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    <title><![CDATA[elDiario.es - Jorge Villasol]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/temas/jorge-villasol/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Jorge Villasol]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Safari: matar a un animal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/safari-matar-animal_132_3027633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75a24d3e-55d9-41e6-aec6-ef7efed70d0a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Safari (Ulrich Seidl, 2016) - Ulrich Seidl Film Produktion GmbH"></p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">«Si un animal matara con premeditación, eso sería un reflejo humano». (Stanisław Jerzy Lec)<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        En el verano del a&ntilde;o 55 a. n. e. se inaugur&oacute; en Roma el impresionante teatro de Pompeyo, el c&oacute;nsul de la Rep&uacute;blica. Con ese motivo se celebraron unos Juegos en los que los romanos pudieron asistir, adem&aacute;s de a representaciones teatrales o actuaciones musicales, a cinco jornadas de caza de animales salvajes en el circo. En la &uacute;ltima de esas jornadas un grupo de hombres armados con lanzas se enfrent&oacute; a unos veinte elefantes. El fil&oacute;sofo y pol&iacute;tico Cicer&oacute;n, que estaba entre los asistentes, relat&oacute; en una carta a un amigo que en aquel espect&aacute;culo &laquo;la plebe alborotada mostr&oacute; gran asombro, pero ning&uacute;n placer&raquo;. Asombro, por ejemplo, ante la precisi&oacute;n de uno de los hombres, cuya lanza atraves&oacute; el ojo y alcanz&oacute; los puntos vitales de uno de los elefantes, que se desplom&oacute; al instante. &laquo;&iquest;Qu&eacute; placer puede hallar un hombre de refinada cultura en que un d&eacute;bil ser humano sea despedazado por una fiera poderosa o en que un noble animal sea atravesado por una lanza?&raquo;, se pregunt&oacute; Cicer&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El escritor y naturalista Plinio el Viejo tambi&eacute;n dio cuenta de ese d&iacute;a de caza en el libro VIII de su <em>Historia Natural</em>. Unas barreras de hierro imped&iacute;an la huida de los elefantes; perdida ya la esperanza de conservar sus vidas, y &laquo;buscando la compasi&oacute;n del p&uacute;blico, comenzaron a suplicar con una actitud indescriptible, llorando por ellos mismos entre lamentaciones, con tan gran dolor del pueblo que, olvid&aacute;ndose del general y de la munificencia desplegada en su honor, se levantaron todos llorando y abrumaron a Pompeyo con imprecaciones que &eacute;l expi&oacute; inmediatamente&raquo;. En la carta a su amigo, Cicer&oacute;n afirm&oacute; que era tan evidente la compasi&oacute;n del p&uacute;blico &laquo;como la idea de que hay alg&uacute;n tipo de relaci&oacute;n entre estos animales y el g&eacute;nero humano&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Dos mil a&ntilde;os despu&eacute;s, una familia austr&iacute;aca (un hombre, una mujer y sus dos hijos: una chica y un chico) viaja a Namibia para cazar animales. Son algunos de los protagonistas de <em>Safari</em> (2016), un documental del austr&iacute;aco Ulrich Seidl. En la &uacute;ltima jornada el hombre y la mujer avistan con sus prism&aacute;ticos un grupo de jirafas. El espectador apenas intuye su presencia, la c&aacute;mara &uacute;nicamente sigue a los cazadores. El hombre coloca su rifle sobre un soporte fijado al suelo. La precisi&oacute;n es importante. Tras el disparo, un experto que acompa&ntilde;a a la pareja aconseja al hombre bajar el arma: &laquo;Espera&raquo;. Instantes despu&eacute;s da su aprobaci&oacute;n: &laquo;Buen tiro. Un tiro limpio&raquo;. Probablemente la jirafa ha muerto de un &uacute;nico disparo, como el elefante alanceado en el circo de Pompeyo. &laquo;Dale un poco de tiempo. Vale, est&aacute; cayendo. Hay que tener paciencia. Nos acercaremos lentamente. Vamos.&raquo; Entre los arbustos se adivina la figura inm&oacute;vil de la jirafa. &laquo;Est&aacute; muerta.&raquo;
    </p><p class="article-text">
        No est&aacute; muerta. &laquo;Mierda&raquo;. La jirafa, con su cuerpo fijado al suelo, mueve lentamente su enorme cuello arrastrando la cabeza por la tierra. Tiene los ojos abiertos. La mujer y el hombre, rifle en mano, retroceden. El experto recomienda no disparar m&aacute;s. Es cuesti&oacute;n de tiempo. &laquo;Pensaba que se levantar&iacute;a. Estoy nervios&iacute;sima&raquo;, dice la mujer. El experto se acerca a la jirafa y certifica su muerte: &laquo;No quer&iacute;a que volvieras a disparar. Me daba miedo que tuviera una subida de adrenalina y echara a correr&raquo;. &laquo;Felicidades, cazador&raquo;, le dice la mujer al hombre. Se besan. Est&aacute;n emocionados.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la jirafa todav&iacute;a agonizaba, la mujer le dijo al hombre: &laquo;Incre&iacute;ble. Siguen ah&iacute;. &iquest;Por qu&eacute;?&raquo;. Siete jirafas han presenciado los &uacute;ltimos estertores de su compa&ntilde;era. El espectador puede verlas durante toda la escena, est&aacute;n a unos pocos metros, paralizadas. Quiz&aacute; est&aacute;n emocionadas. Quiz&aacute; est&aacute;n llorando como los elefantes acorralados en el circo de Pompeyo. Y la mujer no lo entiende. En esa ignorancia est&aacute; una de las respuestas a por qu&eacute; algunos animales sienten placer al matar a otros con premeditaci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/safari-matar-animal_132_3027633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 04 Dec 2017 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Safari: matar a un animal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol,Revista Amberes,Caza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[90%]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/ley-de-sturgeon_132_3115278.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f07e150-db80-4dc5-9aef-7b466292a01d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="La discusión política.| Émile Friant"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Algunas herramientas de pensamiento para exponer comentarios críticos relevantes y, al mismo tiempo, reprimir la necesidad de discutir sobre cosas irrelevantes.</p></div><p class="article-text">
        En septiembre de 1953 tuvo lugar en Filadelfia la XI Convenci&oacute;n Mundial de Ciencia Ficci&oacute;n (en la que se entregaron por primera vez los Premios Hugo). Entre los participantes se encontraba Ted Sturgeon, que presentaba su novela <em>M&aacute;s que humano</em>. En su intervenci&oacute;n, Sturgeon se&ntilde;al&oacute; que la ciencia ficci&oacute;n era el &uacute;nico g&eacute;nero que era evaluado teniendo en cuenta sus peores ejemplos:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Cuando la gente habla de la novela de misterio, menciona <em>El halc&oacute;n malt&eacute;s</em> y <em>El sue&ntilde;o eterno</em>. Cuando habla de western, se se&ntilde;alan <em>Camino de Oreg&oacute;n </em>y <em>Shane</em>. Sin embargo, cuando se habla de ciencia ficci&oacute;n, se habla de &ldquo;esas cosas tipo <em>Buck Rogers</em>&rdquo; y dicen que &ldquo;el noventa por ciento de la ciencia ficci&oacute;n es basura&rdquo;. Bueno, tienen raz&oacute;n. El noventa por ciento de la ciencia ficci&oacute;n es basura. De hecho, el noventa por ciento de todo es basura, es el diez por ciento que no es basura lo que importa, y el diez por ciento de la ciencia ficci&oacute;n que no es basura es tan bueno o mejor que cualquier cosa que se haya escrito&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        La &laquo;ley de Sturgeon&raquo; se condensa en un contundente &laquo;el noventa por ciento de todo es basura&raquo;. Una formulaci&oacute;n similar se encuentra en la primera novela de Rudyard Kipling,<em> La luz que se apaga</em> (1890), cuyo protagonista dice: &laquo;En todas las circunstancias, recu&eacute;rdalo, las cuatro quintas partes del trabajo de todos deben ser malas&raquo;. Los porcentajes var&iacute;an pero la idea de fondo es la misma: la gran mayor&iacute;a de las cosas que se producen son una aut&eacute;ntica basura, ya sean poes&iacute;as, series de televisi&oacute;n, experimentos de f&iacute;sica cu&aacute;ntica, libros de filosof&iacute;a o art&iacute;culos de opini&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta &laquo;ley&raquo; es una de las que el fil&oacute;sofo Daniel C. Dennett analiza en su libro <em>Bombas de intuici&oacute;n y otras herramientas de pensamiento</em> (2013). M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n, sin duda banal, del porcentaje de basura que se produce, Dennett se&ntilde;ala que &laquo;en todos los campos se hace un mont&oacute;n de trabajo mediocre&raquo;, y extrae una moraleja: &laquo;Cuando quieras criticar un campo, un g&eacute;nero, una disciplina, una forma de arte... &iexcl;no pierdas tu tiempo, y el nuestro, abucheando a la mierda! L&aacute;nzate contra lo bueno, o d&eacute;jalo en paz&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        A cualquiera que est&eacute; familiarizado con las redes sociales no le ser&aacute; dif&iacute;cil comprobar cu&aacute;nta gente (&iquest;el noventa por ciento?, &iquest;cuatro quintas partes?) dedica su tiempo a discutir sobre algo que es basura. Y es que cuando alguien vive en un estado de indignaci&oacute;n permanente es dif&iacute;cil que perciba qu&eacute; merece la pena ser discutido y qu&eacute; no.
    </p><p class="article-text">
        Dennett analiza otra herramienta de pensamiento que es complementaria a la &laquo;ley de Sturgeon&raquo;: las &laquo;reglas de Rapoport&raquo;. El psic&oacute;logo social y te&oacute;rico del juego Anatol Rapoport desarroll&oacute; unas reglas para exponer comentarios cr&iacute;ticos relevantes, que al mismo tiempo pueden servir para reprimir la necesidad que a veces tenemos de discutir sobre cosas irrelevantes (basura):
    </p><p class="article-text">
        Intentar hacer nuestras las ideas que queremos discutir y exponerlas con una claridad e imparcialidad tal que el blanco de nuestra cr&iacute;tica no tenga m&aacute;s remedio que reconocer lo bien que hemos captado su punto de vista.
    </p><div class="list">
                    <ol>
                                    <li></li>
                            </ol>
            </div><p class="article-text">
        Elaborar una lista de aquellos puntos en los que estamos de acuerdo con las ideas de nuestro oponente, y mencionar cualquier cosa que hayamos aprendido de ellas.
    </p><div class="list">
                    <ol>
                                    <li></li>
                                    <li>S&oacute;lo cuando hayamos cumplido las dos reglas anteriores estaremos autorizados a decir una sola palabra para refutar o criticar las ideas de nuestro oponente.</li>
                            </ol>
            </div><p class="article-text">
        Si decidimos aplicar unas reglas tan exigentes es probable que lo hagamos una vez estemos seguros de que esas ideas que queremos discutir realmente merecen nuestro tiempo. Un efecto que probablemente consigamos al usar esta herramienta de pensamiento es que nuestro oponente perciba tanto nuestra atenci&oacute;n a lo que dice como nuestro respeto hacia &eacute;l, lo que sin duda mejorar&aacute; la comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En sus <em>Pensamientos</em> (1670), Blaise Pascal ofreci&oacute; una herramienta similar y tan potencialmente efectiva como las &laquo;reglas de Rapoport&raquo;:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Cuando se quiere reprender de manera &uacute;til y mostrar a alguien que se equivoca, es menester observar el lado por el que este considera la cosa, porque ordinariamente es verdadera desde ah&iacute;, de forma que hay que declararle esa verdad, pero descubrirle a la vez el lado por el que resulta falsa. Con eso se contentar&aacute;, pues ve que no se enga&ntilde;aba y que s&oacute;lo le faltaba ver todos los aspectos. Pues bien, uno no se disgusta por no verlo todo, pero no quiere haberse equivocado, lo que tal vez provenga de que el hombre no puede naturalmente verlo todo, y de que tampoco se puede equivocar de manera natural en el aspecto que considera, de la misma forma que las aprehensiones de los sentidos son siempre verdaderas.&raquo;
    </p><p class="article-text">
        Pero antes de embarcarnos en discusi&oacute;n alguna y de considerar las &laquo;reglas de Rapoport&raquo; o los consejos de Pascal, siempre es recomendable tener presente la &laquo;ley de Sturgeon&raquo; para recordar que &laquo;el noventa por ciento de todo es basura&raquo;. Es el diez por ciento restante el que importa y merece nuestro tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/ley-de-sturgeon_132_3115278.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Oct 2017 16:02:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol,Revista Amberes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Prejuicios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/prejuicios_132_3929895.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/adc2988c-73fc-415b-9090-d2a12de5a2a1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Elliott Erwitt, North Carolina, USA, 1950."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los prejuicios no sólo están hechos de palabras, también de silencio.</p></div><p class="article-text">
        Sin prejuicios no podr&iacute;amos vivir. Son una forma de intentar acotar nuestro mundo, de hacerlo m&aacute;s manejable. No tenemos ni tiempo ni capacidad para conocer todos los detalles de todo lo que nos rodea, y por eso ponemos l&iacute;mites, creamos categor&iacute;as, construimos prejuicios.
