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    <title><![CDATA[elDiario.es - Historias del coronavirus]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Historias del coronavirus]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La agridulce alta de Eduardo tras dos años ingresado por COVID: “No quería salir porque ya no tengo nada fuera”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/recibe-alta-anos-ingresado-covid-no-queria-salir-no-fuera-eduardo-lozano_1_8973207.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e8383de6-09db-43f3-bbf3-80f297dd8278_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1112y127.jpg" width="1200" height="675" alt="La agridulce alta de Eduardo tras dos años ingresado por COVID: “No quería salir porque ya no tengo nada fuera”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eduardo Lozano fue ingresado el 22 de marzo de 2020 y, después de veintiséis meses, ha recibido el alta, pero lo que para muchos sería una alegría sin matices para este taxista barcelonés supone retomar una vida que se quedó en pausa</p></div><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de m&aacute;s de dos a&ntilde;os de ingreso debido al COVID, dos meses en coma, decenas de pruebas y cicatrices que marcan su cuerpo despu&eacute;s del periplo, <a href="https://www.eldiario.es/catalunya/eduardo-lozano-anos-ingresado-culpa-covid-19-da-miedo-volver-casa_1_8898546.amp.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Eduardo Lozano</a> ha salido del hospital. En la puerta le ha esperado Lu&iacute;s, un amigo con el que comparte la profesi&oacute;n de taxista e innumerables viajes a sus espaldas. El Caribe, Marruecos o Tailandia son algunas de las traves&iacute;as que han hecho juntos. Y la tarde del viernes hicieron otra m&aacute;s, la que llevar&iacute;a a Eduardo a casa. &ldquo;Esta noche ha sido la primera en dos a&ntilde;os que he dormido del tir&oacute;n. Y mira que suelo ponerme muy nervioso antes de los viajes&rdquo;, bromea.
    </p><p class="article-text">
        Ha salido por la puerta del hospital sociosanitario Duran i Reynals a primera hora de la tarde y todo el centro ha querido despedirse de &eacute;l. Y no es para menos: se ha convertido en una persona muy conocida en el hospital despu&eacute;s de pasar m&aacute;s de dos a&ntilde;os en una habitaci&oacute;n a la cual, en algunos momentos durante la conversaci&oacute;n, por un lapsus se refiere como &ldquo;casa&rdquo;. Tenemos una larga conversaci&oacute;n en la puerta del hospital y, a los pocos segundos de subirse al taxi, pide a Lu&iacute;s que se detenga. &ldquo;Espera, que voy a decir adi&oacute;s a los de seguridad tambi&eacute;n&rdquo;. Parece casi como si Eduardo estuviera retrasando la separaci&oacute;n con el hospital. Y casi es as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Llevo tanto tiempo aqu&iacute; que no quer&iacute;a salir, porque ya no tengo nada fuera&rdquo;, reconoce Eduardo, mientras sigue con la mirada la silueta del hospital, que se va recortando a la distancia. Debido a las secuelas que le ha dejado el coronavirus, se le ha dado la incapacidad total y no volver&aacute; a trabajar nunca. Adem&aacute;s, tampoco le esperan ni mujer, ni hijos, ni padres. &ldquo;Solo tengo amigos, que me quieren y me han venido a visitar, pero aun as&iacute; me siento solo&rdquo;, explica Eduardo, quien reconoce haber estado toda la vida solo, pero ahora es diferente. &ldquo;&iquest;Y si me caigo? &iquest;Qu&eacute; pasa con las tareas que ya no podr&eacute; hacer?&rdquo;, se pregunta preocupado.
    </p><p class="article-text">
        Son muchas las cosas que van a cambiar ahora que deja el hospital, donde no ten&iacute;a que preocuparse de vender su licencia de taxi, de moverse por la ciudad con un andador o de no poder ir al s&uacute;per a hacer la compra con normalidad. De hecho, los m&eacute;dicos le han dicho que no puede vivir solo, as&iacute; que su hogar ser&aacute; el piso de Pilar, una amiga que conoci&oacute; de ni&ntilde;o en su pueblo y con la que volvi&oacute; a tener contacto ya de adulto. &ldquo;Est&aacute; m&aacute;s contenta ella de verme que yo de salir. Es una buena amiga... Aunque yo querr&iacute;a otro tipo de amiga&rdquo;, bromea.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Eduardo Lozano cuenta su periplo hospitalario con uno de los perros de Pilar en la falda.                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">Una nueva vida marcada por la COVID</h3><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s poner la llave en la cerradura, se empiezan a o&iacute;r los ladridos chillones de Lucas y Nina, los dos chihuahuas de Pilar. Y a Eduardo se le cae la baba. Todav&iacute;a no da el primer paso dentro de la casa, que ya se agacha, apoyado en su andador, para acariciar la cabeza de los perros, que saltan a su encuentro y le lamen sin parar las manos. &ldquo;&iquest;Os acord&aacute;is de m&iacute;?&rdquo;. Esa es una pregunta que no deja de hacer durante toda la tarde, mientras los canes se acurrucan en su falda. &ldquo;Me daba mucho miedo que no me reconocieran. Es que verlos es de las cosas que m&aacute;s ilusi&oacute;n me hac&iacute;a de salir&rdquo;, reconoce Eduardo, que ya tiene ganas de sacarlos a la calle.
    </p><p class="article-text">
        Esos paseos con Lucas y Nina son de las pocas cosas que Eduardo tiene claro que formar&aacute;n parte de su d&iacute;a a d&iacute;a. &ldquo;No s&eacute; qu&eacute; har&eacute; ma&ntilde;ana. Ir a comprar, supongo&rdquo;, dice, dubitativo. Ante &eacute;l se abre un mundo de posibilidades y, a su vez, limitaciones que ponen barreras a los sue&ntilde;os y expectativas que ten&iacute;a antes de que su vida se parara por la COVID. Una de las pasiones que ha perdido es la conducci&oacute;n: adem&aacute;s de la incapacitaci&oacute;n, tambi&eacute;n le han retirado el carnet de conducir. Y, a pesar de que los m&eacute;dicos le han dicho que es posible que lo recupere, no las tiene todas consigo. &ldquo;Con lo que a ti te gustaba conducir&rdquo;, se lamenta Pilar.
    </p><p class="article-text">
        Pero el cuerpo de Eduardo ha cambiado, y tambi&eacute;n lo ha hecho la ciudad que tanto conoc&iacute;a. Y es que, de camino a casa de Pilar, este extaxista se ha confundido diversas veces con las indicaciones. &ldquo;&iquest;C&oacute;mo que no se puede girar? Hace dos a&ntilde;os esta calle era del otro sentido&rdquo;, se queja, mientras mira por la ventanilla esas calles que se sab&iacute;a de memoria. Otra de las cosas que, de momento, se van a quedar en el caj&oacute;n son los viajes. Se qued&oacute; con muchas ganas de ir a Islandia, pero &ldquo;me lo tomar&eacute; con calma. &iquest;D&oacute;nde voy yo con andador y muleta? &iquest;Y si me caigo por un barranco?&rdquo;, se pregunta, entre risas. &ldquo;No tengo prisa. Lo menos importante ahora es viajar&rdquo;. Y &iquest;qu&eacute; es lo m&aacute;s importante?. &ldquo;No lo s&eacute;... &iexcl;Comerme unas costillas de cordero!&rdquo;, exclama.
    </p><p class="article-text">
        Y es que, aunque dice que la comida del hospital no era mala del todo, despu&eacute;s de dos a&ntilde;os ya estaba harto. &ldquo;Ayer me trajeron ese pescado que te dan, que lo doblan porque no cabe en el plato, y no pod&iacute;a ni verlo&rdquo;, reconoce. Comer, pasear, volver a ver a sus amigos y una lista interminable de recados ocupar&aacute;n los primeros d&iacute;as en libertad de Eduardo, pero todav&iacute;a no se librar&aacute; de los m&eacute;dicos, puesto que tiene que seguir haciendo rehabilitaci&oacute;n para recuperar toda la masa muscular perdida y resolver otras secuelas que le ha dejado la COVID.
    </p><p class="article-text">
        El rostro de Eduardo est&aacute; surcado de cicatrices que dejan el recuerdo eterno de las mascarillas y las intubaciones y las llagas marcan sus rodillas debido a estar meses acostado boca abajo durante el coma. Pero, adem&aacute;s, su diabetes ha empeorado, su capacidad pulmonar ha disminuido y otras partes de su cuerpo, como la vista, la dentadura o el h&iacute;gado, se han resentido por la larga hospitalizaci&oacute;n. &ldquo;Tienes que cuidarte. Tienes que ir al CAP a que te miren. &iexcl;Comparado con antes, ahora est&aacute;s fatal!&rdquo;, le reprime Pilar, desde la confianza de la amistad.
    </p><p class="article-text">
        Pero Eduardo tiene claro que, aunque &ldquo;solo tengo palabras de agradecimiento para los sanitarios, ojal&aacute; no vuelva a pisar un m&eacute;dico&rdquo;, dice cuando, de repente, se percata de que todav&iacute;a lleva puesta la pulsera del hospital. Ahora ya se la puede quitar, despu&eacute;s de veintis&eacute;is meses. Pero aun as&iacute; no lo hace. &ldquo;Ya me he acostumbrado. Ya me la quitar&eacute;&rdquo;, murmura mientras la acaricia y le da vueltas alrededor de su mu&ntilde;eca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sandra Vicente]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/recibe-alta-anos-ingresado-covid-no-queria-salir-no-fuera-eduardo-lozano_1_8973207.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2022 21:12:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La agridulce alta de Eduardo tras dos años ingresado por COVID: “No quería salir porque ya no tengo nada fuera”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Covid-19,Coronavirus,Catalunya,Barcelona]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi triple salto mortal de la pandemia: alzheimer, coronavirus y confinamiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/triple-salto-mortal-pandemia-alzheimer-coronavirus-confinamiento_132_6086053.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e3584b0c-5f06-4ec1-a70c-7af74eba2836_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi triple salto mortal de la pandemia: alzheimer, coronavirus y confinamiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mi muerta con nombre pero sin recuerdos se llamaba Maruja Mata, tenía 83 años y me regaló, hace años, algo muy valioso: me enseñó a leer</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Todos los muertos tienen nombre, apellidos y una historia; y cuando digo todos me refiero tambi&eacute;n a los que ni siquiera recuerdan el suyo. Mi muerta con nombre pero sin recuerdos se llamaba Maruja Mata, ten&iacute;a 83 a&ntilde;os y me regal&oacute;, hace a&ntilde;os, algo muy valioso: me ense&ntilde;&oacute; a leer. Se ha ido como otras tantas v&iacute;ctimas del coronavirus, en un triple salto mortal de silencio, y yo no pude despedirme de ella, tan solo plasmar apenas una <a href="https://www.elnortedecastilla.es/valladolid/sonrisa-eterna-enseno-20200526071401-nt.html?vca=dgtk-rrss-enc&amp;vso=fb&amp;vmc=social&amp;_tcode=OXM3bHcx" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">semblanza</a> en su peri&oacute;dico favorito. Contar aqu&iacute; su historia es un intento de que las palabras aporten algo de luz en su tristemente compartido limbo.
    </p><p class="article-text">
        Durante los d&iacute;as de su enfermedad y del confinamiento me pregunt&eacute; cu&aacute;ndo nos morimos en realidad: &iquest;el d&iacute;a exacto del certificado de defunci&oacute;n o el d&iacute;a en que dejamos de existir socialmente? &iquest;Cu&aacute;ntas muertes hay en una muerte? &iquest;Qu&eacute; muerte es m&aacute;s cierta: la de la fecha final o la del tiempo en que un ser deja de hablar, de comunicarse, de opinar, de ser un ciudadano con cierto valor social? Todas estas preguntas responden a un circunloquio amable en torno al Alzheimer y al amplio cat&aacute;logo de enfermedades neurodegenerativas: en este mundo hay m&aacute;s de 50 millones de personas que viven en este limbo de ser y no ser al mismo tiempo, transitando por un espacio incierto en el que los cuidados, la dependencia, las previsiones y la cotidianeidad naufragan inexorablemente. Su estado es un limbo entre la vida y la muerte que alg&uacute;n d&iacute;a puede tocarnos muy de cerca de cerca: hoy es una t&iacute;a, ma&ntilde;ana puede ser tu padre, dentro de unos a&ntilde;os, tu pareja, o incluso t&uacute; mismo. &iquest;Cu&aacute;ntos de nosotros olvidaremos nuestro nombre, nuestra historia y nuestros amores? &iquest;Cu&aacute;ntos pasaremos a engrosar esa inmensa cifra y seremos un relato sin voz entre millones?
    </p><p class="article-text">
        El coronavirus se ha encargado de acercarnos a este limbo de un plumazo: la cifra de ancianos muertos es escalofriante (una bofetada, un pu&ntilde;etazo, un dolor insoportable). Contabilizadas o no contabilizadas, se trata por igual de un aluvi&oacute;n repugnante de cifras que deber&iacute;a provocar verg&uuml;enza, y miedo, y rabia. Entre esos insoportables n&uacute;meros, cu&aacute;ntos de ellos habr&aacute;n acarreado una triple enfermedad: la neurol&oacute;gica, la f&iacute;sica y ahora la pandemia. 
    </p><p class="article-text">
        Para todos aquellos enfermos de Alzheimer aquejados de la Covid-19, muchos de ellos seguramente ingresados en residencias de ancianos porque sus familiares no pueden acarrear el pesado fardo de unos cuidados que exigen dedicaci&oacute;n completa, esta situaci&oacute;n es el triple salto mortal con pirueta del acr&oacute;bata, o un bucle interminable que recoge todos los tipos posibles de muerte: la social, la mental y finalmente, la f&iacute;sica. Cuando llegue la partida de defunci&oacute;n, la fecha no tendr&aacute; importancia porque hace ya tiempo que ellos y ellas est&aacute;n muertos.
    </p><p class="article-text">
        Los enfermos de Alzheimer se integran en todo lo que no se narra, lo que no es noticia, lo que ocurre en un mundo secreto donde no llegan los medios de comunicaci&oacute;n, las redes sociales ni la opini&oacute;n, en la peque&ntilde;ez de las habitaciones, en la intimidad de las almohadas, en las paredes fr&iacute;as y en los portales que se cierran cada tarde. Y este confinamiento que ha convertido 2020 en el a&ntilde;o de nuestras pesadillas es un tiempo propicio para ver esas peque&ntilde;eces poco visibles que articulan nuestras vidas. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando comenz&oacute; esta pesadilla (esta guerra nuestra de consecuencias imprevistas en forma de pandemia global), le&iacute; conmovida el <a href="https://twitter.com/DiegoFonsecaDF/status/1240012415577862148" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">twitter</a> del escritor Diego Fonseca en que contaba que una anciana jud&iacute;a le hab&iacute;a dicho que el planeta estaba realizando un &lsquo;spring cleaning&rsquo;, es decir, aireando el espacio y tirando fuera todo lo que no necesita para recibir el buen tiempo. O lo que es lo mismo, deshaci&eacute;ndose de los ancianos, lo que le sobra, lo que ya no resulta &uacute;til. Cada d&iacute;a de estos tres meses marcados por el coronavirus he pensado en esa imagen: alguien ha decidido limpiar este planeta y lo ha hecho de la peor manera posible. Y este dolor insoportable me acompa&ntilde;ar&aacute; ya el resto de mi vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Gómez Mata]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/triple-salto-mortal-pandemia-alzheimer-coronavirus-confinamiento_132_6086053.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Jul 2020 20:36:17 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Mi historia como paciente en el hospital de campaña de Ifema]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historia-experiencia-ifema_132_6073723.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3dcc861d-30bb-46d9-b17e-029c6baa5f17_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi historia como paciente en el hospital de campaña de Ifema"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La primera impresión es extraña, no sabes ni cómo calificarlo: es raro, una nave con camas, personas con trajes (EPI) que parecen marcianos</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Quisiera contar todas las experiencias y pensamientos que he vivido durante 28 d&iacute;as ingresada en el hospital de campa&ntilde;a de Ifema. Y en ello estoy, en c&oacute;mo sacar a la luz esos sentimientos que pasan por mi cabeza: el miedo, la esperanza, la incertidumbre, la empat&iacute;a con tus compa&ntilde;eros y con el personal sanitario.
