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Los chistes de payos no tienen ni puñetera gracia

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La Sociedad Gitana no ve "suficiente" la petición de perdón del cómico Bodegas

Como de costumbre, estoy cabreada. Muy, muy cabreada. La ira -que sí que ya sabemos que está mal vista- me empuja a seguir con esta ingente tarea no retribuida de desasnar jambos, de educar a los gachós para que dejen de ser racistas.

Después de toda la publicidad gratuita que le hemos hecho al jambo Roberto Bodegas; después de haber sentido como descargabais vuestros 'racismeos' sobre nosotras y nosotros; después de ver que Pedro Duque -¡Todo un señor ministro de ciencias, innovación y universidades!- nos haya deshumanizado y haya hecho un 'compayodreo' (compadreo entre jambos) en toda regla banalizando el racismo y diciendo que son dos bromas -¡Más de un millón y medio de gitanas y gitanos fueron víctimas del Samudaripen, leche, que es usted el ministro de las universidades!-; después de que este graciosete jambo baretel ministro haya sentado justicia dando por válidas las supuestas amenazas que el otro jambo chistoso dice haber recibido y de las cuales no hay ninguna constancia ni denuncia; después de ver que un puñao de jámbicos pertenecientes al gremio de payasos graciosos hayan también validado el discurso de odio en un enorme ejercicio de corporativismo (para que luego digan que los gitanos llamamos a nuestros primos); después de ver en la Sexta la manera en que Hilario Pino acorraló a Beatriz Carrillo de los Reyes -mujer, gitana, feminista y vicepresidenta del Consejo Estatal del Pueblo Gitano- preguntándole "¿De qué se ríen los gitanos?" (Beatriz fue muy educada en su respuesta. Nosotros, desde casa, no nos cagamos en su padre para no darle pistas); después de ver cómo os resistís a dejar de ejercer vuestro típico y cultural patriarcado payo sobre nosotras; después de todo esto, voy a ser buena y contaros tres cositas para que, si queréis, podáis aprender y ser mejores personas o, lo que es lo mismo, menos racistas.

Gente de a pie, de izquierdas, de derechas, de centro, sindicatos, humoristas, cantantes, periodistas, concejales, andaluces, valencianas y catalanes, madrileñas, obreros, rojos, azules, gentes 'racismeantes', declarantes antirracistas, ricos y pobres, estudiosos, oficiales y millennials, ustedes, blancos y blancas, payos y payas, católicos, ateos y agnósticas, tenéis el poder y en su ejercicio estáis demostrándonos que las personas gitanas no formamos parte de la misma sociedad que vosotros porque no os importa nuestro dolor ni nuestro sufrimiento.

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No es posible salvar al soldado Franco

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Franco y Hitler hacen el saludo fascista durante su reunión en Hendaya en 1940

Para quienes conocemos de cerca el mundo de la defensa, sin ser por ello militares, resulta melancólico leer el manifiesto que, con el tenebroso título de “Declaración de respeto y desagravio al general Don Francisco Franco Bahamonde. Soldado de España”, acaban de suscribir un amplio grupo de militares retirados. A mi juicio no solo se equivocan, sino que hacen un flaco servicio a la institución militar de la que formaron parte salpicando de ese modo una de las instituciones mejor valoradas por la sociedad.

Me siento obligado a escribir no tanto por refutar el torpe argumentario del texto, cuanto por el contexto y por la personalidad de muchos firmantes. Por el contexto, ya que, al hilo de defender la permanencia de los restos de Franco en el Valle de los Caídos, abordan una revisión heroica de su figura como militar llegando a justificar el golpe militar y la dictadura. Pero también por los firmantes, personas con arraigo en el estamento militar que pueden hacer creer que ese pensamiento está extendido entre los miembros de nuestras Fuerzas Armadas.

Afortunadamente vivimos en un Estado de derecho en el que es posible publicar y apoyar un manifiesto como ese, que defiende la figura de un espadón golpista, un dictador, un tirano, sin que nadie acabe en el juzgado. Pero no deja de ser paradójico reivindicar la figura de quien hubiera llevado a la cárcel al que pretendiera denostarlo o se le opusiera, y también resulta paradójico que le defiendan antiguos militares que desempeñaron con éxito sus funciones bajo un sistema democrático y gozando de derechos y libertades que Franco nos negó a todos.

