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Combatir el discurso del odio

Manifestación del Orgullo Crítico en Madrid

Algo que sabemos muy bien quienes tenemos responsabilidades públicas es que, en política, las palabras son algo casi físico, tienen peso. Con las palabras (solidaridad, comunidad, acuerdo) unimos e incluimos, pero también estigmatizamos, dividimos y excluimos (mi raza, mi tierra, mi dinero). Sobre las primeras se ha edificado lo mejor que tenemos, desde la democracia hasta el estado de bienestar y la Unión Europea. Sobre las segundas se han levantado algunos de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad y de España.

Quienes trabajamos con palabras sabemos que lo que se dice, también lo que se calla, tiene consecuencias; por eso las medimos y las elegimos cuidadosamente. Cuando un presidente dice que "los inmigrantes traen drogas, son criminales y violadores", no está solamente falseando la realidad, está provocando acciones. Según datos del FBI, entre 2017 y 2018, los delitos de odio en EEUU crecieron un 17%; en Gran Bretaña, crecieron un 27% en los meses posteriores al referéndum sobre el brexit.

Las palabras unen y construyen ("no solo coaligamos Estados, unimos personas", decía Jean Monnet de la UE) pero también separan y destruyen. Las mentiras de Farage y sus socios en aquel referéndum, no han hecho de Reino Unido un país más fuerte sino más pobre, más dividido, con menos peso internacional y que se encamina a su tercer Gobierno en tres años.

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Las derechas LGTBI

Albert Rivera en la manifestación convocada por Ciudadanos, PP y Vox en Colón el pasado febrero.

En la década de los 80 del siglo pasado, conocí a un chico homosexual cuya familia, que pertenecía al Opus Dei, vigilaba obsesivamente sus inclinaciones eróticas para alejarle del infierno. Se llamaba Alfonso y tenía poco más de veinte años. Era inteligente y culto. Ya no creía en Dios, pero no se atrevía a apartarse de su familia y de su mundo. Por eso intentaba apartarse de su homosexualidad, aunque nunca lo conseguía. Dejé de verle, y al cabo de un tiempo me enteré por un amigo común de que se había suicidado.

Cuando se habla de la libertad para participar en terapias de reconversión sexual se está hablando realmente de esto: de personas que no son en absoluto libres para hacerlo, que se ven forzadas por los afectos y por la presión social a tratar de cambiar su propia identidad. Personas que creen que sólo siendo distintos a quienes son podrán conservar el amor y el respeto de los suyos. Personas torturadas.

Las cuestiones que afectan a la identidad y a la libertad individual no son cuestiones de política ideológica, sino de derechos humanos. La igualdad que reclama el feminismo, la transexualidad o la prohibición de las terapias de reconversión no tienen el mismo rango que la financiación autonómica, las subvenciones a la industria del automóvil o los convenios sindicales.

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¿Existe la ideología de género?

Yo creo que habría que explicar a algunas personas lo que significa hablar de  "ideología de género", puesto que esa ideología (sistema de ideas organizadas) no existe, lo que existe son los "estudios de género" que tienen que ver con la antropología, la historia y la sociología. Mejor haría Jesús Armas Marcelo en informarse antes de contestar a José Ovejero por su reciente nota criticando la ceguera de algunos hombres. Albert Camus decía que cuando los o las intelectuales no tenían las ideas claras aumentaban la confusión. Mario Vargas Llosa se opone también de manera radical a una  visión de paridad muy a tono con su idea de la persona que se hace sola (self made man) o la mano invisible que regula el mercado de Adan Smith que ha generado la economía del chorreo (los pobres reciben cuando los ricos tienen suficiente dinero, si fuese cierto, no habría pobreza). Escuchen bien: en el Perú, el 75% del empleo sigue siendo informal. O sea, la teoría de que la inversión libre, con un estado que no regula y se mantiene al margen, sin políticas sociales, el libre mercado, y las políticas neoliberales, no solo arruinan la vida de miles de personas, en su mayoría mujeres, sino que están destruyendo el planeta. El mejor ahorro de energía es el no uso de energía. En los países industrializados no se entiende (o sí pero no saben cómo cambiar) que el modelo es el problema, y la dominación casi totalitaria de este dogma neoliberal.