    </p><p class="article-text">
        De repente un fin de semana tu cuerpo te da se&ntilde;ales de que algo no va bien y piensas que aunque Juani (la madre de la novia de mi hijo) empez&oacute; con los mismos s&iacute;ntomas, t&uacute; no vas a tenerlo y te dices: &ldquo;no, eso no va a ser&rdquo;. Pasas la semana &ldquo;maltirando&rdquo; y trabajando, cada vez con un nuevo s&iacute;ntoma de que algo no es normal. Entonces llega el &ldquo;l&iacute;o&rdquo;, un domingo a mediod&iacute;a acabas en urgencias. A pesar del caos, te hacen todas las pruebas, incluido el test de la Covid-19. Esa noche la pasas en urgencias sentada en una silla, rodeada de mucha gente enferma y ya con ox&iacute;geno y un primer diagn&oacute;stico: &ldquo;neumon&iacute;a bilateral&rdquo;. A la ma&ntilde;ana siguiente, te confirman el positivo del test.
    </p><p class="article-text">
        Tienes el &ldquo;honor&rdquo; de ser una de las primeras enfermas en &ldquo;inaugurar&rdquo; el hospital de campa&ntilde;a de Ifema. La primera impresi&oacute;n es extra&ntilde;a, no sabes ni como calificarlo: es raro, una nave con camas, personas con trajes (EPI) que parecen marcianos. Con los d&iacute;as, esos EPI se les hacen m&aacute;s llevaderos, aunque siguen pasando mucho calor.
    </p><p class="article-text">
        Estando all&iacute;, lo &uacute;nico que ves es que te han asignado una cama, eso ya es un logro. En este pabell&oacute;n, el n&uacute;mero 5, lo peor es que el ox&iacute;geno que te ponen en &ldquo;balas&rdquo; (as&iacute; lo llaman ellos), ya que no se controla igual y a veces te puedes quedar sin &eacute;l. Pasas una semana en la que no sabes si vas o vienes y de repente un d&iacute;a llega un susto, porque no est&aacute;s bien y valoran la posibilidad de ingresarte en la UCI, pero al final eso no sucede.
    </p><p class="article-text">
        Otro d&iacute;a te cambian de pabell&oacute;n y te llevan al n&uacute;mero 7. Aqu&iacute; est&aacute;s mejor, ya que puedes hablar con las compa&ntilde;eras y el ox&iacute;geno, eso tan principal para vivir, lo tienes en la cabecera de la cama. Adem&aacute;s, tienes un enchufe para poder cargar el tel&eacute;fono m&oacute;vil (gracias a &eacute;l sobrevives mejor).
    </p><p class="article-text">
        Empiezas a evolucionar favorablemente y te vas encontrando algo mejor y entonces te das cuenta de lo que valen los peque&ntilde;os detalles. Un d&iacute;a en la bandeja de la comida hay una carta de un ni&ntilde;o, en la cual hay palabras de &aacute;nimo -&ldquo;saldr&aacute;s de esta&rdquo;- y un dibujo de un dinosaurio. Una tarde aparece el personal del SAMUR y te regalan tulipanes y otra tarde te traen regalos del supermercado (corta&uacute;&ntilde;as, mantas, esponjas, zapatillas&hellip;), &iexcl;c&oacute;mo se aprecian todas esas cosas cuando llevas d&iacute;as sin ellas! Pero sin duda lo mejor de esos d&iacute;as es tener tu tel&eacute;fono &ldquo;inundado&rdquo; de whatsapps con mensajes, v&iacute;deos, frases de &aacute;nimo&hellip;de gente demostrando que te aprecian, &iexcl;qu&eacute; narices! Que te quieren, lo mismo que t&uacute; a ellos.
    </p><p class="article-text">
        La mejor&iacute;a parece como una monta&ntilde;a rusa y entonces llega el cambio al pabell&oacute;n n&uacute;mero 9. Ah&iacute; tienes nuevos m&eacute;dicos y llega otro susto, porque como no mejoras te realizan otras pruebas para descartar un posible trombo en la arteria pulmonar. Por suerte esas pruebas dan negativo y cl&iacute;nicamente est&aacute;s bien, aunque lo que est&aacute; frenando esa mejor&iacute;a es el EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva cr&oacute;nica) que t&uacute; ya ten&iacute;as de antes. Solo es cuesti&oacute;n de a&uacute;n m&aacute;s tiempo para que llegue tan ansiada mejor&iacute;a. Al fin, despu&eacute;s de 28 interminables d&iacute;as, una doctora te dice: &ldquo;hoy seguramente te damos el alta&rdquo;. Entonces tu coraz&oacute;n empieza a latir m&aacute;s r&aacute;pidamente hasta que llega la confirmaci&oacute;n y &iexcl;s&iacute;, por fin te vas a casa!
    </p><p class="article-text">
        Para salir de all&iacute; atraviesas todo Ifema, que es un largo camino, donde llegas a una sala de espera y cuando te mandan sentarte por fin ves a tu hijo, &iexcl;qu&eacute; dif&iacute;cil es no poder abrazarlo y com&eacute;rtelo a besos! S&oacute;lo sabes decir: &ldquo;&iexcl;hijo, hijo!&rdquo; Y &eacute;l decir: &ldquo;&iexcl;mam&aacute;, mam&aacute;!&rdquo;. Por fin llegas a casa y ves a tu marido, a tu hija y a tu perro y te pones a llorar.
    </p><p class="article-text">
        No he contado en ning&uacute;n momento, porque quer&iacute;a dejarlo para el final, la labor tan impresionante que est&aacute;n haciendo todos los profesionales (m&eacute;dicos, enfermeras, auxiliares de enfermer&iacute;a, celadores, personal de limpieza y voluntarios) que all&iacute; est&aacute;n salvando vidas. Les dej&eacute; una nota d&aacute;ndoles las gracias, pero creo que nunca ser&aacute; bastante este agradecimiento y siempre los llevar&eacute; en mi coraz&oacute;n, puesto que todos ellos me han tratado con mucho cari&ntilde;o y me han ayudado a salir de esto.
    </p><p class="article-text">
        &iexcl;Maldito Covid-19, te has llevado la vida de muchas personas! Esto va dedicado a mi familia, porque sin su apoyo no lo hubiera superado. Gracias a la fe y al optimismo de mi marido creyendo en que yo podr&iacute;a superar esto, al apoyo y al cari&ntilde;o de mis hijos (espero que alg&uacute;n d&iacute;a se les olvide los sustos que les di). 
    </p><p class="article-text">
        P.D. Tengo nuevas amigas del Ifema, entre las que se encuentran Mercedes, Susi e Aicha.
    </p><p class="article-text">
        Fdo. La paciente del pabell&oacute;n n&uacute;mero 5, cama 19; del pabell&oacute;n n&uacute;mero 7, cama 37 y del pabell&oacute;n n&uacute;mero 9, cama 2.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María del Mar Pérez Juez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historia-experiencia-ifema_132_6073723.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Jul 2020 20:38:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi historia como paciente en el hospital de campaña de Ifema]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La tesis y la investigación no entienden de cuarentenas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/tesis-investigacion-entienden-cuarentenas_132_6060912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9b0de4c1-7917-41ba-909b-64b3f202f13f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La tesis y la investigación no entienden de cuarentenas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Durante la pandemia, igual que el personal sanitario y otros sectores esenciales se han convertido en héroes, la investigación se ha convertido en esencial.</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; tal va la tesis?&rdquo; La peor pregunta que puedes hacerle a alguien que est&aacute; haciendo un doctorado ha quedado en un segundo plano durante los meses de confinamiento, para dar paso a otra m&aacute;s importante: &ldquo;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero durante la cuarentena, la tesis no nos ha abandonado. Las primeras semanas de confinamiento se le&iacute;an bromas en Twitter sobre cu&aacute;nto trabajo iban a tener los revisores de revistas acad&eacute;micas porque investigadores e investigadoras, encerrados en sus casas, no iban a tener otra cosa que hacer que escribir art&iacute;culos. La conciliaci&oacute;n familiar y las relaciones y tareas del hogar no se contemplaban aqu&iacute;. Tampoco la posibilidad de que durante esas semanas algunas personas necesitaran priorizar su bienestar f&iacute;sico y mental ante la situaci&oacute;n que se nos ven&iacute;a encima. Tambi&eacute;n es verdad que entonces pens&aacute;bamos que el confinamiento no durar&iacute;a tanto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vamos a preparar tareas hasta las vacaciones de Semana Santa para que tengan algo que hacer hasta entonces&rdquo;. Algunas personas, a la vez que realizamos la tesis doctoral, si tenemos la suerte de tener un contrato, tenemos obligaciones docentes, y como todo el mundo dedicado a la educaci&oacute;n, hemos tenido que improvisar sobre la marcha. Esas semanas de tareas se han acabado convirtiendo en todo un plan de adaptaci&oacute;n a la docencia no presencial que abarcara hasta final de curso, evaluaci&oacute;n extraordinaria incluida. El personal investigador en formaci&oacute;n, que estamos, justamente, form&aacute;ndonos, hemos pasado de gatear a correr. Y eso, quienes tenemos suerte y compartimos docencia con profesorado que realmente se coordina y se implica en nuestro proceso formativo. Hay compa&ntilde;eros/as con encargos de asignaturas enteras (algo, en teor&iacute;a, no permitido) que a estas alturas estar&aacute;n saltando con p&eacute;rtiga. Porque claro, como son tus primeros a&ntilde;os de experiencia, quieres hacerlo mejor que bien, das cada paso con cuidado y tratas de imaginar todo escenario posible que puede estar teniendo el alumnado para no dejar a nadie atr&aacute;s, aunque tambi&eacute;n sabes que siempre va a haber quien intente jug&aacute;rtela. &iquest;C&oacute;mo se consigue el equilibrio?
    </p><p class="article-text">
        Con la extensi&oacute;n del estado de alarma lleg&oacute; tambi&eacute;n cierto alivio. &ldquo;Chicas, nos congelan el plazo de dep&oacute;sito de tesis, A TODAS, hasta que termine el estado de alarma. Da igual cu&aacute;ndo sea vuestra fecha de finalizaci&oacute;n&rdquo;. Luego ha resultado que se ha reanudado a principios de junio, con la reanudaci&oacute;n de plazos administrativos, a pesar de que todav&iacute;a a d&iacute;a de hoy no podemos volver a nuestras investigaciones con normalidad, debido a las restricciones que siguen vigentes. Aun as&iacute;, tenemos que estar agradecidas ya que, en parte, estos meses, han sido un regalo extra. Eso, si est&aacute;s en mi caso, que no he tenido que ocuparme m&aacute;s que de m&iacute; misma, que el coronavirus no ha afectado a nadie cercano y que no tengo el estr&eacute;s que acarrea los &uacute;ltimos meses del doctorado, una situaci&oacute;n en la que muchas personas llegan al l&iacute;mite. El insomnio, la ansiedad, las l&aacute;grimas y la dificultad de concentraci&oacute;n son algo habitual de esta &eacute;poca. S&uacute;male a esto una pandemia, las clases online, los cuidados familiares, la conciliaci&oacute;n con otro trabajo, el pensar en poder llegar a fin de mes, pelearte con extranjer&iacute;a por asegurar tu situaci&oacute;n aqu&iacute;, la preocupaci&oacute;n ante tus seres queridos&hellip; pero yo no me puedo quejar &ldquo;estoy contenta porque he podido avanzar con la tesis&rdquo;. Y la verdad, incluso me ha ayudado a mantener la tan aclamada rutina. Tambi&eacute;n tengo suerte porque todo esto me ha pillado en casa, donde tengo un despacho con orientaci&oacute;n sur. Otras compa&ntilde;eras/os han tenido que interrumpir sus estancias en el extranjero (necesarias para la menci&oacute;n internacional y para una mayor proyecci&oacute;n acad&eacute;mica). En mi caso, solo he tenido que cancelar una estancia programada para este verano, que estoy intentando posponer.
    </p><p class="article-text">
        Durante la pandemia, igual que el personal sanitario y otros sectores esenciales se han convertido en h&eacute;roes, la investigaci&oacute;n se ha convertido en esencial. La ciencia y la investigaci&oacute;n nos salvar&aacute;n. Pero estos siguen siendo &aacute;mbitos precarios, donde se enlazan contratos temporales durante largos periodos, para los que hay una competitividad tremenda. A d&iacute;a de hoy, la &uacute;nica medida tomada por el Gobierno en este sentido es prorrogar los contratos que finalicen antes del 2 de abril de 2021. Pero el confinamiento ha afectado y ralentizado TODAS nuestras investigaciones. De nuevo, en mi caso, no es tan importante, ya que mi tesis es del &aacute;mbito de las Humanidades, pero bueno, eso nunca ha salvado a nadie. Aunque las Artes y Humanidades bien que nos han aportado espacios de alivio durante estos meses. Trabajo sobre literatura, pero total en cuanto nos han dejado salir nos hemos olvidado de c&oacute;mo los libros nos han salvado durante el confinamiento.
    </p><p class="article-text">
        Ahora que lo importante es la desescalada y la nueva normalidad, sabemos casi todo sobre las nuevas normas para el turismo, la hosteler&iacute;a, el f&uacute;tbol, el ocio&hellip; pero sabemos muy poco sobre c&oacute;mo se va a volver el pr&oacute;ximo curso escolar. En todos los niveles: infantil, primaria, secundaria, universidad&hellip; Quiz&aacute;s, como sociedad, deber&iacute;amos hac&eacute;rnoslo mirar. Pero total, eso de las reflexiones profundas ha quedado atr&aacute;s, como tantas otras cosas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana González Navarro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/tesis-investigacion-entienden-cuarentenas_132_6060912.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jul 2020 20:13:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La tesis y la investigación no entienden de cuarentenas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Soy educadora infantil y me pregunto cómo será dar confianza y cariño a niños y niñas con distancia personal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/volver-escuela-infantil_132_6073708.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/70303c45-12af-47d6-bbb7-8bfd20a4abb0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soy educadora infantil y me pregunto cómo será dar confianza y cariño a niños y niñas con distancia personal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los niños pequeños en el aula están muy pendientes de los gestos, de la mirada, de los ojos que le dan tanta confianza, del tono de voz de su educadora. Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Este mi&eacute;rcoles 1 de julio volv&iacute;an los ni&ntilde;os a las escuelas infantiles p&uacute;blicas de Madrid. Lo hacen los que tienen entre cero y tres a&ntilde;os, los m&aacute;s peque&ntilde;os del sistema educativo espa&ntilde;ol. Volver&aacute;n porque sus padres y madres necesitan ir a trabajar o porque las escuelas infantiles abren siempre en el mes de julio para aquellas familias que lo necesiten.
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as, en julio, vienen fundamentalmente a jugar, porque el curso escolar propiamente dicho, el programado, con sus actividades educativas, sus informes y sus evaluaciones, ha acabado a la vez que para los ni&ntilde;os mayores.
    </p><p class="article-text">
        Durante ese tiempo ser&aacute;n atendidos por las educadoras y educadores que conocieron antes del confinamiento. Atendidos quiere decir muchas cosas, quiere decir animarles a entrar, entretenerles, cambiarles, llevarles a hacer pis, darles de comer, cambiarles de ropa cuando hace falta, acostarles y levantarles, ponerles los zapatos y conforme se van haciendo mayorcitos, animarles continuamente a hacer estas actividades de forma cada vez m&aacute;s aut&oacute;noma.
    </p><p class="article-text">
        Porque ese es uno de los objetivos de la educaci&oacute;n infantil, fomentar la autonom&iacute;a y con ello, conseguir la felicidad que sienten los peque&ntilde;os cuando ven que pueden hacer las cosas sin depender de los dem&aacute;s. Solo as&iacute; se consigue que tengan la seguridad en s&iacute; mismos necesaria para salir al mundo con herramientas para empezar a vivir abiertos al conocimiento. Esto es lo que intentamos conseguir los educadores y educadoras infantiles, utilizando nuestra profesionalidad, nuestra experiencia de a&ntilde;os trabajando con los m&aacute;s peque&ntilde;os, nuestra paciencia, nuestra empat&iacute;a, nuestra comprensi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cuando conocemos a un ni&ntilde;o, sabemos c&oacute;mo hablarle, cu&aacute;ndo sonre&iacute;rle, cu&aacute;ndo ponerle l&iacute;mites, cu&aacute;ndo abrazarle y cu&aacute;ndo darle alas. En definitiva, c&oacute;mo establecer esos primeros v&iacute;nculos que comenzar&aacute;n a definir la persona adulta que ser&aacute; en un futuro.