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Josep Fontana y la historia como arma de futuro

El historiador Josep Fontana. / Enric Català

Para aquellos que aprendimos el oficio de historiador a comienzos de los años ochenta del siglo pasado, Josep Fontana fue uno de los referentes esenciales. Los escritos de Fontana conjugaban el rigor metodológico y la pasión por construir una historia nueva, en la que el historiador actuase como la conciencia crítica de la sociedad del tiempo presente. Estas dos ideas han impregnado la amplísima labor historiográfica de este maestro de historiadores y enseñantes. Hemos perdido este martes a uno de los grandes historiadores europeos del siglo XX.

Seis décadas separan el primero y el último de sus libros. Miles de páginas de análisis lúcidos y casi siempre certeros de materias y cronologías arduas y diversas. Todas ellas revelan que su compromiso de historiador trascendía la academia y perseguía arrojar luz sobre las tinieblas del pasado español para conquistar un mejor futuro. Nada ajeno a su militancia antifranquista, de hombre de izquierdas, que pagó con la expulsión de la universidad en 1966. En ese contexto se explica que en los primeros años 70 Fontana dirigiese su tarea universitaria a desentrañar las claves de la revolución liberal, la quiebra de la hacienda, las finanzas de la guerra napoleónica o la formación del mercado español en medio de un tiempo tan lejano. Esa historia económica revelaba la complejidad de los hechos políticos y las respuestas sociales que tienen lugar en los momentos de cambio. Explicar las bases del fin del absolutismo borbónico y el diseño de un nuevo sistema político, económico e institucional cobraba otro sentido en la antesala del final del franquismo. Su crítica profunda a la Transición democrática quizás se cargó de razones ya entonces. 

De paso, Fontana estaba contribuyendo al nacimiento y desarrollo de la historia económica como disciplina (aunque después se sintió más historiador social). No se trataba de una invocación mecánica al materialismo histórico más fosilizado, ni la respuesta a un historicismo ya agotado ni al revisionismo liberal que se avecinaba. Fue el resultado de un conocimiento oceánico de la historiografía europea más innovadora y de casi cualquier avance en otras ciencias sociales. No había libro nuevo o viejo que se le escapase, forjado ese espíritu enciclopédico en la librería de su padre. La biblioteca personal requirió de varios pisos en el Poble-sec para alojarla, antes de que acabase donándola a la Universitat Pompeu Fabra. Ese es desde hace más de veinte años su legado material a las generaciones futuras de investigadores sociales.

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Josep Fontana: maestro de maestros

Josep Fontana, el dia que va rebre la distinció 'honoris causa' per la Universitat de València.

Es difícil escribir estas líneas después de la muerte del que ha sido un referente personal e historiográfico no de una sino de muchas generaciones de historiadores y ciudadanos en Catalunya y España. Generaciones que aprendimos con él, según una feliz expresión de su maestro Pierre Vilar, a pensar históricamente nuestro presente, revistando incesantemente el pasado para ver en él no sólo los caminos que llevaban hasta nosotros y cómo se produce el cambio histórico, sino también, como le gustaba citar de T.S. Eliot, “por el corredor que no tomamos, hacia las puertas que no abrimos”: por el corredor que aún podemos tomar, hacia la puerta que todavía podemos abrir. Y es difícil escribir estas líneas porque en ellas no se puede sintetizar lo que significó la obra y la vida de Josep Fontana (una tarea ingente que abordaran sin duda los hijos de la Casta de Clío en los próximos años), como imposible es sustraerse del impacto emocional de su ausencia. Del impacto emocional de saber que el primer libro de historia que cayó en mis manos, encontrado en la biblioteca en mi primer año de instituto, no fue otro que el de “Historia. Análisis del pasado y proyecto social" o de haber podido asistir años después a sus clases de doctorado y encontrar en las conversaciones con él el estímulo del que ha sido sin duda un maestro de maestros.  

Alumno de Vicens Vives, pero muy especialmente de Pierre Vilar, Josep Fontana estuvo marcado por su militancia temprana en el antifranquismo catalán y por su intento renovado de dar sabia en nuestras tierras al proyecto de Historia total, aunque con el tiempo fue mucho más allá de ella. Sus dos líneas principales de trabajo y preocupación constantes se interrelacionaron en este sentido de manera fecunda (a pesar de que su camino nos llevó también mucho más allá, hacia la historia del siglo XX o la construcción de una reflexión sobre el hecho nacional catalán). La primera de ellas intentaba analizar y explicar el tránsito del antiguo régimen al capitalismo, y del absolutismo al Estado liberal, no como una realidad “necesaria” “de un progreso definido de manera unívoca”, sino como un proceso complejo donde se impusieron unas opciones frente a la diversidad de líneas de desarrollo posible, como la construcción de un nuevo mundo que en sus contradicciones llega hasta nuestros días. En este campo sus obras son prolijas y van desde su primer libro “La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820)”, con un impacto enorme en la historiografía de los años setenta, hasta la culminación, que no conclusión, de este proyecto con ese diamante de sabiduría que fue “De en medio del tiempo” publicado en 2006.

