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Otra vez el techo de los gestos

Tanto la continuidad del presupuesto del PP para 2018 como los compromisos de estabilidad con la UE fueron defendidos por el candidato en la investidura y refrendados por los mismos grupos parlamentarios que hoy se abstienen

Un error que además pone a disposición de la derecha el discurso de la inestabilidad y el gallinero de la actual mayoría de gobierno de regeneración

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Unidos Podemos presenta su moción de censura como "alternativa contundente a la corrupción del PP"

Otra vez la izquierda confunde medios y fines, principios y responsabilidad, lo bueno y lo mejor, absteniéndose en la votación del techo de gasto, propuesto por el Gobierno como paso previo al proyecto de presupuestos.

Dicen desde Unidos Podemos y otros que la propuesta de incremento era insuficiente y continuista, destinada a contentar al Partido Popular y a su mayoría absoluta en el Senado para eludir el más que cantado veto. Argumento absurdo por inverosímil, sobre todo después de la elección del señor Casado y su decisión de bloquear en la Cámara Baja cualquier medida propuesta por un 'gobierno okupa', incluidos los temas de Estado como la política de inmigración o la política territorial.

Otros aducen de nuevo la falta de negociación previa con los que han sido sus aliados en la moción de censura, tanto en el monto como en su distribución entre el margen de déficit y la seguridad social.

Sin embargo, aunque así fuera, lo que no sería de extrañar dados los precedentes de autosuficiencia del PSOE en el Gobierno, estamos ante un nuevo error táctico y estratégico de la izquierda parlamentaria, después de haber corregido parcialmente el error inicial de abstenerse en la investidura de Sánchez en 2015. Entonces hubiera sido el momento del cambio de izquierdas que culminase la movilizaciones anti austeridad, con una mayoría parlamentaria suficiente y un gobierno compartido o programáticamente condicionado.

Primero, un error táctico porque ignora que el apoyo a la moción de censura de Sánchez conlleva actuar desde la mayoría de apoyo al Gobierno, no desde la oposición, ni siquiera desde un consentimiento crítico que sí hubiera sido posible incluso con una abstención en la mencionada investidura.

Un error que además pone a disposición de la derecha el discurso de la inestabilidad y el gallinero de la actual mayoría de gobierno de regeneración y, por contra, el autoelogio de su capacidad para el acuerdo demostrada en el techo de gasto y los presupuestos de Mariano Rajoy pactados con Ciudadanos, el PNV y las minorías regionalistas.

La abstención facilita también al PSOE, y en general a las fuerzas del bipartidismo y sus apoyos todavía vivitos y coleando, argumentar la incapacidad para el diálogo y la inestabilidad de la pluralidad de partidos y de la izquierda en particular, confundida entre las amenazas sobre el final periodo de gracia por parte de Puigdemont. Un regalo impagable ante las próximas elecciones autonómicas y municipales a las mal llamadas fuerzas del régimen.

Pero, sobre todo, es un error estratégico porque no utiliza los márgenes económicos y políticos realmente existentes para negociar y abordar cambios posibles para mejorar la vida de la mayoría y para contribuir a desmontar el andamiaje conservador.

Entrando en la propuesta concreta, de poco vale el argumento de la voluntad negociadora cuando se trata de avalar el margen conseguido de las autoridades comunitarias por parte de un Estado hasta hace tan solo unos meses intervenido por exceso de déficit y todavía sujeto a los compromisos de estabilidad. Porque la negociación, en cuanto a prioridades de ingresos y gastos, se dará sobre todo en el proyecto de Presupuestos, inexistente éste sin la aprobación previa del techo de gasto. Adelantar el veto y confundirlo con el de la derecha es otro error de bulto.

El techo de gasto es la cantidad máxima que podrá gastar el Estado (administración central, comunidades autónomas y ayuntamientos) y el tope de déficit al que se podrá llegar el año próximo. No podemos aumentarlo a voluntad porque lo hemos pactado en la UE, una herencia recibida que nos obliga y que es verdad que responde a las políticas de austeridad que viene imponiendo Europa. Pero, además, nos limitan nuestras propias leyes de estabilidad y sostenimiento financiero que, hoy por hoy, no tenemos la mayoría necesaria para modificar.

Es verdad que la austeridad ha supuesto un retroceso social sin precedentes y una nueva oportunidad perdida para el imprescindible cambio del modelo productivo y financiero en España y en el sur de Europa. Pero pensar en el techo de gasto como oportunidad para que el PSOE renuncie al satanás neoliberal, sobre todo en compañía del PDeCat y del PNV es un oxímoron. Otra cosa sería con otra relación de fuerzas y otra mayoría. En consecuencia, el margen es menor del necesario, y sobre todo del ideal, y depende del fruto de la negociación previa en el marco de la UE.

Es legítimo que las fuerzas de izquierdas y alternativas sigan defendiendo un mayor margen de déficit y techo de gasto que el pactado por el nuevo Gobierno y que incrementa en dos décimas el del gobierno Rajoy. Sin embargo, es irreal ignorar que tanto la continuidad del presupuesto del PP para 2018 como los compromisos de estabilidad con la UE fueron defendidos por el candidato en la investidura y refrendados por los mismos grupos parlamentarios que hoy se abstienen por considerarlos escasamente ambiciosos.

El nuevo Gobierno, debido al incumplimiento de los compromisos de déficit del PP, estaba inicialmente obligado a realizar recortes por valor de unos 11.000 millones de euros, pero la negociación con Bruselas ha abierto un nuevo escenario que le permite reducir el ajuste e incrementar unos 6.000 millones. Estos podrían destinarse a inversiones muy necesarias, al alivio financiero de comunidades autónomas y ayuntamientos y a aumentar el techo del gasto incluso por encima de lo que va crecer el PIB nominal, disminuyendo incluso la carga de la deuda.

Unas medidas necesarias que permitirían flexibilizar el escenario de déficit, deuda y la regla de gasto que han venido estrangulando hasta muy recientemente a las administraciones autonómicas y locales, recuperando la inversión y el gasto social y contribuyendo a la recuperación de los servicios públicos.

Un nuevo error y una nueva oportunidad perdida sino para conquistar el cielo, sí para mejorar la vida en la tierra.

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