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El ruido ocultó la política

Papeletas y sobres de las elecciones generales en Barcelona

Pasadas las elecciones generales del 28 de abril es bueno pararse a reflexionar sobre lo que hicieron cada uno de los partidos y el resultado que obtuvieron.

En política existen dos formas de incentivar a los votantes con el fin de obtener su confianza: generar expectativas de futuro o motivar el miedo ante lo que puede venir. La mayoría de partidos han optado por lo segundo, quizás por falta de capacidad para lo primero, y más ante un contexto donde la ciudadanía está descreída y más desconfiada ante la política, o por la creencia que el miedo les iba a reportar mejor resultado.

Resultaba bastante ridículo escuchar a Ciudadanos y al PP repetir un día sí y otro también que con el PSOE ganaban los “proetarras” y los “independentistas”, teniendo en cuenta que la banda terrorista anunció el cese definitivo de la actividad armada con un Gobierno socialista hace ya 8 años, y que el independentismo ha alcanzado sus mayores cotas durante el mandato del PP. Aunque los argumentarios fueran falsos decidieron seguir adelante con la estrategia de una campaña de fake news permanente, confiados en que si estas estrategias del relato ficticio habían tenido éxito en el Brexit, en la estrategia de los independentistas de Cataluña, en EEUU con Donald Trump, entre muchos otros ejemplos, aquí no íbamos a ser una excepción. Aunque en un primer momento a la vista de los resultado pudiera parecer que no han obtenido éxito ninguno, creo que esta valoración es precipitada. Quizás de no haber tenido ningún efecto, el PSOE hubiera obtenido un mejor resultado.

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El espectro político madrileño. Me siento desubicada: ¿Dónde está cada cuál?

El resultado elecciones 2019, municipio

De pronto me viene a la mente una conversación de cuando era adolescente y comenzaba a interesarme por la política. Se celebraban elecciones en USA y yo preguntaba -¿Los republicanos son de izquierdas?- por aquello de ir contra la monarquía. -¡No!- Me contestaban, riendo, que se trataba un partido de extrema derecha y hablamos de mucho antes de la era Trump. Creyendo verlo claro preguntaba a continuación: -Entonces, ¿los de izquierdas son los demócratas? - pero para mi sorpresa me contestaban con una nueva negativa. -¡No, tampoco! También son de extrema derecha, pero un poco menos-. Aquello me dejó muy confundida, me llevó mucho tiempo entenderlo. No en todos los países están presentes todas las opciones.

Cuando leemos prensa sobre las distintas opciones políticas, a menudo, encontramos gráficos que pretenden ilustrar la situación. De partida ya resulta un tanto increíble que se puedan ordenar todas las fuerzas políticas de izquierda a derecha, sobre un único eje horizontal. Seguramente, si se hiciera con rigor, sería más acertado proyectarlas sobre un eje vertical. Arriba quienes defienden los intereses de los más acaudalados y abajo los que lo hacen de los menos adinerados. ¿Qué queda más a la izquierda? ¿La jubilación con un sistema de reparto progresivo y solidario, la educación pública y gratuita o la sanidad pública universal? En cada uno de estos asuntos, una persona puede albergar opiniones de izquierdas y de derechas al mismo tiempo. Estos sujetos resultarían inclasificables bajo este criterio. Asumamos que se pueden organizar todos los intereses políticos y todas las formas de pensamiento de una sociedad sobre un eje. Aceptemos esa idea. No solo eso. Además, hagamos un intento propio de ordenar los partidos políticos españoles de acuerdo con esta idea. Centrémonos en los parlamentarios de ámbito nacional.

Creo que es indiscutible que a la derecha del todo se situaría Vox. A continuación, vendrían PP y Cs. Aquí, habría mucho debate sobre quién va a la derecha de cuál. Para mí, desde luego, la elección es muy complicada. Seguido de éstos iría posiblemente el PSOE. A la izquierda, por descarte, situaríamos a UP. Vamos a dibujarlo:

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América y las responsabilidades históricas de España. El caso de Venezuela

Escasa respuesta en Venezuela al llamado de Guaidó de acudir a los cuarteles.