    </p><p class="article-text">
        Los prejuicios son juicios previos, generalmente negativos, que empleamos para caracterizar a un grupo &ndash;y cada uno de sus componentes&ndash; por su identidad &eacute;tnica, nacional, cultural, ideol&oacute;gica, sexual, etc. Son una mezcla de creencias (estereotipos), emociones (miedo, envidia, etc.) y predisposici&oacute;n a la acci&oacute;n (a discriminar). Los prejuicios suelen operar a nivel inconsciente, quiz&aacute; por eso Nietzsche dec&iacute;a que &laquo;todos los prejuicios proceden de los intestinos&raquo;. Si a eso a&ntilde;adimos que son casi siempre negativos es f&aacute;cil entender por qu&eacute; nos cuesta tanto reconocer que tenemos algunos.
    </p><p class="article-text">
        Pensadores conservadores como Edmund Burke, Joseph de Maistre o Johann Gottfried von Herder han defendido la necesidad de los prejuicios, en tanto herramientas necesarias para preservar una supuesta pureza de la propia identidad cultural, nacional, etc., frente al Otro, al que es diferente. Herder lleg&oacute; a afirmar en su 'Filosof&iacute;a de la Historia' que &laquo;el hombre se ennoblece por medio de bellos prejuicios&raquo;. Frente a la raz&oacute;n abstracta de ra&iacute;z ilustrada, los conservadores opon&iacute;an las creencias y los &laquo;bellos prejuicios&raquo; que se derivan de las tradiciones. Para pensadores como Burke, el intento de justificar racionalmente nuestras creencias m&aacute;s &iacute;ntimas y necesarias podr&iacute;a conllevar su ruina. Y supongo que ese ser&iacute;a el preludio de la destrucci&oacute;n de la sociedad que las crea y mantiene.
    </p><p class="article-text">
        Esa tradici&oacute;n del pensamiento conservador sigue viva en fil&oacute;sofos actuales como Roger Scruton. En nuestras sociedades amordazadas por lo pol&iacute;ticamente correcto, una defensa del prejuicio no es una simple provocaci&oacute;n, es tambi&eacute;n una demostraci&oacute;n de que se puede ser cr&iacute;tico desde posiciones conservadoras. Toda una advertencia para quienes, desde cierta progres&iacute;a &ndash;y ahogados en su soberbia intelectual y cautivos de prejuicios ideol&oacute;gicos&ndash;, creen detentar el monopolio del pensamiento cr&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        La defensa del prejuicio surge como reacci&oacute;n contra la fe en la raz&oacute;n del movimiento ilustrado, que conceb&iacute;a la historia como el lugar donde se rompe progresivamente con la tradici&oacute;n y la costumbre por medio de la reflexi&oacute;n cr&iacute;tica racional. El progreso de la humanidad depende en gran medida de la demolici&oacute;n de los prejuicios. Por eso Voltaire, figura medular de la Ilustraci&oacute;n, dijo en su 'Poema sobre la Ley Natural' que &laquo;los prejuicios son la raz&oacute;n de los tontos&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Me parece un tanto ingenuo creer que el pensamiento, por s&iacute; mismo, puede acabar con los prejuicios. Grandes pensadores han llegado a conclusiones absolutamente contradictorias respecto a la naturaleza y la necesidad de los prejuicios. Esto s&oacute;lo nos dice que la soluci&oacute;n no es f&aacute;cil de encontrar (suponiendo que exista), lo cual no implica que debamos abandonar la tarea de reflexionar sobre los prejuicios; al contrario, deber&iacute;a servirnos como est&iacute;mulo para intentar acabar con aquellos que dificulten o impidan la convivencia.
    </p><p class="article-text">
        La mayor parte de los prejuicios se construyen sobre la creencia antiintelectualista de que &laquo;las cosas son m&aacute;s sencillas de lo que creemos&raquo;; es el &laquo;no le des m&aacute;s vueltas, todos los X son iguales&raquo; (donde esa &laquo;X&raquo; se puede sustituir por &laquo;los pol&iacute;ticos&raquo;, &laquo;las religiones&raquo;, &laquo;los murcianos&raquo; o lo que usted desee). Tras la indigencia (y la pereza) intelectual de quien dice cosas as&iacute;, se esconde adem&aacute;s la soberbia del que cree que los dem&aacute;s son idiotas por no darse cuenta de algo tan sencillo como evidente. Pero los prejuicios tambi&eacute;n se ocultan tras el silencio.
    </p><p class="article-text">
        En su 'Diccionario cr&iacute;tico de mitos y s&iacute;mbolos del nazismo', Rosa Sala Rose cuenta una an&eacute;cdota relacionada con los prejuicios. El 14 de septiembre de 1939, apenas dos semanas despu&eacute;s de que el Tercer Reich comenzara su ataque a Polonia, el corresponsal de la NBC en Alemania, William L. Shirer, mantuvo una conversaci&oacute;n con su criada alemana, asustada por la guerra:
    </p><p class="article-text">
        &ndash; &iquest;Por qu&eacute; los franceses nos est&aacute;n haciendo la guerra? &ndash;pregunt&oacute; la criada.
    </p><p class="article-text">
        &ndash; &iquest;Por qu&eacute; les est&aacute;n haciendo la guerra ustedes a los polacos? &ndash;repliqu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Hum &ndash;dijo ella, con el rostro inexpresivo&ndash;. Pero los franceses son seres humanos &ndash;repuso finalmente.
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Y quiz&aacute; los polacos tambi&eacute;n lo sean &ndash;objet&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Hum &ndash;respondi&oacute; ella, inexpresiva otra vez.
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a al comienzo que sin prejuicios no podr&iacute;amos vivir, pero muchos de ellos dificultan o impiden convivir. &iquest;Qu&eacute; hay tras ese &laquo;hum&raquo; de la criada? &iquest;Qu&eacute; creencias, emociones, prejuicios, se esconden tras ese pensamiento inarticulado? Los prejuicios no s&oacute;lo est&aacute;n hechos de palabras, tambi&eacute;n de silencio. Debemos aprender a escuchar a los que callan (incluidos nosotros mismos), aprender a escuchar los prejuicios que se ocultan tras el silencio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/prejuicios_132_3929895.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Prejuicios]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol,Filosofía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aburrimiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/aburrimiento_132_3999204.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/199a2d4c-21bf-4d46-aff4-384645cebf03_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Paul Gauguin, &#039;Siesta&#039;, 1983."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Aburrirse sin buscar desesperadamente la primera salida, sin consumir, es una de las maniobras antisistema más pacíficas y baratas que puedan imaginarse</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">"No me aburro nunca, porque considero que aburrirse es insultarse a sí mismo" (Jules Renard).<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        El aburrimiento es una forma de experimentar el tiempo. Cuando nos aburrimos sentimos el tiempo, tomamos conciencia de su existencia; y esa experiencia puede ser enriquecedora, plena, pero nuestra sociedad la sanciona como algo de lo que hay que huir, un vac&iacute;o que hay que rellenar. El aburrimiento es el mal hecho tiempo; un mal que el capitalismo combate sin descanso, porque todo tiempo no empleado en producir (trabajo) o en consumir (ocio) es tiempo malgastado. Y si dentro del capitalismo es dif&iacute;cil vivir sin trabajar, casi lo es m&aacute;s vivir sin ocio, sin pagar para divertirnos, distraernos, entretenernos, etc., en suma, para no aburrirnos, para evadirnos. Pero &iquest;evadirnos de qu&eacute;? &iquest;De nosotros mismos, quiz&aacute;?
    </p><p class="article-text">
        El diccionario de la RAE dice que el aburrimiento es el &ldquo;cansancio del &aacute;nimo originado por falta de est&iacute;mulo o distracci&oacute;n, o por molestia reiterada&rdquo;. El aburrimiento se presenta como algo negativo: es un cansancio y, por tanto, es indeseable. Y si el aburrimiento sobreviene porque fuera de nosotros hay una carencia (de est&iacute;mulos o distracciones) o un exceso de algo (molestias inducidas, por ejemplo, por las personas aburridas), el remedio est&aacute; claro y, sea cual sea nuestra necesidad, la industria del entretenimiento nos lo puede proporcionar. Posiblemente todos tengamos un vac&iacute;o interior, pero &iquest;por qu&eacute; debemos rellenarlo consumiendo?
    </p><p class="article-text">
        La creatividad y los recursos que emplea el capitalismo para evitar que nos precipitemos en las simas del aburrimiento son abrumadores, y superan con mucho los que destina a erradicar la desigualdad social, el hambre o las consecuencias del cambio clim&aacute;tico. Es casi un dogma que el aburrimiento es un mal y que debe ser combatido, pero la batalla que el capitalismo libra contra &eacute;l es pura apariencia. Como dec&iacute;a mordazmente el ilustrado Paul Henri Thiry, Bar&oacute;n de Holbach, &ldquo;el aburrimiento es la base del comercio&rdquo;, &ldquo;el aguij&oacute;n que hace caminar al mundo&rdquo;. Si el aburrimiento no existiera el capitalismo se hundir&iacute;a; por eso casi se podr&iacute;a decir que el aburrimiento, tal como se concibe hoy, es un invento capitalista.
    </p><p class="article-text">
        El capitalismo ha conseguido convertir el aburrimiento en negocio, pero &iquest;por qu&eacute; arrendamos el solar de nuestro aburrimiento y, en lugar de cobrar por &eacute;l, tenemos que pagar? Quiz&aacute; sea hora de reconquistar ese espacio interior hecho de tiempo, de hacernos fuertes en &eacute;l, y no cederlo tan inconscientemente. Visto de esa manera, aburrirse sin buscar desesperadamente la primera salida, sin consumir, es una de las maniobras antisistema m&aacute;s pac&iacute;ficas y baratas que puedan imaginarse. As&iacute; lo sintetizaba Milan Kundera: &ldquo;Aquellos que se resisten a los placeres organizados son desertores de la gran lucha com&uacute;n contra el aburrimiento&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero si queremos ser radicales &ndash;ir a la ra&iacute;z del asunto&ndash;, la primera pregunta que deber&iacute;amos formularnos quiz&aacute; sea la siguiente: &iquest;Por qu&eacute; debemos considerar que el aburrimiento es un mal, casi un delito, y no un bien, una liberaci&oacute;n, una oportunidad para mirar y habitar la realidad de una manera renovada, fresca? Se puede pensar que la causa de nuestro aburrimiento proviene del exterior, pero su origen est&aacute; realmente en nosotros mismos. Dylan Thomas lo condensaba en una hermosa f&oacute;rmula bumer&aacute;n: &ldquo;Alguien me est&aacute; aburriendo. Creo que soy yo&rdquo;. Que el aburrimiento sea algo negativo o positivo depende, en gran medida, de nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Siempre me sorprenden aquellos que, para huir del aburrimiento, justifican la necesidad de estar continuamente haciendo cosas diciendo que la vida es corta y hay que aprovecharla al m&aacute;ximo. Si se pararan a pensar quiz&aacute; llegar&iacute;an a la misma conclusi&oacute;n que Jules Renard: &ldquo;La vida es corta, pero el aburrimiento la alarga&rdquo;. As&iacute; que, querido lector, si quiere vivir m&aacute;s, tiene mucho tiempo que perder: ab&uacute;rrase, repli&eacute;guese sobre s&iacute; mismo; sentir&aacute; c&oacute;mo el tiempo se desprende de su existencia y se detiene, se hace materia y le envuelve. El aburrimiento es el camino m&aacute;s corto para acercarnos a la inmortalidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/aburrimiento_132_3999204.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 May 2016 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aburrimiento]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/leer_132_4079548.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1c72c7c3-ecbc-4729-ba5d-bd25d7d53120_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Théodore Roussel, &#039;Lesendes Mädchen&#039; (La Lectora), 1886-87."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Realmente</p><p class="subtitle">sabemos</p><p class="subtitle">leer?</p></div><p class="article-text">
        En las <em>Conversaciones con Goethe</em> que compil&oacute; J.P. Eckermann, el genial autor alem&aacute;n dijo que &laquo;la gente no tiene ni idea del tiempo y el esfuerzo que le cuesta a uno <em>aprender a leer</em>. A m&iacute; me han hecho falta ochenta a&ntilde;os, y ni siquiera hoy podr&iacute;a afirmar que he alcanzado mi objetivo&raquo;. No debe ser muy frecuente que la gente ponga en duda si <em>sabe</em> leer. Pero si un gigante como Goethe no lo ten&iacute;a del todo claro, quiz&aacute; no sea descabellado que nos preguntemos si realmente <em>sabemos</em> leer.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; es leer? &iquest;Qu&eacute; es lo que hace que alguien sea un buen o mal lector? C.S. Lewis comienza <em>La experiencia de leer</em> se&ntilde;alando que el papel de la cr&iacute;tica es juzgar libros, y que de ah&iacute; parece deducirse que el mal lector es el que lee malos libros. Lo que se propone Lewis es darle la vuelta al argumento y fijar su atenci&oacute;n no en los libros sino en los lectores o en los tipos de lectura. As&iacute; podr&iacute;amos decir que, antes de comenzar a leer cualquier cosa (novela, ensayo, poes&iacute;a, c&oacute;mic, revista&hellip; o incluso un art&iacute;culo como &eacute;ste), todos tenemos una disposici&oacute;n general, una actitud hacia la lectura. A partir de la articulaci&oacute;n de esa idea, Lewis da el salto para hablar de buenos y malos lectores, identific&aacute;ndolos con la minor&iacute;a y la mayor&iacute;a, respectivamente. Como yo no estoy capacitado para dar ese salto, me limitar&eacute; a ofrecer algunos apuntes sobre las actitudes hacia la lectura, para que despu&eacute;s usted extraiga las conclusiones que considere oportunas.
