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Cifuentes, 'Olay' adiós

Cuando la política es puro ‘marketing’ se reduce a tratar de hundir la imagen del contrario, y da lugar a jugarretas como la que ha terminado con la ahora ex-presidenta 

La fecha tope para proponer al sustituto de Cifuentes es el 18 de mayo

EFE

Cifuentes ha dimitido. Ha sido penoso verla renunciar a la Presidencia de la Comunidad tras la publicación de un vídeo amarillo. Todo apunta a una ‘vendetta’ interna de su partido. El PP es una mafia y hace política como la mafia. Vídeos indecentes o cabezas de caballo en la cama: todo vale en las guerras entre familias. Cifuentes dice que su padre estaría orgulloso de ella. Los padres que conozco no estarían orgullosos de una hija ladrona y embustera. Cuestión de valores.

Su dimisión debería haberse producido mucho antes, tan pronto como se supo lo del máster regalado. Nos habría ahorrado las mentiras que desencadenó su empecinamiento y el desprestigio de instituciones tan relevantes para el bien común como la Universidad pública.

En su rueda de prensa, hemos visto a una Cifuentes que se presenta como víctima por haber luchado contra la corrupción. Al igual que Esperanza Aguirre, dice haber destapado los últimos escándalos de su partido. Eso sí, mucho tiempo después de que Podemos y otros grupos de la oposición hayamos denunciado los casos de corrupción que hemos estado investigando en esta legislatura. Como el del Canal de Isabel II o la Ciudad de la Justicia.

Cuando tomó posesión hace tres años, prometió regeneración y un estricto código ético. Tras su adiós, vestida de blanco inmaculado, muy poco queda de aquellas promesas. Aseguró incluso que acabaría con el aforamiento de los diputados. Pero hoy los populares, incluida ella misma, necesitan el aforamiento más que nunca.

Cuando la política es puro ‘marketing’ se reduce a tratar de hundir la imagen del contrario, y da lugar a jugarretas como la que ha terminado con la ahora ex-presidenta. La política en la que cree Podemos no consiste en destruir al adversario sino en confrontar proyectos diferentes. Y, sobre todo, en apostar por la decencia.

Es un drama que Cifuentes caiga por un hurto y una campaña interna de su partido, aunque hayan sido los últimos clavos de su ataúd. “Muerte entre las cremas” podrían llamarlo los hermanos Coen. Porque lo realmente grave es que, desde hace 30 años, ha formado parte de una organización estructuralmente corrupta. Fue vocal del Consejo de administración del Canal de Isabel II durante su fraudulenta expansión internacional (caso Lezo); patrona de FUNDESCAM que recibía pagos en “B” para financiar campañas electorales (trama Púnica); miembro del comité de campaña que manejaba ese dinero negro con el que el PP ganaba elecciones; y ha sobrevivido, de momento, al señalamiento de la Guardia Civil por integrar la mesa de contratación que amañó la adjudicación a Arturo Fernández del servicio de cafetería en la Asamblea.

Más que la imagen de la regeneración, Cifuentes ha sido el último dique de contención de un PP madrileño en decadencia. El declive del Partido Popular es imparable y no hay recambio posible. Es un partido estructuralmente corrupto porque la manera en la que sus líderes entienden el poder consiste en entrelazar sus intereses con los de determinados empresarios creando redes clientelares en torno a las privatizaciones y el desmantelamiento de lo público. Redes corruptas que, a su vez, financian la estructura partidaria de forma ilegal. El PP tiene 900 cargos imputados y decenas de causas judiciales abiertas.

No basta con la dimisión de Cifuentes, ni con poner otro diputado al frente de la Asamblea. Hay que acabar de una vez por todas con este modelo de recortes, privatizaciones, exenciones fiscales y burbujas inmobiliarias que favorecen solo a los ricos aumentando el endeudamiento y la desigualdad de forma peligrosa en la Comunidad de Madrid. La corrupción no es solo una cuestión moral: es un problema vinculado de raíz a la justicia social.

Necesitamos otra manera diferente de gestionar lo público. No solo gente honrada que crea en la democracia como forma de restar poder y recursos a los de arriba para construir un espacio común de todos y todas. Tenemos que instaurar otro modelo político. Y, por supuesto, no puede ser el de Ciudadanos, un partido que habla de regeneración mientras se dedica a sostener al PP cada vez que aparece un caso de corrupción, con el único fin de ofrecerse como recambio. En lo esencial son lo mismo; la única diferencia es que aún no han gobernado.

No basta la regeneración: hace falta una sacudida que remueva los cimientos de la gobernanza en nuestra Comunidad durante los últimos 20 años. Y Ciudadanos no solo representa las mismas políticas sino que además constituye un problema real para la convivencia. Les hemos visto jugar al “lepenismo” en los barrios más necesitados de Madrid en campañas contra la “okupación”. Es evidente que un partido que se mueve a golpe de encuesta no dudará en favorecer la xenofobia, el resentimiento social, o la guerra entre pobres si es necesario. No dudará en abanderar el filofascismo, si es preciso. Ciudadanos no puede ser la alternativa para gobernar Madrid porque es más de lo mismo.

Necesitamos un espacio político amplio que represente la pluralidad de fuerzas progresistas que quieren darle la vuelta al modelo especulativo de las élites para facilitar un gobierno de los de abajo. De la gente sencilla. De todos nosotros y nosotras.

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