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Balas de fogueo contra la desigualdad salarial

Un grupo de mujeres trabajando en una conservera.

El día 16 de Octubre, el Pleno del Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad una moción presentada por Unidos Podemos  instando al Gobierno a adoptar medidas contra la brecha salarial entre hombres y mujeres. Esta noticia no tiene nada de novedosa; el pasado mes de febrero ya se aprobó, también por unanimidad, una moción similar presentada por el PSOE. 

Pero lo peor es que la noticia tiene aún menos de esperanzadora. Claro que en principio no está mal que el Congreso de los Diputados reconozca que las mujeres cobran mucho menos que los hombres y que deberían tomarse medidas contra esta injusticia manifiesta. Sin embargo, reconocer un problema y decir que hay que hacer algo no es garantía de nada. Más aún, según lo que se haga puede terminar bien o mal. 

El último ejemplo es el del pacto de Estado contra la Violencia Machista, que terminó mal, como se explica en este artículo. Es más, este resultado tan decepcionante de un proceso que ha tenido esperanzadas a tantas personas puede generar la falsa impresión de que, si después de tanto tiempo y energías no se ha arreglado nada, quizás será verdad que se ha hecho todo lo posible por eliminar “la lacra” de la violencia de género pero, ¡ay! quizás será que no tiene solución. Así, ahora solo quedaría pasar a la siguiente “lacra”, que después de mucho ruido puede terminar igualmente desactivada (que no eliminada). 

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A vueltas con la 'Operación Chamartín': un paso adelante, dos atrás

A finales de julio, el Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento de Madrid y el BBVA (a través de DCN) cerraban el enésimo acuerdo para desbloquear la muy manoseada Operación Chamartín. La presentación de las bases de ordenación de la misma es un hito más en una dilatada historia cuyos inicios se remontan a los primeros años de la década de los 90: más de 25 años dando vueltas, apareciendo y desapareciendo como el Guadiana. ¿Es ésta la última foto? El tiempo lo dirá, pero bueno es, dada la experiencia, albergar muchas dudas al respecto.

En su larga trayectoria, la operación ha serpenteado por los despachos de las diferentes administraciones imponiendo cambios en la legislación urbanística y en el planeamiento de la ciudad. Sería prolijo hacer aquí el recuento. Vale con acudir a la hemeroteca. El dato destacado es que todos los cambios han estado presididos por un único hilo conductor: que las cuentas del BBVA, secundado por la Constructora San José, cuadren.

Otros objetivos que los publicistas-apologistas divulgan han tenido una importancia menor o son simples velos para tapar el objetivo prioritario. Así, por ejemplo, se habla de la urgencia de disponer de una nueva estación de ferrocarril. ¿Urgente? ¿Y llevan 25 años y los que quedan para abordarla? No nos engañemos, de lo que un día sí y otro también se ha tratado ha sido de la rentabilidad económica de una macroactuación que antes que inmobiliaria es una operación de altas finanzas.

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Populismo salvaje: una “infección endémica” muy preocupante

Hoy he decidido migrar momentáneamente de nuestro blog, pues creo que lo que tengo que decir se ajusta mucho mejor a una Tribuna Abierta, aunque mi opinión se apoye parcialmente en hechos científicos.

Como catalán (nacido y criado en Sevilla hasta los ocho meses) que vivo fuera de Catalunya (la abandoné a los 32 años), y viviendo actualmente dentro del Estado español (desde hace 14 años), me encuentro últimamente, y cada vez con más frecuencia, con conversaciones que preferiría no oír, pero que claramente están azuzadas por las circunstancias. Por ejemplo, recientemente, en la cena de clausura de una reunión científica me senté al lado de una pareja; ingeniero él, bióloga ella. Mantendré su zona de origen en el anonimato para contribuir positivamente al mensaje de este post.