    </p><p class="article-text">
        Descartando a aquellos que por el motivo que sea no leen nunca, se podr&iacute;a decir, resumi&eacute;ndolo quiz&aacute; excesivamente, que hay dos actitudes opuestas (extremas) hacia la lectura, que dependen de concebirla como una actividad residual (leer es una forma de matar el tiempo que puede ser abandonada en cualquier momento por cualquier otra cosa) o como una actividad esencial (leer es una necesidad vital, y de manera constante se busca tiempo y un espacio adecuado para dedicarse plenamente a ella). Entre esas dos actitudes me he movido siempre: en ocasiones leer es casi tan necesario como comer, y en otras la excusa m&aacute;s absurda me sirve para abandonar cualquier lectura. Pero a pesar de las posibles variaciones creo que todos tenemos una actitud general, m&aacute;s o menos estable, hacia la lectura.
    </p><p class="article-text">
        En esa esquem&aacute;tica caracterizaci&oacute;n de las actitudes ya est&aacute; impl&iacute;cita la respuesta a una pregunta fundamental: para qu&eacute; se lee. Si descartamos a los que leen por obligaci&oacute;n (estudiantes, correctores, etc.), se puede leer para pasar el rato, por placer, para sacar alg&uacute;n tipo de provecho de la lectura (por ejemplo, para ordenar nuestras opiniones y costumbres, como dice Montaigne)... &iquest;Es el prop&oacute;sito con el que se afronta la lectura lo que otorga dignidad al lector? A primera vista los l&iacute;mites entre esos prop&oacute;sitos pueden parecer claros, pero los resultados que se derivan de ellos quiz&aacute; no lo sean tanto. Bien puede suceder que, pretendiendo &uacute;nicamente matar el tiempo, no se disfrute en absoluto (como le ocurre a aquellos que sienten el extra&ntilde;o deber de finalizar un libro que les disgusta), o que se disfrute y adem&aacute;s se aprenda algo esencial con la lectura; y tambi&eacute;n se puede sentir un aburrimiento c&oacute;smico o un placer infinito leyendo cuando s&oacute;lo se pretende alg&uacute;n beneficio de tipo intelectual.
    </p><p class="article-text">
        Lewis hace otra distinci&oacute;n muy interesante: entre los que &laquo;reciben&raquo; la lectura y los que la &laquo;usan&raquo;. Los que &laquo;reciben&raquo; la lectura no son pasivos, sino activos de manera obediente, dejan que el autor se exprese, que desarrolle lo que quiere decir. En <em>El lector com&uacute;n</em>, Virginia Woolf tambi&eacute;n destaca esa idea cuando recomienda que &laquo;no le dictemos al autor; intentemos convertirnos en &eacute;l. Seamos sus compa&ntilde;eros de trabajo y sus c&oacute;mplices. Si nos retraemos y mostramos reparos y cr&iacute;ticas al principio, nos estamos impidiendo sacar el mayor provecho posible de lo que leemos&raquo;. Es decir, primero leer y recibir esas impresiones, ideas, etc. como el que escucha a un amigo; despu&eacute;s dejarlas reposar para, m&aacute;s tarde, volver a ellas ya como juez.
    </p><p class="article-text">
        Crear esa especie de vac&iacute;o mental para recibir plenamente una obra no es una tarea sencilla (a m&iacute; me cuesta much&iacute;simo). Fernando Pessoa lo confirma en el <em>Libro del desasosiego</em>: &laquo;Nunca he podido leer un libro entreg&aacute;ndome a &eacute;l; siempre, a cada paso, el comentario de la inteligencia o de la imaginaci&oacute;n me ha interrumpido la secuencia de la propia narrativa&raquo;; o &laquo;Leo y me abandono, no a la lectura, sino a m&iacute; mismo&raquo;. Leer separando la lectura del juicio simult&aacute;neo es muy dif&iacute;cil, pero sus beneficios son evidentes. Leer de ese modo es como el mirar a trav&eacute;s de una ventana diferente en cada lectura: lo que encontremos al otro lado puede gustarnos o no, pero quiz&aacute; descubramos cosas desconocidas e inesperadas que puedan enriquecernos.
    </p><p class="article-text">
        Leer intentando imponerse al autor constantemente, peleando con &eacute;l, exigi&eacute;ndole que diga lo que queremos escuchar (y de la forma en que queremos escucharlo) es entender la lectura como el mirarse en un espejo: s&oacute;lo veremos nuestro propio reflejo, y nada m&aacute;s. Esa es la actitud de los que &laquo;usan&raquo; la lectura, la de los que se preocupan demasiado por hacer algo con aquello que leen, impidiendo que esa obra les llegue, encontr&aacute;ndose &uacute;nicamente a s&iacute; mismos sin ser conscientes de ello. Es la actitud del que s&oacute;lo lee para reafirmarse en lo que ya sabe y para indignarse con los que no piensan como &eacute;l. Georg C. Lichtenberg lo resumi&oacute; en un brillante aforismo: &laquo;Un libro es un espejo; si un mono se mira en &eacute;l, el reflejado no podr&aacute; ser un ap&oacute;stol. No tenemos palabras para hablar de sabidur&iacute;a con el necio. Ya es sabio quien entiende al sabio&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Lewis, para las personas que carecen de sensibilidad literaria, &laquo;la frase &ldquo;Ya lo he le&iacute;do&rdquo; es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro&raquo;. El contemplar o no la posibilidad de la relectura podr&iacute;a ser otro criterio para distinguir al buen del mal lector. Y aunque yo no tengo nada claro que ese criterio sirva para algo, lo cierto es que leer un libro debe ser una de las pocas actividades que, habiendo producido gran satisfacci&oacute;n una vez, mucha gente rechaza repetir (si ha producido sufrimiento supongo que s&oacute;lo un imb&eacute;cil se embarcar&aacute; en la relectura).
    </p><p class="article-text">
        Igual que habr&aacute; quien, como Lewis, considere que el releer es un h&aacute;bito del buen lector, hay quien afirma que el abandonar las lecturas es propio del mal lector. En ese caso reconozco que soy un mal lector, porque no tengo ning&uacute;n problema en aparcar provisional o definitivamente cualquier lectura incluso aunque &ndash;y s&eacute; que esto puede parecer sorprendente&ndash; est&eacute; disfrutando de ella. Quiz&aacute; por eso me veo reflejado en lo que dice Montaigne en el cap&iacute;tulo titulado &laquo;Los libros&raquo; de <em>Los ensayos</em>: &laquo;En cuanto a las dificultades, si encuentro alguna leyendo, no me como las u&ntilde;as con ellas; las dejo en su sitio tras hacer una carga o dos. Si me plantara en ellas, me perder&iacute;a, y perder&iacute;a el tiempo. Porque tengo el esp&iacute;ritu saltar&iacute;n. Lo que no veo a la primera carga, lo veo menos obstin&aacute;ndome&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Otro criterio que se emplea para distinguir al buen del mal lector es el de referirse a la calidad de las lecturas (dif&iacute;cil de medir, si es que es posible) o la cantidad de las mismas (f&aacute;cil de medir, si uno no miente). Tampoco me parece un criterio muy fiable. Se puede leer a muchos autores m&aacute;s o menos indiscutibles &ndash;como Montaigne, Goethe o Pessoa, sin ir m&aacute;s lejos&ndash; y ser un mal lector. Adem&aacute;s creo que a partir de una valoraci&oacute;n err&oacute;nea de esas variables de la cantidad y la calidad de las lecturas se produce una confusi&oacute;n entre lo que caracteriza a la persona erudita y a la persona culta.
    </p><p class="article-text">
        La persona erudita es aquella que, gracias a la lectura incansable, consigue acumular una enorme cantidad de pensamientos ajenos que, por estar superpuestos a los suyos propios, est&aacute;n incomunicados entre s&iacute;, sin relaci&oacute;n ni coherencia alguna. La persona erudita leer&aacute; mucho pero su pensamiento est&aacute; muerto, cubierto por el polvo, fosilizado, como si se tratara de una gran biblioteca desordenada. La persona culta, sin embargo, no se caracteriza por acumular necesariamente grandes cantidades de pensamientos ajenos, sino por establecer de manera constante numerosas conexiones entre ellos y con los suyos propios. La persona culta puede leer muy poco pero su pensamiento est&aacute; vivo, en continua mutaci&oacute;n, fluye, como si fuera una peque&ntilde;a biblioteca perfectamente ordenada que no deja de renovarse.
    </p><p class="article-text">
        En otro de sus c&eacute;lebres aforismos, Lichtenberg dec&iacute;a que &laquo;hay much&iacute;sima gente que lee s&oacute;lo para no tener que pensar&raquo;. Y Arthur Schopenhauer, en el segundo tomo de <em>Parerga y Paralip&oacute;mena</em>, explicaba esa misma idea: &laquo;el <em>mucho </em>leer quita al esp&iacute;ritu toda su elasticidad, como se la quita a un muelle un peso que lo presiona continuamente; y el medio m&aacute;s seguro para no tener pensamientos propios es echar mano de un libro cada vez que se tiene un minuto libre&raquo;. Si se lee mucho pero despu&eacute;s de la lectura uno no medita sobre lo le&iacute;do y se abandona al entretenimiento irreflexivo, se perder&aacute; la capacidad de pensar. Para que, por medio de la lectura, el pensamiento, sin dejar de ser nuestro, se fortalezca, el proceso no debe ser leer&rarr;descansar&rarr;leer, sino leer&rarr;pensar&rarr;leer.
    </p><p class="article-text">
        Llegado a este punto quiz&aacute; ya tenga usted un veredicto sobre si <em>sabe</em> leer o sobre lo que hace de alguien un buen o mal lector. En lo que a m&iacute; respecta, en este camino se me han ido aclarando algunas ideas y oscureciendo otras, aunque tal vez no sean realmente m&iacute;as.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/leer_132_4079548.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Apr 2016 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Leer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fiesta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fiesta_132_4108035.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bbb484b3-4361-4b4c-a669-ef247af0fbbb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fiesta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En nuestra sociedad se exaltan las bondades del trabajo en grupo, de la creatividad y de la alegría, pero absolutamente nunca para la más genuina confluencia de esos elementos: la fiesta</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Esta &eacute;poca, que exhibe ante s&iacute; misma su tiempo como si fuera el retorno precipitado de una multitud de festividades, es tambi&eacute;n una &eacute;poca sin fiestas&rdquo;&nbsp;(Guy Debord)</em>
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de la historia, la fiesta, como manifestaci&oacute;n superior de la alegr&iacute;a colectiva, ha sido vista por los poderes f&aacute;cticos con recelo e incluso como algo social y pol&iacute;ticamente peligroso. Pero de todas las &eacute;pocas quiz&aacute; sea la nuestra en la que de manera m&aacute;s contradictoria y c&iacute;nica se intenta demonizar cualquier fiesta que no est&eacute; promovida, gestionada y rentabilizada (al menos econ&oacute;micamente) por alguna empresa o instituci&oacute;n p&uacute;blica o privada.
