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El Autoconsumo, la mitología y la Iglesia de la Cienciología

La iglesia de la Cienciología se basa en un curioso precepto: "Si para ti es verdad, entonces lo es". A veces en el debate de ciertos temas se aprecia cómo se utilizan conceptos de forma que el que los expresa parece poseedor de la "verdad absoluta", llevando a discusiones técnicas formas de razonar más propias de los pensamientos mágicos. Cuando estas discusiones transcurren en el campo de las ideas, es difícil rebatirlas, pero cuando entran en el campo de la posible constatación empírica la cosa cambia. No hay mayor enemigo de la mitología que la matemática.

En el debate sobre el autoconsumo se quiere hacer pasar la idea a la opinión pública de que su utilización es regresiva e incluso personas que en otros aspectos se consideran liberales en términos económicos en este caso ven bien la introducción de barreras al libre mercado como es el llamado popularmente "impuesto al sol". Claro que esto aparentemente sucede solo en nuestro país, ya que por ejemplo en Estados Unidos los partidarios del Tea Party los son a su vez del uso del autoconsumo, por lo que significa de defensa de la libertad de los ciudadanos frente a las grandes corporaciones y el Estado.

Su justificación se basa en la idea que los autoconsumidores son "insolidarios" porque no contribuyen a pagar los gastos del sistema. La realidad es que estos consumidores siguen pagando tanto el término fijo de la factura, que permanece inalterado, como el término variable en función de la energía que utilizan de la red. Con este respecto, es importante recordar que el 70% de los cargos y de los peajes del sistema se paga con la parte fija de la tarifa, mientras que el restante 30% se paga con la parte variable, de la que los autoconsumidores dejan de pagar la parte proporcional de los cargos de la energía que no consumen del sistema. Estos números demuestran que los autoconsumidores, aunque reduzcan el consumo de electricidad que usan de la red, no dejan de contribuir al mantenimiento del sistema, como cualquier otro ciudadano.

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La visión sobre el terrorismo que Trump no quiere ver

Personas desplazadas por los combates entre el ejército iraquí y el ISIS llegando al checkpoint de Bazwaya, a cinco kilómetros de Mosul, el pasado noviembre. © AP Photo/Marko Drobnjakovic

Si nos dejamos llevar por la lectura dominante que tantos medios y gobernantes occidentales promueven, deberíamos estar ya convencidos sin remedio de que el terrorismo internacional es la más importante (cuando no la única) amenaza que nos afecta y que la respuesta preferente solo puede ser la "guerra contra el terror".

No deja de sorprender, visto desde nuestras privilegiadas sociedades desarrolladas, que esa sea la percepción, como si no fueran cada vez más los que se ven atrapados en una desesperante precariedad que cuestiona su capacidad para satisfacer sus necesidades básicas, convertidos en perdedores netos de la desigual globalización que nos define, sin olvidar el aumento de las brechas de desigualdad que oscurece el futuro de muchos y alimenta la exclusión y la inestabilidad social, los efectos bien visibles del cambio climático o el incremento de la criminalidad (las muertes producidas por homicidios y asesinatos son quince veces mayores que las del terrorismo).

No menos sorprende que, tras los fracasos cosechados en Afganistán, Irak, Siria y tantos otros países, se siga insistiendo en una respuesta militarista que, por definición, nunca podrá solucionar el problema que plantea la emergente amenaza terrorista.

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Hechos mejor que palabras: un complemento a ¿Quién es Pedro?

En este brillante artículo Pau Marí-Klose dibuja un retrato de Pedro Sánchez a partir de algunas fotos y sus propias palabras. La imagen que nos devuelve me ha parecido en exceso favorable porque ignora algunos hechos. Me propongo aquí analizar el comportamiento y los actos de Pedro Sánchez desde el 20 de diciembre de 2015 con el fin de completar la semblanza que hace Pau basada en sus declaraciones. Este análisis aportará otras luces y muy serias sombras sobre su desempeño como Secretario General del PSOE.