Estábamos teniendo una placentera cena, hablando de nuestro trabajo, cuando de repente él saltó y me dijo que el independentismo catalán era nazi. Ella, al darse cuenta de la fuerte falta de empatía de su pareja, le comentó que quizás no era momento de hablar de esas cosas. El caso es que a mí me dio un vuelco el corazón, no sólo porque acababa de llamar sin ningún miramiento nazis a muchos de mis amigos y parte de mi familia, sino porque me di cuenta de que los mantras orwellianos del PP (tergiversando impunemente el significado de las palabras) estaban funcionando.

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Homenaje a Cataluña

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“Pero prefiero ser extranjero en España y no en ningún en otro país”

“En la Central Telefónica habían arriado la bandera anarquista y sólo flameaba el estandarte catalán. Ello significaba la derrota definitiva de los trabajadores”.

(George Orwell: Homenaje a Cataluña, 14 de abril de 1938).

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Los límites constitucionales y democráticos del artículo 155

El consejo de ministros del Reino de España, en su reunión de la pasada semana, activó de forma oficial el mecanismo de protección de la ciudadanía previsto en el artículo 155 de la Constitución española de 1978.

Tal artículo se ha establecido para garantizar el cumplimiento de las obligaciones constitucionales y aquellas otras obligaciones que impongan las leyes, en el supuesto de que una comunidad autónoma las incumpliere. Pero también para el caso de que la comunidad autónoma en cuestión “actuare” de forma que atente gravemente contra el interés general de España.

Decimos que es un mecanismo de protección de los ciudadanos y ciudadanas, porque en última instancia en una Constitución como la nuestra, que antepone sobre todo lo demás una serie derechos y libertades fundamentales, son precisamente esos ciudadanos y ciudadanas los que cuentan con la sujeción de las autoridades y de las instituciones (el Estado y la comunidad autónoma como instituciones) al imperio de la ley, en garantía de esos derechos y libertades, y porque las libertades y los derechos fundamentales de sus ciudadanos son el principal interés de España.

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España y el quién de los españoles

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Llegados a este punto, resolver las crisis que están teniendo lugar en nuestro país requiere más cabeza que tiempo y más propuestas que denuncias. Requiere un fuerte anclaje en la materialidad del presente concreto y fuerza para abrir nuevos caminos. En Podemos sabemos mucho de abrir nuevos caminos. Es duro pero su técnica es sencilla: desbrozar y avanzar a partes iguales.

Empecemos por desbrozar. La desobediencia del govern de la Generalitat a los mandatos del Tribunal Constitucional y al Gobierno de España ha transformado la crisis política en Catalunya en una crisis del Estado español. Muy astutamente, el govern de Junts pel Sí se ha encargado de denominar esta crisis como “crisis entre Catalunya y España” y el Gobierno del PP se ha dejado querer. Esta transmutación de las posiciones de los partidos en las posiciones de sus naciones constituye una de las toxinas ideológicas más nocivas del procés y cualquier propuesta de salida requiere su radical erradicación. Hay que repetirlo hasta el aburrimiento: ni todos los catalanes son de Junts pel Sí, ni todos los españoles somos del PP, o lo que es lo mismo, hay muchos catalanes que no son independentistas -incluso puede que la mayoría-, y muchos españoles que no somos del PP, en este caso con toda seguridad somos la mayoría. Aceptar esta subsunción está amenazando la cohesión social en Catalunya y en España porque nos deja sin nación ni patria a los catalanes no independentistas y a los españoles no setentayochistas –denominación a mi juicio más correcta que la de constitucionalistas- en una operación más propia del siglo XX español que del XXI. La crisis política en Catalunya no es un enfrentamiento entre Catalunya y España. Es un enfrentamiento entre dos amplios espacios sociales e ideológicos catalanes, aliados cada uno de ellos con el Govern de Catalunya y el Gobierno de España, y ha sido precisamente su enfrentamiento lo que ha provocado la primera crisis de Estado del siglo XXI. Dejar pasar esta burda manipulación cierra el camino a cualquier solución a la crisis catalana, pero también a la posibilidad de poner en pié el cambio político, económico y cultural que la gente activó en las calles y plazas de todo el país -incluida la plaza Catalunya- el 15M de 2011.

