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La espera

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(Todo azules al frente y nada que objetar, el ronroneo del viejo motor marca el ritmo, es un día más, uno cualquiera, monótono y constante)

Repasó los últimos detalles chequeando que quedaba cada cosa en su sitio y la sala recogida. Otro día más: muchas horas de pie, servicios, comidas, copas, cafés, atenciones varias, sonrisas, algún cliente pesado, alguno agradable, el jefe, una buena historia, la anécdota para contar al final del día, el típico percance sin importancia, la inesperada sorpresa, ese compañero amigo y ese otro infumable… y la lumbalgia, ese maldito dolor que le tenía la espalda destrozada y que apenas le dejaba caminar con soltura. 

No era nuevo, venía arrastrando la dolencia desde hacía meses. Sin tiempo para ir al médico o al masajista aprendió a convivir con aquello, haciendo poco caso al asunto y contrarrestando el daño con dosis de energía y tablas. Pero el pinchazo que sintió al intentar sentarse al volante del coche fue el detonante que motivó un intenso quejido, de esos que apenas emiten un gemido pero que se sienten bien dentro. Maldijo en dos versiones distintas y decidió pasar por el servicio de urgencias antes de irse a la cama o no pegaría ojo. Un buen combo de antiinflamatorios y relajantes musculares lo ayudarían a conciliar el sueño antes de ir a trabajar al día siguiente, eso no falla.

Once de la noche y todo sereno. Los pocos coches que había en el parking presagiaban que sería una corta espera, o al menos eso pensó. Dentro el silencio incómodo y ese olor característico, mezcla de higienes, medicamentos y enfermedad. Le incomodaba estar ahí y, tras un tímido “buenas noches”, sonrió a la única persona que esperaba sentada en la sala de espera, buscando algo de complicidad en esos trances que tienen estas visitas. Dio sus datos y se sentó como pudo en aquellas sillas de plástico, a pocos metros de su compañero de sala.

Los densos minutos de aguardar turno permitieron observar el insípido ambiente. En las deterioradas paredes un póster desgastado con indicaciones para evitar el contagio por gripe A y el clásico “guarde silencio”, también alguna silla rota y la sensación de un mantenimiento poco cuidadoso o inexistente. Mierda de país, pensó, tantos robando, nosotros pagando y mira la sanidad que nos toca. Indignación. Y en lo que hacía la inspección ocular se encontró con la mirada del compañero, que aprovechó la ocasión para devolver la sonrisa de la entrada. Buen tipo, sentenció al tiempo que se apresuró a hacer un breve diagnóstico del sujeto, intuyendo que aquel cuerpo vigoroso con aspecto de cuidarse estaría allí por alguna gripe o similar. Continuó con las pesquisas sobre el estado del inmueble y mientras valoraba el estado del suelo, oyó llamar al siguiente, pero tan concentrado en la tarea que no atendió al nombre del sujeto, total no le importó, a él no le tocaba.

La siguiente media hora fue eterna, preguntándose por qué tardaban tanto cuando normalmente estas cosas las despachan en un pispás. Al cabo de 45 minutos, una inesperada camilla transportaba el cuerpo tapado de su compañero camino de la morgue. Silencio. A continuación, la fría llamada de su turno hizo que respondiera como un autómata: pasó a la consulta, explicó brevemente su dolencia, recibió los pinchazos correspondientes y al coche sin tiempo a reaccionar.

En el trayecto a casa, drama y reflexión, el disparate de la vida, el aquí, el ahora, lo que no es y pudo ser, lo que nunca será, lo hecho y lo que quedó sin hacer, el no somos nadie, la fragilidad del instante, la imposibilidad de recordar aquel nombre anónimo…

A las cuatro y media de la mañana sonó el despertador. No hubo dolor de espalda, ni vestigios de él, ni tampoco volvió a molestarle. Café, ducha y a la calle. Cuando se incorporó a la cafetería del barco donde trabajaba, miró fijamente al horizonte donde amanecía, allá a lo lejos, un nuevo día.

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