    </p><p class="article-text">
        A nivel general, la sociedad sabe poco de esta profesi&oacute;n, por eso escribo estas l&iacute;neas. Hay tanto cari&ntilde;o circulando de los educadores a los ni&ntilde;os y de los ni&ntilde;os a los educadores, que el ambiente llega a ser m&aacute;gico. Esta magia hace posible que el peque&ntilde;o t&iacute;tere que yo manejo les parezca que tiene vida propia, que el cuento que escuchan les haga identificarse con el personaje del que luego hablaran en su casa, que el bailecito que disfrutamos entre todos les produzca tal felicidad, que se dejan caer al suelo cuando acaba, riendo sin parar.
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os peque&ntilde;os en el aula est&aacute;n muy pendientes de los gestos, de la mirada, de los ojos que le dan tanta confianza, del tono de voz de su educadora. Necesitan saber siempre d&oacute;nde estoy para sentirse seguros, ya que su familia no est&aacute;. Saben que mi mano siempre est&aacute; disponible para ser agarrada.
    </p><p class="article-text">
        Normalmente, los educadores circulamos por el aula con un s&eacute;quito de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as requiriendo nuestra atenci&oacute;n: uno pide agua, otra pide ayuda, otro consuelo, otra calmar su rabia. Y as&iacute; aprenden que esperando un poquito, todos ser&aacute;n atendidos.
    </p><p class="article-text">
        Este mes de julio, vamos a trabajar en lo nuestro, como cualquier mes de julio. Eso s&iacute;, con mascarilla, gafas de protecci&oacute;n, careta transparente y guantes, incluso con bata protectora y, por supuesto, intentando mantener la distancia de seguridad. Me pregunto c&oacute;mo ser&aacute; hacer el trabajo del que les he hablado en esas condiciones, c&oacute;mo conseguir que identifiquen mis miradas y mis gestos de complicidad y c&oacute;mo consolar a una criatura evitando acercarme.
    </p><p class="article-text">
        C&oacute;mo decirle el primer d&iacute;a, despu&eacute;s de m&aacute;s de tres meses: &ldquo;Ven aqu&iacute;, m&iacute;rame a los ojos (que es lo &uacute;nico que puedes ver de m&iacute;) y comprueba que soy la misma&rdquo;. Probar&eacute; a ense&ntilde;arle a distancia el t&iacute;tere que tanto le gustaba y pondr&eacute; su voz de mu&ntilde;eco travieso, a ver si consigo que recuerde, que una el presente, a sus vivencias anteriores al mes de marzo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy m&aacute;s que nunca pienso en aquello que nunca hay que olvidar a la hora de educar a los peque&ntilde;os: no aprenden lo que dices, aprenden lo que haces. Si quieren, el 31 de julio, les cuento lo que hice para hacer bien mi trabajo, porque hoy a&uacute;n no lo s&eacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juana Salom Martín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/volver-escuela-infantil_132_6073708.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2020 19:58:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Soy educadora infantil y me pregunto cómo será dar confianza y cariño a niños y niñas con distancia personal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Reflexiones neurodivergentes en época de pandemia: tenía menos estrés cuando estábamos confinados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/reflexiones-neurodivergentes-epoca-pandemia_132_6060960.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/163f2b8c-fcf7-42f7-bd31-90fcf79ad024_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Reflexiones neurodivergentes en época de pandemia: tenía menos estrés cuando estábamos confinados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me doy cuenta de que cuando más sufro es cuando sé que tienen lugar eventos en los que yo no puedo participar. Cuando sé que todos están encerrados igual que yo, no sufro. Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Esta &eacute;poca, para m&iacute;, al igual que para todos, est&aacute; llena de cambios. La terrible epidemia, cuyo origen est&aacute; adem&aacute;s conectado al desastre ecol&oacute;gico perpetrado por el ser humano, hace estragos en el d&iacute;a a d&iacute;a de todos (aunque dependiendo de los recursos econ&oacute;micos, de unos m&aacute;s que de otros&hellip;).
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, y sin querer restar un &aacute;pice de gravedad a la situaci&oacute;n, observo algunas cosas en m&iacute; misma que ni siquiera me atrevo a compartir con el grueso de mi entorno (en realidad hay mucho que no comparto con el grueso de mi entorno, para qu&eacute; enga&ntilde;arnos).
    </p><p class="article-text">
        Hoy, escuchando una de las reflexiones del doctor Ernesto Rea&ntilde;o sobre las herramientas sociales autistas y c&oacute;mo se puede aprender de ellas en estos tiempos, me ha dado por pensar que, en realidad,&nbsp;no s&eacute; cu&aacute;ntas de mis necesidades sociales son reales y cu&aacute;ntas vienen motivadas por una presi&oacute;n externa no identificada.
    </p><p class="article-text">
        Para empezar, creo que nunca me he sentido m&aacute;s sola que cuando estoy rodeada de mucha gente que comparte c&oacute;digos en los que yo no estoy incluida &ndash;&iquest;acaso no hay un confinamiento en eso?&ndash; y por otra parte, en esta &eacute;poca en la que todos compartimos una situaci&oacute;n de emergencia yo me siento m&aacute;s cerca de la humanidad (suena raro, lo s&eacute;). Siento que por fin hacemos algo juntos, que compartimos una circunstancia profunda y relevante en la que nos conectamos. Conexi&oacute;n. Eso que yo tanto necesito.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conexi&oacute;n con los dem&aacute;s, por las dudas.
    </p><h3 class="article-text">La(s) comunicaci&oacute;n(es)</h3><p class="article-text">
        Por fin he sentido que muchos de quienes habitualmente te hablan desde la frialdad/frivolidad de su rueda cotidiana son capaces de hablarte desde el coraz&oacute;n, con sinceridad y sin todos los accesorios del filtro social. Debo de tener una comunicaci&oacute;n un poco apocal&iacute;ptica o pand&eacute;mica, entonces. O simplemente, directa, expl&iacute;cita y autista. Necesitada de que nos despojemos de nuestras corazas, esas (malditas) corazas que nos iban a salvar la vida. Y sin embargo, a pesar de esta reci&eacute;n descubierta conexi&oacute;n, te das cuenta de que vivimos las pandemias de modos tan diferentes.
    </p><h3 class="article-text">Cuando eres &ldquo;el raro&rdquo; al que no le incomoda Zoom</h3><p class="article-text">
        Por otro lado, est&aacute; la incomodidad neurot&iacute;pica con los medios de comunicaci&oacute;n virtuales. Las continuas quejas y falta de habilidades para la lectura de emociones del otro en ese medio monopolizan las conversaciones a menudo y me suelen llevar a poner cara de p&oacute;quer. El motivo es que yo siento exactamente las mismas dificultades <em>online</em> que <em>offline.</em> La &uacute;nica diferencia es que <em>online</em> puedo tomarme la distancia emocional y f&iacute;sica que necesito para relacionarme con el otro, para que no agote todas mis reservas de energ&iacute;a de un plumazo. Esto, sobre todo cuando se trata de grupos, es s&uacute;per &uacute;til.
    </p><h3 class="article-text">Los lamentos a causa de la falta de proximidad f&iacute;sica</h3><p class="article-text">
        Yo, lejos de huir del contacto, con un perfil en este sentido que ser&iacute;a algo as&iacute; como &ldquo;buscadora sensorial infatigable&rdquo;, reconozco que tengo sentimientos encontrados respecto a estas quejas. &iquest;Tocarnos, vernos? S&iacute;, claro que lo echo de menos. Pero de un modo que la mayor&iacute;a de las personas no puede ni empezar a sospechar. Para m&iacute; el tacto es algo casi sagrado. Con mirar a los ojos me pasa casi lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;qu&eacute; echamos de menos? &iquest;Vernos un ratito, en plan 'hola y adi&oacute;s', o sentir la presencia del otro, su humanidad entera y conectarnos profundamente? Porque yo, lo segundo, ya lo echaba de menos antes de la pandemia. Lo que muchas personas neurot&iacute;picas no parecen saber es que la comunicaci&oacute;n presencial, para m&iacute; y para otras personas como yo, es intensa, profunda como un oc&eacute;ano compartido, y algo de lo que podemos disfrutar y en lo que sumergirnos con mil matices&hellip; cuando el entorno nos lo permite.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, siento que echo de menos abrazos, pero solo algunos, que alargar&iacute;a hasta el infinito. Siento que echo much&iacute;simo de menos las miradas, pero solo algunas. Siento intensos deseos de llorar cuando pienso en lugares concretos, cuando evoco momentos hermosos o los olores de la naturaleza. Cuando constato que la vida contin&uacute;a estallando en muchos lugares, tambi&eacute;n.
    </p><h3 class="article-text">La vuelta a &ldquo;la normalidad&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Lo cierto es que me cuesta mucho desear volver a &ldquo;la normalidad&rdquo;.&nbsp;Porque buena parte de esa &ldquo;normalidad&rdquo; no me incluye.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo que me da cierto pudor reconocer en un escenario como en el que estamos, pero es lo m&aacute;s honesto porque probablemente no soy la &uacute;nica:&nbsp;tengo mucho menos estr&eacute;s desde que estamos confinados. Me he quitado de un plumazo un mont&oacute;n de aspectos que me hac&iacute;an estar al l&iacute;mite; situaciones y ambientes cero amables para m&iacute; y para mi condici&oacute;n, y no solo para m&iacute;. Tambi&eacute;n para mi reto&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Esto es id&iacute;lico, es acaso una situaci&oacute;n deseable? Pues no. Yo tambi&eacute;n echo de menos mis libertades. Y es que sentirse a salvo en medio de una pandemia mundial, es como m&iacute;nimo, para analizar tu vida un poquito.
    </p><h3 class="article-text">&iquest;C&oacute;mo es posible que en una situaci&oacute;n l&iacute;mite se pueda respirar con alivio?</h3><p class="article-text">
        Me he dado cuenta de que una buena parte del sufrimiento a veces proviene de seguir haciendo esfuerzos inconscientes por encajar. Y es que veces est&aacute; tan interiorizado que ni se ve.&nbsp;Me doy cuenta de que cuando m&aacute;s sufro es cuando s&eacute; que tienen lugar eventos en los que yo no puedo participar. Cuando s&eacute; que todos est&aacute;n encerrados igual que yo, no sufro. Hay algo de culpa y de&nbsp;sensaci&oacute;n de fracaso&nbsp;impl&iacute;cito en algo as&iacute;, es evidente.
    </p><p class="article-text">
        En el caso de los reto&ntilde;os, no creo que sea recomendable aprender que la socializaci&oacute;n es una gigantesca monta&ntilde;a de esfuerzo por encajar, por parecerte a los dem&aacute;s. Porque eso es lo que acaba ocurriendo cuando seguimos metidos en la rueda normativa de eventos, pensados por y para personas con un procesamiento del mundo diferente al nuestro.&nbsp;Por mucho que nos gusten algunas cosas, si no presentan los ajustes necesarios, simplemente no deber&iacute;an ser una opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; las cosas, me doy cuenta de que en una situaci&oacute;n de alerta mundial, no siento la presi&oacute;n por no socializar: solo echo de menos a contadas personas. A quienes adem&aacute;s siento muy presentes a trav&eacute;s de las palabras y otros puentes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el trabajo que me quede por hacer sea ese. Hacer renuncias que cuestan mucho, encontrar el delicado y dif&iacute;cil equilibrio entre pelear por la inclusi&oacute;n y aceptar los l&iacute;mites de mi propia neurolog&iacute;a. Encontrar el placer que siempre he hallado en mi propia, buscada soledad.
    </p><h3 class="article-text">Y, a pesar de todo&hellip;</h3><p class="article-text">
        Siento una fuerza reci&eacute;n descubierta en esta situaci&oacute;n l&iacute;mite que desequilibra a muchos y que yo, pese al estr&eacute;s de conjugar lo inconjugable (crianza, trabajo, incertidumbre, preocupaci&oacute;n por la salud de los seres queridos y la m&iacute;a propia, inconformismo ante el control estatal indiscriminado&hellip;), vivo con una fuerte sensaci&oacute;n de competencia. Por primera vez y desde hace mucho, me siento fuerte y capaz de asumir los cambios que vienen. Porque esos cambios vienen en un envoltorio que no me quita cosas (a nivel social me refiero), sino que obliga a la mayor&iacute;a a replantearlas. Y eso, para los inadaptados, puede ser una oportunidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Yo no soy un puzle]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/reflexiones-neurodivergentes-epoca-pandemia_132_6060960.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Jun 2020 19:26:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Reflexiones neurodivergentes en época de pandemia: tenía menos estrés cuando estábamos confinados]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Soy familia monoparental, tengo una hija de 19 meses y en mi empresa dicen que no rendimos: les invito a vivir mi día a día]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/trabajo-monoparentalidad_132_6056547.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/70555a49-c77c-4943-a172-366c7e478b96_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soy familia monoparental, tengo una hija de 19 meses y en mi empresa dicen que no rendimos: les invito a vivir mi día a día"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A las 9:30 llega la niñera y me ayuda cinco horas. No sé cuánto tiempo más podré pagar ese "extra" que empezó con mi idea de que "ante problemas extraordinarios, soluciones extraordinarias"</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Otro d&iacute;a m&aacute;s de teletrabajo en casa. El otro d&iacute;a mi jefe me escribi&oacute; un mensaje para decirme que igual me ten&iacute;a que incorporar f&iacute;sicamente el pr&oacute;ximo d&iacute;a 15 de junio. Hace dos semanas fue igual para decirme que la fecha era el 1 de junio y, mientras, hablando con el comit&eacute; de empresa, soy conocedora de que me puedo incorporar en la &uacute;ltima fecha, el 29 de junio, por motivos de conciliaci&oacute;n familiar y que, incluso, en mi caso, puedo teletrabajar hasta septiembre si as&iacute; lo solicito.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, mi jefe me ha dicho que hasta julio no tengo que ir. Le he preguntado que por qu&eacute; ese cambio pero no he recibido respuesta alguna. Est&aacute; muy bien incorporarme m&aacute;s tarde pero, sinceramente, lo que me angustia es planificar mi d&iacute;a a d&iacute;a, necesito conocer fechas para poder organizar mi vida, no pido m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Soy familia monoparental, con una ni&ntilde;a de 19 meses, y sin guarder&iacute;a hasta septiembre. En mi trabajo, perfectamente 'teletrabajable' por ser puramente de oficina, se empe&ntilde;an en un presentismo que no entiendo salvo que, seg&uacute;n mi jefe, desde que estamos en casa no rendimos, o eso dicen. Yo les invito a vivir mi d&iacute;a a d&iacute;a mientras estoy en la mayor&iacute;a de los proyectos del departamento dando el 120% otra vez m&aacute;s. Ni pagado ni agradecido.
    </p><p class="article-text">
        Me levanto a las 7:10 de la ma&ntilde;ana, o mejor dicho, me arrastro de la cama sigilosa para que mi ni&ntilde;a, que previsiblemente sobre las tres o las cuatro de la madrugada viene corriendo a mi cama, no se despierte y yo pueda teletrabajar un rato. Si todo va bien, a las ocho estoy conectada, pero no nos enga&ntilde;emos, esto es s&oacute;lo la ilusi&oacute;n con la que me despierto todos los d&iacute;as. Lo normal es que cuando me siento frente al ordenador, si no antes, la ni&ntilde;a se despierte, San Pocoy&oacute; me ayude un poco y, con suerte, yo est&eacute; sentada en mi ordenador sobre las nueve de la ma&ntilde;ana. Y hablo de las noches buenas, las malas ni las menciono, vienen en el 'pack'.
    </p><p class="article-text">
        A las 9:30 viene B. que es mi ni&ntilde;era, mi ayudante, y ya mi amiga, y me ayuda cinco horas con la ni&ntilde;a. Me encantar&iacute;a que estuviera m&aacute;s pero no puedo pagar m&aacute;s horas y, aun as&iacute;, me siento afortunada de poder tener al menos esta ayuda. Muchas familias no se lo pueden permitir. Y yo no s&eacute; cu&aacute;nto tiempo m&aacute;s podr&eacute; estar pagando ese &ldquo;extra&rdquo; que empez&oacute; con mi idea de que &ldquo;ante problemas extraordinarios, soluciones extraordinarias&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Paro para hacer la comida sobre la una, comemos y mientras yo recojo y me vuelvo a conectar, B. me deja a la ni&ntilde;a dormida (bendita siesta) y se va a las dos y media. Aprovecho a trabajar una hora, pero mientras escribo mis ojos piden 10 o 20 minutos de descanso&hellip; &iexcl;no puedo m&aacute;s! Me vuelvo a conectar, aguanto a la ni&ntilde;a hasta las 17:30h que ya reclama la merienda como si no hubiera comido. Se acab&oacute;, suspendo hasta la noche.