El segundo tóxico ideológico del que debemos desprendernos es el que naturaliza que hay una única crisis. Esto es histórica y políticamente falso. Hoy tenemos sobre la mesa territorial, como mínimo, tres crisis diferentes: la crisis política catalana, la crisis territorial española y la crisis de Estado nacida de la interacción de la crisis catalana y la crisis española.

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Los hombres que no leen a mujeres son peligrosos

Quienes a estas alturas continúan dudando de la pervivencia del patriarcado, entendido no solo como una estructura política sino como un perverso orden cultural que continúa condicionando las subjetividades masculina y femenina, deberían fijarse, de entrada, en las personas que continúan dominando no solo los espacios públicos sino también y muy especialmente los que implican reconocimiento y ejercicio de la autoridad. Es decir, deberían analizar quiénes continúan siendo mayoritariamente los referentes, los que acaparan premios, los que simbolizan la excelencia o los que ocupan, a veces casi en régimen de monopolio, los relatos colectivos. Las imágenes que cada día nos ofrecen los medios de comunicación son la prueba más evidente de cómo nosotros seguimos ocupando los púlpitos y cómo ellas, la otra mitad, continúan siendo en gran medida invisibles. Ahí están el elenco de los premiados en los Premios Nobel, la composición de las tertulias televisivas o el listado de ponentes en cualquier Congreso científico para demostrarlo.

De ahí, por tanto, la necesidad de seguir insistiendo, recordando y haciendo evidente que las sociedades que vivimos, solo aparentemente democráticas, no serán justas hasta que la mitad subordinada que continúan siendo ellas no tenga las mismas oportunidades, no comparta los espacios de poder y autoridad y no se convierta en protagonista de los imaginarios que nos definen como seres sociales. Por ello no es superficial, ni el resultado de una pataleta de esas “histéricas” que es como con frecuencia se sigue calificando a las feministas, que tengamos un día para reivindicar la visibilidad de las mujeres escritoras. Esas que continúan sin aparecer en los manuales que estudian nuestros hijos e hijas, que siempre suelen quedarse en la recámara de los grandes premios y no digamos de las Academias, que todavía hoy se ven obligadas a arrastrar el lastre que supone que entender que lo femenino es parcial y por supuesto devaluado. Porque ya estamos nosotros, los hombres, para definir lo universal y lo que de verdad vale. Entre otras cosas, la Literatura con mayúsculas, la que sin calificativo de ningún tipo, aunque debería llevar en todo caso el de “masculina”, asumimos que habla de los intereses y problemas de la Humanidad entera.

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¿Puede Andalucía cambiar España?

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Histórica manifestación a favor del proceso autonómico andaluz.

Empecemos con algo de ficción política. Imaginemos una presidenta andaluza, alineada claramente con los intereses de su pueblo, comprometida con las mayorías sociales y defensora de un federalismo democrático, plurinacional y solidario, ¿qué tendría que hacer en un contexto como este? Lo primero, constatar que el modelo autonómico está agotado y que toda la Constitución Española tiene problemas muy serios de legitimidad. Lo segundo es que, desde hace años, los aspectos más progresivos de la Constitución están siendo desvirtuados y que se está imponiendo una “Constitución material” claramente neoliberal cuyo ejemplo más claro y evidente es la Reforma exprés del artículo 135. En tercer lugar, tomaría nota de que la “crisis catalana” afecta a todo el Estado y que Andalucía debería jugar un papel positivo para encontrar una salida federal, solidaria y socialmente avanzada. Es más, podría haber jugado un papel de mediación, de síntesis desde el federalismo que Andalucía representa y defiende.