Hace unas semanas se produjeron dos ligeras polémicas en los medios de comunicación españoles en torno al papel del Reino de Castilla en la conquista y la colonización de América desde finales del siglo XV. Hay que recordar que el Reino de España no existía entonces. Una de las polémicas fue provocada por las declaraciones del candidato del Partido Popular, Pablo Casado, a la presidencia del Gobierno. La otra la generaron unas declaraciones del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. En ambas ocasiones me pronuncié recordando la brutal realidad de lo que ocurrió en la experiencia castellana en América y, al mismo tiempo, manifestando que no es responsabilidad de los ciudadanos de hoy en este país sentirse orgullosos ni culpables de lo que entonces ocurrió. Por el contrario, señalaba que nuestra responsabilidad se debe centrar en lo que sucede en nuestros días.

En los primeros años del siglo XXI, varios países latinoamericanos evolucionaron hacia posiciones progresistas, con clara mejoría de las condiciones de vida de sus ciudadanos. Entre ellos estaban Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay y Venezuela, entre otros. Sin embargo, pasados algunos años, la evolución cambió de signo y algunos de estos países, no todos, han regresado a políticas más conservadoras con un agravamiento de la situación económica y social. Sería complejo tratar de explicar este cambio según los casos, pero interesa aquí centrar la atención en el caso que ha evolucionado de forma más rápida hacia peor, que es Venezuela.

Pese a los ataques políticos, desde dentro y desde fuera del país, de los que fue objeto el presidente de Venezuela Hugo Chávez, los organismos internacionales reconocían a mediados de la década pasada que la situación de Venezuela había mejorado visiblemente con respecto a la situación del 2000. Pero la combinación de las presiones internas y externas que trataron de impedir un cambio en las relaciones económicas y sociales hacia una mayor justicia social se acentuaron. Por supuesto ni se pueden ni se deben ignorar los errores que hayan cometido en su gestión los gobiernos venezolanos, como los que cometen los gobiernos de todos los países. En España, por ejemplo, no se pueden olvidar no ya los errores, sino los abusos y hasta los delitos que algunos de nuestros gobiernos han cometido.

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Autochequeo ideológico contra la desinformación

Los partidos políticos tienen poco tiempo para recuperarse de la campaña de las recientes elecciones generales del 28 de abril. En poco más de dos semanas, tendremos lo que muchos consideran una segunda vuelta, con las elecciones municipales autonómicas y europeas.

Las elecciones al Parlamento Europeo son especialmente relevantes, no solamente porque de sus resultados dependerá la dirección de la política europea, y por tanto nacional, de los próximos años, sino porque son un caso ejemplar del impacto de tres tendencias que observamos en elecciones recientes: el aumento de la indecisión entre los electores; la tendencia alcista de fuerzas populistas o de extrema derecha; y el uso de campañas de desinformación durante los períodos electorales.

El elevado número de indecisos a escasos días de las votaciones ha sido uno de los datos demoscópicos más señalados de las elecciones generales. El 30% de electores que no había decidido el sentido de su voto, diez puntos por encima de los anteriores comicios, disparó el seguimiento de los debates entre candidatos en busca del voto informado. Esta voluntad de los votantes indecisos de recibir información objetiva, durante los últimos días de campaña, genera escenarios con un alto riesgo: la influencia del contenido en el voto final de este electorado puede ser muy alto y −consecuentemente− las campañas de desinformación pueden ser todavía más efectivas.

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Agur Rubalcaba. Paz, Leitza

Alfredo Pérez Rubalcaba

Acabo de conocer el fallecimiento de Alfredo Pérez Rubalcaba. Desde estas líneas mi reconocimiento a su labor y mi apoyo, cariño y solidaridad para su familia.

Le conocí a través de mi amigo Enrique Curiel en 1990 y a partir de aquel instante nuestra conexión fue habitual, aunque no siempre coincidiendo en la dirección que cada uno seguía. Los tres pertenecíamos a la vieja guardia de la política, por eso hoy me siento más huérfano.

