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The Guardian en español

La Guerra de Irak sigue ensombreciendo una región peligrosa y muy inestable

Imagen de archivo de las afueras de Mosul

Ian Black

El 29 de agosto de 2003, un coche bomba asesinó al ayatolá chiíta iraquí Mohammed Baqir al-Hakim en la ciudad sagrada de Najaf, junto con otras 85 personas. El ataque, a cuatro meses de la invasión dirigida por Estados Unidos y el derrocamiento de Saddam Hussein, fue perpetrado por rebeldes suníes. El asesinato resonó por todo Oriente Medio, cuando la destrucción de un régimen árabe en manos occidentales todavía tenía a la región conmocionada.

Durante los siguientes años, el terror no paró de aumentar. En febrero de 2006, la facción iraquí de Al Qaeda, fundada poco tiempo antes por el jordano Abu Musab al-Zarqawi, voló la mezquita de cúpula dorada Al Askari en Samarra. El objetivo más amplio era la mayoría chiíta del país, exultante tras el derrocamiento del odiado dictador suní. Los vecinos de la República Islámica de Irán estaban celebrando la desaparición de sus enemigos –los baazistas de Bagdad y los talibanes de Kabul-, cortesía de George Bush y Tony Blair.

Luego, el 30 de diciembre de 2006, Saddam fue ahorcado. Mientras estaba de pie en la horca y hombres encapuchados se burlaban de él con consignas chiítas, Saddam se refirió con desprecio hacia ellos como “enanos persas”. Las imágenes borrosas de sus últimos momentos fueron vistas por millones de árabes, generando tanto furia como admiración por su valor frente a la muerte. La coincidencia temporal con la festividad del Eid al-Adha puso más sal en la herida. El resto no es solo parte de la historia sino de la cruda realidad de una región peligrosa y muy inestable.

Ahora, mientras el gobierno británico enfrenta fuertes críticas por el informe Chilcot, la guerra sigue ensombreciendo Irak, el mundo árabe y más allá. Incluso en su momento, dada la polémica y las protestas multitudinarias, se lo vivió como un momento crucial. Las críticas se vieron una y otra vez ratificadas por su legado tóxico y desestabilizante – la propagación de un sectarismo lleno de odio, el crecimiento de Al Qaeda y luego del ISIS, el fortalecimiento de Irán: todas fueron consecuencias no intencionadas pero innegables del 2003. Y todo, incluso la matanza más reciente en Bagdad, sigue estando en los titulares hasta el día de hoy.

Los historiadores y expertos tanto árabes como occidentales están de acuerdo en estos puntos. Mirar las cosas a posteriori obviamente facilita la tarea, aunque algunos ya advirtieron los riesgos de la guerra en su momento y nadie los escuchó. “La gente no creyó que Al Qaeda e Irán tendrían el papel que tuvieron”, contestó Blair al ser preguntado. Sin embargo, Chilcot lo dejó muy claro el pasado miércoles: “Los riesgos de un conflicto interno en Irak, la activa lucha iraní por sus intereses, la inestabilidad regional y la actividad de Al Qaeda en Irak, todo fue explícitamente identificado antes de la invasión.”

Otro tema relacionado, a veces utilizado para intentar justificar la invasión, es que poca gente ve la conexión directa entre la caída de Sadam y las posteriores manifestaciones de la Primavera Árabe, que derrocó otros cuatro dictadores pero dejó a muchos en su sitio, ilesos y más implacables que antes.

Y, trayendo un tema desolador de la actualidad, muchos expertos piensan que la actual crisis siria –la más sangrienta de nuestros tiempos, con 400.000 muertos y millones de refugiados- está fuertemente marcada por todo lo que comenzó en 2003.

Tras la guerra de Irak, “intervención” se convirtió en una mala palabra, al menos en Occidente. Y se podría pensar que con consecuencias calamitosas. “Es por culpa del fantasma de Irak que Obama no interviene en Siria”, dice Toby Dodge, de la Escuela de Economía de Londres.

