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Hora de barbarie

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He visto a la tristeza sonreír por poder impedir una ilusión

he visto a los peores saberse impunes

y a los esclavos celebrar que al menos la miseria no es soledad.

 

Me he visto a mí mismo cerrar los ojos a una realidad

que me exprime la desgana

hasta sus últimas gotas

hasta agotarnos

sin fuerzas para el abrazo.

 

Escandar Algeet

Yo sé que los reencuentros siempre deben producirse en tierra ajena a cualquiera de los implicados. Sé que regresar siempre es un error cuando la herida aún está abierta. Yo sé que no se debe mirar hacia atrás cuando todo lo que queda es futuro. También conozco el peligro de no perdonarse los errores a uno mismo, de autoexigirse una existencia que agoniza en la radicalidad de la moral ajena. Digo que sé todo eso, pero ni siquiera estoy segura. No me lo explicaron en ningún sitio, sino que lo entendí cada vez que unos ojos que quería me miraban con indiferencia.

Ahora que han pasado los años sé que no hay nada más doloroso que aceptar que la vida no se acopla a la de otro ser; tampoco nada más bello que ver comprobar con ojos de niño que esta vez sí. O puede que sí. La razón de todos mis fracasos se halla precisamente en mi incapacidad de afrontar un adiós definitivo. Cuando recuerdo hago un ejercicio mental de pesas en el que cargo con lo todo lo que pudo haber sido. Me pregunto entonces qué hubiera pasado si hubiera sustituido esas palabras por otras. Si hubiera escrito ese mensaje antes. O después. Si no lo hubiera redactado. O si no lo hubiera mandado. Me pregunto cómo fallé tanto y tan mal para acabar desesperanzada y me doy cuenta de que ese es un lastre que también me pertenece.

Me incumbe únicamente a mí precisamente porque la pena no se puede compartir, porque, en medio de una ciudad que es deshielo en verano, hay que sobrevivirse con quien sea capaz de entregar un poquito de sí mismo para dárselo al otro. Siempre me pregunto de dónde viene esa obsesión con la renuncia, pero lo que realmente me cuestiono es si algún día me sentaré frente a ese miedo y le diré que solo necesito una explicación para tanto desconcierto. 

Eso mismo le estaba intentando explicar a un desconocido cuando me confesó que no sabía la identidad de su padre y que había empezado a escribir versos como alivio. Me prometió que me los mandaría y sentí la responsabilidad de quien no había tenido tiempo de comprender su historia y sus ausencias. Solo pude contestarle en silencio y con una sonrisa; para olvidar a todos los demás, para recordar su sombra entre mil canciones.

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