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Una extraña tarde en Podemos

Llovía sobre Madrid, suave y mansamente. Gran expectativa y profusión de medios a las puertas de la sede de Podemos en Princesa. Sigue la huelga del taxi y las calles aparecen mucho más tranquilas que de costumbre. Uno a uno íbamos llegando a la convocatoria del CCE de Podemos, también silenciosos y un poco con el corazón encogido sin saber qué se iba a escenificar en esa sala en la que nos fuimos sentando, más cercanos que nunca por sus dimensiones no demasiado espaciosas.

Ninguno de los contendientes está presente y eso le da una cierta extrañeza al acto, que va discurriendo en un ambiente sincero y de cierta nostalgia, no sé si de tiempos mejores. Toca hablar a calzón quitado sin la presencia del líder ni la incomodidad de herir al acusado que, extrañamente, no puede comparecer en su propio juicio. De modo difuso percibimos que ha llegado la hora de poner al descubierto una herida latente que supura en las palabras de cada quien, pero cuyas raíces se hunden en la carne más profunda y sensible. Se habla de las inquietudes propias de gente que trabaja a pie de obra, ellas y ellos, como un inventario del mucho esfuerzo dedicado y de los logros conseguidos. Es como si cada quien deseara rendir cuentas de todo lo que ha hecho por Podemos y, de hecho, por la gente a la que nos debemos. Sentí que habíamos madurado, pero a cambio de perder la inocencia o la inconsciencia propia de los cinco años pasados a una velocidad de vértigo en la palestra política en la que nos hemos batido el cobre.

Tal vez entre la pasión y la urgencia del ajetreo diario, de los plazos inaplazables, de las votaciones internas y externas, de las imágenes y los juicios que nos devolvían los medios, de la gestión en parlamentos, ayuntamientos o círculos, de ordenanzas o proyectos de ley, de los gritos y los ecos de la calle o del tumulto de un mundo en crisis no habíamos percibido qué nos estaba pasando. Tal vez por todo eso habíamos apartado debates serios sobre el fondo de la cuestión. No había tiempo ni sosiego ni ganas de hacer un parón obligado. Pero está claro que cuando llaman a tu puerta y no quieres abrirla, la vida te la echa abajo. La herramienta que era Podemos para cambiar las cosas se había roto. La crisis mostraba su rostro sin paliativos.

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Cuidar Podemos

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Íñigo Errejón

No podemos negar que desde que íñigo Errejón hiciese pública su decisión de abandonar el mandato que le habían dado los inscritos de Podemos para ser su candidato en la Comunidad de Madrid y se incorporarse a la nueva marca de Manuela Carmena, la situación en que ha quedado Podemos de cara a la opinión pública es triste. Lo es, principalmente, porque todas aquellas personas que confiaron y confían en nosotras como la herramienta del cambio que hemos demostrado ser, una vez más tienen que asistir, desilusionadas y preocupadas, a la orquesta mediática que proclama el enésimo entierro de nuestra joven formación.

No es nada nuevo. Desde que nacimos en 2014, y en especial desde que nuestro resultado electoral en las europeas nos catapultó a la primera línea de la política de nuestro país, la muerte de Podemos ha sido un tema recurrente en aquellos medios que veían con preocupación nuestro auge y nuestra posibilidad de llegar a ser Gobierno. Ahora que es una realidad constatable nuestra capacidad de influencia sobre las políticas del Gobierno español, arrancando medidas antes impensables como el aumento del SMI a 900 euros, la revalorización de las pensiones al IPC, la subida del 40% del presupuesto para la Ley de Dependencia, una reforma fiscal que empieza, por fin, a tocar los bolsillos de los privilegiados, y un importante y largo etcétera de avances sociales y económicos recogidos en nuestro acuerdo de presupuestos, no iba a ser diferente. Ya lo podíamos intuir. Lo que duele es que, una vez más, la excusa para esta acometida venga de aquellos que consideras compañeros y que, por tanto, debían estar cuidando Podemos.

Ahora bien, ¿lo han estado haciendo?