    </p><p class="article-text">
        La tarde es para mi hija, aunque al tener el m&oacute;vil no puedo desconectar de verdad y al final me tiro toda la tarde viendo los correos que entran. Pero, a&uacute;n as&iacute;, lo intento, mi hija necesita a su madre, tal vez m&aacute;s que nunca, porque hasta ahora ha estado sin sociabilizar y eso se nota. Aunque no sepa hablar, para ella esta situaci&oacute;n tampoco es normal.
    </p><p class="article-text">
        A las diez, con mucha suerte, consigo dormir a la enana, a veces tardo m&aacute;s, depende del d&iacute;a. Da igual, cuando se duerme me vuelvo a conectar, al menos un rato, normalmente me dan las doce de la noche. Y ya me ducho, ceno y a dormir, al final otra vez son las dos de la ma&ntilde;ana cuando me voy a la cama.
    </p><p class="article-text">
        A esto hay que sumarle hacer la compra, limpiar la casa y poner lavadoras. Ahora, despu&eacute;s de m&aacute;s de cien d&iacute;as de confinamiento y que los supermercados vuelven a la normalidad, me he organizado para hacer la compra los viernes por la noche (online), poner lavadoras dos d&iacute;as en semana (el domingo uno de ellos) y limpiar por las noches y los fines de semana, manteniendo la premisa esa de que &ldquo;no es m&aacute;s limpio el que m&aacute;s limpia, sino el que menos ensucia&rdquo;. Otra realidad ser&iacute;a maravillosa, pero esto es lo que hay, y necesito priorizar. Creo que mi capacidad de resiliencia ha quedado sobradamente demostrada.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as nos han cambiado de jefe. Lo primero que me ha dicho el nuevo es que c&oacute;mo me apa&ntilde;o con la ni&ntilde;a, porque &ldquo;si tenemos a la familia bien y organizada, nosotros vamos a trabajar bien y organizados&rdquo;. El karma funciona, vienen mejores tiempos para m&iacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mónica G]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/trabajo-monoparentalidad_132_6056547.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2020 19:19:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Soy familia monoparental, tengo una hija de 19 meses y en mi empresa dicen que no rendimos: les invito a vivir mi día a día]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Qué recordaré de todo esto?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/recordare_132_6056527.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cad6f4a3-c9c7-47dd-a2d3-f6595ac76567_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué recordaré de todo esto?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Regar las plantas de la cocina. Abrir la ventana de la habitación en las mañanas. Airear el salón. Espiar por la ventana. Adivinar con el olor lo que comerían los vecinos de abajo. Recordaré que ese era el esplendor de la vida en casa</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Recordar&eacute; las tantas lecturas en las que no cab&iacute;a nada m&aacute;s que las palabras de los&nbsp; libros y yo. La ausencia de ruido mental mientras le&iacute;a, la suavidad de la entrega, el tiempo detenido.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; las plantas creciendo, poni&eacute;ndose verdes, echando flores, renaciendo en&nbsp;silencio, bajo la lluvia y el sol suaves de la primavera. Recordar&eacute; mis experimentos&nbsp;de huerto en la cocina: las nuevas cebollas, las pl&aacute;ntulas de los papayos, la albahaca&nbsp;olorosa que revivi&oacute; sobre sus tallos resecos, recuperando su exuberancia como si ese fuera su deber; la pi&ntilde;a volvi&eacute;ndose cada vez m&aacute;s verde y m&aacute;s alta. Recordar&eacute; que las miraba cada d&iacute;a, les sonre&iacute;a, las regaba. Incluso llegu&eacute; a decirles, mientras&nbsp; las acariciaba, lo feliz que me hac&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; el silencio sepulcral del barrio solo interrumpido por las voces de las sirenas. Y por los aplausos de los vecinos a las 8 de la noche, convertidos en algo que no eran, con el himno y con los v&iacute;tores de 'Viva Espa&ntilde;a' que tanto repudi&eacute;. Recordar&eacute; mis ratitos en la mecedora siguiendo a la pareja de urracas que anida en&nbsp;el abeto vecino. La nada. Mis rodillas al pecho. El ir y venir de la silla. La calma. Recordar&eacute; mi miedo a que se acabara la crisis sanitaria. Mi p&eacute;rdida de fe porque,&nbsp;aunque todos dijeran lo contrario, yo sab&iacute;a que todo seguir&iacute;a como sigue: igual &ndash;o&nbsp;peor&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; las conversaciones de pantalla: hoy cocin&eacute; pollo al tikka masala y arroz&nbsp; perfumado. Mi hermano, en el otro lado del oc&eacute;ano, hizo crepes de bacon ahumado y &iexcl;que cerca parec&iacute;a que est&aacute;bamos! Recordar&eacute; los mensajes largos de mis amigas a medianoche. &ldquo;Leer m&aacute;s&rdquo;: eran discursos llenos de reflexiones existenciales. Recordar&eacute; c&oacute;mo iba cambiando la luz durante el d&iacute;a. Recordar&eacute; que, en el proceso de elecci&oacute;n de la pel&iacute;cula que vimos cada noche confirm&eacute; el acierto de dejarse tentar por un buen nombre.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; las nuevas recetas: la pizza casera, las galletas de avena, el t&eacute; helado con&nbsp; menta, el pan de aceitunas, cebolla y tomates, las empanadas argentinas y el chimichurri, la pasta tailandesa, el sandwich de pollo con salsa de pimienta. Recordar&eacute; que pens&eacute; en la muerte casi cada d&iacute;a. Primero cre&iacute; que era la virtud de unos numeritos diarios para reivindicar su proximidad, pero luego advert&iacute; que es,&nbsp;adem&aacute;s, un tema recurrente en mis lecturas elegidas. Somos m&aacute;s muerte de lo que&nbsp;creemos.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; que el invierno se col&oacute; por una alcantarilla: no nos dimos cuenta a qu&eacute; hora se fue. Y que la primavera apareci&oacute; a tientas, abri&eacute;ndose paso con timidez,&nbsp;como si no estuviera bien florecer en medio de la desgracia.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; el d&iacute;a de la compra como un d&iacute;a temible. Las l&iacute;neas rojas en el suelo del supermercado que marcaban la distancia m&iacute;nima permitida. Los guantes obligatorios. Las mamparas de metacrilato que distorsionaban la sonrisa del cajero. Las repeticiones que me hac&iacute;a la pescadera y su cara de estar hablando con&nbsp;una inepta; mis ganas de contarle mi lamento: eran un horror la distancia y su mascarilla (y la m&iacute;a).
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; el canto de los p&aacute;jaros, todo el d&iacute;a. Recordar&eacute; las peque&ntilde;as acciones cotidianas convertidas en rituales: hacer el desayuno, inventar la comida e improvisar la cena, poner la mesa y el lavavajillas. Regar las plantas de la cocina. Abrir la ventana de la habitaci&oacute;n en las ma&ntilde;anas. Airear el sal&oacute;n. Recoger la pelusas del suelo todos los d&iacute;as. Espiar por la ventana. Adivinar con el olor lo que comer&iacute;an los vecinos de abajo. Recordar&eacute; que ese era el esplendor de la vida en casa.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; a la vecina del edificio de enfrente, cuando empezaron los d&iacute;as m&aacute;s largos, metida en su bikini peque&ntilde;ito, con su piel brillante, expuesta en su ventana del sal&oacute;n: tomar el sol como una planta de invernadero.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; los autobuses siguiendo de largo en la parada como si salieran de una peli de terror: la soledad del conductor con su uniforme de corbata, los asientos vac&iacute;os, las calles desoladas, los sem&aacute;foros innecesarios; el ruidito que dejaba al pasar como un recordatorio de la incomprensi&oacute;n y del miedo suspendido en el aire.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; las noticias de cada d&iacute;a llenas de titulares coleccionables y de pol&iacute;ticos rid&iacute;culos y deformes. Recordar&eacute; la vida sin maquillaje, la cara al descubierto con todas sus marquitas, el pelo con sus rizos sin control; la que soy estaba siempre en el espejo. Recordar&eacute; la ma&ntilde;ana que me despert&oacute; el equipo de jardiner&iacute;a. Pero no, no hab&iacute;a vuelto nada a la normalidad, esa no volver&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Recordar&eacute; que result&oacute; ser una suerte que me pillara todo eso estando yo de baja, con depresi&oacute;n y ansiedad. Ya sab&iacute;a muy bien lo que era estar todo el tiempo en casa. Pero la suerte no me hizo inmune al dolor de los otros, ni a la ansiedad de los otros, ni al duelo de los otros, ni al trabajo extenuante de los otros. Recordar&eacute; que por aquel entonces nadie tuvo suerte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carolina González González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/recordare_132_6056527.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2020 19:06:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Qué recordaré de todo esto?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi confinamiento como científica expatriada en Londres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/confinamiento-expatriada_132_6060967.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0d3b0688-8026-4f00-9ffd-6c927563e98d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi confinamiento como científica expatriada en Londres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Espero que nuestros políticos sean ahora más conscientes de la importancia de la ciencia, se nos apoye más y aumenten su financiación. Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        La pandemia y el confinamiento me han pillado viviendo en el extranjero, como tantos cient&iacute;ficos espa&ntilde;oles (e italianos, portugueses, griegos, etc.) que hemos emigrado, o bien en b&uacute;squeda de mejores condiciones laborales o bien como una experiencia formativa que a&ntilde;adir a nuestros curr&iacute;culos. Hace casi un a&ntilde;o que vivo en Londres con mi pareja, tambi&eacute;n cient&iacute;fico, y cinco meses que estoy trabajando como investigadora postdoctoral aqu&iacute;. Hemos pasado el confinamiento en un piso de Londres sin balc&oacute;n, pero por suerte con mucha luz y vegetaci&oacute;n alrededor. Y siendo sinceros, lo de estar en casa no lo hemos llevado tan mal como cabr&iacute;a esperar.
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a le&iacute; el art&iacute;culo de Isaac Rosa sobre el supuesto s&iacute;ndrome de la caba&ntilde;a, y que lo que en realidad nos pasa es que no queremos volver a nuestra vida de mierda. Me hizo reflexionar mucho. No es que yo no quiera volver. De hecho, una parte de m&iacute; tiene muchas ganas. Pero, por otro lado, no echo de menos en absoluto las casi dos horas de transporte p&uacute;blico para ir al trabajo. Y no me quiero imaginar c&oacute;mo van a ser ahora, con la mascarilla y la paranoia puestas. Desde luego voy a extra&ntilde;ar esas dos horas maravillosas que le he ganado al d&iacute;a, y que empleo en dormir m&aacute;s, leer y pasear, en vez de en correr y &ldquo;pelearme&rdquo; por subir en el primer metro que pasa. Tambi&eacute;n creo que voy a echar de menos la paz de trabajar en casa, el silencio y los horarios m&aacute;s flexibles. Quiz&aacute;s se empiece a valorar m&aacute;s el teletrabajo, ahora que lo hemos experimentado forzosamente.
    </p><p class="article-text">
        Lo que no he llevado tan bien es el estar lejos de mis seres queridos en un momento as&iacute;. A veces lo he sentido como en un doble confinamiento, de casa y de pa&iacute;s. Lo que he echado de menos (y sigo echando) mis queridas monta&ntilde;as de El Bierzo. Cuando en mi familia empezaban a hacer c&aacute;lculos de cu&aacute;ndo entrar&iacute;a la provincia de cada uno en las diferentes fases y poder as&iacute; reencontrarse, me entraba una morri&ntilde;a terrible pensando cu&aacute;ndo podr&iacute;a ir yo. Ahora que parte de ellos se han reencontrado y hacen alguna cena, me encanta verlos a todos juntos, aunque sea a trav&eacute;s del tel&eacute;fono. Bendita tecnolog&iacute;a, por mucho que algunos conspiranoicos culpen al 5G (aunque ese es otro tema).
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, el confinamiento, y sobre todo la crisis sanitaria, han sido terribles. Pero creo que hay todav&iacute;a lugar para el optimismo. No creo que esto nos vaya a cambiar la vida, ni vayamos a ser mejores personas, ni nada de eso. Solo hay que ver lo crispada que est&aacute; la situaci&oacute;n pol&iacute;tica en Espa&ntilde;a. Pero hay detalles que creo que son positivos. Por ejemplo, creo que se est&aacute; valorando m&aacute;s la ciencia y aprendiendo mejor c&oacute;mo funciona.
    </p><p class="article-text">
        Es estupendo que alguien como Fernando Sim&oacute;n, con esa capacidad comunicativa que tiene, explique cada d&iacute;a los datos. Me gusta cuando dice que no sabe una cosa, pero promete estudiarla, o que hay que ver varios estudios y no solo uno para poder afirmar algo. Creo que es muy did&aacute;ctico para todos y acerca un poco la ciencia a la poblaci&oacute;n, algo en lo que muchas veces fallamos. De coraz&oacute;n espero que nuestros pol&iacute;ticos sean ahora m&aacute;s conscientes de la importancia de la ciencia, se nos apoye m&aacute;s y aumente su financiaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Otra cosa positiva ha sido la mayor conexi&oacute;n con la gente. Por lo menos en mi caso he hecho m&aacute;s videollamadas desde marzo que en todos los meses previos que llevaba fuera. Ojal&aacute; estas ganas de comunicarnos se mantengan, porque, aunque nada supera a tomar algo con tus amigos en persona y poder darles un abrazo, indudablemente una cerveza sabe mejor cuando est&aacute;s con ellos, aunque sea a trav&eacute;s de una pantalla.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; hay de la creatividad de la gente? Los <a href="https://www.eldiario.es/cultura/Stay-Homas-musica-rollo-verguenza_0_1014198668.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Stay Homas</a>&nbsp;fueron todo un descubrimiento y un gran ejemplo de ello. Y desde luego me quedo con la fortaleza de la gente. De los que hemos aguantado el confinamiento cumpliendo las normas, pero sobre todo de los que han continuado trabajando en primera l&iacute;nea: los investigadores que est&aacute;n al pie del ca&ntilde;&oacute;n buscando una vacuna o f&aacute;rmacos para combatir la enfermedad, profesionales sanitarios, cuidadores, trabajadores de supermercados, de transporte, de limpieza y un largo etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, ojal&aacute; todo pase pronto y nos reencontremos en una terracita al sol con nuestros amigos y familiares (cuando sea seguro hacerlo), y que nos quedemos con las cosas buenas que haya podido aportar esto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elena Blanco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/confinamiento-expatriada_132_6060967.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Jun 2020 19:41:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi confinamiento como científica expatriada en Londres]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La experiencia con mi padre en una residencia de Madrid: desatención, desinformación y muerte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/dolor-sufrimiento-evitable_132_6065839.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/413a8140-aa3b-4691-aec5-6e021faeeb75_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La experiencia con mi padre en una residencia de Madrid: desatención, desinformación y muerte"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Creemos que esto se podía haber evitado si en marzo nos hubiesen dicho que lo mejor era que saliera de la residencia. Pero nos tememos que no lo hicieron porque eso significaba una cuota menos en sus ingresos. Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Voy a escribir mi experiencia para contar lo que hemos vivido mi familia y yo estos d&iacute;as con mi padre por los efectos de la COVID-19 y las negligencias de la residencia de mayores donde se encontraba.
    </p><p class="article-text">
        Mi familia, como muchos ciudadanos, ten&iacute;a a mi padre en una residencia de mayores de la Comunidad Madrid por no poder atenderle nosotros ni mantenerse &eacute;l por sus propios medios. Cuando empez&oacute; a extenderse la COVID-19 desde la residencia nos dijeron que todo estaba controlado y que no hab&iacute;a peligro. Era principios de marzo, y como recib&iacute;amos estas informaciones est&aacute;bamos tranquilos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el 2 de abril nos lleg&oacute; un correo electr&oacute;nico diciendo que una de las cuidadoras estaba en urgencias afectada de coronavirus. Aqu&iacute; es cuando empez&oacute; nuestra sorpresa, entre otras cosas porque ni siquiera nos llamaron para decirnos qu&eacute; estaba pasando con las personas que estaban al cuidado de la residencia o si hab&iacute;a alguna situaci&oacute;n especial de la que deber&iacute;amos estar informados. Nuestra reacci&oacute;n fue de total asombro y de perplejidad. Despu&eacute;s de llamar y hablar con ellos, y ante la falta de informaciones claras, decidimos ir a por nuestro padre.
