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El PSOE decidió pagar la factura

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"El PSOE decidió pagar la factura". Es uno de los argumentos utilizados para justificar el cambio de posición del PSOE, acordado en el Comité Federal del 23 de octubre, por el cual, mediante la abstención del Grupo Parlamentario Socialista, se permitió la elección de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno de España, optando por el "mal menor" para desbloquear la situación del país y evitar así unas terceras elecciones. El "mal mayor", sin entrar a valorar cuánto de malas eran otras alternativas o posibilidades.

La factura la pagó el PSOE "para que no la pague el país" siguiendo la lógica de "primero España y después el Partido", causa principal de la crisis desencadenada en el Partido Socialista, pretendiendo identificar este orden de prelación con la defensa del interés general, la responsabilidad institucional y el bien general del país frente a la actitud "cicatera" del interés partidista, perjudicial para España.

Esta lógica parte de dos presunciones que establecen un antagonismo entre el interés de España y el interés del Partido, a la vez que implícitamente se está asumiendo que el interés de España pasa por facilitar la elección como presidente de Gobierno al candidato del partido más votado en las elecciones generales (PP); el "desbloqueo", obviando el impacto de la acción de Gobierno sobre las condiciones de vida de los españoles. Dicho sea de paso, el PSOE no es causa de bloqueo de nada y es responsabilidad de aquel que pretenda ser elegido presidente quien debe buscar y articular los apoyos parlamentarios necesarios, si las urnas no le otorgaron mayoría suficiente para ello.

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Por qué comprar un Fairphone no va a cambiar el Congo

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Trabajo de los mineros que extraen coltan del la mina de Senator Edouard Mwangachuchu en North Kivu (RDC). / Foto: Lucas Oleniuk (Efe)

Me alegré mucho cuando vi que Salvados dedicaría un programa a hablar de la guerra del Congo. Que el equipo de Jordi Évole pusiera en prime time un tema tan silenciado es digno de elogio. Sin embargo, me gustaría añadir algunas ideas y señalar los riesgos de la narrativa de Salvados, demasiado parecida a la de tantas campañas humanitarias.

Lo más brutal del Congo es la continuidad histórica de las atrocidades. Lo repasaba el periodista Xavier Aldekoa al inicio del programa: los grandes desarrollos tecnológicos occidentales han venido acompañados de sufrimiento en el Congo. Pero no se trata solo de eso: las estructuras políticas han ido encaminadas siempre a mantener la explotación. Viendo el programa, podría dar la sensación de que los políticos congoleños son unos irresponsables y que los africanos, en conjunto, no dan para más que para ser una tropa de idiotas y ladrones, acompañados por una serie de ciudadanos desamparados en el papel de víctimas. Y que siempre fue así. Las multinacionales extranjeras haciendo de malos, y las ONG europeas poniendo parches como pueden. Fin.

Ahí eché de menos a Lumumba y Mobutu. Patrice Lumumba, primer ministro electo del Congo independiente, quería acabar con el tribalismo para construir un país próspero gracias a sus riquezas naturales. "Que se vayan y nos dejen en paz con nuestro futuro", decía. Fue depuesto y, al cabo de seis meses, asesinado. A manos de katangueños independentistas, controlados de facto por los belgas. Es importante mantener la teatralidad: que parezca un crimen entre negros, sin hablar nunca de las manos blancas que mueven los hilos. El líder de esos independentistas, Moïse Tshombe, fue aplaudido por el diario ABC y acabó exiliándose a la España franquista. El Congo consiguió que ABC estuviera a favor de la independencia unilateral de una región, ya les digo que es un país increíble. Lumumba fue sustituido finalmente por Mobutu, que durante tres décadas acumuló miles de millones de dólares antes de fallecer de un cáncer de próstata. Durante sus años en el poder recibió todo el apoyo financiero de EEUU, Europa, el FMI y todos los organismos serios del mundo libre.

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Carta de una alumna al Ministerio de Educación contra los deberes

Estimados responsables de Educación en el Ministerio y profesores de todas las etapas educativas: sé que siempre hemos tenido deberes. Y parece que siempre los tendremos. Pero una cosa son dos ejercicios de Matemáticas y tres de Inglés, y otra muy distinta son diez de Matemáticas, dos hojas de Inglés, cinco ejercicios de Lengua...

Desde siempre hemos tenido deberes. Hay ciertas materias que son únicamente prácticas. Una cantidad de tareas razonable (teniendo en cuenta que tenemos muchas asignaturas, y que si en todas nos mandan ejercicios no hay suficientes horas en el día para hacerlos) no está mal, es favorable para nosotros.