Se trata, como se verá, de una pura y simple  política ficción. Nuestra presidenta ha sido maestra en enfrentar  andaluces contra catalanes, alinearse sin complejos detrás del Gobierno de Mariano Rajoy y pactar rebajas de impuestos con la nueva derecha que representa Ciudadanos. Susana Díaz personifica una deriva populista desde un regionalismo de oposición. Lo diría así: malo para Andalucía y malo para España. Hay que repetirlo hasta que se convierta en sentido común: el pueblo andaluz, mayoritariamente, conquistó su autonomía y con ello cambió el mapa político de España. Andalucía construyó su autonomía, no frente a Catalunya, Madrid o Euskadi sino en favor de un proyecto propio que coincidía con los intereses y aspiraciones de las mayorías sociales del Estado. El federalismo andaluz ha estado ligado siempre a la emancipación social, al respeto de las identidades nacionales, a la alianza entre los pueblos; por eso ha sido de izquierdas y solidario. Es una vieja herencia que sigue viva en el imaginario social y que periódicamente emerge. No queremos separar sino unir; no queremos privilegios, reivindicamos la justicia y estamos convencidos que nuestro bien como Comunidad ayuda y promueve la cooperación y el apoyo mutuo.

Le guste o no a Susana Díaz, le guste o no al PP o a Ciudadanos, en España se abre un escenario federal, un escenario donde las relaciones sociales y de poder van a redefinirse y Andalucía necesita voz propia, proyecto claro y una hoja de ruta que sirva para cambiar nuestro modelo productivo, garantizar los derechos sociales e impulsar una sociedad igualitaria comprometida con el medio ambiente del que irremediablemente somos parte. A este debate nosotros aportaremos nuestro patrimonio ideal y moral desde nuestros problemas comunes y específicos. Queremos romper el círculo vicioso que nos convierte en “periferia de la periferia” y que nos condena a una economía sin base industrial propia, a la sobreexplotación turística, a la precariedad y bajos salarios y a la esquilmación dramática de nuestros recursos naturales.

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¿Es tan importante el aspecto y la autenticidad para la credibilidad de un líder?

Los líderes de Podemos, en 2015.

Hace ya un tiempo que, tanto en entornos políticos como empresariales, hemos empezado a ver y escuchar a personas, cargos políticos, líderes o directivos que no responden al prototipo de profesional: traje y corbata, serio, siempre al grano, sin un ápice de dudas, racional, le importan solo los hechos, las cifras, los números, la rentabilidad. De hecho, parece que algunas personas sienten una cierta animadversión hacia los que no responden a este perfil. Recientemente el juez José Yusty Bastarreche decía en un email que la alcaldesa Manuela Carmena no tiene un aspecto “presentable”, y, en general, este juez, parece tratar despectivamente a todas las personas que gobiernan con ella o están implicadas en el partido político asociado a ella. De alguna manera, parece considerarlos poco profesionales.

La RAE describe la profesionalidad como “la cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevante”, y en general todos lo asocian a pericia, seriedad o eficacia, entre otras cualidades. La profesionalidad es una cualidad que se ha venido vinculando a un tipo de persona afín a empresas u organizaciones que siguen un enfoque individualista, competitivo, centrados en maximizar beneficios económicos, más es siempre mejor, y donde las tareas y la rentabilidad están por encima de todo. En este tipo de empresas las personas deben lograr sus objetivos, la mayoría de carácter cuantitativo, y cuando lo hacen, son unos buenos profesionales. Eso les permite ascender en la línea jerárquica hasta que un día dejen de motivarse o motivarles o dejen de hacer bien su trabajo o les dé igual y se conviertan en unos profesionales incompetentes. Pero el éxito se mide por el lugar en la escala jerárquica que se ocupa, por los logros obtenidos, por la codicia. Y claro, estas organizaciones son el reflejo y el contexto de estos profesionales: solo importan los beneficios, solo importa crecer.