    </p><p class="article-text">
        Cuando me present&eacute; all&iacute; la situaci&oacute;n no ten&iacute;a nada que ver con lo que nos estaban diciendo. En ese momento me di cuenta de que algo no iba bien: la UME estaba saliendo de desinfectar, algo que no deja de ser sorprendente y que fue impactante, ya que es una residencia privada y con lo que pagamos mensualmente entend&iacute;amos que hab&iacute;a unas garant&iacute;as incluso en una situaci&oacute;n como la que estamos viviendo, en la que se podr&iacute;a contratar una empresa que desinfecte. Por si fuera poco, todas las pertenencias de mi padre estaban en bolsas de basura en la puerta. Tambi&eacute;n ten&iacute;an preparada un acta de baja para ser firmada autorizando la salida inmediata de la residencia. Esto me sorprendi&oacute; bastante, porque tampoco nos hab&iacute;an dado ninguna informaci&oacute;n al respecto.
    </p><p class="article-text">
        Sacaron a mi padre del centro y me qued&eacute; perplejo de c&oacute;mo estaba, demacrado y con un aspecto lamentable. Al moverlo de la silla de ruedas para meterle en el coche se puso a llorar. Aunque en ese momento no sabia qu&eacute; hacer, lo &uacute;nico que quer&iacute;a era llev&aacute;rmelo a casa para que estuviese m&aacute;s c&oacute;modo y ver c&oacute;mo pod&iacute;a quitarle el dolor que &eacute;l sufr&iacute;a en esos momentos.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegamos a casa nuestra sorpresa fue a&uacute;n mayor al ver que mi padre tenia 39 de fiebre, adem&aacute;s de unos dolores terribles. Le dimos un paracetamol y en una hora le bajamos la fiebre a 36,7. Algo tan simple como tomarle la temperatura y darle un paracetamol no lo hab&iacute;an realizado antes de avisarnos. Empezamos a llamar a fisioterapeutas y a preguntar qu&eacute; pod&iacute;amos hacer ya que mi padre con sus limitaciones de comunicaci&oacute;n y movilidad no nos pod&iacute;a decir d&oacute;nde le dol&iacute;a. Al tratar de ponerle ropa limpia y cambiarle, la imagen fue todav&iacute;a m&aacute;s desoladora: ten&iacute;a el culo en carne viva, en una situaci&oacute;n de higiene y cuidado que indicaba que no le hab&iacute;an cambiado y tampoco le hab&iacute;an movido.
    </p><p class="article-text">
        Empezamos a curarle las heridas con cremas especiales. Mi padre estuvo un d&iacute;a entero chillando de lo que le dol&iacute;a el antibi&oacute;tico cuando le estaba curando. Despu&eacute;s de dos d&iacute;as terror&iacute;ficos mi padre empez&oacute; a estar mejor, ya no le dol&iacute;a y, m&aacute;s o menos, d&aacute;bamos por finalizado el problema, su temperatura se manten&iacute;a a unos niveles normales. Pero al tercer d&iacute;a, mi padre empez&oacute; a encontrarse mal de nuevo, hasta que el domingo 13 de abril cuando se despert&oacute; ya no pod&iacute;a respirar. Llam&eacute; a los m&eacute;dicos de urgencia para que le atendiesen y decidieron llev&aacute;rselo en ambulancia por la gravedad en la que se encontraba.
    </p><p class="article-text">
        Mi padre falleci&oacute; en un hospital y sufrimos sin poder estar junto a &eacute;l como muchas otros familiares estos d&iacute;as. El dolor que hemos pasado mi familia y yo ha sido tremendo. Creemos que esto se pod&iacute;a haber evitado si en marzo nos hubiesen dicho que lo mejor era que saliera de la residencia. Pero nos tememos que no lo hicieron porque eso significaba una cuota menos en sus ingresos. No se nos dio ninguna informaci&oacute;n y solo se nos avis&oacute; cuando encontramos a mi padre con 39 de fiebre, pr&aacute;cticamente desahuciado y en unas condiciones de salud e higiene inhumanas. Con la sensaci&oacute;n en la puerta de la residencia de que quer&iacute;an quitarse una cifra de la lista de personas muertas en los centros de mayores de la Comunidad de Madrid y que mi padre muriese en casa. Su negligencia al menos sirvi&oacute; para que nosotros le pudi&eacute;semos curar en sus &uacute;ltimos momentos.
    </p><p class="article-text">
        Con todo esto empezamos a informarnos sobre cu&aacute;les son los m&iacute;nimos de calidad para abrir una residencia en la Comunidad de Madrid y me di cuenta de que es el lugar de Espa&ntilde;a donde menos regulaci&oacute;n hay. Esto nos tendr&iacute;a que hacer pensar que una residencia no es un &ldquo;comercio&rdquo; cualquiera, no se deber&iacute;a permitir que pase estos con nuestros mayores. Hay que exigir medidas estrictas para garantizar una calidad de vida de gente que es totalmente vulnerable y que se ha tirado toda su vida trabajando. No merecen ser abandonados sin que la administraci&oacute;n ponga ninguna garant&iacute;a de cuidados sobre estas personas.
    </p><p class="article-text">
        No culpamos de lo ocurrido a los trabajadores y trabajadoras de las residencias, ya que normalmente son gente que trabajan en condiciones duras y cobrando unos salarios bajos. Esta gente tiene familias y tiene miedo, porque no tienen ni la formaci&oacute;n necesaria ni los EPIS que deber&iacute;an proporcionarles las residencias. Tendr&iacute;a que haber personal cualificado para labores de enfermer&iacute;a, aunque esto implique menos beneficios para las empresas a las que se han adjudicado este tipo de centros. Empresas que por lo que hemos visto en el caso de mi padre s&iacute; son culpables de la desatenci&oacute;n y el olvido que est&aacute;n sufriendo muchas personas que no merecen terminar as&iacute; su vida.
    </p><p class="article-text">
        Espero que escribir y denunciar esto sirva de algo, el dolor que hemos pasado estos d&iacute;as y la tristeza que nos invade es de unas dimensiones enormes. Gracias si alguien escucha esto y si sirve para que cuando termine la pesadilla del COVID-19 nos planteemos realmente en qu&eacute; tipo de sociedad queremos vivir.
    </p><p class="article-text">
        Familiares de E.M.Y
    </p><p class="article-text">
        D.E.P
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Javier de la Morena Briones]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/dolor-sufrimiento-evitable_132_6065839.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2020 19:59:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La experiencia con mi padre en una residencia de Madrid: desatención, desinformación y muerte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El mundo se adaptó al ritmo de los que nunca somos normales, pero ahora volvemos a la pesadilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/acabo-sueno-volvemos-pesadilla_132_6060962.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/86c27a6d-7d4a-4933-a102-cfdd2372f2fd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El mundo se adaptó al ritmo de los que nunca somos normales, pero ahora volvemos a la pesadilla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">He entendido que para poder seguir adelante debo admitir que la nueva normalidad no existirá, será la antigua pero con mascarilla a juego con la ropa</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Volv&iacute; al trabajo tres d&iacute;as antes del confinamiento despu&eacute;s de una baja por una crisis ansioso-depresiva que me dur&oacute; casi tres meses. Al principio lo tom&eacute; como una revancha, por fin el mundo se adaptaba al ritmo de los que nunca somos normales. Sin embargo una parte de m&iacute; no dejaba de juzgarme y repetirme que estaba siendo muy ego&iacute;sta. Ah&iacute; afuera hab&iacute;a gente muriendo y mat&aacute;ndose por salvarnos mientras yo viv&iacute;a un sue&ntilde;o. &iquest;Estar&iacute;a siendo yo el miserable Cottard de esta Peste?
    </p><p class="article-text">
        Con ayuda de mi psic&oacute;loga establec&iacute; unas nuevas rutinas a las que no me cost&oacute; adaptarme, por mi enfermedad mental necesito mantener una constancia que me d&eacute; estabilidad. Estaba mucho m&aacute;s concentrado y extra&ntilde;amente m&aacute;s animado y preocupado por la gente que ahora era vulnerable; tampoco ten&iacute;a problemas con los horarios que me hab&iacute;a establecido y pod&iacute;a estar horas con alg&uacute;n libro o alguna pel&iacute;cula que tuviera pendientes, pero, sobre todo, mi sue&ntilde;o se regul&oacute; por s&iacute; solo.
    </p><p class="article-text">
        Por primera vez sent&iacute;a que era yo quien ten&iacute;a el mando de mi vida. Pero las voces segu&iacute;an ah&iacute;. Durante estos meses en los que la gente no se sent&iacute;a productiva o teletrabajaba yo no paraba de analizar qu&eacute; era lo que me pasaba, si era una mala persona de verdad, o un vago porque solo quer&iacute;a dedicarme a leer y no me daba miedo salir a la calle aunque hubiera un virus por ah&iacute; que pudiera enfermarme o matarme.
    </p><p class="article-text">
        Pero fing&iacute;a y si hab&iacute;a que decir que ten&iacute;a miedo lo dec&iacute;a, si hab&iacute;a que decir que estaba bien en mi piso interior de 30 metros cuadrados sin balc&oacute;n, lo dec&iacute;a, aunque a pesar de todo tuviera d&iacute;as en los que tambi&eacute;n me subiera por las paredes. Cualquier cosa con tal de no seguir siendo juzgado.
    </p><p class="article-text">
        De repente llegaron las desescaladas, la locura por empezar a retomar una vida perdida. Dejar de remar todos a una y en la misma direcci&oacute;n -llegu&eacute; a creerme que esto nos cambiar&iacute;a como sociedad, fui de esos ingenuos- hizo que yo tambi&eacute;n empezara recuperara mi normalidad: sue&ntilde;o descompensado, pesadillas, pastillas para la ansiedad a diario y para estar dormido, frustraci&oacute;n al ver la hipocres&iacute;a de la gente, me volv&iacute;a a costar concentrarme... as&iacute; que me encerr&eacute; en mi habitaci&oacute;n, desconect&eacute; pr&aacute;cticamente al 100% de las redes sociales y me met&iacute; en la cama porque me era dif&iacute;cil incluso hablar y lo peor: retornaron las ideas suicidas.
    </p><p class="article-text">
        He entendido que para poder seguir adelante debo admitir que la nueva normalidad no existir&aacute;, ser&aacute; la antigua pero con mascarilla a juego con la ropa y desinfecci&oacute;n constante hasta que alguien se haga con una vacuna y podamos volver a reventarlo todo otra vez. Que el a&ntilde;o que viene nos habremos adaptado y nos habremos olvidado de todo. O no, pero seguiremos girando sobre la rueda porque es lo que tenemos que hacer y calladitos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[David H.]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/acabo-sueno-volvemos-pesadilla_132_6060962.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Jun 2020 20:06:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El mundo se adaptó al ritmo de los que nunca somos normales, pero ahora volvemos a la pesadilla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Soy maestra y siempre recordaré a la 'promoción telecole' cuando escuche las canciones con las que empezaba la clase]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/dias-lectivos_132_6065849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6317aa1b-09e9-4125-bc0b-aa27fdaed29d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soy maestra y siempre recordaré a la &#039;promoción telecole&#039; cuando escuche las canciones con las que empezaba la clase"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hemos hecho historia de la enseñanza mundial: confinarnos en casa de la noche a la mañana por un virus a poco más de dos meses de acabar el curso</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Ninguna asignatura de la carrera, ninguna formaci&oacute;n y ninguna situaci&oacute;n vivida antes. Los maestros funcionamos a base de ensayo error, porque puede ser que una metodolog&iacute;a, din&aacute;mica o recurso te haya servido siempre pero el nuevo grupo de alumnos de ese curso tenga otras demandas u otros intereses. Esta pandemia ha sido la mayor prueba de que los maestros somos vers&aacute;tiles y camale&oacute;nicos, nos adaptamos a cualquier situaci&oacute;n. Hemos hecho historia de la ense&ntilde;anza mundial: confinarnos en casa de la noche a la ma&ntilde;ana por un virus a poco m&aacute;s de dos meses de acabar el curso.
    </p><p class="article-text">
        Despedimos a nuestros grupos un 13 de marzo con un sabor agridulce, un patio semi vac&iacute;o y las aulas a menos del 50%. Ten&iacute;amos por delante una semana fallera sin pizca de traca en la que la incertidumbre era nuestra pareja gemela. El despliegue tecnol&oacute;gico que organizaron dos compa&ntilde;eros inform&aacute;ticos en menos de tres d&iacute;as no se describe con un adjetivo y eficiente se queda muy muy corto.
    </p><p class="article-text">
        El fin de semana de resaca no fallera lo recuerdo de cara al ordenador 24/7. En el equipo de 5&deg; redise&ntilde;amos un nuevo horario y aplicamos el &ldquo;divide y vencer&aacute;s&rdquo; para preparaci&oacute;n y dise&ntilde;o de las distintas &aacute;reas. La semana de arranque empez&oacute; con una lluvia de quejas que ha ido amainando o no, seg&uacute;n la climatolog&iacute;a de cada uno de los hogares. La coordinaci&oacute;n ha sido mayor de lo normal. La competencia digital ha sido desarrollada a la fuerza, tanto por los <em>haters</em> como por los <em>followers</em> de la misma.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s de 50 audios diarios iniciados con una canci&oacute;n que ha ido cambiando a lo largo de los per&iacute;odos. <em>Est&aacute;is aqu&iacute;,&nbsp;</em>de Sidonie, <em>Mira c&oacute;mo vuelo,&nbsp;</em>de Miss Cafe&iacute;na y <em>Aloha,&nbsp;</em>de Carlos Sadness han sido mis tres seleccionadas. Siempre que tengo ocasi&oacute;n intento que los que caen en mis manos escuchen algo m&aacute;s all&aacute; del reggeaton. Tras la canci&oacute;n ven&iacute;a el mensaje de &ldquo;espero que todos bien&rdquo; y pasar lista (en los m&aacute;s de diez a&ntilde;os que llevo ejerciendo como maestra no hab&iacute;a pasado tantas veces lista en un curso): era la forma que se nos hab&iacute;a ocurrido para que sintieran que est&aacute;bamos pendientes de cada uno de ellos.
    </p><p class="article-text">
        A estos audios se han unido felicitaciones de cada uno de los cumplea&ntilde;os que han ca&iacute;do, enhorabuenas, celebraciones de final de semana a ritmo de Queen, nuevas normas de 'telecole' y mucho mucho positivismo. Hemos ido cambiando cosas sobre la marcha, d&iacute;a a d&iacute;a, capeado con paciencia las quejas y guardando en un rinc&oacute;n exquisito de nuestra memoria los agradecimientos.
    </p><p class="article-text">
        Hemos seguido trabajando todas las &aacute;reas, pero tambi&eacute;n hemos dise&ntilde;ado un mural en grupo para el fondo de pantalla de nuestro ordenador, hemos jugado al bingo, al Pictionary, hemos le&iacute;do un cuento todos juntos, hemos hecho fiesta de disfraces y hasta una c&aacute;psula del tiempo para recordar este periodo.
    </p><p class="article-text">
        Siempre digo que en la docencia hay mucho curr&iacute;culo oculto y una de las cosas que me encanta es que se han acostumbrado a sacar su mejor sonrisa para una &ldquo;foto&rdquo; (captura de pantalla) antes de finalizar la sesi&oacute;n de<em>&nbsp;Zoom</em> de cada semana. Cuando quedaban diez minutos para acabar alguno me recordaba que deb&iacute;a tomar la instant&aacute;nea y me ped&iacute;a que por favor la compartiera despu&eacute;s a trav&eacute;s del correo de la plataforma.