    </p><p class="article-text">
        Cuando digo fiesta me refiero a una actividad colectiva dise&ntilde;ada y ejecutada por los propios participantes (que deben implicarse directamente, ser activos, no meros espectadores) en t&eacute;rminos igualitarios (las jerarqu&iacute;as de cualquier tipo se disuelven), en la que hay m&uacute;sica, baile y/o cante m&aacute;s o menos organizado, y est&aacute; bien visto que los participantes usen intensificadores de la experiencia en estado l&iacute;quido, s&oacute;lido o lo que se tercie. El prop&oacute;sito principal de la fiesta es celebrar la vida en grupo, y por eso siempre ha sido el mejor y m&aacute;s gozoso medio para romper la sensaci&oacute;n de aislamiento del individuo y de reconectarlo con la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Los rituales bailados prehist&oacute;ricos &ndash;los antecedentes m&aacute;s remotos de la fiesta, de los cuales tenemos registro en pinturas rupestres&ndash; han sido interpretados habitualmente como algo no s&oacute;lo marginal en la vida de nuestros antepasados (la supervivencia es lo &uacute;nico importante) sino tambi&eacute;n como un gasto innecesario de energ&iacute;a (no tanto en la ejecuci&oacute;n como en la preparaci&oacute;n, que dependiendo del caso pod&iacute;a durar meses). Esa interpretaci&oacute;n es producto inequ&iacute;voco de la mentalidad moderna, para la que lo esencial de la vida es &uacute;nicamente el trabajo y la producci&oacute;n de algo &uacute;til. La antropolog&iacute;a funcionalista (y usted perdone las groseras simplificaciones a que me veo obligado por falta de espacio, tiempo y capacidad) corrigi&oacute; en parte esa visi&oacute;n negativa, insistiendo en la funci&oacute;n que las fiestas cumpl&iacute;an de dotar de mayor cohesi&oacute;n al grupo, as&iacute; como de contribuir a aumentar el n&uacute;mero de sus componentes.
    </p><p class="article-text">
        Los rituales bailados &ndash;desde nuestros antepasados prehist&oacute;ricos, hasta la Grecia cl&aacute;sica o la Roma imperial&ndash; serv&iacute;an tambi&eacute;n como medio para comunicarse directamente con la divinidad; de ah&iacute; que muchos fueran rituales ext&aacute;ticos, pues persegu&iacute;an el &eacute;xtasis (es decir, el salir de uno mismo) y el entusiasmo (etimol&oacute;gicamente, tener un dios dentro, sentir una exaltaci&oacute;n por algo que proviene de fuera de nosotros). Como se&ntilde;al&oacute; Aldous Huxley, &ldquo;las danzas rituales suministran una experiencia religiosa que parece m&aacute;s satisfactoria y convincente que ninguna otra&hellip; Es con sus m&uacute;sculos como m&aacute;s f&aacute;cilmente obtienen conocimientos de lo divino&rdquo;. &iexcl;En sus or&iacute;genes la religi&oacute;n era bailada, una fiesta! Basta entrar hoy en una iglesia para confirmar, de manera absolutamente irrefutable, la lastimosa involuci&oacute;n de cualquier culto religioso.
    </p><p class="article-text">
        En sus primeros pasos el cristianismo fue un culto que promocionaba ese tipo de rituales comunitarios y solidarios. Al menos mientras fue un culto reprimido, porque en cuanto se convirti&oacute; en Iglesia oficial sus intereses mutaron milagrosamente. &iquest;Qu&eacute; es eso de comunicarse directamente con la divinidad (y por medio de la juerga, adem&aacute;s)? El negocio cristiano no existir&iacute;a sin toda su ingenier&iacute;a del pecado, la penitencia y el perd&oacute;n, un ciclo econ&oacute;mico perfecto gestionado por la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica. Juan Cris&oacute;stomo, arzobispo de Constantinopla y uno de los cuatro grandes padres orientales de la Iglesia, lo dijo bien claro a finales del siglo IV: &ldquo;donde hay un baile tambi&eacute;n est&aacute; el demonio&rdquo;. De promocionar la fiesta ext&aacute;tica a comenzar a perseguirla de manera m&aacute;s o menos organizada.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, tal como cuenta Barbara Ehrenreich en su muy recomendable libro 'Una historia de la alegr&iacute;a. El &eacute;xtasis colectivo de la Antig&uuml;edad a nuestros d&iacute;as', en las iglesias europeas los bancos s&oacute;lo aparecieron en alg&uacute;n momento del siglo XVIII, lo que implica que hasta entonces los fieles permanecieron de pie y se movieron libremente por el recinto, lo que sin duda favoreci&oacute; din&aacute;micas radicalmente diferentes a las que estamos acostumbrados. Y es que hasta finales de la Edad Media el cristianismo segu&iacute;a siendo, al menos en parte, una religi&oacute;n bailada. A partir del siglo XIII comienza un proceso de desplazamiento de las fiestas en los recintos sagrados a espacios p&uacute;blicos, donde es el pueblo el que se encarga de su gesti&oacute;n (con mayor o menor supervisi&oacute;n de las autoridades eclesi&aacute;sticas); entre ellas el carnaval, quiz&aacute; la fiesta por excelencia.
    </p><p class="article-text">
        La externalizaci&oacute;n y secularizaci&oacute;n de la fiesta forz&oacute; a la Iglesia a dotar de mayor atractivo a sus pl&uacute;mbeas celebraciones, lo que contribuy&oacute; a llenar el calendario de fiestas (algunas de las cuales siguen vigentes hoy en d&iacute;a). Pero esa convivencia durar&iacute;a poco, pues entre el siglo XVI y el XIX el libre mercado de la juerga ceder&iacute;a ante las presiones del duopolio Iglesia-Estado, que en muchas ocasiones actuaron en comandita para suprimir masivamente las fiestas tradicionales. &iquest;Por qu&eacute;? La explicaci&oacute;n m&aacute;s extendida y mejor fundamentada: la supresi&oacute;n de las fiestas fue un subproducto del capitalismo y la industrializaci&oacute;n. Las clases trabajadoras deb&iacute;an disciplinarse para las interminables jornadas laborales en las f&aacute;bricas o en el campo. Si hay que trabajar todo el a&ntilde;o, no queda mucho tiempo para la jarana.
    </p><p class="article-text">
        En la Edad Moderna, las formas de diversi&oacute;n de las clases altas comienzan a cristalizar en actividades que deben consumirse en silencio, sentado o inm&oacute;vil (como la m&uacute;sica o el ballet). Y ese tipo de festividades, de ocio &ndash;una nueva forma de consumir el tiempo antes destinado a la fiesta&ndash;, en el que el participante suele ser reducido a mero espectador, es esencialmente el que se ha ido imponiendo hasta la actualidad, extendi&eacute;ndose a todas las clases sociales. Salvo alguna excepci&oacute;n &ndash;convenientemente domesticada, como es ahora el carnaval o sus suced&aacute;neos como Halloween&ndash; nos dedicamos a consumir, casi inm&oacute;viles y en silencio, diferentes formas de entretenimiento comercial perfectamente dosificadas y programadas, desde conciertos a acontecimientos deportivos. Nuestra sociedad (nosotros) ya no generamos actividades masivas destinadas a celebrar la vida, a fomentar la alegr&iacute;a colectiva. S&oacute;lo consumimos las que nos ofrecen. Como dice Debord vivimos en una &eacute;poca sin fiestas.
    </p><p class="article-text">
        La &eacute;tica protestante que ha conquistado el mundo occidental no deja espacio para otra cosa que no sea trabajar. Y la sociedad actual ha llegado a un punto de perversi&oacute;n tan escandaloso que los medios de comunicaci&oacute;n &ndash;aliados con los poderes econ&oacute;micos y pol&iacute;ticos de turno&ndash; no dejan de bombardearnos con mensajes que: 1) nos animan a emprender, a esforzarnos, y a demonizar la pereza (o la procrastinaci&oacute;n, como prefieren decir en las revistas de tendencias); y 2) nos muestran los beneficios del optimismo y de la felicidad (aunque seas parado de larga duraci&oacute;n, enfermo terminal, refugiado o vivas en la m&aacute;s absoluta miseria). Se exaltan las bondades del trabajo en grupo, de la creatividad y de la alegr&iacute;a, pero absolutamente nunca para la m&aacute;s genuina confluencia de esos elementos: la fiesta. &iquest;C&oacute;mo es posible que nos dejemos enga&ntilde;ar de esa manera tan burda?
    </p><p class="article-text">
        Reivindicar la fiesta quiz&aacute; pueda parecer una ocurrencia fuera de lugar, m&aacute;s en momentos de crisis econ&oacute;mica, social, pol&iacute;tica, etc. Pero en una sociedad como la nuestra, tan individualista (donde lo &uacute;nico que cuenta es la felicidad individual) y tan profundamente jerarquizada (en la que la imparable desigualdad esclerotiza la movilidad social y nos subsume en estructuras neofeudales), quiz&aacute; deber&iacute;amos tomar muy en serio la promoci&oacute;n de cualquier forma de fiesta, de alegr&iacute;a colectiva, que no da&ntilde;e a los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Si este art&iacute;culo le ha despertado un poco de inter&eacute;s y comienza a interesarse por la historia de la fiesta (le aseguro que el tema es inagotable y la bibliograf&iacute;a es generosa y muy interesante) quiz&aacute; llegue a una de las conclusiones a la que he llegado yo: el elemento m&aacute;s hostil contra la alegr&iacute;a colectiva no es la religi&oacute;n o el capitalismo, sino la jerarqu&iacute;a social. En t&eacute;rminos abstractos, la fiesta, como ritual que cohesiona el grupo, no es un problema. S&oacute;lo es percibido como tal si sus promotores y participantes son subordinados, es decir, de las clases trabajadoras para abajo, donde estamos la inmensa mayor&iacute;a. Entonces s&iacute; puede suponer una amenaza, porque la fiesta es el m&aacute;s accesible y asequible medio que tenemos a nuestro alcance para sentir la vida comunitaria y empoderarnos, como se dice ahora.
    </p><p class="article-text">
        Las &eacute;lites siempre han sido conscientes del poder de la fiesta, por eso desde la Iglesia, pasando por revolucionarios como Robespierre o su compinche Saint-Just, hasta los neoliberales que gobiernan hoy el mundo, todos han temido a los grupos que celebran algo al margen de sus directrices. Hist&oacute;ricamente las &eacute;lites han puesto todo su empe&ntilde;o en dirigir o incluso eliminar cualquier grupo de gente que se una para celebrar la vida sin otro prop&oacute;sito aparente (y no hay mejor ejemplo de esto que la colonizaci&oacute;n). Porque intuyen que detr&aacute;s de cualquier fortalecimiento de un grupo m&aacute;s o menos amplio de individuos puede haber, al menos potencialmente, material para una insurrecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Las raves &ndash;posiblemente la &uacute;ltima gran fiesta creada por el pueblo&ndash; encontraron un obst&aacute;culo legal en el Reino Unido cuando el gobierno del conservador John Major promulg&oacute; en 1994 la<em> Criminal Justice and Public Order Act</em>, cuya secci&oacute;n 63 convert&iacute;a en ilegal cualquier concentraci&oacute;n de m&aacute;s de diez personas en la que hubiera m&uacute;sica caracterizada por la sucesi&oacute;n de ritmos repetitivos. Basta ese ejemplo para entender que la fiesta, como manifestaci&oacute;n superior de la alegr&iacute;a colectiva, no es precisamente uno de los elementos de cohesi&oacute;n que promueven las &eacute;lites. Lo que promueven son los espect&aacute;culos de masas (la pasividad) y el miedo. Posiblemente no est&eacute; en nuestras manos cambiar el mundo de un d&iacute;a para otro, pero s&iacute; lo est&aacute; el montar una buena fiesta. Y cuando uno se suma a una conga no sabe d&oacute;nde puede acabar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fiesta_132_4108035.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Mar 2016 10:20:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fiesta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Libertad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/libertad_132_4135061.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f1b3d636-b8ce-4aaf-85f0-8cb924bad98d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="La libertad tenía un precio. | JORGE VILLASOL"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Censurar en nombre de la democracia, de la libertad de expresión, requiere tanta habilidad como cinismo</p></div><p class="article-text">
        Los casos que activan los debates sobre la naturaleza y los l&iacute;mites de la libertad de expresi&oacute;n se propagan como incendios: en cuanto uno se extingue, ya se huele la humareda de otro. En esos debates &ndash;tengan lugar en sede parlamentaria, period&iacute;stica, callejera, o en el, desde ese momento, inestable confort del sal&oacute;n comedor&ndash;, suele descollar un individuo que se caracteriza por: 1) su oce&aacute;nico saber (es experto en todo y siente una inextinguible necesidad de levantar acta de ello a cada instante), y 2) su ubicuidad (siempre est&aacute; presente). Detr&aacute;s de tan divina apariencia se suele agazapar la indigencia conceptual (&laquo;las cosas son m&aacute;s sencillas de lo que crees&raquo;), el poder&iacute;o en la argumentaci&oacute;n el&iacute;ptica (&laquo;la libertad de uno acaba donde comienza la del otro&raquo;), y el sentido com&uacute;n de baja intensidad (&laquo;cada uno es libre de decir lo que le d&eacute; la gana&raquo;).