Pero quizás el instante más intenso de nuestra larga historia se desarrolló hace nada menos que 20 años, el 20 de Septiembre de 1999, cuando se produjo un encuentro, una reunión histórica en el caserío  que el entonces dirigente de la izquierda abertzale Patxi Zabaleta tenía en un bello pueblo de la montaña de Navarra, Leitza.

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Adiós, amigo mío

El ex secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Alfredo Pérez Rubalcaba me demostró que existían responsables políticos con verdadera vocación de servicio público, coherencia y capacidad para ejercer la buena política en nuestro país. Esto es lo primero que me viene a la mente cuando tengo que ordenar los pensamientos y volcarlos en este texto que redacto con auténtico dolor. Hemos vivido muchos y malos momentos en la peor historia de España, la del odio, las bombas y la muerte. Cada uno en su papel, él de responsable político, yo de juez instructor en el número 5 de la Audiencia Nacional y, después, en otras tesituras. No pude encontrar un compañero de viaje mejor, con más criterio e inteligencia y capacidad para comprender el delicado, complejo y urgente trabajo que desarrollábamos magistrados, fiscales y funcionarios judiciales mano a mano con las Fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado con la amenaza del  terrorismo siempre pendiendo sobre la sociedad.

Siendo amigos, él como ministro del Interior y yo como magistrado, con la simpatía labrada palmo a palmo y milímetro a milímetro, con respeto, sin interferencias entre poderes; con la fuerza de superar día a día situaciones sumamente difíciles, supimos trabajar en pro de la justicia y la paz, una paz libre de la insensata violencia y con una apertura de miras para conseguirla, inclusiva, respetuosa con los derechos humanos, más allá de cualquier otro planteamiento, anterior o posterior, sostenido por otros líderes políticos.

Creo que, sin Alfredo, la historia del final de ETA hubiera sido diferente y probablemente mucho más cruenta. A su fina intuición política, se unía una capacidad para ver más allá de los árboles, para entender un bosque intrincado y peligroso en el que era fácil perderse. No se atenía al camino fácil ni se quedaba en la superficie de las cosas. De su prudencia y saber hacer dice mucho la forma de comprender temas complicados o su papel de mediador con el Partido Popular en el año 2000 para acordar el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que intentaba conciliar posturas. Hablo de un tema tan primordial como intentar la unanimidad de criterio sobre cómo abordar la acción terrorista en la que, pese a las disensiones entre las dos principales formaciones, se pretendía eliminar este tema de las polémicas partidistas e incluir el yihadismo como una amenaza real, ya en el año 2004.

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Alfredo Pérez Rubalcaba, un hombre de Estado

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Quiero, a través de estas palabras, unirme al profundo dolor que sienten millones de españoles ante el fallecimiento de Alfredo Pérez Rubalcaba. Lo hago como Presidente del Gobierno, pero también como Secretario General del Partido Socialista Obrero Español. Consciente, en este último caso, de que su talla política, humana e intelectual le hacen acreedor del máximo reconocimiento por parte de todos los demócratas, por encima de adscripciones ideológicas.

Pocas veces estará más justificado que en el caso de Alfredo el atributo de hombre de Estado para definir una trayectoria política. Ahora ya, antes de que el tiempo engrandezca aún más su figura, podemos decir que ocupa un lugar de honor en la historia de España. El lugar que corresponde, por derecho propio, a los más dedicados servidores del Estado Social y Democrático de Derecho consagrado por la Constitución. El lugar que corresponde a los arquitectos de la consolidación democrática en nuestro país, en una época llena de dificultades y amenazas de involución. El lugar que corresponde, en definitiva, a Alfredo Pérez Rubalcaba, figura crucial en la lucha contra la barbarie terrorista de ETA desde el gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero.