Actualmente estoy cursando 3º de la ESO, y es verdad que es un curso complicado con muchas asignaturas. Pero no me parece lógico que nos pasemos una media de 4 horas diarias delante de un cuaderno o un libro. Yo, personalmente, estoy toda la tarde metida en la habitación haciendo tareas, desde las 16 hasta las 21 horas, parando para merendar. Ha habido días que he llegado a estar dos horas y media haciendo ejercicios de una única materia, dejándome muy poco tiempo para hacer otras, estudiar y pasar apuntes. Hay momentos en los que las situaciones me sobrepasan, tengo tantas cosas que hacer, urgentes, que no veo el momento de acabar, o que no quiero parar ni para merendar para no perder tiempo.

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¡Digamos adiós a la izquierda pija!

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En España la campaña electoral estadounidense se ha podido seguir con notable dificultad. Es verdad que no han faltado minutos de atención mediática, pero sí ha faltado situar bien el foco. La mayoría de los medios de comunicación se han centrado, día tras día, en los aspectos más espectaculares y llamativos, tales como el uso ofensivo del lenguaje de Trump, más que en el aspecto sustantivo, como las propuestas económicas que ofrecían ambos candidatos. En la hipermodernidad, como la define con buen criterio Gilles Lipovetsky, lo que más llama la atención no es siempre lo más importante. Y en esas condiciones es ciertamente complicado hacerse una idea del por qué un multimillonario machista, xenófobo y engreído ha podido vencer en la contienda electoral.

Durante toda la campaña electoral, Donald Trump ha centrado su discurso en atacar al establishment político como responsable de la corrupción, de poner el dinero del pueblo americano en los bolsillos de las grandes empresas y de aprobar tratados internacionales que destruyen fábricas y empleos y deslocalizan el aparato productivo y la fuente de riqueza del país. En suma, de empeorar la vida de la clase trabajadora de Estados Unidos. Esta terminología que acabo de usar está literalmente extraída de sus discursos; no es una adaptación al gusto. En efecto, D. Trump no es un neoliberal al uso. No es Ronald Reagan, por decirlo así, y por eso un dirigente republicano como George Bush anunció no haberle votado. Si tuviéramos que encontrar alguna similitud tendríamos que retrotraernos al fascismo corporativista de los años veinte y treinta del siglo XX. Pero aun así, la duda asalta: ¿por qué ha ganado?

Sin duda las transformaciones económicas de las últimas décadas nos permiten entender mejor este fenómeno que, sin embargo, no es el único (el Brexit pero sobre todo el auge de la extrema derecha en Europa son fenómenos muy relacionados). En efecto, lo que hemos conocido como globalización neoliberal ha provocado transformaciones muy profundas en la estructura productiva y social de las sociedades occidentales. Esta globalización ha consistido, en general, en más competencia económica, cultural y política. Y ello ha producido una nueva división: entre ganadores y perdedores de la globalización.

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La Edad de Hielo

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Donald Trump, en una imagen de archivo.

Hace dos años, publiqué un libro sobre la crisis financiera surgida en 2007. Su metafórico título es una síntesis de la tesis que sustento: La Edad de Hielo. Europa y Estados Unidos ante la Gran Crisis: el rescate del Estado de Bienestar (2014, RBA).

A mi juicio, la recesión más fuerte que hemos conocido las actuales generaciones occidentales ha sido mucho más. Inaugura una época nueva, en la que nuestra sociedad adolecerá por bastante tiempo de algunas negativas características: crecimiento anémico (el año próximo la eurozona crecerá un 1,5%); paro constante (10% en Europa, 20% en España); subempleo, es decir, salarios a la baja que no permiten salir de la pobreza; una desigualdad crónica y profunda entre personas y entre países; y, como resultado de ello, una xenofobia (en sentido amplio) desatada y una fragmentación social cada vez más peligrosa. Esto es de naturaleza estructural, no coyuntural.

Entre las razones que explican esa situación hay tres muy destacadas: la degradación del Estado de Bienestar, producida por una política de austeridad a palo seco; la rampante evasión planetaria que protagonizan en paraísos fiscales las gigantescas corporaciones multinaciones y grandes fortunas –ante la que los gobiernos muestran su impotencia– que explica el empobrecimiento y la exclusión social, núcleo de la "Edad de Hielo"; y el mantenimiento como eje de las economías capitalistas de un hegemónico sistema financiero "demasiado grande para caer", que fue el culpable del desastre y que ahora esta rehecho y como nuevo.

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Tres lecciones de feminismo a la americana

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Donald Trump y Hillary Clinton, en uno de los debate durante la campaña electoral.

Las elecciones en Estados Unidos nos han dejado tres lecciones importantes sobre la igualdad de género y el papel de las mujeres en la política contemporánea.