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Cooperar sin competir

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No existen organizaciones ideales, pero tampoco organizaciones sin ideales. Quizás por lo difícil que resulta pasar de los ideales a las prácticas sin perder por el camino algo de la ilusión de los comienzos, en estos cinco años hemos tensionado demasiado nuestros propios instrumentos y forzado nuestra maquinaria orgánica intentando estar a la altura de nuestros ideales. Es posible que esa dinámica de construcción orgánica de un partido ideal nos haya hecho olvidar el bien más preciado y fundamental para nuestra organización: las personas que hacen posible la existencia misma de Podemos. Es la gente de Podemos la que nos hace una organización diferente del resto, y es por la gente de Podemos por lo que nuestro país es ahora muy diferente a como era hace cinco años. En este sentido, tenemos la obligación de seguir construyendo partido, pero sin perder a nadie por el camino. Podemos no puede ser un lugar del que la gente se vaya, tiene que ser un lugar al que la gente venga, incluso vuelva.

Entre el deseo y las posibilidades políticas existe una distancia ética difícil de sostener sin caer en el idealismo o el oportunismo. Pero la dificultad en transitar desde las ideas a los hechos nunca es excusa para maniobras de cetrería política que supediten los ideales políticos a las necesidades organizativas. A mi juicio, la inteligencia política reside en ser capaces de imaginar soluciones creativas a problemas complejos, no en poner el piloto automático con una hoja de ruta hacia ninguna parte. Cuando los ideales fundacionales empiezan a visualizarse en el espejo retrovisor es el momento de parar máquinas y trazar nuevos rumbos.

Marcharemos más lentos, quizás, pero marcharemos juntos y con determinación. Y es que, para crecer organizativamente y madurar políticamente, sin dejar a nadie por el camino, tenemos que aprender a cooperar sin competir. Es necesario, además, negociar con una realidad siempre polimorfa, poliédrica, resistente a verdades o direcciones únicas. La cuestión es encontrar una posición común construida en función del contexto, sin engañarse con justos medios o equidistancias. Se trata, más bien, de acortar las distancias entre posiciones que, por responsabilidad, deben encontrarse en algún punto. Al final, como siempre, se trata de anteponer el bien común al interés o el deseo personal.

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Elegidlos y vigiladlos

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Vivimos una época de cambio integral. La reciente crisis económica ha consolidado la precariedad vital como una norma social, tanto en el nivel salarial como en el acceso a los servicios públicos y a los cuidados. Cada vez somos más pobres y cada vez trabajamos más tiempo por menos dinero. Al mismo tiempo, la rueda del sistema capitalista no deja de girar aunque ya es evidente que conduce a la destrucción del planeta y, por ende, de la vida misma. Sorprendentemente, apenas hay debate público sobre esas cuestiones. Por el contrario, en nuestro país la derecha política se radicaliza al calor de la irrupción de la extrema derecha, provocando una extensión del discurso contra las mujeres, los sindicatos, los inmigrantes y de toda conquista del movimiento obrero y democrático. A nivel mundial, las fórmulas del autoritarismo neoliberal se expanden amenazando las libertades más básicas y normalizando un estado de la opinión profundamente reaccionario. En definitiva, volvemos al siglo XIX en materia de relaciones laborales y derechos mientras producimos y consumimos muy por encima de la biocapacidad del planeta. Una combinación explosiva que esboza un panorama sombrío.

En momentos como estos es cuando es absolutamente crucial la preservación de las organizaciones populares y de izquierdas. No hace falta establecer comparaciones con otros tiempos históricos para darse cuenta de que los peligrosos procesos arriba descritos sólo pueden combatirse desde organizaciones democráticas y populares capaces de movilizar a todas las fuerzas de resistencia. No se trata de que haya una única fuerza de resistencia, sino de que todas las existentes sean capaces de cooperar y colaborar en pos de un interés común. Es ese tipo de unidad estratégica la que necesitamos para ser capaces de abordar estos inmensos retos.

Sin embargo, la izquierda española parece obsesionada por recorrer el camino inverso. En vez de fortalecer a las organizaciones políticas, se las está vaciando y dividiendo para favorecer procesos líquidos y desconectados de los principios democráticos más básicos. Y es que mientras el ciclo político inaugurado en 2010-2011 con las huelgas generales y el 15M sirvió para incorporar a mucha gente a la política a través de demandas democratizadoras, en la actualidad pareciera que de aquello sólo queda una retórica vacía, un malabarismo de palabras que se nutre de imágenes y símbolos pero que carece de significado alguno. Queda una ilusión, pero no como esperanza sino como engaño de los sentidos.

