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Diccionario de la homofobia

Louis-George Tin ha dirigido el trabajo de 76 especialistas en distintas áreas para analizar el problema de la violencia física o moral que los homosexuales han sufrido a lo largo de siglos. El diccionario pasa revista a las personalidades que se han distinguido por sus conductas homófobas, la influencia de las grandes ideologías políticas, su presencia en el cine o la literatura y la situación en distintos países. El libro ha sido editado por Ediciones Akal.

Acto en memoria de Daniel Zamudio, joven homosexual chileno asesinado en marzo de 2012. Foto: Flickr de DILO.cl.

Acto en memoria de Daniel Zamudio, joven homosexual chileno asesinado en marzo de 2012. Foto: Flickr de DILO.cl.

Según una opinión muy extendida, la homosexualidad sería hoy más libre que nunca: presente y visible en todas partes, en la calle, en los periódicos, en la televisión, en el cine, incluso estaría completamente aceptada; aparentemente, los recientes avances legislativos en América del Norte y Europa en materia de reconocimiento de la pareja homosexual dan testimonio de ello (Vermont, Quebec, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica, Francia, Suecia, Alemania, Finlandia, Suiza, Inglaterra, España, Portugal...). En realidad, son necesarios algunos ajustes para erradicar las últimas discriminaciones, pero con la evolución de las ideas esto no sería en definitiva más que una simple cuestión de tiempo, el tiempo de llevar a buen término un movimiento de fondo puesto en marcha hace ya varias décadas.

Puede que sí. Puede que no, pues para el observador un poco más atento la situación global es muy distinta, y a decir verdad, en general, el siglo XX ha sido sin duda el periodo más violentamente homófobo de la historia: deportación a los campos de concentración bajo el régimen nazi, gulags en la Unión Soviética, chantajes y persecuciones en Estados Unidos en la época de McCarthy...

Evidentemente, todo esto parece muy lejano. Pero con frecuencia las condiciones de vida en el mundo actual son muy difíciles. La homosexualidad está ampliamente discriminada; en más de 75 estados los actos homosexuales están castigados por la ley (Argelia, Senegal, Camerún, Etiopía, Líbano, Jordania, Kuwait...); en numerosos países esta condena puede ser superior a nueve años (Malasia, Jamaica, Franja de Gaza, Sri Lanka...); en otros la ley prevé cadena perpetua (Barbados, Bangladesh, Uganda, Tanzania), y al menos en cinco naciones (Arabia Saudí, Irán, Yemen, Mauritania y Sudán, más algunas partes de Nigeria y Somalia) puede ser aplicada la pena de muerte.

Recientemente, varios jefes de Estado africanos han reafirmado brutalmente su voluntad de luchar personalmente contra esta plaga, según ellos, «antiafricana». Incluso en otros países donde la homosexualidad no está contemplada en el Código Penal se multiplican las persecuciones: en Brasil, por ejemplo, los Escuadrones de la Muerte y los skinheads siembran el terror: durante los últimos treinta años se han contabilizado unos 3.000 homicidios homófobos sin que las autoridades policiales o judiciales se hayan empleado a fondo para impedirlo. En estas condiciones no se puede pensar que la «tolerancia» gana terreno. Por el contrario, en la mayoría de estos países, la homofobia es hoy más violenta que antes. La tendencia no es, por tanto, de mejoría general, ni mucho menos.

Esta breve panorámica puede parecer más siniestra en la medida que desmiente la idea ingenua de los que quieren creer que todo está bien o que, al menos, está algo mejor. En general, el pesimismo deprimido y el optimismo complaciente constituyen dos escollos simétricos para el pensamiento y para la acción en la medida en que ambas actitudes se basan en presupuestos completamente ilusorios: la homofobia ha existido y existirá siempre, es una constante en las sociedades humanas; o por el contrario: la homofobia proviene del pasado, o de las sociedades arcaicas, pero tiende a ser absorbida por la evolución de las costumbres y el constante progreso de los derechos humanos en el mundo.

En realidad, la homofobia no es ni una fatalidad transhistórica, imposible de combatir, ni un residuo de la historia destinado a desaparecer por sí mismo con el tiempo. Es un problema humano, grave y complejo, de múltiples resonancias, que necesita una reacción concertada y una reflexión previa.

