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The Guardian en español

El dinero influye a todo el mundo, y eso incluye a Hillary Clinton

Trevor Timm

Los demócratas tienen que tomar una decisión: ¿piensan que el dinero en la política es una fuerza corruptora que influye en las decisiones que toman los cargos electos o no? Después de años cargando contra la sentencia Citizens United, que abrió la puerta a la financiación externa de las campañas electorales, algunos de ellos parecen haber dado un giro de 180 grados.

El equipo de campaña de Clinton se ha pasado las últimas semanas respondiendo con furia a las críticas que afirman que la candidata está influenciada por las grandes donaciones que recibe de sus partidarios en el sector petrolero y del financiero. Sus seguidores argumentan con vehemencia que no hay pruebas de un quid pro quo.

Qué rápido olvidan. Como recordó el periodista David Sirota a principios de esta semana, en las primarias demócratas de 2008, Clinton criticó con dureza al entonces senador Obama por aceptar donaciones de directivos del sector petrolero y gasístico, e incluso montó un anuncio de campaña sobre eso. ¿La sorpresa? Fue menos dinero del que Clinton ha aceptado ya en esta campaña de gente que trabaja para empresas de combustibles fósiles.

Aunque la candidata ha dicho en 2016 que las insinuaciones de que pueda estar condicionada por los ricos banqueros que recaudan dinero para su campaña son “ingeniosas difamaciones”, no tuvo problema en arrojar acusaciones incluso más fuertes contra Obama en 2008: “El senador Obama tiene que responder a algunas preguntas sobre sus relaciones con uno de sus donantes más importantes: Exelon, una gran empresa de energía nuclear”, proclamó entonces. “Parece que llegó a acuerdos secretos para protegerlos de una investigación completa del funcionamiento de la industria nuclear”, añadió.

También están las conferencias a puerta cerrada que Clinton dio para Goldman Sachs y otros grandes bancos tras dejar de ser secretaria de Estado. Aunque se ha negado categóricamente a publicar las transcripciones (de los discursos), asegura que esas intervenciones nunca han afectado ni un ápice a su postura sobre los bancos. Eso está bien, si es la postura que quieres adoptar por principios, pero no es la que ha tenido su partido en el pasado. Los demócratas golpearon duro a Mitt Romney en la campaña presidencial de 2012 por sus discursos para entidades financieras.

¿Entonces qué ocurre? ¿Los políticos son corruptos (o susceptibles de corromperse) si dan conferencias a puerta cerrada muy bien pagadas para instituciones financieras, o no lo son? No se puede sostener las dos alternativas a la vez.

Gran beneficiaria de la financiación de empresas

Clinton también ha criticado la sentencia sobre Citizens United del Tribunal Supremo (la que permitió que las empresas financien campañas electorales). Ha señalado, con razón, que el caso que motivó originalmente esa sentencia se desencadenó por un intento de emitir un documental crítico con ella justo antes de unas elecciones. Sin embargo, se ha beneficiado de la sentencia –posiblemente más que ningún otro candidato– con innumerables Super Pacs (grupos de recaudación de fondos para causas políticas) y colectivos externos que han gastado mucho dinero a favor de su candidatura.

El presidente de Citizens United dijo incluso lo siguiente en el Centro de Integridad Pública la semana pasada: “No sé si saben que Hillary Clinton se ha convertido en una de los grandes beneficiarios de la sentencia del Tribunal Supremo sobre Citizens United. Es una ironía que no pasa desapercibida para mí”.

Por supuesto, incluso los seguidores más acérrimos de Sanders admitirán que no hay pruebas de un quid pro quo directo al hablar de las grandes donaciones que varias entidades hicieron a la Fundación Clinton cuando esta era secretaria de Estado. Pero sería difícil no preocuparse al menos por la posibilidad de un conflicto de intereses, teniendo en cuenta que fabricantes de armas y Arabia Saudí hicieron donaciones a la Fundación Clinton mientras el Departamento de Estado aprobaba sus acuerdos armamentísticos, empresas petroleras hicieron lo mismo antes de que el Departamento aprobase un importante proyecto de oleoducto, y otras compañías de combustibles fósiles donaron más o menos en la misma época en que la secretaria de Estado apoyaba el aumento del fracking en el extranjero.

Por supuesto que no hay un quid pro quo. Esa no ha sido nunca la principal crítica a los individuos ricos que usan sus enormes recursos para comprar elecciones, presionar a los candidatos en una dirección o influir en los altos cargos de formas mucho más sutiles y con más matices que el soborno descarado.

Al adoptar esa postura de que solo el quid pro quo es corrupción, los seguidores de Clinton están en esencia adhiriéndose al razonamiento del juez Roberts que dicen detestar: que, salvo que haya pruebas directas de un intercambio abierto de dinero por votos, no existe corrupción. Como ha escrito Lawrence Lessig, los demócratas han ido adquiriendo esa postura durante años, pero la campaña de Clinton parece estar consolidándola como la posición del partido.

Nadie ha dejado clara esta idea mejor que el partidario de Clinton y excomgresista Barney Frank, o, debería decir, la versión de 2012 de él. La semana pasada, Frank acusó a los partidarios de Sanders de entrar en el macarthismo al insinuar que los políticos, y Clinton en particular, son influenciados por las grandes donaciones de patrocinadores ricos y, por lo tanto, no presionan para que se juzgue a los directivos de los grandes bancos.

Sin embargo, Frank entonaba una melodía muy distinta sobre la influencia de los donantes de campaña cuando dejó el Congreso en 2012. “La gente dice 'oh, eso no tiene ningún efecto sobre mí'”, explicó en la cadena de radio NPR en aquel momento, al hablar de la necesidad constante de recaudar fondos todo el tiempo al ser diputado. “Bueno, si fuera el caso, seríamos los únicos seres humanos de la historia del mundo en coger de forma regular cantidades significativas de dinero de perfectos extraños y estar seguros de que eso no tiene ningún impacto en nuestro comportamiento”.

Creo entonces que podemos dar por hecho que Clinton es la primera persona de la historia del mundo en no tener en absoluto ese problema.

Traducción de Jaime Sevilla Lorenzo

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