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Por qué creo necesaria una candidatura distinta a la de Errejón

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Íñigo Errejón antes de abandonar su escaño en el Congreso de los Diputados

Básicamente, porque creo necesaria una candidatura a la que no podamos referirnos así: "La de Errejón". Ni la de Iglesias, ni la de Carmena, ni la de Rita la Cantaora. ¿No podría existir la candidatura de las medidas a, b, y c contra los desahucios y por el derecho a la vivienda, universal e innegociable? ¿De las medidas e, f, y g contra la subordinación del espacio público y el desarrollo urbanístico a los intereses privados de la banca, las constructoras y fondos de inversión internacionales?

¿No podría existir una candidatura sostenida no en un careto de uno u otra, sino en un proyecto claro en favor de la ciudad y la región entendidas como espacio común, y que comprometa a quienes lo defienden de forma imperativa? ¿Y cuáles serían esas medidas prioritarias para empezar a garantizar la vida digna del conjunto de la población? ¿Pueden debatir y decidir unos pocos cuáles son las necesidades de muchos? ¿No sería más eficaz idear y desarrollar mecanismos para que sean las propias muchas y muchos quienes expresen sus necesidades y deseos y los caminos que creen mejores para aproximarse a ese horizonte común? ¿No sería una forma para tender a implicar mayorías ciudadanas? ¿No sería posible dejar la elección de la lista para después? ¿Buscar y elegir después colectivamente quiénes pueden ser los mejores portavoces y servidores de las decisiones, entendidas como proceso permanente, de las muchas y muchos?

La candidatura de Errejón supone una respuesta negativa a todas estas preguntas. Dice querer recuperar el espíritu original de Podemos y de Ahora Madrid, pero aquellos fueron en principio procesos rotundamente colectivos y participativos, el suyo, porque es suyo, no lo es. Su estrategia es otra. Muy legítima, pero sin garantía alguna en resultar más eficaz no ya en la transformación "del mundo", sino tampoco en su conservación (aludo a palabras de Alba Rico). Su apuesta, la de Errejón, se basa en el mismo hiperliderazgo que critica en Iglesias y puede salir bien en términos electorales, como confían tantos analistas cercanos a Podemos, o puede ser un desastre funesto y de muy difícil recuperación. No lo sabemos. Tampoco conocemos el proyecto político concreto de Más Madrid. La incertidumbre es total. Y por tanto, sólo nos queda hacer aquello en lo que creemos.  

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La gestión del agua en Doñana: una historia interminable

El parque de Doñana en una imagen de archivo

Doñana ingresó en la exclusiva Red de Parques Nacionales españoles hace ahora 50 años por su asombrosa biodiversidad de vertebrados y, fundamentalmente, por las aves ligadas a su extensa marisma y a las lagunas permanentes y temporales. Situado en el sur de Europa y con veranos templados y húmedos, pero con largos veranos tórridos y secos -la quintaesencia del clima mediterráneo-, ese lugar con presencia de masas de agua hasta bien entrado el mes de junio es un imán para la fauna. Descubierto para la ciencia mediado el siglo veinte, rápidamente adquiere la categoría de icono tanto para científicos como para amantes de la naturaleza.

Pero la declaración del parque en 1969 se adelanta apenas al descubrimiento de que los pobres suelos arenosos del entorno de Doñana son un sustrato suficiente para el cultivo de frutos rojos. Los inviernos benignos y soleados, más el abundante agua, obran el milagro de hacerlos crecer. Agua que ha de bombearse necesariamente del acuífero subyacente perforando pozos. Y empiezan los problemas. La Doñana de la biodiversidad lo es por obra y gracia del agua, pero ésta hasta adquirido enseguida un protagonismo absoluto en la economía de la zona.