Pero es imposible comprender estos trabajos sin su constante preocupación, en lo que fue su segunda gran línea de aportaciones a nuestro conocimiento, por la teoría social y la historiografía que lo situó siempre a la vanguardia de la ciencia histórica durante décadas. Trabajos que se cimentaron desde la publicación en los primeros ochenta de “Historia. Análisis del pasado y proyecto social” hasta el impresionante “La historia de los hombres” en 2006, pasando por ese grito contestatario de un viejo rockero inmensamente joven que fue “La historia después del fin de la historia” a principios de los noventa, cuando Fukuyama y todos los propagandistas del nuevo orden neoliberal pretendían convencernos de que la historia había terminado y sólo nos restaba vivir bajo su yugo. Con esos trabajos insustituibles, marcados por el compromiso constante con el cambio político, social y cultural, nos introdujo en la escuela de los historiadores marxistas británicos, la escuela de los E.P. Thompson, los Hobsbawm, los Hill o Rodney Hilton, fue sin duda uno de los mejores lectores de Gramsci, Lukács y Korsch entre nosotros, hizo de Walter Benjamin y Marc Bloch una fuente de inspiración para la renovación de nuestra historiografía y con ello, con todos ellos, remontándose desde Ibn Khaldun o Vico hasta Ranahit Guha, construyó uno de los legados más fecundos de nuestra historiografía.

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Sobre el ecologismo, el rigor y el futuro de la humanidad

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“Un ecologista es una persona que tiene más razón de la que le gustaría”. Con esta frase ironizaba nuestro compañero Ladislao Martínez sobre los problemas ambientales que el ecologismo ha ido señalando a lo largo de la historia.

La relación entre procesos (como la incineración de residuos, los vertidos a los ríos, la combustión del diesel, el cambio climático o la pérdida de calidad del aire), sustancias contaminantes (como el DDT, el lindano, los CFCs, el plomo, el mercurio o los plásticos) y sus efectos sobre la salud y el medio ambiente han sido objeto de parte de las campañas que desarrollamos desde el ecologismo social organizaciones como Ecologistas en Acción (y tantas otras a nivel nacional e internacional). Algunas de ellas han tenido incidencia sobre cambios regulatorios y sociales. La mayoría de las veces demasiado tarde (o cuando el problema tenía envergaduras muy grandes y el coste de actuación era mucho mayor). Son muy pocas (ninguna que recordemos) las veces que se ha alertado sobre problemas inexistentes, como recoge un estudio de la Agencia Europea del Medio Ambiente en el que intentaba recoger “falsos positivos” en cuanto a la aplicación del principio de precaución durante todo el siglo XX, concluyendo que esto no había ocurrido ni una sola vez (el mismo informe recogía numerosos ejemplos en los que se había actuado demasiado tarde). El tiempo nos ha ido dando la razón en todos y cada uno de estos problemas, entre otras cosas porque siempre se han tratado con rigor los análisis de las causas y los efectos de dichos problemas.

Todas estas campañas han encontrado críticas. Por lo general las han copado los lobbies de la derecha o de las empresas afectadas por las propuestas ecologistas. Pero también desde algunos sectores (generalmente minoritarios) del ámbito científico que critican al ecologismo por una supuesta falta de base científica. Ocurrió con el DDT con el agujero de la capa de ozono y con el cambio climático (problemas que ahora muy poca gente pone en duda). La historia se repite y ahora le toca el turno al glifosato y a los alimentos genéticamente modificados. Este verano, este diario ha sido testigo de ese debate a raíz de  un artículo de Esther Samper sobre una sentencia judicial en EE UU que condenaba a Monsanto. Desde  Ecologistas en Acción respondimos al texto incidiendo en la necesidad de aplicar el principio de precaución y de no promover el uso del glifosato cuando hay discrepancia científica sobre su inocuidad. A nuestra réplica,  respondió Esther Samper en un artículo en el que, omitiendo la mayoría de nuestros argumentos, nos acusaba de hacer un uso ideológico y no científico del principio de precaución y nos tildaba de ‘religión envuelta en verde’ que ‘adoctrina desde el púlpito’ sin rigor alguno y sin siquiera saber que ‘los tomates tienen genes’. Esto obligaba a descartarnos de los debates sobre el futuro de la humanidad para dejarlos en manos de 'autoridades científicas'. Ahí es nada.

