ira</em>: un retrat de la Gran Depressi&oacute; dels EUA dels anys 30, a m&eacute;s de projectes publicats a la revista <em>Fortune</em> als anys 40 i 50.
    </p><p class="article-text">
        I pel que fa a l'escultura, amb l'ocasi&oacute; del centenari de la mort de l'escultor Rodin, al museu que porta el seu nom acull una exhibici&oacute; celebra la seva obra i la seva carrera. S'hi presenten no nom&eacute;s obres d'aquest precursor de l'escultura moderna, sin&oacute; tamb&eacute; d'altres artistes que s'han vist influenciats per ell. En total, l'exhibici&oacute; es compon de m&eacute;s de 200 obres.
    </p><p class="article-text">
        Vueling disposa de 12 vols diaris entre Barcelona i Par&iacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Oriol Solé Altimira]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/diario-de-viajes/paris-posta-sol_132_3305274.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Oct 2017 15:00:43 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="501181" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="501181" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Posta de sol a París]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/cb3012e6-aa1c-4574-9435-4a71c2c6cfc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
  </channel>
</rss>