Sobre el argumento de que "la calidad es lo que cuenta", ¿quién o quiénes definen la calidad? ¿La Academia, los premios, las antologías, las revistas especializadas y quiénes son la autoridad? En una época en que la autoridad está ligada al poder económico, me refiero a la dictadura neoliberal que tiene su mayor expresión en Estados unidos donde hay 44 millones de pobres, no lo tienen las mujeres que carecen de este poder, no son las que deciden qué es lo que van a publicar, sino el mercado, el marketing, la autopromoción y la visibilidad o el estatus social. O sea, que eso de que existan mujeres editoras tampoco es un argumento muy válido. 

En resumen, decir que la paridad no entrará nunca entre sus criterios, es su derecho, lo reprochable es el aparato de propaganda política (por sexista) que encarna esa bienal. En la más reciente premian a un autor que recién empieza pero que representa al "emprendedor". Desde el comienzo de la historia de la humanidad los hombres han dominado, y han dominado en el lenguaje, no es paranoia ni delirio. Ellos han diseñado el cuerpo de las mujeres y  colonizado su mente. Como decía la escritora norteamericana Anais Nin: nos han inventado. No somos las mujeres las que hemos inventado la historia, aunque hayamos sido parte de ella (Michelet), y no hay cultura donde la mujer sea vista con respeto (Simone de Beauvoir).

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La salud es lo primero

Durante los últimos 30 años los organismos internacionales, desde la Agencia Europea de Medio Ambiente a la Organización Mundial de la Salud, han venido insistiendo en la necesidad de mantener la contaminación atmosférica por debajo de ciertos niveles para evitar la muerte prematura de miles de personas, especialmente entre los niños y la tercera edad, que son con diferencia los más vulnerables a las enfermedades respiratorias. Los datos son escalofriantes. Más de medio millón de personas mueren en Europa como consecuencia de la mala calidad del aire, siendo España el sexto país más afectado, y el área metropolitana de Madrid la peor zona. 

Un reciente estudio de la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Madrid estima que en 2015 fallecieron unas 5.400 personas en la Comunidad de Madrid a consecuencia de la contaminación. ¡Nada menos que 15 personas al día!

Lo peor de todo es que hace tiempo que se sabe quiénes son los contaminantes responsables de esta situación y las soluciones que se deben adoptar. Según el Plan Azul Plus de la Comunidad de Madrid, diseñado en teoría para luchar contra el cambio climático y la contaminación, "se aprecia cómo el sector transporte es el más relevante en cuanto a su contribución a los niveles de calidad del aire de NO2, O3 (ozono) y CO en toda la Comunidad de Madrid, con aportaciones que varían entre el 52 y el 84%. Por su parte el sector residencial, comercial e institucional aporta una contribución inferior al 9%" de esos contaminantes. O sea, no es un problema de calderas. La conclusión del Plan Azul Plus, aprobado por el Partido Popular en abril de 2014, era clara: hay que hacer "especial hincapié en objetivos y actuaciones dirigidas al sector del transporte". De hecho, el plan autonómico le dedica al transporte el 33% de las medidas, y entre todas ellas destaca la medida 9: "Zonas de Bajas Emisiones y Áreas de Prioridad Residencial", señalando que esta "es una opción altamente efectiva para la mejora de la calidad del aire en los núcleos urbanos".

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Por un derecho penal sexual no punitivista

Manifestación feminista frene al Tribunal Supremo en Madrid, el 21/06/2019.

Después de décadas de luchas y reivindicaciones, el movimiento feminista ha conseguido introducir en la agenda pública el trascendental debate sobre el ejercicio de la libertad sexual por las mujeres, permitiendo evidenciar que la realidad efectivamente vivida por muchas de ellas está muy alejada de las proclamaciones de igualdad formal o de seguridad y libertad contenidas en la Constitución y en las leyes.

