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El ecologismo doméstico empieza por el reciclaje

Reciclar. / Foto: Ecoembes

Óscar Martín

Consejero delegado de Ecoembes —

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En estas semanas de confinamiento escuchamos una frase recurrente que adquiere todo el significado en momentos críticos: de esta salimos adelante seguro, si lo hacemos partiendo de la colaboración de todos. Pero también es cierto que, a lo largo de la historia, hemos tenido una memoria frágil y, una vez pasado el “peligro”, el individualismo ha vuelto a coger protagonismo, disipándose cualquier atisbo de solidaridad o de reconocimiento a los que estuvieron en la primera línea de defensa.

¿Será en esta ocasión diferente? Quizás podamos pecar de ingenuos- la ingenuidad también es una expresión de confianza y esperanza-, pero estoy convencido de que vamos a extraer importantes lecciones de la crisis provocada por la COVID-19.

Una de ellas, quizás la más importante, es el poder de la colaboración, de la reivindicación del “nosotros” como catalizador de los avances sociales. Si bien esa puesta en valor de la colectividad a través de la suma de los compromisos individuales se ha hecho más patente durante esta crisis, es algo que ya llevábamos mucho tiempo poniendo en práctica en otros ámbitos, como en el del reciclaje.

El otro gran descubrimiento ha sido, por fin, el del impacto de las personas en el medioambiente. Por primera vez, hemos visto cómo se comporta la naturaleza cuando no intervenimos sobre ella. La naturaleza ha hablado y nos ha mandado un mensaje claro: ella puede ser sin nosotros, pero ¿podemos ser nosotros sin ella? No debemos olvidar que, en los últimos tiempos, la preocupación social por el medioambiente se incrementó considerablemente. Hasta hace poco más de dos meses, la humanidad era testigo y participante, por primera vez, de movilizaciones globales exigiendo acciones contra la crisis climática. Esta crisis debe recuperar ese espíritu colectivo que comenzaba a consolidarse y volver con mucha más fuerza: la que nos da haber experimentado nuestra fragilidad frente a factores externos y sus consecuencias, ya sea en forma de virus o de cambio climático.

En nuestra vida cotidiana, este compromiso ambiental se ha visto materializado a través de acciones sencillas, como la aplicación de la tan nombrada economía circular y las 3 Rs en las que se basa: reducir, reutilizar y reciclar. Como sociedad, cada vez abogamos más por una producción y un consumo responsable, por frenar el desperdicio y por un aprovechamiento más racional de los recursos. Y en este ecologismo doméstico que los ciudadanos tenemos a mano para aportar nuestro granito de arena, entra con fuerza el reciclaje.  De hecho, es el hábito ambiental más extendido en nuestros hogares, por encima de otros como el ahorro energético o la reducción del uso de bolsas de plástico. Un hecho que tiene que inspirarnos para trasladar este compromiso a todos los ámbitos de nuestro día a día, siendo conscientes de que todas nuestras acciones tienen un impacto directo en el medioambiente.

Si miramos las cifras - tan protagonistas durante estos días-  en 2019 los españoles participamos más en el reciclaje, depositando de media un 8% más de envases en los contenedores amarillos y azules que el año anterior y consolidándose así la tendencia creciente de los últimos años (un aumento del 32% desde 2015). Un porcentaje que adquiere todo su valor medioambiental cuando comprobamos que es muy superior al experimentado el pasado año por el consumo (1,1%), invalidando esa idea de que “reciclamos más porque consumimos más” y demostrando que el motivo real es que muchas más personas se han sumado al hábito de reciclar a diario. Estamos creciendo como sociedad y es más raro ya encontrarse con gente que se excusa en que reciclar “no sirve de nada” o que “es complicado”.

Hoy, Día Mundial del Reciclaje, es un buen momento para recordar que esto no es producto de la casualidad. Entre todos, hemos canalizado esa responsabilidad ambiental y un trabajo en cadena, los cuales hay que poner en valor. Un trabajo que coordinamos desde Ecoembes desde hace más de 20 años y que arranca con el hábito de los ciudadanos de separar los residuos en los 660.000 contenedores y papeleras de reciclaje que hay en España. Un hábito respaldado por las administraciones públicas, que garantizan el servicio de recogida, selección y tratamiento de nuestros residuos; y por las empresas, que trabajan para hacer posible que los envases sean lo más sostenibles posible, y cubren a los ayuntamientos, por ley, los costes que supone toda esta cadena de transformación de esos residuos en recursos.

Los grandes pasos en materia de reciclaje de envases deben servirnos para trasladar este compromiso a todos los ámbitos. El reciclaje solo no vale; exige un esfuerzo colectivo que pasa, necesariamente, por la reducción en la generación de nuestros propios residuos. La naturaleza, como decía al principio, nos lo ha dejado claro. Entre todos hemos adquirido un compromiso con la salud de nuestro planeta y no podemos dar ni un paso atrás: su futuro y el nuestro dependen de ello. 

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