¿Qué es la homofobia? Para responder a esta pregunta hay que seguir la evolución de la palabra en la medida en que la investigación lexicológica permite que salgan a la luz algunas problemáticas inherentes al propio concepto. Aparentemente este término se utilizaba ya en la década de 1960, pero el primer testimonio escrito le correspondería a K. T. Smith, autor de un artículo, en 1971, titulado «Homophobia: A Tentative Personality Profile». En lengua francesa esta palabra hizo su aparición a través de la pluma de Claude Courouve, pero hasta 1994 no fue incluida en el diccionario. Es, por tanto, un vocablo muy reciente, que, sin embargo, cuenta ya con una rica historia.

Efectivamente, con el transcurso de los años, el espectro semántico de la palabra no ha dejado de evolucionar con sucesivas ampliaciones. En 1972, Weinberg definía la homofobia como «el miedo a estar con un homosexual en un espacio cerrado». Esta definición muy restrictiva fue muy pronto desbordada por el uso común, de lo que da testimonio la denominación común del Pequeño Larousse: «Rechazo de la homosexualidad, hostilidad sistemática con respecto a los homosexuales».

Ahora bien, Didier Éribon ha propuesto ampliar el concepto introduciendo en él la idea del continuum homófobo «que va desde la palabra dicha en la calle –cualquier gay o lesbiana puede oír "marica asqueroso" o "bollera asquerosa"– hasta palabras que están implícitamente inscritas en la puerta de entrada de las salas de bodas de los ayuntamientos: "Prohibido a los homosexuales"».

En este sentido, se integran plenamente en el registro de la homofobia común los discursos teóricos de obediencia jurídica, psicoanalítica o antropológica, que tienden a confirmar o justificar la desigualdad establecida entre homos y heterosexuales.

Impulsando también el análisis, Daniel Welzer-Lang ha sugerido una nueva definición. Para él, la homofobia es «de manera más bien amplia, la denigración de las cualidades consideradas femeninas entre los hombres y, en cierta medida, las cualidades consideradas masculinas entre las mujeres». De este modo intentaba conectar entre ellas «la homofobia particular que se ejerce en contra de los gays y de las lesbianas, y la homofobia general, que tiene su raíz en la jerarquización de los géneros masculino y femenino», fenómeno que puede dañar a cualquier tipo de persona, lo que explica que el insulto «marica» puede aplicarse también a personas heterosexuales, en la medida que, más allá de la orientación sexual, denuncia sobre todo una carencia de la «perfecta» virilidad que supone la construcción social de lo masculino.

Evidentemente, el concepto se ha ido ampliando progresivamente a medida que las investigaciones realizadas han permitido comprender que los actos, palabras o actitudes claramente homófobos no eran más que el epifenómeno de una construcción cultural mucho más general, cuyos efectos habituales conforman una violencia que atraviesa a toda la sociedad. En resumen, que la extensión semántica de la palabra ha obedecido a una lógica metonímica que ha permitido vincular la homofobia de hecho con sus fundamentos ideológicos e institucionales, igualmente denunciados bajo este mismo vocablo.

Paralelamente a esta expansión semántica se ha operado en el seno del concepto homofobia, un movimiento inverso de diferenciación relativo al léxico. En razón de la especificidad de las actitudes contra la homosexualidad en su vertiente femenina, se ha introducido en los discursos teóricos el término lesbofobia, que permite que afloren mecanismos muy concretos que el concepto genérico de homofobia tiende a ocultar. Por esto, esta distinción justifica sin duda el término gayfobia, pues, a decir verdad, muchos discursos homófobos sólo se refieren de hecho a la sexualidad masculina.

Desde esta perspectiva, se ha propuesto también el concepto de bifobia para destacar la situación particular de las personas bisexuales, estigmatizadas tanto por los heteros como por los homosexuales. Por otra parte, hay que tener en cuenta también la problemática muy diferente de los transexuales, travestis y personas que han cambiado de sexo, lo que permite pensar también en el concepto de transfobia.

