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Cosmonautas

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Se nos rompieron los bolsillos

cuando comenzamos a darnos igual.

Demasiado tarde

parece que amaina el temporal

midiendo los destrozos

ya no sabes si es mejor abandonar.

Somos tan distintos y de indomables casi iguales

jugamos a ser astronautas en medio del mar

saltamos valientes de la mano el precipicio

pero en la caída perdimos la estabilidad.

Hace tantos días que no escribo que ya no recuerdo cómo se hace. En mi cabeza retumban memorias de los pasos a seguir. El primero es que me inundaba la tristeza aunque no la tuviera a mi alrededor. Me sentaba a escribir y rescataba toda la nostalgia de una semana llena de risas fingidas. Recuperaba entonces las lágrimas que no había derramado y les daba forma hasta convertirlas en negro sobre blanco.

El segundo era pensar qué podía decir que no hubiera dicho ya: que el invierno siempre me recordaba a aquel invierno, que mi reloj nunca estaba en hora, que vivía subida a un bucle de esperanza muerta. Eso que ya había contado tanto pero que siempre encontraba el modo de nombrarlo de otra forma.

No recuerdo cuál era el tercer paso ni tampoco me importa. Porque voy a hablar de lo mismo y puede que de la misma manera que lo hago desde hace años y con el mismo sentimiento que me arrastra desde entonces. A veces pienso cómo hubiera sido mi vida si empaquetara palabras cada día y las enviara a lugares del mundo en los que quizás ni siquiera me entienden. Lo pienso y no lo hago porque me abruma la posibilidad de lo que sucedería después.

Pero eso no me pasa con otras cosas. No me pasa con todo lo real, con todo lo que no dudo. En esos casos prefiero arriesgar a perderme en los tal vez de un verano sin mar. En esas ocasiones lucho hasta la extenuación con la certeza de que podré decir alto y claro que me equivoqué. Cuando no te equivocas no lo gritas tan fuerte porque estás disfrutando de la intimidad y el silencio. Y ese es el triunfo que yo espero, aquel que no vence nada sino que se complementa con lo que es y con lo que quiere ser, aquel que se sabe torpe al borde del abismo pero con las ganas suficientes para sobrevolar cualquier acantilado. Ya lo dije una vez. Repetirlo sería repetirme; jamás arrepentirme: el tiempo pasa para nadie y aprovechar un suspiro eterno es solo una cuestión de grises.

Mientras pienso ojalá esta vez vuelvo al trabajo un lunes pensando en lo mediocre que hubiera sido acabar con todo un domingo por la tarde. O en lo vulgar que resulta agotarse el deseo sin saber qué hubiera sido ese futuro incierto. La realidad es que regresé a la oficina como cada semana sabiendo que no era una semana como las cien anteriores. Sin embargo, no pude descifrar si esta vez me marcharía sin conocer nada de lo que esperaba. De aquel lunes no me llevé, precisamente, nada, o eso supuse entonces.

Mientras pienso ojalá esta vez vuelvo al trabajo el martes pensando en lo mediocre que hubiera sido acabar todo un lunes por la tarde. Lo malo es que ahora sé que cada día pierdo un ojalá y me quedo con un hasta siempre.

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