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No vamos a tragar: soberanía alimentaria, una alternativa frente a la agroindustria

En comedores de escuelas, hospitales o residencias de la tercera edad, te alimentan para el buen provecho del mismo banco de in­versiones responsable del hambre del siglo XXI

Extracto del libro No vamos a tragar (Libros del Lince), de Gustavo Duch, coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas

Muertes globales

Frente a la pantalla del ordenador, mientras toma su primer café, estudia los índices bursátiles. Las deudas soberanas europeas son poco fiables, la bolsa sigue en caída libre y el petróleo es demasia­do inestable, ha habido hallazgos inesperados. ¿Dónde invertir? Las curvas de los granos básicos están, a su gusto, demasiado planas.

Toma el teléfono y en segundos las agencias de prensa ofrecen nuevos titulares: graves sequías en países asiáticos; un informe de una agencia internacional alerta de un próximo déficit de alimen­tos en un planeta de siete mil millones de personas; se constata un importante aumento del consumo de carne; en Europa se estudia incrementar el uso de agrocombustibles...

Se anuda la corbata para salir del despacho a pocas calles de la central de la Bolsa de Chicago, y de reojo vuelve a mirar la panta­lla. Sonríe, la curva de los precios del grano apunta ya claramente hacia arriba.

La misma gráfica está ya en los ordenadores de todo el plane­ta. Se disparan las operaciones (y las operaciones conllevan dispa­ros). Fondos de inversión de Goldman Sachs compran tierras agrícolas en Indonesia, Camboya y Uruguay; Cargill y ADM deci­den retener grano en sus almacenes, pues en breve su precio se doblará, y en Argentina los terratenientes como José Ciccioli quieren agrandar sus propiedades donde cultivar soja... y dan ins­trucciones.

Ya es la hora de comer, toda la familia está en su rancho de San­tiago del Estero (Argentina). Cristian Ferreyra, el 16 de noviembre de 2011, ha invitado a tres compañeros del movimiento campesino que les aglutina (MOCASE-Vía Campesina). Les preocupa el avan­ce de los inmensos monocultivos de soja que a tantos campesinos y campesinas de la zona están expulsando violentamente de sus tie­rras; y cuestionan el papel del gobernador Zamora y del poder judi­cial que todo lo permite.

Sin darles tiempo a reaccionar, dos sicarios al servicio de los em­presarios sojeros derrumban la puerta e increpan a Cristian: «¿Quién te crees que sos?». Cristian no duda: «Somos los dueños de esta tie­rra, aquí vivimos, ¿ustedes quiénes se creen?».

Dos balas globalizadas, dos disparos capitalistas, acaban con los veinticuatro años de Cristian.

Algunos diarios lo desmienten, pero la especulación lo mató.

Disparando a matar

Cada dos años, más o menos, nos sacude una crisis alimentaria por la fuerte subida del precio de los cereales. Leyendo la informa­ción que se publica es fácil pensar que serán muchas las toneladas que dejarán de producirse para que el precio promedio de los ce­reales, en poco menos de un mes, se haya incrementado más de un 25%. Que tendremos muchos mercados desabastecidos. Pero no, para nada, aun teniendo en cuenta que hablamos de previsiones, el factor que dicen que provoca el aumento de los precios es un descenso total de 23 millones de toneladas de cereales, que situa­rán la cosecha final en 2.396 millones de toneladas. Es decir, un 1 % menos para lo que será una nueva cosecha récord a escala mundial.

Pero, en efecto, un pequeño traspié en las previsiones nos lleva al vendaval de la subida del precio de los alimentos, porque dicho precio se decide en las bolsas de la especulación. Ahí es donde con esmero se tejen falsos argumentos para generar la escalada de pre­cios.

De nada nos sirve la supuesta gran capacidad de producción de alimentos del sistema agroindustrial si, como hemos visto, de los más de dos millones de cereales sólo la mitad se empleará directa­mente para el consumo humano. La otra mitad se dedica, aproxi­madamente, en un 70% a la alimentación de la ganadería intensi­va y el otro 30 % a la alimentación de los motores que funcionan con agrocombustibles. Sin políticas regulatorias y sin la participa­ción de las comunidades en las decisiones agrarias, las empresas que controlan la comercialización del grano sólo miran dónde en­contrar más beneficios.

Tendremos los mercados con grano más que suficiente para la alimentación de la población, pero a un precio disparando a matar.

Goldman Sachs, el negocio de hambrear

Goldman Sachs y sus fondos de inversiones están hasta en la sopa. Literalmente.

Desde hace poco sabemos que sus legiones de ejecutivos goldmanitas controlan a cara descubierta Gobiernos, ministerios, bancos centrales y otras instituciones públicas en Europa y Estados Unidos. Pero con antifaz y en la sombra, ¿desde cuándo lo llevan haciendo?

Los encontramos en su salsa cuando hablamos de petróleo, vi­vienda o cría de puercos. No sería extraño que estén presentes en negocios tan suculentos como el armamentístico.

En el Estado español, almorzamos con Goldman Sachs. Como ha denunciado el investigador Carles Soler: «Goldman Sachs es propietaria de una de las grandes multinacionales de la restaura­ción colectiva (ISS Facility Services) que en el Estado español sirve 22 millones de comidas anuales».

En comedores de escuelas, hospitales o residencias de la tercera edad, te alimentan para el buen provecho del mismo banco de in­versiones responsable del hambre del siglo XXI. Porque Goldman Sachs no ha descuidado en absoluto el sector agrícola como fuente, no de comida, sino de beneficios económicos.

En 1991 los cerebros de Goldman Sachs, repletos de ideas ju­gosas para las gentes de la bolsa, crearon un instrumento financie­ro que permite a cualquier pájaro invertir sus riquezas en produc­tos básicos como el trigo, el arroz o el café. De lo que se come se cría, y criaron toneladas de beneficios.

