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La velocidad relativa

José Miguel González Hernández

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Las revoluciones suelen dar miedo. Y dan miedo porque implican que los pilares en los que los estamentos están fijados se pueden tambalear. No obstante, a la larga, de las revoluciones siempre se ha salido con mayores refuerzos que con los que se entró, aunque siempre deja una serie de colectivos damnificados que se incorporan al conocimiento común con el fin de utilizar la pérdida y el sufrimiento como aprendizaje para el futuro.

Pero ¿qué es el miedo? Según la Real Academia de la Lengua Española, es la angustia por un riesgo o daño real o imaginario. De igual modo, recoge otra acepción donde se establece que representa el recelo o la aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. También plantea la posibilidad de dar la posibilidad de anulación de las propias facultades de decisión y raciocinio, impulsando a una persona a cometer, incluso, un hecho delictivo.

Una vez fijada la posición conceptual, a lo largo y ancho de la existencia de la humanidad siempre hemos expresado temor, en mayor o en menor medida, sostenidos y o no el tiempo y en el espacio. De hecho, cuando asistimos a algún cambio, un cambio en el que no controlamos absolutamente todas las variables, podemos llegar a tenerlo.

Actualmente somos la generación que asiste a una revolución, y como tal, traerá cambios. Más cambios, incluso, que los que ya estamos experimentando, generando miedos. Más miedos que los que ya está causando. Miedos causados por la incertidumbre. No obstante, tengamos claro que la historia no aparece y desaparece con nosotros. La historia es consustancial a nuestra vida y nos atraviesa como partículas invisibles, empapándonos a la misma velocidad de cómo influimos en ella.

Lo que sí cambia es la velocidad con la que nos impacta y la propia celeridad a la que reaccionamos. Por ejemplo, cuando apareció el primer automóvil, este podía circular a ¡16 kilómetros por hora! Y así y todo, ocasionó innumerables atropellos y es que ¡iban como locos! Ni que decir tiene que, si ahora mismo fuéramos a esa velocidad estaríamos siendo extemporáneos, de ahí la necesidad de establecer el concepto de “velocidad relativa”. No es que ahora las tecnologías impriman a una velocidad vertiginosa las relaciones, sino es nuestra lentitud la que queda desnuda.

Por ello, la verdadera reflexión no es si las innovaciones tecnológicas cambian las relaciones sociales, económicas o políticas, porque ya lo están haciendo. La verdadera reflexión se ha de centrar en la velocidad de evolución de adaptación y transformación de las instituciones de todo tipo, ya sea para detener el cambio, adoptando posturas conservadoras, o bien para absorber de forma amortiguada sus efectos a la vez de generar nuevas corrientes de valor que nos servirán de impulso para salir con estructuras fortalecidas capaces de minimizar los impactos negativos.

Y para todo deberá haber un plan. Un plan a corto plazo en comandita con otro de largo. El de corto se ha de centrar en solucionar lo urgente, mientras que el de largo se ubica en el plano de la disminución de la vulnerabilidad incorporando la prospectiva a la hora de establecer escenarios futuros probables con el fin de minimizar la incertidumbre. Porque ¿será ésta la última revolución? Sabemos que no. Entonces, ¿nos retiramos a los cuarteles de invierno para proceder a los acantonamientos oportunos cuando el mal tiempo obliga a suspender las operaciones en marcha y así tener una falsa sensación de seguridad?

No creo que sea la mejor de las soluciones porque seguramente en el aislamiento hará más frío que en el exterior, donde está la vida real. Esa vida que no espera por nada ni por nadie. No obstante, usted elige.

*Economista

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