    </p><p class="article-text">
        En cuanto un individuo de esos gestiona el debate sobre la pol&eacute;mica de turno las posiciones intermedias se volatilizan y el mundo se divide en dos: bomberos y pir&oacute;manos. A medida que avanza la discusi&oacute;n surgen dos seres intermedios: los bomberos pir&oacute;manos (dispuestos a apagar la fogata con lanzallamas) y los bomberos toreros (que no sofocan ni avivan el incendio, pero tienen su gracia). Si uno no es un integrista, r&aacute;pidamente intuye que los bomberos, los pir&oacute;manos y los seres intermedios se distribuyen por igual en todo el espectro ideol&oacute;gico. S&iacute;, en los que comparten su ideolog&iacute;a &ndash;y la m&iacute;a, si se diera el caso de que usted y yo no la compartimos&ndash; tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Como no tengo respuestas para ninguna de las continuas querellas sobre la libertad de expresi&oacute;n que se suceden casi a diario, a partir de este p&aacute;rrafo comentar&eacute; muy sucintamente la historia del concepto &laquo;libertad de expresi&oacute;n&raquo; y rematar&eacute; el asunto con algunas preguntas. Si me acompa&ntilde;a hasta el final y acaba con m&aacute;s dudas de las que ten&iacute;a cuando comenz&oacute; a leer, ya seremos dos. Y si a medida que avanza se le amontonan las certezas, h&aacute;gamelo saber, porque yo ando muy desorientado en este asunto. &iquest;C&oacute;mo? &iquest;Pretende ejercer de gu&iacute;a jact&aacute;ndose de estar muy desorientado? S&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Como concepto, la libertad de expresi&oacute;n nace con la democracia ateniense (y, por tanto, con la filosof&iacute;a). Los primeros pasos para el establecimiento del concepto est&aacute;n vinculados a la aparici&oacute;n en el siglo VI a.n.e. de la <em>polis</em>, la ciudad-estado, que produce una reconfiguraci&oacute;n del orden social, que comienza a regularse por la <em>isonom&iacute;a</em> (igualdad de participaci&oacute;n de todos los ciudadanos en el ejercicio del poder: igualdad ante la ley) y la <em>isegor&iacute;a</em> (igualdad de derecho para el uso p&uacute;blico de la palabra en la asamblea: libertad de expresi&oacute;n).
    </p><p class="article-text">
        Una de las v&iacute;ctimas m&aacute;s conocidas de la censura fue S&oacute;crates, condenado a muerte por pretender introducir nuevos dioses en la ciudad y corromper a los j&oacute;venes; por socavar las costumbres de la <em>polis</em> al promover la discusi&oacute;n, el debate, la argumentaci&oacute;n. Porque S&oacute;crates, adem&aacute;s de notoriamente feo, iba de chulo presumiendo de no saber nada y era de natural pregunt&oacute;n (y, tal como demuestra la conducta de los ni&ntilde;os, las preguntas pueden ser mucho m&aacute;s inquietantes que las respuestas). A su condena contribuy&oacute; de manera decisiva la imagen que se cre&oacute; de &eacute;l como sofista, especialmente gracias a <em>Las nubes</em>, la s&aacute;tira pol&iacute;tica que contra los sofistas y sus ense&ntilde;anzas escribi&oacute; Arist&oacute;fanes. Y precisamente las s&aacute;tiras constituyen uno de los g&eacute;neros (literarios, en artes gr&aacute;ficas, esc&eacute;nicas, etc.) que m&aacute;s han tensado los l&iacute;mites de la libertad de expresi&oacute;n a lo largo de la historia.
    </p><p class="article-text">
        La libertad de expresi&oacute;n comienza a ser considerada un derecho universal con el surgimiento de los estados liberales en el siglo XVIII, siendo recogido en distintos documentos de derecho p&uacute;blico (los art&iacute;culos 10 y 11 de la Declaraci&oacute;n de Derechos del Hombre y del Ciudadano, Francia, 1789; o la Primera Enmienda a la Constituci&oacute;n de los Estados Unidos, 1791), hasta llegar a la Declaraci&oacute;n Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU en 1948, cuyo art&iacute;culo 19 dice lo siguiente: &laquo;Todo individuo tiene derecho a la libertad de opini&oacute;n y de expresi&oacute;n; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitaci&oacute;n de fronteras, por cualquier medio de expresi&oacute;n&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se justifica la libertad de expresi&oacute;n como derecho? Pues principalmente porque se considera que del ejercicio de ese derecho se derivan consecuencias deseables, como pueden ser: 1) la promoci&oacute;n de la verdad, 2) la promoci&oacute;n de la autonom&iacute;a, y 3) la contribuci&oacute;n al fortalecimiento de virtudes esenciales para la democracia. Visto as&iacute; cuesta creer que la libertad de expresi&oacute;n, en tanto derecho, pueda discutirse. Pero los problemas empiezan precisamente aqu&iacute;, porque a partir de cada una de esas consecuencias deseables, crecen desbocadamente las preguntas y las dudas:
    </p><p class="article-text">
        1) La libertad de expresi&oacute;n es un medio esencial para el descubrimiento y promoci&oacute;n de la verdad:
    </p><p class="article-text">
        a) Pero &iquest;qui&eacute;n y desde qu&eacute; instancia se decide qu&eacute; es verdad? Seg&uacute;n una <a href="http://www.idi.mineco.gob.es/stfls/MICINN/Prensa/NOTAS_PRENSA/2015/Dossier_PSC_2015.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Encuesta de Percepci&oacute;n Social de la Ciencia</a>&nbsp;presentada en abril de 2015, un 27,5% de los espa&ntilde;oles piensa que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra y no al rev&eacute;s (en 2006 era el 38,6%, as&iacute; que estamos saliendo de la crisis c&oacute;smica). La libertad de conciencia debe ser inviolable, pero &iquest;se pueden equiparar, por ejemplo en la legislaci&oacute;n educativa, el heliocentrismo y el geocentrismo?
    </p><p class="article-text">
        b) &iquest;C&oacute;mo se pueden regular los &aacute;mbitos y discursos cuyo objetivo no es necesariamente descubrir la verdad, como por ejemplo el humor o el arte? En los pa&iacute;ses democr&aacute;ticos los casos de censura a publicaciones sat&iacute;ricas o a obras de arte son relativamente habituales. &iquest;Se debe poner l&iacute;mite a la libertad de expresi&oacute;n en esos &aacute;mbitos? Hace unos meses escuch&eacute; a un representante pol&iacute;tico afirmar que todo aquello que ofenda a cualquier persona deber&iacute;a ser censurado. Condici&oacute;n sin duda muy exigente, pues sin ir m&aacute;s lejos a m&iacute; esa propuesta me ofende grav&iacute;simamente. A no ser que uno se sienta un Franco en miniatura (valga la redundancia), ser&iacute;a recomendable buscar soluciones m&aacute;s democr&aacute;ticas. Pero &iquest;cu&aacute;les ser&iacute;an esas soluciones si lo que est&aacute; en juego no es el esclarecimiento de la verdad?
    </p><p class="article-text">
        c) Si la verdad puede surgir de una competici&oacute;n de ideas, &iquest;no parten con ventaja los grandes medios de comunicaci&oacute;n y los que los controlan o tienen influencia en ellos? En Espa&ntilde;a, tanto los grandes medios de comunicaci&oacute;n como los principales n&uacute;cleos de influencia intelectual y econ&oacute;mica apuestan diestramente y sin enrojecerse por la asimetr&iacute;a ideol&oacute;gica. Si, como parece evidente, la libertad de mercado de bienes y servicios no impide que existan monopolios u oligopolios, &iquest;c&oacute;mo se puede garantizar el pluralismo en el libre mercado de las ideas? Puesto que los Estados no tienen visos de desaparecer en los pr&oacute;ximos d&iacute;as, su papel en este punto seguir&aacute; siendo decisivo, para bien o para mal (que le pregunten a Edward Snowden).
    </p><p class="article-text">
        2) La libertad de expresi&oacute;n es un instrumento fundamental para la promoci&oacute;n de la autonom&iacute;a (el autogobierno personal, la autonom&iacute;a pol&iacute;tica, etc.). Pero &iquest;qu&eacute; debemos hacer si la afirmaci&oacute;n de esa autonom&iacute;a, propulsada por la libertad de expresi&oacute;n, se concreta en el desprecio a otras personas o colectivos? &iquest;D&oacute;nde ponemos los l&iacute;mites?
    </p><p class="article-text">
        3) La libertad de expresi&oacute;n contribuye a fortalecer virtudes esenciales para la democracia:
    </p><p class="article-text">
        a) Para que los ciudadanos podamos entender y participar en los procesos pol&iacute;ticos, parece imprescindible que se proteja y se promocione la pluralidad en la informaci&oacute;n pol&iacute;tica (y aqu&iacute; le invito a releer lo comentado en el punto 1c). Pero, ampar&aacute;ndose en el derecho a la libertad de expresi&oacute;n, &iquest;se puede extender esa promoci&oacute;n de la pluralidad a otros &aacute;mbitos, tales como la publicidad, la literatura o el cine? &iquest;C&oacute;mo justificar la protecci&oacute;n de la libertad de expresi&oacute;n para la difusi&oacute;n de contenidos pornogr&aacute;ficos, violentos, etc.?
    </p><p class="article-text">
        b) Si uno de los prop&oacute;sitos esenciales de la libertad de expresi&oacute;n es el fomento de virtudes democr&aacute;ticas, &iquest;tiene sentido limitar o incluso censurar los discursos antidemocr&aacute;ticos? &iquest;C&oacute;mo se puede censurar en nombre de la democracia, de la libertad de expresi&oacute;n, sin caer en contradicciones?
    </p><p class="article-text">
        El n&uacute;mero de preguntas a responder sobre el tema de la libertad de expresi&oacute;n crece a medida que uno reflexiona. Y la dificultad no reside en darles respuesta, sino en hacerlo de manera meditada, rigurosa, honesta y al servicio del bien com&uacute;n; tarea que requiere, como condici&oacute;n necesaria, pensar libremente, y no echando mano de los infames argumentarios de los partidos pol&iacute;ticos o su prolongaci&oacute;n informativa en los medios de comunicaci&oacute;n afines.
    </p><p class="article-text">
        Manuel Aza&ntilde;a escribi&oacute; que &laquo;si los espa&ntilde;oles habl&aacute;semos de lo que entendemos, y nada m&aacute;s, habr&iacute;a un gran silencio que podr&iacute;amos aprovechar para el trabajo&raquo;. Eso de emplear el silencio para trabajar no me convence, pero disfrutar de ese silencio por s&iacute; mismo, en toda su extensi&oacute;n y profundidad, haciendo un par&eacute;ntesis en la ensordecedora avalancha de opiniones de la que vivimos rodeados, ser&iacute;a sin duda un gran alivio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/libertad_132_4135061.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Feb 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Libertad]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Deseo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/deseo_132_4185993.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5f406cb4-eabf-45ff-a1e4-952a39cc4671_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="En el umbral de la Habitación de los deseos en &#039;Stalker&#039;."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Se atrevería a entrar en un lugar en el que se le concediera no lo que pida, lo que cree desear, sino su deseo más íntimo, profundo y quizá desconocido?</p></div><p class="article-text">
        Baruch Spinoza, uno de los m&aacute;s grandes fil&oacute;sofos de la historia, dec&iacute;a que no podemos dejar de pensar, pero tampoco podemos dejar de sentir. La raz&oacute;n y los afectos &ndash;el amor, el odio, la compasi&oacute;n, la ira, la esperanza, etc&eacute;tera&ndash; son, y deben ser, complementarios, pues ambos forman parte de nuestra naturaleza. No obstante, lo que nos mueve a actuar no es la raz&oacute;n, sino el deseo, al que los afectos dan forma. Por eso Spinoza afirmaba que el deseo es la esencia humana.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Con&oacute;cete a ti mismo&raquo;, la c&eacute;lebre inscripci&oacute;n que se encontraba en el front&oacute;n del templo de Delfos dedicado al dios Apolo, condensa en apenas cuatro palabras la gran tarea del ser humano. Y para intentar llevar a t&eacute;rmino tan colosal faena, el conocimiento de los deseos no es cosa menor, o dicho de otra manera, es cosa mayor. La raz&oacute;n debe maniobrar sutilmente para conocer &ndash;y colaborar con&ndash; los afectos y deseos que nos mueven, para as&iacute; poder vivir tranquilos e incluso felices.
    </p><p class="article-text">
        La importancia decisiva del autoconocimiento aparece en todas aquellas narraciones en las que sus protagonistas se enfrentan a la situaci&oacute;n de poder realizar sus deseos. Es bien conocido el mito griego del rey Midas, al que no se le ocurri&oacute; otra cosa que pedirle al dios Dioniso que le concediera convertir en dorado oro todo aquello que tocase. Delet&eacute;rea cualidad que, por sus muy funestas consecuencias, es una advertencia para todos los avariciosos que en el mundo son.