La noche del 20 de diciembre de 2015, tras obtener 90 diputados Pedro Sánchez hizo una lectura positiva de los resultados –correcta a mi juicio- que muchos dirigentes del PSOE entendieron como errónea, por lo que tocaron los tambores que llamaban a su dimisión. Sin embargo, el entonces Secretario General logró un acuerdo del Comité Federal para formular un “no a Rajoy” unánime, condicionado a unas líneas rojas claras. Este resultado debemos anotarlo en su haber: consiguió convencer a sus compañeros de que su visión era la correcta y aceptó las limitaciones que el órgano de dirección colegiada estableció.

Luego vino la espantada de Rajoy en enero 2016, renunciando a presentarse a la investidura, maniobra que buscaba de forma descarada la repetición de las elecciones en el límite de la legalidad constitucional, con escaso respeto al Rey y al marco institucional vigente. La respuesta de Pedro Sánchez, con el apoyo de su partido, fue dar un paso al frente, ayudando a desbloquear la situación creada por Rajoy, a pesar que de pudiera perjudicarle en lo personal. Esta decisión fue un gran servicio a España y al interés general de los ciudadanos. Un hecho, un dato más a favor de Pedro Sánchez.

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Y todo a ritmo de Val(l)s

Estamos viviendo un cambio de época. Es obvio que existe un malestar generalizado en todas las sociedades democráticas que está produciendo auténticos terremotos. El desequilibrio que ha generado un poder financiero globalizado y desembridado, ha acabado por provocar que el gas empiece a escaparse de la olla; ya veremos si poco a poco o con un gran estallido.

Estamos comprobando que los cambios no son necesariamente a mejor y hay señales preocupantes de un “revival” de viejos monstruos, que creíamos aparcados en la cuneta de la historia. La victoria de Trump, el Brexit…son señales de que el enfermo no evoluciona precisamente bien. Pero no hay nada peor ante una pulsión de cambio que encastillarse ante él. Ante estos tiempos que vivimos, hay políticos e instituciones que parecen lanzar golpes al aire, como un boxeador sonado.

Es especialmente preocupante cuando esto ocurre con algunas fuerzas y sectores progresistas, aterrorizados ante una marea que amenaza con arrastrar tantas cosas buenas que se han ido construyendo con los años, sin darse cuenta de que se les están igualmente desmenuzando entre los dedos. La izquierda, las fuerzas de progreso, tienen un compromiso de magnitud histórica en nuestro tiempo: vehicular correctamente el ansia de cambio existente en nuestra sociedad. Movimientos que encarnan una naturaleza transformadora, no pueden refugiarse tras un parapeto, temerosos ante lo que es un riesgo pero también una fenomenal oportunidad.

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La ciencia contra las mentiras de la post-verdad

Imagen de archivo de un laboratorio.

En un reciente artículo en The Guardian, Jenny Rohn escribía: "Las mentiras o no-verdades están creciendo"… y nadie se molesta en ver si son o no verdad. Hay, por lo tanto, una gran preocupación ante la posibilidad de que estemos entrando en una nueva era donde la realidad empírica ya no es reconocida por todos como la mejor manera de tomar decisiones.

El desprecio por la evidencia científica parece estar cobrando adeptos. Una serie de artículos en la revista Nature, una de las más prestigiosas del mundo de la investigación, denunciaba recientemente el peligro de la post-verdad –el neologismo acuñado para definir las afirmaciones falsas de Donald Trump– para el avance de la ciencia y de la humanidad.

La ciencia nos enseña a defendernos de las mentiras, de los datos falsos, de las manipulaciones y, en definitiva, de las tinieblas. La luz del conocimiento, y lo que es aún más importante, el reconocer que no sabemos todo y que tenemos que seguir haciéndonos preguntas y seguir buscando respuestas, es lo que ha hecho que avance la humanidad por el camino más justo e igualitario.

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Creaciones culturales que empoderan a las mujeres

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Concentración de este lunes alrededor del memorial.

El Ayuntamiento de Zaragoza ha colocado en una plaza de la ciudad una escultura como homenaje a las mujeres víctimas de la violencia machista. Sin embargo, las buenas intenciones del ayuntamiento se han frustrado porque la escultura –una mujer arrodillada– en realidad representa la imagen de una mujer vencida y arrasada por el dolor. El movimiento feminista de Zaragoza ha protestado por el significado simbólico que entraña esa imagen.

