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Ante el anuncio de nuevas elecciones: el techo y el suelo del PP

José Antonio Martín Pallín

Magistrado emérito del Tribunal Supremo —

El presidente ¿en funciones?, del Gobierno de España anuncia a su colegas europeos que estamos abocados a una repetición de las elecciones del 20-D. Sostiene que solo es posible una coalición del PP, PSOE y C's. Esta solución es posible en la Europa democrática pero me temo, que es inviable en España.

La derecha que gobierna o ha gobernado en los países democráticos más similares al nuestro, en su momento, luchó contra el fascismo y el nazismo y no tiene dudas al rechazar, incluso con penas de cárcel, cualquier vestigio de nostalgia o apología de los regímenes dictatoriales que les precedieron. Su cultura democrática le impide considerar cualquier intento de comprensión o tolerancia, con los asesinos del pasado.

Sin embargo, en España la derecha que representa el Partido Popular no sólo no luchó contra la dictadura sino que pretende preservar sus símbolos y comulgar con los principios que el régimen dictatorial inculcó con una propaganda machacona y por lo que se ve eficaz, a una gran parte de la población española, provocando un vacío cultural y serias carencias en valores democráticos.

Estas alturas del siglo XXI, los que nacimos en el año treinta y seis, estamos cumpliendo, día a día y mes a mes, ochenta años. Podemos mirar hacia atrás sin ira, pero a algunos nos invade una profunda melancolía. La insoportable crueldad de un régimen dictatorial que dejó un reguero de muertes, torturas y exilios de las mentes más preclaras de nuestra sociedad no puede ser incorporada o diluirse en las raíces de un sistema democrático. Esa Dictadura estéril nos hizo perder el tren de la integración europea y secó la cultura democrática durante más de cuarenta años, dejando unas secuelas que todavía no han sido superadas.

El Partido Popular es una consecuencia de todos estos antecedentes. Recogió los restos del naufragio de un partido improvisado como la UCD que se ofreció para encauzar y preservar a los políticos que comulgaron con las aspiraciones totalitarias y dictatoriales de la derecha ancestral de nuestro país. 

El Partido Popular, en estos momentos, se encuentra sumido en una convulsión, moral y política derivada de los resabios y de la falta de ética ciudadana fomentada por una educación basada en la doctrina nacional-catolicista que abría la puerta a toda clase de desmanes si te arrepentías unos segundos antes de tu final. La galería de corruptos es digna de un museo de los horrores, que difícilmente soportaría un partido semejante en cualquier entorno medianamente democrático. 

A pesar de esta anómala situación, que no deja de sorprender a los observadores internacionales, sigue siendo el partido más votado y figura siempre en cabeza de los sondeos de opinión. El techo del Partido Popular, por razones sociológicas, generacionales e históricas, se sitúa en torno al 30% del censo de votantes. Por eso es difícil explicar por qué consiguió, hace cuatro años, cerca de once millones de votos, alcanzando una mayoría absoluta que ha utilizado de la forma más coherente con su ideología moral, ética, religiosa y ciudadana.

Cualquier porcentaje que alcance el Partido Popular por encima del 30% será debido siempre a alguna anomalía o desajuste injustificado de nuestros valores democráticos. Su punto crítico del 30% tiene una explicación científica que nace del análisis de las votaciones realizadas sucesivamente a partir de su irrupción en el mundo de la política, presentándose, como oferta electoral que abarcaba desde la derecha franquista, los escasos demócratas de derechas con propósitos regeneracionistas y  los tributarios del miedo a una izquierda que según les inculcaron, es radical, separatista y con ansias de revancha.

Según los datos del Instituto Nacional Estadística, los mayores de 65 años alcanzamos, en nuestro país, la suma de 11.500.000 votantes (datos del día 2 noviembre 2015). En las últimas elecciones del 20-D pasado, el censo de votantes era de 36.510.952 españoles. De ellos 34.635.380 residíamos en España y un 1.875.272 en el extranjero.

Teniendo en cuenta que los expatriados, voluntarios o forzosos, son en su inmensa mayoría personas que no han alcanzado la edad de 65 años podemos calcular, que los que superamos esta cifra de edad somos el 33,2% del censo electoral. Estos datos son rigurosamente científicos y no especulativos como los que se obtienen de las encuestas. Según un estudio del CIS, sobre voto ya expresado en votaciones anteriores, de los que nos encontramos en esta franja de edad, un 66% vota al Partido Popular y en menor proporción a partidos situados en el espectro de izquierda o los que se deciden por opciones políticas diferentes. Todo ello sin contar los abstencionistas o los votos en blanco.

En nuestro país, mal que les pese a los ególatras de la Transición democrática, existe una cifra preocupante de personas que están condicionados, en sus visiones y opciones políticas, por su pertenencia al bando de los vencedores de la guerra civil al que se puede incorporar un porcentaje traumatizado por la represión que originó la larguísima dictadura.

Este voto se mantiene irreductible, mientras que la naturaleza no vaya produciendo las inevitables ausencias que el tiempo se encarga de administrar. El suelo electoral lo podremos comprobar si continúa emergiendo una derecha encarnada en el partido de Ciudadanos que pretende asimilarse a las que están implantadas, desde hace tiempo, en los países que nos son más cercanos. No desdeñan el diálogo y la autocrítica y que creo que sinceramente pretenden una regeneración de la ética democrática.

En este momento, con o sin nuevas elecciones, nos encontramos en una encrucijada pero afortunadamente los caminos aparecen claros y definidos. El Partido Popular pretende seguir sumisamente las directrices que le marque la Troika, potenciando políticas de austeridad criticadas por la mayoría de los economistas y muy lejos de potenciar la justicia social. 

Hay otro camino a la izquierda. Los que lo hemos elegido, somos conscientes de las dificultades y las limitaciones que imponen la globalización y la mistificación de la economía tradicional por otra descarnadamente especulativa. El foco hay que dirigirlo hacia las medidas efectivas para luchar contra el desempleo y el trabajo esclavo, la pobreza habitacional, alimenticia, energética y cultural. Los que se encuentran sumergidos en la pobreza, difícilmente pueden ser austeros. Sólo los que afortunadamente disponemos de una capacidad económica suficiente para contribuir a las cargas del Estado, como exige nuestra Constitución, tenemos la obligación de ser solidarios y justos. Especialmente las grandes fortunas.

Deseo que se forme un Gobierno que potencie estas políticas, pero si estamos abocados a unas nuevas elecciones, espero que el Partido Popular llegue a alcanzar un suelo electoral del que difícilmente pueda levantarse si no se reconvierte en esa derecha democrática europea que, los que creemos en el pluralismo, como fuente y esencia de la democracia, estamos esperando desde que comenzó la llamada Transición democrática. 

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