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Llamada a la izquierda: superen el paradigma del líder

Parece que a la izquierda no le gustan, o no le funcionan los líderes. ¿Por qué?

Íñigo Errejón, Pablo Iglesias, y Alberto Garzón en el Congreso

Íñigo Errejón, Pablo Iglesias, y Alberto Garzón en el Congreso Ballesteros/EFE

Al ejército, a la monarquía, a las instituciones religiosas y a las conservadoras le gusta la idea del líder: es un guía, un ápice del sistema vertical y jerárquico, que influye, decreta y ejecuta sin consulta ni apelación. Parece que a la izquierda no le gustan, o no le funcionan los líderes. ¿Por qué? Quizá porque sabemos que ser humano significa ser falible, no berzotas, falible, que puedes fallar. Y queremos que nos coordinen seres humanos, no superman, ni el Papa; no pensamos que una vez que fallas un tanto pasas a ser descalificado para todas las otras labores que puedes desempeñar sin defecto.

También porque estamos al corriente de cómo pierde su propio norte el líder cuando lleva un tiempo soportando esa carga inhumana (de mantenerse permanentemente coherente, duro, firme, responsable, ingenioso, cabal). Porque, lo quieran o no, subidos en el ring, recibiendo golpes a diario y alejados de las gradas, los líderes acaban perdiendo oído, incluso para los más próximos, y no tardan en aparecer soberbios o taimados. Porque no creemos posible que un solo líder concentre en su persona el conocimiento y la visión práctica necesaria para atender a todos los problemas de un estado, responder a todas las preguntas y tener siempre la última palabra. Porque sabemos que la cabeza de un líder es muy  fácil de golpear con una sola piedra; por muy espigado o encumbrado que esté, su equilibrio, como el de un mástil, resulta inestable. 

Y por último, porque nos asquea ver cómo por el trono los líderes pueden sacudirse entre sí mientras se esfuman las fuerzas,  los objetivos y los planes de actuación. La izquierda de media Europa (¿mundo?) se haya confusa, desnortada, dividida. Ese bajo estado emocional hace que la psique política viaje a las praderas del pasado reptiliano y se enzarce en guerras intestinas, como ya en su día lo hacían reyes y papas. La inercia mediática obliga a los correligionarios a medir el éxito y el fracaso de las ideas en función del éxito o el fracaso de sus líderes, lo cual es una magnífica irreflexión.

¿Será un defecto de fábrica que organizaciones que se dicen iluminadas por la razón y el conocimiento, que creen en el progreso y en las bondades de la ciencia, se limiten a imitar las organizaciones tradicionales basadas en la jerarquía y el relumbrón del líder? En su ingenuidad, o para diluir lo que parece una imitación de bajo voltaje, hacen llamar a su líder Secretario General, ignorando el origen histórico del término y asumiendo inconscientemente su proyección sociológica: la de uno al servicio de un superior que sueña que ordena y manda como un general. La idea del líder ganador, aglutinante e infalible, es una perversión conceptual que trastorna el desarrollo de las organizaciones colaborativas.

¡Oh, oh, es que solo nos conmueve el sueño del líder, ese seductor que señala un ambiguo punto en el futuro con jeta de motivado! Este tipo de público no dura mucho en el empeño, tan pronto le señalan otra luna se desplaza. La respuesta no está en acertar con un perfil conciliador o abracadabrante: la política participativa no encaja con la miseria intelectual del líder unipersonal. Creemos lícito que se consensuen ahora las reglas del juego que se debieron construir  antes de someterse a la maquinaria de la guerra electoral. Pero entendemos que ese paso atrás solo puede convertirse en uno hacia adelante si afrontan el desafío histórico de superar el paradigma del líder. Porque la realidad es cada hora más compleja, biunívoca y exigente, sabemos que no nos sobra nadie, ni para profundizar en el análisis ni para generar nuevas propuestas.

Los partidos que se autodenominan en plural podrían dar el lógico paso pendiente en su evolución natural y asumir que el modelo de organización horizontal debe promoverse desde  la cúpula. Sólo desde un liderazgo-en-equipo que funcione y dé ejemplo de funcionalidad puede predicarse una organización capaz de funcionar como una comunidad de investigación. Fue la izquierda la que adoptó el Equipo, la que sentó el principio de que la verdad nace de un conjunto de cabezas pensantes. No cambien ese preciado logro por la bagatela del líder mediático. Se hizo lo más difícil, generar una cultura de trabajo en equipo, ahora avancen: supriman la Secretaría General, eleven su filosofía organizacional e integren en un Equipo Coordinador a sus aspirantes. Si el salto es cualitativo debe probar que somos es nuestro pronombre. Si tiene cada uno que bajar un escalón para estar en la misma onda, no pierdan más el tiempo, se consigue más unidos por unos mínimos que divididos e inertes por aspirar a unos máximos. Mientras discuten sobre el nombre de la vaca nos la roban.

El equipo es el único formato que sostiene un interés genuino por saber qué es lo que piensan los demás, lo que le capacita para asumir sin cinismos la pluralidad y las diferencias en las sensibilidades. Es el equipo quien afronta con éxito los desafíos de la creatividad necesaria, el capacitado para elaborar proyectos complejos y contrastados. La acción consensuada y coordinada de las mujeres y los hombres que comparten un mapa básico con destinos comunes despierta a los hipnotizados y contagia estímulos. No queremos pararnos a escuchar al líder, nos gusta tan poco como contemplar su colapso ante el solo de Trumpeta. Deseamos la acción coordinada de un equipo dinámico, fertilizador, que crece y mantiene la unión en la diferencia, que desconcierta al establishment y muestra a la juventud que un conjunto de personalidades muy diversas y dialogantes defiende con pasión unos derechos imprescindibles que se están ultrajando en nombre de la Ley.

El equipo trasciende la idea de revolución. La necesaria evolución del equipo es intrínsecamente sostenible y tampoco precisa del líder: exige novedades, prueba y error, divergencias y convergencias, es  un modelo de aprendizaje que asume la inapelable influencia del entorno y atiende las demandas del contexto desde toda la comunidad y para toda la comunidad. Expongan, argumenten, rebatan, alcancen acuerdos, suden, enseñen a hacer equipo, den lo mejor de su pensamiento, y luego, salten, hagan sitio, demuestren que no son personas insustituibles, que hay muchos miembros dispuestos a hacer avanzar y poner en práctica las ideas del equipo.

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