Ha propuesto, asimismo, otra distinción con el fin de clarificar la utilización política del concepto homofobia. Según Éric Fassin, «el uso actual duda entre dos definiciones muy distintas. La primera entiende la fobia en la homofobia: se trata del rechazo a los homosexuales y a la homosexualidad. Nos encontramos en el registro individual de una psicología. La segunda ve en la homofobia un heterosexismo: se trata, en esta ocasión, de la desigualdad de las sexualidades. La jerarquía entre heterosexualidad y homosexualidad remite, pues, más bien al registro colectivo de la ideología». Desde ese momento, añade la sociología, «quizá en este caso, igual que la distinción entre misoginia y sexismo, sería mejor hacer la distinción entre "homofobia" y "homosexismo", para evitar la confusión entre las acepciones psicológica e ideológica: es lo que, por mi parte, he hecho yo».

En estas condiciones, en lo que se refiere a cuestiones como el matrimonio o la adopción, las personas que no se consideran muy homófobas, rechazando totalmente la igualdad de derechos en nombre de algún privilegio religioso, moral, antropológico o psicoanalítico reservado únicamente a los heterosexuales, deberían reconocer al menos que se trata, técnicamente hablando, de una actitud heterosexista, lo que podría constituir ya un primer paso.

En consecuencia, todas estas evoluciones, extensiones o distinciones semánticas enriquecen pero aumentan considerablemente la complejidad de este debate teórico cuyos envites políticos en Francia son claramente manifiestos, ya que cada vez más ciudadanos, asociaciones, hombres y mujeres políticos han tomado conciencia, sobre todo durante la batalla de la ley de uniones civiles (el PACS), de la necesidad de combatir e incluso penalizar la homofobia, igual que el racismo, por ejemplo, o el antisemitismo.

En resumen, una vez que la homosexualidad abandonó el Código Penal para entrar en el Civil, la homofobia, a la inversa, pasó de la sociedad civil, donde siempre está, al Código Penal. Sin duda alguna, desplazar la mirada de la homosexualidad a la homofobia constituye, como señala Daniel Borrillo con toda justicia, «un cambio tanto epistemológico como político».

Ahora bien, para combatir la homofobia hay que determinar cuáles son sus causas verdaderas. De hecho, el origen profundo de la homofobia está sin duda en buscar el heterosexismo, que es el reino de la heterosexualidad obligatoria que criticaba Adrienne Rich. En efecto, esta concepción tiende a conformar la heterosexualidad como la única experiencia sexual legítima, posible, e incluso pensable, lo que explica que mucha gente pase por la vida sin haber soñado jamás con esta realidad homosexual, que, sin embargo, está presente en todas partes y mucho menos oculta de lo que se podría pensar en un primer momento.

Mejor que una norma, que supondría una explicitación, la heterosexualidad se convierte, para las personas a las que condiciona, en lo impecable de su construcción psíquica particular y en el a priori de toda sexualidad humana en general. En efecto, lejos de ser una evidencia palpable, esa transparencia en sí misma, que de alguna forma es una exclusión del otro, constituye uno de los fundamentos de los aprendizajes sociales, y termina, al hacerse rígida, en convertirse, para los heterosexuales y no sólo para ellos, en un esquema de percepción del mundo, de los seres y de los sexos.

En estas condiciones, se hace difícil pensar no sólo en la homosexualidad, cuya simple existencia amenaza con sacudir todo un universo de creencias y de valores, sino también en la heterosexualidad que, para ser el punto de vista común sobre el mundo, representa el punto ciego de este punto de vista.

De hecho, no calibrar todo el horror que la homosexualidad representa para algunas personas nos expone a no entender la homofobia, sólo lo más intransigente de ella. El sentimiento general y convulsivo de odio que suscitó Copérnico cuando osó hacer caer a la Tierra del pedestal epistemológico en el que estaba hasta entonces podría darnos una idea aproximada, en la medida en que, en materia de geocentrismo, el heterocentrismo podría ser descrito como una visión del mundo alrededor de un centro de referencia autoproclamado; en este sentido, en el caso de la heterosexualidad, las otras sexualidades no pueden ser más que galaxias extrañas, oscuras nebulosas, formas de vida en el límite, extraterrestres. Desde luego que, fuera o no la Tierra el centro del universo, no cambiaba nada en la vida cotidiana, pero la necesidad objetiva de repensar el orden de Dios, y lo que era de hecho el orden de los hombres, suscitó subjetivamente un auténtico furor cuyas razones exceden a la estricta creencia religiosa, que, por otra parte, nunca habría cuestionado, en sus fundamentos reales, las tesis de Copérnico ni las de Galileo.