En efecto, los sectores de población discriminados –las feministas lo hemos dicho una y otra vez– necesitan representaciones que pongan de manifiesto su opresión. La sociedad debe entender la compleja situación de las mujeres: en una gran parte del mundo viven sin derechos y expuestas a múltiples violencias diarias; y en otras, como en Occidente, tienen los derechos formales, pero no los materiales. Y también son objeto de la violencia masculina. Desde el punto de vista formal, tienen el derecho a ejercer los derechos de los que son titulares, pero en la práctica existe un conjunto de mecanismos simbólicos y materiales que hacen imposible el ejercicio de esos derechos. La inacabable cadena de agresiones cotidianas, que en algunos casos acaban en asesinatos, es una muestra rotunda de que las mujeres viven en condiciones de desigualdad y de violencia.

Para decirlo de otra forma, las mujeres son algo más de la mitad de la población y están sometidas a estructuras que las subordinan y oprimen, aunque no a todas de la misma forma. La pertenencia racial, cultural, sexual o de clase introduce elementos que potencian la opresión. Sin embargo, las mujeres, además de vivir desigualdades y violencias, también luchan por desactivarlas. La otra cara de la opresión es la emancipación. Las mujeres han luchado por derechos y se han convertido en un sujeto político de liberación. El feminismo es básicamente eso: un movimiento social y una tradición intelectual que desde hace tres siglos lucha para que las mujeres sean consideradas seres humanos con los mismos derechos y libertades que tienen los varones.

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Llamada a la izquierda: superen el paradigma del líder

Íñigo Errejón, Pablo Iglesias, y Alberto Garzón en el Congreso

Al ejército, a la monarquía, a las instituciones religiosas y a las conservadoras le gusta la idea del líder: es un guía, un ápice del sistema vertical y jerárquico, que influye, decreta y ejecuta sin consulta ni apelación. Parece que a la izquierda no le gustan, o no le funcionan los líderes. ¿Por qué? Quizá porque sabemos que ser humano significa ser falible, no berzotas, falible, que puedes fallar. Y queremos que nos coordinen seres humanos, no superman, ni el Papa; no pensamos que una vez que fallas un tanto pasas a ser descalificado para todas las otras labores que puedes desempeñar sin defecto.

También porque estamos al corriente de cómo pierde su propio norte el líder cuando lleva un tiempo soportando esa carga inhumana (de mantenerse permanentemente coherente, duro, firme, responsable, ingenioso, cabal). Porque, lo quieran o no, subidos en el ring, recibiendo golpes a diario y alejados de las gradas, los líderes acaban perdiendo oído, incluso para los más próximos, y no tardan en aparecer soberbios o taimados. Porque no creemos posible que un solo líder concentre en su persona el conocimiento y la visión práctica necesaria para atender a todos los problemas de un estado, responder a todas las preguntas y tener siempre la última palabra. Porque sabemos que la cabeza de un líder es muy  fácil de golpear con una sola piedra; por muy espigado o encumbrado que esté, su equilibrio, como el de un mástil, resulta inestable. 

Y por último, porque nos asquea ver cómo por el trono los líderes pueden sacudirse entre sí mientras se esfuman las fuerzas,  los objetivos y los planes de actuación. La izquierda de media Europa (¿mundo?) se haya confusa, desnortada, dividida. Ese bajo estado emocional hace que la psique política viaje a las praderas del pasado reptiliano y se enzarce en guerras intestinas, como ya en su día lo hacían reyes y papas. La inercia mediática obliga a los correligionarios a medir el éxito y el fracaso de las ideas en función del éxito o el fracaso de sus líderes, lo cual es una magnífica irreflexión.