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute; siempre ser&aacute;n la promoci&oacute;n 'telecole' y cada vez que haga un 'imp.pantalla' o escuche cualquiera de los tres temas 'indies' me vendr&aacute;n a la memoria mis chicos nacidos en 2009.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María Henar Frías Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/dias-lectivos_132_6065849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 22 Jun 2020 20:12:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Soy maestra y siempre recordaré a la 'promoción telecole' cuando escuche las canciones con las que empezaba la clase]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Creo que mi nueva normalidad es otra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/creo-nueva-normalidad_132_6023601.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc084971-fa00-456c-9250-f912fe90ed06_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Creo que mi nueva normalidad es otra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ahora sólo me apetece caminar por el monte, disfrutar de mi perra. No me apetece nada viajar ni moverme en exceso. ¿Quién soy yo?, me pregunto</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Vivo sola, en una casa bonita, en un pueblecito de la sierra. Fui consciente de que algo no iba bien: mi hija trabaja en un centro de personas con discapacidad y ella ya hab&iacute;a tomado la precauci&oacute;n de no venir a verme desde hac&iacute;a 15 d&iacute;as. Me fi&eacute; de su instinto. Ella llegaba a su casa y desde la puerta se quitaba toda su ropa, la met&iacute;a en una bolsa, la lavaba a altas temperaturas incluidas sus zapatillas de deporte y se met&iacute;a en la ducha con el agua ardiendo. Sab&iacute;a que las cosas estaban mal. Ten&iacute;a ni&ntilde;os enfermos. Alertaron a la Comunidad sobre su situaci&oacute;n de indefensi&oacute;n, pero no lleg&oacute; ninguna ayuda. A algunos les permitieron estar en el hospital. A otros los trajeron de vuelta. Murieron 5. La desesperaci&oacute;n por la ausencia de formaci&oacute;n, EPIS para todos, hizo que las bajas fueran r&aacute;pidas.
    </p><p class="article-text">
        Ese contacto me hizo sentir que est&aacute;bamos ante una situaci&oacute;n excepcional, as&iacute; que avis&eacute; a mi hijo, que vive solo en Madrid: creo que deber&iacute;as venirte, le dije, en breve van a cerrar Madrid, no podremos movernos. Y confi&oacute; en mi. Se traslad&oacute; con sus ordenadores.
    </p><p class="article-text">
        El susto, una vez cerradas las salidas, no me lleg&oacute; a tanto como para aprovisionarme de papel higi&eacute;nico o comida. Pens&eacute; que habr&iacute;a abastecimiento. As&iacute; que me propuse que en estos 15 d&iacute;as me aprender&iacute;a algunas letras de canciones en las que estaba trabajando, leer&iacute;a todo lo habido y por haber y trabajar&iacute;a como nunca. Siempre me hab&iacute;a tra&iacute;do trabajo a casa, porque aqu&iacute; pensaba mejor para escribir los proyectos, pero me resultaba imposible centrar mi atenci&oacute;n en nada que no fuera limpiar, ordenar, tirar cosas, podar, cocinar y vuelta a limpiar. &iquest;Por qu&eacute;?
    </p><p class="article-text">
        A la semana, mi hijo enferm&oacute;. Febr&iacute;cula, llamadas al centro de salud, un seguimiento exhaustivo, pero se me dispararon las alertas cuando comenz&oacute; un dolor en el pecho. Llam&eacute; a unos amigos m&eacute;dicos. &ldquo;&iquest;Cu&aacute;nto lleva con fiebre?&rdquo;. Siete d&iacute;as, les dije. &ldquo;Sal corriendo para el hospital&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sal&iacute; corriendo. La atenci&oacute;n, incre&iacute;ble. La rapidez con la que nos atendieron, todas las pruebas hechas en 40 minutos. La velocidad y sincronizaci&oacute;n a la que trabajaba ese equipo de m&eacute;dicos, que hab&iacute;a organizado un mont&oacute;n de salas a las que acced&iacute;as desde el triaje sin entrar en las dependencias internas del hospital. Alguien hab&iacute;a sabido dise&ntilde;ar y organizar un hospital en medio de una pandemia. Y lo hicieron desde el primer d&iacute;a. Pediatras haciendo placas, otorrinos llamando a pacientes... Daba igual. Todos eran imprescindibles.
    </p><p class="article-text">
        El resultado: neumon&iacute;a leve. A casa con antibi&oacute;ticos y con el f&aacute;rmaco experimental para malaria y lupus. D&iacute;as de angustia. Cansancio supremo. Dejamos de escuchar la tele. Cada noticia se le encajaba en su cabeza como si fuera escrita para &eacute;l: cuidado con los mayores (como yo); los j&oacute;venes tambi&eacute;n est&aacute;n muriendo (como &eacute;l). As&iacute; que nos vimos mil series. Jam&aacute;s habr&iacute;a pensado ver tanto cine de ciencia ficci&oacute;n: no me gusta nada, pero disfrutaba a su lado las horas de espera.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de unos d&iacute;as, comenc&eacute; con tanta tos que mi hijo me ech&oacute; a la cocina porque no pod&iacute;a escuchar sus v&iacute;deoconferencias. &Eacute;l ya hab&iacute;a vuelto a trabajar, yo no lo hab&iacute;a dejado, pero era dif&iacute;cil mantener el cien por cien con el teletrabajo.
    </p><p class="article-text">
        Un mes despu&eacute;s dej&eacute; de toser. Y no hab&iacute;a comenzado a cantar, &iexcl;ni a leer! Ahora s&oacute;lo me apetece caminar por el monte, disfrutar de mi perra, no me apetece nada viajar, ni moverme en exceso. &iquest;Qui&eacute;n soy yo?, me pregunto. Acepto este estado sin darle vueltas. Tendr&eacute; que evaluar qu&eacute; me ocurre, pero ser&aacute; m&aacute;s tarde. Ahora, me voy al monte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Esther D.N]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/creo-nueva-normalidad_132_6023601.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2020 18:58:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Creo que mi nueva normalidad es otra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un viaje desde Chile a Madrid para cuidar de mis abuelos enfermos de coronavirus y enterrarlos sin abrazos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historias-coronavirus_132_6065869.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1bbf9e9c-7def-4345-8f72-a1dcc901b0af_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Una fisioterapeuta trata a un paciente con COVID-19 en la UCI del hospital. Los pacientes que pasan muchas semanas ingresados necesitan que les ejerciten las articulaciones."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mi abuelo falleció el sábado 21 de marzo a las 21:30. La noche siguiente murió mi abuela: a ella, mi madre y yo sí la pudimos agarrar de la mano mientras nos dejaba</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Santiago de Chile, 11 de marzo. Como otro mi&eacute;rcoles cualquiera mi d&iacute;a se basaba en una agenda de reuniones, de un lado para otro, a pocos d&iacute;as de haber iniciado el curso escolar despu&eacute;s de las vacaciones de verano. Entre reuni&oacute;n y reuni&oacute;n sentada en el taxi recibo un mensaje de mi madre desde Espa&ntilde;a: &ldquo;Se han llevado a la abuela al hospital&rdquo;. Al parecer esa ma&ntilde;ana le hab&iacute;a subido la fiebre y la tensi&oacute;n, y hab&iacute;an tenido que llamar al SAMUR. Sospechaban que podr&iacute;a ser una posible bronquitis, que le sol&iacute;a pasar a menudo, pero el m&eacute;dico hab&iacute;a decidido llevarla al hospital, cosa que nos preocupaba debido al posible contagio que pudiera darse en el contexto que estaba viviendo el pa&iacute;s con el coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        La sorpresa lleg&oacute; horas m&aacute;s tarde cuando nos llamaron desde el hospital para comunicarnos el PCR hab&iacute;a dado positivo y que no se trataba de una bronquitis como todos pens&aacute;bamos, sino de este nuevo virus que reci&eacute;n se estaba conociendo y sobre el que, por lo poco que sab&iacute;amos, su propagaci&oacute;n era r&aacute;pida y sus posibles efectos, irreversibles en las personas mayores.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela ten&iacute;a demencia desde hace cuatro a&ntilde;os, el deterioro hab&iacute;a sido demasiado r&aacute;pido y en ese momento ya no se comunicaba verbalmente, ni era capaz de comer sin ayuda, dif&iacute;cil situaci&oacute;n para una persona que por protocolo ten&iacute;a que estar en aislamiento. El &uacute;nico contacto que pod&iacute;a tener era con un m&eacute;dico que pasar&iacute;a una o dos veces al d&iacute;a, al que no pod&iacute;a ni ver la cara por el equipo de protecci&oacute;n. El hospital en ese momento no entregaba informaci&oacute;n por tel&eacute;fono por temas de protecci&oacute;n de datos- asunto que luego cambi&oacute;- y en nuestro caso ning&uacute;n familiar pod&iacute;a ir en los horarios estipulados para visitas, ya que, aquellos que no eran poblaci&oacute;n de riesgo, ya estaban con s&iacute;ntomas, y por lo tanto ten&iacute;an que quedarse en casa para no contagiar a los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Ese viernes, gracias a una amiga que pudo acercarse al hospital para preguntar por el seguimiento de mi abuela, nos lleg&oacute; la noticia: la COVID-19 hab&iacute;a producido una neumon&iacute;a en ambos pulmones y la situaci&oacute;n se hac&iacute;a todav&iacute;a m&aacute;s compleja.
    </p><p class="article-text">
        Mi agenda se paraliz&oacute;, mi vida cambi&oacute; de rumbo y sin saber lo que estaba por llegar decid&iacute; pedir permiso a mi jefe para viajar a Espa&ntilde;a, preparar la oficina para un posible teletrabajo y coger un vuelo a ojos cerrados sin saber si en alguna de las escalas de mi recorrido por Am&eacute;rica Latina me quedar&iacute;a tirada, por un cierre de fronteras o por algunas medidas que en esos d&iacute;as varios pa&iacute;ses tomaban, como la entrada en vigor del estado de alarma que en Espa&ntilde;a ya se hab&iacute;a decretado y que comenzar&iacute;a ese mismo s&aacute;bado.
    </p><p class="article-text">
        Lo &uacute;nico que necesitaba era llegar lo antes posible para poder ir al hospital, hablar con los m&eacute;dicos, y cuidar a mi abuelo y a mi abuela (84 y 91 a&ntilde;os). Mi madre y mi hermana no pod&iacute;an hacerlo ya que en ese momento ya estaban contagiadas, enfermas y aisladas.
    </p><p class="article-text">
        Tuve la suerte de llegar a Madrid. Entrar al pa&iacute;s fue un alivio y un respiro, ante una situaci&oacute;n en la que era dif&iacute;cil aliviarse. El ambiente era triste, dif&iacute;cil y lleno de incertidumbre y angustia al no saber qu&eacute; pod&iacute;a pasar ma&ntilde;ana con los que estaban dentro y fuera del hospital.
    </p><p class="article-text">
        A las horas de instalarme en casa de mis abuelos, mi abuelo empez&oacute; con los s&iacute;ntomas que tanto hemos escuchado: fiebre, tos, dificultad respiratoria... A esa altura ya sab&iacute;amos de qu&eacute; se trataba, y tambi&eacute;n nos encontr&aacute;bamos en un momento en el que el sistema sanitario estaba colapsado, nadie nos pod&iacute;a ayudar con su traslado al hospital y la recomendaci&oacute;n que nos daban era que nos qued&aacute;ramos en casa y control&aacute;ramos la fiebre. Cuando la temperatura de repente subi&oacute; a 39 no lo pens&eacute; m&aacute;s y ,con ayuda de voluntarios que nos echaron una mano para bajar las escaleras, nos fuimos al hospital. Estaba asustado, no dec&iacute;a nada pero se ve&iacute;a en sus ojos, y nos despedimos con un &ldquo;nos vemos pronto yayo&rdquo; mientras se lo llevaban adentro.
    </p><p class="article-text">
        Gracias al equipo profesional y humano del hospital los dos quedaron ingresados en la misma habitaci&oacute;n. Para nosotros fue un alivio por una parte, ya que gracias a mi abuelo pod&iacute;amos tener noticias de mi abuela m&aacute;s de una vez cada dos d&iacute;as, pero a la vez una gran preocupaci&oacute;n por saber c&oacute;mo se desarrollar&iacute;an los pr&oacute;ximos d&iacute;as y el avance de este virus en el sistema inmunitario de ambos.
    </p><p class="article-text">
        Las buenas noticias llegaron pronto, a mi abuela le daban el alta y volv&iacute;a a casa, ya pod&iacute;amos tenerla con nosotros y cuidarla. Desafortunadamente la alegr&iacute;a no dur&oacute; mucho, porque a los efectos que pod&iacute;amos prever despu&eacute;s de siete d&iacute;as aislada, se sumaban tambi&eacute;n las todav&iacute;a presentes dificultades respiratorias, que ante ese sistema colapsado se convirtieron en una lucha por conseguir ox&iacute;geno, suero, y medicamentos que pudieran aliviar los dolores que ten&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, las llamadas de esos d&iacute;as desde el hospital no eran muy esperanzadoras: los niveles de saturaci&oacute;n de ox&iacute;geno de mi abuelo cada vez eran m&aacute;s bajos, los tratamientos no estaban funcionando, se estaba yendo&hellip; El equipo m&eacute;dico, cercano y preocupado durante todos estos d&iacute;as, estaba sorprendido de c&oacute;mo pod&iacute;a parecer estar tan bien, cuando sus niveles de ox&iacute;geno eran tan sumamente bajos. Se estaba ahogando, pero a&uacute;n as&iacute; mostraba toda la fuerza para seguir adelante, para volver a ver a su mujer que ya estaba en casa, y para transmitirnos tranquilidad en cada una de nuestras conversaciones telef&oacute;nicas.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuelo falleci&oacute; el s&aacute;bado 21 de marzo a las 21:30 de la noche. No s&eacute; c&oacute;mo mi abuela lo supo cuando me vio entrar en la habitaci&oacute;n intentando disimular y entender la noticia que me acababa de dar la doctora por tel&eacute;fono. Se hab&iacute;a ido solo, y no le iba a volver a ver.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente no era suero lo que necesitaba mi abuela, sino morfina para paliar los dolores y el sufrimiento que estaba viviendo por no poder respirar. Tuvo una crisis a las once de la ma&ntilde;ana, falleciendo esa misma noche en su casa. A ella, mi madre y yo s&iacute; la pudimos agarrar de la mano mientras nos dejaba.
    </p><p class="article-text">
        Ese lunes enterramos a los dos, sin gran parte de la familia, sin amigos y sin abrazos. Se fueron juntos y ahora est&aacute;n descansando en paz. Ni siquiera la enfermedad ni la muerte fueron capaces de separarles. Tres meses m&aacute;s tarde puedo contar esta historia, ya desde Santiago de Chile otra vez, sintiendo de nuevo el miedo de otro pa&iacute;s triste, encerrado y colapsado, intentando entender qu&eacute; est&aacute; pasando en el mundo y, lo peor de todo, viendo c&oacute;mo todo aquello que esper&aacute;bamos &ldquo;aprender&rdquo; y cambiar en la sociedad en la que viv&iacute;amos se qued&oacute; simplemente en el aire.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mónica Gomariz Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historias-coronavirus_132_6065869.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jun 2020 19:14:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un viaje desde Chile a Madrid para cuidar de mis abuelos enfermos de coronavirus y enterrarlos sin abrazos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El confinamiento ha sido un regalo: conocer una parte de mí que nunca encontraba tiempo porque siempre tenía cosas que hacer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/confinado-despertar_132_6018032.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/60ffeb7e-1f9a-4543-810f-625a4ad238f5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El confinamiento ha sido un regalo: conocer una parte de mí que nunca encontraba tiempo porque siempre tenía cosas que hacer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuan cerca tenía la belleza, la serenidad y la calma y cuan lejos me iba a buscarla antes. Era capaz de coger un avión, gastarme lo que no tenía, contribuir al desgaste del planeta, de su capa de ozono, en busca de lo más variopinto</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Para m&iacute; el confinamiento ha sido un regalo. El mejor regalo que la vida me pod&iacute;a dar.