“Ven a Irak como el pecado original”

Emile Hokayem, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, está de acuerdo: “Muchos ven a Irak como el pecado original, y con buenas razones. La gente entiende lo que quiere de la tragedia. Porque fue realmente una tragedia masiva. Afectó todo, hasta la forma en que hablamos de política. Es omnipresente.”

Por entonces, el líder de la Liga Árabe, el político egipcio Amr Moussa, memorablemente advirtió que una invasión “abriría las puertas del infierno”. Declaraciones como ésta no se hacían por amor a Sadam – su lema “república del miedo” funcionaba tanto para la crueldad interna como para la agresión externa- sino ante la incertidumbre de quién, o qué, lo sucedería.

Según Hayder al-Khoei, un académico británico-iraquí, el dominio de Sadam ya era el “infierno” por su represión brutal y los estragos de una década de sanciones occidentales. El tema de las armas de destrucción masivas (ADM) no era prácticamente relevante. Pero la guerra significó, sobre todo, el reemplazo de un régimen suní por uno chiíta. “Fue un terremoto para la región, y los temblores continúan”, argumenta, “y el hecho de que fue un vaquero de Texas el que terminó con una realidad que llevaba un siglo fue insultante. Es difícil de digerir y psicológicamente muy duro de aceptar.”

Gilbert Achcar, un profesor libanés de la Universidad de Londres, ve la invasión como la continuación directa de lo que quedó sin acabar en 1991, cuando Bush padre dejó a Sadam en el poder para que aplastara la intifada chiíta que surgió tras su partida de Kuwait. La intervención de los Estados Unidos –lo que él sintetiza como “el camino de rosas de Bush hacia una ciénaga iraquí”- generó las condiciones para el crudo sectarismo y la violencia yihadista que vinieron después. “No hace falta una bola de cristal”, suspira. “Era muy predecible y lo que sucedió fue exactamente lo que predijimos”.

Aimen Dean, un saudí que ahora trabaja como asesor en Dubai, tiene una opinión diferente y cierta información privilegiada. En 2003 era un agente encubierto del Servicio de Inteligencia británico M16, tras desertar de Al Qaeda por sus críticas a los métodos violentos. “Si lo derrocan a Sadam, caerá un pilar del nacionalismo árabe, que será reemplazado por Islamismo suní o chiíta”, advirtió a sus superiores.

Los hechos le dieron la razón: después de la ejecución de Saddam, los salafistas del Golfo donaron millones de dólares para financiar la guerra de bombas, decapitaciones y secuestros de Al Qaeda contra los “apóstatas” chiítas. Luay al-Khatteeb, un investigador iraquí en la Universidad de Columbia, cree que las autocracias suníes prefirieron a estos terroristas frente a una democracia chiíta impuesta por el poder estadounidense. “La invasión no fue sólo conmoción y pavor para Irak, sino un llamado de atención para toda la región”, escribió.

“Prácticamente todos los vecinos de Irak ofrecieron refugio, apoyo y en algunos casos financiamiento y entrenamiento a distintos grupos insurgentes. Los baazistas iraquínes pudieron organizar ataques desde Amán y Damasco, mientras algunos Estados del Golfo o bien toleraron, o bien monitorearon el financiamiento de grupos salafistas yihadistas.”

“ISIS no existiría sin lo ocurrido en 2003”

Sin embargo, Abdelkhaleq Abdulla, un politólogo de la UAE, afirma que Estados Unidos y Reino Unido son los responsables de darle un empujón letal al extremismo takfirista personificado en el psicopático Zarqawi, y luego en su sucesor Abu Bakr al-Baghdadi, actual emir del Estado Islámico (también conocido como ISIS o Daesh). “Si no hubiera sido por el 2003, el Daesh no existiría,” insiste. “Culpar solamente a Arabia Saudí o al wahabismo es eludir el problema principal.”

