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El vía crucis de las desapariciones, un calvario en casos internacionales

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El vía crucis de las desapariciones, un calvario en casos internacionales

El vía crucis de las desapariciones, un calvario en casos internacionales

El vía crucis que conlleva buscar a un familiar desaparecido se convierte en un calvario cuando la pista de su paradero se pierde a miles de kilómetros y puede llevar incluso a la ruina económica si se cae en la tentación de recurrir a detectives o videntes "sin escrúpulos".

Los padres del joven vasco Hodei Egiluz, desaparecido en Amberes hace dos años y cuatro meses, tratan desde ayer de asimilar la noticia de que su hijo no volverá vivo a casa.

El hallazgo casual del cadáver de Hodei en el río Escalda cuando la investigación ya se había cerrado ha dado un vuelco a sus vidas y ahora se preparan para afrontar un nuevo capítulo de una historia que jamás se imaginaron que vivirían.

Sin embargo, el suyo no es un drama puntual. Las desapariciones sin resolver son un problema cuya dimensión supera los 10.000 casos anuales en Europa.

En una entrevista a Efe la ex teniente de alcalde de Arrigorriaga (Bizkaia), promotora de los encuentros de desaparecidos que se celebran bianualmente en Euskadi, Marisol Ibarrola, advierte de que buscar a un familiar desaparecido en otro país "multiplica la angustia y el dolor".

La barrera del idioma puede parecer "infranqueable" y la burocracia y los protocolos de acceso a la Justicia, diferentes en cada país, agravan el desamparo que sienten las familias.

Pablo y Koro, los padres de Hodei, han vivido situaciones dolorosas como cuando una policía belga se negó a coger un cartel con la foto del joven vasco que le daba la madre y sin embargo tenía colocado en la comisaría el de un gatito desaparecido.

Hay más familias que han sufrido situaciones de este tipo, sostiene Ibarrola, quien opina que hechos así se podrían evitar si existiera un protocolo integral de atención a las familias a nivel europeo.

"No puede ser que las familias estén a merced de los profesionales que les atienden en cada caso" porque no existe una pauta de actuación establecida, denuncia.

Otro aspecto menos conocido de las desapariciones es el daño económico que genera a las familias. Hay quienes hipotecan todo lo que tienen con tal de dar con el paradero de su ser querido.

Si no parten de una economía desahogada, no reciben apoyo de las instituciones y recurren a detectives "sin escrúpulos", pueden acabar arruinándose, cuenta Ibarrola.

La vulnerabilidad que sufren les hace tomar decisiones de las que se pueden arrepentir, como dar credibilidad a los videntes que llaman "una y otra vez" a su casa contándoles que han visto a su familiar aquí y allá.

Otras familias terminan perdiendo el puesto de trabajo porque hay empresas que no están dispuestas a asumir sus ausencias reiteradas para buscar respuestas o hacer gestiones a miles de kilómetros.

No es el caso de los padres de Hodei, que han recibido el apoyo de las instituciones vascas, del alcalde de su localidad, Galdakao (Bizkaia), Ibon Uribe, de sus vecinos e incluso del jefe de su hijo, que se ha volcado con ellos y se ha convertido en su portavoz cada vez que tienen que hablar en flamenco.

El joven vasco, ingeniero informático, encontró un trabajo en prácticas en Amberes y lo último que se sabe de él es que fue asaltado dos veces antes de su desaparición.

La familia espera ahora a que la autopsia arroje luz sobre las circunstancias de su muerte y se pueda inculpar a los responsables.

En un momento en que muchos jóvenes españoles tienen que dejar sus casas para buscar trabajo en otros países, expertos como Ibarrola consideran importante trabajar en la prevención de las desapariciones y abogan por informar sobre un fenómeno del que se habla poco pero que existe, el del tráfico de órganos.

En octubre, el periodista Melchor Miralles dejó testimonio en el Parlamento Europeo de su sospecha de que su sobrino Paul Nolan, que desapareció en Amsterdam en abril de 2011, fue víctima de estas redes.

La inacción de la policía holandesa llevó a la familia de Miralles a desplazarse a Amsterdam y su testarudez dio frutos puesto que acabaron encontrando al joven aunque no como esperaban. Aparecieron partes de su cuerpo diseccionadas y esparcidas en el fondo de un canal de esta ciudad.

Ana Herrero, la madre de Borja Lázaro, el ingeniero de Vitoria desaparecido en Colombia en enero de 2014 cuando disfrutaba de un año sabático, sigue sin poder cerrar el capítulo de la incertidumbre que da no saber qué ha sido de tu hijo.

Sobre esta familia y sobre miles más en su misma situación pesa otra losa, la de la complicada situación legal en la que quedan quienes no pueden certificar el fallecimiento, ya que las leyes están pensadas para una sola causa de desaparición, la de la muerte.

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