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OPINIÓN

Balance de un año de gobierno en Italia: estado de emergencia democrática

Crecen los ataques racistas contra los inmigrantes y la desprotección de los periodistas. Italia necesita redescubrir su propia identidad

 El viceprimer ministro y ministro del Interior italiano, Matteo Salvini,

El viceprimer ministro y ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, EFE

Este mes se cumple el primer año de las elecciones generales de Italia y los primeros nueve meses desde que llegaron el poder La Liga, de Matteo Salvini, y el Movimiento 5 Estrellas (M5S), de Luigi di Maio. Ya es hora de hacer una evaluación. Aunque a decir verdad, la situación de nuestro país es tan desesperada que siempre tenemos que estar siempre haciendo esa evaluación.

En primer lugar, nos encontramos en una situación de emergencia democrática. Algunos creen que no hay de qué alarmarse. Al fin y al cabo, nadie ha tomado el poder por la fuerza y el Gobierno goza de un alto nivel de popularidad (según las encuestas, la tasa de aprobación oscila en torno al 60%). Pero está claro que no podemos dejar de mirar lo que hace el Gobierno solo porque tiene apoyo. La transformación de una democracia liberal en una autoritaria no se produce en pocos meses, pero siempre hay señales sutiles, aparentemente desconectadas, que marcan ese triste camino.

Hace unas semanas, los medios de comunicación italianos reaccionaron alarmados a un informe presentado ante el Parlamento por los servicios secretos. El panorama que se describía era de una gravedad extraordinaria, especialmente en lo referente a dos temas concretos. Uno de ellos era el aumento de incidentes racistas a medida que se acercan las elecciones europeas de mayo. El otro tenía que ver con la incapacidad de frenar los desembarcos secretos de pequeñas lanchas con pasajeros que podrían estar vinculados a grupos terroristas, mientras toda la atención y propaganda gira en torno al cierre de puertos italianos para los migrantes que salen de Libia.

El número de incidentes racistas registrados en Italia desde principios de 2019 es alarmante. En la provincia de Lecce, unos agresores insultaron y usaron una silla para golpear en la espalda a un joven de Sierra Leona mientras le decían que se fuera a su país. En Roma, los agravios y golpes de un grupo de menores contra un niño egipcio de 12 años provocaron que terminara en el hospital. En el centro de Italia, un profesor de un colegio de Foligno ridiculizó a dos hermanos negros. Cada vez hay más mujeres a las que las tratan como si fueran trabajadoras sexuales solo porque no son de raza blanca. Y no se limita a comentarios en la calle, también ocurre en los cargos públicos. Aunque muchos incidentes ni siquiera se denuncien, los que se conocen son más que suficientes para entender que lo que está ocurriendo en Italia es una señal del descenso hacia la barbarie.

En los guetos de inmigrantes que han aparecido hay personas con permiso de residencia trabajando por salarios miserables y en condiciones de esclavitud. Fíjense, por ejemplo, en la barriada de San Ferdinando, en la provincia de Reggio Calabria (extremo sur de Italia) donde eligieron senador a Salvini, el actual ministro de Interior. Durante la cosecha, San Ferdinando recibe hasta 2.000 migrantes. Les pagan 50 centavos por recoger una caja de naranjas y 1 euro por la de mandarinas. Son personas que soportan una existencia inhumana en chabolas, trabajan como esclavos en los campos, y mueren por incendios o simplemente por el frío. En sus estrechas habitaciones hechas a partir de materiales altamente inflamables se calientan con braseros y estufas de gas. El año pasado tres inmigrantes murieron quemados en San Ferdinando durante uno de esos incendios.

Los políticos que incitan al odio hacia los inmigrantes no mejoran las cosas. Son trabajadores útiles, por supuesto, especialmente en el sector agroalimentario: una mano de obra barata y sin derechos a la que explotar y a la que culpar cuando se trata de cosechar votos populistas.

A esto hemos llegado en Italia, un clima de agresión racista en expansión. Se trata de un racismo que no se limita a los inmigrantes. También se dirige contra cualquiera que no tenga la piel blanca, incluso contra niños adoptados por familias italianas.

Al hablar en términos generales del populismo del Gobierno corremos el riesgo de ocultar con etiquetas abstractas los hechos verdaderamente alarmantes que están ocurriendo. No cabe duda de que la vista gorda que este Gobierno hace con las actitudes racistas está teniendo graves consecuencias. En un ejercicio de cinismo, le hace un guiño a los grupos extremistas cuyos votos quiere mantener.