Buthaina Shaaban, asesora tanto entonces como ahora del presidente sirio, Bashar al-Assad, predijo un “conflicto exacerbado” entre suníes y chiítas si se derrocaba a Sadam. La mukhabarat – policía secreta – de Assad llevó a que los extremistas sirios cruzaran la frontera para unirse a la resistencia ¡iraquí contra los estadounidenses. En 2011, reprimió las entonces pacíficas manifestaciones y liberó a los yihadistas de las cárceles para que se militarizara el levantamiento y fuera más fácil la lucha.

Irán condenó la invasión pero aprovechó las consecuencias y se regodeó cuando Sadam fue ejecutado. “A Irán lo arrastraron a este conflicto sin que quisieran ellos participar”, insiste Foad Izadi, de la Universidad de Teherán. “Estados Unidos le armó un papel, al jugar con las tensiones entre suníes y chiítas. No nos ha beneficiado.” Los enemigos de Teherán miraban con recelo.

“Irán ganó dos veces. Primero en Afganistán y luego en Irak”, recuerda Sima Shein, entonces un alto rango de la Mossad, la agencia de espías israelí. “En cuanto cayó Sadam, los chiítas salieron triunfantes y los iraníes tuvieron una victoria estratégica”.

Los arquitectos estadounidenses de la guerra defendieron su perspectiva, incluso después de la catastrófica disolución del ejército iraquí en mayo de 2003, que fue vista como la metedura de pata más grande del período de la posguerra. Ideólogos neoconservadores elaboraron una engañosa “teoría dominó” según la cual un cambio de régimen en Irak traería cambios en otros países e incluso llevaría de alguna forma a que los palestinos y los estados árabes moderados reconocieran a Israel. “Bagdad es para débiles, los hombres de verdad van a Teherán”, era el (medio)chiste que se decía en Washington.

En 2005, Estados Unidos festejó ciertos cambios regionales que atribuyeron en parte a la caída de Saddam: uno fue la Revolución de los Cedros en el Líbano, donde surgieron protestas masivas tras el asesinato del ex Primer Ministro Rafiq al-Hariri, un suní muy cercano a los saudíes, y culminó con el retiro del ejército sirio tras 30 años de ocupación.

Condoleeza Rice, secretaria de Estado de Bush, ensalzó el “fomento a la democracia”, presionando a un reacio Hosni Mubarak a llamar a elecciones parlamentarias en Egipto, y hasta los saudíes permitieron elecciones municipales. “Cuánto se le debe a Irak, cuánto a las dinámicas internas de cada país y cuánto a la suerte, depende de a quién le preguntes y qué postura se quiera justificar”, escribió George Packer en La puerta de los asesinos, un profundo estudio sobre las políticas estaodunidenses.

Las afirmaciones de Estados Unidos, nunca convincentes, no resistieron el paso del tiempo. “Relacionar la Primavera Árabe con Irak, como hacen los neoconservadores, es una chorrada”, dice Dodge. “¿Qué relación puede haber entre la cuasi-imperial invasión fallida a Irak con levantamientos populares?”. Derribar la estatua a Sadam en la plaza Firdaus de Bagdad fue una oportunidad fotográfica genial, incluso si fue demasiado teatral. Su caída puede de hecho haber “desmitificado el poder de las dictaduras que hasta ese momento parecían eternas e inquebrantables”, en palabras de Nadim Shehadi del Instituto Real de Asuntos Internacionales. Pero los cambios que se sucedieron en otros sitios tienen causas más subyacentes, algunas quedaron a la vista en las “protestas verdes” de Irán que surgieron después de las elecciones generales “robadas” en 2009.

