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Las orejas de Alyssa

Alyssa Carson

María D. Pérez

Hace unas semanas, fue entrevistada en el popular programa de TV El Hormiguero Alyssa Carson. Se trata de una adolescente estadounidense a la que la propia Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) está apoyando para que cumpla su sueño: convertirse en el primer ser humano en pisar el planeta Marte dentro de unos años. La joven, nacida en Luisiana, estudia ciencias, habla varios idiomas (español y chino, entre ellos) y ha sido la primera persona que ha asistido ya a tres campamentos mundiales de la NASA.

A través de su propia página web (www.nasablueberry.com) y de sus redes sociales, Alyssa va informando a sus seguidores de todos los detalles de su aventura espacial. Hasta aquí, todo bien. Una buena noticia, sin duda.

La polémica surge cuando, durante el transcurso de su entrevista en el programa de televisión, las redes sociales (sobre todo Twitter) dejaban con sus comentarios, una vez más,  la imagen y la dignidad de la ciudadanía española a ras del suelo.

Parece ser que, a cierto sector de espectadores de El Hormiguero, no les llamó la atención la simpatía de Alyssa ni su inteligencia, ni su soltura con el español, su determinación, sus conocimientos sobre el espacio… No, nada de eso captó el interés de dicha audiencia. Lo que les lubricó la escasa materia gris de sus inservibles cabezas fue el tamaño de las orejas de la entrevistada. Fue tal la impresión que agudizaron la poca actividad neuronal que les permite sobrevivir y tuitearon sin pudor frases como: “A Marte va a llegar, moviendo las orejas” o “Meter esas orejas en un casco espacial no tiene que ser nada fácil”.

En algunos países, reírse de las particularidades físicas de las personas está muy mal visto. Pero en España somos  así… de necios, de palurdos, de ignorantes. La pregunta que nos asalta sin remedio es: ¿por qué nos parece divertido, ridículo, incluso feo… algo que simplemente es diferente a los cánones establecidos como normales? Por  otro lado, ¿cómo podemos tener pendiente una asignatura tan absolutamente básica como el autoconocimiento? Es decir… desconocemos las funciones de nuestro propio cuerpo, por ejemplo.

Cuánta razón alberga la frase que daba la bienvenida a los que osaban visitar el Oráculo de Delphos: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”.

En algunas disciplinas científicas se refieren al estudio de los rasgos físicos humanos como rasgos de estructura función partiendo de un principio evidente: no existe nada en la naturaleza cuya forma o estructura sea casual: desde la hoja de un árbol hasta el pico de un colibrí o las alas de las mariposas. La naturaleza diseña con un objetivo y todo está dirigido hacia el cumplimiento de su función en el ciclo de la vida. Y el ser humano no es una excepción…

En ese sentido, todos nosotros somos una pieza única en el universo conocido.

Las orejas de Alyssa son una prueba de su alta capacidad para captar ondas sonoras para que estas sean enviadas al tímpano. El pabellón auditivo tiene esta importante funcionalidad, entre otras. Por eso, a medida que envejecemos y perdemos capacidad auditiva, aumenta el tamaño de nuestras orejas. Esto nos ayuda a captar más ondas sonoras y así escuchar mejor. La naturaleza es así de sabia… aunque algunos humanos (¿?) no parecen ser fruto de esta sabiduría.

Internet nos ha abierto una puerta infinita hacia la información y hacia la desinformación. Y también está suponiendo un gran escaparate en el que cada cual aporta lo que sabe o lo que tiene… y, visto lo visto, empieza a solidificarse la teoría de que entre la raza humana puede estar cohabitando una subespecie de homínido involucionado que es tan hábil con las nuevas tecnologías y las redes sociales como desafortunada e inútil su presencia en ellas.

Y es que tener una herramienta como Twitter y utilizarla para insultarse por el ciberespacio es como tener una nave espacial para ir a Mercadona o, como dice Sheldon Cooper, tener al increíble Hulk y pedirle que te abra un bote de pepinillos.

El progreso mal entendido y mal empleado nos convierte en una creación esperpéntica. Me da pena que Alyssa se vaya a Marte, por el riesgo de perderla. Si enviaron a monos al espacio… ¿por qué no enviar a un puñado de tuiteros cretinos? Total, si se pierden… ganamos todos.

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