La Comisión Europea, tras denuncias de grupos ecologistas iniciadas en 2010, ha decidido este mes de enero de 2019 llevar a España al Tribunal Europeo por no proteger adecuadamente los acuíferos de Doñana, tal como requiere la Directiva Marco del Agua. No se trata ya de mantener el prestigio de nuestras instituciones o un bonito reconocimiento como el de 'Reserva de la Biosfera' de la UNESCO, que envió una misión para revisar si debía mantenerlo o no hace pocos años. Ahora España se arriesga a importantes sanciones económicas. La Unión Económica lleva décadas aportando ingentes cantidades de dinero al Parque Nacional y a su entorno. Cambian las tornas y el Tribunal Europeo puede imponer multas al Estado Español por cada día de incumplimiento.

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Venezuela. Dejà vu

Simpatizantes del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, se reúnen en un cabildo este sábado, en Caracas (Venezuela).

En Venezuela se acaba de producir otro de los graves momentos de los que ha vivido el país en lo que va de siglo, que hay que sumar a la larga lista de durísimos tránsitos que ha sufrido a lo largo de su historia.

Venezuela es un país singular, como lo son todos y cada uno de los del continente. Es imposible generalizar en la región. Las diferencias étnicas, geográficas, históricas, de sus bases económicas y recursos naturales, más sus distintas relaciones internacionales, hacen del continente una realidad muy compleja. Esta complejidad se refleja incluso entre distintas regiones en el interior de cada país. Pero aún así, la América Latina ha vivido y vive en el marco de procesos internacionales que, cruzados con la propia dinámica interna de cada una de las naciones, componen su evolución histórica.

Sin remontarse a fechas anteriores, con el crecimiento industrial en occidente a fines del siglo XIX, la intensidad de estos procesos: la presión económica exterior sobre América Latina y las desigualdades producidas por las políticas de las oligarquías, crecieron. Entre los países extranjeros, Estados Unidos fue adquiriendo un protagonismo indiscutible ya en la década de 1920. Las injerencias norteamericanas, que contaban normalmente con las simpatías de las minorías en el poder, se habían venido haciendo notar sobre todo en México, en el Caribe, en América Central y en países del norte del subcontinente.

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Las universidades sin cabeza

Campus de la Universidad Rey Juan Carlos

Todas las instituciones se rigen con sistemas de normas. Si las normas son correctas, las instituciones funcionarán normalmente bien, pero si son malas acabarán por destruir a la institución y perjudicar seriamente los intereses de sus propios miembros. En todas las instituciones hay personas más o menos inteligentes, más o menos decentes y más o menos hábiles, y cada una de esas personas es plenamente responsable de sus acciones, pero si la institución a la que pertenecen está incorrectamente regulada puede resultar casi imposible seguir en ella una conducta adecuada y correcta. Los sociólogos del siglo XIX creían firmemente que el progreso de la humanidad había sido básicamente el progreso de sus instituciones, o lo que es lo mismo, de sus leyes. Y ello habría sido así porque a lo largo de la historia la humanidad siempre ha tenido la misma propensión a hacer el mal y a anteponer los deseos e intereses de cada cual a los intereses de la colectividad. Por eso dijo en su momento I. Kant que las mejores leyes son aquellas que consiguen hacer buena a una sociedad de demonios.

Nadie puede vivir al margen de su época y de su medio social, y por eso a nadie se le puede exigir lo imposible. Pero también es cierto que si podemos exigir a los demás que no se recreen en el fango. Y veremos a continuación un caso práctico en el campo del gobierno de las universidades españolas de las que se puede decir, según aforismo de un célebre torero, que en ellas "lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible", pero también que quienes dictan lo que es posible y lo que es imposible son ellas mismas.

Lo que define al estado de derecho es que en él los poderes legislativo, ejecutivo y judicial solo pueden actuar dentro del marco de las leyes. El Congreso, el Senado y el Gobierno son quienes tiene capacidad de dictar leyes, pero deben hacerlo de acuerdo con los procedimientos que las propias leyes establecen y respetando el conjunto del sistema jurídico, que exige que las normas de menor rango se subordinen a las de rango mayor y que no pueda haber contradicciones entre diferentes leyes. De acuerdo con este mismo principio, quienes gobiernan deben hacerlo únicamente dentro de los marcos que sus competencias les otorgan y respetando las de los demás órganos de gobierno y los derechos de sus administrados, o gobernados. Y, por último, es evidente que los jueces han de dictar sus sentencias de acuerdo con las leyes en vigor y siguiendo únicamente los procedimientos que esas propias leyes establecen.