    </p><p class="article-text">
        El cuento del frotador de l&aacute;mparas Aladino no acaba tan tr&aacute;gicamente porque, como se sabe, sus apetitos eran de naturaleza dom&eacute;stico-conyugal, a priori menos censurables. Casi todas las f&aacute;bulas de este pelaje est&aacute;n adobadas con un moralismo un tanto indigesto. Por eso yo prefiero historias como esta que Jean-Claude Carri&egrave;re recoge en su fant&aacute;stico libro <em>El c&iacute;rculo de los mentirosos</em>:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;El genio liberado le dice al pescador:
    </p><p class="article-text">
        - Pide tres deseos y yo te los dar&eacute;. &iquest;Cu&aacute;l es el primer deseo?
    </p><p class="article-text">
        - Helo aqu&iacute; &ndash;dijo el pescador&ndash;. Me gustar&iacute;a que me hicieses lo bastante inteligente para hacer una elecci&oacute;n perfecta de los otros dos deseos.
    </p><p class="article-text">
        - Hecho &ndash;dijo el genio&ndash;. Y ahora, &iquest;cu&aacute;les son tus otros deseos?
    </p><p class="article-text">
        El pescador reflexion&oacute; un momento y contest&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        - Gracias. No tengo m&aacute;s deseos&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        He aqu&iacute; un sabroso ejemplo de c&oacute;mo la raz&oacute;n, cooperando con los afectos, satisface inmediatamente un deseo produciendo tranquilidad y felicidad. El &uacute;nico problema: casi parece ciencia-ficci&oacute;n. Y hablando de ciencia-ficci&oacute;n llego a donde quer&iacute;a, porque debo confesarle (y lo hago de buena fe, y confiando en su benevolencia) que yo s&oacute;lo quiero hablar de <em>Stalker</em>, una pel&iacute;cula sovi&eacute;tica, presuntamente de ciencia-ficci&oacute;n, dirigida por Andrei Tarkovski en 1979.
    </p><p class="article-text">
        El caso es que he escrito toda la parrafada precedente para poder justificar este antojo m&iacute;o, y quiz&aacute; he sido muy torpe en mi proceder, pues: 1) ya he fundido m&aacute;s de la mitad del espacio que se me concede para mis ocurrencias y todav&iacute;a no he dicho nada de <em>Stalker</em>, y 2) no tengo nada claro que lo que he escrito m&aacute;s arriba le anime a continuar; pero como eso depende sobre todo de su voluntad lectora y, en menor medida, de mi habilidad escritora, no pienso enredarme m&aacute;s y doy paso sin m&aacute;s dilaci&oacute;n al siguiente p&aacute;rrafo donde prometo centrarme, si nada me lo impide, en la pel&iacute;cula ya mencionada.
    </p><p class="article-text">
        La acci&oacute;n de <em>Stalker</em> se sit&uacute;a en un tiempo y un lugar indeterminado (aunque uno intuye que no debe estar lejos de la URSS setentera) tras el supuesto impacto de un meteorito en lo que, desde ese momento, se conocer&aacute; como la Zona. Las autoridades, en su burocr&aacute;tico af&aacute;n de secretismo, decidieron impedir el acceso al lugar de la cat&aacute;strofe. Pero como de lo desconocido surge lo misterioso sin apenas esfuerzo, al poco tiempo comenzaron a circular rumores que afirmaban que en la Zona hab&iacute;a una Habitaci&oacute;n en la cual, simplemente por entrar, tu deseo m&aacute;s &iacute;ntimo se har&iacute;a realidad.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, de lo misterioso se pas&oacute; a lo milagroso y eso dispar&oacute; las esperanzas de muchos. Como el acceso a la Zona estaba prohibido, surgieron unos individuos, los <em>stalkers</em>, que, por unos dineros, conduc&iacute;an clandestinamente a desesperados a la Zona y a la Habitaci&oacute;n. Los protagonistas de la pel&iacute;cula son un &laquo;Stalker&raquo; y sus dos clientes, dos personajes tambi&eacute;n sin nombre: &laquo;Profesor&raquo; y &laquo;Escritor&raquo;. Las m&aacute;s de dos horas y media de pel&iacute;cula se sustancian en: 1) un pr&oacute;logo de preparaci&oacute;n para el viaje, 2) la excursi&oacute;n propiamente dicha por la misteriosamente banal y aparentemente peligrosa Zona, y la llegada a la Habitaci&oacute;n, y 3) un ep&iacute;logo.
    </p><p class="article-text">
        Es fundamental tener en cuenta que en la Habitaci&oacute;n no se concede (supuestamente) el deseo que se cree tener y que se pide, sino que se concede el deseo m&aacute;s profundo e &iacute;ntimo sin que sea necesario explicitarlo. Habr&aacute; quien piense que entre lo que se cree desear y lo que realmente se desea no hay diferencia alguna. Para poner en duda esa seguridad, en la pel&iacute;cula se cuenta la historia de un individuo &ndash;otro <em>stalker</em> al que llaman &laquo;Puercoesp&iacute;n&raquo;&ndash; que contribuy&oacute; a la muerte de su hermano en la Zona. Devastado por el arrepentimiento decidi&oacute; entrar en la Habitaci&oacute;n para que se le concediera el deseo de ver a su hermano resucitado. Cuando lleg&oacute; a su casa no encontr&oacute; precisamente a su hermano, sino un buen mont&oacute;n de rublos. &laquo;Puercoesp&iacute;n&raquo; no entendi&oacute; que la Habitaci&oacute;n no era una ventana a otro mundo ideal, sino un espejo que le devolvi&oacute; una imagen tan terrible de s&iacute; mismo (la de un sovi&eacute;tico rey Midas en potencia) que, una semana despu&eacute;s, decidi&oacute; ahorcarse. Qui&eacute;n sabe, quiz&aacute; nuestro deseo m&aacute;s &iacute;ntimo es una cosa absolutamente trivial, o peor todav&iacute;a, algo que nos horrorizar&iacute;a conocer e incluso podr&iacute;a arrasar nuestra vida, como le sucedi&oacute; a &laquo;Puercoesp&iacute;n&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si no ha visto la pel&iacute;cula debo decirle que es la m&aacute;s sublime y aburrida de la historia. Esto, que puede parecer contradictorio, no lo es en absoluto, como intentar&eacute; explicar a continuaci&oacute;n. <em>Stalker</em> resulta extremadamente aburrida por la acci&oacute;n casi nula que se desarrolla en todo el metraje, porque dicha acci&oacute;n se ejecuta a velocidad de paseo (es una <em>road movie</em> a ritmo de caracol), porque los di&aacute;logos son muy profundos (ni rastro de humor, todo es muy filos&oacute;fico y muy serio) y, por si fuera poco, es terriblemente ambigua (aunque esto tambi&eacute;n puede ser una virtud).
    </p><p class="article-text">
        Lo sublime de <em>Stalker</em> reside precisamente en todo lo que la hace majestuosamente tediosa: si ese hast&iacute;o inicial (y mi vand&aacute;lico comentario del p&aacute;rrafo anterior) no le desanima y tiene paciencia, la pel&iacute;cula puede comenzar a despertar su inter&eacute;s; si tampoco desiste en esa fase, quiz&aacute; descubra que su aburrimiento se va convirtiendo poco a poco en una forma de atenci&oacute;n de especial intensidad. Llegado ese momento, probablemente le falte poco para convertirse en uno m&aacute;s de ese grupo de peregrinaje a la Habitaci&oacute;n. Y si resiste hasta el final le aseguro que usted, s&iacute;, usted, no s&oacute;lo ver&aacute; la Habitaci&oacute;n, sino que incluso entrar&aacute; en ella. As&iacute; que ser&aacute; mejor que antes de dar el &uacute;ltimo paso reflexione acerca de si se conoce lo suficiente a s&iacute; mismo, si se siente preparado para que &ndash;posiblemente, qui&eacute;n sabe&ndash; su deseo m&aacute;s &iacute;ntimo, m&aacute;s profundo y quiz&aacute; m&aacute;s desconocido, se pueda hacer realidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/deseo_132_4185993.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Feb 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Deseo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pereza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/pereza_132_4214931.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La pereza es el talento –ya sea heredado o adquirido a golpe de descanso– que nos permite prever el futuro, evitar un derroche atolondrado de energía y abandonarnos a la molicie antes de que el cansancio nos derribe.</p></div><p class="article-text">
        (Este art&iacute;culo es un elogio de la pereza. En su concepci&oacute;n se ha procurado evitar todo esfuerzo argumentativo que no se considerara imprescindible. Para garantizar que la indolencia natural del autor no sufriera lesi&oacute;n alguna, el art&iacute;culo ha sido realizado en la m&aacute;xima horizontalidad que permite una <em>chaise longue</em>).
    </p><p class="article-text">
        Los prejuicios de todas las &eacute;pocas siempre se han ensa&ntilde;ado vilmente con la pereza. Pero si es analizada en su misma esencia, y se aquilatan los m&uacute;ltiples beneficios que de ella se derivan, cuesta creer que se le dediquen tan injuriosas palabras en lugar de loas y alabanzas sin tasa. F&iacute;jese c&oacute;mo la define el DRAE: &laquo;negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados&raquo; y &laquo;flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos&raquo;. Y siglos antes del reproche de los acad&eacute;micos de la Lengua, nos topamos con la condena eterna ejecutada por el cristianismo, que considera la pereza como uno de los pecados o vicios capitales.
    </p><p class="article-text">
        Un vicio capital es, seg&uacute;n Tom&aacute;s de Aquino, &laquo;el que se ordena a un fin muy apetecible, de tal modo que, al apetecerlo, el hombre llega a cometer muchos pecados&raquo;. La teolog&iacute;a nos dice que la pereza es una fuente inagotable de pecado. El Aquinate dijo tambi&eacute;n que la naturaleza humana est&aacute; especialmente inclinada a los vicios capitales. Pero si tenemos en cuenta que el Sumo Hacedor nos forj&oacute; a su imagen y semejanza, no ser&iacute;a una locura suponer que &Eacute;l es el campe&oacute;n de la pereza. He aqu&iacute; la sencilla tesis de Paul Lafargue: &laquo;Jehov&aacute;, el dios barbudo y hura&ntilde;o, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; despu&eacute;s de seis d&iacute;as de trabajo, descans&oacute; por toda la eternidad&raquo;. A la vista de estas pruebas, la pereza no deber&iacute;a ser considerada un vicio, sino una virtud, incluso una virtud divina.
    </p><p class="article-text">
        Como soy consciente de que las demostraciones teol&oacute;gicas no gozan de gran aceptaci&oacute;n ni resultan convincentes en estos tiempos de descreimiento y p&eacute;rdida de valores, a continuaci&oacute;n le ofrecer&eacute; un ramillete de argumentos secularizados con el objeto de defender la pereza como remedio gratuito e inagotable para diferentes trastornos.
    </p><p class="article-text">
        El estr&eacute;s y la depresi&oacute;n, dos de los grandes males contempor&aacute;neos, no son sino un cansancio producido por la sobreabundancia de uno mismo. Un agotamiento inducido por nuestra forma de vida, con sus incesantes llamadas al emprendimiento, la competitividad, la actividad sin fin. Esas llamadas &ndash;p&eacute;rfidamente camufladas bajo los ropajes del desaf&iacute;o (&iexcl;t&uacute; puedes!) o la sugerencia publicitaria&ndash; son interiorizadas y, como resultado, nos convertimos en nuestros propios explotadores, estresados y deprimidos negreros de nosotros mismos. Para aliviar esos males se puso en marcha el muy lucrativo negocio de la autoayuda, el pensamiento positivo, etc. Pero, &iquest;por qu&eacute; pagar por los consejos de unos bribones cuando la pereza es gratis e insuperable en su eficacia?
    </p><p class="article-text">
        La pereza es el talento &ndash;ya sea heredado o adquirido a golpe de descanso&ndash; que nos permite prever el futuro, evitar un derroche atolondrado de energ&iacute;a, y abandonarnos a la molicie antes de que el cansancio nos derribe. La pereza es un decidido s&iacute; al descanso, la vida muelle y la inutilidad; es el &uacute;nico ant&iacute;doto contra las exigencias de este est&uacute;pido mundo en que nos ha tocado vivir, un mundo obsesionado por el esfuerzo, el trabajo y la utilidad. Por eso la pereza es una virtud, pues es una resistencia pasiva, el rechazo de la obsesi&oacute;n por el pasado y el futuro, la clave para disfrutar del presente sin desgaste. La pereza no es una fuente inagotable de pecados, sino un surtidor supremo de libertad y felicidad.