Tantas apuestas sobre la ruleta de los mercados de los granos básicos son las responsables de la subida de precios de éstos, y, por lo tanto, responsables de que millones de personas no puedan ad­quirir sus alimentos necesarios.

Desde el año 2000 hasta ahora, sin otras burbujas que inflar, el precio de los alimentos básicos prácticamente se ha triplicado en paralelo al incremento de los activos financieros en estos exquisi­tos platos financieros.

Para Goldman Sachs, invertir en panes y peces en espera de su mágica multiplicación les supone unos beneficios anuales de cinco mil millones de dólares. Mucho dinero que en pocos años daría para solventar el problema del hambre global, pero claro, ése no es su propósito, ése no es su negocio, es todo lo contrario. Fabrican hambre, son hambreadores.

Un nuevo negocio, también hambreador, ha salido al escena­rio: comprar las mejores tierras fértiles para exigirles (hasta su agotamiento) la producción de biomasa, la energía que moverá el mundo y resolverá buena parte de los problemas ecológicos del planeta. Eso dicen, pero es pura farsa.

Y, efectivamente, algunos personajes curtidos en Goldman Sachs ya están en ello. Como Joakim Helenius (y su fondo de inversiones Trigon Agri Fund): que se sepa, lleva acumuladas unas 170.000 hec­táreas de tierras cultivables en la región de tierras negras en Rusia y Ucrania. O Neil Crowder, que con el fondo Chayton Capital ha arrendado para los próximos catorce años 20.000 hectáreas en Zambia.

Abanderando la lucha contra el hambre, más hambre. Abande­rando la lucha contra el cambio climático, más hambre.

Los ABCD de la crisis alimentaria

Son cuatro establecimientos, cuatro bazares como esos que tienen todo lo que puedas imaginar y lo que no. Desde una jarra con for­ma de vaca para servir la leche por sus ubres de cerámica, hasta el siempre imprescindible cazamariposas entre la estantería de ropa íntima y las llaves de ferretería o los sacos de tierra de jardín. Sólo hay una diferencia: mientras que en los malos tiempos estos uni­versos de barrio padecen la crisis como cualquier otro negocio, los ABCD de la comida son cuatro empresas monstruosas por partida doble que, nacidas y crecidas en el regazo de mamá capitalismo y papa desregulación, ganan todo el oro del mundo diciendo que fa­brican comida cuando en realidad se lucran matando de hambre a millones de seres humanos. Y lo hacen desde la invisibilidad.

Cada cierto tiempo, se nos alerta de una nueva subida del pre­cio de los alimentos, con repercusiones que ya contabilizan los ce­menterios de los países más vulnerables, sobre todo en el Sahel. El argumento difundido en 2012 de las malas cosechas que tiene la agroindustria en Estados Unidos ya sabemos que es mitad menti­roso, mitad incompleto. Con timidez la información se nos amplía y centra el tema: el precio de la materia prima sube como en las anteriores crisis alimentarias por las grandes cantidades de cereales que se destinan a fabricar combustibles (¿recuerdan hace seis y sie­te años cuando se advirtió de los inconvenientes de esta nueva tecnología?), por la especulación que de futuras cosechas se hace en las bolsas financieras, y, esto es más novedoso, por la cada vez mayor cantidad de tierra fértil que está pasando de las manos cam­pesinas al patrimonio de bancos, empresas y fondos de inversión.

¿Quién está en todos esos negocios a la vez? ¿Quién hay detrás de la carne, del pan, de la pasta, de la leche... y no lo sabemos? ¿Quién tiene en el mismo local estanterías repletas de agrocombustibles hechos de maíz, lineales con piensos de soja para el engorde de animales y, un pasillo más allá, una mesa con un gestor que ofrece pensiones ligadas a la compra de hectáreas en Etiopía o bo­nos financieros referenciados al precio del trigo? Los cuatro «com­pro, vendo y especulo» de la comida son ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus, conocidos como los ABCD de la comercialización de ma­teria prima. Cuatro empresas con sede en Estados Unidos que, si inicialmente consiguieron dominar y controlar el mercado mun­dial de los granos básicos, cereales y leguminosas, han ido am­pliando sus trapicheos a esas nuevas áreas.

Es muy difícil sumergirse en las entrañas de estas empresas y sus infinitas subsidiarias, pero hay dos cosas obvias. Primera, si entre ellas cuatro controlan, como es el caso, el ¡90 %! del merca­do mundial de cereales, y si el mercado no tiene ninguna regula­ción (ni aranceles o cuotas de importación / exportación, ni reser­vas públicas de cereales, ni políticas de precios), y las pocas normas que se dictan son supervisadas por los propios ABCD, son sus de­cisiones las que verdaderamente marcan el precio de dicha materia prima y por lo tanto de todos los alimentos que incluyen arroz, trigo, maíz, etcétera. Segunda, si las ABCD (junto con entidades financieras) han degustado los brutales beneficios que les genera especular con la comida y la tierra de cultivo, como sangre para vampiros, seguirán chupando del hambre de los demás si nadie les pone coto.

Las últimas crisis alimentarias han permitido que la sociedad civil conociera y denunciara cómo la comida y la tierra se han he­cho objeto de especulación. La respuesta que ha llegado de los mo­vimientos campesinos ha sido clara: soberanía alimentaria. Tam­bién ahora hay que responder, y lo que necesitamos no son normas para que los ABCD ganen menos dinero, sino políticas a favor de la soberanía alimentaria para que la alimentación nos llegue de mu­chas, pequeñas y humanas agriculturas. De todo un abecedario ali­mentario.

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