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Los fanáticos religiosos nunca lograrán controlar Pakistán

Aumentan a 72 los muertos en el atentado suicida del parque de Pakistán

The Guardian

Bina Shah —

Hace una semana, el domingo de Ramos, decenas de católicos paquistaníes hicieron cola delante de un detector de metales, esperando para entrar a San Antonio, una pequeña iglesia católica de 900 metros cuadrados en la estación de tren de Karachi Cantonment. A lo largo de la carretera, se preparaban los vendedores de artículos religiosos –crucifijos, estampitas de Jesús y de la Virgen María, telas rojas y doradas para decorar santuarios y curiosas reproducciones de la Última Cena de Leonardo Da Vinci–.

Un solitario guardia aguantaba de pie en la puerta saludando a las personas que la cruzaban y un voluntario dirigía el tráfico. La escena ilustra cuán vulnerable es esta minoría en comparación con la furia de los extremistas paquistaníes religiosos, quienes han tratado con todas sus fuerzas de destruir la diversidad que tan importante es para la lenta toma de conciencia del pluralismo y la tolerancia en Pakistán.

Las minorías religiosas son una parte imborrable de la fábrica social paquistaní; ellas están representadas por la línea blanca de la bandera del país. Y todo esto se refleja en las palabras del famoso discurso del padre fundador Mohammed Ali Jinnah: “Eres libre; eres libre de ir a tus templos. Eres libre de ir a tus mezquitas o a cualquier otro sitio de culto del Estado de Pakistán. Quizá perteneces a alguna religión, casta o creencia y eso nada tiene que ver con la actividad del Estado”.

Aunque el mensaje de Jinnah nunca terminó de arraigar en Pakistán, la coexistencia religiosa siempre ha tenido un buen lugar en la forma de vida paquistaní. El terrorífico atentado suicida en un parque infantil de Lahore durante el Domingo de Pascua nos recuerda una vez más lo vulnerables que son los cristianos en Pakistán y la fragilidad de la coexistencia.

Un terrorista suicida decidió pararse junto a una zona llena de niños en el parque de Gulshan Iqbal y se inmoló, matando a más de 70 personas e hiriendo a más de 300, muchos de ellos eran cristianos, la mayoría, mujeres y niños.

El grupo que ha reivindicado la autoría del atentado, Jamaat ul Ahrar, es una facción del grupo terrorista talibán de Paskistán. El año pasado mataron a 15 personas e hirieron a 70 en un ataque a dos iglesias católicas en un barrio cristiano en Lahore.

Las imágenes y los sonidos inmediatamente posteriores al ataque fueron abrumadores, aunque tristemente estas escenas apocalípticas se están convirtiendo ahora en imágenes familiares en todo el mundo. En Ankara, en Bruselas o en Alejandría solamente en esta semana.

Las mujeres se sostenían las unas a las otras y lloraban horrorizadas. La sangre de los niños muertos teñía las ropas de sus padres. Un hombre joven con heridas abiertas en la cabeza corría al hospital con niños malheridos en los brazos.

El grupo terrorista Jamaat ul Ahrar pronto emitió un comunicado: su objetivo había sido la celebración cristiana de Semana Santa, aunque también dijeron que nunca intentaron dañar a mujeres o niños, solo a hombres cristianos. Sus palabras se contradicen con la crueldad indiscriminada de su ataque.

Estas mismas palabras también reflejan el hecho de que los talibanes pakistaníes han sido debilitados por las continuas operaciones militares contra ellos en el cinturón tribal y en Karachi. El grupo se ha dividido en pequeñas ramificaciones que ya no actúan de manera unificada sino a través de lobos solitarios y renegados cuyos objetivos son escuelas y parques porque ya no pueden enfrentarse a cuerpos militares o instalaciones de seguridad.

Pero los yihadistas no representan a todos los paquistaníes. Hay que entender una cosa sobre Pakistán y es que la mayor parte de sus gentes son socialmente musulmanes conservadores pero solo una minoría defiende realmente y promulga la violencia.

La mayor parte de los paquistaníes son pacíficos y no querrían actuar de manera violenta contra las minorías religiosas incluso si ellos no comparten sus mismas creencias. De hecho, en estos momentos, los paquistaníes se olvidan de quién es cristiano o quién es musulmán y solo piensan en ayudar a la gente herida.

Como la noticia sobre el atentado suicida se propagó a través de la televisión y las redes sociales, la gente que vivía en las inmediaciones se apresuró a llevar a los heridos a los hospitales en sus coches, en taxis y rickshaws (vehículos ligeros que se impulsan por tracción humana o a pedales, muy típicos en algunas zonas de China, India o Pakistán) antes de que las ambulancias llegasen al lugar de lo sucedido.

La versión pakistaní de Uber, un servicio de coches que se llama Careem, ofrecía carreras gratis a todo aquel que quisiera ir a donar sangre al hospital. Una de las imágenes más tuiteadas fue la de un joven doctor con una cánula en el brazo, estaba donando sangre entre paciente y paciente. Gente procedente de lugares tan alejados como Karachi estuvieron dispuestos a proveer de agua y alimentos a las familias afectadas.

Los fanáticos religiosos nunca lograrán controlar Pakistán, incluso si perpetúan la eficacia mortal de la propagación del virus del terrorismo alrededor del mundo. Como con cualquier epidemia, los más débiles son siempre los que caen primero. Pero la humanidad es la única cosa que nos vacuna contra el alcance del terrorismo. Mientras tengamos nuestra humanidad, permaneceremos unidos como paquistaníes, no importa a quién elijamos llamar nuestro Dios.

  • *Bina Shah es autora de dos colecciones de relatos cortos y cuatro novelas. Su última novela, A Season for Martyrs, relata los últimos tres meses en la vida de Benazir Bhutto. Colabora con The New York Times, The Guardian, The Independent, Granta, The World Post, y Al-Jazeera.

Traducido por Cristina Armunia Berges

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