    </p><p class="article-text">
        La pereza es el gesto m&aacute;s lujoso imaginable, pues representa el grado m&aacute;ximo de la inutilidad. El perezoso es el que se zafa voluptuosamente del totalitarismo de lo &uacute;til, que no es sino la dictadura de que cualquier acci&oacute;n debe producir un resultado mensurable, cuantificable. Nuestra sociedad concibe lo &uacute;til como un medio para conseguir algo (si son monedas, mejor), de ah&iacute; que la pereza sea tan censurada, pues la pereza no es una herramienta para obtener nada que se pueda medir, sino un fin en s&iacute; mismo, ya que no est&aacute; al servicio de nada, no se puede someter ni esclavizar.
    </p><p class="article-text">
        La pereza ya ser&iacute;a una virtud aunque &uacute;nicamente fuera un simple apoltronarse, un no-hacer, ociosidad. Pero es que la pereza, gracias a la placidez a que conduce, es adem&aacute;s un medio excelente para desarrollar la inteligencia y la capacidad de observaci&oacute;n, para aprender a mirar. En la terrible actividad a que estamos sometidos diariamente &ndash;en muchos casos con jornadas laborales extenuantes y absurdas, si es que se tiene la suerte/desgracia de trabajar&ndash;, es de todo punto imposible desarrollar una vida humana, una vida que no se reduzca a sobrevivir o a ser un mero consumidor.
    </p><p class="article-text">
        Jean-Jacques Rousseau dijo que &laquo;despu&eacute;s de la de conservarse, la primera y m&aacute;s poderosa pasi&oacute;n del hombre es la de no hacer nada&raquo;, y que &laquo;s&oacute;lo se trabaja para llegar a descansar&raquo;. &iquest;Que el trabajo dignifica? &iexcl;En absoluto! El trabajo no es m&aacute;s que un medio &ndash;desagradable, porque de lo contrario no estar&iacute;a remunerado&ndash; para conseguir un fin: lo que dignifica la vida humana no es el trabajar, sino el descansar. Y por eso la pereza es la virtud m&aacute;s necesaria.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/pereza_132_4214931.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jan 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Pereza]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Retrete]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/retrete_132_4239417.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/07ba4cb8-0e41-4aad-84fc-c2139d111ddf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si Heidegger decía que el lenguaje es la casa del ser, no me parece nada aventurado afirmar que el retrete es la casa del pensamiento.</p></div><p class="article-text">
        Plat&oacute;n llamaba pensar al &laquo;discurso que el alma tiene consigo misma sobre las cosas que somete a consideraci&oacute;n&raquo;. Pensamiento y lenguaje son inseparables pues pensamos con palabras: pensar es dialogar con uno mismo, re-flexionar (flexionarse, replegarse sobre uno mismo). Y pensar es un proceso, una actividad que no tiene fin, ya se entienda fin como t&eacute;rmino o conclusi&oacute;n, o como prop&oacute;sito u objetivo. Por eso el individuo que comienza el a&ntilde;o henchido de prop&oacute;sitos no suele incluir entre ellos el pensar m&aacute;s y/o mejor, sino que contempla actividades con un fin claramente delimitado como ir a muscular al gimnasio, chapurrear idiomas o hacer postres veganos.
    </p><p class="article-text">
        Con estremecedora perspicacia Pascal se&ntilde;al&oacute; que todos los problemas de la humanidad tienen su origen en la incapacidad del hombre para estar solo tranquilamente en una habitaci&oacute;n. Pero lo cierto es que hoy se suele considerar que la quietud es un terrible mal, pues los que saben certifican que el sedentarismo engorda, lo que nos incita a corretear al aire libre o en la cinta del gimnasio. Y la soledad mata, diagn&oacute;stico del que muy probablemente derivan tanto el apego por las tabernas y la vida social beoda, como la afici&oacute;n a las redes sociales.
    </p><p class="article-text">
        Las modas prescriben estar en movimiento perpetuo haciendo lo que sea, y ejecutarlo rodeado de semejantes. Parece que la vida moderna no ofrece resquicio alguno para replegarse sobre uno mismo, para pensar. Pero la naturaleza, m&aacute;s sabia que los sabios, se guarda un as en la manga para obligarnos a hacer un alto y estar con nosotros mismos, porque nos obliga, queramos o no, a dedicar unos minutos diarios a estar en el retrete. Y cuando digo retrete me refiero, tal como indica el DRAE, al &laquo;aposento dotado de las instalaciones necesarias para orinar y evacuar el vientre&raquo;. De ese modo y manera, tanto la naturaleza &mdash;v&iacute;a satisfacci&oacute;n de necesidades fisiol&oacute;gicas&mdash;, como la cultura &mdash;gracias a la invenci&oacute;n del retrete, majestuoso triunfo de la higiene&mdash; nos invitan a estar quietos y solos en una habitaci&oacute;n, condiciones perfectas para pensar.
    </p><p class="article-text">
        Entre los grandes creadores hay una bien documentada tradici&oacute;n de reivindicar la caba&ntilde;a como lugar de retiro ideal. Esa caba&ntilde;a que, alejada de la civilizaci&oacute;n, incrustada en lejanos bosques, en una soledad &aacute;spera, vast&iacute;sima, se erige, en su humildad, como espacio definitivo de la creaci&oacute;n y del pensar. La lista de gigantes que se han recluido en una caba&ntilde;a con esos fines (am&eacute;n de otros que no suelen detallar) es impresionante: Henry David Thoreau, Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein, Knut Hamsun, Virginia Woolf, Dylan Thomas, Gustav Mahler, Edvard Grieg, etc. Pero &iquest;qui&eacute;n dispone de una caba&ntilde;a para tan altas misiones espirituales? El retrete es, qu&eacute; duda cabe, un habit&aacute;culo menos po&eacute;tico, pero mucho m&aacute;s asequible.
    </p><p class="article-text">
        F&iacute;jese en esta otra definici&oacute;n de retrete, ya en desuso, que tambi&eacute;n nos brinda el DRAE: &laquo;Cuarto peque&ntilde;o en la casa o habitaci&oacute;n, destinado para retirarse&raquo;. Por eso no es imperativo retirarse al silencio y la soledad de una caba&ntilde;a para percibir las voces m&aacute;s &iacute;ntimas. Y tampoco es obligatorio alejarse del mundo para teorizar sobre lo que dicho mundo es o debe ser. Con alcanzar el retrete y hacerse fuerte en &eacute;l es m&aacute;s que suficiente. Porque el retrete es el &uacute;nico reducto de genuina privacidad del que se dispone en una casa, un espacio de quietud y soledad. Por tanto, ha llegado la hora de reivindicar abiertamente, en voz alta, con orgullo, el retrete como espacio de reflexi&oacute;n, como casa del pensamiento.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es obligado se&ntilde;alar &mdash;y esto es realmente lamentable&mdash; que, tal como se&ntilde;ala la ONU, &laquo;2.400 millones de personas no cuentan con buenas letrinas y mil millones a&uacute;n defecan al aire libre&raquo;, con lo que eso conlleva de aumento de riesgo de enfermedades y todo tipo de abusos derivados de la falta de privacidad. Es triste pensar que, tanto usted como yo, seamos privilegiados por disponer de algo tan esencial como un retrete. Para llamar la atenci&oacute;n sobre esta situaci&oacute;n, desde 2013 la ONU propone celebrar cada 19 de noviembre el <a href="http://www.un.org/es/events/toiletday/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">D&iacute;a Mundial del Retrete</a>. Y desde 2005 la misma ONU decidi&oacute; celebrar cada tercer jueves de noviembre el <a href="http://www.un.org/es/events/philosophyday/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">D&iacute;a Mundial de la Filosof&iacute;a</a>, lo que provoca que cada X a&ntilde;os retrete y filosof&iacute;a se unan oficialmente. En 2015 se dio esa m&aacute;gica coincidencia. Pero no esperemos a que tan feliz evento se repita y dediquemos ya a pensar los minutos de recogimiento en ese retrete que, quiz&aacute; en breves momentos, tengamos que visitar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/retrete_132_4239417.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Jan 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Retrete]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Idiota]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/idiota_132_2270793.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La idiotez es como un gas que uno siempre cree que producen los otros, algo que nos envuelve y que respiramos pero que, de tan acostumbrados a su hedor, acabamos por no percibir.</p></div><p class="article-text">
        El fil&oacute;logo alem&aacute;n Werner Jaeger cuenta que en la Atenas del siglo VI antes de nuestra era se comenz&oacute; a establecer la distinci&oacute;n entre dos espacios en la vida del ciudadano: el de lo particular, lo privado, lo que es propio (&#7988;&delta;&iota;&omicron;&nu;,<em> &iacute;dion</em>), y el de lo que es de todos, lo p&uacute;blico, lo com&uacute;n (&kappa;&omicron;&iota;&nu;&#972;&nu;, <em>koin&oacute;n</em>). Es decir, el ciudadano es m&aacute;s o menos &laquo;idiota&raquo; (<em>&#7984;&delta;&iota;&#8061;&tau;&eta;&sigmaf;, </em><em>idi&oacute;tes</em>) en la medida en que se centre en su felicidad particular, en sus asuntos privados, y se desentienda del bien com&uacute;n, de los asuntos p&uacute;blicos que a todos conciernen. Se pensaba que, por salud democr&aacute;tica, era tan necesario que el ciudadano poseyera y desarrollara sus destrezas e intereses personales, como que ejercitara una virtud general ciudadana que le conectara con los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero no tema, amigo lector, no me voy a disfrazar de polit&oacute;logo agorero para comparar la democracia ateniense con la actual. Mi prop&oacute;sito es mucho m&aacute;s trivial: lo que me interesa es rehabilitar y reivindicar una palabra. Porque a partir de los hermosos cimientos hel&eacute;nicos de lo &laquo;idiota&raquo;, hemos construido un edificio destartalado: idiota es en espa&ntilde;ol un simple insulto y, por si fuera poco, uno banal, sin fuste. Esta cochambrosa obra de arquitectura ling&uuml;&iacute;stica exige una demolici&oacute;n controlada.
    </p><p class="article-text">
        Si no perdemos de vista su etimolog&iacute;a (y a ese m&aacute;stil me atar&eacute; hasta el final), el idiota es el que, atiborrado de s&iacute;, se desentiende rumbosamente de lo com&uacute;n, es el ego&iacute;sta sin tasa, el individualista enloquecido. Como es l&oacute;gico, la idiotez admite gradaci&oacute;n: se puede ser idiota en unos &aacute;mbitos y en otros no, a tiempo parcial o a jornada completa. Por eso intuyo que todos, en mayor o menor medida, somos idiotas. Y aunque es muy cierto que el idiota parece un individuo muy siglo XX &ndash;y todav&iacute;a m&aacute;s siglo XXI&ndash;, el n&uacute;mero de idiotas se distribuye con exquisita equidad en todas las &eacute;pocas, pa&iacute;ses y clases sociales. Ahora bien, no todos los idiotas tienen id&eacute;ntico poder destructor, pues eso depender&aacute; esencialmente de su espacio de influencia: as&iacute;, un presidente de Gobierno idiota es mort&iacute;fero, por la sencilla raz&oacute;n de que s&oacute;lo buscar&aacute; el beneficio de una minor&iacute;a a costa de la mayor&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El idiota es un ser intermedio entre el est&uacute;pido y el malvado. El est&uacute;pido es irracional y, al no tener patrones de conducta regulares, es impredecible; en su ca&oacute;tico proceder fastidia a los dem&aacute;s y tambi&eacute;n a s&iacute; mismo. El comportamiento del malvado, en cambio, s&iacute; es previsible porque opera p&eacute;rfida pero racionalmente; siempre obtiene sus beneficios perjudicando a los dem&aacute;s. El idiota s&oacute;lo es racional en parte, pues su ego&iacute;smo suele ser puramente pasional, lo que le lleva a cometer errores de c&aacute;lculo. Por eso el idiota, como el est&uacute;pido, se puede bastar a s&iacute; mismo para arruinar su vida y la de los dem&aacute;s. &iquest;Es idiota aquel que encuentra el placer chapoteando en su miseria si con eso multiplica el beneficio com&uacute;n? No, en todo caso es un idiota invertido. &iquest;Y es idiota el que para procurarse una ganancia ayuda a los dem&aacute;s? &iexcl;En absoluto! Si todos los idiotas fueran as&iacute;, nuestro planeta ser&iacute;a el para&iacute;so y el neoliberalismo nunca hubiera&nbsp;existido.
    </p><p class="article-text">
        Idiota es el que, cegado por sus intereses, cree que (se) debe competir y batallar contra todo(s) para provecho propio. El que considera que los dem&aacute;s existen &uacute;nicamente como medios para conseguir sus fines. Es el yonqui de la competitividad. Por eso el idiota es enemigo incansable de la justicia, la igualdad y la democracia (que parad&oacute;jicamente es la &uacute;nica forma de gobierno que permite al ciudadano elegir a un idiota como presidente y as&iacute; perpetuar <em>ad infinitum</em> la idiotez en el poder).