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La exhumación del franquismo

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Presos en Gando del franquismo

Con motivo de la decisión del Parlamento, por amplia mayoría, de proceder a la exhumación de los restos del dictador de su actual mausoleo en el Valle de los Caídos y la posterior aprobación del decreto por parte del Gobierno de Sánchez, han vuelto a salir a la luz también los restos del franquismo sociológico y político. Aún perduran, tras más de cuatro décadas de democracia.

Para entender la trascendencia de la exhumación del dictador como desarrollo lógico de la Ley de Memoria Histórica, hay que recordar que España ha sido el país que sufrió la dictadura fascista más larga, y una de las más duras, de Europa y del mundo. En consecuencia, el proceso de 'desfranquización' ha sido -y sigue siendo- uno de los más largos y accidentados de los países que han soportado dictaduras en Europa, hasta el punto de durar más que la propia dictadura.

No se trató solo de un régimen reaccionario, ni siquiera autoritario, como los blanqueadores de turno pretenden hacernos creer ya desde el inicio de la transición democrática, propaganda que se reedita con más fuerza con los gobiernos de las derechas, como si éstas aún fueran incapaces de cuestionar su legitimidad, al menos en la misma medida que lo hacen con la de la Segunda República. La única rectificación hoy ha sido la de sustituir la propaganda por los problemas de procedimiento legislativo. Una nueva oportunidad perdida.

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Ciudad Abierta

'El Róbalo', juguete del viento de César Manrique instalado en Puerto del Carmen

Siempre me ha impactado la filosofía que el artista César Manrique aplicó a su obra en Lanzarote aunando la capacidad humana, la naturaleza y el diseño de espacios vivibles: "La suma de todos los individuos es lo que realmente producirá resultados. Cuando una amplia mayoría de la población sea consciente de la fragilidad y equilibro del todo, seremos capaces de revertir la destrucción que hemos puesto en marcha".

Creo que estas palabras sirven para definir qué hacer para que un país sea habitable, para que su población sea consciente del valor que tiene la puesta en común de deseos y acciones y pueda fijarse la meta del respeto al medio ambiente como herramienta para llegar al bienestar. Arrancando desde las entidades básicas de la sociedad moderna para la convivencia grupal (las ciudades) hasta las más complejas, (los países). Añadiendo a una ciudad abierta ideal la cosmovisión de los pueblos originarios de América Latina que tienen como eje central el respeto a la "Madre Tierra" y a la que tan poca atención prestan las políticas modernas.

Para lograr la armonía de una nación es preciso ir al origen y trabajar conjuntamente para hacer agradables los espacios físicos en que residimos. El principal desafío es conseguir que una ciudad, del tamaño que sea, dé respuesta a las necesidades de sus vecinos y se base en los valores de convivencia, solidaridad, cultura, dinamismo, capacidad de acoger en positivo a quienes viven allí o llegan a ella. Todo ello con atención hacia el medio ambiente.

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Antigitanismo académico y feminismo pseudoilustrado

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Protesta de mujeres gitanas por la igualdad

Hace unos días leí la entrevista que  eldiario.es realizaba a María Esther López Rodríguez en referencia a su tesis doctoral. En ella, utilizaba un vasto repertorio de metáforas colonialistas y excluyentes para hablar de las mujeres gitanas. Por ejemplo, usaba “arcaico, tradicional o en vías de desarrollo” para referirse a la cultura kalí, mientras usaba la palabra “moderna” para referirse a las mujeres payas. Hablaba de “cruzar la línea” para ilustrar cómo debemos abandonar nuestra cultura y nuestras familias si deseamos acceder a nuestros derechos. Argumentos perfectamente alineados con la  propaganda que promueve la Fundación para la que trabaja (Fundación Secretariado Gitano), de claro  liderazgo masculino, payo y católico, dicho sea de paso.

Afirmaba la señora, que el “apayamiento” es la causa que mayor carga ejerce sobre las gitanas a la hora de disfrutar nuestro derecho a la educación. Para ella, este fenómeno es un estigma que nuestras “familias patriarcales” colocan sobre nosotras con una “violencia soterrada, velada” para construir nuestra identidad de género y convertirnos en esclavas del hogar. Ante esta situación, afirma que lo mejor es desarrollar un “egoísmo racional” que nos libere de nuestra cultura y nos permita convertirnos en mujeres “modernas”.