Asimismo, para las personas más condicionadas por el heterosexismo, la simple existencia de homosexuales, que objetivamente no representan ninguna amenaza para ellas, constituye subjetivamente una amenaza para el edificio psíquico que, precisamente, habían construido con esfuerzo y durante mucho tiempo sobre esta exclusión, lo que permite explicar que el miedo, y más aún el odio que resulta de él, puede conducir a la violencia más brutal. Claro está que este miedo no debería ser una circunstancia atenuante ni una justificación para los homicidios homófobos. Frecuentemente se alega en los tribunales norteamericanos, a veces con éxito, por parte de individuos que se acercan a los lugares de ligues, armados con bates de béisbol para «cazar al marica», este concepto de sex panic, que es el colmo de la mala fe y de la crueldad cínica. Sin embargo, tiene el mismo origen profundo que las reacciones extremas que sostienen de hecho los condicionamientos heterosexistas que propugnan que la identidad masculina se basa en el dominio más o menos «suave» sobre la mujer, y en la represión más o menos dura sobre el homosexual.

Por lo demás, las teorías teológicas, morales, jurídicas, médicas, biológicas, psicoanalíticas, antropológicas, etc., no son otra cosa que razones inventadas para justificar a posteriori una íntima convicción, evidentemente injustificable, de acuerdo con las creencias predominantes en el momento. Así, durante la batalla del PACS, en la medida que la teología y la moral religiosa eran discursos poco válidos, la Iglesia católica no dudó en recurrir al psicoanálisis, a todas luces mucho más de moda, y cuyas tesis generales había condenado no hace mucho por obscenas y permisivas. Por idénticas razones, en general es inútil demostrar a los que ven en la homosexualidad una especie de tara o de patología que su creencia obsoleta ha sido invalidada desde hace tiempo por la propia medicina: lejos de ser la causa de su homofobia, este discurso médico, históricamente datado, no es más que la forma ocasional y, a lo sumo, la confirmación accesoria de ella. Por esto, en la medida en que los precedía, la creencia sobrevivió obstinadamente a las teorías que parecían fundarla y que, de hecho, sólo eran una formulación y una justificación contextuales.

A decir verdad, las teorías en sí mismas importan poco: a menudo son intercambiables. Así, el orden divino, el orden natural, moral, público, simbólico o antropológico no son más que la declinación de un único y mismo concepto según diversas construcciones, invocadas de acuerdo con las necesidades de la época para legitimar una situación de hecho profundamente desigual. Hay que hacer leña de todo el bosque: hoy, el orden moral es molesto, el orden natural, un poco anticuado; sería mejor hablar de orden simbólico a fin de eufemizar, endureciéndose de hecho, una posición homófoba que se arriesga a ser entendida como tal.

Evidentemente, las teorías o argumentos avanzados no son más que medios coyunturales puestos en práctica por la homofobia común cuyo origen más o menos consciente se debe buscar en el fondo de este pensamiento, o más bien este impensable heterosexista, que contiene el germen de la estigmatización de cualquier persona homosexual. Pero este heterosexismo de buena ley no llega siempre, felizmente, a violencias homicidas; nos queda, por tanto, saber por qué la homofobia surge o resurge más violentamente en una época o en un lugar de esta forma precisa.

Ahora bien, más allá de manifestaciones comunes, parece que las grandes oleadas de homofobia obedecen en general a motivaciones oportunistas. La historia es rica en enseñanzas en este sentido. En los primeros tiempos de la revolución comunista, la homosexualidad fue relativamente «tolerada». En la Unión Soviética, una vez abolido el Código de 1832, no se volvió a introducir en los códigos de 1922 y 1926 el crimen de sodomía; y en la primera edición de la Enciclopedia soviética se afirmaba claramente que la homosexualidad no era ni un crimen ni una enfermedad. También en Cuba, al comienzo de la nueva revolución, los homosexuales pudieron gozar de una corta pero real libertad, según el testimonio de Reinaldo Arenas. Pero desde que aparecieron las primeras dificultades políticas fueron sistemáticamente perseguidos y encerrados en campos. Del mismo modo, en la Unión Soviética, los sinsabores del régimen y la llegada de Stalin contribuyeron a endurecer las condiciones de vida. En 1933 se penalizó de nuevo la homosexualidad y muy pronto se convirtió en un crimen contra el Estado, un símbolo de decadencia burguesa, y más aún, una perversión fascista, muy castigada. Pero, como dice Daniel Borrillo, «por una triste ironía de la historia, la Alemania nazi en la misma época puso en práctica un plan de persecución y exterminio de los homosexuales asimilándolos a los comunistas».