La agitación en Irak siguió afectando toda la región, y viceversa, incluso cuando las posturas ante la ocupación fueron cambiando. “Los primeros años había una fuerte resistencia anti-EEUU entre los suníes, pero después de 2006-7, con la guerra civil y la derrota de Al Qaeda, los suníes pasaron a ver a Estados Unidos como el mal menor ante la dominación iraní”, señala Achcar.

La máxima ironía llegó en 2010 cuando Tariq Aziz, que fuera Ministro de Asuntos Exteriores de Saddam durante décadas, en una entrevista a The Guardian desde su celda en prisión acusó a Obama de “entregar Irak a los lobos” al retirar las tropas estadounidenses ante la continua inestabilidad.

El levantamiento en Libia, después de los que sucedieron en Túnez, Egipto y Baréin, agitó el fantasma de Irak. Libios civiles lucharon para derrocar a Muammar Gaddafi mientras la campaña aérea de la OTAN, dirigida por el Reino Unido y Francia mientras Obama “conducía desde atrás”, fue coordinada por aliados del Golfo Árabe que apoyaban a grupos de rebeldes rivales. Esto desató otro encendido pero inconcluso debate sobre cómo se debe responder ante la Primavera Árabe. El resultado no fue positivo para la reputación de Obama ni para la credibilidad del poder estadounidense en el Medio Oriente.

“De alguna forma, la invasión de Estados Unidos y Reino Unido a Irak fue un catalizador accidental de muchas de estas transformaciones regionales”, sostiene Hokayem, que no apoyó la guerra pero es muy crítico de las respuestas de Estados Unidos a Siria, vacilantes en comparación con su estrategia con Irán y Rusia. “Probablemente habrían sucedido de una manera u otra, porque esos gobiernos árabes débiles, represores e incompetentes ya estaban allí desde antes. Pero la invasión fue un agente que dio facilidades. Y hay una relación directa entre el 2003 y la segunda etapa de yihadismo y sectarismo. Occidente no creó estos fenómenos destructivos, pero la invasión definitivamente los exacerbó. Es una diferencia importante.”

El debate generado por el informe Chilcot

“La gente habla de la guerra de Irak como quiere. Hay muchos argumentos interesados. El escenario hipotético que planteamos nosotros es el siguiente: imaginemos que mañana Assad sobrevive igual que Sadam sobrevivió en 1991. Si hay entonces algún indicio de ”estabilidad“ aceptada internacionalmente en Damasco, ¿podría yo cinco años después defender otra intervención militar en circunstancias similares? La guerra de Irak básicamente cambió la visión colectiva de qué es viable y deseable, y las limitaciones que deben tener los legisladores.”

El debate por el Informe Chilcot se dará principalmente en el Reino Unido pero es probable que se extienda por todo el mundo. En el Oriente Medio del 2016 quizás sean los kurdos los únicos que todavían ven positivamente la guerra, aunque en palabras de Barham Salih, un importante político kurdo iraquí y viceprimer ministro de Nouri al-Maliki, “ISIS ha demostrado que la misión en Irak no se cumplió”.

Otra promesa importante que no se cumplió. Parte de la argumentación a favor de la invasión –“que las acciones en Irak se podrían hacer de forma más aceptable”, como puso Rice en sus memorias- era que luego vendría una iniciativa para reiniciar las negociaciones entre Israel y Palestina. El respaldo de Bush a la “hoja de ruta” de la paz fue visto como una concesión a Blair. La afirmación de que Irak daría impulso a la paz fue descrita como “ingenua, sino deliberadamente engañosa”. De cualquier forma, esa hoja de ruta quedó en la nada.

“La guerra de Irak va a afectar esta parte del mundo por muchas generaciones”, concluye Izadi. “Es una demostración de lo que sucede cuando se invade un país sin pensarlo bien –cuando tienes un presidente como Bush en los Estados Unidos o como Blair, que debería haberlo sabido, dada la larga historia de participación del Reino Unido en la región y los desastres que causaron los poderes coloniales.”

Traducido por Lucía Balducci

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