La respuesta penal a los ataques a la libertad sexual forma parte de ese debate tan necesario como inaplazable, y es, sin duda, positivo, que se asuma como uno de sus aspectos centrales. Ahora bien, la respuesta feminista no debería incurrir en el error de defender la idea de que la forma de baremar el grado de compromiso con la defensa de la libertad sexual de las mujeres pasa necesariamente por la criminalización de más conductas, la elevación de las penas asociadas a esas conductas y el aumento de las tasas de condenas por dichos delitos. En múltiples ámbitos, las mujeres progresistas hemos denunciado la instrumentalización, el abuso del derecho penal o las reformas legislativas puramente simbólicas como vías de desresponsabilización política. Como pretextos útiles para dejar de abordar la complejidad de los conflictos sociales, enarbolando las banderas de las soluciones fáciles. También hemos denunciado la confusión interesada entre la defensa de las garantías penales y procesales con la complicidad con los autores de hechos criminales. No incurrir en esos errores puede ayudarnos a enriquecer el debate, a hacerlo más riguroso y, como consecuencia, a garantizar más eficazmente la libertad sexual de las mujeres.

En no pocas ocasiones las mujeres que denuncian haber sufrido ataques contra su libertad sexual padecen una victimización derivada de su entorno social o de las propias instituciones. Es imprescindible que nos tomemos en serio el diseño de la atención en estos casos en todas sus fases, desde los ámbitos sanitarios y policiales, receptores de las primeras denuncias, hasta las instituciones judiciales. Y esa atención ha de mantenerse desde la investigación hasta la misma ejecución de las eventuales condenas. No se trata, o no se trata sólo, de reformas legales, sino de extender usos y prácticas impregnadas de la necesaria mirada de género que defienda y cuide a las mujeres que han de pasar por todas las fases del proceso. Y ello no es en absoluto incompatible, no debe serlo, con la defensa de las garantías procesales de toda persona investigada o acusada.

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Lo que aprendí como psicólogo tratando a un violador en la cárcel

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Los miembros de 'la manada'

Uno, dos, tres y hasta cuatro perímetros concéntricos de seguridad protegidos por puertas, algunas de grosor insólito, y vigilados desde refugios blindados, hasta llegar al aula taller. Fuera, es febrero de 2018. 

Durante todo 2017, he realizado mis prácticas del grado de Psicología en un Centro de Inserción Social para reclusos y reclusas en tercer grado, así que estoy acostumbrado a los muros, a no poder entrar y salir del recinto sin que personal de vigilancia me franquee el acceso. Pero la prisión en régimen cerrado es otra cosa. 

Estoy citado con un recluso para elaborar su historial criminológico psicosocial. En la sesión grupal preparatoria del programa de reeducación para agresores machistas es, de todos los internos, el que se ha mostrado más hosco y me lo han asignado por eso. Del grupo de personas voluntarias soy el único hombre y tenemos comprobado que, en esta clase de díadas, la reactividad psicológica es menor. 

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Independencia económica contra la violencia de género

En las últimas semanas asistimos a una dramática conmemoración: el pasado 19 de junio se confirmaba que Ana Lúcia da Silva, cuyo cadáver había sido hallado cinco días antes, se convertía en la víctima número 1.000 de la violencia de género en España desde 2003, año en el que se comenzaron a registrar estos crímenes. Su asesino, Salvador Ramírez, mató a su primera mujer allá por 2002; así que ella, oficialmente, no cuenta.

Se calcula que las denuncias suponen tan solo entre el 20% y el 30% de los casos totales de violencia por parte de la pareja o expareja, los que recoge la ley de 2004. Aun así, desde 2012 el número de denuncias se ha incrementado en un 29%, llegando a cifras históricas en los últimos años, con un máximo de 166.260 en 2017.