    </p><p class="article-text">
        El idiota es el que, en cuanto siente la tenue brisa de la cr&iacute;tica, sentencia huracanado &laquo;es que yo soy as&iacute;&raquo;, &iexcl;como si, para nuestra suerte, pudiera ser otro! El idiota, ya borracho de s&iacute;, se embriaga a&uacute;n m&aacute;s cuando va &laquo;con la verdad por delante&raquo;, ignorando que si convirti&eacute;ramos esa m&aacute;xima en imperativo categ&oacute;rico kantiano, la vida en sociedad ser&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s insoportable de lo que ya es. Porque la espontaneidad o la naturalidad pueden ser valiosas, pero s&oacute;lo los idiotas las superponen al respeto, la nobleza o la fraternidad.
    </p><p class="article-text">
        Debemos recuperar la idea que en la Grecia cl&aacute;sica se ten&iacute;a sobre la preocupaci&oacute;n por uno mismo: no la zafia preocupaci&oacute;n actual por el propio bienestar, sino la preocupaci&oacute;n por ser consciente de lo que uno es realmente, por conocerse por medio de la raz&oacute;n. Y el autoexamen, el interminable trabajo de conocerse, es lo m&aacute;s alejado que hay del ego&iacute;smo idiota, pues uno se conoce, y sobre todo es, gracias a los otros. Ya lo advert&iacute;a S&eacute;neca: &laquo;No puede vivir felizmente aquel que s&oacute;lo se contempla a s&iacute; mismo, que lo refiere todo a su propio provecho: has de vivir para el pr&oacute;jimo si quieres vivir para ti&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/idiota_132_2270793.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jan 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Idiota]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Chándal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/chandal_132_2285933.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Si queremos estar a la altura de los tiempos debemos reflexionar seriamente sobre el chándal.</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">«Un chándal es un signo de derrota. Cuando pierdes el control sobre tu vida te compras un chándal». (Karl Lagerfeld).<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        El individuo social es un individuo vestido pues antes de emprender acci&oacute;n alguna se viste &mdash;excepto el nudista y el despistado&mdash;. Y la moda es un signo &mdash;&laquo;el s&iacute;mbolo m&aacute;s en&eacute;rgico&raquo;, seg&uacute;n Balzac&mdash; y uno de los lenguajes de la sociedad. Por eso Umberto Eco se&ntilde;alaba, siguiendo a Roland Barthes, que el vestido posee un valor funcional, pero que su valor comunicativo es todav&iacute;a m&aacute;s importante. La ropa habla de quien la lleva y, entre otras cosas, permite lecturas e interpretaciones ideol&oacute;gicas. Y qu&eacute; mejor ejemplo de ello que los uniformes&hellip; o la ropa deportiva.
    </p><p class="article-text">
        La ropa deportiva triunf&oacute; primero entre los estadounidenses porque al parecer son gente de natural aventurero y emprendedor, y eso exige un atuendo c&oacute;modo. Si el ch&aacute;ndal solo hubiera conquistado Burundi ahora estar&iacute;amos correteando en jub&oacute;n y calzas, o algo peor. A la condici&oacute;n v&iacute;rica de cualquier ocurrencia yanqui s&uacute;mele la aparici&oacute;n del deporte como fen&oacute;meno masivo y televisivo desde mediados del siglo XX, y ya tiene las principales causas de la invasi&oacute;n c&oacute;smica del ch&aacute;ndal.
    </p><p class="article-text">
        Un ch&aacute;ndal es un traje de chaqueta y pantal&oacute;n concebido originalmente para su uso deportivo. Alejado de dicho uso, el ch&aacute;ndal se considera indicio de extrav&iacute;o y dejadez en el vestir. El &nbsp;'chandalismo' es un fen&oacute;meno de extrarradio (motivo por el cual suele ser demonizado, tal como podr&aacute; ver en este <a href="https://www.youtube.com/watch?v=LSH9_IWeSK4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">escalofriante experimento sueco</a>): el ch&aacute;ndal es el uniforme del rapero y la tonadillera, del mafioso y el delincuente aficionado, del cani, la choni y el lumpen en general. Y todos ellos se empe&ntilde;an en sabotear la intr&iacute;nseca liviandad y confort del ch&aacute;ndal al a&ntilde;adir contundentes plomadas a su atuendo en forma de anillacos, cadenones o cualquier otro complemento centelleante. Porque ontol&oacute;gicamente el ch&aacute;ndal es, en su pura forma &mdash;como esencia o Idea plat&oacute;nica, esto es, independientemente de sus distintas texturas, colores, etc.&mdash;, un ente que demanda austeridad, ya que fue concebido para facilitar el movimiento e incluso el nomadismo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es el ch&aacute;ndal, en su uso extradeportivo, incompatible con la elegancia? Los caudillos de lo <em>fashion</em> as&iacute; lo certifican. Y sus huestes, impenitentes devoradoras de revistas de tendencias, blogs de moda, etc., asienten irreflexivamente. Creen poseer una especie de m&aacute;quina de la verdad de la elegancia o 'eleganci&oacute;metro' (sospecho que de naturaleza mental) que les impele a emitir sentencias y aforismos basados &uacute;nicamente en sensaciones e intuiciones, imposibles de condensar en definiciones analizables y discutibles racionalmente, tal como exige asunto tan decisivo.
    </p><p class="article-text">
        Ortega y Gasset afirmaba que en lat&iacute;n antiguo &laquo;el acto de elegir se dec&iacute;a elegancia como de instar se dice instancia&raquo;. Es decir, que el elegante es el &laquo;eligente&raquo;, el que elige, el que ejercita la libertad, el que no se deja arras(tr)ar por el azar o el capricho: en suma, el inteligente. El elegir, la elegancia, es por tanto lo contrario del antojo, de la frivolidad, &iexcl;de las modas! Y c&oacute;mo saber si quien sigue la corriente de las modas lo hace por voluntad propia, eligiendo, libremente&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Lo que la elegancia sea depende de cada tiempo y lugar; es, en consecuencia, asunto relativo y variable. Ad&aacute;n y Eva vest&iacute;an una discreta pero eficaz hoja de parra, indicio incuestionable de que la historia de la moda y la elegancia comenz&oacute; con una apuesta decidida por la comodidad y el atuendo deportivo. En nuestros d&iacute;as la elegancia repele excesos y exuberancias medievales y ha regresado a la sencillez ed&eacute;nica. As&iacute;, la elegancia es hoy sin&oacute;nimo de sobriedad y simplicidad (pocas cosas m&aacute;s sobrias y simples que un ch&aacute;ndal). La elegancia es armon&iacute;a (en tanto traje el ch&aacute;ndal cubre con textil armon&iacute;a y homogeneidad todo nuestro cuerpo). La elegancia repugna el esfuerzo y el sacrificio, y celebra la comodidad y el bienestar (ninguna prenda esclaviza menos el cuerpo que un ch&aacute;ndal); solo en nombre de la inelegancia se sacrifica el bienestar en el altar de la vanidad (v&eacute;anse a tal efecto esos tacones de aguja que comprometen la verticalidad y por ende la salud de sus sufridas usuarias). Sobriedad, simplicidad, armon&iacute;a, comodidad, bienestar&hellip; El ch&aacute;ndal es el paroxismo de la elegancia. &iexcl;Admirable!
    </p><p class="article-text">
        Los hay que en cuanto se recluyen en el hogar se enfundan el ch&aacute;ndal, pero reniegan de &eacute;l en cuanto salen al ancho mundo, pues se dejan llevar por oscuras y err&aacute;ticas doctrinas de lo fashion. La mala conciencia textil les atenaza, y se afanan por esconder en el &aacute;mbito privado lo que consideran una desviaci&oacute;n en el &aacute;mbito p&uacute;blico, como si coleccionaran especies en peligro de extinci&oacute;n. Pero la persona verdaderamente elegante no desprecia ni sanciona al inelegante. Solo el pseudoelegante se siente amenazado por el ch&aacute;ndal (su mera existencia es para &eacute;l una agresi&oacute;n), pues en su fuero interno teme rendirse a su comodidad, etc., lo que le hace vivir una genuina tragedia est&eacute;tica y moral.
    </p><p class="article-text">
        Y ahora, si me disculpa, debo intentar recuperar el control de mi vida. Tarea ol&iacute;mpica que intuyo me va a llevar su tiempo, as&iacute; que ser&aacute; mejor encararla libremente y a todo confort. En ch&aacute;ndal, por supuesto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/chandal_132_2285933.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Dec 2015 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Chándal]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Discutir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/discutir_132_2318398.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">He venido a ofrecerle cuatro consejos para (no) discutir. Casi unos derechos humanos del discutidor.</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">«En el principio fue la palabra.» (Juan 1:1)<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        Si lo primero fue la palabra, lo siguiente tuvo que ser la discusi&oacute;n. Porque el ser humano es, por naturaleza, el animal discutidor.
    </p><p class="article-text">
        Arist&oacute;teles, que era un individuo que gustaba de pasar el d&iacute;a definiendo todo lo que se le pon&iacute;a por delante, afirm&oacute; que el ser humano es el animal que tiene <em>logos</em> (palabra y raz&oacute;n, esto es, podemos hablar e incluso pensar), y que es pol&iacute;tico (porque somos seres sociales que, mal que bien, convivimos con nuestros semejantes en la ciudad, en la <em>polis</em>). Y un animal que puede hablar y que vive en la ciudad con otros de su especie, inevitablemente acaba discutiendo.
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo con los argumentos de autoridad, debo mencionar a las Vainica Doble, dos mujeres que de la naturaleza humana sab&iacute;an tanto o m&aacute;s que los autores del Nuevo Testamento y Arist&oacute;teles; y cantaban mejor (esto es especulaci&oacute;n m&iacute;a). En su primer disco (<em>Heliotropo</em>, 1973), Vainica Doble incluyeron una canci&oacute;n titulada <a href="https://www.youtube.com/watch?v=aofyVmAm7wQ" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">'Dos espa&ntilde;oles, tres opiniones'</a>. De entrada se puede pensar, y con raz&oacute;n, que esas cuentas no salen. Salvo para un espa&ntilde;ol.
    </p><p class="article-text">
        No voy a citar ejemplos de nuestra innata capacidad para la discusi&oacute;n &mdash;que sin duda usted ya tiene en mente&mdash;, porque yo he venido a ofrecerle una reflexi&oacute;n de cosecha propia: cuatro consejos para (no) discutir. Casi unos derechos humanos del discutidor:
    </p><p class="article-text">
        1) En los lances verbales es de vital importancia no atacar las limitaciones naturales del adversario (su inteligencia, su humor, su f&iacute;sico, etc&eacute;tera), ni consentir que nos asalten por un frente tan alejado de nuestra voluntad. Los conocimientos, en la medida en que su adquisici&oacute;n depende del esfuerzo de cada cual, deben delimitar el campo de juego. No embista a las personas (no recurra a los argumentos <em>ad hominem</em>), enrede con sus ideas. Y deje de regatear la excelencia en el decir y el pensar de los dem&aacute;s cuando es de ley reconocerla.
    </p><p class="article-text">
        2) Es una gran ventaja saber que las ideas que revolotean en nuestra mente son casi como seres vivos: nacen, crecen, algunas se reproducen, y mueren. Por tanto, aquel que jura amor inmortal a una idea acaba desprendiendo hedor conceptual tarde o temprano. Sea fiel a pensar y disfrutar&aacute; siendo infiel a las ideas.
    </p><p class="article-text">
        3) El que considera que (y act&uacute;a como si) las discusiones debieran vencerse es un tipo infame. Al&eacute;jese de &eacute;l. Conceder, convenir, condescender, consentir, y todo verbo de similar pelaje que se le ocurra, son de imprescindible conocimiento y ejecuci&oacute;n si quiere forjar, fortalecer y conservar amistades tras un intercambio de palabras. De nada sirve guerrear como si se fuese a conquistar un pa&iacute;s ni llevar la contraria por deporte, aunque a veces tiene su gracia.
    </p><p class="article-text">
        4) En un debate es el bien de m&aacute;s alto valor desatar hostilidades contra la seriedad, ya sea propia o ajena. Los que se emboscan tras la gravedad y la circunspecci&oacute;n no suelen ser m&aacute;s que bribones que se sirven de su recia fachada para oscurecer el lamentable andamiaje de sus ideas. Si precisa de un arma de puntiagudo talante, siempre presta para pinchar sin necesidad de cortar, avitu&aacute;llese de humor y disp&eacute;nselo con moderaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tengo la sensaci&oacute;n de que s&oacute;lo aplico estos consejos cuando discuto conmigo mismo. Pero por algo se empieza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jorge Villasol]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/discutir_132_2318398.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Dec 2015 06:00:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Discutir]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Jorge Villasol]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
