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No podemos suspender la política

Miles de personas, con las autoridades en primera fila, en el minuto de silencio de la Plaça Catalunya de Barcelona.

Gaspar Llamazares

Según los clásicos, la aritmética es democrática, la geometría oligárquica y los dioses preferirían a esta última.

Inicio esta reflexión con la vista puesta en lo ocurrido en la última semana, desde que se produjo la noticia amarga de un nuevo atentado terrorista que reabrió las heridas de la memoria de aquella tragedia que se vivió el 11M de 2004 en Madrid. No en vano recibí la información cuando esperaba el tren de vuelta para Asturias en la estación de Chamartín.

Ha pasado algo más de una semana. Independientemente de las gestiones realizadas desde las administraciones, por las fuerzas de seguridad y desde la propia política, el drama sigue y seguirá instalado en las víctimas, sus familias y allegados, no lo olvidemos.

Se han repetido otra vez las llamadas retóricas a la unidad y ya desde antes de su confirmación hubo una utilización partidista y sectaria del atentado terrorista, exigiendo la condena preventiva por nuestra parte, la de los flojos buenistas, cuando no directamente cómplices. Otra vez la búsqueda del enemigo interno en quienes profesan otra religión u otro color de piel. Las equivocadas, según algunos.

Otra vez el reparto de responsabilidades por supuesta falta de prevención, aún antes de la investigación y aunque la competencia en la materia sea compartida y las decisiones de un marcado carácter técnico y profesional.

De nuevo el debate sobre el derecho a la información y la preservación de la imagen de las víctimas. Otra vez la degradación de la imagen de la política y el elogio de la ciudadanía y de los servicios públicos, como si no formasen parte de la misma comunidad y no tuviesen iguales virtudes y defectos. 

Es cierto que hay quienes no se han cortado en introducir de rondón en la coyuntura de 'el procés' la información sobre el atentado, aunque hay que reconocer que han sido minoritarios…

Otra vez, en definitiva, la unidad entendida como sumisión a un discurso político único en materia antiterrorista, de seguridad interior y de política exterior. En definitiva, de modelo de sociedad.

Sin embargo, claro que se puede y se debe estar unidos con las víctimas y contra el terrorismo yihadista que ha sembrado de dolor y muerte Barcelona. Se puede y se deben apoyar las medidas preventivas, de inteligencia y seguridad propia e internacional para reducir el riesgo, sin manipular el miedo ni comprometer una seguridad absoluta: porque lo absoluto no es posible. Se puede y se debe evitar la espiral del odio y la islamofobia frente a quienes aprovechan el atentado para lanzar más agravios y agitar el caldo de cultivo del malestar.

Pero lo que no se puede ni debe es suspender la política. No se puede eludir el debate y las propuestas sobre como contrarrestar el fascismo yihadista, la banalización de la violencia o el nihilismo entre algunos de 'nuestros' jóvenes. No podemos renunciar a la memoria de tanta guerra y desestabilización de estados y pueblos como el de Iraq. No podemos renunciar a cambiar de raíz nuestra política exterior y de exportación de armas favorable a países como Arabia Saudí o Qatar, principales focos de la internacional del odio. Tampoco podemos renunciar a una política de paz en los actuales focos de guerra y de conflicto como Siria o Palestina. Unidad, que no uniformidad.

No olvidemos que los dos pactos antiterroristas, más allá de la condena y de la solidaridad con las víctimas, incluyen (el primero) la confrontación política de constitucionalistas frente a nacionalistas vascos y toda la panoplia penal del PP (el yihadista), incluida la eufemísticamente denominada prisión permanente revisable. Es decir, la entrada por la puerta de atrás de la Constitución de la cadena perpetua. No se trata pues de pactos antiterroristas, son pactos políticos en los que uno puede o no estar de acuerdo.

No podemos renunciar a una política propia de integración y convivencia en los barrios frente al dejar hacer, a la exclusión y la segregación. Tampoco a analizar el atentado en frío y establecer las lecciones aprendidas y las mejoras necesarias en inteligencia, prevención, coordinación internacional y seguridad policial. Hemos de analizar cómo afrontamos ideologías totalitarias como el fascismo yihadista, el nihilismo o la banalización de la violencia entre nuestros distintos grupos de jóvenes, y no solo entre los excluidos.

Ni es una guerra, ni estamos ante un intento de acabar con nuestra democracia o modo de vida. De hecho, el 80% de los atentados son fuera de Europa y la mayoría de las víctimas, musulmanes.

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