Así lo entendió el Pleno del Congreso de los Diputados cuando, en junio de 2014, le tributó un sincero homenaje, en el día en que abandonaba su escaño en la cámara. Aquella ovación, de la que fui testigo, era mucho más que una despedida protocolaria. Era el reconocimiento explícito de nuestra democracia a un parlamentario brillante, cabal y dialogante. Pero, por encima de todo, a alguien clave para interpretar la historia reciente de nuestro país.

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Alfredo, tu legado será nuestra guía

Describir con palabras a Alfredo siempre se quedaría corto, despedirse de él es aún más complicado con el profundo dolor que siento en estos momentos. La ausencia de Alfredo es ya inmensa, una desgracia para nuestro país que se haya ido tan joven cuando su conocimiento y experiencia son aún imprescindibles. Me atrevo a afirmar que es un momento de inmenso dolor para todo el socialismo español y para todo nuestro país.

Alfredo es insustituible. Un hombre de Estado, un político inigualable, una buena persona con un gran sentido de la ética. Alfredo era auténtico y único. 

No se puede comprender España, tal y como es, nuestra historia más reciente sin él, sin su buen hacer. No sé si somos conscientes de que nuestra vida sería muy diferente sin él, sin su entrega a nuestro país.

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La dignidad y el valor del oficio de la política

Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón durante el Congreso del PSOE en el que Rubalcaba fue elegido secretario general

La liturgia de la muerte en España insulta a veces a la razón. Viendo la lista interminable de personajes o personajillos excelentes que desde hace un día largo cantan las excelencias de Alfredo Pérez Rubalcaba, no cabe sino preguntarse dónde estaban esas gentes cuando, no hace mucho, este gran hombre político vio acabada su carrera. ¿Por qué ninguno pidió, al Estado o a quien fuera, que le encontrara un sitio adecuado para que pudiera seguir influyendo en la marcha del país? ¿Por qué nadie se indignó al saber que había terminado dando un par de clases de química a la semana?

En cambio, no cuesta mucho imaginar lo que habrían dicho muchos de los compungidos de hoy si Rubalcaba hubiera aceptado una de las varias ofertas que importantes instituciones privadas le hicieron para que se uniera a ellas, pagándole muy bien a cambio de un favor de vez en cuando. Nadie se lo habría tolerado.

El primero de ellos, él mismo. Porque el dinero, más allá del que necesitaba para pagarse sus moderados gastos, no le interesaba. Y porque tenía un alto sentido de la dignidad y una gran consideración por la función social que había ejercido durante buena parte de su vida madura. La de político. Una profesión que le encantaba y que consideraba una de las bonitas del mundo. Pero que él entendía que merecía el máximo respeto, empezando por el que él mismo había de tener por ella. Y eso excluía componendas. Que Alfredo comprendía en el caso de otros, o cuando menos eso era lo que decía, pero que consideraba inaceptables para sí mismo.

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Un hombre de Estado, un gran español

José Manuel García-Margallo y Alfredo Pérez Rubalcaba.

Alfredo Pérez Rubalcaba era mi amigo. Y eso es una palabra que yo administro con mucho cuidado. Su último mensaje es de apenas 10 días: "Soy Alfredo, ¿cuándo cenamos juntos?". Contesto: "Déjame terminar esta campaña electoral para echaros del Gobierno y nos vemos". Mi último mensaje no lo leerá nunca: "Alfredo, ponte bien pronto, porque somos muchos los que te queremos bien".

Alfredo fue el adversario político más temible que yo he conocido nunca. Él solo nos montó una operación político-mediática que nos costó las elecciones de 2004 que teníamos ganadas. Cuando llegué al Ministerio de Asuntos Exteriores, me ayudó de forma absolutamente transparente y leal. Porque Alfredo era sobre todo un hombre de Estado y un gran patriota. Un gran español.

Cuando los dos pasamos a la reserva, nos divertimos mucho haciendo debates a lo largo y ancho de España. Me maravilló siempre su inteligencia y su sentido del humor. Siempre me contaba que cuando en la calle alguien te paraba y te decía "Don Alfredo, cuánto te echamos de menos", él respondía: "Muchísimas gracias, pero ¿a que usted no me ha votado nunca?".

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