Un clima de odio ya instaurado

La estrategia para alimentar el clima de odio va por dos carriles. En primer lugar, están los grupos extremistas que llenan la web de noticias falsas y mentiras. La mayor de todas es la presunta invasión de Italia por extranjeros. Se nos hace creer que las personas migrantes que acuden a Italia son el origen de nuestros problemas económicos. Pero según el organismo oficial de estadísticas (ISTAT), el total de personas migrantes en el país representa el 8,7% de la población, incluidos los de otros países de la Unión Europea. En un país de más de 60 millones de habitantes, el número de migrantes en situación irregular (base de la propaganda anti-inmigrante) es de unos 533.000. De ninguna manera esas cifras justifican que se hable de invasión. Y sin embargo esa es la canción que oímos a diario.

La segunda parte tiene que ver con los medios: la opinión de los que defienden una visión y un país diferente es desestimada sistemáticamente como procedente de una élite. Después de atacar a todo tipo de periodistas, el primer acto oficial del subsecretario de Medios, Vito Crimi (un político de tercera clase muy capaz de soltar agresiones gratuitas), fue recortar los fondos públicos para la prensa. Un duro golpe para los medios que no reciben ingresos publicitarios pero que, sin embargo, prestan un servicio público por la alta calidad de su información.

El resultado será la desaparición de Radio Radicale, Il Manifesto y L'Avvenire, tres pilares progresistas del panorama de medios italiano que nunca se alinearon con un gobierno y a los que a ningún otro gobierno se le ocurrió amenazar. Ir contra estas publicaciones es ir contra los valores de la democracia liberal y del pluralismo.

El ataque contra Radio Radicale, que lleva 40 años difundiendo las actas del Parlamento y de las principales instituciones del país, es el ejemplo perfecto de la transformación del M5S, fundado por Beppe Grillo. Pasó incluso de transmitir en vivo las conversaciones a puerta cerrada para formar gobierno a pretender tapar la información de los procedimientos parlamentarios. Todavía no sabemos quién o qué sustituirá a Radio Radicale y desarrollará su labor esencial.

Esta es la emergencia principal en Italia. Se está convirtiendo en un país donde sacar información es cada vez más difícil y donde criticar al Gobierno significa convertirse en uno de sus objetivos. Basta con pensar en la polémica sobre la protección policial para periodistas amenazados de muerte (como yo). El argumento para retirar esa protección es que, en teoría, representa una carga demasiado onerosa para las arcas estatales. Pero lo que nunca se dice es que de las 600 personas con protección en Italia, solo 20 son periodistas. ¿Cómo puede haber libertad de expresión en un país donde el Gobierno ataca diariamente a los que informan y escriben?

En marzo de 2018, los italianos acudieron a las urnas empapados de propaganda anti-migrantes y cansados hasta la médula de los partidos tradicionales. En vísperas de estas elecciones europeas de mayo, la situación es aún peor. Con esa vocación canalla de hacerse el fuerte, es el propio Gobierno el que hace la propaganda. En vez de mostrar indignación por cada barco con migrantes que Italia rechaza, la reacción es el vitoreo, igual que los aficionados en un campo de fútbol.

La postura anti-inmigrante se está usando para disimular los problemas que los dos partidos tienen con sus respectivos simpatizantes. El M5S ha sido eclipsado por La Liga. Pero La Liga también tiene un problema con su base tradicional de poder, los grandes empresarios del norte, desconforme con las políticas económicas. A pesar de eso, Salvini ve cómo sus índices de popularidad siguen subiendo gracias a su habilidad para dar a la gente un chivo expiatorio diario al que insultar y contra el que cometer actos violentos.

Los opositores están más solos que nunca. ¿Cómo hacer entender a la gente que está siendo víctima de un hechizo maligno? Porque aislarnos más de Europa no servirá para que la economía se recupere. Tampoco nuestro aliado en Rusia o nuestros nuevos amigos húngaros la reanimarán. Y mucho menos si le quitamos sus derechos a unos migrantes que viven, trabajan y pagan sus impuestos en Italia.

Los progresistas no podemos conformarnos con el optimismo. También necesitamos una visión de futuro diferente. Pero los maltrechos partidos de la izquierda no parecen tener tiempo para eso. Están concentrados en sus problemas internos, aparentemente indiferentes a las preocupantes amenazas que se ciernen sobre nuestra democracia. Quien hoy pretenda hablar de un país que debe levantarse, mantenerse firme y volver a descubrir sus virtudes, se queda solo. Completamente solo.

Traducido por Francisco de Zárate

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