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Incapaz de matar una mosca

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Román Delgado

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Entonces yo vivía en un inmueble lo más parecido a una casa de acogida, con todos sus pros y sus contras. Mi casa era como la zona de llegadas de un aeropuerto: siempre con un trajín de gente por todas partes, con un sube y baja intensísimo y con una cafetera que va al fuego y otra que se aparta de él. El olor a café siempre participó de las alegrías y las desgracias, quizá más de las desgracias.

La casa de acogida que era mi casa ofrecía grandes diversiones: cómicas y rocambolescas. Pero no todo era gloria. Claro que no. Tarde o temprano siempre aparecía la desolación, a veces en forma de secuencia inacabable, como si se tratara de un problema estructural, y otras con presencias distanciadas en el tiempo, como coyunturas que el paso de los días termina por borrar o sepultar casi sin dejar huella.

En mi casa, que en origen era la casa de mis abuelos, lo pasé muy bien, y también, en algunos momentos, lo pasé mal y muy mal, aunque, todo hay que decirlo, estas situaciones fueron las menos apreciables. Por ejemplo, lo pasé mal, pero no tanto, cuando un primo hermano de mi madre inició una auténtica tragicomedia en la azotea del tercer piso de mi casa; o sea, cuando uno de los sobrinos de mis abuelos, quizá el más modosito (hasta ese momento), subió sin avisar, por su cuenta y riesgo, a la azotea grande, la formada encima del tercer piso, y no se le ocurrió otra cosa que llevarse prestada la escopeta de caza de mi tío, con la intención de abatir, sobre la marcha, a su mujer. Y casi lo consigue, según la versión posterior de la Benemérita.

Este primo de mi madre parecía que era incapaz de matar una mosca y resultó que casi descabella a su esposa con la escopeta de cartuchos de mi tío el del Mini. Yo me enteré de todo esto cuando efectivos de la Guardia Civil tocaron en la puerta de casa en busca de explicaciones (que pronto las hallaron) y subieron la escalera que casi era de caracol camino de la azotea del tercero.

Lo siguiente fue un intento de suicidio y la silueta de un hombre joven y triste que deja atrás una verja para adentrarse en el corazón mismo de la prisión. Y parecía que el primo de mi madre era incapaz de matar una mosca. Eso creíamos todos. Con lo buen chico que era. “Pobrecito…”, gimió la abuela Luisa.

*Texto publicado en el libro de relatos y otros artículos PolicromíaPolicromía

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