    </p><p class="article-text">
        Lo digo a sabiendas del sufrimiento de la humanidad durante estos d&iacute;as. De lo duro que ha sido todo este tiempo para muchos, en el que esta cruel pandemia nos ha enfrentado a todos y cada uno de nosotros con nuestras realidades. Sin capacidad para escaparnos. Nos ha enfrentado sin aviso ninguno, a nosotros mismos y a lo que nos rodea. A nuestras vidas tal cual. Con toda la crueldad, sin capacidad para reaccionar. De golpe, en un par de d&iacute;as, est&aacute;bamos confinados. No nos lo esper&aacute;bamos, y eso que nuestra vecina Italia nos avisaba. Pero parec&iacute;a que eso nunca llegar&iacute;a a nuestro pa&iacute;s. Deb&iacute;amos suponer que somos una especie &uacute;nica anticovidiana. Pero lleg&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; me cogi&oacute; en la casa abandonada. La llamo as&iacute; ya que es la casa familiar d&oacute;nde de muy peque&ntilde;o pasaba algunos d&iacute;as del verano con mi familia, sobre todo con mi abuelo, que era de ah&iacute;. De Tortosa, la ciudad olvidada. Esa casa, hoy con lo justo para vivir dignamente, sin agua caliente, con alguna de sus modernistas baldosas ca&iacute;das, con su dejado jard&iacute;n, repleto de plantas silvestres, con sus avisperos tras las tejas de la entrada, con sus rotas mosquiteras, esa casa, dec&iacute;a, me ha dado la oportunidad de lidiar con lo m&aacute;s b&aacute;sico y aprender a disfrutar de ello.
    </p><p class="article-text">
        En un principio desorientado, solo en ese lugar. Mis primeros miedos aparec&iacute;an. Ten&iacute;a dos opciones: dejarme vencer por ellos o ignorarlos, aceptarlos y positivizarlos. Pod&iacute;a caer en la lamentaci&oacute;n sobre mi vida, en mil quejas, en ponerlo todo fuera, en culpar a quien fuere, a todos menos a m&iacute;. O pod&iacute;a dejarme llevar, olvidar rencores y saborear lo que me rodeaba. A pesar de lo tosco y dejado que estaba aquello, hab&iacute;a muchas cosas buenas ah&iacute;. Y nuevas para un exurbanita quejica y que pod&iacute;a, al menos, observar.
    </p><p class="article-text">
        Mi primera sorpresa no tard&oacute; en llegar. Sentado en la mesa del jard&iacute;n, zumbidos de abejas van resonando en mis o&iacute;dos, acompa&ntilde;ado por el sonido de las plantas al moverse por el t&iacute;mido viento. Adem&aacute;s, los p&aacute;jaros, p&aacute;jaros que jam&aacute;s hab&iacute;a visto. Con cantos desconocidos.
    </p><p class="article-text">
        Dej&eacute; todo y me par&eacute;. Me par&eacute; a observar lo que me rodeaba. Lo que nunca hab&iacute;a tenido tiempo de observar. Observ&eacute; lo peludo que era aquel abejorro negro y amarillo, sent&iacute; su zumbido, le vi incrustarse en lo m&aacute;s profundo de cada una de las silvestres flores del jard&iacute;n. Podr&iacute;a continuar detallando la infinidad de cosas bonitas que ve&iacute;a pero me estar&iacute;a un buen rato. Me sorprend&iacute;. Cuan cerca ten&iacute;a la belleza, la serenidad y la calma y cuan lejos me iba a buscarla antes. Era capaz de coger un avi&oacute;n, gastarme lo que no ten&iacute;a, contribuir al desgaste del planeta, de su capa de ozono, en busca de lo m&aacute;s variopinto. Y en aquel momento, sin nada m&aacute;s que yo mismo y la simplicidad de lo que me rodeaba, observaba cosas extraordinarias. Cosas que ten&iacute;a y no era capaz de ver. La velocidad que llevaba no me lo permit&iacute;a. Siempre quer&iacute;a ir m&aacute;s lejos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y me puse a escribir. Describ&iacute; todo lo que pasaba a mi alrededor. Mi bol&iacute;grafo no paraba. P&aacute;gina tras p&aacute;gina. Miles de sensaciones se me acumulaban. Segu&iacute; con mis emociones, con las reacciones de la sociedad, el p&aacute;nico que muchos medios de comunicaci&oacute;n trasladaban a los atemorizados ciudadanos sin mucho m&aacute;s que hacer que pasar horas delante del televisor, sobre todo los m&aacute;s mayores, justamente aquellos m&aacute;s vulnerables.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con las primeras salidas a la compra, en mi bicicleta, me acercaba a la ciudad y me parec&iacute;a ver a las personas en sus diminutos pisos asomando sus cabezas por las ventanas cual gallinas enjauladas. Luego volv&iacute;a a la casa abandonada y comparaba la vida que la gente llevaba en el campo con la que hab&iacute;a dejado atr&aacute;s en la ciudad. Me cuestion&eacute; si los &uacute;ltimos iban a ser los primeros. Si el mundo rural abandonado pasar&iacute;a a ser ahora el mundo deseado. Y deduje que a quien consideraba los &uacute;ltimos, (la gente que no abandon&oacute; el campo) jam&aacute;s fueron los &uacute;ltimos, sino que fue una teor&iacute;a m&iacute;a o una etiqueta.
    </p><p class="article-text">
        Me estaba descubriendo. Algo surgi&oacute; de m&iacute; instintivamente. A&ntilde;os buscando en mi interior. A&ntilde;os pregunt&aacute;ndome quien soy. A&ntilde;os dej&aacute;ndome llevar por esta sociedad, por sus moldes. Por lo que tengo que ser, por lo que tengo que hacer. De trabajo en trabajo, pero siempre sin conocerme. Y de repente, esta soledad, esta sufrida pandemia por muchos, a mi me ha hecho el mejor de los regalos. Conocer una parte de m&iacute; que no ve&iacute;a, que no se atrev&iacute;a a salir. Que no encontraba tiempo para hacerlo, ya que siempre ten&iacute;a que hacer cosas cuando ten&iacute;a tiempo disponible. Ahora me ha obligado a quedarme parado. Y no sab&eacute;is lo que lo agradezco.
    </p><p class="article-text">
        Y he escrito el libro. Y lo he publicado. Y ha llegado a las personas. Y me han enviado 'whatsapps' preciosos. Mensajes que me han dado el amor que inconscientemente buscaba. Porque en mis palabras muchos han encontrado paz, alegr&iacute;a, sentido y cari&ntilde;o en estos momentos controvertidos. As&iacute; que feliz.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[L.G. Alucha]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/confinado-despertar_132_6018032.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jun 2020 19:51:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El confinamiento ha sido un regalo: conocer una parte de mí que nunca encontraba tiempo porque siempre tenía cosas que hacer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi experiencia confinado en un colegio mayor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/experiencia-colegio-francisco-vitoria-alarma_132_6018287.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c18c9120-6869-41dc-a4af-f9fb096d6f74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi experiencia confinado en un colegio mayor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mentiría si dijese que ha sido fácil: las clases</p><p class="subtitle">online</p><p class="subtitle">, tener a la familia lejos, el miedo si tenían algún síntoma... Pero poder contar con el apoyo de la gente que se quedó nos hizo capaces de mantener el control</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Recuerdo que mi primera toma de contacto con la COVID-19 tuvo lugar poco tiempo antes de que comenzase la cuarentena. En mi caso, ten&iacute;amos un viaje a Italia como parte de la carrera y nos dieron la opci&oacute;n de ir o no. No obstante, a dos d&iacute;as del viaje la situaci&oacute;n era tal que, efectivamente, fue cancelado.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo tambi&eacute;n aquel mi&eacute;rcoles 11 de marzo, d&iacute;a en que sab&iacute;amos que por lo menos durante dos semanas no habr&iacute;a clases por lo que parec&iacute;a una &ldquo;una gripe tonta&rdquo;. Desde el cuerpo de formaci&oacute;n del Colegio Mayor Francisco de Vitoria, lugar en el que vivo desde hace tres a&ntilde;os, nos recomendaron encarecidamente quedarnos, a fin de evitar una posible propagaci&oacute;n del virus.
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; el s&aacute;bado 14 y nos quedamos alrededor de 50 personas en el colegio mayor, contando con los formadores. Desde el primer d&iacute;a hasta el &uacute;ltimo ha sido toda una experiencia. Y es que, sinceramente, no podr&iacute;a haber tomado una mejor decisi&oacute;n que quedarme en Madrid durante estos &uacute;ltimos meses. Tan r&aacute;pido como se decret&oacute; el estado de alarma, nuestro director y su equipo comenzaron a organizar todo de tal forma que, a pesar de las circunstancias, pudi&eacute;semos tener una vida lo m&aacute;s normal posible salvando las distancias con lo que antes era normal, puesto que ciertos aspectos deb&iacute;an ser restringidos.
    </p><p class="article-text">
        Pasaron las primeras dos semanas y nos lleg&oacute; aquella terrible noticia que ha marcado estos &uacute;ltimos meses al pa&iacute;s: la gripe no era tan tonta como dec&iacute;an, sino que es m&aacute;s bien peligrosa y esas dos semanas acabaron siendo meses. Ante esta situaci&oacute;n uno puede encajar las cosas de dos formas: o te hundes en tu miseria o vives cada d&iacute;a sabiendo que acabaremos saliendo adelante.
    </p><p class="article-text">
        Ante todo esto, el quedarme en el colegio mayor me ayud&oacute; bastante a encajarlo de la segunda manera; el saber que no est&aacute;s solo, que en ese colegio mayor estaban otras 50 personas en la misma situaci&oacute;n que yo, el contar con los formadores a modo de apoyo, haciendo labores de lo m&aacute;s diversas: desde hacernos la compra a las 50 personas para evitar salidas innecesarias hasta dar ciclos de formaci&oacute;n siguiendo las medidas de seguridad pertinentes para cerciorarse de que los colegiales mantuvi&eacute;semos una rutina adecuada y la cabeza en su sitio, que siempre es importante.
    </p><p class="article-text">
        Mentir&iacute;a si dijese que ha sido f&aacute;cil lidiar con esta situaci&oacute;n: las clases<em> online</em>, tener a la familia lejos, a la m&iacute;nima que un familiar tiene el m&iacute;nimo s&iacute;ntoma de coronavirus ya te entra el miedo en el cuerpo&hellip; son cosas que pasaron por mi cabeza y por muchos de los que ah&iacute; nos quedamos, estoy seguro. Pero, por otro lado, si bien no fue f&aacute;cil, el poder contar con el apoyo de tanta gente, tanto los que nos quedamos como los que se fueron a trav&eacute;s de videollamadas, nos hizo capaces de mantener el control.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que la situaci&oacute;n que estamos viviendo es horrible, de eso no cabe duda, pero tambi&eacute;n considero que nos ha hecho fuertes, que hemos aprendido. Debido a todo lo que ha acontecido estos meses estoy seguro de que muchos aprenderemos a valorar m&aacute;s muchas cosas que antes valor&aacute;bamos menos por el simple hecho de que siempre estaban ah&iacute; para nosotros. De igual manera, nos hemos demostrado que juntos somos mejores, que muchas veces hay problemas que es mejor afrontar en comunidad, como hemos hecho en el colegio mayor y que, en definitiva, el ser humano est&aacute; hecho para vivir en sociedad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Luis Torres]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/experiencia-colegio-francisco-vitoria-alarma_132_6018287.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2020 18:54:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi experiencia confinado en un colegio mayor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mientras la muerte parecía invadirlo todo, las imágenes de mi nieta mantenían mi ánimo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/pequenas-aventuras-grandes-emociones_132_6018145.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed53e58a-3286-4768-9134-270cb8d7df11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mientras la muerte parecía invadirlo todo, las imágenes de mi nieta mantenían mi ánimo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cerraba la vitrina del supermercado cuando me encontré de sopetón con la cara de mi hija. ¡Qué alegría! Desde la distancia, ante la sorpresa, se nos paralizó a los dos la respiración</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Tendremos defectos en nuestra familia, pero puedo asegurar que la improvisaci&oacute;n no entra en ese listado. Est&aacute;bamos juntos en la sobremesa, esperando que la tarde se fuese llenando de nuestros peque&ntilde;os caprichos que tanta emotividad nos proporcionan, cuando escuchamos las palabras del presidente del Gobierno.
    </p><p class="article-text">
        Todo lleg&oacute; como un vendaval, adem&aacute;s un enemigo inesperado. En poco tiempo programamos nuestra resistencia, seg&uacute;n los valores de nuestra familia, teniendo en cuenta c&oacute;mo defender mejor cada uno de nuestros frentes. Afortunadamente, dispon&iacute;amos todos de una mochila donde hab&iacute;amos ido guardando herramientas necesarias en caso de emergencia. No importaba la distancia, las herramientas funcionaban en cualquier tesitura, apenas visibles, pero de efectos demoledores ante el da&ntilde;o que nos quer&iacute;a infligir el enemigo.
    </p><p class="article-text">
        Un silencio pre&ntilde;ado de grandes incertidumbres se adue&ntilde;&oacute; de nuestras vidas, activando en cada uno de nosotros la alarma para sacar lo mejor, comparti&eacute;ndolo entre todos.
    </p><p class="article-text">
        En mi caso, tuve que aprender a vivir con la soledad, haci&eacute;ndole frente con la m&aacute;s estricta disciplina para llevar a cabo las actividades que siempre me mantuvieron activo. Solo necesitaba cambiar el escenario. Ello me permiti&oacute; plantarle cara al enemigo en las mejores condiciones. Dosis diarias de lectura, escritura, fotograf&iacute;a, videoconferencias familiares, llamadas telef&oacute;nicas, celebraciones familiares creativas, gastronom&iacute;a, solidaridad, tareas dom&eacute;sticas y especialmente nuestra peque&ntilde;a nieta se convirtieron en peque&ntilde;as aventuras diarias para fortalecer mi sistema inmunitario, una barrera para protegerme f&iacute;sica y mentalmente.
    </p><p class="article-text">
        Empezar el d&iacute;a con la contemplaci&oacute;n del amanecer es un privilegio en tiempos de coronavirus. He fotografiado todos los amaneceres para darme los buenos d&iacute;as, recibiendo la energ&iacute;a necesaria para hincarle el diente a d&iacute;as donde el rival nos ten&iacute;a encerrados en nuestro campo. Pero la defensa es el mejor ataque, y muy pronto nuestras fuerzas obligaron al enemigo a retroceder.
    </p><p class="article-text">
        Muchas horas de lectura de la prensa para estar al d&iacute;a acerca del enemigo con el que est&aacute;bamos jugando el partido, como siempre atento a mensajes poco fiables acerca de otros equipos, del rival, lectura de libros con muchas p&aacute;ginas aparcados en la biblioteca con un siempre para otra ocasi&oacute;n y a los que al fin les lleg&oacute; el turno, ahora confinado.
    </p><p class="article-text">
        No soportaba que la muerte invadiera a diario nuestro territorio, a veces de gente muy querida. La vida estaba arrinconada, por lo que la llegada de im&aacute;genes de nuestra nieta desbordaban emociones que despu&eacute;s compart&iacute;amos por videoconferencia. Busqu&eacute; en casa c&oacute;mo pod&iacute;a contribuir a potenciar la vida. Tan s&oacute;lo dispon&iacute;a de lentejas y patatas para su siembra. Gran emoci&oacute;n cuando nacieron las primeras lentejas, ahora al subir la persiana me saludan cada d&iacute;a con su verdor inmaculado. He conseguido al fin meterle un gol al rival.
    </p><p class="article-text">
        Mi alma de Quijote estaba saliendo a flote m&aacute;s que nunca, llevando a cabo aventuras desde la distancia, como escribir cartas a enfermos de la COVID-19 ingresados en los hospitales.
    </p><p class="article-text">
        Pero de todas, mi preferida: &ldquo;Cerraba en ese momento la vitrina del supermercado donde acababa de recoger una botella, cuando al girarme, me encontr&eacute; de sopet&oacute;n con la cara de mi hija. &iexcl;Qu&eacute; alegr&iacute;a! &iexcl;Qu&eacute; emoci&oacute;n! Desde la distancia, ante la sorpresa, pues no hab&iacute;amos quedado ah&iacute;, hubo segundos que se nos paraliz&oacute; a los dos la respiraci&oacute;n. Hay momentos que se quedan grabados a fuego en la memoria, este ser&aacute; uno de ellos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ella segu&iacute;a con su gran sonrisa en los ojos, los dos nos vimos m&aacute;s delgados, lo &uacute;nico visible que nos dej&oacute; el virus. Esta ma&ntilde;ana, viajando hacia el reencuentro, ser&aacute; especial.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Castaño Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/pequenas-aventuras-grandes-emociones_132_6018145.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Jun 2020 19:47:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mientras la muerte parecía invadirlo todo, las imágenes de mi nieta mantenían mi ánimo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En tres meses mi vida ha cambiado: he perdido a mi madre, he perdido mi trabajo, me he quedado sin ingresos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/experiencia-coronavirus_132_6023151.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/91b70bcc-9f82-4a4e-a5e6-68247f4d1429_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En tres meses mi vida ha cambiado: he perdido a mi madre, he perdido mi trabajo, me he quedado sin ingresos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 14 de marzo yo iba a subir a mi pueblo de Navarra para pasar una semana con mi familia. Tengo el billete de autobús que nunca llegué a usar: lo guardaré para no olvidar</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo:</p><p class="subtitle">historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Tengo el billete de autob&uacute;s Madrid-Logro&ntilde;o del 14 de marzo y que nunca llegu&eacute; a usar. Lo guardar&eacute; como recuerdo para no olvidarme de todo esto, porque los seres humanos tendemos a olvidar.