Según su criterio, una mujer “moderna”, es una mujer preparada para trabajar exclusivamente por cuenta ajena (es decir, dependiendo de un jefe que en la práctica suele ser varón payo y con prejuicios antigitanos de género), que tiene una carrera profesional (para acceder a ese trabajo por cuenta ajena dirigido por un varón payo con prejuicios antigitanos de género) y que lleva a su prole a la guardería desde los primeros meses (así se somete sin obstáculos a las necesidades del empleador por cuenta ajena, varón payo y con prejuicios antigitanos de género). Es decir, su propuesta feminista se basa en cambiar a nuestra familia por el sometimiento a un jefe, varón payo, con prejuicios antigitanos de género.

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Poner lazos, quitar lazos

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Lazos amarillos en una verja en Catalunya

La última polémica de la cada vez más tensa situación política en Cataluña tiene que ver con la ubicación, por parte de algunas personas, de lazos, cruces y otra parafernalia de color amarillo en espacios públicos consagrados al uso por parte del conjunto de los ciudadanos. En algunos casos ese espacio público es incluso espacio institucional, es decir, los espacios a través de los cuales las instituciones públicas llevan directamente sus actividades y prestan los correspondientes servicios (fachadas de edificios municipales, tableros de anuncios, etc.). Como es bien sabido, la finalidad de la colocación de estas imágenes es expresar el desacuerdo con el encarcelamiento preventivo de los líderes del proceso independentista. El problema y la controversia han sido generados por la iniciativa de otras personas (se entiende que discrepantes con dicho desacuerdo), consistente en sacar dichos símbolos de su lugar. Esta dinámica de acción-reacción ha dado ya lugar a algunos incidentes con un cierto grado de violencia. 

En el marco de esta controversia han entrado en juego cuestiones y nociones importantes tales como el ejercicio de la libertad de expresión en espacios públicos o el papel de las instituciones a la hora de asegurar lo que de forma aspiracional se denomina la “neutralidad” de dichos espacios, todo ello también en el marco del discurso político enarbolado por el independentismo, sobre la base del cual las calles pertenecen y pertenecerán siempre a éste. En esta controversia han mediado ya, sin demasiado efecto pacificador, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, la intervención de la policía autonómica catalana en aplicación de la controvertida ley estatal en materia de seguridad ciudadana, e incluso recientemente la Fiscal General del Estado.  

Es evidente que las calles, plazas, playas, etc., son espacios consagrados a su uso por parte de cualquier persona (lo cual va más allá incluso de los ciudadanos en el sentido legal del término). Son muchos los usos legítimos de dichos espacios (pasear, sentarse, conversar, leer, simplemente estar…), lo cual ha llevado popularmente a decir que “son de todos”. Sin embargo, que algo sea de todos no quiere decir que todos y cada uno de nosotros podamos hacer con dichos espacios absolutamente lo que queramos, entendiendo que al ser de todos nos corresponde una pequeña “parcela” alícuota. Así, quien quiere vender algo en el espacio público, ocuparlo con sillas y mesas, o filmar una película, deberá obtener el preceptivo permiso por parte de la administración competente. Es evidente que tampoco podemos usar el espacio público, “nuestro” espacio, para verter desperdicios o maltratarlo de cualquier forma incompatible con el disfrute de dicho espacio por parte de los demás. Incluso, en muchos casos, quienes quieren usar dicho espacio para llevar a cabo actividades esencialmente expresivas o artísticas (cantar, convertirse en escultura humana, o hacer una performance) necesitan de una preceptiva autorización por parte (generalmente) del ayuntamiento correspondiente. 

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Franco no debe salir de donde está, porque ayuda a no olvidar

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Una mujer junto a la tumba del general Francisco Franco, en el Valle de los Caídos / EFE

“Mira, ese es uno de los mayores hijos de puta de la historia de España”. Fue la primera vez que escuche a mi padre hablar así de alguien. Yo debía tener 13 o 14 años. Frente a nosotros, en la sección de embutidos del Carrefour de Las Rozas, Antonio Tejero. Sabía quién era y lo que había hecho y desde luego que me parecía un hijo de puta. Tenerlo allí delante, sin embargo, me hizo ser mucho más consciente de que aquel, “Se sienten, coño”, había sido real.

Me pasó algo parecido la primera vez que visité El Valle de los Caídos, y me ha pasado siempre que he vuelto. Siempre que he entrado en esa cripta he sido mucho más consciente de que todo lo que he leído sobre el genocidio franquista es cierto.

Es la basílica de Cuelgamuros un lugar oscuro y frío, que contrasta con la belleza de la Sierra de Guadarrama. Entrar en ese túnel después de contemplar la gigantesca y megalómana cruz recortada contra la montaña me provoca siempre una sensación de desasosiego que se dispara al llegar frente a la tumba del dictador.

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