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Homenaje a Mari Luz Nájera

Hoy es un buen día para recordar a una estudiante de mi universidad, la Universidad Complutense de Madrid. Su nombre es Mari Luz Nájera y en 1977 tenía 20 años y hacía su tercer curso en la misma facultad que yo, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. En un día como hoy, 24 de enero de ese año, acudió a una protesta por el asesinato a manos de un grupo de fascistas de otro estudiante, Arturo Ruiz. En el discurrir de la manifestación, un bote de humo lanzado por la policía antidisturbios le impactó directamente en la cabeza. Mari Luz murió a las pocas horas en la Clínica de La Concepción ante el dolor y la ira de familiares y amigos. Otro asesinato masivo esa misma tarde en el despacho de los abogados laboralistas de la calle Atocha, hizo que esta muerte fuese un número más del "enero negro" de 1977.

En 2012, el movimiento estudiantil de mi facultad consiguió renombrar el Salón de Actos con su nombre, realizando un necesario* homenaje a una persona que la universidad mantuvo 35 años en el olvido. Este pasado mes de noviembre, casi siete años después, el mismo Salón Mari Luz Nájera acogió las Jornadas de Memorias, Derechos Humanos y Ciudadanías. De la Transición al 15M en las que estudiantes, profesores y personas de la sociedad civil compartimos reflexiones sobre el pasado traumático de nuestro país y el silencio que se impuso a cerca del mismo. Su nombre sobrevoló todas las jornadas, que fueron también un homenaje a mucha otra gente, como Nicolás Sánchez Albornoz, cuyo compromiso social no nos podemos permitir olvidar porque nos ilumina el presente.

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Un Podemos en el que quepan muchos Podemos

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El anuncio de que Íñigo Errejón, candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, concurrirá a las elecciones integrado en la plataforma Más Madrid, impulsada por Manuela Carmena, ha provocado una ola de estupefacción, desconcierto y desánimo en miles de personas que han confiado en Podemos desde que, hace cinco años, se presentara en el Teatro del Barrio de Lavapiés. Se trataba entonces de una nueva herramienta, que no iba a ser un partido al uso, donde la burocracia, los pasilleos, las peleas de poder, iban a ser sustituidos por una participación directa, amplia y transparente de toda la gente, viniera de donde viniera, que quisiera arrimar el hombro para propiciar el cambio político, intentando tomar impulso de toda la potencia de un movimiento como el 15M en el que miles de personas gritaron que los partidos no les representaban.

Desde el momento en que Errejón comunica su decisión, quienes la apoyan insisten en que es una jugada necesaria para recuperar la ilusión y que, a pesar de las formas, es la única posibilidad de ganar a la derecha. Los defensores de este movimiento visibilizan ahora los males de Podemos, su degeneración democrática, su falta de espacios de discusión, su falta de pluralidad y su cada vez mayor dificultad para ilusionar a nadie y, desde ahí, defienden que la candidatura de Errejón es la única que puede, si acaso, encarnar el espíritu con el que Podemos rompió el tablero. Y es absolutamente cierto que cuando no hay pluralidad y decisiones realmente colectivas (y no de parte, monolítica, aunque sea la mayoritaria) hay un límite objetivo que estrecha Podemos. Pero lo que no se menciona es que este Podemos que tenemos debe mucho de su cultura política al primer diseño como "máquina de guerra electoral" y que casi desde entonces los arrastramos.

El movimiento de Errejón no nos recuerda a ese Podemos que quisimos y que necesitamos, el de la cooperación frente a la competencia, el de "hagamos política para que no la hagan otros por nosotras", el de lo colectivo frente a lo personal, sino más bien a otro movimiento tacticista unilateral inasumible para ninguna organización política; una huida hacia delante ante el temor de que los resultados electorales no sean buenos. En realidad no es más que la última vuelta de tuerca de la enésima bronca interna por el poder que venimos sufriendo desde el principio, pero aprovechado esta vez electoralmente para hacer una campaña "anti partidos" en un momento de crisis de la política y crisis de los partidos, como vemos en todo el mundo.

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