Estos ejemplos muestran con claridad que la homofobia latente e inherente al heterosexismo puede ser bruscamente reactivada por una crisis grave que justifique la búsqueda de un chivo expiatorio. Cargada con todos los males, la homosexualidad se convierte entonces en razón suficiente de purgas que se consideran necesarias. Por ello, según el momento histórico del que se trate, la homosexualidad será acoplada a la situación concreta y lanzada contra el enemigo principal a estigmatizar o eliminar. Así, igual que la herejía búlgara durante la Edad Media, de donde procede el término bougre (*), la sodomía fue utilizada habitualmente como causa de inculpación en la lucha contra las «desviaciones» religiosas, contra los templarios, por ejemplo.

De la misma manera, durante las guerras de religión, la homosexualidad se convirtió en un vicio católico según los hugonotes, y en un vicio hugonote según los católicos; en la misma época se asoció a las costumbres italianas, en la medida en que la Corte de Francia estaba impregnada de la cultura italiana; más adelante, a las costumbres inglesas, cuando el Imperio británico alcanzó su máximo apogeo; a las costumbres alemanas, cuando la rivalidad franco-alemana estaba en su punto álgido; al cosmopolitismo judío, cuyas supuestas intenciones eran tan inquietantes para la nación; al comunitarismo norteamericano, hoy, porque se dice que sus principios ponen en peligro a la República francesa. Vicio burgués para los proletarios del siglo XIX, para la burguesía de aquella época era obra de las clases trabajadoras, siempre inmorales, o de la aristocracia, necesariamente decadente. Todavía hoy día en Oriente Próximo, India, China o Japón se la considera una práctica occidental; en el África negra se atribuye a los blancos.

En resumen, por encima de la eventual realidad de los hechos, la homosexualidad es un componente simbólico proteiforme completamente característico a priori del adversario o del enemigo del que se trate, sea la nación rival, un grupo social determinado o una persona a la que se insulta en la calle. Es el método de descalificación más simple y también el más seguro; por eso encuentra un terreno tan favorable en los medios en los que el odio social, religioso, racista, xenófobo o antisemita está muy arraigado. De cierta forma, es el extraño denominador común de los diferentes rencores a los que agrupa en torno a una misma causa. Es decir, en una cultura heterosexista, las crisis y dificultades coyunturales favorecen la eclosión de sentimientos y prácticas homófobas, que de forma oportunista puede poner a su servicio cualquier líder «carismático» que trate de ganar más audiencia.

Por ello no es extraño que la homosexualidad sea tan a menudo el blanco escogido por regímenes que son muy diferentes, a veces incluso opuestos, por lo menos a simple vista: a poco que las nubes ensombrezcan el cielo, la movilización de discursos homófobos puede ser un instrumento muy útil para desviar la atención de muchos problemas, dando a las buenas costumbres la prenda que reclaman. Y con mucha frecuencia lo que no debería ser más que un pretexto oportuno se convierte en un fin en sí mismo, justificado por las teorías mejor recibidas por el público: la necesaria virtud.

Nos queda todavía analizar los medios puestos en práctica por la homofobia. No se trata tanto, seguramente, de hacer un catálogo razonado, tarea siniestra y molesta, como de estudiar los complejos mecanismos. En este sentido, los numerosos modos de actuar suelen ser ambiguos, y es difícil clasificar las diferentes violencias, aunque sean formales, es decir, ejercidas bajo el control del Estado (pena de muerte, trabajos forzados, latigazos, castración, química o no, clitoridectomía, encarcelamiento, internamiento...), o, sobre todo, informales (atentados terroristas, asesinatos, violaciones, palizas, agresiones físicas o verbales, novatadas, hostigamiento...).

