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Piropos: el machismo callejero envuelto en palabras bonitas

El uso de los piropos va más allá de un asunto de palabras: convierte a las mujeres en objeto y es una intromisión en su libertad

En los últimos años han surgido varios proyectos para visibilizar y denunciar el acoso callejero y exigir el acceso en igualdad al espacio público

"Lo importante no es preguntarse los límites del piropo, sino la lógica bajo la cual se construye. A la persona que lo hace no le importa el bienestar del otro, sino que se trata de un acto de poder", dice una experta

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Más de 60 ciudades han albergado 'Marchas de las putas', como esta de Lima, en respuesta a una frase de un policía de Toronto: "Las mujeres deben evitar vestirse como putas para no sufrir violencia sexual". EFE / Paolo aguilar

Imagen de la 'Marcha de las putas' en Lima, que protestaba contra la culpabilización de las mujeres. EFE

Caminas por la calle camino al trabajo. En la acera de enfrente tres tipos te miran y comienzan a silbarte. Más adelante, un hombre te hace un comentario sobre tus piernas. El sábado por la noche, de vuelta de tomar unas copas, alguien se te acerca para piropearte cuando vuelves sola a casa. Hace unos días, la presidenta del Observatorio de Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, hacía un llamamiento para "erradicar" los piropos: "Es una auténtica invasión en la intimidad de la mujer. Nadie tiene que tener derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de una mujer porque supone una invasión", aseguró.

Lo que para algunos es un mero asunto de palabras, va mucho más allá. El debate sobre los piropos apela a la cosificación de las mujeres, al uso del espacio público, a la normalización de algunos comportamientos y a su impacto en la vida cotidiana de las mujeres. "Algo que parece trivial, no lo es en absoluto. El cuerpo de la mujer es patrimonio del patriarcado y, como tal, parece que hay derecho a invadirlo: se puede mirar, comentar, piropear. Es una intromisión en la libertad del sujeto, un sujeto, las mujeres, que aparece permanentemente cosificado y convertido en objeto", explica Sonia Núñez Puente, profesora de Género y Comunicación en la Universidad Rey Juan Carlos.

Para la profesora de la Universidad de Vigo y experta en sociolingüistica y género, Virginia Acuña, el contexto es determinante. "Está intimamente ligado a una visión tradicional de las mujeres como sexo bello cuya cualidad principal es su atractivo. A mucha gente aún le recuerda a la típica galantería propia de otro tiempo, que era casi un rito de cortejo. Sin embargo, el piropo se usa como excusa para justificar ciertos comportamientos en la calle. Muchas veces hay un intento de incomodar e intimidar, pero se justifica diciendo que es un piropo. Parece, además, que la persona que los recibe tiene que sentirse agradada y agradecerlo. Si no lo hace, ¿cuál es la reacción? La persona que lo hace está en una posición de poder y autoridad", asegura.

Ambas coinciden en que los piropos forman parte de un entramado cultural muy arraigado, una mezcla entre los límites culturales del espacio personal y el género. "¿Por qué alguien tiene derecho a piropear, quién le ha dado permiso para entrar en ese espacio personal e íntimo?", se pregunta Núñez Puente.

Acceso al espacio público

El vídeo en el que una mujer recorría durante diez horas las calles de Nueva York y recibía casi sin cesar comentarios y piropos se hizo viral. Detrás de él estaba la organización Hollaback, otro de los proyectos que reclama el acceso al espacio público en condiciones de igualdad para mujeres y hombres.

"En ese vídeo se ve cómo muchos piropos eran del tipo 'guapa, preciosa, bonita'. Nos sirve para ver que si el piropo fuera algo aislado, de un día, parecería exagerado decir que es acoso. Sin embargo, lo que vemos en la vida diaria es la cantidad de veces que se repiten esos comportamientos y cómo es muy frecuente que se traspasen ciertas líneas. Eso sí es acoso", señala Virginia Acuña. Esta especialista en sociolinguística cree que el término piropo ha quedado obsoleto y apuesta por utilizar el de machismo callejero.

El  Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile es una de las iniciativas que han surgido en los últimos años para denunciar y combatir el acoso callejero. Su presidenta, Francisca Valenzuela, asegura a eldiario.es que los piropos conforman una de las aristas más comunes del acoso callejero. "Lo importante no es preguntarse los límites del piropo (qué está bueno que me digan y qué no), sino la lógica bajo la cual se construye. Una lógica de imposición de un género sobre otro en los espacios públicos", asegura.

En una de sus encuestas, el Observatorio descubrió que en la mayoría de los casos en los que una mujer no aceptaba el piropo o decía a ese hombre que no le había gustado, ella recibía insistencia, insultos o indiferencia. "Sólo el 1% se disculpa. Esto lleva a una conclusión muy importante: a la persona que dice piropos no le importa en realidad el bienestar del otro o halagarla (ya que eso implica sensación de agrado), sino que se trata de un acto de poder en el cual ciertos varones sienten el derecho de decir algo a una mujer, como si ella debiese obligatoriamente aceptarlo", afirma. 

Una forma de violencia

Otra iniciativa, el Observatorio Ciudadano de Acoso Sexual Callejero en Perú, presta atención a los tocamientos, la masturbación pública, pero también al seguimiento, los silbidos, los comentarios sexuales, o las miradas fijas. "Decimos que es violencia pues, además de ser no deseada, ocasiona en las mujeres impactos negativos como temor a transitar solas por las calles, demoras innecesarias al evitar ciertas zonas consideradas inseguras, gastos extra para poder costearse transporte privado, dependencia de otros hombres (padres, hermanos, parejas, entre otros) a quienes piden compañía y protección en las calles, abandono de centros de trabajo (si la zona del trabajo es considerada insegura para una mujer), entre otros", dice el Observatorio de Perú en su página web.

Precisamente,  la mayor encuesta sobre violencia de género elaborada por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea reveló que aproximadamente la mitad de las mujeres europeas evita viajar en transporte público, salir solas de casa o caminar por lugares poco concurridos, situaciones que consideran amenazantes y que constituyen una limitación de su libertad de movimientos.

Para Sonia Núñez Puente la exposición cotidiana a este machismo callejero supone una violencia sutil que llega a "delimitar espacios a los que no accedes para no sentirte violentada". "Es algo muy difícil de erradicar, porque los piropos están dentro de lo que se llama 'espacio de consenso', es decir, se consideran lo normal y muchas veces cuenta con la aquiescencia de los sujetos afectados, que buscan entrar también en ese consenso. Sin embargo, esos marcos conceptuales pueden cambiar. También sucedía con la violencia de género; hace unos años su aceptación se debía a que formaba parte de ese 'espacio de consenso', pero eso se ha roto".

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