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Vistalegre, entre el monte y el llano

En una reunión en un círculo una mujer, con décadas de luchas a sus espaldas, contaba cuál es debate político de Podemos: "He vivido toda mi vida en el monte y el 15M me sacó al llano. Podemos me llevó a ocupar el llano, pero nos quedamos a la mitad. Ahora, que tenemos que dar los pasos necesarios para terminar de ocuparlo y que ¡además se ha quedado vacío! lo que oigo es una voz que me dice 'vuelve al monte' y no lo entiendo". Es dificil expresarlo de manera más sencilla.

El orden social y político de las últimas décadas –el régimen del 78– lo estructuró el Partido socialista. La presión y la lucha de mucha gente forzó la salida del franquismo con un orden diferente. El PSOE tomo la batuta y lo articuló. Lo hizo con la sordina que le pusieron las fuerzas del franquismo terminal, que tardaron todavía un tiempo en articularse en una nueva derecha que ha terminado siendo el Partido Popular. La propia dinámica del partido socialista –de los gal a las puertas giratorias–, sus contradicciones y la entrada en la alternancia del PP llevaron al régimen a una profunda crisis que se hizo patente en 2008.

El 15M, al grito de "no nos representan", es el momento simbólico en el que una sociedad que deja de delegar su soberanía y decide ejercerla en primera persona del plural. En este contexto Podemos se convierte en una organización política que trata de ocupar el vacío que dejan los partidos tradicionales a la hora de representar a la mayoría social.

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Peor que la corrupción

Vista general del Congreso de los Diputados.

Uno de los inconvenientes del escándalo que produce la corrupción es que nos hace olvidar el verdadero problema de la política, el más habitual, el que no se explica cómodamente por la conducta inapropiada de unos cuantos (o muchos), sino que tiene un carácter estructural: su debilidad, la impotencia pública a la hora de organizar nuestras sociedades de una manera equilibrada y justa. Descubrir a los culpables es una ocupación necesaria pero suele dificultar los diagnósticos, porque tendemos a pensar que el problema ya ha sido resuelto por la policía y los jueces. Si de algo podemos estar seguros es de que una política en la que no hubiera corrupción no equivaldría necesariamente a una buena política.

Si miramos las cosas con más detenimiento observaremos un problema aún más grave: la erosión de la capacidad de los países democráticos para construir un poder público legítimo y eficaz. Tenemos los casos más bien extremos de los "estados fallidos", como los "estados cautivos" por los cárteles de la droga y el terrorismo, de estados aparentemente fuertes como Rusia, cuya soberanía está sometida al chantaje económico, o la dificultad de los países en los que tuvo lugar la llamada primavera árabe a la hora de transformar la movilización democrática en construcción institucional.

Pero la situación no es menos dramática en países de larga tradición democrática, donde la intervención de los estados para gobernar los mercados se enfrenta a numerosas dificultades que ponen en jaque su autoridad: la evasión fiscal, el peso asfixiante de la deuda, los efectos deslegitimadores de la austeridad pública, la dificultad de relanzar la actividad económica desde la intervención pública, el estado que pierde saber experto y competencia, los problemas de gobernabilidad, la incapacidad de regular, una administración desencantada y carente de visión, el estado del bienestar a la defensiva o en plena retirada, el servicio público degradado a los criterios de la gestión… Todas estas constricciones no son sino manifestaciones de la dificultad del estado a la hora de formular, representar y construir el interés general.

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Más Unión, sindicalismo del cambio

Comisiones Obreras de Madrid afronta su 11º Congreso, en el que presentamos un proyecto alternativo que propugna un cambio en las formas de organizar y dirigir la acción sindical, avalado por una mayoría de mujeres y hombres sindicalistas de la región. 

Hoy, como hicimos hace cincuenta años, necesitamos comprender mejor y conectarnos más con una sociedad que sufre el debilitamiento de los instrumentos de protección y de equilibrio distributivo.

Más Unión es un proyecto que aspira a influir en el conjunto de la organización, desde las secciones sindicales de empresa hasta la Secretaría General de toda federación de rama o unión comarcal, con el fin de lograr un nuevo impulso que el sindicato necesita, para seguir siendo la organización potente que hoy somos en los centros de trabajo y recuperando el papel de "agente del cambio" que fuimos, pues las urgentes transformaciones que precisamos son también de naturaleza política.

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