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En medio(s) de “los malos tratos” y “las muertas”

Cartel con el texto "No son muertas son asesinadas" en una manifestación contra la violencia de género.

Luisa Posada Kubissa

Doctora en Filosofía y profesora en la Universidad —

Quizá, después de todo, algo está cambiando en los medios y en la sociedad misma frente a la percepción de la violencia de género. La publicación en eldiario.es de la noticia de 'Los trabajadores del Diari de Terrassa se rebelan contra la publicación de una viñeta machista' alienta esta esperanza. Porque los medios de comunicación son esenciales para generar rechazo o, por el contrario, tolerancia ante esta violencia. Esto es tanto como decir que el problema de la violencia contra las mujeres resulta ser también el problema del discurso en el que está inserta.

Para muestra, un botón: a estas alturas ya no es de recibo que, cuando una mujer es asesinada por la violencia de género, se publique una noticia en la que “una mujer muere”, obviando así el término “asesinato”. Tampoco es muy de recibo seguir hablando de “malos tratos”, que parecen remitir a otros que fueran “buenos”. Y estamos más que hartas de “presuntos” agresores a víctimas que, más que presuntas, son una realidad letal y palpable.

Es cierto que los medios se hacen eco de la violencia de género, pero en la forma de ir contabilizando las cifras –por cierto, cifras oficiales que siempre van por detrás de las cuentas que nos salen– de mujeres “muertas presuntamente por violencia de género” en las noticias de cada día. Con ello, se produce una percepción de goteo, algo que se convierte en un dato añadido a otros, sin remover en lo más mínimo la conciencia crítica ante esa sistemática práctica de terror patriarcal.

La escalada constante de la violencia contra las mujeres se convierte así en la crónica (gris) de una muerte anunciada. Por más que sepamos que va a seguir sucediendo, por más que resulte incalculable su magnitud en nuestro mundo globalizado, por más que nos salpique desde la radio, la prensa o la televisión, parece algo ya instalado en nuestro paisaje cotidiano sin que provoque mayores sobresaltos que el horror efímero ante acontecimientos luctuosos.

Por ello, la noticia de la rebelión de la plantilla del Diari de Terrasa ante un nuevo intento de banalizar y de someter a chanza la violencia contra las mujeres es un dato muy positivo, por mucho que el simple hecho de que algo así sea noticia no deja de ser también otro síntoma de la pasividad y la tolerancia con la que socialmente se asiste a esta brutal realidad.

Los medios de comunicación tienen un papel esencial como transmisores de valores y de reflexión crítica. Ya nadie puede creer en esa supuesta objetividad, que hace un corte radical entre hechos y valores, como si, tal como lo ha señalado el filósofo Hilary Putnam, pudiéramos hablar de los hechos desde un punto de vista neutral y exento de valores: desde lo que llama “el-ojo-de-dios”. De manera que la forma misma de informar es ya una toma de posición, es ya una transmisión de valores, es ya una apuesta por orientar al receptor en una u otra dirección. Y, por mucho que se hable de pacto de Estado, si la violencia contra las mujeres no es objeto de un pacto entre los medios para contribuir a su radical condena, para desenmascarar sus causas, para desvelarla como expresión extrema de un sistema de desigualdad entre los sexos, poco estaremos haciendo para su erradicación.

Recientemente he oído decir a alguna feminista, no precisamente insustancial, que la igualdad no va a acabar con la violencia de género. Puede que no, pero sí cabe decir que resulta ser una condición sin la cual ese futuro es totalmente impensable. Yo estoy convencida de que pegar a una mujer, humillarla y vejarla psicológicamente, utilizar a sus hijos para castigarla o, en el caso límite, asesinarla, sólo es pensable en unas sociedades donde las mujeres siguen siendo situadas en una posición de inferioridad. Es decir, que el grado civilizatorio de una sociedad se mide por cómo trata a sus mujeres. Y en nuestro mundo, tanto en el “avanzado” mundo occidental, como en las sociedades del denominado “tercer mundo” las mujeres siguen valiendo lo mismo: apenas nada.

Que los trabajadores de un medio de comunicación hayan puesto en jaque a su propio medio por ejercer violencia contra las mujeres –pues publicar algo vejatorio para las mismas también es ejercer violencia de género– es algo por lo que congratularnos. Es algo por lo que pensar que, poco a poco, aunque sea muy poco a poco, vamos consiguiendo, no sólo el rechazo, sino también la conciencia crítica. Una conciencia que nos hace más justos y, con ello, más humanos.

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