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The Guardian en español

“Hasta donde yo sé, era algo así como el candidato a ser el futuro pistolero del colegio”

Un estudiante observa su teléfono móvil junto a un policía tras el tiroteo en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de la ciudad de Parkland

Oliver Laughland / Richard Luscombe

Parkland / Coral Springs —

El día de San Valentín comenzó envuelto en un estado de ánimo de felicidad para muchos de los estudiantes que llegaron al instituto Marjory Stoneman Douglas. Algunos llevaban corazones hechos a mano para sus compañeros de clase y flores para algunos de sus profesores.

Pero al final del día, 17 personas estaban muertas, asesinadas presuntamente por un exalumno de 19 años llamado Nikolas Cruz, que había sido expulsado del instituto por razones disciplinarias no especificadas. Este tiroteo masivo es, al menos, el octavo episodio en el que personas terminan muertas o heridas por arma de fuego en un centro educativo en lo que va de año.

Los alumnos, aterrorizados, se acurrucaron con sus profesores en clases, armarios y baños, mientras el atacante, armado con granadas de humo, un fusil de asalto semiautomático AR-15, ataviado con una máscara de gas, iba sala por sala abriendo fuego indiscriminadamente.

Cuentan que el entrenador de fútbol y guarda de seguridad Aaron Feis se puso en medio del atacante y sus estudiantes para protegerles de las balas. Según el Miami Herald, cayó al suelo mientras la joven estudiante a la que estaba protegiendo gritaba a su teléfono móvil en una llamada a su madre. Un profesor desmintió que Feis hubiera fallecido, pero por la noche el sheriff de Broward confirmó sin nombrarlo que “un muy querido entrenador de fútbol había muerto”

“El agresor llegó y encendió la alarma de incendios para que los chicos salieran de sus clases y fuesen corriendo al vestíbulo del edificio”, explicó a los periodistas el senador estadounidense Bill Nelson. “Y allí empezó la carnicería”.

Fue, en palabras del sheriff del condado de Broward Scott Israel, simplemente “otro día horrible y detestable... Me pone enfermo ver que los niños que van a la escuela con bolis y mochilas pueden terminar muertos al final del día”.

La masacre empezó hacia las 2.30 horas de la tarde (hora local), cerca de la hora de salida. En ese momento el atacante entró en el campus y activó la alarma.

Fue la segunda vez que sonaba la alarma de incendios, cuentan los estudiantes. La primera vez se trataba de un simulacro anunciado, pero la segunda alertó a unos cuantos que supieron al momento que algo no marchaba bien. Los trabajadores del instituto dieron voces a sus estudiantes para que se metieran rápido en las clases mientras el atacante comenzaba la matanza.

Inmediatamente, algunos profesores cerraron las puertas de las clases y dijeron a los estudiantes que se escondieran junto a las paredes.

Los estudiantes se pusieron a usar sus teléfonos móviles para mandar mensajes a sus padres o retransmitir en directo lo que estaba pasando. En algunos vídeos se podía ver el caos y escuchar los gritos. Una chica contó a una televisión local que vio a un profesor caer muerto frente a ella, mientras este trataba de cerrar la puerta de la clase. La puerta quedó abierta mientras el asesino avanzaba por el pasillo.

Un estudiante de 15 años, al ver que el atacante entraba en su clase, decidió tirarse al suelo y fingir que estaba muerto, según cuenta Sivan Odiz, vecina y amiga de la familia que habló con el chico después de la matanza.

“Cuando se levantó, había dos personas asesinadas”, explicó a The Guardian mientras esperaba fuera del instituto esperando noticias de otros dos amigos de los que no sabía nada.

Sarah Crescitelli, de 15 años, se cobijó en el teatro de la escuela mientras escuchaba más disparos. Trató de tranquilizar a sus compañeros de clase diciéndoles que todo iría bien y mandó un mensaje a su madre: “Si no consigo salir de aquí, te quiero y agradezco todo lo que hiciste por mí”.