    </p><p class="article-text">
        Ese 14 de marzo yo iba a subir a mi pueblo de Navarra para pasar una semana con mi familia. Mi madre hab&iacute;a fallecido repentinamente de un infarto el 29 de febrero, y yo estaba sumida en un dolor intenso. Se me hac&iacute;a insoportable Madrid y necesitaba estar con mi gente, sentirme arropada, consolada, cuidada y que me dieran esos besos y abrazos, que son capaces de hacerte sentir protegida de todo lo malo aunque sea durante unos instantes.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que ped&iacute; unos d&iacute;as de vacaciones en el trabajo, y el 14 de marzo me marchar&iacute;a a mi tierra para pasar mis primeros d&iacute;as de duelo. Pero me qued&eacute; atrapada en Madrid. El 13 de marzo fue el &uacute;ltimo d&iacute;a que fui a trabajar. Casi siempre iba andando: Lavapi&eacute;s, Sol y Gran V&iacute;a, hasta llegar a Plaza de Espa&ntilde;a. Los d&iacute;as previos al estado de alarma no me enter&eacute; de nada. Estaba demasiado sumergida en mi dolor,y era una aut&eacute;ntica zombie. Escuchaba por la calle el nombre de Fernando Sim&oacute;n, pero no le pon&iacute;a ni cara.
    </p><p class="article-text">
        Empec&eacute; a notar un poco la &ldquo;anormalidad&rdquo; a partir del 11 de marzo. Cada d&iacute;a hab&iacute;a mucho menos tr&aacute;fico y menos gente, y comenc&eacute; a ver varias personas cargadas de bolsas de supermercado y, c&oacute;mo no, era raro no ver a alguien sin alg&uacute;n paquete de papel higi&eacute;nico. No entend&iacute;a nada, y me parec&iacute;a exagerado ese p&aacute;nico que se estaba apoderando de casi todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        El viernes 13 de marzo mi jefe me comunic&oacute; que har&iacute;an un ERTE, y me mand&oacute; a casa al mediod&iacute;a. Por el camino fui consciente de la gravedad de lo que estaba sucediendo. Jam&aacute;s hab&iacute;a visto Gran V&iacute;a y Sol tan desiertas. Las pocas personas que nos encontr&aacute;bamos nos mir&aacute;bamos desconfiadas y nos apart&aacute;bamos casi por instinto, oliendo el peligro en cada una de nosotras.
    </p><p class="article-text">
        Mientras regresaba recib&iacute; varios <em>whatsapps</em> de mi compa&ntilde;era de piso dici&eacute;ndome que volviera enseguida a casa, que no me parara a comprar nada porque ella ya hab&iacute;a hecho una compra gigantesca para varias semanas, y que hab&iacute;a adquirido varios botes de alcohol de 96 grados, y tambi&eacute;n de lej&iacute;a. Que por la tele estaban diciendo que se iba a declarar el estado de alarma al d&iacute;a siguiente, y que se iban a cerrar hasta los bares y los restaurantes. Esto &uacute;ltimo me impact&oacute;, ya que nunca me hubiera imaginado ver a este pa&iacute;s con todos los bares cerrados.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; en cambiar mi billete de autob&uacute;s para ver si pod&iacute;a irme ese mismo d&iacute;a 13, pero Madrid era el principal foco de contagios y me entr&oacute; el p&aacute;nico de pensar que yo pod&iacute;a tener el coronavirus y llevarlo a mi peque&ntilde;o pueblo de Navarra. Nunca me podr&iacute;a perdonar infectar a mi abuela o a cualquier habitante que fuera vulnerable. No pod&iacute;a cometer esa irresponsabilidad por mucho que necesitase el calor de mi familia para poder sobrellevar la muerte de mi madre.
    </p><p class="article-text">
        En tres meses mi vida ha cambiado dr&aacute;sticamente: he perdido a mi madre, he perdido mi trabajo y me he quedado sin ning&uacute;n tipo de ingresos ya que a d&iacute;a de hoy mi ERTE sigue sin estar tramitado.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n me est&aacute; sirviendo para ser m&aacute;s consciente todav&iacute;a de lo imprescindible que son los servicios p&uacute;blicos, la sanidad p&uacute;blica, y para admirar a&uacute;n m&aacute;s a esas hero&iacute;nas y h&eacute;roes que no paran de arriesgar sus vidas para salvar otras. Por eso me indigno tanto con la insolidaridad e irresponsabilidad de algunos individuos.
    </p><p class="article-text">
        Al final me qued&eacute; sin los abrazos m&aacute;gicos y los besos curativos que tanta falta me hac&iacute;an para sentirme protegida.
    </p><p class="article-text">
        Por eso necesito guardar este billete de Madrid-Logro&ntilde;o del 14 de marzo de 2020 que nunca llegu&eacute; a usar: para no olvidar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lorena Fernández Martos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/experiencia-coronavirus_132_6023151.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Jun 2020 19:39:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En tres meses mi vida ha cambiado: he perdido a mi madre, he perdido mi trabajo, me he quedado sin ingresos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi día a día multitarea como madre soltera: son las doce del mediodía y parecen las ocho de la tarde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historia-coronavirus-punto-vista-soltera_132_6023580.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/19de3e59-72be-4279-9e82-f2dcd3bb7db1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi día a día multitarea como madre soltera: son las doce del mediodía y parecen las ocho de la tarde"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A las once y media otro día se acaba. Lo único que quiero cuando salgo de la habitación de mi hijo es dormir, estoy agotada</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Otro d&iacute;a de super mama. Me levanto a las 6:30 de la ma&ntilde;ana para trabajar tranquilamente dos horas como mucho. Luego ya me toca el 'multitasking' hasta que se acueste mi hijo de cuatro a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos. De hecho, celebramos su cumplea&ntilde;os durante el confinamiento, &eacute;l, yo y la tarta.
    </p><p class="article-text">
        A las 10:30 de la ma&ntilde;ana ya deseo que se acabe el d&iacute;a, entre preparar el desayuno, recoger la mesa, vestir a mi hijo, convencerle para ir al ba&ntilde;o, leer los mensajes de la profesora que llegan todos los d&iacute;as y explicar a mi hijo lo que tiene que hacer me quedan unos milisegundos para ver si me ha llegado algo importante del trabajo.
    </p><p class="article-text">
        A las 11 ya tengo reuni&oacute;n virtual con el equipo del trabajo y otra preocupaci&oacute;n m&aacute;s: &iquest;c&oacute;mo mantengo a mi hijo entretenido m&aacute;s de cinco minutos? &iquest;Me llamar&aacute; justo cuando me toca hablar? Ya estoy sudando. Pongo un audiolibro, &iquest;lo escuchar&aacute; mi jefe de fondo mientras hablo? Otra cosa es que me pueda concentrar, los 30 minutos parecen eternos.
    </p><p class="article-text">
        Son las 12 y parecen ser las ocho de la tarde por todo lo que ya he hecho en las &uacute;ltimas cinco horas, definitivamente necesito un caf&eacute;. No he conseguido que mi hijo hiciera los deberes ni he tenido tiempo para trabajar bien y tranquila y ahora toca pensar qu&eacute; vamos a comer.
    </p><p class="article-text">
        Son las dos de la tarde, he cocinado, hemos comido, he fregado los platos y la cocina y estoy lista para otro caf&eacute;. Intento a enganchar a mi hijo a lo que sea para volver a trabajar tranquilamente, aunque sea a ratos. Funciona malamente. Los d&iacute;as que tengo una o varias reuniones importantes por la tarde ya no me resisto y le pongo la tele, ya no puedo m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        A las 16:00 cierro el port&aacute;til y pienso en lo que voy a tener que hacer a primera hora el d&iacute;a siguiente. Lo m&aacute;s importante lo hago cuando mi hijo duerme. &iquest;Y qu&eacute; hacemos ahora con la tarde? Cuando est&aacute;bamos en pleno confinamiento sin salidas las tardes se hicieron eternas. Saltar y correr estaba prohibido para mi hijo porque se hab&iacute;an quejado los vecinos ya dos veces. Yo me obligaba a hacer ejercicio por lo menos una vez al d&iacute;a para levantarme el &aacute;nimo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando nos toca hacer la compra la tarde ya est&aacute; completa. Dos horas necesitamos f&aacute;cilmente entre ir, comprar y volver con un ni&ntilde;o de 4 a&ntilde;os. La verdad que as&iacute; la compra no mola. Ni hablar de las personas que nos miran mal o incluso me insultan en la calle por ir con mi hijo, pero &iquest;c&oacute;mo lo hago si no le llevo? &iquest;Le dejo solo en casa con sus apenas cuatro a&ntilde;os?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al principio del confinamiento no me quer&iacute;an ni dejar entrar en el supermercado con &eacute;l. Hab&iacute;a una persona en la puerta que nos quer&iacute;a prohibir la entrada. Le expliqu&eacute; amablemente mi situaci&oacute;n, pero llam&oacute; a su jefa y dijo que los ni&ntilde;os eran peligrosos. Yo me sent&iacute;a fatal, pero necesitaba hacer la compra. Al insistir y explicar otra vez mi situaci&oacute;n me dej&oacute; entrar, pero no volv&iacute; a esa tienda desde entonces, aunque es la que m&aacute;s cerca me queda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora, con las salidas, la vida es m&aacute;s amena y mi hijo puede saltar y correr todo lo que quiera. Es un alivio enorme para m&iacute;. Y yo tambi&eacute;n echaba de menos salir a dar un paseo.
    </p><p class="article-text">
        A las once y media de la noche otro d&iacute;a de super mama se acaba, despu&eacute;s de cocinar, cenar, duchar a mi hijo, cepillarle los dientes y tumbarme a su lado hasta que se duerma. Lo &uacute;nico que quiero cuando salgo de su habitaci&oacute;n es dormir, estoy agotada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un fuerte abrazo a todas las super mamas que hacen de madre, profesora, trabajadora, limpiadora, cocinera y mucho m&aacute;s a la vez durante este dificil&iacute;simo confinamiento.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fay Davatz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/historia-coronavirus-punto-vista-soltera_132_6023580.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Jun 2020 20:15:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi día a día multitarea como madre soltera: son las doce del mediodía y parecen las ocho de la tarde]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[¿Vamos a olvidarnos de todo lo que hemos aprendido por el gusto de tomarnos la primera cerveza en un bar?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/historias-del-coronavirus/experiencia-periodo-encierro_132_6023448.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a291237d-2753-4bae-b98a-3fc9a7b2d5e1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Vamos a olvidarnos de todo lo que hemos aprendido por el gusto de tomarnos la primera cerveza en un bar?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No puedo evitar un sentimiento de añoranza de ese tiempo en que tuvimos que convivir con nosotros mismos, aguantarnos, espabilarnos y superarnos</p><p class="subtitle">Envía tus experiencias, denuncias o reivindicaciones a esta dirección de correo: historiasdelcoronavirus@eldiario.es</p></div><p class="article-text">
        Llevamos meses escuchando noticias de Wuhan, viendo im&aacute;genes de sus calles vac&iacute;as, escuchando declaraciones de autoridades sanitarias internacionales. El virus que corre por Asia nos parece muy lejano, aunque provoca entre la gente de alrededor comentarios que a m&iacute; suelen parecerme exagerados. Ha terminado febrero y la celebraci&oacute;n de la feria de Arte Contempor&aacute;neo en Madrid nos resulta un ant&iacute;doto para el temor que ha generado la suspensi&oacute;n del Word Mobile hace unos d&iacute;as en Barcelona. Aquello no fue por seguridad sino porque las grandes empresas asi&aacute;ticas no acudir&iacute;an, nos decimos. Y seguimos con nuestras vidas: acudimos al trabajo, llevamos a los ni&ntilde;os al colegio y al parque, cogemos el metro, vamos de compras, nos abrazamos cuando nos encontramos con los amigos.
    </p><p class="article-text">
        Entrando marzo surge la noticia: hay un alto n&uacute;mero de enfermos en la regi&oacute;n de Lombard&iacute;a. El maldito virus ha atravesado fronteras y se ha acercado tanto que empezamos a preocuparnos. No nos pilla de sorpresa la aparici&oacute;n de un caso en Espa&ntilde;a, lo que nos sorprende es la velocidad y la facilidad con la que crecen las cifras de contagio y, desgraciadamente, los casos de fallecidos.
    </p><p class="article-text">
        Cierran los centros de mayores, los museos, las bibliotecas, los colegios&hellip; Todav&iacute;a nos parece una medida exagerada y tres d&iacute;as antes de que se proclame el estado de alarma, los parques de Madrid (y supongo que los de otros muchos lugares) est&aacute;n llenos de ni&ntilde;os que no tienen clase y las terrazas copadas por adultos a los que se ha enviado a casa con el ordenador para teletrabajar.
    </p><p class="article-text">
        Ese fin de semana tomamos conciencia del peligro y de la necesidad de seguir la consigna: nos quedamos en casa. Compramos v&iacute;veres para varios d&iacute;as y nos encerramos en casa a la espera de que el virus deje de pulular por nuestras calles haciendo estragos.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que el gobierno proclama el estado de alarma somos bastantes los que no sospechamos que el encierro vaya a ser tan largo. Y dudamos de ser capaces de soportarlo, siquiera quince d&iacute;as, sin perder la cabeza. No podemos salir a pasear, a hacer ejercicio, a ver a nuestros familiares, por no hablar de otras pr&aacute;cticas de ocio y de cultura que forman parte de nuestra cotidianeidad.
    </p><p class="article-text">
        Pero nos acostumbramos. Durante dos meses aprendemos a convivir, no s&oacute;lo con nuestros allegados, tambi&eacute;n, y sobre todo, con nosotros mismos. Descubrimos facetas personales, capacidades, virtudes y man&iacute;as que ignor&aacute;bamos que ten&iacute;amos, sacamos fuerzas de donde no las hab&iacute;a, aprendemos a disfrutar de la intimidad continuada, de la soledad, aprendemos a soportarnos y excusarnos. Conseguimos tambi&eacute;n, a pesar de las distancias y las ausencias, mantener las relaciones con la gente querida gracias al tel&eacute;fono y al ordenador. Bendita sea la tecnolog&iacute;a de la que renegamos de cuando en cuando.
    </p><p class="article-text">
        Soy de las afortunadas que no tienen que lamentar ninguna p&eacute;rdida en su entorno. He seguido la evoluci&oacute;n de los amigos que han padecido la enfermedad a trav&eacute;s de Whatsapp; todos se van recuperando y vuelven a ser los que eran.
    </p><p class="article-text">
        Me duelen las noticias de los que han sufrido, de los que han perdido el trabajo, de los que necesitan la solidaridad de sus vecinos para subsistir. Me preocupa el futuro de los j&oacute;venes, que ya lo ten&iacute;an complicado antes de la crisis. Desear&iacute;a que esto no hubiera ocurrido, que no hubiera existido el maldito virus.
    </p><p class="article-text">
        Pero no puedo evitar un sentimiento de a&ntilde;oranza de ese tiempo en el que la ciudad, los pueblos, los campos se quedaron en silencio, en una burbuja de aire limpio, sin coches, sin broncas, sin destrozos; el tiempo en que tuvimos que convivir con nosotros mismos, aguantarnos, espabilarnos y superarnos.
    </p><p class="article-text">
        Ahora que se han abierto las puertas y las escenas de regocijo llenan los peri&oacute;dicos y los telediarios me lo pregunto. &iquest;Vamos a repetir los errores y los abusos de la antigua normalidad? &iquest;Vamos a olvidarnos de todo lo que hemos aprendido sobre la convivencia, la amistad y la solidaridad por el gusto de habernos tomado ya la primera cerveza en un bar?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Santamaría]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Jun 2020 19:49:59 +0000]]></pubDate>
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