En primer lugar, siendo lo más extremo y grosero, hemos asistido incrédulas a la utilización de un lenguaje y argumentario machista como eje articulador de la campaña de Trump. Un tema que ha sido glosado suficientemente en medios y redes al haberse convertido en la desviación más extrema del principio de igualdad en Occidente desde la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lo que queremos destacar, además de nuestro rechazo directo a la exaltación de la violencia machista y la denigración de las mujeres, utilizadas por el presidente electo y nuestra exigencia para que se tomen medidas legales al respecto, es el hecho de que su oponente fuera precisamente una mujer. Entendemos que la igualdad de género debería ser una línea roja muy clara y su traspaso tendría que ser perseguible de oficio por la fiscalía.

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Política después de Trump

A estas alturas se habrá escrito ya mucho sobre Donald Trump. Se habrá puesto todo tipo de calificativos a su misoginia, el racismo y la homofobia patentes en su discurso, la psicología pre-autoritaria sobre la que ha construido toda su figura y su inverosímil proyecto político. Y sin embargo todo ese volumen de palabras apenas llega a apaciguar la inquietud latente, a silenciar todas las horas previas dedicadas a dar por sentado que no, Trump no puede ganar, Trump nunca será presidente. Desde luego no dedicamos el mismo número de páginas ni de horas de radio o televisión a prever, a prepararnos, a pensar la causa y la solución, la posibilidad de una alternativa. ¿La alternativa fue posible? Casi desde el principio nosotros dijimos que sí: la alternativa se llamó Bernie Sanders, se llamó 15$/hour, se llamó Glass Steagal contra Goldman Sachs, no al TPP y al fracking, se llamó acceso garantizado a la universidad pública, se llamó Black Lives Matter . La alternativa existió y estuvo cerca, muy cerca de forjarse en realidad.

Consumado el fracaso, consumada la derrota, conviene huir de relatos simplistas pero también de esa superioridad moral que equivale a la que suelen tener con nosotros nuestros allegados cuanto tomamos una mala decisión, asumiendo que “ya nos daremos cuenta y el tiempo nos pondrá en nuestro lugar” como si el “darse cuenta” bastara para que una opción política emancipadora se impusiese por la propia fuerza de su fe. Tampoco sirven de mucho esas retahílas improvisadas que mezclan caracterizaciones sociales, sustratos económicos, estados, géneros y minorías, con las que cualquier coach recién llegado nos explica cómo vota el pueblo de los Estados Unidos. Aceptar los resultados, sin más, como se apresuró a hacer nuestro Gobierno de la mano del flamante nuevo ministro de Exteriores y de nuestro presidente (de puño y letra en su Twitter, MR), no obedece ni a la sensibilidad ni al supuesto hermanamiento con el pueblo estadounidense del que tanto hacen gala, porque esa es la condescendencia de las élites que no saben explicarse lo que hemos hecho pero sí saben que en todo lo que toca a lo importante no será para tanto, que ya se les pasará y no se tocarán ni los dineros ni los tratados ni las bases.

Ahora no toca lamentarse, ni temer lo que vendrá, ni por supuesto darlo por sentado. Toca hablar en todas partes, a todo el que siga sabiendo escuchar. Toca explicar que no, que no es verdad que en los Estados Unidos sólo haya estúpidos, ignorantes y racistas, que no, que allí hay lo mismo que aquí, lo mismo que hay en los suburbios de París y en las filas de la CGT francesa, y lo mismo que hay en las ciudades industriales del Reino Unido, lo mismo que en Tesalónica y Rotterdam y las afueras de Varsovia: una quiebra de las trayectorias de vida y los relatos compartidos, la pérdida del horizonte, la esperanza y la expectativa, el ruido seco de una estructura ideológica que se rompe, la sensación completa de abandono, la pérdida de derechos que sólo ayer parecían fundamentales. Y enfrente, la imperturbabilidad insistente de las élites y el establishment, un sistema colapsado y quebrado incapaz de canalizar afectos, inquietudes, negando anhelos de una generación que los había naturalizado como propios y sustanciales: derechos, libertad, progreso, justicia social, dignidad. Ese grito resuena hoy en todas partes como los añicos de un espejo roto.

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Como mujer afroamericana, estoy harta de este juego en el que solo gana Trump

Una mujer, en una calle de Nueva York en la jornada posterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, con los resultados de fondo. | FOTO: Juan Luis Sánchez.

Estas elecciones han sido una lucha de poder. Trump ha utilizado los retos económicos, sociales y políticos de la gente, que son muy reales, como pretexto para decirles cuánto le importan y cuánto les ayudaría a solucionar sus problemas. Como mujer afroamericana, hace mucho tiempo que conozco esta táctica, la forma en que las víctimas de la brutalidad policial son exhibidas por los candidatos, la forma en que las imágenes de una fábrica abandonada se utilizan para ilustrar la pérdida de empleo de los estadounidenses blancos, la forma en que los temas migratorios se convierten en un pelota que nadie quiere en su campo como si de un partido de tenis se tratara, la forma en que las cuestiones de salud reproductiva femenina se restringen o amplían para, supuestamente, proteger a las mujeres. Muchos de nosotros estamos cansados de este juego, un juego en el que los únicos ganadores son los candidatos que se llenan cada vez más los bolsillos con el dinero facilitado por sus influencias.