Además, hay que poner en tela de juicio esta distinción ya que, en algunos países, la violencia informal se beneficia ampliamente de la aprobación, es decir, complicidad, de las autoridades que se supone deberían castigarla. Incluso cuando las prácticas homosexuales no están penalizadas se utilizan recovecos jurídicos con objeto de incriminarlas bajo otras formas de inculpación, por fantasiosas que sean: reunión ilícita, conspiración, blasfemia, agresiones mutuas, alteración del orden público, aunque se realicen en un domicilio privado... Es muy difícil de trazar, por su ambigüedad, la línea divisoria entre lo formal y lo informal del papel de las autoridades.

Más allá de esta homofobia de Estado, más o menos afirmada, la homofobia social, más difusa, se ejerce en todos los ámbitos: en la familia, en la escuela, en el Ejército, en el trabajo, en el mundo político, en los medios de comunicación, en el deporte, en las prisiones, etc. Estas violencias físicas y morales, y a menudo las dos a la vez, son tanto menos conocidas en cuanto que los y las que las sufren renuncian muchas veces a denunciarlas: el miedo a que se conozca su homosexualidad, y también el miedo a las represalias, sobre todo cuando son actos realizados en un grupo, en un equipo, fuerzan al silencio a las víctimas más vulnerables.

En este orden simbólico es donde se practica la mejor homofobia. Por encima incluso de actos, hay actitudes y comportamientos homófobos, los marcos establecidos de la organización social constituyen una estructura cuya violencia cotidiana es muy difícil de imaginar para aquéllos cuya experiencia está organizada de acuerdo a estos marcos. En efecto, como señala Didier Éribon, por racista que sea el medio donde uno nace, un niño negro tiene al menos todas las oportunidades de crecer en una familia que le permita construir su imagen con un sentimiento de relativa legitimidad. Ahora bien, en las familias heterosexuales en las que crecen la mayoría de los chicos y chicas homosexuales, la conciencia progresiva de este deseo es generalmente una difícil prueba y debe mantenerse en secreto. La vergüenza, la soledad, la desesperación de no ser nunca amado, el pánico a ser descubierto encierran el espíritu en una prisión interior que lleva al individuo a sobrevalorar a veces la actitud negativa que puede desarrollar su entorno. Podemos ver también a padres desconsolados, incapaces de comprender el suicidio de su hijo homosexual: claro está que ellos lo hubieran aceptado en su diferencia y nunca habrían dicho nada en contra de la homosexualidad. No lo comprenden, pero el silencio general sobre este tabú, la ausencia de imágenes y palabras, ha sido lo peor para sus hijos e hijas.

Estos casos, mucho más numerosos de lo que se puede suponer, dan la medida de la mayor violencia simbólica de la homofobia: no necesita expresarse para ser ejercida. El silencio es su sitio. El anatema y las condenas suelen ser inútiles. Los padres, los amigos, los vecinos y los otros, la televisión, el cine, los libros de la infancia, las revistas de adultos, todo festeja e invita a la pareja heterosexual. Sin que se diga nada, a medida que uno crece, cualquier niño comprende muy bien, de forma más o menos consciente, que la alternativa es imposible: la homosexualidad no está en el lenguaje, está fuera de la ley. Sólo figura en los insultos más bajos, «marica», «culero» y otras lindezas por el estilo, cuya carga homófoba ni siquiera es percibida por los que los usan, relegando de hecho la homosexualidad masculina al reino de lo innoble, y quedando la homosexualidad femenina casi como una desconocida.

Aunque partamos del silencio, esta violencia simbólica, aparentemente eufemizada pero generalizada de hecho, se impone en el espíritu de aquéllos contra los que se ejerce. Lejos de provocar su rebelión, consigue muchas veces su colaboración a cambio de una eventual tolerancia concertada. Como explica justamente Erving Goffman, «se les pide, pues, con educación, a los estigmatizados que demuestren su saber vivir y que no se aprovechen de su situación. No conviene que experimenten los límites de la aceptación acordada no sea que vengan con nuevas exigencias. La tolerancia se utiliza casi siempre como una mercancía».

De esta forma, cuantas más pruebas de buena conducta dé la persona homosexual, más aceptación de los demás piensa que obtendrá. Esta homofobia de aire liberal, tolerante y condescendiente, lleva, en consecuencia, a multiplicar las falsas apariencias y las mentiras honorables, que, incluso aunque no engañen a nadie, son los prerrequisitos para un reconocimiento precario, cuyos límites, rápidamente sobrepasados, sorprenden siempre a los que ingenuamente habían creído en una «integración» definitiva.