Entre los factores que pueden hallarse detrás de este importante aumento está, sin duda, una creciente conciencia social del machismo estructural en nuestra sociedad, del que la violencia de género supone la manifestación más evidente y visible, sobre todo en tanto en cuanto ha ido rompiendo las barreras del ámbito privado para salir a la luz pública y convertirse en asunto protagonista de la agenda política y mediática. Existe en la actualidad un consenso mayoritario sobre la importancia de la erradicación de esta grave inculcación de los derechos humanos de las mujeres, gracias a la difusión mediática y a la proliferación en medios de comunicación y redes sociales de denuncias de casos de abusos y violencia. Han sido determinantes las manifestaciones multitudinarias en las calles y campañas como la del "Me too" o el "Yo sí te creo", con el que las mujeres, y una amplia mayoría de la sociedad, respondían a los intentos de culpabilización de la víctima en el caso de La Manada. Movilizaciones que han puesto sobre la mesa la desigualdad existente entre hombres y mujeres en el ámbito de la justicia y en la consideración social de las diferentes formas de violencia machista y, a la vez, han ido conformando un contexto de rechazo a la violencia en el que poco a poco resulta más fácil, o menos complicado, asumir la propia condición de víctima y dar los pasos necesarios para salir de ella.

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Europa: la pesadilla romaní que no sale en la TV

Manifestación contra el racismo en Madrid el 12 de noviembre de 2018.

El activismo o la militancia romaní contra el antigitanismo no es una moda pop ni un capricho, sino la condición de posibilidad para nuestra existencia como pueblo en un entorno eminentemente hostil. Pero esto no significa que no seamos conscientes de cómo se nos percibe y cómo, al menos mayoritariamente, se perciben nuestras demandas. Se ha extendido la falsa creencia, especialmente en un contexto en el que la extrema derecha gana, no solo la batalla política, sino la cultural, de que el racismo es un problema del pasado y de que los y las que nos dedicamos a denunciarlo somos nostálgicos y "victimistas". Pero esta estratagema no es nueva.

Una de las formas más efectivas de deslegitimar una causa y la humanidad de aquellos seres humanos que la defienden es atribuir su motivación, su razón de ser, a una cuestión de victimismo. Una vez definida como "victimista" una lucha comienza a producir sospechas que extienden su nefasta influencia en la mentalidad de las sociedades mayoritarias como si se tratase del peor de los virus. El rumor del victimismo es tan poderoso como el de la calumnia; no importa si lo que se dice es verdad o no, una vez puesto en marcha producirá efectos especialmente destructivos difíciles de remediar a corto plazo. Por muy digna que sea la voluntad de quienes se alzan contra una relación de poder concreta, una de las primeras estrategias de los que ocupan el privilegio para desviarla de su verdadero horizonte es destruir su fuerza moral. Y no hay mejor manera de destruir la fuerza moral de un pueblo que enfrenta su opresión que ningunearlo agitando el fantasma del victimismo.

El antigitanismo es una forma de racismo generalmente aceptable. Hemos hablado en incontables ocasiones sobre cuál es el ciclo vicioso en el que esta realidad desemboca a causa de lo dicho. Europa gasta millones de euros al año a resolver eso que se ha llamado "el problema gitano" y ese dinero sirve para construir y fortalecer una estructura asistencialista que solidifica la idea que nuestro pueblo necesita ayuda porque el problema reside en nuestra cultura y nuestra educación. Somos un problema para Europa. Pero lo cierto es que somos el reflejo de que Europa tiene un gran, antiguo y recurrente problema: el racismo. La construcción ideológica de un "tercer mundo" transnacional europeo a través de nuestra imagen es la mejor manera de ocultar las verdaderas razones de nuestra situación, porque al fin y al cabo es la mejor manera de ocultar su verdadero rostro. Con la ideología del asistencialismo, nuestros problemas son maquillados y presentados como una cuestión de buena voluntad y de altruismo que resolverán en un ejercicio de heroico humanismo las ONG. A través de esta construcción ideológica de los gitanos como seres inmaduros necesitados de tutelaje se crean toda una estructura laboral para seguir favoreciendo a aquellos que están disposición de poner en marcha dicho tutelaje –los no gitanos–, se chantajea a los gitanos para que no hablen de racismo y se limpia la buena conciencia europea en relación a la situación de su minoría étnica más antigua.