Henry Mintzberg, un conocido profesor de la Universidad de McGill en Canadá, mencionaba el peligro de los clásicos MBAs (Masters en Administración de Empresas) o grados en Administración de Empresas puesto que, en general, preparan a las personas para convertirse en estos profesionales. Los convierten en personas decididas, agresivas en ocasiones, que siempre quieren hacer uso de técnicas cuantitativas, y que sólo se suelen centrar en rentabilidades, dinero, y más dinero. Al final, las relaciones, las personas, los seres humanos son lo de menos, o si lo son es para ganar más. Y en el medio y largo plazo esto tiene consecuencias negativas, para las organizaciones, para la sociedad y para los seres humanos. Es verdad que esto puede sonarnos a un estereotipo o una caricatura, pero no lo es tanto si observamos el comportamiento de algunas empresas y de algunos directivos que las lideran.

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¿Reformar España de abajo arriba?

Los de abajo. La ciudadanía. Proceso constituyente. La crisis catalana ha resucitado algunos de los mantras que resonaban en las plazas en 2011. Desde que el grito “parlem” rezumba en las redes sociales, llena plazas con personas vestidas de blanco y engalana balcones con banderas blancas, la sociedad civil parece haber vuelto a la arena política. Tras un impase de absoluto dominio de la política representativa, se abre un nuevo escenario. El choque de trenes de la clase política española y catalana recibe un tirón de orejas desde abajo. Cristina Flesher, socióloga de la universidad californiana de Berkeley, en su detallado artículo España: Hablemos?, parlem?, elogia a la ciudadanía española. Resalta su capacidad de auto organización y de acción colectiva. “Algo muy notable está pasando en España, la organización de ciudadanos de base de todo el país que deciden movilizarse para que las partes en litigio sepan que "España es un país mejor que los que lo gobiernan". (...) El auge de esta movilización ciudadana de base no sólo recuerda la campaña para las elecciones municipales en las que el Movimiento de Liberación Gráfica de Barcelona y Madrid desempeñó un papel crucial, sino también a las protestas del 15M en 2011, cuyo lema era "¡Democracia Real Ya!”.

La irrupción del grito “parlem” en toda España, desplaza algo el tablero de juego de la macropolítica. El Gobierno español y el Govern catalán no esperaban una nueva línea de fuga cocinada desde la ciudadanía. Nada hacía prever un meteorito desdibujando el binarismo tejido alrededor de la cuestión catalana. Sin embargo, la República catalana de 8 segundos  o el debate en el Congreso español acapararon todas las atenciones. La política representiva que cuestionó el 15M en 2011 está en el centro de los focos. Sigue siendo protagonista. Resiste. La reforma constitucional pactada por el PSOE y el PP nace desde arriba. Y parece un recado claro que enfría los deseos de abrir el candado del régimen del 78 de los de abajo. ¿Fin de ciclo o repliegue de régimen? Difícil saberlo. Las piezas seguirán moviéndose durante las próximas semanas.

Democracia Real Ya Madrid acaba de lanzar su iniciativa Por un nuevo proceso constituyente desde abajo, defendiendo el derecho a decidir e invitando a Cataluña a sumarse. El todavía incipiente magma de iniciativas “parlem” camina en esa dirección. Pero, ¿la irrupción de la ciudadanía y el grito poliédrico “parlem” abren la posibilidad de diálogo en el conflicto? ¿Servirá de algo el poder de las redes de base en España, que según Cristina Flesher, son capaces de movilizar a la gente a corto plazo ante crisis políticas concretas? ¿Nace una oportunidad de construir una nueva Constitución que, además de encajar a Cataluña en el Estado español, sea votada por la mayoría de la población? ¿Será apenas la clase política la encargada de reformar la Constitución o se contará con la participación de la ciudadanía?

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