Al final, llegaron los SWAT y dieron instrucciones a Crescitelli y otros estudiantes para que levantasen sus manos y corriesen hacia la salida. “Estoy conmocionada”, cuenta. “No me creo que esto haya podido pasar, pero estoy feliz de estar bien”.

Otra chica, que buscó refugio bajo los pupitres de una clase con otros estudiantes, dijo que el atacante intentó que salieran. “Se burlaba de nosotros, nos gritaba como si quisiera que saliésemos. Pero no lo hicimos”, añade.

Cuando todo terminó, algunos vieron al atacante saliendo del instituto y dirigiéndose hacia el colegio Westglades, que comparte campus con Stoneman Douglas. A partir de ese momento desapareció, pero la policía rápidamente lo detuvo en una casa en Coral Springs, a un kilómetro y medio de distancia, después de que fuese identificado por un profesor.

“No hubo ningún tipo de enfrentamiento. Fue arrestado sin incidentes”, asegura Israel, añadiendo que el atacante llevaba “incontables” cargadores de munición con él.

Los investigadores que revisaron las páginas de las redes sociales de Cruz este miércoles encontraron cosas que eran “muy preocupantes”, dijo Israel sin dar más detalles. Al caer la noche, comenzaron los interrogatorios por parte de detectives y agentes del FBI en la comisaría de policía de Broward.

A Cruz, que había trabajado en una tienda de la cadena Dollar Tree cerca del instituto después de su expulsión, otros estudiantes le describen como un chico perturbado que a menudo hablaba sobre violencia y armas.

Candidato probable a asesino

“Comenzó a publicar cosas en su Instagram, matando animales y cosas así”, explica Dakota Mutchler, una chica de 17 años y estudiante de último año en el Stoneman Douglas en The Guardian.

Mutchler dijo que había perdido el contacto con Cruz después de su expulsión, pero contó que Cruz había sacado pecho en otras ocasiones por disparar al aire un rifle en su patio trasero durante unas prácticas de tiro.

“Cambió”, añade Victoria Olvera, de 17 años que trata de contener las lágrimas. “Hasta donde yo sé, era algo así como el candidato a ser el futuro pistolero del colegio”. Olvera agarraba una fotografía de una compañera muy cercana de clase de la que todavía no tenía noticias, estaba aterrorizada por la idea de que estuviera muerta.

“Todo esto no es real”, dijo incrédula, “No puede ser real de ninguna manera”.

Durante la noche de este miércoles, llevaron a los alumnos visiblemente traumatizados al hotel Marriott de la ciudad donde muchos fueron interrogados por la policía antes de ser devueltos a su familia, que esperaban apiñados fuera.

John Crescitelli, médico de familia y padre de Sarah Crescitelli de 15 años, temblaba al recibir a su hija. Temía que la hubieran asesinado. “Estos tiroteos en las escuelas tienen que parar. Es una locura. El entrenador de mi hijo está muerto. Es horrible”, dijo conmocionado. “Es como lo que pasó en Columbine, pero frente a mi casa”.

Cuando The Guardian le preguntó si esta tragedia debería provocar un control de armas más estricto para personas con problemas mentales, contestó: “No quiero entrar en ningún debate sobre armas. De verdad que no quiero. ¿Qué hacemos? ¿Confiscar las armas de todo el mundo? Tenemos millones y millones de armas... yo tengo un arma y no quiero que el Gobierno me la quite”.

Michael Irwin, otro padre cuyo hijo va al mismo instituto, compartía la visión de Crecitelli. “Todas las normas del mundo no hubieran evitado lo que ha sucedido hoy. Es algo muy trágico, pero ¿qué regulación puede hacer que se eliminen las armas que ya están ahí fuera?”.

Su hijo estaba esperando noticias para saber si uno de sus amigos estaba en la lista de los fallecidos. A última hora del miércoles, Irwin dijo que el chico seguía desaparecido.

Traducido por Cristina Armunia Berges

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