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¿Son culpables las mujeres por no denunciar?

Manifestación feminista contra la sentencia de 'la Manada' en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

El proceso judicial más mediático de los últimos tiempos en nuestro país, el juicio a la Manada, ha venido acompañado por masivas manifestaciones feministas en nuestra calles porque ha vuelto a demostrar que poner una denuncia puede ser la vía de entrada en un proceso en el que las víctimas pueden ser juzgadas y cuestionadas y en el que las mujeres pueden sentirse solas y desamparadas. Si han hecho falta miles de voces diciendo "yo sí te creo" es porque la justicia, una institución en la que es necesario que puedan confiar justamente los y las más vulnerables, muy a menudo está por detrás de las demandas de igualdad de nuestra sociedad. A pocos días del fallo del Tribunal Supremo, conocemos el informe del observatorio contra la violencia de género del Poder Judicial y muchos de los medios que se hacen eco de los datos llaman la atención sobre uno: de las mil mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003 la mayoría, hasta un ochenta por ciento, no había puesto una denuncia.

A pesar de que parece que gran parte de la opinión pública comprendió el malestar que un caso como el de la Manada generaba para las mujeres, a pesar de que parte de nuestra sociedad entendió que, si la justicia desconfía de las mujeres, las mujeres están abocadas a no poder confiar en la justicia, la lectura de la falta de denuncias viene seguida de un automático mensaje dirigido hacia las mujeres, un mensaje que hace descansar en ellas la solución. "El silencio de la víctima es un factor de riesgo para la vida de las mujeres", "el Poder Judicial hace un llamamiento a las mujeres para que denuncien" porque esta es "la única llave que abre la puerta de la esperanza". Mientras la presidenta del observatorio afirma que las mujeres "tienen que saber que hay muchísimas personas que están ahí para que puedan salir de ese círculo de la violencia", Susana Griso manda este mismo mensaje en la campaña de Antena 3: "la denuncia te ayuda a escapar de tu maltratador".

Quince años después de que esté en vigor la ley contra la violencia de género del 2004 sabemos cuánto hemos avanzado y lo necesario que es que exista una justicia especializada y una vía judicial para las mujeres. Ahora bien, quince años después de la existencia de una ley, también nos toca pensar cuáles han sido sus fallos y sus insuficiencias y cuántas cosas no han funcionado y toca replantear. Resulta cuanto menos sorprendente que ante el dato de que el ochenta por ciento de las mujeres no ponga una denuncia contra su agresor nos dediquemos única y exclusivamente a contarles que tienen que poner una denuncia y a informarles de que existe esa posibilidad. (¿Tras quince años no lo saben?) en vez de parar un momento, mirarnos y preguntarnos ¿por qué las mujeres no denuncian?

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Hacerlo bien

Elecciones 26 de mayo de 2019.

El sábado 15 de junio se conformaron los Ayuntamientos en todo el país. Para un espacio político como el nuestro, que lleva en su ADN el compromiso con la gente humilde, el municipalismo juega un papel estratégico.

En algunos municipios, como Alcorcón, logramos avanzar electoral y políticamente, derrocando al peor Partido Popular y logrando una alianza con el PSOE, con la que aspiramos a levantar un gran faro de esperanza para la Comunidad de Madrid. Por desgracia, a pesar del enorme trabajo desempeñado por la militancia, en la gran mayoría de municipios el espacio del cambio ha retrocedido significativamente tanto en términos electorales como políticos.

Independientemente del escenario hay un principio que, creo, debe vertebrar nuestra manera de construir lo político durante este ciclo: Hacerlo bien.

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