Esta lógica de aceptación social ha conducido a los que se someten a ella, con un alto coste, a adoptar en su situación de dominados el punto de vista de los dominantes, fuente de numerosos desgarros internos y de trastornos psíquicos. Les provoca un sentimiento de homofobia interiorizado, auténtico odio de sí mismo, que puede ser la causa de muchas violencias. La necesidad de demostrar su perfecta «normalidad» lleva a algunas de estas personas a agredir o perseguir a los que les consideran homosexuales.

La historia contemporánea nos proporciona un ejemplo muy claro de esto. Se ignora con frecuencia que la «caza de brujas», además del comunismo, se dirigió especialmente contra la homosexualidad. Pero se ignora también que uno de sus principales responsables, John Hoover, director del FBI, era homo o bisexual; su política norteamericana, homófoba, patriótica y musculosa estaba sin duda dirigida a demostrar a los demás, y en primer lugar a él mismo, su infalible virilidad. Esta disposición mental, profundamente enquistada entre el deseo del otro y la negación de sí mismo, puede conducir también a la violación.

Con mucha frecuencia, en los lugares no mixtos, donde se exacerba la masculinidad día a día, en las prisiones, en los cuarteles o en los internados, por ejemplo, esta práctica ejemplar –en cuanto que se propone dar una lección a una víctima considerada menos «viril»– ofrece la doble ventaja de satisfacer una libido secretamente homosexual dando a los demás la prueba irrefutable de un poder sexual manifiesto y, en consecuencia en esta lógica paradójica, de una completa heterosexualidad.

Sea como fuere, esta homofobia interiorizada, cuya violencia se ejerce contra otros homosexuales o contra uno mismo, es sin lugar a dudas uno de los aspectos más odiosos de este orden simbólico, ya que actúa de hecho sin tener que actuar. Los efectos de la vergüenza que el homosexual suscita y siente le impiden toda acción visible, de tal forma que muchas personas, incluso de buena fe, no creen que la homofobia esté tan extendida, al menos en Francia, y ni siquiera llegan a sospechar una estructura paranoica en algunos que parecen rechazar la homosexualidad.

Así, al no querer ver que lo propio de la violencia simbólica es precisamente que se ejerce sin coacción aparente, se convierten en aliados objetivos de un mecanismo que prefieren ignorar. De este modo, la homofobia del orden simbólico, máquina implacable, anónima y colectiva, es particularmente temible: los que se someten a ella interiorizando más o menos sus principios contribuyen implícitamente a legitimarla; los que la denuncian acusando su violencia se desacreditan tanto más cuanto que parecen batirse contra invisibles quimeras, como Don Quijote.
Por ello, la lucha contra la homofobia, cuyas causas son muy profundas y cuyos medios son muy eficaces, es una difícil empresa. En la medida en que las leyes que condenan o discriminan la homosexualidad son el efecto más que la causa de la homofobia ambiente, el simple hecho de abolirlas parece una medida necesaria, pero seguramente no suficiente. Habría que ir mucho más lejos para crear las condiciones que posibiliten de verdad una revolución de los espíritus. Pero las mentalidades no se cambian tan fácilmente. El trabajo necesario requiere tiempo, energía y lucidez.

Para contribuir a este trabajo de tan larga duración, parece útil realizar una obra de síntesis con el fin de proponer un mosaico de las problemáticas ligadas a este concepto. Y para hacerlo me ha parecido oportuno renovar la tradición de los diccionarios críticos del Siglo de las Luces: en otro tiempo, Bayle, Diderot, D'Alembert, Voltaire habrían recurrido a esta fórmula para combatir otras formas de intolerancia. Así pudieron reseñar las ideas de su época y combatir los prejuicios. El diccionario proporciona, y éste es su mérito, artículos que aciertan en todos los aspectos de cada tema, que son elementos autónomos, segregables, reutilizables y susceptibles de desarrollarse nuevamente. Reafirmando con claridad su doble vocación científica y política, este diccionario de la homofobia es, pues, al mismo tiempo una obra de conocimiento y de combate.

