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Perdigones

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Román Delgado

De las tardes frescas del verano que pasé tumbado en trozos de acera de Lepanto nº 4, junto a perros, moscas piconas, amigos, enemigos, familiares y todo tipo de gente, incluidos algunos locos y pirados, mantengo bien congeladas en la memoria verdades como puños de madres y abuelas, siempre insistentes, escuetas, sobrias, repetitivas: insistentemente repetitivas. “Ya vale, abuelita, que no todos somos iguales. Ñoos”.

Esas insistencias tenían que ver con una realidad social y palpable en el día a día que solo el efecto de la pobreza las convertía en expresiones de pocas palabras, a punto de ser mudas, ligeras de equipaje, aunque directas y penetrantes, veloces y sonoras. “La droga…, la droga…; la droga es el demonio, mi jijo”. “Y el alcohol…, que no te creas tú que el alcohol no es una droga. Bien claro lo dejan en la televisión”, verdad, doña Luisa.

Sí, la droga es el demonio; la droga es el demonio… Por repetirlo que no sea. Y ese demonio al que se referían las madres y las abuelas con pena y ánimo de prevención en los atardeceres despejados del estío, siempre las madres y las abuelas, aparecía a menudo, quizá muy a menudo, en las esquinas del barrio, con sus nombres y apellidos, con sus caras en papel de prensa, con sus esquelas, con sus avisos de entrada en prisión, con la tragedia envuelta en tormenta de lágrimas, con huellas y otras señales.

La droga es el demonio. Claro que sí. Si ya lo dijo doña Luisa, y doña Antonia, y tu mamá, y lo dice todo el mundo en el barrio

Aparecía en el escenario de la rutina, con sus cafés, sus plazas y sus bancos, con voces del populacho que tomaba tales eventos como noticias de habladuría preferente. La droga es el demonio. Claro que sí. Si ya lo dijo doña Luisa, y doña Antonia, y tu mamá, y lo dice todo el mundo en el barrio. O es que no se acuerdan. ¡Si ustedes mismos estaban allí!

Pero algunos no se enteraron, o ya fue tarde. Quizá por eso cogieron las escopetas de caza y entraron a tiros en el puticlub de la manzana de abajo. Dijeron que habían sido maltratados y que ello había motivado una segunda visita en forma de lluvia de perdigones. Se habían olvidado del empacho de pastillas y su diarrea mental. No hubo víctimas. Menos mal. “La droga es el demonio”, mi jijo. “Que sí…”, doña Luisa.

Texto publicado en el libro de cuentos Policromía.

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