Como mujer afroamericana, veo específicamente que las cuestiones tales como la brutalidad policial, el problema de las prisiones, la educación y los derechos reproductivos dejan de tener importancia. También, vivir en España me ha hecho más consciente de las consecuencias que esto tiene para la comunidad mundial. Durante años, Estados Unidos ha estado intentando encontrar la forma de cambiar lo que muchos consideran un sistema político, económico y social quebrado. Un sistema que claramente favorece a los ricos por encima de los pobres, a los hombres por encima de las mujeres, y a los blancos por encima de los negros.

Desafortunadamente, Trump aumentó el nivel de odio, del lenguaje inflamatorio y de demagogia planteando el clásico juego de echarse la culpa: centrándose en los inmigrantes, las minorías y las mujeres. Habló directamente a las comunidades blancas de la clase obrera que han sido ignoradas y más tarde agitadas por los republicanos. Y este mensaje resonó en estas comunidades debido a que muchos estadounidenses blancos están muy desesperados por ser escuchados y asustados por la pérdida de sus "privilegios".

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El señor Montoro nos quiere gobernar

Cristóbal Montoro, ministro del Hacienda.

Por primera vez en este periodo de nuestra democracia se ha leído en titulares de prensa que un ministro –recién renombrado, por cierto– pretende llegar a deponer a un concejal legítimamente elegido por las urnas y que gobierna el área económica del Ayuntamiento de Madrid. Uno podría llegar a imaginar que, al gobernar el país un partido procesado por corrupción, los titulares se referirían a algún sinvergüenza que se encargó de cobrar sobres en su despacho, romper discos duros con información valiosa o, incluso, alguien que tuviera unas cuentas opacas en Panamá. Sin embargo, a veces la Historia se ríe de nosotros y convierte en farsa lo que debería haber sido una tragedia.

No hablamos de que nuestro nuevo Gobierno se haya encargado de alertar a un chorizo por sus formas no respetables de operar con el dinero público sino que han amenazado a nuestro Ayuntamiento y, en concreto, al concejal de Economía por haber superado el techo de gasto. Es decir, por haber gastado unos 17 millones de euros más (en un presupuesto de casi 5.000 millones) de lo que nos permite gastar el Ministerio. Esa cantidad fue utilizada para devolver la paga extra de los funcionarios, una medida necesaria tras el injusto castigo al que se vieron sometidos estos trabajadores por la falta de previsión y eficacia de sus gobernantes.

La razón de castigar a quien gaste más del techo de gasto que marca el Gobierno central se deriva de la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución Española que se acometió en el 2011. De esa injusta medida vino el desarrollo de la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera que no permite que los ayuntamientos sean libres y soberanos a la hora de presupuestar su propio dinero para garantizar las necesidades de sus conciudadanos.

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Donald Trump

Donald Trump.

La primera vez que pensé en Donald Trump fue hace veintitantos años, y fue tras ver una entrevista suya en una publicación. Trump acababa de adquirir Mar a Lago, la fabulosa mansión que había pertenecido a la multimillonaria Barbara Hutton, y la mostraba al mundo con la misma satisfacción bárbara con la que fardaba de esposa, entonces una curvilínea patinadora olímpica.

En su recorrido fotográfico por las habitaciones de la villa, Trump presumía de haber cambiado absolutamente toda la decoración de la casa, cuyos cuartos infantiles habían sido pintados por el mismísimo Walt Disney: la pequeña Ivanka merecía mucho más que unos cuantos garabatos viejos. Recuerdo que pensé que Donald Trump era el paradigma de la vulgaridad, de la grosería. Un Jesús Gil algo menos desclasado (al fin y al cabo, su padre ya era rico) y más arrogante incluso. A pesar de todo, ni en un millón de años habría creido que aquel individuo que achuchaba a su rubísima esposa en biquini frente a una piscina inmensa acabaría siendo el protagonista de una larga noche sin sueño y con final infeliz.

Me gustaría poder decir que avisé de que Trump era un peligro, pero sería mentira: como tantos otros, sólo vi en él a un señor raro que, tras emprender proyectos de todo pelaje, se le había antojado emprender la carrera presidencial. No me creí que lo suyo pudiese ir en serio, ni siquiera cuando fue apeando a sus rivales republicanos, ni cuando las encuestas empezaron a lanzar sus señales de alarma.

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