Los artículos tratados, presentados en orden alfabético como se debe hacer en cualquier diccionario, pueden ser, a pesar de todo, distribuidos en cinco categorías cuyos títulos son también los principios generadores para la definición de las distintas entradas. En primer lugar, se han tenido en cuenta las teorías que han podido ser utilizadas para justificar los actos, actitudes o discursos homófobos, desde la teología al psicoanálisis pasando por la medicina, la biología y la antropología. También se han evocado algunas figuras que han sido grandes agentes históricos de la homofobia, McCarthy y Christine Boutin, por ejemplo, y otros que, por el contrario, han sido víctimas históricas de la homofobia, como Radclyffe Hall u Oscar Wilde. Después se han dedicado varios artículos a diversos países (Francia, Alemania, India, China, etc.) o regiones (Magreb, Oriente Próximo, sureste asiático, América Latina...) que conforman también un panorama que, sin pretender ser exhaustivo, permite como mínimo realizar un recorrido geográfico e histórico por el mundo sobre la homofobia. Además, una cuarta clase de artículos se refiere a medios e instituciones como la familia, la escuela, el ejército, el mundo del trabajo, donde la homofobia social genera prácticas y discursos completamente específicos e interesantes de estudiar. Finalmente, los temas normales de la retórica homófoba, desenfreno, esterilidad, proselitismo, sida, etc., justifican también un último grupo de artículos.

En total, más de 70 personas provenientes de una quincena de países diferentes han trabajado en este volumen que se presenta de hecho como un texto polifónico, no sólo por deseo de pluralidad, sino también, y sobre todo, porque la homofobia es una violencia colectiva. Cuando apunta a un individuo, le apunta siempre en tanto que elemento de un grupo al que trata de estigmatizar a través suyo. En consecuencia, frente a esta violencia colectiva, hay que dar una respuesta colectiva. Por otro lado, la reunión de estos artículos en un solo volumen no significa un pensamiento unificado, que de alguna manera sería la lección del conjunto. Si hay en este libro alguna lección, no puede ser otra que la de combatir la homofobia. Esto es lo principal.

Por lo demás, la complejidad del tema y la diversidad de sus elementos no permiten apenas sacar conclusiones generales. La homofobia, de la que evidentemente se habla en todos los artículos, no tiene siempre el mismo rostro. Es decir, es problemático utilizarla respecto a culturas donde la homosexualidad no existe hablando con propiedad. Pero a decir verdad, no es necesario plantear la existencia de un dispositivo social y sexual como el nuestro para utilizar el concepto de homofobia. Exista o no como categoría en las diversas sociedades que se han considerado, la homosexualidad puede ser pensada como un instrumento de análisis, y definida a minima como el conjunto de violencias físicas, morales o simbólicas contra las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, cualquiera que sea, por otro lado, la significación de estas relaciones. Se conforma cada vez según diversas modalidades que los autores, muy conscientes de los límites de este término, han intentado evidenciar, evitando en todo momento los peligros del anacronismo y del etnocentrismo. También esta palabra se ha tratado con precaución a lo largo de toda la obra.

Sin embargo, aunque los autores han trabajado de forma autónoma, es claro que los diversos artículos se mezclan, se complementan y responden, invitando también al lector a circular de acuerdo con su propia curiosidad. Con el fin de facilitar el uso de la obra, al final de cada artículo figuran algunas palabras clave a las que cada uno se puede remitir. Por otro lado, los asteriscos que aparecen en una frase indican las palabras a las que se ha dedicado una entrada específica. Estos signos son suficientes para una obra que no tiene más vocación que la de aportar algunas aclaraciones generales a una problemática reciente, pero cuya actualidad muestra por desgracia, cada día, una importancia crucial. También se puede considerar este diccionario como una síntesis y no como una suma. Necesariamente les parecerá incompleto a quienes deseen profundizar en tal o cual aspecto de cada tema. Para ellos, las indicaciones bibliográficas les señalan pistas suplementarias. Para todos los demás, constituirá sin duda una auténtica base de reflexión, y, por qué no, de acción.

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(*): Para la Inquisición, los homosexuales eran iguales que los herejes. El término bougre deriva de la herejía búlgara; es el nombre antiguo de los búlgaros y de los que eran considerados sodomitas. Este término se utilizó en Francia para designar a los homosexuales hasta el siglo xviii. [N. de los T.]

Foto: Homenaje a Daniel Zamudio.

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